miércoles, 11 de julio de 2018

Colores del tiempo

Ulises Velázquez Gil


En su discurso de ingreso a El Colegio Nacional, Jaime Urrutia Fucugauchi define la vida en la academia “en términos de aprender a hacer, saber hacer, hacer y hacer saber”; aunque de todos ellos, el más persistente sea aprender a hacer. En el panorama general de las ciencias, son contados los casos de personas excepcionales que supieron ver más allá del panorama prevaleciente de su época, donde más que seguir trayectorias, de antemano delimitadas, diseñaron su propio mapa de ruta, en aras de aprender a hacer. Sin duda, se trata de los inventores, quienes más allá de las necesidades de su tiempo, fueron conscientes de los pasos de sus antecesores parar abrir brecha propia.
            Para el caso de México, encontramos esta figura señera en Guillermo González Camarena, cuyas aportaciones hacen eco hoy en día; sin embargo, una vida como la suya no se define con base a un solo éxito u contribución, sino a los pasos andados para conseguirlo.
Divulgador de la ciencia y escritor de cuidada inteligencia y amor al detalle, Carlos Chimal nos entrega en Fábrica de colores un acercamiento biográfico a González Camarena, donde además de abordar su invento cumbre -la televisión a colores-, pasa revista por los sucesos y las cosas que lo llevaron a realizar dicho invento, amén de otras facetas apenas inimaginables. Y para conocerlas, bastan cinco escalas (capítulos) para ello.
En el primer capítulo, “Vivir es una cosa ciega”, conocemos los orígenes familiares de González Camarena, así como los sucesos que detonaron su pasión por las ciencias, en tiempos donde la defensa de una postura política o los devaneos de la economía posteros a un conflicto armado, tenían mayor valía que la fe en la ciencia y el conocimiento.  En el mundo exterior al que había llegado […], las cosas no andaban mejor, dejando en los ciudadanos, chicos y grandes, la rara sensación de que muchos eventos en este mundo están realmente conectados y las consecuencias son ciertas. En ese mundo, el contacto del niño González Camarena con el conocimiento (por medio de los trabajos de su padre y de sus lecturas tempranas en la biblioteca familiar), lo llevó a interesarse por el electromagnetismo y por los hombres que lo llevaron a efecto (visionarios todos), que inocularon en él la inquietud de seguir sus pasos, porque […] en vez de salir a jugar con los vecinos o encontrarse “ a echar relajo” con otros compañeros de la escuela, Guillermo se encerraba a inventar artefactos en el sótano de la casa belle époque […]. Una planta de luz para uso de su familia -y por la que “cobraba” una cantidad simbólica- o hasta una reja electrificada a prueba de niños abusivos (que le lanzaban cáscaras de naranja mientras él trabajaba) fueron algunas de las cosas que el pequeño González Camarena hizo desde el sótano de su casa. Pero lo más sorprendente de esa época eran los lugares donde se abastecía de materiales para sus inventos: los mercados de La Lagunilla y Tepito, donde “chatarra y basura indescifrable” se volvía combustible para “la imaginación enfebrecida y metódica del inventor”; aunado esto a su prodigiosa memoria, las maravillas resultantes de ello no se hacían esperar: Dominar las técnicas que lo lleven a uno a obtener un objeto, el cual desempeñe el acto para el que fue diseñado, exige conocer en forma minuciosa hasta el más humilde los tornillos y el más insignificante de los cables. Tienes que entender a ciencia cierta qué puedes esperar de cada uno de ellos.
Además del conocimiento práctico, obtenido gracias a sus lecturas y pesquisas en mercados de chácharas y negocios establecidos, Guillermo González Camarena ingresó a la entonces Escuela Profesional de Ingeniería Mecánica (hoy ESIME) del Instituto Politécnico Nacional para seguir aprendiendo, y pese a las bromas de sus compañeros, su donaire e inteligencia le ganaron la admiración hasta de sus propios maestros, a tal grado que uno de ellos lo acompañó hasta la entonces Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas para el registro oficial de una nueva empresa tecnológica.
Antes de saber en qué consistiría esa gran empresa, descubriremos en el capítulo 2, “La familia y la tribu”, las genealogías familiar y científica de González Camarena, a fin de conocer su papel como continuador de una línea de innovadores en la ciencia, pero también como una persona consiente de la brecha abierta por su familia, desde abogados defensores de las libertades humanas y políticas, hasta empresarios -su padre, por ejemplo- que buscaron crear tendencia más que continuarla. (Paréntesis aparte: Concepción Navarro y Ogazón, abuela materna de González Camarena, fue prima por vía materna de Ignacio Luis Vallarta y de Pedro Ogazón y Rubio, gobernadores de Jalisco, así también de Juana Ogazón Velázquez, abuela paterna del escritor Alfonso Reyes. Por diversos caminos -las letras y la ciencia-, González Camarena y Reyes se abrieron paso, siempre en aras del conocimiento, y de compartirlo contra viento y marea. Gente de mítica prosapia, pero de afanes reales.)
“Para mirar a la distancia”, tercer capítulo de Fábrica de colores, (ahora sí) da cuenta de la empresa de gran alcance, principal motivación del trabajo de González Camarena: la transmisión de imágenes a distancia, es decir, la televisión. En este punto, el autor nos pone al tanto de los sucesos y de las figuras que dedicaron sus días a la creación y al perfeccionamiento del televisor y qué tan importante serían las aportaciones de GGC en ese campo. Al igual que sucede con los mejores creadores, estaba insatisfecho. Sabía que el siguiente paso era desarrollar la televisión a colores, por lo cual desde 1935 dedicó todo su talento a perfeccionar su equipo personal. […] Pronto cayó en la cuenta de su potencial para la naciente televisión en blanco y negro, y decidió patentarlo, animado por su hermano Jorge. Después de todo, ¡la vida transcurría a colores! Para lograr el registro de su patente en los Estados Unidos (puesto que en México ya era visitante asiduo de la SCOP -hoy SCT-), consiguió el dinero necesario para ello de una manera poco ortodoxa para un científico: se dedicó a componer canciones y con un poco de suerte, llegaría el intérprete ideal que haría famosas sus composiciones -y con las consiguientes regalías, claro. En componer canciones de gran éxito como en perfeccionar sus inventos, a González Camarena no le fallaba el tiro, pues en aras de aprender a hacer, digno es abrir brecha, con un espíritu ecuánime, previsor y hasta juguetón, porque […] entendía el aspecto lúdico de inventar artefactos útiles para convertir la vida real, ciega, aleatoria y hostil, en algo cercano al paraíso, propósito esencial de un buen mago. Y dentro de esa “magia” que sólo la ciencia y la imaginación tienen, sus afanes se tornaron videncia, donde su invento tenía ya su propio radio de acción: la televisión con propósitos educativos: […] si bien es debido a su espíritu lúdico era natural para él que la televisión al aire debiera de ser eminentemente educativa, su disciplina y visión le soplaron al oído: “Sí, educa, pero no aburras al espectador”. Ése fue el tipo de magia que practicaba con Chen Kai […], o frente a su familia algo divertido que, al final, quizá venga acompañado de una enseñanza. (Un equipo profesional de televisión para la enseñanza de la medicina y la entrada al aire del Canal 5 XHGC, lo demuestran a todas luces.)
Al momento de llegar al capítulo cuarto, “Houston, hemos resuelto un problema”, vemos qué tan lejos llegaron sus inventos y las consecuencias derivadas de éstos; para ello, los Laboratorios GonCam (es decir, el sótano de su casa en Havre 74) ofrecían otras maravillas dignas de exponerse en una feria de ciencias, pero su “destello” perduraría por décadas tanto en la pantalla Trinitron como en equipo de transmisión portátil a colores empleado por la NASA en plena efervescencia espacial.
El capítulo quinto, “El Club de la Terrible Pesca del Ajolote”, aborda aspectos menos conocidos (no por ello, entrañables) de la vida de Guillermo González Camarena. Gustaba de inventar historias, recrear sucesos históricos mientras salía de viaje, aprendía náhuatl con hablantes nativos -en lugar de hacerlo con profesores universitarios-, y como todo genio que se digne de serlo, encontrar en remanso de paz entre la algarabía de la tecnología y el sopor de la realidad, donde flora y fauna convivieran en franco equilibrio. Vaya, hasta le hizo de diseñador gráfico con su logotipo del Canal 5, basado en los ideogramas nahuas, que parece hecho para el día de hoy. Y por encima de estas cosas, su familia ocupaba su atención a cada paso.
A medida que avanzamos en la lectura, el genio y figura de GGC destella intensamente cuando sus hijos refieren alguna anécdota: desde el “colorido” de sus cartas, enviadas desde alguna parte del mundo, hasta volverse cómplice suyo en alguna travesura: […] un hombre serio y al mismo tiempo juguetón, respetuoso y desenfadado, simpatizante de la discreción y no del alarde. Podríamos confundirlo con un pequeño mago del entretenimiento pero en algún momento nos daríamos cuenta de la “seriedad” del asunto. (Incluso, sus habilidades de científico, en ocasiones las aprovechó para jugarle bromas a sus amigos y sorprenderlos con trucos de magia dignos del mejor mago de Las Vegas, con sesión hipnótica y toda la cosa.)
¿Dónde reside la magia de Fábrica de colores? En presentarnos, con toda su amplitud, a un personaje único en la historia mexicana, cuyo afán de conocer los arcanos del conocimiento lo llevó por derroteros inimaginables, tan sólo usando los recursos que tenía a la mano, y de ahí, crear maravillas para uso y deleite de la población en general; y como buen inventor que se digne de serlo, encontrar en los colores del tiempo la trayectoria a seguir, en el empeño de aprender a hacer.
Figuras como la de Guillermo González Camarena bien merecen un biógrafo a la medida, y con este trabajo de Carlos Chimal ya se tiene hecha la mitad de la tarea; el 50% restante queda en manos de ustedes, lectores, y ponerla al alcance de todos, porque en la ardua empresa de hacer saber (retomando a Urrutia Fucugauchi), todo queda en intentar e inventar. Y que el tiempo nos ampare en ello.

Carlos Chimal. Fábrica de colores. La vida del inventor Guillermo González Camarena. México, Fondo de Cultura Económica/ Secretaría de Educación Pública/ Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, 2017 (La Ciencia desde México, 248).
  

miércoles, 10 de enero de 2018

Escalas de la generosidad

Ulises Velázquez Gil

Una de las maravillas de este mundo que no deja de sorprender a Jorge F. Hernández, es la amistad a primera vista, la cual se presenta frente a nosotros de maneras poco frecuentes; en la lectura se manifiesta bajo el feliz hallazgo de un escritor nuevo, o en las palabras de un lector agradecido dentro de un e-mail. (A final de cuentas, en ambas destella un mismo sentimiento: la gratitud.)
            Para el escritor colombiano Álvaro Mutis (1923-2013) esa generosidad se evidencia en el sinnúmero de páginas escritas desde y para el país que le acogió desde finales de los años 50 hasta su muerte en 2013, y que, gracias a su hijo y colega Santiago Mutis Durán, tenemos en nuestras manos: “En los cincuenta años que dura esta segunda patria, Mutis ha escrito toda su obra, y aunque ha hablado del ‘exilio’, él no se considera uno de esos seres ajenos, gracias a las cualidades de esta inagotable estación y de quienes allí nacieron”.
Estación México. Notas 1943-2000 se conforma por setenta y un textos, entre prólogos, artículos periodísticos y textos incluidos en volúmenes colectivos, que dan cuenta de la vida, obra y milagros de colegas y amigos mexicanos: desde la pintura -a la que Mutis dedica bastantes líneas, pese a su “desconocimiento” de la crítica de arte- hasta la literatura, sea prólogo, retrato a vuelapluma, o en el mero ejercicio de la remembranza.
Mal oficio para los poetas éste de hablar de pintura. Malo e inútil. Se trata de volver, con las consabidas y deslavadas palabras de todos los días, a tratar de asir lo inasible, de mencionar lo innominable. Ante la obra plástica de Carmen Parra, Vlady, Roger von Gunten, Arnaldo Coen, Fernando Botero, Vicente Rojo y los inverosímiles Abel Quezada y Juan Soriano, Mutis traza algunas líneas en aras de corresponder al milagro que presenció por obra y gracias del talento y del estilo de sus contemporáneos: En su forma de “ver” la pintura, en su manera de vivirla, nunca ha habido, que yo recuerde, un juicio emitido a la ligera, una palabra gratuita o nacida de un momentáneo capricho (Botero); Es una pintura que contribuye a nuestra felicidad personal y nos alivia, en parte, de la fea pena de existir y de su trabajo residual y gratuito (Vlady); En los óleos […] la nostalgia se pasea en ellos como un sorpresivo reptil y dejan en el espectador un no sé qué de perdido, algo que hubiéramos querido compartir en ese preciso instante que el cuadro eterniza y no en otro (Abel Quezada); […] esa otra ceguera de la que sólo pueden rescatarnos por obra de un azar inmerecido aquellos privilegiados que sí saben hacia dónde miran las ventanas del mundo y hacia qué silencio se retiran los vasos jamás maravillados por el líquido que hace olvidar las estaciones y confunde la rutina espectral de las brújulas (Vicente Rojo); […] canta en sus telas y papeles el milagro incesante del barroco y sabe hacerlo con espléndida fortuna merced a su dominio de todo lo que la pintura moderna ha podido crear en formas y colores insospechados (Carmen Parra).
Así también, Mutis dedica generosas líneas al arte de la fotografía, donde los nombres de Víctor Flores Olea, Paulina Lavista y Patricia Arriaga suenan con fuerza propia; por otro lado, en Estación México resaltan dos textos que se ocupan de la arquitectura: uno, alrededor del número especial de la Revista de la Sociedad Mexicana de Arquitectura, de 1994, y otro, en torno a la biblioteca de Luis Barragán, arquitecto de aura humanista, cuyo interés por la literatura y por la figura de san Francisco de Asís sobresalen por donde quiera que se mire. No creo que exista manera más fiel y directa de conocer a una persona que visitar su biblioteca. Los libros que han acompañado toda una vida son los testigos elocuentes de los más secretos rincones de un alma. No hay retrato igual. […] La extraordinaria sensibilidad que reflejan los libros reunidos por Barragán a lo largo de los años en esta tierra ponía en evidencia un alma abierta a las más hondas y más viejas inquietudes humanas.
(Paréntesis aparte. En una entrevista concedida a la edición mexicana de la revista Cambio, cuenta Mutis que ante el alud de problemas legales y migratorios en los que se hallaba inmerso a finales de los años 50 en México, Octavio Paz -a la sazón, amigo suyo- le dijo las siguientes palabras que lo marcarían para siempre: “Por muy graves que sean tus problemas, debes prometerme una cosa: que no dejarás de escribir. Prométemelo, pues lo demás no tiene importancia”.)
Otro aspecto fundamental de Estación México es la devoción por la lectura que Mutis profesa a cada instante, y doblemente cuando se trata de sus colegas, escritores de mar y tierra, cuya obra suscita en él un prodigio de empatía y, si se quiere, de amistad, y su pluma no repara en acertadas, generosas e inteligentes lecturas: Ese milagro que descansa en un equilibrio, siempre logrado y siempre mantenido, entre el significado de las palabras y su poder de invocación y evocación de personas y momentos que perviven más allá del tiempo y su trabajo inapelable (Andrés Henestrosa); Sólo quien se ha debatido […] con sus propios demonios y con los ajenos, sólo quien regresa de hondos abismos y fragorosos socavones, puede rendir cuenta de su vida y de los seres y lugares que la designan, con tan inteligente eficacia literaria (Juan José Arreola); Cada vez que recorro las páginas de su obra, lo primero que me asombra es justamente ese afán suyo de celebrar e inaugurar los elementos que pueblan el entrañable paisaje de su tierra tabasqueña (Carlos Pellicer); […] narra y canta a la vez la presencia de una ciudad y de algunos de sus habitantes y príncipes y, al cantarlos, vuelve a nombrar las cosas del mundo, las más cercanas, frutos, utensilios, caminos y rincones y las más distantes pero anunciadoras del destino de lo fundado por el poeta […] (Elva Macías).
Dos autores que han merecido mayor atención por parte de Mutis, sin duda, son Octavio Paz y Francisco Cervantes, cuyo genio poético sigue ganando batallas y afianzando puentes de amistad; la noticia del Premio Nobel de Literatura a Paz, y la reunión de la poesía completa del lusófilo queretano (con todo y una breve escala en la figura de Fernando Pessõa, donde ambos convergen armónicamente) son sólo algunos de los momentos que Mutis traza con el afecto y la pluma, en franco justiprecio de personas y obras.
Esta incursión por el universo mexicano de la obra de Mutis no estaría completa sin la mención de una palabra importante: Lecumberri. Fue en la cárcel del mismo nombre donde el escritor conoció a fondo la verdad de los hombres, misma que le ayudó, más adelante, para contar las aventuras de Maqroll el gaviero (presente desde su poesía previa, mucho antes de su reclusión); en el presente volumen se reúnen prólogos a diversas ediciones del Diario de Lecumberri, y un fragmento de las Cartas a Elena Poniatowska. Además, su recuerdo de la prisión, se denota en otros textos: uno sobre la pintura de Enrique Grau, y en el prólogo al libro Transgresión, creación y encierro de María Luisa Laguna y María Laura Sierra.
En suma, el valor de Estación México reside en evidenciar la importancia de México en la vida y en la obra de Álvaro Mutis (por vía de escritores y artistas plásticos, amigos todos), a guisa de agradecimiento por las maravillas vistas, leídas y vividas en un país que se precia de generoso y hospitalario desde el primer momento, entre infortunios y coincidencias; de igual forma, el compilador cumple aquí dos deudas: con su padre y colega, por darle el destino de la escritura, y con México, “estación” fundamental en su ulterior curso de vida. Y si me permiten, diría yo que hasta una tercera, hacia los lectores que agradecemos este libro, continuación de una antología previa, De lecturas y algo del mundo.
Ya no cabe duda de que a Jorge F. Hernández le asiste la razón al sostener que hay amistades a primera vista (mediante la lectura de signos, imágenes y sonidos, cabe subrayar), escalas de la generosidad presentes a cada paso, en aras de comprender la vida de todos los días, donde cada presencia obsequia sus dones y en ese encuentro, se defina mejor el papel del país que nos recibe y alimenta, porque nunca terminan los peregrinajes en patria propia. (En verdad.)

Álvaro Mutis. Estación México. Notas 1943-2000. Compilación y edición de Santiago Mutis Durán. Bogotá, Taurus, 2011.

(3/enero/2018)

domingo, 31 de diciembre de 2017

Quince para 17

Ulises Velázquez Gil

Cada año, se intensifica la labor de leer en horas 24, pues a cada párrafo, verso o cita a pie de página, un libro se convierte en dos, y luego el segundo, con sus propias características, de igual forma se “duplica”, y así nos podemos seguir hasta el infinito.
             Sin embargo, en el afán de hacer el listado anual de cada año, la asombrosa multiplicación de los libros juega a favor nuestro, siempre en aras de compartir algunas cosas encontradas en la travesía lectora de todos los días (y donde no faltarán escritoras por conocer y admirar, la lectura mediante). Hoy les comparto a los pasajeros más notables de mi viaje por 2017.
(Si en algún momento, ustedes encuentran ciertas ausencias, excesivas inclusiones o simplemente hacer expreso un reclamo, quien esto escribe los recibirá con todo gusto. Sin más que decir, he aquí mi listado.)

1) Andamos huyendo, Elena (Liliana Pedroza) Como el glorioso centenario de Elena Garro sigue (y seguirá) ganando batallas, y este acertado, generoso e inteligente ensayo sobre su obra, para quienes incursionan por vez primera a la obra elegarriana, es una excelente guía; y para quienes la hemos leído, renueva nuestra predilección por su vida, obra y milagros.
2) Rotación del tiempo (Paola Velasco) Luego de dos libros de ensayo al hilo, la autora incursiona en el género de la poesía; una obra poética de franca sencillez y cuidado al detalle en cuando a sus imágenes. Aunque su brevedad en cuanto a la edición nos deje con ganas de leer algo más, bien merece constantes relecturas.
3) Hacia el Centenario de la Constitución (Javier Garciadiego) A la luz del centenario de nuestra carta magna, resulta indispensable para conocer el ambiente donde se originó el documento más importante que nos define como país; además, la sencillez y la profundidad le otorgan mayor atractivo a este texto.
4) Los opuestos se atraen. Indiferencias y afectos sintácticos en la historia del español (Concepción Company Company) ¿Por qué la presencia de un texto académico en este listado, en particular, el discurso de ingreso a una institución en el ojo del huracán en meses recientes? Muy sencillo, para conocer de primera fuente los trabajos de una investigadora que sigue abriendo brecha y suscitando polémica por donde quiera que se mire. (Quede en ustedes la decisión…)
5) La terquedad de la esperanza. Cuatro cuadros circundantes a un libro revolucionario (Marcos Daniel Aguilar) Itinerario y aprendizaje de un grupo de jóvenes ávidos de llevar el fuego de los clásicos al ambiente de su tiempo; sus acertadas, generosas e inteligentes lecturas de la realidad mexicana en el siglo XX hoy siguen suscitando nuevas y constantes lecturas para los años recientes.
6) Debo olvidar que existí. Retrato inédito de Elena Garro (Rafael Cabrera) El genio y la figura de la mejor escritora mexicana del siglo XX, visto desde la mirada de un periodista -biógrafo necesario, para el instante actual-, donde justiprecia con suma justicia tanto la vida como la obra de Elena Garro. De las mejores biografías de los últimos años.
7) Aves migratorias (Mariana Oliver) El buen ensayo suele ser como un cerillo, sencillo y directo; lo primero, para una deliciosa lectura, y lo segundo, para movernos el pensamiento más de la cuenta. En la dictadura del paper académico, este volumen ensayístico es una bocanada de aire puro.
8) La chica que se ha quedado sola (Mariel Damián) Amén de ser el primer libro de poesía de una joven escritora, desde el primer verso hasta el último, destellan con toda intensidad intuición y experiencia, características que denotan gran maestría en un oficio tan persistente como el tiempo.
9) Cuaderno de faros (Jazmina Barrera) Un buen libro de ensayos, además de remover sensibilidades, es el mapa de ruta hacia la cartografía personal de su autor, y en este volumen, se ejerce a cabalidad un consumado oficio de videncia, es decir, que sabe contemplar más allá de la distancia, a la busca de los arcanos del tiempo. 
10) Eros una vez (Julia Santibáñez) La poesía, para quien la toma en serio, sabe de su carácter lúdico, de jugar a cada instante con las palabras y de quitarle a la eternidad una rebanada; y en ese empeño, este libro viene a comprobarlo de buenas a primeras. (Un libro que viene a confirmar el genio de sus antecesores, Rabia debida y Ser azar.)
11) La isla tiene forma de ballena (Vicente Quirarte) En esta primera novela encontramos a plenitud el interés del autor por el siglo XIX, en particular el periodo de la Intervención y la República restaurada; generoso y bien escrito homenaje a la novela de aventuras -indispensable en la primera formación del autor.
12) Obra negra (Gilma Luque) Cada vida, por donde quiera que se vea, siempre se halla en construcción, y mientras se avanza en la lectura de esta novela, se tiene presente que la “demolición” de sucesos, cosas y personajes, hace eco en la vida ulterior de su protagonista. Una novela que “reconstruye”, mientras nos confronta con la destrucción.
13) Ecos (Atenea Cruz) Se dice que al escribir se convocan fantasmas, pero si esos “fantasmas” nos comparten la cuenta de sus días, la historia es doblemente atractiva, y esta novela, fantasmal de principio a fin, es ejemplo de ello. Una prosa bien cuidada, y una trama que no nos dejará indiferentes.
14) La pulga de Satán (Mariana Orantes) El buen ensayo es, por antonomasia, un paseo, así también una expedición por los territorios cercanos a nuestra realidad; en este volumen, nada (ni nadie) se escapa a la mirada de su autora, moviéndonos a la reflexión, al asombro y al descontento (cualidades del buen ensayo, cabe subrayarlo). 
15) Mi diario sobre ti (Raymundo Ramos) Con más de medio siglo dando batalla en las letras mexicanas (desde la poesía, la edición crítica y el cuento), llega a nosotros su primera novela, en cuyas páginas se concentra toda una vida de creación y de facetas de la experiencia (virtual, vicaria, vivencial); el mejor homenaje para un escritor non, leerlo de primera fuente. 

(Mención aparte merecen dos libros más: Estación México. Notas 1943-2000, de Álvaro Mutis, y El dibujo de la escritura, de Jorge F. Hernández, los cuales merecerán sus propias líneas más adelante. Desde aquí, un digno reconocimiento para ambos.)

Como toda lista, siempre habrá omisiones que excesivas inclusiones, sin embargo, ninguna es definitiva (porque hasta al crítico con más horas de vuelo, se le va el mejor de los aviones); lo que sí, el albedrío de cada lector en elegir los de gran interés, porque “todo lo sabemos entre todos”, como aconsejaba un generoso escritor de fina estampa. 
Aunque 2018 se contempla interesante (por donde quieran verlo), que este año sea de muchas lecturas y maravillosas conversaciones; y aquí, bien lo saben, nos pondremos a mano con ello.
(¡Muchas gracias a ustedes!)

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Videncia de la juventud

Ulises Velázquez Gil

A casi medio siglo de su inscripción en los muros de la ciudad de París, la frase La imaginación al poder todavía suscita asombro y sorpresa por donde quiera que se vea, pero su esencia fue vislumbrada a principios de siglo XX por un grupo de jóvenes en México, quienes, hartos del paso de la realidad, se reunieron en un grupo de alcances incalculables: el llamado Ateneo de la Juventud, cuyos integrantes protagonizaron (con su cambio de perspectiva) una íntegra y saludable lectura del tiempo presente; y aunque todos los nombres merecen igual tratamiento e importancia, de uno de ellos se cuenta historia aparte: Alfonso Reyes, ni más ni menos.
            Consciente de que la figura y el legado de Alfonso Reyes continúan ganando batallas (ante todo y pese a todo), Marcos Daniel Aguilar nos entrega, en La terquedad de la esperanza. Cuatro cuadros circundantes a un libro revolucionario, el resultado de sus empeños sobre aquel grupo de jóvenes y su cruzada cultural, y en particular, la experiencia alfonsina y el primer libro de Reyes, Cuestiones estéticas.
            Compuesto por cuatro ensayos, el autor repasa el entorno de donde surgiera el joven regiomontano, empecinado en dar a conocer los textos de su ulterior publicación, pero también propone un ejercicio interesante (intrépido como irreverente): trasladar la experiencia alfonsina a los tiempos que nos atañen hoy. Vayamos por partes.
            Cuando Reyes trataba de darle forma y fondo a su (futura) ópera prima, junto a sus compañeros del Ateneo buscaba significarse en el mundo de su tiempo, y el Ariel de José Enrique Rodó, su brújula irrebatible. Su mucha afición por la historia y las historias, los llevó a releer a Rubén Darío y a publicar en México un libro que recopiló las ambiciones de justicia que perseguía esta joven generación americana: el Ariel […] clarificó la dirección de la conciencia de aquellos estudiantes, que en la década revolucionaria del 1900 transformó perfiles, provocó terremotos en las voluntades y afianzó el interés por participar en la lucha social.
            Sin embargo, por muy eficaz que sea una “brújula”, es indispensable la presencia de un buen guía, quien les enseñe a emplearla a su favor, e igualmente fomentarles el sentido de orientación; para ello, el dominicano Pedro Henríquez Ureña fue el personaje indicado; vio en esa novel caterva de lectores de la realidad una semilla para el surgimiento de una perspectiva más humanista con que afrontar (y rehacer) el tiempo presente. Pese a que el mismo ímpetu aplicaba para todos, cada quien tuvo sus propios afanes: Es conocido el vigor y la terquedad de José Vasconcelos por intervenir […] en la cosa pública; es sabida la capacidad de Antonio Caso para comprender y proponer nuevas guías, nuevas formas de estudio; pero el caso de Alfonso Reyes me parece singular en ese tiempo. Fue en él que se materializó el poder creativo y la filosofía anunciada por el autor uruguayo [Rodó], al construir una obra de largo aliento llena de fondos y formas sólidas.
            En el segundo ensayo, “Cuestiones estéticas: el libro revolucionario previo a la Revolución”, podemos ya vislumbrar hasta qué punto la ópera prima de Alfonso Reyes tuvo una importancia mayúscula como parte de la naciente experiencia alfonsina, donde resuena el eco de un joven clásico y una máxima devastadora: “Nada humano me es ajeno”. A sus 17 años supo, porque él mismo eligió ese camino, que no escribiría sólo para él y sobre él, sino que escribiría siempre sobre el drama humano, no un drama ficticio, pero sí clavado en la fantástica e insoportable realidad.
(Paréntesis aparte. En franco paralelo con la cruzada de Reyes, un compañero suyo de viajes y afanes afines, José Vasconcelos, también buscaba significarse en los tiempos que corrían, pero su dinámica siempre surgía del hígado –con el que se escriben los grandes temas, si seguimos la idea de Edmundo O’Gorman… En cambio, la de Reyes, era cardiografía en estado puro.)
            La obra plástica de Julio Ruelas, la poesía de Manuel José Othón, Goethe, la novelística nacional y las fiestas patrias, entre otros trabajos, abrieron brecha para una obra donde el ímpetu juvenil no estaba peleado con la inteligencia, entrelazados por una ágil y acertada pluma, que […] nos muestra, en cada instante, que su obra “es un arte de perdurar”, pues su trabajo de transformación individual y colectiva se efectuó desde 1911 y aún sigue en marcha un siglo después.
            Para el tercer ensayo, cuyo nombre da título al libro, hay una idea muy latente: la lectura de los clásicos para comprender el presente. Desde que el padre de Alfonso Reyes le diera a conocer la gesta de Maratón, ya se había inoculado en él un deseo de conocimiento, donde historia y vida recorrieran el mismo sendero, pero fue la conseja de Pedro Henríquez Ureña el detonador para concretarlo, con la lectura de los clásicos grecolatinos para pulir su pluma, ceñir sus ideas y conocer la Historia (así, con mayúscula): […] ¿Cómo conjugar crítica social y creatividad artística? En el ensayo encontraría la respuesta y su principal sendero. Reyes, como pocos, fue maestro del ensayo moderno, arma para acrecentar sus intereses literarios e instrumento sociopolítico para reflexionar sobre su tema fundamental: la humanidad. (Y el ensayo “Las tres Electras del teatro ateniense”, la punta de lanza para ello. No por nada, se lo dedicó a Henríquez Ureña. Nobleza obliga…)
            ¿Por qué el ensayo, y en especial el ensayo Alfonsino es un centauro? Por su condición híbrida. Híbrido porque en él Reyes realizó historia y literatura. Híbrido porque la mitad de este ser fue pura estética, poema en prosa que capturó el ritmo musical de la palabra y la cadencia espiritual del enunciado. […] se hallan desde su fundación en el análisis sobre las Electras electrizantes. Para el cuarto y último ensayo de La terquedad de la esperanza, el autor nos propone un ejercicio muy singular: ¿qué pasaría si Alfonso Reyes tuviera todos los instrumentos tecnológicos de los que hoy disponemos hoy en día (computadora, correo electrónico, blog, redes sociales, información en la nube)?: La primera vez que vi a Alfonso Reyes fue en su estudio de la colonia Condesa, estaba enfrente de una computadora; lo noté un tanto molesto, como nervioso diría yo. Se encontraba abriendo su cuenta de Twitter, ahora que las redes sociales se han puesto de moda para comunicar las ideas. (Al momento de leer esta parte del ensayo, recuerdo haberme preguntado, en mi propia cuenta de Twitter un 17 de mayo, sobre qué haría nuestro autor de incorporarse a la tuitósfera. Ahora sé la respuesta.)
            Para la segunda parte del ensayo, el autor emplea la forma del reportaje o la crónica para contar otro encuentro con Reyes, en el Madrid de principios de siglo XX, tras los pasos de Fósforo, nombre de la columna periodística escrita a cuatro manos, por Martín Luis Guzmán (de cuyas andanzas y maestranzas bien sabe Susana Quintanilla) y por el propio Reyes. Entre los gajes del oficio y el interés por un arte en proceso de consolidarse en el gusto del público, el regiomontano da una lección de futuro al joven reporter: […] Me parece, compañero, que en la cinematografía serán reflejados todos los actos de la humanidad y además será una industria tan redituable que podrá sostenerse sola por años. […] me parece que somos testigos del nacimiento de un nuevo arte.
Y en la parte final, de todas las cosas vislumbradas por Alfonso Reyes, y que en estos dosmiles quedan que ni mandadas a hacer, destaca la siguiente: Una de las ideas más sobresalientes es la exposición de una teoría que […] describió como la “sonaja” de información: la cual es utilizada por las grandes empresas para bombardear de contenidos vacíos a cientos de miles de lectores y espectadores con el fin de confundirlos, distraerlos o simplemente no permitiéndoles meditar los fenómenos que ocurren en el entorno. Por otro lado, Reyes es enfático en sostener que los periodistas de hoy (y de ahora, lamentablemente) privilegian la abundancia por sobre la excelencia (o lo que es lo mismo, confunden “lo grandioso con lo grandote”, empleando una expresión de Jorge Ibargüengoitia).    
            En suma, ¿dónde radica La terquedad de la esperanza? Para ponernos al tanto de los afanes reales de un grupo de jóvenes aventurados al conocimiento y en buscar una ruta de vida plural e incluyente; en particular, la de un escritor cuya fe de vida consistió en volverse provechosamente universal y generosamente nacional al mismo tiempo, en sus escritos como en su lectura del mundo presente, donde sus Cuestiones estéticas de 1911 se caracterizan por ejercer la videncia de la juventud, acertada, generosa e inteligente, cuyas lecturas sobre pasan toda barrera de tiempo. (Diríase, incluso, que se escribieron hace unos minutos…)
Por su brevedad y concisión, este libro de Marcos Daniel Aguilar debe leerse a la saga de otras obras de perfil alfonsino, desde la cardiografía biográfica hecha por Alicia Reyes –nieta de don Alfonso– hasta las “famosas primeras palabras académicas” de Adolfo Castañón y Javier Garciadiego, con escala en la prosa de altos vuelos de Alberto Enríquez Perea (maestro y colega de nuestro autor, como aquel Enríquez con hache lo fuera con Reyes).
Cada vez que se pronuncia el nombre de Alfonso Reyes, o se lee una obra suya, la imaginación sí llega al poder, con el fin de hacernos más conscientes del mundo actual (con todo y sus vicisitudes), más seguros de nuestros afanes en cuanto seres humanos, donde nada ni nadie se enajene a toda causa y azar. Baste leer la presente obra para comprobarlo. (Y aquí me detengo.)

Marcos Daniel Aguilar. La terquedad de la esperanza. Cuatro cuadros circundantes a un libro revolucionario. Monterrey, México, Universidad Autónoma de Nuevo León, 2014.


(4/octubre/2017)

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Al interior del tiempo

Ulises Velázquez Gil

En la película Más allá de las nubes, el protagonista, un cineasta que vuelve a casa luego de terminar una filmación, recorre cada rincón de la ciudad en busca de otras historias en espera de volverse material de próximas películas. Caso similar ocurre con los escritores, quienes al perderse por geografías ajenas y en su tránsito por caminos de papel, hacen un alto en el camino para llevar la cuenta de sus pasos.
Para el primer libro de Mariana Oliver, Aves migratorias, esta condición se cumple por entero, y doblemente cuando el ensayo se vuelve forma toral para ese empeño, al mostrar los resultados y pesquisas de viajes por el mundo que nos circunda, al encuentro con otras geografías.
Los diez ensayos que conforman el presente volumen, son el resultado de varias expresiones dentro y fuera de la página escrita, donde se da fe de la constante trashumancia a la que se sujeta el escritor en aras de asir el tiempo presente: desde el mundo que se ve a la distancia hasta el punto de partida, desde y hacia las palabras. Algunas veces, de manera inesperada, es posible anticipar fragmentos del futuro en un momento. Hay destellos que desgarran el curso de lo cotidiano, una epifanía de la que no es posible desprenderse.
En el ensayo que da nombre al libro, Mariana Oliver se ocupa de un caso excepcional: el piloto canadiense Bill Lishman, quien luego de haber sido rechazado por todas las escuelas de vuelo -por razones meramente genéticas-, no ceja en cumplir su deseo de volar y encuentra en el vuelo de los gansos canadienses su razón de ser; estudia sus movimientos y, pese a su marcado daltonismo, las guía en su camino hacia el sur y así éstas concreten su destino y continuación de la especie. Una vez que los auxilia, hace lo propio con aves de características similares, hasta obtener, por vía de la persistencia (que unos llaman necedad), una razón para volar; caso similar, el ensayo: como las instancias “oficiales” que le negaron la licencia de vuelo a Lishman, el sector académico ejerce cierta tiranía sobre el género, a través de nomenclaturas sui generis, jergas gremiales, demasía de notas al pie y referencias en cuanto sistema se antoje usar (APA, Harvard, el tradicional hispánico), cuando en los hechos, los mejores ensayos se estructuran en los andamios de la creación. (El ensayo como estilo libre, a donde los vientos te lleven…)
El viaje ensayístico de Mariana Oliver hace escala en una geografía lejana de nuestros días: Alemania, vista desde los linderos de “Casandra”, “La lengua de Özdamar”, “Berlín” y “Koblenz”; para el primer ensayo de esta “cuarteta germánica”, la autora confronta dos lecturas del mundo: la de Christa Wolf, escritora a contracorriente en la Alemania Democrática, y la del Berlín anterior a la caída del muro. En este sentido, la obra de Wolf augura el desastre por venir, como aquella sacerdotisa del templo de Delfos que da nombre al ensayo. (No por nada, se dice que con la escritura se ejerce cierta videncia, del futuro o para señalar el final del horizonte.)
Caso similar, el segundo ensayo, donde la autora -mexicana en Berlín- conversa con Emine Sevgi Özdamar, escritora turca, que a fuerza de realidad y de buscar un lugar a salvo del tiempo, adoptó el alemán como su lengua de escritura, convencida (como E. M. Cioran hiciera con el francés) que más que habitar un país, se habita una lengua: [Özdamar] sabía que llegar a un país sin boleto de regreso implica entregarse voluntariamente a una extranjería indeterminada, abandonarse en otra lengua y asumir que siempre habrá algo imposible de comprender en las palabras, algunas veces más distorsionado que se aleja cuando creemos acercarnos. (Paréntesis aparte. De forma particular en este ensayo, Mariana Oliver “siembra” aforismos y máximas sobre la escritura y las palabras que ocurren al paso. Si la forma fragmentaria de Oliver predomina en la estructura de sus ensayos, dentro de éstos, la fragmentaria devastación del aforismo cumple su función de hacernos despertar. O, por lo menos, robará algo de atención.)
Para los casos de “Berlín” y “Koblenz”, hay dos lecturas opuestas sobre la ciudad: desde la superficie y debajo de ésta. En la primera (“Berlín”), se hace énfasis en un elemento de suma atracción para la autora: su nomenclatura topográfica. Es la ciudad perfecta para los aficionados a los mapas. Se requiere al menos de tres distintos para no perderse: el que muestra los anillos en forma de caracol que organizan el transporte público, el que registra el recorrido de un muro invisible y localiza en cuadrantes museos y monumentos y, por último, un mapa ordinario en el que sólo caben los nombres de las calles y los cruces. (La descripción arriba señalada bien aplica para el conjunto de ensayos que nos ocupa, puesto que obedecen a muchas lecturas, cualidad que se nota sobremanera en el ensayo mexicano contemporáneo.) En “Koblenz”, la mirada es en sentido contrario, es decir, del interior de la ciudad: una evacuación de sus habitantes ante la amenaza de bomba (¡y de la Segunda guerra mundial!) Para los habitantes de Koblenz, abandonar la ciudad debió ser como vislumbrar el pasado. Una impresión semejante a la que producen las fotografías viejas en las que aparecen familiares desconocidos, personas extrañas en cuyos rostros es posible identificar facciones. Quizá la gente de Koblenz reconoció en las calles deshabitadas y en la huida forzosa un fragmento de historia de su ciudad. Una historia que se entretejía inevitablemente con la propia.
Mención aparte merecen los ensayos “Los otros niños perdidos” y “Normandía”, donde el tránsito por el mundo de mujeres y de niños pasa de la notoriedad al oprobio, en aras de un resquebrajamiento semántico, inclusive existencial. De cómo las mujeres expuestas en “Normandía” se vuelven “brujas” al sufrir una resignificación de modo negativo: El cuerpo de las mujeres se convirtió en un territorio más a recuperar para sellar la victoria de una guerra. Ultrajarlo era una estrategia para denigrar al enemigo y vencerlo de manera definitiva. La humillación pública […] se volvió una cacería contagiosa, parte cotidiana del ritual de liberación en Francia; mientras que en el segundo texto (cuyo título alude al universo creado por James Barrie), esa resignificación conlleva crearse un origen nuevo: Algunos niños eran muy pequeños cuando llegaron a Nunca Jamás, así que olvidaron el camino de regreso a casa y la lengua de sus madres, por eso cuando volvieron fue necesario reordenarlo todo. […] Tal vez nacer en una isla significa crecer con la conciencia rodeada de agua.
Cierra el libro una dupla ensayística, enfocada al ejercicio de la memoria como prueba de vida, por y hacia el mundo presente: “Mímesis en VHS” pone frente a nuestra mirada lo vital que se vuelve un diálogo de película en un momento determinante, y, por otro lado, qué tan importante es el espacio físico que nos da destino y tiempo, evidente en “Plano de una casa”: […] La casa es el sitio por excelencia. La lógica indica que la cama donde dormimos o las paredes que vemos a diario deberían ser más fáciles de describir porque es sencillo evocarlas, pero esa presunción es falsa: la casa está cosida al cuerpo, nos habita.
En suma, ¿dónde reside el itinerario de estas Aves migratorias? Como género susceptible de cambios en su estructura, y al auxilio de diversos elementos (el biográfico, harto socorrido), el ensayo permite toda suerte de caminos con la finalidad de iluminarnos en torno a un tema, sobre todo, para hallar franca correspondencia del escritor hacia los sucesos, las cosas y los personajes al interior del tiempo, donde la escritura siempre nos hará el quite.
En el panorama actual del ensayo en México, junto al Barrio Verbo de Ingrid Solana, la Ausencia compartida de Marina Azahua y el Cuaderno de faros de Jazmina Barrera, este volumen ensayístico demuestra por completo que dicho género goza de cabal salud, y como el personaje de Más allá de las nubes evocado al principio de estas líneas, ávido de sorprenderse a cada rincón, a cada paso.
Un libro que merece una y muchas lecturas, donde el tiempo y la cuenta nos acompañen en el prístino empeño de leer el mundo. (Ahora y siempre.)

Mariana Oliver. Aves migratorias. México, Secretaría de Cultura, 2016 (Fondo Editorial Tierra Adentro, 551)  

(20/septiembre/2017)

miércoles, 2 de agosto de 2017

Imbatible como la memoria

Ulises Velázquez Gil


Con la pericia que le caracterizaba, Renato Leduc denominó con suma justeza al periodismo como historia de lo inmediato, es decir, que todos los sucesos y cosas de cada día no suelen ocurrir más que en su propio ambiente, donde sólo adquieren vida y valía cuando se leen (o se conocen) en el mero instante de haber sucedido. Sin embargo, hay sucesos, personas y cosas que trascienden esa frontera de tinta, y se vuelven (con todo y los riesgos que esto conlleva) una historia sin tiempo, dejando la inmediatez para las reacciones periféricas.
En el caso de Rafael Cabrera, esta circunstancia se dio en el preciso instante de conocer a una maravillosa e interesante mujer, creativa por los cuatro costados, pero sujeta a los altibajos del tiempo que sufrió en carne propia: Elena Garro, cuya sola mención de su nombre, desata tempestades e ilumina senderos al unísono. El resultado de ese encuentro, y la persistencia en conocer todas las aristas de una mujer sin par, se concentra en éste, su primer libro: Debo olvidar que existí. Retrato inédito de Elena Garro.
Compuesto por 22 capítulos, Cabrera nos presenta un volumen de raigambre periodística, que explora senderos desconocidos de la vida, obra y milagros de Elena Garro (cuyo centenario del año pasado pasó por una serie de altibajos, por donde quiera que se vea), a fin de echar luz sobre una figura notable como atractiva, susceptible de admiración como de envidias. He buscado que este reportaje no sea una defensa ni una sentencia de Elena Garro. Ante todo, he querido reconstruir y entender la historia llena de incongruencias, confusiones y silencios de una autora fundamental para la lengua española. En particular […] 1968, año que destruyó su imagen pública como una roca que estrella un espejo.
En la historia como en el periodismo, es ineludible el uso de nombres y de fechas, pero ello obedece a poner en contexto a los protagonistas de cada suceso; 1968, para Elena Garro, marcó un “antes” y un “después”, por el hecho de vivir tiempos interesantes, donde más que buscar el quid de las cosas, fue más fácil crear chivos expiatorios… como ahora. Tras el “antes”, se encuentra una meteórica carrera literaria que marcó un nuevo rumbo dentro de las letras mexicanas (teatro y narrativa, en especial), mientras que en el “después”, se halla una dolorosa errancia, caracterizada por hechos escabrosos que por coincidencias providenciales: ineludibles todos, al fin y al cabo.
Casi a manera de una “película”, los capítulos nones de Debo olvidar que existí, sobre el año de marras, se alternan con los pares donde Cabrera presenta las etapas de vida y creación de Elena Garro, como se puede ver en el siguiente fragmento de “El orden solar”: Elena Garro nació el lunes 11 de diciembre de 1916, en la capital del estado mexicano de Puebla. Pero la localidad es un mero accidente en su biografía. Elena bien pudo haber nacido en algún poblado de España; quizá en el camarote de un barco que surcaba el oleaje del Océano Atlántico; en algún sitio de La Habana o tal vez en las costas del Golfo de México. Y ese azar, quizá, marcó desde entonces lo que sería su destino errante.
A primera vista, el fragmento anterior no tiene nada de extraordinario (en cuanto a datos y fechas), pero cumple su objetivo -como buen arranque de capítulo- cuando se empeña en adentrarnos en el universo elenagarriano; ese “destino errante” no sólo se dio en la geografía exterior, sino, con mayor intensidad, en la geografía interior de sus cuentos, novelas y obras de teatro. La patria de Elena Garro fue el jardín donde jugaba y la mesa de su casa, ahí ocurrían los juegos y las discusiones de poesía, del tiempo y las religiones con sus padres y hermanos. No asombra que en Un hogar sólido anheló volver al “orden solar” que significaba su familia.
En la literatura como en la vida, hay dos escenarios irreversibles: encontrarse con personajes interesantes (en el buen y en el mal sentido) y jugarse la vida futura con nuestras propias palabras, para este último caso, las palabras y acciones de Elena, sembradas a lo largo de su obra, hallaron eco en la vida misma, y su encontronazo con el tiempo presente. (Cabrera nos menciona algunos ejemplos: cuando Elena menciona en Los recuerdos del porvenir que los indígenas que se rebelan contra el gobierno, los ahorcaban en Cocula, estas palabras se volvieron dolorosa coincidencia hoy en día con la “versión oficial” sobre el paradero de los 43 normalistas de Ayotzinapa. (¿Coincidencia? Qué les digo…)
Por otro lado, una mujer sin par sólo podía rodearse por personajes igual de atractivos, sea cual sea su calaña, como Sócrates Campos Lemus y Fernando Gutiérrez Barrios (caras de una misma moneda, si se permite decirlo), Carlos Madrazo y Helena Paz Garro (congruencia y apasionamiento en los hechos y en las palabras, con todo y sus respectivos altibajos), y un Octavio Paz que apenas se asoma (y su consecuente ración de involucramiento, sin perder su aura intelectual, ni hacerlo menos “villano”: sólo un personaje y nada más).
Más que defender o sentenciar a Elena Garro, Cabrera procede como los buenos biógrafos e historiadores: justiprecia su papel dentro de la historia literaria de México en el siglo XX, donde -hasta antes de la lectura de este “reportaje con sabor a biografía”- sólo se le asignaba una fecha de residencia, cuando su propia obra y ulterior legado trascienden todo tipo de fronteras impuestas por el tiempo. Y en aras de ese deseado justiprecio, digno es recabar testimonio para conocer mejor los claroscuros de una mujer de notable personalidad e indomable inteligencia. (Desde las conocencias “de oídas” hasta las vivencias a salto de mata, la mayoría de los testimonios recabados por el autor no se quedan en la indiferencia, es decir, que la pintan fielmente al recuerdo compartido, y en ese sentido, el autor ya puso la piedra angular de un trabajo susceptible de futuras actualizaciones y cumplir a cabalidad aquella sentencia de Voltaire: “Los muertos merecen la verdad”.
En suma, Debo olvidar que existí. Retrato inédito de Elena Garro bien merece la lectura por una fuerte razón: conocer los altibajos de un personaje excepcional en todos los sentidos, cuyo talento desmedido y una lectura de la realidad a prueba de balas, hacen mucha falta en estos tiempos, donde el autobombo y las políticas convenencieras son el pan (duro) de todos los días; ante ello, el trabajo de Rafael Cabrera es de vital importancia por iluminar nuestra perspectiva sobre Elena Garro y, por ende, recalcar la importancia de su obra literaria, imbatible como la memoria que nos obsequia las mejores biografías y testimoniales.
Junto a los nombres de Emmanuel Carballo, René Avilés Fabila, Carlos Landeros, Luis Enrique Ramírez, Lucía Melgar y Liliana Pedroza, inscribo con orgullo desde ahora el nombre de Rafael Cabrera, dentro de una grey de apasionados con la vida, obra y milagros de Elena Garro, quien, como el Cid Campeador, continúa ganando batallas más allá del glorioso centenario. (¡¡… y lo que falta por venir!!)

Rafael Cabrera. Debo olvidar que existí. Retrato inédito de Elena Garro. México, Debate, 2017 (Ensayo).  

(28/junio/2017)

miércoles, 19 de julio de 2017

El centro de las cosas

Ulises Velázquez Gil


“Si escribo mis recuerdos en papel, es más para que no se pierdan […] minutos de oro, horas que resplandecen como soles en el cielo tumultuoso e inmenso que es la memoria. Cosas que son también, junto con otras más, mi vida”. Estas palabras de José Saramago, para quienes emplean la escritura como una extensión de la memoria, marcan un camino a seguir, en aras de guardar instantes para comprender mejor nuestra estancia en el mundo; aunque la producción de libros de viaje ya no resulte tan copiosa como en otros años, mientras los viajes susciten nuevas conversaciones, lo demás vendrá por añadidura.
Para Julieta Campos (1932-2007) esta constante empresa encontró puerto seguro en las libretas que llevaba consigo en cada viaje que le salía al paso, y que hoy se reúnen en el libro Cuadernos de viaje, un año después de su partida, con el fin de presentar una faceta menos conocida de la escritora, sólo reservada al ámbito familiar y que comprendió un periodo importante de su vida: de 1975 a 1999, con todo y las “pausas” hechas por la vida que pasa frente a nuestra mirada.
Trece escalas comprenden estos cuadernos: cada una, al dar fe y seguimiento de los sucesos y de las cosas que su autora presenció en diversos lugares, tal y como podemos ver en el apartado correspondiente a 1975, escrito a veinte años del primer (y definitivo) encuentro que le diera destino y patria cuando conoce a Enrique González Pedrero, futuro esposo y compañero en andanzas académicas, culturales y hasta políticas.
Aunque sus impresiones de Europa se desbordan en cálidas pinceladas y no menos ingentes líneas al momento de la evocación, una geografía lejana persiste en presentarse: Cuba. […] Diez días vertiginosos, sin el mínimo ensimismamiento. […] sabiendo lo extraño que sería estar sin la presencia de papá y mamá. Hace diez años, un poco más que murieron. Quedan tío y tía. La Habana, para mí, está llena de ambivalencias. El país, de sensaciones contradictorias. A veces admiración frente a ciertos seres excepcionales, simples, profundamente entregados a la construcción material del socialismo, honestos, sin complicaciones.
(Paréntesis aparte. Tanto en el primero como en el último apartado -1975 y 1999- Julieta Campos vuelve a su tierra de origen -Cuba- como una manera de recobrar el tiempo perdido, pero su “regreso” suscita una empresa todavía mayor: la escritura de una novela con la cual ajuste cuentas con su familia y con la matria de agua desde donde urdió narraciones como Celina o los gatos, Tiene los cabellos rojizos y se llama Sabina, El miedo de perder a Eurídice y la siempre emblemática Muerte por agua, rebautizada tiempo después como Reunión de familia. A medida que avancemos en la lectura, caeremos en la cuenta de ver en esos “cuadernos” los pasos de ese camino narrativo, vuelto cierre novelístico en La forza del destino.)
Al paso de sus escalas en Europa y México (donde sus casas de San Ángel y Tetecala la devuelven al tiempo presente), Julieta Campos guarda testimonio de las cosas encontradas, sin embargo, éstas no tendrían mayor sentido sin el desconcierto y el asombro generados. (Los viajes precipitan la afluencia de mensajes que nos asaltan con multitud de signos contradictorios.) Para muestra de ello, nos remitimos al apartado más extenso del libro, correspondiente a 1990, donde las visiones como esposa de embajador se alternan entre líneas tras un movimiento perpetuo con la turista a merced de los claroscuros del arte por el sur de España, y con la colega y amiga que participa del milagro generado en Estocolmo por el Premio Nobel a Octavio Paz.
Otro elemento digno de mención, las “sentencias” (máximas, diríase) allí encontradas, que por sí solas funcionarían igualmente de maravilla, por su acertada y punzante eficacia: 1) La tarde se pasa organizando el paisaje interior, es decir, creando espacios para que ojos y corazón encuentren sosiego y hasta algo de regocijo. 2) Una ciudad que hace y escucha música en un espacio como éste no es una ciudad como cualquier otra: es una ciudad que, en el otro extremo de su instinto pragmático, que moviliza y consolida los asuntos del dinero, se deja mecer, en la más fantasiosa de las cunas, por los delirios del sueño. 3) Los latinoamericanos sólo nos vemos cuando alguno se despide. Y las diferencias se suavizan, y se trivializan, con un civilizado lenguaje diplomático. 4) ¿Cómo conciliar el dolor del mundo con los guiños que me hace, constantemente, la belleza del mundo, la alegría de los encuentros? (Y así, como éstas, hay otras más, que el lector sabrá encontrar y elegir…)
Una de las peculiaridades del cuaderno personal, es la franqueza en cuando a describir sucesos y personajes en su estado puro, es decir, sólo sujetos a la secrecía de la libreta, y estos Cuadernos de viaje no son la excepción. Bien vale detenerse en dos muy particulares, Anaïs Nin, al borde del dolor: […] que ha participado con una intensidad tan impresionante del mundo, empieza a estar ya casi al margen, preparándose a atravesar el espejo hacia el otro lado, donde las cosas ya no se reflejan, y Octavio Paz: Siempre ha tenido debilidad por O., a pesar de sus repentinos exabruptos, de esa frecuente intolerancia por las opiniones ajenas que a veces lo vuelve tan irritable e irritante. (Incluso, en plena reunión de amigos en Estocolmo, en torno a Paz, aparece Helena Paz Garro, de quien Julieta Campos nos entrega un breve, pero acertado retrato, justipreciando el talento y la personalidad de sus padres, no sin generar sentimientos encontrados sobre la marcha.)
Si para autores del calibre de E. M. Cioran y Albert Camus, sujetarse a un cuaderno personal es una forma de poner en cintura todas sus taras o asuntos pendientes, para Julieta Campos bien aplica dicha dinámica, con un plus de por medio: ser un puente de ideas en constante marcha, en aras de la creación literaria (la ya mencionada novela La forza del destino) o también hacia una lectura crítica de la realidad mexicana (¿Qué hacemos con los pobres?, o Tabasco: un jaguar despertado), desde el mundo que tuvo la fortuna de ver y de mirar acuciosamente.
Todo libro de viajes, en suma, nos entrega la experiencia de conocer distintas latitudes desde pasos ajenos, pero en el caso de Cuadernos de viaje de Julieta Campos, aquellos pasos, cuando su trayectoria es franca y prístina, develan, en el centro de las cosas, diversas razones de estar en el mundo, habitar el recuerdo y contemplar de mejor manera la vida que se presenta frente a nosotros. Si la lectura, per se, es un viaje interminable, lo es por partida doble cuando andanzas y maestranzas escriban las mejores páginas de principio a fin.
He aquí un pasaje de ida y vuelta por las palabras de una gran escritora. La salida y el itinerario corren a cuenta suya. (Sin duda.)

Julieta Campos. Cuadernos de viaje. México, Alfaguara, 2008.  

(7/junio/2017)

miércoles, 3 de mayo de 2017

Batallas frente al espejo

Ulises Velázquez Gil

Uno de los ejes primordiales del videoclip correspondiente a la canción “A quoi je sers” de la francesa Mylène Farmer, radica en reunir a los protagonistas de videoclips anteriores, con el fin de cruzar “la otra orilla” y conocer que se esconde tras ésta. La literatura, por antonomasia, tiene un claro objetivo: saber los secretos que esa “otra orilla” guarda tras de sí; muchas de las veces, cuando el escritor se enfrasca en el empeño de llegar allí, hay presencias que le son ineludibles y que le acompañan en su travesía, entre maestros, colegas, familiares, inclusive.
Luego de varios libros sobre el amor a la ciudad y a los fantasmas que la habitan y dibujan (con todo y una escala en el siglo XIX), Vicente Quirarte nos entrega en La Invencible las resultas de su travesía, en particular, la presencia ubicua de su padre, el historiador Martín Quirarte, luego de emprender el viaje definitivo al traspasar un puente de Ciudad Universitaria. Para mí, uno es el puente. Debido a sus delgadas planchas de acero, se cimbra, suena, habla como si respondiera al vigor de los pasos que lo tocan. […] Lo cruzo con músculos, corazón y aliento que aún quieren sonar en la sinfonía del mundo aunque no tengan la fuerza, el brillo, la flexibilidad de antes. Ahora que todo es más intenso. Durante mucho tiempo lo evadí.
A lo largo de ocho capítulos, Quitarte tiende “un puente” ante nosotros para conocer la vida, obra y milagros de su padre, así también por los pasos de su propia trayectoria, donde el arduo y apasionante oficio de las letras entabla su propia guerra con las cosas; a través de los ojos de su autor, la generosa inteligencia que prodigaba su padre sólo se contraponía cuando la melancolía intentaba salirse con la suya. Hizo lo que todos los hombres: noventa y nueve veces entró por la salida y la centésima se equivocó de puerta. Probó del fruto amargo en tiempos de dulzura, pero abordó cuantos trenes le salieron al paso. […] él pensaba en otro campo de batalla; la hoja blanca poco a poco poblada de edificios, ventanas, corredores. Con la primera anfetamina de la jornada sabía que aunque el amor a veces nos engañe, la luz nunca traiciona a quien la busca. […] A bordo de su máquina del tiempo, viajó por todas las edades y todos los espacios. Hizo lo que todos los hombres. Escribió, amó, vivió.
Los tres verbos con cierra el fragmento anterior, fungen como hilo conductor para que el autor nos cuente algunas cosas en torno a su padre, pero también se aplica el mismo ejercicio cuando se trata de asumir un destino; no el sino trágico que mantuvo a don Martín al límite del tiempo, sino la generosa inteligencia que destellaba como padre y maestro, destellante y certera tras los arcanos del papel y la tinta.
(Paréntesis aparte: en “La tinta huele a tercer año”, incluido en sus Enseres para sobrevivir en la ciudad, Vicente Quirarte recuerda aquel momento cuando su padre lo introdujo en los misterios de la pluma fuente, herramienta indispensable en el acto de enlazar negro sobre blanco y ganarle la partida al silencio. Es decir, reconocerse escritor, pese a todo y a contracorriente de la realidad. Cuando en verdad se es escritor y se llega a conocer los secretos del oficio, se abrevia la distancia entre lo pensado y lo escrito, entre el relámpago del hallazgo y su traducción a la hoja o la máquina, entre la súbita metáfora que proclama su vigoroso nacimiento y su transformación en palabras que vulneren la armadura flexible del lenguaje.)
A medida que avanzamos en la lectura de La Invencible, no solamente seguimos los pasos del padre, sino también las presencias de la madre y del hermano del autor (a quien dedicara su Zarabanda para perros amarillos), y de igual forma, los maestros y amigos, presencias indispensables al autor para no perderse en la vorágine de la realidad. César Rodríguez Chicharro, Rubén Bonifaz Nuño y Diego Valadés aparecen por los senderos de Quirarte como compañeros de ruta en los cuales se prosiguió la exploración del mundo, e igualmente el conocimiento de las propias armas para encarar al mundo.
A diferencia de lo dicho por Friedrich Nietzsche -“a falta de un padre, uno debe inventárselo”- en Quirarte no primó la invención, sino la intención; aparte de los arriba mencionados, hubo otros personajes que compartieron algo de su sabiduría (vuelta magisterio, incluso amistad) y fortalecieron el deber ante y por la escritura, en aras de domar un fuerte impulso que todavía algunos se empeñan en llamar melancolía o depresión, al grado de amarla con intensidad (tal y como ocurre en otra canción de Mylène Farmer, “Je t’aime melancolie”).
Si todo escritor pelea contra un enemigo dentro de la plaza -sus odios, sus dudas, sus temores-, y otro que sitia su fortaleza, el escritor debe luchar no tanto por su identidad sino, primordialmente, por la búsqueda de los elementos que la conforman. Para quienes hemos seguido los pasos de Quirarte, La Invencible es la prolongación consecutiva de aquel retrato de don Martín, esbozado en Peces del aire altísimo dos décadas atrás; y en esa búsqueda de los elementos que la componen, en cuerpo y alma, aparecen muchas convicciones en torno a la misión del escritor. De igual manera, las figuras señeras de Bonifaz Nuño y Rodríguez Chicharro conviven en la tierra franca de las letras con los próceres del siglo XIX y los paladines de otra clase de justicia, representada por un emblemático Hombre Araña. Incluso, el apotegma arácnido por excelencia (“Un gran poder trae consigo una gran responsabilidad”) resuena en las páginas de este libro como si apenas se hubiera proferido a los cuatro vientos. (Aunque las tribulaciones del autor pesen en igualdad de valía que las de Peter Parker, el gran poder conferido se nota sobremanera entre “animales de pluma”, es decir, al momento de entablar el acto de escribir, porque […] invencible es la vida y no la muerte; invencible la poesía, pero no hay honor más alto que enfrentarla; invencible la pasión amorosa y su áspero laberinto de señuelos; invencible la Oscura Señora de la Melancolía, que pasa largas estaciones en casa de quienes dejan sus puertas más abiertas.
¿Dónde radica, a final de cuentas, la importancia de La Invencible de Vicente Quirarte? Para dar santo y seña de una trayectoria donde entablar batalla con los seres y las cosas, es asunto de todos los días, pero también para rendir pleitesía hacia aquellas personas que nos dieron fe y destino: fe en los milagros llamados amistad y admiración; y destino, en el modo de acudir en su defensa y de prodigar su expansión. Como en el videoclip de Mylène Farmer referido al principio de estas líneas, acompañarse por las presencias que depositaron fe y destino en nuestras manos, nos prepara con sabiduría para afrontar batallas frente al espejo, es decir, asumir el papel que recibimos al momento de empuñar una pluma fuente y trazar negro sobre blanco (escribir, pues), hasta donde el tiempo extienda su licencia.
Si escribir es torear, tal y como siempre asegura Jorge F. Hernández, para Vicente Quirarte bien aplica, con todo y que la querencia se antoje mucho más fuerte, y, por ende, susceptible de domesticarse a diario. (¿No lo creen así?)

Vicente Quirarte. La Invencible. México, Joaquín Mortiz, 2012.  
(12/abril/2017)