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miércoles, 27 de octubre de 2010

Epistolarios, cartas y misivas

Hace rato, mientras leía los trascendidos en el tuiter, encontré en la página web del diario español El País, un artículo que me sorprendió: la publicación de epistolarios como reflejo de un género a la baja. Luego de leer aquel artículo, me entraron una ganas de mandarle ajos y cebollas al autor, pero me contuve casi de inmediato por una sencilla razón: me gusta mucho leerlos y cada vez que sale uno nuevo, lo pongo en mi lista de espera, y cuando se me da la oportunidad de revisarlo, decido si lo compro o simplemente me quedo con la sola consulta. Pero vayamos por partes.
Desde que el mundo es mundo, la comunicación epistolar ha sido, más que un reducto de privacidad y donde las ideas del momento aparecían frescas y con su finalidad más que probada, una manera de ver el mundo, sin la engorrosa necesidad de exagerar en el decir o de retener en el hacer: palabras más, palabras menos. Antes de la llegada del teléfono y del internet, esperar noticias provenientes de lares lejanos, era una forma parsimoniosa de vivir la vida, aunque los sucesos, claro, hayan traspasado la frontera del ayer. Incluso, si se me permite, hasta las malas noticias parecían lejanas y hasta ajenas... pero propias a final de cuentas. (Eso duele ¿verdad?)
En la larga presencia de los epistolarios, digno es de mencionar aquél que entablaran Pedro Abelardo y su bella Eloísa, una pareja única (de las que ya casi no hay), llevada al borde de la pasión amorosa, y cuyas cartas son el reflejo de una vida deseada y querida; sin embargo, la realidad, aunque los haya separado en persona, no lo hizo con las misivas que nos quedan de ello.
Otra faceta de los epistolarios reside en su cercano afán pedagógico; ¿quién no recuerda las Cartas a un joven poeta de Rainer Maria Rilke? Muchos aspirantes a escritor han tomado dicha obra como una guía para seguir en el agitado oficio de las letras, para que algún día y en otro momento, hagan suyo ese recurso didáctico y lancen al oceáno su propia poiesis.
Hablando de escritores, la mayoría ha tenido su ración de tiempo y de palabras para llevar a cabo tan franca y prístina empresa; plumas como las de Charles Baudelaire, León Tolstoi, Goethe, Giacomo Leopardi y hasta Napoleón Bonaparte (y en estas latitudes, Simón Bolívar, Domingo Faustino Sarmiento, José Martí y el maravilloso Alfonso Reyes) han hecho de la carta una extensión de su vida y de sus preceptivas. Aunque todas las misivas cuenten con las mismas partes (fecha, contenido, destinatario, remitente, etc.), cada autor le imprime su sello personal; se dice que Erasmo de Rotterdam tenía ¡¡veinte maneras distintas!! de decirle a su interlocutor Gracias por tu carta, detalle que ejemplifica la deferencia y el buen trato que le daba a quien se tomara la licencia de escribirle. Ninguna carta es, de cierta manera, la misma. Cierto.
Quienes tomamos en serio la experiencia de la misiva, como quien esto escribe, tenemos ciertas manías al escribir: si la caligrafía es clara o un poco apretada, si usamos un determinado tipo de papel o agarramos la primera hoja de lo-que-sea para hacerlo, si el color de la tinta es idóneo o pura casualidad, si el membrete del destinatario motiva un grato elogio o es pura piña... en fin. Cada quien conoce su forma de untar el aguacate sobre la telera.
Con la llegada del correo electrónico (e-mail), se decía que la comunicación epistolar desaparecería como las papelerías en el Centro, es decir, paulatina y tristemente, dejando en la orfandad a varios de sus usuarios. No fue así, por lo menos, del todo. Nació una manera eficiente y rápida para que los mensajes llegaran a puerto seguro, con la tipografía, colores y tamaño a elegir para nuestras palabras, con todo y que los carteros de toda la vida hicieran el entripado de su vida laboral, la cual hoy es doblemente vilipendiada cuando sólo entregan a nuestro domicilio las cuentas del gran capitán, representadas en recibos de teléfono, luz, agua, predial, tele por cable, tarjetas de crédito-débito, suscripciones, citatorios de Hacienda, banderitas tricolor de factura sospechosa, avisos del IFE, y paróle de contar.
Hace no mucho, se me pidió fervorosa y subrepticiamente que le escribiera unas cartas a mis hermanos, empresa que acepté gustoso, pero con algo de pavor porque, la verdad, no sabría qué decirle a cada uno de ellos; simplemente lo hice y no me arrepiento de ello. Me explicaré mejor. Con la pluma fuente que me había regalado una gran amiga y colega, y sin más papel que las hojas tamaño oficio que tenía reservadas para los outlines de mis ponencias, resolví que la pluma hablara en mi nombre y representación para que las palabras indicadas llegaran a buen puerto. (Muchos de los buenos consejos que plasmé en esas hojas, tuve que tomarlos en cuenta para hacer más que valedera dicha acción epistolar. Y en esas sigo, saben.)
Mientras termino de escribir estas líneas, pienso en lo mucho que me ha servido el género epistolar; como lector de los maravillosos volúmenes que salen impresos y con un titipuchal de notas al pie, y como creador virtual de varios, donde he dejado, amén de buenas frases, toda una vida en sucesiva construcción. Diría más al respecto, pero hay momentos donde lo debido es callar. Y hasta ahí.
(¡¡Gracias!!)

lunes, 19 de enero de 2009

Desde el baño

En un documental producido por Canal 22, se le pregunta al escritor colombiano Álvaro Mutis que si alguna vez ha escrito algún poema en el baño. Con parsimonia responde que no, pero reconoce que en la ducha surgen las mejores ideas para ello. A decir verdad, sí me quedo con esta opinión, pero el tema del baño merece algunas líneas al respecto, ¿no creen?
Obviando su labor aséptica, el cuarto de baño es la oficina más dinámica por excelencia. ¿Por qué? Por tratarse de un territorio libre para hacer lo que nos pinte en ganas. Las mujeres que usan el baño tienden, en público, a contar cosas reales, rumores e incluso mentiras ocasionales; un espacio de coyuntura, por así decirlo. En privado, dedican horas y felices minutos para arreglarse con mucho cuidado. (Quienes tenemos la dicha de convivir con ellas, antes que todo, debemos entender sus razones para tardarse en el baño. Lo demás, ya es ganancia y agregado.)
Por el lado masculino, en un baño público puede tenderse a la red comunicativa, pero no del todo, a menos que quienes asistan al mismo sean amigos, compadres, socios o lo que se deje. En el baño privado, lo que se busca es desaparecer momentáneamente del mundo y robarle algunos minutos al tiempo para leer algún periódico o acaso la novela del momento.
Personalmente, mientras lo uso, me demoro más de lo planeado en la ducha o, aprovechando una escala técnica, introduzco de contrabando un libro que leo mientras estoy allí. He comprobado con ello dos cosas: una, bañarse antes que el resto de la familia, nos concede un poco de tiempo para hacer otras cosas, y la otra, se lee más rápido un libro en el baño que en otro lugar. Además, como al buen Arquímedes (citado ad litteram por Mutis), varias de las mejores ideas ahí tienen su génesis. Solamente hay que buscarlas. ¡¡Eureka!!
Para terminar, como Pinky y Cerebro, haré lo mismo que hago todas las noches: esperar que llegue la medianoche para meterme al baño con todo y el libro que estoy leyendo: Península, Península de Hernán Lara Zavala. (Llevo ya más de la mitad y eso que el autor me lo obsequió el lunes 12...)
Y ustedes, ¿qué hacen allí? (Ya me dirán...)

miércoles, 15 de octubre de 2008

La bolsa de la vida

Al confesar lo siguiente, me siento como personaje de Sex and the city: tengo una tremenda debilidad por las bolsas. Pero no por las Louis Vuitton, Cartier y/o Prada, sino por las que venden en las librerías. (Me reservo los nombres.) Y no es para menos, dado mi interés por llevar un mundo y medio en su interior. Más despacio y me explicaré mejor.
En mis años verdes como estudiante preparatoriano, siempre tuve el deseo de tener una bolsa de librería como las que usaban tanto mi maestro de taller literario como mi gran amiga, hoy día metida en política, pero tuvieron que pasar muchos años, hasta que mi trajín por las librerías se volvió escala obligada durante mis primeros años en la carrera de Letras. En una librería de Donceles, luego de hallar el ejemplar que necesitaba para una de mis clases, vi a un costado del mostrador, una flamante bolsa de tela con el logotipo de la librería y cuyo precio estaba bastante bien. Resolví comprarla y así cumplir mis aspiraciones de literato, es decir, llevar los libros que me acompañarían en mis andanzas por la ciudad, además de la libreta y los bolígrafos para plasmar las ideas al vuelo, y, claro, algunos víveres para alegrar el día (y el estómago). Durante varios meses, aquella bolsa de librería casi se volvió mi casa. Una compañera muy querida, al verla, de pronto quiso la suya; resolví encontrarle una igualita, pero no lo logré. Una tarde lluviosa, luego de pasar horas y felices minutos tomando un café y unos churros en El Moro, en un arrebato de generosidad, terminé por obsequiársela.
Pasó un tiempo y, al darme una vuelta por una de las librerías del Pacificador y ver que su precio me ajustaba muy bien, compré otra bolsa, que al poco tiempo corrió con la misma suerte que la primera; en ese momento, un politólogo fue su súbito destinatario. (Para aquel entonces, ya usaba mi portafolios guinda, así que pospuse la adquisición de una tercera.)
Hace unos meses, durante el coloquio Fronteras de tinta, a cada ponente se le obsequió, además de su constancia de participación y un bolígrafo, una flamante bolsa de lona de color azul, que aguantaría, no sólo un mundo y medio, sino hasta dos. (Finalmente, mi espera valió mucho la pena.) Pero eso no impidió que comprara otra, de color café, en el stand de El Colegio de México, durante la pasada Feria del Libro en el Museo de Antropología, y de la que, cabe decirlo, me ha dado bastante batalla. (Aún la uso, por si se me olvidaba mencionarlo.)
Entre tantas cosas, ¿para qué dedico unas líneas a este objeto? Muy sencillo. Se trata de un elemento vital para quienes hacemos de las letras una extensión de la vida o inclusive hasta la vida misma. Las cosas que guardamos en las bolsas de librería, son el reflejo del camino que elegimos, y, si se quiere, todo esto acaba por volverse la vida misma. Aunque cada quien tendrá su propia versión, al final habremos de coincidir que la vida es buena cuando la usamos, pero mucho mejor cuando la llevamos allí dentro. ¿A poco no?

viernes, 30 de mayo de 2008

Camisa de guerra

Un poema muy conocido de José Francisco Conde Ortega, que forma parte de su libro Los lobos viven del viento, comienza con el siguiente verso: "La camisa es una forma de comenzar el día". Para quien escribe, irredento adicto a tal objeto, suele ser así. Mejor me explico.
Comencé a usar camisas desde mis años preparatorianos y todas han llegado a la categoría de casaca, uniforme e inclusive armadura, debido a mi constante ir y venir por bibliotecas, ferias del libro y hasta manifestaciones en el Zócalo. Sin embargo, centraré mi atención en una de gran estima y valor para quien escribe. Se trata de una camisa Polo Ralph Lauren color azul tenue que lleva cerca de cuatro años conmigo, desde que un primo por vía materna me la obsequió.
Desde la primera vez que me la puse, descubrí que formaría parte de mi ser y hacer postrero. Es más, le daba una excesiva importancia que me encargaba personalmente de lavarla, plancharla y acomodarla en el closet. Más que una camisa como cualquier otra, era un especie de uniforme, una camisa de guerra, si se quiere ver así.
Ha sido testigo de varios de mis encuentros con las letras y la historia; lo mismo acompañándome en presentaciones de libros, mesas redondas y hasta plenarias impartidas por gente de la talla de Enrique Krauze. Precisamente, en una de éstas, conocí a una mujer de belleza intransferible, quien me hizo pasar un buen año, 2005. Cada vez que concertábamos una cita, una noche antes de nuestro encuentro, alistaba mi prenda favorita y, de antemano, ya tenía el día hecho. (Lo único que le faltaba era un beso de carmín estampado sobre el cuello de la camisa, mas nunca sucedió.)
Entre tantos trajines, sea para leer mis primeras obras ante un público de villamelones, sea como asistente a un evento con toda la gala del mundo, el tiempo comenzó a pasarle factura: el cuello se abrió paulatinamente, las mangas se adelgazaron y aquel azul tenue del primer día se tornó casi transparente. Era el anuncio para retirarse o morir en batalla. Al final, ganó el retiro, pero éste se dio con toda la gloria del mundo: luego de una mesa redonda, compuesta por varias amistades mías, mi camisa sólo pasó a uso privado, es decir, sólo la usaba en la casa mientras hacía las labores propias de mi sexo.
Cuenta Fernando del Paso, en su discurso de ingreso a El Colegio Nacional, que hacía varios años, mientras se instalaba en su nuevo departamento en Londres, encontró una camisa que había olvidado el anterior inquilino, José Carlos Becerra (poeta non y amigo suyo, además de todo). Luego de la faltal noticia del deceso de su amigo, Del Paso conservó dicha prenda y cuando la angustia lo inundaba, se la ponía para sentirse -por así decirlo- protegido y hasta con mayores ganas de escribir. (Aunque ahora esté rota y con la tela adelgazada por el tiempo y los viajes, Del Paso aún sigue con ese ritual.)
Llegando a casa, me pondré esa camisa por última vez. La despediré definitivamente de la mejor forma: luego de leer algunas páginas del libro que ahora leo (Soldados de Salamina, de Javier Cercas), plantarme frente a la máquina eléctrica de escribir y llenar varias hojas, y de beberme un Rioja a su salud, despedirla sin más ni más, coincidiendo por completo con aquel verso de Conde Ortega. (Sí, una camisa es una forma de comenzar el día, pero también de acabarlo y bien.)

miércoles, 5 de marzo de 2008

La papelería de las maravillas

Hace poco platicaba con Leyvi Castro acerca de lo engorroso que resulta visitar una papelería en tiempos de efervescencia escolar, es decir, cuando los niños (acompañados por sus papás) abarrotan dicho lugar en busca de los artículos para el uso diario en la escuela. Dicha situación eleva a rango de alerta sísmica toda escala en éstas. Sin embargo, no todo está perdido. Expliquemos por qué.
Para quienes somos visitantes asiduos de las papelerías, cada escala que se hace en éstas resulta ser una maravilla, por donde quiera que se vea esto. Vamos por partes. Cuando niños, antes de las clases, era de imperiosa necesidad pasar frente a una para comprar los aditamentos necesarios para el día, como cuadernos, lápices o bolígrafos, dado que su compra se había dejado hasta última hora, por x, y, z razones. (La mayoría de las veces, ésta nos salvaba del patíbulo escolar.) Y una segunda escala (postrer al día laboral, desde luego) reinflaba a los escolares toda autoestima, con gloriosas recompensas a elegir: álbumes de moda, estuches de colores y una interminable cantidad de dulces que harían ver la casa de Hansel y Gretel como sucursal de la Maddox. Y los días siguientes, pasaba lo mismo. De ida y vuelta. (Cuento de nunca acabar.)
Aparte de las compras escolares y las recompensas ocasionales, en estas papelerías de barrio siempre había cabida para las sorpresas, como, por ejemplo, encontrar ese ansiado juego de mesa para diezmar al ejército del tiempo, o también hallar un regalito para salir del paso -ni digo para qué fechas, porque se me viene el mundo encima-, y cosas así por el estilo. (No cabe duda que en un lugar así, más de mundo y medio le cabía.) En una palabra, una completa cueva de las maravillas: expresión con que Gabriel García Márquez denominó a ciertos negocios del Centro Histórico. (Y razones no le faltaban...)
Con la llegada de los emporios papeleros, la variedad de los artículos aumentó y, con ello, dos reacciones encontradas: una, se calcó el ambiente autista del súper, y la otra, los hedonistas -leáse escritores, puppy scholars y oficinistas de ocasión- daban libre curso a sus vicios. Los primeros, buscando el tipo de papel para plasmar ese intento de novela que haría temblar al mismo Saramago; los segundos, moviendo cielo, mar y tierra para conseguir la libreta de moda, mientras que los últimos, simple y sencillamente se hacían de los artículos de papelería como si armasen un refugio anti-bombas. (A título personal, las plumas fuente, los bolígrafos de tinta gel y las agendas me sumen en un estado contemplativo sólo comparable al que se vive en La Villa cada 12 de Diciembre.) Y a pesar de estos asegunes, las maravillas no sólo permanecían, sino que se multiplicaban.
En una palabra, siempre habrá papelerías que nos saquen del hoyo, pero también para mostrarnos que el mundo, aunque ancho y ajeno, tiene cabida para todos. (Sea con la compra de un cuaderno nuevo, sea con una bolsa de dulces o un juguetito en la mano.) Por donde quiera que se vea, la verdadera maravilla de las papelerías reside en la sorpresa que nos depara cada día. Ni más, ni menos.

lunes, 25 de febrero de 2008

El calendario contraataca

En estos últimos días, donde las ferias del libro y las mudanzas documentales están a la orden del día, me he sentido presa de un pequeño objeto que (¡ay, Dios!) cómo nos hace la vida imposible: el calendario. Y más ahora cuando, al iniciar el día, tengo que enfrentarme con uno de hojas desprendibles. Pero vayamos por partes.
Desde el inicio de los tiempos, medir el tiempo (y su paso, claro está) ha sido de imperiosa necesidad para la sobrevivencia del hombre; cada época histórica originó sus propios instrumentos para hacerlo, pero aún así, el tiempo se iba -literalmente- como agua. Así que para tener un mayor control del propio tiempo, se creó el calendario. Mediante éste, ya se tenía algo de control al respecto, pero digamos que no suele ser así, porque cada cultura y/o civilización, tenía su propia versión del calendario. (Para los judíos, el tiempo rebasa la frontera de los 4 miles; los musulmanes andan en su séptimo -¿octavo tal vez?- siglo de vida, y mientras tanto, nosotros, católicos irredentos, navegamos por las aguas del vigésimo primer siglo. ¡Qué tal!) Pero sobre esas minucias históricas, habrá otro tiempo y con mejor documentación para hablar de ello.
Ahora bien, un calendario como objeto cumple muchas funciones, además de la primaria que es anunciarnos el tiempo que corre. Digna es de notar la documental e ilustrativa. Recuerdo que, cuando niño, mi padre me regaló un calendario de la Lotería Nacional; cada mes iba acompañado por una fotografía de las obras artísticas del patrimonio arquitectónico de México, como, por ejemplo, Chichén-Itzá, la catedral de Puebla, la ciudad de Guanajuato o nuestro Zócalo multiusos en la Ciudad de México. Y, claro, cada fotografía bien acompañada con su respectiva nota explicativa. Dentro de este estilo de calendarios, se incluyen los que, anualmente, prepara el Archivo Calles-Torreblanca (con imágenes del México revolucionario del s. XX), los que regala El Colegio Nacional con la obra artística de sus miembros, y me atrevería a decir que hasta los de índole artística que venden en las librerías. (Paréntesis aparte: el non escritor Héctor Anaya prepara y difunde uno muy peculiar. Su Calendario de la Lectura y la Escritura, además de la excelente selección fotográfica y de dibujos sobre escritores, a estas alturas del partido se he vuelto herramienta necesaria para la difusión de la cultura en México. Y, claro, porque la cultura es cosa de todos los días.)
También hay que resaltar una variante muy popular, donde las hojas desprendibles pueden abarcar cada día o la friolera de dos meses. Regularmente, tanto pequeños com medianos negocios como estanquillos, carnicerías, reparadoras de calzado o boutiques de ocasión, escogen esa variante para agradecer la preferencia de sus clientes, ilustrado con el cromo de su elección, desde las fotos de bebés en situación humorística hasta la clásica fotografía de una ciudad europea. Respecto a los de día desprendible, al reverso de cada papelillo, desde recetas de cocina, consejos prácticos para el hogar hasta frases célebres y chascarrillos de gusto variopinto, hacían su aparición para hacer, del día en curso, graficante o, al menos, decente. (Otra función au ralenti: sirve como cuadro de ocasión para adornar la pared dondequiera que se coloque.)
La variante más práctica (e doblemente engorrosa) es el calendario de bolsillo. Sus costos de producción son mínimos -en apariencia- y se puede llevar a donde sea. (La razón de estas notas se relaciona con este tipo de calendario, pero me explicaré mejor.) En el mes de noviembre, después de una agradable tarde en las instalaciones del INEHRM, una amiga mía, Elvia Luna, me regaló un calendario 2008 de bolsillo que sacó un importante banco. Le agradecí sobremanera ese pequeño gesto porque el que traía en la cartera ya no sería para nada. (Cuestión de reemplazos.) Aquello fue el comienzo de una larga y sinuosa cadena de eventos. A la semana siguiente, el vigilante de mi colonia, como antesala de la gratificación navideña, me obsequió un calendario semejante, pero hecho de un material muy sencillo, que corrió con la misma suerte que el bancario: lo metí entre las hojas de un cuadernillo azul, mismo que uso para anotar de todo. (Y conste que no es María Roiz.) Y para acabarla de rematar, pasaba frente al Centro Cultural de España, allá por la calle de Guatemala, cuando un dependiente del centro me obsequió un programa mensual de dicho lugar ¡¡con un calendario 2008 en su interior!! ("¡A la libreta!", me dije con pesar.) Y de allí, pa'l real. Vaya, hasta llegué a pensar que todo ello era un compló en mi contra por decir a los cuatro vientos que detestaba el tiempo. (Y bien que me dejo avasallar por él. ¡Qué lata!)
Sea cual sea su toral función, no cabe duda que un calendario conserva intacta su principal naturaleza. De cualquier manera, con o sin tiempo encima de uno, lo necesitamos, aunque nos duela. Por mi parte, sé que los calendarios que traigo en mi libreta tendrán un usuario menos prejuicioso y sin el prurito que tengo encima. (Habrá un día...) Y, a pesar de todo esto, cuando diciembre tenga la última palabra, jugar de nuevo ese juego de toma y daca que comienza, sin tapujos, cuando nuestro tendero de confianza nos extiende, junto con la mercancía, el cambio y un "Muchas gracias", un nuevo calendario para el año entrante y que Dios nos agarre confesados. (Auch.)

lunes, 5 de noviembre de 2007

Viaje al fondo del escritorio

Alfonso Reyes, regiomontano universal, decía alguna vez que escribir "era limpiar los papeles del escritorio" y, a decir verdad, sí lo creo. Sin embargo, cada vez que el consabido mueble nos pide a gritos no sólo una manita de gato, sino una zarpa de tigre, la escritura pasa a un segundo plano y no nos resta más que sacar el rimero de papeles y ordenarlos según cierta importancia. Esto vino a mi mente gracias a una mañanera llamada celular de Rosalía Velázquez, historiadora con todas las letras, quien me invitó a limpiar su escritorio de papeles -literalmente-, para luego repartirnos el botín documental.
Vaciar las gavetas del escritorio y después (con una pericia que ya quisieran Bones Brennan y el Dr. Gregory House) revisar cuidadosamente cada papelillo hasta que, finalmente, éste termina en el cesto de la basura, no sin antes romperlo en dos y hasta en cuatro partes, o, por el contrario, perdonarle la vida y mandarlo a otra carpeta, a la espera de un segundo aire. (Otros, menos optimistas, hasta un tercero o cuarto podrían adjudicarle.) Para cualquier hijo de vecino, la primera acción debería ser la más obvia y, por ende, la más lógica, mas no ocurre así. Cuando se trata de los borradores de una ponencia, la servilleta donde nació un primer poema o de las fotografías de generación universitaria, gana por default la querencia y se reubican esos recuerdos en otra gaveta, aún más generosa y hasta justiciera. Pero como buena parte del mundo babélico que habita nuestros escritorios se compone por fotocopias de libros, magazines de variopinta materia y hasta por cajitas de segunda mano -sea de habanos, chocolates o diskettes- para guardar marinola y media, aquí la empresa es mucho más difícil, porque siempre surge el clásico pretexto: "Mejor los guardo; nunca se sabe cuándo serán de utilidad". Craso error.
Cada cosa, en el momento dado, requiere su utilidad; sin embargo, nos aferramos -me incluyo, qué remedio- a conservar rimeros y rimeros de papeles simplemente por una posible utilidad postrera, que, a decir verdad, tarda en llegar, e inclusive, para no hacer más largo el cuento, nunca llega. Involuntariamente, surge en este contexto un cierto coleccionismo. (Con anterioridad hablé acerca de las colecciones y, la verdad, la más peligrosa de todas nace sin tocar a la puerta. A las pruebas me remito.) Ahora bien, lo que resta por hacer es lo siguiente: seguir en la ordenanza y jerarquización de los papeles, solamente con algunas diferencias:
  1. Buscar una carpeta y poner allí recortes de periódicos y revistas, cuyo interés no rebase la simple coyuntura.
  2. Con los juegos de fotocopias, si son de imperiosa necesidad en varias ocasiones, engargolarlas no estaría de más. Con las que se usaron una sola vez, sigamos la técnica del reciclaje por dos vías: una, empleando el reverso para escribir, y la otra, venderlas u obsequiarlas a quien les dé mejor uso.
  3. Por último, quedan las revistas. La opción de regalarlas no está de más, aunque no es una solución total. Si su función no pasó del mero entretenimiento, venderlas por volumen a los cartoneros es buena opción, al menos para recobrar algo de dinero invertido. Los suplementos culturales correrán mejor suerte si se donan a una hemeroteca -pública o privada, no importa-; si su destino sigue siendo el cesto de la basura, ya es decisión única e inapelable de quien lo decida.
En fin... ¿qué queda por hacer? Mientras existan los escritorios, siempre habrá papeles de por medio. Cada fin de semana, cual Jacques Cousteau y la tripulación del Calypso, debemos sumergirnos en las profundidades del oceáno (de papeles) y así descubrir sus maravillas y sus peligros. Después de esto, cualquier escritorio nos lustrará el calzado. ¿A poco no?

martes, 25 de septiembre de 2007

Atrapado por los covers

Hace algunas semanas, compré el tan ansiado compacto de Mylène Farmer simplemente para satisfacer un capricho musical, mismo que se dio por bien servido. Sin embargo, mi asombro venía de tiempo atrás, gracias a la maravilla del internet. Me explico mejor.
En una página dedicada a videos de variopinta materia, busqué el videoclip de "Désenchantée", éxito noventero de la Farmer, para más señas. En la búsqueda definitiva no sólo apareció la versión de Mylène, sino también la de otra cantante, de nombre Kate Ryan. Ni tardo ni perezoso, busqué información sobre la susodicha. ¡¡Sorpresa, sorpresa!! Se trataba de una cantante belga -compatriota de Lara Fabian, sólo que en versión popera-, cuya cualidad es hacer covers a éxitos de cantantes legendarias. (¡¡Qué tal!!) A decir verdad, la versión que hizo Kate Ryan no es mala, solamente se pasa de rítmica. (La Farmer tampoco es calmadita que digamos, eh.) Y no conforme con esa canción, Ryan hizo lo propio con "Libertine" de Mylène, y, el colmo del cinismo, con "Voyage voyage", de Desireless.
Para quienes amamos la música en todas sus vertientes, bien sabemos que la fidelidad a un grupo, cantante o género determinado es más que evidente, pero tratándose de versiones de la misma canción, la cosa cambia. Obviamente, por decir un ejemplo, las canciones de Los Beatles tienen y tendrán a los propios integrantes como sus mejores intérpretes, aunque nos agraden sus infinitas versiones, desde Betsy Pecanins y Diana Krall hasta la Orquesta Sinfónica Nacional y la inverosímil Banda Plástica de Tepetlixpa, entre otros que se nos escapan de la mente.
Sin embargo, las versiones originales rara vez llegan a tener una versión que la respete, iguale o, siendo extremos, la supere con todas las letras. Digamos otro ejemplo. Años atrás, se desató una ola por editar tributos a cantantes y compositores ya legendarios, cuyas interpretaciones correrían por cuenta de grupos y cantantes de moda. En el caso del maestrísimo José Alfredo Jiménez, a excepción de Enrique Bunbury con "El jinete", ninguno dio el ancho. Por el contrario, con la producción discográfica dedicada al Príncipe de la canción, José José, la mayoría de las versiones sí cumplió con lo estipulado, es decir, rendirle pleitesía a un cantante non. (Respecto a la muy locuaz versión del grupo Molotov para "Payaso", lo mejor que podría pasar es que la rola pase por el potro, la dama de hierro y la guillotina, y al infame grupo, darle pamba con picahielo y sin repetir agujerito. Merecerían la excomunión, pero no llego a tanto.)
En fin... en esto de los covers, ni para cuando acabar. Simplemente hay buenas interpretaciones y malas versiones, cuya preferencia, ni duda cabe, corre por cuenta del radioescucha, melómano o músico en turno.
(Después del cover, ¿el diluvio?)

lunes, 10 de septiembre de 2007

Bautizos de tinta y grafito

La semana pasada, mientras platicaba con Paulina Martínez acerca de diarios y radiodifusión en México, entre otras cosas, hojeaba un libro sobre Plutarco Elías Calles que le había regalado en su cumpleaños, simplemente por el gusto de hacerlo. Cuando revisé la última página, en ésta estaba escrito su nombre, fecha y, entre paréntesis, el motivo por el cual llegó a sus manos. (Y ella lo sabe muy bien.) Esta manera muy suya de inscribir los nuevos libros a su universo personal, me remite a la antiquísima tradición del ex-libris, es decir, la señal que indica la propiedad de un libro y también las características del dueño. Vayamos despacio.
La mayoría de las veces, un ex-libris suele ser una estampa que se coloca en las primeras páginas del ejemplar en cuestión, cuyo diseño va de lo sencillo a lo complicado, según las intenciones (y las invenciones, claro) del dueño. Sería exhaustivo dar una historia del ex-libris desde sus inicios, porque la investigación llevaría más tiempo que vida, sin embargo, y sin picarme de evasivo, sólo dedicaré unas líneas al ex-libris más popular: el que se hace con bolígrafo o con lápiz.
Hacerlo con tinta y agregarle la rúbrica, equivale a una marcada conciencia de pertenencia, es decir, de que ese ejemplar ya forma parte de una vida. También es sinónimo de trabajo, porque se busca entender el tema y, gracias a éste, comprendernos a nosotros mismos. Diametralmente opuesto es hacerlo con lápiz, donde además de reconocerse en la lectura y de compartir un tiempo prístino y único, es darle al libro una segunda de muchas oportunidades para hacer lo suyo, y así seguir con vida en el ancho y ajeno camino de la lectura. Y ¿cómo sucede esto? Muy sencillo: cuando paso revista al acervo de mi pequeña biblioteca, regularmente me fijo en la temática del ejemplar de marras que voy a regalar. Cuando sé que una persona muy querida para quien escribe le dará un buen uso, haciendo de tripas corazón, tomo la goma y borro mi ex-libris. (Pocas veces, me he arrepentido de ello, pero no suele ser a diario. Cosas que pasan.)
Desde este lado del charco, quien escribe también tiene sus manías a la hora de rubricar sus libros. Antes, en la lejana prehistoria, ponía con tinta mi nombre en la primera hoja, además del mes y el año. Tiempo después, hacía esto en la última página, casi llegando al lomo del libro. Gracias a un amigo escritor, cuya guía no cesaré de agradecer, me introdujo al uso del lápiz para rotular mis libros. Actualmente, en la primera hoja pongo la fecha completa (día-mes-año), además de mi rúbrica y, entre paréntesis, si el caso lo amerita, la persona que me lo regaló o que estuvo acompañándome, tanto en persona como en espíritu, al momento de comprarlo.
En una palabra, estas maneras para rotular los libros, cumplen una función de bautizo porque al inscribirse en nuestra vida, se vuelven, de alguna manera, como nuestros hijos o ahijados, cuya compañía es gratificante, pero también su ausencia, temprana o tardía, nos enseña muchas cosas. Me imagino que los libros rotulados con tinta, años después y en la sordidez de las librerías de viejo, tendrán otra oportunidad para vivir, si los futuros dueños lo disponen, llevando consigo el sino de su encarnación anterior. En el caso de los rotulados con lápiz, es volver a empezar, como si fuera el primer día. Después de todo, la lectura no entiende de pertenencias físicas, pero sí de fidelidades espirituales. ¿Será?

miércoles, 22 de agosto de 2007

Sacco y Vanzetti: 80 años de memoria

Hace exactamente 80 años, en el estado de Massachusetts, fueron condenados -injustamente- a morir en la silla eléctrica dos inmigrantes de origen italiano: el zapatero Nicola Sacco y el vendedor ambulante de pescado Bartolomeo Vanzetti. Como la NRB no es precisamente una tribuna política, me limitaré a comentar los homenajes artísticos que se han hecho a este par inolvidable de luchadores sociales.
En 1955, el novelista norteamericano Howard Fast escribió su novela La pasión de Sacco y Vanzetti, cuya trama se desarrolla el mismo día de la ejecución de los italianos (22 de agosto de 1927), pero desde distintos ángulos. Lo mismo describe las últimas horas de Sacco y Vanzetti en la prisión, que un instante en la vida del Duce Mussolini por convencer al gobierno norteamericano de conceder el indulto al zapatero y al humilde vendedor de pescado, y también las reacciones de los sectores obrero y burgués ante semejante acontecimiento. Una novela polifónica, cuya lectura no es nada desmerecedora. Recomendable, ni dudarlo siquiera.
El cineasta italiano Giuliano Montaldo llevó a la pantalla grande, en 1970, el proceso judicial de Sacco y Vanzetti, cuya banda sonora fue compuesta por su compatriota Ennio Morricone, quien además contó con la colaboración de la norteamericana Joan Baez para la composición de dos temas emblemáticos: "The Ballad of Sacco and Vanzetti" (basada en las cartas que ellos escribieron a sus familiares desde la prisión) y la clásica "Here's to you", también conocida como la "Marcha de Sacco y Vanzetti". Hasta la fecha, esa película sigue siendo un aliciente para la juventud combativa de hoy en día. (Es más, después del 11 de septiembre de 2001, como que recobró algo de su frescura primigenia, ¿verdad?)
Por último, sólo me resta decir que el arte, más que la política, hace perdurar los sucesos que el siglo pasado nos dejó, y que siempre que escuchemos a Joan Baez, Georges Moustaki o Mireille Mathieu, no dejaremos de sentir ese espíritu combativo cada vez que suenan los acordes de "Here's to you", al igual que el filme de Montaldo o la novela de Fast. (La Galería de la Memoria también se une a esa intención.) Mejor homenaje ya no puede existir. De verdad.

jueves, 2 de agosto de 2007

Cinco placeres culpables de un adicto al súper

Hace poco más de un mes, uno de mis artículos semanales, El indiscreto encanto del súper, generó cierta conmoción por parte de tres importantes consejeras de la NRB, de las cuales sólo recibí la más inusitada de las ovaciones. Ahora bien, y luego de una visita fast track con tal de obtener cambio para regresarme a casita, y sin fingir demencia, va que va mi Top Five de mis Placeres Culpables del Súper.
  1. Pasar cerca de una hora leyendo magazines en el departamento de Libros y Revistas. (Claro está que un neobabélico como quien escribe, primero tomaría partido por los libros, pero ésta es la mejor oportunidad para refinarse todas las revistas habidas y por haber. ¡¡Y sin discriminación de cualquier tipo!!) Me declaro culpable de leerme GQ, Quien, Cosmopolitan, Vanidades, Marie Claire, además de TV Notas, Rolling Stone y Cinemanía, con mis consabidas escalas en Letras Libres, Gatopardo y Nexos, mientras veo qué debo comprar.
  2. Echarme un volado para saber qué artículo del departamento de Dulcería me llevaré. (Para quien acepta una irrefrenable adicción al chocolate relleno de tequila, ron o rompope, no hace falta, pero cuando se trata de cambiar la rutina, aquí no hay de piña; aunque una lata de caramelos con sabor a cereza sea una forma depurada -no menos elegante- del soborno. Cuestión de enfoques.)
  3. Caminar, cual pasarela de Karl Lagerfeld, por el departamento de Papelería. (No es para menos, dada la importancia de dicho lugar en estos días, donde el regreso a clases de los peques de Primaria y de los teenagers de la Secundaria es más peligroso que un plantón en Reforma.) Porque a la hora de seleccionar artículos para su postrera compra, casi a punto de dejar esa sección, a última hora regresamos para: A) Devolverlos y tomar otros de menor precio, B) Tomar más artículos de la misma categoría o C) Ninguna de las anteriores. La vueltecita que se da para hacer cualquiera de las tres opciones, se asemeja al contoneo de una modelo en pasarela del fashion designer de su elección.
  4. Adquirir el síndrome de Homero Simpson frente a un anaquel de galletas, pastelitos y pan dulce. O sea, destilar litros y litros de baba con el solo hecho de ver la variopinta gama de productos para satisfacer los apetitos del más acérrimo gourmet-gourmand. Desde un presidencial surtido de galletas finas hasta las arrebatadoras pero sencillas mantecadas. (Mmmm... mantecaadaas...)
  5. Brincar de caja en caja, para finalmente colocarme en la primera que elegí. (Lo siento, en esto me declaro completamente culpable, casi para cadena perpetua, por ello. Pero siempre que aplico la Ley de Monsieur Etorre, hago lo mismo.)

Y luego de tamaña terapia, invito a ustedes para que también se destapen y digan cuáles son sus placeres culpables del súper. De verdad, ¡¡sí que sería bueno!!

[P.S. Como complemento a este artículo, en la Galería de la Memoria está el soundtrack idóneo para estas confesiones. ¡¡Qué lo disfruten!!]

miércoles, 18 de julio de 2007

La persistencia de las lecturas postergadas

En estos días, mis viajes al fondo del librero me han dado grandes sorpresas, mismas que se han reflejado -de cierta manera- en la Biblioteca de Buenavista, pero también en una necesidad de seguir leyendo el mismo libro cuya lectura aún no finaliza. Me explicaré mejor.
Luego de haber leído sendas obras teatrales de los españoles Alejandro Casona y Miguel Mihura (La sirena varada y Ninette y un señor de Murcia, respectivamente), y un volumen de cuentos del mexicano Rafael Solana, y después de recibir dos alegres llamadas a mi celular, saqué de un librero un grueso ejemplar que hacía tiempo no hojeaba: Empresas y tribulaciones de Maqroll el gaviero, de Álvaro Mutis. Era la cuarta vez en cinco años que lo abría, solamente para leer una novela de las siete que lo conforman. (Me leí las dos primeras durante un viaje finisemanal a Guanajuato; la tercera, en el trayecto México-Puebla hace algunas navidades, y la cuarta, hace un año, sentado en el reposet de mi habitación.) Para fortuna mía, ya había terminado las labores de la casa, y resolví aplatanarme en uno de los sillones de la sala para leer la quinta novela sin interrupción alguna. Al terminarla, los cinco años que tengo de leer ese libro, me parecieron ¡¡cinco días!! O sea, que mi impresión inicial permanecía sumamente intacta. Creo que eso es lo importante de una lectura postergada.
Para quienes el borgesiano oficio de la lectura es santo y seña, no debe extrañarnos esta reacción. Claro está que no pararemos de leer ni tampoco de adquirir libros, hecho que se nota en el tamaño de nuestras bibliotecas; lo importante de una lectura postergada es conocer si nuestro interés inicial aún persiste al darle continuidad a ese libro. (Por el contrario, hay libros que retomamos y en el tiempo que nos distanciamos de éstos, el interés primigenio sólo queda en eso, es decir, en la mera intención.) Además, son pocos los volúmenes que cumplen con esa condición.
E.M. Cioran decía -con sorna, típico en él- que "sólo existen los autores que son releídos", y no le faltaba razón. (Claro está que una relectura tiene gran poder de persistencia, por más vuelta que le den al asunto.) Sin embargo, esa afirmación no se halla completa sin el poder para regresar a la lectura postergada, en la que debe predominar el deseo del terminarla, para que luego se instale en la galería de las predilecciones, en el listado de obras que nos acompañaran hasta el resto de nuestros días.
En suma, hice bien en regresar a ese voluminoso ejemplar, porque todavía me falta conocer más de su mundo; y creo que la persistencia en la lectura puede quedarse tranquila, porque el reencuentro será gratificante. De cualquier manera, nada como volver a los viejos puertos. ¿Verdad que sí?

lunes, 9 de julio de 2007

El diario a diario

En estos tiempos donde todo se logra virtualmente y a distancia, es indudable que persista una sana pero engorrosa costumbre de cada mañana: la lectura del periódico. A la par del cafecito matutino o del brunch midisemanal, la búsqueda de noticias frescas es el objetivo del día. Y, a decir verdad, ya es un logro, dada la aparición de sus versiones en la red. Pero vayamos por partes.
Desde que se fundaron los primeros periódicos, siglos atrás, siempre ha predominado una inquietud por saber, informar y abarcar todo los temas habidos y por haber. Y ello se nota en las secciones, tipografía y hasta en los anuncios que aparecen díariamente, cosas que aumentan (o disminuyen, según se vea) la frecuencia con que adquiere. Precisamente, por ese vano afán cuasi enciclopédico, los diarios aumentaron de tamaño y de peso, dada la presencia de variopintas secciones a diestra y siniestra. Es más, comprar un periódico de tremendas magnitudes, sí equivalía a tener noticias del momento, pero también, al día siguiente, que el papel sirviera para limpiar vidrios, envolver aguacates o como materia prima de piñatas decembrinas.
Recuerdo que mi padre llevaba ejemplares de El Universal a casa y quien escribe, cuando niño, sólo se fijaba en tres secciones: Espectáculos, Cultura y Sociales. (Los domingos eran cuatro, gracias a los comics.) La selección de esos apartados respondía a la inmensidad de papel que conformaba el diario. (Mariana Frenk-Westheim, en alguno de sus aforismos, decía que la escritura no se paga por kilo, en este caso, mucho menos las noticias o las fotos. Cuestión de enfoques.) Aún así, uno tenía que echarse un clavado entre tanta información para gozar de los resultados. Para cuando llegaron los diarios en tamaño tabloide, se simplificó el tamaño y el peso, pero no el hambre de información. (La Jornada, siempre a la vanguardia, fue de las primeras en cumplir con esas labores.) De cualquier manera, siempre era grato acudir con tu voceador de confianza.
Los periódicos, como las modas o los partidos políticos, delimitaron territorios, tendencias de pensamiento y hasta familias. Recuerdo que en la preparatoria el diario de a fuerzas era el Unomásuno; quien llevara La Jornada era considerado un rabanero, polaco y camorrista por los cuatro costados, mientras que el Reforma te hacía ver como emisario del blanqui-blu o de la Maddox Academy. Sin embargo, de entre estas discordias, surgió una tercera vía, caracterizada por la selectividad de sus lecturas: aunque determinado diario se consideraba de derecha, si cuenta con un suplemento cultural muy diverso, una pericia indudable en sus columnistas o en el énfasis que se pone a los espectáculos, hemos logrado un segura tregua entre las preferencias políticas. También en el caso de los caricaturistas, quienes con una sola caricatura, podían tumbar tres ídolos de una sola vez. Y éstos contribuyen, en mayor medida, a la masiva venta de sus diarios/casa de trabajo.
Ahora bien, en estos dosmiles que nos circundan, resulta inevitable revisar dos, tres o más periódicos, precisamente por el enciclopédico afán de informarse y a pesar de que nuestras preferencias sean dispares. En lo personal, leo La Jornada por su bien cuidada sección de Cultura; el Milenio por la versatilidad de sus columnistas, y El Universal, además de ser mi periódico de toda la vida, por su suplemento cultural y por los artículos de Jean Meyer cada domingo. Esto demuestra una cosa: se le puede profesar fidelidad a la información, mas no a quien la difunde.Y aunque las noticias pasan y los diarios se quedan, lo único que debe persistir es el hábito de la información.
(Y usted, lector, ¿qué diarios lee y por qué? Ahora le toca decirlo. De verdad.)

martes, 3 de julio de 2007

El indiscreto encanto del súper

Gracias a los caprichos de la lluvia (o del presupuesto, debería decir), hice forzosas escalas en un lugar al que, por lo menos una vez en la vida, hemos caído. Más aún, cuando la despensa de la cocina o el espejo del baño nos piden a gritos una inmediata respuesta.
La tienda de autoservicio (supermarket en inglés, del que se derivó el apócope súper, muy usado en México) nació con los inminentes avances de la sociedad, pero más en concreto a las innovaciones tecnológicas. ¿Por qué? En los años 50, en plena fiebre por sentirse absolutamente moderno, el súper fue la certera respuesta para los postreros avatares del comercio. Su ventaja: que el cliente se atienda a sí mismo y la variedad de productos para cumplir con sus necesidades diarias. Su desventaja: desaparece el trato personal, aún persistente en mercados y estanquillos. (Esos lugares serán materia de otras colaboraciones, por mientras no.)
Ahora bien, a casi 50 años después de su creación y conscientes de su presencia, habría que preguntarnos ¿qué hacemos en el súper? Además de comprar el jabón para los trastes o los ingredientes para una opípara cena, precisamente la variedad de productos nos otorga una ventaja: escoger lo que más te plazca. Sin embargo, aquella persona que entra por azares del destino, tiene de tres sopas:
  1. Comprar alguna cosa que, supuestamente, le hace falta para la comida, la limpieza de la casa, o algo que se le asemeje. La mayoría elige esta opción, aunque un domingo pambolero termine por volverse la nota cantante.
  2. Pasearse por todas las secciones, cual estratega napoleónico, hasta que una de éstas le genere atención. Si después de 30 minutos, no está convencido de llevarse algo, por mínimo que sea, se puede retirar de allí sin problema alguno.
  3. Resistir, como parte de esas comitivas muégano (o sea, acompañando a otra persona), el tiempo de estancia. Y más aún si es una mujer: ella sabe (¡¡y muy bien!!) que nuestra impaciencia se paga y mal.
Diametralmente opuesto a estos casos, está el esteta del súpermercado, o sea, quien se adentra en las entrañas del autoservicio con la misma maestría con la que Jacques Cousteau se sumergía en el océano. A esta rara avis, le da lo mismo comprarse un six de agua Perrier, una bolsita de chocolates Turín rellenas de rompope, que adquirir todo el stock de revistas o unas latas de salmón, calamar o lo que su estómago gourmand le dicte. (Son los menos, pero ¿quién no lo ha hecho alguna vez en su vida? El que esté libre de pecado, que lance las primeras bolsas.)
Por último, luego de concretar las compras, viene lo mero bueno: formarse para pagar. Las pletóricas filas en cada caja (que hacen ver las de la Embajada Estadounidense como de tortillería) elevan a deporte olímpico el lanzamiento de bolsa -u otros enseres- desde una no tan sana distancia entre el carrito y la caja. (O viceversa.) También es de esperarse proferirle a la cajera los típicos "No me alcanza, mejor dejo algo", "Espérese que me falta una cosa", y los clásicos contemporáneos "¿Me puede sellar mi boleto de estacionamiento?" y "Sí, acepto el redondeo", por decir algunos. (Propondría lo siguiente: quien aguante media hora en la fila sin inmutarse por x, y, z razones, a ésa persona se le debería devolver parte de su cuenta sólo por permanecer ecuánime en la fila. Se vale soñar.) Sin embargo, habría que recordar para estos casos la Ley de Monsieur Etorre: "La otra fila se mueve más rápido". El resto saldrá por añadidura.
Finalmente, no podemos prescindir del súper, porque al ser parte de nuestra vida, suele verse como el termómetro social más efectivo. ¿No lo creen? Les propongo esto: dénse una vuelta por todas las secciones y fijen muy bien la mirada. Luego, reflexionen y díganse cuáles son las secciones que continuamente se mantienen ordenadas y con todos los productos habidos y por haber. Si coinciden con las secciones dedicadas al ocio, la limpieza y la alimentación, todo lo demás viene por delante. Ah, ¡¡y suerte con las filas!!

lunes, 25 de junio de 2007

Se lee y se corrige ajeno

Hace tiempo, cuando conocí a Rosalía Velázquez (y, con ello, las latas del oficio historiográfico), tuvo la tremenda puntada de poner en una de las paredes de su cubículo un letrero que decía así: Se lee ajeno. Dicha boutade se debía a su condición de asesora de tesis, aludiendo al femenino y benemérito oficio de coser, lavar y planchar ropa ajena para ganarse el pan de cada día. Para quienes nos dedicamos al no menos épico oficio de la palabra, esta asociación no nos resulta ajena. Me explico mejor.
En innumerables prólogos a sus libros, Luis González y González hacia énfasis en la labor que hacía su esposa, Armida de la Vara, cuando ésta corregía el estilo de sus obras, porque, recordemos, un historiador puede tener bien afilada la mirada crítica, pero plasmarla en papel y de manera ordenada, resulta imposible. Por eso la necesidad de leer ajeno, para hacer nuestra su mirada. (Y sin menos trabas, claro está, porque lo que queremos son lectores, no especialistas, porque "nadie es especialista de nada", sostenía -¡¡y con toda razón!!- Ikram Antaki.)
Por otro lado, ¿qué gana un oficiante de la palabra en corregir el estilo de historiadores, diseñadoras gráficas y arquitectos? Mucho y a veces poco. Mucho en el sentido de aprender sobre otros temas, darle una mirada fresca cuando se piensa en el final destinatario de la obra, pero más en aras de una postrera convivencia, donde las obras sean sólo amores y no buenas razones. Por el contrario, el corrector debe cuidarse de adentrarse demasiado en el tema que revise, porque podría convertirse, en menos de lo que espera, en un erudito a la violeta. (No es malo esto, pero hay que cuidarse. Nada más.)
Finalmente, es necesario leer y corregir ajeno para que los temas se vuelvan propios y descubrir otras miradas acerca del mundo que nos lee (y nos corrige, aclaremos), porque si la lectura (inmóvil o sedentaria) tiene una excelente cualidad, es, precisamente, esa condición. Ya bien corregido el rumbo, todo lo demás, son galimatías. (O debería decir ¿rollos mareadores? Que el lector decida.)

martes, 12 de junio de 2007

Fauna de librería

Sí, lo admito: me asumo un irredento visitante de librerías. Pero hace diez años, simplemente era un lector de contentillo, porque mis lecturas se limitaban a las pocas compras (escolares, en su mayoría) que hacía en una librería cerca de casa y también al periódico que adquiría sanamente en el voceador de la esquina. Pero en la preparatoria, mi mundo cambió.
Luego de sacarle todo el jugo que podía a la librería de siempre, un día, una compañera de la prepa (cuyo nombre me reservo, ahora que la política nos ha separado) me recomendó leer obras de E.M. Cioran, cosa que aún le agradezco. Ante mi inquietante duda, le pregunté dónde podía conseguir libros de ese autor y me dijo que en la librería del Pacificador Hindú, allá por Miguel Ángel de Quevedo, podía hacerlo. Nunca me animé a ir, hasta que un día me armé de valor y decidí hacer una visita para ver los precios de los libros. Quedé convencido a la primera. Y de allí pa'l real. (Ahora, luego de confesar mi pasado, y como animal librario que soy, paso a lo siguiente.)
Al asistir a las librerías, se tiene la sensación de convertirse en un depredador a la búsqueda de una excelente presa para cenar -en este caso, no para saciar el estómago, sino para alimentar al cerebro. Para esto, existen tres tipos de visitantes bibliográficos.
  1. Los obligados. Se les suele ver previamente al comienzo del nuevo ciclo escolar, cuyo objetivo no pasa de comprar los libros de texto para materias que no les cuadran del todo. También se incluyen en dicha clasificación los que llegan de pisa y corre para adquirir el ejemplar que los saque del paso cuando de regalar se trata. (Para éstos, la época es lo de menos.) Si "la parábola del filólogo", escrita por el polifacético Peter Greenaway, fuera cierta, este tipo de visitantes no dudaría en cambiar el nombre de librería por el de supermercado.
  2. Los oportunistas. Para este tipo de animales librescos, la presentación de un libro o la firma de autógrafos por un autor de renombre, se vuelven su territorio natural a la hora de comprar algunos libros. (Obviamente, sí compra los del evento en si, pero también hace lo propio con las ofertas que se le ofrecen.) Con regularidad suele verse este tipo de especímenes en los anexos del Pacificador Hindú y la Parroquial, y, por antaño, en el antiguo Rebusque que estuvo hace poco en Eje Central, a unos minutos de Salto del Agua.
  3. Los hedonistas. Estos no conocen el significado de las palabras pisa y corre a la hora de entrar en una librería. No se limitan a revisar las últimas novedades editoriales ni tampoco su panorama se ciñe al minucioso chequeo del catálogo editorial. Además de estas sencillas cosas, se toman todo el tiempo del mundo para cotejar las ediciones del mismo libro, se engolosinan con las ilustraciones de los coffee table (V. gr. recopilaciones sobre Raúl Anguiano, ediciones en gran formato escritas por Enrique Krauze, compilaciones fotográficas de Lourdes Grobet sobre la lucha libre, etc.) y pasan horas y felices minutos en la deliciosa lectura y contemplación de su ejemplar en turno, sentados en un sofá súper cómodo. En una sola visita son capaces de leer completo un libro ¡¡para después abandonar el lugar!! (De esta extraña fauna, se derivan los coleccionistas de separadores, pero eso es materia de otra colaboración.)
(Seguramente hay muchas más clasificaciones, pero hasta ahora me restrinjo sólo a éstas.)
En suma, sean los motivos que motiven una visita a las librerías, no dudaría en pensar que los resultados siempre serán benignos y gratificantes. (Quien piense lo contrario, que me lo diga.) Aunque no compremos nada, por lo menos ganamos una batalla más al saber que ningún tema se agota a la hora de incrementar nuestro acervo personal. Además, así como hay momentos para ir al dentista, al banco o al súper, los que conciernen al tiempo librario son susceptibles de atenderse. (Ustedes, ¿qué piensan?)

sábado, 9 de junio de 2007

Navegante de biblioteca

Mientras oía "Captain Nemo", de Sarah Brightman, me vino a la mente la imagen de un capitán al mando de su barco, siempre a la búsqueda de cosas nuevas, pero también siguiendo los dictados de su razonamiento, fueran satisfactorios o funestos. Lo mismo sucede con la búsqueda bibliográfica, que puede ser la mejor de las travesías o el peor de los itinerarios. Me explico.
Quien no recuerda aquellos gloriosos años de la primaria y/o secundaria cuando nos mandaban a la biblioteca para dizque investigar cosas para la tarea. Y en esos ambientes, precisamente, uno se topa con ciertas situaciones que, una de dos, o generan un seguro regreso a la biblioteca, o, ya de plano, nos alejamos para no más volver. (Y, sin embargo... regresamos.) Pero vamos por partes.
Cuando se nos pide, por ejemplo, buscar información sobre barcos, los maestros de inmediato nos remiten a la biblioteca más cercana para hacer lo propio, cosa que origina la odisea más descabellada de nuestra vida. (El orden de las cosas no es meramente arbitrario.) Primero, la lata de dejar las cosas en la paquetería -acción, cabe decir, de ciertos dejos carcelarios-, luego registrarse y dejar identificación -y seguimos con lo carcelario-, para después buscar el libro (previa visita al heroíco fichero de marfileño semblante) y desde aquí, hay de dos sopas: 1) Si se encuentra el dichoso ejemplar, la mitad de la batalla está ganada. Y 2) En caso de que no, retirarse con la decepción de un futbolista cuando sabe que acaba de perder el partido. Respecto al punto #1, una de dos: a) Sentarse a leerlo y hacer respectivas anotaciones en la libreta o en las versátiles fichas de trabajo y b) Recurrir, ipso facto, a la fotocopiadora. Siempre gana ésta última. Y hasta aquí el peor de los itinerarios.
Sin embargo, para quienes navegamos por los mares de la palabra escrita, entrar en una biblioteca sólo se asemeja a la travesía marítima del Cap. Jack Aubrey, personaje principal de Master and Commander, de Patrick O'Brian; es decir, con resultados asombrosos, a pesar de lo contrario. ¿Por qué? Otro ejemplo: se supone que debería entrar a una biblioteca -la del Instituto de Investigaciones Filológicas, para más señas- a buscar un libro sobre filología española, pero, finalmente, y gracias a lo accidentado de los anaqueles, me topo con una novela de Arturo Pérez-Reverte sobre barcos y navegantes. (Bueno, siempre atraen más la atención los relatos marítimos que los procesos evolutivos del español. Cosas que pasan.) Esto no nos exime de seguir buscando elementos para nuestras tareas o simplemente para darle de comer a la imaginación.
Finalmente, una biblioteca es buena o mala según como la veas. Se vuelve tu peor pesadilla a la hora de la investigación, cierto; si se ve por el lado del entretenimiento, parece que no. De cualquier forma, una cosa sí es segura: la lectura se gana por derecho propio. ¿Será?

miércoles, 23 de mayo de 2007

El diccionario tiene dos caras

De los personajes inolvidables de Los recuerdos del porvenir, de Elena Garro, destaca Juan Cariño, una suerte de "loco del pueblo", cuya gran pasión eran los diccionarios, desde donde se lanzaba al conocimiento. Para fortuna nuestra o desgracia ajena (según se vea), no contamos con esa pasión por un diccionario, pero trataré, en pocas líneas, de acercarles un poco.
Cuando en el siglo XVIII, en España, apareció el Diccionario de Autoridades (antecedente del actual Diccionario de la Real Academia), los empecinados sabios y eruditos de aquel tiempo no se imaginarían que dicho objeto, con miras a resolver y a fijar la política lingüística postrera, no haría mas que generar sendos dolores de cabeza a investigadores y a lectores. ¿Por qué? La razón suele verse de lo más sencilla, pero no es así.
Como hablantes de una lengua activa, siempre persiste la proclividad por introducir, confirmar y desaparecer palabras, mismas que se notan en la manera de emplear la lengua según el tiempo presente. Y ello hace repercute en la conformación de los diccionarios. (Con el Diccionario de Autoridades sólo se controló una norma, pero la lengua, que goza de cabal salud, siempre hacía de las suyas. ) Para principios del s. XIX, y ya conformada la Real Academia de la Lengua, la engorrosa labor para elaborar el diccionario estándar del español estaba en sus primeras pruebas de fuego: proseguir con el antecedente del Diccionario de Autoridades, pero ya no errarle a la primera, gracias a la inclusión de distinguidos estudiosos de la lengua, entre escritores de pluma completa y catedráticos universitarios, regidos por la máxima Limpia, fija y da esplendor (que en estos días se acerca al slogan de un detergente). Tres siglos después, siguen igual y hasta un poco peor. (Y luego de una exageración histórica, vamos a lo que nos atañe.)
Un diccionario, si se quiere, suele verse como una cápsula de tiempo, donde queda presente su paso gracias a las palabras que tuvieron y que tienen vida propia en la lengua de todos los días. (Si se me permite el símil, un diccionario es como una terminal de trenes o aviones: todos los viajeros -palabras- aguardan en el andén la hora de partir, es decir, de ser empleados en el habla. Para unos, la ida y vuelta es de todos los días; para otros, la despedida es inminente.) Cuando nos asomamos al contenido de un diccionario, se hace como quien escarba en la tierra muerto de miedo, buscando lo que la tierra oculta. Si las consecuencias de esa búsqueda son buenas o malas, no importa; lo que sí es el hecho de aventarse a hacerlo. (Si la palabra se usó en el siglo XVI o si se trata de un neologismo, eso es lo de menos, si ante todo resolvimos una duda.) Pero así como hay buenos lugares para tomar el tren o excelentes aeropuertos, también hay malos tirando a pésimo, y con los diccionarios, ni duda cabe. La modalidad escolar dista de sacarte del apuro momentáneamente, pero su infalibilidad queda en duda. Y qué decir de los milhojas proclives a sosten emergente del sillón: tantas opciones y ninguna que cuadre al momento.
Sin embargo, los diccionarios podrían verse como la ropa y/o las herramientas de trabajo: según la necesidad, es el utensilio. Para dudas en general, enciclopédico será. Si, de niño, la tarea te abruma, un escolar te salvará la vida. Pero si tu vocabulario quieres ampliar, con el de la Academia te debes guiar. (Se dice que el María Moliner es el bueno respecto a la lengua española, pero se vale escoger.)
Y para cerrar esta impresión, sólo me resta proponerles un ejercicio: al despertar, tomen su diccionario (si es de varios tomos, agarren el de su preferencia), ábranlo y al azar elijan la palabra que más les plazca. Si después de esto, aún persiste la aversión al diccionario, ya el resto será cosa suya.

martes, 15 de mayo de 2007

Agenda de mil vidas

Ayer, mientras platicaba con Ana Cárdenas sobre compactos postergados y nuevas adquisiones musicales, me fijé detenidamente en su agenda. Le pregunté acerca de ésta y, amablemente, me explicó su origen y hasta el código cromático que la rige. Con todas estas minucias, llegué a preguntarme ¿por qué usamos agendas?
Cada fin de año, tanto librerías como compañías papeleras, sacan a la venta una amplia gama de agendas para el siguiente ciclo de 365 días; aunque la utilidad sea la misma, al momento de comprarla, el diseño, la funcionalidad y hasta los materiales, juegan un papel preponderante y que determina sobremanera el curso de nuestra vida. (Confieso que, aunque se vean atractivas las agendas con pensamientos de Paulo Coelho, ilustraciones de Maitena y hasta las aventuras de Lizzie McGuire, definitivamente no las compraría. Cuestión de gustos.) Y ello se sostiene en las siguientes impresiones.
Al adquirir una agenda, se hace con el fin de ordenar los pasos de nuestra vida a lo largo de un año, donde lo único seguro es, además de la incertidumbre, un cambio de última hora para una cita. Pero hay agendas para todos los gustos y necesidades. Para quien ahorra palabras al momento de anotar una cita o encomienda a realizar, los espacios hechos desde la imprenta le son suficientes. (Y aquí el tamaño tampoco importa.) Y para quien se da aires de Mujer Maravilla (o de Napoleón Bonaparte, según se vea), hace todo lo posible por extender las hojas para anotar su orden del día, como quien prepara la estrategia idónea para la mejor de todas las batallas. Por ejemplo: Anita, al ver rebasada la anatomía de su leal secretaria vestida de curpiel, decidió darle más tiempo de vida al agregarle unos folios más (ello, gracias a la versatilidad de la espiral para engargolar); luego, le adicionó un código cromático -que sólo ella entiende, porque quien escribe ni para eso es bueno-, y voilà!!: lista para varios días en un mismo año.
Pero así como existen las agendas funcionales y creativas -visto desde el contenido-, nunca faltan los que toman su agenda como el adminículo perfecto para estar a la moda, sin importar los compromisos anotados en ésta. Para la niña nice de secundaria (y segura candidata a Bárbara Bazterrica), contar con la agenda de moda es más importante que resaltar -con letra de molde y subrayado con marcatextos- el día de su examen final. También hay quienes las compran y no las usan (por temor a que la pluma bic le dé en la chapa a las tiras de Mafalda o a las ilustraciones de las agendas temáticas de la UNAM) y terminan, con más gloria que pena, por coleccionarlas. Pero son los menos, claro está.
Funcional o hedonista, contar con una agenda significa ganarle al tiempo parte de la batalla. Llevar registro de nuestros actos, es ya en sí una proeza, cosa que evidencia nuestro afán por hacerlo y planearlo todo, mientras haya vida (y hasta presupuesto, si es preciso) para comprar una compañera nueva y entablar nuevamente la interminable guerra contra el tiempo.

martes, 8 de mayo de 2007

Las colecciones interminables

Cada episodio de Historias de leyenda, serie de Once TV, comenzaba con la descripción de un objeto determinado, tras el cual se esconde una historia (unas veces, fantasmagórica; otras, algo curiosa). Si seguimos la secuencia del programa, el narrador es un anticuario, cuya labor se inscribe, directamente, en el coleccionismo. Y aquí habría de preguntarse ¿por qué coleccionamos cosas?
El afán por juntar cosas, desde latas de refresco y cucharas, pasando por las estampas del futbol o de la caricatura de moda, hasta joyas y antiguos enseres de trabajo, responde a una necesidad de postergar la vida, de guardar testimonio del tiempo que pasa y no se queda. Aquí seguro me dirán: "Para qué juntar latas de refresco, si de todas formas terminarán en el reciclaje". No lo creo. Porque cada lata, de material semejante, el rasgo que la diferencía de otra, puede ser el tiempo de fabricación, la marca comercial y hasta su diseño. (Con estos rasgos, ya se tiene una colección.) Sin embargo, lo que vuelve mucho más valiosa una colección, es el momento que determinó su inclusión en nuestra vida. Pongo otro ejemplo: para quien junta cucharas, sabe muy bien que cada una encierra un momento diferente. Si la primera que inaugura la colección, fue una herencia familiar, entonces la segunda -botín de guerra extraído de algún Sanborns-, puede recordarle la cena que delimitó su porvenir laboral, un romance juvenil y hasta un asesinato otoñal. (Ya lo decía Honoré de Balzac, "detrás de toda fortuna, siempre hay un crimen".) Con estos ejemplos, se hace evidente la colección herencia. O sea, aquella que formamos para ganarle horas al ocio (y, por ende, al olvido), misma que terminará como testimonio de una generación, y hasta como acervo cultural en algún museo del futuro.
Las colecciones efímeras, como su nombre lo indica, surgen a capricho y voluntad de la moda; aquí se inscriben las estampas del futbol o de las caricaturas en turno, los artefactos y chacharitas que salen en las papas o en el pan dulce. (Todo niño que se respete debió pasar por el calvario de la repetición, mismo que genera adicciones y hasta enemistades.) Pongo un ejemplo: Quien escribe, en sus gloriosos años de la primaria, tuvo el álbum del Museo Nacional de Antropología, que costaba 2 mil pesos de entonces (un billete con la efigie de Justo Sierra, según recuerdo), cuyas estampas conseguías dentro del pan dulce de cierta marca o cambiando unas tiras de plástico que salían en los pastelitos de otra cierta marca. Eran típicas mis escalas -y las de mis compañeros también- en la cooperativa de la escuela para comprar algún panecito y ver qué nueva estampa salía. (Si era la faltante, toque de diana para el afortunado. Repetida, pamba con picahielo. Nunca me fallaba la primera.) Y por el lado de las adicciones, no cantaba mal las rancheras: fueron muchas que pasaron por allí. Pasó la moda, perdí el interés y hasta mis domingos. Sin embargo, siempre hay expiación para un pecador estándar: mi hermana tuvo su temporada de álbumes gracias a un banco. El legendario Álbum de México, compuesto por el historiador Luis González y González, fue casi materia obligatoria en su generación. A veces le ayudaba a pegar las estampas, y a diferencia de otros -debería decir a semejanza del dedicado al Museo de Antropología-, siempre aprendías algo nuevo. Pasó el tiempo, mi hermana creció, y su álbum es ahora parte de mi colección privada.
Y, por último, las colecciones útiles. Éstas se forman por herramientas de trabajo o también por el producto del mismo: según el oficio ejercido, son los adminículos. Un dentista conserva las placas de sus casos más difíciles; un diseñador gráfico, los dummies de su constante conversión de ideas a imágenes; investigadores y escritores, sus libros leídos y anotados (de refilón, sus bibliotecas son colecciones en potencia), en fin, la lista es larga y el tiempo, bastante poco.
Sin embargo, hay colecciones invisibles o memorialistas, para darles un término más exacto. Aquí se integran las muestras de afecto, un saludo ocasional de alguna persona cuyo encuentro fue súbito y único, una sonrisa, romances, triunfos y hasta desgracias y enfermedades solemos coleccionar en la memoria. (El único anaquel que les queda como anillo al dedo, es la escritura, me atrevería a decir. Eso ya es responsabilidad de cada quien.)
Oficiales o de closet, itinerantes o sedentarias, siempre coleccionamos cosas (hasta canciones, como dice el terceto Camila en alguna de sus baladas-pop), a la vera del tiempo, cuya toral y definitiva casa está en las razones que concedemos para depositarlas en la memoria. Además, no está de más hacerlo. Perdemos un rato y un poco de nuestro peculio, pero el afán ni quien lo quite. Después de todo, luego que un objeto nos convenza de su presencia, el segundo y los venideros ya vuelven interminable (¿e imprescindible?) una colección. Ya lo decía Francisco de Goya: "El tiempo también pinta". O debería decir ¿colecciona?