lunes, 26 de agosto de 2013

Ventanas hacia la memoria

Ulises Velázquez Gil

Se dice que los ojos son el espejo del alma, y cuando observan una imagen entrañable, más que un espejo es un pasaje en el tiempo; acto que se repite una y otra vez cuando dicha imagen reaparece con la misma fuerza con que se presentó por vez primera. Para varias generaciones de mexicanos, esa imagen “ideal” se asocia de inmediato con una misión cultural y educativa que hoy en día sigue cosechando gloriosos resultados. Me refiero, sin duda, a “La Patria” de Jorge González Camarena, emblema paradigmático de los libros de texto gratuitos.  
Una historiadora sin mancha, de nombre Bertha Hernández, nos entrega en “Así eran mis libros…” el largo camino que lleva recorrido el libro de texto gratuito como estandarte de la educación en México; concretamente, por medio de las imágenes que ilustraron sus portadas a lo largo de 50 años. ¿Qué puede disparar el caudal de recuerdos, qué atrae la memoria de otros tiempos? […] Cualquier cosa puede activar la memoria, despertar el eco de viejas alegrías, de amores pasados, de la primera escuela. (Para la mayoría de todos nosotros, ésta se asocia con los primeros libros que llegaron a nuestras manos: aquellos que nos acompañaron durante la primaria, a la par de los juegos y refrigerios a la hora del recreo.)
Para esta generosa revisión, Bertha Hernández nos propone tres fases: una, donde la cruzada educativa de Martín Luis Guzmán consiguió el apoyo de grandes pintores para realizar las portadas de unos libros en busca de su destino; otra, donde la idea del libro se asociara al juego de sus portadas, y una tercera, retomando el espíritu prístino de la primera, pero con nuevos protagonistas de la plástica mexicana. En todos los casos, una sola frase funciona a manera de ritornelo narrativo: “Así eran mis libros...”
Los héroes patrios (Hidalgo, Juárez, Madero) vistos desde el pincel de David Alfaro Siqueiros, Raúl Anguiano, José Chávez Morado y Alfredo Zalce, por mencionar otros, incentivaron un sentido muy marcado de patriotismo, que tuvo como principal vehículo la distribución de estos incipientes libros de texto gratuito. Para unos ojos –siempre hay ojos que nos miran, muy a la distancia− significó llegar a los lugares menos beneficiados por el progreso de la Revolución mexicana por el apostolado acendrado de la educación, mientras que para otros, con la sola inclusión de Hidalgo, Juárez y Madero en aquellas portadas, veían un cierto atisbo de uniformidad, es decir, de imponer –bajita la mano− una historia oficial. Aún así, la reacción de los verdaderos destinatarios, es decir, los niños y sus maestros, era la más importante: ¡Qué hermosos libros!
La segunda fase del libro de texto gratuito, desarrollada en los años 70, tuvo dos peculiaridades: el acendrado interés por los temas de actualidad y los cambios suscitados hasta ese momento, y la frescura y espontaneidad respecto a la creación de las nuevas portadas, a cargo del diseñador Juan Ramón Arana, quien tuvo la novedosa idea de plasmar en éstas otro importante referente infantil: los juguetes tradicionales. A la par del aprendizaje y del juego, aparece en escena una idea revolucionaria que hoy goza de cabal salud: el material recortable, mediante el cual el alumno pasaría de espectador−lector a participante activo en el proceso de aprendizaje. (Invitación al juego, a la búsqueda en el interior del libro. Fueron tiempos de letra script, del cambio a los cuadernos de cuadrícula chica, o grande; se abandonaron los ejercicios de caligrafía Palmer; los usuarios de estos nuevos libros no aprenderían a escribir con “letra manuscrita”. Sí, la educación cambiaba; y los compañeros constantes de la vida escolar, también.) De pilón, digno es de resaltar la presencia de una historiadora combativa e inteligente, Josefina Zoraida Vázquez, cuya principal asesoría en el libro de Ciencias Sociales sirvió como puente principal entre una generosa tradición y un mundo en constante crecimiento; en una palabra, que los niños de entonces fueran, dicho en palabras de Octavio Paz, “contemporáneos de todos los hombres”.    
Y en la tercera ola de la historia del libro de texto gratuito, merece especial atención la presencia de Javier Wimer, diplomático ilustrado de los que ya no hay, en cuya administración se le dio un segundo aire a la prístina empresa de Martín Luis Guzmán al reunir a los pintores consagrados del momento para diseñar las portadas de los libros de texto; al llamado de Wimer acudieron Manuel Felguérez, Brian Nissen, Leonora Carrington, Arnold Belkin, José Luis Cuevas, Alberto Gironella, Arnaldo Coen, Elvira Gascón, por mencionar algunos. Además, en la tercera de forros se colocaron el nombre del artista y el año de producción de la obra, para que los niños conocieran algunos datos sobre quién diseñó la portada de su libro favorito.   
A título personal, cuando tuve estos libros, de tercero a sexto año de primaria, quedé sorprendido con la calidez de las portadas, que me invitaban a seguir la huella de sus creadores; recuerdo que me intrigó toda la vida la frase “Esto es gallo” de mi libro de sexto año –Gironella, el culpable−, mientras que el cuervo negro de Leonora Carrington acompañó muchas de mis tribulaciones como niño y como educando. Sin embargo, en mi patria del corazón tienen un lugar especial “los gatitos” de Brian Nissen. Hoy, que nuevamente veo esas portadas, el niño que buscaba en ese tiempo su propio camino de sueños y de letras, aún sigue presente. (Aquí y ahora, muchas gracias.)
De todas las pinturas que la CONALITEG resguarda como parte de su memoria histórica (desde las encargadas por Guzmán hasta las aprobadas por Wimer), hay una que resume por entero toda una vida de trabajo y de constantes esfuerzos por llevar los libros de texto hasta los rincones más apartados del país, y que, hasta la fecha, se volvió su emblema indiscutible. Me refiero, sin duda, a “La Patria” de Jorge González Camarena, ni más ni menos. Entre la pesquisa detectivesca y una historia digna de Scherezada, Bertha Hernández nos cuenta su historia secreta: de cómo una pintura, nacida por influjo del encanto femenino, adquirió en las manos de su creador inmortalidad para la modelo (cuya vida se volvió un misterio sin resolver) e identidad para una nación, porque en ella se vinculan muchas cosas: la entereza, la fortaleza, la seguridad de que, en toda circunstancia, por difícil que éstas sean, la Patria, con mayúsculas, es protectora y maternal, pero al mismo tiempo valiente y decidida, y son esas cualidades las que le permiten mirar hacia adelante con algo en los ojos que se parece a la esperanza, segura y cobijada, como alguna vez dijera José María Morelos de Leona Vicario, “por las alas del águila mexicana”.
De 1962 a 1972 cubrió las ilusiones y esperanzas de muchas generaciones de niños mexicanos –mis padres, por ejemplo−, pero desde entonces ya era “la madre protectora”, que se encontró conmigo, con mi generación, gracias a Mi libro de Historia de México, allá por 1992; y aunque la vida me alejara de mi ejemplar único e irrepetible –al que debo mi pasión por la historia mexicana, sólo refrendada por Socorro Sarabia García, mi inolvidable maestra de sexto año−, nuevamente la vida me recompensó con otro similar, que ahora guardo con cariño y devoción en mi biblioteca.
Hay muchas cosas pendientes de decir sobre la historia de los libros de texto gratuito, y aún más acerca de la expresión plástica en sus portadas. Con “Así eran mis libros…”, Bertha Hernández ya “nos hizo la tarea” (como diría mi siempre recordada Rosalía Velázquez Estrada) al compartirnos una generosa ración de historia por medio de este libro maravilloso, entrañable y erudito a todas luces, cuyo esfuerzo es apenas el comienzo de una historia en vías de justipreciarse mejor, que no sólo las personas detrás de la CONALITEG  puedan contar por sí solas, sino que también sus destinatarios principales, es decir, los niños de ayer y de hoy, quienes recibieron en esos primeros libros aprendizaje y entusiasmo, conocimiento y compañía; a final de cuentas, ventanas hacia la memoria que se abren de par en par a la vera de conciliar sueños y esperanzas infantiles de entonces con el admirable oficio de aprender nuevas cosas que delimiten nuestro porvenir como “contemporáneos de todos los hombres”. (De verdad, que así será.)

Bertha Hernández G. “Así eran mis libros…” La colección pictórica de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos. México, Comisión Nacional de los Libros de Texto Gratuito, 2011.

sábado, 24 de agosto de 2013

Paréntesis aparte...

Hace algunas semanas, platicaba con una compañera de viaje hebdomadario (de reciente ingreso al facebook, por cierto) sobre el futuro incierto de nuestro espacio en línea, el cual, sobra decirlo, sufrió el ataque de una plétora de hackers sin oficio ni beneficio. "Eras el único que salió bailando, aún sin tener vela en el entierro", me dijo, "la verdad que lo siento mucho". Le dije que no se preocupara, que sabré arreglármelas, porque quien escribe una vez, puede hacerlo una segunda, o todas las veces que se pueda. 

El domingo pasado tuve el privilegio de anunciarles el regreso de mi columna "La marcha de las Letras", que cada lunes y viernes habrá de publicarse con puntualidad, y para el 9 de septiembre abrirle el camino a textos nuevos. Ahora bien, y atendiendo a las peticiones de varias colegas mías sobre la "reposición" de algunos artículos de épocas pasadas, a partir del miércoles 28 de agosto, aparecerá una nueva columna, quincenal, a guisa de puerto de llegada para viejos conocidos nuestros: Paréntesis aparte... 

A primera vista muchos de estos textos ya tendrán su camino recorrido (para bien, para mal), pero al publicarlos nuevamente, aparte de quitarles el polvo, confío que suscitarán nuevas lecturas y acendadas relecturas, porque, como aseguraba irónicamente E. M. Cioran, sólo existen los autores que son releídos. (Cuestión de enfoques.) De cualquier manera, confiaré en su decisión, queridos lectores.

En espera de contar con su siempre grata lectura, y de suscitar buenas impresiones y maravillosos recuerdos, queda este "paréntesis aparte" para ser libre con la vida. (O por lo menos, eso espero...) Nos vemos hasta la quincena siguiente.

¡¡Muchas gracias a ustedes!! 

viernes, 23 de agosto de 2013

“Se non è vero, è ben trovato”

Ulises Velázquez Gil

En la cocina, el baile, la moda y la literatura, una cosa es meramente primordial: el ritmo. Cada autor, protagonista o ejecutante tiene su propia manera de hacer las cosas, pero si no cuenta con una línea digna de seguir y se deja llevar por los caprichos del tiempo, más que ritmo, sus movimientos serán, hasta cierto punto, autómatas. Y los que siguen las reglas de forma exageradamente obsesa, igual sucumbirán por carencia de ritmo.
Ante sendas formas de la exageración (en particular, dentro de los terrenos de la literatura), Sandra Lorenzano nos propone en Pasiones y obsesiones otras formas de decir de otro modo lo mismo, pero con una peculiaridad: darle la palabra a quienes hacen de primera fuente el oficio literario, es decir, a los escritores mismos. Treinta y seis perspectivas sobre dos temas capitales en la literatura como en la vida: las pasiones y las obsesiones; resultado definitivo, cabe señalar, del IV Encuentro de Escritores Latinoamericanos, cuya temática principal se concentró en aquellos temas, a guisa de homenaje a Octavio Paz. Era el año 2008 y se cumplían diez años de la muerte de Octavio Paz, por eso quisimos dedicar el Encuentro a su memoria, con la certeza de que no hay mejor forma de homenajear a un poeta, a un enamorado de la palabra como lo era Paz, que propiciando la reflexión sobre la literatura, las complicidades entre escritores y las confesiones en torno a los secretos del oficio de escritura.
A diferencia de varias compilaciones en torno al oficio de escribir que reúnen la poética personal de autores consagrados del orbe europeo y estadounidense, Pasiones y obsesiones se distingue de las demás por cederle la palabra a los escritores latinoamericanos; concretamente, a los más recientes, nacidos entre 1945 y 1977 (de Ignacio Solares a Tryno Maldonado, pasando por Anamari Gomís, Adolfo Castañón, Myriam Moscona, Pablo Boullosa, entre otros) que compartieron con el público asistente lo poco que saben, o mejor dicho, transmitirles algunas enseñanzas provenientes de su encuentro con la zarza ardiente.
Para Daniela Abade, no fueron las palabras sino el poder ejercido con ellas las que asentaron su pasión por la literatura, al igual por su obsesión por la trashumancia, es decir, un constante estado de extranjería; en el caso de Eduardo Antonio Parra, el poder por el poder mismo es una de las formas de la pasión y, por tanto, de la obsesión; mientras que Anamari Gomís recurre a su propio cuerpo para buscar el sentido de unas y el destino de otras.
Ahora bien, qué nos pregunta Sandra Lorenzano al respecto: Y ¿cuáles son las pasiones de los escritores? ¿De qué se enamoran perdidamente, peligrosamente, violentamente? ¿Qué odian? ¿A qué le temen? ¿Son diferentes sus pasiones que las del resto de los mortales? Claro que la pasión corre el riesgo siempre de volverse amenazante, peligrosa, ¿quién no corre el riesgo de volverse peligroso?
Darío Jaramillo, en su afán grafómano, reconoce que llamarle a su madre todos los días a las 7 p.m., la puntualidad y un equipo de futbol de Medellín forman parte de su móvil de escritura, y que las historias de Karen Carpenter, Rafael Medina Flores, los hermanos Collyer y Juan García Ponce –es decir, sus obsesas vidas al límite− sean materia prima digna del cuento más inverosímil urdido por Julieta García González; y qué decir del inventario físico-matemágico de Jorge Volpi. Ellos, al igual que sus demás colegas, tiene sus propias pasiones y obsesiones, sólo que para buscar las propias, es preciso reflejarse en las ajenas, porque después de todo, qué es la literatura sino una casa de los espejos: cóncavos y convexos, descarnadamente honestos o descaradamente ilusorios.    
Mientras que la mayoría de los convidados al encuentro hablan de su aldea para describir al mundo, muy pocos dedicaron su intervención en hablar del ilustre homenajeado, Octavio Paz; tal es el caso de Ignacio Solares, quien declara en su favor lo siguiente: Escribir sobre Octavio Paz con un lenguaje que no sea el de la pasión resulta contradictorio. Para Octavio los poderes de la palabra no eran distintos a los de la pasión, y ésta, en su forma más alta y tensa, no era sino poesía. Y como la poesía era el mero mole de Paz, una de sus obras emblemáticas recibe de Adolfo Castañón su mejor homenaje, una crítica acertada, generosa e inteligente: […] Pasado en claro representa limpiamente al Octavio Paz más próximo a la melancolía de Saturno que al ímpetu guerrero del que sólo ve las armas del verano o las silvestres y lunares calamidades y milagros, para jugar con sus títulos. Pasado en claro sigue siendo un poema habitado por dioses, pero éstos son dioses taciturnos, cuando no melancólicos, dioses que vienen de vuelta.   
(Paréntesis aparte: quien esto escribe tuvo la dicha de asistir, hace cinco años exactamente, al Claustro de Sor Juana en ocasión de aquel encuentro; hacia donde volteara la mirada, me parecía escuchar la voz de Octavio Paz, y a medida que caminaba por los pasillos del Claustro, esa voz se volvía irrepetible, como si en el momento menos esperado me dijera las siguientes palabras: “Soy hombre: duro poco y es enorme la noche.” Y como en aquel lugar también estuvo Sor Juana Inés de la Cruz, nunca dudé que en algún descuido de mi parte, ella y Paz se me acercarían para conversar conmigo. Hasta la fecha, no he saldado esa deuda...)
A final de cuentas, cada quien tiene sus propias Pasiones y obsesiones que describen de forma gradual el oficio de escribir, encargado de pintarnos de cuerpo entero, o en aras de develarnos algo primordial de nuestro mundo. Así como el ritmo lleva la batuta en cuanto a la moda, el baile y la cocina, también la tiene dentro de la literatura misma, donde digno es de contar cómo nos fue en la feria, es decir, de qué manera escribimos.
Sin duda alguna, esta compilación, sabia y generosa como la propia Sandra Lorenzano, será un maravilloso incentivo para que jóvenes autores encuentren su camino literario y los lectores en lista de espera conozcan otra manera de vivir con y para la literatura, y en este sentido, los clásicos nunca se equivocan: “Se non è vero, è ben trovato”. (¿Qué otra cosa podemos ya decir?)

Sandra Lorenzano (comp). Pasiones y obsesiones. Secretos del oficio de escribir. México, Fondo de Cultura Económica / Universidad del Claustro de Sor Juana, 2012 (Lengua y Estudios Literarios).

lunes, 19 de agosto de 2013

Vidas que se desvanecen

Ulises Velázquez Gil

En la literatura como en la vida es posible vivir dos historias iguales, o tres, o cuatro… las que el azar y la lectura nos permitan conocer. Sin embargo, cuando estos dos mundos se contraponen, es inevitable que los ecos de uno se introduzcan en los sonidos de otro. Y viceversa. (Aún así, se disfrutan ambas experiencias...)
Para Beatriz Rivas esta dicotomía se antoja apasionante en cada novela que nos entrega con puntualidad; para el caso de Todas mis vidas posibles, el reto es aún mayor: un nombre, a manera de deíctico, nos lleva por ambientes que, si obramos acorde a las leyes de la lógica, nos parecerían, hasta cierto punto, imposibles, pero como en la página escrita se permite todo, vayamos por partes.
Una Beatriz (la autora, para más señas) recibe una carta de un lector inverosímil hasta para ella misma: un condenado a muerte, quien luego de leer La hora sin diosas (que en este año cumple su primera década de publicación) resolvió escribirle a la autora para agradecerle haberla escrito y a manera de aliciente para las horas contadas. (¿Cómo llegó este pedazo de Beatriz a las manos de un asesino, de un hombre que aguarda su muerte sin una cita fija en el calendario?) Y ella, en el afán de descubrir que cosas hay detrás de esta peculiar coincidencia, se permite otra búsqueda colateral: ¿cuántas mujeres comparten su mismo nombre? Mejor dicho, ¿acaso hay en el mundo varias Beatriz Rivas en espera de contarse? (Ya veremos…)
El nombre es destino, dicen, y hay quien afirma que nombrar algo equivale a fijar la referencia de aquello que se nombra. Beatriz tiene su origen en el latín y significa bienaventurada, la que da felicidad […] El nombre no se elige, como tampoco el signo zodiacal, la carta astral, las líneas de la mano, el código genético ni la familia en que nacemos. ¿Podrá escoger en cuál Beatriz ha de encarnar algún día? Como en la lotería o el melate, el resultado ganador es uno, pero las posibilidades de compartirlo son diversas; así sucede con los nombres, a la vera de contar su propia historia, y para muestra, la primera en tiempo y en derecho: la de Dante, por supuesto. Dice: […] eres la más famosa de todas, la más antigua también. Has sido citada múltiples veces. La humanidad te conoce o imagina. Te hemos dado cientos de rostros y voces, Posees un nombre noble y milenario. Se habla de ti ahora como se ha hablado siempre: con respeto […] Pero, ¿escondes algún secreto?
En efecto, la Beatriz más famosa tiene enormes razones para demostrar la perspectiva exagerada con que Dante Alighieri la inscribió en los anales de la literatura, cuando en realidad ella vivió una existencia mesurada, sin tantas complicaciones, y las palabras del poeta, más que inmerecidas, son, de cierta forma, falsas. (Al final, cabrá la resignación.) Solamente quédame creer en el enorme poder de la literatura. Soy quien soy porque Dante Alighieri me ha nombrado y no puedo remediarlo. […] Sus poemas cantan el amor que tuvo por mí y, sin embargo, son un monumento que me aprisiona, paraliza y repele.
Paréntesis aparte: al tiempo que leía Todas mis vidas posibles, escuché una canción de Laura Pausini, en cuya letra se me reveló la siguiente epifanía: “una vida entera a mí no me vale/ porque no se viven dos historias iguales”. No exactamente de la misa forma, pero la intensidad sí es una sola. En la Beatriz epistolar y la agente viajera (madre e hija, por cierto) es la develación de una vida secreta, no tan halagüeña, pero única pese a todo. Me dediqué con tanto esfuerzo a ser tu enemiga y, sin embargo, te extraño. ¿Cómo no extrañar a alguien que fue la modelo para encontrar mi forma de ser? Exactamente la contraria.
Del apasionamiento prematuro de su madre al arrebatado proceder de la hija, existe un solo paso de distancia, el odio, que, a fuerza de reconocimiento, se transforma en aceptación. Poco a poco me había dado cuenta de que mi pasión por el movimiento no era más que un escape de mí misma. ¿Pero acaso uno puede huir de quien realmente es? […] finalmente soy quien soy y ya es hora de encontrarme.    
Para el caso de dos Beatrices más (igualmente, madre e hija), es el silencio quien definirá su jugada maestra. A la hija –periodista en Ciudad Juárez− la vuelve prisionera de la violencia y víctima de la impunidad, mientras que a la madre, le tiene reservada la más dolorosa de las cárceles: un cuerpo que ya no le responde; aunque en ambas, el compromiso con la muerte es ineludible: […] le pedí a mamá que me asegurara que moriríamos al mismo tiempo para no sufrir su ausencia. Yo le hice idéntica promesa. Juramos morir al mismo tiempo, el mismo día, en idéntico segundo. (Dos historias iguales, en verdad, donde la muerte del cuerpo –por presencia y por permanencia− se hace notar. Lamentablemente.)   
Una migrante hispano-africana, una manicurista oniromante y un personaje creado por Carlos Ruiz Zafón, se unen a esta asamblea de homónimas contando su propia historia, pero en la vida de las otras, son sólo un pie de página, o la sensación de un “tal vez te vi” o del “¿te conozco de algún lado?” Sea como sea, en todas se aplican las tres formas de la experiencia literaria: vivencial (Beatriz Rivas Diouf, hija de un español recalcitrante y una centroafricana pletórica de maravillas en la lengua), vicaria (Bety, la manicurista, cuyos sueños encierran los deseos realizados de sus clientes) y virtual (Beatriz Aguilar, personaje de La sombra del viento de Ruiz Zafón, con una vida posible y prolongada después del punto final). Ellas, de algún modo, se “cuelan” en el entramado de sus contemporáneas como pequeña pieza en el engranaje cotidiano, pero primordiales en su movimiento.
Ahora bien, mientras estas vidas siguen su curso, o buscan el momento idóneo para salir a escena o hacer mutis, digno es resaltar la presencia de Beatriz, la autora, en plena lucha con el ángel que la cuida y además le cuestiona sus obsesiones: un compañero escritor (y su pasado tras la espalda), los viajes en común, las lecturas hechas, pero ante todo, sus manías de escritora. Entre la vida que se va y la realidad despiadada, quedan los enormes y mágicos poderes de la ficción, la mejor de todas las mentiras y, por ende, la más certera de todas.
Respecto a su encuentro con aquel condenado a muerte, Beatriz autora finalmente consolida su face to face con aquel inusitado lector; una vez que se consuma esa curiosidad, queda, después de todo, vivir la vida, donde, si hacemos caso a Álvaro Mutis, “casi todo es otra cosa”. Luego de su anagnórisis nominal, […] ha transformado la visión que tiene de sí misma. No lo había notado hasta ese momento: se ha reconciliado con su nombre. Ha comprendido lo que al principio parecía incomprensible: no puede seguir huyendo de la vida cotidiana, hundiéndose en el mundo de la culpa y rechazando sus deseos.
A final de cuentas, Todas mis vidas posibles de Beatriz Rivas nos recuerda que hay historias diferentes o similares desarrollándose a distancia de nosotros, en espera de insertarse en el cotidiano instante de la vida, sujeta a la experiencia virtual, vicaria y vivencial que elegimos; vidas que se desvanecen en un osario de arena, un pasaporte binacional, un cuerpo aprisionado en recuerdos, en los terrenos volátiles de la literatura, o simple y sencillamente, detrás de un nombre que lleva a cuentas, digno es denotarlo, todos los nombres. (¿A poco no?)

Beatriz Rivas. Todas mis vidas posibles. México, Alfaguara, 2009.

domingo, 18 de agosto de 2013

Retomando la marcha... de las Letras

Hace varios meses, la revista en línea donde quien esto escribe tenía una columna sobre libros, Flor y Látigo, por obra y (des)gracia de una punta de fascinerosos informáticos, mandó al garete una nutrida producción de artículos, producidos a lo largo de dos años de constancia semanal. (Mis compañeros de aquel espacio en línea todavía siguen en pie de guerra para recobrar su legítimo espacio y también para regresar con renovadas fuerzas en uno de mejor aguante cibernético. Mis mejores deseos, de verdad.)

Mientras se arreglan las cosas con respecto a la página donde residía mi columna de nombre "La marcha de las Letras", queda el espacio virtual de un servidor para publicar los subsecuentes artículos. Del 19 de agosto al 6 de septiembre, se publicarán de nueva cuenta las últimas seis notas que todavía alcanzaron a salir en Flor y Látigo, como antesala de nuevos textos en espera de autores, pero sobre todo, de lectores devotamente críticos.

Cada lunes y viernes, como siempre ha sido desde julio de 2011, espero contar con ustedes.
¡¡Muchas gracias!!

domingo, 6 de enero de 2013

Quince lecturas para definir 2012

Como ya es tradición en todos los espacios virtuales donde tengo la dicha de colaborar, al momento de hacer mi listado definitivo, me di cuenta que el número de libros notables rebasaba los quince, así que para evitar posibles conflictos acerca de la inclusión de uno y la omisión de otros, decidí enumerar los quince libros que más me impresionaron, desde las novedades de 2012 hasta los clásicos de mi librero, porque, como decía José Gaos, “una biblioteca es un proyecto de lectura para toda la vida”, y con estas notas semanales, espero contribuir con mi óbolo tanto a su proyecto como al mío.
Seguro advertirán la presencia de algunos autores ya inscritos en listados anteriores, y eso indica una franca fidelidad hacia ellos y sus obras. A final de cuentas, toda lectura siempre es una forma de agradecimiento. Con todo, aquí les va esta selección, con la esperanza de seguir contando con su preferencia en 2013 y más allá. (Y aquí paro el carro.)

1) El lector se hace, no nace (Felipe Garrido) Consciente de que la formación de lectores conlleva toda suerte de experiencias, Felipe Garrido nos comparte las suyas, aunadas con varias propuestas para hacer doblemente llevadera esa labor, y esta selección de artículos, prólogos y conferencias es la prueba de ello.

2) Cómo ser mujer y no vivir en el infierno (Beatriz Escalante) Galería de historias sobre mujeres que buscan significarse en este mundo, donde la única constante no es el cambio, sino la incertidumbre. Frente a esa circunstancia, su remedio y reconstrucción dependerá de contar su propia historia; la pieza faltante ya la dispondrá el lector.

3) Historia de mi hígado y otros ensayos (Hernán Bravo Varela) Porque todo libro de ensayos es un paseo, Bravo Varela nos comparte no un paseo, sino una “parranda” hacia varios temas, gratos a su formación como escritor, donde también deja de lado la solemnidad y nos sumerge en otros mundos; divertimento y sabiduría, como en todas sus películas.

4) “Nosotros”. La juventud del Ateneo de México (Susana Quintanilla) Antes de los jóvenes entusiastas del ’68, hubo una generación que enarboló un ideal humanista con miras a crearle a México una nueva identidad, y como en toda época, los vientos políticos del momento y ciertas polémicas intestinas intentaron separar a sus miembros, pero su historia persistió al final.

5) Babia (Karen Villeda) Se ha dicho hasta el cansancio que los poetas, a falta de biografía, tienen obra; para este caso, ambas se conjuntan. Por un lado, se crea un territorio a prueba de tiempo, y por el otro, se recrea una vida, que hace de las palabras el medio ideal para encontrarse en el mundo que se vive: matria al fin y al cabo.

6) Contramundos (Ingrid Solana) Cuatro animales emblemáticos para la autora adquieren carta de residencia poética en este libro; recorrer sus estancias a manera de reconocimiento y así descubrir que, como aseguraba Samuel Beckett, “los animales saben”, y hasta el mínimo indicio devela grandes hallazgos.

7) Sin biografía (Claudia Hernández de Valle-Arizpe) En todo viaje realizado, son los objetos más entrañables los que suscitan el asombro del mundo, pero también sirven a manera de llave maestra para recrearlo. (En esta compilación poética, el “ábrete sésamo” se confirma verso a verso.)

8) Viento amargo (Beatriz Rivas) Los últimos días de un estratega consumado se tornan, por obra del azar, en años de aprendizaje de una joven entusiasta, que comparte su curiosidad, inyectándole vida a un hombre que casi la pierde en silencio; una relación al límite, que dejará helado a más de un lector.

9) Fuga en Mí menor (Sandra Lorenzano) El pasado pide a gritos volver al ser y hacer de un hombre, que busca en la música –verdadero arte del silencio− respuesta a todas sus interrogantes; en esta novela todas las voces no cesan de hablarse, y es indispensable escucharlas, puesto que hay silencios persistentes, así también tristes.

10) Veredas para un centauro (Paola Velasco) Heredera a la distancia −y guardando la misma, si se me permite decirlo− de Michel de Montaigne y Alfonso Reyes, sus paseos en forma de ensayo se vuelven veredas al conducirnos hacia escenarios, objetos, pero sobre todo, lecturas que pintan por entero nuestro genio y figura.

11) Canción de tumba (Julián Herbert) “Madre, sólo hay una”, reza el lugar común, y para esta novela, la figura materna deja de lado esa engolosinada imagen con que la venden cada 10 de mayo, para volverse humana, encabronadamente rebelde, sin otro afán que librar el fregadazo nuestro de cada día; y a su hijo, el narrador de esta historia, le consta. (Leer para creer.)

12) Fervores (María de Guerra) La primera plaquette de una joven y experimentada escritora, encuentra de forma afortunada su lugar en la poesía mexicana del principios del siglo presente; aquí los tres senderos de la duda −crear, descubrir y transformar− cumplen su cometido al develarnos instantes que, gracias a su generosidad poética, se perderían totalmente: un destino que al fin cobra sentido.

13) Antigua grandeza mexicana (René Avilés Fabila) Oda y elegía simultáneas por una ciudad que hoy pervive en archivos fotográficos y en cancioneros de cantina; sin embargo, también sirve como el pretexto perfecto para adentrarse en ella: su nomenclatura urbana auxilia a la cultural para esa empresa, incluso las de Balbuena y Novo entran al quite.

14) Palinodia del rojo (Fernando Fernández) El oficio delirante de los poetas del siglo áureo cobra nueva fuerza en la obra poética de un escritor contemporáneo, que eleva al grado de proeza cada uno de sus versos, donde la inteligencia no está peleada con el ingenio; esgrima verbal por dondequiera que se vea.

15) Escribo a ciegas (Jorge F. Hernández) A manera de resumen de la primera década de producción hebdomadaria del autor, se reúnen amistades entrañables, lecturas a prueba de tiempo, maestros con signos de admiración y familiares de corazón abierto, a la par de los altibajos con que el mundo nos tiene acostumbrados; refrescante dosis de agua de azar para deleite del lector.


(¡¡Muchas gracias!!)

lunes, 31 de diciembre de 2012

Astillas culturales 2012

Al momento de hacer el último balance de 2012, a diferencia del año anterior, son pocas las partidas en el mundo de la cultura y las artes, pero igualmente dolorosas, al fin y al cabo. Fue un año de grandes pérdidas, y mi homenaje hacia esas presencias, se compone por estas astillas personales, protagonizadas por varios personajes que nos dejaron en el año. (Cada uno de ustedes tiene otro punto de vista sobre una u otra mención; ustedes tienen la última palabra, como siempre, pero al compartirles estas palabras, mi propósito se habrá cumplido.)

Theo Angelopoulos (Ene. 24): Hace ocho años, el cineasta griego Theo Angelopoulos visitó México en el marco del estreno de El prado en llanto, primera parte de su trilogía sobre la Grecia contemporánea, en el Centro Cultural Universitario, en C. U. El azar hizo de las suyas cuando entre mis cosas estaba el cuadernillo sobre su obra que había editado la Cineteca Nacional, y sin dudarlo, me acerqué a él para pedirle que me lo firmara, a lo que accedió de inmediato. (Para vergüenza mía, pedí prestado un bolígrafo.) Le di las gracias y se retiró de allí.

Héctor García (Jun. 2): En una reunión de fin de año que hubo en la Fundación René Avilés Fabila, en 2005, tuve la fortuna de conocerlo. Solamente me limité a expresarle mi admiración por una foto suya, de sobra conocida, de un vagabundo mirando un escaparate de ropa femenina; me agradeció ese buen gesto y le sorprendió que una persona de mi edad le interesara ese tipo de imágenes. (Cosas que pasan.)

Ernesto de la Peña (Sep. 10): La primera vez que lo conocí fue en la presentación de sus Palabras para el desencuentro, en Bellas Artes hace ya ocho años; tiempo después, en el ingreso de Fernando del Paso a la Academia Mexicana de la Lengua, en junio de 2009. Después de responder al discurso expuesto por el flamante académico, me acequé a él para que me firmara sendos ejemplares de Las máquinas espirituales y El indeleble caso de Borelli; al ver que se trataban de las primeras ediciones, se sorprendió mucho. "Me alegra mucho que tenga usted estos libros, que para mí son entrañables", me dijo. Después de agradecerme su atención, se retiró.  

(¡¡Muchas gracias!!)

jueves, 1 de noviembre de 2012

Diagnosis de la realidad

Ulises Velázquez Gil
(@Cliobabelis)

“Ojalá vivas tiempos interesantes”, reza una antigua maldición china, y no es para menos: ante lo difícil de los acontecimientos actuales (a favor, en contra, o sin definir postura), esta sentencia –cuasi aforismo− es irrebatible por completo. En el afán de sortear con todo tipo de embates, donde queda a prueba nuestra integridad y sentido común, es menester escuchar las buenas razones de un analista del tiempo presente para que aquellos “tiempos interesantes” sí lo sean, pero de forma sabia y ecuánime.
            Hombre a caballo entre el Derecho y el periodismo, Miguel Ángel Granados Chapa (Pachuca, Hgo., 1940–México, D. F., 2011) dedicó tres cuartas partes de su vida en defender causas justas, donde su arma principal fue (y sigue siendo) la palabra escrita. Lector infatigable y curioso impenitente, encontró en el Derecho la precisión de las normas, para descubrir después en el periodismo la certeza de las palabras; en ambas canchas supo desenvolverse con igual pasión y entusiasmo que, como sugerían los clásicos, nada humano le era ajeno.
            Desde una Plaza Pública (que lo mismo se ubicaba en Unomásuno, La Jornada, El Financiero y Reforma) muy socorrida, ese tópico clásico se tornó su moneda de cambio para desglosar los hechos del diario acontecer; ponderaba una idea y censuraba una ideología; bajaba políticos del carro completo como ensalzaba propuestas dignas de cambio. En esa trinchera periodística, Granados Chapa tuvo siempre un compromiso impostergable con la información y con los tiempos que corren, pero ante todo, crear conciencia contra la duda constante.
Si hemos de encontrarle una tradición dónde definirlo como deudor y recipiendario, sin duda alguna sería aquella instaurada a tinta y fuego por Francisco Zarco, periodista batallador que tomó la pluma y, a diestra y siniestra, lanzaba duros adjetivos que francos elogios. Una prosa bien cuidada −digna del escritor más exigente− y una pasión por estar en el lugar de los hechos, hizo de Zarco señero ejemplo de integridad y de inteligencia. Así también con Granados Chapa: La banca nuestra de cada día, Votar ¿para qué?, Manual de elecciones, Comunicación y política, ¡Escuche Carlos Salinas! y Fox & Co., evidencian a un crítico a contracorriente; por otro lado, Hoja por Hoja, atípico suplemento sobre cultura lectora y editorial, confirmaba por completo el adagio clásico: Nada humano me es ajeno. Esa naturaleza suya, plural y conciliadora, motivó en la Academia Mexicana de la Lengua la decisión de incluirlo en su nómina de integrantes, porque la cultura y el conocimiento sin espíritu crítico, carecen por completo de sentido, y, por tanto, de destino.  
En las instalaciones del periódico Reforma, allá por Avenida Universidad, y en la noche del 14 de mayo de 2009, Miguel Ángel Granados Chapa se convirtió en el tercer ocupante de la silla XXIX (precedido por Ángel María Garibay Kintana y Ernesto de la Torre Villar). Su primera acción como nuevo académico de número, fue la lectura de su discurso de ingreso: La ley, las libertades y la expresión. Como corresponde a todo flamante académico, primero ponderó la presencia de varios colegas suyos, Celedonio Junco de la Vega y Alfonso Junco −de fuerte prosapia periodística y regiomontana−, así también Carlos González Peña y Alfonso Cravioto, académico, paisano y diplomático, y con quien tuvo no pocas coincidencias. En ellos ha sido fundamental el ejercicio de las libertades de pensamiento y de expresión, en sus formas tradicionales y en sus desarrollos contemporáneos, que incluyen el derecho a saber para decir y para actuar. (Si me permiten la licencia, también aplicaría para Granados Chapa… y los que se acumulen en la semana.)
La trayectoria de las libertades de expresión comienza en el siglo XIX cuando la identidad de un país estaba en vías de definirse; tiempos donde significarse era mejor que justificarse. […] Valentín Gómez Farías […] en 1833 estableció sin cortapisas la “libertad absoluta de opiniones, y supresión de las leyes represivas de la prensa”, la legislación sobre la materia vigente en las tres décadas iniciales de vida independiente osciló entre la proclamación de los principios liberales y la enumeración de restricciones, pretendidamente fundada en la experiencia de los abusos en que incurría el periodismo. (En una palabra, quienes estuvieron ejerciendo ese oficio −peligroso y heroico, doble honor−, estaban siempre en la mira de los poderosos. Si en esos tiempos era un dictador de altos vuelos y bajas pasiones, ahora es un caudillo de bajos vuelos… y bajas pasiones. Qué remedio.)
Granados Chapa en enfático en cuanto a una figura señera del periodismo en México, el propio Francisco Zarco, y las vejaciones que sufrió por defender las libertades de expresión; a su vez, se luchaba porque ese derecho estuviese bien amparado por la Constitución. Zarco logró un privilegio que atenuara el riesgo de persecución y castigo injustos, como los que él había padecido […]: los delitos de imprenta serían vistos por dos jurados, uno que estableciera el hecho y otro que aplicara la pena. Pretendió de ese modo evitar que los jueces profesionales, de quienes con fundamento desconfiaba, fueran instrumento de la represión. (Siglo y medio después, esas libertades penden de un hilo muy delgado, pero imposible de romper.)
Así como la libertad de expresión es toral territorio a defender, Miguel Ángel Granados Chapa reconoce un fenómeno peculiar una vez que ocupara su sitial en la Academia: el uso de la palabra y la expresión pública. Es verdad que cada vez un número mayor de personas hablan español en todo el mundo. Pero es verdad también que esas personas cada vez hablan menos español. Nuestra lengua en general, y la de México en particular, está sujeta a un proceso de pauperización que se manifiesta en la frecuente habla tartajosa, en la incapacidad para formular desde enunciados sencillos propios de la vida cotidiana hasta los resultados de la introspección que nos hace plenamente personas. Parece que el peor enemigo de la libertad de expresión no reside en los empresarios convenencieros ni en los jueces corrompidos, sino en el avance de la ignorancia de los hablantes, cuyas lecturas son magras al extremo, o simple y sencillamente, los medios masivos de comunicación siguen haciendo de las suyas.  
En su brevísima estancia en la casona de Liverpool 76, Granados Chapa compartió con sus colegas académicos la experiencia de un periodista que ha sabido lidiar con el tiempo presente, en contra de los artífices de la corruptela política y el chanchullo chayotero; de igual manera, su pasión por el cancionero popular y la escritura interminable de una página diaria en revistas y periódicos, confirmaron la corazonada de los académicos que propusieron su ingreso. (Vicente Leñero, compañero de viajes hemerográficos tanto en Excélsior como en Proceso, recibió en el Palacio de Bellas Artes una generosa bienvenida académica de su parte dos años después de aquel mayo en el Reforma.) 
Como Gregory House, pero elegante en el trato y sin bastón, Miguel Ángel Granados Chapa siempre tuvo en sus manos los elementos idóneos para hacer una certera diagnosis de la realidad; ante la carencia de veracidad respecto a un proceso político, el remedio de la crítica constante, y cuando el habla de los jóvenes de hoy adolecía de conocimiento, la sugerencia vitaminada de una buena reseña o el recuerdo de una grata canción aseguraban la mitad de la victoria. Queda en sus familiares, colegas y amigos reunir todos sus saberes en uno o en varios tomos, en espera de suscitar nuevos debates y confirmadas simpatías. (Después de todo, hay diagnósticos que no debemos desatender, ¿no creen?)

lunes, 1 de octubre de 2012

La sabiduría como remedio

Ulises Velázquez Gil
(@Cliobabelis)

Durante los seis meses que lleva esta columna, he dedicado párrafos y felices líneas en compartir con ustedes lo poco que sé acerca de una benemérita institución, la Academia Mexicana de la Lengua, por medio de sus integrantes, cuyos saberes, en grato contubernio, confirman la buena salud de una lengua y le inyectan nueva fuerza y así confrontarse con los nuevos tiempos que se antojan interesantes.
            En esta ocasión, este perfil tendrá algo de obituario; al cierre de la pasada edición, uno de sus más insignes integrantes, Ernesto de la Peña (México, D. F., 1927-2012) falleció súbitamente, a pocos días después de recibir el Premio Menéndez Pelayo, por parte de una universidad española. Una mala noticia que aumenta, para desgracia nuestra, la nómina de escritores e investigadores que eligieron este año para partir en silencio. (Queda su obra, patrimonio intransferible.)
            La curiosidad erudita de Ernesto de la Peña nació desde temprana edad, cuando, por influencia de un familiar muy cercano, tuvo acceso a una nutrida biblioteca sobre temas clásicos, misma que reforzó, años más tarde, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde realizó estudios de Letras Clásicas y además logró interesarse por otras lenguas, como el sánscrito, árabe y hebreo.   
            Su pasión por las lenguas (aprendió cerca de treinta, entre vivas y muertas), aparte de consolidar una impecable trayectoria como perito traductor certificado por la Secretaría de Relaciones Exteriores, lo llevó por otros senderos: la erudición y la invención. El primero, mediante sus estudios en torno a las culturas clásicas y orientales, incluyendo su versión de los Evangelios; y por el otro, una –brevísima− obra literaria emparentada con la tradición de Borges y Arreola, evidente en los volúmenes de relatos Las estratagemas de Dios, Las máquinas espirituales y Mineralogía para intrusos; la novela El indeleble caso de Borelli y el poemario Palabras para el desencuentro. (Paréntesis aparte: gracias al esmeril de la traducción, De la Peña incursionó en la creación sin picarse de novedoso; aunque los temas sean los mismos en toda la historia de la humanidad, el tratamiento es siempre diferente. Vivir para ver.)
Un erudito sin mancha y un escritor con vocación de acero (que jugaba en varias canchas al unísono, cabe señalarlo), merecía, por derecho propio, un lugar en la corporación más insigne de la cultura mexicana: la Academia Mexicana de la Lengua. Gracias a la excelente propuesta de José Luis Martínez, Manuel Alcalá y Guido Gómez de Silva (eminentes bibliófilos de caballerosidad intelectual), Ernesto de la Peña fue electo académico de número.
El 18 de junio de 1993, en la benemérita sede de Donceles 66, el sexto ocupante de la silla XI leyó su discurso de ingreso: La obscuridad lírica. Pertenecer, a partir de ahora, a esta admirable Academia, es una forma, la mejor, de sentirse en casa. Y que no se me juzgue petulante por tal afirmación, ya que sólo pretendo recordar, recordar para mí, que a ella pertenecieron dos miembros de mi familia. El primero en el tiempo, don Rafael Ángel de la Peña, tío bisabuelo, ocupó, casualmente, la misma silla […] que ahora me corresponde. (Ante todo, la prosapia, y una muy notable…)  
Su disertación en torno a la poesía, que conoce como lector y domina como creador: Se trata simplemente […] de un divagar por el huerto cerrado de la poesía y, dentro de este recinto murado, que ojalá siga siendo siempre impermeable al ruido, a la trivialidad y el neblumo, emitir algunas ideas acerca de ciertas formas que adopta la poesía para enunciarnos. Tanto la intuición de las antiguas culturas como los postulados teóricos enunciados por Roman Jakobson, tuvieron cita en la disertación de De la Peña en una suerte de encuentro, donde la palabra determina todo, absolutamente todo. (La poesía, arte supremo, tiene su sector de silencio. Pero es un silencio de tal sonoridad que sólo se equipara con el ruido inaudible de la nebulosa al explotar o el del insecto que muere: es un acallamiento total, un conticinio, que diría Sor Juana; una noche oscura; una rosa que florece en el poema y gracias a él […] o, finalmente, examinar si, por azar, imprimimos algo de nuestra frugal fisonomía en la noche radical de las galaxias, donde sólo el lugar habrá tenido lugar.)
Como los sabios de antaño, entre hebreos y griegos, el poder de la palabra cobra fuerza inusitada al momento de pronunciarse, suerte de ¡ábrete sésamo! que permite la apertura de muchas puertas, siempre en aras de asir el tiempo. En el territorio de la Poesía, una y otra vez esto se realiza, y no parece tener fin alguno. ¿Dónde funden sus corrientes las aguas aparentemente mansas del lenguaje popular y los remolinos de la lengua que, por su peso específico y la misión que el poeta le asigna, puede llamarse justamente iluminada? ¿Son cotos cercanos los que habitan poetas tan disímbolos como Homero y Apollinaire, Virgilio y Allen Ginsberg, Ady y Sabines? (Quede la palabra, de todas formas.)   
“Polifacético, se ha dedicado a enseñar y difundir la cultura, a la crítica literaria y a la obra de creación e investigación.” Mejores palabras no pudo haber dicho Manuel Alcalá al momento de recibirlo en la Academia Mexicana de la Lengua, y bien le quedan después de todo: sus programas de radio en las estaciones del Instituto Mexicano de la Radio (IMER), su constante participación como integrante de la Comisión de Lexicografía en la propia academia (desde Donceles 66 hasta Liverpool 76), así como su faceta como editorialista en diarios de circulación nacional y como investigador del Centro de Estudios de Ciencias y Humanidades de la Fundación Telmex, lo demuestran por completo. De igual forma, la gratitud de la respuesta que recibió como nuevo académico, fue devuelta (y con creces) cuando Eduardo Lizalde y Fernando del Paso, respectivamente, ingresaron en tiempo y forma, acompañados por el buen augurio del erudito eminente.
¿Qué vamos a hacer, luego de su dolorosa partida? En primer lugar, acercarse a sus obras ya publicadas en cuatro tomos, finamente cuidados por CONACULTA; después, reunir en otro volumen su participación en entrevistas, programas radiofónicos y de televisión, y si nos queda algo de tiempo y pericia documental, exhumar los textos inéditos de los cajones de su escritorio. Sea como sea, la sabiduría como remedio para los males del tiempo presente, es la mejor herencia que pudo dejarnos Ernesto de la Peña, a quien refrendamos, desde la trinchera que conforma estas líneas, nuestro más sincero y completo homenaje. (Hasta siempre, maestro.)