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viernes, 23 de julio de 2010

Historia de México a domicilio

Hace algunas horas, mientras revisaba algunas cosas en la red, encontré una nota sobre el libro Viaje por la Historia de México de Luis González y González, mismo que desde hace algunas semanas, ha estado llegando a varios hogares de México, como parte de los cacareados "festejos" del 2010. Cuando leí con cuidado dicha nota, me sorprendí mucho porque las ponderaciones hechas estaban escritas, más que con la cabeza y el corazón, con el hígado. Y no es para menos: por la pretendida y faraónica "celebración", a esta obra de don Luis le seguirán lloviendo las críticas. Pero vayamos por partes.
Se dice que dicha obrita cuenta con "una visión muy corta de la historia de México y queda como un 'paseo por la historia de México'". Siento decepcionar a quien escribió esas líneas. Todo ensayo, sin importar si quién lo hurdió, es, en sí, un paseo. La presencia de Luis González y González en la historiografía mexicana, vino a llenar de nuevos aires al campo de la Historia, empecinada, según algunos, en atiborrarse de datos, referencias, terminajos y todo tipo de jergas gremiales que flaco favor le hacen a la difusión de la historia. Es decir, llevar las palabras domingueras al plano de la investigación, empresa no tan fácil que digamos. (Respecto a Pueblo en vilo, su obra harto conocida, mientras sus "colegas" lamentaban su pérdida de tiempo en asuntos nimios -como hablar del pueblo natal-, por otro lado, fue celebrada por plumas del calibre de Jorge Ibargüengoitia y Jean Meyer, y hasta don Daniel Cosío Villegas, su jefe en el COLMEX, con voz de mando, ordenó su publicación. Y el resto, como saben, es historia... El Colegio Nacional y la Academia Mexicana de la Historia todavía se lo agradecen.)
Volviendo a Viaje por la historia de México, claro está que reprochamos la ausencia de muchos personajes (bastantes mujeres, agregaría yo), pero hagamos un poco de memoria. Hace unos quince años, la naciente editorial Clío (casa editora que publicó las obras completas del mago de San José, muy bien cuidadas por ese milagro literario llamado Jorge F. Hernández), en colaboración con Bancomer, sacó a la luz el Álbum de México, de la autoría de don Luis, dirigido hacia los niños de la escuela primaria. (Recuerdo a mi hermana, quien, por iniciativa de su maestra de 5o. año -nuestra maestra: tanto mi hermano menor como quien escribe, fuimos alumnos suyos-, yendo cada semana al banco por sus estampas.) Y creo que con esa empresa, muchos nos acercamos a la historia; y si era por gracia e ingenio de González y González, mayor privilegio aún. Lo que hizo el gobierno federal, ya cambiado el nombre original y con unas palabras preliminares de sobra (ustedes saben), fue retomar una idea muy buena, pero con el destinatario equivocado: esa obrita queda mejor con los niños. ¡¡Y eso don Luis lo sabía muy bien!! De cualquier forma, como reza en su prólogo, no desmerece la lectura de los adultos. Y hasta ahí.
Ahora bien, y sin picarme de pretencioso, creo que la obra que sí merecía llegar a cada hogar mexicano, era la Historia de México, confeccionada por la Academia Mexicana de la Historia a petición gubernamental (y de la cual se jacta el secretario de Educación que se vende mucho y bien, cosa que aún dudamos), y que al mencionar en estos momentos, desatará otra polémica similar. Entremos en materia. De las opiniones que escuché al respecto, se encuentran las siguientes: "Bola de vendidos", "pura historia de bronce", "de a como el chayotazo", "obra pretenciosa", "hubieran llamado a Lorenzo Meyer", "está mejor la del COLMEX", "otro pinche librito oficialista", y mejor le paro, por salud mental.
Si fue encomendada a una insigne institución como la AMH, fue por una clara razón: es uno de los organismos que goza de cabal salud en cuanto al estudio de la historia mexicana se refiere, y mejor elección no hubo para ello: la pluralidad de sus integrantes (unos, francamente admirados; otros, meramente odiados) ayuda a entender mejor el crisol temático dirigido a enseñarnos nuestra historia. (Paréntesis aparte, fue la despedida del siempre imprescindible Ernesto de la Torre Villar.) Bien sé que no es un libro definitivo, pero al menos es de gran ayuda. Mientras suscite nuevas y sesudas investigaciones, y siga generando la crítica constante, no es una obra del todo vana. (Sólo el tiempo...)
Con todo, Viaje por la Historia de México no es una obra perdida mientras busque su destinatario ideal: en su caso, los niños, que merecen empezar de buena manera. Y eso lo tuvo muy bien presente don Luis, que no se les olvide o se hagan que la virgen les habla. Y respecto a la Historia de México (con portada de José María Velasco y bajo la trinca editorial del Fondo de Cultura Económica, la SEP y la propia Academia Mexicana de la Historia), creo que es el libro que sí merecía llegar a todos los hogares de México. La terquedad gubernamental y bicentenaria hubiera ganado más si dichos libros hubieran llegado juntos, como en paquete, para empezar mejor el largo y grato camino de la historia mexicana. El resto, sobra decirlo, depende de nosotros y ya.

martes, 2 de marzo de 2010

Palabras de Alejandro Aura

Cada vez que se frecuenta una obra poética, se revisa una parte del mundo que nos tocó ver y sentir; pero cuando llega ese momento en el mero cumpleaños del autor, la visita es más que placentera. Sí que sí.
Alejandro Aura (1944-2008), poeto (así se decía él) y promotor cultural, cumpliría hoy la siempre recíproca edad de 66 años, y una manera de recordarlo es acercándonos tanto a su obra narrativa (Los baños de Celeste) y teatral (Bang!, Las visitas, Salón Calavera) como a su poética (Poeta en la mañana, Alianza para vivir, Volver a casa, etc.), de la que comparto con ustedes uno de sus poemas más socorridos y que, en cierta manera, fue su testamento.

Despedida

Así pues, hay que en algún momento cerrar la cuenta,
pedir los abrigos y marcharnos,
aquí se quedarán las cosas que trajimos al siglo
y en las que cada uno pusimos nuestra identidad;
se quedarán los demás, que cada vez son otros
y entre los cuales habrá de construirse lo que sigue,
también el hueco de nuestra imaginación se queda
para que entre todos se encarguen de llenarlo,
y nos vamos a nada limpiamente como las plantas,
como los pájaros, como todo lo que está vivo un tiempo
y luego, sin rencor, deja de estarlo.

¿Se imaginan el esplendor del cielo de los tigres,
allí donde gacelas saltan con las grupas carnosas
esperando la zarpa que cae una vez y otra y otra,
eternamente? Así es el cielo al que aspiro. Un cielo
con mis fauces y mis garras. O el cielo de las garzas
en el que el tiempo se mueve tan despacio
que el agua tiene tiempo de bañarse y retozar en el agua.
O el cielo carnal de las begonias en el que nunca se apagan
las luces iridiscentes por secretear con sus mejillas
de arrebolados maquillajes. El cielo cruel de los pastos,
esperanzador y eterno como la existencia de los dioses.
O el cielo multifacético del vino que está siempre soñando
que gargantas de núbiles doncellas se atragantan y se ríen.

Lo que queda no hubo manera de enmendarlo
por más matemáticas que le fuimos echando sin reposo,
ya estaba medio mal desde el principio de las eras
y nadie ha tenido la holgura necesaria para sentarse
a deshacer el apasionante intríngulis de la creación,
de modo que se queda como estaba, con sus millones,
billones, trillones de galaxias incomprensibles a la mano,
esperando a que alguien tenga tiempo para ver los planos
y completo el panorama lo descifre y se pueda resolver.
Nos vamos. Hago una caravana a las personas
que estoy echando ya tanto de menos, y digo adiós.


(¡¡Gracias, Alejandro!!)

viernes, 18 de septiembre de 2009

México según Nicolás Alvarado

La sola mención de la palabra México de por sí genera escozor a ciertos sectores de la sociedad mexicana, quienes ven, por un lado, una exhaltación de una identidad, y, por el otro, un vergonzoso resbalón. Ambas partes de la historia tienen razón, pero no toda, desde luego. En las letras mexicanas del siglo XX, Samuel Ramos, Jorge Portilla, Octavio Paz y Jorge Ibargüengoitia, por decir algunos, han colocado al mexicano en una caja de Petri y observado -cada quien sus armas, claro- con detenimiento las cosas que lo conforman. (Aún prosiguen las polémicas desatadas, por si querían saberlo.) Sin embargo, el ingreso a este elenco de Nicolás Alvarado, sólo habría de ponerle la cereza al pastel... o la tachuela en el asiento.
Nicolás Alvarado, de sobra conocido por sus participaciones en programas de T.V. como La dichosa palabra, Suave es la noche, Reverso y su segmento cultural en el noticiario matutino de Carlos Loret de Mola, desde antes ya tenía un buen kilometraje acumulado en lo que periodismo radial y escrito se refiere, pero ningún libro publicado. Gracias a los buenos oficios de la editorial Norma, en 2006, sale a la luz su primera obra: Con M de México. (Alvarado confiesa que la idea, como todo en esta vida, no es original: un volumen semejante sobre cocineros publicado en Estados Unidos motivó esa intención, pero la manera de verlo sí que lo es.)
Con el pretexto del conformar un diccionario con las palabras que generan escozor en buena parte de la sociedad mexicana, en Con M de México. Un alfabeto delirante, Alvarado emplea para ello las artes del ensayo y los artificios de la ficción para pintar un retrato aproximado de México. Eso sí, con algo de humor ácido, guiños autobiográficos, poesía de ocasión y hasta lo más selecto de la cultura popular y, claro, también del jet set. Palabras comunes y corrientes como Asalto, Basura, Compromiso, Chilango, Desconfianza, Erotismo, Familia, Gringa, Hueva, Impuestos, Joto, Kilos, Lunes, Llanto, Marcha, Navidad, Ñero, Ortografía, Política, Quimioterapia, Resaca, Salinas, Televisión, Uniformados, Vecino, W.C., X (a secas), Yo y Zempasúchil, pasan por la pluma de Alvarado y se convierten en ensayos cuasi sociológicos, crónicas desatadas del nuestra nice people de petatiux, enconadas diatribas, poesìa de ocasión y hasta un aforismo totalmente mexicano, como el caso de "Con H de Hueva", que me permito citar de forma íntegra: "Ps... hueva, ¿no?". (Ya ni Monterroso...)
También cabe notar la presencia de un alter ego del autor, Federico Cortés, quien protagoniza a la perfección las situaciones recurrentes del mexicano: las manifestaciones que desquician a una ciudad de por sí desatada, el engorroso acto de pagar los impuestos (para no pagar consecuencias), la diezmada ortografía empleada en los e-mails, los mil y un demonios de la cruda, y hasta el asalto nuestro de cada día. Quien lea cualquiera de los textos dedicados a ello, no evitará identificarse. (Para bien, para mal.)
En innumerables ocasiones, Nicolás Alvarado he declarado que las palabras son el mejor juguete que se pueda tener. En Con M de México, mientras deshace (o lo intenta, según reconoce) algunos mitos del mexicano, ante todo está jugando con el lenguaje. Y entre ese esquizofrénico juego, siempre hay verdades como puños que no se escapan. Y qué decir de su lectura: más de uno se verá retratado, aunque eso -¡auch!- nos duela en el orgullo. En una palabra, un libro que no debemos pasar desapercibido. Si al terminar su lectura, se decide compartirlo, ficharlo o, de plano, mandarlo al bote de la basura, ésa ya es decisión del lector. (Ni modo: o lo amas o lo odias.) No cabe duda que, con este libro, Nicolás Alvarado entró con el pie derecho a las ligas mayores de la literatura mexicana del incipiente siglo XXI.
Cierro estas líneas con una anécdota de Pablo Neruda. Éste, en alguna ocasión, le dijo a un joven Antonio Skármeta una opinión lapidaria sobre su primer libro, El entusiasmo: "Todos los primeros libros de autores jóvenes son buenos. Mejor esperemos el segundo". Y esto viene a cuento porque ya tiene rato que Nicolás Alvarado publicó La ley de Lavoisier, su segunda incursión editorial. Mientras llega el momento de hablar sobre esta obra, queda mi recomendación para acercarse a Con M de México. Puedo asegurarles, queridos lectores, si no una lectura nueva, al menos un motivo para entretenerse por un rato. Sí que sí.

jueves, 30 de julio de 2009

Mis lecturas del remate

Hace un mes, exactamente, tuve la fortuna de asistir al Tercer Remate de Libros en el Auditorio Nacional, a ver qué novedades (si es que aún las hay, dada mi experiencia del año pasado) podía encontrar. De no ser por Julia Cuéllar, dicho evento se me habría olvidado. (¡¡Gracias!!)
Llegué al Auditorio Nacional pasadas las 3 p.m y llevaba los aditamentos que todo cazalibros debe llevar cada vez que ocurre una venta de libros: tres bolsitas de plástico (como las que regalan en las librerías) y una bolsa de papel (como las que se usan para los regalos, sólo que la mía era del CIDE) escondida dentro de un folder, como si nada más llevara puros papeles. Ya estando en el lugar del los hechos, procedí primero a revisar todos los stands, que para mi buena fortuna ¡¡se habían multiplicado!! Además de los puestos que vi el año pasado, otras editoriales se unieron al proyecto y por poco me da el patatús. ¡¡Por dónde empiezo!!
Después de revisar a vuelo de pájaro todos los stands, di comienzo a mis compras. En el puesto de Verdehalago, aprovechando la promoción de tres libros por diez pesos, adquirí los Versos hospitalarios de Miguel González Avelar, las Chiribitas de Leticia Herrera Álvarez y un ejemplar del Homenaje a Borges que publicó El Colegio Nacional hace una década. En varios puestos, solamente me hice de los libros Voces que cuentan de Sari Bermúdez, Guía para la navegación de Alfonso Reyes de José Luis Martínez y el Arbitrario de literatura mexicana de Adolfo Castañón. Sin embargo, fueron dos editoriales donde me pasé la mayor parte del tiempo: Era y Aldus. Por un precio muy módico compré Las siete cabritas de Elena Poniatowska y dos ejemplares de Las batallas en el desierto del muy laureado José Emilio Pacheco. (¡¡Compré un libro suyo el día de su cumpleaños!! Alegre coincidencia...), pero Aldus se llevó, además de mi tiempo y mi peculio, toda mi admiración, y para lo que compré allí, no era para menos: La ciudad como palimpsesto de Guillermo Tovar y de Teresa, El brujo de Autlán de Antonio Alatorre, Era mi corazón piedra de río de Carlos Pellicer, y Espejo de historias y otros reflejos de Jorge F. Hernández. Además, recibí de regalo un libro de Eugenio Aguirre, cuyo nombre ahora no recuerdo. Al filo de las cinco de la tarde, ya con la billetera a punto de vaciarse, emprendí la retirada.
Al día siguiente, me di a la tarea de leer buena parte del material adquirido en el remate. Primero comencé con el libro de Sari Bermúdez, que me pareció muy ameno; todas las entrevistas que lo conforman son de una diversidad que nada le pide a los libros de Cristina Pacheco ni a los de Elena Poniatowska. No dudaría en recomendarlo. Lo terminé en el fin de semana y me seguí con dos libros simultáneos: los Versos de González Avelar y las Siete cabritas de Poniatowska. De la poesía del ilustre abogado y humanista, puedo decir que se mueve muy bien en esos temas; no es gratuito que haya sido secretario de Juan José Arreola. Sobre los ensayos de Poniatowska, en torno a siete mujeres de la vida nacional (Frida Kahlo, Elena Garro, Rosario Castellanos, Nahui Olin, Pita Amor, María Izquierdo y Nellie Campobello), están escritos con una prosa entre muy desenfadada pero con una tremenda investigación previa, que los hace necesarios para conocer otra mirada sobre esas luminarias. Un material algo atípico en la bibliografía de Elena Poniatowska.
Una semana después de mis compras, y en pleno uso de mis vacaciones, tomé el libro de Jorge F. Hernández y me sumergí en su lectura. Espejo de historias y otros reflejos es un conjunto de relatos sobre historiadores inverosímiles (con sus atisbos de realidad, claro) que nos hacen ver que la Historia, aunque dura en el trato, siempre nos saca la mejor de las sonrisas. Además, el libro se complementa con una serie de artículos en torno a la vida misma, es decir, al uso de la memoria. (Hace unos días, le escribí al autor y le hice ver ésta y otras apreciaciones.) En el séptimo día de mi lectura, lo terminé con lágrimas en los ojos. Estaba más que conmocionado.
Y como la vena sensible estaba a flor de piel, decidí darle vacaciones a la prosa y regresar a la poesía gracias a la antología de Carlos Pellicer llamada Era mi corazón piedra de río. De acuerdo con el prólogo, se trataba de una antología de poemas sentimentosos ideada por el poeta en un principio, pero la política y, por consiguiente, su fallecimiento, dejó trunca esa intención, hasta que su colega Dionicio Morales cumplió con ese proyecto. En esa antología, no cabe duda que la maestría poética de Pellicer goza de cabal salud y que sus imágenes dejan maravillado a quien se acerque a ellas. Sobra decir que es bueno acercarse a las obras completas, pero esta antología deja a más de uno complacido.
Y como mis vacaciones estaban a un paso de terminarse, para cubrir mi cuota como lector de domingo, me apliqué a Las batallas en el desierto, libro al que volvía luego de una primera lectura ¡¡hace ya diez años!! La verdad, la relectura me hizo recordar imágenes otrora familiares, pero también me hizo cada vez más conciente de la obsesión autocrítica que tiene José Emilio Pacheco con sus obras. (Una grabación de Voz Viva de la UNAM me dio cuenta de ello.) Aún así, quedé maravillado con una historia redonda, única.
Termino estas líneas con dos libros también leídos en paralelo: La ciudad como palimpsesto de Guillermo Tovar y de Teresa, y las Chiribitas de Leticia Herrera Álvarez. El primero, que no es sino una mínima parte del enorme volumen La ciudad de los Palacios, es una elegía por la ciudad que perdimos a lo largo de los siglos. (Alegato al fin, digno es destacar la precisión de los datos que empleó el autor.) Y de las Chiribitas, ¿qué puedo decir? A caballo entre el aforismo y el minicuento, Leticia Herrera juega con el lector a través de varios textos, donde al final queda más que impresa una sincera sonrisa. (Más claro, ni el agua de la llave...)
Bien sé que me faltan varios libros, como ya lo habran notado, y algunos, como el Homenaje a Borges y el otro ejemplar de Las batallas..., fueron dos regalos inesperados para dos amistades muy allegadas. Por ahora me quedo con éstos y quizás la próxima les dedique algunas líneas de mi parte. ¡¡Gracias por todo!!

lunes, 5 de enero de 2009

Letras Libres: Una década prodigiosa

A raíz del fallecimiento del poeta Octavio Paz y, por ende, de la desaparición de su legendaria revista Vuelta, las letras mexicanas estuvieron en un largo impasse, mismo que, meses después, originó una nueva revista, la cual rendiría muy a su manera su admiración hacia la prosapia hemerográfica paciana que la antecedió: Vuelta, Plural, Taller, El Hijo Pródigo, Barandal. En enero de 1999, nació Letras Libres.
Bajo la dirección de Enrique Krauze, Letras Libres conservó a buena parte de los colaboradores de Vuelta, pero también abrió sus puertas a escritores y analistas de tendencia contraria, y como toda revista que se respete, a los nuevos valores de las letras latinoamericanas. A la par de difundir las cosas que se hacen allende las fronteras, también se preocupó por voltear la mirada hacia el país, siguiendo aquella máxima de León Tolstoi: "Pinta tu aldea y pintarás al mundo".
A diferencia de su antecesora, un sello distintivo de Letras Libres es el carácter monográfico de sus números: certera forma de contemporizar con los tiempos presentes y, si se quiere, señal de madurez analítica. Permitáseme varios ejemplos: el primer número, enero 1999, fue dedicado al problema de Chiapas, que llegaba a su primer quinquenio aún sin avances; el séptimo versó acerca de las generaciones literarias en México; el #12, la fe en los tiempos actuales, en fin... cada ejemplar de Letras Libres siempre deja algo qué decir y qué desear. Otro elemento que la distingue de forma señera, es la inclusión de un dossier fotográfico comentado por algún colaborador externo, cosa que también pone a la vanguardia a la revista en lo que artes gráficas se refiere. Y como buen revista de avanzada, adoptó y se adaptó a los medios electrónicos en pro de su difusión, en este caso se sirvió del internet, con la aparición de su página web, una de las más visitadas en todo el orbe cibernético.
Podría decir más sobre Letras Libres, pero pecaría de exageración (¿y cuándo no?) si lo hiciera. Simplemente me limitaré a celebrar su presencia ahora que cumple una consistente y prodigiosa década de existencia. Sus constantes cambios de imagen y de contenidos me han extrañado un poco, sin embargo, es una revista que debe leerse. Para cerrar, una de dos: o la amas con todas las letras o la odias a ultranza. El resto va por su cuenta.
¡¡Muchas gracias y felicidades, Letras Libres!!

domingo, 2 de noviembre de 2008

Raymundo Ramos: tiempo de aprendizajes

Hay tantas cosas que me gustaría comentar acerca de un escritor que, además de maestro y colega, ha contribuido a mi postera formación, sea en la academia, sea en las letras mexicanas. Me refiero al poeta coahuilense Raymundo Ramos, quien celebra hoy sus 74 años de vida.
Nacido en Piedras Negras, Coah., en 1934, tuvo en Monterrey su primera formación literaria, misma que acabaría por inscribirlo en las grecas de las letras mexicanas, o mejor dicho, al rodearse del escritores de enorme valía como Alfonso Reyes y Julio Torri, descubrió que la literatura sería su escudo de armas. Para seguir con su formación profesional, viaja a la Ciudad de México, se inscribe en Derecho pero después toma el camino de las Letras. Algunos de sus compañeros de generación: Luis Rius, Salvador Elizondo, Huberto Batis y Beatriz Espejo, por decir algunos. Para los anales de las publicaciones universitarias, la aparición de Memorias y autobiografías de escritores mexicanos (parte de su tesis de licenciatura) en la benemérita Biblioteca del Estudiante Universitario, lo convierte casi de inmediato en un clásico. A partir de entonces, destacaría una de sus mejores facetas: la confección de antologías, de las que podemos mencionar, los Cuentos románticos, de Justo Sierra; Familia y patria, de Andrés Iduarte, y las sendas compilaciones poéticas Deíctico de poesía religiosa mexicana y Otros 1001 sonetos mexicanos, el cual realizó a lo largo de ¡¡cuarenta años!!, saldando una promesa hecha a su maestro Salvador Novo, quien lo incluyó en su respectiva antología, publicada por Porrúa en la colección Sepan Cuantos...
Además de esta labor, Raymundo Ramos ha navegado por las aguas de la creación literaria, sea en la poesía, sea en la narrativa. De la primera vertiente destacan obras como De la primera herencia, La prisión y su forma, Los arcanos de las islas, La balsa de la Medusa y el más reciente, Diadema para diez perlas irregulares, donde sigue demostrando sus dotes naturales para el soneto, forma poética -a decir verdad- de las más difíciles si las hay. Mientras que, por el lado de la narrativa, debutó con una pequeña compilación: Muerte amurallada, misma que generó gran expectativa por un incipiente escritor. Pero hasta aquí de historia literaria.
Cuando ingresé en 2000 a la carrera de Letras, luego del paro, tuve la fortuna de tenerlo como uno de mis primeros maestros. (Para ser sincero, sí sabía algo acerca de él, dado que leía sus artículos todos los sábados en el Unomásuno, pero nunca creí que me tornaría en alumno suyo.) El respeto del alumno hacia el maestro se tornó después en admiración mutua, cosa que siempre habré de agradecerle, a pesar de todo. En una palabra, cada momento que se vive con y por él, es un constante tiempo de aprendizajes, cuales quiera que éstos sean.
Francamente, no soy el más indicado para hacer una biografía en torno suyo, porque hay detalles que se me escapan y además sólo me asumo apto para la ordenanza bibliográfica, cosa que me distingue por los cuatro costados -y él lo sabe de sobra. Pero mejor dejo un poema suyo que lo pinta de cuerpo entero. (También es el favorito de quien escribe, por cierto.)


Aprendizaje

Hacer, desbaratar el equipaje,
reconstruir la casa tantas veces,
que no alcanzara un mes de nueve meses
para empezar y concluir el viaje.

Observar cada cosa en espionaje,
ola de pluma en pájaros siameses,
crítica en rama: vuelo de cipreses
del canto llano que nos da el paisaje.

Limar con lenta lima el alto oleaje
donde nivelan su timón los peces,
y ser la imagen viva del coraje:

la brutal estampía de las reses
que en polvo de penoso aprendizaje
miden el campo un centenar de veces.

martes, 23 de septiembre de 2008

Pablo Neruda: hace 35 años...

[Hace 35 años, un fatídico destino se ciñó sobre Chile, desde el 11 de septiembre cuando Salvador Allende ofrendó con su vida la defensa de las libertades, amenazadas por el amargo hierro de los fusiles militares. Pero un día como hoy, otro defensor de la palabra, Pablo Neruda, fue a alcanzar a su camarada y amigo hacia los confines de la memoria. Y como la Poesía es inmortal, por donde quiera que se vea, rindo un pequeño pero sincero homenaje a un poeta non, quien ya no necesita presentación alguna. He aquí un poema suyo. ¡¡Gracias, poeta!!]


Farewell

1
Desde el fondo de ti, y arrodillado,
un niño triste, como yo, nos mira.
Por esa vida que arderá en sus venas
tendrían que amarrarse nuestras vidas.
Por esas manos, hijas de tus manos,
tendrían que matar las manos mías.
Por sus ojos abiertos en la tierra
veré en los tuyos lágrimas un día.

2
Yo no lo quiero, Amada.
Para que nada nos amarre
que no nos una nada.
Ni la palabra que aromó tu boca,
ni lo que no dijeron las palabras.
Ni la fiesta de amor que no tuvimos,
ni tus sollozos junto a la ventana.

3
Amo el amor de los marineros
que besan y se van.
Dejan una promesa.
No vuelven nunca más.
En cada puerto una mujer espera:
los marineros besan y se van.
Una noche se acuestan con la muerte
en el lecho del mar.

4
Amo el amor que se reparte
en besos, lecho y pan.
Amor que puede ser eterno
y puede ser fugaz.
Amor que quiere libertarse
para volver a amar.
Amor divinizado que se acerca
Amor divinizado que se va.

5
Ya no se encantarán mis ojos en tus ojos,
ya no se endulzará junto a ti mi dolor.
Pero hacia donde vaya llevaré tu mirada
y hacia donde camines llevarás mi dolor.
Fui tuyo, fuiste mía. Qué más? Juntos hicimos
un recodo en la ruta donde el amor pasó.
Fui tuyo, fuiste mía. Tu serás del que te ame,
del que corte en tu huerto lo que he sembrado yo.
Yo me voy. Estoy triste: pero siempre estoy triste.
Vengo desde tus brazos. No sé hacia dónde voy.
Desde tu corazón me dice adiós un niño.
Y yo le digo adiós.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Pedro Enríquez: poeta sin mancha

[Hace dos días, la sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes se engalanó con la visita del poeta español Pedro Enríquez (Granada, 1959), quien deleitó al público asistente con varios poemas suyos que son muestra ferviente de que la Poesía, en estos dosmiles que nos circundan, goza de cabal salud. Por ello, comparto con ustedes un poema muy significativo de su vasta obra y, claro está, la invitación para acercarse a su obra. ¡¡Gracias, poeta!!]


El eco de los pájaros

Bajo la sombra fiera de las cornisas
(acaso la luz un día rasgó el blanco
de los ladrillos moribundos)
cómo decir las palabras sin nombrarte
las manos acelerando la vida
las ruedas deteniéndose en las plazas vacías
otros viajan veloces y atraviesan anónimos el olvido
pero somos dos precipitados sobre el asfalto
sintiendo como el tiempo nos engaña
lento el viento cortando los cuerpos
sólo una mano dirige la muerte y la vida
la otra busca el fuego
giro sobre el vacío y de nuevo la misma calle
los labios no engañan
ahonda con tu mano en el futuro
esta es la codicia del segundo
he perdido la costumbre
mañana volveré a este lugar de ventanas cerradas
es la noche habitándonos
son los pájaros vete cantarán la madrugada
mañana se agita en el eco
mi espalda agujereada así tan cercanos
dirección prohibida
un misterio los dos puntos en la piel
dos cuerpos y un signo
estoy detenido sobre el vacío
la lengua gira se descubre sin palabras
estas son las tijeras del recuerdo
a veces no basta la memoria
tampoco la certeza
nadie conoce no conozco no conoces
ellos no comprenden nadie el segundo perseguido
se cierran las luces las ventanas las puertas desconocidas
imagíname un gesto lejanísimo
de nuevo cruzo los muros sellados
las árboles me descubren la soledad
Comienza el ciclo del polen
mascarillas para el silencio

lunes, 25 de agosto de 2008

Homenaje a Alvaro Mutis

[Hoy, el poeta colombiano Álvaro Mutis cumple 85 años; además de celebrar una vida llena de experiencias y de una pasión desmedida por la escritura, también celebramos una obra literaria única en su género, donde todas las pasiones humanas se encuentran a flor de piel, encarnadas en aquel personaje atemporal de su invención: Maqroll el gaviero. Para unirme a la celebración, comparto con ustedes un poema suyo, el cual resume toda una vida, porque el mejor homenaje que se debe hacer a un escritor, es leerlo con devoción, sin duda alguna. ¡¡Felicidades, poeta!!]


Pienso a veces...

para Alejandro Rossi
Pienso a veces que ha llegado la hora de callar.
Dejar a un lado las palabras,
las pobres palabras usadas
hasta sus últimas cuerdas,
vejadas una y otra vez
hasta haber perdido
el más leve signo
de su original intención
de nombrar las cosas, los seres,
los paisajes, los ríos
y las efímeras pasiones de los hombres
montados en sus corceles
que atavió la vanidad
antes de recibir la escueta,
la irrebatible lección de la tumba.


Siempre los mismos,
gastando las palabras
hasta no poder, siquiera, orar con ellas,
ni exhibir sus deseos
en la parca extensión de sus sueños,
sus mendicantes sueños,
más propicios a la piedad y al olvido
que al vano estertor de la memoria.
Las palabras, en fin, cayendo
al pozo sin fondo
donde van a buscarlas
los infatuados tribunos
ávidos de un poder
hecho de sombra y desventura.


Inmerso en el silencio,
sumergido en sus aguas tranquilas
de acequia que detiene su curso
y se entrega al inmóvil
sosiego de las lianas,
al imperceptible palpitar de las raíces;
en el silencio, ya lo dijo Rimbaud,
ha de morar el poema,
el único posible ya,
labrado en los abismos
en donde todo lo nombrado
perdió hace mucho tiempo
la menor ocasión de subsistir,
de instaurar su estéril mentira
tejida en la rala trama de las palabras
que giran sin sosiego en el vacío
donde van a perderse
las necias tareas de los hombres.
Pienso a veces que ha llegado la hora de callar,
pero el silencio sería entonces
un premio desmedido,
una gracia inefable
que no creo haber ganado todavía.