miércoles, 27 de abril de 2011

Theo Angelopoulos: el tiempo detenido

En mi Arcadia personal (tal y como solía entenderla Guillermo Cabrera Infante, es decir, respecto al mundo del cine), siempre es grato regresar a esas películas, hechas por aquellos cineastas que hacen más llevadero el grato oficio del cinéfilo, y cuya prìstina mirada nos devuelve el tiempo y, si me apuran, hasta la vida misma. De la extensa nómina de directores, sin importar nacionalidad, tendencia estilística y hasta temática, digno es resaltar la presencia de uno, que sigue suscitando nuevas y apasionadas polémicas; hablo del griego Theo Angelopoulos, a quien celebramos hoy en su cumpleaños 76.

Nacido en Atenas, Grecia, en 1935, y en el seno de una familia acomodada, Theodoros Angelopoulos siempre sintió una enorme predilección por el cine, en especial el estadounidense. mismo que veía (una y otra vez) con verdadera fruición, al grado que comenzó su carrera fílmica de buena forma: como crítico de cine. Más adelante, a principios de los años 60, viajó a París para hacer estudios de Leyes, para después para ingresar al IDHEC y así convertirse en director de cine. De aquella época, misma que se distinguió por una continua convivencia con sus compatriotas, entre escritores y cinéfilos, realizó varios trabajos, algunos inconclusos; su primera película, I Ekpombi (El espectáculo) en 1968, cortometraje de pátina experimental, para, dos años después, estrenar su opera prima: Anaparastassi (Reconstrucción).

Sin embargo, su naciente vena cinematográfica lo motivó a interesarse por la historia reciente de su país, entre migraciones, dictaduras y golpes de estado, a la par de sus obsesiones artísticas, al grado que, sin siquiera proponérselo, ingresaría por partida triple en la historia del cine griego. En 1972 filma Mérès tou 36 (Días del '36), primera de la llamada Trilogía de los Militares, a la que seguirían O Thiasos (El viaje de los comediantes, 1975) y I Kynighi (Los cazadores, 1977), donde repasa la historia de Grecia, antes, durante y después de la Segunda Guerra. Respecto a El viaje de los comediantes, aquí se develarían varias de las peculiaridades del cine de Angelopoulos, tales como la errancia de sus personajes (actores y familias) y la nostalgia y postrer vuelta hacia la casa paterna. En una palabra, una puesta al día del sino homérico. Otra constante digna de mencionar es que Angelopoulos plasma cada una de sus películas a manera de un enorme mural -como en las obras de Bertolt Brecht, por ejemplo- donde estén representadas todas las expresiones humanas, de la tristeza a la alegría, pasando por la nostalgia misma. Y como la Historia (así, con hache mayúscula) es ya un tópico recurrente en sus obras, para 1980 realiza su versión decimonónica de Megaléxandros (Alejandro Magno), bien recibida por la crítica de su tiempo.

Aunque ya contaba con una trilogía fílmica en su haber, y sin proponérselo en un principio, durante la década de los 80 emprende el rodaje de la llamada Trilogía del Silencio, conformada por Taxidi sta Kythira (Viaje a Citeria, 1984), O Melissókomos (El apicultor, 1986) y Topio stin omichli (Paisaje en la niebla, 1988). En Viaje a Citeria descubrimos el silencio de la Historia, cuando Spiros, antiguo militante socialista, luego de un largo exilio en la URSS regresa a Grecia para descubrir que las causas que antaño había defendido a hierro y sangre ya no tenían razón de ser. En El apicultor, el silencio del Amor, donde otro Spiros, protagonizado por Marcello Mastroianni, viaja hacia el sur y se debate entre el rescoldo sentimental hacia su ex-esposa y el joven amor que una lolita punk puede entregarle mientras realiza su último viaje. Y en Paisaje en la niebla, el silencio de Dios, cuando dos hermanos, Voula y Alexandros, viajan hacia Alemania en busca de su padre... que nunca existió, a la vera de las cosas, es decir, dejados de la mano de Dios, uno que quizás no existe pero que los sostiene en pie. Para Angelopoulos este tríptico representó, no sólo el summum de su búsqueda fílmica, sino también su afán en pintar la Grecia de los años ochenta, a caballo entre la modernidad y la tradición. Pero sus mejores obras aún estaban por venir...

Después de la Trilogía del Silencio y de filmar To metéoro to víma tou pelargou (El paso suspendido de la cigüeña, 1991) junto a Gregory Karr, Jeanne Moreau y el propio Mastroianni, Angelopoulos presentó en el Festival de Cannes en 1995 su película más ambiciosa hasta ese entonces: To vlémma tou Odyssea (La mirada de Ulises), una muy peculiar manera de celebrar el primer centenario del cinematógrafo, contándonos la historia de A. (suerte de alter ego del director, protagonizado por el proteico Harvey Keitel), cineasta que luego de vivir exiliado en Estados Unidos, regresa a Grecia para presentar su última película y luego lanzarse en busca de los negativos de la primera película filmada en los Balcanes; de Florina a Sarajevo, pasando por Skopje, Bucarest y Belgrado, la odisea de A. (sí, como la de Ulises) lo confronta con la realidad balcánica ante la caída del sistema socialista y, por ende, las migraciones y la Guerra en Sarajevo, pero también ponte ante sí un espejo, cuyo imagen ahí reflejada es apenas una mínima parte de su destino. Para las intenciones del jurado en Cannes, pudo más el humor negro de Emir Kusturica en Underground que los empeños homéricos de Angelopoulos, quien, tres años después, obtuvo la Palma de Oro con Mia aioniotita kai mia mera (La eternidad y un día), dejando en el camino a La vita è bella de Roberto Benigni. La eternidad..., a semejanza de La mirada..., nos cuenta la historia de otro Ulises, un escritor en fase terminal (encarnado por Bruno Ganz, y cuyo personaje fue escrito inicialmente para Marcello Mastroianni), quien abandona todo para terminar un poema inconcluso del siglo XIX, y recobrar, aunque sólo sea por un día, el recuerdo de su fallecida esposa. Tanto en La mirada de Ulises como en La eternidad y un día, Angelopoulos insiste en recobrar el tiempo e incluso detenerlo, para hacernos partícipes de ese milagro; el cine y la escritura son dos maneras de ver el mundo -si se me permite el lugar común- pero también nos conceden la fortuna de volver al punto de partida, al origen, e inscribir -¡¡qué encomiable tarea!!- las palabras de sus personajes en nuestro sucedáneo proceder. Para quienes descubran el mundo de Theo Angelopoulos a través de estas dos películas, su vida nunca más será la misma.

Con un rotundo éxito en festivales de La mirada... y La eternidad..., Angelopoulos regresa al set y se enfrasca en la realización de otra trilogía donde pasa revista a la historia de Grecia en el siglo XX. To livádi pou dakryzei (El prado en llanto, 2004) e I skoni tou hronou (El polvo del tiempo, 2008) son apenas las dos entregas de aquella empresa, donde, como los buenos directores, hace un guiño de ojo a sus obras anteriores; en El prado en llanto, como en El viaje de los comediantes, cuenta las peripecias de una familia, mientras que en El polvo del tiempo, otro cineasta (encarnado por Willem Dafoe), a semejanza de A. en La mirada de Ulises, vive su propia odisea, pero ninguna tiene la misma invención.

Con todo, la obra fílmica de Theo Angelopoulos es una manera prístina de detener el tiempo, donde cada quien vive su propio viaje, lleno de sinsabores, pero también de gratas enseñanzas. No nos ayuda a hacer las paces con la Historia, pero sí a llevarla de mejor manera; descubre ante nuestros ojos la razón de la esperanza, pero igualmente lo hace con la nostalgia, y, por si fuera poco, nos ayuda a detener el tiempo en aras de reconocerlo y reconocernos dentro de sí. (A título personal, luego de haber visto La eternidad y un día, entendí que tan importante es el oficio de las palabras, que compramos con la vida misma; y después de ver La mirada de Ulises, saber que el viaje interior es mucho más importante que el exterior. Ni modo, en el nombre llevo la penitencia.) Hoy, además de celebrar la vida, obra y milagros de un cineasta único en el mundo del cine, también lo hago hacia una manera de ver el mundo, un tiempo verdadero que siempre detenemos a cada instante.

(Ekharistó polí, Theo Angelopoulos!!)

sábado, 23 de abril de 2011

Relecturas del mundo primigenio

Uno de mis autores de cabecera, E. M. Cioran, decía con cierta exageración que "sólo existen los autores que son releídos", opinión con la que, al menos hoy, coincido claramente. Y no es para menos, dado que el sentido del lector en horas 24 deriva en reconocerse en aquellos libros a los que siempre volvemos por primera vez, es decir, aquellos que cuentan con la suerte de la relectura, donde siempre terminamos por encontrar nuevas y gratificantes sorpresas aún acordes con las primeras incursiones en la lectura.

Aprovechando que hoy es Día Internacional del Libro (instituido por la UNESCO, en conmemoración de Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega, que coincide, justamente, con la fiesta de San Jorge -Sant Jordi- en Cataluña), me limitaré a comentar algunos de aquellos libros que han corrido con la suerte de la gloriosa relectura. Bien sé que muchos de ustedes habrán de coincidir o disentir en mi selección, aún así, me aviento ese trompo a la uña y sigamos adelante. (Aquí vamos.)

1) El principito (Antoine de Saint-Exupéry): La primera vez que leí ese libro, fue por obra y gracia de mi madre, quien lo compró de bote pronto en un tianguis cercano a su trabajo. Una extraña tarde, cuando la telera no me satisfizo, tomé el pequeño ejemplar y me lo leí de un tirón. La inmensa curiosidad de un pequeño príncipe, con más patrimonio que dos volcanes apagados y una rosa muy peculiar, me llevó a conocer otros mundos y comprender sobremanera el valor de la amistad. En víspera de mi cumpleaños, me doy chance de releerlo y así recobrar por instantes aquellas aventuras. (Me gustaría decir las palabras indicadas para ese importante libro, pero son las que me salen por ahora.)

2) Enseres para sobrevivir en la ciudad (Vicente Quirarte): En mis años de tallerista y preparatoriano, supe de este libro gracias a las generosas fotocopias que llegaron a mis manos; más adelante, en mis primeros años universitarios, logré hacerme de un ejemplar en la Librería Educal del Pasaje Zócalo-Pino Suárez; los textos que componen el libro son el testimonio de las cosas, las personas y los hechos que, de cierta forma, conforman la formación del escritor (leáse el propio Quirarte). Entre las "biografías" de objetos tan sencillos como el cuaderno, la pluma o el lápiz, y los retratos a vuelapluma de varios personajes y una que otra escala por la Ciudad de México, Enseres... nos regala una mirada hacia la franqueza de lo cotidiano. Cada vez que releo dicho libro, lo hago para recordar qué tan importante es tener los objetos muy a la mano, en espera de obtener la palabra, la idea correcta.

3) Recuento de poemas (Jaime Sabines): En los primeros afanes de asumir el oficio de escritor, en algún momento llegamos a la obra poética de Jaime Sabines, la cual, después de leerla con suma devoción, nos sabemos poetas. ¡Craso error! Claro está que nadie nace sabiéndolo todo, pero al leer este conjunto de poemas y adentrarse en la vida del propio Sabines, uno descubre que se pueden hacer otras cosas mientras la poesía hace lo suyo. Cada que puedo, tomo mi ejemplar del Recuento... (mismo que obtuve gracias a una tía muy querida) y leo varios poemas, así hasta terminar el libro.

4) La última escala del tramp steamer (Álvaro Mutis): Una de las cosas que obtuve en mis últimoa semestres de la carrera de Letras Hispánicas, es el descubrimiento de la obra de Álvaro Mutis, y eso gracias a una maestra muy querida por aquellos días. Saber de las andanzas de Maqroll el gaviero y otros variopintos personajes, me llevó a disfrutar de sus travesías. En especial, La última escala del tramp steamer (tercera novela de las siete que integran la saga de Maqroll), me lleva a renconocerme en sus acciones y en lo vital que es vivir a plenitud, a pesar de las adversidades habidas y por haber. (No falta la ocasión para echarme, además de su relectura, la oportunidad para obsequiarlo a quien se deje.) No digo más.

5) La biblioteca de mi padre (Rodrigo Martínez Baracs): Aunque tengo la fortuna de conocer al autor (varios encuentros de SOMEHIL, claro, lo demuestran a todas luces) y de saber quién es su padre (José Luis Martínez, ni más ni menos), cuando leí su libro, suerte de guía de la biblioteca paterna, supe otra forma de vivir el sacerdocio de la cultura, la pasión por los libros. Sin embargo, la relectura de este libro reciente obedece a una simple casualidad. Cuando leo un libro, siempre tengo a la mano un lapicero para hacer las consabidas notas, pero al momento de hacerlo, se me olvidó en casa. Y lo leí de pe a pa en una sola tarde, pero llegando a casa, tomé mi lapicero y volví a leerlo. Y mientras llega el momento para intercambiar con Rodrigo mis impresiones, este libro de reciente factura apenas comienza su vida.

Bien sé que aún faltan grandes libros por leer (y, por ende, releer), pero siempre he creído que llegan en su momento, por mucho que sea el tiempo transcurrido. Hay amigos que me reprochan muchas omisiones de lectura obligada y/o básica, pero me defiendo al decirles que una cosa es el llamado y otra, el deber. Y santas pascuas. Por ahora, he compartido unas pocas, que sólo el tiempo, sólo el tiempo, habrá de confirmar o de trocar por otras mucho mejores. (Después de todo, Cioran tenía algo de razón ¿no creen? Ver para vivir, vivir para creer.)

lunes, 14 de marzo de 2011

Desaforando el Foro TV

Cada quien tiene la televisión que se merece, ha sido una frase dicha hasta el cansancio por sus detractores más recalcitrantes, y no es para menos, dada la oquedad cada vez más preocupante de la televisión actual. Mientras en una cadena se alaban las estupideces de una sudamericana odiosa y en otra se privilegian los culebrones populacheros (¿o es al revés?), en todos lados se intenta algo difícil a principio de cuentas: generar buenas opiniones y motivar un sesudo análisis. Afortunadamente existen muchos canales y cadenas dedicados en cuerpo el alma a tan encomiable labor, pero como éstos se cuecen muy aparte y cada uno requiere el debido tratamiento, enfoquemos la vista hacia el más joven de todos, Foro TV, nacido -¿qué cosas, no?- en el seno de Televisa.

Con su entrada al aire hace poco más de un año dentro de la televisión de paga, y desde el pasado 30 de agosto, por señal abierta (y ocupando el lugar que tuvo Canal 4, de programación variopinta y hasta a veces surrealista,) Foro TV intenta llenar un enorme hueco dejado por el otrora proyecto informativo de la televisora de San Ángel, Eco, donde sí se tomaba en serio la misión informativa y las mesas de análisis (cuando las había, claro), y no se andaban con medias tintas. (En este punto, más de uno se atreverá a debatirlo. "Pero si no había tanta libertad informativa como ahora...", seguro me dirán. Es cierto, pero había seriedad, cosa que no encuentro a cabalidad en el canal de marras.) Ante tal precedente, la presencia de Foro TV sí resulta necesaria, pero prescindible. Vayamos por partes.

Los noticiarios conducidos por Paola Rojas y Adela Micha, sobrevivientes de la transición temática del canal 4, conservaron fondo y forma, y el público que las sigue día tras día no puede esperar de ellas más que la fidelidad a su labor informativa, cosa que celebro a todas luces; a este elenco de comunicadoras notables, sumaría hoy el nombre de Karla Iberia Sánchez, con su respectivo segmento informativo: detrás de ella, una innegable trayectoria como reportera lo comprueba sobremanera. Por el lado masculino de la noticia, contar con León Krauze (polémico más de las veces, cabe señalar) y su Hora 21 es agregarle un toque más plural al contenido del segmento informativo: para quienes lo seguimos en su programa de radio, verlo en pantalla cada noche es proseguir esa forma de conversación radial, pero a todo color. De pilón, cabe notar la presencia de un espacio dedicado a los medios de comunicación, conducido magistralmente por José Carreño Carlón, Gabriela Warkentin y Mario Campos. (Hacía falta algo así, mas no es la panacea en el tema. Cuestión de enfoques.)

Pero así como hay ejercicios notables en este campo, también los hay mediocres y faltos de ética, tal es el caso de Esteban Arce, cuyo Matutino Express también sobrevivió al cambio de giro programático, conservando un horario privilegiado y con una polémica sobre sus espaldas: las desafortunadas declaraciones en contra de la comunidad lésbico-gay. En vez de recibir un justo castigo por ello, fue premiado con la conservación de su programa; eso sí, menos irreverente que su encarnación precedente. Y como este dardo aguanta dos tiros más, mencionaré dos programas parecidos: La hora de opinar con Leo Zuckerman y Javier Tello, y Final de partida con Julio Patán y Nicolás Alvarado, ambos, transmitiéndose entre las 10 y las 11:30 pm. Del primero, no me atrevo a cuestionar sus mesas de análisis, porque sinceramente no me interesan (hay mejores y más congruentes en otros canales), pero los viernes se dan a la tarea de invitar a una personalidad de la política, las ciencias, las artes, etc., para ¡¡hablar de cine!!, de las tres películas favoritas del invitado. Como segmento para terminar de forma desenfadada la semana, está bien, pero ni Zuckerman ni Tello son críticos de cine para ahondar un poco más a gusto por el mundo del celuloide. Para muestra, un botón: cuando Fernando Gómez Mont fue el invitado de lujo, demostró saber más de cine que aquel par de conductores babosos. (Zapatero a tus zapatos. Ni modo.) Sobre Final de partida, no podemos negar que Patán y Alvarado son caras conocidas dentro de la televisión cultural (se conducían mejor en Canal 22, por aquello de la pluralidad), pero en un canal así, se privilegian más otras cosas, pero no las meramente culturales. Qué remedio.

Fuera de estos ejemplos (a sabiendas de que faltan por enumerar otras emisiones, algunas muy dignas en su trabajo, y otras, prescindibles sin más ni más), la presencia de Foro TV en la televisión abierta deja mucho que desear. Su entrada al aire se origina en vísperas de un año electoral, es decir, donde todas las cartas están por jugarse, y con su "canalito" Televisa juega a la pluralidad, cosa que sólo tiene de dientes para afuera. (Un ejemplo: Mujeres de valor fue una bonita campaña, pero en sus telenovelas impera el sexismo y en sus talk shows, la misoginia. Si lo quieren más claro, échenle agua.) Sin embargo, sólo el tiempo dirá la última palabra sobre Foro TV, que apenas busca -¡¡y de qué manera!!- su destino en la televisión mexicana. Y hasta ahí.

jueves, 10 de marzo de 2011

Leopoldo Valiñas en la Academia

No cabe duda que me gustan más los regresos que las prolongadas estancias, y no lo digo solamente por la prosapia de mi nombre. Después de haber vivido toda una celebración de las Letras (misma que pueden leer líneas abajo, faltaba más), me llega la buena nueva de la ceremonia de ingreso del lingüista e investigador Leopoldo Valiñas Coalla a la Academia Mexicana de la Lengua, precisamente hoy, a las 7 pm, en un lugar al que me alegra regresar, aunque hayan sido pocas las ocasiones para ello: el Museo Nacional de Arte (MUNAL).

Como siempre acostumbro cuando se trata de la AML, llegué una hora antes del evento; al salir del metro Bellas Artes, vi como la gente se arremolinaba frente al Palacio debido a la increíble presencia de un BMW último modelo, con todo y vallas de seguridad. Supuse que allí se grabaría un comercial al respecto, pero sólo me limité a tomar algunas fotos y seguirme de largo hacia el MUNAL. Después de tomar algunas fotos de los edificios circundantes, llegué al lugar de la cita y vi a lo lejos la presencia de Linda Manzanilla, quien provenía de El Colegio Nacional para acudir a la ceremonia de investidura de su ilustre colega del Instituto de Investigaciones Antropológicas. Luego de ponerle a mi celular la modalidad de vibrador, entré al otrora Palacio de Comunicaciones y así agarrar buen asiento para la ceremonia, lo cual hice en la segunda fila de enmedio, frente al presidium.

Minutos antes de la sesión, una bellísima mujer sentada detrás de mí, en la tercera fila, al ver tanto mi Anuario como varios ejemplares de discursos académicos de la AML, pidió verlos e igualmente me comentó ciertas cosas al respecto. "Espero que ya vendan el nuevo, porque necesito actualizarlo...", le dije. Incluso intercambiamos algunas palabras, y hasta ahí.

Cinco minutos después de las 7 pm, los académicos de la Lengua, dirigidos por su nuevo director, Jaime Labastida, hacían su triunfal llegada al salón donde se llevaría a cabo la sesión pública de hoy. A la izquierda de la mesa directiva (compuesta, además del nuevo recipiendario y el propio Jaime Labastida, por Gonzalo Celorio, Diego Valadés, secretario y censor estatutario, respectivamente, y por Concepción Company, quien respondería las palabras de Valiñas), se hallaban Guido Gómez de Silva, Adolfo Castañón (con todo y su abultada maleta), Tarsicio Herrera Zapién, Miguel León-Portilla, Fernando Serrano Migallón, Fernando del Paso (aún sin ser académico numerario, acudió a la cita), José G. Moreno de Alba (hasta el ingreso de Patrick Johansson, ocupaba el lugar de honor en la mesa directiva) y Felipe Garrido, mientras que a la derecha, Ascensión Hernández Triviño, Margit Frenk, Julieta Fierro, Vicente Leñero, Miguel Ángel Granados Chapa, Vicente Quirarte y Margo Glantz ostentaban dignamente sus lugares. Inmediatamente, el director dio la bienvenida a todos los asistentes para luego cederle la palabra al nuevo integrante de la Academia Mexicana de la Lengua.

Leopoldo Valiñas, el buen Polo, leyó su discurso, La unidad lingüística en torno a la diversidad, cuya primera parte (como debe de ser) estuvo dedicada a la vida y obra de Andrés Henestrosa, su antecesor en la silla XXIII, para después exponer un interesantísimo trabajo en torno a la diversidad lingüística de las lenguas vernáculas dentro del español de México; en lo que cabe a la faceta académica, el trabajo de Polo confirma a todas luces la misma erudición e intensidad mostrada en todos sus artículos (cabe decir que Valiñas nunca ha escrito un libro en forma, pero con el presente discurso más le vale hacerlo); claro, la mayoría de los asistentes no paró de reír en ciertos pasajes de su exposición, y, claro, hasta terminamos usando la hojita que fue depositada en cada asiento, como si en vez de una ceremonia de ingreso estuviesemos en un coloquio de la ENAH o la SOMEHIL.

Después de su alocución, correspondió a Concepción Company Company responder al discurso del nuevo académico, quien ponderó su presencia en la Academia Mexicana de la Lengua como la de una persona preocupada por la buena salud del español de México, de grata y apasionante raigambre indigenista (aunque él no se reconozca como tal), y cuya presencia, ayudará sobremanera a las intenciones originales de la Academia, enarboladas en la divisa Limpia, fija y da esplendor. (Aunque, tratándose de Polo, le queda más lo último ¿no creen?) Finalmente, el ingreso de Leopoldo Valiñas, más que un deber académico, es toda una celebración. (Quien esto escribe, luego de asistir a los ingresos de Ascensión Hernández Triviño y Patrick Johansson, no deja de aplicárselo también al de Valiñas. Claro que sí.)

Al final de la ceremonia, el Director de la AML invitó a todos los asistentes a departir un buen vino de honor afuera del salón. Mientras unos se arremolinaban por una buena copa de tinto y otros hacían fila para felicitar de primera fuente a Polo, me acerqué a varios de los académicos para pedirle el consabido autógrafo. Primero me acerqué a Julieta Fierro, quien se alegró de verme y, claro, tardó un poco en firmar mi ejemplar. Quedé en mandarle la dirección de una amiga mía, para así mandarle su discurso de ingreso. (Prometido, Julieta.) Después, saludé a Chonita y don Miguel, quien me pidió prestado mi celular para hablarle a su chofer, dado que debían irse temprano. (Como en todas sus películas...) Enseguida, me acerqué a Concepción Company; además de firmarme su discurso de ingreso, le comenté dos cosas: una, dónde podía conseguir su manual de fonética y fonología ("En la Facultad debe haber todavía algunos, supongo...", me dijo), y la otra, que una gran amiga mía ¡¡es su más ferviente admiradora!! Incluso por el nombre tan bonito y tan original que tiene. Concepción no cesó de celebrar aquellas palabras y me agradeció ese buen gesto. Ni tardo mi perezoso, me apersoné frente a Tarsicio Herrera Zapién para lo mismo, y él, con una bonhomía muy suya, agradeció que yo tuviera aquel pequeño ejemplar de su discurso; "Reyes no sabía nada de griego ni de latín, pero su Discurso por Virgilio es una maravilla ¿verdad que sí?", me dijo gratamente mientras me dedicaba su ejemplar. Al darme cuenta que Diego Valadés se había retirado y de hacerme a la idea de la ausencia de Eduardo Lizalde, me formé para felicitar a Polo y, claro, expresarle -interposítamente- los parabienes de Ana Laura Díaz y de Heréndira Téllez hacia él, como nuevo académico de la lengua. "Te lo agradezco, voy a escribirles", me respondió con gusto.

Afuera de la sala, ya me urgía echarme una buen trago y como además de vino tinto y blanco, había mezcal, resolví echarme unos buenos caballitos ¡¡y percherones, para rematar!!, con unos deliciosos canapés para acompañar. Aquella bellísima mujer con la que tuve una mínima charla antes de la ceremonia, una arquitecta experta en restauración llamada Silvia Ibáñez, al verme preguntó por los León-Portilla. Le comenté que acababan de irse, dado que siempre son los primeros en retirarse, pero insistí en acompañarla por si corría con mejor suerte. (Confirmado, ya no estaban.) De cualquier forma, platicamos un largo rato sobre muchas cosas, mientras los tequilas hacían lo suyo. Revisé mi celular para ver la hora y, como podrán imaginarlo, me salió el complejo de cenicienta al ver que ya casi eran las 9 pm. Al saberlo, mi bellísima acompañante procedió a despedirse de todas sus amigas, dado que el estacionamiento cerraría exactamente a la hora. Insistí en acompañarla hasta la salida, porque también llevaba algo de prisa, y mientras llegabamos al estacionamiento, le comenté que vivía en Atizapán de Zaragoza, y ella, muy amablemente, accedió a darme aventón. (Se lo agradecí sobremanera, y ya quedé en avisarle de los próximos eventos, por aquello de seguir en contacto.)

En fin... me agradó mucho regresar al MUNAL y no dudaré en hacerlo mientras exista la oportunidad para ello. Por mientras, celebro el ingreso de Leopoldo Valiñas Coalla, en aras de una concordia entre el español y las lenguas originarias. Ya veremos en qué paran nuestras esperanzas. (Y ya.)

domingo, 6 de marzo de 2011

Totalmente Palacio... de Minería

Señoras y señores, sí, lo declaro a los cuatro vientos: Soy totalmente Palacio. Y no me refiero a cierta tienda departamental, sino al aplomo que tengo por asistir (cada vez que el tiempo me lo permite) al más hermoso de los palacios que tiene la ciudad de México: el Palacio de Minería. Desde la semana pasada, cuando dio comienzo la XXXI Feria Internacional del Libro en el Palacio de Minería, quien esto escribe, unas veces sacaba su faceta de cazalibros, y otras acompañaba al equipo oficial de tres presentaciones editoriales, repartidas en tres días. Pero en esos días, también decidió darse sus respectivas vueltas para encontrar algún librito nuevo (aunque sólo fuera un decir, claro) o también para cerrar el círculo de la lectura, coronando con la consabida firma los ejemplares de su pequeña biblioteca. He aquí un pequeño resumen de sus andanzas.

Viernes 25 (Primera escala: El Colegio Nacional): Luego de encontrarme con Claudia Hernández de Valle-Arizpe y antes de la presentación de Dulce y Útil en el salón de la Academia de Ingeniería, hice mi escala obligada en el stand de El Colegio Nacional, donde mis ya conocidos libreros me convencieron de llevarme la Memoria 2009, y dos pendientes bibliográficos de ferias anteriores: la edición de lujo de Como la lluvia de José Emilio Pacheco (numerada y firmada por el autor) y Un sol más vivo, antología poética de Octavio Paz hecha por otro gran poeta, Antonio Deltoro. No me cabe duda que aquello volúmenes habré de leerlos con especial devoción.

Lunes 28 (Segunda escala: Pabellón del Estado de México y UACM): Después de asistir a la presentación de los nuevos libros de Cofradía de Coyotes, en el pabellón del Estado de México, me encontré con Eduardo Villegas, el Coyote Mayor, quien además de celebrar el grato encuentro entre colegas, resolvió firmarme un ejemplar de La noche de la desnudez, uno de sus primeros libros. Y como el tiempo andaba haciendo de las suyas, adquirí Porque siempre importa de Claudia Hernández de Valle-Arizpe en el local de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Mientras llegaba la hora de saludar nuevamente a la bella y talentosa Claudia, leería con verdadera alegría sus textos sobre cocina y cultura.

Martes 1o. (Tercera escala: Conaculta y Fondo de Cultura Económica): Después de la presentación de la colección Teorías Contemporáneas, coordinada por la Dra. Laura Páez Díaz de León, y mientras llegaba la hora de irnos, un servidor hizo escala en el gran pabellón de CONACULTA, donde se hizo de las Arqueologías del Centauro, volumen sobre Alfonso Reyes escrito por autores jóvenes; Pasado y presente en claro de Octavio Paz, que reúne dos textos elementales en ocasión del vigésimo aniversario del Premio Nobel, y la nueva edición de Un niño en la Revolución mexicana de Andrés Iduarte, mismo que ya debía tener por razones obvias. (Al fin, se me hizo.) Y como el tiempo seguía haciendo de las suyas, visité el pabellón del Fondo de Cultura Económica, donde además de hacerme de Tiempo de arena de Jaime Torres Bodet y De cómo ignorar de Mauricio Tenorio Trillo, un grupo de muchachos (estudiantes de comunicación, me imagino) ¡¡me hicieron una entrevista!! Simplemente me porté muy bien con las preguntas que se me hicieron y una de éstas hizo profunda mella en quien esto escribe: "¿Cuál es su escritor favorito?" "Bueno... ¡¡son muchos!! Alfonso Reyes, Octavio Paz, Álvaro Mutis, Andrés Henestrosa, Jorge F. Hernández, Vicente Quirarte... Y la lista sigue", les dije, y ellos me insistían en mencionar uno solo. "De ser así, serían dos por igual: Alfonso Reyes y Octavio Paz", fue mi respuesta y tuve que justificarla, es decir, entrar en pormenores. Al final de la entrevista, agradecieron mi disponibilidad y buen desarrollo en la misma. "No, muchachos, ustedes lo hicieron todo, de veras, y como decía don Alfonso Reyes, 'Todo lo sabemos entre todos'. Cuenten con ello".

Miércoles 2 (Cuarta escala: el pabellón de la UNAM): Tuve la fortuna de asistir a la presentación de El filósofo declara, de Juan Villoro, su primera obra de teatro, en escena hace algunas semanas y que ahora llegaba al gran público en forma de libro. Villoro ponderó su nuevo papel como dramaturgo, cuya grata incursión no se quedaría en la obra en cuestión, sino que, andando el tiempo, escribiría más para llevarlas, desde luego, al escenario. Después de contar las peripecias de sus personajes y del montaje anterior en cartelera, Villoro procedió a firmar varios ejemplares de su libro en el microscópico salón "Rafael Ximeno y Planes", donde la gente se arremolinaba para platicar un poco con el autor mientras éste firmaba su libro. Afortunadamente, la editorial del libro de marras, la UNAM, pidió que nos trasladaramos al pabellón de publicaciones de la UNAM y así dejar libre el salón para otro evento. Al llegar al stand, se hizo una larga fila para que Juan Villoro firmara libros y libros, sin contar las toneladas de fotos que lo inscribían en la memoria de sus fans. Al llegar el turno de un servidor, Villoro firmó su ejemplar de Efectos personales, además de agradecerle aquellos gratos encuentros suscitados por los libros. Mientras decidía si quedarme en el Palacio de Minería, otro grato reencuentro estaba por darse, en plena escalinata del palacio, con Julio Ortega Jiménez, colega y compañero de generación, muy bien acompañado por Julissa, su compañera de toda la vida. (Quedamos en proseguir el contacto. Sí que sí.) Pocas horas después, regresé al stand de la UNAM, donde me quedé un largo rato viendo los discursos de ingreso de la Academia Mexicana de la Lengua. En eso se me acercó David Turner, director de Publicaciones UNAM, quien me presumió (si se permite la palabra) todos los grandes trabajos publicados en la colección de Discursos de la Academia, como los de Jesús Silva Herzog, José Vasconcelos y Alfonso Reyes, por decir algo. Más de una hora esperando aquella presunción editorial, en la cual todos los empleados movieron cielo, mar y tierra para conseguirle al jefe aquellos ejemplares. Finalmente, David Turner me dijo que, en efecto, no los habían llevado. (Un día, seguro.)

Jueves 3 (Quinta escala: el MUNAL): Como se habían juntado tres presentaciones de vital importancia para mí (Sandra Lorenzano, Agustín Monsreal y René Avilés Fabila, ¡¡a las 7 pm!!), decidí solamente comprar el catálogo de la exposición Alfonso Reyes y los caminos del arte en el puesto del MUNAL, muy pequeño, por cierto. Por supuesto, aplicando la máxima de Rubén D. Medina: "Si ves uno, compras dos".

Viernes 4 (Sexta escala: el pabellón de la UNAM y el Fondo de Cultura Económica): Decidido a ver a la gran Julieta Fierro, al llegar al metro Bellas Artes me encontré con una mujer maravillosa, Virginia Ortega, quien venía de impartir unas clases de inglés, y luego de saber hacia dónde me dirigía, me espetó un "¿Me llevas?" Y, claro, accedí gustoso a que me acompañara a ver a Julieta Fierro. Al llegar al Salón de Actos, cuál sería nuestra sorpresa al saber que la expositora, es decir, Julieta, no estaría presente por motivos de salud, cosa que nos desanimó tanto a Vicky como a quien esto escribe. Aún así, nos dimos una vuelta por la feria. Primero, por la cabina temporal de Radio UNAM donde le presenté ¡¡a Jorge F. Hernández!!, quien se sorprendió al ver a una rockera en la sala. (Vicky no cabía de la impresión cuando hice las consabidas presentaciones, pero es una oportunidad que no debía perderse. Así es.) Después de haber conocido a tan singular personaje, decidí compensarle la ausencia de Julieta obsequiándole un ejemplar de su discurso de ingreso, el cual Vicky me agradeció sobremanera, al igual que un libro del Fondo de Cultura Económica, cuyo mismo ejemplar corrió con semejante suerte el año pasado.

Domingo 6 (Última escala: el pabellón de CONACULTA): En el Auditorio 5, donde tuvieron a bien presentarse los primeros trece títulos de Parentalia ediciones, estuvo lleno de poesía por donde quiera que se vea; entre Luis Tiscareño, Frida Varinia y unas rozagantes Elva Macías y Leticia Herrera, las plaquettes se vendieron como pan caliente. Y ante semejante celebración (tanto poética como monetaria), quien esto escribe se dio una vuelta muy bien acompañado por la Dra. Laura Páez Díaz de León y su diligente secretaria, Hilda Edith, de buen ver, por cierto. En el stand de CONACULTA, la Dra. Páez, engolosinada por las novedades en torno a Octavio Paz, se dio vuelo y compró varias. Después, asistimos a una charla de Sara Sefchovich en la Antigua Capilla, para luego despedirlas, dado que resolví quedarme a la presentación de la Antigua Grandeza Mexicana de René Avilés Fabila, donde no faltaron ni el buen humor (cortesía del autor) ni las largas filas de admiradores. Y mientras dedicaba con aplomo varios de esos libros, me lancé de volada hacia el auditorio Bernardo Quintana y saludar a Rodrigo Martínez Baracs, con el objetivo de que firmara mi ejemplar de La biblioteca de mi padre. "No me digas que ya lo leíste...", me dijo. Se sorprendió al saber que lo había hecho ¡¡tres veces!! en un mes y prometí escribir un artículo al respecto. "Oye, de verdad que te lo agradezco. ¿Nos veremos en mayo?, respondió. "Cuenta con ello", fue mi respuesta. Regresé con René y aún seguía en la parafernalia de las firmas. Al terminar, platicamos un ratito sobre las latas de la escritura. Y para terminar el último día de la Feria de Minería, lo prometido es deuda, cerramos con Claudia Hernández de Valle-Arizpe, acompañando a la fotógrafa Gabriela Bautista en la presentación de su libro de fotos a escritores. Desde luego que escuchar a Claudia es todo un acontecimiento, pero si le sumamos la presencia del poeta Rafael Vargas y la espontaneidad de Víctor Roura, podría decirse que hubo de todo.

No me cabe la menor duda que ir a la Feria del Libro del Palacio de Minería es todo un acontecimiento, ya sea por la infinidad de personas y de libros que vas encontrando en el camino. He comprobado con todas las letras de todos los nuevos y viejos amigos que conviven en aquel espacio, en espera de que aumente esa preclara y cordial nómina. ¿Qué me espera para la siguiente feria? No lo sé... Quizás sea alguno de los nuevos protagonistas de Jóvenes escritores en Palacio, o en una de ésas, ya salga un nuevo libro, el primero de muchos que tendré a bien publicar, en fin... Sólo el tiempo tendrá que conspirar a nuestro favor, porque en la cárcel, en la trinchera, en el hospital y en el Palacio de Minería es donde se conoce a los amigos. De verdad.

(Soy totalmente Palacio... de Minería, claro está.)

miércoles, 12 de enero de 2011

Quince del 2010

Seguramente más de uno notó mi larga ausencia de estos parajes virtuales, y no es para menos. Por esos días, y a consecuencia de una extraña conspiración tecnológica, no tuve más remedio que... leer. Y como cada año (sin dejarme llevar por las chabacanerías del momento) resolví a enumerar, igual que el año anterior, los quince libros que más me impresionaron en 2010. Claro está que ningún libro es igual a otro; aunque traten el mismo tema, siempre hay una palabra nueva, una impresión inusitada o, simple y sencillamente, ganas de leer algo, lo que sea.
De los libros que enumeraré a continuación, cabe decir que los disfruté muchísimo, pero si esto se complementa con la oportunidad de haber convivido con el autor, puedo darme por bien servido. Y aquí paro el carro.

1) Pasado anterior (Salvador Elizondo) La constancia periodística de un autor comprometido con la literatura, queda manifiesta en esta compilación -póstuma, cabe decir- de artículos, donde Elizondo se dio a la tarea de criticar, pero también celebrar las maravillas del mundo presente. Una verdadera joya.
2) Calacas (Rubén Bonifaz Nuño) Un poeta con todas las letras, como lo es Bonifaz Nuño, hace las paces con la muerte a través de este poemario, donde no olvida su preclara presencia, pero con un cierto desenfado hacía ella. Del respeto de la elegía al desconcierto de la "calaverita". (Para todos sus lectores de toda la vida, Calacas significó el "retiro" del poeta. Aún se le extraña.)
3) Lotería (Nati Rigonni) La suerte de la poesía juega con el poeta a nombrar las cosas, y con la galería de objetos que tiene a bien compartir la veracruzana Nati Rigonni, queda comprobada a todas luces. (Como la lotería, vive al día, al vaivén del tiempo.)
4) El Naranjo en flor (José Ángel Leyva) La familia Revueltas, de donde genios del calibre de Silvestre, Fermín, José y Rosaura surgieron, tiene la palabra para contarnos otras historias de aquellos personajes, pero también permite conocer a otros de igual o mayor valía. Un retrato de familia, pero con retoque.
5) Camino a Baján (Jean Meyer) Las vidas paralelas de Hidalgo y Calleja se reúnen en esta novela, donde cada quien cuenta su presencia en el entramado de la historia, y cuya señera lectura nos hace ver que nadie tiene la razón: ni tirios ni troyanos. (A título personal, me gustaba más el nombre con que se publicó por primera vez: Los tambores de Calderón. ¡¡Y hasta JM coincide conmigo!!)
6) Cartas mexicanas (Alfonso Reyes) El camino de un escritor se mide por la importancia de sus temas de escritura, pero también por la correspondencia y la hermandad emanadas de sus corresponsales en una relación epistolar. Para entender al Reyes público, vale conocer al privado, casi secreto. Y como esta maravillosa selección fue cuidada por Adolfo Castañón, el placer es doble. (Bien.)
7) Escribir, por ejemplo (Carlos Monsiváis) Diez escritores fundamentales en las letras mexicanas, vistos desde la mirada crítica y casi cardiográfica de un escritor íntegro, a quien no le era ajeno tema alguno. Entre Alfonso Reyes, Julio Torri, Rosario Castellanos, José Revueltas, entre otros, su (definitiva) presencia es más que notoria mientras se revisan esas páginas.
8) A la gorda drógala (Giberto Prado Galán) Uno de los nuevos alquimistas del palíndromo en México presenta en este libro las cartas de marear de su travesía literaria; después de dominar la forma, ésta, como buena contrincante, le obsequia gustosa sus secretos y pasiones.
9) Seis Cuentos Seis y uno de regalo (Jorge F. Hernández) "Escribir es torear", es la consigna de este libro, y queda confirmada cuando el autor se lanza al ruedo en busca de contar otras historias (en siete cuentos), donde la pasión por las letras sólo se asemeja a la emoción del novel torero al recibir la alternativa.
10) Imaginemos un caracol (Julieta Fierro) Como su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, y ahora en forma de libro, el ingenio de Julieta nos presenta una ágil, divertida e interesante manera de conocer a un caracol, y su presencia en la naturaleza, tanto de la vida como de la lengua.
11) Claridad errante. Poesía y prosa (Octavio Paz) La última compilación cuidada en vida del poeta, regresa a la escena literaria gracias al Día Nacional del Libro, como un regalo que Paz decide hacerle a las generaciones futuras, porque una obra así merece leerse y releerse, sin aniversarios de por medio.
12) La rueda de la fortuna (Helena Paz Garro) Con el talento corriendo por sus venas, la hija de dos estrellas no se queda atrás, y demuestra en sus poemas una vitalidad nunca vista; el esmeril de la distancia (geográfica, familiar, ¿literaria?) nos regala este ramillete, tan joven como siempre y tan viejo como ayer.
13) Deshielo (Claudia Hernández de Valle-Arizpe) Claudia se avienta al torrente de la poesía, en busca de decir, como su maestro Bonifaz Nuño, de otro modo lo mismo. Su estilo nos indica ciertos sinsabores en busca de la palabra, pero en aras de conocer el diamante, es preciso llenarse de carbón las manos. (Un prístino viaje, sin duda.)
14) El arte de la fuga (Sergio Pitol) Los viajes ilustran, reza el lugar común, y en la obra de Pitol, este libro es el ajuste de cuentas con sus pasados: como persona, como escritor. Sus lecturas del mundo, de los libros, de sí mismo, son ahora compartidas con una sola esperanza: seguir aprendiendo. (¿Digno retiro? No sabemos...)
15) De héroes y mitos (Enrique Krauze) Varios de los temas recurrentes -la historia y sus maniqueísmos, la política y sus claroscuros- componen esta visita guiada al universo de un autor que no complace a tirios ni a troyanos. Para sus seguidores, pública confidencia; para sus detractores, privada discrepancia. (Debe leerse.)
(¡¡Gracias!!)

viernes, 31 de diciembre de 2010

2010: un montón de palabras

Cierro este interesante y difícil 2010, de una manera muy heterdoxa para quienes han seguido los últimos acontecimientos dentro del ambiente de las letras universales. Para muchos, fue el año de la reivindicación (Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura 2010), y para otros, el la revalorización (la Historia mexicana, pletórica en Centenarios, más interesantes y menos pomposos). Sin embargo, 2010 fue el año de las grandes pérdidas, donde la vida jugó, al fin y al cabo, la partida final, suerte de matchpoint de última hora.
Mi homenaje (si se me permite el término) se compone por una serie de mosaicos personales, relacionados con los personajes que partieron en este desconcertante 2010. Claro está que cada uno de ustedes tiene otro punto de vista (favorable, adverso, no importa) sobre una u otra mención; dejo que digan la última palabra, y, por supuesto, al compartir este montón de palabras, he cumplido a cabalidad con mi propósito.
Esther Seligson (Feb. 6): Desde la preparatoria ya era un lector asiduo de sus obras, las cuales descubrí gracias a la presencia del rumano E. M. Cioran. Pero mi oportunidad para conocerla se dio en el Palacio de Bellas Artes, donde asistió a presentar un libro de dramaturgia. Ella quedó sumamente impresionada cuando me le apersoné ¡¡con un montón de libros suyos!! Mientras me firmaba cada ejemplar, quedó maravillada por mi pasión lectora.
Carlos Montemayor (Feb. 28): En la Casa Universitaria del Libro, hace algunos años, y luego de presentar un volumen de poesía indígena contemporánea, me acerqué a él para pedirle la respectiva firma. El único lugar factible para ello, fue una vitrina aledaña, sobre la cual se recargó para dedicarme sus libros, como si ésta fuese una barra de cantina. (Cualquier persona, de haberlo hecho, la hubiera roto.)
Carlos Monsiváis (Jun. 19): Después de la presentación de un volumen con cartones de Rogelio Naranjo en el MUCA, mientras los asistentes asediaban a Elena Poniatowska, quien esto escribe se acercó al autor de Amor perdido, quien me pidió que esperara unos cuantos minutos. A los quince, se sentó y, con una tranquilidad inusitada en él, me firmó todos mis ejemplares, para luego agradecerme la engorrosa espera de su parte. (Y todos, claro, seguían asediando a la Poni...)
Friedrich Katz (Oct. 16): Al término del coloquio por el XX aniversario del Archivo Calles-Torreblanca, compré De Díaz a Madero, librito de Katz que mi parco presupuesto pudo comprar. Mientras lo revisaba, encontré una errata en su bibliografía. Le comenté esto a mis compañeras de turno, quienes me espetaron un "¡¡Ve a decirle!!" Cuando me le acerqué, claro, le hice ver el gazapo y, muy amablemente, me agradeció ese buen gesto y pidió que le anotara los pormenores de lo que había encontrado. Hecho esto, le pedí que me firmara dicho ejemplar, cosa que hizo con todo el gusto del mundo. (Nunca olvidaré aquella deferencia de su parte. De verdad.)
Antonio Alatorre (Oct. 21): Después de una conferencia suya en la entonces ENEP-Acatlán sobre Sor Juana, me le acerqué con mi ejemplar de la revista Vuelta donde venía un artículo suyo sobre sonetos en x. Al saber mis intenciones, simplemente estampó su firma a un lado de su nombre, me dio las gracias y, de regalo, las siguientes palabras: "¡¡Es la primera vez que firmo un artículo mío!! Me alegra que le haya gustado." Cabe decir aquí que solamente un servidor fue el único en hacerlo.
(¡¡Gracias!!)

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Los Parentalia conquistan Bellas Artes

En estos tiempos bastante interesantes, donde las ferias del libro se trasladan a provincia y pululan los recuentos de cualquier tipo (ni modo, se acaba el año... y la década), digno es detenernos un poco y observar aquellas pequeñas cosas que sólo la poesía puede devolvernos, es decir, las palabras y el amor por la literatura. Y para ello, se pinta sola Parentalia ediciones, quien tuvo a bien presentar sus primeras publicaciones en el Palacio de Bellas Artes hace algunas horas.
Desde las 6 pm, varios rostros queridos y conocidos ya estaban frente al palacio, donde sólo esperaban a que llegara la hora soñada y así vivir una celebración de la poesía; entre colegas y amigos, comentamos algunas cosas, y en menos de lo planeado, hizo acto de presencia Miguel Ángel de la Calleja, editor y jefe de Parentalia. Luego llegaron -y con su respectiva acompañante, claro- Enrique González Rojo Arthur y Luis Tiscareño, quien al llegar intercambió unas cuantas palabras con quien esto escribe. Después hizo lo propio Frida Varinia, poeta de lustre sureño e hija de Raymundo Ramos, otro de los convidados poéticos, de quien, se dice, llegó mucho antes que el resto de la concurrencia. Y a sólo 20 minutos para dar comienzo a la presentación de Fervores, prístina y primera colección de Parentalia, ingresamos poco a poco a la sala Adamo Boari, donde daría lugar semejante suceso. Mientras se llenaba la sala, una siempre alerta Raquel Castro seguía cada detalle de lo que acontecía: que si la asistencia, que si el tiempo, que el segundo participante no llega, en fin... (Un reloj suizo era poca cosa comparada con ello.)
Pasadas las 7 pm, luego de las consabidas presentaciones, Miguel Ángel de la Calleja tomó la palabra y así compartir su visión de Parentalia, proyecto hoy día cristalizado con la primera publicación de trece plaquettes de variopinta visión poética, cuyos autores iban desde decanos de la pluma como Enrique González Rojo Arthur, Roberto López Moreno y Raymundo Ramos, hasta la nueva ola de poetas como Aurelio Asiain, Frida Varinia y María Baranda, pasando por poetas del mediosiglo (léase pasados del tostonazo) como Efraín Bartolomé, Pura López Colomé, Luis Tiscareño y Sandro Cohen, por decir algunos. Del cómo su búsqueda editorial nació de la inquietud de agrupar (no arbitrariamente, claro) las nuevas y gratas voces de la poesía mexicana contemporánea, y ahora queda más que evidente en esta primera serie poética. Y mientras seguía contándonos su experiencia, Claudia Hernández de Valle-Arizpe, la segunda convidada a este encuentro de poesía, llegaba fresca y radiante, a pesar del tránsito de la ciudad. Al momento de incorporarse a la mesa, inmediatamente ésta cambió de sentido: además de comentar, una a una, cada plaquette, devolvía por momentos la palabra a De la Calleja; un diálogo en serio, casi como programa de radio, por decir algo. (Ya me imagino la cara de Raquel Castro al ver semejante improvisación...) Finalmente, y luego de agradecer a todos su asistencia, nombró a todos los poetas presentes en la sala y al final de su alocución, llega partiendo plaza el buen Roberto López Moreno, como si las palabras nos hubiesen regalado aquella sorpresa. (Se hablaba, desde hacía varios meses, de la delicada salud de López Moreno, y con su llegada, otro era el cantar. Y más que grato.)
Mientras las vendedoras estrella de Parentalia, Ibareth e Ivonne, convencían a todo mundo de llevarse varios ejemplares y hasta unas cuantas colecciones completas, quien esto escribe saludó a varias presencias queridas y, hasta cierto punto, deseadas. Y para seguirle la vena mercantil a las antes mencionadas, se hizo de tres ejemplares (para su inmediata firma, claro) y así "cazar" a los autores. Sólo los de Sandro y Pura corrieron con esa suerte, mas no el de González Rojo.
En el vestíbulo principal de Bellas Artes, Calleja y compañía departían un delicioso tinto, como grato y festivo corolario a una celebración de la poesía, donde los lazos de afecto y de amistad lograron que esto se llevara a buen término. Quien esto escribe estaba contento por la presencia de López Moreno, y por el privilegio de reencontrarse con viejos y nuevos conocidos, pero todos colegas, desde luego. (Incluso Claudia Hernández de Valle-Arizpe, luego de firmarme su ejemplar de Deshielo y recibir -interpósitamente- los saludos de Vicente Quirarte, me invitó a la presentación de Perros muy azules, volumen de poesía suya y ganadora del Premio Jaime Sabines 2010, a realizarse la semana entrante, es decir, el miércoles 8, a las 7 pm, en la Casa del Poeta Ramón López Velarde, acompañadísima por Ernesto Lumbreras y el siempre dinámico Hernán Bravo Varela. Accedí gustoso. Qué honor.)
No me cabe la menor duda que he recibido la honrosa bendición de presenciar reuniones como ésta (la primera, hace unos meses en la Feria del Libro en el Zócalo), cuyo buen ánimo persistirá por un largo rato, mientras llega la oportunidad de refrendar ese inquieto espíritu poético en el lugar de todas mis presencias: el Palacio de Minería. Mientras tanto, levanto mi copa por Parentalia, en espera de nuevos y grandes logros.
(¡¡Salud!!)

domingo, 7 de noviembre de 2010

Proyecto Anaparastassi

Cuando en julio pasado, se llevó a cabo una junta de emergencia de la SONAHIST, se propuso de bote pronto una nueva propuesta para las actividades culturales de la nueva época de la Sociedad. Gracias a los buenos oficios de Laura Leñero y Rosalía Florescano, la primera actividad de arranque sería un ciclo de charlas con historiadoras denominado Café Clío. Lo más difícil del asunto era proponer a las expositoras. Sin embargo, tanto Laura como Rosalía se ofrecieron a impartir dos de las cinco sesiones programadas. En la sesión se barajaron nombres como los de Rebeca Garciadiego, Miriam González Meyer, Sofía de la Garza, Patricia Matute, entre otras igualmente notables. Mientras se llegaba a una resolución, pasaron al siguiente asunto.
Siguiendo con el orden del día, y aún persistentes los nombres de Garciadiego y De la Garza, ambas habían ingresado meses antes a la SONAHIST, por lo que el siguiente paso sería impartir una conferencia magistral. Ellas, sin pensarlo, aceptaron gustosas y listas para tamaña encomienda.
A principios de agosto, en el Auditorio Malmberg de la Nueva Biblioteca de Buenavista, Sofía de la Garza impartió el ciclo de conferencias Legatarios de la historia. Testamentos indígenas de la Colonia, el cual contó con una completa afluencia, misma que convenció a la investigadora para plasmarla en forma de libro y ante semejante cuestión, no le restaba mas que afilar los lápices y ponerse de nuevo a trabajar.
Para cuando le llegó el turno a Rebeca, ocurrió algo inesperado: al edificio de Liverpool 76 habían llegado dos paquetes (de procedencia semejante, pero con distintos remitentes). Uno de estos era una maleta de viaje, perteneciente a la Profa. Myriam Gossman, que fue localizada en el departamento de objetos perdidos del Aeropuerto David Ben-Gurion en Jerusalén. (Cuando las autoridades dieron con la dueña de la valija extraviada, de inmediato la llevaron a la Embajada mexicana. La diplomática a cargo de la legación, Miriam Torres Vergara, al enterarse de ello, además de hacer lo pertinente para regresarla a sus legatarios, hizo lo propio con las pocas pertenencias que Gossman había dejado en la Universidad Hebrea de Jerusalén, mediante una charla de media hora con Ilana Berman, directora del Colegio de Historia, acompañadas por café y algunos bagels. Finalmente, se acordó mandar todo en paquetes separados.
Luego de recibir lo envíos jerosolimitanos, Rebeca y Rosalía se comunicaron con la Dra. Garibay, para abrir con cuidado los paquetes. Por desgracia, la Presidenta de la Sociedad, en ese momento, estaba en la Biblioteca Nacional, en plena plática con el Director general, por lo que sugirió localizar a Ana Laura Máynez, quien, en su carácter de Secretaria, supervisaría los trabajos de apertura. Al poco tiempo, llegó a la Sociedad, donde la esperaban Rosalía y Rebeca, y abrieron cautelosamente el envío de la universidad. En dos horas de agudo escrutinio, se enumeraron las siguientes cosas: Algunos libros de E.M. Cioran, Italo Calvino y Jorge Luis Borges, un juego de pluma fuente y lapicero, dos vestidos de una sola pieza con estampado de flores, una bolsa llena de souvenirs, y dos portafolios repletos de notas y cuadernos personales. (A excepción de los libros, las plumas y sus apuntes, el resto se guardó de nuevo en la caja, por si alguna vez llegaran a servir.)
Después que Rebeca llevara los portafolios a su oficina, para luego revisarlos y ponerlos con el resto de los papeles por catalogar, abrieron la maleta que envió el aeropuerto. La sorpresa al abrirla fue mayúscula: en vez de ropa y enseres de belleza, había siete cuadernos idénticos, una agenda ejecutiva repleta de direcciones, números telefónicos y algunos e-mails, y una cartera de cuero llena de dólares y de euros en todas las denominaciones. (Al trasladar euros a dólares y sumarlos con el resto, se llegó a la suma de 5 millones de dólares.) La pregunta era: ¿Qué hacía Myriam Gossman con esta cantidad y varios cuadernos en su valija, en vez de ropa y demás enseres? (Era una suerte que la maleta estuviese intacta.) Siguiendo con la logística, Rebeca puso las libretas donde estaban los demás papeles, y el dinero, en la caja fuerte. Ya después, y con mayor calma, le sacarían algún provecho.
Llegada la noche, y completa la mesa directiva, se propuso a Rebeca Garciadiego develar el misterio de la valija, puesto que ella coordinaba directamente los trabajos de catalogación del archivo Gossman. Pero, para que cumpliera a cabalidad dicha encomienda, delegó sus funciones (como editora suplente de la memoria-homenaje a Hannelore Malmberg) a su compañera Sofía de la Garza, dado que la encargada oficial, Miriam González Meyer, se encontraba en Nueva York, donde participaría en un Congreso de Traductores, mientras el esposo de ésta, Armando Calles Alamán, miembro de la Junta Benefactora de la SONAHIST, gestionaba un apoyo editorial ante la Universidad de Columbia, mismo que ayudaría a la Sociedad. La propuesta fue aceptada, a condición de que se reuniera cada mes con el comité de premiación para los Premios Malmberg y la beca Gossman de este año. Ambas partes se pusieron de acuerdo.
Una semana después, Rebeca se encerró a piedra y lodo en su estudio y revisar minuciosamente cada cuaderno. Dedicó una semana al 1, dos para las libretas 2, 3, 4 y 5, y apenas un fin de semana (cosa inusitada, cabría decir) a la 6 y 7. Para cuando terminó de checarlas, las únicas fuerzas que le quedaban las empleó para dormirse sobre uno de los sillones del estudio. Horas más tarde, envió sendos e-mails a la Dra. Garibay y a la Mtra. Florescano, notificándoles los resultados. En el lapso de dos horas, recibió respuestas oportunas y acordaron verse en la segunda oficina de la Sociedad: el Sanborns de Los Azulejos.
Mientras degustaban unas enchiladas suizas y varias jarras de agua de jamaica, Rebeca comentó lo siguiente: las 7 libretas indicaban la procedencia de varios objetos, a quiénes habían pertenecido y su última ubicación. Además, resaltó que aunque cada cuaderno tenía escrita la misma frase, Proyecto Anaparastassi, en la primera hoja aparecía un nombre diferente: Joseph Steiner, Elías Cohen, Annemarie Braun, Álvaro Pereira, Isaac Rivavelarde, Alexander Bret y Lucas Perel, los cuales también constaban en la agenda. El proyecto Anaparastassi consistía en restituir, a los descendientes de esas personas, las pertenencias que les fueron arrebatadas durante la Segunda Guerra Mundial, las cuales estuvieron en poder de la anticuaria Madeleine Boutonnat, también conocida como Lady France. (Aquí habría de preguntarse lo siguiente: ¿qué relación hay entre Lady France y las Malmberg? La propia agenda revelaría un poco más el misterio.)
Anne-Marie Madeleine Boutonnat de la Rue nació en Marsella el 10 de agosto de 1907, dentro de una familia de comerciantes. Al llegar a París, después de la Primera guerra, obtuvo un empleo como dependienta de una zapatería, donde estuvo no pocos años, hasta casarse con su antiguo jefe, Georges Sarine, en 1937. Luego de la invasión nazi a París, ambos se convirtieron en colaboracionistas, es decir, denunciaban a las familias judías que vivían en la ciudad; como su ambición no tenía límites, y gracias a ciertas concesiones por parte de los alemanes, Madeleine y su esposo se apropiaron de las pertenencias arrebatadas a aquellas familias judías, mismas que ocultaron en varios lugares y así confundir a novicios ladrones, a la Resistencia e, incluso, a los mismos nazis.
Después de la guerra, en 1949, los Sarine ocultaron parte de sus botines en varias bóvedas de seguridad, repartidos en bancos de Suiza y de Nueva York. Poco tiempo después de su llegada a Estados Unidos, pusieron una tienda de antigüedades, Annette (llamada así por la única hija que tuvieron, Anne-Marie, fallecida en el trasatlántico americano Marianne, cuando éste hizo escala en Dublín). Luego de diez años de residencia neoyorkina, se encontró, a mitad de Central Park, el cuerpo sin vida de Georges Sarine. Según el forense, murió a causa de varios impactos de bala, cuando intentó resistirse a un asalto, mismos que lo fulminaron al instante. (Eso decía el parte policial, pero la versión que corría por los bajos fondos, fue una vendetta por parte de la maffia, puesto que Sarine se negó a venderle a un importante capo una colección de estampas del Renacimiento. ¡¡Vaya precio que pagó por su necedad!! Y según las malas lenguas, quien asesinó a Sarine llegó a integrarse a la escolta de un capo legendario, Sam Giancana, cuando Las Vegas era la segunda casa del hampa.)
A principios de los años 60, Boutonnat conoció a la joven y prometedora pareja conformada por William Gossman y Hannelore Malmberg, y a la famosísima Carla W. Brightman, con quienes compartía afinidades documentales y un acérrimo coleccionismo. Según los diarios personales de la Dra. Malmberg, las reuniones se daban de la siguiente forma: “Recuerdo que le decíamos a Madeline, Lady France, porque, nos decía, su fortuna la hizo en la Francia ocupada por los nazis; acto, cabe decir, heroico. […] En un principio, le disgustaba ese mote, pero acabó por acostumbrarse. […]” Sin embargo, en renglones subsecuentes escritos con otro color de tinta, se preguntaba: “Sí, aún me resulta inverosímil la historia de su fortuna, pero creo creerle más a Balzac que ‘detrás de una gran fortuna, siempre hay un crimen’ y no dudaría siquiera en pensarlo”.
Desgraciadamente, dicho misterio tardaría cerca de treinta años en esclarecerse, puesto que los Gossman Malmberg radicaron de forma permanente en México. En las pocas ocasiones que viajaban a Nueva York y visitar a sus antiguas amistades, incluyendo a Lady France, Hannelore buscaba algunos indicios que la condujeran al origen de toda esa fortuna. Pero llegada la década de los 80, ella desistió por completo. Sin embargo, fue el destino quien puso de nuevo en la mesa ese interés. En el New York Times del 4 de octubre de 1993, apareció en la sección de Obituarios la siguiente noticia: “Fue encontrado sin vida el cuerpo de la famosa anticuaria, coleccionista de arte moderno y escritora Madeline Sarine, la famosa Lady France, en su residencia de Flushing Meadows. De acuerdo con los informes del forense, murió por envenenamiento ocasionado por una falla en el sistema de calefacción. Su sirvienta, la afroamericana Annabel Carver, se encontraba en ese momento en el sur de Alabama, visitando a unos familiares, gracias a un permiso que le otorgó la hoy finada. Aún no sabe qué destino le depara a todas sus colecciones de arte y a su cuantiosa fortuna. Los restos de Anne-Marie Madeleine Boutonnat de la Rue, como se llamaba en realidad, serán cremados y llevados a Cherburgo, Francia, donde también se encuentran los de su esposo, el también anticuario Georges Sarine”.
En aquel entonces, un malestar respiratorio y la reciente muerte de su esposo, retuvieron a Hannelore Malmberg en la ciudad de México, más no del todo. Una semana después de la noticia y tres días antes de la lectura del testamento, Hannelore recibió un extraño paquete; al abrirlo eran 7 libretas idénticas donde se consigna la procedencia de una parte de todas sus colecciones, es decir, aquella que obtuvo durante la Francia invadida y que guardó en bóvedas de varios bancos suizos. Además, se le envió una partida especial de 5 millones de dólares como apoyo para restituirles, a los descendientes de los antiguos y legítimos dueños, su patrimonio.
Pasó varios años de su vida viajando a Europa para localizar a los descendientes, sin que alguna agencia gubernamental lo supiese. Con el listado de nombres, investigó en archivos de Francia, Alemania e Israel, y hasta llegó a entrevistarse con algunas de sus antiguas amistades en Inglaterra y Rusia. Casi a punto de abdicar, a finales de los años 90, localizó a los nietos de Álvaro Pereira, radicados en Barcelona. Concertó una cita con ellos y en una reunión privada, les entregó sus objetos familiares, además de algún dinero. (Gracias a un reportaje publicado en National Geographic, firmado por las periodistas Verónica Balmoral y Leyvi Castell, se supo que aquellos objetos terminaron en varios museos de Portugal, puesto que los Pereira los vendieron para sufragar una nueva empresa editorial. Lamentablemente, terminaron en bancarrota.)
En París, encontró a la hija menor de Elías Cohen, Sarah, quien emanaba felicidad al recuperar los objetos familiares. Y en vista de que vivía una difícil situación económica, Hannelore le regaló 500 mil dólares para vivir decorosamente y nunca vender sus pertenencias. (Con el dinero se retiró a provincia y su patrimonio familiar quedó nuevamente guardado en una bóveda bancaria, pero en París. Nunca más se supo de ella.)
En Génova, dio con la única descendiente de Isaac Rivavelarde, su nieta Bárbara R. de Cabrera, empleada del Consulado Español. Luego de entrevistarse con ella, acordaron donar sus pertenencias familiares al Museo del Prado, puesto que le era más gratificante compartirlos con el pueblo español. (Ni siquiera se llegó a un acuerdo monetario. Mero altruismo.)
Sin tanto problema, en Londres encontró al hijo de Joseph Steiner; en Atenas, a la hija de Annemarie Braun, y en Moscú dio con la viuda de Alexander Bret, los cuales no le dieron importancia al buen gesto de la Dra. Malmberg. Sin embargo, casi al borde de la decepción, en Jerusalén se llevó una sorpresa: Lucas Perel era, de los siete, el único sobreviviente. Al entrevistarse con él, le contó todas las peripecias por las que habían pasado los objetos de su familia, las cuales el propio Perel no alcanzaba a creerlo. Pero lo peculiar del asunto era el acuerdo para la entrega de las cosas: las aceptaría de vuelta si Hannelore le obsequiaba las siete libretas donde Lady France registró e inventarió las antiguallas y demás objetos. Por desgracia, la Dra. Malmberg falleció en septiembre de 2005, delegando en su hija Myriam esa misión.
(Ahora, después de conocer este entramado de historias, Rebeca no sabía qué decir. “Ahora comprendo el porqué de su interés en crear una cátedra en la Universidad Hebrea. ¡¡Excelente coartada!!”)
En reunión secreta con la mesa directiva, Rebeca propuso llevarle a Lucas Perel las libretas que había de darle Myriam Gossman, a nombre de su madre. Sin decir agua va, la propuesta se aprobó de inmediato, por lo que Rebeca y su compañera y colega Jael Martínez Loyo viajaron a Jerusalén para visitarlo. Al saber que eran conocidas de las Malmberg, el Sr. Perel les confesó que Hannelore le dio la llave de una bóveda de seguridad de un banco suizo, donde se hallaban sus cosas. Y mientras esperaba el rimero de cuadernos pertenecientes a Lady France, con ayuda de su hija Rachel, quien trabajaba en el Ministerio de Cultura, trajo sus cosas a Israel y las donó al Museo del Holocausto, sin que ninguna de las Malmberg se enterase. Después de tan amena charla, Rebeca y Jael le entregaron las libretas. Cuando Garciadiego pensaba sacar la cartera con el dinero, Perel le dijo:
-No, no me hace falta. Ya las cosas están con sus legítimos dueños y eso fue lo que sobró a Hanny, je, je.
Y luego de una prolongada pausa:
-Usen el dinero para lo que Hanny y Meyer les gustaba: la investigación. Y si llegan a saber algo de colecciones perdidas, avísenme, por favor.
Al momento de acompañarlas a la puerta, les dijo:
-¿Saben qué significa anaparastassi? “Reconstrucción”, en griego. ¿No se les hace demasiado lógico?
De vuelta en casa, la Sociedad tenía el tiempo contado para organizar la entrega de los premios Malmberg y la beca Gossman. Y como los restantes 2 millones de dólares del proyecto de restitución ya eran suyos, con esa cantidad sufragaron sus gastos y hacer la logística como debía ser. Finalmente, el 4 de septiembre, en el Auditorio Jaime Torres Bodet del Museo de Antropología, se presentó el libro De Babelia. Homenaje a Hannelore Malmberg y Myriam Gossman, coordinado por Laura Leñero, Ana Laura Máynez, Eliseo Blancarte y Miriam González Meyer. Trece días después, en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, se anunciaron a los ganadores de los premios Malmberg: Araceli Cosío Bazant (De vuelta al mar), Rosa Terrazas Galeana (El norte sin brújula), José Trinidad Castañón Aguirre (Barco a la negritud), Judith Garro Dávila (Esquelas encontradas) y Daniela Rodríguez Buñuel (Fuera del cine, la vida), mientras que la beca Gossman, por segunda vez consecutiva se dividió en tres personas: las historiadoras Paulina Velázquez MacGregor y Alicia Cárdenas Velázquez, y la diseñadora gráfica y empresaria Ana María Groban de Anguiano, quien además diseñó la página de Internet: www.sonahist.net. Además, la Junta Benefactora de la SONAHIST cambió su nombre al de Fundación Amigos de la SONAHIST, donde ingresaron la propia Ana Groban y la editora Mayela Ramos de la Calleja.
(Sin embargo, esto apenas sería el principio de una nueva era. Y si le sumamos que aún faltan los museos, todavía la Sociedad tendrá cuerda para rato. Después de todo, ¡¡qué son 2 millones de dólares!!)