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jueves, 5 de agosto de 2010

Numismática de closet

En ocasiones anteriores, tuve a bien contarles algunas de mis pasiones como coleccionista, de las cuales no me arrepentiría ni un ápice, y con la esperanza de incentivarlo entre ustedes que tienen la deferencia de leer a un servidor. Ahora bien, además coleccionar separadores para libros (cuyas notas, de refilón, invito a que lean), confieso algo avergonzado que tengo varias colecciones truncas o para villamelones, si se quiere, y la que más escozor me genera es la de monedas. (Bueno... ¿quién no ha coleccionado monedas en la vida? Me imagino que todos, pero cada cabeza es un banco. Ajá.) Mejor no me guardo el cambio y entro en materia.
Desde muy niño, siempre me han cautivado las monedas, pero no para generar, formalmente, una colección. Más bien, como todo niño que se respete, esperaba la hora del recreo para quemar aquellos "botines de guerra" (halladas debajo del sillón, la cama o en la ropa sucia) en papas fritas, estampas de colección o modelitos para armar, según fuera el caso. Un domingo, lo recuerdo muy bien, mi padre me obsequió una moneda impresionante: una de cinco mil pesos (de entonces) con la imagen de Fuente de Petróleos. Me sentí como si me hubieran dado una onza troy, verdad que sí. (No quería gastármela, pero tuve que hacerlo: los comics de La Pantera rosa y El Pájaro loco no podían esperarme otra semana...)
Andando el tiempo, y cuando habitaba -literalmente- en una obra negra, a medida que hacíamos la mudanza encontrábamos algunas monedas debajo de los sillones, el librero, el mueble de la televisión, en fin... que no dudé en juntarlas y, con un poco más de orden, hacer una pequeña colección. Así, me hice de varios modelos con la figura de Francisco I. Madero, José María Morelos, por decir algunos. Inclusive, mi empeño por quedarme con los cambios me regaló varias joyas, como las monedas de hace 25 años, dedicadas a la Independencia y la Revolución, respectivamente, y hasta una del mundial México '86. Sin embargo, también me gustaba juntar algunas extranjeras, como aquella joya de la corona: una de 50 centavos de dólar, con la efigie de John F. Kennedy, muy rara hasta para mí, y que tomé como amuleto de la suerte y que me dolió mucho perder cuando una banda de fascinerosos sustrajo mi cartera del portafolios. (Me hubieran dejado las fotos de la familia, mínimo...) Aún así, siempre me hacía de algunos ejemplares para la pequeña colección; incluso tengo un kopeck soviético, que se parece muchísimo -en tamaño- a la pulga de 10 centavos. En una palabra, no me pico de numismático. Hasta ahora.
Gracias a los cacareados festejos México 2010, el Banco de México tuvo a bien emitir, desde hace ya dos años y pico, una serie conmemorativa de monedas con los personajes de la Independencia y la Revolución, respectivamente, y como en acción retardada, hice lo propio, es decir, juntar varios ejemplares de dichas monedas. En las veces que las tuve en mis manos, siempre han regresado Carlos María de Bustamante y José María Cos (Independencia), Filomeno Mata y Álvaro Obregón (Revolución), y eso ya no me asombra. Cuando tuve la de Fray Servando Teresa de Mier, me dije: "Se me hace que no la tendré más de cinco minutos en mis manos" y, dicho y hecho, así fue. Pero las que merecen mención aparte son tres, con un solo leitmotiv: el poder de la palabra. Hablo de Belisario Domínguez, Ricardo Flores Magón y José Vasconcelos, cuyos ejemplares guardaba muy celosamente en mi librero cercano al escritorio. Una extraña tarde de un mal sábado, cuando el carrito de camotes y plátanos pasaba por mi calle, mi familia tuvo antojo de plátano frito y como andábamos sin blanca en aquel momento, saqué del librero las tres monedas y lo pagué no sin antes lamentar mi suerte. (De aquella trinca, solamente Belisario Domínguez ha tenido sus regresos. Y muy breves, por cierto.) Luego de esto, ya no les platico lo que me pasó con la de José María Morelos, porque se me echan encima... (En conciencia quedará.)
Después de todo, no me puedo picar de numismático, porque al intentar una colección no la termino o, al menos, la prosigo. Sin embargo, he disfrutado sobremanera las veces que se me da aquella afición, y un capítulo aparte merecerían los billetes, porque también son moneda ¿verdad? (Ya veremos entonces...)

jueves, 30 de abril de 2009

Lecturas para una niñez

Leyendo la bitácora en red de mi siempre admirada Julia Cuéllar, me desayuné con la novedad de que había escrito unas cuantas líneas acerca del Día del Niño, el cual, en estos tiempos tan interesantes, solamente queda celebrarlo en casa. (Qué remedio.) En su post, ella recuerda sus caris favoritas y un tiempo donde los sueños y los milagros eran cosa de todos los días. Después de leer su sincera evocación, me quedé largo rato pensando en algunas cosas donde se halla presente el espíritu infantil. Y haciendo caso a mi formación como literato, vinieron a mi mente varias lecturas: algunas ya pretéritas, otras muy presentes.
Recuerdo que mis acercamientos a la llamada literatura infantil (término en proceso, para ser franco), se debieron gracias al puesto de revistas cuando compraba cada semana los fascículos de la serie Cuenta Cuentos, editada por Salvat; cada libro iba acompañado por un elepé o un cassette, según fuera el caso. Gracias a esta colección, me acerqué tanto a los cuentos de los hermanos Grimm como a la mitología griega; también supe de un niño que se divertía rugiéndole a los tigres, una vendedora de mangos que se dejó maravillar por la gloria de la nobleza hindú, caballos voladores que vencían a centenares de soldados árabes, incluso la historia de cómo un pedazo de madera llegó a convertirse en un niño de verdad, en fin... no había límite para sacar cuantas historias se pudiera. Cabe notar una ligera precisión: cada cuento tenía un narrador específico, quien a su vez le daba distintos matices a los personajes. Y de pilón, la presencia musical de Rosa León, cuyas canciones también tenían algo que contar. Lamentablemente, y por algún extraño motivo, dejé trunca la colección, y, por tanto, mis lecturas fueron otras.
Sin embargo, otro grato encuentro se debió mediante una lectura capital, a los diez años, de El Principito de Antoine de Saint-Exúpery, libro que me regaló mi mamá. En una tarde sin televisión -se había descompuesto-, quedé maravillado con las andanzas de aquel pequeño habitante de un asteroide habitado, además de él, por una delicada rosa y dos volcanes apagados. Conocí que el mundo puede ser algo complicado, si lo vemos desde la mirada adulta, pero susceptible a cambios, desde la perspectiva del niño. Tan maravillado quedé con su rápida lectura que temporalmente lo presté a la biblioteca de mi salón de clases. Al final del ciclo escolar, regresó a casa. Por desgracia, aquel sencillo ejemplar de pasta azul desapareció, mas no mi inquietud y mi asombro.
Con esta ligera recordanza, en estos tiempos donde la palabra es más que la vida, siempre es grato y emocionante regresar a esas primeras lecturas, pero también encontrarse con una nueva aventura esperando tras el anaquel de cualquier librería. Por ejemplo, la serie del Dr. Doolittle (muy famosa en caricatura) escrita por Hugh Lofting, las obras de Roald Dahl (¡¡Me declaro admirador de Matilda!!), cuentos populares italianos compilados por Italo Calvino, Michael Ende y sus historias interminables, y, claro, las ocurrencias de nuestros contemporáneos Fernando del Paso, Francisco Hinojosa, Juan Villoro, Mónica B. Brozon y Norma Muñoz Ledo, por decir algunos. Siempre es una maravilla vivir esas obras mientras las leemos, aunque la televisión y el cine les quiten algo de su magia natural. (Y ya que menciono esto, ¿por qué me salté la serie de Harry Potter? Muy sencillo, aún no la he leido; algún día se me dará, no os preocupéis. Por mientras, ustedes que la conocen de pe a pa, deben contarme su experiencia.)
Querida Julia, quien escribe también recuerda varias caris que fueron sus modelos a seguir (incluso tengo un post al respecto), pero creo a carta cabal que mis verdaderas motivaciones surgieron más de la literatura; mis primeras lecturas dan fe de ello. De una cosa sí estoy seguro: que la Imaginación, como el Cid Campeador, seguirá ganando muchas batallas después de todo, y que no hay edad para comenzar a leer: estas cosas aún nos permiten seguir siendo niños, sin importar los tiempos presentes, pretéritos y futuros. Lo demás viene por añadidura, ¿no es así?

sábado, 14 de marzo de 2009

Entre concursos te veas...

Siempre he sentido una debilidad por ver en la televisión los programas de concursos, regularmente los relacionados con la cultura en general, donde se premia el conocimiento y se castiga la ignorancia.
Recuerdo que mi papá me motivaba a llamar a las estaciones de radio para ganarme algún regalo, experiencia de la que salía muy mal librado, es decir, que no me sacaba nada. Para aquel entonces, ya nos habíamos vuelto televidentes de algunos programas como La venta increible y la versión mexicana de ¡Jeopardy!, y mi señor padre, cual cuchillito de palo, insistía en que concursara. Al final, tuve que ceder. Fui al casting de ¡Jeopardy! como todo hijo de vecino e hice bien todas las pruebas, para que terminaran diciéndome: Luego te llamamos. Lo único bueno que saqué de ese extraño casting fue una breve pero significativa charla con una incipiente abogada, de nombre Yuriria, a quien terminé viendo en un programa de La venta..., donde los nervios hicieron que confundiera a Martín Luis Guzmán con Mariano Azuela. (¡¡Háganme el reverendo favor!!)
Resignado a que nunca habrían de llamarme, a principios de 2001 la suerte volvió a hacer de las suyas. Recibí una llamada para hacer otro casting, pero de un nuevo programa, Tres son multitud (después conocido como Des haz tres), cuya idea era semejante a Mejores amigos. Sin embargo, me empeciné en entrar a uno de cultura general y ante esto, la telefonista transfirió mi llamada a la versión mexicana de Hollywood Showdown, que terminó por llamarse ¡Apantállame!, donde acepté participar de inmediato; me engancharon con el tema del cine y al final me destapé como experto en espectáculos. (Fui por lana y salí trasquilado.) En menos de ocho meses, grabé el programa piloto y el oficial, que se transmitió a principios de septiembre, donde fui el primer ganador de los 20 mil pesos del premio principal. (Mis compañeros de juego me veían con una cara sospechosamente de envidia, viendo la crónica de un triunfo anunciado.) Pero como no todo lo que brilla es oro, a lo largo de ocho meses y con un constante cambio de patrocinadores, al final mis 20 mil tepalcates se convirtieron en una computadora de escritorio. (Gané un aditamento elemental en mi labor creativa, pero perdí la oportunidad de llevarme a la familia de viaje. Auch.) Hasta ahora no he participado en programa alguno; intenté inscribirme en línea a El rival más débil, pero me quedé en el mero filtro. (Doble auch.)
Antes de mi breve incursión en la telera, tuve una feliz racha de premios radiofónicos en Ondas del Lago y Horizonte 108, donde me llegué a ganar libros, revistas y discos. Me confieso adicto a esta manera de cazar boletos para conciertos, pero no paso de perico perro. Y de los concursos literarios, siempre recibía mi partida de punto. (Por algo será.) De cualquier manera, aún los sigo viendo y/o escuchando, sólo que ahora ya no me atraen tanto la atención como antes.
Hace unos minutos, terminé de ver Doble cara, formato importado de Inglaterra, igual que El rival más débil, y al verlo, no gana quien sabe más sino quien reacciona menos. (Celebro ese recurso, pero con franqueza echo de menos el concepto clásico.) Lo mismo pasa con Hasta el hoyo, del que me reservo mis comentarios. Ante esta nueva ola de programas, y con la pena, mejor me quedo callado y ya.

martes, 6 de enero de 2009

Viaje hacia el 6 de enero

Como todo niño que se respete, no podía conciliar el sueño mientras esperaba con ansia y infinito agrado la llegada de los Santos Reyes. Para que aquellos días hagan su aparición en un capítulo más de las Leaving Port Memories, doy una mordida a mi pedazo de rosca de Reyes y como la madalena proustiana, el resto saldrá por sí solo.
Recuerdo que cada año recibía regalos diferentes, casi no había una constante en ello. Una vez, eran figuras de acción con sus vehículos y toda la cosa; en otra, juegos de química y microscopios, y en algunas, esporádicamente, juegos de mesa y juguetes a escala para armar. Sin embargo, de las últimas escalas que tuvieron los Santos Reyes en mi vida, hay por lo menos dos obsequios que recuerdo con cariño: películas de Cantinflas y, the last but not the least, la saga novelística de las aventuras de Maqroll el gaviero escrita por Álvaro Mutis. (Para quien escribe, ahora las letras son la vida, es uno de los regalos que nunca podrá olvidar.)
Por otro lado, recuerdo que le daba bastante uso a mis juguetes, incluso al grado de buscarles un nuevo y hasta inusitado uso: los vehículos de batalla a veces servían como edificios para ciudades inexistentes; las plataformas de los juegos de mesa los usaba como escritorio improvisado para hacer mis tareas, en fin... siempre les buscaba un nuevo uso. También confieso que hubo uno que casi me sacaba canas verdes: era el caso del avión a escala para armar. Aunque tenía mucha experiencia armando barquitos a escala, cuando se me dio la oportunidad para aplicarla con un avión Tomcat a escala, pero definitivamente me rendí. No así con el resto de las cosas.
Ah... ahora que recuerdo estas cosas, a la vera de mi camino hacia la treintena, creo saber que no he perdido del todo aquellas ilusiones generadas por los juguetes del 6 de enero. Una de las cosas que tuve muy presentes cuando elegí la carrera de Letras Hispánicas, era mantener vivo al niño interior, a aquel que no conocía la imposibilidad de las cosas, que podría hacer todo un universo con los objetos que encontraba con la mirada. Cada vez que la temporada llega, miro un poco hacia atrás (sólo un poco, nada más) y veo que las cosas no son tan difíciles como se pintan. Conservo aún el gusto por coleccionar figuras de caricatura, juguetillos que salen en las golosinas y objetos que el tiempo pone en mi camino. Ahora sumaría los libros que me han regalado.
Para cerrar estas líneas, y mientras me sirvo otro pedazo de rosca (¡¡el segundo de muchos en la semana!!), una amiga mía, cuyo nombre me reservo, acaba de regalarme la edición de aniversario de La región más transparente de Carlos Fuentes. Después de todo, aún hay sorpresas para un hombre de la vieja guardia en 6 de enero. Gracias.

viernes, 5 de diciembre de 2008

La vida es un cine

Hace un rato, pasé una buena tarde de cine acompañado por Rosalía Velázquez, con quien vi Todo sobre las mujeres, muy buena película protagonizada por Annette Benning y Meg Ryan, muy en la onda Sex and the city, pero no del todo, a pesar de que se trataba de un remake de un filme de los años 30. Salimos de la sala de cine satisfechos por lo que habíamos visto. (Entre la última peli de un James Bond ya trillado y otras bastante palomeras, ésta era la indicada para ambos.) Esta escala cinematográfica desea tomar la pluma fuente (o, en su defecto, el teclado del ordenador) para escribir un capítulo más de mis Leaving Port Memories. "Habla, memoria..."
Desde que tengo uso de razón, el cine ha formado parte de mi vida. Principalmente, le debo esto a mi padre, quien me llevaba al legendario cine Ópera, allá por la San Rafael, en la segunda mitad de los años 80. La mayoría de las películas allí exhibidas tenían el sello de la casa Disney, sin embargo, se podían ver éxitos de hace veinte años o hasta más, como Los Aristógatos, misma que en aquellos días, llegaba a su primera década. Pero la película que se volvió el toral evento de mi generación, fue la versión para cine de Los Thundercats, cuya saga seguíamos todas las tardes por canal 5. En el Ópera, interminable el griterío infantil por unas expectativas exageradamente sobrepasadas. Si la memoria no me falla, después de ésta exhibición, para aquel cine comenzó un lento y largo olvido, que aún no termina.
En otras geografías, otros cines, estuve a punto de formar parte de una generación cinematográfica a la que le tocó el estreno de La historia sin fin, pero a media película, la tortuga gigante me dio miedo y mis padres optaron por sacarme de la sala. (Superé ese trauma en el cineclub de la escuela primaria, cuando la pude ver completa. Sans commentaires.)
Un evento capital que me abrió las puertas del cine de arte, fue el estreno de la película danesa El festín de Babette; mi padre, otra vez, me abrió el mundo del cine gracias a ésta. Durante muchos años, no volví a pararme sobre una sala de cine, gracias a la (in) comodidad del videocassette. (No me arrepiento de ello, porque así conocí tres de mis filmes predilectos: El último emperador, El imperio del sol y, ¡¡claro!!, Cinema Paradiso.) No fue sino hasta la preparatoria cuando después de ver Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto con Victoria Abril, cuando resolví regresar al placer del celuloide. Meses después, en la misma sala, me "aventé" El libro de cabecera de Peter Greenaway. Y ya en la universidad, digamos que el cine era de todos los días. El último tango en París, Antes que anochezca, La lengua de las mariposas y La última tentación de Cristo también se volvieron mis favoritas. (Hubo un día en que me eché al hilo ¡¡tres filmes!! Y en cines diferentes, además de todo. En la mañana, El tigre y el dragón; por la tarde, El exorcista, y Gladiador por la noche. Luego me arrepentí de haber comprado el boleto para la segunda.) Y ya que los arrepentimientos están de a peso, lamento sobremanera no haber visto la versión en cine de Sostiene Pereira, "el adiós de Marcello Mastroianni", según como se anunció en México.
Dice en una canción de la española Luz Casal, "Inés", que el acto de ir al cine es "sentarse y soñar". Así lo fue durante muchos años para mí. Y cada vez que me doy una escapadita al cine, así ocurre también. Decía Emilio García Riera que "el cine es mejor que la vida", pero más bien creo que la vida es mejor con el cine. De cualquier manera, la vida es un cine, ¿no es así?

jueves, 15 de mayo de 2008

Mis maestras prodigiosas

Un libro atípico de Fernando Savater, El valor de educar, comienza con una significativa "Carta a la maestra", donde el filósofo de San Sebastián explica (por así decirlo) su pensamiento sobre la importancia de la enseñanza. (En alguna parte del texto justifica la razón del título, sobre el cual debatiré en otra ocasión.) Cuando leía esta parte del libro, y aprovechando la ocasión del día presente, decidí hacer lo mismo, mas no pasó de la mera idea. (¡¡Nunca pasé de la primera línea!!) Así que me auxiliaré por la forma que esta bitácora en red me ofrece cada vez que hay un apuro: las Leaving Port Memories. Gracias mil.
Conocí a la primera de mis maestras prodigiosas en el sexto año de primaria. Nunca olvidaré su nombre: Socorro Sarabia. Gracias a los chispazos de conocimiento que me venían en clase, con la siguiente frase me regaló un destino: A ti te gusta mucho la historia, ¿no es así? En realidad, no sabía qué decir en ese momento, así que me limité a que las cosas pasaran, incluso que mis compañeritos me pusieran el mote de historiador. (Si ellos me vieran ahora...) Claro que ponía empeño en todas las materias, pero la Historia de México era mi mero fuerte y eso nadie lo podía negar. (Hasta yo, si se quiere...) Gracias a esa temprana percepción, ahora la historia es mi vida.
Mi segunda maestra, Beatriz Arcos Pino, aparece en el último año de secundaria. Para mi buena fortuna, además de ser la asesora del grupo, impartía la clase de Español; cosa que le quitó la tirría que le tenía a los módulos anteriores. Su pasión por las Letras Hispánicas permeó en mí hasta el grado de interesarme por la obra de Pablo Neruda, el cual fue el tema de su tesis de Licenciatura. (En aquel tiempo, estaba muy de moda Il postino, película de temática nerudiana.) Pero también me motivó a participar en un concurso de oratoria, mismo que gané. En una palabra, hizo nacer en mí la pasión por la palabra, aunque me interesara por el derecho posteriormente. (Pero regresé al camino de las Letras, ¡¡eso sí!!)
Las maestras restantes de mi galería personal, en cierta forma nunca me dieron clase, pero el tiempo compartido y el corte de caja que hago en estos días, me orillan a colocarlas en ese nivel. Entre compañeras, amigas, colegas y alumnas (cuyo perfil se encuentra en la Galería de Consejeras), ya las considero mis maestras prodigiosas porque cada día aprendo algo nuevo de ellas, y porque sus regaños y extrañamientos hacía quien escribe han sido sus mejores enseñanzas. (Algunas aún me consideran su profesor, cosa que no me atrevo a debatirles. Cuestión de enfoques.)
Pero como lo dije hace tiempo en otro capítulo de las LPM, "aún tengo mucho que enseñar y, claro está, demasiadas cosas por aprender". (¿No es así, Laurette, Rosalie, Annette, Irmita, Pau, Vero y Leyvi?)

miércoles, 30 de abril de 2008

La biblioteca y el museo del niño Ulises

Hace algunos días, cuando le presumía a nuestra Rosalía la carpeta que compré durante mi visita al IV Encuentro de Escritores Latinoamericanos en el Claustro de Sor Juana, ella, lapidaria, como siempre, me espetó una frase que resume toda la verdad: "oye, eres un niño, porque te engolosinas con los objetos". A decir verdad, coincido con esa frase, porque así es. Y procedo a explicarme.
Desde que tengo memoria, siempre he jugado con los objetos, desde los juguetes que religiosamente me dejaban los Santos Reyes cada 6 de Enero, pasando por las chacharitas que compraba tanto en la cooperativa de la escuela como afuera de ésta, hasta las cosillas que encontraba en los muebles que mi papá procedía a reparar con su épico oficio de carpintero. (Desde luego, no faltaron las opiniones que descalificaban ese interés.)
El primer lugar donde puse mis botines de guerra, fue el librero-cabecera que mi papá me hizo. Con pedazos de madera que sobraban de la carpintería, hacía edificios para ciudades invisibles, cuyos habitantes eran figuras de acción, llaveros, comics de La pantera rosa, Cantinflas y Sandybelle, hasta las cajas y envases de las medicinas que llevaba mi mamá, enfermera de temple también épico. Pasó el tiempo y los modelos a escala de importantes barcos de la historia, formaron parte de esa improvisada galería.
Desde el día en que tuve mi propia habitación, mis libreros siempre han jugado un importante papel dentro de mi postrero ser y hacer. Durante la huelga universitaria de 1999, me dediqué a viajar, pero también comencé religiosamente a formar mi biblioteca. De alguna forma, proseguía con el infantil empeño de coleccionar objetos, pero también engolosinarse con éstos. En la temporada de las ferias del libro (Minería, el Politécnico, Antropología), siempre aflora ese niño interior que llevo dentro y como si estuviese frente a un anaquel repleto de chocolates y/o juguetes, le daba gusto al gusto. (El niño de aquellos días, de ver mi colección privada, caería desmayado y pediría que lo llevara conmigo cuando las ferias del libro, al súper o, simplemente, a cascarear por el Centro Histórico, buscando compactos de música, carpetas escolares, muñequitas de colección, separadores, postales, y, desde luego, libros.)
Mientras escribo esto, contemplo una fotografía de cuando era niño y me pregunto si aún está acompañándome. No dudo que así sea y ello mantiene presente la capacidad de asombro cuando un objeto, sea cual sea, me genera interés. (Por ejemplo: un biberón, una muñequita de trapo, una campana, cromos con barcos, figuras de las películas Anastasia y Robots, una botellita de Coca-Cola, sin olvidarme del batallón de separadores para libro y las postales de variopinta materia, forman parte del imperio secreto que cuida religiosamente mi niño interior.) Además, bien lo decía Brancusi, "todo artista tiene un niño adentro" y cuando colecciona, guarda y reúne en un solo lugar el fruto de sus andanzas, todavía queda mucho por hacer, ¿no creen?

viernes, 21 de marzo de 2008

La tunda de las generaciones

Hace exactamente ocho años, y luego de diez meses de paro injustificado, mi generación (2000-2003) de la carrera de Letras Hispánicas de la entonces ENEP-Acatlán (UNAM) comenzaba su periplo por el ancho y ajeno mundo de la vida universitaria. Al principio, éramos -como debió de ser con toda novel generación- gente in, o sea, inexperta, incompetente, intransigente, según se vea, pero los talentos individuales dejaron otra cosa que desear. (Como libro de Vladimir Nabokov, habla, memoria.)
Mi grupo, como todo aquel que se digne de serlo, tuvo, por así decirlo, varios subgrupos: la extrema izquierda (no por polaca, sino por extremista; la única polaca que estaba en el grupillo lo era de verdad), la burbuja (una camarilla cuya lider natural era todo un dechado de diplomacia pura) y la apertura, un "grupo sin grupo", si es que algún calificativo se le puede asignar. Entre estas secciones se iba la vida del grupo, lanzándose guayabazos, recordatorios del 10 de mayo y, eventualmente, concertaba ciertas treguas cuando el futuro del grupo estaba en jaque. (Para su buena fortuna, quien escribe no estaba afiliado a algún grupo, cosa que lo hacía apto a todo tipo a alianzas. Aún así, conservé mi independencia y sigo vivo, ¡¡gracias a Dios!!)
Sin embargo, como buena parte de mis compañeros, algunas materias de la carrera las tuve que recursar con las generaciones venideras y con ello, tuve otra experiencia de vida. Claro está que cada una tenía sus respectivos grupúsculos, pero eso no hizo mella en mí. Me explicaré mejor.
Con la primera generación postrera compartí una dicha por adelantado: tuvo como maestros a los puntales de la hoy imperante nueva ola, es decir, jóvenes profesores cuyo conocimiento y experiencias rebasaban todo tiempo. (Sinceramente, mis coetáneos, al verlos nuevos e inexpertos -eso creían- los agarraban de botana, mas el gusto les duró poco.) Pero el principal defecto de esa generación fue el orgullo. Se sentían -algunos, no todos- como la Divina garza envuelta en huevo y ello les adjudicó el epíteto de creídos. Muy pocos, hoy día mis amigos, nos salvamos de aquel ambiente. (¡¡Fiuuu!!)
La segunda corrió con una suerte bárbara. No se sentía elegida por los dioses, pero tampoco se menospreciaba. Muy al contrario. El ímpetu y la laboriosidad de ésta le hizo despuntar en varios campos, como la lingüística y la literatura, donde cabe notar que varios compañeros ahora son el arroz de todos los moles en los que a coloquios, simposia y conferencias se refiere. Con ellos me sentí como en casa, pero sólo por el mero sentimiento. Sinceramente, esa generación es la verdadera heredera de los sueños y ambiciones de la mía. Gratitud es la palabra que mejor define eso.
Respecto a la tercera, que veía a miembros de la mía como leyendas vivas (quien no reconozca esto, que lance la primera réplica), rebasó a sus dos antecedentes en mayor medida. Tuvieron viva la esperanza de que hubiese un cambio en la carrera. Mientras lo esperaban, trabajaron sin tregua en todos los ámbitos y ahora -para algunos- tienen más que merecida su recompensa. (Tengo noticia de que apenas se han titulado dos personas muy queridas por mí, cosa que me llena de orgullo. Ellos saben a qué me refiero.) Creo, sin lugar a dudas, que esta generación inició, sin saberlo, una nueva época cuyos frutos ahora disfrutan nuestros sucedáneos colegas.
Al no tener noticias sobre la cuarta, llego sin prisa a la quinta, de la que, a veces, no quisiera acordarme. Una personita (por quien cacheteaba las banquetas, debo reconocerlo) me lanzó una falsa acusación sobre una cosa delicada: el acoso. Ello influyó para que buena parte de esa generación te tildara de muchas cosas, no tan buenas que digamos. Sin embargo, sostuve mi postura ecuánime y la verdad salió por añadidura. (Tengo noticia de que mi bella acusadora está más sola que Martita en el rancho y aquellos que antes me lanzaron su dedo inquisidor, ahora son mis colegas, camaradas y amigos.) Por el lado del talento, debo decir que tenían más arraigadas sus inquietudes literarias que el resto de las generaciones. (Ellos sí soñaban con ser los nuevos Fuentes, Saramago, Pérez-Reverte y Anne Perry.) Para mi buena fortuna, esa aspiración los hacía, por default, mis contemporáneos inmediatos. En ellos, la máxima del mayo parisino de 1968 era su escudo de armas: Seamos realistas, ¡¡pidamos lo imposible!!
Ahora bien, entre tanta generación de la fui parte, y haciéndole honor a mi nombre, regresaba con regularidad a mi Ítaca, o sea, con los míos. Aunque fui el último integrante que terminó de cursar todas las materias del plan de estudios, estuve en primera fila como testigo de tantas cosas: la entrega de diplomas de los sobrevivientes -los que aprobaron todo en tiempo record-, el éxodo de varios compañeros hacia Ciudad Universitaria, los viajes de ida y vuelta de la lideresa natural, e incluso, los cambios de bando de una colega e inclusive el adiós (¿definitivo?) de una amiga mía, cuya vida está allende el Mar Caribe. Siempre fui el rezagado para todo, pero para contar su historia, mi historia, tengo la plena seguridad de que fui-soy-seré el primero. Y, claro, cada generación da y recibe sus propias tundas, y, por supuesto, yo ya las recibí todas. (¿Arrepentirme de ello? Tal vez...)
[P.S. Se escapan muchas cosas en este capítulo de mis Leaving Port Memories, pero ésas no aparecen aquí por dos razones: una, por respeto y admiración hacia aquellos con los que compartí su tiempo y espacio. (El destino de cinco de mis ex-compañeros: una se convirtió en actriz -salió en la polémica El violín-, un colega emigró al Sur y se volvió un parroquiano de la UPN; otra terminó como asistente de una innombrable, un marginal cambió de giro artístico y una amiga muy querida, bueno, digamos que está pagando una deuda con su casa de origen. Nada más.) Y la otra, simple y sencillamente porque se me olvidó escribirlas. No cabe duda que olvidar es también tener buena memoria. Ustedes, ¿qué piensan?]

martes, 5 de febrero de 2008

Leaving Port Memories: La vida en el portafolios

Cuando oficialmente comenzó mi vida escolar (al entrar a la primaria, para ser preciso), a diferencia de mis compañeros, que llevaban una flamante mochila colgada de su espalda, yo había optado por un objeto que tenía los mismos fines, pero de naturaleza diferente: un portafolios. Y más aún si el mío estaba hecho de madera. (Mi papá lo había hecho para emplearlo en sus días de burócrata, pero quien escribe se lo apañó primero.) En las primeras semanas, era un aliado infalible, hasta que la llegada de mis (primeros) libros de texto gratuito, lo relegó a un segundo plano, dada la necesidad de llevar todos los aditamentos escolares juntos y no aparte, como según me lo planteaba. (Fue un retiro forzado, sin duda, del que sólo me quedó resignarme.) Y así pasé, sin oponer resistencia alguna, a las huestes de la mochila samsonite -el resto de mi primaria- y a las del backpack en los primeros años de la secundaria.
Al comenzar el tercer año, llegó a mis manos, gracias a mi padre, un portafolio samsonite grueso, de color azul, que cumplió buena parte de las cosas para las que estaba hecho: guardar todos los libros de texto -entre éstos, uno que coescribió mi querida Rosalía Velázquez, por cierto-, los cuadernos y los lápices, y aún con toda esa carga, tener espacio para un boing de guayaba, una bolsa de papas fritas y hasta para un ejemplar del Novedades y otro del Tele-Guía. Pero además servía -no lo niego, claro está- como tumbaburros a la hora de la salida o como silla emergente cuando esperaba el camioncito de regreso. (También confieso que sirvió para guardar ropa a la hora de irme a casa de unos primos y tomar con ellos clases de regularización en Matemáticas. Gracias a ello, mi tía me obsequió la llave que me faltaba para cerrarlo.) Con todo este rítmo de trabajo, mi querido portafolios me duró una temporada algo larga, digamos que hasta segundo semestre de preparatoria, porque compré otro, de vinil y con fuelle para que se ampliara conforme a las cosas que le metía. De cualquier manera, siempre lo tenía lleno hasta el tope.
Al entrar a la carrera de Letras, ya tenía otro de segunda mano, negro y ejecutivo, como el usado para guardar los dólares en las películas. (Ahora ese modelo ostenta el nombre de Bejarano, por aquello de "no me cierre el maletín". Chistes aparte.) Y me duró hasta que un error en la combinación le dio en toda la chapa. Entonces ya había pasado el tiempo y adquirí dos portafolios de refresco: uno café, con correa para llevarlo al hombro, y otro guinda (con el escudo del sindicato de electricistas), que aguantaba de todo. Y ahora que los menciono, paso a recordar sus andanzas.
Con el portafolios café, tuve mis primeros encuentros con las Letras, es decir, que lo llevaba a cuanta presentación de libros se avecinaba. Además, cuando me tomaba días libres, con sólo guardar una libreta, dos libros de lo-que-sea, tres bolsitas de cacahuates japoneses, un juego de pluma y lapicero, y algunos boletos de metro, ya estaba listo para explorar la ciudad de México, en busca de la inspiración para escribir, escribir y escribir. (El Fondo México de la Biblioteca Vasconcelos era mi oficina, debido al porte y a la seguridad con que llegaba, abría mi valija, sacaba mis artículos de trabajo y me ponía a escribir. Algún día escribiré algo al respecto.) El portafolios guinda, por el contrario, tuvo otro desempeño: también servía como oficina portátil como el otro, pero más bien era como una valija de vendedor de enciclopedias: llena hasta morir. Aparte de los instrumentos de escritura, también le cabían libros de historia (fue mi complice en todos los eventos de la Academia Mexicana de la Historia cuando corrían mejores días), gacetas, separadores, postales y demás publicidad que regalan en las librerías; botellas de agua, tortas banqueteras, encargos editoriales de colegas y hasta funcionó como un bunker personal en todo coloquio al que asistía. Con este impresionante tren de vida útil, se acabarían de volada, mas no fue así. (Retiré el café por una temporada, mismo que me servía de refresco para el otro, pero seguía en activo.) Con todo y sus limitantes, rebasaron toda expectativa. El guinda, luego de acompañarme mientras socorría a una princesa del palacio de hierro en peligro, una tarde lluviosa de julio, a la semana siguiente lo retiré, no sin antes darle el adiós que se merecía. (Para mí, era como el tramp steamer de una novela de Álvaro Mutis.) Respecto al café, como los buenos soldados, merecía morir en batalla. La semana pasada, después de una larga jornada por la ciudad de México, y con revistas, gacetillas, separadores, libros que me habían regalado sus autores y encargos documentales en su interior, ayer por la tarde tuvo sus funerales como todo un jefe de estado.
Estas palabras, amén de convertirse en un capítulo más de mis Leaving Port Memories, sirvan como un homenaje a mis adminículos de trabajo más queridos, en los que llevé -literalmente- toda mi vida. Claro está que las cosas son para usarse y luego desecharse al rebasar toda su funcionalidad, pero siempre quedará presente el tiempo compartido y las cosas que se alcanzaron gracias a su leal, incondicional y certera compañía. (El tiempo traerá un nuevo compañero de batalla, no lo dudo, pero mientras llega, digno es que la memoria deje bien asentada esa impresión. De verdad.)

sábado, 19 de enero de 2008

Leaving Port Memories: La promesa de una pluma

Como buena parte de mi gremio, siento una enorme atracción hacia el adminículo más importante de mi trabajo: la pluma. Y no es para menos, porque buena parte de mi vida me ha acompañado, sea como bolígrafo, sea como estilográfica. Mejor me explico.
En mi estancia preparatoriana, allá por finales de los 90, mi encuentro con la Literatura se dio de dos formas: una, cuando estuve en un taller de creación literaria coordinado por el poeta Luis Tiscareño y la otra, consecuencia inminente de la primera, la compra de mi primera pluma fuente. En la papelería situada frente a la escuela, un amor a primera vista fue mi motivación para comprar aquel instrumento de escritura. El dependiente me explicó que era una pluma fuente y que no me serviría de nada. Me temo que se equivocó, porque fue mi inseparable compañera cuando escribí mis primeros poemas para luego verlos ya en caracteres de imprenta y estampar el consabido autógrafo. Muchos de aquellos ejemplares se perdieron, pero también mi pluma: un pésimo cuidado de mi parte le dio en la chapa a mi compañera de manufactura francesa. (Aún hoy lo lamento.) Tiempo después, en la misma papelería, compré otra, de naturaleza desechable, que siguió mis pasos, mas nunca llegó a ser como su antecesora.
Años después, en el peculiar ambiente de la carrera de Letras Hispánicas, renació mi admiración por las plumas, pero en su modalidad de bolígrafo. Llegué a coleccionar varios modelos y algunos, obvio, fueron mis aliados a la hora de escribir el poemita de ocasión, el cual pasaría una larga estancia en el cuaderno de notas hasta que el perfeccionismo muriera de pereza. Así pasó. Con ello, renació un interés por la pluma fuente. Una manía que tuve (tengo) era mirar fijamente, en los aparadores de la calle 5 de Mayo, los modelos de estilográficas que existen: Parker, Sheaffer, Waterman, Neiman-Marcus y, la joya de la corona, Mont Blanc. Bien sabía que nunca podría darme el lujo de tener una, pero verlas ya me hacía el día. (Por aquellos días, comenzaron a venderse en los voceadores, de forma semanal y/o quincenal, una colección de plumas fuente, con su respectivo cartucho de tinta para escribir. Eran más baratas que sus homólogas de oro y caucho, pero aún así era difícil tenerlas.) Pero como era más sincero y persistente mi deseo por escribir, siempre había bolígrafos en quienes confiar. (Además, para el santo que era, con pocos repiques bastaba.)
Hace varias Navidades, una amiga mía, Mildred Aguilar, me obsequió un juego de pluma y lapicero. Luego de agradecerle su regalo, le hice una promesa: que el primer texto de creación literaria o de investigación que escribiera con aquella pluma, estaría dedicado a ella. (Una de varias ponencias sí fue escrita con esa pluma, pero también con ésta le he firmado todas mis obritas que salen publicadas en revistas. Promesa más que cumplida.) Y un detalle más: desde mis colegas de generación, noveles como quien escribe, hasta historiadores como Jean Meyer y Enrique Krauze, han empleado momentáneamente mi pluma de batalla.
Luego de muchos años, por fin compré una estilográfica; el lugar: una sucursal de Papeleras Lumen. Compré un modelo sencillo, casi humorístico, gracias a la frescura de su decorado. (Era de color verde y tenía estampado un grillo.) Finalmente, valió la pena esperar tanto. Sin embargo, casi un año después, aparte de haberme acabado los cartuchos de tinta, se me rompió. (Todavía la conservo, detalles aparte.) Regresé a la fidelidad del bolígrafo y a la contemplativa acción de los aparadores en 5 de Mayo, mas no por mucho tiempo. Hace algunos días, Leyvi Castro me hizo un postergado y cálido obsequio: un par de plumas fuente, semejantes a la que había roto, para que siguiera escribiendo. Y aprovecho este momento para expresarle mi promesa de forma postrera: la primera obra de investigación, poema y/o cuento que escriba con una de esas plumas, estará dedicada a ella. Lo prometo. (Mientras tanto, me daré por bien servido cuando ella sea la primera persona a la que le firme mi próxima publicación en revistas. De verdad.)
Para finalizar este capítulo de las Leaving Port Memories, viene a mi mente una de las escenas finales de A beautiful mind, cuando a John F. Nash le hacen la ceremonia de la pluma, es decir, como una muestra de admiración y respeto hacia un hombre que llegó a su meta cumplida, el logro de toda una vida. (Confieso algo extrañado que con Leyvi sí se logró ese cometido, pero ella sabrá desmentirme.) De lo que sí estoy plena y completamente seguro es de que una pluma se obtiene por el esfuerzo constante y, por añadidura, genere la admiración de quienes más nos quieren y estiman. Y, claro, habrá otra ceremonia de la pluma que sienta yo la más adecuada.
¡¡¡Gracias!!!

jueves, 1 de noviembre de 2007

Leaving Port Memories: La sesión de los viernes

Al igual que varios profesores de Pedagogía (y una que otra Diseñadora Gráfica con pretensiones de educadora), me agradan las películas con temática magisterial, como Al maestro con cariño, La sociedad de los poetas muertos, La sonrisa de Mona Lisa, Lección de honor o Una mente brillante (si se quiere), donde la figura del profesor ante un peculiar grupo de alumnos destaca a contra corriente, con tal de dejarles una buena enseñanza, la cual acaba por permanecer. (Que sirva esta digresión como arranque para una más de las Leaving Port Memories.)
Hace tres años, cuando la juventud y el tiempo libre sobraban, me nació una inquietud por impartir clase (de lo que fuera, para ser preciso). Además, requería salir un poco del boxeo de sombra mientras llegaba el momento para publicar nuevamente algunos poemas. Gracias a las corazonadas de Ericka Mildred Aguilar, Secretaria Técnica de Humanidades, y a mis buenas intenciones, me convenció para impartir algunas asesorías de ortografía y redacción para alumnos de Historia, Filosofía, Letras y Comunicación, más los que se acumularan en el camino. Dejé mis horarios ideales y sólo me quedó esperar. Finalmente, una semana después, tuve una buena respuesta y me convenció un horario que nunca olvidaré: viernes, de 1 a 3 p.m (como el noticiario de Jacobo Zabludovsky, para acabarla...) Y la semana siguiente, arrancaban las sesiones. Era septiembre, según recuerdo.
El (supuesto) primer día fue un fracaso: dos alumnas de Comunicación, algo despistadas por el conato de puente (era la semana de las Fiestas Patrias), llegaron al salón. Les di algo de tarea, para la semana siguiente, pero nunca regresaron. Pero a la semana siguiente, sí fue el primer día oficial, con seis alumnos bastante peculiares: dos heterdoxos (hasta para ellos mismos) de Filosofía, una egresada de Historia buscando nortes -creo que una brújula también- para escribir la tesis, dos niñas de Comunicación suficientemente prometedoras y una profesora de Historia, con alma literaria. (Sólo desertó la tesista.) A decir verdad, estaba sorprendido por la peculiaridad de mis muchachos; por la edad, los intereses, no sé, podían haber sido mis compañeros de carrera, pero estaban allí, a la espera de encontrar una certera alternativa para aprender (también diría olvidar, pero me tengo confianza). Gracias a ello, desempolvé mis apuntes de Didáctica de la especialidad, le agregué algunas de las lecturas que había hecho en mis años de tallerista poético, y el resto, bueno... ya vendría con la semana. (No en vano, tanto Felisberto Hernández y Álvaro Mutis como Vicente Quirarte y Andrés Henestrosa, hicieron únicas algunas de mis sesiones.) Y los libros básicos: la Ortografía de la Lengua Española, de la Real Academia Española, y el Curso de redacción para escritores y periodistas, de Beatriz Escalante. La sesión de los viernes, por sí misma, me hacía la semana entera.
A finales del semestre, se cerró un ciclo, con la esperanza de seguir adelante y con nuevas energías, aprender las latas diarias del interminable arte de la docencia. Sinceramente, no sentí despedirme del todo de mis muchachos, porque siempre cabía la esperanza de coincidir con ellos por los pasillos del edificio A8. (Nunca me falló esa corazonada, pero una continuación para la sesión de los viernes, aún se veía lejana.) Tiempo después, los heterodoxos filosóficos siguieron su camino; las comunicadoras se lanzaron a la aventura académica (cada una en su respectivo lado del charco), y la maestra de Historia se volvió una de mis grandes amigas, a tal grado que me volvió un cultor de Clío y gracias a sus amistades historiográficas, el INEHRM, por ejemplo, es uno de mis puertos obligados. (Cosas de la vida: mi efímera etapa como profesor funcionó como partera de mi nueva época poética, pero ahora en Universo de El Búho, donde publico hasta la fecha.)
Tres años después, mis alumnas Leyvi Castro, Verónica del Toral y Rosalía Velázquez (comunicadoras e historiadora) ya vuelan con alas propias, pero su querencia intelectual aún se halla presente. Además, ahora tengo sinceras y seguras colegas para las próximas empresas que el tiempo futuro traerá consigo. (Por mientras, sé que cuento con sus enseñanzas, propuestas y amistad dentro del Consejo Femenino de Gobierno de esta Nueva República de Babel.) Casi al momento de ponerle punto final a estas líneas, vienen a mi mente dos referencias fílmicas:
  1. La frase de Heráclito dicha por el profesor William Hundert (Kevin Kline) en Lección de honor: El caracter de un hombre es su destino. (Siempre seguiré creyendo en su naturaleza sabia y lapidaria.)
  2. Aguardar, como John F. Nash (Russell Crowe) en Una mente brillante, que me toque la ceremonia de la pluma, reconociendo los logros de una vida. (Personalmente, preferiría que me llegara dicho momento cuando rebase los 75 años, porque aún tengo mucho que enseñar y, claro está, demasiadas cosas por aprender.)
Después de todo, una vida no sería completa sin las latas de la enseñanza, ¿verdad?

martes, 2 de octubre de 2007

Leaving Port Memories: Disparen sobre el ponente

Hace alrededor de dos años, comencé mi periplo como ponente y conferencista gracias a una mesa redonda (y colectiva) sobre la Primera parte del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, de la cual podría decir que me fue bien, casi regular si me pongo drástico. Sin embargo, mi debut como conferencista cuasi lector, se remonta tiempo atrás.
En noviembre de 2001, gracias a la insistencia de Miguel Ángel de la Calleja (en aquel momento, jefe de la sección de Letras Hispánicas) y a la buena atención de Patricia Macías, joven funcionaria del Instituto de Cultura del D.F., tuve mi primera oportunidad para leer mis poemas, al igual que varios colegas de barco, o sea, de carrera, como Carlos Fraga (quien hoy trabaja en Publicaciones del IPN), Israel Pérez Fragoso (cuya pista le he perdido) y Julio Ortega Jiménez (colega y amigo, hoy en día hombre de familia), una especie de Abdul Bashur para este intento de Maqroll que soy yo. Juntos, y repartidos por toda la semana, nos tocó leer nuestras obras poética y narrativa ante una (todavía) joven comunidad de literatos tirando a poetas malditos (o malditos poetas, según como se vea) provienientes de la Facultad, la Ibero, el Claustro de Sor Juana y la Metropolitana de Iztapalapa.
Nosotros no le pedíamos peras al olmo ni tejocotes al ahuehuete, pero estábamos conscientes de que nuestra obra bien podía dejar huella en los muros del Ex-Convento de San Lorenzo, entre las calles de Belisario Domínguez y Allende; además, la noche (devuelta a nosotros luego del engorroso horario de verano) le daba un toque mágico al encuentro. Israel y Fraga leyeron sus relatos como si lo hubieran hecho en Bellas Artes, aunque su competencia (dos niños de la Ibero, actualmente chícharos en canales culturales) era lo suficientemente amedrentadora. (Poco faltó para que nos gritaran: Disparen sobre el poeta, aludiendo a aquella película de los años 50, con Charles Aznavour como protagonista.) Respecto a los poetas de la delegación acateca, a Julio y quien escribe nos fue de maravilla. La originalidad de los poemas julianos y la versatilidad de los haikús de un servidor, dejaron al respetable con el ojo cuadrado. (Desde ese momento, la poesía se volvió una prueba de vida y nunca nos faltaron eventos u oportunidades para retomar el ancho y ajeno camino de los recitales poéticos.)
Años más tarde, gracias a la buena esperanza de Ericka Mildred Aguilar (Secretaria Técnica de la División de Humanidades y Consejera fundadora de la Nueva República de Babel), a mediados de 2003, los literatos rebeldes de Acatlán volvieron a las andadas. Carlos Fraga, Julio Ortega y quien escribe leyeron sus obritas ante alumnos de nuevo ingreso de Letras e Historia. (Tres carcamanes leyendo poesía y narrativa ante un público de villamelones, háganme el reverendo favor.) Lo único que nos faltaba era la bebida: un whisky on the rocks para Fraga, una cheve bien fría para Julio y una copa de vino tinto para un servidor. (Qué pena por Mildred: estar entre los Poetahuevos ¡¡qué puntada!!)
Ahora, a seis años de distancia de mi primera participación y a escasos 40 días del coloquio Memoria e Identidad, sólo me queda esperar que griten, desde algún punto del auditorio donde se lleve a cabo el chou, aquella lapidaria frase:
¡¡Disparen sobre el ponente!!
(Cuestión de enfoques.)

viernes, 17 de agosto de 2007

Leaving Port Memories: Ferias del libro

Una de las satisfacciones que tengo desde que comencé a estudiar Letras Hispánicas, es la frecuente visita a las ferias del libro, donde siempre termino por comprar algo. (Minúsculo, pero significativo.) Además, y paulatinamente, no sólo la oferta es editorial, sino también vivencial. Procedo a recordármelo.
La primera feria a la que asistí fue en el Palacio de Minería, hace alrededor de seis años. En aquel momento, era un joven ingenuo cuya biblioteca apenas era un proyecto. Y como tal, sólo le sacaba jugo a la carpa de ofertas y saldos de la UNAM, donde compré quince libros de poesía ¡¡de a peso!! (Aún así, la bolsa pesaba que daba horror.) Y desde allí supe que siempre volvería a Minería, sea como sea. La sentencia sí se cumplió.
Al año siguiente, no me animé a entrar al Palacio, pero fue en octubre de 2002 cuando Minería me hizo parte de sí. Durante tres días, de 8 a 8, en el marco del Homenaje Internacional a Felisberto Hernández en el Centenario de su nacimiento. Las pausas para comer y antes de las conferencias, a veces las ocupaba para leer, pero el ambiente editorial no era el mismo. (Aunque, he de confesarlo, Minería me dio una oportunidad de oro por ese tiempo, de la que me ocuparé en otro momento.)
A partir de marzo de 2003, se hizo oficial mi asistencia a las Ferias del Libro. Primero en Minería, acompañado por algunos colegas míos con quienes pasé largas horas y felices momentos comprando libros y caminando por los pasillos del palacio, mientras oía "Merry Christmas, Mr. Lawrence", de Ryuichi Sakamoto en el discman de un colega. (Allí mismo, tuve un reencuentro con una mujer, cuya infaltable amistad agradezco hasta la fecha.) Desde ese día, acuñé una frase que -ocasionalmente- es mi escudo de armas: Nada como volver a los viejos puertos.
El viento editorial me llevó hacia otras aguas, las del Politécnico, cuya feria anual me trajo de una manera extraña: siempre había creído que sólo vendían libros técnicos y aún así asistí. Craso error al creerlo, porque sí había libros técnicos y también literarios, lo que ya le puso sabor al asunto. De visitante fantasma en el Ex-Convento de San Lorenzo, en el Centro Histórico, me convertí en elemento decorativo en Zacatenco. No me arrepiento. (Además, contrariamente a Minería, a ésta siempre termino por asistir solo. ¿Destino? Me temo que sí...)
Los años pasan y las ferias también, pero con sensaciones e intenciones distintas. En los últimos dos años, y en marzo, precisamente, estuve muy bien acompañado. En 2006, por una niña que me quitaba el sueño -¡¡y el presupuesto!!-, que terminó por seguir su camino. Mientras el tiempo se detuvo en Minería, coincidimos con Javier Garciadiego, se portaba como chiquilla en dulcería en los stands de materiales didácticos y libros infantiles, y quien escribe, bueno... digamos que le hacía el día a sus (ahora) amigos de El Colegio Nacional. Cosas que pasan.
Este año, en Minería y también acompañado por una inteligente y sincera amiga, los papeles se cambiaron: me tocó estar como niño en juguetería, irradiando felicidad por los cuatro costados. (Ahora que me acuerdo, creo que la traía de cabeza. Suele pasar.) Son oportunidades que no dejo de disfrutar y, claro está, de agradecer.
Casi a punto de cerrar el conducto de la memoria, pienso que cada año trae buenas ferias, con sus respectivas compañías para comprar, aunque no sea libros, al menos tiempo y unas ganas de pasarla bien con alguien muy caro a nosotros. (Bien sé que para 2008, en Minería, estaré muy bien acompañado por una hermosa e inteligente mujer; seguramente distinta respecto de años anteriores. En Zacatenco, si el destino sigue jugándome bromas pesadas, regresaré solo. Pero, a pesar de estas certidumbres, conservo viva la esperanza de que la historia cambie en el Museo de Antropología, cada septiembre. Se vale soñar.) De cualquier manera, los libros como las mujeres, requieren su propio tiempo y siempre es saludable volver a los viejos puertos, pero con ganancias distintas. Verdad que sí.

sábado, 7 de julio de 2007

Leaving Port Memories: Le pop français

Las latas de la limpieza en casa siempre traen buenas sorpresas. Lo mismo el cambio de la despensa que las notas del teléfono, de cuando en cuando aparecen debajo de los sillones, pero el polvo, por donde quiera que se vea, no duda en hacer acto de presencia. Y, precisamente, mientras estaba en batalla campal contra éste, limpiando la colección de elepés, me topé con una joyita. Se trataba de un disco de Stéphanie de Monaco (Estefanía de Mónaco, en español, la princesita rebelde del famoso principado, cuya vida pública y privada es pan de cada día para el ¡Hola!, la Quién -se cree- y hasta la descarada Caras. Lástima por el oxímoron.), de quien sólo conocía una sola canción y eso gracias a 6.20. De inmediato, lo puse en la tornamesa y, seguro lo adivinan, me engolosiné con todas sus canciones. Pero mejor me explico.
Siempre he sentido una irremediable atracción por las canciones en francés, dado que oía -por la misma estación, cabe notar- lo mismo a Mireille Mathieu y a Dalida (el dueto que hizo con el otrora súper galán Alain Delon para la canción "Paroles, paroles", es ya un clásico contemporáneo) que una melodía de Elsa o a la misma Stephanie. Desde que escuché "Ouragan" -¡¡y su versión en inglés, "Irrisistible", también!!-, me dije "de aquí soy". Y no me arrepiento. Claro está que tenía unos 11 años y aún me faltaba conocer más música, no sólo francesa, sino del resto del mundo, hasta que un día, una de mis amistades en la preparatoria me habló sobre una de las grandes de Francia: Edith Piaf. "Ésa sí vale la pena", me dijo, y que no perdiera el tiempo con cantantes artificiales. (En aquel momento, quien me lo había dicho tenía razón, pero el tiempo demostró que no la tenía toda.) Y ahí me tienen, buscando quien que me prestara algún cassette, cosa que nunca sucedió. (Por lo menos, tuve un consuelo: descubrí a Nana Mouskouri, pero no era lo mismo.)
Poco antes de ingresar a la Universidad (era el año del paro, según recuerdo), supe de un programa de radio cuya programación era de música francesa. En ese momento, Top France se convirtió en mi aliado en aquellos días. Cuando ingresé a la carrera, seguí frecuentando su programación, hasta que mi efímero paso por mis primeras clases de francés hizo que me olvidara de escucharlo. (Por default, también me olvidé de aprender el idioma.) Sin embargo, regresé al programa del francesísimo Antoine St. Michel.
Hasta hace un año y medio, mi admiración por la música francesa retomó su lugar, obviamente, gracias al pop. Las canciones de la corsa Alizée hicieron lo propio, y pasé por las armas sus únicos y primeros compactos. (Cabe decir lo siguiente: mientras en Francia ya pasó de moda, en este lado del charco sus fans somos legión. Sin duda.) Y gracias a la Súper carretera de las Informaciones, me topé con su maestra y precursora, Mylène Farmer, a quien, por cierto, no le sobra ni le falta nada. Pasa de la sordidez gótica de sus primeros discos al desenfreno meloso de sus últimas producciones. (Bueno, son enfoques. Es como con los escritores, algunas obras son buenas, otras malas. Nada más.) Respecto a Hélène Segara (cuyo séquito de admiradores aumentó gracias a un dueto con Andrea Bocelli), solamente una observación: romanticismo a todas luces. Me reservo mis comentarios hasta una próxima ocasión, por mientras, digno es escucharla. Y la que se lleva las palmas, por ahora, es Patricia Kaas. Genealógicamente, está emparentada con la Piaf, obviamente, también con la versatilidad de la Mathieu y es la única cantante -a mi parecer- que conserva inmutable su estilo. (Después de esto, las pedradas o los aplausos.)
Finalmente, me puedo jactar de ser un escucha del pop francés, sea soso o elevado. Lo importante es que Francia no le pide nada al resto de las industrias musicales del extranjero. Y lo mejor de todo, que es el único pop que no pierde frescura con el paso de los años. (Sólo una excepción: a principios de los 90, un inverosímil nene, de nombre Jordy, estuvo en los charts con sólo dos canciones, "C'est dur être bebé" y "Alison"; después, se apagó.) Además, tiene sus ventajas estar en la Unión Europea, porque sus cantantes están en todas partes. Y los franceses, al respecto, ya han ganado más batallas que Napoleón. (Una muestra de ello estará toda esta semana en el Palacio de la Música.)
Au revoir!!!

lunes, 25 de junio de 2007

Leaving Port Memories: Madredeus

(Aprovechando la lusofilia de nuestras Consejeras Nora de la Cruz y Daniela Sandoval, dedicaré las siguientes líneas a un grupo que nos gusta.)

Durante mis años en la preparatoria (donde, o se era rockero por fatalidad, o grupero por default), tuve la fortuna de escuchar la música de un grupo descrito en una palabra: atemporal. La potente voz de la portuguesa Teresa Salgueiro, vocalista del grupo lusitano Madredeus, me llevó por otros ambientes donde sólo la nostalgia (saudade) era la primordial. En su segundo disco, Existir, todavía hay guiños de ojo a la tradición del fado -las guitarras-, pero se creaba un sonido totalmente nuevo. Durante dos años, ese fue mi música de cabecera.
En el primer año de la carrera de Letras, una compañera mía (y otra atemporal, recalquemos), Noemí Arellano, tuvo la fortuna de prestarme O Espirito da Paz y el sublime Ainda (banda sonora de Lisbon Story, de Wim Wenders), cuya sola escucha confirmó mi predilección por ese grupo de impecable factura y talento non, hasta que un día, gracias a una duermevela y a la programación matinal de Radio Educación, quedé sin palabras. Después que se transmitió completo O Paraiso (en aquel tiempo, la más reciente producción del grupo), me decepcionó completamente. Y dejé de lado (muy a la deriva) escucharlos de nuevo. Sin embargo, gracias a los buenos oficios de Onatta Lecona (matemática sin par metida en política), me di una segunda oportunidad. Nunca cesaré de agradecérselo.
Ahora, gracias a un regalo de cumpleaños, tengo el Antologia en mis manos y cada vez más me sigue gustando la música de Madredeus, aunque ya los años -¡¡con todo e integrantes!!- comienzan a notarse. Pero esas coisas pequenas valen poco para quienes gozamos de sus canciones. Y aquellos que aún no las conocen, la invitación está hecha para convencerse y también (¿por qué no?) convertirse a su culto. Después de todo, y como decía E.M. Cioran, "toda música verdadera nos hace palpar el tiempo". ¿Será?

lunes, 11 de junio de 2007

Leaving Port Memories: Mi padre y la ciudad

Hace muchos años, y siendo todavía hijo único, pasaba horas y felices minutos acompañando a mi papá, cuando éste trabajaba en la Secretaría de Agricultura. Mientras despachaba los asuntos del ministerio, veía interminablemente el ir y venir de personas y papeles (desde entonces, no he visto nada nuevo), situaciones más que obvias. Sin embargo, al terminar su turno, mi padre tenía programado para mí otro trajín, diametralmente distinto al de su trabajo.
Como la secretaría se ubicaba entre Reforma y Antonio Caso, a unos pasos del Sindicato de Electricistas, nuestras travesías comenzaban en la peluquería El Sol Naciente (hasta hace pocos meses, ubicada en Antonio Caso, casi en contra-esquina con Insurgentes), donde ponía de cabeza a los peluqueros con mis primeros ensayos de estilista amateur. (Sin embargo, siempre salía con un corte nuevo; por aquello de "Más sabe el diablo por viejo..." Cosas de la vida.) Después de esa escala, seguíamos por la colonia San Rafael, hasta llegar a Serapio Rendón, para una larga jornada de cine infantil en el Ópera. Al final de la función, emprendíamos el viaje hacia el norte de la ciudad para recoger a mi mamá del trabajo.
En un Datsun '79, y con la Tropi Q sintonizada, mientras llegabamos a la colonia Lindavista (zona de hospitales, cabe decir), mi padre me mostraba los edificios que pasabamos. Ocasionalmente, nuestros trayectos incluían la Fuente Cutzamala (donde hoy se encuentra la Diana Cazadora), el Ángel de la Independencia, el Monumento a la Revolución, en fín... lo que la ciudad nos ofrecía cada noche. (En septiembre y diciembre, era de cajón pasar frente al entramado que iluminaba el Zócalo. ¡¡Una serie de imágenes inolvidables!!) A veces, cuando llegábamos más temprano, hacíamos escala en la panadería y rosticería Susy (localizada en la calle Cuzco y que ahora es un restaurante) donde mi papá compraba el pan para la cena. Además de bolillos, algunos borrachitos y dos que tres conchas, también compraba dos gelatinas, una de las cuales me servía de cena. ¡¡Qué fácil era llenar de ilusiones a un niño!! Después de ello, volvíamos al hospital y ya mamá nos estaba esperando.
Tiempo después (ya mis hermanos habían nacido), luego de dejar a mamá a su trabajo (y a mi hermanito con la niñera), los tres (papá, mi hermanita Yadira y quien esto escribe) nos enfilamos hacia un domingo lleno de sorpresas en el Centro. En aquellos días, estaba en la Secretaría de Educación Pública, allá por República de Argentina, una exposición sobre la historia de los Libros de Texto gratuitos. Mi papá nos platicaba cuáles eran los libros que usó cuando iba a la Primaria (cuya portada del más conocido hizo Jorge González Camarena); recordé épicos tiempos al ver las ilustraciones que tenían los que usé (hechas por Leonora Carrington, José Luis Cuevas, ¡¡Alberto Gironella!!) y, claro, no podían faltar los que mi hermana usaba en aquellos días (con portadas de Carlos Mérida y Raúl Anguiano, por ejemplo). Inclusive, mi papá movió cielo, mar y tierra para que le cambiaran el libro de texto que le habían obsequiado a mi hermanita. Cosas que pasan.
Ahora, años después, pienso que la mejor herencia que mi padre me dejó, fue el gusto por la ciudad. Por fijarse en el menor detalle al caminar por ésta, por agarrarle sabor a los recorridos y, sobre todo, porque se ha convertido en el eje central de mis andanzas (literarias y viajeras). Los lugares que visitábamos ya no existen. Cuando voy a San Ángel, cada vez que el Metrobús pasa cerca de Antonio Caso y de Av. Reforma, el recuerdo no pide tregua a la hora de la remembranza. Y eso, se lo debo a mi papá. (Seguramente sabe que también le debo el oficio de las letras. Pero eso, se cuece aparte.)

jueves, 10 de mayo de 2007

Leaving Port Memories: Doña Licha

(En unas horas más, será Día de las Madres. Y... no sabría cómo empezar este episodio de las Leaving port memories, dada la importancia del momento. Sin embargo, haré unas cuantas concesiones para que la memoria dé libre curso a sus palabras.)

Cuenta mi mamá, de nombre Constantina (o doña Licha, como también le dicen), que hace varios años, cuando vivíamos en la colonia Cosmopolita, cerca de la Euzkadi y de la zona industrial de Vallejo, siempre la acompañaba a comprar el pollo para la comida. Iba pegado a la cangurera y mi mamá me besaba a cada rato a tal grado que me dormí. Entonces, un viejito muy ocurrente que la atendía dijo: "Condenado muchacho, te duermes con los besos de tu madre". (No era la primera vez...)
Pasaron algunos años, crecí un poco y al ser hijo único (e hiperactivo, para acabarla), mi mamá tuvo la necesidad de ponerme riendas. (Con un padre de disciplina férrea, ¿para qué querría más?) Y lo logró, acercándome a la lectura. Cada semana me compraba un fascículo de los Cuenta Cuentos de Salvat (libro y cassette o libro y L.P., según el orden de aparición) y bien engolosinado los escuchaba una y otra vez. (Así conocí la historia de Pinocho, pero tuve que esperar más de diez años para saber el final. Cosas de la vida.) Y lo mismo leía revistas de pasatiempos, sus ejemplares de Buenhogar y Última Moda, y hasta mi primer libro que fue un regalo suyo: El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, en una edición muy sencilla. (Confieso que cuidé demasiado ese primer libro al grado de perderlo por completo. Ni modo.)
Mientras determinaba mi vocación y el sentido de mi destino, mi mamá siempre veía de buena manera que tuviera otros intereses, pero también cuidaba que éstos no rebasarán mis obligaciones. Casi a la hora de elegir carrera, cuando supo que estudiaría Letras Hispánicas, se le fue -literalmente- el santo al cielo. Sin embargo, creo que está contenta al tener un hijo artista. (No se logró su ansiado ingeniero, pero haber ido más allá de la preparatoria, es ya en sí una proeza.)
Ahora bien, ¿por qué escribo estas cosas, en vez de hacer un encomiástico escrito sobre mi madre? No lo sabría decir con exactitud, pero de algo sí estoy seguro: una de sus más generosas herencias, para quien escribe, es la memoria. Creo que delegó en mí esa parte del oficio de vivir, mismo que ahora se alimenta por concretar sus futuros proyectos, sus ganas de sacarle una risita a cualquiera de sus tres hijos, y, sobre todo y ante todo, darles otra herencia realmente importante: la persistencia al hacer las cosas. Por eso y lo que falta, ¡¡¡muchas gracias, mamá!!!
[Decía Jaime Sabines que "las madres son criaturas de nuestros sueños". Lo más seguro es que también lo sean en la memoria. ¡¡Felicidades!!]

domingo, 29 de abril de 2007

Leaving Port Memories: Días infantiles de radio

Se acerca el Día del Niño y otra vez hacen de las suyas las visiones de estas interminables Leaving port memories. Sin embargo, y a invitación expresa de Rosalía Velázquez, haré una remembranza sobre la radio.
Desde que tengo memoria, siempre ha existido un aparato de radio en la casa, mismo que oía gracias a los gustos de mi padre; recuerdo que siempre sintonizaba la legendaria Tropi Q, en el 92.9 de F.M., donde supe que existía buena música tropical: pasaban buenas cumbias colombianas y conocí una versión en arpa de "Moliendo café", con la que cerraba un turno en cabina. Desgraciadamente, cuando cambió de género, cambié de estación.
Además de ésta, también escuchaba la también legendaria Radio Rin, en el 660 de A.M. Por supuesto, las canciones de Cri Cri no me eran ajenas, pero también supe de los Hermanos Rincón y otros cantantes que hicieron llevaderos mis días. (He de confesar algo: antes de tiempo, me alejé paulatinamente de esa estación. Me ahorré -si es una forma de decirlo- el brusco cambio de Radio Rin a La Candela 660. Para ese entonces, la XEW me convenció.)
Como parte de la herencia radiofónica, volverse escucha de la W era como sentirse parte de la historia pasada y presente, sobre todo si recordamos que las estrellas de hoy y siempre empezaron allí. Y como buen niño en busca de su Arcadia perdida, finalmente la encontré en una emisión sabatina y matutina, de nombre Musicalitrónico, conducida por Arturo Laphan, mejor conocido como Pistachón Zig Zag (y de sobra conocido). Desde luego que estaban los clásicos infantiles, como Cri Cri, Burbujas, Disney y el Tío Gamboín, pero se alternaban sus canciones y melodías con otras de factura reciente. (Con decir que "Laika" de Mecano era de las más pedidas.) Lamentablemente, con el correr de los años, dejé de oir el programa, y creo que lo hice en buena hora, porque también desapareció.
Desde la W, también me asomé al mundo que me tocaba vivir: entre los programas de Nino Canún, Horacio Jaramillo y Virginia Sendel y una peculiar emisión conducida por Susana Alexander, Ahora que me acuerdo, esperaba con ansía las transmisiones de los premios Eres, donde sólo la música me deleitaba. (Verlos por la televisión era lo más lógico, pero no era lo mismo.) Y hasta aquí mis recuerdos de la XEW.
Por supuesto que también tenía otras estaciones hacia donde navegar: la Consentida 1560 (que me educó el oído en lo que a música vernácula se refiere), Sinfonola 1410 (donde La hora de la risa era el programa de todos los días), pasando por la XEQK, la Hora Exacta del Observatorio, hasta llegar a mi actual casa, Radio Educación. Todas las mañanas, a las 7 a.m., despertarse con Batido y espumoso era lo máximo. (Y conducido por Eugenio Sánchez Aldana, mejor aún, por su profundo conocimiento de la música folclórica e infantil.) Algunos años después, Radio Sí, con Mayte Ibargüengoitia y el legendario Emilio Ebergenyi, te llevaba de la mano por la literatura mexicana. Y los fines de semana, ni se diga: Cachivaches y El taller de las sorpresas eran de cajón.
Después de estas Arcadias radiofónicas, tenía que ponerme al día con mis contemporáneos. Por eso, las estaciones poperas no me son ajenas. (Me chocaban en un principio, pero ahora, con varios años encima y visto como un anciano ante mi hermano de 16 años, siento que las conozco de toda la vida.) De cualquier manera, siempre regresaba a los clásicos, mis clásicos: Ray Conniff, Franck Pourcel, Paul Mauriat, y eso por medio de 6.20. (Allí supe que existía Mireille Mathieu: bueno, la primera vez que escuché una canción interpretada por ella, fue, precisamente, una de Cri Cri. Cosas de la vida.)
Después de muchos años, y viajando por ambos extremos del dial, me doy cuenta que la radio siempre ha estado conmigo y compartiendo no sólo una vida, sino muchas. Hace quince años, ante la demasía de estaciones musicales, deseaba que aumentaran las estaciones habladas. Transcurrido ese tiempo, y ante la exagerada cantidad de estaciones habladas, ahora ansío que aumenten las musicales. (No todo se puede en la vida. ¿Será?) Mientras se equilibran las estaciones, opciones como Horizonte 108, 660 Radio Ciudadana, Radio UNAM y la heroica Radio Educación, siguen, como el Cid Campeador, ganando batallas.
[P.S. Si me dieran a elegir cuál fue el mejor de los juguetes de infancia, sin dudarlo, diría: la radio.]

jueves, 26 de abril de 2007

Leaving Port Memories: Palacios de la Infancia

Luego de resolver parcialmente algunas minucias en Danesa 33, digo, Dinamarca 84, resolví pasearme por los alrededores, en busca del recuerdo perdido, es decir, de mis palacios de la Infancia. No puedo negar que sí los encontré, pero ya no eran lo que antaño. Mejor me explico.
En la calle Antonio Caso, cerca de Insurgentes, estaba la peluquería El Sol Naciente, lugar que hasta hace poco estuvo allí: ahora es un antro más. En dicho lugar, mi padre y yo nos cortábamos el pelo, donde también tuve contacto con varias de las cosas que hoy día forman parte de mi escudo de armas: en los revisteros de la peluquería, siempre estaba Siempre!, los dos locales que estaban pegados al lugar eran un expendio de lotería (con dulcería integrada) y una librería dedicada a materiales didácticos, enfrente estaban el Teatro Venustiano Carranza y los Trajes Dover, lugares que aún resisten el paso del tiempo.
Calles más adentro, en Serapio Rendón, estaba mi otro palacio, el cine Ópera. Después de la jiribilla con los peluqueros, mi padre siempre me llevaba a ver películas (infantiles, y en las que se dormía mi papá, je je), en su mayoría clásicas: Oliver y su pandilla, Bernardo y Bianca, y mi favorita, Los Aristógatos. Sin embargo, en aquel cine se exhibió la película de mi generación: Thundercats. (Para quienes, de niños, seguíamos la serie animada por la tele todas las tardes, era el suceso del año. Y además de disfrutar más de las aventuras de Leon-O y sus leales compañeros, ahora aparecían personajes nuevos: Linzo, Pumara y Bengalí, con los cuales, tiempo después, se hizo la segunda temporada.) No recuerdo exactamente si ésa fue la última película que vi. Ahora que volví a verlo, me siento como Toto, aquel personaje de Cinema Paradiso: sólo me queda esperar su inminente demolición, dado su trágico estado.
[Si estas líneas tienen un fin en especial, es por una toral razón: ganarle tiempo al olvido. Bien sé que la vida, como el más real de los espectáculos, debe seguir. Sin embargo, entre la vorágine de casos y cosas, y como una vez le dije a Laura Cabrera, nada como volver a los viejos puertos. ¿Será?]

sábado, 21 de abril de 2007

Leaving Port Memories: Mecano

Hace varios días, platicaba largo y sabroso con varias historiadoras de Acatlan City y dentro de la conversación, me preguntaron los porqués de mi relación con la Historia y del cómo, siendo un literato de tiempo compartido, conozco datos sobre su gremio. En aquel momento, les dije que dicho interés se remonta a mi lejana infancia, cuando veía por la telera una telenovela histórica de nombre Senda de gloria, la cual marcó mis postreros intereses. Sin embargo, y ya pensándolo bien, creo que mi memoria me manda un tiempo más atrás. Y espero serle fiel.
Mi descubrimiento de la Historia estuvo, paralelamente, ligado a uno de mis gustos musicales: las obras del grupo español Mecano. (Sinceramente, no me considero integrante de la "generación Mecano" ni de otras semejantes, dado que nací a principios de los años 80, pero eso es materia de otra colaboración y no tengo el hígado -por ahora- para hacer una historiografía diletante al respecto.) Cada vez que mi familia y yo regresábamos de vacaciones, al llegar a la casa siempre sonaba por la radio una canción de Mecano, ya fuese "Cruz de navajas", "7 de septiembre" o "Laika", que era la que más me gustaba cuando niño. Años más tarde, cambié drásticamente de género musical y mi infancia se quedó en el Cine Ópera.
Para cuando llegué a la preparatoria (lugar que termina de fraguar tus gustos musicales), ocurrió mi redescubrimiento de Mecano, cuando un profesor de Álgebra me prestó algunos cassettes de los álbumes Descanso domincal y Aidalai, mismos que me regresaron momentáneamente a mis años de escuela y de largos viajes a provincia; además, aprendí algo de historia gracias a canciones como "Héroes de la Antártida" (me aprendí de memoria el texto introductorio: quién no recuerda aquellas palabras: "18 de enero de 1912: El capitán Scott, acompañado por Evans, Wilson, Bowers y Oates, alcanza el Polo Sur, pero fracasa en la hazaña de ser el primero. Sobre el punto de la latitud cero, hondea ya la bandera noruega del explorador Amundsen. Exhaustos y fracasados, emprenden el regreso."), "Dalí", "No es serio este cementerio" (con su peculiar humor, claro está), la propia "Laika" (¡¡Al fin sabía de que trataba!!), etc., donde sabías qué onda con las historias y sus protagonistas, sin dejar de lado las historias sencillas, como los insólitos encuentros plasmados en "La fuerza del destino", "El cine", "No hay marcha en Nueva York", por decir algunas. (En una palabra, una especie de historiografía de bolsillo.)
Ahora, 25 años después del comienzo de una leyenda viva, los compactos del terceto español siguen vendiéndose como antaño, salen innumerables compilaciones de videoclips y hasta una obra musical inspirada en sus canciones, Hoy no me puedo levantar, se exhibe en las marquesinas mexicanas e ibéricas; y aún no sé si estoy preparado para integrarme a la "generación Mecano". Y mientras llega ese día, seguiré escuchando sus canciones, checando sus videoclips y hasta analizando sus temas como recurso didáctico para seguir aprendiendo historia. ¿Será?
[P.S. Al momento de ponerle punto final a este fragmento de las Leaving port memories, recuerdo que Ana Cárdenas mañana se llevará a algunos de sus alumnos y demás flota a una función de Hoy no me puedo levantar, cosa que me llena de envidia, pero qué remedio. Habrá un día.]