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sábado, 19 de junio de 2010

La ciudad sin Carlos Monsiváis

Hay personajes que hacen llevadera la estancia y la vida en esta delirante ciudad de México, aquélla que amamos y odiamos todos los días, y cuya solar presencia la llena de vitalidad. Desde los organilleros en marginalia del Centro Histórico, pasando por los dueños de la noche citadina, hasta aquellas personas que se ganan el bofe a fuerza de fregadazos. Todos ellos han pasado por la mirada proteica, incluyente y estupefacta de los numerosos cronistas que ha tenido esta ciudad. Uno de ellos, Gabriel Vargas, cuyo ingenio creó a la familia más aventada de la Ciudad de México, La Familia Burrón, falleció hace algunas semanas. Hoy por la mañana, uno de aquellos personajes, el escritor, periodista y defensor de las causas perdidas, Carlos Monsiváis, ha partido en silencio y nos deja su ausencia un nudo en la garganta. (Decíamos de él que andaba en todas partes, que encarnaba en sí mismo una virtud sólo exclusiva de los dioses, la ubiciudad. Después de hoy, quedará bien asentado.)
Carlos Monsiváis Aceves, nacido el 4 de mayo de 1938 en la legendaria colonia Portales, fue desde temprana edad, un ser atípico. En su inverosimil infancia ya formaba parte del andamiaje de la memoria: un Niño catedrático, como aquellos que sonaban por las frecuencias de la XEW; por su formación religiosa en el protestantismo metodista, se sabía La Biblia de memoria, y, claro, al acercarse al primero de todos los libros, su vida fue, literalmente, libresca y libraria. Cuenta la leyenda que había veces en que se saltaba las tres comidas para irse al cine, donde se aventaba ¡¡hasta cinco películas de un tirón!! Por añadidura a su condición lectora, se dio valor para escribir su propia bibliografía, empezando por la poesía, género que no era el suyo como creador, pero sí como crítico. Monsiváis, desde entonces, sería un hombre de ideas.
Su paso por las Facultades de Economía, primero, y de Filosofía y Letras, después, no le impidió seguir con una vida dedicada a la cultura, de altovuelo, mediocampo y bajofondo. Es decir, no había tema que se le escapara de su peculiar mirada. Y con el compañerismo y la amistad de otros seres de letras, llámense Fernando Benítez, José Emilio Pacheco, Sergio Pitol, Elena Poniatowska, más los que se acumulen en el camino, destinado a figurar en letras de imprenta. El escenario para ello: el legendario suplemento cultural México en la cultura y su heredero fiel, La Cultura en México, centerfold de la también legendaria revista Siempre!
Su acendrado interés por hacer la crónica de la ciudad de México, y que sustenta su perenne ubicuidad, digamos que nació por la década de los '50, cuando participó en una marcha en apoyo a la pintora Frida Kahlo, y, poco después, asistió a un concierto del inverosímil Bola de Nieve. En una palabra, su interés por los hechos de la cultura popular, por las manifestaciones sociales lo volvieron un personaje imprescindible. O, al menos, inusitadamente omnipresente. Prueba de ello, sus primeros libros de crónicas: Días de guardar (1970) y Amor perdido (1976).
Los caminos de la crónica que decidió seguir Monsi, con su particular estilo, mordaz, sarcástico y punzante, revivieron aquel estilo que sólo Salvador Novo había expresado a lo largo de su vida, solamente que la irreverencia y el desconcierto era el pan de todos los días. (Si Novo hubiera llegado con vida a los albores del siglo XXI, le hubiera dejado completa la chamba a Monsi.) A ustedes les consta (1980), Entrada libre (1988) y Los rituales del caos (1995), surgidos de su particular pluma, se han vuelto todos unos clásicos. Y a la par de su crónica de la cultura popular y de su crítica a las letras mexicanas, dedicó muchas de sus fuerzas y grandes textos en pro de las causas sociales: el feminismo, la comunidad lésbico-gay, el neo-zapatismo, entre otras banderas que se junten en el trayecto. Y, por añadidura, atacaba con sólida congruencia a los sectarios, mochos, politicastros de quinta, y también a aquellos que atentaran contra los derechos de los animales. Tanto era su amor por ellos, que bastaba sólo una llamada suya para que detuvieran el sacrificio de algún perro callejero; y qué decir de su pasión por los gatos, quienes lo acompañaron en todo momento, como Fetiche de peluche, Mito genial, Fray Gatolomé de las Bardas, Nananina Richi, Chocorrol, entre otros felinos, sus trece caballeros de Santiago.
Entre toda la gama de crónicas que conforman el universo Monsiváis, cabe destacar su única incursión en la narrativa: Nuevo catecismo para indios remisos (1982), donde la religiosidad y las "buenas costumbres" eran hechas pomada por su crítica y mordacidad. Ediciones ulteriores de este garbanzo de a libra, fueron ilustradas por Francisco Toledo, pintor non que, además de contar con su amistad, también recibió unas buenas líneas de su parte. No por nada, también fue un maravilloso crítico de arte y un coleccionista de altos vuelos. (El Museo del Estanquillo es el lugar donde habita aquella pasión.)
Tanta era la fama de Carlos Monsiváis que hasta su presencia en la ficción pura era evidente. Gabriel Vargas no dudó en incluirlo, con todo y gatos, en alguna aventura de La familia Burrón, y hasta derivó en personaje de Chanoc: el sabio Monsiváis. Y las parodias, claro, no se hicieron esperar: Miguel Galván, la Tartamuda, hizo de Carlos Monchivais un personaje igualmente grato. (Hasta para el propio Monsiváis...)
Creo que se pueden decir más cosas acerca de Carlos Monsiváis (¡¡y las que faltan!!), pero no quiero engrosar más el alud de artículos, ensayos, obituarios y demás cosas por el estilo; de eso ya se encargan los periódicos, la televisión, la radio, y hasta el mismo internet. Mas sí deseo compartirles mis veintiúnicos encuentros con Monsiváis.
Hace cinco años, y a finales de mayo, tuve la fortuna de asistir a la presentación de un libro sobre Rogelio Naranjo en el MUCA, y cuyos presentadores eran Elena Poniatowska y el mismo Monsiváis. Al final de la presentación, mientras todos se arremolinaban para obtener la firma de la Poni, quien esto escribe fue el primer parroquiano que se acercó a Monsi. Al verme llegar con mis ejemplares, me pidió que esperara unos cinco minutos; al desocuparse, no sin antes disculparse conmigo por la espera, se sentó de nuevo y comenzó a firmarlos, y después de rubricar el último, de inmediato se le lanzaron todos los asistentes, con sendos libros suyos. Mi segundo encuentro fue en el Centro Cultural de España, en la presentación de la más reciente novela de Juan Goytisolo, con Adolfo Castañón también presente. Ya no llevaba libros para firmar, sino varios ejemplares de la revista Letras Libres, en los cuales pedí que me firmara sus artículos. Después, al momento de revisar la dedicatoria, me di cuenta de algo muy extraño: en uno de los ejemplares, en vez del nombre de un servidor, ¡¡me había puesto Antonio!! (Cosas que pasan...) Y del tercer encuentro (si es que así se le puede llamar), fue aquella noche del 4 de mayo de 2008, en el Palacio de Bellas Artes, donde le fue entregada la Medalla Bellas Artes, en suerte de homenaje por sus 70 años. Al momento de pasar a la terraza a tomarme un buen vino, una amiga mía, factótum del INBA por aquellos días, me preguntó muy de banquetazo: "¿No traes libros para que te los firme?" Le dije que no, que no era momento para firmas, fotos ni autógrafos. Y tuve razón, por lo menos esa noche: al son de "Amor perdido", interpretada por un trío invitado, Monsiváis no paraba de firmar libros ni de tomarse fotos con los asistentes. Me limité a tomarme una copa a su salud, muy bien acompañado por Maribel Báez y el buen Carlos Domínguez, a la cacería de buenas fotos. Y hasta ahí.
Me pregunto ¿qué será de la ciudad de México sin ti? Ya no tendremos tus artículos punzantes de La Jornada, El Universal y esa sección de perlas polacas, de nombre "Por mi madre, bohemios". (Nos queda leer toda tu obra, más la que se acumule en la semana...) Ya no especularemos sobre tu omnipresencia en cualquier lugar, ni mucho menos encontrarnos a tu doble, aquel santa clós borracho que inmortalizaran Los Caifanes. Sin embargo, sé que, en algún momento, en alguna de sus casas editoras, saldrá una crónica sobre tu propia muerte. Y firmada, claro, por ti.
¡¡Adiós, Monsi!!

miércoles, 3 de marzo de 2010

Enoch Cancino Casahonda (1928-2010)

Chiapas, se ha dicho hasta el hartazgo, es tierra de poetas. ("Levantas una piedra y sale un poeta", es la frase lugar común en torno a ello.) Pero cuando uno de ellos deja este mundo para insertarse en las grecas de la eternidad, no deja de sentirse ese vacío por su ausencia.
Enoch Cancino Casahonda, poeta de enorme valía sentimental para el pueblo chiapaneco, a la par que sus paisanos Rosario Castellanos y Jaime Sabines, y como lo había predicho en alguno de sus poemas ("Si tengo que morir,/ que sea por marzo"), dejó este mundo "De noche, de pronto,/y sin un llanto". Y así fue; mientras las secciones culturales de los diarios y los programas culturales de la tevé aún dedican espacios a la reciente partida de Carlos Montemayor, sobre Cancino Casahonda no se dijo nada, salvo algunas notas en diarios de Chiapas y el parco homenaje de cuerpo presente que le realizó el H. Congreso de su estado, encabezado por el gobernador Juan Sabines. Y hasta ahí.
Nacido el 6 de octubre de 1928, en Tuxtla Gutiérrez, Enoch Cancino Casahonda se convirtió, de alguna forma, en la piedra angular de la poesía contemporánea de Chiapas, en cuya tradición precedente logra emparentarse con la obra de nones poetas como Rodulfo Figueroa, Santiago Serrano y Armando Duvalier, pero también abre la brecha a los ya mencionados Rosario y Jaime, y a los más jóvenes, como Óscar Oliva, Roberto López Moreno y Efraín Bartolomé. En su poesía hizo del lenguaje coloquial (las palabras de todos los días, de los ciudadanos de a pie) materia prima de sus poemas. Queda demostrado esto con los títulos de sus libros: Con las alas del sueño (1951), La vid y el labrador (1957), Ciertas canciones (1964), Estas cosas de siempre (1970), y Tedios y memorias (1982), por mencionar dos antologías personales de 1979 y 1985. Para la mayoría de los chiapanecos, es imposible olvidar su "Canto a Chiapas", obra que circula tanto en versión impresa como en disco compacto, infaltable en toda reunión familiar. (Por cierto, conocer al jurado que falló a favor de aquel poema, fue la primera de muchas lecciones que el tiempo le depararía: Carlos Pellicer, Andrés Henestrosa y Rómulo Calzada. Un espaldarazo de aquellos que determinan el resto de la vida, ¿no creen?)
Su extraordinario amor a la palabra le abrió las puertas tanto del Seminario de Cultura Mexicana como las de la Academia Mexicana de la Lengua, a la que regaló sus mejores años como Académico correspondiente.
Para fortuna nuestra, queda su obra poética donde se evidencia un talento único y cuya sencillez en las imágenes poéticas, lo hace digno de conocer. (Estoy seguro que los chiapanecos lo tendrán -¡¡más que nunca!!- muy presente.) Y para quienes apenas saben de su existencia en las letras mexicanas, dejóles la invitación para hacerlo.
Cierro estas líneas con un poema suyo, incluido en Ciertas canciones y otros poemas (1999), antología suya publicada por el Fondo de Cultura Económica.


El rostro del tiempo

A cada metro, a cada instante,
hemos de aprender, de olvidar,
de reconsiderar algo.
El rostro jugando con sus expresiones,
la palabra con su sentido,
la cobardía con su heroísmo,
la soledad con su tumulto,
son ese estira y encoge
en que el misterio del tiempo
nos deja su resaca,
su condición violenta de ola en calma.
Sólo la rosa ve las manos del silencio.
(¡¡Gracias, don Enoch!!)

lunes, 1 de marzo de 2010

Hasta siempre, Carlos Montemayor...

Cuando un talento versátil y un espíritu combativo se conjugan en una sola persona, suelen ser más que maravillosos sus resultados, pero cuando aquella persona fallece, no cabe duda que el mundo se vuelve sólo un montón de palabras.
Como lo mencioné hace poco, en la Feria de Minería supe por Guadalupe Loaeza de la muerte del escritor y activista social Carlos Montemayor (Parral, Chih., 13 de junio de 1947), acaecida en la Ciudad de México, la madrugada de ayer domingo 28 de febrero. Apenas en diciembre recibió, junto a sus colegas Hugo Hiriart y José Luis Rivas, el Premio Nacional de Ciencias y Artes en la categoría de Lingüística y Literatura, y el domingo 21 se dio tiempo para convivir con amigos y lectores en una sesión del ciclo Escritores en Palacio, dentro de la propia feria del libro.
Bien sé que abundarán los espacios para hablar de todas sus aristas creativas (poesía, narrativa, traducciones y hasta el bel canto) y de su espíritu combativo (que lo llevó a adentrarse por los senderos de la guerrilla, el zapatismo y las culturas indígenas), pero por ahora me limitaré a compartir con todos ustedes un poema suyo, porque en varias entrevistas realizadas a su persona, Montemayor se reconocía, ante todo, como un poeta: en sus novelas (Guerra en el paraíso, Las armas del alba, Minas del retorno), cuentos (Las llaves de Urgell, Premio Xavier Villaurrutia 1971), traducciones (la poesía griega antigua y contemporánea, y los Carmina Burana, por ejemplo) y poemas (Abril y otros poemas, Memoria del verano), se nota sobremanera el amor por la lengua, al detalle que conforma cada palabra, es decir, la vida misma.
Finalmente, invito a todos ustedes (y también a mí, ¿por qué no?) para acercarse a su obra, sea cual sea el tema que nos interese. (Para fortuna nuestra dejó listos dos libros: uno de análisis político y una novela, Las mujeres del alba, próxima a salir.) Hasta aquí dejo mis líneas y le cedo la palabra al poeta.

No vendrán los años

No vendrán los años, no vendrá el olvido.
No pasaremos, no, como tantas cosas.
La llovizna seguirá cayendo sobre la tierra
y estaremos en otro lugar, amor,
natural, eterno, que el cuerpo comprende.
Volveremos por él a donde nada desaparece.
Estar ahí, amiga, será estar para siempre.
Haberte amado así, será haberlo hecho para siempre,
más limpios que el mundo o las lluvias,
más que la fuerza de los mares.
En tu cuerpo hay una permanente arena,
una permanente lluvia, permanentes horas.
Todo lo que vive, desde tus ojos nos mira.
Y a través de tu cuerpo crece
nuestro encuentro luminoso como la tierra o las estaciones;
un grito silencioso insistiendo
en que no volverá a entristecernos la muerte;
que eleva en nosotros su ternura
como hasta la parte más alta de un monte,
un alto lugar donde nos sentamos a contemplar desde tus
ojos
el paisaje de lo que no muere,
de lo que no desaparece.

(¡¡Hasta siempre, Carlos Montemayor!!)

viernes, 12 de febrero de 2010

Esther Seligson en la morada del Tiempo

Cada vez que un poeta muere, también lo hace una parte del mundo; pero cuando una mujer que dedicó la mayor parte de su vida al quehacer de las letras, podría decirse que la pérdida es por partida doble. La mañana del pasado lunes 8 de febrero, la escritora mexicana Esther Seligson hizo mutis en ese enorme escenario que es la vida misma y se fue en silencio. Para aquellos que la conocieron (sea en persona, sea como lectores), se le extrañará sobremanera.
De marcadas raíces judías (mismas que motivaron buena parte de su obra literaria), Esther Seligson nació el 25 de octubre de 1941 en la Ciudad de México; estudió Letras Francesas e Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y más adelante, fue alumna del Centre Universitaire d'Études Juives en París, Francia, y en la Universidad Hebrea de Jerusalén. A pesar de haber hecho estudios superiores tanto en México como en el extranjero, sus grandes pasiones fueron el teatro, la religión, la literatura y la traducción, mismas que sustentaron beuna parte de su vida.
En 1969 publica su primer libro, Tras la ventana un árbol, donde ya comienza a vislumbrarse el universo de su narrativa: ambientes místicos, temáticas de índole bíblica, homérica y, claro, judaíca. En 1973, su novela Otros son los sueños mereció el premio Xavier Villaurrutia. Luz de dos, libro de cuentos que afianza su lugar en las letras mexicanas, aparece en 1978.
Entre la escritura de su propia obra, se dio tiempo para incursionar en el universo de la traducción; por sus manos, autores como los inclasificables Edmond Jábès y E. M. Cioran -con quien trabó una amistad de más de veinte años- fueron conocidos en el ambiente literario de México e Hispanoamérica. (Cabe decir que las traducciones de Seligson fueron pioneras en el universo cioraniano en español, algunos años antes que las hechas por el español Fernando Savater, alumno y amigo del avinagrado rumano.)
Para principios de la década de los ochenta, publica una de sus novelas más celebradas, La morada en el Tiempo, donde recrea su propia visión del Génesis y, si nos vemos con cuidado, hasta del Éxodo. En el intermedio entre ésta y Sed de mar (1988), reparte su tiempo entre sus clases como profesora del Centro Universitario de Teatro (UNAM), sus intermitentes estancias en Jerusalén, y la frecuente colaboración en revistas como Casa del Tiempo, Vuelta, Equis y la Revista de la Universidad, que contó con sus artículos hasta la fecha. Su interés en el campo teatral la llevó a escribir un libro canónico para comprender los nuevos caminos del teatro en México: El festín efímero.
En los últimos años, tanto el Fondo de Cultura Económica como Ediciones Sin Nombre editaron casi en su totalidad el grueso de su obra; sin embargo, hay una obra que aún falta por salir a la luz: se trata de Un crisantemo en el balcón, el epistolario que tuvo con E. M. Cioran, del que ya se publicaron algunas cartas en la revista Equis. (Paréntesis aparte: en 1986, año en que están fechadas las últimas misivas, Esther Seligson se distancia del rumano iconoclasta casi por completo; hasta su muerte en 1995, ella no volvió a saber de él y le dedicó una serie de artículos en las páginas de La Jornada, que, años después, se reunieron en Apuntes sobre E. M. Cioran, pequeño volumen de la colección La Centena de Conaculta.)
A título personal, la primera vez que supe de su existencia fue gracias a la obra de Cioran. Lo primero que conseguí de ella, fue Tríptico, volumen que conjunta Otros son los sueños, Diálogos con el tiempo y Sed de mar. Tan impresionado quedé con una prosa fluida, a caballo entre la poesía y la narrativa, que me apresuré a conseguir -¡¡y a como diera lugar!!- varios ejemplares para regalar. (Hasta la fecha, es el segundo libro que más he obsequiado, entre La última escala del "tramp steamer" de Álvaro Mutis, y el Recuento de poemas de Jaime Sabines. Que esta mención sirva como mera estadística.)
De acuerdo con la fecha en la dedicatoria de mis libros (6 de agosto de 2009), mi primer y único encuentro con Esther, fue en Bellas Artes, durante la presentación de un libro de Estela Leñero; se mostró maravillada al ver a quien esto escribe como su único admirador en aquel momento. Mientras me dedicaba con gran empeño todos sus libros (excepto uno, que no diré por ahora), me preguntaba cómo había dado con su obra, cuál era mi signo zodiacal y, claro, mis impresiones como lector de sus textos. Se alegró mucho al saber que Tríptico era el libro que siempre obsequiaba; incluso se mostró sorprendida al ver que el de la voz tenía un ejemplar de Tras la ventana un árbol. "Ese libro ni siquiera lo tengo, sabe usted...", me dijo. Terminó de firmarlos y me agradeció tan maravilloso encuentro. (Luego de ver el fatal anuncio en el periódico y de ver pasar estos recuerdos delante de mis ojos, quizás me siento afortunado. Quizás...)
Cierro estas líneas con la clásica y certera invitación para conseguir sus libros y acercarse a una obra única, que nos invita a vivir en las moradas del Tiempo, siempre con las puertas abiertas de par en par, y así recibir a aquellos lectores que, una vez leída, ya forma parte de nuestra vida. (¿No es así, mis queridas Onatta y Claudette?)
¡¡Gracias, Esther!!

domingo, 13 de diciembre de 2009

Luis González y González

Alguna vez Max Jacob dijo una frase más que contundente: "El estilo de maestro es el estilo de alumno". Y no es para menos, dada la naturaleza de quienes dedicamos algunas de nuestras fuerzas a esa encomiable empresa. Para el caso de un historiador singular como lo fue Luis González y González, esa frase le queda corta porque sus alcances siempre fueron otros, sin dejar de lado el arduo aprendizaje de las cosas.
Nacido el 11 de octubre de 1925 en San José de Gracia, Michoacán, don Luis González y González dedicó buena parte de su vida al conocimiento y profundización de una prosapia donde el amor al conocimiento, pero sobre todo, a la tierra, lo llevaron a transitar por los senderos de la Historia, materia que tuvo la fortuna de conocer, primero, en Guadalajara, donde metía su cuchara intuitiva en todo tipo de materias de interés, y más adelante, en la Ciudad de México oficializa su vocación en las ciencias de Clío. Pero la universidad no sólo le daría un destino, también tuvo la fortuna de otorgarle una compañera de viaje, Armida de la Vara, una bellísima y talentosa sonorense, quien habría de ser su lectora (por ende, maestra particular de ortografía y redacción), colega y, claro, esposa ejemplar. Gracias a este tipo de alicientes, don Luis viaja a París para perfeccionar sus propias ciencias y artes historiográficas. Silvio Zavala, preclaro y entonces joven patriarca de la historia mexicana, le da un buen consejo: aprovechar las bibliotecas y la vida misma. También el grato magisterio de Claude Bataillon hizo mella en él. Las consecuencias, seguro las habrán adivinado.
De vuelta en México, don Luis fue invitado a engrosar las filas del reluciente Colegio de México, donde tuvo como colega a un incipiente Jean Meyer, y como alumnos a futuras luminarias de la historiografía mexicana contemporánea: Enrique Krauze, Javier Garciadiego y Jorge F. Hernández, por decir algunos ejemplos. Sus clases (si se le pueden llamar así) se impartían, mayeúticamente, en la cafetería del COLMEX, entonces ubicado en la colonia Roma. Desde ese momento, González y González instauró un estilo de hacer historia, caracterizado por hacer de lo mínimo una gran maravilla. El hecho que detonó aquella preclara intención fue la escritura de un libro, controvertido en su tiempo, hoy día canónico: Pueblo en vilo (1968). Resultado de una sesuda y completa investigación acerca de su pueblo natal, San José de Gracia, desde los orígenes hasta hace rato. Sus colegas, al ver dicho trabajo, consideraron que había perdido el tiempo en una investigación sin sentido, pero una corazonada de don Daniel Cosío Villegas, a la sazón, presidente del COLMEX, permitió su inmediata publicación. (Postreras generaciones de estudiosos de las ciencias y artes de Clío, aún agradecen aquella intención.) Con este trabajo, don Luis inaugura una veta en los estudios de la Historia, denominada microhistoria. Precisamente, en este término, se trasminó una sentencia de León Tolstoi: "Pinta tu aldea y pintarás al mundo". Otra importante aportación de don Luis, fue predicar la Historia con palabras sencillas, del diario acontecer. Como quien dice, con palabras domingueras, sin que el texto se vea salpicado de terminajos para iniciados ni relleno de lugares comunes. Para nada. Aquel que decida acercarse a sus libros (El oficio de historiar, La ronda de las generaciones, Invitación a la microhistorias, De maestros y colegas, etc.), cerrará sus páginas sabiendo algo nuevo y habrá disfrutado de un escritura sin tapujos. (Todavía don Luis se preguntaba qué le vieron en El Colegio Nacional y en la Academia Mexicana de la Historia para haberlo elegido como miembro vitalicio. Digamos que su estilo tuvo algo que ver. Seguro.)
La querencia llama, reza el lugar común. Y don Luis llevó sus conocimientos y sus intenciones a su tierra natal, para cristalizar un sueño pleno de microhistorias: la fundación de El Colegio de Michoacán. Así, podía tener juntos a sus tres grandes amores: la historia, el terruño y, claro, su bella Armida. (Dos colegas suyos, Jean Meyer y Andrés Lira, con todo y sus respectivas familias, y el proteico Jean Marie Gustave Le Clézio, ahora Premio Nobel de Literatura, lo acompañaron en tan grata empresa.)
Sin la pretensión de convertir estas líneas en un obituario tardío (hoy se cumplen seis años de su partida), digno es regresar a las obras de un hombre que siempre tuvo mucho que decir; maestro de maestros, quienes ahora siguen a cabalidad sus enseñanzas, sea en las aulas universitarias, sea en la confección de libros de historia. No está de más recordar que su ingente curiosidad nos regaló el Álbum de México, publicado bajo el patrocinio de Bancomer. Finalmente, sus obras siguen suscitando polémica, pero también nuevos admiradores y, por supuesto, historiadores enamorados de la historia mexicana. Con un maestro así, ¡¡da gusto ser su alumno!! Así sea.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Jorge F. Hernández: la historia tiene prisa

Cuando la Historia y las Letras se encuentran en el camino, siempre hay de dos sopas: una, generar enconadas polémicas, y otra, invitar a su mutuo reconocimiento. Son contados los casos de personas que han hecho lo segundo a cabalidad y hasta sus resultados, como el Cid Campeador, siguen ganando batallas. En este aspecto, suenan algunos nombres como Luis González y González y Jean Meyer; en estos tiempos, habría que añadir al elenco el nombre de Jorge F. Hernández, historiador de formación pero narrador por derecho propio.
Nacido un día como hoy, de 1962, en la Ciudad de México, pero guanajuatense por gusto y origen familiar, Jorge F. Hernández estudió la carrera de Historia, donde contó con el magisterio y la amistad de don Luis González y González, quien supo guiarlo por los caminos de la microhistoria. Ese historiográfico andar derivó en su primer libro: La soledad del silencio. Microhistoria del Santuario de Atotonilco (1991). (Una primera versión, en forma de tesis doctoral, obtuvo en 1987 el Premio Atanasio G. Saravia que otorga Banamex a las mejores investigaciones sobre historia regional.)
Aunque su formación historiográfica lo hacía conducirse bien por los círculos académicos, el talento de Jorge F. Hernández iba más lejos al publicar, por una parte, algunos cuentos en revistas dirigidas a los pasajeros de conocida aerolínea, y por la otra, crónicas y retratos de raigambre historiográfica en suplementos culturales. En ambas, resalta un elemento peculiar de su postrera obra: el desconcierto, sea para pintar las mordaces andanzas de los pasajeros a bordo de un avión, sea para describir los vicios y locuras de una esquizofrénica grey de clionautas. Dichos esfuerzos periodísticos tomaron forma de libro: En las nubes (1997) y Espejo de historias y otros relatos (2000).
Entre una compilación y otra, Jorge F. Hernández demostró también sus cualidades para el ensayo, desde donde rescataría otras historias que merecen contarse: la taurina, con Réquiem taurino (1998), y la literaria, donde preparó un selecto volumen con algunas de las mejores entrevistas realizadas a Carlos Fuentes, bajo el nombre Territorios del tiempo (1999), y con un maravilloso estudio introductorio de su parte. Pero la empresa más grande estaría por venir, cuando en 1999 publica su primera novela, La Emperatriz de Lavapiés, donde cumple una deuda de amor hacia España, país por el que siente un acendrado afecto, cuyo protagonista, Pedro Torres Hinojosa, cumple al final de su vida una travesía allende el Atlántico, hacia un Madrid tan lejos de American Express y tan cerca de su siempre amada Carmen. Y regresaría al redil del ensayo con Signos de admiración (2006), libro donde reuniría algunos retratos de sus filias y fidelidades literarias, que antes tuvieron su foro de expresión en la columna "Agua de azar" que tiene a bien publicar los jueves en el periódico Milenio. Por estos meses, tuvo a bien publicar una segunda novela, Réquiem para un Ángel, donde cumple otra deuda de afecto, pero hacia la Ciudad de México, amada y odiada al unísono; vista desde la mirada cuasi redentora de Ángel Andrade. (Si se me permite el paréntesis, en cierto modo también es deudora de La región más transparente de Fuentes.)
Con todo, Jorge F. Hernández ha sabido salvaguardar todos los momentos de la vida gracias a la literatura, sin dejar de lado su formación como historiador; más bien sabe que la historia tiene prisa por vivir y ello hace posible dicha labor. Paréntesis aparte, es una delicia convivir con un conversador sin igual (que hace poco se destapó como actor gracias a Cabezas, radiodrama producido por Radio Educación, donde interpretó a un Miguel Hidalgo bastante peculiar), que comparte hasta la más recóndita minucia con sus compañeros de mesa, entre becarios de la Fundación para las Letras Mexicanas y colegas de ambas orillas del charco atlántico. Dicho lo anterior, podría decirse, taurinamente, que siempre acaba por partir plaza.
Bajo el pretexto de celebrar su cumpleaños, queda aquí la invitación para acercarse a una obra narrativa y ensayística que siempre busca atrapar el tiempo. Y aquí me detengo.
(¡¡Enhorabuena, Jorge!!)

sábado, 19 de septiembre de 2009

Beatriz Espejo: la casa de las Palabras

El siglo XX, en las letras mexicanas, nos ha regalado muchas plumas que han destacado por los temas que manejan, el dominio de sus personajes e inclusive, lo peculiar de sus vidas, aunque esto acabe por ser más noticia que su obra misma. Y si nos ceñimos al panorama de las mujeres escritoras, no cabe duda que tenemos para dar y prestar.
Además de los nombres de Rosario Castellanos, Elena Garro, Guadalupe Amor, Amparo Dávila, Enriqueta Ochoa, Luisa Josefina Hernández, Esther Seligson, Beatriz Escalante y demás luminarias, hay una autora específica en quien recae el legado de unas y la herencia de otras. Su nombre: Beatriz Espejo, quien hoy celebra un aniversario más de vida. (Que las instancias culturales digan los años que cumple. Yo me reservo ese derecho.)
Nacida en el puerto de Veracruz, en 1939, y en el seno de una familia de conocida prosapia yucateca, Beatriz Espejo Díaz demostró desde muy temprana edad su pasión por las Letras, por hacer de la vida misma una historia que contar; y no es para menos, dado su interés por rescatar los sucesos familiares en el nombre de la memoria. Dicha pasión fue fortalecida cuando ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM para estudiar la carrera de Letras Hispánicas y donde compartió un tiempo muy interesante con escritores de la talla de Salvador Elizondo, Raymundo Ramos y José Emilio Pacheco, por decir algunos. Sin embargo, su mayor recompensa fue haber sido digna y aventajada discípula de dos leyendas vivas del cuento contemporáneo: Julio Torri, quien dirigió su brújula hacia lares más académicos, y Juan José Arreola, quien convertía en literatura todo aquello que tocaba. (Gracias a don Julio, Beatriz se tomó muy en serio la docencia universitaria; a Arreola, su inusitado ingreso a las letras mexicanas.)
Mediante el cuidado del juglar de Zapotlán, Beatriz publicó su primer libro, La otra hermana, y a partir de allí, desarrolló una sólida trayectoria como narradora, misma que cerró una etapa con la publicación, en 1979, de Muros de azogue, su primera compilación de cuentos, de trasfondo autobiográfico (producto de aquellas historias de familia, claro está), pero vistos de manera fresca por una autora con mucho camino por recorrer. Aunque ejerza sin tregua el oficio de narradora, entre su primer libro y El cantar del pecador (1993), su segunda compilación, hay una distancia de casi ¡¡quince años!! Y no es para menos, dado si ímpetu autocrítico y porque cada grupo de cuentos requiere caminar por cuenta propia. Mientras llega ese momento, Beatriz Espejo dedica sus fuerzas al ejercicio docente y a la escritura de artículos y ensayos para varias revistas tanto académicas como culturales. (En el aspecto ensayístico, es de sobra conocido su Julio Torri, voyerista desencantado, libro de alcances casi biográficos sobre aquel heterodoxo de las letras mexicanas.) Sin embargo, la pluma de Beatriz no tiene llenadera y queda comprobado con Alta costura (1997), Marilyn en la cama y Todo lo hacemos en familia (2000), sendas compilaciones de cuentos y su única novela, respectivamente. De pilón, el Fondo de Cultura Económica, en su afán por conjuntar las obras de los autores mexicanos vivos, reúne todos sus libros en un solo volumen con el parco título de Cuentos reunidos. Mejor homenaje en vida no puede haber.
En algunos sectores se ha dicho que la literatura de Beatriz Espejo no dice nada. Esto es completamente falso. Precisamente, en su estilo a caballo entre lo intimista y anecdótico, Beatriz ha creado un estilo más que propio. A veces roza los linderos del humor negro, presente en algunos cuentos de Muros de azogue, pero también juega con la vida misma en varias escenas de Todo lo hacemos en familia y Alta costura. (Si me permiten el comentario, el cuento que nombra a este libro, es más que un guiño de ojo a sus antecesoras Rosario Castellanos y Amparo Dávila.) Y si lo queremos más claro, las protagonistas de sus cuentos tienen algo más que decir. Entiendo sobremanera que no todas las sensibilidades son iguales, pero negar que Beatriz Espejo forme parte de una galaxia de maravillosas escritoras mexicanas, es darle de pedradas a un espejo. (Literalmente...)
No cabe duda que Beatriz Espejo hizo de la Literatura (su literatura, recalcan Emmanuel Carballo y René Avilés Fabila) su prístina y sincera casa de las Palabras. Con esto, queda más que evidente mi invitación hacia ustedes para acercarse a su obra; seguro más de uno quedará prendido de alguno de sus cuentos. Y para ti, querida Bety, mi más sincera felicitación por celebrar una vida llena de talento indiscutible, que mañana se verá coronada con la entrega de la Medalla de Oro que otorga el Instituto Nacional de Bellas Artes. El mejor premio para un escritor son sus amigos desconocidos, ya lo dijo Octavio Paz, es decir, sus lectores, y ellos, es verdad, ayudan a que esa casa de Palabras se construya mejor. Así sea.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Arno Burkholder: contra la historia (oficial)

Mientras reacomodo las cosas de la Nueva República de Babel, luego de una larga ausencia, me desayuno con una buena noticia: Arno Burkholder, historiador combativo y motivador de gratas controversias y apasionados desaguisados en red (y en persona), celebra hoy su cumpleaños. Y no es para menos, dada la enorme fama que tiene allende la súper carretera de las Informaciones.
Arno Burkholder de la Rosa, de formación comunicólogo, capitalino para más señas y caballero andante del Instituto Mora, llegó a los parajes de la historiografía mexicana contemporánea con una sola finalidad: deshacer mitos y demostrar otra cara de la Historia mexicana. Mientras destaza pieza por pieza el guango andamiaje de las obras de Francisco Martín Moreno, celebra los milagros de las letras mexicanas con poemas de escritores como Rosario Castellanos, Jaime Sabines, Eduardo Lizalde, entre otros. Cuando su mirada cáustica revisa los cacareados festejos bicentenarios, pondera las virtudes de un programa peculiar como Ludens de Canal 22. Y así, hasta tener un espectro bien delimitado de las cosas que sólo pueden verse a través de Clionáutica, el blog que tiene a bien dirigir desde hace buen rato.
Aunque muchos no dejan de sentir las agresiones de Burkholder en el bolsillo, digno es reconocer su mirada crítica hacia el modo de ver la Historia; claro está que la historia oficial no es diosa de su devoción, pero aún demuestra que hasta en toda la basura hecha por sectores público y privado, dedicados a su difusión, siempre hay una perla de mayor atención. Además, varios de sus lectores (presentes, pretéritos y futuros) esperamos con ansiedad su historia del legendario periódico Excélsior, hoy en día avasallado por el imperio de Vázquez Raña. (La Prensa, diario sui generis de nota roja, fue la primera víctima de aquel imperio. Ganó difusión, pero perdió su estilo. Cuestión de enfoques.)
En fin, me faltan palabras para ponderar en su justa dimensión el trabajo de Arno Burkholder en Clionáutica. Simplemente me limitaré a recomendar su oportuna visita a la página (http://clionautica.blogspot.com/) y participar con él en toda polémica que se presente.
Admirado Arno, te mando un fuerte abrazo y mis mejores deseos. ¡¡Felicidades!!

viernes, 14 de agosto de 2009

El (casi) laboratorio de Gerardo Deniz

La Poesía, como sabemos, es el más misterioso de los senderos de la palabra, dado que allí se encuentran todas las cosas. Solamente las cosas existen mientras el poeta se anima a decirlas. Desde tiempos inmemoriales, la Poesía ha construido caminos, pero también derrumbrado imperios. Sin embargo, cuando el poeta asume su condición y además de intentar, resuelve inventar, no cabe duda que estamos frente a un milagro de la naturaleza. (En esta clasificación, bien podrían entrar algunos de los autores más iconoclastas, que hoy en día son los paradigmas del poeta en ciernes.) Pero si el poeta mencionado resultara ser, ni más ni menos, Gerardo Deniz ¿cómo reaccionaríamos?
Un 14 de agosto de 1934, nace en Madrid, España, la persona detrás de Gerardo Deniz: Juan Almela Castell, hijo y cuasi homónimo de Juan Almela Meliá, uno de los fundadores del socialismo español. La historia de los Almela Castell es casi parecida a la de cualquier familia española avecindada en México después de la Guerra Civil, a no ser por una breve escala en Suiza, donde el padre realizó labores en pro de la II República. A partir de 1942, se asentaron definitivamente en México. Tiempo después, mientras el padre trabajaba en mundo editorial, un joven Juan Almela entró a la Facultad de Química, de donde salió maravillado por el mundo de las fórmulas, los procedimientos y las mezclas. Y aprovechando la formación cultural que tuvo en casa, ambas cosas le sirvieron de mucho cuando ingresó al mundo de las editoriales; más en concreto, el Fondo de Cultura Económica, ni más ni menos. El joven Almela conoció un mundo al que habría más tarde de criticar con todas las letras, aplicando el mismo cartabón: la erudición excesiva. De aquella experiencia, agarró el gusto por dos cosas: los idiomas y el inverosímil Diccionario de Tolhausen.
Luego de su salida del FCE, Almela prosiguió su labor editorial ahora como traductor de libros de química, literatura ¡¡y lingüística!! (Paréntesis aparte: Un libro básico en la carrera de Letras Hispánicas, Los nuevos caminos de la lingüística de Bertil Malmberg, fue traducido por Almela. Vivir para ver. Ver para creer.) En 1970, Almela creó al personaje que habría de sacarle canas verdes a los lectores de poesía en México; fusionando el nombre propio del poeta Gerardo Diego (que, por cierto, vivió en su primera casa, en Madrid) y la palabra turca para "mar", deniz, dio como resultado un nombre anaboleno y trapisondista: Gerardo Deniz. Precisamente, ese mismo año marca la publicación de Adrede, su primer libro de poemas, con un bagaje más que heterodoxo. Desde la química de su juventud, pasando por su admiración hacia Julio Verne, hasta llegar a las maravillas del Tolhausen, la poesía (por tanto, la vida) fue otra, vista desde la óptica de Deniz. Su Adrede, debido a su peculiar naturaleza, pasó desapercibido en el mundo de las letras mexicanas, a excepción de Octavio Paz, quien supo ver en esa heterodoxa poética una renovación de la palabra, que rinde pleitesía hacia la obra de Saint-John Perse e, incluso, a la Luis de Góngora. A Deniz este espaldarazo poético le venía sin cui. (Sólo José Carlos Becerra, quien recibió una carta semejante de Paz -¡¡y con la misma fecha!!-, supo atender a sus palabras.)
Mientras Juan Almela seguía traduciendo libros de texto, Gerardo Deniz fraguó otro libro: Gatuperio (1978), donde su pasión por Verne y el Tolhausen seguía dando frutos; una sección emblemática del libro lo comprueba: "20 000 lugares bajo las madres". Y, claro, cuando apareció Enroque (1986), Deniz seguía sin parar. Para cuando la SEP publicó una antología de su obra, Mansalva, un año después, entraba en escena otra particularidad de la obra deniciana: las prosas pertinentes, algo así como las "explicaciones" sobre determinado poema. Creo saber que los seguidores de la poesía de Deniz, aunque no sean legión, no cabe duda que encontraron su mundo con estas obras. Con todo y esto, Gerardo Deniz recibió el Premio Villaurrutia en 1991 por Amor y Oxidente. También esto lo tenía sin cui.
Bien sé que la mayoría de los lectores se estarán dando de vueltas por saber cómo es una obra del dichoso Deniz (a quien su traductora al inglés casi confundía con una tal Denisse, peligros de la traducción). Prometo no defraudarlos. Sólo unas últimas palabras más. Como lo he dicho en repetidas ocasiones, la invitación para leerlo está en la mesa. Si se interesan por su obra narrativa, ahí están Alebrijes y Carnesponendas; por sus artículos y memorias, Paños menores es una excelente opción, pero como su poesía aún genera mucha batalla, el grueso volumen de nombre Erdera, publicado por el FCE hace algunos años y que reúne toda su poesía, está que ni mandado a hacer. En una palabra, Gerardo Deniz nunca dejó de lado la química, sólo que su (casi) laboratorio se encuentra ahora entre los diccionarios, las traducciones, los juegos de palabras y, sobre todo, la autocomplacencia creativa. Y como las recomendaciones están de a peso, Conaculta y Tierra Adentro publicó Deniz a mansalva, un volumen de ensayos para acercarse más a su mundo. (Ahora sí, va el poema y aquí me callo.)


Vehículo


Polvo. Detrás de la cortina, entre los equipajes,
tosió un Niño de diez años:
-Qué tos más desgarradora e incoercible- comentó
acto seguido con voz argentina.

Remotos aún los pinchos ya candentes de la ciudad.
Declaró el maestro:
-No dudo de que este Niño, elapsando el tiempo preciso
para su formación,
alcance la soñada eminencia.
Tendiendo los brazos a la cortina:
-Verás, Niño, cómo merced a un sincero afán
de formalización, usando kets y bras, los teoremas
fundamentales de la mecánica cuántica-

Los ocupantes de la carretera se fueron animando;
renacía la conversación, alicaída por horas.
Cada quien fue exponiendo con llaneza su punto de
vista. El occidente más cerca siempre.
Con la mandíbula descolgada hacia un lado,
el Niño asomó la cabeza para escuchar (cf. 'enseñar
deleitando').
Los últimos compases se perdieron entre el fragor de
las ruedas sobre la calle del Empedradillo.

-Toda ventana encendida sugiere una dicha. Un hogar
apacible y una familia numerosa, de ojos redondos,
sin blanco casi, mirándose unos a otros en silencio,
sentados en camisón malva a la mesa.

viernes, 7 de agosto de 2009

Rosario Castellanos: poesía sí eres tú

Hace 35 años, una luz, al rozar otra luz, se extingió de este planeta para inscribirse en las grecas de la eternidad. Dicho de otro manera, una poetisa singular, Rosario Castellanos, falleció un día como hoy en la ciudad de Tel-Aviv. Israel.
Rosario Castellanos Calderón nace el 25 de mayo de 1925 en la Ciudad de México, pero desde muy pequeña residió en Comitán de Domínguez, en Chiapas, donde vivió hasta su adolescencia y que habría de regalarle algunos de los grandes temas de su postrera obra. De vuelta en la Ciudad de México, estudió en la Facultad de Filosofía y Letras, en aquel entonces localizada en el legendario edificio de Mascarones. Algunos de sus compañeros de generación pintaban para convertirse, igual que ella, en incipientes luminarias de las Letras: Rubén Bonifaz Nuño, Jaime Sabines, Otto-Raúl González, Luisa Josefina Hernández, Dolores Castro (a la postre, su gran amiga), Héctor Azar, por decir otros. Su pasión por la literatura lo mismo la llevó a colaborar en varias de las revistas culturales más famosas del momento (como América, dirigida por su maestro y amigo Efrén Hernández) que a realizar estudios de posgrado en importantes universidades españolas, de donde regresó llena de nuevos bríos para la docencia en la UNAM y, claro, para las letras.
En 1948 publica su primer libro de poemas, Trayectoria del polvo, pero no se queda encasillada en un solo género. También practicó la novela (Balún Canán, Oficio de tinieblas), el cuento (Ciudad Real, Los convidados de agosto, Álbum de familia), el ensayo (Mujer que sabe latín, Juicios sumarios) y hasta el artículo periodístico (El mar y sus pescaditos), el cual ejerció durante muchos años en el diario Excélsior. Entre toda esa avalancha creativa, siguió escribiendo poemas hasta que en 1972, reunió todas sus plaquettes bajo el título Poesía no eres tú (1948-1971).
Entre la creación literaria, la investigación y la docencia, Rosario estuvo ligada muchos años con su colega Ricardo Guerra, filósofo de formación, con quien tuvo a Gabriel, su único hijo. Fue una historia llena de muchos contrastes (eso sí, con una pasión a flor de piel) que se puede ver en las cartas que ella le mandaba, las cuales, cabe decir, se encuentran reunidas en Cartas a Ricardo, volumen publicado hace algunos años. A sabiendas del trato que recibía de su marido, a Rosario no le quedaba otra salida que sumergirse en la creación literaria. (Paréntesis aparte: para varias de las escritoras mexicanas del siglo XX, la literatura fue su mejor medio de expresión. Elena Garro y la propia Rosario son señeros ejemplos.)
Sin embargo, los afanes de Rosario Castellanos no sólo se hallaban en las letras y la docencia, sino también en la promoción de la cultura; durante varios años ejerció dicho sacerdocio en varias instituciones de Chiapas, siempre a favor de las comunidades indígenas. Esa impecable trayectoria tuvo como corolario su nombramiento como Embajadora de México en Israel, a la par de su estancia como profesora visitante en la Universidad Hebrea de Jerusalén. (El resto de ese capítulo, de sobra lo conocemos...)
La intención de estas líneas, como he dicho en varias ocasiones, no es hacer un obituario postergado, sino invitar al lector para que se acerque a su vida, obra y milagros. En este caso particular, la obra de Rosario Castellanos tiene para dar y prestar, sea cual sea nuestra preferencia. Sus ensayos gozan de una frescura inusitada, a pesar de haberse escrito hace ya cuarenta años; sus novelas siguen siendo objeto de estudio, además de literario, hasta antropológico. Sin embargo, su obra poética es de las mejores que se han producido en el siglo XX mexicano. Su "Lamentación de Dido" es una preclara muestra de ello.
No cabe duda, querida Rosario, que poesía sí eres tú -aunque digas lo contrario y así me quede con el verso de Becquer-, porque una obra como la tuya siempre tiene dotes poéticos por donde quiera que se vea. (Además, el tiempo ha sido más clemente contigo que con algunos de tus coetáneos, ¿no crees?) Finalmente, cierro estas líneas con el poema que más me gusta de tu obra, a sabiendas de suscitar una que otra polémica, pero, bueno, cada quien tiene su peculiar manera de ver a una mujer sin par, ¿no es así?


La casa vacía

Yo recuerdo una casa que he dejado.
Ahora está vacía.
Las cortinas se mecen con el viento,
golpean las maderas tercamente
contra los muros viejos.
En el jardín, donde la hierba empieza
a derramar su imperio,
en las salas de muebles enfundados,
en espejos desiertos
camina, se desliza la soledad calzada
de silencioso y blando terciopelo.

Aquí donde su pie marca la huella,
en este corredor profundo y apagado
crecía una muchacha, levantaba
su cuerpo de ciprés esbelto y triste.

(A su espalda crecían sus dos trenzas
igual que dos gemelos ángeles de la guarda.
Sus manos nunca hicieron otra cosa
más que cerrar ventanas.)

Adolescencia gris con vocación de sombra,
con destino de muerte:
las escaleras duermen, se derrumba
la casa que no supo detenerte.

martes, 14 de julio de 2009

Eduardo Lizalde: el tigre de la poesía

Cuando la diosa Fortuna se empeña en celebrar a las letras, no cabe duda que la lista es larga y las intenciones también. Ahora toca el turno al impecable poeta Eduardo Lizalde, quien hoy cumple 80 años, y cuya obra poética goza de cabal salud.
Alguna vez, luego de una mesa redonda en Bellas Artes, el poeta me dijo que le disgustan los homenajes y que se negaría a recibirlos. Siento decepcionarlo al decir que el mejor de todos, corre a cargo de aquellos lectores que disfrutan de su poesía, la cual, cabe decirlo, sigue suscitando nuevas y encontradas reacciones. También he de destacar el cuidado esmero que conforma a su obra ensayística, pero tampoco olvidar que Lizalde hizo una ligera escala en los terrenos de la narrativa, como lo demuestran el conjunto de cuentos La cámara y su inclasificable novela Siglo de un día.
Desde su casa libraria en la Ciudadela, la Biblioteca de México, donde también dirige la revista del mismo nombre, Eduardo Lizalde, como el tigre de sus poemas, se mantiene al acecho dentro de la vida literaria. Seguramente prepara un libro nuevo, siempre y cuando el tiempo se digne a escribirlo. Mientras tanto, y con esto ya me callo, comparto uno de sus poemas; mi favorito, cabe decir. Ustedes, de seguro, tienen su predilecto.
Mtro. Lizalde, en su cumpleaños 80, todo su séquito de lectores (presentes, pretéritos y futuros) le auguramos más vida, pero, eso sí, con más poemas suyos. ¡¡Muchas gracias!!


Bellísima
Y si uno de esos ángeles
me estrechara de pronto sobre su corazón,
yo sucumbiría ahogado por su existencia
más poderosa.

Rilke, de nuevo
Óigame usted, bellísima,
no soporto su amor.
Míreme, observe de qué modo
su amor daña y destruye.
Si fuera usted un poco menos bella,
si tuviera un defecto en algún sitio,
un dedo mutilado y evidente,
alguna cosa ríspida en la voz,
una pequeña cicatriz junto a esos labios
de fruta en movimiento,
una peca en el alma,
una mala pincelada imperceptible
en la sonrisa... yo podría tolerarla.

Pero su cruel belleza es implacable,
bellísima;
no hay una fronda de reposo
para su hiriente luz
de estrella en permanente fuga
y desespera comprender
que aun la mutilación la haría más bella,
como a ciertas estatuas.

viernes, 10 de julio de 2009

Alejandro Jodorowsky ataca de nuevo

Para los activos y nuevos fans del chileno Alejandro Jodorowsky, anoche con la proyección de la película Fando y Lis por Canal 22, queda más que evidente la pluralidad con que este canal se ha movido a lo largo de casi dos años, cuando el novelista Jorge Volpi asumió su dirección. Para los cinéfilos de horas 24, fue una celebración de un cine que aún origina reacciones encontradas, a pesar de los cuarenta años de haberse filmado. Para los cinéfilos de nuevo cuño, el descubrimiento de un mundo nuevo. Sin embargo, ante todas estas respuestas, digno es voltear la mirada hacia el hombre detrás de esas películas, las cuales, cabe decir, hasta hace no pocos años, sólo circulaban en los sectores universitarios y, con un poco más de cuidado, hasta en la piratería.
Alejandro Jodorowsky Prullansky nació el 7 de febrero de 1929 en Tocopilla, pequeña ciudad al norte de Chile, en el seno de una familia judía. Desde muy temprana edad se acercó a la literatura, demostrando ser un ávido lector. Como sus intereses eran muy variados, viaja a Santiago, la capital, donde estudia la carrera de Medicina, misma que deja de lado para dedicarse a la Filosofía y a la Psicología. Además, se desempeña como mimo, bailarín y dibujante. Como buen escritor chileno en ciernes, se acerca a un importante grupo literario conformado por Pablo de Rokka, Nicanor Parra, Enrique Lihn, y teniendo como figura tutelar al gran Pablo Neruda. Jodorowsky alcanza cierta notoriedad al publicar sus primeros poemas, pero en el teatro se daría en su mayor expresión. En 1953 escribe su primera obra, El minotauro, y viaja a París para estudiar pantomima con Étienne Decroux, maestro de Marcel Marceau. Como integrante de la compañía de éste, viaja a México donde Salvador Novo y Rubén Broido lo convencen para quedarse y seguir haciendo lo que más le gusta: las marionetas, la pantomima y la dirección escénica; todas las obras que dirigió en México generaron, sobra decirlo, enconadas reacciones que lo mismo replantearon la perspectiva del teatro mexicano que suscitaron actos de censura. Y mientras se daba todo esto, Jodorowsky funda en París, junto al español Fernando Arrabal y el francés Roland Topor un nuevo movimiento artístico, el Pánico, donde cuestionaron a los anquilosados surrealistas y regido por tres cosas: terror, humor y simultaneidad.
Como los intereses artísticos de Jodorowsky son infinitos, en 1968 ingresa al mundo del cine (con muchas respuestas negativas por parte de los dinosaurios de la industria) con una película muy peculiar: Fando y Lis, basada en la obra teatral homónima de su amigo Arrabal, donde cuenta la travesía de una pareja de novios en busca de Tar, lugar ideal donde se halla la felicidad. Dicha opera prima genera tremendo escándalo, pero también un nuevo séquito de admiradores, que se consolidó con el estreno de El Topo (1970), una especie de western con toques de budismo zen. (Jodorowsky nos corrige: es un eastern.) Músicos de la talla de John Lennon y George Harrison ponderaron el trabajo del artista chileno.
Para 1973, y luego de sus primeras películas ganaran incontables premios en México y en el extranjero, Jodorowsky filma su trabajo más ambicioso: La montaña sagrada. Y las reaccione no se hicieron esperar; por una escena filmada afuera de la Basílica de Guadalupe, la Iglesia publicó una revista de ¡¡150 páginas!!, pidiendo la muerte del artista y acusándolo de hippie y sacrílego. Pero a Jodorowsky no le importó en lo absoluto esto. Su controvertida película aún circula y hasta motiva a la reflexión. Y como los alcances artísticos no paran, su siguiente empresa sería aún mayor: la adaptación fílmica de la novela Dune de Frank Herbert, para la que requirió la participación del actor Orson Welles, del pintor Salvador Dalí y del grupo Pink Floyd, a la que se unieron los dibujantes Moebius y H. R. Giger. Al final, dicho proyecto no se realizó, gracias a un boicot de Hollywood. (Sin embargo, algunos de los esbozos que Moebius y Giger hicieron para Dune, se emplearon para algunas secuencias de Star Wars y Alien, respectivamente, y David Lynch acabó por filmar su propia versión de Dune.)
Mientras Jodorowsky esperaba el momento idóneo para regresar al cine, se dedicó a la escritura de comics (junto a Moebius) y novelas de trasfondo autobiográfico, al igual que las lecturas de tarot, la psicogenealogía (estudio introspectivo del árbol genealógico) y la llamada psicomagia, donde retoma elementos chamánicos de las culturas autóctonas de México y Estados Unidos, y los fusiona con el teatro y el psicoanálisis. Para 1989, el cine regresa a su vida con Santa Sangre, película donde retoma de cierta forma el mito de Edipo. (Y la controversia no se hizo esperar...)
Finalmente, hablar de Alejandro Jodorowsky es una manera de acercarse a sus obras, sea en el género que se trate. Afortunadamente, Canal 22 proyectará el jueves próximo El topo, y el 23, La montaña sagrada. (La carretada de correos electrónicos en contra no cesará, pero al menos se logra difundir una obra única en su género.) Que esto también sirva para celebrar a un artista que llega a los 80 años tan joven como siempre, aunque Jodo se incline a decir que nació con el Universo. Verdad que sí.

jueves, 2 de julio de 2009

Emmanuel Carballo: el último francotirador

Casi como antesala de los sucesos venideros de 2010, la ronda de las efemérides se empeña en celebrar a dos genios de las letras mexicanas casi al hilo; si hace dos días, el festejado era un poeta, José Emilio Pacheco, hoy le toca el honor a un crítico de mirada afilada: Emmanuel Carballo, a quien anoche le fue entregada la Medalla Bellas Artes por sus 80 años. Pero vayamos por partes.
Emmanuel Carballo Chávez nació en Guadalajara, Jalisco, en 1929. Como a varios de sus paisanos, entre los que se cuentan Juan José Arreola, José Luis Martínez, Antonio Alatorre, entre otros, tuvo desde temprana edad un acendrado interés por las letras; mismo que lo llevó a publicar en revistas de la capital tapatía, donde Carballo inició su camino literario gracias a la poesía. Sin embargo, sería el ensayo su toral y verdadero campo de acción.
Al igual que sus coterráneos, viaja a la ciudad de México para proseguir sus caminos literarios. Junto a Carlos Fuentes anima la primera (y verdadera, según él) época de la Revista Mexicana de Literatura, que sienta un connotado precedente en las letras mexicanas. (Aquellos jóvenes autores, quienes publicaron sus primeras obras en sus páginas, hoy en día son las luminarias colmadas de premios y homenajes. ¿Verdad, JEP?)
A partir de 1958, Emmanuel Carballo incursiona en el género nada despreciable de la entrevista; un oficio meramente periodístico se volvió en él una prueba de vida. Su finalidad: conocer qué cosas hay detrás de los autores de las letras mexicanas, protagonistas de una época más que productiva. Desde José Vasconcelos, Alfonso Reyes y Artemio de Valle-Arizpe, pasando por Ramón Rubín, Salvador Novo y Agustín Yáñez, hasta llegar a Carlos Pellicer, Juan José Arreola y Carlos Fuentes, Carballo no sólo repasaba épocas, estilos y manías, sino también rescataba del olvido algunas cosas que, de no haber sido por él, muchas investigaciones al respecto no existirían. En 1965, el primer esfuerzo de esa empresa llevó por nombre Diecinueve protagonistas de la literatura mexicana. Dos décadas más tarde, la inclusión de otra señera figura al elenco, Elena Garro, condujo a que Carballo suprimiera el diecinueve del título y dejarlo tal y como hoy lo conocemos: Protagonistas de la literatura mexicana. En 1994, en un afán interminable por corregir y aumentar su obra, hace ligeras pero significativas adiciones a las cosas que dijo sobre los primeros antologados, pero también incluyó dos nuevos autores a ese non elenco: Mauricio Magdaleno y Juan Rulfo. Y como don Emmanuel quiere saldar cuentas antes que el tiempo le dé alcance, en la edición definitiva de 2005, finalmente incluye a Octavio Paz, con quien tuvo varios y enconados episodios de box intelectual en su vida.
En la obra de Emmanuel Carballo, además de su lectura de los clásicos mexicanos del siglo XX, también se dio tiempo para la crítica literaria. Dada su fama de puntilloso lector, lo mismo hacía pomada la obra de una figura consagrada que la de un novel autor. Los juicios de Carballo eran como balas expansivas: siempre daban en el blanco y generaban reacciones encontradas. En este rubro, se ganó en cierta manera el título de francotirador de las letras mexicanas. Incluso, este adjetivo dio nombre a una de sus compilaciones más famosas: Notas de un francotirador.
Entre la crítica y el rescate literario, Carballo dedicó una parte de su tiempo para escribir sus memorias (Ya nada es igual) y regresar muy brevemente a la poesía (Eso es todo). Aunque eso, cabe decir, no lo exime de seguir generando polémica. Algunos críticos actuales han reconocido el magisterio y la influencia de Carballo, pero aún le reprochan su retiro parcial de las letras. El último francotirador deja el campo de batalla y se dedica a reconstruir una vida puercamente vivida.
Termino estas líneas con una invitación y un reconocimiento. La invitación expresa para acercarse a las letras mexicanas mediante la lectura de sus obras; a pesar del tiempo transcurrido, aún suscitan tanto interés como debate. Y mi sincero reconocimiento a don Emmanuel por una vida, dicho en sus propias palabras, "puercamente vivida". Mil gracias.

martes, 30 de junio de 2009

José Emilio Pacheco: la memoria y la nostalgia

Tanto en el santoral cívico como en el religioso, siempre hay un buen pretexto para celebrar y recordar a los personajes que forjaron una nueva forma de decir las cosas, sea a favor o en contra de una sola perspectiva. Sin embargo, existe un determinado número de personajes que se niegan a inclinar la balanza hacia algún lado, sino que su labor primordial es hacer la crónica de los hechos, o mejor dicho, en describir la antesala de su desastre. Un ejemplo de ello: José Emilio Pacheco, quien además de todo, hoy cumple 70 años.
Nacido un día como hoy de 1939, José Emilio Pacheco Berny encontró en la palabra escrita el mejor medio para describir el mundo circundante, como todo escritor que se respete; sin embargo, a él le correspondió, desde el primer momento que tomó la pluma, en hacer la crónica paulatina del desastre que se avecina. Desde la publicación de sus primeras obras en la revista Medio Siglo, el sacerdocio literario de Pacheco se dirigió hacia el rescate de las cosas pasadas. Prosiguió esta labor en México en la cultura, suplemento del periódico Novedades, la Revista de la Universidad de México, y en La Cultura en México, de la revista Siempre! Desde estas trincheras hemerográficas, Pacheco reseñó cuanto libro le pusieran enfrente y creó una nueva forma de hacer literatura y periodismo al unirlos en una sección ya memorable: Calendario. Más adelante, en la revista Proceso, dicha serie se volvió Inventario, el cual aún espera integrarse a la obra pachequiana.
En la obra de José Emilio Pacheco, hay dos grandes constantes: la memoria y la nostalgia. En su poesía, regularmente abunda en temas nostágicos, por aquellas cosas que ya se fueron; cabe resaltar también que en la narrativa esto se halla presente. Preclaro ejemplo de ello: Las batallas en el desierto. (En el homenaje que se le hizo la semana pasada en El Colegio de México, Pacheco confesó que mucha gente, luego de leer su novelita, se ha sentido identificada con las cosas que allí pasaron, y que, si alguna vez se aventara a escribir sus memorias, seguramente lo tildarían de mentiroso. Vivir para ver.) Por el lado de la memoria, gracias a su infatigable pasión por leer cuanta cosa le pongan al paso, dio como resultado una novela sui generis (en tiempos de la nouveau roman, eso era moneda corriente), mostrando sus respetos hacia el Holocausto: Morirás lejos.
Ante una carretada de homenajes, mesas redondas y premios al por mayor, ¿qué más podría decirse sobre José Emilio Pacheco? Algunos detalles ratoneros como, por ejemplo, su acendrado empeño por corregir las ediciones subsecuentes de sus libros. (Recuerdo que, luego de una conferencia suya en El Colegio Nacional, corrigió, de puño y letra, una errata en mi ejemplar de Tarde o temprano, su poesía reunida hasta 2000.) Cada vez que se reedita un libro, claro, éste ya pasó por su criba correctiva. Otro detalle ratonero: siempre que la ocasión lo amerita, no deja de agradecerle a su esposa, Cristina Pacheco, por el tiempo que han pasado juntos, y al convertirse en testigos de una ciudad que se difumina día tras día.
Por último, si las palabras de quien escribe pecan de parquedad o no pasan de semejante villamelonada, reitero la invitación para acercarse a su obra, que nos depara una nueva sorpresa cada vez que la frecuentamos. Y aunque muchos se inclinan por contar entre sus favoritas a Las batallas en el desierto, El principio del placer, Ciudad de la memoria o El silencio de la luna (a título personal, me quedo con la segunda), hay poemas que no tienen desperdicio, como éste que comparto con todos ustedes. (¡¡Felicidades, José Emilio!!)

Inmemorial

El misterioso día
se acaba con las cosas que no devuelve.
Nunca nadie podrá reconstruir
lo que pasó ni siquiera en este
más cotidiano de los mansos días.

Minuto: enigma irrepetible.
Quedará tal vez
una sombra una mancha en la pared
vagos vestigios de ceniza en el aire.

Pues de otro modo qué condenación
nos ataría a la memoria por siempre.

Vueltas y vueltas en derredor de instantes vacíos.
Despójate del día de hoy para seguir ignorando y viviendo.

lunes, 8 de junio de 2009

Cìao, Alejandro Rossi

Esta semana inicia de capa caída para las letras mexicanas, con el sensible fallecimiento del escritor, filósofo e investigador universitario Alejandro Rossi, a quien el destino galardonó con el Premio Xavier Villaurrutia en 2006 por su primera novela Edén. Vida imaginada., luego de habernos regalado sendos libros de cuentos y ensayos como La fábula de las regiones, Un café con Gorrondona, Cartas credenciales y el clásico Manual del distraído; obras que no hace mucho tiempo el Fondo de Cultura Económica conjuntó en un tomo de Obras reunidas. Trabajos que evidencian un talento innegable y una maestría en el uso del español.
Al igual que varios de sus compañeros de generación, como Salvador Elizondo y José de la Colina, Alejandro Rossi Guerrero tuvo un origen o una primera formación en el extranjero. Nacido el 22 de septiembre de 1932 en Florencia, de padre italiano y madre venezolana, tuvo una vida errante que lo llevó de Italia a Aregentina, de ahí a Venezuela, para luego llegar a México, donde declaró residencia hasta el fin de sus días. Realizó estudios de Filosofía (fue un destellante alumno del no menos eminente José Gaos), mismos que perfeccionó en Alemania, al lado del polémico Martin Heidegger, y en Inglaterra. Como investigador en esta materia, deriva un libro clásico en su género: Lenguaje y significado.
Sin embargo, para las letras mexicanas, no fue sino hasta la década de los setenta cuando dio sus primeros destellos de creatividad, cuando Octavio Paz lo invita a colaborar en la revista Plural. Mientras vivía las latas de la edición, Rossi comenzó a publicar una serie de ensayos y relatos cuyo afán primigenio fue llenar una página libre de la publicación. Pero esos textos fueron más allá. Con ese particular estilo de contar una historia, nació para las letras mexicanas un escritor singular. A partir de allí, Rossi se volvió una leyenda tanto en Plural como en Vuelta, donde también regaló sus obras y su tiempo. (Cabe decir que fue el director suplente de la revista mientras Octavio Paz se encontraba en Londres.) También hizo lo propio en Letras Libres, heredera de las anteriores.
Una característica evidente en la obra de Rossi es la forma con que plantea un asunto, cómo presenta una anécdota, y al final, lo que parecía obvio resulta que no era como se veía. Esto es más que evidente en La fábula de las regiones y Un café con Gorrondona. Cuestión que lo emparenta con Salvador Elizondo y José de la Colina, grandes amigos suyos además de todo. Un talento más que genial encontró asilo tanto en la UNAM como en El Colegio Nacional.
El pasado sábado 6 de junio, las letras mexicanas pierden a un genio más, cuya obra se encuentra más que abierta y digna de suscitar grandes sorpresas y nuevos lectores. (A título personal, prefiero los ensayos de Cartas credenciales, libro que lleva el nombre de su discurso de ingreso a El Colegio Nacional.) Sin embargo, para las letras no hay tiempo y siempre será un buen momento para acercarse a la obra de Alejandro Rossi. Por ahora, el duelo es evidente, mas no eterno.
Cìao, Alejandro Rossi!!!

lunes, 18 de mayo de 2009

Mario Benedetti: Adiós, poeta

Cuando muere un poeta, una parte del mundo se desmorona y la poesía sólo se vuelve un montón de palabras. Sin embargo, para quienes frecuentamos ese mundo, nada más nos queda un consuelo: saber que estas palabras generaran nuevos y mejores enlaces y así una obra prístina y señera permanecerá a nuestro lado.
Ayer por la tarde, mientras veía las noticias, me entero de la muerte del poeta uruguayo Mario Benedetti (Montevideo, 1920-2009), a los 88 años, cuya obra es de sobra conocida por todos los confines del planeta. Como no me interesa hacer una necrológica más, comparto con ustedes un poema suyo, puesto que la poesía siempre habrá de salvarnos, si no la vida, al menos el día. (Además, es mi favorito.)

Te quiero

Tus manos son mi caricia
mis acordes cotidianos
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia

si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos

tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada
te quiero por tu mirada
que mira y siembra futuro

tu boca que es tuya y mía
tu boca no se equivoca
te quiero porque tu boca
sabe gritar rebeldía

si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos

y por tu rostro sincero
y tu paso vagabundo
y tu llanto por el mundo
porque sos pueblo te quiero

y porque amor no es aureola
ni cándida moraleja
y porque somos pareja
que sabe que no está sola

te quiero en mi paraíso
es decir que en mi país
la gente viva feliz
aunque no tenga permiso

si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.


(¡¡Adiós, poeta!!)

lunes, 11 de mayo de 2009

Un provocador profesional llamado Dalí

Cada que un pintor hace su aparición en el mundo, el tiempo se detiene sin pedir nada a cambio. Y cuando una obra señera y única se inscribe en la vida, muy a pesar de sus cualidades y defectos, mejor aún. Es este el caso del pintor español Salvador Dalí, a quien hoy recordamos en su cumpleaños 105.
Salvador Felipe Jacinto Dalí i Domenech nacido en Figueras, Cataluña, fue un niño con intereses variopintos; lo mismo el futbol que el arte contemporáneo. Tanto fue su acendrado interés por esto último que en 1922 viaja a Madrid para estudiar en la Academia de Artes de San Fernando y se aloja en la legendaria Residencia de Estudiantes, donde entrabaría amistad con otros dos genios: Federico García Lorca y Luis Buñuel. Sin embargo, los intereses del joven Dalí iban más allá de lo estrictamente académico y esto origina su expulsión de la Academia de Artes. Para un muchacho admirador de Picasso y Joan Miró, el mundo aún estaba por escribirse, o mejor dicho, por pintarse.
En 1929, en mancuerna con Luis Buñuel, ahora convertido en cineasta, realiza Un chien andalou, película que se incorpora a las filas del naciente surrealismo, movimiento creado por André Bretón. Dentro de esta corriente, Dalí incursiona con las primeras obras que habrían de originarle cierta notoriedad; relojes blandos, insectos saliendo de una mano y Gala, musa, esposa y dealer, son algunos de los tópicos que determinarían su postrera obra. Tanto fue el empecinamiento de Dalí en esta corriente que alguna vez declaró Yo soy el surrealismo. Y si le sumamos las estratosféricas cotizaciones de sus cuadros y esculturas, no en vano Breton hizo un lapidario anagrama de su nombre: Avida dollars.
Como los provocadores profesionales no pueden quedarse quietos, Salvador Dalí también incursionó en el campo de la escritura; además de ser un lector incomparable -que lo mismo ilustró ediciones de La Biblia, La Divina Comedia, El Quijote, los Ensayos de Montaigne y la Autobiografía de Benvenuto Cellini-, se tornó escritor incendiario. (Gracias a su Vida secreta, acusó a Buñuel de comunista, cosa que el aragonés nunca le perdonó.) Diario de un genio, La vida secreta de Salvador Dalí, El Angelus de Millet, fueron algunas que destacaron, además de la carretada de entrevistas que dio para cualquier medio de comunicación. (Recuerdo una memorable que le hizo Jacobo Zabludovsky donde le hizo firmar una edición en gran formato de su obra; interesante jugada del periodista, dado que Dalí tenía fama de quedarse son los bolígrafos con que firmaba sus obras.)
Por donde quiera que se encontraba, Dalí siempre tenía motivos para generar polémica; sea con algunas de sus boutades, sea para tener un momento de atención. Lo importante para él es seguir en el ajo. Lo importante es que hablen de ti, aunque sea mal. Aunque los detractores se coticen por kilo, no cabe duda de que cuando hay admiradores es porque, de verdad, los hay. Sus pinturas se encuentran entre las más conocidas del arte español, sus escritos (hoy día, publicados en ocho volúmenes por ediciones Destino y la Fundació Gala i Salvador Dalí) una muestra de una creatividad sin límites, y sus palabras, bueno, digamos que cumplió y con creces su propósito. Aunque el arte es eterno, sus creadores no. Salvador Dalí muere el 23 de enero de 1989.
Estas líneas hacen lo posible por recordar a una figura sin igual; mejor homenaje no podía haberle hecho el grupo español Mecano con esa emblemática canción extraída del álbum Descanso dominical.

Si te reencarnas en cosa,
hazlo en lápiz o en pincel
y Gala de piel sedosa
que lo haga en lienzo o en papel.

Si te reencarnas en carne,
vuelve a reencarnar en ti,
queremos genios en vida,
queremos que estés aquí,
"Eungenio" Salvador Dalí.

(Lo demás, son sólo efemérides de calendario. ¡¡Gracias, Dalí!!)

jueves, 19 de marzo de 2009

Jaime Sabines: Celebrando la vida...

En la mañana de hace diez años, luego de despertarse, tomar su café y mirar por la ventana una bugambilia que se halla afuera de su casa en San Ángel, Jaime Sabines emprendió su último viaje, donde todos los poetas se vuelven eternos. Tanto para su familia como para todo el séquito de lectores que seguimos palabra por palabra su vida poética, fue una pérdida que seguiremos lamentando. Sin embargo, la poesía siempre termina por devolverlo a nosotros, al menos, cada vez que abrimos su Recuento de poemas y regresamos a ese poema favorito una y otra y otra vez.
Jaime Sabines Gutiérrez nace para el mundo el 25 de marzo de 1926, en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas (tierra donde, se dice, levantas una piedra y encuentras un poeta: Rosario Castellanos, Enoch Cansino Casahonda, Rodulfo Figueroa, Roberto López Moreno, el propio Sabines, preclaros ejemplos de ello). Tercer hijo de un militar de ascendencia libanesa, el Mayor Julio Sabines, y de doña Luz Gutiérrez, proveniente de una de las familias pudientes de Tuxtla, el pequeño Jaime tuvo sus primeros acercamientos con las letras, mediante los cuentos de Las mil y una noches y las aventuras de Antar, el poeta guerrero de la literatura árabe, que cada noche el Mayor Sabines le contaba; además, la Biblia (en la traducción Reina-Valera) tuvo también un papel preponderante en su formación, antes que poética, como acendrado lector.
Cuando viajó a la ciudad de México para estudiar Medicina, se dio cuenta que estaba solo, solo. Y como impulso natural, comenzó a escribir; no había ocasión para que no lo hiciera. A los tres años dejó la carrera y volvió a Chiapas. Tanto en la gran ciudad como en la tierra propia, surgieron sus primeros libros: Horal (1950) y Adán y Eva (1952). Consciente de su nueva condición, regresó a la capital y se inscribió en la Facultad de Filosofía y Letras, allá en Mascarones, donde convivió con otras futuras luminarias: Juan José Arreola, Héctor Azar, Otto-Raúl González, Dolores Castro, Ricardo Garibay, Luisa Josefina Hernández, Enriqueta Ochoa y su paisana Rosario Castellanos, entre otros. Al final, la vida acabó llámandolo nuevamente al terruño: sea atendiendo a su padre, el Mayor Sabines, sea atendiendo la tienda de telas que su hermano Juan le encargó dadas sus responsabilidades legislativas.
En aquella tienda de telas, mientras Sabines cortaba y vendía la mercancía, las palabras no podían estarse quietas; cada día, Jaime se impuso la tarea de escribir un soneto diario para no perder el oficio poético. El resultado de aquella proeza fue Tarumba, uno de sus libros más conocidos. Además, era tanta la fama que tenía el poeta en su negocio que nunca le faltaban visitas, entre éstas, un grupo de jóvenes escritores que se hacían llamar La Espiga Amotinada: Eraclio Zepeda, Juan Bañuelos, Óscar Oliva y Jaime Labastida, quienes aprendieron mucho del oficio de poeta en ese inusitado lugar. Más adelante, Jaime y su familia dejaron Chiapas y regresaron a la Ciudad de México; ahora le tocaba al benjamín de los Sabines Gutiérrez atender una fábrica de alimento para animales. Así, durante treinta años.
Entre la vida familiar y el trabajo físico, Sabines siguió escribiendo. Sus temas, a diferencia de sus contemporáneos, no atravesaban los linderos de la experimentación, sino, simplemente, a vivir la vida y la muerte, o al menos, a contarlas. Ahora que lo menciono, ¿quién no recuerda Diario semanario y poemas en prosa? Muchas estampas de la vida diaria bajo la pluma de Sabines alcanzan categoría de poesía pura. En una palabra, celebrando la vida.
De treinta años a hasta su repentina pérdida física (tiempo que lleva reeditándose hasta el hartazgo su Recuento de poemas), Sabines nos regalado su vida y poesía en los innumerables recitales que ha dado, tanto en el Palacio de Bellas Artes como en la Sala Nezahualcóyotl, donde se rebasó y por mucho la expectativa de asistencia; cuestión que ejemplifica la cabal salud de la poesía mexicana del siglo XX. (Otro poeta mayor, Octavio Paz, reconoció el talento de Sabines aún sabiendo que su poesía era, de cierta manera, enemiga de la suya.)
En fin... somos legión los que seguiremos agradeciéndole a Jaime Sabines por toda su poesía. Poetas pretéritos, presentes y futuros; lectores de banqueta y palacio... la lista es larga. Por ahora, la mejor manera de celebrar a Sabines (y, por tanto, a la vida misma) es conociendo su poesía. Y como cada quien tiene su poema favorito, por ahora comparto el mío. ¡¡Gracias, Jaime!!

Me tienes en tus manos...

Me tienes en tus manos
y me lees lo mismo que un libro.
Sabes lo que yo ignoro
y me dices las cosas que no me digo.
Me aprendo en ti más que en mi mismo.
Eres como un milagro de todas horas,como un dolor sin sitio.
Si no fueras mujer fueras mi amigo.
A veces quiero hablarte de mujeres
que a un lado tuyo persigo.
Eres como el perdón
y yo soy como tu hijo.
¿Qué buenos ojos tienes cuando estás conmigo?
¡Qué distante te haces y qué ausente
cuando a la soledad te sacrifico!
Dulce como tu nombre, como un higo,
me esperas en tu amor hasta que arribo.
Tú eres como mi casa,
eres como mi muerte, amor mío.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Queremos tanto a Elena Garro

En este año, el mundo de la cultura y las bellas artes se ha llenado de obituarios como jamás se había visto, y ello nos obliga a ver un poco hacia atrás, por aquello de la memoria. Sin embargo, hay una frase lapidaria que sirve de aliciente para seguir adelante: Yo sólo soy memoria y la memoria que de mí se tenga. Su autora, Elena Garro, ni más ni menos.
Nacida un día como hoy, pero de 1916, en la ciudad de Puebla, Elena Garro Navarro creció rodeada de libros y de literatura. Sus padres, consumados lectores, en cierta manera descuidaron a sus hijos, pero les regalaron algo más importante, la imaginación y el conocimiento. Elena y su hermana Debaki jugaban a ser grandes personajes y se comunicaban entre ellas con un lenguaje que sólo ellas entendían. Pasado el tiempo, Elena tuvo variopintos intereses, entre éstos la danza y el teatro. Llegó a ser coreógrafa al mando de Julio Bracho, pero las letras, como era lógico, además de habitar su casa, también tocaron a su puerta cuando conoce a un incipiente Octavio Paz, quien se vuelve novio de ella y contertulio de don José Antonio Garro. A la larga, Octavio y Elena acabarían casados y con una hija doblemente talentosa, Laura Helena, la Chatita.
En 1937, Elena y Paz viajan a España para asistir al Congreso de Escritores Antifascistas en Valencia, donde conviven con genios de tremenda envergadura como Pablo Neruda y Rafael Alberti. Inclusive llegaron al mismo frente de batalla, según los caprichos de la guerra o del destino, si se quiere ver así. (Elena Garro plasmaría parte de esta experiencia cincuenta años después en Memorias de España 1937, donde Paz no saldría bien librado. Y cuándo no.) Tiempo después, cuando Paz ingresa al cuerpo diplomático mexicano, Elena aprovecha esos viajes de trabajo de su esposo para conocer la vida cultural, pero también para escribir un poco. Motivada por Paz, escribe su novela más importante, Los recuerdos del porvenir (la cual gana en 1963 el premio Xavier Villaurrutia, ex-aequo con La feria de Juan José Arreola). En esta novela, donde Garro recurre a sus recuerdos de infancia en el sur de Guerrero, presagia el llamado realismo mágico, explotado de forma postrera por Gabriel García Márquez.
Cuando se tienen vocaciones similares, nunca faltará la envidia. Mientras Elena escribía cosas de impecable factura en la narrativa, Paz seguía inmerso en su búsqueda de la poesía, así que las envidias -por parte del poeta diplomático- también formaron parte de su vida diaria. En los años 60, Paz trazó una nueva ruta hacia el Oriente, dejando a las dos Elenas a la deriva, a merced del vituperio tanto político (Garro fue una defensora de los indígenas y los campesinos en México) como literario (fue borrado su nombre de la historia de la literatura mexicana). Ellas fijaron por muchos años su residencia en España y en Francia, donde Helena Paz Garro trabajó en la legación mexicana en París, acompañadas por varios gatos y un baul lleno de papeles con olor a orines felinos. Producto de ese trajín, es el libro de cuentos Andamos huyendo Lola.
A principios de los noventa, un grupo de escritores, donde se encontraban Emmanuel Carballo y René Avilés Fabila, amigos suyos, la ayudan a regresar a México con todo y gatos. Elena y la Chata fijan su residencia en Cuernavaca, en un departamento propiedad de una hermana de la escritora. También se hace lo posible para que reciba del Conaculta una pensión como creadora, la cual no les rendía mucho. Al final, en pleno ostracismo, Elena Garro muere el 23 de agosto de 1998, cuatro meses después que Octavio Paz. Mientras que el poeta tuvo un sepelio digno de un jefe de estado, al de Elena Garro solamente asistieron varios amigos suyos, uno que otro funcionario cultural y, claro, su hija, la Chata.
Sinceramente, no es mi intención hacer un retrato ni un obituario pospuesto, ni tampoco una querella. Aunque la obra de Elena Garro pasó por las ingratas aguas del olvido, varios lectores -como quien escribe- al descubrir sus obras, le devolvemos vida, y su imaginación, pese a todo, dictará la última palabra. El Fondo de Cultura Económica editó el primer volumen de sus obras reunidas, donde se encuentran sus libros de cuentos La semana de colores y Andamos huyendo Lola; ojalá que el FCE prosiga con ese rescate que bien lo merece. Algunas de sus últimas obras fueron editadas por la casa regiomontana Castillo. Y su novela más importante, Los recuerdos..., aún tiene a Planeta como su casa editorial.
Somos muchos los que leemos y admiramos a Elena Garro. Hay que leerla para descubrir un mundo sin tiempo y porque, parafraseando el título de un cuento de Julio Cortázar, queremos tanto a Elena Garro. ¿A poco no?

jueves, 13 de noviembre de 2008

Paco Ignacio Taibo I y el Gato Culto

Hace unos momentos, mientras revisaba los periódicos en la red, me enteré del lamentable fallecimiento del escritor y periodista hispano-mexicano Paco Ignacio Taibo I, quien todos los días, en la sección cultural del periódico El Universal, nos deleitaba todas las mañanas con su "Esquina baja" y, claro, con el inigualable Gato Culto. (Curiosamente, al momento de conocer la triste noticia, tenía sobre mi mesa de noche un ejemplar de El Gato Culto de PIT, libro que publicó el Instituto Politécnico Nacional en 1996. Cosas de la vida.)
Francisco Ignacio Taibo Lavilla nació el 19 de junio de 1924 en la ciudad española de Gijón, en Asturias. Pasó algunos años de su vida en Bélgica y a su regreso a España, vivió la Guerra Civil dentro del cerco de Oviedo. Al término de la guerra, y ya casado con Maricarmen Mahojo, empezó su carrera periodística como reportero ¡¡de deportes!!, cuando fue enviado a cubrir la Tour de France. De día era periodista, mientras que las horas que le robaba al sueño las invertía en escribir novelas. (Con la primera, Juan M.N., ganó un premio.) A principio de los años 50, viaja con su esposa y su primer hijo, Paco Ignacio II, a México, donde comienzan una nueva era. Aquí nacieron sus hijos Benito y Carlos.
En México, dedicado al periodismo, como es natural, Taibo incursionó en varios diarios y hasta se volvió productor de televisión y vicepresidente de Noticias en Televisa. Así como México abrió sus puertas a una familia non de escritores y escribidores, el patriarca de los Taibo (quien luego de una larga plática con su hijo mayor, resolvió colocarse un I latina después del nombre para hacer las respectivas distinciones) recibió en su casa a varios personajes, entre éstos, a escritores de la talla de Max Aub y Luis Rius, y al cineasta Luis Buñuel. No había día en que no hubiese invitados en su casa.
Respecto a su labor periodística, en los últimos años la realizó dentro del diario El Universal, donde fue editor de la sección Cultural. Allí nació un personaje fundamental en su obra, cuyas opiniones siguen con una vigencia que espanta: el Gato Culto. Entre aforismos, puntadas, refranes dichos con sorna y hasta epitafios, leer las boutades del singular minino nos ponía a pensar sobre la vida y sus cosas. Era tanta la fama de este personaje que nunca faltaban las llamadas que los lectores hacían al periódico pidiendo hablar ¡¡con el Gato Culto!! (Por supuesto, Taibo I las respondía en su nombre. Ja ja ja.) ¿Quién no leyó alguna vez una de sus frases? (Quien esté libre de gatos cultos, que tire el primer periódico...)
A la par de sus trabajos para los diarios, Paco Ignacio Taibo I nos ha regalado (ésa es la palabra) libros sobre cine, gastronomía, novelas y hasta libros de memorias, los cuales hay que leer y saborear. (En 1987, la editorial Pangea y el INBA publicó una colección de autores españoles en México, Estelas en la mar, donde no podía faltar PIT I. El volumen de marras: Por el gusto de estar con ustedes.)
Sin el ánimo de escribir una necrológica, acercarse a la vida, obra y milagros de Paco Ignacio Taibo I es, más que un acto de lectura, una invitación a la vida misma. Además, sus centenares de artículos deben servir para que las nuevas generaciones de periodistas y de escritores descubran el placer de la palabra, pero también el deber de la memoria. Y eso también lo sabía, de sobra, el Gato Culto.
Finalmente, alzaré mi copa de tinto y brindaré ¡¡por el gusto de que sigan con nosotros!!