miércoles, 15 de febrero de 2017

Iluminación e itinerario


Ulises Velázquez Gil

Una frase que solía repetir de memoria el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón es la siguiente: “Yo aprendo más de un joven compañero que de un viejo maestro, y un viejo maestro aprende más de un joven compañero que de otro viejo maestro”. En la literatura como en la vida, la convivencia con nuestros contemporáneos deriva hacia dos escenarios: el llamado y el aprendizaje; para el primero, la conciencia de la vocación postrera, mientras para el segundo, la persistencia frente a las cosas que salen a nuestro encuentro. (Para ambos casos, todo se resume a una retroalimentación constante.) 
Una institución mexicana donde mejor se conjugan llamado y aprendizaje, sin duda, es El Colegio Nacional, en cuyo postulado, Libertad por el saber, se generan caminos hacia diferentes campos del saber: de las ciencias (exactas, naturales y sociales) hacia las humanidades y las artes, y viceversa. Al momento de recibir a un nuevo integrante en sus filas, dicho postulado recobra un proteico significado.
Para el caso del académico y escritor Vicente Quirarte, ingresar a tan insigne institución conlleva –como en uno de sus héroes de infancia– una enorme responsabilidad; pero cuando llega el momento de presentar su lección inaugural, tal parece ser lo contrario. Y en El laurel invisible esto de nota a todas luces: Quien contribuye a fortalecer el conocimiento sabe que la página escrita mañana o el futuro hallazgo en el laboratorio aspiran a tener menos imperfecciones que los descubrimientos de ayer. Los ritmos de la creación y la investigación en cada uno son diferentes e imprevistos, pero el pensador auténtico sabe que la tarea no termina y está siempre postergada. Concluido un deber, nos espera el estímulo del siguiente: con la misma precisión del albañil al levantar un muro.
En el fragmento arriba citado, Quirarte asume que el conocimiento (el saber) se halla en constante proceso, sea para aumentar datos, sea para cambiarlos. Lo que marca la diferencia es la actitud al afanarse en esos empeños; en otrras palabras, la juventud en cuanto idea de vida: […] un viaje al país de los años verdes, donde todo se decide, con atisbos a otro dominio más lejano en el tiempo y el espacio: el de la infancia donde la alquimia es aún más sutil pero sus consecuencias, definitivas. Un viaje cada día más lejano y paradójicamente más próximo.
Sin embargo, la travesía del joven no suele ser la más halagüeña (pese a tener “una cabeza repleta de sueños”, igual que una canción del grupo británico Coldplay), pero sus armas para afrontar el mundo poseen otra naturaleza. Nadie tan solo como el joven. Nadie tan acompañado, aunque lo pueblen ausencias y fantasmas. Los jóvenes de los que se ocupa Quirarte ejercen la escritura en toda suerte de trincheras, donde la “burocratización” del trabajo creativo (“escribir lo que se hace en vez de lo que se desea”) se procura evitar. Sobre la argonáutica del grupo Contemporáneos (tema de otras disertaciones académicas, por cierto) dice lo siguiente de sus tripulantes: Habrán de librar batallas semejantes contra sí mismos y contra la mezquindad de su entorno. Sin embargo, sus armas para el combate perdurable, el de la poesía que vence al tiempo, serán tan diferentes como sus personalidades.   
Otro aspecto a señalar de El laurel invisible es la forma cómo la juventud se manifiesta en el oficio creador de sus ejecutantes: En siglos anteriores el promedio cronológico y la calidad de vida eran menores que ahora […]. Escritores como Rubén Bonifaz Nuño, Rosario Castellanos, Juan José Arreola y Salvador Elizondo urdieron sus obras fundacionales en la plenitud del treintañero que no se cuestiona el mañana, sino se afana en el día presente. (Dicho sea de paso, en las obras de ellos todavía podemos leer esa mirada prístina, susceptible a nuevas lecturas, donde la que parece ser la última palabra sea sólo el encantamiento de la primera letra, quizá la definitoria.) Cada nuevo libro es como el primero, pero nada se parece al temblor inicial de sentir el pensamiento transfigurado en letras. Tras haber incidido en el cuerpo del lenguaje, las palabras se incrustan con tinta en la blancura.
Una anécdota que suele recordar el chileno Antonio Skármeta cuando Pablo Neruda recibió de él su primer libro de cuentos: “Todo primer libro de un escritor joven es bueno. Mejor esperemos el segundo”. Cuando el escritor joven sabe que su ópera prima ya es una hazaña por sí sola, sin embargo, dicha proeza carecería de sentido si no se halla en el texto una empatía hacia lo que se es con lo que se desea expresar: No se escribe para los jóvenes pero ellos son los mejores jueces y lectores, los más proclives a acudir al conjuro del desastre. Pero cuando éste llega al joven para sumirlo en una pesadumbre, abulia o zona de confort, el mejor remedio es tirarse a matar contra el tiempo y guardar algo de fuerza para empresas venideras, porque La congruencia, la lealtad y la victoria sobre uno mismo no son tarea fácil. O como José Emilio Pacheco sentenció en pocos versos: Ya somos todo aquello/ contra lo que luchamos a los veinte años.
(Paréntesis aparte: en mis mocedades universitarias, me repetía a voz en cuello no dejarme llevar por la premura del tiempo presente, es decir, que un buen texto se escribe despacio, con cada cosa en su lugar. Hoy día, en plenitud de mi tercera década, sigo sosteniendo lo mismo, pero cuando se tiene una columna –literatura bajo presión– no cesa uno de descubrir las maravillas del maquinazo. Quizás.)
Casi en la recta final de El laurel invisible, Quirarte hace énfasis en una palabra solar e imbatible: plenitud, misma que se encuentra en la felicidad de darse a los otros, de recibir y compartir al unísono un hallazgo nuevo, el redescubrimiento de un lugar antes visitado (pero jamás explorado, que lo vuelve más interesante aún), sobre todo en esa conversación con el mundo, expresa en el arduo arte de leer a nuestros contemporáneos. Quienes tenemos el privilegio de estar cíclicamente en el aula contamos con un juez y un defensor infalibles: el alumno que con su ejemplo nos obliga a sentir y pensar doblemente. Obras de jóvenes ya están fundando este siglo XXI […].
En estos tiempos, donde la realidad es mera utilería y se adolece de buenas ideas, digno es recordar esto: El secreto no es ser joven sino mantener la juventud, la inconformidad ante la vida que no prospera, la frase mal articulada, el proyecto superior al pensamiento. Si nuestros epígonos del ’68 parisino pedían lo imposible en aras de ser realistas, le sentencia anterior es el modus operando para ejercer la juventud en lugar de llevársela puesta, como aconsejaba la primera actriz Ofelia Guilmain.
En suma, ¿dónde radica la importancia de El laurel invisible? Desde antaño, un discurso tiene la toral misión de conminar a quien lo escuche para tomar una postura y así se enfrente a la vida misma. Este libro de Vicente Quirarte, a guisa de profesión de fe, nos otorga iluminación e itinerario para enfrentar los embates del tiempo presente, presa de espejismos y de palabrerías. Y para estar en buena sincronía con la obra quirartiana, debe leerse a la par que Los días del maestro, y de esta manera comprender mejor sus claves de ruta.  
No cabe duda que en la literatura como en la vida, aprender de los jóvenes compañeros es indispensable, pero hacerlo a la par que ellos, meramente necesario. (Ustedes ¿qué piensan?)

Vicente Quirarte. El laurel invisible. Discurso de ingreso. México, El Colegio Nacional, 2016.

(12/octubre/2016)

miércoles, 1 de febrero de 2017

Desafiar la realidad

Ulises Velázquez Gil

En alguna entrevista, el historiador michoacano Luis González y González confesó que no leía novelas por una sencilla razón: la Historia es la mejor de todas. Si suscribimos esa apreciación, no cabría la menor duda que hay sucesos y personajes que rebasan los linderos de la ficción; sin embargo, en aras de comprender mejor los vaivenes de la historia, nada como la novela, donde mejor se ven las vidas sujetas a su influencia. Y cuando la novela en cuestión tiene como eje principal la política del tiempo presente, dicho vaivén se vuelve digno de interés.
Para el caso de Punto de quiebre de Cristina Liceaga, tanto el escenario político del momento como la fuerza que ejerce éste sobre sus personajes, se nota muy cercana a nosotros, lectores del México de los últimos veinticinco años; mucho más en la vida de una pareja de jóvenes reporteros, Mercedes Tirado y Matías Alcocer, cuyos sueños y pasiones juegan en dos canchas simultáneas, donde la política del amor pierde varias partidas frente al amor por la política.
Es julio y el alma cae sobre el pavimento mojado. A cuentagotas. La calle está casi vacía. Nadie sonríe ni me mira de frente. Mucho menos festejan como hace doce años, cuando las calles se llenaron de anhelo. Ahora sólo puedo sentir la tristeza. Asfixiarme de ella. La historia es cíclica y el engaño también, como Matías. Desde este fragmento proveniente del inicio de la novela, encontramos que en la política como en el amor, se reincide a cada paso, aunque uno se aferre a contraponer los destinos al alcance de la vista.
Mercedes y Matías viven dos historias iguales: su incipiente desarrollo profesional -reporteros del diario La República- y su relación de pareja -también incipiente, hay que reconocerlo-, donde un juramento bajo el Ángel de la Independencia sería tan fuerte como los votos frente al altar (o al menos, eso es lo que parece):

-México va primero, Mercedes. Nuestra ética también. Nunca vamos a traicionarnos. Prométalo, señorita […].
-Prometido. Que el padre Hidalgo sea testigo de honor […] Alcé la palma derecha en señal de juramento y le mordí la boca para sellar el pacto de ésa, nuestra pequeña revolución del ’94.
-Y si me fallas, ¿qué hago? ¿Te afilio al PRI? -Matías me desordenó el pelo.
-Fácil, quien traicione se va… Y se afilia al PRI -mi risa se desgajó en su nuca.
-Olvídalo, jamás podríamos ser priistas. Ven acá.

Sin embargo, cuando la historia (con hache mayúscula) quiere hacer de las suyas, pone frente a nosotros dos cosas muy peligrosas, según se vea: libertad y poder. Mercedes eligió la primera, porque en aras de su ulterior desarrollo profesional (bastante definido, incluso antes de conocer a Matías), cambió un atractivo curso en Italia por los engaños de Matías, quien le mal aconsejó al elegir una nota relevante para el periódico: en vez de una malversación de fondos gubernamentales, él la convenció de optar por el paso de un huracán, cosa que no le agradó del todo al editor en jefe. Con ese acto, Matías comenzó su devaneo con el poder, que lo habría de llevar de la izquierda militante del periodismo a las relaciones públicas del Partido Acción Nacional en tiempos de guerra (digo, de campaña). Pese a que en Italia le iba de maravilla a Mercedes (cursos interesantes, gratas amistades, un amor inmensamente intenso de nombre Lorenzo), el bellaco de Matías secuestra sus pensamientos: Me enamoré. Con él me sentía protegida, fuerte. Podía ser yo. Sin ningún tipo de juicio. La mujer que sembró Matías acabó de germinar en Lorenzo; menos preocupada por los convencionalismos sociales, más independiente. Él era mi referente, lo que me ataba a Italia. Cuando terminé el curso de periodismo, conseguí otra beca para estudiar un master en Ciencias Políticas. No regresaría a México. ¿Para qué? Viviría acunada en Lorenzo.
En este punto, hay un elemento digno de resaltar en Punto de quiebre: la relación epistolar entre Mercedes y Matías suscitada por medio de Facebook; mientras ella se aplica a la reconstrucción de ella misma -amorosa y profesionalmente-, Matías, por el contrario, le vende la idea del cambio, empezando por integrarla a un círculo de gente empeñada en consumar el cambio político en México, tan deseado por ambos desde aquel juramento en conocido monumento. ¿Qué sucedió, entonces? La libertad italiana fue relevada por el poder de la traición.
La transformación de corresponsal en Europa a figurante del poder, recae en Mercedes a lo largo del capítulo tres, “Transición”, como un intrincado laberinto, pues llevada por la esperanza de proseguir esa apasionada historia de amor con Matías, es víctima de los abusos de éste, quien, obnubilado por el poder, se deshace en nuevas traiciones, incluso la infidelidad, descubierta por ella cuando su pareja se ahoga en un mar de alcohol. Además, el partido para el cual trabajan, el PAN, por aquellos días se ve como un avatar de la esperanza:

-Desde marzo estoy en Comunicación Social. La radio me aburría. Acá estoy bien, en la grilla. Es lo que me gusta. Si ya sabes, ¿pa’ qué preguntas? -Matías y sus chistes eternos.
-Me alegro por ti, pero ¿panista? No me chingues, Matías, ¿cuándo diablos te volviste panista? -me quebraba de deseo.
-Y qué querías, ¿qué acabara en el PRI? ¿Qué pasó? -sus ojos se clavaron en mi boca.
[…]
-Estás loco -sentencié, casi quebrada. -Pensé que lo nuestro era combatir al dinosaurio desde la sociedad civil, desde el periodismo, como alguna vez lo prometimos.
   
Por segunda vez, Mercedes cayó presa del tóxico encantamiento de Matías, pero los excesos del foxismo en las altas esferas del poder fueron el cable a tierra para retomar el buen camino, pero… […] Eres como toda buena mexicana, Mercedes: perdonas y aceptas mil veces a pesar de todo; no importa si quien te miente es tu pareja, tu amigo o el gobierno.
La ansiada redención de Mercedes llega cuando ella, en su firme apoyo a Josefina Vázquez Mota para llegar a la presidencia, ve su ilusión hecha trizas cuando recibe de Matías una increíble noticia: su candidata ya estaba derrotada, y él, para evitar la debacle, ¡votó por el PRI!, lo cual no fue del todo halagüeño para ella. Muchas cosas le había perdonado, pero elegir el regreso del PRI a Los Pinos, era la traición más fuerte de todas. (Después de todo, en política uno termina por equivocarse.)
Con todo, ¿por qué leer Punto de quiebre? Para sacudirse las taras del entorno actual, sea cual sea la preferencia partidista (que poco importará, después de todo); además, la cuidada prosa y el amor al detalle que prodiga Cristina Liceaga en cada párrafo nos lleva a vivir y a sufrir los embates de su protagonista, Mercedes, pero que a su vez nos pone frente a un gran dilema: ¿es posible conservar la lealtad hacia sí mismo, a pesar de los vaivenes y tentaciones del tiempo presente? Sin lugar a dudas, es posible, y más cuando el espejo de la ficción nos muestra una imagen susceptible de mejorar, donde el empeño de desafiar la realidad conduzca de mejor manera nuestros impulsos y estrategias. En este sentido, veo en Cristina Liceaga un legado de congruencia literaria, que señeras y talentosas escritoras como Virginia Woolf y Elena Garro defendieron hasta el último aliento.
No hay duda, la Historia es la mejor de todas las novelas, pero “una sola vida no basta para olvidar una historia que vale”, como dice Laura Pausini en una de sus canciones. De ustedes dependerá que así lo sea. (De verdad.)

Cristina Liceaga. Punto de quiebre. México, Acribus editorial, 2016. (Novela contemporánea)

(19/octubre/2016)

miércoles, 18 de enero de 2017

Historia de primera plana

Ulises Velázquez Gil
  
De acuerdo con Luis González y González, existen dos tipos de historiadores: los de pala y los de pluma. Los primeros se encargan de las instituciones y de quienes las llevaron a efecto, mientras que los segundos se enfocan a los personajes del ámbito cultural, o que hicieron de la página escrita su campo de batalla. Sin embargo, cuando se trata de historiar un periódico de toral presencia en la vida de un país, en algún momento se entrecruzan palas y plumas, muchas de las veces cambiando de lugar, según los vientos del momento.
En este peculiar empeño, Arno Burkholder, clionauta a diestra y siniestra, nos entrega en La red de los espejos. Una historia del diario Excélsior, 1916-1976, sus encuentros (y desencuentros) con un periódico que fue determinante en la vida de la prensa mexicana del siglo XX, pródigo en sucesos y en personajes interesantes, sin adjetivos complacientes y poco halagüeños: suerte de microhistoria del llamado “diario de la vida nacional”.
A través de cinco capítulos, Burkholder pone frente a nuestros ojos el nacimiento, desarrollo y declive de un periódico que desde el primer día ya sabía hacia dónde forjar camino, susceptible al cambio andando el tiempo. En casi un siglo de existencia han sido muchos los temas que ha tocado Excélsior. Sin embargo, de su historia se sabe relativamente poco. Y lo que se sabe se ha concentrado en un incidente ocurrido en la segunda mitad de la década de 1970. [Esta historia] rescata el surgimiento de Excélsior, sus conflictos con el Estado, la consolidación del periódico y la gestación de problemas que provocaron el estallido de 1976.
Para el primer capítulo, “El periódico que llegó a la vida nacional”, el autor expone tres escenarios importantes: la figura de Rafael Alducin como “padre fundador” del diario (quien aplica las enseñanzas adquiridas en su juventud cuando transitó por El Imparcial, de enorme presencia durante el Porfiriato), el “estira y afloja” entre Excélsior y su competidor más cercano (en geografía citadina y cronológica), El Universal, siempre a la caza de lectores… y de apoyos por donde uno llegue a voltear, y la transformación de Excélsior en una cooperativa donde sus integrantes marcaran el ulterior destino del diario. El momento en el que nació Excélsior es fundamental para la historia del periodismo mexicano del siglo XX. A partir de entonces el carácter empresarial determinó la línea editorial y las posiciones políticas de los medios escritos en México. El “periodismo artesanal y combativo” que existió durante la etapa armada de la Revolución cedió el paso a grandes organizaciones (herederas del periodismo industrial de finales del Porfiriato) interesadas no sólo en la información política, sino también en generar ganancias mediante la publicidad.
Digno también es de rescatar el suceso fundacional de Excélsior cuando el 18 de marzo de 1917 salió su primer número entre tardanzas en la impresión y rechiflas por parte de los voceadores de entonces; podría decirse que este suceso –digno del anecdotario– sea la “metáfora” de cómo el periódico habría de conducirse en años posteriores. En este sentido, bien vale mencionar el papel que tuvo Plutarco Elías Calles para que el periódico pasara, de los números rojos, a volverse una cooperativa, donde otra historia –truculenta, al fin– se tramaría con el tiempo.
En el segundo capítulo, “Los años de la ‘familia feliz’”, lo que en apariencia era un diario comprometido con informar los sucesos del mundo actual, en su interior se manejaba una red de prebendas, conveniencia gubernamental e intereses “en lo oscurito”, donde […] el Estado mexicano aplicó cuatro estrategias para controlar a la prensa: el monopolio de la venta de papel a bajo precio, que impedía que los periódicos escribieran aquello que fuera inconveniente para el gobierno […]; la creación de un Departamento Autónomo de Prensa y Propaganda […]; los apoyos económicos brindados […] por medio de Nacional Financiera […], y, por último, las “ayudas económicas” (mejor conocidas como “igualas”, “embutes” o “chayotes”) que recibían los reporteros de parte de su fuente.
Ante este panorama, los más de treinta años que comprende este capítulo no estarían completos sin la presencia de dos figuras preponderantes de Excélsior: Rodrigo de Llano y Gilberto Figueroa, quienes llevaron las riendas del periódico –tanto en imagen y sana distancia gubernamental como en su engranaje, dentro y fuera de la cooperativa. Entre 1934 y 1963, la línea editorial de Excélsior, consistió en apoyar al Estado mexicano al ejercer cierta crítica ante su actuación y en atacar ferozmente a todos aquellos elementos que no congeniaban con la línea rectora del país. Y no era para menos, porque si se buscaba armonía con el gobierno en turno, se debía a que dentro del diario se ejercía bien a bien, y ello se notaba sobremanera en las fiestas de aniversario, cada 18 de marzo, donde primaba “la concordia entre los socios”. Pero como en toda familia persisten “los hijos rebeldes” (entre éstos, Manuel López Azuara, Eduardo Deschamps y Julio Scherer), quienes buscaban ser escuchados y, por ende, seguir el dictado de su conciencia. (La respuesta del “padre” director: suspenderlos por 15 días.)  
Sucesos como el anterior, aunados a los beneficios adquiridos por su estrecha relación con el gobierno, son el punto de partida del tercer capítulo, “Problemas en el paraíso”, donde la dupla que condujo con rienda firme al Excélsior (De Llano-Figueroa) comenzaba a difuminarse para darle espacio (y polémica certera, de pilón) a otros grupos e individuos ávidos de conducir el diario.  Lo que caracterizaba a estas dos facciones era la separación generacional, su formación académica y profesional, y sus intereses políticos y personales. Debido a esta fractura, desde 1965 Excélsior perdió la estabilidad que lo había caracterizado anteriormente. A partir de entonces una nueva generación se hizo cargo del diario, lo que provocó que un importante número de cooperativistas fuera obligado a abandonar el periódico por haber apoyado al grupo “perdedor”. (Y ante este panorama, el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz buscó darle poder a uno de los grupos en pugna más afín a sus intereses.)
En este periodo, la figura de Manuel Becerra Acosta, uno de los socios de mayor antigüedad en la cooperativa (a cuyo seno se juntaron jóvenes luminarias como Manuel Becerra Acosta Jr., Alberto Ramírez de Aguilar, Regino Díaz Redondo y Julio Scherer) fue importante dentro de un medio pleno en acendradas polémicas, por dos razones: recordarle al diario (y a sus integrantes, cabría decir) el espíritu con que surgió Excélsior en el panorama periodístico en México, y por prepararle este medio a una plétora de jóvenes pares, quienes lo llevarían hacia el sendero de la modernidad. La muerte de Becerra Acosta consolidó los cambios que el diario estaba sufriendo desde 1962 y permitió que los jóvenes que lo habían apoyado durante la crisis de 1965 “heredaran” el periódico. Sin embargo, el problema fundamental –la división de la cooperativa– no se había solucionado […] (Y luego con la política del momento, se venían años difíciles…)
En “El Olimpo fracturado”, cuarta escala de La red de los espejos, ya nos encontramos con un nombre harto conocido en el medio periodístico (que a más de 40 años de distancia, sigue como el Cid Campeador): Julio Scherer García y sus compañeros formaban parte de una amplia corriente que ya había participado en la construcción del nuevo Estado mexicano luego de la Revolución, pero que cuestionaba la forma en la que se había consolidado a partir de los años cuarenta. Con la llegada de Scherer a la dirección, llegaron nuevos aires críticos, presentes en la sección editorial (donde brilló la pluma de don Daniel Cosío Villegas, por ejemplo), se apoyó la publicación de una revista de altos vuelos culturales como lo fue Plural (bajo la dirección de Octavio Paz) y se cancelaron otras que nada tenían que ver con el nuevo rumbo del diario (Magazines de Policía y ¡Ja-Já!), así también como darle a noveles reporteros como José Reveles y Carlos Marín un lugar donde comenzar su periplo periodístico, entre otras cosas.
Sin embargo, la relación con el poder exigía su lugar de antaño frente a esta nueva época, por lo cual era de esperarse que el poder en turno apoyara a la facción “perdedora” dentro del diario, y lograr la debacle de Scherer y sus cercanos, consumada el 8 de julio de 1976 (suceso que precedió a una nueva empresa informativa llamada Proceso).
Por último, en “La memoria, el olvido y el futuro”, Arno Burkholder hace un balance de los sucesos ocurridos después de la fecha de marras, haciendo énfasis en las publicaciones donde se documenta una parte de la historia reciente del diario Excélsior. Pero también nos hace ver que un periódico de altos vuelos fungía como el termómetro de una sociedad en busca de rumbo y destino, con miras a una mejor lectura del tiempo presente. En una palabra: […] es un buen reflejo del país entre 1916 y 1976: una empresa formada por un joven que se basó en la estructura periodística consolidada durante la última etapa del Porfiriato, que cruzó hacia el nuevo siglo en medio de una revolución que construyó un nuevo Estado mexicano. Tanto al país como a Excélsior les tocó sufrir la aplicación de nuevas medidas que tenían por objeto asegurar el predominio de una nueva clase política y en ese momento surgió una generación de periodistas que dominó la prensa mexicana hasta los años sesenta.
¿Por qué acercarse a La red de los espejos. Una historia del diario Excélsior, 1916-1976? Si la respuesta inmediata es para conocer un periódico de toral presencia en la vida diaria de México, es correcto; si respondemos que para entender las relaciones entre los medios informativos y el poder, también habremos acertado. De cualquier manera, existe una tercera y fuerte razón: descubrir los sucesos y las personas que, día tras día, construyeron un estilo propio de hacer periodismo, desde las rotativas hasta la redacción. En tiempos donde hoy se privilegia el rumor y la exageración, una historia de primera plana es indispensable de conocer, y más aún para las nuevas generaciones de periodistas, comunicólogos e historiadores (no precisamente en ese orden), en aras de comprender mejor su misión y no dejarse avasallar por los espejismos del trending topic (ineludible, a pesar de todo).
Esperemos que esta microhistoria de un gran diario suscite una continuación (como en las buenas sagas), o por lo menos, una revisión desde la trinchera de los lectores. Así, lo demás vendrá por añadidura. (Sea, pues.)

Arno Burkholder. La red de los espejos. Una historia del diario Excélsior, 1916-1976. México, Fondo de Cultura Económica, 2016. (Comunicación)

(9/noviembre/2016)

miércoles, 4 de enero de 2017

Confección de la memoria


Ulises Velázquez Gil

En las Bellezas del Talmud (generosamente traducidas y compiladas por Rafael Cansinos Assens) se puede encontrar la siguiente sentencia: “Quien es sabio y no enseña a los demás es semejante a un mirto en el desierto: nadie disfruta de él”. Muchas de las veces, la maravilla de un buen consejo o de una persona sabia y atenta pasan desapercibidas en estos tiempos, donde hasta la tristeza se ha inventariado; sin embargo, cuando se tiene noción de su presencia, el camino a seguir se vuelve interesante.
En la ingente labor de tomar testimonio y de guardar la memoria de los protagonistas de su tiempo, digno es resaltar la importancia de los volúmenes de entrevistas y de índole memorialista, donde palabras y enseñanzas esperan inocularse en la conciencia del lector, en aras, siempre, de modificar el rumbo.
Con más de veinte años en el oficio periodístico (donde sobresale una constante labor entrevistadora), Pilar Jiménez Trejo nos entrega Sabines. Apuntes biográficos, volumen testimonial que presenta, en primera persona, las andanzas y maestranzas de uno de los escritores más importantes de México. No se trata de una biografía en sentido estricto, sino de pequeños apuntes que pintan de cuerpo entero a Jaime Sabines. Según la autora, […] fue resultado de varios años de conversaciones con Jaime Sabines, de casi una persecución hasta lograr la confianza y cariño del poeta; también, de investigación y reposo para entender (yo) lo que tenía en la manos. […] sólo algunos instantes que conforman la vida de un hombre.
Estos “apuntes biográficos” se dividen en nueve capítulos, que van de los orígenes familiares -la vida del mayor Julio Sabines, su padre- hasta los años previos a su muerte, en 1999. Casi un siglo de historias que hacen una ronda desde la intermitencia de la memoria, tras la cual, según Andrés Iduarte, se recuerda entre nubes. En “La odisea de un Sagbine”, Sabines cuenta la historia de su padre, un joven libanés dispuesto a “hacer la América”, acompañado por sus hermanos, cuya travesía los llevó de Beirut a México, pasando por la isla de Martinica y Cuba, donde se quedaron algunos. Dicho capítulo tiene un eje fundamental y entrañable para el poeta: la historia de amor entre sus padres, Julio Sabines y Luz Gutiérrez. La imagen de mis padres siempre ha sido fundamental en mi vida. De doña Luz heredé el orgullo de ser humano; siempre nos enseñó que no quedaba otro remedio que ser hombres. […] Del mayor Sabines aprendí qué era la fortaleza y la sensibilidad para vivir. Era duro como un revolucionario y a la vez tierno como un niño.
(Paréntesis aparte: Se dice que los padres dan destino, y para Jaime Sabines, la conciencia de humanidad dada por su madre y la fortaleza para vivir de su padre, han forjado a cada paso la materia prima de sus versos, que podemos leer aquí y ahora.)
La odisea familiar de los Sabines prosigue en el segundo capítulo, “Salimos de la tierra, pero nunca la abandonamos”, en el cual la Historia (así, con mayúscula) cobra factura en la persona del mayor Sabines, que lo lleva al exilio en Cuba con toda su familia; aquella rama familiar que “hizo la América” lo recibió mientras durara el trago amargo. Una vez que se dio el regreso, Sabines cuenta la manera en que su familia recobró impulso para seguir adelante. Un detalle importante al contar esa parte de su vida es cuando su padre se pone a contar historias que dejaban emocionados por igual tanto a sus hijos como a los niños que se acercaban por ahí a escuchar. Mi padre continuó con nosotros la tradición de narrarnos esos cientos, miles de historias; cuando éramos pequeños, todas las tardes, mientras comenzaba a oscurecer, nos contaba esos cuentos de Las mil y una noches y las historias de Antar. El recuerdo que guardo de mi padre es que él también, como Sherezada, nos dejaba en suspenso todas las noches. Era muy buen conversador y un buen contador de historias. […] No es que tuviera un lenguaje muy articulado o muy amplio, pero sí tenía una gran emoción, un arte mágico, muy expresivo y efectivo porque él mismo se emocionaba con lo que iba diciendo… (De esa forma, ya se estaba formando en el futuro autor de “Los amorosos” su propia conciencia de las palabras, cuya expresión total habría de aparecer más tarde.)
En el capítulo tres, “Y el hombre se hizo poeta”, Sabines da cuenta del proceso que lo llevó a escribir aquellos poemas que lo inscribieron en el panorama literario del México de los años 50, pero más que buscar un nicho dentro de la cultura de su tiempo, la escritura fue una tabla de salvación de donde agarrarse, ante la angustia de seguir en la carrera de Medicina, o de asumirse provinciano en la gran ciudad. Comencé a escribir en serio cuando sentí la angustia de la capital, la soledad. Lo primero fue lo hostil de la enorme Ciudad de México, y luego la hostilidad particular hacia mí en la escuela. Me hago poeta a fuerza por la necesidad a mis 19 años. Y mientras se da su ejercicio poético, se enfrasca en la lectura de grandes autores, tales como Aldous Huxley, Dostoievski, pero quien lo impactó de buenas a primeras fue James Joyce y su obra cumbre Ulises; aunque después ya no volviera a leerla, porque las lecturas cambian con el tiempo… En esos años procuraba leer de todo, pero muy salteado. Aunque claro que comencé a ser más exigente, porque también llegué a leer de lo peor que ha habido en el mundo; por eso luego ya no leía cualquier cosa, solamente obras que estuvieran consagradas y supiera que eran buenos autores.
Una de las cosas a notar en este capítulo es de la incursión (breve) de Sabines en el mundo de la radio; al verse corto de dinero, entró a un concurso haciendo lo que había negado en mucho tiempo, la declamación, y de tan buena que le salió, obtuvo, además del estímulo económico, la ovación del público, y no faltó quien le propusiera volverse locutor, con todo y licencia, mas no lo consumó del todo, por razones familiares. (A final de cuentas, Sabines sí dejó el mundo de la radio, pero también el de la Medicina. ¿Habremos perdido a un gran locutor? Se me hace que no…)
Para los capítulos cuatro, cinco y seis, la vida privada del poeta sucede a la par que la de su obra poética; libros como Horal, La señal y Tarumba “nacieron” cando su autor tomó importantes decisiones para el postrer avance de su vida: el matrimonio con Josefa Rodríguez, Chepita; el nacimiento de su primer hijo, Julito, y su estancia en la tienda de telas propiedad de su hermano, de donde surgieron dos cosas importantes: su aprendizaje de la humildad y la escritura de Tarumba, de sus poemas más importantes. Es cierto que a veces el poeta se siente como un perro herido al que golpea la gente, o como el cadáver de una parturienta. Pero el poeta no es nada más eso: también es el que goza la vida, el que la disfruta a plenitud. Creo que el poeta es un hombre común y corriente, nada más que con un poquito menos de piel y con un poco más de sensibilidad hacia las cosas. Ésa es la diferencia, y no es una diferencia de privilegio.
Al mismo tiempo en que Sabines comparte su experiencia poética y mercantil, se suceden tantas cosas, como su encuentro con jóvenes escritores, agrupados en La Espiga Amotinada, pero también le toca sufrir los embates del recién casado y padre incipiente cuando se hace poco a poco de recursos para subsistir. (Muchas de esas cosas logra expresarlas en poesía, pero la vida misma es más fuerte y lo mejor es dejarse vivir…)
Para los capítulos restantes, Sabines vuelve a la Ciudad de México (con una estancia breve en Chiapas, en tiempos de la gubernatura de su hermano Juan) y enfrenta la muerte de sus padres -a quienes dedicaría sendos y entrañables poemas-, el cambio de trabajo de la tienda de telas a una fábrica de alimento para animales, y su paso por el mundo de la política. De entre todos estos sucesos (más los que se acumularon en el camino, como aquel accidente que lo llevara en varias ocasiones a la sala de operaciones), nunca deja de lado la poesía, en la que existen, según él, dos alegrías: […] la del momento en que se escribe un poema, cuando se sabe que es un buen poema, que ahí nadie te ve, ni te está retratando, ni hay una periodista que te interrogue, ni cámaras de televisión, y tú puedes ponerte a bailar a solas en tu cuarto por el gusto de haber escrito; y la otra alegría, la de saber que te leyeron, porque de algún modo uno está buscando el amor de la gente.
Dicha alegría habría de multiplicarse de muchas formas para Sabines en los últimos años de su vida; desde la reedición (y consecutivo agotamiento de la edición) de su Recuento de poemas hasta grandes recitales en el Palacio de Bellas Artes en 1996 y en la Sala Nezahualcóyotl de la UNAM en 1997. (“El verdadero y único premio del escritor son sus amigos desconocidos”, dijo Octavio Paz en una de sus cartas. Aunque Sabines tenía sus reservas en cuanto a la obra de Paz, no dudaría ni un ápice que suscribiría esta acertada definición.)
En suma, ¿por qué acercarse a Sabines. Apuntes biográficos? Si para conocer de cerca al autor de uno de uno de los poemas emblemáticos de las letras mexicanas (“Los amorosos”) y del ambiente donde se urdió su poesía (desde Horal hasta “Me encanta Dios”), la respuesta es acertada; pero si respondemos que para conocer de primera fuente las enseñanzas de una persona sencilla y consciente de su papel de hombre, también habremos dado en el blanco. Aún así, este volumen, que cordial y dedicadamente nos ofrece Pilar Jiménez Trejo, da fe de las andanzas y maestranzas adquiridas en el diario trajín de la vida, donde la confección de la memoria se sucede a cada instante, en aras de justipreciar mejor una vida plena en obras y milagros, vueltos prístina enseñanza y para fortuna nuestra, Pilar no dejó que se volvieran como el mirto en el desierto, pues al escucharlas (y, por ende, leerlas) se disfrutan mucho mejor.
Quede en ustedes el acercamiento definitivo, porque toda vida tiene sus propias maravillas, incluso aquéllas que no lo son a primera vista. Y del resto, que se encarguen el tiempo y la memoria. (Así sea.)

Pilar Jiménez Trejo. Sabines. Apuntes biográficos. México, Tusquets, 2014. (Tiempo de Memoria. Biografías)

(21/diciembre/2016)

sábado, 31 de diciembre de 2016

Quince para 16

Ulises Velázquez Gil
 
En los últimos días del año, tres cosas me son ineludibles: limpiar mi escritorio de papeles, revisar el correo electrónico y hacer el balance de las lecturas hechas en 365 días. Sin embargo, cuando la vida decide hacer de las suyas, muchas de las veces se posponen las lecturas, y el único territorio libre donde se logran no pasan del buró antes de dormir. De cualquier manera, he procurado tener tres libros a la mano: uno en la maleta (para sortear los embates del transporte público), otro en el escritorio (cuya consulta resulta más que indispensable) y, claro, el del buró, para antes de dormir. (Al momento de urdir estas líneas, tengo La versión de Barney de Mordecai Richler a un lado de mi cama, pero se quedará en libro de transición -lo empecé a finales de diciembre 2016 y espero terminarlo ya entrado enero de 2017-, del cual habré de comentar en este espacio.)  
Como cada año, comparto con ustedes un listado de quince libros cuya presencia hicieron efectivo este casi extinto 2016, donde a diferencia de otros años, no hubo un género predominante, sino varios, tales como el ensayo y las memorias. Una cosa es ciento por cierto segura: las escritoras siempre están presentes. (…¡y las que faltan!)
Si ustedes notaron ciertas ausencias, excesivas inclusiones o simplemente desean entablar polémica con el firmante de estas líneas, se reciben con todo gusto. Mientras tanto, dejo aquí mi listado.

1) Paños menores (Gerardo Deniz) Heterodoxo volumen de memorias que nos lleva a conocer las facetas de un escritor, químico de primera formación, como lector, traductor, así también los (primeros) recuerdos de su llegada a México. A diferencia de otros volúmenes memorialistas y autobiográficos, éste se distingue por su mordacidad y desparpajo a cada página. Imprescindible de leer.

2) La memoria de las cosas (Gabriela Jauregui) Libro de cuentos que revive el antaño fervor por los “gabinetes de curiosidades”, pero también resulta muestrario de obsesiones (ajenas y propias) por diversos objetos; de la secrecía al delirio, del desconcierto a la iluminación, todo objeto enumerado se torna completa epifanía.

3) #YoNomásDigo (Irma Gallo) La travesía de una niña en su tránsito hacia los 12 años, se cuenta en esta novela donde las inquietudes usuales de la adolescencia conviven con las problemáticas del tiempo presente, vistas desde la mirada de Tony, su protagonista, en aras de guiarnos por la vida misma.

4) #Enredados (Laura García Arroyo) Ante lo cambiante de las comunicaciones hoy en día, este sencillo volumen, a guisa de guía, nos lleva hacia el interior de las redes sociales, la dinámica del ciberespacio, pero también propone originales maneras de integrar la vida que viene detrás con un futuro destellante. (Y que la web nos acompañe…)

5) Menos constante que el viento (Héctor Iván González) Cada crítico lleva tras de sí una tradición, pero también a su propia genealogía, a la manera de Borges; en este volumen de ensayos, se notan a cabalidad dichas condiciones, pero la diferencia, a final de cuentas, la tiene el crítico, ante todo, como lector del presente.

6) Ni sombra de disturbio (Fernando Fernández) En este año que se cumplieron 100 años de la primera edición de La sangre devota, acercarse a los cinco ensayos que conforman este libro, más que necesario, indispensable para conocer otros espacios donde se mueve la obra de Ramón López Velarde, así también algunos detalles que bien merecen atenderse. De consulta necesaria.

7) Verdad de la ficción y otros textos (Ángel María Garibay) Gracias a un ingente trabajo de investigación, obras no del todo conocidas del padre Garibay llegan a nuestras manos, así como su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, para confirmar la generosa inteligencia y una gran dedicación hacia el conocimiento por parte de un autor a quien el tiempo no habrá de doblegar; en ésta y otras compilaciones, siempre habrá un lector asegurado de su obra.

8) Sabines. Apuntes biográficos (Pilar Jiménez Trejo) Además de la vida y la obra de un escritor sin par, la vida misma, entre andanzas y maestranzas, habla por boca de Jaime Sabines para compartir su experiencia en todos los prismas del tiempo: del hombre que rinde honores a sus padres al poeta que entabla guerra con las cosas. 

9) El laurel invisible (Vicente Quirarte) Primeras famosas palabras (es decir, discurso de ingreso), escritas con el espíritu joven de un testigo del tiempo, que hace de las letras y de sus protagonistas compañeros de viaje; para quienes hacemos de la letra escrita fe y prueba de vida, más que necesaria su lectura y subsecuente acercamiento.

10) Flamante geografía (Martha Canfield) Más de treinta años de constancia poética de una autora que solamente conocía como ensayista; como en toda antología, consigna lo más sobresaliente de su obra, pero también remueve en el lector un acendrado interés por conocer otra faceta de esta escritora. Invitación y regreso, sin duda.

11) La red de los espejos (Arno Burkholder) Los sucesos y personajes detrás de un diario que marcó la pauta en la historia reciente de México, a través de la mirada crítica de un historiador, que bien conoce el engranaje del mundo del periodismo. Una obra con miras a volverse clásica.

12) Punto de quiebre (Cristina Liceaga) El desencanto político de los últimos años visto desde la mirada de una periodista que, sin proponérselo, se ve inmersa por la vorágine que conlleva las tentaciones del poder; si no quiere contribuir al cambio, mejor ni se acerque a esta novela. (Mejor sí, para que salga de dudas...)

13) Aquello que nos resta (Liliana Pedroza) Seis cuentos cuyos protagonistas sobrepasan el vértigo de la realidad; historias que se vuelven inevitablemente muy cercanas, porque aún en este lado del tiempo todavía resuena el desánimo. De impecable factura y gran dominio de la narrativa. 

14) Vestido de novia (Socorro Venegas) De cómo el tiempo remueve sus piezas para darle a su protagonista una opción para proseguir su camino sin dejar de lado las cosas que le precedieron; elegía por el tiempo perdido, pero en aras de volverse una oda por la vida que se avecina. 

15) Memorias de España 1937 (Elena Garro) Volumen memorialista que revela la experiencia de una joven escritora en la España de la guerra civil, donde retrata de cuerpo entero a sus contemporáneos y al tiempo que le correspondió vivir. Cardiografía de personajes entrañables, de mirada punzante y certera. (Gloriosa centenaria en 2016, su presencia en este listado es indispensable.)

Con la esperanza de encontrarnos en 2017, reciban el atento saludo de quien esto escribe y que 2017, con todo y sus altibajos, será de nuevas lecturas y entrañables conversaciones, bien compartidas y recibidas en este espacio, donde, como dice una canción de Marlango, “Puede que quieras dejar una vela encendida/ para poder regresar cuando no puedas más”. Y aquí me detengo por ahora.

(¡Muchas gracias a ustedes!)

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Presencia imbatible

Ulises Velázquez Gil

Hace poco, mientras leía un artículo de Andrés Henestrosa sobre las dedicatorias en los libros, recordé una muy entrañable hecha por una colega y amiga mía, en la cual enfatiza nuestro común interés por Octavio Paz; interés que, andando el tiempo, se refuerza cada vez que aparecen nuevas compilaciones y estudios críticos, los cuales, más tarde que temprano, logramos conseguir. (Si 2014 fue un año pródigo en cuanto a producción bibliográfica, de los siguientes ¿qué se puede esperar?)
Una benemérita institución, El Colegio Nacional, en el marco del centenario de Octavio Paz, publicó Lenguaje en libertad, volumen recopilatorio donde se reúne la mirada de 25 de sus integrantes en torno a la vida, obra y milagros de Paz: desde el ensayo crítico hasta el ejercicio memorialista, repartidos en 47 colaboraciones, cuidadas por el crítico Eduardo Mejía y su hija María José Mejía, ingente colaboradora en este empeño paciano.
Aunque no exista una división predeterminada, Lenguaje en libertad se compone de cuatro partes: el discurso de ingreso de Octavio Paz a El Colegio Nacional (del cual, según consignan los compiladores, se excluyó su segunda parte, el ensayo “La nueva analogía”), un texto de Jorge Cuesta (quien ponderara por vez primera los alcances de la obra de Paz), una selección poética sustraída de Las palabras son puentes, en el marco de los 80 años de Paz, y una antología de ensayos, retratos, notas y “homenajes” artísticos (pintura, arquitectura, música). Tanto en la selección poética como en el resto de la compilación, predomina la presencia de los integrantes de El Colegio Nacional (cinco en la primera, cuarenta y cinco en la segunda). Desde Alfonso Reyes y José Vasconcelos (fundadores) hasta Enrique Krauze y Juan Villoro (de reciente ingreso en la última década), todos, en algún momento de su trayectoria, se acercaron a la figura de Octavio Paz, como lo demuestran los trabajos reunidos en el presente volumen.
Por la perspectiva crítica, los ensayos de Miguel León-Portilla, Eduardo Matos Moctezuma, José Emilio Pacheco, Samuel Ramos, Alejandro Rossi, José Vasconcelos, Luis Villoro, Ramón Xirau y Gabriel Zaid hablan por sí mismos; mientras que su lectura del mundo escrito y no escrito (empleando una frase de Italo Calvino) es tratada por Salvador Elizondo, Enrique Krauze, Fernando del Paso, Pablo Rudomin y Juan Villoro. De la incursión en ambos territorios, se entresacan –por decir un ejemplo– apreciaciones como éstas: […] Octavio Paz considera que la función del poeta es la de dar cada vez mayor universalidad no solamente al lenguaje que hereda de todos los poetas sino también a la lengua en cuyo légamo duermen los símbolos ancestrales, los signos que esperan el reconocimiento por el que se verán convertidos en poema, por el que la alquimia del verbo realiza la prodigiosa transmutación (Salvador Elizondo). Un intelectual que comparte una figura del mundo puede tener dos actitudes ante ella. La primera es reiterar las convenciones con que usualmente se expresa, repetir su discurso usual, sin hacerlo consciente ni ponerlo a prueba. La segunda es ponerla a la luz, objetivarla. Para ello es menester explorar sus posibilidades, ensayar, sin salir de ella, formas y maneras nuevas, recrear sus modalidades posibles, hasta que se hagan patentes sus posibilidades y sus limitaciones, En ambos casos […] confirma la figura de su mundo, pero el sentido de su confirmación es distinto (Luis Villoro, sobre Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe).
Buena parte de estos ensayos coinciden tanto en su innegable oficio poético como en su interés por diversos temas; de la creación literaria a la política del tiempo presente, con escalas en el arte, para Paz ningún tema le fue del todo ajeno, inclusive los inscritos en el ámbito científico, tal y como lo consigna Pablo Rudomin en su texto de homenaje. (Neurólogo entre filósofos, poetas e historiadores. Escritores todos, al fin y al cabo.)
Por el lado testimonial y memorialista, los textos de Antonio Alatorre, Carlos Fuentes, Alfonso Reyes y Vicente Rojo hablan por sí solos. Respecto a Reyes y Fuentes, sus cartas presentan justas definiciones a su persona, inmunes al tiempo y a las distancias suscitadas: Nos demostraste, quizá, que un escritor no puede comprometer a la sociedad, la historia, el arte y la individualidad si primero no compromete a la realidad misma […] la conciencia no nace de la descomposición de la sociedad o de la historia, sino de la descomposición de la realidad misma. […] Hay que escribir, escribir, con audacia, vulgaridad, belleza, terror y sueño (Carlos Fuentes). Habría que ser, de veras, un gran poeta para encontrar las palabras no gastadas, vírgenes, que expresaran mi agradecimiento y mi emoción. Ud. sabe  bien que he vivido entre incomprensiones y hasta traiciones, aunque no he dejado que se me amargue por eso la viña del alma (Alfonso Reyes).
Mención aparte merece Vicente Rojo, en cuya correspondencia con Paz se consigna el proceso de trabajo de sendas obras primordiales en la obra paciana: la caja de Marcel Duchamp y los Discos Visuales, cuyas imágenes acompañan a las cartas. A lo largo de dicho proceso, podemos encontrar perlas como ésta, por parte de Rojo: […] voy a centrar todo mi trabajo en el Duchamp y los Discos (que, de pasada, me han sugerido algunas ideas pictóricas).
(Paréntesis aparte: si en algo coinciden tirios y troyanos –críticos y lectores– es en el hecho de suscitar otras lecturas, nuevos caminos para la creación y hasta enconadas polémicas, sin importar interlocutores ni temas por tratar y/o defender. De cualquier manera, los aciertos pacianos acaban por imponerse, pero sobre todo, nos invitan a seguir en el debate y en la conversación.)
¿Qué más puede ya decirse de Lenguaje en libertad. El Colegio Nacional celebra a Octavio Paz? Por un lado, tenemos una compilación bien cuidada donde todas las perspectivas e imágenes que se tienen de él –por parte de sus colegas y compañeros del recinto de Donceles 104– tienen cabida, en aras de un objetivo en común: justipreciar la figura de Octavio Paz desde sus linderos respectivos –filosofía, ciencia, artes, literatura–; y por el otro, estamos ante una antología en constante actualización, de la cual esperamos, en subsecuentes reediciones, se incluyan las aportaciones de ulteriores integrantes de El Colegio Nacional, dispuestos a proseguir la conversación en torno a. (No dudaría ni un ápice que el historiador Javier Garciadiego tenga algo que aportar al respecto, pero el tiempo hará lo suyo.)
Todavía quedan cosas por saber, discutir y conocer de Octavio Paz, presencia imbatible en las letras mexicanas y en la cultura universal; para fortuna nuestra, todas las interrogantes generadas aquí y ahora, tienen una sola respuesta: leer sus obras (conocimiento de primera fuente) o la presente compilación, para darse una idea. Ya el tiempo se encargará de desmentirnos o de acertar en plural. (Así sea.)

Lenguaje en libertad. El Colegio Nacional celebra a Octavio Paz. Compilación de Eduardo Mejía y María José Mejía. México, El Colegio Nacional, 2014. 

(29/julio/2016)

miércoles, 19 de octubre de 2016

Una mirada interminable

Ulises Velázquez Gil

Según el escritor colombiano Álvaro Mutis, las cosas que definen el curso de la vida suceden entre los 7 y los 12 años; aunque todas las infancias se parezcan, cada una tiene sus propias maneras de ver la vida, en concreto, del día que se vive y percibe, donde la última cosa sujeta a preocupaciones sea el propio tiempo. 
Desde el territorio interminable de la infancia, Irma Gallo nos obsequia un relato donde se encuentran por igual inquietudes que preocupaciones, que su protagonista experimenta paso a paso.
#YoNomásDigo cuenta en dieciséis capítulos la historia de Antonia (Mejor díganme Tony y todos contentos y felices. #foreverandever), niña de 11 años y medio, en cuyo tránsito hacia los doce le atraen sobremanera tantas cosas, desde los amigos, las mascotas y las redes sociales, hasta la violencia escolar, la adicción a las nuevas tecnologías y los padres separados; temas que de tan cercanos se escapan de las manos, sin embargo, la manera en cómo las mira Tony las pone de frente para verlas detenidamente.
Para el caso de las redes sociales (donde es ineludible contar con una cuenta de Facebook, Twitter, la que gusten nombrar), Tony es vista casi con asombro al no integrarse en alguno de estos espacios. De pronto parecería que lo que pasa ahí es más importante que la vida real. Como si fuera una película en la que a todos les va muy bien, son los más chidos en lo que hacen (así sea lograr la bomba de chicle más grande), se van de viaje a lugares padrísimos, tienen las mascotas más lindas del planeta […] y, sobre todo, ponen fotos de perfil en las que se parecen a las más hermosas y a los más guapos del mundo. […] Lo malo es que luego los ves en persona y te quedas: ¡órale! ¿pues qué les pasó después de que se tomaron esa foto? ¿o de plano no eran ellos? #amínomecuenten.
(Paréntesis aparte: En alguna ocasión, un joven sociólogo me dijo: “Facebook no es la vida”, pero luego de varias experiencias, dentro y fuera de, su frase debió ser así: “Facebook no es la vida, pero… ¡ah, cómo se le parece!” Y en este sentido, bien avalo las palabras de Tony.)
Sin embargo, las redes sociales también son susceptibles de peligro, cuando se crean perfiles falsos con tal de hacer daño. Tony ve muy de cerca este caso cuando la hermana de uno de sus compañeros de escuela, desapareció a causa de una mala pasada escondida tras un perfil de éstos. Ante este panorama, a Tony no le son (ni le serán) indiferentes otras cuestiones: la violencia escolar (bullying), los desórdenes alimenticios y hasta las imposiciones de la sociedad, en aras de hacerlo todo ideal: […] ¿por qué tendríamos que parecernos a las actrices, cantantes o modelos para ser bonitas? ¿Quién dice lo que significa “ser bonita”? 
En este punto, se desprende una fuerte inquietud que pone a pensar a Tony sobre los (supuestos) estándares de belleza, cuyo lado oscuro deriva en una dupla fatal, de bonito nombre e intereses escabrosos, como se ve en el episodio “¡No quiero ser princesa!”: […] me quedé muy intrigada por saber qué querían decir esas palabras con las que se referían unas a otras: ana y mía. […] Así que seguí googleando un rato y di con varias páginas de información médica que hablaban de desórdenes alimenticios. ¿Y cómo creen que se llaman dos de los principales? Pues ANorexiA y buliMIA. […] no sabía que hubiera páginas web dedicadas al tema, donde algunas chicas les daban consejos a otras para perder peso, y peor aún, donde todas pensaban que ser princesas significaba ser flacas […].
Y ya que seguimos con el tema de las princesas, Tony nos comparte también sus dudas sobre ser una princesa; disiente sobre el papel adjudicado desde antaño. Como que en el fondo esas historias querían decir que si eres mujer no vas a conseguir nada por ti misma: siempre vas a necesitar a un príncipe azul (aunque tenga cara de sapo aplastado) para conseguir lo que deseas en la vida. Y pues obvio que #esonoescierto.
Sobre los asuntos propios de las pre-adolescentes, Tony los enfrenta de una forma particular, muy cercana para quien lea, empezando por el lenguaje que se usa hoy en día, característico por el uso de emoticones y frases antecedidas por un “gatito” o hashtag, tal y como se aprecia en redes sociales. Detalle que, doblemente, reduce distancias y genera coincidencias, como en toda amistad que se digne de serlo… como la de Tony y Jess. ¿Ya he dicho que cuando conocí a Jess me di cuenta luego, luego de que íbamos a ser amigas? No sé, #asímevibró. Se me hizo que era una niña muy inteligente y sensible, alguien con quien podía hablar y me iba a escuchar, alguien a quien le interesaba jugar lo mismo que a mí. […] Más allá de sólo tener alguien con quien juntarte en el recreo o en los campamentos, es la onda que existan esas personas con las que nos divertimos, que ayudamos y nos ayudan, con las que hasta podemos llorar y por supuesto hacer cosas chidas junt@s. (A medida que avance la novela, encontraremos sucesos y cosas donde su amistad reluzca y destelle por entero.)
Pero en algunas cosas no todo marcha bien, como en “Los molestones” (en torno al acoso escolar o bullying, cuando uno de sus compañeros es víctima de otros, molestándolo a diestra y siniestra. Ante este panorama, mira de cerca el problema y con la ayuda de su maestra, toma conciencia y junto a sus compañeros, busca una solución: […] teníamos que forma algo así como un comité de vigilancia para observar que no hubiera actos de maltrato en la escuela, y que si los había teníamos que intervenir de inmediato: que habláramos con el (o la) que estaba maltratando a otr@, y le dijéramos que se diera cuenta de que estaba haciendo sentir muy mal a su compañero. Si no cambiaba su actitud, o veíamos que otro día lo volvía a hacer, le íbamos a pedir una acción reparadora.  
En varios capítulos de #YoNomásDigo aparece un personaje fundamental en la vida y aprendizaje de Tony: su mamá, ni más ni menos. En “¿Tengo que parecerme a mi mamá?” se expresan un poco más las diferencias madre-hija, pero al final del día, todo se vuelve una feliz correspondencia: Lo que no me gustaría es que mi vida se determine porque soy hija de mi mamá. ¡Ah, caray! ¡Te volaste la barda, Tony! ¿Y eso qué quiere decir? Paciencia, que soy lenta, pero ahí voy. Quiero decir que no me gustaría nada que la gente esperara algo específico de mí sólo porque soy SU hija, y no de otra persona. […] Si mi ma es feliz siendo periodista, #chidoporella, pero yo prefiero descubrir por mí misma lo que voy a hacer cuando sea grande. (Son tantos los temas que suscitan la curiosidad de Tony, que lo ideal –por lo menos, en este instante– es dejarlas para cuando llegue el libro a nuestras manos…)
En suma, #YoNomásDigo es una novela que se lee gratamente de principio a fin, por su estilo sencillo y jovial, lo cual permite acercarse a todo tipo de temas, sin que nos parezcan ajenos a la primera de cambios; una mirada interminable en cuanto a conocer otro ángulo de las cosas que se viven y se ven –siempre me quedo pensando en las mismas cosas, pero como buscándoles otro ángulo. Y ante los avatares del tiempo que corre, esta novela tiene ganadas muchas batallas de antemano.
A final de cuentas, las cosas que definen el curso de la vida sí suceden entre los 7 y los 12 años: lo importante es conocerlas y defenderlas a cada paso. Que las andanzas de Tony nos ayuden en ese empeño. (#esoespero)

Irma Gallo. #YoNomásDigo. México, Ediciones B, 2015. (B de Blok) 

(27/junio/2016)