martes, 2 de noviembre de 2010

Los manuscritos misioneros de Mirelles

Luego de la publicación del facsímil del Códice Máynez, a la Dra. Ana Laura Máynez Ojeda (sin parentesco alguno con el depositario del documento, claro) se le comisionó emprender la labor de paleografiar, fijar y hacer el estudio crítico de unos manuscritos sobre lingüistas misioneros, también desbalagados en el Archivo Carla Williams Brightman. Desde luego, con el respectivo apoyo por parte de la Universidad y del Instituto Nacional de Antropología.
Para que sus pesquisas tuvieran un buen rumbo, requirió asesorarse por sus amigas y colegas Pilar Garibay y Ascensión Fernández, cosa que nunca se realizó puesto que Pilar se cambió de casa y por su presente naturaleza no tendría tiempo para asesorarla; tampoco Ascensión Fernández, quien se encontraba en un congreso internacional de Filología en la Complutense de Madrid, España. Sin embargo, esto no la desanimó (pero la hizo acreedora a una gripe de investigador, un dolor de tobillo durante dos semanas y a una afonía que le duró tres días), y recurrió, sin pensarlo, a su colega Leopoldo Valera, investigador del Instituto de Investigaciones Antropológicas y un inusitado e inédito autor de líricos correos electrónicos.
Cuando pasó al Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional, donde le proporcionarían los documentos requeridos, se llevó un enorme susto cuando se dio cuenta que, no sólo era un pequeño legajo, ¡sino cinco! Afortunadamente, Librado Villavázquez, encargado del Fondo reservado, le permitiría llevarse un legajo por mes para su estudio detallado. Ana Máynez lo convenció de otro modo: leer un legajo diferente cada semana, realizar respectivas anotaciones, formularse posibles hipótesis al respecto, y, luego de tener ya diseñado un mapa de trabajo, ahora sí, llevarse uno por mes y hacer las aplicaciones necesarias. Un mes después, Ana llegó a una conclusión: en realidad, no había un solo autor a quien se le atribuyera la autoría de los Manuscritos misioneros, ¡sino cinco! Es decir, dicha autoría se debatía entre cinco personas en un lapso de 250 años.
Fechado en 1555, el primer legajo fue obra del franciscano español Felipe de Mendoza, quien se hallaba en el Bajío (región sur del actual estado de Guanajuato), donde aprendió la lengua de los naturales –en este caso una variante del tarasco– y con base a sus observaciones, ideó un Breve Arte de la lengua tarasca, el cual terminó en 1590, pero permaneció inédito hasta ahora. (Es más, la única gramática conocida en la época no pasa de ser la de Maturino Gilberti, por fortuna y desgracia.)
En 1609, otro fraile, esta vez agustino, Bernardo del Toral, residente en la provincia de la Nueva Galicia, partió hacia el extremo oeste (el actual territorio de Nayarit) donde también su labor misionera se vio empañada por la hostilidad de los indígenas huicholes hacia su persona, por lo que se refugió hasta que los naturales se acostumbraran a su presencia. Después de dos años, el agustino, ni tardo ni perezoso, aprendió su lengua. Primero realizó –para uso de sí– un Vocabulario del huichol, que dio lugar, cinco años después, a su Arte de la lengua huichol, terminada en 1626, con una ligera apostilla añadida a los dos años. En ese tiempo, regresó a Guadalajara para convertirse en el nuevo auxiliar del arzobispo, por lo que sus notas y manuscritos quedaron en el completo olvido. (Del Toral murió en 1676, pero para sus investigaciones ya había muerto años atrás.)
En 1711, un fraile de la Compañía de Jesús, Rodrigo de Granada, rescató los apuntes de Del Toral, puesto que, al revisarlos, obtuvo las bases para llevar a cabo su misión catequizadora en el norte de la Nueva Galicia (territorio actual de Sinaloa), ya que le tocaría proseguir con la labor emprendida por su antecesor. En Sinaloa, supo de la lengua cahita, en la que se metió de lleno por largos años, hasta tener lista una de las gramáticas más controvertidas respecto de esa lengua. Sin embargo, Granada murió en 1731, debido a una fuerte congestión intestinal ocasionada por el cambio de dieta al que se había sometido, luego de veinte años de residir en Sinaloa. Uno de sus hermanos de orden (del que no sabemos su nombre) se quedó con sus manuscritos, copió algunas cosas y, seis años después, sacó a la luz el Arte de la lengua cahita (en la edición que posteriormente publicó Eustaquio Buelna.) Del resto de los papeles, nunca más se supo su paradero.
Por esos mismos años, en Chiapas, un dominico, Enrique Pérez de Marchena, realizó una gramática del tzeltal, con base a su labor de evangelización en esa comunidad indígena. El Pequeño Arte de la lengua tzeldal fue su obra final luego de seis años ininterrumpidos, hasta que una revuelta de indígenas lacandones acabó con todo vestigio de los agustinos, y fue incierto el paradero de sus manuscritos.
Diez años más tarde, un jesuita, Fernando Díaz Mora, de camino a Yucatán, pasó por Chiapas y se enteró de la suerte que habían corrido algunos religiosos por esa zona. Se detuvo en las ruinas del convento agustino donde había estado Pérez de Marchena, las revisó minuciosamente y logró rescatar los pocos legajos del agustino. (Para su sorpresa, el Arte estaba completo.) Y con semejante material, lo llevó consigo hasta Yucatán, donde continuó con el postulado de la evangelización. No le costó mucho aclimatarse a las condiciones de los mayas, lo que facilitó, primero, la confección de un calepino, y, posteriormente, un Arte de la lengua maya, en 1755. Desgraciadamente, en 1767, por el destierro decretado por la Corona, este jesuita partió hacia el Vaticano, donde llegó a ser asistente del bibliotecario y erudito español Lorenzo Hervás y Panduro.
A la muerte del jesuita Díaz Mora, en 1810, un filólogo francés, Pierre-Marie Mirelles, se dio a la tarea de conseguir todas las gramáticas y vocabularios indígenas confeccionados en la Nueva España, última voluntad de su amigo y maestro. Así que, al llegar a México, no tuvo idea alguna en la que habría de meterse. Para su fortuna, logró obtener los papeles del franciscano Felipe de Mendoza, que se hallaban en poder del Corregidor de Querétaro (pariente lejano del fraile); los manuscritos de Del Toral y los de Rodrigo de Granada estaban en manos del padre Manuel Abad y Queipo (a la postre, fuerte opositor del padre Miguel Hidalgo), el cual se los vendió por una onerosa cantidad, para que, de una vez por todas, lo dejara en paz.
En Europa, Mirelles transcribió de su puño y letra todos los legajos, hasta ya tener arreglados todos los trabajos. Pero no tenía una dirección fija todo este proceso. Es decir, no sabía cómo afrontarlos y para qué iban a servir. Por fortuna, Wilhelm von Humboldt (hermano del infatigable Alexander) se hizo de un sinfín de gramáticas de lenguas indígenas (entre estas, las del otomí y del náhuatl), y logró asesorarlo para que él no quedara sin brújula, ni las gramáticas sin difundirse. Desgraciadamente, Mirelles murió en 1831 y a sus papeles se les obligó a dormir el sueño de los justos, hasta 1970, año en que el tataranieto de Pierre-Marie Mirelles, el médico mexicano Leonardo Valiñas Díaz, antes de morir, vendió todos los manuscritos familiares a la excéntrica coleccionista británica Carla W. Brightman. También otra muerte (en este caso, la de la coleccionista) los regresaría al olvido de los cientos de cajas, llenas de humedad y esporas, en la Biblioteca Angelina.
En 1995, el Comité de Rescate Documental (encabezado por Ascensión Fernández de Enrigue, Pilar Garibay Portilla, Ana Laura Máynez y Mariana Centenario), cuando rescató el archivo de Eugène Broca, hizo lo propio con el resto del acervo documental para su respectiva catalogación en la Biblioteca Nacional. Mediante un proceso rotatorio (en ocasiones, estocástico y aleatorio), se asignaría, a cada investigador interesado, un documento diferente para su minucioso y encomiable estudio.
Al año siguiente, la investigadora Máynez Ojeda sacó a la luz la edición facsimilar y crítica en cinco tomos de los Manuscritos misioneros de Mirelles, con el prólogo de Leopoldo Valera, y gracias a una beca de la Fundación Europea para la Ciencia y la Cultura, con sede en Londres, durante el último período administrativo de su directora, la Dra. Edith Díaz-Mireles, de quien se decía que era familiar lejana del eximio y admirable erudito francés en cuestión. [¿O qué? ¿Me dejará mentir otra vez, Dra. Malmberg?]

lunes, 1 de noviembre de 2010

El Códice Máynez

Después de un largo y exhaustivo trabajo de paleografía, edición y publicidad, las doctoras Pilar Garibay Portilla y Ascensión Fernández de Enrigue sacaron a la luz la edición facsimilar de un documento que se hallaba perdido en el archivo Carla Williams Brightman de la Biblioteca Angelina, en el que se consignan los últimos testimonios de la Conquista. (El Dr. Miguel Enrigue de León lo llamó el Códice Máynez.) Dicho documento había permanecido fuera del alcance de los investigadores por muchos, muchos años.
Escrito en 1590 (año de la muerte de fray Bernardino de Sahagún) por el también franciscano Miguel Díaz de Aguilar –alumno de fray Francisco de Toral antes de su muerte y allegado a uno de los informantes del propio Sahagún– recopiló algunas cosas que al fraile se le había pasado escribir en su Historia general de las cosas de la Nueva España. Su texto, llamado Addenda sobre la relación de la Conquista de México a los manuscritos del Excelentísimo fraile franciscano Bernardino de Sahagún, logró terminarlo en 1616. Desgraciadamente, dicho texto nunca se editó puesto que los manuscritos y sus respectivas ilustraciones se perdieron luego que el franciscano Díaz de Aguilar murió en 1665, a la edad de 91 años. (Hasta en eso coincidió con su antecesor, de apellido real Ribeira.)
En 1895, el filólogo y escritor español Serafín Máynez y Díaz-Triviño, mientras preparaba un trabajo acerca del alemán infatigable Alexander von Humboldt, en sus pesquisas realizadas en la Biblioteca Nacional de Berlín halló un legajo amarillento en cuya primera hoja estaba escrito el nombre del franciscano Díaz de Aguilar. Procedió a revisarlo y, luego de un mes, realizó algunas anotaciones que se vieron complementadas, años más adelante, con el contenido de los Primeros Memoriales de Sahagún, albergados por la Real Academia de la Historia, en Madrid, donde conoció –casi de oídas– al también filólogo y erudito mexicano Francisco del Paso y Troncoso. Por desgracia, años después, sus intenciones de volver a Berlín para darle un último vistazo al manuscrito se disiparon cuando los nazis ascendieron al poder, cosa que vedó el acceso de los extranjeros a las bibliotecas alemanas, y quedó en el olvido después que el non e insigne erudito muriera como consecuencia de la Guerra Civil Española, durante el cerco de Barcelona.
En 1945, con la entrada de los rusos en Berlín, dos de sus soldados (sin saber lo que su vida sería a partir de entonces), entraron en la Biblioteca y rescataron del fuego algunos libros y documentos. Uno de estos, Yuri Knórosov, sería de sobra conocido; pero el otro, Yevgueni Brodka, rescató la Addenda y la llevó consigo a Moscú. En 1955, desencantado del sistema estalinista y de su empleo como funcionario del Partido Comunista, se fue a Francia donde realizó estudios de Filología en La Sorbonne, cosa que sirvió de mucho para adentrarse en el manuscrito. Allí, Brodka, quien adaptó su apellido a Broca, conoció a Samuel L. Vidal, antiguo alumno de Serafín Máynez, que conocía de sobra sus trabajos. Cuando Vidal supo que dicho documento admirado por su maestro estaba en manos de su ahora alumno, decidió trabajar al alimón con él y develar las incógnitas restantes.
Diez años más tarde, Eugène Broca viajó a México, donde conoció los trabajos del Padre Ángel Echegaray, quien junto a su alumno Miguel Enrigue de León, formaron el legendario Seminario de Culturas Prehispánicas, ahora Instituto de Investigaciones Históricas. Por desgracia, su mentor y amigo Vidal murió de un infarto dos años antes, dejando ya terminadas sus investigaciones sobre la Addenda. Cuando conoció al padre Echegaray, le confió que tenía en su poder un manuscrito que daría un giro de 180 grados a todas sus teorías. Ambos se pusieron de acuerdo en trabajar juntos. Al año siguiente, Broca decidió radicar definitivamente en México, en especial en la ciudad de Puebla, lugar benigno a su diabetes. A la muerte del Padre Echegaray, en 1969, prosiguió con los estudios hasta que el manuscrito quedó listo, no sólo para edición definitiva, sino también para facsímil y para su futura donación a la Biblioteca Nacional, al cuidado de la Universidad. Lamentablemente, Eugène Broca ( Yevgueni Iossip Brodka) murió en 1980. Sus objetos y manuscritos fueron adquiridos por la coleccionista británica Carla Williams Brightman, quien a su muerte los donó a la Biblioteca Angelina, donde permanecieron encerrados en cajas de cartón y en condiciones de completa humedad, hasta que en 1995, las doctoras Garibay, Fernández de Enrigue, Ana Laura Máynez y Mariana Centenario rescataron ese y otros manuscritos para su inmediata colocación en la Biblioteca Nacional, junto a los de su colega y amigo el padre Echegaray.
Desde entonces, a tal manuscrito no le han faltado investigadores dedicados a él, sin embargo, el misterio ahora por develar es si seguir denominándolo Códice Máynez, porque, al haber pasado por tantas manos, ya no se sabe quién comenzó con esto. (Y si no, pregúntenle a Hannelore Malmberg o a Hillary Maines, quienes me confiaron este asunto.)

domingo, 31 de octubre de 2010

Narrativas distópicas

A todos los atentos lectores de Nueva República de Babel, quien esto escribe les avisa que la próxima semana no tendrá a bien estar con ustedes, dado que decidí tomarme un descanso. Bien sé que esperan que, luego de mis repentinos regresos a la nota bloguera, ya no sigan siendo eso, repentinos regresos, y ruegan que siga con el brazo caliente y con muchas ganas de decir de otro modo lo mismo. Así es. Sin embargo, he decidido, amén de tomarme una semana sabática, dejarlos muy bien acompañados con una "miniserie", denominada Narrativas distópicas.
Dicha serie se conforma de siete episodios (uno por día), los cuales son producto del acto más desconsiderado que existe para una persona dedicada a las letras: el cajonazo. Aún así, considero compartir estos textos por aquello que sugería Alfonso Reyes: "publicar es también limpiar de papeles mi escritorio". (Sobra decir que todos los comentarios, sugerencias y guayabazos serán bien recibidos.) Ojalá les guste, y nos vemos en una semana.
¡¡Gracias!!

miércoles, 27 de octubre de 2010

Epistolarios, cartas y misivas

Hace rato, mientras leía los trascendidos en el tuiter, encontré en la página web del diario español El País, un artículo que me sorprendió: la publicación de epistolarios como reflejo de un género a la baja. Luego de leer aquel artículo, me entraron una ganas de mandarle ajos y cebollas al autor, pero me contuve casi de inmediato por una sencilla razón: me gusta mucho leerlos y cada vez que sale uno nuevo, lo pongo en mi lista de espera, y cuando se me da la oportunidad de revisarlo, decido si lo compro o simplemente me quedo con la sola consulta. Pero vayamos por partes.
Desde que el mundo es mundo, la comunicación epistolar ha sido, más que un reducto de privacidad y donde las ideas del momento aparecían frescas y con su finalidad más que probada, una manera de ver el mundo, sin la engorrosa necesidad de exagerar en el decir o de retener en el hacer: palabras más, palabras menos. Antes de la llegada del teléfono y del internet, esperar noticias provenientes de lares lejanos, era una forma parsimoniosa de vivir la vida, aunque los sucesos, claro, hayan traspasado la frontera del ayer. Incluso, si se me permite, hasta las malas noticias parecían lejanas y hasta ajenas... pero propias a final de cuentas. (Eso duele ¿verdad?)
En la larga presencia de los epistolarios, digno es de mencionar aquél que entablaran Pedro Abelardo y su bella Eloísa, una pareja única (de las que ya casi no hay), llevada al borde de la pasión amorosa, y cuyas cartas son el reflejo de una vida deseada y querida; sin embargo, la realidad, aunque los haya separado en persona, no lo hizo con las misivas que nos quedan de ello.
Otra faceta de los epistolarios reside en su cercano afán pedagógico; ¿quién no recuerda las Cartas a un joven poeta de Rainer Maria Rilke? Muchos aspirantes a escritor han tomado dicha obra como una guía para seguir en el agitado oficio de las letras, para que algún día y en otro momento, hagan suyo ese recurso didáctico y lancen al oceáno su propia poiesis.
Hablando de escritores, la mayoría ha tenido su ración de tiempo y de palabras para llevar a cabo tan franca y prístina empresa; plumas como las de Charles Baudelaire, León Tolstoi, Goethe, Giacomo Leopardi y hasta Napoleón Bonaparte (y en estas latitudes, Simón Bolívar, Domingo Faustino Sarmiento, José Martí y el maravilloso Alfonso Reyes) han hecho de la carta una extensión de su vida y de sus preceptivas. Aunque todas las misivas cuenten con las mismas partes (fecha, contenido, destinatario, remitente, etc.), cada autor le imprime su sello personal; se dice que Erasmo de Rotterdam tenía ¡¡veinte maneras distintas!! de decirle a su interlocutor Gracias por tu carta, detalle que ejemplifica la deferencia y el buen trato que le daba a quien se tomara la licencia de escribirle. Ninguna carta es, de cierta manera, la misma. Cierto.
Quienes tomamos en serio la experiencia de la misiva, como quien esto escribe, tenemos ciertas manías al escribir: si la caligrafía es clara o un poco apretada, si usamos un determinado tipo de papel o agarramos la primera hoja de lo-que-sea para hacerlo, si el color de la tinta es idóneo o pura casualidad, si el membrete del destinatario motiva un grato elogio o es pura piña... en fin. Cada quien conoce su forma de untar el aguacate sobre la telera.
Con la llegada del correo electrónico (e-mail), se decía que la comunicación epistolar desaparecería como las papelerías en el Centro, es decir, paulatina y tristemente, dejando en la orfandad a varios de sus usuarios. No fue así, por lo menos, del todo. Nació una manera eficiente y rápida para que los mensajes llegaran a puerto seguro, con la tipografía, colores y tamaño a elegir para nuestras palabras, con todo y que los carteros de toda la vida hicieran el entripado de su vida laboral, la cual hoy es doblemente vilipendiada cuando sólo entregan a nuestro domicilio las cuentas del gran capitán, representadas en recibos de teléfono, luz, agua, predial, tele por cable, tarjetas de crédito-débito, suscripciones, citatorios de Hacienda, banderitas tricolor de factura sospechosa, avisos del IFE, y paróle de contar.
Hace no mucho, se me pidió fervorosa y subrepticiamente que le escribiera unas cartas a mis hermanos, empresa que acepté gustoso, pero con algo de pavor porque, la verdad, no sabría qué decirle a cada uno de ellos; simplemente lo hice y no me arrepiento de ello. Me explicaré mejor. Con la pluma fuente que me había regalado una gran amiga y colega, y sin más papel que las hojas tamaño oficio que tenía reservadas para los outlines de mis ponencias, resolví que la pluma hablara en mi nombre y representación para que las palabras indicadas llegaran a buen puerto. (Muchos de los buenos consejos que plasmé en esas hojas, tuve que tomarlos en cuenta para hacer más que valedera dicha acción epistolar. Y en esas sigo, saben.)
Mientras termino de escribir estas líneas, pienso en lo mucho que me ha servido el género epistolar; como lector de los maravillosos volúmenes que salen impresos y con un titipuchal de notas al pie, y como creador virtual de varios, donde he dejado, amén de buenas frases, toda una vida en sucesiva construcción. Diría más al respecto, pero hay momentos donde lo debido es callar. Y hasta ahí.
(¡¡Gracias!!)

martes, 5 de octubre de 2010

¡¡Tuiteritos a volar!!

Hace más de seis meses (y ello justificará la enorme ausencia en este espacio), y gracias a que un conocido mío me hiciera -literalmente- manita de puerco, incurrí en una de las empresas más extrañas que se podían imaginar: abrir una cuenta de Twitter. (Renuente a ceñir en 140 caracteres, incluyendo espacios, todo un pensamiento y/o una acción, me dije que dicha empresa es sólo semejante a la de hacer aforismos, silogismos y neologismos, territorios vedados para mí luego de leer, desconcertado al fin, la obra de E. M. Cioran. Sin embargo, decidí intentarlo.) Ahora les cuento lo que viví en la feria.
Creado en un principio como suerte de mensajería instantánea, el tuíter (representado por un pajarito azul) cumple su función de dar a conocer las palabras del momento, es decir, alguna cosa que genere cierto interés y, claro, pasar en un instante de lo más profundo a lo más banal. Y viceversa. Desde luego, bajo la dictadura de los 140 caracteres, en los cuales se resume un tour de force con tal de abreviar las cosas. Ocasionalmente, ha pasado de la polémica fuerte (dar el pitazo a los automovilistas para así evitarles los engorrosos retenes del alcoholímetro, por ejemplo), absurda (el famoso shalalá bicentenario) y azucarada (la carrera artística de Anahí), hasta la inteligente (los "toritos" de la revista Algarabía, las efemérides del Fondo de Cultura Económica), reflexiva (los atinados reportes de Irma Gallo, Katia D'Artigues, Paola Rojas y Melissa Vega), interesante (las acrobacias verbales de Gilberto Prado Galán, Aurelio Asiain, Miguel Carbonell, etc.), e inclusive la denuncia (como Federico Arreola, que se explica solo), no cejan en suscitar una que otra reacción, misma que suele compartirse gracias al retweet, forma simplificada del reenvío, hacía otros tuiteros, quienes (por lo que dices o hasta por lo que no callas) deciden seguirte, y, en reciprocidad, deberías corresponder haciendo lo propio. (As you like it...)
Hay tres elementos a resaltar en el tuíter, que he seguido a cabalidad y que -me declaro culpable- lo mismo han aumentado que disminuido mi número de seguidores (followers): uno, hay tópicos recurrentes que se indican mediante un símbolo de gato (#) o hashtag, donde, se descubre, que hay millones y millones y millones de personas pensando en la misma cosa. Por ejemplo, #juevesdelibros es el pretexto para recomendar lo que leemos, lo que se debería leer, y hasta lo que no quieres, claro está. El segundo elemento peculiar es el llamado Follow friday (#FF), donde cada usuario recomienda -el viernes, claro- algunos de su libre elección, incluyendo, si se gusta, alguna razón para ello. Y la tercera razón que encuentro, es, ya se habrá ustedes imaginado, la rapidez en las informaciones, donde la credibilidad se prueba a cada minuto. Me explicaré mejor. Debido a su naturaleza de mensajería (cuasi) instantánea, hay usuarios que se pasan de veras y nos cuentan hasta lo que no queremos... o nos empeñamos a no escuchar, como ciertas figuras de la política, que hacen crítica sana o franco destripadero. (Es más, hasta los hay espurios, tanto en sus comentarios como su propia cuenta.)
Entre la fauna y flora que vive a flor de piel una experiencia tuitera, nunca faltan los vivales que, bajo el nombre de alguna celebridad, hacen de las suyas y se hacen de seguidores a diestra y siniestra, para que sus reales intenciones (malas intenciones) salgan al aire. Afortunadamente, varias luminarias han ejercido su derecho y acaban por legitimar su cuenta y, claro, su nombre. Y ya que hablo de peligros, uno muy presente en estos tiempos es darlo todo por hecho. Varias empresas de los mass-media tradicionales, han tomado al tuíter como fuente principal de sus noticias, cosa que suele confirmar el tiempo... o desmentir los indiciados, según parezca. Y hasta aquí con los tópicos generales.
En primera persona, mi experiencia como tuitero (¡¡Tuiteeeeeroooo, tuiteeeerooo...!!) no es tan apasionante ni tan petardista; simplemente me gusta comentar lo que haré al día siguiente, las lecturas que hago, los encuentros suscitados, las cosas que me salen a la vera del camino, en fin... una forma de la vida misma. (Si no me creen, los invito a comprobarlo: www.twitter.com/Cliobabelis)
Finalmente, como el pajarito azul que lo distingue, sólo me resta parafrasear aquella canción de sobra conocida, con perdón de la inolvidable María Jesús y su acordeón, desde luego. (Un heterodoxo homenaje, si gustan.)

Tuiteritos a volar,
cuando están en la red,
el enlace hay que seguir,
tui, tui, tui, tuíter.

El borlote o la pasión,
o la recomendación,
el enlace hay que seguir,
tui, tui, tui, tuíter.

Un 'unfollow" tú tendrás,
y lo propio tú harás,
el enlace hay que seguir,
tui, tui, tui, tuíter.

Seguidores, pa' variar,
y esperando qué dirás...
¡¡Te seguirán!!

Estarás en tuíter,
¡¡ah, qué papelón!!
Vente, vamos a chismear,
comiendo prójimo tú estarás.

Estarás en tuíter,
¡¡oh, que la canción!!
Vamos a pelar gallo,
y un ventanazo, auch, no librarás.
(Cíao!!)

martes, 31 de agosto de 2010

Blogday 2010 (según la NRB)

Cada 31 de agosto, Día Internacional del Blog (Blogday), los navegantes de estas aguas virtuales le rendimos señero homenaje a este singular espacio en la red, y en cuya celebración cada bloguero debe recomendar cinco espacios predilectos y de temática diversa, motivando así el intercambio de informaciones.
Puntualmente y cada año, Nueva República de Babel comparte sus cinco elegidas, con ligeras o extremas variantes, claro está; sin embargo, otras intenciones e invenciones hicieron escala en estos lares y se han ganado, además de su preferencia, el privilegio de viajar juntos en estas empresas y tribulaciones. Seguramente en el presente listado, más de uno advertirá alguna presencia conocida, pero así son las listas. (Mea culpa.)
  1. Eleutheria (http://la-ciudad-de-eleutheria.blogspot.com/): La polis del ciudadano libre es el resultado de una enorme pluralidad de intereses de la sagaz Eleftheria, quien se mueve muy bien tanto en los campos de la política (necesaria de conocer) como en los de la ciencia y la cultura, con esa mirada crítica que la distingue. Ningún tema le es ajeno, siempre sabe convencer y convertir, incluso compartir, las cosas que forman el ordenado engranaje del mundo. Un lugar abierto para quienes deseen visitarlo: ésa es la característica elemental de este sitio. Nuevamente lo expreso: es un placer entrar y salir de allí con la misma curiosidad, pero también con la conciencia de ignorar un poquito menos. En pocas palabras, una maravilla.
  2. Mariposa Tecknicolor (http://yomariposatecknicolor.blogspot.com/): Al igual que el anterior, por segunda vez consecutiva llega a esta lista, donde una histérica histórica nos sigue sorprendiendo con varias de las cosas que dan forma a su vida, ahora que otra mirada, otro sueño, reescribe sus bitácoras. Más que describir el mundo que le rodea, se describe a través de. (Un elemento peculiar que está en vías de volverse todo un clásico es su Juramento de Autoestima, mismo que se publica a principios del mes que transcurre.) Hay otras cosas muy importantes que se me escapan de este blog, pero la última palabra la tienen los lectores, y por la inmensa amistad que le profeso, no dudo en recomendarlo.
  3. La Mar Chiquita (http://lamarchiquita.wordpress.com/): Secuela natural de Palabras más, palabras menos; nuestra amiga de siempre nos sigue contando, entre amores y desamores, viajes sedentarios y lecturas a diestra y siniestra sobre el mundo, y bajo el milagroso designio de la palabra, el entramado de su vida, sea para confirmar, sea para cambiar sus cartas de navegación. Es inevitable leer sus andanzas y maestranzas, donde coincidir suele ser la moneda de cambio, y, claro, con todo y sus respectivas polémicas (para bien, para mal). De verdad.
  4. One day, one room (http://asnapeh.metroblog.com/): Una nueva habitante de la blogósfera, se integra a la lista de 2010 por una sencilla razón: se trata de una nueva voz que busca, como el común denominador de los blogonautas lo indica, contar de otro modo lo mismo. Ella se dice aspirante a escritora, sin embargo, creo que ya lo es: la mirada jovial a temáticas conocidas -y las perlas de sabiduría que en éstas encuentra- le permite generar lo mismo que enconadas polémicas que francas admiraciones. Además, cabe decir que su persistencia ha escrito lo mejor de sus páginas. (¡¡...y las que faltan!!) Ojalá que sí.
  5. Clionáutica (http://clionautica.blogspot.com/): Muchos blogs se pican de polémicos, pero no pasan del lapidario adjetivo de petardistas. Solamente Arno Burkholder, clionauta de tiempo compartido, dedica sus mayores energías para deshacer mitos de la historia contemporánea, pero también pasa revista a las grandes minucias que la vida, el tiempo o lo que sea, se empeña en otorgarle. A falta de palabras para describir esta bitácora de pasiones, dejo abierta la invitación para leerlo. Y hasta ahí.
[Y aunque el listado reglamentario debe tener solamente cinco páginas, mención especial merece Julia Cuéllar (http://juliacuellar.blogspot.com/), quien luego de mucho tiempo sin darnos noticias suyas, regresa con nuevas fuerzas y nos comparte sus experiencias ahora en su maravillosa etapa como flamante mamá. (Mis mejores vibras y que sigas como siempre, admirada Julia. De verdad.) ¡¡Gracias!!]
Paro el carro por esta vez, cumpliendo con mi cuota para el Blog Day. Como siempre, navegaremos en el tiempo recobrado gracias a la escritura en red, siempre a la espera de tocar nuevos puertos donde hacer una escala íntima. A todos ellos y a ustedes, lectores presentes, pretéritos y futuros, ¡¡mil gracias!!

sábado, 28 de agosto de 2010

El milagro de la Lotería

(Con fraternales saludos para Nati Rigonni y su Lotería poética)

"Vives de milagro, como la lotería...", dice, en alguna de sus obras, un personaje creado por Carlos Fuentes, y, a decir verdad, nos queda que ni mandada a hacer, dado el acendrado interés por jugársela (cada vez que se puede) en los pronósticos deportivos o gracias a los artificios de la Lotería Nacional, cuya vida más que bicentenaria (240 años, para ser precisos) ha llevado alegrías, ingente y franca asistencia, y una que otra sorpresa a varios hogares en México.
La mayoría sabe cómo es el rollo: se realizan tres sorteos a la semana: martes, viernes y domingo (éste, bajo el formato del Zodíaco, donde signos y números pueden hacerle ver su -buena- suerte a quien lo juega). Como siempre, hay números inusitados que se llevan la bolsa y otros que, por x y z razones, simplemente no jugaron. Aún así, el reintegro ya lo tenemos. Y si le sumamos los sorteos magnos (Navidad, Año Nuevo, Santos Reyes, más los que se acumulen en la semana...), la emoción, sí, es aún mayor. Y para ponerle la cereza al pastel, cada miércoles existe uno muy peculiar: el sorteo Gordito, es decir, una bolsa aún menor que en los demás, pero cuyo vigésimo y/o cachito cuesta muy poco: cinco pesos. Podría decirse que hasta los niños no se quedarían con las ganas de jugar ante el minúsculo tamaño del mismo.
Para quienes han hecho de la Lotería un modo de vida, quizás su vida, como clientes asiduos al billetero de confianza o de aquel expendio de todas las mañanas, sólo se ve complementada por la corazonada certera y por la (rápida) confección de castillos en el aire, que, para unos, terminan volviéndose catedral. Sin embargo, hay otro tipo de compradores de lotería que son atraídos por el diseño del billete en turno y hasta los hay que se interesaron por la efemérides en curso. Cuando el poeta y editor Alí Chumacero fue homenajeado en Guadalajara por el 90 aniversario de su nacimiento, el siempre proteico Fernando del Paso confesó maravillado haber comprado la serie completa de la lotería dedicada por completo al ilustre vate nayarita, la cual, firmada por él, ya era en sí el mejor de todos los premios. (Me pregunto ¿quiénes no han hecho lo mismo? Y hasta salen a relucir los coleccionistas, sin duda...)
Luego de esta minúscula semblanza de la Lotería Nacional, desde hace varias semanas, y en la coyuntura por los Centenarios de 2010, salió a la venta Lotería Mexicana, suerte de planilla que rinde señero homenaje a las tablitas de antes, donde se marcaban -con frijolitos, regularmente- las figuras que iban saliendo durante el juego, y donde un sonoro ¡lotería! salía del ronco pecho de algún jugador que completaba antes que los demás su tabla de juego. Por una módica cantidad de 20 pesos (equivalente a dos cachitos del Zodíaco, a dos terceras partes de uno de los martes y otro de los jueves), cada quien se hace de una planilla (cuya diferencia con las tradicionales, es la presencia de los personajes y hechos de la Independencia y la Revolución mexicanas, además de los 32 estados de la República Mexicana, el famoso Edificio Moro -sede de la Lotenal-, y, claro, los Símbolos patrios) con 16 figuras diferentes en ella, de libre elección al momento de comprarla. Luego de adquirida la planilla de marras, esperar con ansia y esperanza el sorteo de los sábados, a las 9 pm, por el canal 13, donde los infaltables gritoncitos sacarán cerca de cincuenta números y si alguna de las planillas se llenaba antes de una determinada extracción, la bolsa acumulada sería entregada de inmediato, pero para quienes sigan el desarrollo del juego, si al término del sorteo ya había planillas con 16, 15 ó 14 aciertos, los premios de 2 millones y un millón de pesos, respectivamente, serían entregados. Eso sí, cada sorteo determina el color de la planilla en curso, para evitar confusiones, claro está. (Y ya que hablamos de colores, la semana pasada casi caigo en ese error, pero a la mera hora del sorteo se aclaró todo. Sí.)
Finalmente, y a unos minutos de que comience el sorteo por la telera, cabe decir que la Lotería Nacional, en cualesquiera de sus sorteos y en la maravillosa labor social que realiza con parte de los recursos obtenidos con la venta de sus billetes y planillas, siempre será el mayor milagro que forma parte primordial de nuestra vida, y no hay mexicano que la haya jugado, al menos, una vez en su vida. (Cada que puedo, me hago de un cachito y ahora con las planillas de la Mexicana, es el pan de cada semana.) De verdad.
¡¡¡Lotería!!!

viernes, 27 de agosto de 2010

La princesa y el cazalibros

Se ha dicho hasta la repetición que los mejores viajes son los que surgen de botepronto, sin planearlos siquiera en agenda impresa y/o virtual, y cuyos resultados suelen ser satisfactorios a final de cuentas. Anoche no fue la excepción, dado que aunque daba por segura mi asistencia a un evento previo, siempre llega otro que nos hace el día. Véamos por qué.
Gracias a un correo electrónico, se me informó oportunamente que el eminente investigador Patrick Johansson Kéraudren ingresaría a la Academia Mexicana de la Lengua y que dicho acto se llevaría a cabo el 26 de agosto, a las 7 pm, en el auditorio de la Coordinación de Humanidades en Ciudad Universitaria. Mientras lo anotaba en mi agenda 2010 del Conaculta y en mi Lupy de bolsillo, me topé con una sorpresa: una hora antes estaba agendada la tradicional Venta Nocturna del Fondo de Cultura Económica, a la cual siempre asisto, si no para comprar libros, al menos para platicar con varios escritores. Al final, decliné a favor de la sesión pública de la AML, y una amiga mía, Princesa de las Letras para más señas, también quedó en asistir. (Así ¿o más claro?)
Quien esto escribe llegó una hora antes del evento, tiempo que aprovechó para encontrarse con algunos colegas, como Concepción Abellán y Pilar Máynez, bien acompañada por su esposo, Serafín González, investigador de la UAM-Iztapalapa. Luego hicieron su arribo Alicia Reyes (nieta de don Alfonso) y Andrea Martínez Baracs (hija de José Luis Martínez), quienes no dudaron en saludar a varios de los ya presentes. Como la hora pactada, las 7 pm, se avecinaba con certeza, ingresamos al auditorio para ocupar un buen lugar para la ceremonia. Tal como lo había prometido, mi Princesa de las Letras llegó a tiempo y, claro, como la cercanía de dos orillas había hecho lo suyo, platicamos un breve tiempo y en esas estábamos cuando Ascensión Hernández de León-Portilla llegó y nos saludó cordialmente. Para entonces ya habían llegado varios de los integrantes de la Academia y el nuevo recipiendario, Patrick Johansson, quien leyó su discurso de ingreso, Encuentros, desencuentros y reencuentros, un texto de maravillosa factura, cordialmente respondido por Miguel Léon-Portilla. Después que Patrick fue investido con la venera de la corporación, todos los asistentes (familiares, colegas y amigos) procedimos a felicitarlo. Y entre saludo y saludo, mi querida Princesa entregaba libros suyos a diestra y siniestra, y un servidor acompañó a Chonita por un encargo al Instituto de Investigaciones Filológicas, no sin antes sacarle la firma tanto a Gonzalo Celorio como al buen Adolfo Castañón, y de saludar a Vicente Quirarte con la esperanza confirmada de verlo en octubre.
Después de guardarme algunos libros que recibí de ella, y luego que mi diligente Princesa entregara casi todos sus ejemplares, decidimos irnos, de golpe y porrazo, hacia los rumbos de la Condesa, donde nos esperaba, finalmente, la Venta Nocturna. (En el tiempo que duró nuestro viaje, pasamos revista a casi ¡¡dos años!! de no vernos en persona.)
Luego de estacionar el coche a una cuadra de la Librería Rosario Castellanos, y de hacer una escala en el toilette, la Princesa y un servidor recorrimos cada espacio y contemplamos desde los balcones la panorámica del lugar, desde donde saludamos a María Luisa Escobar de TV UNAM. Después, nos acercamos al sitio donde Jorge F. Hernández y Hernán Lara Zavala platicaban gustosamente, para después hacer las consabidas presentaciones; compartió con Jorge F. el franco destino de la Complutense en Madrid, y con Hernán, el origen de la Península, Península. (Para ella, estos encuentros eran algo más que una coincidencia, es decir, una promesa bien cumplida, y para un servidor, gratas amistades del primer día. Los veré en octubre.) Y, claro, no lejos de allí, Gabriela Cano me vio e intercambiamos sendos saludos. Mientras la noche seguía en el Fondo, la Princesa y el cazalibros emprendieron la dolorosa retirada y cenar algo por esos lares.
Casi a las 12 am, y después de firmarme un ejemplar de su libro, nos despedimos, con la esperanza de volvernos a ver en un tiempo. De cualquier manera, acababa de hacerme la noche. Sí que sí.

jueves, 5 de agosto de 2010

Numismática de closet

En ocasiones anteriores, tuve a bien contarles algunas de mis pasiones como coleccionista, de las cuales no me arrepentiría ni un ápice, y con la esperanza de incentivarlo entre ustedes que tienen la deferencia de leer a un servidor. Ahora bien, además coleccionar separadores para libros (cuyas notas, de refilón, invito a que lean), confieso algo avergonzado que tengo varias colecciones truncas o para villamelones, si se quiere, y la que más escozor me genera es la de monedas. (Bueno... ¿quién no ha coleccionado monedas en la vida? Me imagino que todos, pero cada cabeza es un banco. Ajá.) Mejor no me guardo el cambio y entro en materia.
Desde muy niño, siempre me han cautivado las monedas, pero no para generar, formalmente, una colección. Más bien, como todo niño que se respete, esperaba la hora del recreo para quemar aquellos "botines de guerra" (halladas debajo del sillón, la cama o en la ropa sucia) en papas fritas, estampas de colección o modelitos para armar, según fuera el caso. Un domingo, lo recuerdo muy bien, mi padre me obsequió una moneda impresionante: una de cinco mil pesos (de entonces) con la imagen de Fuente de Petróleos. Me sentí como si me hubieran dado una onza troy, verdad que sí. (No quería gastármela, pero tuve que hacerlo: los comics de La Pantera rosa y El Pájaro loco no podían esperarme otra semana...)
Andando el tiempo, y cuando habitaba -literalmente- en una obra negra, a medida que hacíamos la mudanza encontrábamos algunas monedas debajo de los sillones, el librero, el mueble de la televisión, en fin... que no dudé en juntarlas y, con un poco más de orden, hacer una pequeña colección. Así, me hice de varios modelos con la figura de Francisco I. Madero, José María Morelos, por decir algunos. Inclusive, mi empeño por quedarme con los cambios me regaló varias joyas, como las monedas de hace 25 años, dedicadas a la Independencia y la Revolución, respectivamente, y hasta una del mundial México '86. Sin embargo, también me gustaba juntar algunas extranjeras, como aquella joya de la corona: una de 50 centavos de dólar, con la efigie de John F. Kennedy, muy rara hasta para mí, y que tomé como amuleto de la suerte y que me dolió mucho perder cuando una banda de fascinerosos sustrajo mi cartera del portafolios. (Me hubieran dejado las fotos de la familia, mínimo...) Aún así, siempre me hacía de algunos ejemplares para la pequeña colección; incluso tengo un kopeck soviético, que se parece muchísimo -en tamaño- a la pulga de 10 centavos. En una palabra, no me pico de numismático. Hasta ahora.
Gracias a los cacareados festejos México 2010, el Banco de México tuvo a bien emitir, desde hace ya dos años y pico, una serie conmemorativa de monedas con los personajes de la Independencia y la Revolución, respectivamente, y como en acción retardada, hice lo propio, es decir, juntar varios ejemplares de dichas monedas. En las veces que las tuve en mis manos, siempre han regresado Carlos María de Bustamante y José María Cos (Independencia), Filomeno Mata y Álvaro Obregón (Revolución), y eso ya no me asombra. Cuando tuve la de Fray Servando Teresa de Mier, me dije: "Se me hace que no la tendré más de cinco minutos en mis manos" y, dicho y hecho, así fue. Pero las que merecen mención aparte son tres, con un solo leitmotiv: el poder de la palabra. Hablo de Belisario Domínguez, Ricardo Flores Magón y José Vasconcelos, cuyos ejemplares guardaba muy celosamente en mi librero cercano al escritorio. Una extraña tarde de un mal sábado, cuando el carrito de camotes y plátanos pasaba por mi calle, mi familia tuvo antojo de plátano frito y como andábamos sin blanca en aquel momento, saqué del librero las tres monedas y lo pagué no sin antes lamentar mi suerte. (De aquella trinca, solamente Belisario Domínguez ha tenido sus regresos. Y muy breves, por cierto.) Luego de esto, ya no les platico lo que me pasó con la de José María Morelos, porque se me echan encima... (En conciencia quedará.)
Después de todo, no me puedo picar de numismático, porque al intentar una colección no la termino o, al menos, la prosigo. Sin embargo, he disfrutado sobremanera las veces que se me da aquella afición, y un capítulo aparte merecerían los billetes, porque también son moneda ¿verdad? (Ya veremos entonces...)