miércoles, 19 de abril de 2017

Generosidad de la memoria

Ulises Velázquez Gil

En la introducción que hizo para la serie televisiva Cosmos, Carl Sagan, astrónomo y anfitrión, describió al ser humano “a la mitad entre un átomo y una estrella”, es decir, como testigo de sucesos grandiosos como de pequeñas maravillas, a lo largo de su trayectoria en el universo.
            En la vida como en las letras, cada conocencia tiene su propio grado de predominio y de influencia sobre o en torno a una vida en solitario, donde muchas de las veces, el golpe de timón que determina el curso posterior de una vida ocurre, incluso, a mitad del camino.
Para Carlos Fuentes (1928-2012), cuya prosa certera y ágil lo abarcaba (casi) todo, inclusive los senderos de la memoria, plasma en Personas sus encuentros y experiencias con aquellos contemporáneos con quienes tuvo la dicha de coincidir, y que dejaron honda huella en su trayectoria de vida; “a mitad de camino”, muchas de las veces, con quienes fue menos pesado su tránsito por el mundo de su tiempo: compañeros de viaje con quienes la lectura del mundo (y el suyo propio, a final de cuentas) pasaba del asombro al desconcierto. (¿Y qué vida no suele ser asombrosa?)
Si suscribimos aquella sentencia de Plutarco, en la que un mínimo detalle de un personaje dice mucho más que sus grandes proezas, en los doce textos que componen Personas, la pasión por el detalle se nota a las claras cuando se ahonda en las vidas ejemplares (y paralelas, diríase también) de Luis Buñuel, Julio Cortázar y Alfonso Reyes, pasando por sus maestros en la Facultad de Derecho de la UNAM, entre otros colegas eminentes. Sobre el cineasta aragonés, Fuentes nos obsequia la siguiente estampa, a manera de ejemplo: […] Una tarde, esperando a Buñuel, me atrevo a mirar atrás de los libros de teléfono. No me asombra lo que encuentro. […] son las novelas que le hubiese gustado filmar. […] Hay primeras ediciones firmadas de los escritores surrealistas, sobre todo un volumen de fantasías germánicas de Max Ernst, que Luis me obsequia […]. (Para el caso de Buñuel, se evidencia una pasión literaria detrás de un cineasta de grandes alcances artísticos, que aún sorprenden a más de medio siglo de su conversión a imágenes en movimiento.)
Cuando se ocupa de colegas suyos como Alfonso Reyes y Julio Cortázar, la cardiografía empleada por Fuentes se mueve por territorios conocidos, sin embargo, hay una diferencia que radica en ciertos detalles que se vuelven prueba de vida en el ulterior recuerdo del escritor. Para Reyes la literatura no es estado de alma que conduce a la santidad o al melodrama, es lenguaje dentro del lenguaje. La literatura narra un suceder imaginario que no se corresponde necesariamente con lo real, pero que constituye lo real –añade a lo real algo que antes no estaba allí. La literatura no es sólo reflejo sino construcción de la realidad. (Para un autor de altos vuelos, tal el caso de Reyes, la vida como las letras mismas no volverían a ser las mismas, luego de aquel 9 de febrero de 1913 de infausta memoria en que “no volvió a ser feliz”. Risueño, sí, coincide Fuentes, pero feliz, sólo Reyes lo supo.)
En Julio Cortázar, por otra parte, sí se podía ser feliz a plenitud con la vida, sobre todo cuando se trata de ponderar toda ocasión que se presenta frente a uno. Mi carrera literaria debe a Julio Cortázar ese impulso inicial, en el que la inteligencia y la exigencia, el rigor y la simpatía, se volvían inseparables y configuraban, ya, al ser humano que me escribía de usted y con el que yo ansiaba romper el turrón. Su correspondencia era el hombre entero más ese misterio, esa adivinanza, ese deseo de confirmar que, en efecto, el hombre era tan excelente como sus libros y éstos, tan excelentes como el hombre que los escribía.
Por muchas vueltas que le doy, no hallo manera de sumar individuos”, aseguraba Juan de Mairena (y, por ende, Antonio Machado). Cuando se trata de justipreciar una faceta o una minucia en común, Carlos Fuentes sí conseguía la sumatoria, en aras de resaltarlos mejor por separado, tal y como se evidencia en “Magister dixit”, “El cuarto poder” y “Cuatro grandes gringos”. En este último, los genios y talentos del Arthur Miller, John Kenneth Galbraith y Arthur Schlesinger confirman un peculiar prisma de colores, donde la amistad y el sentimiento de contemporaneidad expone por entero sus cualidades en cuanto a su lectura del mundo presente, sea escrito, sea no escrito, si seguimos una idea de Italo Calvino: […] es un Quijote en el gran escenario del mundo, probándonos, una y otra vez, que los molinos son gigantes, y que la imaginación humana, si no puede por sí sola cambiar el mundo, sí puede, siempre puede, fundar una mundo nuevo y, con esperanza, un mundo mejor [Styron]; […] creía en la capacidad humana para salir de “las piscinas del instinto” y de “los oscuros atavismos de la sinrazón y la guerra. Sin embargo […] sintió angustia de saber que la muerte puede atravesar con un dedo “la delicada red del porvenir” y que, a veces, “el cosmos, simplemente, cuelga el teléfono” [Miller]; […] ¿Qué defendió, qué proponía […] en sus grandes libros? […]: que la vituperada intervención del Estado en la economía era insignificante comparada con la intervención económica permanente de las grandes corporaciones. […] develó el teatro del mundo económico. [Galbraith]; […] depositó su fe más fervorosa en los poderes de recuperación de la democracia americana [Schlesinger].
En “El cuarto poder” desfilan en igualdad de importancia Fernando Benítez, Tom Wicker y Jesús de Polanco, primordiales en su trinchera de tinta y papel. Pero de estos textos donde “suma individuos”, “Magister dixit” es el más entrañable para Fuentes por tratarse de sus maestros en la Facultad de Derecho de la UNAM, quienes le dieron deber y destino. Y como también las mujeres tienen toral presencia en su recuerdo, Fuentes se ocupa de ellas de manera oportuna y acertada tanto en “Tres mujeres desconocidas” (Edith Stein, Anna Ajmátova y Simone Weil) como en “Dos mujeres por conocer” (Susan Sontag y María Zambrano), dejando en el lector el deber de acercarse a su genio y figura. (Creo en mujeres concretas. Con sexo. Con nombre. Con biografía. Con experiencia. Con destino.)
Sobre las figuras restantes que componen Personas (François Mitterrand, André Malraux, Pablo Neruda, Lázaro Cárdenas), Carlos Fuentes es acertado e inteligente al otorgarles un señero lugar en la historia con mayúsculas, aunque en la que se escribe con minúscula (escrita con el corazón, que con el hígado) ya no hacen mucha falta mayores adjetivos.
En suma, ¿por qué resulta necesario leer Personas de Carlos Fuentes? Retomando la descripción de Carl Sagan, a mitad de camino entre el átomo (los mínimos detalles de cada individuo, cosa, suceso) y la estrella (la unidad en todo su esplendor, con todo y altibajos), hay presencias que se agradecen de tan indispensables por su grandilocuencia, pero sobre todo por su convicción en el actuar, sin importar el campo de conocimiento (habido o por haber), y cuando uno se las encuentra de frente, a la vera del sendero elegido, la generosidad de la memoria termina por escribir las mejores páginas, en especial, aquéllas que susciten un “ejercicio de admiración”, de acuerdo a la definición de E. M. Cioran, es decir, que destellen con toda intensidad en el diario y arduo oficio de vivir.
No cabe duda que Fuentes, como el Cid Campeador, no cesa de ganar batallas después de todo, y esta compilación lo demuestra de buenas a primeras. (Sea, pues.)

Carlos Fuentes. Personas. México, Alfaguara, 2012.  
(5/abril/2017)

miércoles, 15 de marzo de 2017

Breve apunte sobre tres contemporáneos


Ulises Velázquez Gil

(1)

En alguna ocasión, una joven y talentosa colega me lanzó a quemarropa una sentencia devastadora por franca y acertada: “el solo hecho de que leas a tus contemporáneos es un gesto profundamente generoso”. Y no es para menos, puesto que la convivencia constante con y hacia ellos, me lleva a interesarme por las empresas y las tribulaciones que los llevan a tomar la pluma.

Recordé aquellas palabras cuando llegaron a mis manos los primeros libros de tres jóvenes escritores, cuya incipiente trayectoria se presiente pródiga en sorpresas y talento desmedido, donde ya se evidencia la logística posterior de su carrera en las letras.

(2)

Con un marcado dominio de la forma poética, Deniss Guerra nos presenta en Llanto sin voz nueve poemas y dos relatos donde se evidencian sus inquietudes, la manera en cómo mira el tiempo y las cosas que hacen una ronda en torno suyo, siempre en aras de ganarle al silencio en diversas batallas: Los grandes poemas se dan a cuenta gotas/ en pocas lenguas/ y en muchos menos corazones,/ he allí que la tinta lírica/ y el amor/ no se deben dejar al destino (“Cuenta gotas”).

Consciente de que todo destino termina por contraponerse, la poética de Deniss Guerra no cesa de abrir senderos ni de suscribir dudas (que después de todo develan su milagro y permanencia), y se bate a duelo con el papel, sobre todo, con la escritura. Soy amante de las letras/ no soy dueña, las poseo […] las tomo de nuevo a veces con rabia/ odiando tu silencio, […] (“Ambivalencia”).

En poemas como “Copla de letras secas” y “Semillas de algodón” se halla eco de las Canciones para cantar en las barcas de José Gorostiza (también de poetas ultramarinos como Rafael Alberti y acaso Federico García Lorca, si me corretean un poco); en aras de jugar con el tiempo, se escribe poesía, primordialmente, para ser libre con la vida.

Si en buena parte de sus poemas se delata otro mar (inasible e inmenso, según lo permita la corriente), en los dos relatos incluidos se revelan intuición y experiencia. Para el primer caso, baste un botón: […] El tesoro del desierto es uno de los más anhelados dentro del universo, casi imposible de encontrar pues las adversidades de su escondite limitan las posibilidades de los aventureros a casi ninguna sobre ninguna. Pero allí me encontraba en contadas ocasiones, con caminares pesados y pasos que se hundían en las arenas, con el sol que daba de lleno en mi cara, en mi cuerpo, en realidad me daba de lleno hasta el corazón, deshidratando cada centímetro de mi ser, mientras luchaba contra el mar inmenso de arena y soledad. (“Sabanosos desiertos”). Mientras que, para el segundo caso: Jamás aprobé el curso de mecanografía. Este mundo moderno no necesita más que dos dedos, pulgar izquierdo y pulgar derecho, el resto se vuelven innecesarios en el ejercicio de escribir […] En realidad tomé el curso por una razón: mi editor constantemente me pedía trabajos mensuales para tal o cual revista […] y su brillante frase para animar siempre antes de colgar el teléfono era, “fluye al escribir, déjate fluir” (“Fluye”).

Juntas, intuición y experiencia, componen el engranaje de la técnica, que lleva a la autora hacia otros lares susceptibles de guardar entre el papel y la tinta.)

(3)

Donde brilla más la intuición (pesando paulatinamente en experiencia) es en el Bestiario de las siete creaturas soñadas de Alejandro Rodríguez Castillo, breve volumen de relatos, destellantes de originalidad en cuanto a la descripción de los seres allí conjuntos, ceñidos a una prosa clara y concisa, que lo vuelve más cercanos para quien los lea por vez primera. En medio del camino nocturno me hallé en el bosque de mis sueños, m mente estaba perdida. ¡Cuántas cosas no vi entre ramas torcidas, hojas enormes, tierra casi hecha de agua y un cielo de colores fríos! Un camino surrealista. Sé que están cerca. Las veo. Las escucho. Si ELLOS supieran… están atrás de sus ojos; mas no se atreven… no se atreven… no…

Una tradición milenaria, la confección de bestiarios, encuentra en Alejandro Rodríguez Castillo a uno de sus nuevos exponentes; la brevedad de este libro no es impedimento alguno para que estos siete relatos (dos de ellos, dedicados a las aves) nos sumerjan en el vértigo de sus descripciones, en aras de experimentar el prodigio de su presencia, tal y como sucedió frente a “La Amulieris”: […] La vi cerca de un lago, tirada en el suelo, una figura casi humana descansaba entre la hierba. […] A los pocos segundos fue imposible controlarme, no veía otra cosa que sus ojos de noche perfecta, iris de gerbera azulada, un abismo celeste.

(Pavor, sí, pero también encantamiento, son las reacciones sucedáneas al momento del encuentro; sin embargo, su atmósfera no se pinta de horror, sino de maravilla y prodigio al ser testigo de ello, donde invención e intención cambian de lugar, y pese a que el desconcierto sea el móvil a seguir.)

En manos del autor todo puede suceder, incluso el vértigo de la incertidumbre, a combatir, o al menos dispersar con el siguiente conjuro que Rodríguez Castillo pone frente a nosotros desde la primera página: Yo lo haré. Les diré quiénes son. Será mi pluma, No dejan de hablar. Será mi lápiz.

(4)

Uno de los territorios más susceptibles de incursionar en la literatura, sin duda, es el ensayo, hoy en día, bajo la tiranía del paper académico, dejando muy de lado el prístino espíritu con que naciera hace medio milenio con Montaigne como su primer impulsor. Para fortuna nuestra, en la actualidad goza de cabal salud, dispuesto para el tratamiento de cualquier tema.

En ese empeño, Laura Sofía Rivero Cisneros compone sus Retóricas del presente, siete ensayos cuya finalidad, aparte de exponer sus lecturas del tiempo presente, propone otra manera de acercarse a objetos y situaciones, sin picarse de excesiva erudición o de valerse de “datos duros” como una muralla infranqueable. Mejor dicho, ve al ensayo como un lugar donde las ideas, por muy sonadas y sencillas que sean, permitan decir de otro modo lo mismo.

En “El coloide de los géneros”, nos expresa su visión particular acerca del ensayo; si Alfonso Reyes lo denominó “centauro de los géneros”, para la autora Los géneros parecen estados de la materia: sólido, líquido y gaseoso. El esqueleto argumentativo del ensayo lo convierte en una suspensión parecida al coloide. La elasticidad de su escritura abarca distintas formas, pero sus límites lo mantienen cohesionado […] Por una parte, el ensayo puede tener el rigor del método científico y el sello de la Academia. Por otra, se desborda como el comentario personal que traza su propio camino.

Gracias a esa elasticidad, podemos encontrar originales perspectivas sobre los vecinos, la utilidad de las velas, o del baño como cómplice de la lectura. Temas que, en apariencia, son indisociables de la charla de sobremesa o de la mayéutica del transporte público, los ensayos de Rivero Cisneros, donde quiera se vea, nos pintan de cuerpo entero; quede esto demostrado en su “Elogio a los vecinos”: El vecino es un ser incómodo por naturaleza, basurita en el ojo, etiqueta irritante de la ropa nueva. Sin embargo, existen algunos que por convencimiento abandonan cualquier intento de concordia para tomar el puesto del villano más popular en el condominio. Ellos aceptan el reto de hundir con empeño su reputación, se nombran a sí mismos los líderes de los altercados más fatuos y de las rivalidades más absurdas.

(Paréntesis aparte: una vez que leí el ensayo de marras, recordé una emisión de un programa de tevé, En su tinta, donde Juan José Arreola, Jaime Sabines y Eraclio Zepeda, coordinados por Alejandro Aura, hablaban de distintos temas tomados al azar de un vitrolero. Uno de aquellos temas, precisamente, era “los vecinos”, en cuyas respuestas predominaba el buen proceder de ellos, a pesar de las diferencias. Pero como no es lo mismo Los tres mosqueteros que Veinte años después, sigamos adelante...)

“Retórica de infomercial”, ensayo crítico y punzante, es donde mejor se evidencia el predominio televisivo sobre los sucesos y los actos de la gente, empezando por la dichosa campaña de leer veinte minutos al día, cuyos portavoces, representantes del star system, toman un libro con la misma gracia de un danés agarrando un taco. Para los famosos de televisión sus lecturas diarias se limitan a las etiquetas de los comestibles donde buscan las calorías, los azúcares y carbohidratos. No obstante, con una sonrisa entumecida y tensa, afirman sin desparpajos que los libros son divertidos, propician la imaginación ilimitada y nos hacen viajar sin movernos de nuestro confortable asiento. Así, durante un minuto con escasos segundos agolpan y comprimen la sustancia de la hipérbole a su estado más puro y salvaje.

Dentro de Retóricas del presente hay dos elementos ineludibles por acertados: la coherencia en la exposición de las ideas y el desenfadado estilo en la prosa que hace muy cercanos estos temas al lector. Si algo habría de reclamársele a la autora es la parquedad en cuanto al número de ensayos; sin embargo, el tiempo habrá de obsequiarle nuevos sucesos y objetos hacia donde aplicar su ojo crítico mediante el ensayo. (Claro, con su debida lectura una vez que estén en nuestras manos.)

(5)

Realizada ya la lectura de estas tres obras, no ceso de suscribir las palabras con que inicié estos apuntes; a título personal, no es un deber acercarme a mis contemporáneos, sino un privilegio inmenso, porque sé a cabalidad que, en el panorama actual de las letras mexicanas, una preclara sentencia de Alfonso Reyes, “Todo lo sabemos entre todos”, nos obsequia innumerables oportunidades para seguir ganando batallas a pesar de todo.

            Sobre el quehacer de quienes habrán de transitar por el ancho y ajeno mundo de la escritura, bien vale tomar en cuenta lo que Guillermo Prieto expresó en sus Cuadros de costumbres: “Donde el joven que se lanza a una nueva vía, por mal que lo haga, puede ponerse frente a frente a sus críticos y preguntarles: ¿quién lo hace mejor? ¿Cuál es la herencia que nos legaron nuestros mayores? ¿Qué han hecho esos hombres que sólo murmuran y se llaman a sí mismos los luminares de la nación”.

Desde ahora, confirmo con orgullo saberme colega de tres talentosos e inteligentes colegas, de quienes ya espero con gusto su siguiente libro, al que sabré corresponder con mi generosa lectura. Mi más profunda admiración y el agradecido gesto de un contemporáneo discrónico.

-Deniss Guerra. Llanto sin voz. México, Runa editores, 2015 (Vindrland, 1/5).

-Alejandro Rodríguez Castillo. Bestiario de las siete creaturas soñadas. Ilustraciones de Manuel Guerrero. México, El Nido del Fénix, 2016.

-Laura Sofía Rivero Cisneros. Retóricas del presente, en: Premio Dolores Castro 2016. Poesía, Narrativa y Ensayo escrito por mujeres. Aguascalientes, México, Instituto Municipal Aguascalense para la Cultura, 2016. 


(4/enero/2017)

miércoles, 1 de marzo de 2017

Narrar la memoria

Ulises Velázquez Gil

En el portentoso prólogo de Memorias y autobiografías de escritores mexicanos, antología publicada en la Biblioteca del Estudiante Universitario de la UNAM, Raymundo Ramos nos lanza una sentencia tan certera como incendiaria: Recordar es un arte difícil. Para quienes hacen de la memoria una extensión de la vida y de las letras, lo más difícil no es contar las cosas cómo fueron ni como se recuerdan, sino serle fiel al suceso vivido, cosa que hoy en día no consiguen (ni por tantito) autobiografías complacientes ni testimoniales bisoños.
Sin embargo, de entre toda esa palabrería vuelta estrategia de mercado, autobombo, o signo de los tiempos (imagínense por qué), viene a mi mente una frase latosa cuando de tomar a la memoria como escudo de armas se trata: Yo sólo soy memoria y la memoria que de mí se tenga, proveniente de una de las más grandes novelas mexicanas del siglo XX: Los recuerdos del porvenir de Elena Garro.
Conocida como narradora (La semana de colores, Andamos huyendo Lola, Los recuerdos del porvenir) y dramaturga (Un hogar sólido, El árbol, Felipe Ángeles), a Elena Garro (1916-1998) no le eran ajenos otros géneros, como la poesía (recientemente reunida y publicada bajo el cuidado de Patricia Rosas Lopátegui), el periodismo (entrevistas y reportajes a diestra y siniestra) y el ejercicio memorialista, es decir, su incursión en el campo donde lo difícil no es recordar, sino serle fiel al recuerdo.
En la segunda mitad de los años 30, en México, varios escritores y artistas agrupados en la Liga de Escritores Antifascistas Revolucionarios (LEAR) fijaron su mirada hacia España, en aras de ofrendarle su talento y su pasión a favor de una empresa de buenas razones y muchos amores llamada Segunda República Española, en ese momento endeble por la guerra civil donde los bandos republicano, fascista y monárquico se arrebataban el porvenir del país. Ante ello, voluntarios de diversas partes del mundo (agrupados en las llamadas Brigadas Internacionales) se integraron al frente republicano para reforzar sus defensas. Y aunque fue notable la participación en el ámbito bélico, digno también es de resaltar la participación en el campo intelectual y artístico, tal y como lo demostraron los representantes mexicanos de la LEAR, como Juan de la Cabada, Silvestre Revueltas, Fernando Gamboa, David Alfaro Siqueiros, y dos jóvenes de talento explosivo: Octavio Paz y Elena Garro.
De prosapia ibérica por vía paterna, Elena Garro encontró en la España de la guerra civil tanto personajes interesantes como sucesos inusitados, de los que da fe en un señero volumen llamado Memorias de España 1937 (México, Siglo XXI, 1992), hasta el momento el único de sus libros dedicado exclusivamente al ejercicio de la memoria. (Más lo que se acumule en aquel baúl con esencia felina resguardado por la Universidad de Princeton.)
Conformado por dieciocho capítulos, Elena Garro nos comparte su experiencia y sus andanzas por Madrid, Valencia… y el campo de batalla. En aquellos días yo era menor de edad, en España había una guerra civil y en México se daban de bofetadas en la calle los partidarios de uno y otro bando. Los mexicanos acudían a la embajada española para enrolarse en el ejército español. “Sí, sí, pero ¿en cuál bando?”, preguntaban los funcionarios. “En cualquiera, lo que quiero es ir a matar gachupines”, contestaban. Al menos eso se decía… […]
En ese momento, una joven cuya vida se repartía entre la danza contemporánea, el teatro y una inmensa (e intensa) pasión por la lectura, no sabría el giro que habría de dar su vida en ese atribulado 1937 en España. El viaje a España fue feliz. Yo, sin saber cómo ni por qué, iba a un Congreso de Intelectuales Antifascistas, aunque yo no era anti nada, ni intelectual tampoco, sólo era estudiante y coreógrafa universitaria. El barco inglés “Empress of Britain” era imponente y el capitán me mandó flores a la mesa, porque Nicolás Guillén y Juan Marinello hicieron correr la broma de que yo era una estrella rusa de ballet, que viajaba de incógnito. “La Pacecita tiene madera de artista”, decía Juan Marinello, a quien yo, por majadera, llamaba Juan Martinelo, pues siempre hablaba de Martí…
Estrella rusa del ballet, inglesa de cascos ligeros, ¡agente secreto, estilo Mata Hari!... Por epítetos y adjetivos, no paraban sus compañeros, y de cierta forma le “ayudaban” a conseguir cigarros Lucky Strike, o al menos un trato menos difícil cuando se vivía a salto de mata.
Pese a las circunstancias que le rodeaban, es decir, con la política como el pan de todos los días, para Elena su viaje a España fue una enorme oportunidad para ir más allá del charco atlántico, donde París, Francia, le era más interesante que la causa republicana enarbolada por sus coetáneos, como los cubanos arriba mencionados y un Alejo Carpentier tan lejos de Cuba y tan cerca de los Campos Elíseos, a los que les augura un mal destino andando el tiempo.
Una característica de la obra elengarriana, según Emmanuel Carballo, es la inclusión de personajes reales en su narrativa, a guisa de homenaje, o para consumar una vendetta literaria. (En Los recuerdos del porvenir se pueden encontrar ambas: por un lado, Ixtepec, pueblo donde se desarrolla la novela, remite a la Iguala de su infancia, y por el otro, convierte en boticario al poeta y traductor español Tomás Segovia. Un cuento de La semana de colores está protagonizado por Eva y Leli, a primera vista, Elena y su hermana Devaki cuando eran niñas.)
Dentro de los linderos de la memoria, los personajes reales aparecen sin filtro, es decir, tal y como se dejaron ir en el tiempo. De los más entrañables que aparecen en Memorias de España, están el narrador campechano Juan de la Cabada y los poetas españoles León Felipe y Luis Cernuda, de quien tenemos la siguiente estampa: En Valencia, cuando me escapaba a la playa, veía todos los días a un inglés tendido sobre una toalla blanca y con un bañador azul. […] No fue él quien me dirigió la palabra, fui yo: “¿Usted es inglés?” “No, soy español.” “Pues tiene un color más bonito que el mío”, dije. “Es que hace más tiempo que vengo a la playa”, contestó. “Yo casi no puedo venir. Estoy casada con un poeta y a esa gente no le gusta el deporte…”, dije. El joven rubio enrojeció aún más: “Yo también soy poeta, me llamo Luis Cernuda”, dijo. Casi no supe que decir, pero vi que era verdad que Concha Albornoz era su única amiga. Concretamente, con Juan de la Cabada logra una fuerte amistad mientras transcurre el viaje por España; además de “vigilarlo” por encargo de los “camaradas” para que escribiera su “Taurino López” (uno de sus mejores cuentos), con De la Cabada improvisaba romances jocosos para que el trayecto hacia otros frentes fuera menos pesado. Y qué decir de León Felipe, cuya mirada no cesaba de sorprender a Elena. (Seguro que ya presentía el carácter melancólico de su ulterior poesía…)
-¿Qué pasa, León Felipe?
-Me duele España, chiquilla, me duele…
También a mí me dolía.
(Esa dolencia persistió tres décadas después, como transterrado, en la tierra natal de su colega más joven.)
Así como en varias páginas de Memorias de España Elena Garro expresa (y critica) la pasión política y el fervor por defender a una nación desvalida, también aparecen claras muestras de solidaridad con los suyos, como Silvestre Revueltas, más dejado a su suerte que ella, donde el alcohol y la presión de los “camaradas” para componer su México en España (himno de los combatientes mexicanos en el frente de batalla), fueron dos factores que delimitaban su infortunio. Cuando Elena le muestra las dos capas que compró con el dinero que le diera Paco Picos, un amigo de Madrid, Revueltas le pide que le preste una para cuando éste diera un gran concierto en México; Elena ofreció obsequiársela llegado el momento. ¡Pobrecito Revueltas!, para él no hubo milagros. En México, cuando iba estrenar El renacuajo paseador mi capa no le sirvió de nada, pues la noche del estreno se murió de pulmonía. ¡Así es la vida! Él, el artista más pobre, que no tuvo ni para comprarse un abrigo en España, por lo que armé un escándalo con los compañeros cuando propuse que cotizáramos todos para comprárselo, tuvo en su entierro coronas de gran lujo.  Con la mitad de una se hubiera podido comprar un abrigo magnífico en Madrid. Ante su tumba abierta estaban todos los intelectuales que nunca le resolvieron sus problemas, excepto Juan de la Cabada.
Una peculiaridad primordial de Memorias de España 1937: decir las cosas por su nombre. Ante la muerte de Revueltas, ella se indigna por la poca consideración de sus colegas hacia el compositor, y páginas sobran donde Elena crítica la poca congruencia de los intelectuales hacia sus propios colegas. (En ese sentido, hubiera tenido en José Revueltas, hermano de Silvestre, a un afortunado aliado en esos empeños, pero la política de su tiempo encerró a uno y expulsó a otra.)
Dentro de la obra de Elena Garro, ¿qué lugar ocupa Memorias de España 1937? Frente a sus “hermanas” novela, cuento, nouvelle y poesía, el ejercicio memorialista entrega nombres y apellidos reales, sin que el tamiz de la ficción les otorgue otro brillo. Aquí Elena no se anda por las ramas en cuanto a homenajes y vendettas, sino que al retratar a sus contemporáneos, los justiprecia mejor. De la Cabada, Revueltas, León Felipe y Cernuda, genios en estado puro; Siqueiros, Alberti, Paz, destellantes e incendiarios. Sobre este último: Los mexicanos siempre compadecieron a Paz por haberse casado conmigo. ¡Su elección fue fatídica! Me consuela saber que está vivo y goza de buena salud, reputación y gloria merecida, a pesar de su grave error de juventud. (Por todas las peripecias que les tocó en suerte vivir, su vida sería algo más que una novela… eso creo.)
Frente a libros como Paños menores de Gerardo Deniz y el díptico memorialista de Andrés Iduarte, Un niño en la Revolución mexicana y El mundo sonriente, Memorias de España 1937 sobresale por una prosa sin concesiones, donde cada nombre (presencia, diríase) busca su lugar correspondiente dentro de la historia (con y sin mayúscula inicial). Muchos de los personajes (todos, inclusive) aparecen allí con defectos y virtudes, y eso los vuelve interesantes a nuestros ojos (porque los integérrimos, como decía Javier Garciadiego, no nos interesan para nada).
Con todo, y en pleno fervor centenario (que para Elena Garro viene a ser una indispensable redención), parafraseo a Jorge F. Hernández al decir que hoy debe nacer el próximo lector de Elena Garro; uno al que le queden guangos todos los prejuicios, y se quede con la obra, sin más ni más, porque, después de todo, para narrar la memoria siempre habrá ocasión, porque si el acto de recordar sigue siendo un arte difícil, una vida como la de Elena Garro por sí sola sobrepasa ese paradigma. (Sin duda alguna.)

[Versión ligeramente modificada del texto leído en la mesa redonda Elena Garro: El despliegue de una partícula revoltosa, el 27 de septiembre de 2016 en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán.]
(28/septiembre/2016)

miércoles, 15 de febrero de 2017

Iluminación e itinerario


Ulises Velázquez Gil

Una frase que solía repetir de memoria el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón es la siguiente: “Yo aprendo más de un joven compañero que de un viejo maestro, y un viejo maestro aprende más de un joven compañero que de otro viejo maestro”. En la literatura como en la vida, la convivencia con nuestros contemporáneos deriva hacia dos escenarios: el llamado y el aprendizaje; para el primero, la conciencia de la vocación postrera, mientras para el segundo, la persistencia frente a las cosas que salen a nuestro encuentro. (Para ambos casos, todo se resume a una retroalimentación constante.) 
Una institución mexicana donde mejor se conjugan llamado y aprendizaje, sin duda, es El Colegio Nacional, en cuyo postulado, Libertad por el saber, se generan caminos hacia diferentes campos del saber: de las ciencias (exactas, naturales y sociales) hacia las humanidades y las artes, y viceversa. Al momento de recibir a un nuevo integrante en sus filas, dicho postulado recobra un proteico significado.
Para el caso del académico y escritor Vicente Quirarte, ingresar a tan insigne institución conlleva –como en uno de sus héroes de infancia– una enorme responsabilidad; pero cuando llega el momento de presentar su lección inaugural, tal parece ser lo contrario. Y en El laurel invisible esto de nota a todas luces: Quien contribuye a fortalecer el conocimiento sabe que la página escrita mañana o el futuro hallazgo en el laboratorio aspiran a tener menos imperfecciones que los descubrimientos de ayer. Los ritmos de la creación y la investigación en cada uno son diferentes e imprevistos, pero el pensador auténtico sabe que la tarea no termina y está siempre postergada. Concluido un deber, nos espera el estímulo del siguiente: con la misma precisión del albañil al levantar un muro.
En el fragmento arriba citado, Quirarte asume que el conocimiento (el saber) se halla en constante proceso, sea para aumentar datos, sea para cambiarlos. Lo que marca la diferencia es la actitud al afanarse en esos empeños; en otrras palabras, la juventud en cuanto idea de vida: […] un viaje al país de los años verdes, donde todo se decide, con atisbos a otro dominio más lejano en el tiempo y el espacio: el de la infancia donde la alquimia es aún más sutil pero sus consecuencias, definitivas. Un viaje cada día más lejano y paradójicamente más próximo.
Sin embargo, la travesía del joven no suele ser la más halagüeña (pese a tener “una cabeza repleta de sueños”, igual que una canción del grupo británico Coldplay), pero sus armas para afrontar el mundo poseen otra naturaleza. Nadie tan solo como el joven. Nadie tan acompañado, aunque lo pueblen ausencias y fantasmas. Los jóvenes de los que se ocupa Quirarte ejercen la escritura en toda suerte de trincheras, donde la “burocratización” del trabajo creativo (“escribir lo que se hace en vez de lo que se desea”) se procura evitar. Sobre la argonáutica del grupo Contemporáneos (tema de otras disertaciones académicas, por cierto) dice lo siguiente de sus tripulantes: Habrán de librar batallas semejantes contra sí mismos y contra la mezquindad de su entorno. Sin embargo, sus armas para el combate perdurable, el de la poesía que vence al tiempo, serán tan diferentes como sus personalidades.   
Otro aspecto a señalar de El laurel invisible es la forma cómo la juventud se manifiesta en el oficio creador de sus ejecutantes: En siglos anteriores el promedio cronológico y la calidad de vida eran menores que ahora […]. Escritores como Rubén Bonifaz Nuño, Rosario Castellanos, Juan José Arreola y Salvador Elizondo urdieron sus obras fundacionales en la plenitud del treintañero que no se cuestiona el mañana, sino se afana en el día presente. (Dicho sea de paso, en las obras de ellos todavía podemos leer esa mirada prístina, susceptible a nuevas lecturas, donde la que parece ser la última palabra sea sólo el encantamiento de la primera letra, quizá la definitoria.) Cada nuevo libro es como el primero, pero nada se parece al temblor inicial de sentir el pensamiento transfigurado en letras. Tras haber incidido en el cuerpo del lenguaje, las palabras se incrustan con tinta en la blancura.
Una anécdota que suele recordar el chileno Antonio Skármeta cuando Pablo Neruda recibió de él su primer libro de cuentos: “Todo primer libro de un escritor joven es bueno. Mejor esperemos el segundo”. Cuando el escritor joven sabe que su ópera prima ya es una hazaña por sí sola, sin embargo, dicha proeza carecería de sentido si no se halla en el texto una empatía hacia lo que se es con lo que se desea expresar: No se escribe para los jóvenes pero ellos son los mejores jueces y lectores, los más proclives a acudir al conjuro del desastre. Pero cuando éste llega al joven para sumirlo en una pesadumbre, abulia o zona de confort, el mejor remedio es tirarse a matar contra el tiempo y guardar algo de fuerza para empresas venideras, porque La congruencia, la lealtad y la victoria sobre uno mismo no son tarea fácil. O como José Emilio Pacheco sentenció en pocos versos: Ya somos todo aquello/ contra lo que luchamos a los veinte años.
(Paréntesis aparte: en mis mocedades universitarias, me repetía a voz en cuello no dejarme llevar por la premura del tiempo presente, es decir, que un buen texto se escribe despacio, con cada cosa en su lugar. Hoy día, en plenitud de mi tercera década, sigo sosteniendo lo mismo, pero cuando se tiene una columna –literatura bajo presión– no cesa uno de descubrir las maravillas del maquinazo. Quizás.)
Casi en la recta final de El laurel invisible, Quirarte hace énfasis en una palabra solar e imbatible: plenitud, misma que se encuentra en la felicidad de darse a los otros, de recibir y compartir al unísono un hallazgo nuevo, el redescubrimiento de un lugar antes visitado (pero jamás explorado, que lo vuelve más interesante aún), sobre todo en esa conversación con el mundo, expresa en el arduo arte de leer a nuestros contemporáneos. Quienes tenemos el privilegio de estar cíclicamente en el aula contamos con un juez y un defensor infalibles: el alumno que con su ejemplo nos obliga a sentir y pensar doblemente. Obras de jóvenes ya están fundando este siglo XXI […].
En estos tiempos, donde la realidad es mera utilería y se adolece de buenas ideas, digno es recordar esto: El secreto no es ser joven sino mantener la juventud, la inconformidad ante la vida que no prospera, la frase mal articulada, el proyecto superior al pensamiento. Si nuestros epígonos del ’68 parisino pedían lo imposible en aras de ser realistas, le sentencia anterior es el modus operando para ejercer la juventud en lugar de llevársela puesta, como aconsejaba la primera actriz Ofelia Guilmain.
En suma, ¿dónde radica la importancia de El laurel invisible? Desde antaño, un discurso tiene la toral misión de conminar a quien lo escuche para tomar una postura y así se enfrente a la vida misma. Este libro de Vicente Quirarte, a guisa de profesión de fe, nos otorga iluminación e itinerario para enfrentar los embates del tiempo presente, presa de espejismos y de palabrerías. Y para estar en buena sincronía con la obra quirartiana, debe leerse a la par que Los días del maestro, y de esta manera comprender mejor sus claves de ruta.  
No cabe duda que en la literatura como en la vida, aprender de los jóvenes compañeros es indispensable, pero hacerlo a la par que ellos, meramente necesario. (Ustedes ¿qué piensan?)

Vicente Quirarte. El laurel invisible. Discurso de ingreso. México, El Colegio Nacional, 2016.

(12/octubre/2016)

miércoles, 1 de febrero de 2017

Desafiar la realidad

Ulises Velázquez Gil

En alguna entrevista, el historiador michoacano Luis González y González confesó que no leía novelas por una sencilla razón: la Historia es la mejor de todas. Si suscribimos esa apreciación, no cabría la menor duda que hay sucesos y personajes que rebasan los linderos de la ficción; sin embargo, en aras de comprender mejor los vaivenes de la historia, nada como la novela, donde mejor se ven las vidas sujetas a su influencia. Y cuando la novela en cuestión tiene como eje principal la política del tiempo presente, dicho vaivén se vuelve digno de interés.
Para el caso de Punto de quiebre de Cristina Liceaga, tanto el escenario político del momento como la fuerza que ejerce éste sobre sus personajes, se nota muy cercana a nosotros, lectores del México de los últimos veinticinco años; mucho más en la vida de una pareja de jóvenes reporteros, Mercedes Tirado y Matías Alcocer, cuyos sueños y pasiones juegan en dos canchas simultáneas, donde la política del amor pierde varias partidas frente al amor por la política.
Es julio y el alma cae sobre el pavimento mojado. A cuentagotas. La calle está casi vacía. Nadie sonríe ni me mira de frente. Mucho menos festejan como hace doce años, cuando las calles se llenaron de anhelo. Ahora sólo puedo sentir la tristeza. Asfixiarme de ella. La historia es cíclica y el engaño también, como Matías. Desde este fragmento proveniente del inicio de la novela, encontramos que en la política como en el amor, se reincide a cada paso, aunque uno se aferre a contraponer los destinos al alcance de la vista.
Mercedes y Matías viven dos historias iguales: su incipiente desarrollo profesional -reporteros del diario La República- y su relación de pareja -también incipiente, hay que reconocerlo-, donde un juramento bajo el Ángel de la Independencia sería tan fuerte como los votos frente al altar (o al menos, eso es lo que parece):

-México va primero, Mercedes. Nuestra ética también. Nunca vamos a traicionarnos. Prométalo, señorita […].
-Prometido. Que el padre Hidalgo sea testigo de honor […] Alcé la palma derecha en señal de juramento y le mordí la boca para sellar el pacto de ésa, nuestra pequeña revolución del ’94.
-Y si me fallas, ¿qué hago? ¿Te afilio al PRI? -Matías me desordenó el pelo.
-Fácil, quien traicione se va… Y se afilia al PRI -mi risa se desgajó en su nuca.
-Olvídalo, jamás podríamos ser priistas. Ven acá.

Sin embargo, cuando la historia (con hache mayúscula) quiere hacer de las suyas, pone frente a nosotros dos cosas muy peligrosas, según se vea: libertad y poder. Mercedes eligió la primera, porque en aras de su ulterior desarrollo profesional (bastante definido, incluso antes de conocer a Matías), cambió un atractivo curso en Italia por los engaños de Matías, quien le mal aconsejó al elegir una nota relevante para el periódico: en vez de una malversación de fondos gubernamentales, él la convenció de optar por el paso de un huracán, cosa que no le agradó del todo al editor en jefe. Con ese acto, Matías comenzó su devaneo con el poder, que lo habría de llevar de la izquierda militante del periodismo a las relaciones públicas del Partido Acción Nacional en tiempos de guerra (digo, de campaña). Pese a que en Italia le iba de maravilla a Mercedes (cursos interesantes, gratas amistades, un amor inmensamente intenso de nombre Lorenzo), el bellaco de Matías secuestra sus pensamientos: Me enamoré. Con él me sentía protegida, fuerte. Podía ser yo. Sin ningún tipo de juicio. La mujer que sembró Matías acabó de germinar en Lorenzo; menos preocupada por los convencionalismos sociales, más independiente. Él era mi referente, lo que me ataba a Italia. Cuando terminé el curso de periodismo, conseguí otra beca para estudiar un master en Ciencias Políticas. No regresaría a México. ¿Para qué? Viviría acunada en Lorenzo.
En este punto, hay un elemento digno de resaltar en Punto de quiebre: la relación epistolar entre Mercedes y Matías suscitada por medio de Facebook; mientras ella se aplica a la reconstrucción de ella misma -amorosa y profesionalmente-, Matías, por el contrario, le vende la idea del cambio, empezando por integrarla a un círculo de gente empeñada en consumar el cambio político en México, tan deseado por ambos desde aquel juramento en conocido monumento. ¿Qué sucedió, entonces? La libertad italiana fue relevada por el poder de la traición.
La transformación de corresponsal en Europa a figurante del poder, recae en Mercedes a lo largo del capítulo tres, “Transición”, como un intrincado laberinto, pues llevada por la esperanza de proseguir esa apasionada historia de amor con Matías, es víctima de los abusos de éste, quien, obnubilado por el poder, se deshace en nuevas traiciones, incluso la infidelidad, descubierta por ella cuando su pareja se ahoga en un mar de alcohol. Además, el partido para el cual trabajan, el PAN, por aquellos días se ve como un avatar de la esperanza:

-Desde marzo estoy en Comunicación Social. La radio me aburría. Acá estoy bien, en la grilla. Es lo que me gusta. Si ya sabes, ¿pa’ qué preguntas? -Matías y sus chistes eternos.
-Me alegro por ti, pero ¿panista? No me chingues, Matías, ¿cuándo diablos te volviste panista? -me quebraba de deseo.
-Y qué querías, ¿qué acabara en el PRI? ¿Qué pasó? -sus ojos se clavaron en mi boca.
[…]
-Estás loco -sentencié, casi quebrada. -Pensé que lo nuestro era combatir al dinosaurio desde la sociedad civil, desde el periodismo, como alguna vez lo prometimos.
   
Por segunda vez, Mercedes cayó presa del tóxico encantamiento de Matías, pero los excesos del foxismo en las altas esferas del poder fueron el cable a tierra para retomar el buen camino, pero… […] Eres como toda buena mexicana, Mercedes: perdonas y aceptas mil veces a pesar de todo; no importa si quien te miente es tu pareja, tu amigo o el gobierno.
La ansiada redención de Mercedes llega cuando ella, en su firme apoyo a Josefina Vázquez Mota para llegar a la presidencia, ve su ilusión hecha trizas cuando recibe de Matías una increíble noticia: su candidata ya estaba derrotada, y él, para evitar la debacle, ¡votó por el PRI!, lo cual no fue del todo halagüeño para ella. Muchas cosas le había perdonado, pero elegir el regreso del PRI a Los Pinos, era la traición más fuerte de todas. (Después de todo, en política uno termina por equivocarse.)
Con todo, ¿por qué leer Punto de quiebre? Para sacudirse las taras del entorno actual, sea cual sea la preferencia partidista (que poco importará, después de todo); además, la cuidada prosa y el amor al detalle que prodiga Cristina Liceaga en cada párrafo nos lleva a vivir y a sufrir los embates de su protagonista, Mercedes, pero que a su vez nos pone frente a un gran dilema: ¿es posible conservar la lealtad hacia sí mismo, a pesar de los vaivenes y tentaciones del tiempo presente? Sin lugar a dudas, es posible, y más cuando el espejo de la ficción nos muestra una imagen susceptible de mejorar, donde el empeño de desafiar la realidad conduzca de mejor manera nuestros impulsos y estrategias. En este sentido, veo en Cristina Liceaga un legado de congruencia literaria, que señeras y talentosas escritoras como Virginia Woolf y Elena Garro defendieron hasta el último aliento.
No hay duda, la Historia es la mejor de todas las novelas, pero “una sola vida no basta para olvidar una historia que vale”, como dice Laura Pausini en una de sus canciones. De ustedes dependerá que así lo sea. (De verdad.)

Cristina Liceaga. Punto de quiebre. México, Acribus editorial, 2016. (Novela contemporánea)

(19/octubre/2016)

miércoles, 18 de enero de 2017

Historia de primera plana

Ulises Velázquez Gil
  
De acuerdo con Luis González y González, existen dos tipos de historiadores: los de pala y los de pluma. Los primeros se encargan de las instituciones y de quienes las llevaron a efecto, mientras que los segundos se enfocan a los personajes del ámbito cultural, o que hicieron de la página escrita su campo de batalla. Sin embargo, cuando se trata de historiar un periódico de toral presencia en la vida de un país, en algún momento se entrecruzan palas y plumas, muchas de las veces cambiando de lugar, según los vientos del momento.
En este peculiar empeño, Arno Burkholder, clionauta a diestra y siniestra, nos entrega en La red de los espejos. Una historia del diario Excélsior, 1916-1976, sus encuentros (y desencuentros) con un periódico que fue determinante en la vida de la prensa mexicana del siglo XX, pródigo en sucesos y en personajes interesantes, sin adjetivos complacientes y poco halagüeños: suerte de microhistoria del llamado “diario de la vida nacional”.
A través de cinco capítulos, Burkholder pone frente a nuestros ojos el nacimiento, desarrollo y declive de un periódico que desde el primer día ya sabía hacia dónde forjar camino, susceptible al cambio andando el tiempo. En casi un siglo de existencia han sido muchos los temas que ha tocado Excélsior. Sin embargo, de su historia se sabe relativamente poco. Y lo que se sabe se ha concentrado en un incidente ocurrido en la segunda mitad de la década de 1970. [Esta historia] rescata el surgimiento de Excélsior, sus conflictos con el Estado, la consolidación del periódico y la gestación de problemas que provocaron el estallido de 1976.
Para el primer capítulo, “El periódico que llegó a la vida nacional”, el autor expone tres escenarios importantes: la figura de Rafael Alducin como “padre fundador” del diario (quien aplica las enseñanzas adquiridas en su juventud cuando transitó por El Imparcial, de enorme presencia durante el Porfiriato), el “estira y afloja” entre Excélsior y su competidor más cercano (en geografía citadina y cronológica), El Universal, siempre a la caza de lectores… y de apoyos por donde uno llegue a voltear, y la transformación de Excélsior en una cooperativa donde sus integrantes marcaran el ulterior destino del diario. El momento en el que nació Excélsior es fundamental para la historia del periodismo mexicano del siglo XX. A partir de entonces el carácter empresarial determinó la línea editorial y las posiciones políticas de los medios escritos en México. El “periodismo artesanal y combativo” que existió durante la etapa armada de la Revolución cedió el paso a grandes organizaciones (herederas del periodismo industrial de finales del Porfiriato) interesadas no sólo en la información política, sino también en generar ganancias mediante la publicidad.
Digno también es de rescatar el suceso fundacional de Excélsior cuando el 18 de marzo de 1917 salió su primer número entre tardanzas en la impresión y rechiflas por parte de los voceadores de entonces; podría decirse que este suceso –digno del anecdotario– sea la “metáfora” de cómo el periódico habría de conducirse en años posteriores. En este sentido, bien vale mencionar el papel que tuvo Plutarco Elías Calles para que el periódico pasara, de los números rojos, a volverse una cooperativa, donde otra historia –truculenta, al fin– se tramaría con el tiempo.
En el segundo capítulo, “Los años de la ‘familia feliz’”, lo que en apariencia era un diario comprometido con informar los sucesos del mundo actual, en su interior se manejaba una red de prebendas, conveniencia gubernamental e intereses “en lo oscurito”, donde […] el Estado mexicano aplicó cuatro estrategias para controlar a la prensa: el monopolio de la venta de papel a bajo precio, que impedía que los periódicos escribieran aquello que fuera inconveniente para el gobierno […]; la creación de un Departamento Autónomo de Prensa y Propaganda […]; los apoyos económicos brindados […] por medio de Nacional Financiera […], y, por último, las “ayudas económicas” (mejor conocidas como “igualas”, “embutes” o “chayotes”) que recibían los reporteros de parte de su fuente.
Ante este panorama, los más de treinta años que comprende este capítulo no estarían completos sin la presencia de dos figuras preponderantes de Excélsior: Rodrigo de Llano y Gilberto Figueroa, quienes llevaron las riendas del periódico –tanto en imagen y sana distancia gubernamental como en su engranaje, dentro y fuera de la cooperativa. Entre 1934 y 1963, la línea editorial de Excélsior, consistió en apoyar al Estado mexicano al ejercer cierta crítica ante su actuación y en atacar ferozmente a todos aquellos elementos que no congeniaban con la línea rectora del país. Y no era para menos, porque si se buscaba armonía con el gobierno en turno, se debía a que dentro del diario se ejercía bien a bien, y ello se notaba sobremanera en las fiestas de aniversario, cada 18 de marzo, donde primaba “la concordia entre los socios”. Pero como en toda familia persisten “los hijos rebeldes” (entre éstos, Manuel López Azuara, Eduardo Deschamps y Julio Scherer), quienes buscaban ser escuchados y, por ende, seguir el dictado de su conciencia. (La respuesta del “padre” director: suspenderlos por 15 días.)  
Sucesos como el anterior, aunados a los beneficios adquiridos por su estrecha relación con el gobierno, son el punto de partida del tercer capítulo, “Problemas en el paraíso”, donde la dupla que condujo con rienda firme al Excélsior (De Llano-Figueroa) comenzaba a difuminarse para darle espacio (y polémica certera, de pilón) a otros grupos e individuos ávidos de conducir el diario.  Lo que caracterizaba a estas dos facciones era la separación generacional, su formación académica y profesional, y sus intereses políticos y personales. Debido a esta fractura, desde 1965 Excélsior perdió la estabilidad que lo había caracterizado anteriormente. A partir de entonces una nueva generación se hizo cargo del diario, lo que provocó que un importante número de cooperativistas fuera obligado a abandonar el periódico por haber apoyado al grupo “perdedor”. (Y ante este panorama, el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz buscó darle poder a uno de los grupos en pugna más afín a sus intereses.)
En este periodo, la figura de Manuel Becerra Acosta, uno de los socios de mayor antigüedad en la cooperativa (a cuyo seno se juntaron jóvenes luminarias como Manuel Becerra Acosta Jr., Alberto Ramírez de Aguilar, Regino Díaz Redondo y Julio Scherer) fue importante dentro de un medio pleno en acendradas polémicas, por dos razones: recordarle al diario (y a sus integrantes, cabría decir) el espíritu con que surgió Excélsior en el panorama periodístico en México, y por prepararle este medio a una plétora de jóvenes pares, quienes lo llevarían hacia el sendero de la modernidad. La muerte de Becerra Acosta consolidó los cambios que el diario estaba sufriendo desde 1962 y permitió que los jóvenes que lo habían apoyado durante la crisis de 1965 “heredaran” el periódico. Sin embargo, el problema fundamental –la división de la cooperativa– no se había solucionado […] (Y luego con la política del momento, se venían años difíciles…)
En “El Olimpo fracturado”, cuarta escala de La red de los espejos, ya nos encontramos con un nombre harto conocido en el medio periodístico (que a más de 40 años de distancia, sigue como el Cid Campeador): Julio Scherer García y sus compañeros formaban parte de una amplia corriente que ya había participado en la construcción del nuevo Estado mexicano luego de la Revolución, pero que cuestionaba la forma en la que se había consolidado a partir de los años cuarenta. Con la llegada de Scherer a la dirección, llegaron nuevos aires críticos, presentes en la sección editorial (donde brilló la pluma de don Daniel Cosío Villegas, por ejemplo), se apoyó la publicación de una revista de altos vuelos culturales como lo fue Plural (bajo la dirección de Octavio Paz) y se cancelaron otras que nada tenían que ver con el nuevo rumbo del diario (Magazines de Policía y ¡Ja-Já!), así también como darle a noveles reporteros como José Reveles y Carlos Marín un lugar donde comenzar su periplo periodístico, entre otras cosas.
Sin embargo, la relación con el poder exigía su lugar de antaño frente a esta nueva época, por lo cual era de esperarse que el poder en turno apoyara a la facción “perdedora” dentro del diario, y lograr la debacle de Scherer y sus cercanos, consumada el 8 de julio de 1976 (suceso que precedió a una nueva empresa informativa llamada Proceso).
Por último, en “La memoria, el olvido y el futuro”, Arno Burkholder hace un balance de los sucesos ocurridos después de la fecha de marras, haciendo énfasis en las publicaciones donde se documenta una parte de la historia reciente del diario Excélsior. Pero también nos hace ver que un periódico de altos vuelos fungía como el termómetro de una sociedad en busca de rumbo y destino, con miras a una mejor lectura del tiempo presente. En una palabra: […] es un buen reflejo del país entre 1916 y 1976: una empresa formada por un joven que se basó en la estructura periodística consolidada durante la última etapa del Porfiriato, que cruzó hacia el nuevo siglo en medio de una revolución que construyó un nuevo Estado mexicano. Tanto al país como a Excélsior les tocó sufrir la aplicación de nuevas medidas que tenían por objeto asegurar el predominio de una nueva clase política y en ese momento surgió una generación de periodistas que dominó la prensa mexicana hasta los años sesenta.
¿Por qué acercarse a La red de los espejos. Una historia del diario Excélsior, 1916-1976? Si la respuesta inmediata es para conocer un periódico de toral presencia en la vida diaria de México, es correcto; si respondemos que para entender las relaciones entre los medios informativos y el poder, también habremos acertado. De cualquier manera, existe una tercera y fuerte razón: descubrir los sucesos y las personas que, día tras día, construyeron un estilo propio de hacer periodismo, desde las rotativas hasta la redacción. En tiempos donde hoy se privilegia el rumor y la exageración, una historia de primera plana es indispensable de conocer, y más aún para las nuevas generaciones de periodistas, comunicólogos e historiadores (no precisamente en ese orden), en aras de comprender mejor su misión y no dejarse avasallar por los espejismos del trending topic (ineludible, a pesar de todo).
Esperemos que esta microhistoria de un gran diario suscite una continuación (como en las buenas sagas), o por lo menos, una revisión desde la trinchera de los lectores. Así, lo demás vendrá por añadidura. (Sea, pues.)

Arno Burkholder. La red de los espejos. Una historia del diario Excélsior, 1916-1976. México, Fondo de Cultura Económica, 2016. (Comunicación)

(9/noviembre/2016)