miércoles, 14 de noviembre de 2018

Prontuarios de la memoria


Ulises Velázquez Gil

Una historia intercalada en el filme La eternidad y un día, del cineasta griego Theo Angelopoulos, versa en torno a un poeta que, a fuerza de recobrar su lengua materna y escribir un canto de amor a su patria, le “compra palabras” a la gente que se cruza en su camino, retribuyéndole de forma generosa por ello. En el diario empeño de la vida por abrirse paso, todos compramos palabras, es decir, nos hacemos de ellas en el buen sentido, y así comunicarnos con el resto del mundo, de inscribirles un fragmento de la memoria propia. 
Luego de sus navegaciones por las redes sociales (cuya bitácora lleva por nombre #Enredados), Laura García Arroyo nos entrega un nuevo libro, donde el encanto del “¡ábrete sésamo!” ronda por sus páginas: Funderelele y más hallazgos de la lengua, resultado de sus andanzas y maestranzas por diccionarios y constantes lecturas, así también por las conversaciones y encuentros con sus colegas, amigos y gente de a pie. Este libro pretende dar una muestra de las diferentes formas en las que uno se topa con nuevas palabras y narra en primera persona cómo algunas llegaron a mí, a mi vocabulario, a mi vida. Cómo las hallé, o me hallaron, cuándo empezó mi historia con ellas y como el descubrimiento de cada una llegó de la manera más inesperada, extraña, peculiar e impredecible. O no tanto. Porque las palabras desconocidas nos rodean, siempre están ahí
En Funderelele se reúnen 71 palabras, a guisa de “diccionario personal” que no sigue un orden estrictamente alfabético -similar a los diccionarios del orden común-, sino más bien afectivo y vivencial, donde cada palabra […] se convierte en feliz encuentro en el que un nuevo término pasa a formar parte de un léxico que va creciendo y con él, el mundo y nuestra forma de existir en él. Sin embargo, hay otras palabras que nos resultan ajenas en la vida diaria, mas no para los diccionarios ni para los oficios que las usan para provecho propio. Tal es el caso de aporcar, término propio de la jardinería, y que para Laura García Arroyo tiene un significado entrañable, que le remite a su abuelo: […] tenía un rincón especial: una huerta en la que veíamos crecer jitomates, lechugas, zanahorias, papas y algún experimento que a veces terminaba en el plato. “Me niego a que mis nietos piensen que las verduras nacen en los supermercados”, decía mientras preparaba la herramienta y nos reunía en fila para darnos instrucciones
Una maestra mía de grato recuerdo en la carrera de Letras Hispánicas solía decir que en la lengua materna dos cosas son ineludibles: contar e insultar. Y como cada texto de Funderelele tiene su propia historia, dejemos que la segunda opción nos sirva para llegar a otra palabra de interés para la autora, coprolalia, de la que comparto el siguiente fragmento:  Es como un acto reflejo. Bajo del avión y en cuanto piso Barajas mi vocabulario ibérico más grosero empieza a dispararse sin control. Es como si estuviera contenido aguardando ese momento para salir y explotar como fuegos artificiales. Y cuando se trata de develar el otro lado de la figura pública (de dichosa vista por la tevé), con glosofobia uno se da cuenta de que todos tenemos algo en común: La gente cree que no me pongo nerviosa frente a una cámara de televisión. Claro, después de dieciséis años al aire la cosa no ha mejorado, pero lo que no saben es que los dos primeros años hasta me daba fiebre durante el dichoso programa. 
Un ensayo de Raymundo Ramos sobre Roland Barthes, Hifología (palabra que seguro sería del interés de Laura García, me imagino), comienza con una frase devastadora por sencilla: Amamos los neologismos. A lo largo de las páginas de Funderelele aparece uno muy peculiar, nomofobia, que nos revela una instantánea poco sonada de su autora: Yo lo descubrí en 2014, en mi tercera visita a un centro de atención a clientes en busca de mi cuarto aparato del año. No, no fue una terapia de choque para aprender a vivir sin celular, fue más bien el acercarme a los cuarenta y darme cuenta de que mi memoria se estaba saturando y de repente me resultaba más fácil dejar olvidados objetos en lugares a los que no sabía volver. (¿Ya descubrieron de qué va la palabra? No lo digan… a menos que sea para recomendar su lectura.) 
Mientras proseguimos la travesía por las palabras enumeradas en este libro, una y otra vez caemos en la cuenta de que algunas de ellas no nos suenan a la primera de cambios, pero a medida que se tome alguna al azar, por un lado, contamos con el significado concreto, breve, “de diccionario”, y, por el otro, un texto más amplio al respecto, a caballo entre el ensayo y la memoria, donde quede asentada la preferencia (fidelidad, diríase) de la autora por esa palabra: virgulilla, tija, petricor, paparrucha (favorita de las redes sociales, en particular de un sujeto de infausta presencia, allende la frontera norte), letológica -algo extraña para una mujer de palabras, qué cosas-, y la que da nombre al libro; con todo y su “incierto” origen, sigue ganando batallas una vez que se hace de un lugar en nuestro vocabulario. Me gustan las palabras que bailan. Esas cuyas sílabas transmiten ritmo, sonoridad y prácticamente provocan una sonrisa al pronunciarlas y al escucharlas. Es el caso de funderelele, que se convirtió en una de mis favoritas desde que la conocí
(Paréntesis aparte. Cuando Milan Kundera preparaba sus “Sesenta y siete palabras”, suerte de glosario que enumera los tópicos que predominan en su obra narrativa, al saber del sismo que sacudió a la Ciudad de México en septiembre de 1985, le preocupó el destino de un colega y amigo suyo que vivía allí; días después de que éste diera señales de vida, Kundera, en señal de gratitud, incluyó el nombre de su amigo dentro de su vocabulario personal.) 
A semejanza de Milan Kundera, Laura García incluyó en esas 71 palabras tremofobia, cuyo texto cuenta con una extensión mayor respecto de los demás, y se enfoca en contarnos su experiencia con los temblores; particularmente, el ocurrido el 19 de septiembre de 2017 en la Ciudad de México, cuyos resabios aún permanecen: […] Los llegados a esta ciudad después del ’85 hemos vivido varios temblores de diferente intensidad, pero ninguno como el del 19 de septiembre, dos horas después del simulacro que nos recordaba el desastre anterior. […] Ese día me convertí en tremofóbica. (Después de leer el texto de marras, se podrán decir muchas cosas, pero nunca esperaremos indiferencia del lector. Así con las palabras.) 
En suma, acercarse a Funderelele y más hallazgos de la lengua nos recuerda, brevemente, nuestra naturaleza como seres hechos de palabras, quienes a semejanza del poeta descrito en el filme de Theo Angelopoulos -que mencioné al inicio de estas líneas-, encontramos en las palabras el camino a seguir. Para quien decida hacer suyas estas 71 -en espera, siempre, de aumentar su número-, descubrirá otras maneras de asir el tiempo, prontuarios de la memoria que nos ayudan a encontrar nuestro lugar en el mundo, con todo y sus altibajos. 
En el panorama actual de las letras mexicanas, Funderelele tienen un justo lugar, junto a Los pegasos de la memoria de Beatriz Escalante (por su condición híbrida, que hilvana memorias con ensayo) y el Diccionario del caos de Fernando Rivera Calderón (en aras de enunciar los pasos dados por la realidad); pero el camino es amplio y todavía nos depara grandes sorpresas… 
Quede en ustedes, lectores, sumarse a esa travesía, y hacerse en el camino de nuevas acompañantes, en espera de que cada día sea una maravillosa escala de vida. (Así sea.)

Laura García Arroyo. Funderelele y más hallazgos de la lengua. México, Destino, 2018.

(7/noviembre/2018)

lunes, 5 de noviembre de 2018

Lunas 2018: encuentros y regresos

Hace tiempo, cuando hacía referencia a cosas gratas o conocidas que me sacaban una sonrisa o, por lo menos, un grato recuerdo, siempre soltaba la siguiente frase: Nada como volver a los viejos puertos, y al momento de escribir las presentes líneas, la empleo de nueva cuenta para un suceso anual que espero con enorme alegría: las Lunas del Auditorio
Luego de varias sorpresas por correo electrónico y de una pasarela de invitados posibles, quien esto escribe, por sexta vez consecutiva (y séptima, en nueve años), consiguió entradas para la XVII entrega del galardón que concede el Auditorio Nacional a lo mejor del espectáculo en México: cuatro boletos, tal y como me sucedió en 2014 y el año pasado. 
Después de una breve caminata desde la parada forzada donde me dejó el camión, llegué al Paseo de la Reforma e hice dos cosas ineludibles: contemplar el gentío en torno a la alfombra roja (donde desfilaron tanto artistas nominados como gente del medio musical y de la tevé) y saludar a un viejo amigo, el Auditorio Nacional, mientras llegaban mis invitadas: una arquitecta dinámica e inteligente, y la sofisticada internacionalista con quien estuve en 2016. 
Cerca de las 7:30, Lupita, mi amiga arquitecta, hizo su gloriosa llegada, una vez que logró sortear los imprevistos de la Línea 7 del Metro. Mientras llegaba Mónica, mi amiga internacionalista, platicamos acerca del talento artístico que veríamos a lo largo de la ceremonia, pero también de nuestras escalas en el llamado “coloso de Reforma”. “Sólo estuve aquí para una obra de teatro, hace mucho tiempo”, me confesó Lupita. En cambio, para mí, ya eran varias ocasiones que andaba por ahí, y en particular esta edición de las Lunas es un “regreso a casa”, porque en 2008 entré por primera vez al Auditorio Nacional y vi a Edith Márquez, cantante confirmada en el elenco de 2018. A diez minutos para las ocho de la noche, Mónica llegó al lugar citado y muy bien acompañada. Una vez hechas las presentaciones, los cuatro ingresamos por la parte izquierda del auditorio. 
Como llegamos al filo de la hora, nos acomodaron en la parte superior del segundo piso, pero los lugares disponibles escaseaban, así que resolvimos salir de ahí y correr hacia la parte derecha del auditorio. “Esto me recuerda la película Ocho y medio, donde los personajes van de un lado a otro”, les dije. Por fin, encontramos lugares disponibles… pero pegados al techo del auditorio. Una vez sentados, a las 8:15 pm comenzó la ceremonia. Café Tacvba fue el grupo encargado de abrir el espectáculo, en cuya participación interpretó sendas canciones del Jei Beibi, su álbum más reciente: “Futuro” y “Olita de altamar”. Al término de su participación, se presentaron los conductores: Paola Rojas (de frecuente presencia en ceremonias anteriores), Natalia Téllez (también constante desde 2016) y Arath de la Torre. 
Durante tres horas y pico, disfrutamos de maravillosas participaciones musicales, categorías de clásica presencia y los reconocimientos especiales que cada año confiere el Auditorio Nacional; la Revelación de este año fue el cantautor El David Aguilar, mientras que el Teatro de la Ciudad de México “Esperanza Iris” recibió el reconocimiento como Recinto Emblemático. Por el lado de las Trayectorias, Horacio Franco, el bailarín Isaac Hernández y Patricia Reyes Espíndola fueron los galardonados de la edición 2018. 
Respecto a los números musicales, de la energética participación de Café Tacvba pasamos al bolero y la canción ranchera con Edith Márquez; mientras que una selección del musical Los miserables nos llegó al alma (y al borde de las lágrimas, como me suele pasar con los musicales). Para los amantes de la música de banda, La Arrolladora Banda El Limón de René Camacho les cayó como anillo al dedo, y para las jóvenes espectadoras, Mario Bautista, con todo y que hace tres años le tocó hacerla de conductor. (Recuerdo que se hizo chiquito cuando estuvo frente a Paul van Dyk, pero por algo se empieza ¿no creen?) Una vez que terminó su participación, pasamos al intermedio, donde Mónica y su novio fueron al baño, mientras Lupita y quien esto escribe revisamos nuestros teléfonos y sacamos fotos. Cuando Mónica volvió, me comentó que cerca del cuarto para las once, dejarían el lugar, por compromisos ineludibles; de cualquier manera, agradecí su presencia y que aquellas palabras de 2016 (“¡Ya quiero mi boleto para el año entrante!”) siguen vigentes para 2019. Terminó el intermedio y el siguiente grupo que entró a escena fue Love of Lesbian, agrupación barcelonesa de rock, cuya participación me dejó en 50-50, es decir, “Bajo el volcán” me aburrió, pero “Manifiesto delirista” me levantó el ánimo. (“Es buen grupo, pero me quedo con Dorian”, le decía a Lupita y a Mónica.) Y cuando terminó la segunda canción, Mónica y su acompañante dejaron el auditorio. Prometimos vernos más seguido, porque “sólo en ocasiones así podemos vernos”. Asentimos por entero. 
El resto de la ceremonia lo pasamos muy bien Lupita y yo; al momento que los conductores presentaron a Yuri, cuando anunciaron un dueto de ella con el trio Matisse, Lupita se emocionó tanto que al momento de escuchar “Cómo le hacemos”, se apresuró a grabarlo en su celular y recordarlo cuantas veces quisiera. (Me recomendó que escuchara a Melissa, la vocalista, en su canal de YouTube, y descubrir que también como solista destella talento.) Luego de varias categorías y un reconocimiento especial, Sofía Reyes subió al escenario para cantar un éxito suyo, “1, 2, 3” (y conste que no es anuncio de crema para el pelo), y minutos después, la Única e Internacional Sonora Santanera nos metió mucho ritmo con sus clásicos de antaño y con una versión muy particular de “El yerberito moderno”. (Sólo faltó el “¡azúcar!”, si me permiten decirlo…) Y como grand finale, ¡Fey!, quien salió de entre el público, interpretando una versión muy nostálgica de “Gatos en el balcón”, para luego seguirse con un popurrí de sus grandes éxitos, eso sí, con arreglos nuevos y muy ad hoc para los tiempos actuales. (Vaya, con decirles que me levanté de mi asiento para corearlas y bailarlas. Si me vieran mis hermanos, que sí son fans suyos…) 
Casi llegada la medianoche, el público emprendió la salida del auditorio después de haber disfrutado de un grandioso espectáculo, donde todos los gustos quedaron más que complacidos; mientras la gente hacía fila para entrar al baño, Lupita y yo buscábamos un programa de mano debajo de los asientos, en los pasillos o incluso en los botes de basura: “No me voy de aquí sin mi programa de mano: ¡los colecciono!” (Hice lo mismo con una amiga nuestra, en 2015, y cerca de los baños encontramos varios ejemplares desechados u olvidados…) A medida que entrábamos y salíamos, nuestros teléfonos se llenaban de fotos propias y del Auditorio Nacional, y cuando ya me había hecho a la idea de no tener mi programa de este año, en el bote de basura de la entrada vi uno y no lo pensé dos veces para sacarlo de ahí. Pasadas las doce de la noche, emprendimos el regreso, al fin que llevamos el mismo camino (literalmente). 
Cada año que acudo a las Lunas del Auditorio, siempre me obsequia nuevas propuestas musicales por escuchar más adelante (en 2016 supe de Marlango, y en esta ocasión, de Love of Lesbian), sobre todo, maravillosas amistades e invitadas que hacen posible estos instantes. (Me hubiera gustado juntar a mis invitadas de años anteriores, pero la vida siempre hace de las suyas…) Ahora sólo queda coordinar agendas y planear la logística para responder correctamente las dinámicas para asistir a la décimo octava edición, para finales de octubre de 2019, diez años después de mis primeras Lunas. (Después de todo, nada se compara al “volver a viejos puertos”, ¿no lo creen así?) 

miércoles, 11 de julio de 2018

Colores del tiempo

Ulises Velázquez Gil


En su discurso de ingreso a El Colegio Nacional, Jaime Urrutia Fucugauchi define la vida en la academia “en términos de aprender a hacer, saber hacer, hacer y hacer saber”; aunque de todos ellos, el más persistente sea aprender a hacer. En el panorama general de las ciencias, son contados los casos de personas excepcionales que supieron ver más allá del panorama prevaleciente de su época, donde más que seguir trayectorias, de antemano delimitadas, diseñaron su propio mapa de ruta, en aras de aprender a hacer. Sin duda, se trata de los inventores, quienes más allá de las necesidades de su tiempo, fueron conscientes de los pasos de sus antecesores parar abrir brecha propia.
            Para el caso de México, encontramos esta figura señera en Guillermo González Camarena, cuyas aportaciones hacen eco hoy en día; sin embargo, una vida como la suya no se define con base a un solo éxito u contribución, sino a los pasos andados para conseguirlo.
Divulgador de la ciencia y escritor de cuidada inteligencia y amor al detalle, Carlos Chimal nos entrega en Fábrica de colores un acercamiento biográfico a González Camarena, donde además de abordar su invento cumbre -la televisión a colores-, pasa revista por los sucesos y las cosas que lo llevaron a realizar dicho invento, amén de otras facetas apenas inimaginables. Y para conocerlas, bastan cinco escalas (capítulos) para ello.
En el primer capítulo, “Vivir es una cosa ciega”, conocemos los orígenes familiares de González Camarena, así como los sucesos que detonaron su pasión por las ciencias, en tiempos donde la defensa de una postura política o los devaneos de la economía posteros a un conflicto armado, tenían mayor valía que la fe en la ciencia y el conocimiento.  En el mundo exterior al que había llegado […], las cosas no andaban mejor, dejando en los ciudadanos, chicos y grandes, la rara sensación de que muchos eventos en este mundo están realmente conectados y las consecuencias son ciertas. En ese mundo, el contacto del niño González Camarena con el conocimiento (por medio de los trabajos de su padre y de sus lecturas tempranas en la biblioteca familiar), lo llevó a interesarse por el electromagnetismo y por los hombres que lo llevaron a efecto (visionarios todos), que inocularon en él la inquietud de seguir sus pasos, porque […] en vez de salir a jugar con los vecinos o encontrarse “ a echar relajo” con otros compañeros de la escuela, Guillermo se encerraba a inventar artefactos en el sótano de la casa belle époque […]. Una planta de luz para uso de su familia -y por la que “cobraba” una cantidad simbólica- o hasta una reja electrificada a prueba de niños abusivos (que le lanzaban cáscaras de naranja mientras él trabajaba) fueron algunas de las cosas que el pequeño González Camarena hizo desde el sótano de su casa. Pero lo más sorprendente de esa época eran los lugares donde se abastecía de materiales para sus inventos: los mercados de La Lagunilla y Tepito, donde “chatarra y basura indescifrable” se volvía combustible para “la imaginación enfebrecida y metódica del inventor”; aunado esto a su prodigiosa memoria, las maravillas resultantes de ello no se hacían esperar: Dominar las técnicas que lo lleven a uno a obtener un objeto, el cual desempeñe el acto para el que fue diseñado, exige conocer en forma minuciosa hasta el más humilde los tornillos y el más insignificante de los cables. Tienes que entender a ciencia cierta qué puedes esperar de cada uno de ellos.
Además del conocimiento práctico, obtenido gracias a sus lecturas y pesquisas en mercados de chácharas y negocios establecidos, Guillermo González Camarena ingresó a la entonces Escuela Profesional de Ingeniería Mecánica (hoy ESIME) del Instituto Politécnico Nacional para seguir aprendiendo, y pese a las bromas de sus compañeros, su donaire e inteligencia le ganaron la admiración hasta de sus propios maestros, a tal grado que uno de ellos lo acompañó hasta la entonces Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas para el registro oficial de una nueva empresa tecnológica.
Antes de saber en qué consistiría esa gran empresa, descubriremos en el capítulo 2, “La familia y la tribu”, las genealogías familiar y científica de González Camarena, a fin de conocer su papel como continuador de una línea de innovadores en la ciencia, pero también como una persona consiente de la brecha abierta por su familia, desde abogados defensores de las libertades humanas y políticas, hasta empresarios -su padre, por ejemplo- que buscaron crear tendencia más que continuarla. (Paréntesis aparte: Concepción Navarro y Ogazón, abuela materna de González Camarena, fue prima por vía materna de Ignacio Luis Vallarta y de Pedro Ogazón y Rubio, gobernadores de Jalisco, así también de Juana Ogazón Velázquez, abuela paterna del escritor Alfonso Reyes. Por diversos caminos -las letras y la ciencia-, González Camarena y Reyes se abrieron paso, siempre en aras del conocimiento, y de compartirlo contra viento y marea. Gente de mítica prosapia, pero de afanes reales.)
“Para mirar a la distancia”, tercer capítulo de Fábrica de colores, (ahora sí) da cuenta de la empresa de gran alcance, principal motivación del trabajo de González Camarena: la transmisión de imágenes a distancia, es decir, la televisión. En este punto, el autor nos pone al tanto de los sucesos y de las figuras que dedicaron sus días a la creación y al perfeccionamiento del televisor y qué tan importante serían las aportaciones de GGC en ese campo. Al igual que sucede con los mejores creadores, estaba insatisfecho. Sabía que el siguiente paso era desarrollar la televisión a colores, por lo cual desde 1935 dedicó todo su talento a perfeccionar su equipo personal. […] Pronto cayó en la cuenta de su potencial para la naciente televisión en blanco y negro, y decidió patentarlo, animado por su hermano Jorge. Después de todo, ¡la vida transcurría a colores! Para lograr el registro de su patente en los Estados Unidos (puesto que en México ya era visitante asiduo de la SCOP -hoy SCT-), consiguió el dinero necesario para ello de una manera poco ortodoxa para un científico: se dedicó a componer canciones y con un poco de suerte, llegaría el intérprete ideal que haría famosas sus composiciones -y con las consiguientes regalías, claro. En componer canciones de gran éxito como en perfeccionar sus inventos, a González Camarena no le fallaba el tiro, pues en aras de aprender a hacer, digno es abrir brecha, con un espíritu ecuánime, previsor y hasta juguetón, porque […] entendía el aspecto lúdico de inventar artefactos útiles para convertir la vida real, ciega, aleatoria y hostil, en algo cercano al paraíso, propósito esencial de un buen mago. Y dentro de esa “magia” que sólo la ciencia y la imaginación tienen, sus afanes se tornaron videncia, donde su invento tenía ya su propio radio de acción: la televisión con propósitos educativos: […] si bien es debido a su espíritu lúdico era natural para él que la televisión al aire debiera de ser eminentemente educativa, su disciplina y visión le soplaron al oído: “Sí, educa, pero no aburras al espectador”. Ése fue el tipo de magia que practicaba con Chen Kai […], o frente a su familia algo divertido que, al final, quizá venga acompañado de una enseñanza. (Un equipo profesional de televisión para la enseñanza de la medicina y la entrada al aire del Canal 5 XHGC, lo demuestran a todas luces.)
Al momento de llegar al capítulo cuarto, “Houston, hemos resuelto un problema”, vemos qué tan lejos llegaron sus inventos y las consecuencias derivadas de éstos; para ello, los Laboratorios GonCam (es decir, el sótano de su casa en Havre 74) ofrecían otras maravillas dignas de exponerse en una feria de ciencias, pero su “destello” perduraría por décadas tanto en la pantalla Trinitron como en equipo de transmisión portátil a colores empleado por la NASA en plena efervescencia espacial.
El capítulo quinto, “El Club de la Terrible Pesca del Ajolote”, aborda aspectos menos conocidos (no por ello, entrañables) de la vida de Guillermo González Camarena. Gustaba de inventar historias, recrear sucesos históricos mientras salía de viaje, aprendía náhuatl con hablantes nativos -en lugar de hacerlo con profesores universitarios-, y como todo genio que se digne de serlo, encontrar en remanso de paz entre la algarabía de la tecnología y el sopor de la realidad, donde flora y fauna convivieran en franco equilibrio. Vaya, hasta le hizo de diseñador gráfico con su logotipo del Canal 5, basado en los ideogramas nahuas, que parece hecho para el día de hoy. Y por encima de estas cosas, su familia ocupaba su atención a cada paso.
A medida que avanzamos en la lectura, el genio y figura de GGC destella intensamente cuando sus hijos refieren alguna anécdota: desde el “colorido” de sus cartas, enviadas desde alguna parte del mundo, hasta volverse cómplice suyo en alguna travesura: […] un hombre serio y al mismo tiempo juguetón, respetuoso y desenfadado, simpatizante de la discreción y no del alarde. Podríamos confundirlo con un pequeño mago del entretenimiento pero en algún momento nos daríamos cuenta de la “seriedad” del asunto. (Incluso, sus habilidades de científico, en ocasiones las aprovechó para jugarle bromas a sus amigos y sorprenderlos con trucos de magia dignos del mejor mago de Las Vegas, con sesión hipnótica y toda la cosa.)
¿Dónde reside la magia de Fábrica de colores? En presentarnos, con toda su amplitud, a un personaje único en la historia mexicana, cuyo afán de conocer los arcanos del conocimiento lo llevó por derroteros inimaginables, tan sólo usando los recursos que tenía a la mano, y de ahí, crear maravillas para uso y deleite de la población en general; y como buen inventor que se digne de serlo, encontrar en los colores del tiempo la trayectoria a seguir, en el empeño de aprender a hacer.
Figuras como la de Guillermo González Camarena bien merecen un biógrafo a la medida, y con este trabajo de Carlos Chimal ya se tiene hecha la mitad de la tarea; el 50% restante queda en manos de ustedes, lectores, y ponerla al alcance de todos, porque en la ardua empresa de hacer saber (retomando a Urrutia Fucugauchi), todo queda en intentar e inventar. Y que el tiempo nos ampare en ello.

Carlos Chimal. Fábrica de colores. La vida del inventor Guillermo González Camarena. México, Fondo de Cultura Económica/ Secretaría de Educación Pública/ Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, 2017 (La Ciencia desde México, 248).
  

miércoles, 10 de enero de 2018

Escalas de la generosidad

Ulises Velázquez Gil

Una de las maravillas de este mundo que no deja de sorprender a Jorge F. Hernández, es la amistad a primera vista, la cual se presenta frente a nosotros de maneras poco frecuentes; en la lectura se manifiesta bajo el feliz hallazgo de un escritor nuevo, o en las palabras de un lector agradecido dentro de un e-mail. (A final de cuentas, en ambas destella un mismo sentimiento: la gratitud.)
            Para el escritor colombiano Álvaro Mutis (1923-2013) esa generosidad se evidencia en el sinnúmero de páginas escritas desde y para el país que le acogió desde finales de los años 50 hasta su muerte en 2013, y que, gracias a su hijo y colega Santiago Mutis Durán, tenemos en nuestras manos: “En los cincuenta años que dura esta segunda patria, Mutis ha escrito toda su obra, y aunque ha hablado del ‘exilio’, él no se considera uno de esos seres ajenos, gracias a las cualidades de esta inagotable estación y de quienes allí nacieron”.
Estación México. Notas 1943-2000 se conforma por setenta y un textos, entre prólogos, artículos periodísticos y textos incluidos en volúmenes colectivos, que dan cuenta de la vida, obra y milagros de colegas y amigos mexicanos: desde la pintura -a la que Mutis dedica bastantes líneas, pese a su “desconocimiento” de la crítica de arte- hasta la literatura, sea prólogo, retrato a vuelapluma, o en el mero ejercicio de la remembranza.
Mal oficio para los poetas éste de hablar de pintura. Malo e inútil. Se trata de volver, con las consabidas y deslavadas palabras de todos los días, a tratar de asir lo inasible, de mencionar lo innominable. Ante la obra plástica de Carmen Parra, Vlady, Roger von Gunten, Arnaldo Coen, Fernando Botero, Vicente Rojo y los inverosímiles Abel Quezada y Juan Soriano, Mutis traza algunas líneas en aras de corresponder al milagro que presenció por obra y gracias del talento y del estilo de sus contemporáneos: En su forma de “ver” la pintura, en su manera de vivirla, nunca ha habido, que yo recuerde, un juicio emitido a la ligera, una palabra gratuita o nacida de un momentáneo capricho (Botero); Es una pintura que contribuye a nuestra felicidad personal y nos alivia, en parte, de la fea pena de existir y de su trabajo residual y gratuito (Vlady); En los óleos […] la nostalgia se pasea en ellos como un sorpresivo reptil y dejan en el espectador un no sé qué de perdido, algo que hubiéramos querido compartir en ese preciso instante que el cuadro eterniza y no en otro (Abel Quezada); […] esa otra ceguera de la que sólo pueden rescatarnos por obra de un azar inmerecido aquellos privilegiados que sí saben hacia dónde miran las ventanas del mundo y hacia qué silencio se retiran los vasos jamás maravillados por el líquido que hace olvidar las estaciones y confunde la rutina espectral de las brújulas (Vicente Rojo); […] canta en sus telas y papeles el milagro incesante del barroco y sabe hacerlo con espléndida fortuna merced a su dominio de todo lo que la pintura moderna ha podido crear en formas y colores insospechados (Carmen Parra).
Así también, Mutis dedica generosas líneas al arte de la fotografía, donde los nombres de Víctor Flores Olea, Paulina Lavista y Patricia Arriaga suenan con fuerza propia; por otro lado, en Estación México resaltan dos textos que se ocupan de la arquitectura: uno, alrededor del número especial de la Revista de la Sociedad Mexicana de Arquitectura, de 1994, y otro, en torno a la biblioteca de Luis Barragán, arquitecto de aura humanista, cuyo interés por la literatura y por la figura de san Francisco de Asís sobresalen por donde quiera que se mire. No creo que exista manera más fiel y directa de conocer a una persona que visitar su biblioteca. Los libros que han acompañado toda una vida son los testigos elocuentes de los más secretos rincones de un alma. No hay retrato igual. […] La extraordinaria sensibilidad que reflejan los libros reunidos por Barragán a lo largo de los años en esta tierra ponía en evidencia un alma abierta a las más hondas y más viejas inquietudes humanas.
(Paréntesis aparte. En una entrevista concedida a la edición mexicana de la revista Cambio, cuenta Mutis que ante el alud de problemas legales y migratorios en los que se hallaba inmerso a finales de los años 50 en México, Octavio Paz -a la sazón, amigo suyo- le dijo las siguientes palabras que lo marcarían para siempre: “Por muy graves que sean tus problemas, debes prometerme una cosa: que no dejarás de escribir. Prométemelo, pues lo demás no tiene importancia”.)
Otro aspecto fundamental de Estación México es la devoción por la lectura que Mutis profesa a cada instante, y doblemente cuando se trata de sus colegas, escritores de mar y tierra, cuya obra suscita en él un prodigio de empatía y, si se quiere, de amistad, y su pluma no repara en acertadas, generosas e inteligentes lecturas: Ese milagro que descansa en un equilibrio, siempre logrado y siempre mantenido, entre el significado de las palabras y su poder de invocación y evocación de personas y momentos que perviven más allá del tiempo y su trabajo inapelable (Andrés Henestrosa); Sólo quien se ha debatido […] con sus propios demonios y con los ajenos, sólo quien regresa de hondos abismos y fragorosos socavones, puede rendir cuenta de su vida y de los seres y lugares que la designan, con tan inteligente eficacia literaria (Juan José Arreola); Cada vez que recorro las páginas de su obra, lo primero que me asombra es justamente ese afán suyo de celebrar e inaugurar los elementos que pueblan el entrañable paisaje de su tierra tabasqueña (Carlos Pellicer); […] narra y canta a la vez la presencia de una ciudad y de algunos de sus habitantes y príncipes y, al cantarlos, vuelve a nombrar las cosas del mundo, las más cercanas, frutos, utensilios, caminos y rincones y las más distantes pero anunciadoras del destino de lo fundado por el poeta […] (Elva Macías).
Dos autores que han merecido mayor atención por parte de Mutis, sin duda, son Octavio Paz y Francisco Cervantes, cuyo genio poético sigue ganando batallas y afianzando puentes de amistad; la noticia del Premio Nobel de Literatura a Paz, y la reunión de la poesía completa del lusófilo queretano (con todo y una breve escala en la figura de Fernando Pessõa, donde ambos convergen armónicamente) son sólo algunos de los momentos que Mutis traza con el afecto y la pluma, en franco justiprecio de personas y obras.
Esta incursión por el universo mexicano de la obra de Mutis no estaría completa sin la mención de una palabra importante: Lecumberri. Fue en la cárcel del mismo nombre donde el escritor conoció a fondo la verdad de los hombres, misma que le ayudó, más adelante, para contar las aventuras de Maqroll el gaviero (presente desde su poesía previa, mucho antes de su reclusión); en el presente volumen se reúnen prólogos a diversas ediciones del Diario de Lecumberri, y un fragmento de las Cartas a Elena Poniatowska. Además, su recuerdo de la prisión, se denota en otros textos: uno sobre la pintura de Enrique Grau, y en el prólogo al libro Transgresión, creación y encierro de María Luisa Laguna y María Laura Sierra.
En suma, el valor de Estación México reside en evidenciar la importancia de México en la vida y en la obra de Álvaro Mutis (por vía de escritores y artistas plásticos, amigos todos), a guisa de agradecimiento por las maravillas vistas, leídas y vividas en un país que se precia de generoso y hospitalario desde el primer momento, entre infortunios y coincidencias; de igual forma, el compilador cumple aquí dos deudas: con su padre y colega, por darle el destino de la escritura, y con México, “estación” fundamental en su ulterior curso de vida. Y si me permiten, diría yo que hasta una tercera, hacia los lectores que agradecemos este libro, continuación de una antología previa, De lecturas y algo del mundo.
Ya no cabe duda de que a Jorge F. Hernández le asiste la razón al sostener que hay amistades a primera vista (mediante la lectura de signos, imágenes y sonidos, cabe subrayar), escalas de la generosidad presentes a cada paso, en aras de comprender la vida de todos los días, donde cada presencia obsequia sus dones y en ese encuentro, se defina mejor el papel del país que nos recibe y alimenta, porque nunca terminan los peregrinajes en patria propia. (En verdad.)

Álvaro Mutis. Estación México. Notas 1943-2000. Compilación y edición de Santiago Mutis Durán. Bogotá, Taurus, 2011.

(3/enero/2018)

domingo, 31 de diciembre de 2017

Quince para 17

Ulises Velázquez Gil

Cada año, se intensifica la labor de leer en horas 24, pues a cada párrafo, verso o cita a pie de página, un libro se convierte en dos, y luego el segundo, con sus propias características, de igual forma se “duplica”, y así nos podemos seguir hasta el infinito.
             Sin embargo, en el afán de hacer el listado anual de cada año, la asombrosa multiplicación de los libros juega a favor nuestro, siempre en aras de compartir algunas cosas encontradas en la travesía lectora de todos los días (y donde no faltarán escritoras por conocer y admirar, la lectura mediante). Hoy les comparto a los pasajeros más notables de mi viaje por 2017.
(Si en algún momento, ustedes encuentran ciertas ausencias, excesivas inclusiones o simplemente hacer expreso un reclamo, quien esto escribe los recibirá con todo gusto. Sin más que decir, he aquí mi listado.)

1) Andamos huyendo, Elena (Liliana Pedroza) Como el glorioso centenario de Elena Garro sigue (y seguirá) ganando batallas, y este acertado, generoso e inteligente ensayo sobre su obra, para quienes incursionan por vez primera a la obra elegarriana, es una excelente guía; y para quienes la hemos leído, renueva nuestra predilección por su vida, obra y milagros.
2) Rotación del tiempo (Paola Velasco) Luego de dos libros de ensayo al hilo, la autora incursiona en el género de la poesía; una obra poética de franca sencillez y cuidado al detalle en cuando a sus imágenes. Aunque su brevedad en cuanto a la edición nos deje con ganas de leer algo más, bien merece constantes relecturas.
3) Hacia el Centenario de la Constitución (Javier Garciadiego) A la luz del centenario de nuestra carta magna, resulta indispensable para conocer el ambiente donde se originó el documento más importante que nos define como país; además, la sencillez y la profundidad le otorgan mayor atractivo a este texto.
4) Los opuestos se atraen. Indiferencias y afectos sintácticos en la historia del español (Concepción Company Company) ¿Por qué la presencia de un texto académico en este listado, en particular, el discurso de ingreso a una institución en el ojo del huracán en meses recientes? Muy sencillo, para conocer de primera fuente los trabajos de una investigadora que sigue abriendo brecha y suscitando polémica por donde quiera que se mire. (Quede en ustedes la decisión…)
5) La terquedad de la esperanza. Cuatro cuadros circundantes a un libro revolucionario (Marcos Daniel Aguilar) Itinerario y aprendizaje de un grupo de jóvenes ávidos de llevar el fuego de los clásicos al ambiente de su tiempo; sus acertadas, generosas e inteligentes lecturas de la realidad mexicana en el siglo XX hoy siguen suscitando nuevas y constantes lecturas para los años recientes.
6) Debo olvidar que existí. Retrato inédito de Elena Garro (Rafael Cabrera) El genio y la figura de la mejor escritora mexicana del siglo XX, visto desde la mirada de un periodista -biógrafo necesario, para el instante actual-, donde justiprecia con suma justicia tanto la vida como la obra de Elena Garro. De las mejores biografías de los últimos años.
7) Aves migratorias (Mariana Oliver) El buen ensayo suele ser como un cerillo, sencillo y directo; lo primero, para una deliciosa lectura, y lo segundo, para movernos el pensamiento más de la cuenta. En la dictadura del paper académico, este volumen ensayístico es una bocanada de aire puro.
8) La chica que se ha quedado sola (Mariel Damián) Amén de ser el primer libro de poesía de una joven escritora, desde el primer verso hasta el último, destellan con toda intensidad intuición y experiencia, características que denotan gran maestría en un oficio tan persistente como el tiempo.
9) Cuaderno de faros (Jazmina Barrera) Un buen libro de ensayos, además de remover sensibilidades, es el mapa de ruta hacia la cartografía personal de su autor, y en este volumen, se ejerce a cabalidad un consumado oficio de videncia, es decir, que sabe contemplar más allá de la distancia, a la busca de los arcanos del tiempo. 
10) Eros una vez (Julia Santibáñez) La poesía, para quien la toma en serio, sabe de su carácter lúdico, de jugar a cada instante con las palabras y de quitarle a la eternidad una rebanada; y en ese empeño, este libro viene a comprobarlo de buenas a primeras. (Un libro que viene a confirmar el genio de sus antecesores, Rabia debida y Ser azar.)
11) La isla tiene forma de ballena (Vicente Quirarte) En esta primera novela encontramos a plenitud el interés del autor por el siglo XIX, en particular el periodo de la Intervención y la República restaurada; generoso y bien escrito homenaje a la novela de aventuras -indispensable en la primera formación del autor.
12) Obra negra (Gilma Luque) Cada vida, por donde quiera que se vea, siempre se halla en construcción, y mientras se avanza en la lectura de esta novela, se tiene presente que la “demolición” de sucesos, cosas y personajes, hace eco en la vida ulterior de su protagonista. Una novela que “reconstruye”, mientras nos confronta con la destrucción.
13) Ecos (Atenea Cruz) Se dice que al escribir se convocan fantasmas, pero si esos “fantasmas” nos comparten la cuenta de sus días, la historia es doblemente atractiva, y esta novela, fantasmal de principio a fin, es ejemplo de ello. Una prosa bien cuidada, y una trama que no nos dejará indiferentes.
14) La pulga de Satán (Mariana Orantes) El buen ensayo es, por antonomasia, un paseo, así también una expedición por los territorios cercanos a nuestra realidad; en este volumen, nada (ni nadie) se escapa a la mirada de su autora, moviéndonos a la reflexión, al asombro y al descontento (cualidades del buen ensayo, cabe subrayarlo). 
15) Mi diario sobre ti (Raymundo Ramos) Con más de medio siglo dando batalla en las letras mexicanas (desde la poesía, la edición crítica y el cuento), llega a nosotros su primera novela, en cuyas páginas se concentra toda una vida de creación y de facetas de la experiencia (virtual, vicaria, vivencial); el mejor homenaje para un escritor non, leerlo de primera fuente. 

(Mención aparte merecen dos libros más: Estación México. Notas 1943-2000, de Álvaro Mutis, y El dibujo de la escritura, de Jorge F. Hernández, los cuales merecerán sus propias líneas más adelante. Desde aquí, un digno reconocimiento para ambos.)

Como toda lista, siempre habrá omisiones que excesivas inclusiones, sin embargo, ninguna es definitiva (porque hasta al crítico con más horas de vuelo, se le va el mejor de los aviones); lo que sí, el albedrío de cada lector en elegir los de gran interés, porque “todo lo sabemos entre todos”, como aconsejaba un generoso escritor de fina estampa. 
Aunque 2018 se contempla interesante (por donde quieran verlo), que este año sea de muchas lecturas y maravillosas conversaciones; y aquí, bien lo saben, nos pondremos a mano con ello.
(¡Muchas gracias a ustedes!)

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Videncia de la juventud

Ulises Velázquez Gil

A casi medio siglo de su inscripción en los muros de la ciudad de París, la frase La imaginación al poder todavía suscita asombro y sorpresa por donde quiera que se vea, pero su esencia fue vislumbrada a principios de siglo XX por un grupo de jóvenes en México, quienes, hartos del paso de la realidad, se reunieron en un grupo de alcances incalculables: el llamado Ateneo de la Juventud, cuyos integrantes protagonizaron (con su cambio de perspectiva) una íntegra y saludable lectura del tiempo presente; y aunque todos los nombres merecen igual tratamiento e importancia, de uno de ellos se cuenta historia aparte: Alfonso Reyes, ni más ni menos.
            Consciente de que la figura y el legado de Alfonso Reyes continúan ganando batallas (ante todo y pese a todo), Marcos Daniel Aguilar nos entrega, en La terquedad de la esperanza. Cuatro cuadros circundantes a un libro revolucionario, el resultado de sus empeños sobre aquel grupo de jóvenes y su cruzada cultural, y en particular, la experiencia alfonsina y el primer libro de Reyes, Cuestiones estéticas.
            Compuesto por cuatro ensayos, el autor repasa el entorno de donde surgiera el joven regiomontano, empecinado en dar a conocer los textos de su ulterior publicación, pero también propone un ejercicio interesante (intrépido como irreverente): trasladar la experiencia alfonsina a los tiempos que nos atañen hoy. Vayamos por partes.
            Cuando Reyes trataba de darle forma y fondo a su (futura) ópera prima, junto a sus compañeros del Ateneo buscaba significarse en el mundo de su tiempo, y el Ariel de José Enrique Rodó, su brújula irrebatible. Su mucha afición por la historia y las historias, los llevó a releer a Rubén Darío y a publicar en México un libro que recopiló las ambiciones de justicia que perseguía esta joven generación americana: el Ariel […] clarificó la dirección de la conciencia de aquellos estudiantes, que en la década revolucionaria del 1900 transformó perfiles, provocó terremotos en las voluntades y afianzó el interés por participar en la lucha social.
            Sin embargo, por muy eficaz que sea una “brújula”, es indispensable la presencia de un buen guía, quien les enseñe a emplearla a su favor, e igualmente fomentarles el sentido de orientación; para ello, el dominicano Pedro Henríquez Ureña fue el personaje indicado; vio en esa novel caterva de lectores de la realidad una semilla para el surgimiento de una perspectiva más humanista con que afrontar (y rehacer) el tiempo presente. Pese a que el mismo ímpetu aplicaba para todos, cada quien tuvo sus propios afanes: Es conocido el vigor y la terquedad de José Vasconcelos por intervenir […] en la cosa pública; es sabida la capacidad de Antonio Caso para comprender y proponer nuevas guías, nuevas formas de estudio; pero el caso de Alfonso Reyes me parece singular en ese tiempo. Fue en él que se materializó el poder creativo y la filosofía anunciada por el autor uruguayo [Rodó], al construir una obra de largo aliento llena de fondos y formas sólidas.
            En el segundo ensayo, “Cuestiones estéticas: el libro revolucionario previo a la Revolución”, podemos ya vislumbrar hasta qué punto la ópera prima de Alfonso Reyes tuvo una importancia mayúscula como parte de la naciente experiencia alfonsina, donde resuena el eco de un joven clásico y una máxima devastadora: “Nada humano me es ajeno”. A sus 17 años supo, porque él mismo eligió ese camino, que no escribiría sólo para él y sobre él, sino que escribiría siempre sobre el drama humano, no un drama ficticio, pero sí clavado en la fantástica e insoportable realidad.
(Paréntesis aparte. En franco paralelo con la cruzada de Reyes, un compañero suyo de viajes y afanes afines, José Vasconcelos, también buscaba significarse en los tiempos que corrían, pero su dinámica siempre surgía del hígado –con el que se escriben los grandes temas, si seguimos la idea de Edmundo O’Gorman… En cambio, la de Reyes, era cardiografía en estado puro.)
            La obra plástica de Julio Ruelas, la poesía de Manuel José Othón, Goethe, la novelística nacional y las fiestas patrias, entre otros trabajos, abrieron brecha para una obra donde el ímpetu juvenil no estaba peleado con la inteligencia, entrelazados por una ágil y acertada pluma, que […] nos muestra, en cada instante, que su obra “es un arte de perdurar”, pues su trabajo de transformación individual y colectiva se efectuó desde 1911 y aún sigue en marcha un siglo después.
            Para el tercer ensayo, cuyo nombre da título al libro, hay una idea muy latente: la lectura de los clásicos para comprender el presente. Desde que el padre de Alfonso Reyes le diera a conocer la gesta de Maratón, ya se había inoculado en él un deseo de conocimiento, donde historia y vida recorrieran el mismo sendero, pero fue la conseja de Pedro Henríquez Ureña el detonador para concretarlo, con la lectura de los clásicos grecolatinos para pulir su pluma, ceñir sus ideas y conocer la Historia (así, con mayúscula): […] ¿Cómo conjugar crítica social y creatividad artística? En el ensayo encontraría la respuesta y su principal sendero. Reyes, como pocos, fue maestro del ensayo moderno, arma para acrecentar sus intereses literarios e instrumento sociopolítico para reflexionar sobre su tema fundamental: la humanidad. (Y el ensayo “Las tres Electras del teatro ateniense”, la punta de lanza para ello. No por nada, se lo dedicó a Henríquez Ureña. Nobleza obliga…)
            ¿Por qué el ensayo, y en especial el ensayo Alfonsino es un centauro? Por su condición híbrida. Híbrido porque en él Reyes realizó historia y literatura. Híbrido porque la mitad de este ser fue pura estética, poema en prosa que capturó el ritmo musical de la palabra y la cadencia espiritual del enunciado. […] se hallan desde su fundación en el análisis sobre las Electras electrizantes. Para el cuarto y último ensayo de La terquedad de la esperanza, el autor nos propone un ejercicio muy singular: ¿qué pasaría si Alfonso Reyes tuviera todos los instrumentos tecnológicos de los que hoy disponemos hoy en día (computadora, correo electrónico, blog, redes sociales, información en la nube)?: La primera vez que vi a Alfonso Reyes fue en su estudio de la colonia Condesa, estaba enfrente de una computadora; lo noté un tanto molesto, como nervioso diría yo. Se encontraba abriendo su cuenta de Twitter, ahora que las redes sociales se han puesto de moda para comunicar las ideas. (Al momento de leer esta parte del ensayo, recuerdo haberme preguntado, en mi propia cuenta de Twitter un 17 de mayo, sobre qué haría nuestro autor de incorporarse a la tuitósfera. Ahora sé la respuesta.)
            Para la segunda parte del ensayo, el autor emplea la forma del reportaje o la crónica para contar otro encuentro con Reyes, en el Madrid de principios de siglo XX, tras los pasos de Fósforo, nombre de la columna periodística escrita a cuatro manos, por Martín Luis Guzmán (de cuyas andanzas y maestranzas bien sabe Susana Quintanilla) y por el propio Reyes. Entre los gajes del oficio y el interés por un arte en proceso de consolidarse en el gusto del público, el regiomontano da una lección de futuro al joven reporter: […] Me parece, compañero, que en la cinematografía serán reflejados todos los actos de la humanidad y además será una industria tan redituable que podrá sostenerse sola por años. […] me parece que somos testigos del nacimiento de un nuevo arte.
Y en la parte final, de todas las cosas vislumbradas por Alfonso Reyes, y que en estos dosmiles quedan que ni mandadas a hacer, destaca la siguiente: Una de las ideas más sobresalientes es la exposición de una teoría que […] describió como la “sonaja” de información: la cual es utilizada por las grandes empresas para bombardear de contenidos vacíos a cientos de miles de lectores y espectadores con el fin de confundirlos, distraerlos o simplemente no permitiéndoles meditar los fenómenos que ocurren en el entorno. Por otro lado, Reyes es enfático en sostener que los periodistas de hoy (y de ahora, lamentablemente) privilegian la abundancia por sobre la excelencia (o lo que es lo mismo, confunden “lo grandioso con lo grandote”, empleando una expresión de Jorge Ibargüengoitia).    
            En suma, ¿dónde radica La terquedad de la esperanza? Para ponernos al tanto de los afanes reales de un grupo de jóvenes aventurados al conocimiento y en buscar una ruta de vida plural e incluyente; en particular, la de un escritor cuya fe de vida consistió en volverse provechosamente universal y generosamente nacional al mismo tiempo, en sus escritos como en su lectura del mundo presente, donde sus Cuestiones estéticas de 1911 se caracterizan por ejercer la videncia de la juventud, acertada, generosa e inteligente, cuyas lecturas sobre pasan toda barrera de tiempo. (Diríase, incluso, que se escribieron hace unos minutos…)
Por su brevedad y concisión, este libro de Marcos Daniel Aguilar debe leerse a la saga de otras obras de perfil alfonsino, desde la cardiografía biográfica hecha por Alicia Reyes –nieta de don Alfonso– hasta las “famosas primeras palabras académicas” de Adolfo Castañón y Javier Garciadiego, con escala en la prosa de altos vuelos de Alberto Enríquez Perea (maestro y colega de nuestro autor, como aquel Enríquez con hache lo fuera con Reyes).
Cada vez que se pronuncia el nombre de Alfonso Reyes, o se lee una obra suya, la imaginación sí llega al poder, con el fin de hacernos más conscientes del mundo actual (con todo y sus vicisitudes), más seguros de nuestros afanes en cuanto seres humanos, donde nada ni nadie se enajene a toda causa y azar. Baste leer la presente obra para comprobarlo. (Y aquí me detengo.)

Marcos Daniel Aguilar. La terquedad de la esperanza. Cuatro cuadros circundantes a un libro revolucionario. Monterrey, México, Universidad Autónoma de Nuevo León, 2014.


(4/octubre/2017)

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Al interior del tiempo

Ulises Velázquez Gil

En la película Más allá de las nubes, el protagonista, un cineasta que vuelve a casa luego de terminar una filmación, recorre cada rincón de la ciudad en busca de otras historias en espera de volverse material de próximas películas. Caso similar ocurre con los escritores, quienes al perderse por geografías ajenas y en su tránsito por caminos de papel, hacen un alto en el camino para llevar la cuenta de sus pasos.
Para el primer libro de Mariana Oliver, Aves migratorias, esta condición se cumple por entero, y doblemente cuando el ensayo se vuelve forma toral para ese empeño, al mostrar los resultados y pesquisas de viajes por el mundo que nos circunda, al encuentro con otras geografías.
Los diez ensayos que conforman el presente volumen, son el resultado de varias expresiones dentro y fuera de la página escrita, donde se da fe de la constante trashumancia a la que se sujeta el escritor en aras de asir el tiempo presente: desde el mundo que se ve a la distancia hasta el punto de partida, desde y hacia las palabras. Algunas veces, de manera inesperada, es posible anticipar fragmentos del futuro en un momento. Hay destellos que desgarran el curso de lo cotidiano, una epifanía de la que no es posible desprenderse.
En el ensayo que da nombre al libro, Mariana Oliver se ocupa de un caso excepcional: el piloto canadiense Bill Lishman, quien luego de haber sido rechazado por todas las escuelas de vuelo -por razones meramente genéticas-, no ceja en cumplir su deseo de volar y encuentra en el vuelo de los gansos canadienses su razón de ser; estudia sus movimientos y, pese a su marcado daltonismo, las guía en su camino hacia el sur y así éstas concreten su destino y continuación de la especie. Una vez que los auxilia, hace lo propio con aves de características similares, hasta obtener, por vía de la persistencia (que unos llaman necedad), una razón para volar; caso similar, el ensayo: como las instancias “oficiales” que le negaron la licencia de vuelo a Lishman, el sector académico ejerce cierta tiranía sobre el género, a través de nomenclaturas sui generis, jergas gremiales, demasía de notas al pie y referencias en cuanto sistema se antoje usar (APA, Harvard, el tradicional hispánico), cuando en los hechos, los mejores ensayos se estructuran en los andamios de la creación. (El ensayo como estilo libre, a donde los vientos te lleven…)
El viaje ensayístico de Mariana Oliver hace escala en una geografía lejana de nuestros días: Alemania, vista desde los linderos de “Casandra”, “La lengua de Özdamar”, “Berlín” y “Koblenz”; para el primer ensayo de esta “cuarteta germánica”, la autora confronta dos lecturas del mundo: la de Christa Wolf, escritora a contracorriente en la Alemania Democrática, y la del Berlín anterior a la caída del muro. En este sentido, la obra de Wolf augura el desastre por venir, como aquella sacerdotisa del templo de Delfos que da nombre al ensayo. (No por nada, se dice que con la escritura se ejerce cierta videncia, del futuro o para señalar el final del horizonte.)
Caso similar, el segundo ensayo, donde la autora -mexicana en Berlín- conversa con Emine Sevgi Özdamar, escritora turca, que a fuerza de realidad y de buscar un lugar a salvo del tiempo, adoptó el alemán como su lengua de escritura, convencida (como E. M. Cioran hiciera con el francés) que más que habitar un país, se habita una lengua: [Özdamar] sabía que llegar a un país sin boleto de regreso implica entregarse voluntariamente a una extranjería indeterminada, abandonarse en otra lengua y asumir que siempre habrá algo imposible de comprender en las palabras, algunas veces más distorsionado que se aleja cuando creemos acercarnos. (Paréntesis aparte. De forma particular en este ensayo, Mariana Oliver “siembra” aforismos y máximas sobre la escritura y las palabras que ocurren al paso. Si la forma fragmentaria de Oliver predomina en la estructura de sus ensayos, dentro de éstos, la fragmentaria devastación del aforismo cumple su función de hacernos despertar. O, por lo menos, robará algo de atención.)
Para los casos de “Berlín” y “Koblenz”, hay dos lecturas opuestas sobre la ciudad: desde la superficie y debajo de ésta. En la primera (“Berlín”), se hace énfasis en un elemento de suma atracción para la autora: su nomenclatura topográfica. Es la ciudad perfecta para los aficionados a los mapas. Se requiere al menos de tres distintos para no perderse: el que muestra los anillos en forma de caracol que organizan el transporte público, el que registra el recorrido de un muro invisible y localiza en cuadrantes museos y monumentos y, por último, un mapa ordinario en el que sólo caben los nombres de las calles y los cruces. (La descripción arriba señalada bien aplica para el conjunto de ensayos que nos ocupa, puesto que obedecen a muchas lecturas, cualidad que se nota sobremanera en el ensayo mexicano contemporáneo.) En “Koblenz”, la mirada es en sentido contrario, es decir, del interior de la ciudad: una evacuación de sus habitantes ante la amenaza de bomba (¡y de la Segunda guerra mundial!) Para los habitantes de Koblenz, abandonar la ciudad debió ser como vislumbrar el pasado. Una impresión semejante a la que producen las fotografías viejas en las que aparecen familiares desconocidos, personas extrañas en cuyos rostros es posible identificar facciones. Quizá la gente de Koblenz reconoció en las calles deshabitadas y en la huida forzosa un fragmento de historia de su ciudad. Una historia que se entretejía inevitablemente con la propia.
Mención aparte merecen los ensayos “Los otros niños perdidos” y “Normandía”, donde el tránsito por el mundo de mujeres y de niños pasa de la notoriedad al oprobio, en aras de un resquebrajamiento semántico, inclusive existencial. De cómo las mujeres expuestas en “Normandía” se vuelven “brujas” al sufrir una resignificación de modo negativo: El cuerpo de las mujeres se convirtió en un territorio más a recuperar para sellar la victoria de una guerra. Ultrajarlo era una estrategia para denigrar al enemigo y vencerlo de manera definitiva. La humillación pública […] se volvió una cacería contagiosa, parte cotidiana del ritual de liberación en Francia; mientras que en el segundo texto (cuyo título alude al universo creado por James Barrie), esa resignificación conlleva crearse un origen nuevo: Algunos niños eran muy pequeños cuando llegaron a Nunca Jamás, así que olvidaron el camino de regreso a casa y la lengua de sus madres, por eso cuando volvieron fue necesario reordenarlo todo. […] Tal vez nacer en una isla significa crecer con la conciencia rodeada de agua.
Cierra el libro una dupla ensayística, enfocada al ejercicio de la memoria como prueba de vida, por y hacia el mundo presente: “Mímesis en VHS” pone frente a nuestra mirada lo vital que se vuelve un diálogo de película en un momento determinante, y, por otro lado, qué tan importante es el espacio físico que nos da destino y tiempo, evidente en “Plano de una casa”: […] La casa es el sitio por excelencia. La lógica indica que la cama donde dormimos o las paredes que vemos a diario deberían ser más fáciles de describir porque es sencillo evocarlas, pero esa presunción es falsa: la casa está cosida al cuerpo, nos habita.
En suma, ¿dónde reside el itinerario de estas Aves migratorias? Como género susceptible de cambios en su estructura, y al auxilio de diversos elementos (el biográfico, harto socorrido), el ensayo permite toda suerte de caminos con la finalidad de iluminarnos en torno a un tema, sobre todo, para hallar franca correspondencia del escritor hacia los sucesos, las cosas y los personajes al interior del tiempo, donde la escritura siempre nos hará el quite.
En el panorama actual del ensayo en México, junto al Barrio Verbo de Ingrid Solana, la Ausencia compartida de Marina Azahua y el Cuaderno de faros de Jazmina Barrera, este volumen ensayístico demuestra por completo que dicho género goza de cabal salud, y como el personaje de Más allá de las nubes evocado al principio de estas líneas, ávido de sorprenderse a cada rincón, a cada paso.
Un libro que merece una y muchas lecturas, donde el tiempo y la cuenta nos acompañen en el prístino empeño de leer el mundo. (Ahora y siempre.)

Mariana Oliver. Aves migratorias. México, Secretaría de Cultura, 2016 (Fondo Editorial Tierra Adentro, 551)  

(20/septiembre/2017)

miércoles, 2 de agosto de 2017

Imbatible como la memoria

Ulises Velázquez Gil


Con la pericia que le caracterizaba, Renato Leduc denominó con suma justeza al periodismo como historia de lo inmediato, es decir, que todos los sucesos y cosas de cada día no suelen ocurrir más que en su propio ambiente, donde sólo adquieren vida y valía cuando se leen (o se conocen) en el mero instante de haber sucedido. Sin embargo, hay sucesos, personas y cosas que trascienden esa frontera de tinta, y se vuelven (con todo y los riesgos que esto conlleva) una historia sin tiempo, dejando la inmediatez para las reacciones periféricas.
En el caso de Rafael Cabrera, esta circunstancia se dio en el preciso instante de conocer a una maravillosa e interesante mujer, creativa por los cuatro costados, pero sujeta a los altibajos del tiempo que sufrió en carne propia: Elena Garro, cuya sola mención de su nombre, desata tempestades e ilumina senderos al unísono. El resultado de ese encuentro, y la persistencia en conocer todas las aristas de una mujer sin par, se concentra en éste, su primer libro: Debo olvidar que existí. Retrato inédito de Elena Garro.
Compuesto por 22 capítulos, Cabrera nos presenta un volumen de raigambre periodística, que explora senderos desconocidos de la vida, obra y milagros de Elena Garro (cuyo centenario del año pasado pasó por una serie de altibajos, por donde quiera que se vea), a fin de echar luz sobre una figura notable como atractiva, susceptible de admiración como de envidias. He buscado que este reportaje no sea una defensa ni una sentencia de Elena Garro. Ante todo, he querido reconstruir y entender la historia llena de incongruencias, confusiones y silencios de una autora fundamental para la lengua española. En particular […] 1968, año que destruyó su imagen pública como una roca que estrella un espejo.
En la historia como en el periodismo, es ineludible el uso de nombres y de fechas, pero ello obedece a poner en contexto a los protagonistas de cada suceso; 1968, para Elena Garro, marcó un “antes” y un “después”, por el hecho de vivir tiempos interesantes, donde más que buscar el quid de las cosas, fue más fácil crear chivos expiatorios… como ahora. Tras el “antes”, se encuentra una meteórica carrera literaria que marcó un nuevo rumbo dentro de las letras mexicanas (teatro y narrativa, en especial), mientras que en el “después”, se halla una dolorosa errancia, caracterizada por hechos escabrosos que por coincidencias providenciales: ineludibles todos, al fin y al cabo.
Casi a manera de una “película”, los capítulos nones de Debo olvidar que existí, sobre el año de marras, se alternan con los pares donde Cabrera presenta las etapas de vida y creación de Elena Garro, como se puede ver en el siguiente fragmento de “El orden solar”: Elena Garro nació el lunes 11 de diciembre de 1916, en la capital del estado mexicano de Puebla. Pero la localidad es un mero accidente en su biografía. Elena bien pudo haber nacido en algún poblado de España; quizá en el camarote de un barco que surcaba el oleaje del Océano Atlántico; en algún sitio de La Habana o tal vez en las costas del Golfo de México. Y ese azar, quizá, marcó desde entonces lo que sería su destino errante.
A primera vista, el fragmento anterior no tiene nada de extraordinario (en cuanto a datos y fechas), pero cumple su objetivo -como buen arranque de capítulo- cuando se empeña en adentrarnos en el universo elenagarriano; ese “destino errante” no sólo se dio en la geografía exterior, sino, con mayor intensidad, en la geografía interior de sus cuentos, novelas y obras de teatro. La patria de Elena Garro fue el jardín donde jugaba y la mesa de su casa, ahí ocurrían los juegos y las discusiones de poesía, del tiempo y las religiones con sus padres y hermanos. No asombra que en Un hogar sólido anheló volver al “orden solar” que significaba su familia.
En la literatura como en la vida, hay dos escenarios irreversibles: encontrarse con personajes interesantes (en el buen y en el mal sentido) y jugarse la vida futura con nuestras propias palabras, para este último caso, las palabras y acciones de Elena, sembradas a lo largo de su obra, hallaron eco en la vida misma, y su encontronazo con el tiempo presente. (Cabrera nos menciona algunos ejemplos: cuando Elena menciona en Los recuerdos del porvenir que los indígenas que se rebelan contra el gobierno, los ahorcaban en Cocula, estas palabras se volvieron dolorosa coincidencia hoy en día con la “versión oficial” sobre el paradero de los 43 normalistas de Ayotzinapa. (¿Coincidencia? Qué les digo…)
Por otro lado, una mujer sin par sólo podía rodearse por personajes igual de atractivos, sea cual sea su calaña, como Sócrates Campos Lemus y Fernando Gutiérrez Barrios (caras de una misma moneda, si se permite decirlo), Carlos Madrazo y Helena Paz Garro (congruencia y apasionamiento en los hechos y en las palabras, con todo y sus respectivos altibajos), y un Octavio Paz que apenas se asoma (y su consecuente ración de involucramiento, sin perder su aura intelectual, ni hacerlo menos “villano”: sólo un personaje y nada más).
Más que defender o sentenciar a Elena Garro, Cabrera procede como los buenos biógrafos e historiadores: justiprecia su papel dentro de la historia literaria de México en el siglo XX, donde -hasta antes de la lectura de este “reportaje con sabor a biografía”- sólo se le asignaba una fecha de residencia, cuando su propia obra y ulterior legado trascienden todo tipo de fronteras impuestas por el tiempo. Y en aras de ese deseado justiprecio, digno es recabar testimonio para conocer mejor los claroscuros de una mujer de notable personalidad e indomable inteligencia. (Desde las conocencias “de oídas” hasta las vivencias a salto de mata, la mayoría de los testimonios recabados por el autor no se quedan en la indiferencia, es decir, que la pintan fielmente al recuerdo compartido, y en ese sentido, el autor ya puso la piedra angular de un trabajo susceptible de futuras actualizaciones y cumplir a cabalidad aquella sentencia de Voltaire: “Los muertos merecen la verdad”.
En suma, Debo olvidar que existí. Retrato inédito de Elena Garro bien merece la lectura por una fuerte razón: conocer los altibajos de un personaje excepcional en todos los sentidos, cuyo talento desmedido y una lectura de la realidad a prueba de balas, hacen mucha falta en estos tiempos, donde el autobombo y las políticas convenencieras son el pan (duro) de todos los días; ante ello, el trabajo de Rafael Cabrera es de vital importancia por iluminar nuestra perspectiva sobre Elena Garro y, por ende, recalcar la importancia de su obra literaria, imbatible como la memoria que nos obsequia las mejores biografías y testimoniales.
Junto a los nombres de Emmanuel Carballo, René Avilés Fabila, Carlos Landeros, Luis Enrique Ramírez, Lucía Melgar y Liliana Pedroza, inscribo con orgullo desde ahora el nombre de Rafael Cabrera, dentro de una grey de apasionados con la vida, obra y milagros de Elena Garro, quien, como el Cid Campeador, continúa ganando batallas más allá del glorioso centenario. (¡¡… y lo que falta por venir!!)

Rafael Cabrera. Debo olvidar que existí. Retrato inédito de Elena Garro. México, Debate, 2017 (Ensayo).  

(28/junio/2017)