viernes, 15 de noviembre de 2013

Comenzar por el principio

Ulises Velázquez Gil

Toda ocasión siempre es una primera vez. Para conocer al amor de su vida, para hallar el trabajo soñado, para resarcir viejos errores, para asumir nuevos retos, en fin… todo responde a esa circunstancia; pero así como existen las primeras veces, también hay vueltas al puerto de salida, las reincidencias, pues. Un reto, tan novedoso como reincidente, es la lectura, abierta a nuestras intenciones y pletórica en invenciones que hacen más amena la vida que se va a cada instante. Y en ésta, no basta solamente con leer, sino saberlo hacer con todas las letras. Y quien conoce muy bien esos arcanos se hace llamar Felipe Garrido.
Narrador consumado y navegante de las aguas del cálculo editorial –y hoy flamante recipiendario ex aequo del Premio Xavier Villaurrutia 2011– ha dedicado la mitad de su vida en la formación de lectores, ante un panorama desconcertante y poco alentador, que restringe el acto de leer a la obligatoriedad de los programas académicos o relacionados con el aula escolar. Resultado de su encomiable y hasta heroica labor, llega a nuestras manos El lector se hace, no nace, donde nos cuenta sus experiencias en un campo siempre primigenio, susceptible al eco del tiempo presente; así también nos comparte sus preceptivas y buenos consejos en aras de crear nuevos lectores y de renovarle fuerzas a los ya encaminados. Y aunque es enfático en como deben conducirse tanto uno como el otro, Garrido no olvida aquel problema que a su epígono José Vasconcelos causaba no pocas preocupaciones: el analfabetismo, todavía persistente 90 años después de la creación de la Secretaría de Educación Pública. Sin embargo, el tipo de analfabetismo que genera más escozor en Garrido se deriva del uso de las nuevas tecnologías, ágrafas y autistas como teléfono celular de última generación, o como un perfil de Facebook o de Twitter. (Apreciaciones aparte…)
En los diecinueve ensayos y artículos que integran El lector se hace, no nace, hay dos asuntos de toral presencia: una, compartir una experiencia –la del autor, claro está– en torno al acto de leer, desde el seguimiento de sus mayores en dicha acción, pasando por la coincidencia de intereses y temas, hasta el descubrimiento de nuevas vías hacia una respectiva retroalimentación. Y segunda, extraer de allí las armas o los instrumentos con que se habrán de capacitar a los nuevos promotores de la lectura. (Paréntesis aparte: cuando este libro llegó a mis manos, nueve años antes de estas líneas, algunas cosas que ya intuía desde el principio, se vieron confirmadas y hasta mejoradas, por si me dignaba en emplear el mismo método. Aún agradezco esa feliz coincidencia.)
Hace varios años, en un homenaje a Manuel Pedroso, insigne maestro llegado a la Facultad de Derecho por obra del exilio español, Carlos Fuentes compartió la siguiente estampa: mientras él se debatía entre seguir la carrera de leyes o dedicarse de tiempo completo a la literatura, Pedroso le dio el siguiente consejo: “Si desea entender el derecho mercantil, lea a Balzac, y si desea comprender el derecho penal, entonces lea a Dostoievsky”. Sirva esta instantánea literaria para resaltar uno de los intereses primordiales de este libro de Felipe Garrido: la lectura de muchos temas, con miras hacia una mejor comprensión del mundo circundante, sin cometer el pecado de la erudición excesiva en un solo tema; en otras palabras, la hoy citada multidisciplina. Garrido confía en que la lectura de poesía, novela, cuento, teatro o ensayo literario, ayuda a sensibilizar aún más al lector en potencia. Además, si le sumamos el interés paulatino en formar lectores, primero leyéndoles un texto sencillo sobre cualquier cosa, para luego acrecentar las temáticas a medida que pasa el tiempo. De cualquier manera, la lectura, con sus respectivas bases, se encuentran en constante evolución.
Finalmente, El lector se hace, no nace, responde a una inquietud de conocer, muy a fondo, los avatares de la lectura y, claro está, en torno a la formación de lectores: territorio conocido en la geografía cultural de Felipe Garrido, quien, además, es un consumado cuentista, otra de las formas de la promoción de la lectura. Dicho sea de paso, este volumen tiene seguimiento tanto en Para leerte mejor como en Leer el mundo, a la sazón, su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua. No cabe duda que en aras de promover la lectura, es decir, comenzar por el principio, acercarse a este tipo de lecturas (inclusive las sugeridas en esta columna, desde luego) nos hará buenos ciudadanos, grandes maestros, mejores personas. (Al menos, la tentativa o el prístino deseo de serlo. Ojalá.)

Felipe Garrido. El lector se hace, no nace. Reflexiones sobre lectura y formación de lectores. México, Ariel, 1999. (Ariel Practicum)

(30/enero/2012)

jueves, 14 de noviembre de 2013

Andanzas y maestranzas

Ulises Velázquez Gil

En los anchos y ajenos caminos del ensayo en México, todos los autores que incursionan en ese género, tienen –tenemos– una deuda con Michel de Montaigne: a cada instante ganado al tiempo, una hoja bien escrita es el mejor de los paseos. Y cuando se origine a raíz de la lectura de nuestro tiempo circundante, o de la mirada ajena con la que coincidimos en lugar y forma, será, sin duda, un paseo bien hecho.
Ensayista de altos vuelos y alurófila en sabio acompañamiento, Paola Velasco nos entrega en Veredas para un centauro el resultado de sus paseos, donde una variedad de temas salen a su encuentro para enunciarnos su naturaleza y seguir una línea trazada por el solitario de la torre, Michel de Montaigne −denominada primeramente paseo−, y de aquel polígrafo de dos orillas, Alfonso Reyes, que llamara al ensayo el centauro de los géneros, por su carácter igualmente erudito que imaginativo. (No olvidemos que sus mejores trabajos llevan ese doble sino.) Y aunque en ella reconocemos una deuda con ambos, también lo es del Gilbert Keith Chesterton que urdió sus Enormes minucias, de donde resalta el texto sobre las cosas que se llevan en el bolsillo.
El “bolsillo” de Paola lleva consigo quince objetos de distinta especie, entre remedios para el dolor, gatos que acompañan a los escritores y hasta una instantánea –snapshot, instagram− de las bancas del Paseo de la Reforma, sin olvidarnos de los escritores que componen su propia genealogía, sus clásicos, que vuelven a sus ojos para tornarse parte de sus líneas y de sus pensamientos, gracias a la fidelidad de muchas lecturas. 
Ida y vuelta, entrar y salir sin fatiga del libro a la vida y viceversa, es prerrogativa de contados escritores y Reyes habría de servirnos como ejemplo del hombre que combina disciplina, ciencia, humor y vitalismo en sus textos, la intuición de lo cotidiano zigzagueando entre el culmen de la sabiduría. La generosa descripción que hace del regiomontano eminente bien podría quedarle a ella, dado que esas características la pintan por entero. No sólo la presencia de Alfonso Reyes sale a su encuentro, también hacen lo propio Gilberto Owen, Francisco Tario, Nélida Piñón y Clarice Lispector, a quienes dedica sendos textos, casi todos procedentes de libros colectivos, entre volúmenes en homenaje, reseñas críticas y hasta embriones de prólogo. Sin embargo, al reunir a esos extraños textos peregrinos en una sola publicación, les concede cierta unidad, a guisa de bitácora lectora; de todas formas, prueba de vida.
Leer el mundo, apelando a la generosa expresión de Felipe Garrido, obedece a hacerlo con las imágenes y los signos que se nos presentan alrededor. En “Holland House Library”, aquella imagen de una biblioteca destruida por los embates de la guerra cobra en Paola Velasco el más fraternal réquiem por la lectura y por el conocimiento, imperecederos pese a todo embate del tiempo transcurrido: […] la fotografía de la biblioteca de la Holland House produce una doble fascinación: por un lado, la atracción que ejerce el horror y algo de absurdo que raya en lo insano: cómo puede ser que luego de diez horas continuas de bombardeo, más de cien víctimas e incontables pérdidas arquitectónicas, tres hombres entren a echar un vistazo tan despreocupados y curiosos […] a una biblioteca vencida, agonizante, que les entrega lo que sobrevivió de sus tesoros. ¿Tanta puede ser la magnitud de nuestra indiferencia? 
Los paseos de Paola Velasco van de las letras a la vida y de vuelta; inclusive por calles y avenidas como el Paseo de la Reforma, suerte de experiencia inusitada y festiva: Paseo de la Reforma es un largo abalorio de personajes, anécdotas, acontecimientos enlazados sin hiatos ni cesuras. Su funambulesco equilibrio tensa fuerzas, anulándolas y reforzándolas, poniendo como fiel una dialéctica que hace de esta avenida un espacio de cadenciosa coexistencia […] Es el escenario de una cotidianeidad de visiones absurdas y espléndidas. […] Es el mismo y tan otro, el Paseo donde los amigos se reúnen a conversar, a matar el tiempo, y los amantes se dan el primer beso mirando hacia la Palma mientras en el edificio de la Bolsa de Valores, bajo los destellos de sus cristales, se define el rumbo de la economía de este país. (Como quien dice, Paola pasea literalmente por su objeto de escritura.)
“Las veredas quitarán, pero la querencia ¿cuándo?”, reza un conocido refrán que bien resumiría una vocación lectora y hasta de consumada investigación. El transcurso de una vida dedicada a ello se resume en las lecturas que se hacen –por obra del azar, o por una necesaria y engorrosa enseñanza–, pero al final las más importantes, se tornarán en aquella querencia que nos espera como si un solo día hubiese transcurrido, aunque los años digan lo contrario. En este libro, veredas y querencia son la misma cosa, porque quitan y acercan a su vez; alejan del tedio y de la ignorancia, motivando un conocimiento ulterior. Asimismo, acercan y confirman la pasión por la lectura y, claro, también la escritura.
En suma, Veredas para un centauro se antoja interesante recorrido por el mundo que nos circunda; los libros que leemos (y, por consiguiente, sus entrañables autores), los utensilios de cada oficio cotidiano, las emociones encontradas en una fotografía y hasta las trayectorias que hacen el dolor y la melancolía por todo el cuerpo, entre otras cosas, describen a carta cabal todo lo que aprendimos tanto en el lugar de los hechos como en las palabras que escuchamos a través de la zarza ardiente; andanzas y maestranzas que definen una postrera vocación, o simplemente, nos llevan de vacaciones por la vida. Después de todo, como decía Amelia Earthart, “la aventura es lo único que importa”, y en el ensayo también lo vale, ¿no es así? (Así sea.)

Paola Velasco. Veredas para un centauro. México, Universidad Autónoma Metropolitana, 2012. (Molinos de Viento, 147)

(17/diciembre/2012)

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Querencia y conversación

Ulises Velázquez Gil

En alguna entrevista consignada en Conversaciones, Emil Cioran mencionó una frase de cierta forma contundente: “Sólo existen los autores que son releídos”. Aunque incendiaria, esta sentencia encierra mucho de razón, dado que tanto los autores como los libros, luego de una o varias relecturas, suscitan varios regresos al punto de partida hasta volverse grata querencia y franco aprendizaje.
Un lector de tiempo completo, de nombre Jorge F. Hernández –y parroquiano de esta sección, claro está–, se une a esta empresa con un libro bastante sui generis, donde se conjugan admiración y maestrías: Signos de admiración. Compuesto por veintinueve perfiles, el autor nos da fe de su admiración y del acto de lectura al que se somete cuando el recuerdo lo remite, casi de inmediato, al aprendizaje adquirido en esas incursiones. Su labor se empeña en ir a contracorriente de lo impuesto por editoriales, cúpulas e inclusive los caprichos del merchandising en turno. 
Sucede que en el mundo de los autores ya habitantes de eternidad o escritores aún en ronda de publicación reina un confuso ánimo que oscila entre la exagerada adulación o la descarnada admiración. Unas veces, cuando el afán de obtener la aprobación priva en el objetivo de la escritura, muchas de las veces el acercamiento a un autor, en aras de pintarlo de cuerpo entero o de ofrecer la maravilla trasnochada a los lectores del día siguiente, se vuelve mera palabrería, que no rebasa el cedazo del elogio convenenciero; para Jorge F. Hernández esto no sucede así. Sabemos de sobra que ese afán de ofrecer la maravilla trasnochada (muy a la manera de un cuento de Julio Torri), no ceja en elogios, pero tampoco en consejos; describe el brillo del diamante, sin olvidarse del carbón primigenio. Dicho de otra forma, pondera el trabajo de sus escritores predilectos y las consecuencias de su inclusión en la vida, así también la faceta más humana de ellos, aquella donde, face to face, se descubren más coincidencias, o al menos, se confirman las ya conocidas. 
Hay justeza en los perfiles de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Eliseo Diego, Julio Cortázar, Jorge Ibargüengoitia y Augusto Monterroso, por ejemplo; amistad, en los de Octavio Paz, Álvaro Mutis, Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco, Antonio Muñoz Molina y Eliseo Alberto, por mencionar algunos. Pero en todos impera un solo sentido: agradecer su compañía en momentos determinantes, adversos o favorables. Son textos, a veces en forma de pequeños retratos, y otras veces, ensayos simples que no tienen más pretensión que la de declarar pública y abierta admiración por los escritores y sus obras mencionadas en estas páginas.
“Nada tiene que ver la admiración con el respeto”, exclama nuevamente E. M. Cioran. (Tiene razón, pero no toda.) Mientras que el respeto cuenta con una cierto halo de solemnidad, la admiración, en cambio, da fe de la vitalidad que alimenta cada paso que damos en cada una de nuestras andanzas: llorar de gusto mientras se comulga secreta y públicamente con la fraternidad de un Álvaro Mutis; refrendar las pasiones de un Octavio Paz o un Antonio Muñoz Molina, o quizás hilvanar los días ganados al tiempo mediante la maestranza de dos Eliseos (padre e hijo, desde luego), son sólo algunas de las querencias cardiográficas que componen Signos de admiración. (Siempre en espera de nuevas y sucedáneas continuaciones…)
Finalizo con una instantánea personal. Platicando con el propio Jorge F., sea en un minisúper de la Condesa, o en plena Feria del Libro en el Zócalo (ambas, con peripatética devoción), siempre acabo por descubrir a flor de piel aquellos signos de admiración que equilibran el libro de marras: aprendizaje (aunque “todo cambia”, si seguimos a Mercedes Sosa, los libros nos entregan su misma esencia, siempre renovada en las relecturas), paciencia (si las coincidencias persisten, el tiempo transcurrido siempre termina por darnos grasa) y, sobre todo, amistad, elemento primordial que auxilia a los anteriores, sin imponer el milagro resultante de todo ello. Signos de admiración, a la manera de Francisco de Quevedo, se inscribe hacia aquel famoso verso “pocos, pero doctos libros juntos”. Después de todo, la mejor de las conversaciones aún está por llegar. (Excelente comienzo ¿verdad?)  
    
Jorge F. Hernández. Signos de admiración. México, UNAM / DGE-Equilibrista, 2006. (Pértiga, 5)

(18/noviembre/2011)

martes, 12 de noviembre de 2013

Menú de miradas

Ulises Velázquez Gil

En algún párrafo de México, ciudad del fuego y del agua, Octavio Paz dijo que la comida “es una feria, un ballet de sabores”; lo mismo podemos decir de la literatura, abundante en suculentas novelas y cuentos, ensayos forjados con la pericia del mejor gourmet y poemas compuestos en la repostería de las palabras, y aunque la mayor parte del tiempo las únicas letras relacionadas con el mundo de la cocina son sólo las plasmadas en recetarios y revistas de facilidad culinaria, es preciso hacer un alto en el camino para reconsiderar aquella percepción.  
            Con una marcada trayectoria en el mundo de la poesía en México, Claudia Hernández de Valle-Arizpe nos entrega Porque siempre importa. De cocina y cultura, suerte de escala íntima en el género ensayístico que compila buena parte de los artículos publicados en el diario Unomásuno, producto de su legendaria columna “La Divina comida” (con todo y su respectiva versión radiofónica transmitida por Radio Educación), donde cocina y cultura convivían en sana armonía, dejando apantallado a más de uno. Dividido en cuatro importantes apartados (De comida, escritores y libros; México. Historia y presente, Otros mapas, y China y Japón), Hernández de Valle-Arizpe nos lleva a conocer varios momentos de la cocina en la cultura. (¿Y viceversa?)
            Cuando el arte de comer nos orilla a compartir todas nuestras experiencias, el mundo que nos rodea resuelve justipreciar el lugar que nos corresponde y cuando las letras se sientan a la mesa, es inevitable encontrarnos con varios comensales (algunos, de sobra conocidos); gracias al buen apetito de la autora, renacentistas como Leonardo Da Vinci y Gunther Grass descubren sus facetas culinarias en aras de crear una buena prosa y una divina comida, cuya liturgia y ritual cuentan con la misma importancia, incluso ciertas peculiaridades de escritores inclasificables como Juan Carlos Onetti, Franz Kafka y Michel Tournier. (Es más, hasta Amélie Nothomb, iconoclasta hasta para ella misma, se sienta con afanes de biografíar su hambre.) Ante semejantes convidados, la autora descubre ante nosotros los placeres de la comida y de la escritura.
            De su infinita sabiduría como observador de la vida en México, el dibujante Abel Quezada nos regaló la siguiente definición: La patria es lo que comemos desde niños, y si nuestra geografía alimenticia se compone por chiles, chocolate, insectos, hongos comestibles, y esas formas de la ambrosía vueltas pan y dulces típicos, no cesaremos de darle la razón, e igualmente en las páginas de Porque siempre importa la autora nos enseña mil y un maneras de llevar a México en la patria, en el corazón… y en el estómago, aderezadas con la bullanga de las coplas populares, y suscitando emociones encontradas entre los extranjeros que nos visitan, como en todas sus películas. Y ya que hablamos de cine, también comparte con nosotros las metáforas que la comida cobra en la pantalla de plata, demostrando que la vida no sería la misma sin la presencia de un rico platillo ni de conocer el menú de otros lares. (Por cierto, la autora también nos regala varias instantáneas de su experiencia gourmet en China y Japón, de donde extrajo varias cosas, dignas de especial atención.) 
            Con todo, Claudia Hernández de Valle-Arizpe contribuye a la conversación entre cocina y cultura desde varias formas que nos recuerdan el deber de la comida y la presencia que ésta tiene dentro de la geografía, la política, la religión, el arte y la literatura. A guisa de un menú de miradas, Porque siempre importa cuenta con la importante prosapia de otras letras culinarias, como La cultura del antojito de José Iturriaga de la Fuente, el Grano de sal de Adolfo Castañón, y las imprescindibles Memorias de cocina y bodega de aquel famoso gourmand llamado Alfonso Reyes. Adentrarse en su lectura, en sí, ya es la mejor de todas las degustaciones. ¡¡Buen provecho!!     

Claudia Hernández de Valle-Arizpe. Porque siempre importa. De comida y cultura. México, Universidad Autónoma de la Ciudad de México, 2009. (Al margen)

(1°/agosto/2011)

lunes, 11 de noviembre de 2013

El tiempo también pinta

Ulises Velázquez Gil

En ocasiones, cuando se conoce una parte de la obra escrita por una persona de “mal agüero”, solemos tirar al cesto de la basura más cercano el primer libro que hojeamos de y sobre él. Al tratarse de un historiador, todavía somos un poco más tolerantes, pero si hablamos de Enrique Krauze nadie sabe a qué atenerse. Pero yo sí lo sé, cuando el libro en cuestión lleva un sencillo y nada pretencioso título: Retratos personales, cuyo eje central es la biografía, a través de varios personajes de la vida mexicana que pasaron por su tiempo y espacio.
Veintiséis retratos, repartidos en seis secciones (Crear, Saber, Servir, Ejercer el poder, Criticar al poder e Historiar), son la muestra fehaciente del interés, pero sobre todo, de la admiración que Krauze tiene hacia varios personajes de la cultura, la política y las artes, cuya presencia aún suscita sea enconadas polémicas, sea gratas coincidencias. Aunque, cabría decir, que varios de los personajes reunidos podrían abarcar no sólo una, sino varias clasificaciones. “La clasificación que utilizo focaliza un aspecto de la persona, el que considero predominante”.
Cuando se trata de hablarnos acerca de los autores consignados por él, Krauze emplea un lenguaje menos complicado, más certero en sus intenciones y esto gracias a la notoria admiración hacia el biografiado; sin embargo, buena parte de esos retratos se deben, desgraciadamente, al rigor y a la resignación de un obituario. La convivencia personal o intelectual con los biografiados, se nota en la franqueza del estilo al escribirlos. Sus retratos de Octavio Paz, Daniel Cosío Villegas, Luis González y González, Alejandro Rossi y Gabriel Zaid, son addendas a los viejos y entrañables puertos de llegada. En otros, como los dedicados a Julio Scherer, Carlos Castillo Peraza, Luis H. Álvarez y hasta Emilio Azcárraga Milmo, son admiraciones con cierta coyuntura, pero leales a su propósito. (Pero entre el rigor de la pluma y la pasión de la pala, digno es recalcar la presencia de artistas gratamente notables: Manuel Álvarez Bravo y Juan Soriano.) Y el resto, simplemente una promesa cumplida, tales los casos de Edmundo O’Gorman, José Luis Martínez, Jean Meyer, Richard M. Morse y un atípico del siglo XIX, José Fernando Ramírez, donde cabe decir que son un recuento justo y hecho a tiempo.
Retratos personales es a Enrique Krauze lo que Ejercicios de admiración es a E. M. Cioran o Los días del maestro para Vicente Quirarte, es decir, toda esa amplia gama de prólogos, textos laudatorios y obituarios que expresan el aprecio y la admiración que el autor sintió hacia algunos de sus contemporáneos. En el caso de Krauze, sí se aplica esto, pero simplemente son deudas de honor conjuntadas en un solo volumen. Según su autor, es una secuela natural de Mexicanos eminentes; aún así, diría que ambos libros son los primeros volúmenes de uno solo, de índole naturalmente biográfica. (En el libro precedente, Alexander von Humboldt, Pedro Henríquez Ureña y Joy Laville son agrupados en el apartado “Mexicanos por adopción”, al que –dado el rubro– debería agregarle el texto sobre Jean Meyer; sin embargo, éste queda muy bien entre los hombres del oficio de historiar, como Luis González y González.)
¿Por qué leer Retratos personales? Aunque varios de los retratados en este volumen no sean del agrado del lector, es preciso acercarse a ellos para conocerles otra faceta, menos prejuiciosa pero más humana a final de cuentas. Incluso, reconoce Krauze, que esa intención siempre se halla bien sustentada por una cita de Marc Bloch: “Robespierristas, antirrobespierristas, ¿por qué no me dicen, sencillamente, cómo era Robespierre?”. En una palabra, dejar el prejuicio afuera de la sala y aceptar la invitación para conocer a los indiciados sin nada que perder. Si después de leer el libro, dicho prejuicio sigue latente, al menos el lector se dio tiempo para conocer otro punto de vista. (Cuestión de enfoques.)  
Finalmente, sólo una recomendación para una próxima obra de este tipo: que Krauze incluya más retratos y/o biografías de más mexicanos eminentes –ahora y siempre–, como Álvaro Matute y Javier Garciadiego (a quienes escribió sendos y formidables textos, a manera de bienvenida en la Academia Mexicana de la Historia), pero el tiempo, sólo éste, hará lo propio. El tiempo también pinta, decía -y con justa razón- Francisco de Goya. Y más retratos de Krauze tendrán ese privilegio.  

Enrique Krauze. Retratos personales. México, Tusquets, 2007. (Andanzas, 207/11)

(14/noviembre/2011)

miércoles, 6 de noviembre de 2013

A salto de gato

Ulises Velázquez Gil

Detrás de cada hombre hay una gran mujer y detrás de cada gran mujer hay un gran gato. Esta frase de Helena Paz, empleada como epígrafe de Andamos  huyendo Lola, escrita por su madre Elena Garro, resume, además de una franca verdad, una fe de vida; tanto los gatos como las letras tienen una cosa en común: son partícipes fundamentales en el proceso de la creación, sin importar a qué se dedique el creador en ciernes o un consumado maestro, aunque, en ambos casos, esto suele verse de manera relativa.
Una joven ensayista de largo aliento, Paola Velasco, empeñada en descubrir el engranaje de la relación entre los gatos y el arte (entiéndase letras, pintura, música, etc.), nos presenta cinco ensayos como resultado de su intentona en aquella empresa, agrupados bajo el título Las huellas del gato. (Antes de entrar en materia, la autora nos dice que su interés por el felino no obedece a una perspectiva zoológica, es decir, en los tipos de razas, fisiología y, a ratos, hasta su etología; más bien lo hace en el sentido de responderse aquellas dudas en torno al animalito de marras.)
Al contrario de lo que pudiera pensarse, la presencia del gato en el arte no es inusitada. De hecho, pocos animales han conseguido excitar tanto la imaginación del hombre como este felino, desde el instante en que comenzó a figurar en la historia de la humanidad. Dicho en otras palabras, “y en el Principio, fue el Gato…” En “Los gatos y la imaginación”, Paola Velasco nos introduce en el universo del felino, y la perspectiva que de él se tuvo a lo largo de la historia; de la diosa Bastet, adorada por los egipcios, pasando por su persecución en la Edad Media y hasta la legendaria matanza felina consignada por Robert Darnton, el gato ha influido en sobremanera en el quehacer sucedáneo del hombre. Inclusive, en el ámbito religioso, el gato pasa del culto a la persecución en un solo chasquido de dedos; con tal de desaparecer las creencias paganas de antiguos habitantes, era preciso que la alta jerarquía eclesiástica tomara a dicho animalito como su “chivo expiatorio”, en quien sobreponer todas las desdichas de la humanidad, llámense brujas de Salem o gatos de color negro. Sin embargo, el tiempo acabó por reivindicarlos: sus acérrimos enemigos, los roedores, se convirtieron en portadores de enfermedades, y la presencia del gato para su exterminio fue toral para su cumplimiento. En pocas palabras, el felino en cuestión sufrió un diacrónico cambio de significado. (Al Infierno y de vuelta, como quien dice…)
Infancia es destino, reza el sobrevaluado adagio. Y si el destino forja la presencia de un animal o mascota, dicho adagio aún puede justificarse. “Balthus, un trazo de siete vidas”, además de acercarnos a la obra pictórica de tan singular artista, Paola Velasco se sumerge en sus entrañas creativas cuando pondera y justiprecia la aparición de un gato desvalido en su plena infancia, y del como su (definitiva) ausencia motivó en el joven Balthasar Klossowski su transformación en el genio llamado Balthus. Así como un proverbio judío dice que el hombre nunca se consolará de haber perdido a la mujer de su juventud, podríamos decir también que igualmente sucede algo parecido con la mascota de la infancia; en aras de buscar esa consolación (o la idea que de ésta se tiene), se plasma, ya sea en una hoja en blanco, en una partitura o en un lienzo virgen, esa intentona: “a un mundo dominado por el impulso de la muerte, Balthus opuso siempre la creación. La pérdida de Mitsou lo obligó desde niño a decidir el signo de su vida. Ante él extendíanse dos caminos. Ambos implicaban y reconocían el horror de la tragedia humana. En ninguno se descartaba el dolor o lo transitorio de la vida […] Ninguno le devolvería el hogar ni remediaría su condición de exiliado. De pilón, cabe decir la autora acertó por completo desde el nombre del ensayo, aludiendo a las vidas que lleva consigo el singular animalito, éste inyectó en Balthus algo más que un destino. (Por lo menos, ésa sería mi idea… ¿quizás?)
Cuando escucho la palabra persistencia, de botepronto pienso en Salvador Dalí y en sus relojes blandos, pero no erraría del todo si aplicara esa misma palabra al protagonista del libro, y si a esto le sumamos el genio y la vitalidad creativa de varios escritores, estaremos preparados para leer tanto “Felina inmortal” como “Juan García Ponce: el ojo del gato”. Para el primer escenario, la autora nos dice: Fundados más allá de lo que el tiempo alcanza a atestiguar, los grandes mitos vuelven buscando otorgarle una dimensión universal a la literatura: persisten. Y una de las formas de la persistencia es la inmortalidad, tópico que haya en el gato a su más digno representante; y esto nada tiene que ver como lo divino o lo espiritual, sino más bien se debe a una cuestión de supervivencia. Eso sí, la literatura, en efecto, sí nos asegura que los gatos tienen siete vidas, hasta nueve, si la fe concede dicha licencia. El gato negro de Edgar Allan Poe, que produce siempre horror, se hermana, por ejemplo, con la enigmática felina del cuento “El lado de la sombra” de Adolfo Bioy Casares. En ambos, “ser inmortal no es otra cosa que el terror de un anhelo. […] La inmortalidad horroriza, sí. Embelesa también”. Y para cerrar el elenco, otra alurófila eminente, Elena Garro, entra en escena para presentarnos su perspectiva; perseguida en su propio país, y ante el artero asesinato de tres de sus gatos, Elena Garro decide enviar a los demás hacia Argentina, donde sufrieron un destino igual de infausto que el asesinato: la castración y el abandono. (Desde luego, Bioy tuvo su versión y la esposa de éste, Silvina Ocampo, también; aún así, los gatos nunca volvieron.) En ambos casos, la inmortalidad felina es, si se me permite decirlo, una prístina opción para adueñarse de otra inmortal presencia, vuelta mujer al paso del tiempo.
En “Juan García Ponce: el ojo del gato”, el asunto anterior no está tan alejado del todo, puesto que emplea su mirada para interactuar con los seres a quienes observa, para así intervenir sabiamente en su juego de seducción. Cabe mencionar que el propio García Ponce, a través de la acuciosa lectura de la célebre trilogía de Pierre Klossowski, se replanteó a sí mismo la visión que hasta entonces tenía del erotismo (que leyó, tradujo y explicó para entenderse aún más), con miras a un juego más allá de lo visual. Un juego donde los ojos del gato –y el propio animal, por consiguiente– nos deparan una sorpresa. ¿Ya lo adivinaron? Pues sí, se trata, ni más ni menos, de un voyeur, partícipe del ritual erótico de los protagonistas del cuento-novela-episodio “El gato”, pero también un observador tentado al ménage-à-trois. En suma, el gato representa mucho más: es la mirada y la presencia de los otros, del espectador o el lector que asiste a la exposición de la obra de arte que representa la mujer. Su participación completa la unión de la pareja. Satisface la necesidad que él tiene de compartirla, de divulgarla, y de ella de ser compartida, divulgada.
Cuando Milan Kundera confeccionaba sus “Ochenta y nueve palabras”, una mala noticia orilló a incluir en su “diccionario” una relacionada con su colega y amigo Octavio Paz. En lugar de hacer esto con una persona, como se supone la mayoría de las veces, Paola Velasco dedica su “Réquiem por un gato (Adagio dolente)” a Mina von Barnhelm, la bellísima y cordial gata que la acompañó durante mucho tiempo, entre libros y remembranzas, entre gatunas y literarias, y de quien rescata su afición musical por Wolfgang Amadeus Mozart, sin olvidarse del gran Johann Sebastian Bach: primero en tiempo, primero en derecho. Tan fuerte es el recuerdo de su mascota finada, que la autora se sumerge profundamente en las cualidades felinas de la obra mozartiana. (Si Vicente Quirarte recurrió a Saraband de Georg Friedrich Händel para que unos perros amarillos acompañaran a su hermano en el último viaje, no dudaría ni un ápice que Paola hiciera lo propio con su querida Mina.)
En pocas palabras, Las huellas del gato es un interesante recorrido, a salto de gato, por una historia llena de pasiones por la vida -con todo y sus sorpresas-, y de fidelidades al tiempo que nunca deja de sorprendernos. Además, cabe decir que este primer libro de Paola Velasco es sólo el glorioso principio de una obra que se antoja persistente, inusitada y, por supuesto, original. Y mientras llega a nuestras manos su Veredas para un centauro (obra que confirmará su innegable maestría ensayística), desde ahora cuenta con un señero y merecido lugar en la República de las Letras, digna de leerse con fruición y franqueza, porque, como solía decir Alfonso Reyes, “todo lo sabemos entre todos”, y si de noche todos los gatos son pardos, siempre habrá alguno que nos deje una huella inolvidable. (Así sea.)

Paola Velasco. Las huellas del gato. Ensayos obre arte y literatura. México, CONACULTA, 2006. (Tierra Adentro, 319)

(5/marzo/2012)

miércoles, 23 de octubre de 2013

Matria de palabras

Ulises Velázquez Gil

Un historiador ingenioso y andante, de nombre Luis González y González, nos regaló un neologismo hoy en día muy socorrido en su obra historiográfica: me refiero a la palabra matria, la cual, siguiendo su corazonada, “se puede abarcar de una sola mirada y recorrer de punta a punta en un solo día”. Trasladando estas palabras a la literatura, concretamente a la poesía, parecería empresa fácil, mas no del todo.
El ingenio poético de Karen Villeda nos entrega una obra de factura reciente donde entrar a territorio extraño se tornará imperiosa empresa: Babia. A la primera de cambios, con sólo mencionar esta palabra, de inmediato viene el lugar común: “Estar en Babia”, es decir, en la lela, fuera de sí, con pájaros en la cabeza, entre otras expresiones sinónimas. Pero si suscribimos nuestra curiosidad al vademécum o hacia cualquier tumbaburros, descubriremos que Babia es una comarca en el reino de León, lugar de reposo de la corte, y, si seguimos buscando, hasta sale a relucir una lengua de esas regiones, el bable. (En una palabra, es todo eso… ¡¡y lo que falta!!)
Compuesto por tres secciones, Babia presenta las miradas del padre, la madre y la propia autora, en afanes autorreferenciales, si se me permite decirlo. Comencemos por el padre, figura toral de “Escritura paternal”, a quien se le relaciona con el acebo, árbol conocido por su enorme firmeza que dura todo el año, de donde se fabrican muebles finos y hasta ligas para cazar pájaros; pero esos “muebles” tienen diseños como el siguiente: Desperdigo lutos. // Desperdigo lutos en la insolencia del herbaje alegando el nombre de la penumbra: Babia. Aquilato cada fisura en la clepsidra. Se humea el ramalazo del acebo.
El tiempo, verdadero artesano de la palabra, se encarga de preparar el ambiente por donde el monarca, Rey de Babia, asentará sus dominios, lares que no requerirán otra explicación sino la suscrita al poema “El Rey”: Leo el epitafio repujado en la frente del Rey: “No hay apego debajo de la savia.” […] El Rey de Babia posee la estancia de mis muertos, tiene la falseada aurora recogiendo desolación. […] No sé qué es un asomo de esperanza. (Lo que en la primera sección pareciera ser un canto al terruño, en esta parte la presencia paterna –residente en la figura del Rey– demuestra el lado opuesto, a un soberano empeñado en perpetuar su reinado, a expensas del tiempo que todo lo cambia a su paso; donde la esperanza –aludida, pero no asumida del todo– ni siquiera se cumple del todo. Es más, entre el gatuperio y el alano, el Rey suplicará la hoguera.)
Para “Lengua madre”, Karen Villeda persiste en su descripción de prosapias, pero con un poco más de esperanza dentro de sí. La dama retiene el cataclismo de pasos que regresan para traicionar al Rey de Babia. Hay que poner a prueba las cinturas. La serpentina encarnada de pupilas es el coselete de los caballeros. Miran de reojo a la dama. Su corazón está sentado en flor de loto. (¿Consorte? Preferiblemente consejera.) Un papel fundamental de la Dama es guiar al monarca, sin embargo, las victorias de esa corte agrupada en Babia no se cuentan por el número de adeptos en su interior, sino en la resistencia ofrecida en el refugio de las palabras. (La lengua es una deserción de la memoria, no hay pistas de saliva.)
A diferencia de la primera Babia vislumbrada al principio del libro, hay una segunda entre comillas donde se conjugan la escritura paternal y la lengua madre. (En Babia se nace en la riada del silencio. “Morí en la palabra.” // Nací en la infertilidad del Rey de Babia. De ningún modo la resurrección.) No queda sino avocarse hacia una consecuente caída, cuyas palabras se queden fijas, como una patria plena de silencios. Paremos un poco el carro: si la Babia sin comillas del Rey alude a un reino perdido, ideal si se quiere, entonces la entrecomillada por la Dama se vuelve utopía de palabras cuya única certeza es la desaparición, y, por añadidura, el recuerdo y la vida que sus habitantes le ofrendan a cabalidad.
Para la última sección, Karen Villeda deja a lado la interpósita persona y, de primera mano, también habla de su reino vencido. Tres ligeros apartados –como las partes que componen Babia– terminan volviéndose su matria particular. En “La rabia de los viejos”, nuevamente es la figura paterna quien lleva la voz cantante; paraje de silencios al fin y al cabo, esta reminiscencia paterna encuentra particular descripción en el siguiente poema: Yo te he visto llorar. // Esto es el silencio, M. A., halagar a las palabras con la punta de la lengua. Respecto al Rey de Babia esbozado al principio del libro, el recuerdo paterno demuestra un destino de palabras, en aras de cristalizarse con la escritura, elemento que resiste todo embate del tiempo. Sobre “Iris”, Villeda persiste en develar su parentalia, donde la firmeza de la raíz materna ayuda a explicarse mejor. Espejismos de recuerdo, tierra jurada, fogonazo para la oquedad: Babia. // Una prisa de labios que se consagra en el umbral del tragaluz. Babia. […] Alguna vez, Iris y M. A. volvieron desechos a Babia, en la elocuencia de piernas y brazos. Alguna vez, retornaron al anonimato. (En pocas palabras, Babia ¿es a Karen Villeda lo que Yuria para Jaime Sabines, una residencia para sus manes, o el ansiado hogar sólido?)
Tanto las intuiciones del poeta como su recuerdo familiar encuentran su morada final en “Diario de viaje”, suerte de reflexiones acerca del principio del mundo, el pueblo natal del padre, expandido en otros reinos gracias a la poesía; de cualquier manera, como aseguraba Eugenio Florit, “los poetas somos felices escribiendo cosas tristes”. (He lloriqueado tu rostro hasta decir basta. // Hay que desgajar esta mirada para darla de comer a las palomas.) Y si el recuerdo nos hiere, como si fuera una canción de José Alfredo Jiménez, concluiremos con la autora que Babia es un muerto a cuestas en el dorso de mi padre o ese niño. (A final de cuentas, el exilio.)     
Volvamos a las palabras de Luis González y González acerca de su neologismo; si las aplicáramos a Babia (como así también con el poemario de su preferencia), la mirada familiar es el leitmotiv que sustenta la corte desdibujada en la primera mitad del libro, y las puertas que se abren día tras día son las imágenes con que Karen Villeda intenta descubrir su origen. En una palabra, la poesía crea, descubre y transforma. Dentro de la geografía poética de México, las búsquedas de Babia en cierto modo serían las mismas de Sin biografía de Claudia Hernández de Valle-Arizpe, o de Contramundos de Ingrid Solana; en todos los casos: íntima lectura del mundo, matria de palabras que persisten, como quiera que sea, en el prístino itinerario de la poesía. (Ojalá que sí. ¡¡Ojalá!!)      

Karen Villeda. Babia. México, UNAM/Dirección de Literatura, 2011. (Ediciones de Punto de Partida. Poesía, 8)

(18/mayo/2012)

viernes, 11 de octubre de 2013

Primer viaje, primera mirada

Ulises Velázquez Gil

A diario y en toda ocasión, toda primera vez es siempre la mejor: una amistad incipiente, una ruta para llegar a casa, el uso de un nuevo aparato que supla al celular de mil batallas, por mencionar otras maneras de llamarla, al final todo deriva en un primer viaje por donde quiera que se vea. Pero cuando éste llega a nosotros en la infancia temprana, éste resultará el mejor de todos.  
Para celebrar sus primeros 44 años de servicio (y en espera de grandes glorias por venir), el Sistema de Transporte Colectivo (Metro) tuvo la original y novedosa idea publicar una antología de textos alusivos a ese primer viaje en Metro, como resultado de un concurso que se convocó a principios de año, dirigido hacia niños de entre 6 y 12 años. De todos los trabajos recibidos, se eligieron 40 finalistas, y a partir de allí, se eligieron los 24 más significativos (incluyendo los ganadores de los primeros lugares) para que esa antología se hiciera realidad.   
Muestrario de incipientes exploraciones subterráneas, Un metro de aventuras nos presenta 24 maneras de vivir la primera impresión que el Metro dejó en aquellos protagonistas y viajeros en proceso de germinación. (Aunque para muchos, ese primer viaje nunca termina del todo...) En su generoso prólogo, Leo Mendoza (cuyo primer recuerdo del Metro se remonta a una tragedia familiar) es enfático al decirnos lo siguiente: […] el Metro no deja de sorprendernos, imaginemos por un momento lo que ese espacio significa para un niño: más allá de los apretones, las incomodidades y uno que otro abusivo o vivales, en este medio de transporte viajan diariamente millones de historias, algunas tan buenas que luego pasan a ser parte de las noticias, de alguna novela o hasta de una buena película.
De aquellas historias nacidas en el Metro, recuerdo con especial atención “Dos palabras”, escrito por María Fernanda Blas Gómez, alumna de secundaria, primer grado, quien descubriera en la Línea 12 uno de muchos sinsabores que la vida nos entrega sin aviso previo, pero también se le develó un milagro inusitado: […] ese día yo descubrí el significado de la palabra “divorcio”. Como hija había escondido mi cabeza para que no me doliera la separación de mis padres, la ruptura de mi familia. Pero también descubrí el significado de la palabra “amistad”, pues créanme, a partir de ese día Camila y yo somos grandes amigas, las mejores confidentes, las mejores comadres. […] estoy segura que en esa línea Dorada siempre la recordaré porque en ella nació una amistad que espero dure por toda la vida.
Dos historias dignas de notar en Un transporte de aventuras: “La patita de Cenicienta” de Karla Jazmín López Pérez (1° primaria) y “El bautizo de mi gatita” de Brenda Magaly Gómez Sandoval (5° primaria). Para el primer caso, a raíz de un descuido al momento de abordar el vagón, la protagonista (Cenicienta versión petite) queda atrapada al filo del tiempo. (Desde ese día siempre cuidé de dar el paso más grande al subir al vagón. Jamás olvidaré ese momento. Aún tengo miedo y sigo calzando pequeño a pesar de mis siete años.) Mientras que para el segundo caso, la nomenclatura de las estaciones que integran la Línea 1 ejerce una sorprendente atracción hacia una niña, en el afán de nombrar a su nueva mascota. (Viajábamos por la línea Uno, estaba yo tan concentrada en el nombre que no me di cuenta en qué estación nos encontrábamos cuando mamá y papá preguntaron: “¿Dónde estamos?” De pronto alcé la vista y leí estación del Metro Balderas, y se me vino una idea genial. –¿Mamá, puedo ponerle a mi gatita Balderas? Mamá contestó con su linda sonrisa: –El nombre que tú quieras está bien, mi princesita.)
Muestrario de viajes del campo a la ciudad (sin dejar el D. F.), enlace de museos, reunificador de familias y generador de nuevas amistades, entre otras sorpresas llevadas de la mano de la fantasía (como un Buzz Lightyear al rescate del juguete perdido, un escape subterráneo de una guerra mundial, o la antesala de un viaje intergaláctico), el Metro nunca deja de sorprender a estos pequeños buscadores de la serpiente naranja, y desde su prístina perspectiva (sin los prejuicios que nosotros, metronautas de tiempo compartido, acumulamos a lo largo de los años) nos enseñan a valorar con justeza un medio de transporte indispensable en nuestras vidas, y que, sin tarifas diferenciadas ni tragedias en hora pico, la vida en el Metro es la mejor visa al paraíso.
A la primera de cambios, quizá sólo sean las primeras palabras de escritores ocasionales, pero confío plenamente en que varios de los 24 niños que nos contaron su odisea personal en Un transporte de aventuras, en un futuro no tan lejano persistan en el afán de contarnos más historias del Metro, porque hay dos cosas en esta vida que nunca se dejan de hacer: viajar y soñar, y en ambas, ellos lo saben de sobra, no existen límites. Ante nuestros ojos, siempre observaremos un primer viaje, pero ante los suyos, una primera mirada es innegable. Para lo demás, quedará el tiempo. (Verdad que sí.)

AA. VV. Un transporte de aventuras. El Metro a través de la mirada de los niños. México, Sistema de Transporte Colectivo Metro / Para leer en libertad, A. C., 2013.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Etapas de un viaje

Ulises Velázquez Gil

Antes de consolidar su fama gracias a la saga de siete novelas en torno suyo, Maqroll el gaviero –extensión poética del colombiano Álvaro Mutis– hizo escala en los llamados “Hospitales de Ultramar”, donde sobrevivir era un deber de viajero; superado ese trance, el resto llegaría por añadidura. Sin embargo, hay otro tipo de viaje poético no exento de suscitar pesadumbre que anagnórisis, y eso hasta el poeta menos aplicado lo sabe.
Peregrina desde el nacimiento (puesto que nació en Oaxaca), Ingrid Solana nos entrega en Contramundos una peculiar manera de enfrentar sus viajes poéticos; a guisa de itinerario, éste se compone por cuatro libros, con un protagonista y una trayectoria propia, en apariencia opuestos, mas no del todo. Entremos en materia.
“Yeguas de luz”, primera sección del libro, sirve como piedra de toque desde donde Solana comenzará su retrospectiva. Si hubiera un punto de encuentro de varios escritores oaxaqueños, es hablar de su tierra, de las maravillas que ésta encierra. Y una de ellas quede como primer ejemplo: Propiciar la materia/ las palabras que cabalgan al centro,/ al mío./ Despertar las yeguas de la infancia,/ el poder entrelazado su fuerza/ luminosa./ Recuerdo/ el tejido de un huipil y/ el verano descarnado en sus destellos./ Los imaginarios cristales de mi vida […] Si una primera lectura permite una adelantada impresión, la autora nos comparte los primeros guiños de su tierra natal, donde el recuerdo de su abuela –dos veces matria– y los colores con que se describe Oaxaca toman por asalto el verso y, como en el hexámetro homérico, una diosa canta, o por lo menos, se le aproxima: Zapoteco acaricia el destello a mis orillas/ y la lengua respira hecha de sueños/ en el mar de mis recuerdos sosegados. Así como en Chiapas y en Tabasco cuando se levanta una piedra un poeta aparece, con los autores oaxaqueños ocurre algo parecido: la raíz zapoteca no duda en hacerse notar. Andrés Henestrosa lo supo muy bien –y que me desmientan las miles de páginas escritas en torno suyo–, y si me permite la autora, no dudaría en colocarla junto a él: No se detienen los sueños de la infancia/ que dibujan la impronta de la espera entre los huesos./ No se detienen los primeros sonidos del recuerdo,/ los olores a pan viajando desde lejos./ […] Son de huellas,/ los caminos trazados en la tierra de mi pueblo,/ un pueblo seco perdido entre los cerros. […] (Honor a quien honor merece.) Respecto a la yegua que Solana emplea para viajar con la poesía es una forma precipitada para asir el recuerdo, como el unicornio soñado por Deckard en Blade Runner. A final de cuentas, para hablar del viaje, no debemos salir del punto de partida.
Para “Contra/aullar”, la luz de la sección anterior se torna sombra en ese recorrido. Si la yegua de luz lleva consigo un recuerdo prístino y una deuda de cariño hacia el origen, para esta sección, regida por un sentido canino, es temor y reclamo, soledad y auxilio. El aire tétrico recorre la ciudad nocturna/ con su murmullo habitual y su violencia./ Son grises las paredes de mi cuarto oscuro/ y entre los ojos se me clavan los gritos de los perros. Donde la mayoría observa fidelidad y hasta un dejo de “humanidad”, Ingrid Solana endosa al perro una queja ante el desconcierto de la realidad. Siempre hay un perro que grita más fuerte,/ que arrebata de dolor toda su ira./ Y cuando la noche se traga voraz sus lamentos,/ el sueño no viene/ ni penetra con el frío/ la memoria adormecida. Si en los versos anteriores quien tiene la palabra es testigo de los hechos del perro, al final de cada página su versión de primera fuente no se hace esperar: [No cazamos sino olores,/ nuestras patas están tejidas con las huellas/ de una caza sin nombre de un solo rastro] (Si se me permite el lugar común, entre más conozco al hombre, más quiero a mi perro. Qué remedio.) Aún así, la querella con que se conduce el canino protagonista es reclamo, cierto, pero también odisea; nunca se deja de contar un peregrinaje: [De odios perros murieron mis ancestros,/ y como todos los abuelos/ marcaron territorio con orina], porque, después de todo, […] es necesario creer que tenemos nombres,/ que me distingue esto que hago delante del papel.
Para “El exilio de los gatos”, la autora se solidariza con un animal que no ha vivido un peregrinaje, sino que se trata de su figura misma; desde tiempos inmemoriales, del altar al ostracismo, el gato, literalmente, vive a salto de mata. Para hablar de ellos, Ingrid Solana los ubica en una “casa”, una residencia preñada por la nostalgia. (Nostalgia… ¿de qué?) Escuchemos con atención: La casa azul es una IMAGEN BLANDA,/ un murmullo silencioso,/ insignificante./ Nada detiene los lamentos del gato que la mira. (Si observamos minuciosamente, encontraremos en el verso la inclusión de palabras con letra mayúscula; me imagino que para enfatizar el hilo conductor del poemario. Es más, si nada más leemos esas palabras y de forma seguida, ¿tendremos acaso otro poema diferente? Sería una posibilidad no muy lejana después de todo.)
Además de contar un exilio con la aparición de un personaje llamado Gato King, “El exilio de los gatos” se torna una épica del instante, suerte de microhistoria felina donde la querella por el poder, sobre todo por la sobrevivencia, es toral destino. Gato King OTEA el horizonte con sus pupilas ciegas,/ lo abordo, lo tomo entre las manos,/ se retuerce ante el contacto,/ quiere su LIBERTAD Y asistir al peligro de la casa,/ a su imaginario eterno. (“La casa me protege del frío, de la lluvia, pero no me protege de la muerte”. Sin sentirse animal, Jaime Sabines ya lo sabía de antemano.)
Entre el exilio y su residencia, y las polémicas por la supremacía gatuna, Solana recalca la cercanía del gato, inclusive ponderando sus cualidades y, si se permite, hasta sus defectos más evidentes: Para no escuchar los ruidos del mundo,/ los gatos se taparon los ojos/ y aprendieron un LENGUAJE MUDO,/ rotundo en vocales abiertas,/ pétalos vacíos de DESPOJOS. […] Los gatos desean abrir todas las puertas/ y no sucumbir ante las redes eléctricas/ de las seguridades humanas./ Los gatos desean su libertad/ a través de la posesión de alguna certeza.
Y ya que la palabra certeza aparece en escena, un animalito que se relaciona casi por completo con ese concepto es, sin duda, el grillo, protagonista de la última sección de Contramundos. Como en la segunda parte del libro, “La casa de los grillos” cuenta dos voces: la del poeta y la del objeto, en este caso, el grillo. (Un solo a dos voces, si hacemos caso a Octavio Paz y Julián Ríos.) [Llegué a la casa de los grillos/ a través de mi cansancio./ Había metido mis cosas en cajas./ Había dejado la palabra amistad/ entre cartones./ La casa de los grillos/ es un ático entre los cerros], a lo que el grillo responde: /Un grillo es la espesura/ invisible del sonido.
A lo largo de los poemas, la voz de Ingrid Solana se halla estacionada en una mudanza, en desempacar las emociones y mirar a la distancia lo que se deja detrás de sí, y el paisaje que se avecina; aunque, a decir verdad, la mudanza real ocurre en casa propia, donde el inquilino oficial, seguramente lo habrán notado, es la consciencia o el resabio de ésta. [La casa de los grillos/ sacaba las historias de las cajas./ Estaba mi abuelo,/ un margen nostálgico en el/ blanco y negro de sus ojos llamas], mientras que el grillo persiste en una apacible morada: /El grillo descansa cuando/ la mañana vierte sus alas en/ la fugacidad del silencio matutino. En suma, la voz de la poeta inscribe la ausencia en el acto de mudarse, aún en casa propia, y la voz del grillo, recobrar el silencio, a manera de anagnórisis y acompañamiento por estos lares donde la nostalgia quizás haga de las suyas. (Hasta que la poesía lo permita ¿no creen?)
A guisa de conclusión, Contramundos es un itinerario de acompañamientos, donde Ingrid Solana representa a los animales como parte de una evolución poética; el reencuentro con la matria (“Yeguas de luz”), la pesadumbre de la realidad (“Contra/aullar”), el aprendizaje del exilio (“El exilio de los gatos”) y la esperanza recobrada (“La casa de los grillos”) hacen de esos mundos posibles las etapas de un viaje en continua transformación, donde la palabra es la llave de entrada. Después de todo, habremos de suscribir lo dicho por Samuel Beckett en Cómo es: “Los animales saben”, y hasta la propia autora lo reconocerá sin tapujos. Luego de leer este libro, contemos que ustedes también así lo crean. (Ojalá.)

Ingrid Solana. Contramundos. 2ª ed. Toluca, México, Instituto Mexiquense de Cultura, 2011 (Piedra de Fundación).

(22/junio/2012)