jueves, 27 de febrero de 2014

Respuesta feisbuquiana en torno a Juan Villoro

Hace algunas horas, mientras revisaba la página que El Colegio Nacional tiene en Facebook, descubrí el siguiente comentario que me dejó impresionado, y cuyo contexto se desenvuelve en el ingreso de Juan Villoro como nuevo integrante de El Colegio Nacional. Cito: 

"Villoro debería ser también académico de la lengua para darle realce y seriedad a esa institución. Muchos de los que han ingresado en los últimos años me parecen menos que mediocres como intelectuales y peores aún como estudiosos de la lengua: Fernando Serrano Migallón, Julieta Fierro, Jesús Silva-Herzog Márquez, etc. ad nauseam."

Mi respuesta (palabras más, palabras menos) fue la siguiente:

Estimado VMM, tiene usted razón, pero no toda la razón. Y déjeme decirle por qué: 

1) No confunda la Academia Mexicana de la Lengua con El Colegio Nacional; ambas instituciones tienen su razón de ser y bien merecen tratarse con la debida distancia. (La historia de la AML tiene más de 130 años, mientras que El Colegio Nacional acaba de cumplir sus primeros 70 años; o lo que es lo mismo, no confunda gimnasia con magnesia.)

2) La AML, según usted, ha perdido seriedad. No lo creo. De hecho, dicha institución ha sabido renovarse muy a tiempo: por ejemplo, la nómina de indigenistas en su interior aumentó en los últimos cinco años (además de Miguel León-Portilla, hoy se encuentran Patrick Johansson, Leopoldo Valiñas, Ascensión Hernández Triviño, Concepción Company y, próximamente, Yolanda Lastra: todos, investigadores de alto nivel), en una corporación con una engorrosa fama de hispanista in extremo, y como en toda renovación que se respete, se necesita la perspectiva de la ciencia, el derecho, el análisis político, la historiografía, etc. Por ello, la inclusión de personajes (que usted considera faltos de ética, chambones en lo público y en lo privado) es más que necesaria. Sea cual sea el tamaño de su aportación, tanto filólogos y lingüistas no estarán solos en esa apasionante tarea de fortificar el español de México, que si me permite decirlo, más ha hecho la AML en los últimos años que la Real Academia Española en tres siglos de rancio abolengo. 

3) A usted le gustaría que Juan Villoro ingrese a la AML ¿no es así? (Piénselo mejor... y no se equivoque.) En su lugar, yo le aplicaría esa lapidaria respuesta de Julio Camba cuando lo propusieron para ocupar una silla en la Real Academia Española: Si la Academia es una distinción, mejor distinción es no ser de la Academia
Eso sí, me alegra sobremanera que Juan Villoro sea, desde el martes 25 de febrero, nuevo integrante de El Colegio Nacional, cuya principal divisa, Libertad por el saber, bien ha sabido ejercerla gracias a su personal estilo de narrar. Además, no estará solo en cuestiones humanísticas, dado que su padre, el filósofo Luis Villoro, es integrante del recinto de Luis González Obregón 23 desde hace más de treinta años. Sin contar los futuros enlaces con luminarias de calibre humanista como Miguel León-Portilla, Ruy Pérez Tamayo, Fernando del Paso, Pablo Rudomín, Enrique Krauze, Luis Fernando Lara, o Diego Valadés, por mencionar algunos de los integrantes del Colegio.

4) Por último, no se precipite en sus impresiones; recuerde que "el que se enoja, pierde". Lo invito a que revise con sumo cuidado la historia de ambas instituciones y justiprecie mejor el ingreso y exclusión de x o y personas, en el contexto donde se desarrollaron aquellas propuestas y elecciones. (Y como dice el dicho, "para el santo que es, con pocos repiques basta...")

[Y hasta aquí mi respuesta feisbuquiana reloaded.]

Si desean conocer mi humilde punto de vista sobre dichas instituciones -inclusive la Academia Mexicana de la Historia-, estoy con todo gusto a sus órdenes. Me dará mucho gusto conocer sus puntos de vista; favorables, adversos, intermedios, no importa. (Cuenten con ello.)

¡¡Muchas gracias!!

miércoles, 19 de febrero de 2014

La imaginación y la experiencia

Ulises Velázquez Gil

Seamos realistas, pidamos lo imposible. Esta frase, acuñada por los entusiastas jóvenes del ’68 (igualmente aplicable para sus indignados y recientes epígonos del #YoSoy132), se sustenta en dos elementos que, por separado, mueven y transforman al mundo, pero juntas logran milagros. Me refiero a la imaginación y a la experiencia. Y un personaje que supo reunir sendas cualidades, fue Napoleón Bonaparte: figura igualmente vituperada que seriamente estudiada.
            Una novelista de la nueva ola, Beatriz Rivas, admiradora desde antaño de la figura napoleónica, después de La hora sin diosas y antes de esa tentadora serie de Amores adúlteros, nos entrega una novela donde se expresan a cabalidad las cualidades antes descritas: Viento amargo.
            Robert Graves decía que sólo existe una historia en la literatura: la de “la búsqueda”, y para Rivas ésta se inserta en torno a ese personaje atractivo y ominoso, tratado hasta el hartazgo por películas y series de TV, sin olvidarnos de la portentosa biografía escrita por Romain Rolland. Ante el alud de publicaciones en torno suyo (entre la verdad y la ficción), la autora se concentra en contarnos una historia sencilla: el exilio del estratega en la isla de Santa Elena –lugar común en la historia con mayúsculas− y su relación con Elisabeth Balcombe, Betsy, hija de un militar inglés residente en la isla, quien pasa largo rato conversando con Napoleón, cuyas enseñanzas jamás eludirá, pese a que el exilio y las normas de seguridad dicten otra cosa. (Aún así, Betsy, con la curiosidad a flor de piel, intenta sacarle una sonrisa a su peculiar vecino, aunque, a veces, el precio a pagar se mida con disgustos… o hasta con lágrimas.)
            Compuesta por ocho capítulos, Viento amargo cuenta con dos factores primordiales expresados en el nombre de cada episodio: el seguimiento cronológico de los hechos principales en la trayectoria militar de Napoleón Bonaparte, y la preceptiva que el veterano estratega aplica en la joven Betsy. Para muestra, un botón: en el capítulo 2, “La victoria de Marengo (o de los deseos)”, Rivas presenta a un Bonaparte descontento con su exilio y cuya solar distracción es soñar despierto, es decir, deja libre rienda suelta a la imaginación y comparte con su joven vecina sus castillos en el aire. Sin embargo, una ráfaga de viento le devuelve el sentido de la realidad para luego recordar con nostalgia sus días de gloria en el frente de batalla, y la experiencia, al respecto, escribe palabras como las siguientes: Un día, en la campaña de Italia, en medio de un terrible espectáculo de hombres y caballos heridos, mutilados, vi a un perro muy parecido a Sambo. […] Yo había ordenado, sin la menor emoción, batallas y batallas; había visto, impávido, ejecutar maniobras que suponían la pérdida de una porción de nuestros hombres y, sin embargo, bastaron los aullidos y el dolor de un perro para conmoverme y sacudirme. (Hasta los más fuertes en el campo de batalla reconocen su condición humana ¿no creen?)
            El recurso que distingue a Viento amargo de cualquier novelita edulcorada, es el diálogo y la conversación que Napoleón y Betsy tienen a lo largo de la historia, suerte de mayéutica para exiliados, donde las preguntas que hace la joven británica remueven dos que tres venas sensibles del corso en desgracia. Ante la duda sobre su futuro, ella recibe una respuesta que, si me corretean, de tan contundente bien le quedaría a la medida al estratega en turno: No busque la felicidad; el esposo y los hijos llegarán solos… busque la gloria. Cuide y alimente su imaginación. La vida no es más que imaginación y el universo le pertenece a los fabricantes de milagros. (Aunque, a decir verdad, no sabemos con certeza quién es el aprendiz y quién el preceptor. Me inclinaría por ambos, pero eso es otro cantar…)
            Y ya que hablamos de imaginación, en algún momento del relato, la voz del narrador (Beatriz Rivas, por supuesto) se hace presente, contando también su petite histoire, es decir, todos los vericuetos que componen el proceso de trabajo de su novela. En las primeras notas, por ejemplo, predomina un amor al detalle cuando se esmera en desdibujar a la verdadera Elisabeth Balcombe, que, si me permiten el comentario, emplea de forma interpósita para acercarse a su personaje favorito, que se complementa, en las segundas notas, con su experiencia en París, recorriendo las calles y rodeándose de los objetos cercanos al monarca: […] mi viaje resulta en un torrente de recuerdos ajenos que poco a poco se adhieren a mi cuerpo hasta hacerse míos. La mayoría de las calles, esquinas, edificios, paisajes o monumentos huelen y saben a Napoleón. Es lógico que un novelista, para urdir su obra en curso debe vivirlo a plenitud y no permitir que la vida real (la del novelista, entiéndase) se entrometa y cambie el sentido original, pero en las terceras notas, un concierto de jazz que acompaña a la escritora, se permiten ciertas dudas: Las frustraciones de un escritor se hacen presentes en el concierto. ¿Cómo encontrar la palabra correcta, el adjetivo preciso? ¿De qué manera darle voz a los personajes, hacerlos hablar, vivir, moverse en los diversos escenarios? ¿Cómo construir una novela si lo único que tengo a mi disposición son palabras? ¿En dónde quedan los olores, sabores, sonidos, colores, texturas, sensaciones? Antes que con el lector, la autora tiene consigo misma responderse aquellas interrogantes.
(Paréntesis aparte: en algún momento de mi lectura, escuchaba una canción “Devant soi”, éxito de la cantante francesa Mylène Farmer, que, sin tener relación alguna con la época descrita en la novela, se tornó el soundtrack ideal para el ánimo de Betsy y las esperanzas de Napoleón. Caprichos del azar.)
Para leer Viento amargo no hace falta conseguir todas las obras de y sobre Napoleón Bonaparte (la biografía de Rolland, el épico filme de Abel Gance y hasta una pegajosa canción del grupo español Mecano, quizás entrarían al quite en cuanto a la curiosidad suscitada), sino dejarse llevar por un estilo desenfadado y a su vez cuidadoso en la narrativa. Además de ese amor al detalle –parte elemental en las escenas donde Betsy y Bonaparte conversan y aprenden las estrategias para vivir mejor, sea en la imaginación que mueve los actos de ella (adolescente de forma, mas no incipiente en el fondo), sea en la experiencia de él (estratega hasta en sus propias corazonadas). Juntas, ya lo comprobamos a cabalidad, lograrán grandes cosas -¡¡hasta pedir lo imposible, si se quiere!!−, y eso lo sabían sobremanera Napoleón Bonaparte, Elisabeth Balcombe y hasta Beatriz Rivas, cuya novela siempre ameritará una grata y dedicada lectura. (Así sea, de verdad.)

Beatriz Rivas. Viento amargo. México, Alfaguara, 2006.

(8/junio/2012)

miércoles, 5 de febrero de 2014

El arte del silencio

Ulises Velázquez Gil

En una famosa y peculiar entrevista, el pintor colombiano Alejandro Obregón compartió una sentencia lapidaria: “La música es el arte del silencio”. A medida que el tiempo avanza y son otras nuestras lecturas, habremos de coincidir con esta definición, porque su esencia, la mayoría de las veces, hace posible la vida misma.
Para Sandra Lorenzano, melómana por los cuatro costados, esto es muy evidente, puesto que ha sabido “musicalizar” sus emociones insertas a renglón seguido, desde su primera novela hasta su plaquette más reciente, y en la persistencia de esa pasión, nos entrega Fuga en Mí menor, segunda novela suya donde la música pasa de lo incidental a lo presencial. Afinemos poco a poco el instrumento para saberlo muy bien.
A través de una fotografía tomada por su madre y un empeño por elaborar un violonchelo, Leo, protagonista de esta novela, intenta reconstruir una imagen de su padre, a su vez, buscar las razones de su ausencia. A la par de esta empresa, se concentra en recordar la imagen de su madre, Nina, cuya pasión por la fotografía fue la que retuvo al padre en una postura poco familiar, la única que él obtuvo como referente de su memoria, una que se compone de mapas de campaña, libros y revistas sobre la guerra; y del porqué esa fotografía también cruzó el océano en busca de una vida alejada del infortunio. (Sin embargo, ¿Se puede tener nostalgia de lo desconocido?)
En su reconstrucción de la imagen paterna, Leo vive dos historias: la que le pintan su madre y su abuela (cuya voz se escribe con otra tipografía), y que su propia intuición le va develando, que lo enfrenta a una disyuntiva: ¿héroe o traidor?, a la que podríamos agregarle ¿para su familia o para la sociedad?
Mientras configura la (¿verdadera?) figura del padre, una música se digna en ayudarle un poco: los acordes del “Fra Martino” –o “Martinillo”,  en este lado del charco– motivan una fuerte interrogación: ¿acaso hay algo más doloroso que una canción de cuna que se vuelve marcha fúnebre? Para Leo, este indicio lo sumerge aún más en su búsqueda de la música, en especial, del sonido, que se fue con el padre, y que, después de un concierto con su madre y a su abuela, volvió para quedarse con él.    
Hagamos un alto en el camino. Para acercarse remotamente a la figura paterna, Leo aprende a tocar su instrumento, el violonchelo, y que, tiempo después, aprende a construir gracias al cuidado y a la amistad de su amigo Peter Bauer, también migrante como Leo y con una prosapia silenciosa a cuestas, porque del niño músico en una banda familiar al luthier con el corazón de un confesor hay una diferencia abismal: la memoria como salvoconducto para seguir viviendo, porque Bauer era un hombre de pocas palabras, un inmigrante silencioso y tozudo que amaba los instrumentos de cuerda por sobre todas las cosas; y los cuartetos de Bartok, su paisano. Y mientras el trabajo de ambos se sucede en el taller de Bauer, cuando le comparte su interés por Bartok, lo hace con un dejo de heroísmo, de adalid de la resistencia ante los embates de la guerra. Para Leo esa figura digna de admiración se concentra sobremanera en Bach, en las Suites para violonchelo que habrían de remitirlo, sin decir agua va, al recuerdo de Giulio: su padre ponía siempre música en casa. Ella [su madre] disfrutaba la complicidad que se creaba así entre los dos. Era un científico brillante, pero sin ningún talento musical. La falta de talento la suplía con pasión. (Ahora se puede presentir por qué Leo eligió el silencio después de la partida de su padre.)  
Otra de las representaciones del silencio como forma del arte es la fotografía; fuera del lugar común “una imagen vale más que mil palabras”, para Leo ésta se arraiga por partida doble. Su madre, Nina, maravillada por el trabajo del checo Josef Sudek, se hace de una cámara Leica y detiene los instantes familiares en una imagen que busca reconstruir el tiempo: “¿Qué hubiera pasado […] si Nina no hubiera sido una devota seguidora del checo? ¿Tendría yo una foto de verdad de mi padre en lugar de la imagen de una sombra?” […] La belleza de las fotografías a veces le parece insuficiente para entender la pasión de su madre. (Si atendemos esa máxima de Susan Sontag, “toda fotografía es un memento mori” Nina quizás ya intuía lo que habría de pasarle a Giulio, una vez que la realidad de su país motivara su decisión definitiva de luchar por la libertad, de conseguir un lugar mejor para su esposa y su hijo.)
Por otro lado, el hijo mayor de Leo, Julio, a quien su abuela Nina llamaba con el nombre del gran ausente, heredó de ésta la misma pasión fotográfica, y la comunicación entre ambos se traduce no sólo en una arraigada y hasta demodé costumbre epistolar, sino también en compartir los enigmas que sus propias fotos resguardan a la vera del propio silencio. Por ejemplo, una foto que Julio le envía a su padre, sobre dos personas que tilda de “suicidas”, luego de haber unido varias de las piezas sueltas y con miras a reconstruir esa imagen paterna, descubre finalmente que el padre buscado hasta el hartazgo no es más que un recuerdo, compuesto por una vieja maleta guardada en un closet, y un libro de Cesare Pavese, con las palabras subrayadas a manera de rosario para las horas difíciles. El joven autor de Lavorare stanca que mi padre admiraba al grado de elegir su libro como compañía de los solitarios días de caminata. Yo leía y releía esos poemas buscando en ellos la huella de Giulio. “Algún antepasado nuestro debió estar muy solo/ –un gran hombre entre idiotas o un pobre loco–/ para enseñar a los suyos tanto silencio”.  
En esa travesía interior a la busca del padre, Leo pasa de la palabra a la mudez –la partida sin regreso de Giulio–, luego de la mudez al sonido –recobra el habla después de un concierto, milagro que su madre y su abuela presencian–, y del sonido al silencio definitivo –su enorme pasión por la música es tan evidente que además de interpretarla, consigue plasmarla en el papel pautado: Componer para llegar al silencio. Sabía que era casi un contrasentido lo que se proponía. Y sin embargo, había algo de eso desde siempre en su propuesta. Algo que buscaba el silencio de sus partituras. Sin embargo, en esa búsqueda del silencio absoluto, el vértigo habría de cobrarse una parte de su talento, disminuyéndole la capacidad auditiva. (Si la verdad duele, sus consecuencias, doblemente, según se vea.)
Con todo, Fuga en Mí menor se empeña en una prístina empresa: buscar los elementos que componen y/o distinguen al silencio; un arte en sí, suscribiendo las palabras de Alejandro Obregón. El abandono del padre, el exilio de la familia, la lejanía del hijo, pero sobre todo, los arcanos que encierra una fotografía o una partitura, inclusive la elaboración de un violonchelo, son figuraciones en las cuales el silencio nos muestra una enseñanza avocada a recobrar nuestra propia ración de memoria; aunque, en cierta forma, el camino hacia ello no sea el más halagüeño de todos. Dicho sea de paso, también puede leerse de dos formas: una, en absoluto silencio por parte del lector, con miras a la empatía (inclusive la dispatía) con Leo, y dos, alternando, a manera de música de fondo, las obras que aparecen en la novela. (Y aunque Bach y Mahler pinten al unísono los escenarios y predicamentos de Leo –y si Sandra Lorenzano me permite la sugerencia–, en algunos casos la música de Eleni Karaindrou para La mirada de Ulises consigue el mismo efecto: si las cuerdas son una forma de la poesía, éstas se regocijan hasta con su propia nostalgia.)
Después de todo, habremos de suscribir aquellos versos de Raymundo Ramos, con los que, supongo, resumiríamos esta novela: Música, ven a lavarme el alma colmada de silencios. (Y que el resto se vaya con su ruido a otra parte. Así sea.)

Sandra Lorenzano. Fuga en Mí menor. México, Tusquets, 2012. (Andanzas)

(25/junio/2012)

miércoles, 22 de enero de 2014

Permanencia y persistencia

Ulises Velázquez Gil

E. M. Cioran, ese avinagrado pensador recién llegado al centenario, resumió en uno de sus aforismos su relación con el mundo: Todo el mundo me exaspera, pero me gusta reír. Y no me gusta reír solo. Cuando se trata de pasarla bien en este mundo cruel y despiadado, uno se vale de todo para ello, sin nada que perder al fin de cuentas, aunque, a decir verdad, de la mera intentona no pasamos. Sin embargo, una joven novelista mexicana, Brenda Lozano, se toma muy a fondo ese desafío y el resultado de ello será su carta de presentación, amén de su visión del juego. 
            Todo nada, su primera novela, cuenta dos historias: una, la del gastroenterólogo Emilio Nassar, médico de trayectoria impecable en cuanto a la investigación científica y consumado lector; y la de Emilia, su nieta, eterna estudiante de Letras y coleccionista de desconciertos amorosos, a la sazón, nieta del primero. La relación entre ambos se desarrolla durante el último año de vida del abuelo, cuando éste elige terminar su vida en pleno uso de sus facultades mentales y con la plena convicción de hacer, hasta el último suspiro, lo que le entre en gana, incluso morirse. En esa trayectoria, su nieta también vive una historia similar: la de su relación con el novio en turno y sus respectivas consecuencias.
            Mientras Emilio Nassar repasa su vida y se enfrasca en hacer lo que dicte su voluntad, como dejarse morir de hambre, con una dieta a base de café con leche, Emilia reconocerá muchas cosas, entre éstas el cambio de carácter de su abuelo hacia ella; ante la ausencia de su padre, su abuelo médico hizo las veces de éste, dándole consejos y lecturas, reclamos y rutinas. Con todas las veces que insistes en los mismos temas, nadie duda de tu edad. Porque siempre tenemos pocos temas, […] en la vejez no hay otra cosas que repetirlos, dice Emilio Nassar a su nieta sobre los individuos de su condición, pero en una de ésas, hasta podría endosárselo a los coetáneos de Emilia; mientras el médico toma chinchón, goza de la amistad de su colega Óscar, escucha El Fonógrafo y se queja de los melodramas de tres pesos que exhiben en el cine y la televisión, la incipiente lectora y sus amigos toman vodka y cubas, presumen fobias y traumas, y, claro, se desviven en relaciones peligrosas, cuyo trofeos o premios de consolación van desde los puñetazos en la pared hasta las llaves de un departamento. En los dos escenarios, prima la reincidencia. (Si el doctor Nassar hubiera conocido a Ana María Domínguez, flamante locutora de El Fonógrafo y coetánea de su nieta, ¿se habría ido de espaldas? Quién sabe…)     
            Tienes que aprender a negociar, sobre todo contigo. No estamos aquí para dormir angustiados: hemos venido a pasarla bien. Estas palabras, junto con una pluma fuente y una servilleta con su nombre escrito en ésta, son la herencia que deja Emilio Nassar a su nieta; su programada partida le deja muchas señales acerca de su vida. Además de la muerte de su abuelo, otra pérdida persiste en Emilia: su ruptura amorosa con José. Ante dichas circunstancias, la única salida factible es contarlas, hasta que el fregadazo deje de sentirse en su totalidad.
            Volviendo a E. M. Cioran, cuando determinada persona le caía en la punta del hígado, solía escribir repetidamente en un cuaderno su odio o animadversión hacia ésta, hasta que en algún momento ya no le pesara tanto y el arrebato iracundo muriera de pereza. En el caso de Brenda Lozano, contar la historia de un anciano “valemadrista”, incluyendo sus propias simpatías y dispatías (empleando dos términos de Alfonso Reyes), es la manera prístina de mantenerlo vivo, donde también, a su vez, se proyecta en la narradora el sufrimiento de dicha pérdida. Volvemos a contar lo que ya hemos contado. Quizá porque no importa lo que pasó sino que volvemos contarlo. Contar una desdicha une, eso lo sabe hasta una lagartija.   
            Con todo, encuentro en Brenda Lozano a una consumada narradora, que se empeña en contar los altibajos y las taras de dos personajes obstinados en la permanencia (del recuerdo particular y familiar) y en la persistencia (de sus errores, aciertos y rutinas); no dudaría en decir que Emilia Nassar, de estar en el lugar de su gastroenterólogo abuelo, haría las mismas cosas, porque, de cierta manera, tanto los viejos como los jóvenes cojean del mismo pie; ya lo decía doña Ofelia Guilmáin, “la juventud no se lleva puesta, se ejerce”.
Por su naturaleza novel, Todo nada aún tiene mucho que esperar, pero el estilo mesurado y franco de Brenda Lozano demuestra un consumado aprendizaje, digno de una Josefina Vicens, o del José Emilio Pacheco de Las batallas en el desierto. En pocas palabras, una narradora sin nada que perder, y de quien esperamos con gusto su Parque hundido, hasta que el tiempo se digne a hacerlo. (Después de todo, a nadie le disgusta reír solo, ¿verdad?)

Brenda Lozano. Todo nada. México, Tusquets, 2009. (Andanzas)

(20/enero/2012)

miércoles, 8 de enero de 2014

Incipiente y experimentada

Ulises Velázquez Gil

En su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, Salvador Elizondo lanzó una sentencia bastante lapidaria para todo autor que se respete: Nada ilustra la vocación de un escritor que la vida de su primer libro. Para unos, resulta gratificante recordarlo, como consecuencia natural de un talento innato, mientras que, para otros, suena engorroso acordarse de ello, por los yerros allí expuestos. Sin embargo, cuando el primer libro de un novel autor alcanza un reconocimiento inesperado, la duda sobre persistir o declinar en el camino se vuelve una constante de vida.
En las letras mexicanas son contados los casos de jóvenes autores que se aventaron al mundo editorial, a sabiendas de pasar desapercibidos, o también, proclives a una extraña sobrevaloración por parte de sus lectores. Algunos –muy pocos, claro– han sabido crecer (y crecerse) con gracia e ingenio, cuyas poéticas, es decir, los engranajes de su creación literaria, ahora nos resultan obvias y hasta recurrentes. A este elenco de noveles autores en México, ahora se inscribe un nombre doblemente atípico: Andrea Chapela, quien aparece en la escena literaria con su primera novela, La heredera.
Compuesta por 24 capítulos (como las horas del día), Andrea Chapela nos cuenta dos historias: una, la de Irene, una joven que tiende a aislarse del mundo conocido, de sus compañeros de escuela, amigos y hasta de su familia, y la segunda, acerca de una región fantástica de proporciones míticas llamada Vâudïz, mundo fantástico creado por Irene. Dos mundos, en apariencia opuestos, que conviven en diplomática distancia, se ven involucrados con la presencia de otro personaje fundamental, Erick, a la sazón compañero de clase de Irene en el colegio, quien se adentra paulatinamente en su mundo.
Vâudïz también tiene a su propia protagonista: la princesa Nannerl, hija menor de la casa real, quien se debate entre tomar su lugar en la sucesión del trono (amedrentada por su hermana Samanta) o buscar su propio camino. Entre las persecuciones y la traición por parte de su hermana, Nannerl se refugia en el Bosque de Medianoche, donde conoce a los niños sin sombra, quienes la reciben con afecto en su morada, y después, llamada por el destino, se integra al grupo de las guerreras nocturnas, aprendiendo toda serie de enseñanzas, entre los conocimientos de la magia y el arte de batirse a duelo. Todos estos sucesos influirán en el reconocimiento gradual de su destino.
Volvamos con Irene; sus problemas con la familia, sus compañeros de escuela y ante la duda de saber si se siente correspondida por Erick, ella se refugia en Vâudïz, donde nunca se sentirá sola. De cierta forma, coincide con Nannerl, el refugiarse en sí misma, pero hay un elemento que nuevamente las hermana: el aprendizaje y el reconocimiento de su destino. Para que la maldad desaparezca del mítico reino, debe reconocerse como la heredera de su reino, en quien todas las cosas habrán de equilibrarse; Irene, por el contrario, para que Vâudïz no se involucre con el “mundo real” (el de su abuela, el de sus amigas) debe compartir su mundo con Erick.
Ante este panorama, me atrevo a decir que La heredera es una novela de aprendizaje, tanto en quien narra la historia como en quien la vive. (Y viceversa.) Si seguimos en este curso, Andrea Chapela tiene una deuda de honor (y de amor a la lectura, por supuesto) hacia sus clásicos, es decir, aquellos libros que conformaron su camino narrativo; Harry Potter, Las crónicas de Narnia y la famosísima saga de J. R. R. Tolkien resuenan en su historia, y no dudaría también que Michael Ende y hasta el Italo Calvino de Si una noche de invierno un viajero o de la trilogía de Nuestros antepasados, se filtren en su prosapia literaria. Si en autores primerizos, las influencias se notan a la primera lectura, para el caso de Andrea Chapela esto no suele verse como defecto, sino como una virtud indiscutible. Al contarnos una historia diferente, siempre estará la impresión de recorrer los mismos lares, de navegar hacia viejos puertos, donde el viaje –la lectura– se renueva constantemente.
Vâudïz existía en algún lugar más allá de su mente. Tal vez había existido antes de que ella lo imaginara. Se dice que un autor no elige sus temas, sino que éstos lo eligen, y para el caso de Andrea Chapela queda muy a la medida, dado que ya hacía falta conocer este tipo de historias, restringidas solamente para la tradición europea. Sin embargo, en el árbol genealógico de las letras mexicanas, escritores como Angelina Muñiz-Huberman, Hugo Hiriart, Esther Seligson y hasta el León Krauze de El vuelo de Eluán, vean en ella a una digna recipiendaria de sus invenciones e intenciones, joven en edad, pero consumada en intuiciones narrativas.
Finalmente, La heredera (primera novela de una tetralogía, a la que seguirán El creador, La cuentista y El cuento) muestra la postrer vocación de una novel escritora, incipiente y experimentada, cuyas mejores líneas aún buscan un lugar hacia donde dirigirse. No cabe duda que estamos ante un caso extraordinario en las letras mexicanas, en espera de volverse tan universales como la Tierra Media, Fantasía o Narnia. Pero esa historia… todavía queda por contarse. (¿Por Andrea, Irene o Nannerl? Esperemos entonces…)

Andrea Chapela. La heredera. Barcelona, Puck, 2008.

(9/enero/2012)

lunes, 6 de enero de 2014

Cartas de navegación

Ulises Velázquez Gil

En alguna entrevista (de las pocas que se permitió conceder), el escritor rumano E. M. Cioran declaró a los cuatro vientos que sólo existen los autores que son releídos; razón no le faltaba –al menos, en parte– porque al releer a los autores que suelen acompañarnos a lo largo de una vida, les regalamos una ración de vida para que su presencia sea notoria y no exenta de sorpresas ante nuestros ojos. (Sucede igual con los biógrafos: al adentrarse aún más en el universo de sus biografiados, éstos recuperan fuerza y prosiguen si vida, sin presentarle cuentas a nadie.) 
En el caso de las antologías literarias (como en los Best Of en la música), suele darse el mismo caso: viejos conocidos aparecen ante nuestros ojos para contarnos, nuevamente, su historia. Tal es el caso de Un montón de piedras de Jorge F. Hernández, volumen que consigna por partida doble una constancia en el oficio de Scherezada, y una selección de sus mejores cuentos, aquellos que han resistido la prueba del tiempo, y cuya lectura sigue siendo la primera de todas. Habrá quienes se preocupan por hacer cuentas, cuadrarlas y sumarlas; el escritor, por el contrario, se ocupa en hacer cuentos, encuadrarlos y restarlos… Habrá quienes viven la realidad en constante ajuste de cuentas; el escritor rinde cuentos y, al hacerlo, intenta otra realidad. (Como quien dice, un “corte de caja”.)
Para los viajeros frecuentes de la narrativa de Jorge F. Hernández, resulta francamente familiar encontrarse con viejos conocidos como el pasajero transatlántico de “El huevo de Colón”, donde un vuelo en clase turista se convierte en una comedia delirante en business class; o aquella travesía en el nostálgico blanco y negro de dos pasajeros que suman a su manda épica a un piloto de tierra firme, cuya sustancia –de la que, me imagino, están hechos los sueños– conforma “En las nubes”. (Paréntesis aparte: esos extraños viajeros, parecidos a sendos personajes de la película Casablanca, son un guiño de ojo a la pasión cinematográfica del autor; por cierto, en su primera novela, La Emperatriz de Lavapiés, el protagonista es parecido al Marcello Mastroianni de Sostiene Pereira. Si “el cine es mejor que la vida”, como decía Emilio García Riera, la vida es el mejor de todos los cuentos.)
En este desfile de luminarias, Rosendo Rebolledo, Patrimonio Balvanera, Wang Feng y el dichoso Avellaneda, viajeros del pretérito, conjugan aquellas formas de escribir la historia según el ilustre vecino de la Rue Broca, Pierre Gripari: la historia con hache mayúscula –materia prima de académicos y gambusinos del pasado– y con hache minúscula, restringida a las charlas de sobremesa o al anecdotario familiar. Aún así... Lejos de la pretensión y el acartonamiento, el oficio de historiar ofrece viajes ilimitados y sus circunstancias, aunque registrables y narrables, son alimento ideal de la imaginación y del ensueño.
Por otro lado, cabe resaltar tres cuentos que tienen como hilo conductor a la noche, donde otras historias se dejan fluir y la sorpresa es cosa de esperarse: una delirante vivencia de la ciudad expuesta en “Noche de ronda”; el aprendizaje de unos tránsfugas de la realidad en su empeño por convertirse en glorias del toreo (“Un farol en la noche”), o la deuda de amor de un maestro hacia el autor en espera de su alternativa literaria en “De regalo”: […] siempre he creido… Creo… que no hay mejor universidad que los libros y no te confundas: uno se juega la vida tanto o más que con escribir que con andar toreando… Lo dicho: escribir es torear. […].
Otro cuento digno de resaltar es “True friendship”, donde un hombre que justifique toda omisión y/o ausencia inoportuna, detona en la historia secreta de un fantasma que, luego de muchos artificios, aparece ante el individuo que lo conjuró, para bien, para mal. (Si uno nunca sabe de la amistad verdadera hasta no conocer a Bill Burton, bien diría que el agua de azar –materia prima de todos sus textos– no funciona a la perfección sin la presencia de Jorge F. Hernández.)
El deseo de volverse enano, una partida fantasmal de dominó o una extraña liturgia que desaparece las urnas de una votación, son sólo algunas de las maravillas encontradas en este volumen, que por igual reúne fantasmas entañables (Ángela, hermana del autor), viajes conjurados a la vera del sueño (“El fuego clásico”) y hasta objetos que encierran una historia de amor (“Un romance antiguo”).
Para quienes seguimos con suma devoción la obra de Jorge F. Hernández, esta antología es un glorioso regreso a territorios ya conocidos, así también una incursión por los primeros pasos de un narrador sin par; producto de muchas lecturas (homenajes) de los autores que lo acompañan cada día de su vida. Un sendero de maestros, augurio para una nueva forma de contar una historia.
Un montón de piedras funciona como el remedio que Bastian Baltazar Bux le dio a Fantasía, como la travesía del Rey Mono hacia el Oeste, o como la Ítaca de Constantino Cavafis: un viaje y un destino. (El primero, permitido por gracia de la lectura; el segundo, la experiencia obtenida, es decir, una historia por contar.) Sea como sea, ya no vemos la vida igual después de leer alguno de los cuentos de esta antología. Según el autor, esto obedece a una decisión personal, pero luego que el lector de a pie logra reconocerse, se vuelve un tópico estrictamente personal. Quien lea estas páginas decide si merecen olvido o contarse o contagiarse y compartirse en voz alta en el diálogo del silencio… como hacemos con los recuerdos.  
En suma, esta maravillosa antología de cuentos escritos por Jorge F. Hernández, es apenas una mínima muestra de una consumada maestría en el oficio de contar historias (con hache mayúscula y minúscula, por supuesto); cartas de navegación a la espera de un viaje interior, donde sus lectores asiduos continuamos acumulando millas de viajero frecuente (otras historias en espera de contarse) y para que los nuevos pasajeros conozcan “el mejor de los mundos imposibles” –Abel Quezada dixit– que sólo la imaginación, o el mero afán de compartir una historia, puede otorgar en esta vida. Para todo lo demás, queda la lectura. (Así sea.)  

Jorge F. Hernández. Un montón de piedras. Antología de cuentos. México, Alfaguara, 2012.

martes, 31 de diciembre de 2013

Quince maneras de leer 2013

Ulises Velázquez Gil

Durante 2013, y por una serie de sucesos desafortunados, la columna de quien esto escribe, La marcha de las Letras, desapareció de la red, al igual que el espacio virtual que la refugió durante más de dos años, de pátina crítica e imperante atención. (Para los gaznápiros que urdieron aquella mala pasada, solamente queda decirles lo siguiente: Gracias, porque su malintencionada acción, en aras de mermar nuestra labor informativa, la duplicó; por concederme un time-out para seguir leyendo este mundo que me tocó en suerte vivir, y también por recordarme que la vida es mejor cuando se camina a contracorriente. Inmerecidas, pero gracias al fin.) Hecho el presente descargo, a lo que sigue.
Como en todas mis películas, al momento de hacer el listado definitivo de los libros que tuve la dicha de leer a lo largo del año que termina, los libros más relevantes sobrepasaban el número de quince, y, en aras de una decisión salomónica, resolví quedarme con aquéllos que, de cierta manera, resumen una deuda de cariñosa lectura, donde la presencia de algunos autores ya inscritos en listados anteriores no se hace del rogar. A final de cuentas, toda lectura siempre es una forma de agradecimiento. En suma, aquí les va esta selección.

1) Fiat Lux (Paula Abramo) A manera de viaje al principio del mundo, por medio de la poesía se cuenta una genealogía donde todos los tiempos se conjugan, pero también se posponen; anagnórisis y eternidad, desprendidas de la luz de un fósforo.
2) “Así eran mis libros…” (Bertha Hernández) Prístina biografía de aquellos primeros libros que nos dieron, además de conocimiento y educación, un destino; espejo y rompecabezas que revelan una historia en espera de escribirse. Una Historia para leer y compartir.
3) Pasiones y obsesiones (Sandra Lorenzano) Todo escritor que se respete cuenta con sus propias pasiones y obsesiones, las cuales, en franca conjunción, originan una obra única y susceptible de leerse; un muestrario que da fe de la diversidad los autores y sus corazonadas. (¿Guía práctica para el novel autor? Sin duda…)
4) Xóchitl Uchitelnitza (Roberto López Moreno) Nueva expedición en busca del ábrara, esa partícula mágica −y poética− que concede a las cosas un gajo de eternidad, que en esta ocasión se transforma en un ramillete de flores; de los poemurales al movimiento laconista, un remanso dentro de la obra de López Moreno.
5) De hogueras (Arturo Córdova Just) Veinte años de constancia poética que ya necesitaban su propia escala íntima, donde se refrende un prístino quehacer, en aras de detener la palabra que se escapa frente a nuestros ojos: del verso breve –casi aforístico− a la fuerza del versículo –profético hasta el incendio.
6) De Zitilchén (Hernán Lara Zavala) Treinta años después de su primera edición, este volumen regresa al punto de origen para contarnos otras historias que solamente confirman aquella máxima de León Tolstoi: “Pinta tu aldea y pintarás al mundo”.
7) Todas mis vidas posibles (Beatriz Rivas) ¿Qué hay detrás de un nombre? ¿Y más si se trata del mismo? Por fuerza del azar, toda historia confluye en la coincidencia nominal, pero los enlaces entre una u otra se unen paulatinamente cada vez que el nombre busca su lugar; reunión de döppergangers, donde lo más inverosímil se vuelve sentencia de vida.
8) Pasajeros con destino (Julieta García González) Seis cuentos que juegan con el desconcierto de la vida diaria, donde lo único seguro es el afán por contar sus historias. (Una continuación de las obsesiones de Las malas costumbres, pero vueltas situación límite.) 
9) Trasiego (Alejandro Sandoval) Recuento de varias décadas de constancia poética, que muestran un enorme dominio de la ingeniería poética; para quienes se les dificultaba encontrar las obras de Alejandro Sandoval, esta compilación es un primer acercamiento, así también un deseado regreso a casa.
10) México-Pekín (Claudia Hernández de Valle-Arizpe) En la geografía poética de Claudia Hernández de Valle-Arizpe, este poemario representa el asombro y la maravilla producidos durante su estancia en China; así también un sano paralelo entre la tierra de origen y el destino del viaje. (¿Viaje redondo? Quizás…)
11) El fantasma doméstico e Historias de papel tapiz (Raymundo Ramos) Tercer volumen de la llamada Galaxia Ramos, reúne una serie de relatos y minicuentos escritos a lo largo de una década; a caballo entre el retrato de caballete y la anécdota de sobremesa, su toque de distinción roza el humor delirante y la ironía desmedida.
12) Ángel María Garibay: La rueda y el río (Miguel León-Portilla y Patrick Johansson) La biografía de un mexiquense eminente llega en esta nueva edición asequible (además de corregida y aumentada), bien complementada por una breve antología de su obra. Sea investigación, sea creación literaria, sin duda, es un talento desmedido.
13) Un montón de piedras (Jorge F. Hernández) A diferencia de su versión anterior (publicada bajo el auspicio del Gobierno de Colima), esta antología de cuentos reúne la pasión de un escritor por contar historias de índole diversa; a primera vista, es un corte de caja para dos décadas de labor narrativa, pero también es el resumen de una pasión convertida en cuento. 
14) Sótano de sí (Camila Krauss) El tercer libro de esta poeta inmune a toda clasificación, en esta ocasión es un alto en el camino, o mejor dicho, la promesa de un sendero; a cada instante, la duda se deja ver y entre los versos crea posibilidades, descubre caminos y transforma miradas, y como en la poesía se permite todo, digno es no hablar del resto del viaje, hasta conocerlo de primera fuente. 
15) Vasija (Diana del Ángel) Un primer libro es siempre la promesa de un viaje, donde la trayectoria a seguir se inscribe en una suerte de aprendizaje, que nos hace voltear la mirada hacia las cosas sencillas, aquellas que sólo la naturaleza nos entrega de forma generosa; mientras la palabra nos acompañe, todo está permitido, incluso reinventarse la mirada.

A mis compañeros de andanzas y maestranzas librescas, pero sobre todo a mis lectores fieles, reciban mis mejores deseos con la esperanza de seguir contando con su preferencia en un 2014, pletórico en Centenarios y demás aniversarios que nos permitan vivir la lectura. Para ustedes, mi más franco agradecimiento. 
(¡¡Gracias, siempre gracias!!)

lunes, 30 de diciembre de 2013

Itinerario y escalas

Ulises Velázquez Gil

En algún instante de su creación poética (muy a la par de sus ingentes labores de traducción), el padre Ángel María Garibay confesó que la poesía “escapa a veces de la mente y sale de los labios para trazarse en el lienzo con la palabra de los colores”; para quienes ejercemos (sea en menor o mayor medida) el oficio de las palabras, esta experiencia llega sin previo aviso y con el temor de perder de vista aquella epifanía, nuestra primera incursión apenas se queda en intento. (Insistiremos en ello, eso sí…)  
            Consciente de esa posibilidad referida por Garibay, Diana del Ángel nos comparte el primer resultado de su búsqueda en Vasija, poemario con que habrá de trazar una trayectoria prometedora. Pero comencemos por el principio.
            La primera parte del libro se compone por cuatro secciones, cada una encabezada por un elemento de la naturaleza, que juntas tienen una peculiaridad: dar fe de un proceso de crecimiento, así también de las cosas sucedidas en colateral compañía. En dicho proceso, contado a guisa de Bitácora, extraemos maravillas como éstas: La leptophobia […] se adapta a casi cualquier espacio […] Su sencillez se traduce en el blanco de sus alas, adornadas sobriamente por unas pequeñas manchas negras en sus bordes. (“Primer contacto”); […] Las mariposas suelen poner entre cincuenta y setenta en cada hoja. Animadas por un peculiar instinto de la geometría, los colocan formando diminutos bloques rectangulares […] (“Resolución”); […] Nunca se duerme. Solamente cuando la muevo puedo ver que está atada a una hoja por un invisible hilo de seda… (“Hilo”), o Me gusta pensar en el misterio que tengo ante mis ojos. Por momentos me imagino dentro de la oscuridad de su reposo, y entre sombras me veo como la otra que despierta en mí. (“Crisálida”)
Si revisamos con cuidado los fragmentos arriba referidos, notamos que se habla de una mariposa, insecto que la autora busca a su vez definirla mediante la mirada poética, como en “Ala posible” (Potencia del mundo/ como la palabra/ que balbuceo al despertar/ como los secretos de infancia), “Ala desnuda” (…no me atrevo a tocarla/ sin saberlo siquiera/ en su insomnio perenne/ vislumbro sus futuras alas), o en “Ala marginal” (…no sé cuál fue/ la ensoñación que me dio forma/ ni sé lo que seré/ cuando deje esta piel vacía)  
También cabe destacar la presencia de un poema capital en la primera parte de Vasija: “Vena de luz”, punto de equilibrio entre la mirada de la mariposa descrita en la bitácora y los desencuentros de la autora por ceñir su mundo interior al ambiente que la rodea: Sin saber a dónde iría/ por un camino de piedra/ como una espina en la carne/ atravesé la otra orilla// [...] La mirada hipnotizada/ descubre por vez primera/ en la oscuridad de piedra/ el reflejo que la aclara// […] Miraba la mariposa/ que había crecido ahí dentro/ abrí los ojos del sueño/ y la vi brillar al viento
Por otro lado, digno es hacer énfasis en el poema largo que conforma la segunda parte de este libro; “Vasija”, de previa publicación y del cual se ofrecen algunos fragmentos, funciona como un coro a varias voces, cada una con su elemental manera de contar el tiempo: Esfera negra de irreparable augurio./ ¿Sabes qué sucede cuando se rompe el cántaro?// Un mecanismo de maldiciones. (¿”Caja de Pandora”, quizás?); […] sonido abrupto hieren mis recuerdos/ trozos de barro dispersos/ en la sombra de mi infancia/ su oscuridad conserva las canciones/ que mis labios moldean […] El barro funciona como metáfora del origen; transformado en vasija, se ocupa de contener experiencias, recuerdos, territorios ideales para el quehacer poético: patria del corazón, matria de palabras.        
            En Vasija, se presienten algunas lecturas de la lírica náhuatl, puesto que muchas de las imágenes que Diana del Ángel traza en sus poemas, cuenten con la misma sencillez que aquellos poemas prehispánicos. (No es gratuito que varios de los epígrafes del libro procedan del Poema de Chalco, por ejemplo.) Siendo así, no dudaría ni un ápice que estos versos −traducidos y compilados por Ángel María Garibay en Poesía indígena de la Altiplanicie− le quedarían muy a la medida: […] de tu interior brota el canto florido que tú, poeta,/ haces llover y difundes sobre otros.   
En suma, Diana del Ángel comienza una impecable trayectoria poética con un libro sencillo en imágenes, llenas de sabiduría que solamente otorga una constancia poética inmune a toda nomenclatura; itinerario y escalas de una mariposa en espera de otros aprendizajes, donde al final toda respuesta se acercará –aunque sea un poco− a esa lacónica resolución de Octavio Paz: La mariposa no dudaba:/ volaba. (Lo demás es silencio.)     

Diana del Ángel. Vasija. Cuernavaca, México, Instituto de Cultura de Morelos, 2012 (La Hogaza. Trazos, 7).

lunes, 23 de diciembre de 2013

Agua de dos orillas

Ulises Velázquez Gil

En la poesía como en la geografía, toda expedición es una forma de lectura; cuando revisamos los mapas u hojeamos un libro de poesía, buscamos en primer término el lugar donde nos encontramos, delimitando siempre el punto de partida. Al final, como en el poema legendario de Constantino Cavafis, “Ítaca”, o en Las ciudades invisibles de Italo Calvino, la respuesta se encuentra en nuestras manos.  
        Viajera frecuente por la geografía de la literatura, Claudia Hernández de Valle-Arizpe nos presenta un poemario donde se confirma, de nueva cuenta, su dominio del oficio poético, ahora centrado en territorios harto familiares para las letras: México-Pekín, volumen que consigna buena parte de sus experiencias en el lejano Oriente.
      A lo largo de nueve secciones, Hernández de Valle-Arizpe nos comparte una parte sustancial de su estancia en China, un lugar que la llenó de asombro, por las marcadas coincidencias entre las patrias del corazón y del afecto (México y Pekín, respectivamente), y entre el asombro expuesto sucede una sístole-diástole entre ambas patrias, como lo evidencia el poeta-río “Como naipes”: Multiplicado en su caos el día pone/ énfasis en los ruidos de la avenida/ Xola que sin verde y con tránsito/ incendiada por el sol de abril/ colapsa y revive una y otra vez/ organizada como un plexo […] Pagodas en medio del parque/ elevan a otra altura el periférico de/ kilómetros de extensión gris/ índigo –plata tornasol– y ella/ norteada otra vez perdida como siempre […]
Estrofa tras estrofa (secundadas por un acróstico apenas disimulado), la mirada mexicana y la experiencia pequinesa se alternan hasta el grado de no saber, a primera vista, si la realidad es de forma contraria (¿una mirada pequinesa?, ¿una experiencia mexicana?), sin embargo, hay una tercera vía que podría responder a esa inquietud: Madruga la ciudad su aire su agua hedionda/ pisada en charcos donde tiemblan/ edificios con letreros de neón Desde temprano se/ enluta el día con las noticias de más caídos:/ Xóchitl Ernesto su papá su hijo/ Karla Juan Ramón Alicia el/ índice de muertos desborda la página y no es/ imaginario no es ficción mientras ve cómo/ cae el ángel de su columna se hace añicos/ nada sucede y todos respiramos en la/ oscuridad […] (Es decir, ¿qué ambas ciudades se funden en una sola? ¿Qué la poesía hermana sensibilidades diferentes después de todo? Sigamos con nuestro recorrido…)  
Si prestamos atención a los poemas contenidos en varias secciones intermedias (“En las plazas”, “Y en los parques”, “Templos”, “Y de celebraciones”), ¿se nos habla de la Ciudad de México, o de Pekín?  Dejemos que la poesía declare de primera fuente: Vibra en la Plaza Mayor su templo,/ el palacio del emperador,/ el asta blanca. […] En ambos lados quema el sol la piedra/ y el pavimento los pies en la plaza sin sombra,/ sin interior y sin árboles. (“Del otro lado”); El sauce de China y el ahuehuete mexicano/ crecen su tronco invisible,/ su trifulca de raíces entre algas/ y conforman un paisaje para pasar de largo/ o para caminar hacia su interior,/ hacia su cuerpo de encinos, cedros, tepozanes. (“Chapultepec”); Para penitentes en cuatro grados, esta casa real/ que acoge a millones. […] Y que me ampare –Iglesia de la oscuridad–/ la fe en la tabla de quien naufraga. (“Basílica”) Y como último testimonio, estos versos: Vestido de Mis Quince como anémona, con la textura y el brillo del tangyuan de ajonjolí que espera.// Acá el humo del cerdo. Allá la neblina del hielo. ¿Frito? ¿Seco? (“Y celebraciones”) En este juego de alternancias, con miras a darle a cada geografía su tiempo justo, en algún momento se crea un tercer territorio, comprobado por obra y gracia de la poesía.  
[Paréntesis aparte: para los viajeros frecuentes de la obra de Claudia Hernández de Valle-Arizpe, es grato hallar en México-Pekín la presencia de la comida en China, que nos remiten de inmediato a un texto incluido en Porque siempre importa, donde nos cuenta punto por punto sobre un ritual inamovible; pero tal parece que todo se resume en lo siguiente: Ninguna explicación se comprende./ Ninguna vuelta al pasado./ Ninguna referencia a su historia,/ al gran hambre de siglos,/ al deseo de agradar/ o a la necesidad de ofrecer son suficientes. (“Tras el banquete”) Más claro, ni el agua.]      
          Como en algunos poemas de Deshielo, Perros muy azules y Lejos, de muy cerca, nunca falta en la poesía de Claudia Hernández de Valle-Arizpe la figura de la extranjera, quien al situarse en lares ajenos a ella, termina por reconocerse en la gente del país que la recibe, de una u otra manera. En el último viaje por tierra, al acercarse,/ aumenta su esplendor y ciega la esperanza. […] En la capital, los templos y terrazas/ fueron construidos por miles de hombres,/ no por el viento y la lluvia. (“El migrante”) Y a medida que se reconoce en las cosas que vive y observa, esa buscada anagnórisis se encuentra en el migrante chino, Feng, peregrino en su propia patria (Al despertar veo en la luz/ a una mujer con las pupilas de un ciervo) y con la extranjera dentro de sí, firma su encuentro de esta forma: Morimos tantas veces, nos morimos/ a cada rato, parece decirme ella desde dentro de mí,/ desde las pupilas del ciervo.   
A lo largo de México-Pekín, podemos descubrir dos elementos primordiales que funcionan a manera de cicerones en toda la obra: el “Nocturno alterno” de José Juan Tablada, donde se hilvanan Nueva York y Bogotá, extremos de la misma madeja poética, y en segundo término, la Ciudad contra el cielo de Elva Macías, mapa de viaje interior por China, y de cuyas estancias retomo la siguiente, que bien resumiría la búsqueda de Claudia Hernández de Valle-Arizpe: Todo reino tiene su término:/ el afán de eternidad se cumple/ en la conciencia de los hombres. Y en esa búsqueda, un pródigo verso funciona a guisa de ritornelo (Madruga la ciudad su aire su agua hedionda), que nos recuerda con claridad que toda ciudad se parece, aunque la geografía o la urbanización se obstinen en negarlo.
A final de cuentas, México-Pekín nos introduce en un escenario idóneo que sólo la poesía puede otorgar; un espejo sobre el cual reflejarse, agua de dos orillas que despierte en nosotros el asombro y la conciencia de ser, diría otro viajero de la poesía, contemporáneos de todos los hombres. Todavía queda mucho trecho por recorrer en la geopoética de Claudia Hernández de Valle-Arizpe, y mientras llega el momento de proseguir el viaje, queda en nosotros su dedicada lectura. Si los viajes ilustran, la poesía crea, descubre y transforma. (Verdad que sí.)     

Claudia Hernández de Valle-Arizpe. México-Pekín. México, CONACULTA, 2013. (Práctica Mortal)