miércoles, 27 de septiembre de 2017

Al interior del tiempo

Ulises Velázquez Gil

En la película Más allá de las nubes, el protagonista, un cineasta que vuelve a casa luego de terminar una filmación, recorre cada rincón de la ciudad en busca de otras historias en espera de volverse material de próximas películas. Caso similar ocurre con los escritores, quienes al perderse por geografías ajenas y en su tránsito por caminos de papel, hacen un alto en el camino para llevar la cuenta de sus pasos.
Para el primer libro de Mariana Oliver, Aves migratorias, esta condición se cumple por entero, y doblemente cuando el ensayo se vuelve forma toral para ese empeño, al mostrar los resultados y pesquisas de viajes por el mundo que nos circunda, al encuentro con otras geografías.
Los diez ensayos que conforman el presente volumen, son el resultado de varias expresiones dentro y fuera de la página escrita, donde se da fe de la constante trashumancia a la que se sujeta el escritor en aras de asir el tiempo presente: desde el mundo que se ve a la distancia hasta el punto de partida, desde y hacia las palabras. Algunas veces, de manera inesperada, es posible anticipar fragmentos del futuro en un momento. Hay destellos que desgarran el curso de lo cotidiano, una epifanía de la que no es posible desprenderse.
En el ensayo que da nombre al libro, Mariana Oliver se ocupa de un caso excepcional: el piloto canadiense Bill Lishman, quien luego de haber sido rechazado por todas las escuelas de vuelo -por razones meramente genéticas-, no ceja en cumplir su deseo de volar y encuentra en el vuelo de los gansos canadienses su razón de ser; estudia sus movimientos y, pese a su marcado daltonismo, las guía en su camino hacia el sur y así éstas concreten su destino y continuación de la especie. Una vez que los auxilia, hace lo propio con aves de características similares, hasta obtener, por vía de la persistencia (que unos llaman necedad), una razón para volar; caso similar, el ensayo: como las instancias “oficiales” que le negaron la licencia de vuelo a Lishman, el sector académico ejerce cierta tiranía sobre el género, a través de nomenclaturas sui generis, jergas gremiales, demasía de notas al pie y referencias en cuanto sistema se antoje usar (APA, Harvard, el tradicional hispánico), cuando en los hechos, los mejores ensayos se estructuran en los andamios de la creación. (El ensayo como estilo libre, a donde los vientos te lleven…)
El viaje ensayístico de Mariana Oliver hace escala en una geografía lejana de nuestros días: Alemania, vista desde los linderos de “Casandra”, “La lengua de Özdamar”, “Berlín” y “Koblenz”; para el primer ensayo de esta “cuarteta germánica”, la autora confronta dos lecturas del mundo: la de Christa Wolf, escritora a contracorriente en la Alemania Democrática, y la del Berlín anterior a la caída del muro. En este sentido, la obra de Wolf augura el desastre por venir, como aquella sacerdotisa del templo de Delfos que da nombre al ensayo. (No por nada, se dice que con la escritura se ejerce cierta videncia, del futuro o para señalar el final del horizonte.)
Caso similar, el segundo ensayo, donde la autora -mexicana en Berlín- conversa con Emine Sevgi Özdamar, escritora turca, que a fuerza de realidad y de buscar un lugar a salvo del tiempo, adoptó el alemán como su lengua de escritura, convencida (como E. M. Cioran hiciera con el francés) que más que habitar un país, se habita una lengua: [Özdamar] sabía que llegar a un país sin boleto de regreso implica entregarse voluntariamente a una extranjería indeterminada, abandonarse en otra lengua y asumir que siempre habrá algo imposible de comprender en las palabras, algunas veces más distorsionado que se aleja cuando creemos acercarnos. (Paréntesis aparte. De forma particular en este ensayo, Mariana Oliver “siembra” aforismos y máximas sobre la escritura y las palabras que ocurren al paso. Si la forma fragmentaria de Oliver predomina en la estructura de sus ensayos, dentro de éstos, la fragmentaria devastación del aforismo cumple su función de hacernos despertar. O, por lo menos, robará algo de atención.)
Para los casos de “Berlín” y “Koblenz”, hay dos lecturas opuestas sobre la ciudad: desde la superficie y debajo de ésta. En la primera (“Berlín”), se hace énfasis en un elemento de suma atracción para la autora: su nomenclatura topográfica. Es la ciudad perfecta para los aficionados a los mapas. Se requiere al menos de tres distintos para no perderse: el que muestra los anillos en forma de caracol que organizan el transporte público, el que registra el recorrido de un muro invisible y localiza en cuadrantes museos y monumentos y, por último, un mapa ordinario en el que sólo caben los nombres de las calles y los cruces. (La descripción arriba señalada bien aplica para el conjunto de ensayos que nos ocupa, puesto que obedecen a muchas lecturas, cualidad que se nota sobremanera en el ensayo mexicano contemporáneo.) En “Koblenz”, la mirada es en sentido contrario, es decir, del interior de la ciudad: una evacuación de sus habitantes ante la amenaza de bomba (¡y de la Segunda guerra mundial!) Para los habitantes de Koblenz, abandonar la ciudad debió ser como vislumbrar el pasado. Una impresión semejante a la que producen las fotografías viejas en las que aparecen familiares desconocidos, personas extrañas en cuyos rostros es posible identificar facciones. Quizá la gente de Koblenz reconoció en las calles deshabitadas y en la huida forzosa un fragmento de historia de su ciudad. Una historia que se entretejía inevitablemente con la propia.
Mención aparte merecen los ensayos “Los otros niños perdidos” y “Normandía”, donde el tránsito por el mundo de mujeres y de niños pasa de la notoriedad al oprobio, en aras de un resquebrajamiento semántico, inclusive existencial. De cómo las mujeres expuestas en “Normandía” se vuelven “brujas” al sufrir una resignificación de modo negativo: El cuerpo de las mujeres se convirtió en un territorio más a recuperar para sellar la victoria de una guerra. Ultrajarlo era una estrategia para denigrar al enemigo y vencerlo de manera definitiva. La humillación pública […] se volvió una cacería contagiosa, parte cotidiana del ritual de liberación en Francia; mientras que en el segundo texto (cuyo título alude al universo creado por James Barrie), esa resignificación conlleva crearse un origen nuevo: Algunos niños eran muy pequeños cuando llegaron a Nunca Jamás, así que olvidaron el camino de regreso a casa y la lengua de sus madres, por eso cuando volvieron fue necesario reordenarlo todo. […] Tal vez nacer en una isla significa crecer con la conciencia rodeada de agua.
Cierra el libro una dupla ensayística, enfocada al ejercicio de la memoria como prueba de vida, por y hacia el mundo presente: “Mímesis en VHS” pone frente a nuestra mirada lo vital que se vuelve un diálogo de película en un momento determinante, y, por otro lado, qué tan importante es el espacio físico que nos da destino y tiempo, evidente en “Plano de una casa”: […] La casa es el sitio por excelencia. La lógica indica que la cama donde dormimos o las paredes que vemos a diario deberían ser más fáciles de describir porque es sencillo evocarlas, pero esa presunción es falsa: la casa está cosida al cuerpo, nos habita.
En suma, ¿dónde reside el itinerario de estas Aves migratorias? Como género susceptible de cambios en su estructura, y al auxilio de diversos elementos (el biográfico, harto socorrido), el ensayo permite toda suerte de caminos con la finalidad de iluminarnos en torno a un tema, sobre todo, para hallar franca correspondencia del escritor hacia los sucesos, las cosas y los personajes al interior del tiempo, donde la escritura siempre nos hará el quite.
En el panorama actual del ensayo en México, junto al Barrio Verbo de Ingrid Solana, la Ausencia compartida de Marina Azahua y el Cuaderno de faros de Jazmina Barrera, este volumen ensayístico demuestra por completo que dicho género goza de cabal salud, y como el personaje de Más allá de las nubes evocado al principio de estas líneas, ávido de sorprenderse a cada rincón, a cada paso.
Un libro que merece una y muchas lecturas, donde el tiempo y la cuenta nos acompañen en el prístino empeño de leer el mundo. (Ahora y siempre.)

Mariana Oliver. Aves migratorias. México, Secretaría de Cultura, 2016 (Fondo Editorial Tierra Adentro, 551)  

(20/septiembre/2017)

miércoles, 2 de agosto de 2017

Imbatible como la memoria

Ulises Velázquez Gil


Con la pericia que le caracterizaba, Renato Leduc denominó con suma justeza al periodismo como historia de lo inmediato, es decir, que todos los sucesos y cosas de cada día no suelen ocurrir más que en su propio ambiente, donde sólo adquieren vida y valía cuando se leen (o se conocen) en el mero instante de haber sucedido. Sin embargo, hay sucesos, personas y cosas que trascienden esa frontera de tinta, y se vuelven (con todo y los riesgos que esto conlleva) una historia sin tiempo, dejando la inmediatez para las reacciones periféricas.
En el caso de Rafael Cabrera, esta circunstancia se dio en el preciso instante de conocer a una maravillosa e interesante mujer, creativa por los cuatro costados, pero sujeta a los altibajos del tiempo que sufrió en carne propia: Elena Garro, cuya sola mención de su nombre, desata tempestades e ilumina senderos al unísono. El resultado de ese encuentro, y la persistencia en conocer todas las aristas de una mujer sin par, se concentra en éste, su primer libro: Debo olvidar que existí. Retrato inédito de Elena Garro.
Compuesto por 22 capítulos, Cabrera nos presenta un volumen de raigambre periodística, que explora senderos desconocidos de la vida, obra y milagros de Elena Garro (cuyo centenario del año pasado pasó por una serie de altibajos, por donde quiera que se vea), a fin de echar luz sobre una figura notable como atractiva, susceptible de admiración como de envidias. He buscado que este reportaje no sea una defensa ni una sentencia de Elena Garro. Ante todo, he querido reconstruir y entender la historia llena de incongruencias, confusiones y silencios de una autora fundamental para la lengua española. En particular […] 1968, año que destruyó su imagen pública como una roca que estrella un espejo.
En la historia como en el periodismo, es ineludible el uso de nombres y de fechas, pero ello obedece a poner en contexto a los protagonistas de cada suceso; 1968, para Elena Garro, marcó un “antes” y un “después”, por el hecho de vivir tiempos interesantes, donde más que buscar el quid de las cosas, fue más fácil crear chivos expiatorios… como ahora. Tras el “antes”, se encuentra una meteórica carrera literaria que marcó un nuevo rumbo dentro de las letras mexicanas (teatro y narrativa, en especial), mientras que en el “después”, se halla una dolorosa errancia, caracterizada por hechos escabrosos que por coincidencias providenciales: ineludibles todos, al fin y al cabo.
Casi a manera de una “película”, los capítulos nones de Debo olvidar que existí, sobre el año de marras, se alternan con los pares donde Cabrera presenta las etapas de vida y creación de Elena Garro, como se puede ver en el siguiente fragmento de “El orden solar”: Elena Garro nació el lunes 11 de diciembre de 1916, en la capital del estado mexicano de Puebla. Pero la localidad es un mero accidente en su biografía. Elena bien pudo haber nacido en algún poblado de España; quizá en el camarote de un barco que surcaba el oleaje del Océano Atlántico; en algún sitio de La Habana o tal vez en las costas del Golfo de México. Y ese azar, quizá, marcó desde entonces lo que sería su destino errante.
A primera vista, el fragmento anterior no tiene nada de extraordinario (en cuanto a datos y fechas), pero cumple su objetivo -como buen arranque de capítulo- cuando se empeña en adentrarnos en el universo elenagarriano; ese “destino errante” no sólo se dio en la geografía exterior, sino, con mayor intensidad, en la geografía interior de sus cuentos, novelas y obras de teatro. La patria de Elena Garro fue el jardín donde jugaba y la mesa de su casa, ahí ocurrían los juegos y las discusiones de poesía, del tiempo y las religiones con sus padres y hermanos. No asombra que en Un hogar sólido anheló volver al “orden solar” que significaba su familia.
En la literatura como en la vida, hay dos escenarios irreversibles: encontrarse con personajes interesantes (en el buen y en el mal sentido) y jugarse la vida futura con nuestras propias palabras, para este último caso, las palabras y acciones de Elena, sembradas a lo largo de su obra, hallaron eco en la vida misma, y su encontronazo con el tiempo presente. (Cabrera nos menciona algunos ejemplos: cuando Elena menciona en Los recuerdos del porvenir que los indígenas que se rebelan contra el gobierno, los ahorcaban en Cocula, estas palabras se volvieron dolorosa coincidencia hoy en día con la “versión oficial” sobre el paradero de los 43 normalistas de Ayotzinapa. (¿Coincidencia? Qué les digo…)
Por otro lado, una mujer sin par sólo podía rodearse por personajes igual de atractivos, sea cual sea su calaña, como Sócrates Campos Lemus y Fernando Gutiérrez Barrios (caras de una misma moneda, si se permite decirlo), Carlos Madrazo y Helena Paz Garro (congruencia y apasionamiento en los hechos y en las palabras, con todo y sus respectivos altibajos), y un Octavio Paz que apenas se asoma (y su consecuente ración de involucramiento, sin perder su aura intelectual, ni hacerlo menos “villano”: sólo un personaje y nada más).
Más que defender o sentenciar a Elena Garro, Cabrera procede como los buenos biógrafos e historiadores: justiprecia su papel dentro de la historia literaria de México en el siglo XX, donde -hasta antes de la lectura de este “reportaje con sabor a biografía”- sólo se le asignaba una fecha de residencia, cuando su propia obra y ulterior legado trascienden todo tipo de fronteras impuestas por el tiempo. Y en aras de ese deseado justiprecio, digno es recabar testimonio para conocer mejor los claroscuros de una mujer de notable personalidad e indomable inteligencia. (Desde las conocencias “de oídas” hasta las vivencias a salto de mata, la mayoría de los testimonios recabados por el autor no se quedan en la indiferencia, es decir, que la pintan fielmente al recuerdo compartido, y en ese sentido, el autor ya puso la piedra angular de un trabajo susceptible de futuras actualizaciones y cumplir a cabalidad aquella sentencia de Voltaire: “Los muertos merecen la verdad”.
En suma, Debo olvidar que existí. Retrato inédito de Elena Garro bien merece la lectura por una fuerte razón: conocer los altibajos de un personaje excepcional en todos los sentidos, cuyo talento desmedido y una lectura de la realidad a prueba de balas, hacen mucha falta en estos tiempos, donde el autobombo y las políticas convenencieras son el pan (duro) de todos los días; ante ello, el trabajo de Rafael Cabrera es de vital importancia por iluminar nuestra perspectiva sobre Elena Garro y, por ende, recalcar la importancia de su obra literaria, imbatible como la memoria que nos obsequia las mejores biografías y testimoniales.
Junto a los nombres de Emmanuel Carballo, René Avilés Fabila, Carlos Landeros, Luis Enrique Ramírez, Lucía Melgar y Liliana Pedroza, inscribo con orgullo desde ahora el nombre de Rafael Cabrera, dentro de una grey de apasionados con la vida, obra y milagros de Elena Garro, quien, como el Cid Campeador, continúa ganando batallas más allá del glorioso centenario. (¡¡… y lo que falta por venir!!)

Rafael Cabrera. Debo olvidar que existí. Retrato inédito de Elena Garro. México, Debate, 2017 (Ensayo).  

(28/junio/2017)

miércoles, 19 de julio de 2017

El centro de las cosas

Ulises Velázquez Gil


“Si escribo mis recuerdos en papel, es más para que no se pierdan […] minutos de oro, horas que resplandecen como soles en el cielo tumultuoso e inmenso que es la memoria. Cosas que son también, junto con otras más, mi vida”. Estas palabras de José Saramago, para quienes emplean la escritura como una extensión de la memoria, marcan un camino a seguir, en aras de guardar instantes para comprender mejor nuestra estancia en el mundo; aunque la producción de libros de viaje ya no resulte tan copiosa como en otros años, mientras los viajes susciten nuevas conversaciones, lo demás vendrá por añadidura.
Para Julieta Campos (1932-2007) esta constante empresa encontró puerto seguro en las libretas que llevaba consigo en cada viaje que le salía al paso, y que hoy se reúnen en el libro Cuadernos de viaje, un año después de su partida, con el fin de presentar una faceta menos conocida de la escritora, sólo reservada al ámbito familiar y que comprendió un periodo importante de su vida: de 1975 a 1999, con todo y las “pausas” hechas por la vida que pasa frente a nuestra mirada.
Trece escalas comprenden estos cuadernos: cada una, al dar fe y seguimiento de los sucesos y de las cosas que su autora presenció en diversos lugares, tal y como podemos ver en el apartado correspondiente a 1975, escrito a veinte años del primer (y definitivo) encuentro que le diera destino y patria cuando conoce a Enrique González Pedrero, futuro esposo y compañero en andanzas académicas, culturales y hasta políticas.
Aunque sus impresiones de Europa se desbordan en cálidas pinceladas y no menos ingentes líneas al momento de la evocación, una geografía lejana persiste en presentarse: Cuba. […] Diez días vertiginosos, sin el mínimo ensimismamiento. […] sabiendo lo extraño que sería estar sin la presencia de papá y mamá. Hace diez años, un poco más que murieron. Quedan tío y tía. La Habana, para mí, está llena de ambivalencias. El país, de sensaciones contradictorias. A veces admiración frente a ciertos seres excepcionales, simples, profundamente entregados a la construcción material del socialismo, honestos, sin complicaciones.
(Paréntesis aparte. Tanto en el primero como en el último apartado -1975 y 1999- Julieta Campos vuelve a su tierra de origen -Cuba- como una manera de recobrar el tiempo perdido, pero su “regreso” suscita una empresa todavía mayor: la escritura de una novela con la cual ajuste cuentas con su familia y con la matria de agua desde donde urdió narraciones como Celina o los gatos, Tiene los cabellos rojizos y se llama Sabina, El miedo de perder a Eurídice y la siempre emblemática Muerte por agua, rebautizada tiempo después como Reunión de familia. A medida que avancemos en la lectura, caeremos en la cuenta de ver en esos “cuadernos” los pasos de ese camino narrativo, vuelto cierre novelístico en La forza del destino.)
Al paso de sus escalas en Europa y México (donde sus casas de San Ángel y Tetecala la devuelven al tiempo presente), Julieta Campos guarda testimonio de las cosas encontradas, sin embargo, éstas no tendrían mayor sentido sin el desconcierto y el asombro generados. (Los viajes precipitan la afluencia de mensajes que nos asaltan con multitud de signos contradictorios.) Para muestra de ello, nos remitimos al apartado más extenso del libro, correspondiente a 1990, donde las visiones como esposa de embajador se alternan entre líneas tras un movimiento perpetuo con la turista a merced de los claroscuros del arte por el sur de España, y con la colega y amiga que participa del milagro generado en Estocolmo por el Premio Nobel a Octavio Paz.
Otro elemento digno de mención, las “sentencias” (máximas, diríase) allí encontradas, que por sí solas funcionarían igualmente de maravilla, por su acertada y punzante eficacia: 1) La tarde se pasa organizando el paisaje interior, es decir, creando espacios para que ojos y corazón encuentren sosiego y hasta algo de regocijo. 2) Una ciudad que hace y escucha música en un espacio como éste no es una ciudad como cualquier otra: es una ciudad que, en el otro extremo de su instinto pragmático, que moviliza y consolida los asuntos del dinero, se deja mecer, en la más fantasiosa de las cunas, por los delirios del sueño. 3) Los latinoamericanos sólo nos vemos cuando alguno se despide. Y las diferencias se suavizan, y se trivializan, con un civilizado lenguaje diplomático. 4) ¿Cómo conciliar el dolor del mundo con los guiños que me hace, constantemente, la belleza del mundo, la alegría de los encuentros? (Y así, como éstas, hay otras más, que el lector sabrá encontrar y elegir…)
Una de las peculiaridades del cuaderno personal, es la franqueza en cuando a describir sucesos y personajes en su estado puro, es decir, sólo sujetos a la secrecía de la libreta, y estos Cuadernos de viaje no son la excepción. Bien vale detenerse en dos muy particulares, Anaïs Nin, al borde del dolor: […] que ha participado con una intensidad tan impresionante del mundo, empieza a estar ya casi al margen, preparándose a atravesar el espejo hacia el otro lado, donde las cosas ya no se reflejan, y Octavio Paz: Siempre ha tenido debilidad por O., a pesar de sus repentinos exabruptos, de esa frecuente intolerancia por las opiniones ajenas que a veces lo vuelve tan irritable e irritante. (Incluso, en plena reunión de amigos en Estocolmo, en torno a Paz, aparece Helena Paz Garro, de quien Julieta Campos nos entrega un breve, pero acertado retrato, justipreciando el talento y la personalidad de sus padres, no sin generar sentimientos encontrados sobre la marcha.)
Si para autores del calibre de E. M. Cioran y Albert Camus, sujetarse a un cuaderno personal es una forma de poner en cintura todas sus taras o asuntos pendientes, para Julieta Campos bien aplica dicha dinámica, con un plus de por medio: ser un puente de ideas en constante marcha, en aras de la creación literaria (la ya mencionada novela La forza del destino) o también hacia una lectura crítica de la realidad mexicana (¿Qué hacemos con los pobres?, o Tabasco: un jaguar despertado), desde el mundo que tuvo la fortuna de ver y de mirar acuciosamente.
Todo libro de viajes, en suma, nos entrega la experiencia de conocer distintas latitudes desde pasos ajenos, pero en el caso de Cuadernos de viaje de Julieta Campos, aquellos pasos, cuando su trayectoria es franca y prístina, develan, en el centro de las cosas, diversas razones de estar en el mundo, habitar el recuerdo y contemplar de mejor manera la vida que se presenta frente a nosotros. Si la lectura, per se, es un viaje interminable, lo es por partida doble cuando andanzas y maestranzas escriban las mejores páginas de principio a fin.
He aquí un pasaje de ida y vuelta por las palabras de una gran escritora. La salida y el itinerario corren a cuenta suya. (Sin duda.)

Julieta Campos. Cuadernos de viaje. México, Alfaguara, 2008.  

(7/junio/2017)

miércoles, 3 de mayo de 2017

Batallas frente al espejo

Ulises Velázquez Gil

Uno de los ejes primordiales del videoclip correspondiente a la canción “A quoi je sers” de la francesa Mylène Farmer, radica en reunir a los protagonistas de videoclips anteriores, con el fin de cruzar “la otra orilla” y conocer que se esconde tras ésta. La literatura, por antonomasia, tiene un claro objetivo: saber los secretos que esa “otra orilla” guarda tras de sí; muchas de las veces, cuando el escritor se enfrasca en el empeño de llegar allí, hay presencias que le son ineludibles y que le acompañan en su travesía, entre maestros, colegas, familiares, inclusive.
Luego de varios libros sobre el amor a la ciudad y a los fantasmas que la habitan y dibujan (con todo y una escala en el siglo XIX), Vicente Quirarte nos entrega en La Invencible las resultas de su travesía, en particular, la presencia ubicua de su padre, el historiador Martín Quirarte, luego de emprender el viaje definitivo al traspasar un puente de Ciudad Universitaria. Para mí, uno es el puente. Debido a sus delgadas planchas de acero, se cimbra, suena, habla como si respondiera al vigor de los pasos que lo tocan. […] Lo cruzo con músculos, corazón y aliento que aún quieren sonar en la sinfonía del mundo aunque no tengan la fuerza, el brillo, la flexibilidad de antes. Ahora que todo es más intenso. Durante mucho tiempo lo evadí.
A lo largo de ocho capítulos, Quitarte tiende “un puente” ante nosotros para conocer la vida, obra y milagros de su padre, así también por los pasos de su propia trayectoria, donde el arduo y apasionante oficio de las letras entabla su propia guerra con las cosas; a través de los ojos de su autor, la generosa inteligencia que prodigaba su padre sólo se contraponía cuando la melancolía intentaba salirse con la suya. Hizo lo que todos los hombres: noventa y nueve veces entró por la salida y la centésima se equivocó de puerta. Probó del fruto amargo en tiempos de dulzura, pero abordó cuantos trenes le salieron al paso. […] él pensaba en otro campo de batalla; la hoja blanca poco a poco poblada de edificios, ventanas, corredores. Con la primera anfetamina de la jornada sabía que aunque el amor a veces nos engañe, la luz nunca traiciona a quien la busca. […] A bordo de su máquina del tiempo, viajó por todas las edades y todos los espacios. Hizo lo que todos los hombres. Escribió, amó, vivió.
Los tres verbos con cierra el fragmento anterior, fungen como hilo conductor para que el autor nos cuente algunas cosas en torno a su padre, pero también se aplica el mismo ejercicio cuando se trata de asumir un destino; no el sino trágico que mantuvo a don Martín al límite del tiempo, sino la generosa inteligencia que destellaba como padre y maestro, destellante y certera tras los arcanos del papel y la tinta.
(Paréntesis aparte: en “La tinta huele a tercer año”, incluido en sus Enseres para sobrevivir en la ciudad, Vicente Quirarte recuerda aquel momento cuando su padre lo introdujo en los misterios de la pluma fuente, herramienta indispensable en el acto de enlazar negro sobre blanco y ganarle la partida al silencio. Es decir, reconocerse escritor, pese a todo y a contracorriente de la realidad. Cuando en verdad se es escritor y se llega a conocer los secretos del oficio, se abrevia la distancia entre lo pensado y lo escrito, entre el relámpago del hallazgo y su traducción a la hoja o la máquina, entre la súbita metáfora que proclama su vigoroso nacimiento y su transformación en palabras que vulneren la armadura flexible del lenguaje.)
A medida que avanzamos en la lectura de La Invencible, no solamente seguimos los pasos del padre, sino también las presencias de la madre y del hermano del autor (a quien dedicara su Zarabanda para perros amarillos), y de igual forma, los maestros y amigos, presencias indispensables al autor para no perderse en la vorágine de la realidad. César Rodríguez Chicharro, Rubén Bonifaz Nuño y Diego Valadés aparecen por los senderos de Quirarte como compañeros de ruta en los cuales se prosiguió la exploración del mundo, e igualmente el conocimiento de las propias armas para encarar al mundo.
A diferencia de lo dicho por Friedrich Nietzsche -“a falta de un padre, uno debe inventárselo”- en Quirarte no primó la invención, sino la intención; aparte de los arriba mencionados, hubo otros personajes que compartieron algo de su sabiduría (vuelta magisterio, incluso amistad) y fortalecieron el deber ante y por la escritura, en aras de domar un fuerte impulso que todavía algunos se empeñan en llamar melancolía o depresión, al grado de amarla con intensidad (tal y como ocurre en otra canción de Mylène Farmer, “Je t’aime melancolie”).
Si todo escritor pelea contra un enemigo dentro de la plaza -sus odios, sus dudas, sus temores-, y otro que sitia su fortaleza, el escritor debe luchar no tanto por su identidad sino, primordialmente, por la búsqueda de los elementos que la conforman. Para quienes hemos seguido los pasos de Quirarte, La Invencible es la prolongación consecutiva de aquel retrato de don Martín, esbozado en Peces del aire altísimo dos décadas atrás; y en esa búsqueda de los elementos que la componen, en cuerpo y alma, aparecen muchas convicciones en torno a la misión del escritor. De igual manera, las figuras señeras de Bonifaz Nuño y Rodríguez Chicharro conviven en la tierra franca de las letras con los próceres del siglo XIX y los paladines de otra clase de justicia, representada por un emblemático Hombre Araña. Incluso, el apotegma arácnido por excelencia (“Un gran poder trae consigo una gran responsabilidad”) resuena en las páginas de este libro como si apenas se hubiera proferido a los cuatro vientos. (Aunque las tribulaciones del autor pesen en igualdad de valía que las de Peter Parker, el gran poder conferido se nota sobremanera entre “animales de pluma”, es decir, al momento de entablar el acto de escribir, porque […] invencible es la vida y no la muerte; invencible la poesía, pero no hay honor más alto que enfrentarla; invencible la pasión amorosa y su áspero laberinto de señuelos; invencible la Oscura Señora de la Melancolía, que pasa largas estaciones en casa de quienes dejan sus puertas más abiertas.
¿Dónde radica, a final de cuentas, la importancia de La Invencible de Vicente Quirarte? Para dar santo y seña de una trayectoria donde entablar batalla con los seres y las cosas, es asunto de todos los días, pero también para rendir pleitesía hacia aquellas personas que nos dieron fe y destino: fe en los milagros llamados amistad y admiración; y destino, en el modo de acudir en su defensa y de prodigar su expansión. Como en el videoclip de Mylène Farmer referido al principio de estas líneas, acompañarse por las presencias que depositaron fe y destino en nuestras manos, nos prepara con sabiduría para afrontar batallas frente al espejo, es decir, asumir el papel que recibimos al momento de empuñar una pluma fuente y trazar negro sobre blanco (escribir, pues), hasta donde el tiempo extienda su licencia.
Si escribir es torear, tal y como siempre asegura Jorge F. Hernández, para Vicente Quirarte bien aplica, con todo y que la querencia se antoje mucho más fuerte, y, por ende, susceptible de domesticarse a diario. (¿No lo creen así?)

Vicente Quirarte. La Invencible. México, Joaquín Mortiz, 2012.  
(12/abril/2017)

miércoles, 19 de abril de 2017

Generosidad de la memoria

Ulises Velázquez Gil

En la introducción que hizo para la serie televisiva Cosmos, Carl Sagan, astrónomo y anfitrión, describió al ser humano “a la mitad entre un átomo y una estrella”, es decir, como testigo de sucesos grandiosos como de pequeñas maravillas, a lo largo de su trayectoria en el universo.
            En la vida como en las letras, cada conocencia tiene su propio grado de predominio y de influencia sobre o en torno a una vida en solitario, donde muchas de las veces, el golpe de timón que determina el curso posterior de una vida ocurre, incluso, a mitad del camino.
Para Carlos Fuentes (1928-2012), cuya prosa certera y ágil lo abarcaba (casi) todo, inclusive los senderos de la memoria, plasma en Personas sus encuentros y experiencias con aquellos contemporáneos con quienes tuvo la dicha de coincidir, y que dejaron honda huella en su trayectoria de vida; “a mitad de camino”, muchas de las veces, con quienes fue menos pesado su tránsito por el mundo de su tiempo: compañeros de viaje con quienes la lectura del mundo (y el suyo propio, a final de cuentas) pasaba del asombro al desconcierto. (¿Y qué vida no suele ser asombrosa?)
Si suscribimos aquella sentencia de Plutarco, en la que un mínimo detalle de un personaje dice mucho más que sus grandes proezas, en los doce textos que componen Personas, la pasión por el detalle se nota a las claras cuando se ahonda en las vidas ejemplares (y paralelas, diríase también) de Luis Buñuel, Julio Cortázar y Alfonso Reyes, pasando por sus maestros en la Facultad de Derecho de la UNAM, entre otros colegas eminentes. Sobre el cineasta aragonés, Fuentes nos obsequia la siguiente estampa, a manera de ejemplo: […] Una tarde, esperando a Buñuel, me atrevo a mirar atrás de los libros de teléfono. No me asombra lo que encuentro. […] son las novelas que le hubiese gustado filmar. […] Hay primeras ediciones firmadas de los escritores surrealistas, sobre todo un volumen de fantasías germánicas de Max Ernst, que Luis me obsequia […]. (Para el caso de Buñuel, se evidencia una pasión literaria detrás de un cineasta de grandes alcances artísticos, que aún sorprenden a más de medio siglo de su conversión a imágenes en movimiento.)
Cuando se ocupa de colegas suyos como Alfonso Reyes y Julio Cortázar, la cardiografía empleada por Fuentes se mueve por territorios conocidos, sin embargo, hay una diferencia que radica en ciertos detalles que se vuelven prueba de vida en el ulterior recuerdo del escritor. Para Reyes la literatura no es estado de alma que conduce a la santidad o al melodrama, es lenguaje dentro del lenguaje. La literatura narra un suceder imaginario que no se corresponde necesariamente con lo real, pero que constituye lo real –añade a lo real algo que antes no estaba allí. La literatura no es sólo reflejo sino construcción de la realidad. (Para un autor de altos vuelos, tal el caso de Reyes, la vida como las letras mismas no volverían a ser las mismas, luego de aquel 9 de febrero de 1913 de infausta memoria en que “no volvió a ser feliz”. Risueño, sí, coincide Fuentes, pero feliz, sólo Reyes lo supo.)
En Julio Cortázar, por otra parte, sí se podía ser feliz a plenitud con la vida, sobre todo cuando se trata de ponderar toda ocasión que se presenta frente a uno. Mi carrera literaria debe a Julio Cortázar ese impulso inicial, en el que la inteligencia y la exigencia, el rigor y la simpatía, se volvían inseparables y configuraban, ya, al ser humano que me escribía de usted y con el que yo ansiaba romper el turrón. Su correspondencia era el hombre entero más ese misterio, esa adivinanza, ese deseo de confirmar que, en efecto, el hombre era tan excelente como sus libros y éstos, tan excelentes como el hombre que los escribía.
Por muchas vueltas que le doy, no hallo manera de sumar individuos”, aseguraba Juan de Mairena (y, por ende, Antonio Machado). Cuando se trata de justipreciar una faceta o una minucia en común, Carlos Fuentes sí conseguía la sumatoria, en aras de resaltarlos mejor por separado, tal y como se evidencia en “Magister dixit”, “El cuarto poder” y “Cuatro grandes gringos”. En este último, los genios y talentos del Arthur Miller, John Kenneth Galbraith y Arthur Schlesinger confirman un peculiar prisma de colores, donde la amistad y el sentimiento de contemporaneidad expone por entero sus cualidades en cuanto a su lectura del mundo presente, sea escrito, sea no escrito, si seguimos una idea de Italo Calvino: […] es un Quijote en el gran escenario del mundo, probándonos, una y otra vez, que los molinos son gigantes, y que la imaginación humana, si no puede por sí sola cambiar el mundo, sí puede, siempre puede, fundar una mundo nuevo y, con esperanza, un mundo mejor [Styron]; […] creía en la capacidad humana para salir de “las piscinas del instinto” y de “los oscuros atavismos de la sinrazón y la guerra. Sin embargo […] sintió angustia de saber que la muerte puede atravesar con un dedo “la delicada red del porvenir” y que, a veces, “el cosmos, simplemente, cuelga el teléfono” [Miller]; […] ¿Qué defendió, qué proponía […] en sus grandes libros? […]: que la vituperada intervención del Estado en la economía era insignificante comparada con la intervención económica permanente de las grandes corporaciones. […] develó el teatro del mundo económico. [Galbraith]; […] depositó su fe más fervorosa en los poderes de recuperación de la democracia americana [Schlesinger].
En “El cuarto poder” desfilan en igualdad de importancia Fernando Benítez, Tom Wicker y Jesús de Polanco, primordiales en su trinchera de tinta y papel. Pero de estos textos donde “suma individuos”, “Magister dixit” es el más entrañable para Fuentes por tratarse de sus maestros en la Facultad de Derecho de la UNAM, quienes le dieron deber y destino. Y como también las mujeres tienen toral presencia en su recuerdo, Fuentes se ocupa de ellas de manera oportuna y acertada tanto en “Tres mujeres desconocidas” (Edith Stein, Anna Ajmátova y Simone Weil) como en “Dos mujeres por conocer” (Susan Sontag y María Zambrano), dejando en el lector el deber de acercarse a su genio y figura. (Creo en mujeres concretas. Con sexo. Con nombre. Con biografía. Con experiencia. Con destino.)
Sobre las figuras restantes que componen Personas (François Mitterrand, André Malraux, Pablo Neruda, Lázaro Cárdenas), Carlos Fuentes es acertado e inteligente al otorgarles un señero lugar en la historia con mayúsculas, aunque en la que se escribe con minúscula (escrita con el corazón, que con el hígado) ya no hacen mucha falta mayores adjetivos.
En suma, ¿por qué resulta necesario leer Personas de Carlos Fuentes? Retomando la descripción de Carl Sagan, a mitad de camino entre el átomo (los mínimos detalles de cada individuo, cosa, suceso) y la estrella (la unidad en todo su esplendor, con todo y altibajos), hay presencias que se agradecen de tan indispensables por su grandilocuencia, pero sobre todo por su convicción en el actuar, sin importar el campo de conocimiento (habido o por haber), y cuando uno se las encuentra de frente, a la vera del sendero elegido, la generosidad de la memoria termina por escribir las mejores páginas, en especial, aquéllas que susciten un “ejercicio de admiración”, de acuerdo a la definición de E. M. Cioran, es decir, que destellen con toda intensidad en el diario y arduo oficio de vivir.
No cabe duda que Fuentes, como el Cid Campeador, no cesa de ganar batallas después de todo, y esta compilación lo demuestra de buenas a primeras. (Sea, pues.)

Carlos Fuentes. Personas. México, Alfaguara, 2012.  
(5/abril/2017)

miércoles, 15 de marzo de 2017

Breve apunte sobre tres contemporáneos


Ulises Velázquez Gil

(1)

En alguna ocasión, una joven y talentosa colega me lanzó a quemarropa una sentencia devastadora por franca y acertada: “el solo hecho de que leas a tus contemporáneos es un gesto profundamente generoso”. Y no es para menos, puesto que la convivencia constante con y hacia ellos, me lleva a interesarme por las empresas y las tribulaciones que los llevan a tomar la pluma.

Recordé aquellas palabras cuando llegaron a mis manos los primeros libros de tres jóvenes escritores, cuya incipiente trayectoria se presiente pródiga en sorpresas y talento desmedido, donde ya se evidencia la logística posterior de su carrera en las letras.

(2)

Con un marcado dominio de la forma poética, Deniss Guerra nos presenta en Llanto sin voz nueve poemas y dos relatos donde se evidencian sus inquietudes, la manera en cómo mira el tiempo y las cosas que hacen una ronda en torno suyo, siempre en aras de ganarle al silencio en diversas batallas: Los grandes poemas se dan a cuenta gotas/ en pocas lenguas/ y en muchos menos corazones,/ he allí que la tinta lírica/ y el amor/ no se deben dejar al destino (“Cuenta gotas”).

Consciente de que todo destino termina por contraponerse, la poética de Deniss Guerra no cesa de abrir senderos ni de suscribir dudas (que después de todo develan su milagro y permanencia), y se bate a duelo con el papel, sobre todo, con la escritura. Soy amante de las letras/ no soy dueña, las poseo […] las tomo de nuevo a veces con rabia/ odiando tu silencio, […] (“Ambivalencia”).

En poemas como “Copla de letras secas” y “Semillas de algodón” se halla eco de las Canciones para cantar en las barcas de José Gorostiza (también de poetas ultramarinos como Rafael Alberti y acaso Federico García Lorca, si me corretean un poco); en aras de jugar con el tiempo, se escribe poesía, primordialmente, para ser libre con la vida.

Si en buena parte de sus poemas se delata otro mar (inasible e inmenso, según lo permita la corriente), en los dos relatos incluidos se revelan intuición y experiencia. Para el primer caso, baste un botón: […] El tesoro del desierto es uno de los más anhelados dentro del universo, casi imposible de encontrar pues las adversidades de su escondite limitan las posibilidades de los aventureros a casi ninguna sobre ninguna. Pero allí me encontraba en contadas ocasiones, con caminares pesados y pasos que se hundían en las arenas, con el sol que daba de lleno en mi cara, en mi cuerpo, en realidad me daba de lleno hasta el corazón, deshidratando cada centímetro de mi ser, mientras luchaba contra el mar inmenso de arena y soledad. (“Sabanosos desiertos”). Mientras que, para el segundo caso: Jamás aprobé el curso de mecanografía. Este mundo moderno no necesita más que dos dedos, pulgar izquierdo y pulgar derecho, el resto se vuelven innecesarios en el ejercicio de escribir […] En realidad tomé el curso por una razón: mi editor constantemente me pedía trabajos mensuales para tal o cual revista […] y su brillante frase para animar siempre antes de colgar el teléfono era, “fluye al escribir, déjate fluir” (“Fluye”).

Juntas, intuición y experiencia, componen el engranaje de la técnica, que lleva a la autora hacia otros lares susceptibles de guardar entre el papel y la tinta.)

(3)

Donde brilla más la intuición (pesando paulatinamente en experiencia) es en el Bestiario de las siete creaturas soñadas de Alejandro Rodríguez Castillo, breve volumen de relatos, destellantes de originalidad en cuanto a la descripción de los seres allí conjuntos, ceñidos a una prosa clara y concisa, que lo vuelve más cercanos para quien los lea por vez primera. En medio del camino nocturno me hallé en el bosque de mis sueños, m mente estaba perdida. ¡Cuántas cosas no vi entre ramas torcidas, hojas enormes, tierra casi hecha de agua y un cielo de colores fríos! Un camino surrealista. Sé que están cerca. Las veo. Las escucho. Si ELLOS supieran… están atrás de sus ojos; mas no se atreven… no se atreven… no…

Una tradición milenaria, la confección de bestiarios, encuentra en Alejandro Rodríguez Castillo a uno de sus nuevos exponentes; la brevedad de este libro no es impedimento alguno para que estos siete relatos (dos de ellos, dedicados a las aves) nos sumerjan en el vértigo de sus descripciones, en aras de experimentar el prodigio de su presencia, tal y como sucedió frente a “La Amulieris”: […] La vi cerca de un lago, tirada en el suelo, una figura casi humana descansaba entre la hierba. […] A los pocos segundos fue imposible controlarme, no veía otra cosa que sus ojos de noche perfecta, iris de gerbera azulada, un abismo celeste.

(Pavor, sí, pero también encantamiento, son las reacciones sucedáneas al momento del encuentro; sin embargo, su atmósfera no se pinta de horror, sino de maravilla y prodigio al ser testigo de ello, donde invención e intención cambian de lugar, y pese a que el desconcierto sea el móvil a seguir.)

En manos del autor todo puede suceder, incluso el vértigo de la incertidumbre, a combatir, o al menos dispersar con el siguiente conjuro que Rodríguez Castillo pone frente a nosotros desde la primera página: Yo lo haré. Les diré quiénes son. Será mi pluma, No dejan de hablar. Será mi lápiz.

(4)

Uno de los territorios más susceptibles de incursionar en la literatura, sin duda, es el ensayo, hoy en día, bajo la tiranía del paper académico, dejando muy de lado el prístino espíritu con que naciera hace medio milenio con Montaigne como su primer impulsor. Para fortuna nuestra, en la actualidad goza de cabal salud, dispuesto para el tratamiento de cualquier tema.

En ese empeño, Laura Sofía Rivero Cisneros compone sus Retóricas del presente, siete ensayos cuya finalidad, aparte de exponer sus lecturas del tiempo presente, propone otra manera de acercarse a objetos y situaciones, sin picarse de excesiva erudición o de valerse de “datos duros” como una muralla infranqueable. Mejor dicho, ve al ensayo como un lugar donde las ideas, por muy sonadas y sencillas que sean, permitan decir de otro modo lo mismo.

En “El coloide de los géneros”, nos expresa su visión particular acerca del ensayo; si Alfonso Reyes lo denominó “centauro de los géneros”, para la autora Los géneros parecen estados de la materia: sólido, líquido y gaseoso. El esqueleto argumentativo del ensayo lo convierte en una suspensión parecida al coloide. La elasticidad de su escritura abarca distintas formas, pero sus límites lo mantienen cohesionado […] Por una parte, el ensayo puede tener el rigor del método científico y el sello de la Academia. Por otra, se desborda como el comentario personal que traza su propio camino.

Gracias a esa elasticidad, podemos encontrar originales perspectivas sobre los vecinos, la utilidad de las velas, o del baño como cómplice de la lectura. Temas que, en apariencia, son indisociables de la charla de sobremesa o de la mayéutica del transporte público, los ensayos de Rivero Cisneros, donde quiera se vea, nos pintan de cuerpo entero; quede esto demostrado en su “Elogio a los vecinos”: El vecino es un ser incómodo por naturaleza, basurita en el ojo, etiqueta irritante de la ropa nueva. Sin embargo, existen algunos que por convencimiento abandonan cualquier intento de concordia para tomar el puesto del villano más popular en el condominio. Ellos aceptan el reto de hundir con empeño su reputación, se nombran a sí mismos los líderes de los altercados más fatuos y de las rivalidades más absurdas.

(Paréntesis aparte: una vez que leí el ensayo de marras, recordé una emisión de un programa de tevé, En su tinta, donde Juan José Arreola, Jaime Sabines y Eraclio Zepeda, coordinados por Alejandro Aura, hablaban de distintos temas tomados al azar de un vitrolero. Uno de aquellos temas, precisamente, era “los vecinos”, en cuyas respuestas predominaba el buen proceder de ellos, a pesar de las diferencias. Pero como no es lo mismo Los tres mosqueteros que Veinte años después, sigamos adelante...)

“Retórica de infomercial”, ensayo crítico y punzante, es donde mejor se evidencia el predominio televisivo sobre los sucesos y los actos de la gente, empezando por la dichosa campaña de leer veinte minutos al día, cuyos portavoces, representantes del star system, toman un libro con la misma gracia de un danés agarrando un taco. Para los famosos de televisión sus lecturas diarias se limitan a las etiquetas de los comestibles donde buscan las calorías, los azúcares y carbohidratos. No obstante, con una sonrisa entumecida y tensa, afirman sin desparpajos que los libros son divertidos, propician la imaginación ilimitada y nos hacen viajar sin movernos de nuestro confortable asiento. Así, durante un minuto con escasos segundos agolpan y comprimen la sustancia de la hipérbole a su estado más puro y salvaje.

Dentro de Retóricas del presente hay dos elementos ineludibles por acertados: la coherencia en la exposición de las ideas y el desenfadado estilo en la prosa que hace muy cercanos estos temas al lector. Si algo habría de reclamársele a la autora es la parquedad en cuanto al número de ensayos; sin embargo, el tiempo habrá de obsequiarle nuevos sucesos y objetos hacia donde aplicar su ojo crítico mediante el ensayo. (Claro, con su debida lectura una vez que estén en nuestras manos.)

(5)

Realizada ya la lectura de estas tres obras, no ceso de suscribir las palabras con que inicié estos apuntes; a título personal, no es un deber acercarme a mis contemporáneos, sino un privilegio inmenso, porque sé a cabalidad que, en el panorama actual de las letras mexicanas, una preclara sentencia de Alfonso Reyes, “Todo lo sabemos entre todos”, nos obsequia innumerables oportunidades para seguir ganando batallas a pesar de todo.

            Sobre el quehacer de quienes habrán de transitar por el ancho y ajeno mundo de la escritura, bien vale tomar en cuenta lo que Guillermo Prieto expresó en sus Cuadros de costumbres: “Donde el joven que se lanza a una nueva vía, por mal que lo haga, puede ponerse frente a frente a sus críticos y preguntarles: ¿quién lo hace mejor? ¿Cuál es la herencia que nos legaron nuestros mayores? ¿Qué han hecho esos hombres que sólo murmuran y se llaman a sí mismos los luminares de la nación”.

Desde ahora, confirmo con orgullo saberme colega de tres talentosos e inteligentes colegas, de quienes ya espero con gusto su siguiente libro, al que sabré corresponder con mi generosa lectura. Mi más profunda admiración y el agradecido gesto de un contemporáneo discrónico.

-Deniss Guerra. Llanto sin voz. México, Runa editores, 2015 (Vindrland, 1/5).

-Alejandro Rodríguez Castillo. Bestiario de las siete creaturas soñadas. Ilustraciones de Manuel Guerrero. México, El Nido del Fénix, 2016.

-Laura Sofía Rivero Cisneros. Retóricas del presente, en: Premio Dolores Castro 2016. Poesía, Narrativa y Ensayo escrito por mujeres. Aguascalientes, México, Instituto Municipal Aguascalense para la Cultura, 2016. 


(4/enero/2017)

miércoles, 1 de marzo de 2017

Narrar la memoria

Ulises Velázquez Gil

En el portentoso prólogo de Memorias y autobiografías de escritores mexicanos, antología publicada en la Biblioteca del Estudiante Universitario de la UNAM, Raymundo Ramos nos lanza una sentencia tan certera como incendiaria: Recordar es un arte difícil. Para quienes hacen de la memoria una extensión de la vida y de las letras, lo más difícil no es contar las cosas cómo fueron ni como se recuerdan, sino serle fiel al suceso vivido, cosa que hoy en día no consiguen (ni por tantito) autobiografías complacientes ni testimoniales bisoños.
Sin embargo, de entre toda esa palabrería vuelta estrategia de mercado, autobombo, o signo de los tiempos (imagínense por qué), viene a mi mente una frase latosa cuando de tomar a la memoria como escudo de armas se trata: Yo sólo soy memoria y la memoria que de mí se tenga, proveniente de una de las más grandes novelas mexicanas del siglo XX: Los recuerdos del porvenir de Elena Garro.
Conocida como narradora (La semana de colores, Andamos huyendo Lola, Los recuerdos del porvenir) y dramaturga (Un hogar sólido, El árbol, Felipe Ángeles), a Elena Garro (1916-1998) no le eran ajenos otros géneros, como la poesía (recientemente reunida y publicada bajo el cuidado de Patricia Rosas Lopátegui), el periodismo (entrevistas y reportajes a diestra y siniestra) y el ejercicio memorialista, es decir, su incursión en el campo donde lo difícil no es recordar, sino serle fiel al recuerdo.
En la segunda mitad de los años 30, en México, varios escritores y artistas agrupados en la Liga de Escritores Antifascistas Revolucionarios (LEAR) fijaron su mirada hacia España, en aras de ofrendarle su talento y su pasión a favor de una empresa de buenas razones y muchos amores llamada Segunda República Española, en ese momento endeble por la guerra civil donde los bandos republicano, fascista y monárquico se arrebataban el porvenir del país. Ante ello, voluntarios de diversas partes del mundo (agrupados en las llamadas Brigadas Internacionales) se integraron al frente republicano para reforzar sus defensas. Y aunque fue notable la participación en el ámbito bélico, digno también es de resaltar la participación en el campo intelectual y artístico, tal y como lo demostraron los representantes mexicanos de la LEAR, como Juan de la Cabada, Silvestre Revueltas, Fernando Gamboa, David Alfaro Siqueiros, y dos jóvenes de talento explosivo: Octavio Paz y Elena Garro.
De prosapia ibérica por vía paterna, Elena Garro encontró en la España de la guerra civil tanto personajes interesantes como sucesos inusitados, de los que da fe en un señero volumen llamado Memorias de España 1937 (México, Siglo XXI, 1992), hasta el momento el único de sus libros dedicado exclusivamente al ejercicio de la memoria. (Más lo que se acumule en aquel baúl con esencia felina resguardado por la Universidad de Princeton.)
Conformado por dieciocho capítulos, Elena Garro nos comparte su experiencia y sus andanzas por Madrid, Valencia… y el campo de batalla. En aquellos días yo era menor de edad, en España había una guerra civil y en México se daban de bofetadas en la calle los partidarios de uno y otro bando. Los mexicanos acudían a la embajada española para enrolarse en el ejército español. “Sí, sí, pero ¿en cuál bando?”, preguntaban los funcionarios. “En cualquiera, lo que quiero es ir a matar gachupines”, contestaban. Al menos eso se decía… […]
En ese momento, una joven cuya vida se repartía entre la danza contemporánea, el teatro y una inmensa (e intensa) pasión por la lectura, no sabría el giro que habría de dar su vida en ese atribulado 1937 en España. El viaje a España fue feliz. Yo, sin saber cómo ni por qué, iba a un Congreso de Intelectuales Antifascistas, aunque yo no era anti nada, ni intelectual tampoco, sólo era estudiante y coreógrafa universitaria. El barco inglés “Empress of Britain” era imponente y el capitán me mandó flores a la mesa, porque Nicolás Guillén y Juan Marinello hicieron correr la broma de que yo era una estrella rusa de ballet, que viajaba de incógnito. “La Pacecita tiene madera de artista”, decía Juan Marinello, a quien yo, por majadera, llamaba Juan Martinelo, pues siempre hablaba de Martí…
Estrella rusa del ballet, inglesa de cascos ligeros, ¡agente secreto, estilo Mata Hari!... Por epítetos y adjetivos, no paraban sus compañeros, y de cierta forma le “ayudaban” a conseguir cigarros Lucky Strike, o al menos un trato menos difícil cuando se vivía a salto de mata.
Pese a las circunstancias que le rodeaban, es decir, con la política como el pan de todos los días, para Elena su viaje a España fue una enorme oportunidad para ir más allá del charco atlántico, donde París, Francia, le era más interesante que la causa republicana enarbolada por sus coetáneos, como los cubanos arriba mencionados y un Alejo Carpentier tan lejos de Cuba y tan cerca de los Campos Elíseos, a los que les augura un mal destino andando el tiempo.
Una característica de la obra elengarriana, según Emmanuel Carballo, es la inclusión de personajes reales en su narrativa, a guisa de homenaje, o para consumar una vendetta literaria. (En Los recuerdos del porvenir se pueden encontrar ambas: por un lado, Ixtepec, pueblo donde se desarrolla la novela, remite a la Iguala de su infancia, y por el otro, convierte en boticario al poeta y traductor español Tomás Segovia. Un cuento de La semana de colores está protagonizado por Eva y Leli, a primera vista, Elena y su hermana Devaki cuando eran niñas.)
Dentro de los linderos de la memoria, los personajes reales aparecen sin filtro, es decir, tal y como se dejaron ir en el tiempo. De los más entrañables que aparecen en Memorias de España, están el narrador campechano Juan de la Cabada y los poetas españoles León Felipe y Luis Cernuda, de quien tenemos la siguiente estampa: En Valencia, cuando me escapaba a la playa, veía todos los días a un inglés tendido sobre una toalla blanca y con un bañador azul. […] No fue él quien me dirigió la palabra, fui yo: “¿Usted es inglés?” “No, soy español.” “Pues tiene un color más bonito que el mío”, dije. “Es que hace más tiempo que vengo a la playa”, contestó. “Yo casi no puedo venir. Estoy casada con un poeta y a esa gente no le gusta el deporte…”, dije. El joven rubio enrojeció aún más: “Yo también soy poeta, me llamo Luis Cernuda”, dijo. Casi no supe que decir, pero vi que era verdad que Concha Albornoz era su única amiga. Concretamente, con Juan de la Cabada logra una fuerte amistad mientras transcurre el viaje por España; además de “vigilarlo” por encargo de los “camaradas” para que escribiera su “Taurino López” (uno de sus mejores cuentos), con De la Cabada improvisaba romances jocosos para que el trayecto hacia otros frentes fuera menos pesado. Y qué decir de León Felipe, cuya mirada no cesaba de sorprender a Elena. (Seguro que ya presentía el carácter melancólico de su ulterior poesía…)
-¿Qué pasa, León Felipe?
-Me duele España, chiquilla, me duele…
También a mí me dolía.
(Esa dolencia persistió tres décadas después, como transterrado, en la tierra natal de su colega más joven.)
Así como en varias páginas de Memorias de España Elena Garro expresa (y critica) la pasión política y el fervor por defender a una nación desvalida, también aparecen claras muestras de solidaridad con los suyos, como Silvestre Revueltas, más dejado a su suerte que ella, donde el alcohol y la presión de los “camaradas” para componer su México en España (himno de los combatientes mexicanos en el frente de batalla), fueron dos factores que delimitaban su infortunio. Cuando Elena le muestra las dos capas que compró con el dinero que le diera Paco Picos, un amigo de Madrid, Revueltas le pide que le preste una para cuando éste diera un gran concierto en México; Elena ofreció obsequiársela llegado el momento. ¡Pobrecito Revueltas!, para él no hubo milagros. En México, cuando iba estrenar El renacuajo paseador mi capa no le sirvió de nada, pues la noche del estreno se murió de pulmonía. ¡Así es la vida! Él, el artista más pobre, que no tuvo ni para comprarse un abrigo en España, por lo que armé un escándalo con los compañeros cuando propuse que cotizáramos todos para comprárselo, tuvo en su entierro coronas de gran lujo.  Con la mitad de una se hubiera podido comprar un abrigo magnífico en Madrid. Ante su tumba abierta estaban todos los intelectuales que nunca le resolvieron sus problemas, excepto Juan de la Cabada.
Una peculiaridad primordial de Memorias de España 1937: decir las cosas por su nombre. Ante la muerte de Revueltas, ella se indigna por la poca consideración de sus colegas hacia el compositor, y páginas sobran donde Elena crítica la poca congruencia de los intelectuales hacia sus propios colegas. (En ese sentido, hubiera tenido en José Revueltas, hermano de Silvestre, a un afortunado aliado en esos empeños, pero la política de su tiempo encerró a uno y expulsó a otra.)
Dentro de la obra de Elena Garro, ¿qué lugar ocupa Memorias de España 1937? Frente a sus “hermanas” novela, cuento, nouvelle y poesía, el ejercicio memorialista entrega nombres y apellidos reales, sin que el tamiz de la ficción les otorgue otro brillo. Aquí Elena no se anda por las ramas en cuanto a homenajes y vendettas, sino que al retratar a sus contemporáneos, los justiprecia mejor. De la Cabada, Revueltas, León Felipe y Cernuda, genios en estado puro; Siqueiros, Alberti, Paz, destellantes e incendiarios. Sobre este último: Los mexicanos siempre compadecieron a Paz por haberse casado conmigo. ¡Su elección fue fatídica! Me consuela saber que está vivo y goza de buena salud, reputación y gloria merecida, a pesar de su grave error de juventud. (Por todas las peripecias que les tocó en suerte vivir, su vida sería algo más que una novela… eso creo.)
Frente a libros como Paños menores de Gerardo Deniz y el díptico memorialista de Andrés Iduarte, Un niño en la Revolución mexicana y El mundo sonriente, Memorias de España 1937 sobresale por una prosa sin concesiones, donde cada nombre (presencia, diríase) busca su lugar correspondiente dentro de la historia (con y sin mayúscula inicial). Muchos de los personajes (todos, inclusive) aparecen allí con defectos y virtudes, y eso los vuelve interesantes a nuestros ojos (porque los integérrimos, como decía Javier Garciadiego, no nos interesan para nada).
Con todo, y en pleno fervor centenario (que para Elena Garro viene a ser una indispensable redención), parafraseo a Jorge F. Hernández al decir que hoy debe nacer el próximo lector de Elena Garro; uno al que le queden guangos todos los prejuicios, y se quede con la obra, sin más ni más, porque, después de todo, para narrar la memoria siempre habrá ocasión, porque si el acto de recordar sigue siendo un arte difícil, una vida como la de Elena Garro por sí sola sobrepasa ese paradigma. (Sin duda alguna.)

[Versión ligeramente modificada del texto leído en la mesa redonda Elena Garro: El despliegue de una partícula revoltosa, el 27 de septiembre de 2016 en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán.]
(28/septiembre/2016)

miércoles, 15 de febrero de 2017

Iluminación e itinerario


Ulises Velázquez Gil

Una frase que solía repetir de memoria el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón es la siguiente: “Yo aprendo más de un joven compañero que de un viejo maestro, y un viejo maestro aprende más de un joven compañero que de otro viejo maestro”. En la literatura como en la vida, la convivencia con nuestros contemporáneos deriva hacia dos escenarios: el llamado y el aprendizaje; para el primero, la conciencia de la vocación postrera, mientras para el segundo, la persistencia frente a las cosas que salen a nuestro encuentro. (Para ambos casos, todo se resume a una retroalimentación constante.) 
Una institución mexicana donde mejor se conjugan llamado y aprendizaje, sin duda, es El Colegio Nacional, en cuyo postulado, Libertad por el saber, se generan caminos hacia diferentes campos del saber: de las ciencias (exactas, naturales y sociales) hacia las humanidades y las artes, y viceversa. Al momento de recibir a un nuevo integrante en sus filas, dicho postulado recobra un proteico significado.
Para el caso del académico y escritor Vicente Quirarte, ingresar a tan insigne institución conlleva –como en uno de sus héroes de infancia– una enorme responsabilidad; pero cuando llega el momento de presentar su lección inaugural, tal parece ser lo contrario. Y en El laurel invisible esto de nota a todas luces: Quien contribuye a fortalecer el conocimiento sabe que la página escrita mañana o el futuro hallazgo en el laboratorio aspiran a tener menos imperfecciones que los descubrimientos de ayer. Los ritmos de la creación y la investigación en cada uno son diferentes e imprevistos, pero el pensador auténtico sabe que la tarea no termina y está siempre postergada. Concluido un deber, nos espera el estímulo del siguiente: con la misma precisión del albañil al levantar un muro.
En el fragmento arriba citado, Quirarte asume que el conocimiento (el saber) se halla en constante proceso, sea para aumentar datos, sea para cambiarlos. Lo que marca la diferencia es la actitud al afanarse en esos empeños; en otrras palabras, la juventud en cuanto idea de vida: […] un viaje al país de los años verdes, donde todo se decide, con atisbos a otro dominio más lejano en el tiempo y el espacio: el de la infancia donde la alquimia es aún más sutil pero sus consecuencias, definitivas. Un viaje cada día más lejano y paradójicamente más próximo.
Sin embargo, la travesía del joven no suele ser la más halagüeña (pese a tener “una cabeza repleta de sueños”, igual que una canción del grupo británico Coldplay), pero sus armas para afrontar el mundo poseen otra naturaleza. Nadie tan solo como el joven. Nadie tan acompañado, aunque lo pueblen ausencias y fantasmas. Los jóvenes de los que se ocupa Quirarte ejercen la escritura en toda suerte de trincheras, donde la “burocratización” del trabajo creativo (“escribir lo que se hace en vez de lo que se desea”) se procura evitar. Sobre la argonáutica del grupo Contemporáneos (tema de otras disertaciones académicas, por cierto) dice lo siguiente de sus tripulantes: Habrán de librar batallas semejantes contra sí mismos y contra la mezquindad de su entorno. Sin embargo, sus armas para el combate perdurable, el de la poesía que vence al tiempo, serán tan diferentes como sus personalidades.   
Otro aspecto a señalar de El laurel invisible es la forma cómo la juventud se manifiesta en el oficio creador de sus ejecutantes: En siglos anteriores el promedio cronológico y la calidad de vida eran menores que ahora […]. Escritores como Rubén Bonifaz Nuño, Rosario Castellanos, Juan José Arreola y Salvador Elizondo urdieron sus obras fundacionales en la plenitud del treintañero que no se cuestiona el mañana, sino se afana en el día presente. (Dicho sea de paso, en las obras de ellos todavía podemos leer esa mirada prístina, susceptible a nuevas lecturas, donde la que parece ser la última palabra sea sólo el encantamiento de la primera letra, quizá la definitoria.) Cada nuevo libro es como el primero, pero nada se parece al temblor inicial de sentir el pensamiento transfigurado en letras. Tras haber incidido en el cuerpo del lenguaje, las palabras se incrustan con tinta en la blancura.
Una anécdota que suele recordar el chileno Antonio Skármeta cuando Pablo Neruda recibió de él su primer libro de cuentos: “Todo primer libro de un escritor joven es bueno. Mejor esperemos el segundo”. Cuando el escritor joven sabe que su ópera prima ya es una hazaña por sí sola, sin embargo, dicha proeza carecería de sentido si no se halla en el texto una empatía hacia lo que se es con lo que se desea expresar: No se escribe para los jóvenes pero ellos son los mejores jueces y lectores, los más proclives a acudir al conjuro del desastre. Pero cuando éste llega al joven para sumirlo en una pesadumbre, abulia o zona de confort, el mejor remedio es tirarse a matar contra el tiempo y guardar algo de fuerza para empresas venideras, porque La congruencia, la lealtad y la victoria sobre uno mismo no son tarea fácil. O como José Emilio Pacheco sentenció en pocos versos: Ya somos todo aquello/ contra lo que luchamos a los veinte años.
(Paréntesis aparte: en mis mocedades universitarias, me repetía a voz en cuello no dejarme llevar por la premura del tiempo presente, es decir, que un buen texto se escribe despacio, con cada cosa en su lugar. Hoy día, en plenitud de mi tercera década, sigo sosteniendo lo mismo, pero cuando se tiene una columna –literatura bajo presión– no cesa uno de descubrir las maravillas del maquinazo. Quizás.)
Casi en la recta final de El laurel invisible, Quirarte hace énfasis en una palabra solar e imbatible: plenitud, misma que se encuentra en la felicidad de darse a los otros, de recibir y compartir al unísono un hallazgo nuevo, el redescubrimiento de un lugar antes visitado (pero jamás explorado, que lo vuelve más interesante aún), sobre todo en esa conversación con el mundo, expresa en el arduo arte de leer a nuestros contemporáneos. Quienes tenemos el privilegio de estar cíclicamente en el aula contamos con un juez y un defensor infalibles: el alumno que con su ejemplo nos obliga a sentir y pensar doblemente. Obras de jóvenes ya están fundando este siglo XXI […].
En estos tiempos, donde la realidad es mera utilería y se adolece de buenas ideas, digno es recordar esto: El secreto no es ser joven sino mantener la juventud, la inconformidad ante la vida que no prospera, la frase mal articulada, el proyecto superior al pensamiento. Si nuestros epígonos del ’68 parisino pedían lo imposible en aras de ser realistas, le sentencia anterior es el modus operando para ejercer la juventud en lugar de llevársela puesta, como aconsejaba la primera actriz Ofelia Guilmain.
En suma, ¿dónde radica la importancia de El laurel invisible? Desde antaño, un discurso tiene la toral misión de conminar a quien lo escuche para tomar una postura y así se enfrente a la vida misma. Este libro de Vicente Quirarte, a guisa de profesión de fe, nos otorga iluminación e itinerario para enfrentar los embates del tiempo presente, presa de espejismos y de palabrerías. Y para estar en buena sincronía con la obra quirartiana, debe leerse a la par que Los días del maestro, y de esta manera comprender mejor sus claves de ruta.  
No cabe duda que en la literatura como en la vida, aprender de los jóvenes compañeros es indispensable, pero hacerlo a la par que ellos, meramente necesario. (Ustedes ¿qué piensan?)

Vicente Quirarte. El laurel invisible. Discurso de ingreso. México, El Colegio Nacional, 2016.

(12/octubre/2016)