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lunes, 5 de noviembre de 2018

Lunas 2018: encuentros y regresos

Hace tiempo, cuando hacía referencia a cosas gratas o conocidas que me sacaban una sonrisa o, por lo menos, un grato recuerdo, siempre soltaba la siguiente frase: Nada como volver a los viejos puertos, y al momento de escribir las presentes líneas, la empleo de nueva cuenta para un suceso anual que espero con enorme alegría: las Lunas del Auditorio
Luego de varias sorpresas por correo electrónico y de una pasarela de invitados posibles, quien esto escribe, por sexta vez consecutiva (y séptima, en nueve años), consiguió entradas para la XVII entrega del galardón que concede el Auditorio Nacional a lo mejor del espectáculo en México: cuatro boletos, tal y como me sucedió en 2014 y el año pasado. 
Después de una breve caminata desde la parada forzada donde me dejó el camión, llegué al Paseo de la Reforma e hice dos cosas ineludibles: contemplar el gentío en torno a la alfombra roja (donde desfilaron tanto artistas nominados como gente del medio musical y de la tevé) y saludar a un viejo amigo, el Auditorio Nacional, mientras llegaban mis invitadas: una arquitecta dinámica e inteligente, y la sofisticada internacionalista con quien estuve en 2016. 
Cerca de las 7:30, Lupita, mi amiga arquitecta, hizo su gloriosa llegada, una vez que logró sortear los imprevistos de la Línea 7 del Metro. Mientras llegaba Mónica, mi amiga internacionalista, platicamos acerca del talento artístico que veríamos a lo largo de la ceremonia, pero también de nuestras escalas en el llamado “coloso de Reforma”. “Sólo estuve aquí para una obra de teatro, hace mucho tiempo”, me confesó Lupita. En cambio, para mí, ya eran varias ocasiones que andaba por ahí, y en particular esta edición de las Lunas es un “regreso a casa”, porque en 2008 entré por primera vez al Auditorio Nacional y vi a Edith Márquez, cantante confirmada en el elenco de 2018. A diez minutos para las ocho de la noche, Mónica llegó al lugar citado y muy bien acompañada. Una vez hechas las presentaciones, los cuatro ingresamos por la parte izquierda del auditorio. 
Como llegamos al filo de la hora, nos acomodaron en la parte superior del segundo piso, pero los lugares disponibles escaseaban, así que resolvimos salir de ahí y correr hacia la parte derecha del auditorio. “Esto me recuerda la película Ocho y medio, donde los personajes van de un lado a otro”, les dije. Por fin, encontramos lugares disponibles… pero pegados al techo del auditorio. Una vez sentados, a las 8:15 pm comenzó la ceremonia. Café Tacvba fue el grupo encargado de abrir el espectáculo, en cuya participación interpretó sendas canciones del Jei Beibi, su álbum más reciente: “Futuro” y “Olita de altamar”. Al término de su participación, se presentaron los conductores: Paola Rojas (de frecuente presencia en ceremonias anteriores), Natalia Téllez (también constante desde 2016) y Arath de la Torre. 
Durante tres horas y pico, disfrutamos de maravillosas participaciones musicales, categorías de clásica presencia y los reconocimientos especiales que cada año confiere el Auditorio Nacional; la Revelación de este año fue el cantautor El David Aguilar, mientras que el Teatro de la Ciudad de México “Esperanza Iris” recibió el reconocimiento como Recinto Emblemático. Por el lado de las Trayectorias, Horacio Franco, el bailarín Isaac Hernández y Patricia Reyes Espíndola fueron los galardonados de la edición 2018. 
Respecto a los números musicales, de la energética participación de Café Tacvba pasamos al bolero y la canción ranchera con Edith Márquez; mientras que una selección del musical Los miserables nos llegó al alma (y al borde de las lágrimas, como me suele pasar con los musicales). Para los amantes de la música de banda, La Arrolladora Banda El Limón de René Camacho les cayó como anillo al dedo, y para las jóvenes espectadoras, Mario Bautista, con todo y que hace tres años le tocó hacerla de conductor. (Recuerdo que se hizo chiquito cuando estuvo frente a Paul van Dyk, pero por algo se empieza ¿no creen?) Una vez que terminó su participación, pasamos al intermedio, donde Mónica y su novio fueron al baño, mientras Lupita y quien esto escribe revisamos nuestros teléfonos y sacamos fotos. Cuando Mónica volvió, me comentó que cerca del cuarto para las once, dejarían el lugar, por compromisos ineludibles; de cualquier manera, agradecí su presencia y que aquellas palabras de 2016 (“¡Ya quiero mi boleto para el año entrante!”) siguen vigentes para 2019. Terminó el intermedio y el siguiente grupo que entró a escena fue Love of Lesbian, agrupación barcelonesa de rock, cuya participación me dejó en 50-50, es decir, “Bajo el volcán” me aburrió, pero “Manifiesto delirista” me levantó el ánimo. (“Es buen grupo, pero me quedo con Dorian”, le decía a Lupita y a Mónica.) Y cuando terminó la segunda canción, Mónica y su acompañante dejaron el auditorio. Prometimos vernos más seguido, porque “sólo en ocasiones así podemos vernos”. Asentimos por entero. 
El resto de la ceremonia lo pasamos muy bien Lupita y yo; al momento que los conductores presentaron a Yuri, cuando anunciaron un dueto de ella con el trio Matisse, Lupita se emocionó tanto que al momento de escuchar “Cómo le hacemos”, se apresuró a grabarlo en su celular y recordarlo cuantas veces quisiera. (Me recomendó que escuchara a Melissa, la vocalista, en su canal de YouTube, y descubrir que también como solista destella talento.) Luego de varias categorías y un reconocimiento especial, Sofía Reyes subió al escenario para cantar un éxito suyo, “1, 2, 3” (y conste que no es anuncio de crema para el pelo), y minutos después, la Única e Internacional Sonora Santanera nos metió mucho ritmo con sus clásicos de antaño y con una versión muy particular de “El yerberito moderno”. (Sólo faltó el “¡azúcar!”, si me permiten decirlo…) Y como grand finale, ¡Fey!, quien salió de entre el público, interpretando una versión muy nostálgica de “Gatos en el balcón”, para luego seguirse con un popurrí de sus grandes éxitos, eso sí, con arreglos nuevos y muy ad hoc para los tiempos actuales. (Vaya, con decirles que me levanté de mi asiento para corearlas y bailarlas. Si me vieran mis hermanos, que sí son fans suyos…) 
Casi llegada la medianoche, el público emprendió la salida del auditorio después de haber disfrutado de un grandioso espectáculo, donde todos los gustos quedaron más que complacidos; mientras la gente hacía fila para entrar al baño, Lupita y yo buscábamos un programa de mano debajo de los asientos, en los pasillos o incluso en los botes de basura: “No me voy de aquí sin mi programa de mano: ¡los colecciono!” (Hice lo mismo con una amiga nuestra, en 2015, y cerca de los baños encontramos varios ejemplares desechados u olvidados…) A medida que entrábamos y salíamos, nuestros teléfonos se llenaban de fotos propias y del Auditorio Nacional, y cuando ya me había hecho a la idea de no tener mi programa de este año, en el bote de basura de la entrada vi uno y no lo pensé dos veces para sacarlo de ahí. Pasadas las doce de la noche, emprendimos el regreso, al fin que llevamos el mismo camino (literalmente). 
Cada año que acudo a las Lunas del Auditorio, siempre me obsequia nuevas propuestas musicales por escuchar más adelante (en 2016 supe de Marlango, y en esta ocasión, de Love of Lesbian), sobre todo, maravillosas amistades e invitadas que hacen posible estos instantes. (Me hubiera gustado juntar a mis invitadas de años anteriores, pero la vida siempre hace de las suyas…) Ahora sólo queda coordinar agendas y planear la logística para responder correctamente las dinámicas para asistir a la décimo octava edición, para finales de octubre de 2019, diez años después de mis primeras Lunas. (Después de todo, nada se compara al “volver a viejos puertos”, ¿no lo creen así?) 

domingo, 5 de julio de 2015

Mi encuentro con Fakuta

Lo que comenzó con un videoclip transmitido por Canal Once, hoy es una maravillosa experiencia, pues ayer, sábado 4 de julio, tuve la dicha de asistir al Festival Neutral MX, organizado por la casa disquera Quemasucabeza, de Chile, con la participación de grupos y cantantes representativos del rock y el pop chileno de los años recientes; y en su tercer y último concierto, un cartel de súper lujo: el cantante argentino Coiffeur, y los chilenos Fakuta y Gepe, harto conocido en estos lares.
Gracias al agua de azar y a la generosidad de un compañero de batallas, me hice de un boleto para dicho concierto, y allí entregarle a la ingeniosa y genial Fakuta un ejemplar de Sirenas del MP3, encuentro previamente acordado desde nuestras cuentas de Twitter.
Luego de un trayecto algo lluvioso, a las 8:40 pm llegué al Sala, lugar donde se realizaría el concierto, a media cuadra de la Glorieta Insurgentes. Luego de mostrar mi boleto y gastar infructuosamente 30 pesos en la paquetería por un paraguas que cargué en balde, entré a la sala donde ya se vivía un ambiente de lo más festivo; el público, compuesto en su mayor parte por jóvenes entre 18 y 25 años, esperaba gustoso que comenzara el concierto. Mientras unos revisaban sus celulares y echaban relajo, otros se acercaban al bar para pedir una cerveza, la cual fue ofrecida por los meseros del lugar a quien esto escribe. Les dije que no, gracias, que así estaba bien. (Aún así, insistieron otras veces…)
A las 9:15, por fin, comenzó el concierto. El argentino Coiffeur fue el encargado de abrir la jornada musical de esa noche; acompañado por la percusionista Carolina Deplásticoverde, interpretó varias de sus canciones conocidas por el público mexicano, contento de tenerlo por primera vez tanto en México como en el Neutral MX. “Pieles” fue la primera que el público cantó de buenas a primeras, seguida por “Mientras tanto” y “Damero”, entre otras que interpretó a capella; al filo de las 10 pm, Coiffeur y Deplásticoverde abandonaron el escenario, agradeciendo la preferencia del público, en espera de volverse a encontrar muy pronto. (Como Coiffeur, también para mí fue una primera vez… pero por partida doble: sus canciones me gustaron mucho y, claro, allí estaba, en su primer concierto en tierras mexicanas. Un electropop con toques de folk que bien merece la escucha. Seguro que sí.)
Después que el staff de Quemasucabeza dejó listo el escenario para el artista siguiente (y de que los asistentes se tomaran otra cerveza y buscaran un lugar lo más cercano al escenario), a las 10:15 pm, Deplásticoverde, acompañada por Estefanía Zota Pianola y Ariel Dj Dementira ocuparon sus respectivos instrumentos, para luego recibir a la gran Fakuta, quien arrancó su participación con “Guerra con las cosas”, la cual encendió en parte los ánimos del público (y eso que aún faltaban varias canciones); en “Estrella”, canción proveniente de Al vuelo, primer disco de Fakuta, tanta era su emoción por estar en México que a media canción ¡¡se le olvidó la letra!! Por fortuna, Zota y Deplásticoverde le dieron con una sonrisa la fuerza necesaria para seguir con “Armar y desarmar”. Cuando llegó el turno de “Domesticar” llamó al escenario a Coiffeur, con quien haría el consabido dueto. Con “La intensidad” y “Luces de verano”, se calmaron un poco los ánimos y la atmósfera era un poco más pasiva y hasta amorosa, según noté en algunos asistentes.
A mitad del espectáculo, Fakuta anunció que para la siguiente canción, “Invisible”, contaría con una participación especial; aunque el público esperaba a Cristobal Briceño (vocalista del grupo Ases Falsos), no cupo de emoción cuando la chilena Mon Laferte entró al escenario para hacer dueto con Fakuta. Una interpretación única, diríase hasta fantasmagórica, porque la voz de Laferte va más allá de todo. (Bien merece un concierto aparte para apreciarla en todo su esplendor.) Rumbo al final, canciones como “Aeropuerto” y “Mascota” abrieron brecha para dos joyas musicales esperadas con ansia: “Tormenta solar” (donde sólo faltaban las monjas rebeldes del videoclip o por lo menos el multimedia de sus conciertos en Santiago) y “Despacio”, a manera de glorioso cierre, con la participación especial de Yeimi Navarro (del equipo musical de Gepe) en el street dance. Se despidió del público mexicano, en espera de volver muy pronto.
Mientras el staff arreglaba el escenario para el gran final, a cargo de Gepe y su pop andino, quien esto escribe se aproximó a la parte derecha del escenario para, ahora sí, cumplir una promesa: entregarle a Fakuta un ejemplar de Sirenas del MP3. Mientras el personal de seguridad del Sala hacía su trabajo de no permitir la entrada a personas ajenas al equipo de Quemasucabeza, fue gracias a una hermosa y amable representante artística que se dio mi encuentro con Fakuta. Luego de las respectivas presentaciones (pues sólo nos conocíamos por Twitter), le mostré mi libro dedicado de puño y letra, en particular, el homenaje poético que le hice. “Me gustaría leerlo…”, me dijo. “Deja que lo lea para que lo escuches mejor”. Lo leí con suma devoción y al final ella quedó maravillada por ese buen gesto. Además del ejemplar firmado le di otros dos para su colección. Le comenté que tenía el plan de comprar allí mismo el Tormenta solar pero que ya no había. “No te preocupes, si tengo bien el dato para que lo consigas, yo te aviso por Twitter”. Y como el tiempo apremiaba, a falta de disco para firmar, le pedí que me firmara mi ejemplar de Sirenas del MP3, en especial la página donde estaba su poema, “Escuchando a Fakuta”. Una dedicatoria sencilla pero llena de afecto y gratitud. 
 “Dispensa que no me quede al show del Gepe, pero mi último metro sale antes de medianoche”. Con estas palabras me despedí de ella, en espera de otros encuentros, pero sumamente contento por haberla conocido. Un milagro doblemente cumplido: por asistir al concierto, por conocerla en persona. (Verdad que así fue.) 

jueves, 11 de junio de 2015

Miguel Bosé en el Auditorio Nacional

Ulises Velázquez Gil

Hace una semana, por mera agua de azar, llegó a mis manos un obsequio inusitado (a guisa de antesala para el martes 16, día en que quien esto escribe será un año más viejo): un boleto, fechado para el jueves 11 de junio, para el concierto de Miguel Bosé.
Luego de un viaje de ida bastante tranquilo (sin problemas en el cambio de línea, de la 2 a la 7 en la estación Tacuba, y una breve visita al mural del rock en la estación Auditorio), a las 7:50 pm el firmante de esta columna llegó a las puertas del Auditorio Nacional para el concierto; fui el primero en llegar a mi asiento: primer piso, fila D, asiento 47. Mientras llegaban los demás ocupantes de mi sección, aproveché para leer un poco, revisar los mensajes de mi celular y hacer memoria de mis anteriores visitas al Auditorio. En ese momento, la voz oficial del recinto hizo las respectivas advertencias de protección civil y de asistencia: señal inequívoca para el inicio del concierto.
Con un ligero retraso, a las 8:40 se empezaron a escuchar trinos de pájaros y en el escenario cuatro luces, parecidas a las de un generador, se apagaban y se encendían constantemente. Detrás de una de éstas, apareció Miguel Bosé, entonando las primeras líneas de “Amo”, canción que da título a su producción más reciente; mientras avanzaba la canción, se sucedían en el escenario varias imágenes relacionadas con la naturaleza, las cuales también quedaron muy ad hoc para “Encanto” y “Libre ya de amores”, también provenientes del Amo.
A partir de la cuarta canción, “El hijo del Capitán Trueno” (donde el escenario se asemejaba a un enorme acuario), el público ya se alistaba para cantar a voz en cuello, o para corear las canciones de pie o en su asiento. De pronto, el escenario se oscureció y una luz roja comenzó a salir de quién sabe donde: era un dragón de un rojo intenso y en ese momento se escucharon los acordes de un citar (o algo parecido) que dieron lugar a “Salamandra”, para después seguirse con “Nena” y mi favorita de favoritas, “Aire soy”, cuyos arreglos actuales me hicieron pensar lo siguiente: “¿A poco va a cantar con Ximena Sariñana?”, cosa que no sucedió. (Mejor así.)
(La sección del primer piso donde me encontraba, era la locura, pues entre madres e hijas, amigas y compañeras se armó un ambiente lo más intenso: además de corear las canciones e incluso bailarlas desde sus lugares, se intercambiaban los asientos para conocer otra vista, y hasta un pequeño paquete de goma de mascar recorrió toda la sección. ¿Acaso pasa igual en todos los conciertos de Bosé? Quién sabe…)
Llegó el momento emotivo del concierto con tres canciones en sí esperadas por el público: “Horizonte de las estrellas”, “Sólo sí” y “Te comería el corazón”, donde no faltaron algunas lágrimas del público en la interpretación de la segunda; al finalizar la tercera de este bloque, el escenario volvió a oscurecerse y otra vez el color rojo hizo de las suyas, esta vez dentro de varias imágenes religiosas, donde se veía, veladamente, el rostro de Bosé en una de ellas: se trataba de la canción “Sevilla”, infaltable en el repertorio del ibérico, y antesala de una que hizo retumbar el Auditorio, “Si tú no vuelves”, y de otra que me dejó conmocionado, “Tú mi salvación”.
Después de estas canciones, el escenario quedó ligeramente a oscuras, y de donde apenas era perceptible al oído un estribillo de sobra conocido por los fans de Bosé: “Canta y vuela libre como canta la paloma…” y así como de la nada, el escenario se iluminó con los primeros acordes de “Nada particular”, a la que todo el público respondió de pie y cantando a voz en cuello; hasta yo, que no me había levantado de mi asiento hasta ese momento. Le siguió “Partisano” (con unas letras verdes como de monitor de computadora en el escenario), “Como un lobo” (a la que sólo le faltaba la voz de Bimba, o al menos eso me parecía) y “Morenamía”, la cual convirtió varias de las secciones del auditorio en improvisadas coreografías, que continuaron en “Sí se puede”, donde el multimedia del escenario parecía monitor de videojuego o hasta de canal japonés. Y con esta canción, Bosé se despidió de su público, el cual, con aplausos y el unánime grito de “¡Otra, otra!”, lo regresaron al escenario sólo para regalarnos tres canciones más: “Que no hay…”, “Bambú” y, por supuesto, “Amante bandido”, con la que parecía despedirse del público, pero no fue así.
Luego de presentar a cada integrante de su equipo (entre coristas, músicos, sonido y multimedia), agradeció a su público por su asistencia y por su fidelidad a lo largo de 25 años de conciertos en el Auditorio Nacional, y lo definió en una sola palabra: imbatible. Después de ello, comenzó a cantar aquella “carta” escrita a sus 19 años, que al escribirla para nadie, ahora es de todos: “Te amaré”, y cuando parecía despedirse al fin, cerró su concierto con “Por ti”, del disco Cardio.
Eran las 10:53 de la noche y el público ya se dirigía hacia la salida; muchos para hacer escala en los sanitarios y algunos más se quedaban en los andadores esperando a sus familiares y amigos, o simplemente en la charla informal sobre cómo estuvo el concierto. Con el ánimo a mil por hora y una garganta enronquecida por tantas canciones, emprendí el regreso a casita, con la esperanza de volver muy pronto al Auditorio Nacional. Por ahora, logré mi sueño de ver a Miguel Bosé, y con ello quedé más que complacido.
Como siempre le digo a una querida amiga, siempre estará el Auditorio Nacional, y en octubre espero que así sea. (De verdad.)

jueves, 26 de enero de 2012

Carlos Prieto en la Academia

Hace unas semanas, seguro lo recuerdan, estuve en la comida anual de la Academia Mexicana de la Historia, donde coincidí con don Miguel León-Portilla y nuestra siempre querida Chonita, a quien, cada vez que nos encontrábamos, le preguntaba de botepronto sobre cuándo ingresaría Carlos Prieto a la Academia Mexicana de la Lengua, y cuya respuesta era ocasionalmente la misma: "No lo sabemos de verdad, Carlos siempre anda de viaje, así que no hay nada concreto..." Lo que son las cosas, en esa ocasión no me acordé de preguntarle y, revisando la página web de la AML, resulta que ese día había llegado al fin. (Hoy mismo.)

Cerca de las 6:25 pm hice mi feliz llegada al Palacio de Bellas Artes, en cuya sala Manuel M. Ponce, se efectuaría la ceremonia de ingreso de Carlos Prieto. A diferencia de lo sucedido con Vicente Leñero (donde se adecuó el vestíbulo principal del palacio, dada la enorme respuesta del público), sí realizaría en dicho recinto, pero con una demanda menor... o, al menos, eso parecía hasta ese momento. (En la fila estaba entre el lugar 20 y el 25, así que ya se imaginarán cómo estuvo aquello...) Faltando 15 minutos para las 7 pm, los empleados de Bellas Artes nos fueron "acomodando" una vez adentro de la sala, dado que no permitieron el apartado de asientos ni sentarse donde sea. (Mi compañero de asiento me platicaba que esa misma actitud, hace un tiempo, la sufrió la mismísima Consuelo Sáizar, Presidenta de CONACULTA, y a quien los empleados no dejaban pasar. De no ser por un colega suyo, de la entrada no hubiera pasado. Cosas de la vida.)

Daban las 7 en punto y los académicos de la lengua empezaban a ocupar sus lugares. Los numerarios Guido Gómez de Silva, Adolfo Castañón, Patrick Johansson, Concepción Company, Arturo Azuela (de sombrero y un poco malo de salud), Tarsicio Herrera Zapién, Ernesto de la Peña, Eduardo Lizalde, José G. Moreno de Alba, Chonita, Leopoldo Valiñas, Julieta Fierro (con una bolsa de mandado muy coqueta, por cierto), Vicente Leñero, Margit Frenk, Vicente Quirarte, Margo Glantz y Elías Trabulse; los recién electos Germán Viveros, Miguel Capistrán y Hugo Gutiérrez Vega, y cuatro correspondientes: Ignacio Padilla, Elmer Mendoza, Raúl Arístides Pérez y Gloria Vergara Mendoza. Y en la mesa directiva, flanqueando al flamante académico, Gonzalo Celorio, Jaime Labastida, Miguel León-Portilla y Diego Valadés. Sin más contratiempos, comenzó la ceremonia.

Como lo marca el orden de cada ceremonia de ingreso, Carlos Prieto leyó su discurso como nuevo académico, "Variaciones sobre Dmitri Shostakovich y otras consideraciones”, dividido en dos partes; en la primera, dedicó algunas palabras sobre su antecesor en la silla XXII, don Eulalio Ferrer, llegado a México con el exilio español, de quien Prieto nos recordó una anécdota muy peculiar de él: estando en el barco rumbo a su nueva patria, atinó a decir "¡¡Cambio tabaco por libro!!", hecho que definió su postrer vocación humanística. Además, ponderó su papel como coleccionista de Quijotes, desde la letra impresa hasta las artes plásticas, fundamental para la creación del Museo del Quijote en Guanajuato, y, por último, su importante paso por la Academia Mexicana de la Lengua.

La segunda parte, como se indicaba en el título del discurso, versó acerca de Dmitri Shostakovich, a quien tuvo la fortuna de conocer en la entonces URSS, cuando Prieto realizaba estudios superiores en la Universidad Lomonosov en Moscú; entre aprendizajes musicales y gratísimas coincidencias, ambos aprendieron de música y, claro, también otro ruso insigne, Igor Stravinsky, se les unió en esa empresa. Y mientras Prieto mencionaba el amargo episodio de la censura del régimen soviético a las bellas artes, el retrato de uno de los directores de la Academia Mexicana de la Lengua, Justo Sierra, se movió de lugar. (¿Alguna pregunta?)

Luego de su lectura, el Director de la AML, Jaime Labastida, le colocó la venera y le entregó el diploma como nuevo integrante. De inmediato, Miguel León-Portilla respondió a su discurso, ponderando, en primer lugar, la importancia de que un músico se incorpore a tan insigne corporación, que hoy en día goza de cabal salud. Afortunadamente, sus libros de memorias (De la URSS a Rusia, Aventuras de un violonchelo y Por la milenaria China) y un estudio sobre la historia de la lengua (Cinco mil años de palabras), sustentan una trayectoria que hoy tiene cabida en un lugar "mitad cofradía, mitad club literario". Y como las sorpresas no paraban allí, el nuevo académico sacó su chelo e invitó al pianista Edison Quintana para cerrar la ceremonia con la interpretación de la Solfa de Pedro, del compositor novohispano Manuel de Zumaya, y de la Sonata para violonchelo y piano del propio Shostakovich. (Un final portentoso.)

Una vez levantada la sesión, entre académicos e invitados pasaron a la terraza del palacio para departir una buena copa de vino y algunos bocadillos. Quien esto escribe, en primer término, se enfrascó en alcanzar a Eduardo Lizalde para pedirle su firma, pero, como en todas sus películas, fue de los primeros en irse. (Igual que Arturo Azuela.) Pero en su lugar aprovechó para saludar a Vicente Quirarte y Adolfo Castañón, a quien le pregunté sobre la Librería Madero ("Les subieron la renta en Madero, pero no te preocupes, ahora estarán donde el Ateneo Español"), y como el mejor ambiente estaba en la terraza, me lancé allí para hacer lo propio, y como los saludos no paraban, Patrick Johansson, Concepción Company y los León-Portilla aparecieron para ello. Acababan de entregarles a Patrick y a Chonita algunos ejemplares de los nuevos discursos académicos, entre éstos, el de Miguel Ángel Granados Chapa. "Con gusto te los daría, pero apenas me los entregaron", me dijo. "No te preocupes, ya los compraré en Minería", respondí. Y siguiendo con el tema de los discursos, Patrick me dijo que no halló las erratas que le señalé en el suyo, quizás ya los corrigieron sobre la marcha. De cualquier forma, yo los tengo, para cuando gustara checarlos.

Casi cerca de retirarme, luego de ¡¡una sola copa de vino tinto!! y varios refrescos de toronja, además de unos deliciosos bocadillos, tuve la oportunidad de saludar a Carlos Prieto, a quien expresé mis buenos deseos ahora como flamante académico de la lengua. "¿Lo veré en próximas sesiones? En una de ésas, hasta encuentro mi ejemplar de Letras Libres con un artículo suyo para que me lo firme". "Claro, con mucho gusto, ojalá y así sea". Me despedí con esa esperanza presente y, con el complejo de Cenicienta a flor de piel, emprendí la dolorosa retirada.

De todas las ceremonias de ingreso a las que he asistido, ésta me dejó un mejor sabor de boca (pese a los odiosos empleados del Palacio de Bellas Artes), porque además de un concierto inolvidable y de reencontrarse con gratas presencias, no cabe duda que un músico en la Academia le dará un nuevo rumbo, y, claro, mayores razones para sí creer en la renovada salud de dicha corporación. Y ahora me pregunto... ¿quién sigue? ¿Viveros, Capistrán o Gutiérrez Vega? (Ya lo veremos, ya sabremos...)

martes, 10 de enero de 2012

Una tarde en la Academia Mexicana de la Historia

No tiene ni un mes el nuevo año, y ya me tiene preparada, no sólo una, sino varias sorpresas, y todas, más que gratas a la cardiografía personal de quien esto escribe. Comencemos por el principio.

Una gran amiga, a quien, para efecto de estas notas, llamaré simplemente mi bellísima colmexicana, me llamó al celular para hacerme una invitación: el martes 10 se llevaría a cabo la comida anual de la Academia Mexicana de la Historia, y como su jefe en El Colegio de México, el Dr. Moisés González Navarro, es académico de número, la invitación se hizo extensiva hacia otros acompañantes. De antemano, dije que sí, y esperaría confirmación suya para ello. Cinco días después, quedó confirmado, así que nos veríamos el mero día, a las 1:30 pm.

Sin proponérmelo siquiera, llegué a la Ciudadela un poco más temprano de lo previsto, y como el lugar de la cita era la Academia Mexicana de la Historia, decidí tomarme un respiro y pasearme por el jardín aledaño; en eso, me llegó al celular la llamada de mi bellísima colmexicana con quien había quedado a la cita, y que se hallaba perdida en el metro Balderas, sin saber hacia dónde salir. Convencido, fui a su encuentro y así llegamos juntos a la academia, donde ya nos estaba esperando don Moisés González Navarro. Con él al frente del petit comité, tomamos nuestro lugar en la mesa y así disfrutar juntos de la comida anual. Antes de eso, saludamos a Aurelio de los Reyes y don Moisés nos hizo una pequeña visita guiada por las instalaciones de la Academia. Y mientras llegaba la hora de la comida, accedimos los tres, por invitación de Vera, nuestra anfitriona en la Academia, a disfrutar un rico aperitivo, consistente en margaritas de tamarindo y de limón; ya entrados en materia, don Moisés pidió una segunda de tamarindo, mi bellísima un refresco, y yo, con demasiada confianza, sólo atiné a decir: "Un tequila, por favor". (¡¡Y reposado, pra acabarla!!) Entre el ir y venir de las copas, hicieron acto de presencia los demás convidados al banquete, entre académicos de la Historia y distinguidos invitados que les acompañaban, bastante entrados en sus charlas, chacoteos y chismologías propias. Los únicos que pasaron a saludarnos: Miguel León-Portilla, acompañado por mi siempre querida Chonita; Javier Garciadiego, jefe máximo del COLMEX ("Tú siempre andas en todas partes, caray", me dijo); Enrique Krauze, de sobra conocido, y, como cereza del pastelito, el Ing. Carlos Slim.

Todavía con la gratitud en nuestros ojos, se nos anunció, finalmente, pasar a la mesa. Mientras los León-Portilla compartían mesa, entre otros, con Andrés Lira, director de la Academia; Krauze, Slim y Consuelo Sáizar, presidenta de CONACULTA, don Moisés, mi bellísima y su servidor, hicieron lo propio con las directivas de la Casa de Cultura de Tamaulipas, Jorge Alberto Manrique, Mercedes de la Garza y Virginia Guedea, académicos de la Historia, y Manuel Ramos Medina, director del Centro de Estudios CARSO (antes CONDUMEX). Entre las ensaladas y el plato fuerte, intercambiamos grandes impresiones sobre el quehacer, pero también la pasión por la historia mexicana; por supuesto, don Moisés estaba más que picado en la charla con Ramos Medina. Y sin desaprovechar ni un solo instante, mi bellísima y yo también conversamos gratamente sobre los amores difíciles, pero también sobre las gratísimas coincidencias y su importante papel en la vida que se va a cada paso. Prometimos que así sería frecuentemente, mientras haya vida. Después del plato fuerte, don Moisés se acercó a mí para susurrarme lo siguiente: "Después del postre, me retiro. Haga lo que tenga que hacer con mi plato y mi copa, que tiene mi permiso para ello. ¿De acuerdo?" Asentí de manera afirmativa. Cinco minutos después de haberse terminado su postre, don Moisés se levantó. "Siento dejarlos en este momento. Con permiso y buenas tardes", dijo. Mi bellísima, en su papel de asistente de González Navarro, lo acompañó a la salida, y quien esto escribe, en su papel de caballero andante, hizo lo propio con ella. Después de cinco minutos en el baño y diez que tardó en llegar su coche, don Moisés se despidió de nosotros; "No olvide que tenemos una cita en el colegio la semana entrante", me dijo, "que siempre será un placer verle."

Contentos de haber cumplido la buena obra del día, regresamos a la mesa para terminarnos lo que faltaba del postre; lamentablemente, ya habían retirado nuestros platos, pero en su lugar nos esperaba una enorme sorpresa: por cortesía de Consuelo Sáizar, y en su caracter de presidenta de CONACULTA, cada uno recibió un paquete conformado por agenda 2012, libreta, calendario de escritorio y un enorme -literalmente- catálogo de las actividades realizadas por dicha institución cultural. "Si el profesor se hubiera esperado quince minutos más", dijo mi bellísima amiga, "se lo habría llevado con gusto". Eso no importaba por ahora, o por lo menos así se veía. Con ese regalo, de hecho, terminaba la maravillosa convivencia en la Academia. Nos despedimos de los León-Portilla, de Garciadiego, y hasta de Krauze, a quien le expresé lo siguiente: "Me gustaría compartir con usted unos artículos que escribí sobre algunos de sus libros"; dicho esto, accedió con gusto y me proporcionó su correo electrónico para así hacer lo propio. (Sigo comprobando que Krauze no es tan malvado como sus detractores lo pintan, pero eso es otra historia...) Nuestra atenta anfitriona, Vera, además de preguntar por don Moisés, se despidió de nosotros; "No te preocupes, nos veremos en el Historia ¿para qué?", le dije, "en mayo, seguro que así será", a lo que respondió: "Oye, ¡¡tú siempre vienes por aquí!! Claro que sí, y no olvides de seguir a la Academia en Facebook". Confirmando mi compromiso, emprendimos la retirada.

Antes de despedirme de mi bellísima colmexicana, nos "repartimos" el regalo de don Moisés: ella, la agenda, la libreta y el calendario, y yo, el pesado catálogo; estaría en mis manos mientras llegaba la hora del encuentro acordado, la semana entrante en el COLMEX. Y para la hora de la despedida, le agradecí todas sus finísimas atenciones por la maravillosa tarde de hoy. "Sólo contigo lo compartiría con gusto, bien lo sabes, y ojalá que así lo veas. De cualquier forma, gracias a ti."

No cabe duda que este tipo de encuentros son los que, de verdad, se agradecen por los cuatro costados, y con la posibilidad de una segunda parte, qué mejor ¿no creen? (¡¡Gracias!!)

jueves, 12 de mayo de 2011

Vicente Leñero en la Academia

Desde hace más de dos años, tengo el privilegio de asistir a varias de las sesiones públicas que realiza la Academia Mexicana de la Lengua en ocasión del ingreso de un nuevo integrante, cosa que me llena de gusto, dado el regocijo por (re)conocer a las luminarias que forman parte de tan insigne institución. (Las ceremonias de Ascensión Hernández Triviño, Patrick Johansson y Leopoldo Valiñas, respectivamente, son claro ejemplo de ello.) Sin embargo, uno no está exento de asistir a una que sea todo lo contrario, tal es el caso de la ceremonia de hoy, con el ingreso del dramaturgo, periodista, guionista y narrador Vicente Leñero. (Y para remediar un poco el desconcierto que traigo encima, procedo a contarlo todo, desde el principio.)

Luego de un delicioso ágape en tierras universitarias del noroeste y de que se me encaminara hasta el metro Camarones (donde estuve rodeado de puros aficionados al Cruz Azul hasta que hice el cambio de línea), a las 6:20 pm, llegué a Bellas Artes donde vi que el Palacio tenía las puertas cerradas; casi me daba el patatús, pero al ver que varias personas entraban al recinto por la puerta izquierda, decidí seguirlas y sí, no había nada de que preocuparse: la sesión pública de la Academia Mexicana de la Lengua sí se llevaría a cabo, pero no en la sala Manuel M. Ponce, ¡¡sino en el vestíbulo principal!! (De acuerdo con las informaciones de Radio Pasillo, al llegar una inmensa cantidad de gente al evento, las autoridades del INBA resolvieron, en el último minuto, trasladarla a un espacio más amplio. Por el acomodo iregular de las sillas, parecía fiesta de quince años, pero exageraría del todo...)

Después de haber encontrado un buen lugar, a los cinco minutos llegó una presencia inusitada hasta para los organizadores de la sesión: don Julio Scherer, legendaria figura del periodismo mexicano. Mientras reporteros y camarógrafos se preparaban para cubrir el evento, seguían llegando asistentes al palacio, que, sin decir agua va, empezaban a atiborrarlo del todo. Y ni señas de alguno de los académicos de la Lengua. Faltando diez minutos para las siete, un maltrecho Arturo Azuela bajó al vestíbulo para ocupar su lugar, sin embargo, cabría decir que se sentó en la primera silla, a sabiendas de que su sitio como académico era otro, casi de los últimos. Después de él, ya hicieron lo propio los demás integrantes, como Adolfo Castañón, Patrick Johansson, Concepción Company, Ernesto de la Peña, Eduardo Lizalde, Leopoldo Valiñas, Ascensión Hernández Triviño, José G. Moreno de Alba, Julieta Fierro, Margit Frenk, Mauricio Beuchot, Guido Gómez de Silva (sentado en la silla de Azuela, dado que éste ocupaba la suya) e Ignacio Padilla, autor del Crack y académico correspondiente en Querétaro; mientras que en la mesa directiva, además del nuevo recipiendario de la silla XXVIII (el propio Leñero, que conste) y Miguel Ángel Granados Chapa (quien respondería sus primeras palabras académicas), el director de la AML, Jaime Labastida; Diego Valadés, censor estatutario, y Vicente Quirarte, archivero-bibliotecario, quien fungiría como secretario en ausencia de Gonzalo Celorio. Y con cinco minutos de retraso, se abrió la sesión.

Luego de las palabras de bienvenida en la voz de Jaime Labastida, Vicente Leñero procedió a leer su discurso de ingreso a la Academia, con el nombre "En defensa de la dramaturgia", donde ponderó el trabajo de su antecesor en la silla XXVIII, Víctor Hugo Rascón Banda, de quien fue gran amigo y colega, y con quien compartió tanto los avatares del teatro contemporáneo como las luchas, codo a codo, en el seno de la SOGEM. Pero también Leñero hizo énfasis en la presencia de la dramaturgia en México y el no dejarse avasallar por la tiranía del director de escena, por ejemplo. "Conocemos el teatro de Shakespeare y no la dramaturgia de Shakespeare, como tampoco conocemos las dramaturgias de Ibsen y de Rodolfo Usigli", enfatizaba en su discurso. Sin embargo, sus palabras ya no fueron del todo incendiarias al revelar la misión que ahora tenía al ser admitido como académico de número: que el teatro mexicano tenga una importante presencia en la lengua, tanto en sus terminologías propias como en el quehacer escénico. Transcurrida una hora, terminó de leer y una ovación de más de un minuto fue la respuesta inmediata del público asistente. Inmediatamente después, Miguel Ángel Granados Chapa leyó la respuesta al discurso que le precedió, "Vicente Leñero: fe en la escritura", donde ponderó las facetas que componen la obra leñerina: en la novela, de donde Los albañiles es la más lograda en su género; el cuento, desde el primerizo volumen La voz adolorida hasta Gente así, su más reciente volumen al respecto; el teatro, y, sobre todo, el periodismo, patente en el legendario Excélsior de Julio Scherer y su idílica Revista de Revistas, y el siempre combativo Proceso. Finalizó sus palabras (también de casi una hora de duración) con la firme esperanza de que Leñero se sienta como en casa. Y los aplausos no se hicieron esperar. (Bien merecidos, por cierto.)

Después de las formalidades académicas, se sentía en el ambiente algo de hastío (las maratónicas palabras de Leñero y Granados Chapa tendrían un poco la culpa, pero exageraría demasiado) que los primeros en irse fueron, sorpresa aparte, Eduardo Lizalde y Ernesto de la Peña. (Quien esto escribe se quedó con las ganas de ver firmado su ejemplar del Almanaque de ficciones y cuentos. Ni modo.) Pero aproveché para saludar a Julieta Fierro y, sin proponérmelo siquiera, a Diego Valadés, quien se alegró de verme, por cierto, y que, para la siguiente vez, no dudaría en firmarme un libro suyo. (De verdad.)Sin embargo, estuve muy cerca del festejado de la noche, a la espera de que firmara -¡¡ojalá que sí!!- los cinco libros que llevaba conmigo. Entre abrazos de Ignacio Solares, Granados Chapa y el propio Scherer, transcurrieron ¡¡veinte minutos!! que cuando Leñero se desocupó para tomarse una copa, los admiradores se le lanzaron como moscas por la miel para obtener la ansiada firma; solamente firmó un ejemplar por persona. (Sentimos este gesto como mala onda de su parte, pero me imagino que no era fácil aventarse una ronda de firmas luego de un exhaustivo discurso. Qué remedio.) Afortunadamente, me encontré con un rostro amigo, Carlos Domínguez, fotógrafo de escritores y coleccionista de firmas como un servidor. Y sí, igualmente compartimos el desconcierto generado por la actitud de Vicente Leñero ante tantos lectores. Aún así, nos lanzamos a buscar a otros autores. Resignados (él, ante la ausencia de Celorio, y yo, por la partida de Lizalde), fuimos tras Vicente Quirarte, quien se alegró de vernos y agradecer nuestra presencia. Después, Carlos y el de la voz nos echamos unas primorosas copas de vino tinto. Y como la mata seguía dando, me encaminé hacia Concepción Company ("¡Qué gusto verle por aquí!" "Siempre es un gusto, Concepción, además, ahorita te traigo a uno de tus fans para que le firmes un libro", le dije. "Con mucho gusto, nada más aguántame un poco".) Como los de TV UNAM la seguían entrevistando, fui a saludar a mi queridísima Chonita de León-Portilla, quien se alegró de verme con la siguiente pregunta: "¿Te veremos en el encuentro de SOMEHIL?" "Claro que sí, es un hecho", fue mi respuesta. (Me hubiera gustado preguntarle el porqué de la ausencia de don Miguel en la sesión, pero me contuve.) Regresé con Carlos y al ver que Company acaba de desocuparse, nos lanzamos hacia ella como de rayo. Quedó impresionada al ver que Carlos llevaba un ejemplar de la primera edición ¡¡de su primer libro!! "Oiga, ¡¡esto ya es una antigüedad!! Fue el primer librito que hice como parte de un hermoso proyecto. Me alegra mucho que lo tenga". Y lo firmó gustosa.

Cerca de las 9:30 pm, y con el complejo de cenicienta bajo la piel, Carlos y quien escribe abandonamos el Palacio de Bellas Artes, contentos (en parte, claro) por el grato momento compartido; obviamente el desconcierto con la actitud de Leñero seguía latente, pero ambos coincidimos en pensar que lo agarramos en muy mal momento, aunque todo fuera al contrario, claro está. "Habrá un día. Seguro que sí". En el metro Salto del Agua nos despedimos con la esperanza de que un amigo nuestro consiga unirnos de nuevo: Jorge F. Hernández, por supuesto.

Con todo, creo que esta ceremonia de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua sí tuvo sus cosas buenas, aunque no las esperadas por mí... Pero, ya visto de una manera sencilla y franca, que Julieta Fierro, Concepción Company, Vicente Quirarte, Diego Valadés y Ascensión Hernández Triviño se congraciaran al verte, ya me hizo el buen momento. (Sobre el nuevo académico, bueno, qué más podría decir por ahora. Sólo el tiempo...) Esperemos que en la ceremonia de Carlos Prieto cambien o se mejoren las cosas. Eso espero.

jueves, 10 de marzo de 2011

Leopoldo Valiñas en la Academia

No cabe duda que me gustan más los regresos que las prolongadas estancias, y no lo digo solamente por la prosapia de mi nombre. Después de haber vivido toda una celebración de las Letras (misma que pueden leer líneas abajo, faltaba más), me llega la buena nueva de la ceremonia de ingreso del lingüista e investigador Leopoldo Valiñas Coalla a la Academia Mexicana de la Lengua, precisamente hoy, a las 7 pm, en un lugar al que me alegra regresar, aunque hayan sido pocas las ocasiones para ello: el Museo Nacional de Arte (MUNAL).

Como siempre acostumbro cuando se trata de la AML, llegué una hora antes del evento; al salir del metro Bellas Artes, vi como la gente se arremolinaba frente al Palacio debido a la increíble presencia de un BMW último modelo, con todo y vallas de seguridad. Supuse que allí se grabaría un comercial al respecto, pero sólo me limité a tomar algunas fotos y seguirme de largo hacia el MUNAL. Después de tomar algunas fotos de los edificios circundantes, llegué al lugar de la cita y vi a lo lejos la presencia de Linda Manzanilla, quien provenía de El Colegio Nacional para acudir a la ceremonia de investidura de su ilustre colega del Instituto de Investigaciones Antropológicas. Luego de ponerle a mi celular la modalidad de vibrador, entré al otrora Palacio de Comunicaciones y así agarrar buen asiento para la ceremonia, lo cual hice en la segunda fila de enmedio, frente al presidium.

Minutos antes de la sesión, una bellísima mujer sentada detrás de mí, en la tercera fila, al ver tanto mi Anuario como varios ejemplares de discursos académicos de la AML, pidió verlos e igualmente me comentó ciertas cosas al respecto. "Espero que ya vendan el nuevo, porque necesito actualizarlo...", le dije. Incluso intercambiamos algunas palabras, y hasta ahí.

Cinco minutos después de las 7 pm, los académicos de la Lengua, dirigidos por su nuevo director, Jaime Labastida, hacían su triunfal llegada al salón donde se llevaría a cabo la sesión pública de hoy. A la izquierda de la mesa directiva (compuesta, además del nuevo recipiendario y el propio Jaime Labastida, por Gonzalo Celorio, Diego Valadés, secretario y censor estatutario, respectivamente, y por Concepción Company, quien respondería las palabras de Valiñas), se hallaban Guido Gómez de Silva, Adolfo Castañón (con todo y su abultada maleta), Tarsicio Herrera Zapién, Miguel León-Portilla, Fernando Serrano Migallón, Fernando del Paso (aún sin ser académico numerario, acudió a la cita), José G. Moreno de Alba (hasta el ingreso de Patrick Johansson, ocupaba el lugar de honor en la mesa directiva) y Felipe Garrido, mientras que a la derecha, Ascensión Hernández Triviño, Margit Frenk, Julieta Fierro, Vicente Leñero, Miguel Ángel Granados Chapa, Vicente Quirarte y Margo Glantz ostentaban dignamente sus lugares. Inmediatamente, el director dio la bienvenida a todos los asistentes para luego cederle la palabra al nuevo integrante de la Academia Mexicana de la Lengua.

Leopoldo Valiñas, el buen Polo, leyó su discurso, La unidad lingüística en torno a la diversidad, cuya primera parte (como debe de ser) estuvo dedicada a la vida y obra de Andrés Henestrosa, su antecesor en la silla XXIII, para después exponer un interesantísimo trabajo en torno a la diversidad lingüística de las lenguas vernáculas dentro del español de México; en lo que cabe a la faceta académica, el trabajo de Polo confirma a todas luces la misma erudición e intensidad mostrada en todos sus artículos (cabe decir que Valiñas nunca ha escrito un libro en forma, pero con el presente discurso más le vale hacerlo); claro, la mayoría de los asistentes no paró de reír en ciertos pasajes de su exposición, y, claro, hasta terminamos usando la hojita que fue depositada en cada asiento, como si en vez de una ceremonia de ingreso estuviesemos en un coloquio de la ENAH o la SOMEHIL.

Después de su alocución, correspondió a Concepción Company Company responder al discurso del nuevo académico, quien ponderó su presencia en la Academia Mexicana de la Lengua como la de una persona preocupada por la buena salud del español de México, de grata y apasionante raigambre indigenista (aunque él no se reconozca como tal), y cuya presencia, ayudará sobremanera a las intenciones originales de la Academia, enarboladas en la divisa Limpia, fija y da esplendor. (Aunque, tratándose de Polo, le queda más lo último ¿no creen?) Finalmente, el ingreso de Leopoldo Valiñas, más que un deber académico, es toda una celebración. (Quien esto escribe, luego de asistir a los ingresos de Ascensión Hernández Triviño y Patrick Johansson, no deja de aplicárselo también al de Valiñas. Claro que sí.)

Al final de la ceremonia, el Director de la AML invitó a todos los asistentes a departir un buen vino de honor afuera del salón. Mientras unos se arremolinaban por una buena copa de tinto y otros hacían fila para felicitar de primera fuente a Polo, me acerqué a varios de los académicos para pedirle el consabido autógrafo. Primero me acerqué a Julieta Fierro, quien se alegró de verme y, claro, tardó un poco en firmar mi ejemplar. Quedé en mandarle la dirección de una amiga mía, para así mandarle su discurso de ingreso. (Prometido, Julieta.) Después, saludé a Chonita y don Miguel, quien me pidió prestado mi celular para hablarle a su chofer, dado que debían irse temprano. (Como en todas sus películas...) Enseguida, me acerqué a Concepción Company; además de firmarme su discurso de ingreso, le comenté dos cosas: una, dónde podía conseguir su manual de fonética y fonología ("En la Facultad debe haber todavía algunos, supongo...", me dijo), y la otra, que una gran amiga mía ¡¡es su más ferviente admiradora!! Incluso por el nombre tan bonito y tan original que tiene. Concepción no cesó de celebrar aquellas palabras y me agradeció ese buen gesto. Ni tardo mi perezoso, me apersoné frente a Tarsicio Herrera Zapién para lo mismo, y él, con una bonhomía muy suya, agradeció que yo tuviera aquel pequeño ejemplar de su discurso; "Reyes no sabía nada de griego ni de latín, pero su Discurso por Virgilio es una maravilla ¿verdad que sí?", me dijo gratamente mientras me dedicaba su ejemplar. Al darme cuenta que Diego Valadés se había retirado y de hacerme a la idea de la ausencia de Eduardo Lizalde, me formé para felicitar a Polo y, claro, expresarle -interposítamente- los parabienes de Ana Laura Díaz y de Heréndira Téllez hacia él, como nuevo académico de la lengua. "Te lo agradezco, voy a escribirles", me respondió con gusto.

Afuera de la sala, ya me urgía echarme una buen trago y como además de vino tinto y blanco, había mezcal, resolví echarme unos buenos caballitos ¡¡y percherones, para rematar!!, con unos deliciosos canapés para acompañar. Aquella bellísima mujer con la que tuve una mínima charla antes de la ceremonia, una arquitecta experta en restauración llamada Silvia Ibáñez, al verme preguntó por los León-Portilla. Le comenté que acababan de irse, dado que siempre son los primeros en retirarse, pero insistí en acompañarla por si corría con mejor suerte. (Confirmado, ya no estaban.) De cualquier forma, platicamos un largo rato sobre muchas cosas, mientras los tequilas hacían lo suyo. Revisé mi celular para ver la hora y, como podrán imaginarlo, me salió el complejo de cenicienta al ver que ya casi eran las 9 pm. Al saberlo, mi bellísima acompañante procedió a despedirse de todas sus amigas, dado que el estacionamiento cerraría exactamente a la hora. Insistí en acompañarla hasta la salida, porque también llevaba algo de prisa, y mientras llegabamos al estacionamiento, le comenté que vivía en Atizapán de Zaragoza, y ella, muy amablemente, accedió a darme aventón. (Se lo agradecí sobremanera, y ya quedé en avisarle de los próximos eventos, por aquello de seguir en contacto.)

En fin... me agradó mucho regresar al MUNAL y no dudaré en hacerlo mientras exista la oportunidad para ello. Por mientras, celebro el ingreso de Leopoldo Valiñas Coalla, en aras de una concordia entre el español y las lenguas originarias. Ya veremos en qué paran nuestras esperanzas. (Y ya.)

domingo, 6 de marzo de 2011

Totalmente Palacio... de Minería

Señoras y señores, sí, lo declaro a los cuatro vientos: Soy totalmente Palacio. Y no me refiero a cierta tienda departamental, sino al aplomo que tengo por asistir (cada vez que el tiempo me lo permite) al más hermoso de los palacios que tiene la ciudad de México: el Palacio de Minería. Desde la semana pasada, cuando dio comienzo la XXXI Feria Internacional del Libro en el Palacio de Minería, quien esto escribe, unas veces sacaba su faceta de cazalibros, y otras acompañaba al equipo oficial de tres presentaciones editoriales, repartidas en tres días. Pero en esos días, también decidió darse sus respectivas vueltas para encontrar algún librito nuevo (aunque sólo fuera un decir, claro) o también para cerrar el círculo de la lectura, coronando con la consabida firma los ejemplares de su pequeña biblioteca. He aquí un pequeño resumen de sus andanzas.

Viernes 25 (Primera escala: El Colegio Nacional): Luego de encontrarme con Claudia Hernández de Valle-Arizpe y antes de la presentación de Dulce y Útil en el salón de la Academia de Ingeniería, hice mi escala obligada en el stand de El Colegio Nacional, donde mis ya conocidos libreros me convencieron de llevarme la Memoria 2009, y dos pendientes bibliográficos de ferias anteriores: la edición de lujo de Como la lluvia de José Emilio Pacheco (numerada y firmada por el autor) y Un sol más vivo, antología poética de Octavio Paz hecha por otro gran poeta, Antonio Deltoro. No me cabe duda que aquello volúmenes habré de leerlos con especial devoción.

Lunes 28 (Segunda escala: Pabellón del Estado de México y UACM): Después de asistir a la presentación de los nuevos libros de Cofradía de Coyotes, en el pabellón del Estado de México, me encontré con Eduardo Villegas, el Coyote Mayor, quien además de celebrar el grato encuentro entre colegas, resolvió firmarme un ejemplar de La noche de la desnudez, uno de sus primeros libros. Y como el tiempo andaba haciendo de las suyas, adquirí Porque siempre importa de Claudia Hernández de Valle-Arizpe en el local de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Mientras llegaba la hora de saludar nuevamente a la bella y talentosa Claudia, leería con verdadera alegría sus textos sobre cocina y cultura.

Martes 1o. (Tercera escala: Conaculta y Fondo de Cultura Económica): Después de la presentación de la colección Teorías Contemporáneas, coordinada por la Dra. Laura Páez Díaz de León, y mientras llegaba la hora de irnos, un servidor hizo escala en el gran pabellón de CONACULTA, donde se hizo de las Arqueologías del Centauro, volumen sobre Alfonso Reyes escrito por autores jóvenes; Pasado y presente en claro de Octavio Paz, que reúne dos textos elementales en ocasión del vigésimo aniversario del Premio Nobel, y la nueva edición de Un niño en la Revolución mexicana de Andrés Iduarte, mismo que ya debía tener por razones obvias. (Al fin, se me hizo.) Y como el tiempo seguía haciendo de las suyas, visité el pabellón del Fondo de Cultura Económica, donde además de hacerme de Tiempo de arena de Jaime Torres Bodet y De cómo ignorar de Mauricio Tenorio Trillo, un grupo de muchachos (estudiantes de comunicación, me imagino) ¡¡me hicieron una entrevista!! Simplemente me porté muy bien con las preguntas que se me hicieron y una de éstas hizo profunda mella en quien esto escribe: "¿Cuál es su escritor favorito?" "Bueno... ¡¡son muchos!! Alfonso Reyes, Octavio Paz, Álvaro Mutis, Andrés Henestrosa, Jorge F. Hernández, Vicente Quirarte... Y la lista sigue", les dije, y ellos me insistían en mencionar uno solo. "De ser así, serían dos por igual: Alfonso Reyes y Octavio Paz", fue mi respuesta y tuve que justificarla, es decir, entrar en pormenores. Al final de la entrevista, agradecieron mi disponibilidad y buen desarrollo en la misma. "No, muchachos, ustedes lo hicieron todo, de veras, y como decía don Alfonso Reyes, 'Todo lo sabemos entre todos'. Cuenten con ello".

Miércoles 2 (Cuarta escala: el pabellón de la UNAM): Tuve la fortuna de asistir a la presentación de El filósofo declara, de Juan Villoro, su primera obra de teatro, en escena hace algunas semanas y que ahora llegaba al gran público en forma de libro. Villoro ponderó su nuevo papel como dramaturgo, cuya grata incursión no se quedaría en la obra en cuestión, sino que, andando el tiempo, escribiría más para llevarlas, desde luego, al escenario. Después de contar las peripecias de sus personajes y del montaje anterior en cartelera, Villoro procedió a firmar varios ejemplares de su libro en el microscópico salón "Rafael Ximeno y Planes", donde la gente se arremolinaba para platicar un poco con el autor mientras éste firmaba su libro. Afortunadamente, la editorial del libro de marras, la UNAM, pidió que nos trasladaramos al pabellón de publicaciones de la UNAM y así dejar libre el salón para otro evento. Al llegar al stand, se hizo una larga fila para que Juan Villoro firmara libros y libros, sin contar las toneladas de fotos que lo inscribían en la memoria de sus fans. Al llegar el turno de un servidor, Villoro firmó su ejemplar de Efectos personales, además de agradecerle aquellos gratos encuentros suscitados por los libros. Mientras decidía si quedarme en el Palacio de Minería, otro grato reencuentro estaba por darse, en plena escalinata del palacio, con Julio Ortega Jiménez, colega y compañero de generación, muy bien acompañado por Julissa, su compañera de toda la vida. (Quedamos en proseguir el contacto. Sí que sí.) Pocas horas después, regresé al stand de la UNAM, donde me quedé un largo rato viendo los discursos de ingreso de la Academia Mexicana de la Lengua. En eso se me acercó David Turner, director de Publicaciones UNAM, quien me presumió (si se permite la palabra) todos los grandes trabajos publicados en la colección de Discursos de la Academia, como los de Jesús Silva Herzog, José Vasconcelos y Alfonso Reyes, por decir algo. Más de una hora esperando aquella presunción editorial, en la cual todos los empleados movieron cielo, mar y tierra para conseguirle al jefe aquellos ejemplares. Finalmente, David Turner me dijo que, en efecto, no los habían llevado. (Un día, seguro.)

Jueves 3 (Quinta escala: el MUNAL): Como se habían juntado tres presentaciones de vital importancia para mí (Sandra Lorenzano, Agustín Monsreal y René Avilés Fabila, ¡¡a las 7 pm!!), decidí solamente comprar el catálogo de la exposición Alfonso Reyes y los caminos del arte en el puesto del MUNAL, muy pequeño, por cierto. Por supuesto, aplicando la máxima de Rubén D. Medina: "Si ves uno, compras dos".

Viernes 4 (Sexta escala: el pabellón de la UNAM y el Fondo de Cultura Económica): Decidido a ver a la gran Julieta Fierro, al llegar al metro Bellas Artes me encontré con una mujer maravillosa, Virginia Ortega, quien venía de impartir unas clases de inglés, y luego de saber hacia dónde me dirigía, me espetó un "¿Me llevas?" Y, claro, accedí gustoso a que me acompañara a ver a Julieta Fierro. Al llegar al Salón de Actos, cuál sería nuestra sorpresa al saber que la expositora, es decir, Julieta, no estaría presente por motivos de salud, cosa que nos desanimó tanto a Vicky como a quien esto escribe. Aún así, nos dimos una vuelta por la feria. Primero, por la cabina temporal de Radio UNAM donde le presenté ¡¡a Jorge F. Hernández!!, quien se sorprendió al ver a una rockera en la sala. (Vicky no cabía de la impresión cuando hice las consabidas presentaciones, pero es una oportunidad que no debía perderse. Así es.) Después de haber conocido a tan singular personaje, decidí compensarle la ausencia de Julieta obsequiándole un ejemplar de su discurso de ingreso, el cual Vicky me agradeció sobremanera, al igual que un libro del Fondo de Cultura Económica, cuyo mismo ejemplar corrió con semejante suerte el año pasado.

Domingo 6 (Última escala: el pabellón de CONACULTA): En el Auditorio 5, donde tuvieron a bien presentarse los primeros trece títulos de Parentalia ediciones, estuvo lleno de poesía por donde quiera que se vea; entre Luis Tiscareño, Frida Varinia y unas rozagantes Elva Macías y Leticia Herrera, las plaquettes se vendieron como pan caliente. Y ante semejante celebración (tanto poética como monetaria), quien esto escribe se dio una vuelta muy bien acompañado por la Dra. Laura Páez Díaz de León y su diligente secretaria, Hilda Edith, de buen ver, por cierto. En el stand de CONACULTA, la Dra. Páez, engolosinada por las novedades en torno a Octavio Paz, se dio vuelo y compró varias. Después, asistimos a una charla de Sara Sefchovich en la Antigua Capilla, para luego despedirlas, dado que resolví quedarme a la presentación de la Antigua Grandeza Mexicana de René Avilés Fabila, donde no faltaron ni el buen humor (cortesía del autor) ni las largas filas de admiradores. Y mientras dedicaba con aplomo varios de esos libros, me lancé de volada hacia el auditorio Bernardo Quintana y saludar a Rodrigo Martínez Baracs, con el objetivo de que firmara mi ejemplar de La biblioteca de mi padre. "No me digas que ya lo leíste...", me dijo. Se sorprendió al saber que lo había hecho ¡¡tres veces!! en un mes y prometí escribir un artículo al respecto. "Oye, de verdad que te lo agradezco. ¿Nos veremos en mayo?, respondió. "Cuenta con ello", fue mi respuesta. Regresé con René y aún seguía en la parafernalia de las firmas. Al terminar, platicamos un ratito sobre las latas de la escritura. Y para terminar el último día de la Feria de Minería, lo prometido es deuda, cerramos con Claudia Hernández de Valle-Arizpe, acompañando a la fotógrafa Gabriela Bautista en la presentación de su libro de fotos a escritores. Desde luego que escuchar a Claudia es todo un acontecimiento, pero si le sumamos la presencia del poeta Rafael Vargas y la espontaneidad de Víctor Roura, podría decirse que hubo de todo.

No me cabe la menor duda que ir a la Feria del Libro del Palacio de Minería es todo un acontecimiento, ya sea por la infinidad de personas y de libros que vas encontrando en el camino. He comprobado con todas las letras de todos los nuevos y viejos amigos que conviven en aquel espacio, en espera de que aumente esa preclara y cordial nómina. ¿Qué me espera para la siguiente feria? No lo sé... Quizás sea alguno de los nuevos protagonistas de Jóvenes escritores en Palacio, o en una de ésas, ya salga un nuevo libro, el primero de muchos que tendré a bien publicar, en fin... Sólo el tiempo tendrá que conspirar a nuestro favor, porque en la cárcel, en la trinchera, en el hospital y en el Palacio de Minería es donde se conoce a los amigos. De verdad.

(Soy totalmente Palacio... de Minería, claro está.)

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Los Parentalia conquistan Bellas Artes

En estos tiempos bastante interesantes, donde las ferias del libro se trasladan a provincia y pululan los recuentos de cualquier tipo (ni modo, se acaba el año... y la década), digno es detenernos un poco y observar aquellas pequeñas cosas que sólo la poesía puede devolvernos, es decir, las palabras y el amor por la literatura. Y para ello, se pinta sola Parentalia ediciones, quien tuvo a bien presentar sus primeras publicaciones en el Palacio de Bellas Artes hace algunas horas.
Desde las 6 pm, varios rostros queridos y conocidos ya estaban frente al palacio, donde sólo esperaban a que llegara la hora soñada y así vivir una celebración de la poesía; entre colegas y amigos, comentamos algunas cosas, y en menos de lo planeado, hizo acto de presencia Miguel Ángel de la Calleja, editor y jefe de Parentalia. Luego llegaron -y con su respectiva acompañante, claro- Enrique González Rojo Arthur y Luis Tiscareño, quien al llegar intercambió unas cuantas palabras con quien esto escribe. Después hizo lo propio Frida Varinia, poeta de lustre sureño e hija de Raymundo Ramos, otro de los convidados poéticos, de quien, se dice, llegó mucho antes que el resto de la concurrencia. Y a sólo 20 minutos para dar comienzo a la presentación de Fervores, prístina y primera colección de Parentalia, ingresamos poco a poco a la sala Adamo Boari, donde daría lugar semejante suceso. Mientras se llenaba la sala, una siempre alerta Raquel Castro seguía cada detalle de lo que acontecía: que si la asistencia, que si el tiempo, que el segundo participante no llega, en fin... (Un reloj suizo era poca cosa comparada con ello.)
Pasadas las 7 pm, luego de las consabidas presentaciones, Miguel Ángel de la Calleja tomó la palabra y así compartir su visión de Parentalia, proyecto hoy día cristalizado con la primera publicación de trece plaquettes de variopinta visión poética, cuyos autores iban desde decanos de la pluma como Enrique González Rojo Arthur, Roberto López Moreno y Raymundo Ramos, hasta la nueva ola de poetas como Aurelio Asiain, Frida Varinia y María Baranda, pasando por poetas del mediosiglo (léase pasados del tostonazo) como Efraín Bartolomé, Pura López Colomé, Luis Tiscareño y Sandro Cohen, por decir algunos. Del cómo su búsqueda editorial nació de la inquietud de agrupar (no arbitrariamente, claro) las nuevas y gratas voces de la poesía mexicana contemporánea, y ahora queda más que evidente en esta primera serie poética. Y mientras seguía contándonos su experiencia, Claudia Hernández de Valle-Arizpe, la segunda convidada a este encuentro de poesía, llegaba fresca y radiante, a pesar del tránsito de la ciudad. Al momento de incorporarse a la mesa, inmediatamente ésta cambió de sentido: además de comentar, una a una, cada plaquette, devolvía por momentos la palabra a De la Calleja; un diálogo en serio, casi como programa de radio, por decir algo. (Ya me imagino la cara de Raquel Castro al ver semejante improvisación...) Finalmente, y luego de agradecer a todos su asistencia, nombró a todos los poetas presentes en la sala y al final de su alocución, llega partiendo plaza el buen Roberto López Moreno, como si las palabras nos hubiesen regalado aquella sorpresa. (Se hablaba, desde hacía varios meses, de la delicada salud de López Moreno, y con su llegada, otro era el cantar. Y más que grato.)
Mientras las vendedoras estrella de Parentalia, Ibareth e Ivonne, convencían a todo mundo de llevarse varios ejemplares y hasta unas cuantas colecciones completas, quien esto escribe saludó a varias presencias queridas y, hasta cierto punto, deseadas. Y para seguirle la vena mercantil a las antes mencionadas, se hizo de tres ejemplares (para su inmediata firma, claro) y así "cazar" a los autores. Sólo los de Sandro y Pura corrieron con esa suerte, mas no el de González Rojo.
En el vestíbulo principal de Bellas Artes, Calleja y compañía departían un delicioso tinto, como grato y festivo corolario a una celebración de la poesía, donde los lazos de afecto y de amistad lograron que esto se llevara a buen término. Quien esto escribe estaba contento por la presencia de López Moreno, y por el privilegio de reencontrarse con viejos y nuevos conocidos, pero todos colegas, desde luego. (Incluso Claudia Hernández de Valle-Arizpe, luego de firmarme su ejemplar de Deshielo y recibir -interpósitamente- los saludos de Vicente Quirarte, me invitó a la presentación de Perros muy azules, volumen de poesía suya y ganadora del Premio Jaime Sabines 2010, a realizarse la semana entrante, es decir, el miércoles 8, a las 7 pm, en la Casa del Poeta Ramón López Velarde, acompañadísima por Ernesto Lumbreras y el siempre dinámico Hernán Bravo Varela. Accedí gustoso. Qué honor.)
No me cabe la menor duda que he recibido la honrosa bendición de presenciar reuniones como ésta (la primera, hace unos meses en la Feria del Libro en el Zócalo), cuyo buen ánimo persistirá por un largo rato, mientras llega la oportunidad de refrendar ese inquieto espíritu poético en el lugar de todas mis presencias: el Palacio de Minería. Mientras tanto, levanto mi copa por Parentalia, en espera de nuevos y grandes logros.
(¡¡Salud!!)

sábado, 28 de agosto de 2010

El milagro de la Lotería

(Con fraternales saludos para Nati Rigonni y su Lotería poética)

"Vives de milagro, como la lotería...", dice, en alguna de sus obras, un personaje creado por Carlos Fuentes, y, a decir verdad, nos queda que ni mandada a hacer, dado el acendrado interés por jugársela (cada vez que se puede) en los pronósticos deportivos o gracias a los artificios de la Lotería Nacional, cuya vida más que bicentenaria (240 años, para ser precisos) ha llevado alegrías, ingente y franca asistencia, y una que otra sorpresa a varios hogares en México.
La mayoría sabe cómo es el rollo: se realizan tres sorteos a la semana: martes, viernes y domingo (éste, bajo el formato del Zodíaco, donde signos y números pueden hacerle ver su -buena- suerte a quien lo juega). Como siempre, hay números inusitados que se llevan la bolsa y otros que, por x y z razones, simplemente no jugaron. Aún así, el reintegro ya lo tenemos. Y si le sumamos los sorteos magnos (Navidad, Año Nuevo, Santos Reyes, más los que se acumulen en la semana...), la emoción, sí, es aún mayor. Y para ponerle la cereza al pastel, cada miércoles existe uno muy peculiar: el sorteo Gordito, es decir, una bolsa aún menor que en los demás, pero cuyo vigésimo y/o cachito cuesta muy poco: cinco pesos. Podría decirse que hasta los niños no se quedarían con las ganas de jugar ante el minúsculo tamaño del mismo.
Para quienes han hecho de la Lotería un modo de vida, quizás su vida, como clientes asiduos al billetero de confianza o de aquel expendio de todas las mañanas, sólo se ve complementada por la corazonada certera y por la (rápida) confección de castillos en el aire, que, para unos, terminan volviéndose catedral. Sin embargo, hay otro tipo de compradores de lotería que son atraídos por el diseño del billete en turno y hasta los hay que se interesaron por la efemérides en curso. Cuando el poeta y editor Alí Chumacero fue homenajeado en Guadalajara por el 90 aniversario de su nacimiento, el siempre proteico Fernando del Paso confesó maravillado haber comprado la serie completa de la lotería dedicada por completo al ilustre vate nayarita, la cual, firmada por él, ya era en sí el mejor de todos los premios. (Me pregunto ¿quiénes no han hecho lo mismo? Y hasta salen a relucir los coleccionistas, sin duda...)
Luego de esta minúscula semblanza de la Lotería Nacional, desde hace varias semanas, y en la coyuntura por los Centenarios de 2010, salió a la venta Lotería Mexicana, suerte de planilla que rinde señero homenaje a las tablitas de antes, donde se marcaban -con frijolitos, regularmente- las figuras que iban saliendo durante el juego, y donde un sonoro ¡lotería! salía del ronco pecho de algún jugador que completaba antes que los demás su tabla de juego. Por una módica cantidad de 20 pesos (equivalente a dos cachitos del Zodíaco, a dos terceras partes de uno de los martes y otro de los jueves), cada quien se hace de una planilla (cuya diferencia con las tradicionales, es la presencia de los personajes y hechos de la Independencia y la Revolución mexicanas, además de los 32 estados de la República Mexicana, el famoso Edificio Moro -sede de la Lotenal-, y, claro, los Símbolos patrios) con 16 figuras diferentes en ella, de libre elección al momento de comprarla. Luego de adquirida la planilla de marras, esperar con ansia y esperanza el sorteo de los sábados, a las 9 pm, por el canal 13, donde los infaltables gritoncitos sacarán cerca de cincuenta números y si alguna de las planillas se llenaba antes de una determinada extracción, la bolsa acumulada sería entregada de inmediato, pero para quienes sigan el desarrollo del juego, si al término del sorteo ya había planillas con 16, 15 ó 14 aciertos, los premios de 2 millones y un millón de pesos, respectivamente, serían entregados. Eso sí, cada sorteo determina el color de la planilla en curso, para evitar confusiones, claro está. (Y ya que hablamos de colores, la semana pasada casi caigo en ese error, pero a la mera hora del sorteo se aclaró todo. Sí.)
Finalmente, y a unos minutos de que comience el sorteo por la telera, cabe decir que la Lotería Nacional, en cualesquiera de sus sorteos y en la maravillosa labor social que realiza con parte de los recursos obtenidos con la venta de sus billetes y planillas, siempre será el mayor milagro que forma parte primordial de nuestra vida, y no hay mexicano que la haya jugado, al menos, una vez en su vida. (Cada que puedo, me hago de un cachito y ahora con las planillas de la Mexicana, es el pan de cada semana.) De verdad.
¡¡¡Lotería!!!

viernes, 27 de agosto de 2010

La princesa y el cazalibros

Se ha dicho hasta la repetición que los mejores viajes son los que surgen de botepronto, sin planearlos siquiera en agenda impresa y/o virtual, y cuyos resultados suelen ser satisfactorios a final de cuentas. Anoche no fue la excepción, dado que aunque daba por segura mi asistencia a un evento previo, siempre llega otro que nos hace el día. Véamos por qué.
Gracias a un correo electrónico, se me informó oportunamente que el eminente investigador Patrick Johansson Kéraudren ingresaría a la Academia Mexicana de la Lengua y que dicho acto se llevaría a cabo el 26 de agosto, a las 7 pm, en el auditorio de la Coordinación de Humanidades en Ciudad Universitaria. Mientras lo anotaba en mi agenda 2010 del Conaculta y en mi Lupy de bolsillo, me topé con una sorpresa: una hora antes estaba agendada la tradicional Venta Nocturna del Fondo de Cultura Económica, a la cual siempre asisto, si no para comprar libros, al menos para platicar con varios escritores. Al final, decliné a favor de la sesión pública de la AML, y una amiga mía, Princesa de las Letras para más señas, también quedó en asistir. (Así ¿o más claro?)
Quien esto escribe llegó una hora antes del evento, tiempo que aprovechó para encontrarse con algunos colegas, como Concepción Abellán y Pilar Máynez, bien acompañada por su esposo, Serafín González, investigador de la UAM-Iztapalapa. Luego hicieron su arribo Alicia Reyes (nieta de don Alfonso) y Andrea Martínez Baracs (hija de José Luis Martínez), quienes no dudaron en saludar a varios de los ya presentes. Como la hora pactada, las 7 pm, se avecinaba con certeza, ingresamos al auditorio para ocupar un buen lugar para la ceremonia. Tal como lo había prometido, mi Princesa de las Letras llegó a tiempo y, claro, como la cercanía de dos orillas había hecho lo suyo, platicamos un breve tiempo y en esas estábamos cuando Ascensión Hernández de León-Portilla llegó y nos saludó cordialmente. Para entonces ya habían llegado varios de los integrantes de la Academia y el nuevo recipiendario, Patrick Johansson, quien leyó su discurso de ingreso, Encuentros, desencuentros y reencuentros, un texto de maravillosa factura, cordialmente respondido por Miguel Léon-Portilla. Después que Patrick fue investido con la venera de la corporación, todos los asistentes (familiares, colegas y amigos) procedimos a felicitarlo. Y entre saludo y saludo, mi querida Princesa entregaba libros suyos a diestra y siniestra, y un servidor acompañó a Chonita por un encargo al Instituto de Investigaciones Filológicas, no sin antes sacarle la firma tanto a Gonzalo Celorio como al buen Adolfo Castañón, y de saludar a Vicente Quirarte con la esperanza confirmada de verlo en octubre.
Después de guardarme algunos libros que recibí de ella, y luego que mi diligente Princesa entregara casi todos sus ejemplares, decidimos irnos, de golpe y porrazo, hacia los rumbos de la Condesa, donde nos esperaba, finalmente, la Venta Nocturna. (En el tiempo que duró nuestro viaje, pasamos revista a casi ¡¡dos años!! de no vernos en persona.)
Luego de estacionar el coche a una cuadra de la Librería Rosario Castellanos, y de hacer una escala en el toilette, la Princesa y un servidor recorrimos cada espacio y contemplamos desde los balcones la panorámica del lugar, desde donde saludamos a María Luisa Escobar de TV UNAM. Después, nos acercamos al sitio donde Jorge F. Hernández y Hernán Lara Zavala platicaban gustosamente, para después hacer las consabidas presentaciones; compartió con Jorge F. el franco destino de la Complutense en Madrid, y con Hernán, el origen de la Península, Península. (Para ella, estos encuentros eran algo más que una coincidencia, es decir, una promesa bien cumplida, y para un servidor, gratas amistades del primer día. Los veré en octubre.) Y, claro, no lejos de allí, Gabriela Cano me vio e intercambiamos sendos saludos. Mientras la noche seguía en el Fondo, la Princesa y el cazalibros emprendieron la dolorosa retirada y cenar algo por esos lares.
Casi a las 12 am, y después de firmarme un ejemplar de su libro, nos despedimos, con la esperanza de volvernos a ver en un tiempo. De cualquier manera, acababa de hacerme la noche. Sí que sí.

jueves, 1 de julio de 2010

Sergio Pitol en la Condesa

En estas últimas semanas, cuando la nómina de escritores fallecidos aumenta con todo el dolor del corazón, es imperioso hacer un balance de lo escrito y, aunque duela decirlo más que hacerlo, retirarse paulatinamente del ruedo. La noche de hoy cuenta con ese espíritu, luego que el maravilloso escritor Sergio Pitol presentó Una autobiografía soterrada, libro que aparece bajo el atípico sello de Almadía, y cuya presentación se realizó en la Librería Rosario Castellanos del Fondo de Cultura Económica, alla por los rumbos de la Condesa.
Poco antes de las 7 pm, ya comenzaban a llegar distintas luminarias del mundo de las letras mexicanas para presenciar un acto sin precedentes. Quien esto escribe, al igual que Magali Tercero, Federico Campbell, Daniel Sada, entre otros, se paseaban por los estantes de libros o, simplemente, se tomaban un café antes de compartir las letras con su gran colega Pitol. Para mi buena fortuna, me encontré con Carlos Domínguez, colega y amigo, cuya cámara literaria estaba más que lista para entrar en acción. Platicamos un buen rato -la última vez que nos vimos fue en la entrega del Premio Villaurrutia 2008 para Adolfo Castañón- y ví que ya llevaba una enorme bolsa con ejemplares del homenajeado y sus presentadores: Jorge Volpi y Álvaro Enrigue. Y como traía unas ganas de hacer efectivo un regalo, le dije que me esperara un poco y, varios minutos después, llegué con Efectos personales de Juan Villoro (a quien se le extrañó, por cuestiones de fuerza mayor) y, claro, El arte de la fuga del maestro Pitol. (Ahora que lo menciono, sí debí comprar el libro de marras. Y sí, hoy me arrepiento.)
Justo a la hora indicada, el primero en hablar fue, desde luego, Sergio Pitol, quien leyó algunas palabras en torno al nuevo libro, destacó su importancia -desde los libros de procedencia hasta el orden definitivo en el volumen- y, claro, también su alocución dedicó algunas palabras hacia Carlos Monsiváis, entrañable amigo suyo y recientemente fallecido, con quien compartió, además de las lecturas y las aventuras literarias, toda una vida hecha de letras vivas e impresas. Finalizó su participación de forma lapidaria : Una autobiografía soterrada sería su último libro, y luego agradeció al público su asistencia. La siempre espontánea Anamari Gomís, al término de sus palabras, se puso de pie y aplaudió con toda intensidad, misma que no tardó en secundar el resto del público asistente.
Después de semejante muestra de afecto hacia Sergio Pitol, las intervenciones de Álvaro Enrigue y Jorge Volpi parecían salir sobrando, pero por igual las escuchamos, y la presentación acabó tal y como había empezado: de excelente manera, y con una enorme cereza en el pastel: una copa de mezcal oaxaqueño, cortesía de la editorial Almadía, y la firma de libros por parte del autor. Y mientras sucedía una u otra cosa, Carlos y un servidor nos acercamos a los presentadores; él, para sacar las consabidas firmas, y yo, para saludar al buen Álvaro y comenzar mi safari fotográfico para la colección privada. No nos fue tan mal. Y si le sumamos nuestro encuentro con la queridísima Maribel Báez, doblemente maravilloso.
En el mezzanine, encuentros con Margo Glantz, José de la Colina, Ix-Nic Iruegas, los escritores del Crack (Volpi-Padilla-Urroz), Mario Bellatín, Anamari Gomís y la dupla dinámica de Bonilla Artigas editores, entre otros, hicieron más que soñada aquella cita cultural en la Condesa. (Domínguez y Gorbea, a quien encontré después, también compartían aquella impresión.) De paso, he de confesar que, al encontrarme con mis editores (Bonilla Artigas, claro), quedó más que confirmado mi deseo de hacer mío este mundo (ancho y ajeno) de las Letras mexicanas. Sí que sí.
Y para cerrar con botón de oro, como todo mundo me sumé a la fila para obtener la rúbrica de Sergio Pitol. Primero hizo lo suyo Maribel, luego Carlos, y al llegar el turno de un servidor, el maestro Pitol, al momento de firmar mi ejemplar de El arte de la fuga, oyó mal mi nombre y así lo escribió; luego le aclaré la errata y, claro, corrigió como debe de ser. Esto me hizó recordar algo parecido que pasó hace dos años, en la Feria de Minería, cuando en vez de su nombre ¡¡puso el mío!! y que en segundos corrigió. Cuando se lo comenté, solamente acertó a reirse y a celebrar aquel destello de espontaneidad. (Natural en él, por cierto.)
Mientras emprendíamos la retirada mis colegas y yo, Anamari Gomís aprovechó el momento para saludarme y preguntarme si el maestro Pitol seguía firmando libros; respondí afirmativamente y ella, al voltearse, exclamó: "Pero si no es una fila... ¡¡es un colón!!" Y le dije que así era, dado el gran aprecio que se le tiene. Anamari también coincidió en ello y nos despedimos con aquella idea en la cabeza.
No me cabe la menor duda que el camino de las letras me ha dado un lugar preferente en lo que a homenajes, mesas redondas, premios se refiere. Como decía mi querido Jorge F. Hernández, una admiración se comprende más cuando después de leer con fruición y fidelidad a un autor ya querido, se realiza el milagro de conocerlo en persona, aunque sólo sea por un instante. Y creo que hoy con Sergio Pitol dicho milagro se cumplió a carta cabal. No dudo en volvérmelo a encontrar, pero en sus libros, como El arte de la fuga (a la sazón, mi favorito), siempre será como el primer día. ¿No lo creen?

miércoles, 5 de mayo de 2010

Slam poetry en el CCEMX

Quienes hacemos de la poesía más que una forma de vida, a veces resulta engorroso aventarse a un escenario y leer algo de la obra reciente, clásica o, simplemente, el repertorio que bien tenemos a llevar debajo del brazo y esperar aquella hora de los mameyes. Hoy no fue la excepción, gracias al Slam Poetry: Torre de Babel, encuentro poético muy peculiar que se lleva a cabo con motivo del Día de Europa, 9 de mayo, y que tuvo lugar en el Centro Cultural de España, ubicado en pleno Centro Histórico.
Días antes, alcancé a inscribirme vía correo electrónico y creo que lo hice dos que tres veces, con tal de esperar alguna confirmación ya certera. (Finalmente, sí la recibí: de parte de los organizadores, Rodrigo Fernández y Fanny Pascaud. Y hasta con una hora específica de llegada, misma que atendí muy al pie de la letra. Hasta perdí una sesión de mi curso en la Academia Mexicana de la Historia, saben...)
Llegué al Centro Histórico con casi dos horas de anticipación, en las cuales me dediqué a sacar algunas fotos de la Catedral Metropolitana, releer algunos poemitas del repertorio y hasta el destino me concedió encontrarme con Amelia Nava, de quien pensaba que leería algo de su trabajo. Para mi buena fortuna, me topé con las bellísimas hermanas Munzuri, Rosalina y Claudia, también puntuales a la cita. Juntos los tres, entramos al Centro Cultural de España, donde nos encaminaron hacia la terraza, lugar de la lectura. De inmediato nos apersonamos con los organizadores, por aquello del pase de lista y el orden de lectores registrados. (A Rosalina le correspondió el número 21, y a quien escribe, el 19.) Luego de esto, encontramos una mesa libre y en cuestión de segundos, a los participantes nos dieron una botella de agua de cortesía. Mientras llegaba la hora de la lectura, hablamos sobre tantas cosas, y, claro, de poesía, naturalmente. (Al mismo tiempo, Fabio Morábito platicaba con algunos colegas suyos, y Kelly Aro, colaboradora de La oveja eléctrica, también en franca charla con algunas escritoras oaxaqueñas.)
Pasadas las 7:30 pm, Fanny Pascaud, de la Alianza Francesa de México, y co-organizadora del Slam Poetry, nos dio la bienvenida a todos los participantes y nos comento que, a diferencia de anteriores ediciones, este slam sería por el mero gusto, es decir, por compartir la poesía en varios idiomas, según el tema de esta vez: Torre de Babel. Primero leerían los inscritos en la lista, y después de las 9 pm, harían lo propio algunos espontáneos. El maya estuvo presente gracias a la maravillosa voz de Jorge Cocom Pech; el mixe, por Martín Rodríguez Arellano; el zapoteco, Natalia Toledo; el huave, por Zulvia América Martínez, y el mixteco, por Lorenzo Hernández Ocampo. Pero ell náhuatl no se quedó atrás, donde Natalio Hernández (en voz de Angélica Pérez) y Pedro Martínez Escamilla hicieron lo suyo.
Aunque la "regla" (por así decirlo) era leer en el idioma original, Pere Perelló, aparte de leer sus poemas en catalán, procedió a traducirlos, para deleite del respetable. (Nos gustó más escucharlo en catalán, por cierto...) Sólo Aurel de Coloblo y Alessandro Raveggi sí cumplieron con la norma, y nos regalaron sendas lecturas en francés e italiano, respectivamente. Y como los que leímos en español no podíamos quedarnos atrás, hicimos igualmente lo propio con tal de seguir con el ambiente.
Luis Felipe Fabre (perdonen la expresión) me durmió con su cuasi poema sobre Rocío Dúrcal, que la verdad merecía algo más grande; Kelly Aro, colaboradora de La oveja eléctrica, nos regaló una muestra poética dedicada a los días de la semana, misma que me dejó muy impresionado; después, a un servidor le correspondió entrar en escena (mi poema de batalla, "Innamoramento", cumplía con el requisito secundario del chou: tres minutos máximo), pero igual y me sentí como en los homenajes de los lunes en la primaria. Sin embargo, este extrañamiento de mi parte quedó superado con la maravillosa lectura de Rosalina, de quien reconozco una cierta frescura en sus poemas; no dudo que, con un poco de empeño, sería una luminaria de las letras mexicanas. Así es. Y para cerrar la fase de iconoclastas, Hernán Bravo Varela, al igual que quien escribe, sacó algo del repertorio y salió muy bien librado. (El sol no se opacaba en su reino...) Hubo un participante, cuyo nombre -por ahora- olvido, que, literalmente, se la peló, con semejante ensalada de neologismos, imperativos y demás andamiaje verbal. Podría decirse que fue la revelación del momento, pero hasta ahí. Al final, no reparamos en presencias ni en tremendos lectores de poesía.
Como mis bellísimas acompañantes debían irse temprano, accedí a acompañarlas a la parada del autobus, y mientras salíamos del lugar, pude ver nuevamente a Amelia, ahora con Lizbeth Zavala y Patricia Arredondo integradas al grupo, pero sólo pude saludarlas de lejitos. "No me voy, me llevan", les dije. (Además, Hernán Bravo también se había ido temprano, caray.)
Finalmente, no me arrepiento de mi participación en el Slam Poetry de hoy. Bien sé que puedo aguantar éste y otros encuentros poéticos, pero me falta algo más de asombro por lo que pueda suceder a la par o después. Me resta por mientras seguir picando piedra, publicar lo que más se pueda, y, sobre todo, preparar un volumen con toda esa poesía desbalagada por revistas y suplementos. Al menos, sí que tendré un buen salvoconducto para las lecturas que se avecinen. De veras que así es.

jueves, 29 de abril de 2010

Una tarde con Margit Frenk

Por la mañana, en alguno de estos programas matutinos con caracter de optimista, escuché la siguiente frase: "No tenemos asegurados los siguientes treinta minutos". Y la verdad, sí lo creo, porque mientras arreglaba mis cosas para despachar los pendientes del día, vi anunciado en la Gaceta UNAM, la charla entre dos personas muy queridas en el ámbito académico: por un lado, la maravillosa investigadora Margit Frenk, y, por el otro, la presencia grata de Susana Quintanilla, también investigadora, pero del CINVESTAV (IPN), quienes, como parte del Seminario público sobre Cultura, dedicarían sus intervenciones para hablar sobre Mariana Frenk-Westheim y Martín Luis Guzmán, respectivamente.
Al filo de las 6 pm, en el Salón de Actos "Adolfo Sánchez Vázquez" de la Facultad de Filosofía y Letras (UNAM), y moderadas con el estilo inclasificable de Carmen Galindo, primero tomó la palabra Margit Frenk, quien nos llevó de la mano por la vida, obra y milagros de su ilustre madre, Mariana Freund Pick, quien adoptó de sus dos esposos sus apellidos, y así formar su conocido nombre de letras. A medida que Margit leía, se sucedían (gracias al artificio del powerpoint, claro) imágenes de la vida diaria de Mutti, como gratamente llamaban a Mariana Frenk-Westheim. Por supuesto, después de su lectura, el público asistente quedó con ganas de saber más acerca de aquella mujer excepcional, inteligente y, sobre todo, versátil en las letras; lo mismo escribía cuento corto que aforismo, y en esto, nadie le ganaba.
Cuando el micrófono pasó a manos de Susana Quintanilla, ella prefirió que el espacio dedicado a su intervención se aprovechara para proseguir con la remembranza en torno a Mariana Frenk-Westheim. "Yo puedo venir otro jueves, pero ahora que tenemos a Margit, no dudemos en seguir la charla". Y así fue. Entre lecturas de su obra y más anécdotas, al final de la sesión, todos quedamos complacidos luego de haber sido partícipes de una vida que, al ser contada por otra, igualmente excepcional, estará en nosotros y originará, amén de nuevas lecturas, otras conocencias.
Y para cerrar con broche de oro, tanto Margit como Susana dedicaron algunos minutos posteriores a la charla para intercambiar impresiones y felicitarse mutuamente. Un servidor, claro, no podía quedarse atrás. Primero, pidió a Margit que le dedicara, cordialmente, su ejemplar del Discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, y después, acudió con Susana, quien luego de saludarlo de primera fuente (ya es una sana costumbre hacerlo por el facebook, por cierto), procedió a dedicarle su ejemplar de "Nosotros". La juventud del Ateneo de México, lo cual Susana hizo gustosa de la vida. Y en reciprocidad, le obsequié un ejemplar del discurso de Margit, el cual había reservado para una oportunidad así. Y la beneficiaria, claro, no podía ser otra persona que Susana Quintanilla.
Finalmente, fue una tarde inolvidable allá en la Facultad de Filosofía y Letras, donde escuchar a una mujer excepcional como Margit Frenk fue el suceso más maravilloso de todo el día. Originalmente, a esas horas tomo un curso en línea, pero con tal de vivir aquello, París bien vale una misa. Ya ven porque no tenemos asegurados los siguientes treinta minutos, ¿no creen? (Ya me dirán...)