miércoles, 21 de septiembre de 2016

Recoger los pasos

Ulises Velázquez Gil

Una de las escenas más memorables de La mirada de Ulises, película de Theo Angelopoulos, es cuando el protagonista –interpretado por Harvey Keitel– llega a la casa familiar y se une a un interminable baile de Año Nuevo durante la ocupación alemana, donde al final toda la parentela (entre ausencias y presencias) aparece completa en el retrato de familia. En la literatura como en la vida, hay autores que siempre salen en la foto, mas no con el valor justo que les corresponde. Sin embargo, muy pocos sobrepasan tiempo y espacio, y su imagen –lejana o cercana, según se vea– es más clara que nunca. 
Para el caso del poeta jerezano Ramón López Velarde, esta condición es notoria a todas luces; entre biografías, estudios críticos y antologías de su obra, en empeño de tenerlo a la vista es ineludible, con todo y sus claroscuros. Con un cuidado ojo detectivesco, Fernando Fernández nos entrega Ni sombra de disturbio, libro donde expone sus encuentros y desencuentros con la vida, obra y milagros de López Velarde, así también con la época y sus contemporáneos, sin dejar de lado la presencia señera del autor de La Suave Patria.
Compuesto por cinco ensayos, Ni sombra de disturbio explora distintos territorios por donde se conduce la obra velardiana. Desde la temprana producción literaria del zacatecano hasta la historia secreta de uno de sus poemas harto conocidos, pasando por la microhistoria de un colega transatlántico, Fernando Fernández pone ante nuestros ojos el engranaje secreto de esas acciones, tal y como se ve en el primer ensayo, “Retrato del primer López Velarde”: ¿Cómo es el primero López Velarde, en quien ha prendido con fuerza la vocación literaria? Se trata de un talentoso joven provinciano que está al tanto de lo que se publica en México y en buena parte de España e Hispanoamérica. Enamoradizo y creyente, expresamente hace suyas las palabras con que se describe el Marqués de Bradomín y dice que también él es “feo, católico y sentimental” […] Aunque es evidente la pasión con que vive y piensa, suele ser contenido y prudente.
Esta contradicción entre el ser y el hacer de López Velarde, lleva al autor a develarnos la trayectoria evolutiva de un escritor en fase de serlo a plenitud. En este punto, y apelando al lugar común acuñado por Octavio Paz de que los poetas, mas que biografía, tienen obra, no ceja en explicaciones ni en (posibles) teorías sobre el reverso de la trama poética. Como, por ejemplo, la muerte: La muerte va a estar muy presente en la vida del poeta, de diversas maneras: su padre fallecerá tres años después de la escritura del poema, a fines de 1908, y su tío sacerdote, Inocencio, va a ser sacrificado durante la toma de Zacatecas en 1914. Y, por supuesto, él mismo perderá la vida apenas cumplidos los 33 años, en 1921.
“A mi padre” y “El piano de Genoveva” (del cual supe, por cierto, gracias a la cantante Eugenia León) son los poemas esenciales de la primera época velardiana; incluso, apunta Fernández, con el primero “inaugura” una tendencia distópica en las letras mexicanas: la memoria y el homenaje al padre, diametralmente opuesta al maternalismo como institución literaria. (El poema de marras, en este sentido, presagia la Oración del 9 de febrero de Alfonso Reyes y Algo sobre la muerte del Mayor Sabines de Jaime Sabines. Ambos, de reluciente excepción.) De pilón, cabe decir que en estos años de formación, digno es resaltar la presencia de Eduardo J. Correa, con quien entabló una interesante correspondencia; las palabras de éste fueron el cable a tierra que necesitaba el zacatecano en aras de pulir su carácter creativo y poético.
Para el segundo ensayo, “Alfonso Camín, entre el canario y el murciélago”, el autor, a la manera de Manoel de Oliveira, viaja al principio del mundo, es decir, a la España de sus ancestros, a la busca del poeta asturiano Alfonso Camín, presencia primordial en López Velarde, quien lo inmortalizara en verso, pero para la posteridad, otra sería su suerte. La crítica literaria de hoy, como sea, lo considera un autor al que le faltó, precisamente, crítica, fuese propia o ajena: tenía una asombrosa facilidad versificadora que lo hacía escribir a raudales, nunca del todo mal, no siempre del todo bien. A fuerza de publicar libros de poemas, repitiendo temas y temas hasta el infinito, Camín perdió interés y un día dejó de ser siquiera considerado.
Entre los altibajos de Alfonso Camín, la figura de López Velarde encuentra su glorioso contrapunto: un poeta pródigo en imágenes pero “deficiente” en cuanto a medidas y rigas versales, frente a un novel autor, prudente y medido en verso, pero parco en imágenes y frases. Aún así, el zacatecano no dejó de resaltar el talento –dentro y fuera de la página– de Alfonso Camín; aunque, a decir verdad, era el asturiano quien se maravillaba con el genio de su joven colega. En algún momento de su vida, refiere Fernández, Camín recabó material para sus memorias mexicanas, pero esa intención quedó sólo en un episodio peculiar ocurrido en el Centro Zacatecano: ambos escritores jugaban al billar, pero otro colega suyo, Fernández Ledesma, hizo las mejores carambolas de la tarde, frente a la parquedad de las hechas por López Velarde. (Paréntesis aparte: en una entrevista, el escritor colombiano Álvaro Mutis aseguró que hacer un buen poema se asemejaba a una carambola bien hecha. Se me hace que el zacatecano ya sabía esto, porque su proceso de corte y confección poéticas obedecía a la misma dinámica cada que se apersonaba frente a la mesa de billar.)
Estaban en perfecto silencio, a unos metros la una de la otra, juntas en una librería de la calle Donceles, en el corazón de la Ciudad de México, como no estaban ni siquiera por separado en ninguna de las demás. Una, la edición de Clásicos Castellanos de 1955, de La Celestina, en dos tomos hermosamente encuadernados, comentada por Julio Cejador; la otra, un volumen poco menos que desbaratado de la edición de 1947 de la colección Austral del estudio de Marcelino Menéndez Pelayo a la tragicomedia de Fernando de Rojas. Dos auténticas joyas. Un verdadero regalo del azar. De esta manera comienza “La maestra del mundo”, tercer ensayo que ahonda en el bagaje literario de algunos versos velardianos (“Su lengua es como aquellas otras/ que el candor de los clásicos llamó lenguas arpadas./ No serían los clásicos minuciosos psicólogos,/ pero atinaban con el mundo elemental/ y daban a las cosas sus nombres…”), pertenecientes al poema “Para el cenzontle impávido…” El nombre del ensayo alude a una frase entresacada de la obra de Fernando de Rojas, la cual suscita en el autor una reflexión en torno a su origen (la necesidad, el hambre, maestra del mundo), que permeó en los versos velardianos antes referidos. (Lenguas arpadas, como las que tienen las aves, en su empeño por imitar la voz humana.)
Sin embargo, Fernando Fernández pone en relieve un problema respecto a las ediciones de La Celestina que bien podría aplicarse de igual forma a López Velarde y las sucesivas ediciones de su obra, entre antologías y ediciones críticas. Estoy lejos de caer en la tentación de decir que hay cosas que tienen “infinitas lecturas”; sin embargo, diré que la que es posible hacer de dos ediciones enfrentadas […] puede no ser sólo sumamente aleccionadora y grata sino hasta ofrecer una buena lista de posibilidades. […] Todo depende de la curiosidad de quien se acerque a leer.
Con base a estas conjeturas, el cuarto ensayo aparece ante nosotros bajo un título de resonancia detectivesca: “El enigmático caso de ‘El sueño de los guantes negros’”. Así como el primer ensayo dio santo y seña de la búsqueda y evolución poéticas de Ramón López Velarde, el cuarto muestra ya los resultados, aplicados en un poema particular, “El sueño de los guantes negros”, cuyo manuscrito aparece fotografiado como parte del volumen. La crítica está unánimemente de acuerdo en que “El sueño de los guantes negros” es uno de los poemas más fascinantes de Ramón López Velarde. Todo abona para que sea así: su extraordinaria atmósfera de fin del mundo, las incógnitas a las que apunta y se cuida de no revelar, las interpretaciones de que ha sido objeto como obra determinante del mundo de su autor.
De este poema cabe señalar tres momentos que considero primordiales en cuanto a su lectura posterior. El primero reside en la naturaleza del manuscrito: una media carta membretada del diario Excélsior sobre la cual estaba la primera versión del poema, a lápiz y con unos cuantos borrones, donde finalmente el tiempo consignó su paso. Coetáneos del poeta y estudiosos de su obra coinciden en que López Velarde le daba largas para concluirlo (tal y como el poeta griego descrito en La eternidad y un día, de Theo Angelopoulos). El segundo momento, lo tenemos dentro de las artes plásticas cuando le encomiendan a Fermín Revueltas ilustrar una edición de El son del corazón en 1932; concretamente, la ilustración para “El sueño…” […] es quizá el mejor de la serie. En el centro de la imagen puede verse la espadaña trapezoidal de una iglesia rematada por una cruz, en cuyo vano se perfila una campana en forma de triángulo. Ese motivo está enmarcado del lado izquierdo por un doble trazo curvilíneo que se va cerrando conforme desciende, y por el derecho por una nube cargada de tinta que se aclara mientras arroja una lluvia que no se sabe si es de luz o de agua. No aparecen el poeta ni la muerta. (Dejo en el lector conocer el resto de la descripción.)
El tercer punto aterriza en el campo de las ediciones críticas, de entre las cuales sobresale el tomo que reúne su obra, publicado por el Fondo de Cultura Económica y bajo el cuidado de José Luis Martínez. Si en su primera edición el crítico jalisciense nos hizo la tarea (juntar la obra), en la segunda se tomó ciertas licencias, como acompletar “El sueño…”. Un comentario de José Emilio Pacheco […] nos invita a pensar que fue el editor de López Velarde quien escribió los “complementos” y los insertó en el texto, aun cuando le pareció pertinente atribuírselos a “un colaborador anónimo”. A pesar de lo inapropiado de su ubicación y de los reparos que podamos hacerles, es interesante echarles un ojo cuidadosamente porque el caso nos permite acercarnos al poema desde una perspectiva novedosa. Casi al final del ensayo, el autor nos entrega una experiencia de primera fuente: su encuentro con el manuscrito causante de todas las lecturas y polémicas ulteriores; con el apoyo de una restauradora del INAH –y en un momento similar o entresacado de un episodio de CSI– descubre que el estado actual del manuscrito decía otra cosa respecto a los procesos o circunstancias aplicados para “descubrir” las palabras faltantes del poema. Aún así, el tiempo sólo confirmó un proceso ya inconcluso de antemano. Si no fue posible leerlo completo cuando murió López Velarde, mucho menos lo es ahora, casi un siglo después. Pero lo que vemos ofrece algunos cuestionamientos problemáticos y hasta alguna sorpresa. […] Si esto es así, habría que aceptar que el poema, al menos en su versión final, o mejor dicho en la última versión que tuvo en las manos López Velarde, estaba de verdad incompleto y que por eso nunca lo publicó.
Después de la trama detectivesca del cuarto ensayo, cierra el libro “El candil”, en torno a uno de los objetos más enigmáticos de la poesía velardiana, a cuyo encuentro sale el autor: ¿Cuántas veces me dije que tenía que ir a San Luis Potosí aunque fuera sólo para ver el candil? […] ¿Qué es lo peculiar de aquel candil con el que llegó a identificarse hasta ese extremo? Que tiene la forma de un bajel, una de aquellas hermosas embarcaciones de casco de madera, palos y velas que surcaron el océano desde el siglo XVI. Sirva este glorioso encuentro a guisa de corolario a una vida y trayectoria literarias, además de que propone una nueva lectura: recorrer los lugares, los espacios y los objetos esenciales en Ramón López Velarde. (A título personal, este ensayo, breve y sorpresivo, presagia ya la naturaleza de Contra la fotografía de paisaje, que bien merecerá sus propias líneas más adelante.)
En suma, tenemos en Ni sombra de disturbio un libro que justiprecia la figura de Ramón López Velarde, donde críticos y especialistas (lectores, todos) –como en aquella escena de La mirada de Ulises– aparezcan en esa fotografía familiar, a prueba de tiempo, donde la ingente tarea de recoger los pasos de un escritor excepcional reafirme posturas, suscite sospechas y comparta nuevos hallazgos. Quede en ustedes acercarse a este libro, cuya prosa impecable todavía no dejará de sorprendernos. (¿A poco no?)

Fernando Fernández. Ni sombra de disturbio. Ensayos sobre Ramón López Velarde. México, AUIEO/ CONACULTA, 2014. (Autoria, XV) 

(25/mayo/2016)

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Franqueza y responsabilidad

Ulises Velázquez Gil

Al principio de El poeta en su tierra, Braulio Peralta refiere, en su primera entrevista con Octavio Paz, una sencilla pero contundente respuesta a la pregunta sobre su acto de escribir: “Desde mi cuarto, desde mi soledad, desde mí mismo. Nunca desde los otros”. En el solitario acto de leer, se crea una conciencia solidaria cuando al final de nuestra lectura hacemos nuestras varias ideas expuestas ante nuestros ojos, y en el empeño de comprenderlas mejor se suscita una conversación interminable que es el escribir. 
Crítico por partida doble (lector, escritor), Héctor Iván González nos presenta un volumen de ensayos (a la sazón, primer libro) donde esa “conversación” se conduce hacia otros lares de la palabra y del constante volver a sus viejos puertos, es decir, sus autores queridos por leídos, y viceversa.
Menos constante que el viento se compone por veinte ensayos, resultantes de coloquios, encuentros y persistencia lectora, que, como en el verso de William Shakespeare que da nombre al libro, […] se ha dejado conducir por sus proclividades y que, eso sí, ha tratado de hacerlo con la mayor seriedad posible y con el rigor que es preciso imponerse al tratar estos temas; siempre evitando dejarse llevar por los efímeros gustos de su época o las imposiciones externas.
Al revisar el índice del libro, varios de los autores referidos y estudiados por Héctor Iván González son de sobra conocidos, lo que suscitaría sospecha de nuestra parte, sin embargo, la incursión en cartografías previamente trazadas siempre se vuelve proteica mirada, como ésta sobre Octavio Paz, sobre el cual […] es necesario precisar que […] no es el mejor ni el más importante, pero sí el más trascendente; ha sido crucial para las generaciones de poetas y de ensayistas que lo sucedieron, quienes pueden seguir su camino hasta convertirse en simples epígonos, o aquellos que se pelean con él y lo confrontan hasta acentuar sus excesos, lo iluso sería tratar de ignorar lo que hizo.
Para la generación de González (que también es la mía, de cierta manera), no basta con creer la primacía de la figura paciana, sino más bien se busca justipreciarla, reconocerle aciertos y fallas, en aras de acercarse más al autor: Derruir certezas también es un trabajo de la crítica. Quizá lo mejor que le hubiese sucedido a Paz hubiera sido empezar por el final y por ahí seguirse. (El subrayado es mío.)
Otros autores dignos de mención en  Menos constante que el viento son Fernando del Paso, Nellie Campobello y Francisco Hernández, a quienes el autor dedica líneas acertadas, generosas e inteligentes; pondera su lugar  dentro de la literatura mexicana, así también las innovaciones que hacen única su obra, donde quiera que se dé su lectura. Incluso, para el ensayo sobre Del Paso, se permite cierto guiño anecdótico: Fue en una cantina donde me orillaron a plantearme la escritura de este ensayo, si hubiese sido en una tasca de Madrid diría que “me tiraron de la lengua” al punto de casi no poder resistir más. En medio de una discusión de cantina a la manera de las discusiones que se suscitan en Palinuro de México […] me vi en la necesidad […] de poner por escrito qué representa una obra como la de Fernando del Paso en nuestros días.
Para el ensayo sobre Campobello, Héctor Iván González ejerce una mirada periscópica por una escritora y hacia una obra digna no sólo de leerse, sino de estudiarse sin ceñirse a los dictados del momento. Desde el inicio de su ensayo ya sabemos a qué atenernos: Al escuchar el nombre de Nellie Campobello surge una evocación involuntaria. Muchos no saben a dónde los llevará, algunos la siguen, otros se detienen y piden alguna referencia, pero todos tienen una reminiscencia, por vaga que ésta sea.
En este punto, es deber del crítico dar luces sobre obras que han padecido el pecado de la omisión; con Campobello, como con Elena Garro y otras autoras, la omisión no es voluntaria, mucho menos involuntaria, sino injusta. Pero cuando aparece un buen crítico para resarcirle su justo lugar, todavía contamos con algo de esperanza. (Ojalá y el centenario de alguna de ellas, como me decía una joven narradora, no se vuelva “moneda de chocolate”.)
Además de los escritores antes referidos, el autor dedica líneas y generosos párrafos a otros que su curiosidad lectora y persistencia crítica no debe pasar por alto, o, por el contrario, de tan ensalzados en pedestal, digno es ponerlos a nivel de suelo. William Faulkner, Pierre Michon, Émile Zolá y su J’accuse, Dante y Baudelaire (quienes, me imagino, ejercen una fuerza descomunal sobre el autor), aparecen en este libro a guisa de ejercicio de admiración (Cioran dixit). No cabe duda que al leerlos y someterlos al ojo clínico de la crítica, los hace menos lejanos, más nuestros. Incluso, con el siempre presente Alfonso Reyes –y La crítica en la edad ateniense– al describirlo a él, describe a todos los críticos, quienes ejercen […] los mejores y más claros atributos de los que goza la crítica moderna: observación detenida del fenómeno, ejecución de un esfuerzo expreso de crear un entendimiento con la obra, persistencia de un diálogo total y un acercamiento que pueda presentar sus principios y la congruencia con sus resultados.
Otro punto a favor dentro de Menos constante que el viento, son las “pequeñas historias” de algunas literaturas, como la argentina de los años recientes (con Alejandro Hosne como uno de sus representantes más sonados), o la genealogía poética del siglo XIX al XX y parte de los dosmiles. Aunque esa tarea no sea del todo nueva, la manera de hacerlo sí lo es, con un estilo sencillo pero acertado en sus afirmaciones; por otro lado, entre filias y fobias, digno es resaltar el ensayo sobre Manuel Vázquez Montalbán, escrito más con el corazón que con el hígado –“los temas nacen del hígado”, pontificaba Edmundo O’Gorman–, y no es para menos, pues en afán de compartir una grata experiencia lectora, nunca estará de más hacerse de varios libros suyos, o de perdida, releer los que se tengan a la mano.
En suma, Menos constante que el viento es la primera suma crítica de un escritor cuyo compromiso ineludible es con y para la literatura, y los procesos que de ésta se deriven; franqueza y responsabilidad vueltas conversación más allá del cuarto, la soledad, consigo mismo. Y en este sentido, todavía queda mucho por decir acerca de Héctor Iván González, a quien saludo desde aquí, en espera de la compilación que confirme el buen sino de su primer libro. (Así sea.)

Héctor Iván González. Menos constante que el viento. México, Abismos Casa Editorial, 2015. 

(8/abril/2016)

miércoles, 24 de agosto de 2016

Lecciones de la crónica

Ulises Velázquez Gil

En una escena de Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi, la combativa novia de Monteiro Rossi le reclama al veterano periodista Pereira el porque de su indiferencia, ante lo cual le espeta una sentencia de suyo enfática: “No es la crónica lo que hacemos hoy. Es la historia”. Cuando se trata de cambiar los sucesos del tiempo presente, es ineludible contribuir en algo a ese proceso, aunque la indiferencia sea parte nuestra, pero cuando se ajusta cuentas con los sucesos vistos y hasta vividos, una buena crónica nunca estará de más. 
Ante esta circunstancia, a finales de la década de los 80, el Archivo Histórico Diplomático Mexicano de la Secretaría de Relaciones Exteriores creó una colección de libros destinada a guardar testimonio de la labor diplomática de varios de sus representantes en el extranjero, entre ellos el legendario Gilberto Bosques.
Primer número de la colección Historia Oral de la Diplomacia Mexicana, Gilberto Bosques: el oficio del gran negociador reúne (y resume) más de cincuenta años en la vida del profesor y diplomático Gilberto Bosques, cuyo testimonio debemos al ingente trabajo de la historiadora Graciela de Garay, producto de consecutivas entrevistas. Desde su nacimiento en Chiautla de Tapia, Puebla, hasta el final de su misión diplomática en Cuba, a principios de los años 60 (postrer a la crisis de los misiles), pasando por su estrecha colaboración con el presidente Lázaro Cárdenas. Una trayectoria sin par que desde el origen familiar comenzaba ya a sobresalir por encima de los parámetros conocidos: Estudié la primaria en casa. Me la enseñó mi madre, porque no había maestro normalista en mi villa natal. […] Entonces mi madre tomó la tarea de enseñarme, conforme al programa oficial. Así estudié los seis años de la escuela primaria, con un espíritu un tanto abierto porque esa enseñanza se hacía en plena naturaleza tropical, con todos los recursos vivos. (Desde entonces, las circunstancias que harían flaquear hasta el temple más fuerte, serían en Gilberto Bosques una constante en su vida.)
Antes de su aventura diplomática, Bosques realizó diversos trabajos, entre los cuales, la dirección del periódico El Nacional, donde se dio a conocer por la innumerable cantidad de columnas y editoriales en torno a temas de política nacional e internacional, finanzas y educación (no por nada, su primera formación fue como maestro normalista). Su manejo acertado e inteligente de estos temas atrajo la atención del presidente Lázaro Cárdenas, quien lo incorporó al servicio exterior con el fin de ponerlo al corriente en cuanto a los temas de su interés. Europa, destino idóneo para una persona de los alcances del poblano Bosques. A mi salida de México, estuve con el general Cárdenas a fin de recibir sus últimas instrucciones, para que me planteara algunas cosas que él había traído a cuento, como la adopción de ciertas medidas de protección a israelitas y contemplar la posibilidad de traer un número importante de ellos a México. Sobre este asunto tuvimos tiempo de cambiar impresiones y yo hablé de la conveniencia inmediata de escoger técnicos alemanes refugiados en Francia, así como polacos e italianos para que vinieran a México
Lo que en un principio parecía un perspectiva visionaria del incipiente ministro en Francia, se tornaría algo más que mera encomienda diplomática; de Francia a Portugal, la labor de Bosques llegó hasta dimensiones incalculables, pues entre la guerra civil en España, el avance del régimen nazi sobre Europa y sendas dictaduras en la península ibérica, más que habilidad, se requería de un gran oficio para negociar. Para todo eso se requirió […] libertad de acción, una amplitud para actuar sin estar consultando autorizaciones que casi siempre llegaban tarde o no llegaban. Al final de aquella misión, después de mi regreso al país, hice una relación de aquellos casos en que había tenido que recurrir a facultades discrecionales, que me habían sido expresamente dadas en lo general para que se me fincaran responsabilidades.
En aras de proseguir sin tregua con una labor marcada por la cordialidad y la salvaguarda de la vida humana, Bosques movió cielo, mar y tierra para hacerse de recursos, inclusive para arrendar dos castillos y allí albergar a una enorme cantidad de refugiados españoles, así como multiplicar las visas tanto para personas de origen judío como de otras nacionalidades europeas. Por desgracia, y ante razones justas, los primeros en oponerse pertenecían a fuerzas políticas más fuertes, que a golpes de bayoneta intentaron acallar a Bosques y a su equipo, arraigados en un hotel de Bad Godesberg mientras otras jugadas bélicas se definían. Y aunque el encierro era moneda corriente en ese hotel vuelto prisión, Bosques, familia y colaboradores, hallaron solaz y esparcimiento, a la espera de conseguir su libertad. Luego del canje de los diplomáticos mexicanos por espías alemanes presos en Perote, Veracruz, el regreso a México tuvo el siguiente recibimiento: Estuvieron esperándonos muchos españoles y de otras nacionalidades que habían participado en la guerra. Aguardaron ocho horas, pues el tren venía retrasado. Fue una recepción bastante emotiva. Llevaron las banderas de México y España. Luis Spota hizo una crónica y todos los periódicos y revistas publicaron fotografías. Fue algo un tanto inusitado. Realmente, la estación de Buenavista estaba totalmente ocupada; los andenes y los patios estaban llenos.
Si pensábamos que con la llegada a la estación de Buenavista terminaba la odisea diplomática de Gilberto Bosques, resulta que no fue así, pues los oficios y estrategias empleadas ante los alemanes se prolongaron en un país bajo una dictadura: Portugal. Más que las formas de la diplomacia tradicional, toda acción asumida y gestionada por Bosques recayó en un pacto de caballeros: con todo y los acuerdos entre Oliveira Salazar y Francisco Franco, muchos españoles del bando republicano libraron la extradición y el patíbulo, y en parte gracias a la habilidad del Bosques para convencer a sus homólogos portugueses. La diplomacia es esencialmente gestión, negociación con los instrumentos adecuados para hacerla efectiva. El derecho internacional es primordialmente una ciencia jurídica, un conjunto de normas obligatorias. El derecho internacional ofrece mucho más que la letra escrita: el antecedente, la costumbre y el hecho histórico en general.
Una de las formas de la diplomacia reside en la difusión de la cultura. Para Bosques, postrer embajador en Suecia, sus esfuerzos se concentraron en llevar la cultura mexicana al norte del continente europeo, con resultados sorprendentes tanto para el cuerpo diplomático como para la población sueca y de países aledaños. En 1952, con la famosa muestra de arte mexicano expuesta en Estocolmo (misma que no ha tenido parangón alguno desde entonces), Bosques cumplió una “vieja deuda” con la principal razón que lo llevó a Europa: la cultura. Pienso que es necesario que el agregado cultural que se asigne a nuestras embajadas sea una persona con capacidad amplia e información suficiente en materia cultural. No sólo en arte sino en todas las manifestaciones intelectuales porque nosotros tenemos muchas cosas que aportar, que dar a conocer, de nuestras civilizaciones. […] más que la verdad oficial de boletines y demás cosas de difusión convencional, el deber está en llevar toda la verdad cultural de México por el mundo.
El corolario para una trayectoria tan interesante llegaría en un país a merced de la historia reciente: Cuba. Bosques sería testigo de todo el proceso de cambio político al interior de la isla; vería hasta que punto la historia sube y baja del pedestal a los que detentan el poder. (Batista, por ejemplo.) Así también, vería el ascenso imparable de los revolucionarios Fidel Castro y Ernesto Che Guevara, y la justeza presidencial de Dorticós. Su ecuanimidad y don de gentes hubiera generado más frutos en La Habana, de no ser por la tozudez política de Gustavo Díaz Ordaz, ante lo cual motivó en Bosques su retiro de la diplomacia. (¿Qué le sabía a su paisano…?)
Con todo, Gilberto Bosques: el oficio del gran negociador es la muestra fehaciente de que para hacer historia, es conveniente recabar hechos y compartir la visión que de éstos se tiene, en aras de una mayor comprensión del tiempo presente: lecciones de la crónica, ineludibles de conocer. Además, dicho sea de paso, estas memorias (recabadas por la historiadora Graciela de Garay) bien podrían ser material de novela o, por lo menos, de una justa biografía en busca de autor; sea como sea, toda vida es susceptible de admiración, pero sobre todo, de seguirse. Hasta para hacer la Historia, una crónica bien contada merece la pena. (Verdad que sí.)

Graciela de Garay. Gilberto Bosques: el oficio del gran negociador. 2ª ed. México, Secretaría de Relaciones Exteriores/ Instituto Matías Romero, 2006. (Historia oral de la diplomacia mexicana, 1) 

(9/marzo/2016)

miércoles, 10 de agosto de 2016

Disposiciones de la materia

Ulises Velázquez Gil

Detrás de toda fortuna o colección, hay dos condiciones capitales: la pasión y el crimen. La primera es la constancia de un interés determinado, mientras que la segunda se conduce, sobra decirlo, cuando el interés se vuelve obsesión. Aún así, en ambas prima conocer el porqué de su inclusión. 
Consciente de que la escritura es el vehículo adecuado para saber la historia secreta de los objetos, y las circunstancias que de éstos emanan, Gabriela Jauregui nos entrega La memoria de las cosas, volumen de relatos donde el asombro y el desconcierto acechan en cada página.
Dividido en cuatro apartados –clasificaciones, diríase– (Vegetalia, Mineralia, Animalia, Artificialia), el presente volumen nos remite, a la primera de cambios, a un recuerdo en doble vía: los antiguos gabinetes de curiosidades y los manuales de biología, donde las nomenclaturas son necesarias, pero aquí se vuelven pretexto para adentrarse en la lectura.
En los cinco relatos que conforman “Vegetalia”, a primera vista nos encontraremos con una nota de viaje o meros apuntes de un naturalista, sin embargo, se incurriría en un error a pie juntillas. Veamos el siguiente ejemplo: Casi auto polinizadora pero dioica, de piel rugosa, y carne sabrosa. Huevo, esfera, pera. Fruto mantequilla. Maravilla. Oro verde. Cojones, huevos, testículos. Fruto afrodisiaco de semilla única. […] Terminan de madurar. Dormitan. De allí que en algunos lugares un aguacate es una persona floja o poco animosa. Están posados, acomodados en filas. Si nos atenemos al primer párrafo, se diría que sí, en efecto, estamos frente al extracto de un libro de biología o de los apuntes de un naturalista, pero en párrafos posteriores “Pera cocodrilo” cumple su objetivo: contar la “historia secreta” del aguacate, que no se queda en mera descripción, pero devela otros deseos sólo permisibles una vez que atraviesa la cáscara.
Entre árboles viajeros, obituarios florales y el misterio del follaje, hay dos relatos (“Estrategia de supervivencia” y “Gümmibärchen”) cuyo principal móvil es la duda. Si la dichosa estrategia reside en cómo introducir un melón a territorio japonés, en “Gümmibärchen”, por el contrario, la simpleza del objeto de marras –un osito de jalea– desata una cadena de sucesos y de coincidencias extrañas, desconcertando a uno de los personajes, padre de un niño maravillado con aquella golosina. Masticaba e intentaba investigar si los dueños de la fábrica de gomas e inventores de los ositos de goma que le había mencionado a su hijo habían o no sido nazis. Le parecía irónico que el producto que los volvería famosos estuviera inspirado en el folclor que los nazis consideraban decadente […] No es que Genaro hubiera hecho un búsqueda de ositos de goma + prisioneros de guerra –a quien se le ocurriría–, pero, como todo en el internet, las conexiones aparecen para quien sabe buscar.
El arte de saber buscar, antaño, se concentró en un campo denominado “Mineralia”, tal y como se titula la segunda sección del libro. Materiales como yeso, petróleo, diamante y hasta una estrella desvían sus referentes de origen y se transmutan en historias, deshaciendo la realidad hasta reírse de ésta, como sucede en “Oro negro”, donde una iniciativa presidencial echa mano de un clarividente. Su contrato era millonario. Pero sólo si daba con un yacimiento. Todo estaba listo. Las clausulas en negro sobre blanco y claro como el agua. Si encontraba el petróleo. Pero antes de eso tenía que darles pruebas […] Pero el Presidente, haciendo alarde de quién porta los pantalones y de su inteligencia al más puro estilo del Tomás bíblico, pidió una prueba. (¿Dónde habremos escuchado esto…?)
Donde mejor se ve la transmutación del mineral en relato es en “Diamante recuerdo”, entrelazado desde la lógica del infomercial y el indiscreto encanto de la memoria. Diamante = el irrompible, el inalterable. Como su amor. Los tres amigos habían decidido que ésta era la mejor manera de recordarla. […] Decidieron honrarla así. […] con sus anillos mágicos […] Por la manera en que se intercalan los “anuncios comerciales”, vemos un cierto guiño de ojo al “Baby H. P.” de Juan José Arreola; incluso, los propios personajes viven circunstancias similares en cuentos de Felisberto Hernández, Italo Calvino y Ernesto de la Peña.
“Animalia”, tercera sección de La memoria de las cosas, no se puede quedar atrás en cuanto a conocer de las cosas su entramado secreto, porque, recordando a Samuel Beckett, “los animales saben”, pero… ¿qué sabemos de ellos? ¿Acaso toso se resume, o se constriñe, a una mentida “Autobiografía”? Yo soy una zorra. Ésta podría ser la autobiografía de un zorro, pero da la casualidad de que soy una zorra. Vulves vulpes, hembra. Cola peluda, matuda, plateada. Ojos vivaces de oro líquido, corazón de la tierra misma, lengua húmeda como pantano. Considera mi cuerpo. Repara en él, y así comienza a repararlo. Considera ésta la historia de una esclava en libertad. Considérala tuya. (Me gustaría pensar que este pro domo sua se debe más a una reivindicación semántica que a una tarjeta de presentación, pero todo dependerá del lector en turno. Por ahora.)
Caso aparte merece “Molusco”, donde la semántica del animal de marras no reivindica, sino que se diversifica. Un caracol de bronce arrojado a la basura puede ser generoso tesoro en una urbe de desechos que codiciosa mercancía vendida (y revendida) a precios de altos vuelos, sin olvidarse de su referente dialógico, como sucede en este fragmento: Lo que el artista no sabe es que el caracol instrumento es un llamado. Los mexicas así inauguraban ceremonias, con el antecocoli llamando como trompeta. […] El caracol es poli. Y también es palo porque los caracoles son además un palo del flamenco, que algunos llaman pobre y para los que desconocen de cante jondo, pero que otros encuentran rico porque es muy juguetón.
Sobre el cuarto y último apartado, “Artificialia”, sucede una especie de vértigo cuando conocemos el envés de las cosas allí expuestas. En “Biombo”, la obsesión del dueño del objeto que denomina al relato, lo lleva a reflexionar acerca de su presencia dentro de su familia. El biombo refleja lo que proyectamos: ellas, fantasías de lo que yo puedo o no puedo ser, lo que significa que son fantasías de lo que ellas puedan o no ser, y yo en ese biombo proyecto poder. […] Sólo podemos imaginar. Sólo podemos imaginar, proyectar más. Una cuestión de poder desde el momento de cobrar conciencia de su pertenencia; ahora bien, si aquí es pertenencia, en “Correa” es la prolongación de una utilidad, instalada desde el dominio sobre diversos seres y objetos. Un perro, un gato, una tabla de surf o unos calcetines, sometidos con el mismo adminículo, pero no tan definitiva su sujeción. Pero sin embargo. La perra se pierde. El gato se escapa. El niño desaparece. La tabla se va. El esclavo se emancipa. Pero sin embargo. La fe en la correa continúa.
En suma, encontramos en La memoria de las cosas de qué forma un objeto puede incidir en la vida de una persona, y del cómo su presencia lo conduce de la pasión hacia la obsesión; de cierta manera, todos los sucesos que guarda en sí, en un acto recíproco y acertado de la memoria, suscita por entero nuevas lecturas: disposiciones de la materia en espera de penitencia y redención, sólo alcanzables mediante la lectura cuidadosa de este volumen de relatos.
Dentro de la trayectoria sin tregua de Gabriela Jauregui, este libro es apenas una muestra de una cuidada prosa y un acertado dominio al hacer una historia bien contada. Ante ello, cuenta desde ahora con un lugar señero dentro de la narrativa mexicana del siglo XXI. (Quede en ustedes, avezados lectores, confirmarlo por entero. Así sea.)  

Gabriela Jauregui. La memoria de las cosas. México, Sexto Piso, 2015 (Narrativa). 

(7/marzo/2016)

miércoles, 18 de mayo de 2016

Heterodoxia y desquite

Ulises Velázquez Gil

En el prólogo a Memorias y autobiografías de escritores mexicanos, Raymundo Ramos lanza una frase igual de franca que polémica: “Recordar es un arte difícil”. Para los alcances de la literatura mexicana, cuando se trata de incursionar en el género de las memorias, o de sumergirse en las aguas turbulentas de la autobiografía, el pretexto sale sobrando; sin embargo, no todas las obras que se precien de serlo traspasan linderos puestos por el tiempo. Y se quedan ahí, viendo la vida pasar. 
Consciente de que el oficio de recordar nada tiene que ver con voluminosos tomos de memorias ni con autobiografías complacientes y bisoñas, Gerardo Deniz (1934-2014) nos entrega un volumen donde lo que sobra es, desde luego, memoria, pero que desde el título ya se nota una mirada cínica y hasta explosiva: Paños menores.
Mediante 32 textos a caballo entre el ensayo, la estampa y dos que tres presentaciones, en Paños menores el autor decide saldar cuentas con su “creador” y contraparte individual de nombre Juan Almela, español en tránsito, químico y traductor; hombre de a pie, diríase. Por ejemplo, en “Niño Gerardo Deniz de la O” se burla de esa condición peregrina ibérica, endémica de su generación, empezando por él mismo: […] se me descubre devorando guajolote y piña en Veracruz. Mi siguiente cumpleaños es festejado en el nuevo parque del D. F., entre San Rafael y la colonia Cuauhtémoc. Mi gato atigrado se llama Chiquet. Alimentación: fabulosa. Despunta en Lupe la doble ene. […] Mi infancia, como la mayoría, no fue feliz. Interesante sí lo era. En este mismo texto, podemos encontrar también una sentencia deniciana como ésta: En adelante mi cunicultura exigirá doble ene. Y no es para menos, dado que en “Anónima” y “Veinte años después”, queda expuesta su experiencia con las mujeres, a las que el autor dedicará poemas y cuentos de peculiar historia a lo largo de su obra. 
Mientras avanzamos en la lectura de esta volumen en apariencia misceláneo, caemos en la cuenta de una cosa: sus “memorias” no son estrictamente cronológicas, sino en mero orden de aparición. Tal parece que Deniz se sigue saliendo con la suya, eludiendo una lógica de narración chata y entreviendo las cosas que le son gratas (o por lo menos interesantes) y otras menos atractivas, que, como el yogurt y el betabel, se les sigue probando para confirmar aversiones, como en el caso de la poesía de Jorge Guillén, el jazz y las trampas del mundo editorial (hoy día, coto de maxmordones –sabihondos a sueldo–). Respecto a las cosas gratas e interesantes, en Deniz sobresale su gusto por la música clásica, en parte gracias a un amigo con tocadiscos (“Calagurritano:”) y a la película animada Fantasía, a la que le dedica un texto sin pelos en la lengua. Sea como sea, todo se resume al párrafo inicial de “Series”: La lista de preferencias –obras, autores, personajes– parecen ser bien recibidas, sobre todo en los últimos tiempos. Estamos, como es bien sabido, en una época de inventarios y valoraciones, lo cual se presta inmejorablemente a exhibir nuestros pequeños y respetables gustos personales, y a confrontarlos con las apreciaciones deleznables de nuestros congéneres.
La impresión que Gerardo Deniz conserva sobre ciertos autores va del desconcierto a la admiración (y de regreso). Como le sucedió con Neruda, a quien describe de la siguiente forma: Sobre una especie de diván psicoanalítico pegado a la pared yacía un ajolote hipertrofiado, aunque sin simpatía ni branquias aparentes. Ignoro cómo iba vestido. Tenía en la mano un vaso de agua de Tehuacán. Bebía un poco y gargarizaba. Emanaban de él una inercia y un aburrimiento infinitos, en contraste con la inquietud de alrededor –todos sin sentarse y haciéndose crujir nerviosamente los huesos de las manos. A primera vista, a Deniz le importaba poco si el personaje de marras es idolatrado por las cosas, mucho menos si se volvía figura de culto (como sucedió con el propio Deniz una vez llegados los dosmiles), pero como buen químico que se precie de serlo (cuyas andanzas retrata a plenitud en “Ortega” y “Toscuento”) busca la sustancia de las cosas, es decir, su dinámica interna (llámese preceptiva o creación). Pero, si luego de conocerla no se toma partido alguno, se puede seguir adelante sin problemas.
Entre los aprendizajes consignados en este libro, digno son de notar los siguientes: Dante y Octavio Paz. Para con el primero, el tránsito de la aversión hacia la lectura dedicada definió un oficio de lector (¿o debería decir detector?) que a Deniz lo salvaba de la tolvanera crítica del momento. […] Con Dante me ocurrió, en grande, algo normal en mí: me es imposible deslindar lo que fue primera lectura, literaria o no, y lo que era el medio circundante. En muchos casos me es imposible establecer frontera: la obra y su momento –o momentos– tienden a entrefundírseme. Por supuesto, el “momento” de una obra suele remolcar otros libros, hasta el infinito.
Para el caso de Octavio Paz, Deniz realiza dos lecturas en paralelo: desde la trinchera del dato acucioso y en la orilla del admirable magisterio. “Salamandra” es ejemplo de la primera, donde el autor (navegante de diccionarios, como el inverosímil Tolhausen, a la postre su favorito) descubre un “fraude” paciano respecto a uno de sus poemas harto conocidos: […] emprendió, irresponsable, un poema sobre la salamandra, sólo para descubrir, después de seis palabras, que no tenía nada que decir. Entonces saqueó las riquezas del diccionario […]. Pero a diferencia de otras figuras (mal)tratadas en Paños menores, con Paz la crítica y el aprendizaje es de ida y vuelta. En “Crónica” así lo expresa: Acerca de Octavio Paz se ha escrito mucho y continuará escribiéndose por siempre; nunca faltará paño por cortar. […] mi encuentro con Paz, tanto más cuanto que, para mí, se trató asimismo del encuentro con la poesía, ni más ni menos. […] el afecto principal –¡para mí, se entiende siempre!– de mi descubrimiento de la poesía gracias a Octavio Paz fue animarme a escribir. A intentarlo, cuando menos, con asiduidad. (De Adrede a Erdera, se prolongó por más de cuarenta años… ¡Y lo que falta!)
¿Por qué leer Paños menores? Dentro del panorama memorialista y autobiográfico en las letras mexicanas, acercarse a un volumen así es la prueba fehaciente de que la memoria y la honestidad no están del todo enemistadas, aunque, a decir verdad, en la prosa de Gerardo Deniz (reunida ya en su totalidad por Fernando Fernández en De marras, de próxima aparición) destella más una honestidad consigo mismo que con los sujetos y hacia los hechos a los que hace referencia; heterodoxia y desquite de un personaje sin medias tintas en cuanto a su visión del mundo.
Si el arte de recordar sigue siendo difícil, como nos asegura Raymundo Ramos (nacido también en 1934, por cierto), no cabe duda que para Gerardo Deniz lo difícil no es hacerlo, sino serle fiel al desconcierto suscitado. (Para todo lo demás, ya ni las biografías… ¿Será?)

Gerardo Deniz. Paños menores. México, Tusquets, 2002. (Marginales)

(3/febrero/2016)

miércoles, 4 de mayo de 2016

Periférica y paralela

Ulises Velázquez Gil

Entre los apuntes que Albert Camus hiciera para su novela en proceso El primer hombre, se encuentra la siguiente sentencia: “La nobleza del oficio del escritor está en la resistencia a la opresión, y por lo tanto en decir que sí a la soledad”. Para los intereses del mundo actual, esta sentencia se vuelve deber ineludible, pues desde la soledad del escritorio, la libreta o la tablet, abordar los temas de nuestro interés es una forma de combatir a la opresión. Y mediante la forma del ensayo, es un arma de alcances inusitados. 
Ensayista de mirada periscópica, Ingrid Solana nos presenta Barrio Verbo, conjunto de veinticinco ensayos que abordan diversos temas, resultado de sus pesquisas por el arte, la memoria, pero sobre todo por el pensamiento, donde se permite dudar no para desconfiar de las cosas, sino para develar encuentros, inclusive milagros. Pero vayamos por partes.
Barrio Verbo se compone por diez secciones, cada una encabezada por un verbo en particular y una peculiar definición, derivada del “diccionario personal” de la autora: Viajar, Aprender, Oscurecer, Corregir, Iluminar, Comprender, Escribir, Dudar, Trenzar, Leer, Destruir, Comer, Permanecer. Venga un ejemplo: Sumergirse en la fascinación de la idea pero permanecer en suspenso ante su abismo y, por ello, carecer de certezas. Contemplar un espejo extraño que habla, por un instante, en lengua sacra. (“Dudar”)
Para el primer verbo, “Viajar”, se presentan dos lecturas del mundo, interior (“Tehuantepec”) y exterior (“Dirección Múltiple”). La primera es una crónica del principio del mundo, es decir, la matria de la autora: […] Emprendo un viaje. Los viajes son todos regresos. La gente cree que en los viajes sólo hay circunstancias nuevas, pero los viajes son situaciones viejas, engranajes pesados y antiguos, una especie de llamado ancestral y originario. Por eso alguien sólo es capaz de conocerse viajando. Por eso sólo somos capaces de recordarnos en las carreteras, en los aviones y en los autobuses que alejan de casa […]. Como los protagonistas de Viaje al principio del mundo de Manoel de Oliveira, se viaja hacia el origen (la casa de los abuelos, para el caso de la autora), cuyas costumbres y secretos la sorprenden y le recalcan una toral encomienda: que la memoria hable. (Sin embargo, no será la última vez dentro del libro, dado que más adelante, en “Comida negra”, redondea su vuelta al origen.)
En la segunda lectura de este apartado, “Dirección Múltiple”, se conduce por un elemento parte del paisaje cotidiano de la ciudad (el barrio, diríamos), imperceptible a primera vista: el esténcil. Con el esténcil sucede algo muy parecido al cine. No hay un filme original porque una película acontece cada vez que es proyectada. Los esténciles, por su parte, se encuentran en un escenario y dependen del entorno; ésta es su cualidad esencial. […] El esténcil dialoga con el entorno y se sostiene estéticamente por él […].
Respecto al segundo apartado de Barrio Verbo, “Aprender”, Ingrid Solana recurre a la forma por antonomasia del conocimiento: la conversación, pero en dos vías, periférica y paralela. Para la primera, sobre la relación maestro-discípulo entre Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein, cabe decir lo siguiente: La relación entre discípulo y maestro se disfraza de innumerables transferencias: tienen lugar porque están construidas bajo uno de los presupuestos centrales del análisis psicoanalítico: el diálogo. Pero la conversación entre amigos no es clínica, por eso es profundamente compleja. Cuando aborda la relación entre ambos filósofos, busca explicar el alcance de sus transferencias (intelectuales, acaso emotivas). Sobre la segunda, en torno a los Diálogos indios de Chantal Maillard, la autora se plantea una manera de soltarse dudas y transferirse varias certezas, según como se vea. De cualquier manera, ambas visiones son válidas para participar en el juego del mundo.
“Oscurecer” e “Iluminar”, aunque contrarias en nomenclatura, son secciones paralelas en cuanto a significado y coincidencias, cuando se trata de voltear la mirada. Detrás de la primera, dos presencias se vuelven reales, notorias, cuando son imperceptibles, mientras en la segunda, se iluminan cuando se ahonda dentro de sí. (Oscurecer para ser más claros, como el material de un rollo fotográfico.) Kafka y Sor Juana, una vecina de la autora y el fotógrafo Octavio Fossey transitan en el claroscuro de las reflexiones de Ingrid Solana, en un afán incluso dialéctico.
“Corregir”, “Comprender” y “Escribir” son, a mi parecer, los apartados –las calles, diría– más importantes de Barrio Verbo, porque convergen hacia el ancho y ajeno camino del escritor, los cuales, sea como sea, coinciden en justipreciar su figura y misión: El escritor es un cirujano de alto nivel. Cuando se concluye un texto literario se toman todos los instrumentos quirúrgicos para emprender todas aquellas disecciones pertinentes. Corregir un texto es, inicialmente, un proceso de intervención doloroso. […] Pero el texto habla, grita, pide auxilio. (“Intervenir”); La generosidad del maestro radica en que sus consejos no son para escribir mejor, sino para soportar la existencia y gozarla. (“Tirana entrañable”); ESCRIBIR: verbo intransitivo que se ejecuta en sí mismo. Significa que el sujeto que enuncia está fundido con lo que escribe; no hay separación entre el cuerpo y su tarea; todo sucede en ese ligero vórtice que transita de la ficción a la vida recorriendo los peldaños lentamente. (“El cuerpo escribe”) En una palabra, se trata de soportar la existencia. Aparte de borronear unas cuantas hojas, se escribe para descargar nuestras obsesiones, cuando el mundo ya no se presta a juego. (No por nada, E. M. Cioran sólo agarraba la pluma cuando sentía deseos de pegarse un tiro…)
Y respecto al apartado “Leer”, Ingrid Solana se enfoca en un acto sumamente crucial para el escritor como para quien lee: el acto de subrayar. Todo lector asiduo intuye que cada lectura, aunque se lea el mismo libro dos o tres veces, es particular y obedece a sus propias leyes. […] El subrayado, así, configura la intimidad entablada en un libro. Si el libro no nos gusta tanto, es posible que los subrayados sean esporádicos o nulos. Pero si sucede a la inversa, nos sorprenderá descubrir que cuando leímos la primera vez, subrayamos pasajes cuya señalización, en un segundo momento, nos resulta extraña y ajena. Desde los subrayados dentro del texto hasta el paso de las polillas sobre el papel, no cabe duda que ese texto adquiere otro significado, fuera de aquel postulado barthesiano, “el texto me desea”, tal y como sucede con las anotaciones en los libros de la biblioteca personal de Julio Cortázar, mencionado brevemente en “Intervenir”.
Con todo, ¿qué ocurre en el Barrio Verbo? Nos encontramos ante una selección de ensayos que retoman una línea y un estilo hoy relegados al predominio del paper académico (que entre más citas a pie de página, más contundente, se supone). Autopista y libramiento, y bajo una mirada periférica y paralela, el ensayo va de principio a fin hacia el tratamiento de un tema, permitiéndose escalas necesarias, girar en círculos, desviarse, inclusive volver a domicilio conocido.
Dentro del panorama actual del ensayo mexicano contemporáneo, Barrio Verbo de Ingrid Solana tiene en Ausencia compartida de Marina Azahua a su indiscutible compañero de viaje (a semejanza de las protagonistas de Mulholland Drive de David Lynch, influencia notable en sendas escritoras, cabe decirlo), en justo paralelo con sus lecturas, inquietudes y dudas, pues éstas, después de todo, crean, descubren y transforman, comenzando por quienes las suscitan. (Así sea.)

Ingrid Solana. Barrio Verbo. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2014 (Fondo Editorial Tierra Adentro, 508).

(20/enero/2016)

miércoles, 20 de abril de 2016

Desafiar a la inercia

Ulises Velázquez Gil

En sus Enseres para sobrevivir en la ciudad, Vicente Quirarte sostiene que cuando el acto de escribir conlleva una periodicidad obligada, es preciso hacerse de un cuaderno para cumplir con ese cometido. Entre los accesorios indispensables del escritor consumado, como del aspirante a serlo, un cuaderno siempre es de gran ayuda. Sin embargo, muchas de las cosas allí plasmadas no suelen mostrarse a la luz de un posible lector, sino que se quedan para “consumo interno” de su autor. Desde el diario persona hasta la bitácora de viaje, cada cuaderno tiene su propia razón.
            Viajera incansable por los senderos de la escritura, Esther Seligson (1941-2010) nos entrega, a guisa de obra póstuma, Escritos a mano, antología compuesta por apuntes de viaje, fragmentos de diario, crónicas, poemas, incluso una serie de artículos de análisis sobre el conflicto en Medio Oriente, particularmente centrados en Jerusalén: crisol de culturas, punto de quiebra.
Escritos a mano se compone por cuatro partes: aquella que da título al libro, “Jerusalem”, “Reflexiones de un perplejo” y un “Diario de viaje al Tíbet”. En el primero se conjuga por entero el prístino destinatario de la escritura, es decir, hacia sí mismo, donde vale más significarse que justificarse. Veamos algunos ejemplos: Lo que sé y soy ha sido volcado en todo lo que escribí, en las clases que impartí, en el diálogo con aquellos interlocutores que me han acompañado durante un trayecto de sesenta y ocho años. Vivo bajo la máxima de “querer es poder”, pero acepto el Azar, el llamado Karma, el Goral, no como un determinismo ciego sino como la conciencia de que la libertad de elección es intrínseca a los seres humanos, según afirma el Pirké Avot: “Todo está previsto, pero el hombre tiene libre albedrío”.
Al momento de leer esta sentencia –agrupada bajo el apartado “Cicatrices”– tiene un cierto resabio de E. M. Cioran (filósofo rumano traducido por Seligson en algún momento de la vida): “Lo que sé a los sesenta años, ya lo sabía a los veinte. Cuarenta años de un largo y superfluo trabajo de comprobación”. Sin embargo, para ella comprobar menos que parecer superfluo, es necesario, incluso si de entrar en “Soliloquios” es preciso: Yo regresé a Itaca por mi voluntad aunque ahí nadie hubiese llorado mi ausencia, volví por puro cansancio de tejerme esperas, inventarme islas y sirenas, volví para no perderme en recuerdos –los propios y los ajenos– y andar náufrago recogiendo escombro de un barco no abordado (Quede evidente en este fragmento la necesidad de plasmar las dudas, las experiencias en un cuaderno.)
Para la segunda sección, “Jerusalem”, Esther Seligson cumple un destino de acuerdo a su formación dentro de la cultura judía: viajar a Jerusalén, al menos una vez en la vida; pero su visión de esa Jerusalén dorada sólo puede compaginarse con otro punto de origen, el lugar de nacimiento de la autora, la Ciudad de México: ¿A dónde quiero llegar con estas comparaciones, semejanzas y correspondencias? Al lugar de mi escritura, al sitio donde la impronta de todas las ciudades santas que he recorrido hasta ahora se entrelacen como los ecos que me recorren, con la Palabra, lugar donde todos los exilios culminan […] pues la escritura es la única Tierra Prometida que le espera al escritor, y el Libro la única ciudad santa que le da cobijo.
Dos visitas a Jerusalén merecen igual atención en este apartado: 1981-1982 y 1993-1995. En ambos tránsitos observa que el movimiento propio de esa ciudad es el termómetro de la situación predominante (y todavía presente, cabe decirlo) en Medio Oriente. En la primera escala prosigue el camino de la fe (Jerusalem es un espacio poblado de plegarias, materialmente poblado de plegarias: no se trata de una metáfora) mientras que en la segunda apela al cuidado de un legado (Necesidad de preservar la identidad, más que la individualidad. Es decir, de preservar la memoria.) El corazón y el cerebro, motores de una escritora franca y certera.
En “Reflexiones de un perplejo”, Seligson se enfoca en escribir un tema muy delicado (y con el hígado, recordando a Edmundo O’Gorman): la situación política de Israel en los últimos meses de 1982. (33 años después, no pintamos nada.) Las diferencias entre árabes y judíos parten tanto de su concepción del mundo como de la forma en que la aplican y la viven. Unos y otros han estado impuestos a verse enemigos y antagonistas (y hablo de las masas, excluyendo a propósito los periodos de mutuo intercambio y florecimiento intelectual) ya desde su origen bíblico como hijos de Abraham. Hermanos por la raíz, son, al parecer, ramas inconciliables.
Sin ser del todo una analista en temas internacionales (como los que abundan en los noticiarios, muchos de ellos, verborreicos francotiradores que tiran a diestra y siniestra), es enfática respecto a los problemas de raíz entre palestinos (árabes) e israelíes (judíos). Sin terminajos ni nomenclaturas forzadas, su visión se resume en una sola palabra: comprensión mutua. (Asignatura todavía pendiente, ¿no creen?)
Tanto “Escritos a mano” como “Jerusalem” cuentan con una notable peculiaridad: la poesía, puesto que la segunda mitad de cada apartado se compone por poemas de diversa forma (del verso libre al soneto) y fondo (paisajes, viñetas, instantáneas); recurso, habría que decir, para librarse de que la realidad lo rebase a uno, donde todos los silencios dichos entre líneas se vuelven respuestas necesarias, inclusive hasta buscadas de frente y vuelta.
Por último, “Diario de un viaje al Tíbet” prosigue el itinerario de fe con que Esther Seligson se lanza en su búsqueda de sentido, donde sin mayor problema asume su destino como escritora, es decir, para forjarse de encuentros: […] Todas las personas que encontramos fueron instrumento para transmitirnos SU mensaje, una lección-espejo de nuestros deseos, impulsos, aspiraciones de Absoluto… (Paréntesis aparte: mientras me sumergía en la lectura del libro que hoy nos ocupa, recordé una canción del grupo chileno Makaroni, cuya letra dice lo siguiente: “En blanco he quedado,/ desaparecer/ del cuerpo y del tiempo,/ del aire y su poder”. Pienso que quien busca su sentido dentro del mundo que se vive y que le rodea, es preciso desaparecer, olvidarse de cualquier nomenclatura y decirse las cosas por vez primera; así, el mundo no nos rebasará del todo.)
En suma, Escritos a mano, además de ser el “testamento” de una escritora non, de ágil pluma y suspicaz por convicción, es un volumen de vital ayuda para sacudirse las presiones de la realidad, en aras de desafiar a la inercia que todo lo permite y obstaculiza, porque la vida se conoce mejor desde la mirada de quien la buscaba a diario; que esta miscelánea abra puertas y construya puentes para no creerse lo primero que se piensa. Ya desde el propio título del libro se busca el conocimiento de primera fuente, como escrito a mano, a vuelapluma.
En la vida como en la lectura, reside en ustedes, gratos lectores, confirmar estas claves, o crear otras rutas en busca de éstas. (Así sea.)

Esther Seligson. Escritos a mano. México, Jus/ Universidad Autónoma de Nuevo León, 2011 (Contemporáneos).

(4/enero/2016)

miércoles, 6 de abril de 2016

Estancias tras la vida

Ulises Velázquez Gil

“La vida es lo que sucede mientras te encuentras haciendo planes”, decía John Lennon en una de sus canciones. Para quienes ejercemos a plenitud el oficio poético, en efecto, sí hacemos planes, pero para asir a la vida misma. Cada poema, desde el primer bosquejo, tiene su propio génesis, sólo susceptible de generar otras lecturas, sin importar su procedencia.
Consciente de que el oficio poético es una travesía de resistencia –con todo y planes previos, si se permite decirlo– la escritora duranguense Atenea Cruz nos presenta en Apuntes al reverso de papeles diversos el resultado de varias andanzas por el tiempo presente, a guisa de bitácora donde se descubre el envés de las cosas.
Conformada por 16 poemas, Apuntes al reverso de papeles diversos devela instantes sucedáneos al contacto con papeles de diversa procedencia, casi en afán de consignar una “grafomanía”, donde el papel más inusitado genera otros universos al alcance de la vista. Libros de biología y de física, ediciones baratas y de segunda mano de novelas y poemarios, boletos, recibos de pago, fotografías y hasta anuncios clasificados, transitan en este poemario como pretexto para conversar consigo mismo y ante la realidad circundante. Tal es el caso del poema detrás de una solicitud de empleo, que comienza de esta forma: De todos los oficios/, precisamente éste:/ la pregunta sin fin,/ el talento terrible de encontrar/ la llaga de las cosas. Para después llegar a la siguiente conclusión: Lo único que ayuda a clausurar/ ese pozo que soy/ es la palabra./ La poesía:/ el ansia que aprendí/ para calmar mis ansias.
(Paréntesis aparte: el ejercicio de escritura no pierde valor alguno si se practica fuera de los enseres indicados para ello, como una libreta, por ejemplo. Pero si en lugar de ésta ¿tendrían igual valor un boleto de avión, el recibo del hotel o una fotografía? Para quienes vivimos por y para la literatura, la superficie de escritura da lo mismo mientras el mensaje expresado sea prístino y certero a todas luces.)
En el poema que nació en una edición barata de Sendas de Oku, hay una doble lectura: por un lado, pasa revista del día presente −un diario, podría decirse− (12 de junio. Ayer llovió. El parque se ha inundado. Mi perra Musa ladra a su reflejo. Un niño avienta una piedra. El agua vuelve a la calma. Los pájaros se atreven a bajar), mientras que por el otro, mediante la forma poética del haikú, se vuelve señero homenaje y ofrenda: En el charco/ un chanate abreva,/ dos veces libre.
Para el caso de la fotografía, Atenea Cruz encuentra una muy buena razón para maravillarse ante el vértigo de la luz, en el cual se envuelven las fotografías más entrañables, o también las más llamativas: No supimos la fiesta,/ pero igual compartimos/ el goce de la pólvora/ porque la luz es buena siempre, /siempre. […] Fuiste el atardecer./ Y yo/ tan sólo supe/ ser silencio.
Sobre el poema escrito “detrás de un boleto de avión”, una vez que se lee con cuidado, es inevitable sentirse como aquel poeta en el aeropuerto (descrito en alguna canción de Joaquín Sabina), es decir: Contra todo presagio, sin embargo,/ pasa noches y días buscando la manera/ de despojar el cuerpo/ del natural estorbo de su peso, y después rematar con estos versos: […] ya sólo la modestia de los niños/ reconoce el milagro/ de que seres humanos igualen en el cielo/ monolitos de acero con la gracia sutil de la gaviota.
En suma, Apuntes al reverso de papeles diversos agrupa varias inquietudes de asir el tiempo y proseguir una conversación donde las cosas, cansadas de entablar su propia guerra, se permitan otra mirada en su misma trayectoria. Si bajo la lengua del poeta un tesoro nos espera, la Poesía –así, con mayúscula– nos recompensa con varias estancias tras la vida, y decir de otro modo lo mismo.  
Queda decir, por último, que este poemario se encuentra encartado en la revista Tierra Adentro correspondiente a julio de 2015. Si un papel de cualquier procedencia puede parir un poema, ¿por qué una revista no habría de hacerlo con una plaquette de poesía? Sólo estos milagros ocurren cuando la literatura nos presenta sus propios planes, y lo demás que llegue por añadidura. (Así sea.)

Atenea Cruz. Apuntes al reverso de papeles diversos. México, CONACULTA, 2015 (La Ceibita, 19).

(9/diciembre/2015)

miércoles, 23 de marzo de 2016

Verdades a merecimiento

Ulises Velázquez Gil

Al final de la carta con que se “despide” del mundo, el escritor cubano Reinaldo Arenas, con el humor negro que lo caracterizó en vida, lanzó una lapidaria sentencia: “Después de muerto, a uno se le perdonan todos los defectos”. Aunque punzante y no por ello acertada, en ciertos casos no se aplica por completo, por lo que es preciso echar manos de otros recursos, entre ellos, los del retrato, donde se presentan con justicia los pros y los contras de la persona ya ausente. Desde el engorroso obituario hasta el discurso que se pica de cívico, ningún detalle debe escapar a nuestra vista. 
Desde la orilla de la obra póstuma, Antonio Alatorre (1922-2010), filólogo de peso completo, presenta en Estampas varios retratos de sus maestros y colegas, (conocidos y queridos por él, cabe decir) que, además del encomio y las deudas del corazón, justiprecian algo mejor: la verdad, en el sentido que Voltaire consideraba para ajustar cuentas con la vida.
En el curso de doce textos, escritos en un lapso de treinta años aproximadamente, entre discursos y perfiles por encargo, Estampas da cuenta de nueve figuras dedicadas a la docencia y a la creación, además de una pequeña biografía sobre un sitio que dio mapa y destino a un entusiasta “aprendiz de filólogo”: el entonces Centro de Estudios Filológicos, donde la presencia señera de Raimundo Lida, consumado maestro suyo, llevándolo hacia otros horizontes, entre éstos el nacimiento de la Nueva Revista de Filología Hispánica: Su primera tarea, como “eslabón”, no fue la pedagógica, sino la editorial. (Claro que Lida siempre era maestro. A sus primeros discípulos, en esos primeros meses, nos enseñó a hacer esa revista. Ejemplo: cuando le llevé mi traducción del artículo de Bertoldi, la leyó en mi presencia, pluma en mano, y me explicó cada detallito que se iba presentando: terminología, significado de las comillas simples, abreviaturas…) Lida tenía el don de hacer trabajar a la gente.  
En algún momento de la vida, hay maestros que aparte de dar conocimiento comparten algo de experiencia futura, susceptible o no de volverse realidad; tal el caso de Raimundo Lida quien aconsejó a Alatorre lo siguiente: “Doctórese pronto y mal”. En aras de prevenir el paso de la realidad, tal y como le sucedió a su maestro, el genial discípulo sí hizo caso de aquel consejo, y aunque Alatorre no terminó sus días como docente en una universidad del extranjero (tal y como le pasó a Lida), la vida en El Colegio de México no fue la misma sin su notable magisterio.
Dos presencias señeras que marcaron el rumbo posterior de Antonio Alatorre dentro del COLMEX fueron, sin lugar a dudas, Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas. En los retratos que hace de ellos procura no caer en el lugar común que el dominio público hizo de ambos (el generoso Reyes y el implacable Cosío), sino que los pone en una justa dimensión, como fundadores y líderes de una institución hoy día recién llegada a los 75 años; incluso en momentos de gran importancia, Reyes era igual de tajante que el propio Cosío. Va de ejemplo el siguiente fragmento: El episodio de los rollos de excusado me dio la oportunidad de redactar, por primera (y hasta ahora última) vez en la vida, una renuncia. Me sentía herido en mi dignidad. […] Don Alfonso la medioleyó, y luego, con una ancha sonrisa: “Muy bien hecho, Antonio –me dijo–: Dios no lo ha llamado para estas cosas”. Total, una historia feliz, porque quedamos felices los dos.
Por otro lado, Cosío, con toda la fama de ser una persona del No, tampoco se anduvo con medias tintas cuando de encaminar a un prófugo del código penal se tratase, ¡y en presencia del propio Reyes!: “No veo yo aquí ningún problema –dijo entonces Cosío–: es incuestionable que si el muchacho se interesa por la literatura, no tiene por qué seguir embruteciéndose con el derecho administrativo”. Don Alfonso trató de suavizar las cosas. Había que proceder con prudencia: un título es un título, y el de abogado es siempre útil en la vida, se trata de una carrera “segura” […] Don Daniel lo oyó con circunspección y cortesía, para salir, inesperadamente, con esto: “Mire, Alfonso: usted y yo tenemos título de abogados, y ¿quiere decirme para qué carajo nos ha servido?” Así, literalmente. Porque la frase se me quedó hondamente grabada en la memoria. (El resto de la historia ya lo conocemos… por vía de un filólogo persistente y sin tapujos.)
En lo que respecta a sus coetáneos, Alatorre los presenta en toda su amplitud, es decir, tal y como tuvo la fortuna de conocerlos, sin dejarse llevar por las leyendas creadas a su alrededor. Para los casos de sus paisanos como Juan Rulfo y Juan José Arreola, valen más las enormes minucias que el propio nombre (porque, seamos honestos, pese a dar santo y seña de su persona, no nos proporciona nada más). Con Rulfo se perspectiva apunta a conciliar las contradicción de su persona, a poner en claro que su origen es su propia obra, incluso falseando sus datos: […] Juan decía que había nacido en 1918, y no en Sayula sino en San Gabriel, o, alternativamente, en Apulco. Lo del año ha sido explicado por Arreola: Juan declara haber nacido en 1918 “no por quitarse un año, sino por compañerismo”: para hacerles compañía al propio Arreola, y a Alí Chumacero, José Luis Martínez y Jorge González Durán, nacidos todos en 1918 […] Yo diría más bien: para que ellos le hicieran compañía a él, pues él, por lo visto, se sentía muy solo en la “generación 1917”. Otros datos personales de Rulfo se dan cuenta en el perfil elaborado por Alatorre (siempre con la finalidad de darle al lector la elección definitiva); ya con los datos “reales” y los dados por Rulfo, sometidos a severo análisis, resume la invención de Rulfo en la siguiente frase: Fusión, transmutación y purificación: las operaciones de la alquimia.
Hablando de alquimia aplicada a la vida pública y privada, en su perfil de Juan José Arreola, más que una cuestión cuantitativa, se esmera en destacar las cualidades de un personaje singular cuya amistad fue, en sí, el mayor de los magisterios: En 1944 […] Arreola me tomó de la mano, y de la manera más natural del mundo se hizo mi maestro. Aunque la experiencia literaria sea, por definición, cosa exclusivamente personal, yo puedo decir que aquí ocurrió una auténtica transfusión: Arreola me contagió su experiencia, y yo conseguí hacerla mía. Yo era un gran vacío en espera de ser llenado, y él era un gran lleno dispuesto a todos los desbordamientos. […] El magisterio de Arreola abarcaba todo. […] Arreola, en una palabra, me abrió los ojos. Él me sacó de Egipto.
Una presencia, si no fundamental, al menos notoria, fue la de Octavio Paz, con quien tuvo varias diferencias de orden intelectual. Una amistad (“de segunda clase”, según Paz) que se volvió, con el paso de los años y las polémicas, en una enemistad inesperada, pese a que Alatorre no cejó en compartirle hallazgos y prodigarle generosas correcciones, como aquellas que hiciera a Las trampas de la fe, en su calidad de especialista en Sor Juana Inés de la Cruz. En 1982 […] yo ya venía estudiando a sor Juana, así que leí el libro con mucha atención y muy despacio. Mi ejemplar, que tiene una dedicatoria sumamente amable, está todo marcado a lápiz. Y, como desde el principio me llamaron la atención ciertos errores muy concretos, les fui poniendo las iniciales O. P., que significaban: “Tengo que mandarle a Octavio una lista de estas cosas”. Y en efecto, hice una lista de más de cien errores y se la mandé con un recadito que decía más o menos: “Un libro tan importante debería estar limpio de estas manchas” […] la respuesta de Octavio, que fue inmediata, comienza así: “Querido Antonio, muchísimas gracias. Eres muy generoso. Además, eres un lince y ves lo que no vemos los demás. ¡Cuántas cosas encontraste! (Detalles como éste confirman esa sentencia de John Reed: “ser tu amigo es ser honrado intelectualmente”; aunque en la realidad el trato personal fuera distante a morir. C’est la vie.)
En suma, y con un particular estilo al leer su contenido de un tirón, Estampas de Antonio Alatorre es un justo recuento del paso de vidas ejemplares sobre otra no menos particular, y lo hace, según su colega y discípula Martha Lilia Tenorio, con la sinceridad, la generosidad y la honestidad del que ajusta cuentas con mentores y colegas, al mismo tiempo que las ajusta con él mismo. Y aunque en vida nunca se tomó en serio la tarea de reunir todos sus artículos académicos y de difusión, en un futuro nada lejano esta compilación deberá nutrirse de otras estampas que duermen aún en revistas y en los cajones de su escritorio: tarea colateral a la ingente y titánica labor de ordenar sus obras completas; verdades a merecimiento en busca de persistir en la memoria.
Si después de muertos, se nos perdonan todos los defectos, la verdad, tal y como sostenía Voltaire, es más que necesaria. Y este libro se empeña en realizarlo por entero. (Sea, pues, así.)  

Antonio Alatorre. Estampas. México, El Colegio de México, 2012. (Testimonios)

(4/diciembre/2015)