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miércoles, 16 de abril de 2008

Jean Meyer visita la FES-Acatlán

Después de casi tres años de labor de convencimiento y de algunos gratos encuentros tanto en la Academia Mexicana de la Historia como en la Biblioteca Lerdo de Tejada, la visita del historiador franco-mexicano Jean Meyer a nuestra FES-Acatlán (UNAM) ya es toda una realidad. El pretexto idóneo: impartir la conferencia magistral La Cristiada, ¿ochenta años después?
Cerca de las 12 p.m de hoy, don Jean llegó a tierras acatlecas acompañado por su colega y amiga Martha Loyo, investigadora en este peculiar campus. Meyer llevaba consigo una maleta de viaje, repleta de cuadernillos sobre la Cristiada en México, y por ejemplares de la revista Istor, publicada por la División de Historia del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) donde es profesor-investigador; mismos que puso a disposición del público asistente.
Alrededor de las 12:15, Meyer comenzó su conferencia magistral, la cual tuvo como sustento gráfico una serie de fotografías que fue explicando detenidamente a medida que el aparato de power point lo permitía. De entre todas las fotografías, destacaban algunas donde se ponía de manifiesto la religiosidad del pueblo que estuvo dentro del movimiento cristero. Además, aprovechando la logística del momento, compartió con el público asistente una grabación de un sobreviviente de la Cristiada. (Cabe notar que, aunque la grabación original se hizo en cinta de carrete, su traslado a formato digital permitió mayor fidelidad al sonido.) Entre explicaciones fotográficas y el testimonio grabado de uno de sus informantes, transcurrieron las dos horas programadas para el desarrollo de la conferencia. Al final de ésta, el espacio dedicado para responder preguntas del público, no se hizo esperar. (Y con una moderadora de lujo como Rosalía Velázquez Estrada, ¡¡mejor aún!!) De entre todas las preguntas hechas al Dr. Meyer, destaca la intervención del Dr. Raymundo Ramos, quien además de felicitarlo por tan genial conferencia, compartió con él su simpatía por la literatura cristera, ante lo cual, Meyer le confió una anécdota de Juan Rulfo, quien le ayudó mucho cuando don Jean se lanzó al estudio del movimiento cristero. Luego de semejantes preguntas -con sus edificantes respuestas, claro está-, concluyó la conferencia, para dar paso a la firma de libros y cuadernillos del público.
Después de las 3 p.m, el comité organizador llevó a Meyer a comer a un restaurante cerca de allí. El Dr. Guillermo González Rivera, coordinador de Posgrado; Martha Loyo, Rosalía Velázquez, Pilar Barroso, jefa de la sección de Historia; y un servidor convivimos con él durante varias horas, en las cuales se habló de todo: historia, política, memorias familiares, literatura, etc., muy bien acompañado por un exquisito menú gourmet-gourmand, que encantó a todos. Cerca de las 5:30 p.m, el Dr. González emprendió la retirada, debido a sus ocupaciones administrativas. Y como número final, durante la hora del postre, Rosalía y quien escribe ofrendamos nuestra admiración obsequiándole nuestros trabajos: ella, su México en la mirada de John Kenneth Turner (libro que dictaminó Martha Loyo, por cierto), y un servidor, su artículo sobre Andrés Iduarte, publicado en el #93 de El Búho. Agradeció tan singular y sincero gesto de ambos y, junto con Martha, emprendió el camino de regreso a casa. Me despedí de él con la esperanza de (re) encontrarnos en la Academia Mexicana de la Historia, donde comenzó esta historia. (En septiembre, cuando la ceremonia de ingreso de Javier Garciadiego, seguramente.)
Y ¿cuándo vendrá nuevamente a estos lares? Seguro en 2010, pero eso es punto y aparte, ¿no es así, Martha y Rosalía?
Merci beaucoup, don Jean!!!

sábado, 27 de octubre de 2007

Conocencias de Clío: INEHRM

Para quien escribe, literato con alma de historiador, es imprescindible encontrar recintos donde la historia y las letras se enlacen, para luego convertirse en una sola disciplina. Desde hace dos años, la Academia Mexicana de la Historia cumplió a carta cabal con esa función y desde hace año y fracción, la comparte con el INEHRM.
El Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones en México (INEHRM), dependencia de la Secretaría de Gobernación, tuvo como primera finalidad avocarse a los estudios sobre la Revolución mexicana, para luego ampliar sus horizontes de investigación hacia los siglos anteriores, como el XIX, por ejemplo. Gracias a los ciclos de conferencias y a las numerosas publicaciones que edita, el INEHRM sí se toma en serio la difusión histórica, misma que se amplió -en todos lo sentidos- gracias a un legendario programa radiofónico sabatino, conducido por el magistral Gastón García Cantú, y cuyo sucesor, Conversaciones sobre historia, que ahora conduce (con maestría y sencillez) Javier Garciadiego. Para un historiador diletante -quien escribe, claro está-, ese programa se volvió una obligación y, si se permite el término, en una forma de vida. Y para cerrar con agrado el círculo de la historia, debía hacer una visita a las instalaciones del instituto, como si fuese La Meca o La Villa, sin ir más lejos.
A principios de junio de 2006, luego del homenaje a Cosío Villegas en la Biblioteca de Hacienda y del ciclo de conferencias de Enrique Krauze en El Colegio Nacional, decidí seguir los pasos de Clío en el INEHRM, gracias a las constantes invitaciones de Rebeca Vergara. Llegué muy temprano a la cita -la presentación de un libro-, donde las caras conocidas se hicieron presentes: Georgette José, amiga de Rosalía Velázquez; Javier Garciadiego, la propia Rebeca y sus amigas Jael de la Luz -otrora becaria del instituto, igual que Becca- y Miriam Solano, muy bien acompañada, por cierto. Me sentí muy bien entre gente dedicada a la historia, pero esa primera visita no me convencía del todo, hasta que tres meses después, la verdadera prueba llegó. El Homenaje a José C. Valadés fue el pretexto idóneo para ello. Acompañado por Laura Cabrera, de quien luego supe que era amiga de Patricia Galeana, el evento estuvo de lujo. Nos tomamos un buen vino y hasta salimos con unos libros de regalo. Después vinieron otros foros, a los que asistí con mi querida Paulina Martínez y en otros, simplemente para apoyar a Rosalía Velázquez en su increible papel como expositora. (Gracias a ello, Pablo Serrano, Azucena Coronado, Georgette José y Josefina MacGregor ahora son grandes amigos de quien escribe. Por lo menos, colegas.) Y, bueno, sobre la presencia de Javier Garciadiego (de quien me declaro admirador y a quien ya dediqué unas palabras con anterioridad), está de más escribir algo al respecto.
Por el otro lado, también en el INEHRM tuve gratos reencuentros y agradables conocencias. Entre los primeros, con Carlos Gorbea, joven historiador, y con Gisella de León, psicóloga con alma de historiadora; sólo son dos las conocencias allí surgidas, pero no menos importantes: Elvia Luna, dramaturga de vuelos históricos, y Angélica Pulido, abogada de lustre historiográfico. A ellos les debo parte de mis visitas a la casona frente a la Plaza del Carmen, en San Ángel. Además, la historia, sin importar las trapisondas generadas, logra unificar más que separar. Y eso ya es, en sí, un mérito.
Aunque haya otras cosas que hacer y que vivir, nunca estará de más pasar unas gratas horas en San Ángel, donde la historia otorga al tiempo y a sus más asiduos visitantes, no sólo una admiración a la casa de Heródoto, sino grandes amistades cuya conocencia es el mejor premio. Ojalá que así perdure.

sábado, 15 de septiembre de 2007

Conocencias de Clío: Enrique Krauze

La conocencia de esta ocasión estará dedicada al recuento (y al recuerdo, claro está) de cómo se originó mi interés por la Historia: cuestión que tuvo a bien preguntarme Laura Cabrera hacía algunas semanas. La respuesta de aquel momento era muy simple: gracias a Rosalía Velázquez. Sin embargo, el recuerdo se remonta años atrás en el tiempo.
En mis gloriosos años en la primaria, me gané el mote de historiador simplemente por una tendencia natural por aprenderme fechas y nombres. Pero el tiempo se encargó de ponerme en el camino correcto. Estaba en la secundaria cuando aparecieron en los puestos de revistas los primeros libros de la naciente editorial Clío, fundada por el historiador Enrique Krauze. Los primeros libros eran de índole biográfica (Porfirio Díaz, Javier Solís y Cantinflas, por decir algunos), de los cuales sólo compré la colección dedicada al Gral. Díaz, escrita a cuatro manos por Fausto Zerón-Medina y Enrique Krauze. Quedé encantado al leerlos que, desde ese momento, supe que mi camino estaría marcado por la Historia.
Cinco años después de mi entrada a la Universidad, donde estudié Letras Hispánicas, mi contacto con las ligas mayores de la historiografía estaba por comenzar. Por azares del destino, conocí la Academia Mexicana de la Historia y durante la octava edición del ciclo Historia, ¿para qué?, tuve mi primer encuentro con Enrique Krauze, quien impartió una conferencia sobre José Fernando Ramírez. Finalmente conocería al autor de mis primeros libros de Historia. Pero tuvo que pasar un año para que le expresara de viva voz mis impresiones y sólo me limité a que me firmara mis ejemplares de Caras de la historia y Caras de la democracia. (Sin embargo, gracias a esa conferencia, conocí a Miriam Solano, con quien compartí coincidencias y dispatías. Que esta conocencia sea también un merecido homenaje.)
Al año siguiente, en El Colegio Nacional, durante su primer ciclo de conferencias ya como miembro de esa insigne institución, mientras me firmaba mis ejemplares de la serie Biografía del poder y su discurso de ingreso a El Colegio Nacional, al fin le confesé que su obra, modestamente, me abrió las puertas de la historia. Al oír eso, sonrió agradecido y me instó para que siguiera con ese mismo ánimo. Se lo agradecí sobremanera. Y no fue sino hasta el pasado mes de junio, en el marco del homenaje a José Luis Martínez, realizado en el propio colegio, donde me firmó sus Caudillos culturales en la Revolución mexicana. (Inclusive, allí mismo, le comenté -en tono de broma- a Javier Garciadiego que le estaba "haciendo la competencia". El doctor sólo me dijo: "Ese libro ya es todo un clásico". Lapidaria la frase, sin lugar a dudas.)
Aunque mis contactos personales con Krauze sólo se limitaron al autógrafo y al comentario cebollero, sinceramente le he profesado una admiración por acercar la historia a todo mundo. Se le pueden criticar sus métodos de investigación, pero a su impecable prosa no hay quién le gane. Además, hizo suyos los conceptos de biografía del saber y del poder, provenientes de la tradición británica, mismos que han originado señeras obras dentro de la historiografía mexicana del siglo XX. Abundarán sus detractores, ni dudarlo siquiera, pero sus obras, por default o en tiempos extra, tendrán la mitad de la batalla ganada.
Mañana, día de fiesta nacional, también debe serlo para la grey mexicana de Clío, al celebrar los sesenta años de una figura firme en convicciones, pero doblemente firme en su compromiso con y para la Historia.
¡¡Enhorabuena, Dr. Krauze!!

miércoles, 30 de mayo de 2007

Conocencias de Clío: Javier Garciadiego

En conocencias anteriores, recordaba mis andanzas en la Academia Mexicana de la Historia (a la que no asistí hoy, por razones que explicaré más adelante) y también mi admiración por el franco-mexicano Jean Meyer. Al momento de escribir esta nueva conocencia, y recién desempacado del INEHRM, ahora toca el turno al historiador Javier Garciadiego.
La primera vez que supe del dos veces Doctor en Historia (por El Colegio de México y la Universidad de Chicago, respectivamente), fue gracias a que una de las Consejeras, Daniela Sandoval, me platicó de él y de su programa que se transmite todos los sábados (a las 9 a.m y simultáneamente por el 1220 am y el 107.9 fm), llamado "Conversaciones sobre historia". De inmediato, me volví su radioescucha y así quedé fascinado por la sencillez y la maestría con que hablaba sobre su tema de cabecera, la Revolución mexicana. En febrero de 2006, con motivo del Homenaje a Miguel León-Portilla, fue uno de los invitados especiales y lo conocí por primera vez -sólo de vista, he de confesarlo. Una semana después, en la Feria de Minería y acompañado por la historiadora Miriam Solano, nuevamente lo vi. (Mi compañera de viaje, ni tarda ni perezosa, le envió a una colega y amiga suya un mensaje celular, comunicándole su encuentro con el Presidente del COLMEX.) Pero aún no rebasaría la frontera radiofónica.
Un mes después, durante el noveno ciclo de conferencias Historia ¿para qué?, conocí a Rebeca Vergara (amiga y colega de Miriam y destinataría del mensaje desde Minería), quien había conocido al Dr. Garciadiego cuando era Director del INEHRM, donde ella estuvo como becaria. A finales de mayo, y aprovechando un evento sobre Daniel Cosío Villegas en la Biblioteca Lerdo de Tejada, Rebeca me presentó a su historiador predilecto. Le comenté que no me perdía su programa, cosa que le agradó sobremanera. Entonces me firmó mi ejemplar sobre la Revolución mexicana, editado por la UNAM en la Biblioteca del Estudiante Universitario. Prometí llamarle a su programa el sábado siguiente. Nunca sucedió.
A la semana siguiente, durante el ciclo de conferencias de Enrique Krauze en El Colegio Nacional, me topé dos veces con él. Allí supe que la semana siguiente estaría en el INEHRM para la presentación de un libro sobre Toribio Esquivel Obregón, evento al que no faltaría. El jueves 8 de junio, luego de leer horas y horas en la flamante Biblioteca Vasconcelos, tomé el Metrobus en Buenavista y me dirigí hacia el Instituto, donde había quedado de verme con Rebeca y saludar juntos al doctor. Las sorpresas no se hicieron esperar. No sólo me reencontré con Rebeca, sino también con Miriam -muy bien acompañada, según recuerdo-, Jael de la Luz -desde aquellos tiempos heroicos en la Secretaría Técnica de Humanidades- y con Georgette José -amiga y colega de Rosalía Velázquez. Además, el Dr. Garciadiego me saludó y aproveché para preguntarle dónde podía conseguir un libro suyo, Rudos contra científicos. Con una generosidad inusitada, accedió a obsequiarme un ejemplar, el cual debería recoger en su oficina de El Colegio de México. Tuvieron que pasar varios meses para ello se cumpliera.
En octubre pasado, en ocasión del XX Aniversario del Fideicomiso Archivos Plutarco Elías Calles y Fernando Torreblanca, volví a verlo. La propuesta seguía en pie, sólo que tenía que concertar una cita con su secretaria para ir por el libro. Finalmente, el 24 de octubre, y gracias a una ventiúnica visita al COLMEX, ya lo tenía en mis manos. (Para que me lo dedicara, tuve que esperar hasta principios de febrero, cuando dio una plática en la Academia Mexicana de la Historia.)
Para quien se encuentra entre dos aguas -como quien escribe, por ejemplo-, seguir la obra de Javier Garciadiego resulta satisfactorio y edificante, puesto que se trata de una pluma sin tregua y con una tenacidad para la investigación. Aunque algunas de sus opiniones políticas no agraden al respetable, no cabe duda de sabe llevar bien los dictados de la historia. Además, también se le agradece su afán didáctico para difundir e incentivar (como debe de ser) el gusto por la Historia. Después de todo, la cordialidad también es una forma del oficio de historiar, ¿no es así?

jueves, 17 de mayo de 2007

Conocencias de Clío: Jean Meyer

Hace algunos años, mis tías (hermanas de mi papá) me preguntaron si sabía algo acerca de un historiador llamado Jean Meyer. La verdad, la verdad, sí sabía algunas cosas (que si estuvo en el COLMEX, que si colaboró en el guión de la telenovela La antorcha encendida, que si esto, que si aquello), pero no mucho. Luego de mis sinceras respuestas, me comentaron que, cada vez que podía, siempre se paraba para comer en el restaurante El Cono (a la sazón, el negocio de mi familia), acompañado por su esposa, la también historiadora Beatriz Rojas (del Instituto Mora, para más señas) y algunos de sus hijos. Aparte de esas referencias, no supe más del historiador franco-mexicano.
Conocí de forma oficial a don Jean en la Academia Mexicana de la Historia, el 11 de mayo de 2005, cuando éste dictó una conferencia acerca de la Guerra Cristera en Oaxaca. Esa vez, recuerdo, yo iba acompañado por Miriam Solano, quien era la más interesada en sacarle informaciones al francés hidrocálido, puesto que su (entonces) tema de tesis de la Lic. en Historia versaba sobre la Cristiada. (Ella, con su grabadora, captó buena parte de la conferencia.) A la hora de las firmas, hizo lo propio con nuestros ejemplares. Entonces, Miriam y quien esto escribe, aprovechamos para invitarlo a nuestra alma mater, e impartir una conferencia dirigida a estudiantes de Historia y de Letras Hispánicas. La idea lo entusiasmó, sólo había que ponerle fecha y hora. Dado lo apretado de su agenda, nos propuso que después de la primera quincena de noviembre de ese mismo año, estaría listo. Desafortunadamente, ni Miriam ni yo concretamos nada. Y todo quedó en mera intención.
En octubre de 2006, volvió a mi mente la propuesta para volverlo a invitar, y qué mejor ocasión que en el Coloquio por el XX Aniversario del Archivo Calles-Torreblanca. (Además, en esos días habría buen cartel: Friedrich Katz, Alan Knight, Carlos Martínez Assad, Georgette José, Javier Garciadiego, entre otros.) Lamentablemente, no logró asistir por motivos de fuerza mayor. Meses después, en la Academia Mexicana de la Historia y en ocasión del Homenaje a Edmundo O'Gorman, donde tuve la fortuna de verlo. (Fue pura casualidad, he de confesarlo.) Nos saludamos y le recordé de la conferencia. Prometí enviarle un e-mail para invitarlo de forma oficial a la FES-Acatlán, el cual me respondió con algo muy lógico en él: demasiados compromisos adquiridos con anterioridad. Aún así, insistí un poco y logró darme un nuevo período de tiempo: primer semestre de 2008. (Nada mal, ¿no?)
Hoy, en la Biblioteca Lerdo de la Secretaría de Hacienda, tuvo lugar la presentación de la revista Istor, que él dirige desde su trinchera llamada CIDE. Aproveché para saludarlo y, claro está, me firmó otros de sus libros: A la voz del Rey, su primera novela; La Revolución mexicana y Samuel Ruiz en San Cristobal (1960-1999), cosa que le agradezco sobremanera. Además, ya fijamos una posible fecha para su visita: entre marzo y abril. (Ya me pondré de acuerdo con Pilar Barroso, jefa de Historia de la FES-Acatlán, y con Rosalía Velázquez, consejera de la NRB.) Mientras tanto, leeré con fruición su trabajo sobre la Revolución mexicana.
(Si alguna vez me preguntaran cuál sería el modelo a seguir para un novel historiador, sin tapujos respondería: Jean Meyer. Lo demás, viene por añadidura.)

viernes, 4 de mayo de 2007

Conocencias de Clío: Academia Mexicana de la Historia

Hoy, 4 de mayo, pero de hace dos años, me acerqué, por vez primera, a la Academia Mexicana de la Historia y, más en particular, a su ciclo anual de conferencias llamado Historia ¿para qué? (En 2005, había llegado a su octava edición, cuyo listado de ponentes iba desde Ida Rodríguez Prampolini y Eduardo Matos Moctezuma, pasando por Josefina Muriel y Andrés Lira, hasta Beatriz de la Fuente, Enrique Krauze y Jean Meyer. (Un mes antes, por quien sabe que designios del destino, fui testigo de la última conferencia de Beatriz de la Fuente, puesto que falleció dos meses más tarde.)
Volviendo al 4 de mayo, esa día tocaba el turno a la conferencia de Enrique Krauze, titulada "La presencia del pasado". A lo largo de casi dos horas, su disertación trató sobre la vida y la obra de José Fernando Ramírez, un historiador olvidado del México decimonónico, del que resaltó sus obras como punto de arranque para la difusión del pasado mexicano. (Confieso que, aunque yo esperaba que hablara sobre su biografía de Porfirio Díaz que hizo al alimón con Fausto Zerón-Medina, o de su serie Biografía del poder, igualmente quedé impresionado, tanto que me prometí conseguir -¡¡y a como diera lugar!!- algún libro suyo. Al año siguiente, logré ese cometido.) Casi a la hora de las preguntas, subí al auditorio donde estaba el Dr. Krauze; para mi buena suerte, encontré, además de un lugar vacío, a una mujer cuya presencia ya se me hacía conocida. La invité a sentarse, mas ella insistió en que hiciera lo propio. (Nunca se sentó.) Desde mi lugar, le lancé una pregunta a Krauze, pero se quedó en la pura intención, porque pasó sin demora a la hora de los autógrafos. Entonces me formé y saqué de mi portafolios sendos ejemplares de Caras de la historia y de Caras de la democracia, mientras que ella hizo lo propio, pero con su tomo de Biografía del poder, dedicado a Plutarco Elías Calles.
Formados para el momento de la firma, logré recordar dónde la había visto: sí, fue en Acatlán, era de Historia (la misma generación que yo) y su nombre: Miriam Solano Sánchez. (De refilón, recordé que recibió la medalla Gabino Barreda meses atrás, junto a mi querida Laura Cabrera, pero no lograba ubicarla en la fotografía que ilustró la nota en la gacetilla local.) Se quedó de a seis por lo exacto de los datos, pero ello no nos impidió platicar amenamente antes de que Krauze firmara nuestros ejemplares. Primero rubricó los míos, para luego hacer lo propio con el de Miriam; a su vez, ella le preguntó acerca de un libro sobre Calles. Krauze respondió que tenía un ejemplar y que con gusto se lo facilitaría. Le apuntó su correo electrónico para que se contactara con él y así prestarle ese ejemplar. Después de esto, nada pasó. (Bueno, sí pasó algo: tuve la fortuna de conocer a una mujer inteligente, espontánea y, antes que todo eso, íntegra y honesta. Nunca me arrepentiré de ello.)
A la semana siguiente (11 de mayo, para ser preciso), tuvo lugar la última conferencia del ciclo y estaría a cargo del franco-mexicano Jean Meyer, cuya exposición versó acerca de la Guerra Cristera en Oaxaca. (Minutos antes, llegué temprano para agarrar buenos lugares -apartando, desde luego, uno para Miriam- y, casi 45 minutos después, ella llegó muy ligerita de vestuario, dado el intenso calor que hacía.) Luego que don Jean llegara al auditorio, Miriam preparó su grabadora de periodista y así recabar datos primordiales para su entonces tema de tesis sobre la Guerra Cristera. La exposición estuvo genial y ambos nos quedamos maravillados ante la pericia y, sobre todo, ante la sencillez de un historiador dedicado al sacerdocio historiográfico ¡¡desde hace más de treinta años!! Y para finalizar la jornada, y luego de que firmara, primero a Miriam, sus ejemplares de La Cristiada, otros de nuestra querida Rosalía Velázquez y mis ejemplares de El campesino en la historia rusa y soviética, El sinarquismo ¿un fascismo mexicano? y Los tambores de Calderón, además de algunas revistas, le propusimos invitarlo para que diera una conferencia en nuestra FES-Acatlán, cosa que le encantó a la primera. Lo malo: ponernos de acuerdo con su agenda. (Aún así, no se concretó nada, sino dos años después.)
Gracias a estos encuentros con Miriam Solano en la Academia, nació una relación de amistad que comenzó formalmente gracias al correo electrónico. (Sinceramente, me considero privilegiado al tenerla como colega, pero en realidad, cada día que pasa, la admiro mucho más. Cosas de la vida.) Entre visitas a varias ferias del libro e invitaciones a mis primeras conferencias (así le decía a mis ponencias), pasó un año y llegó la novena edición del Historia ¿para qué? Por cosas de índole profesional (y personal, también), no asistiría a las conferencias. Sin embargo, le prometí estar presente en todo el ciclo, como una manera de decirle: Here's to you!! No me arrepentí del todo, porque conocí a dos amigas suyas, historiadoras también y con quienes llevo una buena relación de amistad, a pesar de su (aparente) lejanía por los avatares de la maestría: Sofía Torres Jiménez y Rebeca Vergara Rosales. (Gracias a Becca, tuve mi primer encuentro con Javier Garciadiego, pero eso es materia de otras Conocencias de Clío, de las que no hablaré por ahora.)
A dos años de distancia, no creo arrepentirme de mi vocación como futuro cultor de Clío; bien sé que si elegí Letras Hispánicas, no fue un capricho personal ni un error informático, sino por un amor muy profundo que le tengo a la cultura. Como una vez le dije a otra historiadora, Paulina Martínez Gutiérrez, tenemos una carrera natural y una carrera elegida. (La primera, inevitable llamado del destino, muchas veces deuda de honor hacia nuestros orígenes. La segunda, un sacerdocio a veces postergado, pero jamás olvidado, lo que nos anima a seguir aprendiendo nuevas y mejores cosas.) Además, como una vez me dijo Javier Garciadiego, "Escritores o historiadores, lo importante es escribir con pasión". ¿A poco no?

viernes, 27 de abril de 2007

Panteón Historiográfico

Se supone que debería hablar sobre la charla de Jean Meyer en la Academia Mexicana de la Historia, pero en vista de que cambiaron a los expositores (Clementina Díaz y de Ovando hoy cerró la segunda temporada, en vez del francés hidrocálido), prefiero hablar sobre mis historiadores de cabecera.
Recordando nuestras clases de Literatura Medieval, existían el trivium y el quadrivium. Pues bien, si se me permite la licencia, prefiero aplicarlos a los historiadores que me atañen. (Trivium: Edmundo O'Gorman, Gastón García Cantú y Luis González y González. Quadrivium: Miguel León-Portilla, Jean Meyer, Enrique Krauze y Javier Garciadiego.) De los primeros creo aprender lo siguiente: pensar desde el principio, nunca desmayar en lo que se hace y, sobre todo, a crear y sostener un estilo propio. (Además de que ellos, en vida, generaron polémicas, pero a su vez, asentando las bases para una nueva mirada historiográfica.) Y de los segundos, a diversificarse abiertamente, aunque sus trabajos sean cuestionados por suso y ayuso.
Pasando a otra cosa, cuando comenté de esto a varias amigas historiadoras, se quejaron con la mención de cierto nombrecillo, mas preferí respetar su opinión. (Sí, bien sé que ando volando bajo, y que debería diversificarme aún más. Les creo.) Sin embargo (y con la debida distancia respecto de mis ejercicios de admiración), para mí tienen mayor valía historiográfica aquellas cultoras de Clío con quienes comparto el tiempo y la cuenta en una sana y edificante amistad, gracias a la diaria convivencia, claro está. Y si están leyendo estas líneas, seguro se darán cuenta de ello.