jueves, 23 de octubre de 2008

Un día en "fast track"

Reza el lugar común que "los viajes ilustran" y para las cosas que viví antier, digamos que se cumplió (¡¡y bien!!) esa sentencia. Pero si le sumamos que dichas andanzas se suscitaron en la misma ciudad, el propósito se dio a carta cabal. Mejor me explico.
Salí de casa más tarde de lo programado: una amiga me invitó a un coloquio en la Facultad de Filosofía y Letras y resolví acompañarla en tan importante ocasión. Como el destino siempre está proclive al cambio, tomé la decisión de irme hasta la estación del flamante Tren Suburbano que se encuentra por aquellos lares. Ya en la estación San Rafael, aboné algo de presupuesto a mi tarjeta y bon voyage!!! Sin embargo, no contaba con que me subí al tren equivocado porque en cuestión de minutos estaba llegando a la estación terminal, Lechería. "Ahora, ¿qué hago?", me dije. Bajé del tren y hecho un manojo de nervios, caminaba sin cesar por la estación. Hasta que, finalmente, encontré otro tren (éste sí, con dirección Buenavista) y me subí de inmediato. Mientras me acomodaba en mi asiento, dos cosas asaltaban mi pensamiento: una, estaba muy atrasado en mi itinerario hacia el sur para apoyar a mi amiga, y la otra, no sabía cómo escribir el outline del artículo que debo entregar por estos días. Solamente saqué de mi bolsa un libro de Andrés Henestrosa y mientras llegaba a mi destino, leía y leía sin darle importancia al resto del mundo. (Algo más, cada vez que viajo en el suburbano, siempre vienen a mi mente algunas escenas del videoclip de Mylène Farmer para la canción "XXL". Cosas que pasan.) En menos de lo esperado, estaba llegando a la terminal, Buenavista.
En cosa de minutos, saqué otra tarjeta, esta vez la del Metro, porque mi trayectoria siguiente derivaría en Ciudad Universitaria. Casi a punto de llegar a Copilco, revisé mi reloj y ¡¡sorpresa, sorpresa!!, el tiempo estaba de mi lado. Aún así, a paso berlinés llegué a la Facultad y logré acompañar a mi amiga, incluso antes de lo esperado, porque la mesa anterior a la suya, se había prolongado más de la cuenta. De cualquier manera, terminando su intervención, ella debía irse. (Me comentó algo antes de su conferencia, según recuerdo.) Y, por tanto, también yo me retiraba. En los pocos minutos que nos restaban juntos, hablamos de las cosas que habían pasado a lo largo de casi un año que llevamos de conocernos. De cualquier manera, ella -ya con un pie en el autobus universitario- me contará más mediante el e-mail.
No habían pasado ni quince minutos cuando pasó otro autobus, el cual hacía escala en una parada aledaña del Metrobus, donde al llegar, saqué otra tarjeta y, de acuerdo a mi proteica agenda, le debía una visita a una colega en el INEHRM. Lamentablemente, había pasado el metrobus que me correspondía, pero en cuestión de segundos apareció otro que -parcialmente- me acercaría a mi destino. Me bajé en La Bombilla y con una extraña tranquilidad, me dirigí hacia el instituto. Mi amiga ya esperaba mi visita y me tenía listo, no un ejemplar, ¡¡sino tres!! de los libros que editó el INEHRM. (La semana pasada, cuando tuve la oportunidad de saludarla durante un coloquio, entre plática y plática salió el tema de las publicaciones, y ella, de forma inesperada, quedó en obsequiarme algunos ejemplares, cosa que siempre le agradeceré.) No demoré mi estancia y luego de darle las gracias y de saludar a un colega nuestro, seguí con mi viaje. En la Librería del FCE, en Miguel Ángel de Quevedo, mi estancia se prolongó por varias horas.
Después de leer (casi por completo) algunos libros de Andrés Henestrosa, hojear los últimos números de Istor, ver de lejitos a Adolfo Castañón y revisar los anaqueles dedicados a las publicaciones de Conaculta, me dirigí hacia la última parte de mi viaje: el Palacio de Bellas Artes, donde se llevaría a cabo el Homenaje a Guillermo Samperio, por sus 60 años de vida. Me acomodé en un excelente lugar y no me perdí nada del show. Me alegré de encontrarme con tres compañeros míos, Ernesto, Sandra y Maribel, y con quienes pasé un buen rato. Obviamente, saqué de mi bolsa mis ejemplares de Hernán Lara Zavala, Silvia Molina y, claro, Guillermo Samperio, para obtener la tan ansiada rúbrica. Al filo de las 10 p.m, coincidimos en dejar el palacio e irnos a nuestras respectivas casas.
Mientras llegaba a casita, pensaba muy detenidamente en que sólo necesité para llevar a cabo todo eso, simple y sencillamente tres tarjetas: Metrobus, Suburbano y del Metro. Cada quien debe sentirse afortunado de tenerlas, porque así (no sin antes abonarles algo de presupuesto, por si acaso) los días que surgen en fast track, siempre terminan siendo los mejores. ¿No es así?

miércoles, 15 de octubre de 2008

La bolsa de la vida

Al confesar lo siguiente, me siento como personaje de Sex and the city: tengo una tremenda debilidad por las bolsas. Pero no por las Louis Vuitton, Cartier y/o Prada, sino por las que venden en las librerías. (Me reservo los nombres.) Y no es para menos, dado mi interés por llevar un mundo y medio en su interior. Más despacio y me explicaré mejor.
En mis años verdes como estudiante preparatoriano, siempre tuve el deseo de tener una bolsa de librería como las que usaban tanto mi maestro de taller literario como mi gran amiga, hoy día metida en política, pero tuvieron que pasar muchos años, hasta que mi trajín por las librerías se volvió escala obligada durante mis primeros años en la carrera de Letras. En una librería de Donceles, luego de hallar el ejemplar que necesitaba para una de mis clases, vi a un costado del mostrador, una flamante bolsa de tela con el logotipo de la librería y cuyo precio estaba bastante bien. Resolví comprarla y así cumplir mis aspiraciones de literato, es decir, llevar los libros que me acompañarían en mis andanzas por la ciudad, además de la libreta y los bolígrafos para plasmar las ideas al vuelo, y, claro, algunos víveres para alegrar el día (y el estómago). Durante varios meses, aquella bolsa de librería casi se volvió mi casa. Una compañera muy querida, al verla, de pronto quiso la suya; resolví encontrarle una igualita, pero no lo logré. Una tarde lluviosa, luego de pasar horas y felices minutos tomando un café y unos churros en El Moro, en un arrebato de generosidad, terminé por obsequiársela.
Pasó un tiempo y, al darme una vuelta por una de las librerías del Pacificador y ver que su precio me ajustaba muy bien, compré otra bolsa, que al poco tiempo corrió con la misma suerte que la primera; en ese momento, un politólogo fue su súbito destinatario. (Para aquel entonces, ya usaba mi portafolios guinda, así que pospuse la adquisición de una tercera.)
Hace unos meses, durante el coloquio Fronteras de tinta, a cada ponente se le obsequió, además de su constancia de participación y un bolígrafo, una flamante bolsa de lona de color azul, que aguantaría, no sólo un mundo y medio, sino hasta dos. (Finalmente, mi espera valió mucho la pena.) Pero eso no impidió que comprara otra, de color café, en el stand de El Colegio de México, durante la pasada Feria del Libro en el Museo de Antropología, y de la que, cabe decirlo, me ha dado bastante batalla. (Aún la uso, por si se me olvidaba mencionarlo.)
Entre tantas cosas, ¿para qué dedico unas líneas a este objeto? Muy sencillo. Se trata de un elemento vital para quienes hacemos de las letras una extensión de la vida o inclusive hasta la vida misma. Las cosas que guardamos en las bolsas de librería, son el reflejo del camino que elegimos, y, si se quiere, todo esto acaba por volverse la vida misma. Aunque cada quien tendrá su propia versión, al final habremos de coincidir que la vida es buena cuando la usamos, pero mucho mejor cuando la llevamos allí dentro. ¿A poco no?

lunes, 13 de octubre de 2008

Se renueva el Consejo

Consejeras, ciudadanos y habitantes:

Hace seis meses, la Nueva República de Babel cumplió su primer año y con el ingreso de nuevas integrantes al Consejo Femenino de Gobierno, las ideas que conforman su ser y hacer se renuevan día tras día. Ahora bien, el máximo órgano rector vuelve a renovarse con la presencia de nuevas integrantes, de las cuales, cabe decir, algunas ascenderan a un estado superior. Por ello, hago los siguientes anuncios:
  • Las consejeras numerarias Elisa Cuevas y Pilar Máynez, y la honoraria Martha Loyo, ascienden al grado de Decanas, por sus contribuciones en pro de la cliocracia babélica. Los lugares que dejan vacantes en cada sector serán ocupadas por las historiadoras Miriam Godínez y Beatriz Padilla, y por la periodista Julia Cuéllar, respectivamente, quienes ahora tendrán voz y voto dentro de la NRB. (Cabe notar que Julia Cuéllar seguirá siendo nuestra Embajadora Neobabélica Cultural, pero ahora, como Consejera Honoraria, su presencia en la Nueva República de Babel ahora será permanente.)
  • Claudia Chantaca, de consejera corresponsal, pasará a la categoría de Numeraria.
  • Nombro a la literata y actriz Ariadna Islas Bustamante, y a las historiadoras Dulce Liliana Cruz y Rita Robles como nuevas ciudadanas de la Nueva República de Babel, esperando que sus preferencias y coincidencias tengan cabida en este lugar a contracorriente. ¡¡Bienvenidas!!
  • Durante la semana del 27 al 31 de octubre, me ausentaré de la Presidencia por razones académicas (para las cuales estaré acompañado por la decana Pilar Máynez, representante del Consejo) y detentaré mis funciones en una Junta de Gobierno, conformada por las decanas Leyvi Castro, Martha Loyo, Paulina Martínez y Rosalía Velázquez.
Esperando que estas cosas se lleven a buen término, solamente me resta desearles buena suerte y ya el 3 de Noviembre, estaré de vuelta por estos lares.

Atte.
Ulises Velázquez,
Presidente de la Nueva República de Babel

domingo, 28 de septiembre de 2008

¡¡¡Marcello Mastroianni!!!

La primera vez que en mi vida oí hablar de Marcello Mastroianni, fue en el mero día de su muerte, un jueves 19 de diciembre de 1996. No había noticiario que le dedicara algunos minutos para recordar su vida y su obra. Pero gracias a estas motivaciones necrológicas, me acerqué a sus películas y esa admiración quedó plasmada en uno de mis primeros poemas, un soneto, para ser preciso sobre el gran Marcello, el cual, próximamente, reproduciré aquí.
Nacido un día como hoy, un 28 de septiembre de 1923, en Fontana Liri, Marcello Vincenzo Domenico Mastrojanni tuvo desde muy joven una inclinación por el arte y, concretamente, por la actuación. Luego de escapar de un campo de trabajo nazi, se gana la vida con el oficio que aprendió de su padre, la carpintería, y además agregaba algunos dibujos de su autoría. Aunque sus intenciones de estudiar arquitectura eran seguras, el director Luchino Visconti fue quien lo convirtió al culto a las tablas, es decir, lo convirtió en actor. En el cine italiano, ¡¡con quien no trabajó!! Mario Monicelli, Marco Ferreri, Pietro Germi, Dino Risi, Ettore Scola, el propio Visconti, pero fue Federico Fellini quien lo llevó a los cuernos de la luna. Además, era más que innegable el tremendo sex appeal que lo hacía único. (Faye Dunaway, Monica Vitti, Marina Vlady, Giulietta Massina, Sophia Loren y Cathèrine Deneuve pueden comprobarlo.)
Sin embargo, Marcello siempre andaba en busca de nuevos proyectos fílmicos, mismos que lo llevaran hacia otros países y hacer lo que siempre ha amado: actuar. Theo Angelopoulos, Nikita Mijalkov, Robert Altman y Manoel de Oliveira, por decir algunos. Inclusive, por esta naturaleza, siempre gustaba de probarse a sí mismo. (Nunca le falló el tino.) Desde el avejentado Casanova de La noche de Varennes, pasando por el político desaparecido de El paso suspendido de la cigüeña, hasta el conmovedor protagonista de Sostiene Pereira, Mastroianni siempre acaba por convencernos y, a su vez, él mismo juega con dicho rol.
A diferencia de su personaje en Sostiene Pereira, no intento con estas líneas hacer una necrológica ni mucho menos un esbozo biográfico; simplemente que esto sirva de invitación para acercarse a sus películas, y a su vida también, claro está. Mientras él estaba en Portugal, rodando su última película, Viaje al principio del mundo, la cineasta Anna María Tatò aprovechaba las pausas en el rodaje para filmarlo en todo momento. El resultado de esa proeza fue un documental biográfico, cuya versión en libro lleva el nombre Sí, ya me acuerdo (Mi ricordo, si, io mi ricordo), del cual presento, a guisa de colofón, un hermoso texto que bien lo podría definirlo con todas las letras. El resto, sobra decirlo, corre por cuenta de ustedes.

Como un viejo elefante

Recuerdo un gran níspero.
Recuerdo mi asombro y fascinación al contemplar los rascacielos de Nueva York desde Park Avenue, a la hora del crepúsculo.
Recuerdo la cazuelita de aluminio a la que le faltaba un asa y donde mi madre freía los huevos.
Recuerdo la voz de Rabagliati saliendo de un gran tocadiscos y cantando: "E tic e tac cos'è che batte è l'orologio del cuor".
Recuerdo a Clark Gable muy joven, en blanco y negro, de espaldas; luego se vuelve y sonríe... así. Un tunante irresistiblemente simpático. ¿Qué película era? Quizá Sucedió una noche.
Recuerdo la carpintería de mi abuelo y de mi padre. Mi abuelo está haciendo una silla. ¡Recuerdo el olor de la madera, el olor de la madera!
Recuerdo los uniformes de los alemanes. Recuerdo a los refugiados.
Recuerdo que en una ocasión soñé que vivía en un dirigible. O quizás era una astronave.
Recuerdo a H.G.Wells, a Simenon, a Ray Bradbury.
Recuerdo las ilustraciones en color de La Domenica del Corriere. Y también Flash Gordon.
Recuerdo que Fellini me llamaba Snaporaz.
Recuerdo la primera vez que fui de campamento.
Recuerdo a Chéjov, en particular al capitán Solioni, que en Las tres hermanas dice: "pío, pío, pío".
Recuerdo la primera vez que vi las montañas, y la nieve, y la emoción que sentí.
Recuerdo la música de Stardust. Era antes de la guerra. Bailaba con una chica que llevaba un vestido floreado.
Recuerdo los caballos del viejo anuncio de cervezas Peroni.
Recuerdo perfectamente el sabor y el olor del cocido de garbanzos. Y recuerdo que la noche de Navidad se jugaba al bingo.
Recuerdo el terrible zumbido de los Liberators, los aviones norteamericanos del primer bombardeo sobre Roma.
Recuerdo la agilidad tan elegante de Fred Astaire.
Recuerdo la primera vez que el hombre pisó la luna al ralentí. Pero, ¿dónde estaba yo?
Recuerdo que fui por primera vez al cine en Turín. Vi Ben Hur, con Ramón Novarro. Tenía seis años.
Recuerdo París, cuando nació mi hija Chiara.
Recuerdo las croquetas de arroz. Pero era imposible comprar todos los días, costaban cuarenta céntimos.
Recuerdo mi primer sombrero de hombre; era modelo Saratoga.
Recuerdo las películas cómicas de Charlot.
Recuerdo a mi hermano Ruggero.
Recuerdo que Cicerón nació en el año 106 A.C., es decir, 2122 años antes que yo, pero a dos pasos de mi casa, en Arpino. Mi abuelo se sentía orgulloso de ello. "Vitam regit fortuna, non sapientia", me decía, citando a nuestro conciudadano. Luego dejaba escapar un suspiro y añadía: "Pues sí, la fortuna es la que dirige la vida, no la sabiduría."
Recuerdo una noche de verano con olor a lluvia.
Recuerdo las aventuras de Ulises: "Háblame, musa, de aquel varón de multiforme ingenio..."
Recuerdo a Classius Clay (llamado La Lengua) en Nueva York, enfrentándose a Frazer.
Recuerdo la espléndida cabeza cana del arquitecto Ridolfi, mi profesor de dibujo arquitectónico.
Recuerdo los primeros dibujos de mi hija Bárbara.
Recuerdo mi proyecto de elevar el Tíber construyendo debajo una carretera.
Recuerdo a Greta Garbo mirándome los zapatos y diciendo: "Italian shoes?"
Recuerdo el primer cigarrillo que fumé. Estaba hecho, lo recuerdo perfectamente, con barbas de mazorcas.
Recuerdo las manos de mi tío Umberto, unas manos fuertes como tenazas, manos de escultor.
Recuerdo el silencio que se hizo en el restaurante Chez Maxim's cuando apareció Gary Cooper vestido con un esmoquin blanco.
Recuerdo una pequeña estación y el ruido de los trenes. Recuerdo a la cajera del bar de la estación. La caja hacía: ¡clin,clin,clin,clin! ¡Cobrado!
Recuerdo a Marilyn Monroe.
El primer automóvil que tuve, lo recuerdo, era un Topolino modelo camioneta.
No sé por qué recuerdo esta estúpida retahíla: "¡Oh cuántas chicas guapas, Madame Doré, oh cuántas chicas guapas!"
Recuerdo las luciérnagas, que ya no se ven.
Recuerdo la nieve en la plaza Roja de Moscú.
Recuerdo un sueño en el que alguien me dice que me lleve los recuerdos de casa de mis padres.
Recuerdo un viaje en tren durante la guerra: el tren entraba en un túnel, se hace una gran oscuridad y, entonces, en el medio del silencio, una desconocida me besa en la boca.
Recuerdo a los kurdos masacrados en un éxodo bíblico; recuerdo que no debo olvidar la violencia de tantas imágenes absurdamente violentas.
Recuerdo también la sensación de silencio y de luz suspendidos sobre la ciudad de Jerusalén como un halo místico.
Recuerdo el deseo de ver qué será de este mundo, qué sucederá en el año 2000, y de estar allí y recordarlo todo como un viejo elefante, sí, porque, lo recuerdo ¡siempre he sido muy curioso!
Y hasta recuerdo cuando íbamos a cazar lagartijas. ¡Mi tirachinas!
Recuerdo mi primera noche de amor.
Sí, ya me acuerdo. . .

sábado, 27 de septiembre de 2008

¡¡¡Felicidades, Pilar!!!

La Galería de Consejeras que preside la Nueva República de Babel, no estaría completa sin la presencia de una mujer muy importante, quien desde el principio de esta aventura en red, estuvo presente. Hoy dedico las presentes líneas para homenajear a Pilar Máynez, en ocasión de su cumpleaños.
Conocí a Pilar de la forma más lógica: fue mi maestra de las materias Teorías Lingüísticas I y II en la carrera de Letras Hispánicas en la FES-Acatlán, aunque ya sabía que era toda una eminencia, dado que estuvo muy al pendiente de la organización del Primer Encuentro de Historiografía Lingüística (y Tercero de Lingüística en Acatlán), en octubre de 2000. Pero tuvieron que pasar varios añitos para conocer a aquella leyenda viva. Su manera de impartir clase me llenaba de inspiración cuando se apasionaba (¡¡y demasiado!!) por los autores que conformaban las grecas de la historia de la Lingüística. Quien escribe, a decir verdad, era un diletante, o sea, que estaba más del lado de los literatos que de los lingüistas. Sin embargo, el contacto con la Dra. Máynez acabó por convertirme al culto de la historiografía lingüística, y, por añadidura, su maestranza y posteriormente su amistad, me regaló (ésa es la palabra) la admiración por las obras de Miguel León-Portilla y de su esposa Ascensión Hernández Triviño, pero también mis encuentros con Ana Laura Díaz, Bárbara Cifuentes, entre otros colegas. Pero sobre todo, un gusto por las obras de Victoriano Salado Álvarez, las cuales no suelto para nada. Ésa es una de las cualidades principales de nuestra Pilar: convencer, para después convertir. (En mi diccionario personal, Pilar se resumiría en una solar palabra: generosidad.)
Desde luego, no intento hacer una biografía exhaustiva de mi querida Pilar; delego en otras personas, que la conocen de cuerpo entero, aventarse tan encomiable tarea. Tomo el día de hoy como pretexto idóneo para expresarle toda mi admiración, la cual, cada día, se confirma y hasta se engrandece. (Primero como alumno, ahora como colega. De verdad.)
Pilar, ¿qué más puedo decirte? Además de recordarte que Serafín y Mercedes son completamente afortunados al tenerte muy, muy cerca, te digo (y conste que lo seguiré sosteniendo) que las mujeres no tienen edad. Ojalá que este día sea el primero de nuevas empresas y mejores satisfacciones. Mereces más, pero hasta aquí me detengo.
¡¡¡Felicidades, Pilar!!!

viernes, 26 de septiembre de 2008

Homenaje a Octavio Paz

A la hora de realizar homenajes, El Colegio Nacional no repara en gastos cuando de eso se trata. Luego del dedicado al astrónomo Guillermo Haro (el cual contó con la participación de Elena Poniatowska, por cierto) el pasado 17 de septiembre, hoy no podía quedarse atrás con un evento muy sonado: el Homenaje a Octavio Paz, con motivo del décimo aniversario luctuoso.
Como antesala del evento, a las 6 p.m comenzó una venta de libros de Paz a precios de remate. Sus obras, lo mismo las publicadas por el Fondo de Cultura Económica y Seix Barral que las legendarias ediciones de Vuelta, estaban a disposición de los lectores interesados en la obra paciana. (Quien escribe fue de los primeros en llegar y alcanzó, entre otras cosas, un ejemplar de Primeras Letras (1931-1943) y la antología poética El fuego de cada día, la cual, cabe decirlo, fue la única que el poeta cuidó en vida.) Sin embargo, la verdadera sorpresa no era lo asequible de los libros ni la variedad temática, sino los gratos encuentros que esto suscitó y uno de éstos, fue con el historiador Javier Garciadiego, quien adquirió algunos libros sobre la faceta política de Paz. Minutos después, en la antesala del homenaje oficial, me tocó en suerte platicar un rato con él sobre temas algo recurrentes: Alfonso Reyes, Daniel Cosío Villegas, el COLMEX, su discurso de ingreso a la AMH sobre la entrevista Díaz-Creelman y, desde luego, nuestra Rosalía Velázquez. (No cabe duda que aquellos adjetivos con que Enrique Krauze lo calificó en su ceremonia de ingreso, eran más que ciertos: generosidad, humildad y caballerosidad.) Pero aquel momento solamente duró un instante, dado que los acomodadores del colegio lo llevaron a un asiento reservado para él, y quien escribe, bueno, como todo hijo de vecino, según el curso natural de las cosas.
Al filo de las 7 p.m, como lo indicaba el programa de mano, dio comienzo el coloquio-homenaje paciano con la proyección de un video sobre Octavio Paz producido por El Colegio Nacional, donde se conjuntaron tanto sus intervenciones auditivas como una serie de imágenes en torno suyo. Después de esto, se dio paso a las participaciones de Enrique Krauze y José Emilio Pacheco; sólo ellos estuvieron presentes, dado que Ramón Xirau, otro de los convidados al encuentro con la vida y la obra de Paz, estaba en Francia con motivo de un evento semejante. Finalizado el audiovisual, Enrique Krauze aprovechó su participación hablando sobre la faceta política de Paz, donde resaltó su ruptura (su Krönstadt) con el sistema socialista. Además, también mencionó que es hoy en día cuando los trabajos que dedicó el poeta para enjuiciar dicho sistema, cobran mayor significado. Y para equilibrar un poco las circunstancias, tocó el turno a José Emilio Pacheco, quien, con la timidez que lo distingue, aparte de comentar su desconcierto con los tiempos que ahora corren, dedicó parte de sun intervención a un libro poco estudiado dentro de la obra paciana: ¿Águila o sol?, libro que, a más de medio siglo de su publicación, sigue sin un estudio crítico. Con estas participaciones de gran nivel, podría decirse que el colegio cumplió con todas las expectativas.
Para cerrar el evento, tanto Krauze como Pacheco estuvieron en etapa clásica, es decir, firmando libros y recibiendo saludos de parte del público asistente. No cabe duda que a una década de presencia, Octavio Paz sigue ganando batallas. Paréntesis aparte, mientras compraba mis ejemplares, uno de los libros expuestos, Árbol adentro, se cayó al suelo. (Y eso que el lugar donde lo habían colocado no permitía ese tipo de accidentes.) "Ya llegó don Octavio", me dije. Sólo este tipo de cosas pasan cuando la Poesía nos hermana, ¿no creen?

martes, 23 de septiembre de 2008

Pablo Neruda: hace 35 años...

[Hace 35 años, un fatídico destino se ciñó sobre Chile, desde el 11 de septiembre cuando Salvador Allende ofrendó con su vida la defensa de las libertades, amenazadas por el amargo hierro de los fusiles militares. Pero un día como hoy, otro defensor de la palabra, Pablo Neruda, fue a alcanzar a su camarada y amigo hacia los confines de la memoria. Y como la Poesía es inmortal, por donde quiera que se vea, rindo un pequeño pero sincero homenaje a un poeta non, quien ya no necesita presentación alguna. He aquí un poema suyo. ¡¡Gracias, poeta!!]


Farewell

1
Desde el fondo de ti, y arrodillado,
un niño triste, como yo, nos mira.
Por esa vida que arderá en sus venas
tendrían que amarrarse nuestras vidas.
Por esas manos, hijas de tus manos,
tendrían que matar las manos mías.
Por sus ojos abiertos en la tierra
veré en los tuyos lágrimas un día.

2
Yo no lo quiero, Amada.
Para que nada nos amarre
que no nos una nada.
Ni la palabra que aromó tu boca,
ni lo que no dijeron las palabras.
Ni la fiesta de amor que no tuvimos,
ni tus sollozos junto a la ventana.

3
Amo el amor de los marineros
que besan y se van.
Dejan una promesa.
No vuelven nunca más.
En cada puerto una mujer espera:
los marineros besan y se van.
Una noche se acuestan con la muerte
en el lecho del mar.

4
Amo el amor que se reparte
en besos, lecho y pan.
Amor que puede ser eterno
y puede ser fugaz.
Amor que quiere libertarse
para volver a amar.
Amor divinizado que se acerca
Amor divinizado que se va.

5
Ya no se encantarán mis ojos en tus ojos,
ya no se endulzará junto a ti mi dolor.
Pero hacia donde vaya llevaré tu mirada
y hacia donde camines llevarás mi dolor.
Fui tuyo, fuiste mía. Qué más? Juntos hicimos
un recodo en la ruta donde el amor pasó.
Fui tuyo, fuiste mía. Tu serás del que te ame,
del que corte en tu huerto lo que he sembrado yo.
Yo me voy. Estoy triste: pero siempre estoy triste.
Vengo desde tus brazos. No sé hacia dónde voy.
Desde tu corazón me dice adiós un niño.
Y yo le digo adiós.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

A letter for a woman far and away...

Querida amiga:

Hace mucho tiempo que no tenía ocasión de escribirte, pero ya sabes que "el tiempo ya no es nuestro" y ello hace que la correspondencia tarde mucho en llegar a nuestras manos. Precisamente hoy, día de tu cumpleaños, y después de tanto tiempo, decidí tomar la pluma y dedicarte unas cuantas líneas.
Seguro te preguntarás "pero si ya no tengo nada que ver contigo". No te faltará razón en mencionarlo. Y paso a explicarlo. En una de las gavetas de mi escritorio, mientras buscaba unas notas para una ponencia que tendré a bien presentar a finales de octubre, me encontré un sobre con algunas fotos que seguramente son la crónica de uno de tantos coloquios a los que asistí (o participé, no sé) y en varias fotos apareces, hermosa, rozagante y con una sonrisa que es capaz de destruir varios imperios por doquier. Esa sonrisa, de inmediato, me hizo recordar la manera en que nos conocimos. Fue un año antes, en la Academia Mexicana de la Historia, durante una conferencia de Enrique Krauze. Insistías en que me sentara, pero yo, como buen caballero, te invitaba a hacer lo propio. Sin embargo, ninguno lo hizo. Al final, accedí a acompañarte en tu trayecto de regreso a casa. Y la semana entrante, cuando la conferencia de Jean Meyer, llegué desde antes y ya te tenía reservado un lugar. Después de allí, ya tenía la certeza de mis encuentros contigo serían ya moneda corriente, es decir, cosa de cada día.
Gracias a la maravilla del e-mail, esta forma de la felicidad no se quedó en la Academia, sino que pasó un mediodía de octubre en el Zócalo y una cálida mañana de febrero en las ferias del libro en el Zócalo y Minería, respectivamente, pero también tuviste la fortuna de acompañarme en dos coloquios donde quedaste complacida por mis "intervenciones", pero eso, la verdad, no lo creo. Con todas estas cosas, sembraste en mí una semillita, que resumiría en una sola palabra: amor. Contigo sentía que las horas no pasaban, sino que permanecían intactas mientras estaba a tu lado. Pero el mayor error de mi parte fue no haberte expresado esa dicha que ansiaba compartir contigo. Y tú, con esa sinceridad que te caracteriza, me hiciste partícipe de la tuya cuando, una tarde en San Ángel, me presentaste a quien sería el dueño de tu vida. Supe ocultar bien mi reacción, pero a final de cuentas, algún descontento mío hizo de las suyas.
A pesar de tenerlo todo en contra mía, siempre pensaba en ti; en cada sueño siempre hacías acto de presencia y además me parecía ver entre la gente tu siempre sincero y jovial rostro. Tanto pensaba en ti que hasta llegué a cometer un error que (y ahora me doy cuenta) me costó tu amistad y, por ende, tu silencio. Y aún así, al saber de tu felicidad venidera (tu boda y ahora tu maternidad), siempre me ponía contento porque, ya te lo dije una vez, "tu felicidad es mi felicidad". Perdona que hasta ahora me digne a escribir estas cosas, pero la emoción del momento siempre hará de las suyas y creo que con esto cerraré una etapa de mi vida, donde tú fuiste la figura capital de todo.
Gracias por heredarme el hábito de la Academia, gracias por aquellas mañanas del mundo, gracias por tus correos postergados, gracias mil, Stella Maris. Finalmente, te deseo lo mejor y si alguna vez el destino decide unir nuestros caminos de nueva cuenta, ojalá y sepa comenzar mejor una amistad que se veía intransferible.
Amitiés,
Odysseas Anaparastassi

viernes, 12 de septiembre de 2008

Pedro Enríquez: poeta sin mancha

[Hace dos días, la sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes se engalanó con la visita del poeta español Pedro Enríquez (Granada, 1959), quien deleitó al público asistente con varios poemas suyos que son muestra ferviente de que la Poesía, en estos dosmiles que nos circundan, goza de cabal salud. Por ello, comparto con ustedes un poema muy significativo de su vasta obra y, claro está, la invitación para acercarse a su obra. ¡¡Gracias, poeta!!]


El eco de los pájaros

Bajo la sombra fiera de las cornisas
(acaso la luz un día rasgó el blanco
de los ladrillos moribundos)
cómo decir las palabras sin nombrarte
las manos acelerando la vida
las ruedas deteniéndose en las plazas vacías
otros viajan veloces y atraviesan anónimos el olvido
pero somos dos precipitados sobre el asfalto
sintiendo como el tiempo nos engaña
lento el viento cortando los cuerpos
sólo una mano dirige la muerte y la vida
la otra busca el fuego
giro sobre el vacío y de nuevo la misma calle
los labios no engañan
ahonda con tu mano en el futuro
esta es la codicia del segundo
he perdido la costumbre
mañana volveré a este lugar de ventanas cerradas
es la noche habitándonos
son los pájaros vete cantarán la madrugada
mañana se agita en el eco
mi espalda agujereada así tan cercanos
dirección prohibida
un misterio los dos puntos en la piel
dos cuerpos y un signo
estoy detenido sobre el vacío
la lengua gira se descubre sin palabras
estas son las tijeras del recuerdo
a veces no basta la memoria
tampoco la certeza
nadie conoce no conozco no conoces
ellos no comprenden nadie el segundo perseguido
se cierran las luces las ventanas las puertas desconocidas
imagíname un gesto lejanísimo
de nuevo cruzo los muros sellados
las árboles me descubren la soledad
Comienza el ciclo del polen
mascarillas para el silencio