miércoles, 18 de enero de 2017

Historia de primera plana

Ulises Velázquez Gil
  
De acuerdo con Luis González y González, existen dos tipos de historiadores: los de pala y los de pluma. Los primeros se encargan de las instituciones y de quienes las llevaron a efecto, mientras que los segundos se enfocan a los personajes del ámbito cultural, o que hicieron de la página escrita su campo de batalla. Sin embargo, cuando se trata de historiar un periódico de toral presencia en la vida de un país, en algún momento se entrecruzan palas y plumas, muchas de las veces cambiando de lugar, según los vientos del momento.
En este peculiar empeño, Arno Burkholder, clionauta a diestra y siniestra, nos entrega en La red de los espejos. Una historia del diario Excélsior, 1916-1976, sus encuentros (y desencuentros) con un periódico que fue determinante en la vida de la prensa mexicana del siglo XX, pródigo en sucesos y en personajes interesantes, sin adjetivos complacientes y poco halagüeños: suerte de microhistoria del llamado “diario de la vida nacional”.
A través de cinco capítulos, Burkholder pone frente a nuestros ojos el nacimiento, desarrollo y declive de un periódico que desde el primer día ya sabía hacia dónde forjar camino, susceptible al cambio andando el tiempo. En casi un siglo de existencia han sido muchos los temas que ha tocado Excélsior. Sin embargo, de su historia se sabe relativamente poco. Y lo que se sabe se ha concentrado en un incidente ocurrido en la segunda mitad de la década de 1970. [Esta historia] rescata el surgimiento de Excélsior, sus conflictos con el Estado, la consolidación del periódico y la gestación de problemas que provocaron el estallido de 1976.
Para el primer capítulo, “El periódico que llegó a la vida nacional”, el autor expone tres escenarios importantes: la figura de Rafael Alducin como “padre fundador” del diario (quien aplica las enseñanzas adquiridas en su juventud cuando transitó por El Imparcial, de enorme presencia durante el Porfiriato), el “estira y afloja” entre Excélsior y su competidor más cercano (en geografía citadina y cronológica), El Universal, siempre a la caza de lectores… y de apoyos por donde uno llegue a voltear, y la transformación de Excélsior en una cooperativa donde sus integrantes marcaran el ulterior destino del diario. El momento en el que nació Excélsior es fundamental para la historia del periodismo mexicano del siglo XX. A partir de entonces el carácter empresarial determinó la línea editorial y las posiciones políticas de los medios escritos en México. El “periodismo artesanal y combativo” que existió durante la etapa armada de la Revolución cedió el paso a grandes organizaciones (herederas del periodismo industrial de finales del Porfiriato) interesadas no sólo en la información política, sino también en generar ganancias mediante la publicidad.
Digno también es de rescatar el suceso fundacional de Excélsior cuando el 18 de marzo de 1917 salió su primer número entre tardanzas en la impresión y rechiflas por parte de los voceadores de entonces; podría decirse que este suceso –digno del anecdotario– sea la “metáfora” de cómo el periódico habría de conducirse en años posteriores. En este sentido, bien vale mencionar el papel que tuvo Plutarco Elías Calles para que el periódico pasara, de los números rojos, a volverse una cooperativa, donde otra historia –truculenta, al fin– se tramaría con el tiempo.
En el segundo capítulo, “Los años de la ‘familia feliz’”, lo que en apariencia era un diario comprometido con informar los sucesos del mundo actual, en su interior se manejaba una red de prebendas, conveniencia gubernamental e intereses “en lo oscurito”, donde […] el Estado mexicano aplicó cuatro estrategias para controlar a la prensa: el monopolio de la venta de papel a bajo precio, que impedía que los periódicos escribieran aquello que fuera inconveniente para el gobierno […]; la creación de un Departamento Autónomo de Prensa y Propaganda […]; los apoyos económicos brindados […] por medio de Nacional Financiera […], y, por último, las “ayudas económicas” (mejor conocidas como “igualas”, “embutes” o “chayotes”) que recibían los reporteros de parte de su fuente.
Ante este panorama, los más de treinta años que comprende este capítulo no estarían completos sin la presencia de dos figuras preponderantes de Excélsior: Rodrigo de Llano y Gilberto Figueroa, quienes llevaron las riendas del periódico –tanto en imagen y sana distancia gubernamental como en su engranaje, dentro y fuera de la cooperativa. Entre 1934 y 1963, la línea editorial de Excélsior, consistió en apoyar al Estado mexicano al ejercer cierta crítica ante su actuación y en atacar ferozmente a todos aquellos elementos que no congeniaban con la línea rectora del país. Y no era para menos, porque si se buscaba armonía con el gobierno en turno, se debía a que dentro del diario se ejercía bien a bien, y ello se notaba sobremanera en las fiestas de aniversario, cada 18 de marzo, donde primaba “la concordia entre los socios”. Pero como en toda familia persisten “los hijos rebeldes” (entre éstos, Manuel López Azuara, Eduardo Deschamps y Julio Scherer), quienes buscaban ser escuchados y, por ende, seguir el dictado de su conciencia. (La respuesta del “padre” director: suspenderlos por 15 días.)  
Sucesos como el anterior, aunados a los beneficios adquiridos por su estrecha relación con el gobierno, son el punto de partida del tercer capítulo, “Problemas en el paraíso”, donde la dupla que condujo con rienda firme al Excélsior (De Llano-Figueroa) comenzaba a difuminarse para darle espacio (y polémica certera, de pilón) a otros grupos e individuos ávidos de conducir el diario.  Lo que caracterizaba a estas dos facciones era la separación generacional, su formación académica y profesional, y sus intereses políticos y personales. Debido a esta fractura, desde 1965 Excélsior perdió la estabilidad que lo había caracterizado anteriormente. A partir de entonces una nueva generación se hizo cargo del diario, lo que provocó que un importante número de cooperativistas fuera obligado a abandonar el periódico por haber apoyado al grupo “perdedor”. (Y ante este panorama, el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz buscó darle poder a uno de los grupos en pugna más afín a sus intereses.)
En este periodo, la figura de Manuel Becerra Acosta, uno de los socios de mayor antigüedad en la cooperativa (a cuyo seno se juntaron jóvenes luminarias como Manuel Becerra Acosta Jr., Alberto Ramírez de Aguilar, Regino Díaz Redondo y Julio Scherer) fue importante dentro de un medio pleno en acendradas polémicas, por dos razones: recordarle al diario (y a sus integrantes, cabría decir) el espíritu con que surgió Excélsior en el panorama periodístico en México, y por prepararle este medio a una plétora de jóvenes pares, quienes lo llevarían hacia el sendero de la modernidad. La muerte de Becerra Acosta consolidó los cambios que el diario estaba sufriendo desde 1962 y permitió que los jóvenes que lo habían apoyado durante la crisis de 1965 “heredaran” el periódico. Sin embargo, el problema fundamental –la división de la cooperativa– no se había solucionado […] (Y luego con la política del momento, se venían años difíciles…)
En “El Olimpo fracturado”, cuarta escala de La red de los espejos, ya nos encontramos con un nombre harto conocido en el medio periodístico (que a más de 40 años de distancia, sigue como el Cid Campeador): Julio Scherer García y sus compañeros formaban parte de una amplia corriente que ya había participado en la construcción del nuevo Estado mexicano luego de la Revolución, pero que cuestionaba la forma en la que se había consolidado a partir de los años cuarenta. Con la llegada de Scherer a la dirección, llegaron nuevos aires críticos, presentes en la sección editorial (donde brilló la pluma de don Daniel Cosío Villegas, por ejemplo), se apoyó la publicación de una revista de altos vuelos culturales como lo fue Plural (bajo la dirección de Octavio Paz) y se cancelaron otras que nada tenían que ver con el nuevo rumbo del diario (Magazines de Policía y ¡Ja-Já!), así también como darle a noveles reporteros como José Reveles y Carlos Marín un lugar donde comenzar su periplo periodístico, entre otras cosas.
Sin embargo, la relación con el poder exigía su lugar de antaño frente a esta nueva época, por lo cual era de esperarse que el poder en turno apoyara a la facción “perdedora” dentro del diario, y lograr la debacle de Scherer y sus cercanos, consumada el 8 de julio de 1976 (suceso que precedió a una nueva empresa informativa llamada Proceso).
Por último, en “La memoria, el olvido y el futuro”, Arno Burkholder hace un balance de los sucesos ocurridos después de la fecha de marras, haciendo énfasis en las publicaciones donde se documenta una parte de la historia reciente del diario Excélsior. Pero también nos hace ver que un periódico de altos vuelos fungía como el termómetro de una sociedad en busca de rumbo y destino, con miras a una mejor lectura del tiempo presente. En una palabra: […] es un buen reflejo del país entre 1916 y 1976: una empresa formada por un joven que se basó en la estructura periodística consolidada durante la última etapa del Porfiriato, que cruzó hacia el nuevo siglo en medio de una revolución que construyó un nuevo Estado mexicano. Tanto al país como a Excélsior les tocó sufrir la aplicación de nuevas medidas que tenían por objeto asegurar el predominio de una nueva clase política y en ese momento surgió una generación de periodistas que dominó la prensa mexicana hasta los años sesenta.
¿Por qué acercarse a La red de los espejos. Una historia del diario Excélsior, 1916-1976? Si la respuesta inmediata es para conocer un periódico de toral presencia en la vida diaria de México, es correcto; si respondemos que para entender las relaciones entre los medios informativos y el poder, también habremos acertado. De cualquier manera, existe una tercera y fuerte razón: descubrir los sucesos y las personas que, día tras día, construyeron un estilo propio de hacer periodismo, desde las rotativas hasta la redacción. En tiempos donde hoy se privilegia el rumor y la exageración, una historia de primera plana es indispensable de conocer, y más aún para las nuevas generaciones de periodistas, comunicólogos e historiadores (no precisamente en ese orden), en aras de comprender mejor su misión y no dejarse avasallar por los espejismos del trending topic (ineludible, a pesar de todo).
Esperemos que esta microhistoria de un gran diario suscite una continuación (como en las buenas sagas), o por lo menos, una revisión desde la trinchera de los lectores. Así, lo demás vendrá por añadidura. (Sea, pues.)

Arno Burkholder. La red de los espejos. Una historia del diario Excélsior, 1916-1976. México, Fondo de Cultura Económica, 2016. (Comunicación)

(9/noviembre/2016)

miércoles, 4 de enero de 2017

Confección de la memoria


Ulises Velázquez Gil

En las Bellezas del Talmud (generosamente traducidas y compiladas por Rafael Cansinos Assens) se puede encontrar la siguiente sentencia: “Quien es sabio y no enseña a los demás es semejante a un mirto en el desierto: nadie disfruta de él”. Muchas de las veces, la maravilla de un buen consejo o de una persona sabia y atenta pasan desapercibidas en estos tiempos, donde hasta la tristeza se ha inventariado; sin embargo, cuando se tiene noción de su presencia, el camino a seguir se vuelve interesante.
En la ingente labor de tomar testimonio y de guardar la memoria de los protagonistas de su tiempo, digno es resaltar la importancia de los volúmenes de entrevistas y de índole memorialista, donde palabras y enseñanzas esperan inocularse en la conciencia del lector, en aras, siempre, de modificar el rumbo.
Con más de veinte años en el oficio periodístico (donde sobresale una constante labor entrevistadora), Pilar Jiménez Trejo nos entrega Sabines. Apuntes biográficos, volumen testimonial que presenta, en primera persona, las andanzas y maestranzas de uno de los escritores más importantes de México. No se trata de una biografía en sentido estricto, sino de pequeños apuntes que pintan de cuerpo entero a Jaime Sabines. Según la autora, […] fue resultado de varios años de conversaciones con Jaime Sabines, de casi una persecución hasta lograr la confianza y cariño del poeta; también, de investigación y reposo para entender (yo) lo que tenía en la manos. […] sólo algunos instantes que conforman la vida de un hombre.
Estos “apuntes biográficos” se dividen en nueve capítulos, que van de los orígenes familiares -la vida del mayor Julio Sabines, su padre- hasta los años previos a su muerte, en 1999. Casi un siglo de historias que hacen una ronda desde la intermitencia de la memoria, tras la cual, según Andrés Iduarte, se recuerda entre nubes. En “La odisea de un Sagbine”, Sabines cuenta la historia de su padre, un joven libanés dispuesto a “hacer la América”, acompañado por sus hermanos, cuya travesía los llevó de Beirut a México, pasando por la isla de Martinica y Cuba, donde se quedaron algunos. Dicho capítulo tiene un eje fundamental y entrañable para el poeta: la historia de amor entre sus padres, Julio Sabines y Luz Gutiérrez. La imagen de mis padres siempre ha sido fundamental en mi vida. De doña Luz heredé el orgullo de ser humano; siempre nos enseñó que no quedaba otro remedio que ser hombres. […] Del mayor Sabines aprendí qué era la fortaleza y la sensibilidad para vivir. Era duro como un revolucionario y a la vez tierno como un niño.
(Paréntesis aparte: Se dice que los padres dan destino, y para Jaime Sabines, la conciencia de humanidad dada por su madre y la fortaleza para vivir de su padre, han forjado a cada paso la materia prima de sus versos, que podemos leer aquí y ahora.)
La odisea familiar de los Sabines prosigue en el segundo capítulo, “Salimos de la tierra, pero nunca la abandonamos”, en el cual la Historia (así, con mayúscula) cobra factura en la persona del mayor Sabines, que lo lleva al exilio en Cuba con toda su familia; aquella rama familiar que “hizo la América” lo recibió mientras durara el trago amargo. Una vez que se dio el regreso, Sabines cuenta la manera en que su familia recobró impulso para seguir adelante. Un detalle importante al contar esa parte de su vida es cuando su padre se pone a contar historias que dejaban emocionados por igual tanto a sus hijos como a los niños que se acercaban por ahí a escuchar. Mi padre continuó con nosotros la tradición de narrarnos esos cientos, miles de historias; cuando éramos pequeños, todas las tardes, mientras comenzaba a oscurecer, nos contaba esos cuentos de Las mil y una noches y las historias de Antar. El recuerdo que guardo de mi padre es que él también, como Sherezada, nos dejaba en suspenso todas las noches. Era muy buen conversador y un buen contador de historias. […] No es que tuviera un lenguaje muy articulado o muy amplio, pero sí tenía una gran emoción, un arte mágico, muy expresivo y efectivo porque él mismo se emocionaba con lo que iba diciendo… (De esa forma, ya se estaba formando en el futuro autor de “Los amorosos” su propia conciencia de las palabras, cuya expresión total habría de aparecer más tarde.)
En el capítulo tres, “Y el hombre se hizo poeta”, Sabines da cuenta del proceso que lo llevó a escribir aquellos poemas que lo inscribieron en el panorama literario del México de los años 50, pero más que buscar un nicho dentro de la cultura de su tiempo, la escritura fue una tabla de salvación de donde agarrarse, ante la angustia de seguir en la carrera de Medicina, o de asumirse provinciano en la gran ciudad. Comencé a escribir en serio cuando sentí la angustia de la capital, la soledad. Lo primero fue lo hostil de la enorme Ciudad de México, y luego la hostilidad particular hacia mí en la escuela. Me hago poeta a fuerza por la necesidad a mis 19 años. Y mientras se da su ejercicio poético, se enfrasca en la lectura de grandes autores, tales como Aldous Huxley, Dostoievski, pero quien lo impactó de buenas a primeras fue James Joyce y su obra cumbre Ulises; aunque después ya no volviera a leerla, porque las lecturas cambian con el tiempo… En esos años procuraba leer de todo, pero muy salteado. Aunque claro que comencé a ser más exigente, porque también llegué a leer de lo peor que ha habido en el mundo; por eso luego ya no leía cualquier cosa, solamente obras que estuvieran consagradas y supiera que eran buenos autores.
Una de las cosas a notar en este capítulo es de la incursión (breve) de Sabines en el mundo de la radio; al verse corto de dinero, entró a un concurso haciendo lo que había negado en mucho tiempo, la declamación, y de tan buena que le salió, obtuvo, además del estímulo económico, la ovación del público, y no faltó quien le propusiera volverse locutor, con todo y licencia, mas no lo consumó del todo, por razones familiares. (A final de cuentas, Sabines sí dejó el mundo de la radio, pero también el de la Medicina. ¿Habremos perdido a un gran locutor? Se me hace que no…)
Para los capítulos cuatro, cinco y seis, la vida privada del poeta sucede a la par que la de su obra poética; libros como Horal, La señal y Tarumba “nacieron” cando su autor tomó importantes decisiones para el postrer avance de su vida: el matrimonio con Josefa Rodríguez, Chepita; el nacimiento de su primer hijo, Julito, y su estancia en la tienda de telas propiedad de su hermano, de donde surgieron dos cosas importantes: su aprendizaje de la humildad y la escritura de Tarumba, de sus poemas más importantes. Es cierto que a veces el poeta se siente como un perro herido al que golpea la gente, o como el cadáver de una parturienta. Pero el poeta no es nada más eso: también es el que goza la vida, el que la disfruta a plenitud. Creo que el poeta es un hombre común y corriente, nada más que con un poquito menos de piel y con un poco más de sensibilidad hacia las cosas. Ésa es la diferencia, y no es una diferencia de privilegio.
Al mismo tiempo en que Sabines comparte su experiencia poética y mercantil, se suceden tantas cosas, como su encuentro con jóvenes escritores, agrupados en La Espiga Amotinada, pero también le toca sufrir los embates del recién casado y padre incipiente cuando se hace poco a poco de recursos para subsistir. (Muchas de esas cosas logra expresarlas en poesía, pero la vida misma es más fuerte y lo mejor es dejarse vivir…)
Para los capítulos restantes, Sabines vuelve a la Ciudad de México (con una estancia breve en Chiapas, en tiempos de la gubernatura de su hermano Juan) y enfrenta la muerte de sus padres -a quienes dedicaría sendos y entrañables poemas-, el cambio de trabajo de la tienda de telas a una fábrica de alimento para animales, y su paso por el mundo de la política. De entre todos estos sucesos (más los que se acumularon en el camino, como aquel accidente que lo llevara en varias ocasiones a la sala de operaciones), nunca deja de lado la poesía, en la que existen, según él, dos alegrías: […] la del momento en que se escribe un poema, cuando se sabe que es un buen poema, que ahí nadie te ve, ni te está retratando, ni hay una periodista que te interrogue, ni cámaras de televisión, y tú puedes ponerte a bailar a solas en tu cuarto por el gusto de haber escrito; y la otra alegría, la de saber que te leyeron, porque de algún modo uno está buscando el amor de la gente.
Dicha alegría habría de multiplicarse de muchas formas para Sabines en los últimos años de su vida; desde la reedición (y consecutivo agotamiento de la edición) de su Recuento de poemas hasta grandes recitales en el Palacio de Bellas Artes en 1996 y en la Sala Nezahualcóyotl de la UNAM en 1997. (“El verdadero y único premio del escritor son sus amigos desconocidos”, dijo Octavio Paz en una de sus cartas. Aunque Sabines tenía sus reservas en cuanto a la obra de Paz, no dudaría ni un ápice que suscribiría esta acertada definición.)
En suma, ¿por qué acercarse a Sabines. Apuntes biográficos? Si para conocer de cerca al autor de uno de uno de los poemas emblemáticos de las letras mexicanas (“Los amorosos”) y del ambiente donde se urdió su poesía (desde Horal hasta “Me encanta Dios”), la respuesta es acertada; pero si respondemos que para conocer de primera fuente las enseñanzas de una persona sencilla y consciente de su papel de hombre, también habremos dado en el blanco. Aún así, este volumen, que cordial y dedicadamente nos ofrece Pilar Jiménez Trejo, da fe de las andanzas y maestranzas adquiridas en el diario trajín de la vida, donde la confección de la memoria se sucede a cada instante, en aras de justipreciar mejor una vida plena en obras y milagros, vueltos prístina enseñanza y para fortuna nuestra, Pilar no dejó que se volvieran como el mirto en el desierto, pues al escucharlas (y, por ende, leerlas) se disfrutan mucho mejor.
Quede en ustedes el acercamiento definitivo, porque toda vida tiene sus propias maravillas, incluso aquéllas que no lo son a primera vista. Y del resto, que se encarguen el tiempo y la memoria. (Así sea.)

Pilar Jiménez Trejo. Sabines. Apuntes biográficos. México, Tusquets, 2014. (Tiempo de Memoria. Biografías)

(21/diciembre/2016)

sábado, 31 de diciembre de 2016

Quince para 16

Ulises Velázquez Gil
 
En los últimos días del año, tres cosas me son ineludibles: limpiar mi escritorio de papeles, revisar el correo electrónico y hacer el balance de las lecturas hechas en 365 días. Sin embargo, cuando la vida decide hacer de las suyas, muchas de las veces se posponen las lecturas, y el único territorio libre donde se logran no pasan del buró antes de dormir. De cualquier manera, he procurado tener tres libros a la mano: uno en la maleta (para sortear los embates del transporte público), otro en el escritorio (cuya consulta resulta más que indispensable) y, claro, el del buró, para antes de dormir. (Al momento de urdir estas líneas, tengo La versión de Barney de Mordecai Richler a un lado de mi cama, pero se quedará en libro de transición -lo empecé a finales de diciembre 2016 y espero terminarlo ya entrado enero de 2017-, del cual habré de comentar en este espacio.)  
Como cada año, comparto con ustedes un listado de quince libros cuya presencia hicieron efectivo este casi extinto 2016, donde a diferencia de otros años, no hubo un género predominante, sino varios, tales como el ensayo y las memorias. Una cosa es ciento por cierto segura: las escritoras siempre están presentes. (…¡y las que faltan!)
Si ustedes notaron ciertas ausencias, excesivas inclusiones o simplemente desean entablar polémica con el firmante de estas líneas, se reciben con todo gusto. Mientras tanto, dejo aquí mi listado.

1) Paños menores (Gerardo Deniz) Heterodoxo volumen de memorias que nos lleva a conocer las facetas de un escritor, químico de primera formación, como lector, traductor, así también los (primeros) recuerdos de su llegada a México. A diferencia de otros volúmenes memorialistas y autobiográficos, éste se distingue por su mordacidad y desparpajo a cada página. Imprescindible de leer.

2) La memoria de las cosas (Gabriela Jauregui) Libro de cuentos que revive el antaño fervor por los “gabinetes de curiosidades”, pero también resulta muestrario de obsesiones (ajenas y propias) por diversos objetos; de la secrecía al delirio, del desconcierto a la iluminación, todo objeto enumerado se torna completa epifanía.

3) #YoNomásDigo (Irma Gallo) La travesía de una niña en su tránsito hacia los 12 años, se cuenta en esta novela donde las inquietudes usuales de la adolescencia conviven con las problemáticas del tiempo presente, vistas desde la mirada de Tony, su protagonista, en aras de guiarnos por la vida misma.

4) #Enredados (Laura García Arroyo) Ante lo cambiante de las comunicaciones hoy en día, este sencillo volumen, a guisa de guía, nos lleva hacia el interior de las redes sociales, la dinámica del ciberespacio, pero también propone originales maneras de integrar la vida que viene detrás con un futuro destellante. (Y que la web nos acompañe…)

5) Menos constante que el viento (Héctor Iván González) Cada crítico lleva tras de sí una tradición, pero también a su propia genealogía, a la manera de Borges; en este volumen de ensayos, se notan a cabalidad dichas condiciones, pero la diferencia, a final de cuentas, la tiene el crítico, ante todo, como lector del presente.

6) Ni sombra de disturbio (Fernando Fernández) En este año que se cumplieron 100 años de la primera edición de La sangre devota, acercarse a los cinco ensayos que conforman este libro, más que necesario, indispensable para conocer otros espacios donde se mueve la obra de Ramón López Velarde, así también algunos detalles que bien merecen atenderse. De consulta necesaria.

7) Verdad de la ficción y otros textos (Ángel María Garibay) Gracias a un ingente trabajo de investigación, obras no del todo conocidas del padre Garibay llegan a nuestras manos, así como su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, para confirmar la generosa inteligencia y una gran dedicación hacia el conocimiento por parte de un autor a quien el tiempo no habrá de doblegar; en ésta y otras compilaciones, siempre habrá un lector asegurado de su obra.

8) Sabines. Apuntes biográficos (Pilar Jiménez Trejo) Además de la vida y la obra de un escritor sin par, la vida misma, entre andanzas y maestranzas, habla por boca de Jaime Sabines para compartir su experiencia en todos los prismas del tiempo: del hombre que rinde honores a sus padres al poeta que entabla guerra con las cosas. 

9) El laurel invisible (Vicente Quirarte) Primeras famosas palabras (es decir, discurso de ingreso), escritas con el espíritu joven de un testigo del tiempo, que hace de las letras y de sus protagonistas compañeros de viaje; para quienes hacemos de la letra escrita fe y prueba de vida, más que necesaria su lectura y subsecuente acercamiento.

10) Flamante geografía (Martha Canfield) Más de treinta años de constancia poética de una autora que solamente conocía como ensayista; como en toda antología, consigna lo más sobresaliente de su obra, pero también remueve en el lector un acendrado interés por conocer otra faceta de esta escritora. Invitación y regreso, sin duda.

11) La red de los espejos (Arno Burkholder) Los sucesos y personajes detrás de un diario que marcó la pauta en la historia reciente de México, a través de la mirada crítica de un historiador, que bien conoce el engranaje del mundo del periodismo. Una obra con miras a volverse clásica.

12) Punto de quiebre (Cristina Liceaga) El desencanto político de los últimos años visto desde la mirada de una periodista que, sin proponérselo, se ve inmersa por la vorágine que conlleva las tentaciones del poder; si no quiere contribuir al cambio, mejor ni se acerque a esta novela. (Mejor sí, para que salga de dudas...)

13) Aquello que nos resta (Liliana Pedroza) Seis cuentos cuyos protagonistas sobrepasan el vértigo de la realidad; historias que se vuelven inevitablemente muy cercanas, porque aún en este lado del tiempo todavía resuena el desánimo. De impecable factura y gran dominio de la narrativa. 

14) Vestido de novia (Socorro Venegas) De cómo el tiempo remueve sus piezas para darle a su protagonista una opción para proseguir su camino sin dejar de lado las cosas que le precedieron; elegía por el tiempo perdido, pero en aras de volverse una oda por la vida que se avecina. 

15) Memorias de España 1937 (Elena Garro) Volumen memorialista que revela la experiencia de una joven escritora en la España de la guerra civil, donde retrata de cuerpo entero a sus contemporáneos y al tiempo que le correspondió vivir. Cardiografía de personajes entrañables, de mirada punzante y certera. (Gloriosa centenaria en 2016, su presencia en este listado es indispensable.)

Con la esperanza de encontrarnos en 2017, reciban el atento saludo de quien esto escribe y que 2017, con todo y sus altibajos, será de nuevas lecturas y entrañables conversaciones, bien compartidas y recibidas en este espacio, donde, como dice una canción de Marlango, “Puede que quieras dejar una vela encendida/ para poder regresar cuando no puedas más”. Y aquí me detengo por ahora.

(¡Muchas gracias a ustedes!)

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Presencia imbatible

Ulises Velázquez Gil

Hace poco, mientras leía un artículo de Andrés Henestrosa sobre las dedicatorias en los libros, recordé una muy entrañable hecha por una colega y amiga mía, en la cual enfatiza nuestro común interés por Octavio Paz; interés que, andando el tiempo, se refuerza cada vez que aparecen nuevas compilaciones y estudios críticos, los cuales, más tarde que temprano, logramos conseguir. (Si 2014 fue un año pródigo en cuanto a producción bibliográfica, de los siguientes ¿qué se puede esperar?)
Una benemérita institución, El Colegio Nacional, en el marco del centenario de Octavio Paz, publicó Lenguaje en libertad, volumen recopilatorio donde se reúne la mirada de 25 de sus integrantes en torno a la vida, obra y milagros de Paz: desde el ensayo crítico hasta el ejercicio memorialista, repartidos en 47 colaboraciones, cuidadas por el crítico Eduardo Mejía y su hija María José Mejía, ingente colaboradora en este empeño paciano.
Aunque no exista una división predeterminada, Lenguaje en libertad se compone de cuatro partes: el discurso de ingreso de Octavio Paz a El Colegio Nacional (del cual, según consignan los compiladores, se excluyó su segunda parte, el ensayo “La nueva analogía”), un texto de Jorge Cuesta (quien ponderara por vez primera los alcances de la obra de Paz), una selección poética sustraída de Las palabras son puentes, en el marco de los 80 años de Paz, y una antología de ensayos, retratos, notas y “homenajes” artísticos (pintura, arquitectura, música). Tanto en la selección poética como en el resto de la compilación, predomina la presencia de los integrantes de El Colegio Nacional (cinco en la primera, cuarenta y cinco en la segunda). Desde Alfonso Reyes y José Vasconcelos (fundadores) hasta Enrique Krauze y Juan Villoro (de reciente ingreso en la última década), todos, en algún momento de su trayectoria, se acercaron a la figura de Octavio Paz, como lo demuestran los trabajos reunidos en el presente volumen.
Por la perspectiva crítica, los ensayos de Miguel León-Portilla, Eduardo Matos Moctezuma, José Emilio Pacheco, Samuel Ramos, Alejandro Rossi, José Vasconcelos, Luis Villoro, Ramón Xirau y Gabriel Zaid hablan por sí mismos; mientras que su lectura del mundo escrito y no escrito (empleando una frase de Italo Calvino) es tratada por Salvador Elizondo, Enrique Krauze, Fernando del Paso, Pablo Rudomin y Juan Villoro. De la incursión en ambos territorios, se entresacan –por decir un ejemplo– apreciaciones como éstas: […] Octavio Paz considera que la función del poeta es la de dar cada vez mayor universalidad no solamente al lenguaje que hereda de todos los poetas sino también a la lengua en cuyo légamo duermen los símbolos ancestrales, los signos que esperan el reconocimiento por el que se verán convertidos en poema, por el que la alquimia del verbo realiza la prodigiosa transmutación (Salvador Elizondo). Un intelectual que comparte una figura del mundo puede tener dos actitudes ante ella. La primera es reiterar las convenciones con que usualmente se expresa, repetir su discurso usual, sin hacerlo consciente ni ponerlo a prueba. La segunda es ponerla a la luz, objetivarla. Para ello es menester explorar sus posibilidades, ensayar, sin salir de ella, formas y maneras nuevas, recrear sus modalidades posibles, hasta que se hagan patentes sus posibilidades y sus limitaciones, En ambos casos […] confirma la figura de su mundo, pero el sentido de su confirmación es distinto (Luis Villoro, sobre Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe).
Buena parte de estos ensayos coinciden tanto en su innegable oficio poético como en su interés por diversos temas; de la creación literaria a la política del tiempo presente, con escalas en el arte, para Paz ningún tema le fue del todo ajeno, inclusive los inscritos en el ámbito científico, tal y como lo consigna Pablo Rudomin en su texto de homenaje. (Neurólogo entre filósofos, poetas e historiadores. Escritores todos, al fin y al cabo.)
Por el lado testimonial y memorialista, los textos de Antonio Alatorre, Carlos Fuentes, Alfonso Reyes y Vicente Rojo hablan por sí solos. Respecto a Reyes y Fuentes, sus cartas presentan justas definiciones a su persona, inmunes al tiempo y a las distancias suscitadas: Nos demostraste, quizá, que un escritor no puede comprometer a la sociedad, la historia, el arte y la individualidad si primero no compromete a la realidad misma […] la conciencia no nace de la descomposición de la sociedad o de la historia, sino de la descomposición de la realidad misma. […] Hay que escribir, escribir, con audacia, vulgaridad, belleza, terror y sueño (Carlos Fuentes). Habría que ser, de veras, un gran poeta para encontrar las palabras no gastadas, vírgenes, que expresaran mi agradecimiento y mi emoción. Ud. sabe  bien que he vivido entre incomprensiones y hasta traiciones, aunque no he dejado que se me amargue por eso la viña del alma (Alfonso Reyes).
Mención aparte merece Vicente Rojo, en cuya correspondencia con Paz se consigna el proceso de trabajo de sendas obras primordiales en la obra paciana: la caja de Marcel Duchamp y los Discos Visuales, cuyas imágenes acompañan a las cartas. A lo largo de dicho proceso, podemos encontrar perlas como ésta, por parte de Rojo: […] voy a centrar todo mi trabajo en el Duchamp y los Discos (que, de pasada, me han sugerido algunas ideas pictóricas).
(Paréntesis aparte: si en algo coinciden tirios y troyanos –críticos y lectores– es en el hecho de suscitar otras lecturas, nuevos caminos para la creación y hasta enconadas polémicas, sin importar interlocutores ni temas por tratar y/o defender. De cualquier manera, los aciertos pacianos acaban por imponerse, pero sobre todo, nos invitan a seguir en el debate y en la conversación.)
¿Qué más puede ya decirse de Lenguaje en libertad. El Colegio Nacional celebra a Octavio Paz? Por un lado, tenemos una compilación bien cuidada donde todas las perspectivas e imágenes que se tienen de él –por parte de sus colegas y compañeros del recinto de Donceles 104– tienen cabida, en aras de un objetivo en común: justipreciar la figura de Octavio Paz desde sus linderos respectivos –filosofía, ciencia, artes, literatura–; y por el otro, estamos ante una antología en constante actualización, de la cual esperamos, en subsecuentes reediciones, se incluyan las aportaciones de ulteriores integrantes de El Colegio Nacional, dispuestos a proseguir la conversación en torno a. (No dudaría ni un ápice que el historiador Javier Garciadiego tenga algo que aportar al respecto, pero el tiempo hará lo suyo.)
Todavía quedan cosas por saber, discutir y conocer de Octavio Paz, presencia imbatible en las letras mexicanas y en la cultura universal; para fortuna nuestra, todas las interrogantes generadas aquí y ahora, tienen una sola respuesta: leer sus obras (conocimiento de primera fuente) o la presente compilación, para darse una idea. Ya el tiempo se encargará de desmentirnos o de acertar en plural. (Así sea.)

Lenguaje en libertad. El Colegio Nacional celebra a Octavio Paz. Compilación de Eduardo Mejía y María José Mejía. México, El Colegio Nacional, 2014. 

(29/julio/2016)

miércoles, 19 de octubre de 2016

Una mirada interminable

Ulises Velázquez Gil

Según el escritor colombiano Álvaro Mutis, las cosas que definen el curso de la vida suceden entre los 7 y los 12 años; aunque todas las infancias se parezcan, cada una tiene sus propias maneras de ver la vida, en concreto, del día que se vive y percibe, donde la última cosa sujeta a preocupaciones sea el propio tiempo. 
Desde el territorio interminable de la infancia, Irma Gallo nos obsequia un relato donde se encuentran por igual inquietudes que preocupaciones, que su protagonista experimenta paso a paso.
#YoNomásDigo cuenta en dieciséis capítulos la historia de Antonia (Mejor díganme Tony y todos contentos y felices. #foreverandever), niña de 11 años y medio, en cuyo tránsito hacia los doce le atraen sobremanera tantas cosas, desde los amigos, las mascotas y las redes sociales, hasta la violencia escolar, la adicción a las nuevas tecnologías y los padres separados; temas que de tan cercanos se escapan de las manos, sin embargo, la manera en cómo las mira Tony las pone de frente para verlas detenidamente.
Para el caso de las redes sociales (donde es ineludible contar con una cuenta de Facebook, Twitter, la que gusten nombrar), Tony es vista casi con asombro al no integrarse en alguno de estos espacios. De pronto parecería que lo que pasa ahí es más importante que la vida real. Como si fuera una película en la que a todos les va muy bien, son los más chidos en lo que hacen (así sea lograr la bomba de chicle más grande), se van de viaje a lugares padrísimos, tienen las mascotas más lindas del planeta […] y, sobre todo, ponen fotos de perfil en las que se parecen a las más hermosas y a los más guapos del mundo. […] Lo malo es que luego los ves en persona y te quedas: ¡órale! ¿pues qué les pasó después de que se tomaron esa foto? ¿o de plano no eran ellos? #amínomecuenten.
(Paréntesis aparte: En alguna ocasión, un joven sociólogo me dijo: “Facebook no es la vida”, pero luego de varias experiencias, dentro y fuera de, su frase debió ser así: “Facebook no es la vida, pero… ¡ah, cómo se le parece!” Y en este sentido, bien avalo las palabras de Tony.)
Sin embargo, las redes sociales también son susceptibles de peligro, cuando se crean perfiles falsos con tal de hacer daño. Tony ve muy de cerca este caso cuando la hermana de uno de sus compañeros de escuela, desapareció a causa de una mala pasada escondida tras un perfil de éstos. Ante este panorama, a Tony no le son (ni le serán) indiferentes otras cuestiones: la violencia escolar (bullying), los desórdenes alimenticios y hasta las imposiciones de la sociedad, en aras de hacerlo todo ideal: […] ¿por qué tendríamos que parecernos a las actrices, cantantes o modelos para ser bonitas? ¿Quién dice lo que significa “ser bonita”? 
En este punto, se desprende una fuerte inquietud que pone a pensar a Tony sobre los (supuestos) estándares de belleza, cuyo lado oscuro deriva en una dupla fatal, de bonito nombre e intereses escabrosos, como se ve en el episodio “¡No quiero ser princesa!”: […] me quedé muy intrigada por saber qué querían decir esas palabras con las que se referían unas a otras: ana y mía. […] Así que seguí googleando un rato y di con varias páginas de información médica que hablaban de desórdenes alimenticios. ¿Y cómo creen que se llaman dos de los principales? Pues ANorexiA y buliMIA. […] no sabía que hubiera páginas web dedicadas al tema, donde algunas chicas les daban consejos a otras para perder peso, y peor aún, donde todas pensaban que ser princesas significaba ser flacas […].
Y ya que seguimos con el tema de las princesas, Tony nos comparte también sus dudas sobre ser una princesa; disiente sobre el papel adjudicado desde antaño. Como que en el fondo esas historias querían decir que si eres mujer no vas a conseguir nada por ti misma: siempre vas a necesitar a un príncipe azul (aunque tenga cara de sapo aplastado) para conseguir lo que deseas en la vida. Y pues obvio que #esonoescierto.
Sobre los asuntos propios de las pre-adolescentes, Tony los enfrenta de una forma particular, muy cercana para quien lea, empezando por el lenguaje que se usa hoy en día, característico por el uso de emoticones y frases antecedidas por un “gatito” o hashtag, tal y como se aprecia en redes sociales. Detalle que, doblemente, reduce distancias y genera coincidencias, como en toda amistad que se digne de serlo… como la de Tony y Jess. ¿Ya he dicho que cuando conocí a Jess me di cuenta luego, luego de que íbamos a ser amigas? No sé, #asímevibró. Se me hizo que era una niña muy inteligente y sensible, alguien con quien podía hablar y me iba a escuchar, alguien a quien le interesaba jugar lo mismo que a mí. […] Más allá de sólo tener alguien con quien juntarte en el recreo o en los campamentos, es la onda que existan esas personas con las que nos divertimos, que ayudamos y nos ayudan, con las que hasta podemos llorar y por supuesto hacer cosas chidas junt@s. (A medida que avance la novela, encontraremos sucesos y cosas donde su amistad reluzca y destelle por entero.)
Pero en algunas cosas no todo marcha bien, como en “Los molestones” (en torno al acoso escolar o bullying, cuando uno de sus compañeros es víctima de otros, molestándolo a diestra y siniestra. Ante este panorama, mira de cerca el problema y con la ayuda de su maestra, toma conciencia y junto a sus compañeros, busca una solución: […] teníamos que forma algo así como un comité de vigilancia para observar que no hubiera actos de maltrato en la escuela, y que si los había teníamos que intervenir de inmediato: que habláramos con el (o la) que estaba maltratando a otr@, y le dijéramos que se diera cuenta de que estaba haciendo sentir muy mal a su compañero. Si no cambiaba su actitud, o veíamos que otro día lo volvía a hacer, le íbamos a pedir una acción reparadora.  
En varios capítulos de #YoNomásDigo aparece un personaje fundamental en la vida y aprendizaje de Tony: su mamá, ni más ni menos. En “¿Tengo que parecerme a mi mamá?” se expresan un poco más las diferencias madre-hija, pero al final del día, todo se vuelve una feliz correspondencia: Lo que no me gustaría es que mi vida se determine porque soy hija de mi mamá. ¡Ah, caray! ¡Te volaste la barda, Tony! ¿Y eso qué quiere decir? Paciencia, que soy lenta, pero ahí voy. Quiero decir que no me gustaría nada que la gente esperara algo específico de mí sólo porque soy SU hija, y no de otra persona. […] Si mi ma es feliz siendo periodista, #chidoporella, pero yo prefiero descubrir por mí misma lo que voy a hacer cuando sea grande. (Son tantos los temas que suscitan la curiosidad de Tony, que lo ideal –por lo menos, en este instante– es dejarlas para cuando llegue el libro a nuestras manos…)
En suma, #YoNomásDigo es una novela que se lee gratamente de principio a fin, por su estilo sencillo y jovial, lo cual permite acercarse a todo tipo de temas, sin que nos parezcan ajenos a la primera de cambios; una mirada interminable en cuanto a conocer otro ángulo de las cosas que se viven y se ven –siempre me quedo pensando en las mismas cosas, pero como buscándoles otro ángulo. Y ante los avatares del tiempo que corre, esta novela tiene ganadas muchas batallas de antemano.
A final de cuentas, las cosas que definen el curso de la vida sí suceden entre los 7 y los 12 años: lo importante es conocerlas y defenderlas a cada paso. Que las andanzas de Tony nos ayuden en ese empeño. (#esoespero)

Irma Gallo. #YoNomásDigo. México, Ediciones B, 2015. (B de Blok) 

(27/junio/2016)

miércoles, 5 de octubre de 2016

Palabra y ponderación

Ulises Velázquez Gil

En algún momento de su vida, al periodista y escritor español Julio Camba se le planteó la posibilidad de ingresar a la Real Academia Española, a lo que el punzante periodista respondió: “Si la Academia es una distinción, mejor distinción es no ser de la Academia”. Y no le faltaba razón, pues los académicos de la lengua –en ese tiempo– se preocupaban más por el lucimiento intelectual que por la búsqueda del conocimiento colectivo. (Por fortuna, en estos tiempos las Academias ya moderaron su conducta, pero aún quedan cosas por resolver.) 
Entre los esfuerzos por llevar el conocimiento del español de México a una gran parte de la población, el referente obligado son las Minucias del lenguaje de Victoriano Salado Álvarez (retomadas, medio siglo después, por José G. Moreno de Alba), desde la trinchera del periodismo diario; en ese empeño, digno es resaltar la presencia del historiador y sacerdote Ángel María Garibay (1898-1967), quien dedicó tiempo y espacio hemerográfico en exponer temas de índole lingüística, muy a contracorriente de la historia de lo inmediato, como Renato Leduc denominó al periodismo. Gracias al encomiable esfuerzo de la investigadora universitaria Pilar Máynez Vidal, esos artículos encontraron puerto seguro para fines de divulgación, en espera de suscitar otros debates y colmar la curiosidad del paciente lector.
En torno al español hablado en México reúne 32 artículos donde Garibay abordó temas de naturaleza lingüística, en afán de disipar algunas dudas sobre el origen (real) de ciertas palabras, echar luces hacia frases de uso frecuente, e incluso, desde contextos diferentes (política, literatura, asuntos propios del periodismo) poner sobre la mesa temas que, en apariencia ingenuos y no tan notorios, desaten polémicas de altos vuelos. Tal es el caso de “Errores garrafales”. Cuenta Garibay que mientras espera ser atendido por un amigo suyo, hojea un tomo de la Enciclopedia Jackson y encuentra un error respecto a un artículo sobre cultura prehispánica; para quien pasó más de media vida inmerso en el estudio de las culturas autóctonas, era de esperarse la siguiente reacción: […] Es una vergüenza que saquen tanto dinero en estas enciclopedias, y para escribirlas no tengan la mínima dosis de honradez. Informes torcidos son peores que la absoluta ignorancia. Es doloroso pagar porque lo desorientan a uno totalmente. Por otro lado, en “Bello paradigma”, reconoce la importancia de las enciclopedias para el lector, donde su información […] nunca puede estar completa, nunca pueden abarcar el todo. Aunque el todo a que se limitan sea ya muerto. […] cada día, cada hora, hay nuevos descubrimientos y nuevas interpretaciones de los textos descubiertos. Nunca acaba la indagación y por eso nunca acaba la información.
Por otro lado, cabe señalar que cada artículo de Garibay es, en sí, una pequeña enciclopedia, porque además de dar santo y seña sobre el origen de una determinada palabra o su correcta etimología, también ahonda –de a tiro por viaje– en la política (“Divagaciones sobre el tapado”, “Chilaquiles”), demografía (“¿De quién es el porvenir?”) y educación, por decir algo; pero hay un tema donde tiene muy bien afilada la vista: la labor de la Academia Mexicana de la Lengua, a la que en algunos artículos sólo llama “la notable”: Los estudios lingüísticos que hacen las academias –si de veras los hacen y no pierden el tiempo en capillas de adoración pública, o en pleitecillos de quinto patio– suelen ser poco trascendentes. Y no por falta de valor, que a veces lo tienen y muy alto, sino porque rara vez trascienden al pueblo. […] Y el pueblo sigue, en uso de uno de los pocos derechos que nadie puede quitarle, elaborando nuevos modos, creando nuevas palabras, forjando nuevos giros. Ayer pudieron ser disparates; pasado mañana serán perlas del joyero clásico (“Cuestión de palabras”).
(Paréntesis aparte: ¿por qué Garibay fue drástico y devastador con las Academias, pese a que fue uno de sus más renombrados y laboriosos integrantes? Muy sencillo. Por las discusiones bizantinas de sus colegas, donde se habla de todo para llegar a nada, siendo él de carácter persistente y ordenado. Ante esta situación, expresó lo siguiente: “Señores, yo no vuelvo aquí, no me gusta perder mi tiempo”. Pese a disentir con la dinámica predominante al interior, nunca renunció a la Academia Mexicana de la Lengua, y aunque su trinchera fue de papel… periódico, no dejó de lado su labor crítica y de investigación.)   
Una d las peculiaridades de los artículos de Ángel María Garibay es su estilo breve, conciso y certero; ningún tema le fue ajeno, inclusive los adversos a su dinámica de trabajo. Incluso se tomó tiempo para hacer una modesta proposición, materia prima de “Debiera haber académicas”: [es] la necesidad de que en la Academia hay damas. Tengo rumores de que hay varias vacantes en la corporación. Pero como hace largos meses que no la visito, ignoro cuántos sillones de inmortales están vacíos. Desde luego existen. ¿Por qué no dan uno a una dama? […] Me importa la participación femenina, no me importa quién ni por qué, con tal que tenga los méritos justos. (Para fortuna suya –y nuestra– la nómina femenina en la Academia Mexicana de la Lengua se abrió paso con el ingreso de María del Carmen Millán, y de ahí otras diez más, sin contar las correspondientes ni las honorarias. Pequeño paso, pero bien dado.)  
Para los tiempos que corren, no desmerece la lectura de “Estadista polígrafo”. Con el pretexto de ponderar un volumen laudatorio a Isidro Fabela, Garibay reflexiona sobre el significado de ambas palabras y el erróneo sentido que se les confiere. (Ojalá y los políticos de ahora se acerquen –un poquito– a este artículo. Así verán que la forma, como sugería otro estadista y polígrafo, es fondo. Apreciaciones aparte…)
Dentro de esta compilación, mención especial merecen los cuatro “Disparatarios” en los cuales se abordan brevemente asuntos sobre palabras, origen, destino y uso frecuente. Como, por ejemplo, el primero, donde aborda palabras como policlínica, simposio y el incorrecto uso del prefijo tetra-; claro, con ese estilo desenfadado y punzante que a más de uno le sacaría canas verdes o una cara ruborosa, según sea el caso. (Palabras de origen griego visten mucho y son perlas en la lengua corriente. Pero hay que usarlas bien y, más aún, saber las formas sin disparates.)
¿Dónde radica la importancia de En torno al español hablado en México? Para esclarecer aspectos poco explorados del español de México, es acertada compilación; para conocer una prosa clara y bien documentada donde todos los temas generan interés y curiosidad, magnífico punto de partida para acercarse al resto de la obra de Ángel María Garibay, empresa de mayor aliento. Sin embargo, su mayor acierto radica en darnos una lección de lectura en la cual se vean con claridad las maravillas que componen a nuestra lengua: palabra y ponderación a prueba de tiempo, a la vera de otros encuentros (y disparates ¿por qué no?).  
Retomando la caustica respuesta de Julio Camba, en efecto, no ser de la Academia sí que es una gran distinción, pero luego de leer estos artículos del padre Ángel María Garibay, la mejor distinción siempre sobrepasa toda suerte de instituciones. En ustedes, generosos lectores, queda comprobarlo. (¿Será?)

Ángel María Garibay. En torno al español hablado en México. 1ª reimp. Estudio introductorio, selección y notas de Pilar Máynez Vidal. México, UNAM, 2015. (Biblioteca del Estudiante Universitario, 124) 

(20/junio/2016)

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Recoger los pasos

Ulises Velázquez Gil

Una de las escenas más memorables de La mirada de Ulises, película de Theo Angelopoulos, es cuando el protagonista –interpretado por Harvey Keitel– llega a la casa familiar y se une a un interminable baile de Año Nuevo durante la ocupación alemana, donde al final toda la parentela (entre ausencias y presencias) aparece completa en el retrato de familia. En la literatura como en la vida, hay autores que siempre salen en la foto, mas no con el valor justo que les corresponde. Sin embargo, muy pocos sobrepasan tiempo y espacio, y su imagen –lejana o cercana, según se vea– es más clara que nunca. 
Para el caso del poeta jerezano Ramón López Velarde, esta condición es notoria a todas luces; entre biografías, estudios críticos y antologías de su obra, en empeño de tenerlo a la vista es ineludible, con todo y sus claroscuros. Con un cuidado ojo detectivesco, Fernando Fernández nos entrega Ni sombra de disturbio, libro donde expone sus encuentros y desencuentros con la vida, obra y milagros de López Velarde, así también con la época y sus contemporáneos, sin dejar de lado la presencia señera del autor de La Suave Patria.
Compuesto por cinco ensayos, Ni sombra de disturbio explora distintos territorios por donde se conduce la obra velardiana. Desde la temprana producción literaria del zacatecano hasta la historia secreta de uno de sus poemas harto conocidos, pasando por la microhistoria de un colega transatlántico, Fernando Fernández pone ante nuestros ojos el engranaje secreto de esas acciones, tal y como se ve en el primer ensayo, “Retrato del primer López Velarde”: ¿Cómo es el primero López Velarde, en quien ha prendido con fuerza la vocación literaria? Se trata de un talentoso joven provinciano que está al tanto de lo que se publica en México y en buena parte de España e Hispanoamérica. Enamoradizo y creyente, expresamente hace suyas las palabras con que se describe el Marqués de Bradomín y dice que también él es “feo, católico y sentimental” […] Aunque es evidente la pasión con que vive y piensa, suele ser contenido y prudente.
Esta contradicción entre el ser y el hacer de López Velarde, lleva al autor a develarnos la trayectoria evolutiva de un escritor en fase de serlo a plenitud. En este punto, y apelando al lugar común acuñado por Octavio Paz de que los poetas, mas que biografía, tienen obra, no ceja en explicaciones ni en (posibles) teorías sobre el reverso de la trama poética. Como, por ejemplo, la muerte: La muerte va a estar muy presente en la vida del poeta, de diversas maneras: su padre fallecerá tres años después de la escritura del poema, a fines de 1908, y su tío sacerdote, Inocencio, va a ser sacrificado durante la toma de Zacatecas en 1914. Y, por supuesto, él mismo perderá la vida apenas cumplidos los 33 años, en 1921.
“A mi padre” y “El piano de Genoveva” (del cual supe, por cierto, gracias a la cantante Eugenia León) son los poemas esenciales de la primera época velardiana; incluso, apunta Fernández, con el primero “inaugura” una tendencia distópica en las letras mexicanas: la memoria y el homenaje al padre, diametralmente opuesta al maternalismo como institución literaria. (El poema de marras, en este sentido, presagia la Oración del 9 de febrero de Alfonso Reyes y Algo sobre la muerte del Mayor Sabines de Jaime Sabines. Ambos, de reluciente excepción.) De pilón, cabe decir que en estos años de formación, digno es resaltar la presencia de Eduardo J. Correa, con quien entabló una interesante correspondencia; las palabras de éste fueron el cable a tierra que necesitaba el zacatecano en aras de pulir su carácter creativo y poético.
Para el segundo ensayo, “Alfonso Camín, entre el canario y el murciélago”, el autor, a la manera de Manoel de Oliveira, viaja al principio del mundo, es decir, a la España de sus ancestros, a la busca del poeta asturiano Alfonso Camín, presencia primordial en López Velarde, quien lo inmortalizara en verso, pero para la posteridad, otra sería su suerte. La crítica literaria de hoy, como sea, lo considera un autor al que le faltó, precisamente, crítica, fuese propia o ajena: tenía una asombrosa facilidad versificadora que lo hacía escribir a raudales, nunca del todo mal, no siempre del todo bien. A fuerza de publicar libros de poemas, repitiendo temas y temas hasta el infinito, Camín perdió interés y un día dejó de ser siquiera considerado.
Entre los altibajos de Alfonso Camín, la figura de López Velarde encuentra su glorioso contrapunto: un poeta pródigo en imágenes pero “deficiente” en cuanto a medidas y rigas versales, frente a un novel autor, prudente y medido en verso, pero parco en imágenes y frases. Aún así, el zacatecano no dejó de resaltar el talento –dentro y fuera de la página– de Alfonso Camín; aunque, a decir verdad, era el asturiano quien se maravillaba con el genio de su joven colega. En algún momento de su vida, refiere Fernández, Camín recabó material para sus memorias mexicanas, pero esa intención quedó sólo en un episodio peculiar ocurrido en el Centro Zacatecano: ambos escritores jugaban al billar, pero otro colega suyo, Fernández Ledesma, hizo las mejores carambolas de la tarde, frente a la parquedad de las hechas por López Velarde. (Paréntesis aparte: en una entrevista, el escritor colombiano Álvaro Mutis aseguró que hacer un buen poema se asemejaba a una carambola bien hecha. Se me hace que el zacatecano ya sabía esto, porque su proceso de corte y confección poéticas obedecía a la misma dinámica cada que se apersonaba frente a la mesa de billar.)
Estaban en perfecto silencio, a unos metros la una de la otra, juntas en una librería de la calle Donceles, en el corazón de la Ciudad de México, como no estaban ni siquiera por separado en ninguna de las demás. Una, la edición de Clásicos Castellanos de 1955, de La Celestina, en dos tomos hermosamente encuadernados, comentada por Julio Cejador; la otra, un volumen poco menos que desbaratado de la edición de 1947 de la colección Austral del estudio de Marcelino Menéndez Pelayo a la tragicomedia de Fernando de Rojas. Dos auténticas joyas. Un verdadero regalo del azar. De esta manera comienza “La maestra del mundo”, tercer ensayo que ahonda en el bagaje literario de algunos versos velardianos (“Su lengua es como aquellas otras/ que el candor de los clásicos llamó lenguas arpadas./ No serían los clásicos minuciosos psicólogos,/ pero atinaban con el mundo elemental/ y daban a las cosas sus nombres…”), pertenecientes al poema “Para el cenzontle impávido…” El nombre del ensayo alude a una frase entresacada de la obra de Fernando de Rojas, la cual suscita en el autor una reflexión en torno a su origen (la necesidad, el hambre, maestra del mundo), que permeó en los versos velardianos antes referidos. (Lenguas arpadas, como las que tienen las aves, en su empeño por imitar la voz humana.)
Sin embargo, Fernando Fernández pone en relieve un problema respecto a las ediciones de La Celestina que bien podría aplicarse de igual forma a López Velarde y las sucesivas ediciones de su obra, entre antologías y ediciones críticas. Estoy lejos de caer en la tentación de decir que hay cosas que tienen “infinitas lecturas”; sin embargo, diré que la que es posible hacer de dos ediciones enfrentadas […] puede no ser sólo sumamente aleccionadora y grata sino hasta ofrecer una buena lista de posibilidades. […] Todo depende de la curiosidad de quien se acerque a leer.
Con base a estas conjeturas, el cuarto ensayo aparece ante nosotros bajo un título de resonancia detectivesca: “El enigmático caso de ‘El sueño de los guantes negros’”. Así como el primer ensayo dio santo y seña de la búsqueda y evolución poéticas de Ramón López Velarde, el cuarto muestra ya los resultados, aplicados en un poema particular, “El sueño de los guantes negros”, cuyo manuscrito aparece fotografiado como parte del volumen. La crítica está unánimemente de acuerdo en que “El sueño de los guantes negros” es uno de los poemas más fascinantes de Ramón López Velarde. Todo abona para que sea así: su extraordinaria atmósfera de fin del mundo, las incógnitas a las que apunta y se cuida de no revelar, las interpretaciones de que ha sido objeto como obra determinante del mundo de su autor.
De este poema cabe señalar tres momentos que considero primordiales en cuanto a su lectura posterior. El primero reside en la naturaleza del manuscrito: una media carta membretada del diario Excélsior sobre la cual estaba la primera versión del poema, a lápiz y con unos cuantos borrones, donde finalmente el tiempo consignó su paso. Coetáneos del poeta y estudiosos de su obra coinciden en que López Velarde le daba largas para concluirlo (tal y como el poeta griego descrito en La eternidad y un día, de Theo Angelopoulos). El segundo momento, lo tenemos dentro de las artes plásticas cuando le encomiendan a Fermín Revueltas ilustrar una edición de El son del corazón en 1932; concretamente, la ilustración para “El sueño…” […] es quizá el mejor de la serie. En el centro de la imagen puede verse la espadaña trapezoidal de una iglesia rematada por una cruz, en cuyo vano se perfila una campana en forma de triángulo. Ese motivo está enmarcado del lado izquierdo por un doble trazo curvilíneo que se va cerrando conforme desciende, y por el derecho por una nube cargada de tinta que se aclara mientras arroja una lluvia que no se sabe si es de luz o de agua. No aparecen el poeta ni la muerta. (Dejo en el lector conocer el resto de la descripción.)
El tercer punto aterriza en el campo de las ediciones críticas, de entre las cuales sobresale el tomo que reúne su obra, publicado por el Fondo de Cultura Económica y bajo el cuidado de José Luis Martínez. Si en su primera edición el crítico jalisciense nos hizo la tarea (juntar la obra), en la segunda se tomó ciertas licencias, como acompletar “El sueño…”. Un comentario de José Emilio Pacheco […] nos invita a pensar que fue el editor de López Velarde quien escribió los “complementos” y los insertó en el texto, aun cuando le pareció pertinente atribuírselos a “un colaborador anónimo”. A pesar de lo inapropiado de su ubicación y de los reparos que podamos hacerles, es interesante echarles un ojo cuidadosamente porque el caso nos permite acercarnos al poema desde una perspectiva novedosa. Casi al final del ensayo, el autor nos entrega una experiencia de primera fuente: su encuentro con el manuscrito causante de todas las lecturas y polémicas ulteriores; con el apoyo de una restauradora del INAH –y en un momento similar o entresacado de un episodio de CSI– descubre que el estado actual del manuscrito decía otra cosa respecto a los procesos o circunstancias aplicados para “descubrir” las palabras faltantes del poema. Aún así, el tiempo sólo confirmó un proceso ya inconcluso de antemano. Si no fue posible leerlo completo cuando murió López Velarde, mucho menos lo es ahora, casi un siglo después. Pero lo que vemos ofrece algunos cuestionamientos problemáticos y hasta alguna sorpresa. […] Si esto es así, habría que aceptar que el poema, al menos en su versión final, o mejor dicho en la última versión que tuvo en las manos López Velarde, estaba de verdad incompleto y que por eso nunca lo publicó.
Después de la trama detectivesca del cuarto ensayo, cierra el libro “El candil”, en torno a uno de los objetos más enigmáticos de la poesía velardiana, a cuyo encuentro sale el autor: ¿Cuántas veces me dije que tenía que ir a San Luis Potosí aunque fuera sólo para ver el candil? […] ¿Qué es lo peculiar de aquel candil con el que llegó a identificarse hasta ese extremo? Que tiene la forma de un bajel, una de aquellas hermosas embarcaciones de casco de madera, palos y velas que surcaron el océano desde el siglo XVI. Sirva este glorioso encuentro a guisa de corolario a una vida y trayectoria literarias, además de que propone una nueva lectura: recorrer los lugares, los espacios y los objetos esenciales en Ramón López Velarde. (A título personal, este ensayo, breve y sorpresivo, presagia ya la naturaleza de Contra la fotografía de paisaje, que bien merecerá sus propias líneas más adelante.)
En suma, tenemos en Ni sombra de disturbio un libro que justiprecia la figura de Ramón López Velarde, donde críticos y especialistas (lectores, todos) –como en aquella escena de La mirada de Ulises– aparezcan en esa fotografía familiar, a prueba de tiempo, donde la ingente tarea de recoger los pasos de un escritor excepcional reafirme posturas, suscite sospechas y comparta nuevos hallazgos. Quede en ustedes acercarse a este libro, cuya prosa impecable todavía no dejará de sorprendernos. (¿A poco no?)

Fernando Fernández. Ni sombra de disturbio. Ensayos sobre Ramón López Velarde. México, AUIEO/ CONACULTA, 2014. (Autoria, XV) 

(25/mayo/2016)