Mostrando las entradas con la etiqueta Placeres culpables. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Placeres culpables. Mostrar todas las entradas

martes, 5 de octubre de 2010

¡¡Tuiteritos a volar!!

Hace más de seis meses (y ello justificará la enorme ausencia en este espacio), y gracias a que un conocido mío me hiciera -literalmente- manita de puerco, incurrí en una de las empresas más extrañas que se podían imaginar: abrir una cuenta de Twitter. (Renuente a ceñir en 140 caracteres, incluyendo espacios, todo un pensamiento y/o una acción, me dije que dicha empresa es sólo semejante a la de hacer aforismos, silogismos y neologismos, territorios vedados para mí luego de leer, desconcertado al fin, la obra de E. M. Cioran. Sin embargo, decidí intentarlo.) Ahora les cuento lo que viví en la feria.
Creado en un principio como suerte de mensajería instantánea, el tuíter (representado por un pajarito azul) cumple su función de dar a conocer las palabras del momento, es decir, alguna cosa que genere cierto interés y, claro, pasar en un instante de lo más profundo a lo más banal. Y viceversa. Desde luego, bajo la dictadura de los 140 caracteres, en los cuales se resume un tour de force con tal de abreviar las cosas. Ocasionalmente, ha pasado de la polémica fuerte (dar el pitazo a los automovilistas para así evitarles los engorrosos retenes del alcoholímetro, por ejemplo), absurda (el famoso shalalá bicentenario) y azucarada (la carrera artística de Anahí), hasta la inteligente (los "toritos" de la revista Algarabía, las efemérides del Fondo de Cultura Económica), reflexiva (los atinados reportes de Irma Gallo, Katia D'Artigues, Paola Rojas y Melissa Vega), interesante (las acrobacias verbales de Gilberto Prado Galán, Aurelio Asiain, Miguel Carbonell, etc.), e inclusive la denuncia (como Federico Arreola, que se explica solo), no cejan en suscitar una que otra reacción, misma que suele compartirse gracias al retweet, forma simplificada del reenvío, hacía otros tuiteros, quienes (por lo que dices o hasta por lo que no callas) deciden seguirte, y, en reciprocidad, deberías corresponder haciendo lo propio. (As you like it...)
Hay tres elementos a resaltar en el tuíter, que he seguido a cabalidad y que -me declaro culpable- lo mismo han aumentado que disminuido mi número de seguidores (followers): uno, hay tópicos recurrentes que se indican mediante un símbolo de gato (#) o hashtag, donde, se descubre, que hay millones y millones y millones de personas pensando en la misma cosa. Por ejemplo, #juevesdelibros es el pretexto para recomendar lo que leemos, lo que se debería leer, y hasta lo que no quieres, claro está. El segundo elemento peculiar es el llamado Follow friday (#FF), donde cada usuario recomienda -el viernes, claro- algunos de su libre elección, incluyendo, si se gusta, alguna razón para ello. Y la tercera razón que encuentro, es, ya se habrá ustedes imaginado, la rapidez en las informaciones, donde la credibilidad se prueba a cada minuto. Me explicaré mejor. Debido a su naturaleza de mensajería (cuasi) instantánea, hay usuarios que se pasan de veras y nos cuentan hasta lo que no queremos... o nos empeñamos a no escuchar, como ciertas figuras de la política, que hacen crítica sana o franco destripadero. (Es más, hasta los hay espurios, tanto en sus comentarios como su propia cuenta.)
Entre la fauna y flora que vive a flor de piel una experiencia tuitera, nunca faltan los vivales que, bajo el nombre de alguna celebridad, hacen de las suyas y se hacen de seguidores a diestra y siniestra, para que sus reales intenciones (malas intenciones) salgan al aire. Afortunadamente, varias luminarias han ejercido su derecho y acaban por legitimar su cuenta y, claro, su nombre. Y ya que hablo de peligros, uno muy presente en estos tiempos es darlo todo por hecho. Varias empresas de los mass-media tradicionales, han tomado al tuíter como fuente principal de sus noticias, cosa que suele confirmar el tiempo... o desmentir los indiciados, según parezca. Y hasta aquí con los tópicos generales.
En primera persona, mi experiencia como tuitero (¡¡Tuiteeeeeroooo, tuiteeeerooo...!!) no es tan apasionante ni tan petardista; simplemente me gusta comentar lo que haré al día siguiente, las lecturas que hago, los encuentros suscitados, las cosas que me salen a la vera del camino, en fin... una forma de la vida misma. (Si no me creen, los invito a comprobarlo: www.twitter.com/Cliobabelis)
Finalmente, como el pajarito azul que lo distingue, sólo me resta parafrasear aquella canción de sobra conocida, con perdón de la inolvidable María Jesús y su acordeón, desde luego. (Un heterodoxo homenaje, si gustan.)

Tuiteritos a volar,
cuando están en la red,
el enlace hay que seguir,
tui, tui, tui, tuíter.

El borlote o la pasión,
o la recomendación,
el enlace hay que seguir,
tui, tui, tui, tuíter.

Un 'unfollow" tú tendrás,
y lo propio tú harás,
el enlace hay que seguir,
tui, tui, tui, tuíter.

Seguidores, pa' variar,
y esperando qué dirás...
¡¡Te seguirán!!

Estarás en tuíter,
¡¡ah, qué papelón!!
Vente, vamos a chismear,
comiendo prójimo tú estarás.

Estarás en tuíter,
¡¡oh, que la canción!!
Vamos a pelar gallo,
y un ventanazo, auch, no librarás.
(Cíao!!)

domingo, 11 de julio de 2010

Sudáfrica 2010 en diez estampas

Hace un mes, y con motivo del inicio de la XIX Copa del Mundo, Sudáfrica 2010, tuve la oportunidad de comentar mis acercamientos con el futbol, donde, cabe recordarlo, no paso de la democrática categoría de hincha villamelonesco, es decir, que tengo ciertas nociones, pero no soy tan pambolero de hueso colorado. Sin embargo, he disfrutado en estas semanas de varios partidos inolvidables, e igualmente de la parafernalia generada a su alrededor. (Sí, señores, confieso apenado que sí he bailado y cantado el "Waka Waka", conocido, aunque sea de oidas, a la vuvuzela, prima lejana de nuestras cornetas futboleras, e incluso hacer tremenda mofa del pulpo Paul -imaginarlo en un delicioso plato de paella si fallaba en su pronóstico, claro- sin siquiera aplicar sus predicciones a la quiniela del progol.)
Ahora bien, y a escasos minutos de ver una inusitada final en la historia del Mundial, dejo algunas estampas sobre esta décimonovena copa, la cual describiría en una sola palabra: inédita. Por albergarse en un continente olvidado, por mostrarnos la fuerza y la juventud de varias selecciones nuevas y, desde luego, por llenar de esperanza a una humanidad que no requiere de armas ni de tratados para hacerse respetar. Al final, se cumple aquella sentencia de Juan Villoro: Dios es redondo. Véamos pues.
  1. Debacle de Les Bleus: la selección francesa, que hasta hace poco dirigió el francés Raymond Doménech, con todo y su malograda cualidad de sub-campeón en Alemania 2006, no consumó el pase a los octavos de final. Un bizarro empate con Uruguay, la pírrica victoria de México y un desconcertante encuentro con Sudáfrica, mandaron de vuelta a Europa a una selección dividida, que busca ahora renacer para la Eurocopa 2012. (Una tremenda vergüenza para los Dioses de St. Denis, a quienes seguiremos recordando: Zidane, Barthez, Trezeguet, Vieira, Djorkaeff, Henry, y su legendario entrenador Aimé Jacquet.)
  2. Cita con el destino: Ya que mencionamos a Thierry Henry, y su mano traviesa que dejó sin clasificar al equipo de Irlanda, cabe decir que Francia pagó caro su lugar en la justa mundialista, haciendo ver que Irlanda sí debió estar allí por derecho propio. Pero también el equipo italiano, la squadra azzurra, recibió su merecido por aquella triste final en Alemania 2006. Ambos equipos, campeón y sub-campeón, respectivamente, sí terminaron por encontrarse de nuevo... ¡¡pero en el aeropuerto!!
  3. Exceso de confianza: Fabio Cappello, entrenador del equipo de Inglaterra, y el más caro de la historia del futbol, al igual que su homólogo argentino, Diego Armando Maradona, son la prueba fehaciente de la eficacia de aquel refrán que dice: "Presumir de buen cantante para salir con su 'la ra lá'". Cappello, a duras penas llevó a la selección de la rosa hasta los octavos de final y con la "eficacia" de su portero, peor aún... Y ¿qué decimos de El Diego? Pues casi lo mismo, sólo que la pesadilla de Italia '90 acabó con un sueño y, claro, con un exceso de confianza. Hasta los dioses tienen miedo.
  4. ¡¡Sorpresa, sorpresa!!: La selección de España, después de fallar ante su similar de Suiza, demostró que sí tiene bien puestos los tacos para afrontar mejores y más difíciles partidos. Y quedó más que demostrado con su inusitada llegada a la gran final, donde medirá fuerzas con una leyenda viva, Holanda, invicta desde su primer partido en Sudáfrica. (Sneijder vs. Villa.)
  5. Como siempre... el tri: Sin importarles mucho el valor de jugar el partido inaugural, ante los anfitriones, los bafana bafana, la Selección mexicana volvió a hacer de las suyas. Un bizarro empate precedió una victoria pírrica ante les Bleus y una esperada derrota ante los uruguayos, para luego, claro, temblar ante unos argentinos que lo tuvieron todo. (Pero de lo perdido, lo encontrado: el Chicharito Hernández, con una prosapia pambolera tras de él, formará parte del Manchester United, y el sui generis de petatiux, Cuauhtémoc Blanco, prepara un retiro para muchos -me incluyo- ya esperado.) En una palabra, ¡¡los hicieron sandwich!!
  6. Más jugosa que nunca: La selección de Holanda, la famosísima Naranja Mecánica, demostró una enorme fuerza y un tremendo dominio del juego. No por nada todos los partidos jugados lo volvieron el invicto de su grupo. Su mayor recompensa, luego de ganarle a Brasil en la ronda de cuartos, llegar con vida a las seminfinales y de allí, al partido final. (En este caso, su experiencia previa en las finales de Alemania '74 y Argentina '78, y sin toparse con teutones y porteños, sólo les resta un destino: ganar. A ver qué pasa.)
  7. África mía, ¡¡era suya!!: De las pocas selecciones africanas que participaron en la justa deportiva, sólo Ghana obtuvo el privilegio de llegar a cuartos de final. Camerún, Nigeria, Costa de Marfil, y la propia Sudáfrica se quedaron en el camino, donde evidenciaron muchas deficiencias en su estructura; Nigeria salió muy mal librada de esto, quián sabe cómo se lo cobrará el futuro. Ni siquiera los bafana bafana sacaron la casta, les valió poco ser los anfritiones ¿no creen?
  8. Monarcas destronados: Alemania tenía todo para recuperar el honor perdido en veinte años de sequía; desde la sabrosa victoria en Italia '90, la aplanadora germánica no ha visto la suya. Ni siquiera el hecho de organizar la copa de 2006 les dio más fuerza para obtener el tetracampeonato y pisarle los talones a Brasil en cuanto a copas ganadas se refiere. Destacamos de su participación el hecho de mandar a los ingleses y a los argentinos a su casa, pero subestimaron a la Furia roja... y les costó llegar a la final. (Creo que la ausencia de Michael Ballack influyó en algo...) Ahora con un tercer lugar, un futuro incierto aún les espera de vuelta.
  9. Nobleza obliga: Uruguay, primera selección de la historia en ganar la primera Copa del Mundo en su propia tierra (1930) y ganarle a Brasil en sus propios terrenos veinte años después (el maracanazo), regresa por sus fueros en Sudáfrica, bajo las órdenes de Óscar Washington Tabares, y con uno de sus grandes cracks en la alineación: Diego Forlán. A Uruguay le correspondía, por derecho divino, recuperar su trono, pero la juventud de tres selecciones europeas le hizo ver su suerte. (Queda la Copa América del año próximo para confirmar su fuerza.)
  10. Nuevos herederos, ¿viejos conocidos?: Brasil, como futuro anfitrión mundialista en 2014, tiene el deber de representar (y bien) a una fanaticada que los sigue con franca devoción, y más si la copa en cuestión se juega por segunda vez en tierras verde amarela, ¡¡después de 64 años!! Respecto a lo que dejaron en Sudáfrica, la selección dirigida por Dunga nos regaló algo del jogo bonito, pero quien mejor lo hizo fue, cosas de la vida, una Naranja muy jugosa. (Esperemos que ahora sí Ronaldinho sea de los elegidos y que la magia crezca. Oxalá.)
No cabe duda que Sudáfrica 2010 fue un mundial lleno de sorpresas, pero también varias cosas salieron a la luz, como el simple hecho que se trata de un país con sus propias desigualdades sociales, igual que México y quizás un poco peor. El futbol sí sirvió de algo: llenar de esperanza a una nación joven, que buscará, ya fenecido el fervor mundialista, su nuevo destino. Incluso, me atrevería a decir, que Sudáfrica nació dos veces: una, con la caída del apartheid y la integración racial, de la mano de Nelson Mandela, y otra, gracias a Jacob Zuma, actual mandatario, después de poner a Sudáfrica en el mapa internacional, al menos, por un mes. (The rest is not our business.)
Finalmente, sea la Furia roja o la Naranja mecánica, quien se lleve la copa y se convierta en el octavo país en obtenerla, debe reconocer, ante todo, el espíritu que rige a esta justa: un buen juego y nada más.
¡¡Nos vemos en Brasil 2014!!

viernes, 11 de junio de 2010

¡¡Waka waka, Sudáfrica!!

La desventaja de nacer en año sandwich, es decir, después de las Olimpiadas y antes de una Copa del Mundo (y viceversa), siempre conlleva fletarse todos los sucesos de y en torno a dichos sucesos, cuya periodicidad de cuatro años, puede inflarlos en demasía o darles la importancia de un cacahuate. Sin embargo, he decidido entrar en la marabunta del momento y dedicarle unas cuantas líneas al tópico pambolero.
Primero una leve confesión. Nunca se me dio el futbol, ni siquiera en la materia de Educación física, pero el interés surgió, por así decirlo, en las gradas. Como el fervor futbolero andaba en todas partes, varios de mis compañeros jugaban -ellos sí, aptos por naturaleza- la típica cascarita, y también se daban tiempo para llenar los álbumes con estampas de sus equipos favoritos. (Recuerdo que intenté llenar uno, sobre Italia '90, cosa que casí logré, mas con una postera decepción: no era el álbum oficial, producto de una editorial con nombre cuasi italiano, como de pizza... Y hasta ahí me quedé.) Tiempo después, una marca de chicles sacó a la venta unas bolsas con productos de su factura, con tarjetas de regalo y alusivas a Estados Unidos '94, ventaja que un compañero de entonces -cuyo paradero me gustaría saber, de paso- supo explotar al máximo: se volvió mi dealer tarjetero, tanto de futbol como de comics. Mi reinvindicación con el pambol llegó con Francia '98, mundial que me agarró en la preparatoria y el cual seguí con verdadera devoción, y mucho más cuando la Selección Nacional, el Tri, jugaba, aunque doliera la ronda de penales más adelante. Pero también nació una gran simpatía por otro gran equipo: Les Bleus, el equipo de Francia. Y mucho más cuando era anfitrión y contendiente. Aquella selección, compuesta por jugadores oriundos de antiguas colonias francesas en América y África, fue la revelación de aquella copa mundial. Mientras todos daban por sentado que Brasil abrazaría su quinta copa y que los alemanes llegarían a la final, luego de ocho años de espera, fui el único ingenuo que supo del potencial de Francia. (Hasta la fecha, ¡¡me siguen pidiendo la receta!!) De pilón, confieso que me dolió aquella gran final de Alemania 2006, entre Francia e Italia, donde la squadra azzurra se hizo de una victoria que no era suya, evidenciando la humanidad de los Dioses de St. Denis, como Zinedine Zidane y Fabien Barthez.
En este 2010, el furor futbolístico llega, por vez primera, a tierras africanas. Sudáfrica organizará una Copa del Mundo en un ambiente aún rezagado logísticamente hablando, pero cuyo ambiente social quizás le dará el beneficio de la duda. Y como le sigo la huella a mis dos selecciones, natural y elegida, a la hora del sorteo de la FIFA, me fui de bruces cuando supe que ¡¡estarían en el mismo grupo!! Y con el país anfitrión y Uruguay dentro del mismo, México se había sacado la rifa del tigre. (A ver cómo les va...)
A unos cuantos minutos del partido inaugural, México vs. Sudáfrica, cabe decir que el fervor deportivo nos sube un poco el ánimo, y más ahora en estos tiempos globalizadamente incorrectos. Obviamente, apoyo a mi equipo (como buena parte de mis compatriotas, claro) y espero de éste más que un gran desempeño en la cancha. Nos resta un mes de enconadas polémicas y acendradas pasiones pamboleras, pero hagamos lo posible por pasarla bien, al menos, en los próximos 90 minutos, donde todo debe brillar, o como se dice allá en tierras mundialistas, waka waka (y en la voz de Shakira, para acabarla...) Y ya.
¡¡Waka waka, Sudáfrica!!

martes, 2 de febrero de 2010

Mecano "Siglo XXI": pro domo sua

Hace algunas semanas, dediqué unas cuantas líneas al engorroso tema del Best Of discográfico, enunciando pros y contras, a sabiendas de aceptar, en primera persona, aquel placer culpable. Ahora retomo el tema (no por completo) para enfocarme en el disco Siglo XXI, tercera recopilación del grupo español Mecano, mi reciente compra discográfica. Para los aferrados fans del grupo (con una apenas disimulada pátina de geeks), está recopilación fue un producto más de las maquiavélicas mentes de la casa disquera. (Bueno, no exageren tanto...) Vamos por partes.
No hace pocos años, Mecano presentó al unísono su recopilación Grandes éxitos (dos compactos y un dvd) y Mecanografía, caja que reúne sus obras completas, cuya aparición en el mercado discográfico complació tanto a tirios como a troyanos. Sin embargo, recordemos que la primera recopilación, Ana Jose Nacho, fue tildada en su tiempo como acomodaticia y oportunista, pero a su vez como el (posible) regreso de un grupo... que nunca más volvió. (Con Nacho y Ana clavados en sus carreras solistas, y Jose, como pintor de postín, qué se podía esperar.) Como dije, el Grandes éxitos generó mayores expectativas y con esto, una compilación más que justa. Hasta ahora...
Se supone que con Siglo XXI, Mecano celebraría su treinta aniversario y qué mejor manera que con un compilado nuevo, hasta con canciones inéditas. Y ello obedece, creo, al franco deseo de acercar su música a las nuevas generaciones. En este punto, cabe decir lo siguiente: se me hace algo innecesaria esa intención dado que ¡¡se está cumpliendo día tras dìa!!, porque, sea como sea, en el soundtrack de nuestra vida tiene Mecano una toral presencia, misma que se hereda a los hermanos, los amigos y, con un poco más de empeño, hacia los hijos. Sin embargo... he de confesar que esta recopilación sí cumple con lo esperado, porque buena parte de las canciones incluídas son las favoritas de muchos y que desearíamos compartir con nuestros hermanos e hijos; las locuras juveniles de "Hoy no me puedo levantar", "Me colé en una fiesta" y "Perdido en mi habitación"; las geografías risibles de "Japón" y "Hawaii-Bombay", pero también las grandes pasiones humanas de "Cruz de navajas", "Me cuesta tanto olvidarte", "Mujer contra mujer", "La fuerza del destino", "Quédate en Madrid", "El 7 de septiembre" o "Cuerpo y corazón", por decir algunas. (Por el contrario, extrañamos éxitos poéticos como "Laika" y "Hermano Sol, Hermana Luna", pero "'Eungenio' Salvador Dalí" ya nos hizo el día. Sí que sí.)
Lo que sí no debo pasar desapercibido es la inclusión de dos remixes a "La fuerza del destino" y "Un año más", mismos que ya cuentan desde ahora con enconadas reacciones a favor y en contra. Si la tirada de la casa productora o del grupo es invitar a las nuevas generaciones para acercarse a la obra de Mecano, seguramente ya tienen asegurada la adhesión, pero también un fan menos. (Los remixes, cabe decir, me agradan mucho, pero si piensas que son infinitamente mejores las originales, mejor abstenerse.)
Finalmente, queda por decir que el Siglo XXI de Mecano es una buena recopilación, mejor que el Ana Jose Nacho, eso sí. De cualquier manera, ustedes, como fans de Mecano y melómanos a fin de cuentas, tienen la última palabra. ¡¡Muchas gracias!!

viernes, 18 de diciembre de 2009

La tentación del "Best Of"

En alguna ocasión mencioné lo desconcertante que resulta entrar en una tienda de discos para buscar un determinado compacto de la música que más me agrada. (Una de aquellas veces, entré para comprar compactos de Sarah Brightman, Astor Piazzolla y St. Germain, para intercambiarlos por otros intérpretes y, finalmente, quedarme con mis selecciones previas.) Sin embargo, es doblemente engorroso entrar en dicha tienda y enfrentarme a un monstruo más que fatal: los Best Of. Seguro más uno me dirá, "Pero si se trata de una buena inversión, así no gastas demasiado en todos los discos de equis cantante y/o grupo". Cierto, pero a su vez, falso. Vamos por partes.
No sabemos a ciencia cierta de quién procede la idea: tanto artistas como productores insisten en ello, según las intenciones de cada tiempo, desde luego. Para unos, es una carta de presentación para un fan en potencia; para otros, una manera segura de obtener más dividendos económicos sobre algo que tuvo sus grandes glorias hace mucho tiempo. Según el hoyo de la dona donde se vea. Sin embargo, siendo melómano declarado y cazador de discos imposibles, debo confesar que me agrada adquirir los Best Of, pero a su vez, caigo en un hoyo sin fondo. Todo esto, según la música del momento.
Hace una semana, hice escala en mi tienda favorita de discos, localizada en la esquina de Eje Central y República de Cuba. Además del Viva la vida de Coldplay (que me habían regalado horas antes, por cierto), planeaba comprar otros dos discos y así tener muy buena música que oír durante las vacaciones navideñas. Y como siempre, traía presente hallar un determinado disco: en esta ocasión, Symphony de Sarah Brightman, el cual sí encontré, pero a dos anaqueles de distancia, me topé con un dilema doble: estaban frente a mí el Paint the sky with stars y The very best of Enya, sendos álbumes recopilatorios de aquella cantante irlandesa. Resolví llevarme uno, de acuerdo con un criterio muy simple: checar las canciones en común, pero me llevé un chasco: ¡¡ambos tienen las mismas canciones en común!! Entonces apliqué otra táctica: checar cuál tiene algunas canciones difíciles de conseguir por separado. Apelando al resultado de esto, me llevé el segundo disco. Cuando llegué a mi casa, puse el disco de marras en la charola del modular y, hasta ahora, no me arrepiento. (Cabe decir que dos tracks pertenecen a la banda sonora de The Lord of the rings: "May it be" y "Aníron".) Ya habrá otro momento para adquirir el otro. Tal vez.
Alguna vez una colega mía me declaró su aversión por los Best Of, quizás por su arbitraria selección de canciones, y que más vale comprar los discos, por aquello de las ediciones especiales y hasta de edición limitada, si se quiere. Para un melómano sin demasiadas pretensiones, es una manera efectiva de conocer una música, un grupo o un cantante nuevo, suerte de tarjeta de presentación para adentrarse en su obra y así, en lo sucedáneo, comprar el resto de su obra, incluyendo las ediciones especiales para coleccionistas y hasta los mismos recopilatorios con más sorpresas. Ejemplo de ello: Anthology de Los Beatles, que por sí misma merece capítulo aparte. Otra razón que motiva la creación de un Best Of, es la reunión de varios éxitos, cuya vida rebasó el single radiofónico, pasando por las versiones remix y los inéditos; el Hit de Peter Gabriel, claro ejemplo de ello. [Breviario cultural: hasta la fecha, el cosmopolita y helénico Vangelis ha tenido cerca de ¡¡cinco álbumes recopilatorios!! y en diversos años, pero con la gran diferencia de añadir variantes en la misma melodia, mismas que no se encuentran en ninguna de las producciones previas; por ahora, muchos de sus fans debaten cuál es su compilación definitiva: para unos es el Portraits (1995); para otros, el Reprise (1999), y para el resto, el Odyssey (2003). Qué cosas, ¿no creen?]
Cierro estas líneas aún meditando sobre la bondad y/o el desastre del Best Of. Por mientras, cederé a la tentación. De cualquier manera, se trata de una antología sin más ni más, como las de poesía o narrativa, sólo que en el mundo de las letras, hay dos que tres florilegios que han sobrevivido al tiempo, convirtiéndose en verdaderos clásicos; tampoco olvidemos que otras selecciones no han pasado la prueba del añejo, sea esto por el mal tino de sus compiladores. Ocurre la misma empresa con la música. Pero dejo en ustedes la última palabra al respecto. Claro está.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Au revoir, bolsita de hule...

Hace unas semanas, en la Ciudad de México, se anunció el retiro paulatino de las bolsas de plástico de las tiendas de autoservicio, las cuales se sustituirán por unas de uso rudo, pero benéficas al medio ambiente. (Y, para comodidad del usuario, también podrán adquirirse en la propias tiendas.) Para un adicto al súper (como quien esto escribe), es una excelente noticia, dado que tendrá que lavar su bolsa de mandado o, en su defecto, llevarse alguna de las bolsitas de segunda división que logró rescatar de anteriores excursiones al centro comercial, y así cumplir con la compra del día. No está mal, ¿verdad?
Pero al saber de semejante noticia, me viene una reacción encontrada: ¿cuál será el destino de las bolsitas de hule que dan en las librerías? Afortunadamente, buena parte de aquellas bolsas, al paso del tiempo, se han convertido en improvisados fólders, envolturas emergentes para regalos de cumpleaños, y hasta para proteger de la intemperie el libro en turno que esté leyendo. Así, hasta que el tiempo jubila la bolsita en cuestión y su destino, sin más ni más, es el cesto de la basura. Sin embargo, no todas mis bolsas pasan por lo mismo.
Desde que me volví un irredento caza libros y un junkie de las librerías, alguna de las bolsitas que me dan, y cuyo diseño sea único e irrepetible, un día resolví guardarla. Y la misma suerte corría en las ferias del libro donde me apersonaba. Al paso del tiempo, ya no sabía la manera de mantenerlas a raya, hasta que dispuse guardarlas dentro de un sobre manila tamaño ministro, por si alguna vez las necesitaba. Y sí, cada vez que requería asistir a alguna presentación editorial, una charla con escritores, o simple y sencillamente, ir por lana para salir trasquilado, siempre entraba al quite una de éstas, dejando trunca mi colección informal, y si se quiere, hasta indestructible. (Ni modo, tengo alma de hule, sin que suene a disco de Los Beatles.)
Del Fondo, el pacificador hindú, mis amados Colegios (Nacional y de México), tiendas de discos con nombre prehispánico, y hasta de compañías papeleras que iluminan, todas han aguantado tres pianos y una orquesta completa: lluvias citadinas a mitad de la semana, ventas nocturnas en la Condechi, excursiones al COLMEX en horas pico, y hasta me han servido como caballo de Troya para ingresar a la Biblioteca Vasconcelos sin aduana ni paquetería de por medio. Y siempre vuelven a casa: algo maltrechas, eso sí, pero después de haber cumplido con su deber.
Me imagino que aquella colección de bolsitas de hule, si alguna vez llegara a desaparecer de mis manos, seguramente en unos años, sería expuesta en El Estanquillo en calidad de mexican curious, engrosaría el inventario de una casa de subastas en Londres y Nueva York, o tal vez se reprocesaría químicamente para hacer combustible para nuevos vehículos o para el maquillaje del mañana. La verdad, no lo sé.
De algo sí estoy seguro: que tendremos bolsitas de hule para rato, ahora regidas por un efímero tiempo de uso. Pero aquellas que motivaron estas ociosas líneas, serán mil veces superadas por las bolsas de tela cuya fama, irónicamente, también se debe a las mismas librerías. (Qué cosas, ¿no?)

viernes, 21 de agosto de 2009

Un paraíso en la "Condechi"

En el tiempo que llevo visitando librerías, he descubierto que cada una tiene su toque de distinción que las hace únicas, primeras en algo. Y no es para menos, porque cada visita debe ser una nueva experiencia. Aunque en mis primeros años, visitar una de las librerías del "pacificador hindú", era como sentirse Indiana Jones pero en su versión librera, y hacer escala en las del sótano se debía a una emergencia escolar, donde mejor me siento es en las Librerías del Fondo. Primero como cazalibros, luego como lector de postín y ahora como un irredento adicto a las Ventas nocturnas.
Sin embargo, no se vive el mismo ambiente en todas sus sucursales. Si en la "Octavio Paz" es inevitable encontrarse con determinado escritor, en la "Cosío Villegas" y la "Juan José Arreola" simplemente predominan el tedio y la demasía de novedades. Pero esto no se vive en la "Rosario Castellanos" ni por descuido. Mejor me explico.
Inaugurada hace ya tres años, en plena colonia Condesa, esta sucursal del Fondo es una versión mejorada de las demás (sin disminuir el valor de las otras, claro está), porque allí es donde se pueden ver en toda su magnitud todas las colecciones en las que se divide la producción editorial del FCE; así también otras casas editoras que presentan sus novedades, clásicos y algunas sorpresas, esperando a su lector ideal. Además, este lugar tiene varias ventajas: dos salas de lectura donde los visitantes pueden revisar a gusto los libros a comprar: nada como una rápida hojeada para decidir su segura compra, una posible opción para la siguiente visita o dejar el ejemplar en cuestión para otra persona interesada. (Cabe decir que esto se realiza en toda librería que se respete, pero la ventaja de leerlos en la comodidad de un sillón y con algo de tiempo a favor, es ya un plus.)
Para quienes viven a plenitud su cinefilia, esta librería del Fondo cuenta con un cine de arte para su completo deleite. (Antes de su remodelación, el edificio albergó por muchos años al cine Bella Época, antes Lido. Gracias al expansionismo cultural de la casa editora, ese edificio se salvó del olvido y de la triste nómina de antiguos cines dados al traste.) Después de la función, nada como pasar un buen rato en la cafetería. Y si le sumamos una galería temporal de arte, ¡¡qué mejor!! El tiempo de permanencia va por cortesía del visitante.
Hace unos meses, cuando se me canceló un encuentro con un colega escritor, no tuve otro remedio que hacer escala en la Condesa y leer un rato antes de regresar a casita. Por fortuna, dicha estancia no fue del todo mala, dado que me sirvió para encontrar un libro muy raro de aquel autor a quien había quedado de ver. (A la semana siguiente, éste quedó estupefacto al ver ese hallazgo bibliográfico. No en vano me llamó el caza-libros.) Todo lo contrario a esto, me ocurrió la semana pasada. Otro autor, a quien había contactado por e-mail, había quedado con quien esto escribe encontrarnos allí. Desafortunadamente, una tromba en Reforma, un compromiso contraído con antelación y una casa tomada por las cámaras de televisión, impidió que se llevara a efecto el encuentro. (Lo dejamos para dentro de dos semanas.)
Mientras esperaba, muy sencillo, tomé algunos libros de la mesa de novedades y me puse a leerlos. (Me pasé por las armas La palabra sobrevive y La rueda de la fortuna, libros de poesía de Carlos Fuentes Lemus y Helena Paz Garro, respectivamente.) En una segunda ronda, regresé de la paquetería con varias hojas para escribir y hasta logré darle forma a varias ideas para un artículo. Ya en la tercera, me dediqué a deambular por el lugar y pude ver a algunos escritores como Federico Campbell, quien disfrutaba del café y la lectura en la cafetería, a Francisco Hernández revisando varios diccionarios, e incluso a José Gordon echándose un sueñito en una de las salas. Como en el súper, no podía faltar la música ambiental. Si llegabas por las mañanas, era el jazz; a mediodía, bossa nova, y un poco más tarde, una nutrida selección de música francesa: desde Edith Piaf hasta Stéphanie de Mónaco.
Para serme franco, es en la "Rosario Castellanos" donde mejor me siento, sea como lector impenitente, sea como creador en ascenso. Viene siendo una suerte de paraíso librario, donde las sorpresas están a la orden del día. Desde la Venta nocturna del año pasado, me volví un asiduo visitante, y este año no será la excepción. No cabe duda que paraísos así, deben aprovecharse. Si alguno de ustedes se digna a visitarla, no se arrepentirán. Seguro que sí.

martes, 21 de julio de 2009

Breve historia del separador de libros

Desde que el mundo de las letras se ha vuelto mi vida, hay un adminículo muy importante en mi papel de lector, ya sea por investigación o por placer; este objeto me ha acompañado en varias circunstancias y no cabe duda que el mejor de todos los cómplices que puede haber. Me refiero al separador de libros.
Tanta es mi curiosidad por saber su origen, sin embargo, ni las enciclopedias de biblioteca ni sus epígonos cibernéticos me sirvieron de algo; de lo que sí estoy seguro es que el separador de libros ha existido desde el principio de la vida impresa. Aquel listón de color rojo (no encuentro otro nombre para éste; se aceptan aclaraciones) que se integraba a los gruesos volúmenes forrados en piel, sirve para detener la lectura, pero también para reanudarla en el momento que el tiempo lo permitiera. Sin embargo, a medida que el libro evolucionaba, ya no se incluía esa cinta, por lo que alguna persona, con tal de no perder el hilo de la lectura, agarraba cualquier objeto y con éste detenía su lectura. Bolígrafos, billetes, la lista del mercado, boletos de tren o tranvía, fotografías, en fin... con cualquier objeto se tenía un separador de lecturas al minuto.
Creo saber que el siglo XX trajo consigo la creación del objeto que motiva estas líneas: el separador. Hecho de cartoncillo o papel, con imágenes o caracteres de imprenta sobre éste, al principio fue una excelente puntada para aquellos que gozan de la lectura; sin embargo, la diversidad de materiales para su elaboración no paró allí: cuero, estambre, plástico, madera, etc. Dependiendo de su fabricación, casera o industrial, el toque esencial lo otorga la creatividad con que se ilustraba, ya sea una frase célebre, la publicidad de un comercio determinado, algún cromo religioso, o sea, alguna ocurrencia que le viniera al artesano. Las grandes librerías en todo el mundo han sabido hacer del separador de libros un arte, tal es el caso de las librerías Gandhi aquí en México, con sus boutades lingüísticas y semánticas. Y qué decir de los que regalan en las librerías de viejo en Donceles, que rescatan una parte primordial de la plástica mexicana contemporánea. Precisamente, estas cualidades originan una nueva fauna de coleccionistas al respecto, quienes pasan de librería en librería recabando todos los estilos de separadores al respecto. (Y para rematar, cada temporada crea sus propias colecciones...)
No sólo las librerías tienen sus series de separadores, también algunas empresas comerciales sacan al mercado sus propias colecciones, al igual que los museos, las bibliotecas, las tiendas de souvenir, las casas de moda, y párole de contar: la lista es larga y esa ocurrencia en cualquier lado germina.
A título personal, sí, también soy coleccionista de separadores; sin embargo, al mismo tiempo que voy creando una colección, también hago uso de éstos, y para ello, les doy un tip: donde vean muchos separadores, ya sea una librería, la presentación de un libro o algo que se le parezca, hay que tomar suficientes ejemplares de ellos, sin olvidar que uno va directamente a la colección privada y el resto, al libro que se esté leyendo en estos momentos o, simple y sencillamente, intercambiarlo con aquella persona que coincida en estos menesteres. (Bueno, es como coleccionar timbres postales, tarjetas de beisbol o estampas de álbum, sólo que en versión cultural, a caballo entre lo mamila y el underground.)
Finalmente, a pesar de que no haya una historia oficial del separador de libros, cada quien le crea su propia historia. No faltarán empresas ni artesanos ávidos de comprobar su talento y sus propuestas mediante el uso del separador; lo único verdadero es el uso que siempre se le ha dado. Cada quien tiene algo que decir al respecto: sea como usuario, sea como coleccionista. (O ¿en ambos casos?) El lector tiene la palabra. Gracias mil.

domingo, 31 de mayo de 2009

Las tentaciones del "holacinco"

Hace cuatro años, decidí dar el gran salto y zambullirme en las agrestes aguas de la internet y abrir mi cuenta de correo electrónico. Hace dos años y pico, inauguré este lugar en la red donde tanto pasiones como obsesiones conviven en igualdad de condiciones. Ahora toca el turno a un extraño medio de relación social que hasta ahora no me ha dado fallas, y que denominaré con el nombre de holacinco. (Cabe mencionar que sus más cercanos competidores, caralibro y miespacio, son también los más sonados en estos lares virtuales.)
Recuerdo que en mi bandeja de correos llegaban, además de los avisos para coloquios, las cálidas misivas de grandes amigos y la publicidad institucional, las invitaciones de varios amigos míos para incorporarme a las filas del holacinco. Por un tiempo supe capotear esos mensajes y no darles alguna importancia. Sin embargo, luego de ver los perfiles públicos (ahora privados) de varias amigas, me entraron unas ganas de hacer lo propio, pero no pasaban de allí. Un sábado por la noche, luego de responder varios correos y hacer las anotaciones respectivas en esta bitácora en red, al final tuve que ceder. Y me registré.
En un principio, con sólo poner una foto mía y mis datos bastaba y sobraba, mas no era así. A medida que me integraba a ese mundo, llegaban sendas invitaciones de amigos, conocidos y nuevos rostros por conocer. Estuve algo escéptico, claro, pero luego aprendí sobre la marcha y ahora domino el holacinco tan bien que ¡¡hasta ya me piden asesorías!!
Además de agregar a los amigos de ayer, hoy y siempre, se da la oportunidad para conocer a nuevas personas, ya sea por algo que lees, escuchas o simplemente compartes, por mínimo que esto sea. Y si le sumamos el uso de diversos artilugios como bebidas virtuales, animaciones so cute, competencias de videos y música preferida, podría decirse que la diversión es lo único que importa. Sin embargo, existen los perfiles un poco más serios y dados a la difusión de un tema en particular; que equilibran sus opiniones en grupos o círculos de debate dentro del sistema. Desde mascotas y música pop hasta Astor Piazzolla y amantes del café, todo tema origina debate y/o coincidencia.
Bien sé de los peligros que este tipo de páginas conlleva, pero no me inclino a resaltarlos; lo único que se nos pide es cautela: no mostrar más de lo debido. Y si alguién decide cuidar hasta su propia sombra, simplemente se hace un tipo de blindaje y sanseacabó. Algo más: no se puede anexar a cualquier persona a una lista así porque así: teniendo cuidado con esto, el resto es pura mermelada.
Con todo, dejarse llevar por las tentaciones del holacinco es bueno; hacerse el Odiseo ante el canto de las sirenas sí resulta óptimo, lo reconozco, pero no todas las sirenas son policiacas. O ustedes ¿qué piensan? Mientras tanto, seguiré navegando por esas extrañas aguas y recuerden que estas líneas son sólo una opinión: la última palabra corre por su cuenta. ¿Verdad?

sábado, 31 de enero de 2009

El paraíso es un chocolate

Como confeso adicto al súper, siempre hago mis escalas en la sección de Dulcería, donde paso horas y felices minutos observando la enorme diversidad de dulces para todos los gustos y, claro, me demoro en elegir cuál de todos llevarme a casa. Desde luego, los chocolates siempre ganan por default y esto me orilla a escribir lo siguiente.
Resultado del encuentro entre dos culturas, Europa y el Nuevo Mundo, el chocolate pasó de los rituales precolombinos a las cocinas de los grandes monarcas; la fusión del derivado de la semilla del cacao y la flor de vainilla con la leche y un peculiar proceso de cocción lo convirtió, por su ductibilidad, en un elemento básico en la repostería y dulcería europea, ámbito donde los franceses y alemanes se volvieron la vanguardia. Sin embargo, la aceptación en los más altos sectores sociales llevaría siglos de tolerancia y aceptación. (Vaya, con decir que excomulgaban a la gente simplemente ¡¡por beber chocolate!!) Pero el tiempo y su delicioso sabor mató de pereza todo prejuicio y el resultado, de sobra, lo sabemos.
Ahora bien, hay chocolates para todos los gustos. Rellenos de fruta y de licores de todas las clases, semiamargo para los paladares ortodoxos, hiperdulce para los más jóvenes, sencillo o high class, además de proporcionarnos las calorías necesarias para soportar las amarguras del día, el chocolate motiva la producción de endorfinas, es decir, las células de la felicidad. Quien escribe se declara adicto a los rellenos de rompope, ron y hasta tequila, pero también se deja llevar por los bocadines y los conejitos. Forma parte de los clásicos regalos que, sin caer en el roperazo, sacan del paso a cualquiera. Y, hoy en día, recibir una caja de chocolates gourmet es una forma evolucionada y elegante del soborno. (O una barra del Vía Láctea, según como se vea...)
Alguno de ustedes estará pensando que con estas divagaciones me acerco al terreno no menos ilícito del debraye, ¿no es así? A decir verdad, dejo en ustedes la última palabra o, si se quiere, la glosa final a estas líneas con sabor a cacao, porque cada quien habla de cómo le fue en la feria. De una sola cosa estamos seguros: de exisitir el paraíso, éste seguramente sería un chocolate.
(P.S. Nuestra querida consejera y amiga Verónica del Toral cumple hoy añitos. Una sincera y señera forma de celebrarla es, claro, degustando varios chocolates en su honor y deseándole muchos días de estos. ¡¡Felicidades, Vero!!)

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Siempre la misma canción...

En el transcurso de esta semana, casi a la hora en que decido salir de casa, luego de hacer las labores propias de mi sexo, dentro de la programación del 88.1 FM pasan una canción que me hace bueno el momento y hasta me sube el ánimo para hacer lo que debo hacer. Sin embargo, mientras transcurre el día, inevitablemente hace de nueva cuenta se aparición en escena, ya sea en la música que pone el chofer del transporte público, en el background de un programa de T.V. o, siendo más específico, sonando a bajo volumen en la oficina de una querida amiga, cuyo nombre me reservo por mientras. Y cuando me digno a terminar el día sentado frente al ordenador, enciendo el aparato radial y ¡¡zambomba!!, aparece la misma canción. No sabía si echarme a reír o ponerme a llorar.
Inconscientemente, hay melodías que te acompañan, por así decirlo, todo el día. Cuando se escucha por vez primera al comenzar el día, si te llena de placer o regocijo, casi por default te acompañará el resto de tu jornada. Lo mismo va para las canciones que te bajan la pila: al primer roce auditivo, ya se sabe de antemano el resultado. Doy dos ejemplos: En la estación de marras, 88.1 fm, "The captain of her heart" me puso algo pensativo sobre una mujer que me robó el sueño. Durante el día tuve ocasión de verla. Y después de haber vivido esa incierta experiencia, casi a la medianoche reaparece dicha canción y confirmó lo acontecido. (Por poco y me cortaba las venas... con una galleta María.) Caso contrario, "Solsbury Hill", de Peter Gabriel; su rítmo festivo me tuvo de la ceca a la Meca todo el día, haciendo cosas verdaderamente gratas y, claro está, se presentó en la programación poco antes de irme a dormir. Donde se conjugan inusitadamente los dos casos, es con "I'll be there" y "When a man loves a woman", de Michael Bolton. (No me agrada dicho cantante, pero estas canciones acaban por redimirlo.) Me extendería más al respecto, pero por ahora me detengo.
El cineasta francés Alain Resnais filmó a finales de los años 90 una película que juega en cierta manera con el devenir de las canciones en la vida diaria, On connâit la chanson... (Siempre la misma canción, como le pusieron aquí en México.) Dependiendo de la circunstancia, cada personaje interpretaba un fragmento de una conocida canción, dando como resultado una tremenda ensalada musical de todos los tiempos. Aunque no nos pongamos a cantar como en el filme de Resnais, con el solo hecho de oír la misma canción todo el día, ya el resto sale por añadidura. Siempre será la misma canción... ¿A poco no?

miércoles, 27 de agosto de 2008

Libretas de segunda mano

Cada vez que alguno de mis hermanos mandaba a la basura un cuaderno casi en buen estado luego de un ajetreado ciclo escolar, sin pensarlo más de 30 segundos, lo rescataba de donde quiera que estuviese, y así lograba darle un poco más de tiempo de uso, para después, ya consumada su función, destinarlo al cesto de la basura. Para algunos de ustedes, seguro esta circunstancia es la versión extrema de la cultura del reciclaje. Sí y no. Sí, por aquello de la conciencia ecológica, y no, por la importancia que tiene como objeto. Pero vayamos por partes.
Si nada más diez hojas fueron empleadas y el resto no, sencillo, arranco con cuidado las partes garabateadas, forro las tapas con algún cartelito que me gusta y voilà!!: listo para un nuevo ciclo de casos y cosas. Sin embargo, la utilidad que le doy no reside en la escolar. Para nada. Más bien se debe a un vicio de escritor, a un placer culpable que tengo: a manera de libro de memoria (mal llamado diario) donde cumplo con la prístina obligación de escribir los sucesos de mi vida, los que mi maltrecha memoria me permite plasmar, aunque para ello me ayuden algunos objetos que intercalo entre los párrafos escritos con tinta verde. Folletos, boletos de transporte, notas autógrafas de los viejos y nuevos amigos, la servilleta del café y/o restaurante donde comí alguna vez, en fin... todo se integra a la libreta y cada vez que, por casualidad, la encuentro entre toda la avalancha de papeles, la memoria, como un título de Vladimir Nabokov, habla.
Además de estas libretas de segunda mano que se vuelven, luego de una sesión de cortar y pegar, en mis sinceras confidentes, hay otro tipo a las que también el tiempo posterga su final cuando llegan a mis manos. Agendas del año de la pera, cuadernillos de carácter publicitario y programas de mano (como los que entregan en la Feria de Minería, por ejemplo) me sirven como minutarios emergentes, es decir, donde anoto una cita textual que no debo olvidar, el teléfono y/o e-mail de una persona, la lista de compras o las ideas al vuelo cuando la inspiración te agarra trabajando. Para este tipo de minucias (según como se vea), cualquier pedazo de papel sirve, pero para mantener presentes estas cosas, bien que funcionan. Además, su naturaleza efímera obliga a vaciar su contenido en libretas más grandes cuando éste lo amerita. Y, sin embargo, nunca pasan de la primera página.
Mientras escribo estas líneas (en paralelo con la redacción de ¡¡tres ponencias!!), en la parte izquierda de mi escritorio tengo dos de esas libretas: una servía como directorio y la otra sí es completamente una libreta escolar, porque la rescaté de un salón horas antes del comienzo de las vacaciones universitarias. Ahora que las tengo en mis manos, agradezco sobremanera todas las cosas que apunté en éstas, porque veo que el tiempo no se me ha escapado de las manos y algunos de los datos anotados, lo mismo sirven para una conferencia magistral que para un dropping-name después de cenar.
Después de escribir todo esto, veo que mis libretas nunca serán de segunda mano, porque con la batalla que dan, abarcan una tercera, cuarta o hasta quinta mano. Ustedes, ¿qué piensan?

viernes, 11 de julio de 2008

Compactos para un naufragio

Hace una semana, luego de peregrinar de librería en librería, resolví tomarme un descanso y para ello, qué mejor lugar que una tienda de discos. Sin embargo, aquí fue donde comenzó mi predicamento. Mejor cuento.
Siempre que tengo una escala en esa tienda, lo hago para encontrar un compacto que hacía tiempo deseaba adquirir, o al menos, para aumentar la colección privada, la cual va desde lo más fresa hasta lo más freak, pasando por los clásicos y los soundtracks. (Un ejemplo: entré a buscar el Best Of de Enya y acabé por llevarme El gusto es nuestro; buscaba el score de Alexander y me llevé una compilación de Patricia Kaas. Y paróle de contar.) Claro está que mis gustos musicales no son la octava maravilla del mundo, pero de melómano demodé nadie me baja. Y de esto no me siento culpable, al contrario; más bien la culpa se expresa a la hora de revisar los anaqueles. Voy por partes.
Como tenía tiempo de sobra, resolví pasar a aquella tienda y ver qué podía comprar. (Seguramente algún compacto que hacía tiempo debí dejar, gracias que el tiempo y el presupuesto eran cortos.) Primero revisé las ofertas, luego las novedades y, sin más ni más, encaminé mis pasos hacia mis secciones favoritas: jazz y world music. Encontré el Harem de Sarah Brightman, el Tourist de St. Germain (algo de jazz francés con toques de electrónica, semejante a lo que hace Bajofondo, pero con el tango), y una compilación del maestrísimo Astor Piazzolla, Adiós Nonino, mismo que forma parte de una colección editada por Milan Records y la Fundación Piazzolla. Estaba en el cielo, por tremendos hallazgos, pero como siempre, la tentación estaba a la orden del día. Encontraba una compilación de Miguel Bosè y dejaba a St. Germain; Depeche Mode por Sarah Brightman, y ¡¡oh, Dios!!, Piazzolla por Sinatra. (No puede ser, tanta música y no sabía qué llevarme.) Y, diez minutos después, Sinatra por Serrat, Depeche por Daft Punk, y Bosè por ¡¡Santa Sabina!! (No, no, no tengo remedio...)
Finalmente, y con el tiempo en contra mía, decidí hacer lo que siempre hago en mis visitas al local: llevarme los primeros que había encontrado, o sea, Piazzolla, la Brightman y St. Germain. Pagué y no pude sentirme menos culpable por haber elegido éstos y no los otros. (Pero llegando a casita, luego de quitar el celofán de los estuches y poner los discos en el modular, otra fue la reacción.) De cualquier forma, estos desencuentros siempre serán el pretexto idóneo para visitar esa tienda las veces que quiera, matar allí el tiempo y saber que, para la próxima vez, aunque elija compactos de Vangelis, Serrat y Angélique Kidjo, y termine por llevarme a Cesaria Evora, Peter Gabriel y Bajofondo, los encuentros con la música siempre serán gratos. Además, de qué sirve una colección privada sin este charme. Por mientras, en el breve naufragio de las vacaciones, me quedaré con los que recientemente compré. Nada más. (Y para usted, lector@, ¿cuál sería su elección?)

miércoles, 11 de junio de 2008

El revistero de las vanidades

Una de las cosas que disfruto hacer mientras ando de paseo por el súper, las librerías y la famosa tienda de los buhitos, es pasar horas y felices minutos frente a los anaqueles de revistas, hojeando algunas, leyendo otras y comprando las que se pueden. Seguramente más de uno me dirá "¿Y qué tiene esto de peculiar? Cualquiera lo hace..." Sí, es cierto, pero cuando la barra temática tiene para dar y prestar, he aquí el problema.
En casa, desde siempre, ha habido revistas en casa, y aprovechaba cualquier momento para leerlas. (Bueno... cuando tu mamá leía Última moda y Vanidades, y tu señor padre, Mecánica Popular, como que no había cabida para otro título, ¿no creen?) Sin embargo, descubrí el Tele-Guía y mi vida, si no cambió, al menos, se informó. (Muchas de mis amistades se preguntaban las razones de mi saber enciclopédico sobre los espectáculos, ahora creo saber de dónde venía.) Esa revista fue hegemónica hasta mis años en la preparatoria, cuando descubrí la legendaria Vuelta, dirigida por Octavio Paz. Podría decirse que me educó en lo concerniente a las letras. Sólo compré ¡¡dos números!! en toda su historia; el resto, lo adquiría en los puestos de usado en la Ciudadela. Pero también pasó por mis manos una publicación iconoclasta y hedonista: El Huevo. (Era radioescucha asiduo de Ondas del Lago, donde la anunciaban, pero ésa es otra historia.)
En estos dosmiles que nos circundan, las revistas que leo con una regularidad de diplomático son:
  • Letras Libres: Heredera de la legendaria Vuelta, conservó la calidad de sus trabajos literarios, pero se adaptó a los nuevos tiempos mediante el formato monográfico mensual. Un ejemplo: Su primer número, enero 1999, fue dedicado a Chiapas; el segundo, a los Diarios literarios, y así sucesivamente. También cabe notar que varios ensayos allí publicados generaron polémicas bárbaras, como aquel muy famoso sobre López Obrador y otro sobre la UNAM y el bicentenario. Siempre es una delicia leerla.
  • Día Siete: Magazine dominical, ideal para las horas de espera en el dentista, pero además hay que refinarse todo el periódico para obtenerla. Cuestión de enfoques.
  • Quién: Sí, me divierte leer sobre el jet-set mexicano y sus cosas, pero destacaría su avalancha de anuncios para quien colecciona publicidad.
  • El Huevo: A pesar de que su último número salió hace varios meses, digno es de destacar el hedonismo e iconoclasia de sus temas -estilo de vida lounge, cómo ser una chica posmo, lo alternativo-, pero sin olvidarse de los temas actuales, como la ciencia, la política y la economía. Si Vicente Huidobro dijo una vez que la poesía era el encuentro entre un paraguas y una máquina de escribir sobre una mesa de operaciones, El Huevo podría decirse que sería una mezcla entre Cosmopolitan, Este país y la Revista de la Universidad, pero con el diseño editorial de la Eres.
Ahora bien, ya como lector en fast track, confieso que mi placer culpable es plantarme ante los revisteros del súper y de los tecolotitos, y leerme varias. Al final, termino por irme tal y como llegué: en blanco. (Si alguna me interesó, al día siguiente la compro y no pasa nada.) Aunque también recurro a mis provedores de la Ciudadela, por aquello de los ejemplares atrasados.
Para cerrar esta divagación, no cabe duda que un revistero tiene de todo y para todos. Y, por cierto, las vanidades que nos ofrece se pueden medir por el tiempo de lectura informal o por el número de revistas que se leen u hojean mientras hacemos algo de tiempo. Cada quien ya sabe cómo va el rollo, ¿no creen?