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miércoles, 27 de abril de 2011

Theo Angelopoulos: el tiempo detenido

En mi Arcadia personal (tal y como solía entenderla Guillermo Cabrera Infante, es decir, respecto al mundo del cine), siempre es grato regresar a esas películas, hechas por aquellos cineastas que hacen más llevadero el grato oficio del cinéfilo, y cuya prìstina mirada nos devuelve el tiempo y, si me apuran, hasta la vida misma. De la extensa nómina de directores, sin importar nacionalidad, tendencia estilística y hasta temática, digno es resaltar la presencia de uno, que sigue suscitando nuevas y apasionadas polémicas; hablo del griego Theo Angelopoulos, a quien celebramos hoy en su cumpleaños 76.

Nacido en Atenas, Grecia, en 1935, y en el seno de una familia acomodada, Theodoros Angelopoulos siempre sintió una enorme predilección por el cine, en especial el estadounidense. mismo que veía (una y otra vez) con verdadera fruición, al grado que comenzó su carrera fílmica de buena forma: como crítico de cine. Más adelante, a principios de los años 60, viajó a París para hacer estudios de Leyes, para después para ingresar al IDHEC y así convertirse en director de cine. De aquella época, misma que se distinguió por una continua convivencia con sus compatriotas, entre escritores y cinéfilos, realizó varios trabajos, algunos inconclusos; su primera película, I Ekpombi (El espectáculo) en 1968, cortometraje de pátina experimental, para, dos años después, estrenar su opera prima: Anaparastassi (Reconstrucción).

Sin embargo, su naciente vena cinematográfica lo motivó a interesarse por la historia reciente de su país, entre migraciones, dictaduras y golpes de estado, a la par de sus obsesiones artísticas, al grado que, sin siquiera proponérselo, ingresaría por partida triple en la historia del cine griego. En 1972 filma Mérès tou 36 (Días del '36), primera de la llamada Trilogía de los Militares, a la que seguirían O Thiasos (El viaje de los comediantes, 1975) y I Kynighi (Los cazadores, 1977), donde repasa la historia de Grecia, antes, durante y después de la Segunda Guerra. Respecto a El viaje de los comediantes, aquí se develarían varias de las peculiaridades del cine de Angelopoulos, tales como la errancia de sus personajes (actores y familias) y la nostalgia y postrer vuelta hacia la casa paterna. En una palabra, una puesta al día del sino homérico. Otra constante digna de mencionar es que Angelopoulos plasma cada una de sus películas a manera de un enorme mural -como en las obras de Bertolt Brecht, por ejemplo- donde estén representadas todas las expresiones humanas, de la tristeza a la alegría, pasando por la nostalgia misma. Y como la Historia (así, con hache mayúscula) es ya un tópico recurrente en sus obras, para 1980 realiza su versión decimonónica de Megaléxandros (Alejandro Magno), bien recibida por la crítica de su tiempo.

Aunque ya contaba con una trilogía fílmica en su haber, y sin proponérselo en un principio, durante la década de los 80 emprende el rodaje de la llamada Trilogía del Silencio, conformada por Taxidi sta Kythira (Viaje a Citeria, 1984), O Melissókomos (El apicultor, 1986) y Topio stin omichli (Paisaje en la niebla, 1988). En Viaje a Citeria descubrimos el silencio de la Historia, cuando Spiros, antiguo militante socialista, luego de un largo exilio en la URSS regresa a Grecia para descubrir que las causas que antaño había defendido a hierro y sangre ya no tenían razón de ser. En El apicultor, el silencio del Amor, donde otro Spiros, protagonizado por Marcello Mastroianni, viaja hacia el sur y se debate entre el rescoldo sentimental hacia su ex-esposa y el joven amor que una lolita punk puede entregarle mientras realiza su último viaje. Y en Paisaje en la niebla, el silencio de Dios, cuando dos hermanos, Voula y Alexandros, viajan hacia Alemania en busca de su padre... que nunca existió, a la vera de las cosas, es decir, dejados de la mano de Dios, uno que quizás no existe pero que los sostiene en pie. Para Angelopoulos este tríptico representó, no sólo el summum de su búsqueda fílmica, sino también su afán en pintar la Grecia de los años ochenta, a caballo entre la modernidad y la tradición. Pero sus mejores obras aún estaban por venir...

Después de la Trilogía del Silencio y de filmar To metéoro to víma tou pelargou (El paso suspendido de la cigüeña, 1991) junto a Gregory Karr, Jeanne Moreau y el propio Mastroianni, Angelopoulos presentó en el Festival de Cannes en 1995 su película más ambiciosa hasta ese entonces: To vlémma tou Odyssea (La mirada de Ulises), una muy peculiar manera de celebrar el primer centenario del cinematógrafo, contándonos la historia de A. (suerte de alter ego del director, protagonizado por el proteico Harvey Keitel), cineasta que luego de vivir exiliado en Estados Unidos, regresa a Grecia para presentar su última película y luego lanzarse en busca de los negativos de la primera película filmada en los Balcanes; de Florina a Sarajevo, pasando por Skopje, Bucarest y Belgrado, la odisea de A. (sí, como la de Ulises) lo confronta con la realidad balcánica ante la caída del sistema socialista y, por ende, las migraciones y la Guerra en Sarajevo, pero también ponte ante sí un espejo, cuyo imagen ahí reflejada es apenas una mínima parte de su destino. Para las intenciones del jurado en Cannes, pudo más el humor negro de Emir Kusturica en Underground que los empeños homéricos de Angelopoulos, quien, tres años después, obtuvo la Palma de Oro con Mia aioniotita kai mia mera (La eternidad y un día), dejando en el camino a La vita è bella de Roberto Benigni. La eternidad..., a semejanza de La mirada..., nos cuenta la historia de otro Ulises, un escritor en fase terminal (encarnado por Bruno Ganz, y cuyo personaje fue escrito inicialmente para Marcello Mastroianni), quien abandona todo para terminar un poema inconcluso del siglo XIX, y recobrar, aunque sólo sea por un día, el recuerdo de su fallecida esposa. Tanto en La mirada de Ulises como en La eternidad y un día, Angelopoulos insiste en recobrar el tiempo e incluso detenerlo, para hacernos partícipes de ese milagro; el cine y la escritura son dos maneras de ver el mundo -si se me permite el lugar común- pero también nos conceden la fortuna de volver al punto de partida, al origen, e inscribir -¡¡qué encomiable tarea!!- las palabras de sus personajes en nuestro sucedáneo proceder. Para quienes descubran el mundo de Theo Angelopoulos a través de estas dos películas, su vida nunca más será la misma.

Con un rotundo éxito en festivales de La mirada... y La eternidad..., Angelopoulos regresa al set y se enfrasca en la realización de otra trilogía donde pasa revista a la historia de Grecia en el siglo XX. To livádi pou dakryzei (El prado en llanto, 2004) e I skoni tou hronou (El polvo del tiempo, 2008) son apenas las dos entregas de aquella empresa, donde, como los buenos directores, hace un guiño de ojo a sus obras anteriores; en El prado en llanto, como en El viaje de los comediantes, cuenta las peripecias de una familia, mientras que en El polvo del tiempo, otro cineasta (encarnado por Willem Dafoe), a semejanza de A. en La mirada de Ulises, vive su propia odisea, pero ninguna tiene la misma invención.

Con todo, la obra fílmica de Theo Angelopoulos es una manera prístina de detener el tiempo, donde cada quien vive su propio viaje, lleno de sinsabores, pero también de gratas enseñanzas. No nos ayuda a hacer las paces con la Historia, pero sí a llevarla de mejor manera; descubre ante nuestros ojos la razón de la esperanza, pero igualmente lo hace con la nostalgia, y, por si fuera poco, nos ayuda a detener el tiempo en aras de reconocerlo y reconocernos dentro de sí. (A título personal, luego de haber visto La eternidad y un día, entendí que tan importante es el oficio de las palabras, que compramos con la vida misma; y después de ver La mirada de Ulises, saber que el viaje interior es mucho más importante que el exterior. Ni modo, en el nombre llevo la penitencia.) Hoy, además de celebrar la vida, obra y milagros de un cineasta único en el mundo del cine, también lo hago hacia una manera de ver el mundo, un tiempo verdadero que siempre detenemos a cada instante.

(Ekharistó polí, Theo Angelopoulos!!)

domingo, 12 de julio de 2009

Un buen año bajo el sol de Toscana

Hace una semana, mientras revisaba con pocos ánimos el departamento de discos en el súper, me encontré un dvd que, por extraño que parezca, al fin se me concedió adquirirlo. Se trata de la película Un buen año (2006), dirigida por uno de mis cineastas favoritos, Ridley Scott.
Basada en la novela A year in Provence, del escritor británico Peter Mayle, cuenta la historia de Max Skinner (Russell Crowe), un ávido inversionista para quien no existen los fines de semana y sí las mil y un maneras de ganar dinero a montones. A raíz de la muerte de su tío Henry (Albert Finney), viaja al sur de Francia para encargarse del viñedo de su tío y esa estancia en Provenza hace que su vida de workaholic londinense comience a cambiar. (En un principio, pensaba vender la finca con todo y viñedo, sin embargo, las cosas le salen de otra forma.)
Mientras hace un inventario de las propiedades del tío, Max recuerda que las mejores lecciones de su vida, las recibió en aquellos lares; su tío Henry le enseñó a disfrutar de todas las cosas, y que si encontraba una muy buena, que no la soltara. Entre todas las sorpresas que recibe en Provenza, están la repentina aparición de una hija no reconocida de su tío, Christie Roberts, el empeño de Monsieur Duflot en cuidar el viñedo, y el reencuentro con Fanny Chenal (una Marion Cotillard en su mejor forma), quien termina por conquistar el corazón de Max luego de varios desencuentros. Precisamente, la aparición de estos personajes poco a poco afloja el ánimo mercantilista de Skinner y lo conmina a disfrutar de los pequeños placeres de la vida.
La película, si nos ponemos estrictos, es un divertimento romántico dentro de la obra de Ridley Scott, luego de haber filmado Alien, Blade Runner, 1492, La caída del halcón negro y Gladiador, pero no es así. Al tratarse de una historia sencilla, Scott nos hace una atenta invitación para regresar a las cosas simples de la vida, a dejar de lado el accidentado estilo de vida citadino. Inclusive, un sello que distingue a Un buen año, es la excelente selección de música francesa de todos los tiempos, desde el clásico de clásicos Charles Trenet, pasando por el rockero Johnny Hallyday, hasta la hiperconocida Alizée y su "Moi... Lolita", misma que corona un importante segmento de la peli.
Días después de haber visto Un buen año, recordé aquellas opiniones que varios amigos me hicieron a priori: "Es como Bajo el sol de Toscana, pero en masculino..." Afortunadamente, el dvd de dicha película cayó en mis manos y ya puedo sacar mis conclusiones.
También basada en una novela, Under the tuscan sun, escrita por la norteamericana Frances Mayes, y llevada a a pantalla de plata por Audrey Wells en 2003, cuenta la historia de Frances (Diane Lane), una novelista quien luego de su divorcio, viaja al norte de Italia a instancias de sus amigas para olvidarse de aquella mala pasada del destino. Sin embargo, el propio azar la invita a quedarse en Cortona, donde compra una vieja villa toscana sin saber qué cosas sucederan. Aquella descabellada ocurrencia le regala la amistad de Catherine, una actriz que transpira a cada paso las enseñanzas de Federico Fellini, y de un grupo de albañiles polacos quienes la hacen sentir como en familia. (Uno de ellos, Pawel, la toma como su celestina y protectora para así ganarse el amor de una niña del lugar.) Entre todas esas cosas, Frances recupera la chispa creativa y logra escribir su novela y ver que la vida siempre tiene una gran sorpresa para todos.
Ahora bien, seguramente más de un lector me dirá: "¡Pero sí son la misma cosa!" Siento decepcionarlos. Claro está que ambas películas (diría lo mismo de las novelas que les dieron origen) incitan a disfrutar de las cosas simples de la vida, de saber que sólo el carpe diem rige todo eso. Las diferencias, si se me permite, son las siguientes.
  • En Bajo el sol de Toscana, Frances busca cerrar una herida reciente; en Un buen año, Max recupera de su pasado los elementos para vivir mejor su presente.
  • Mientras Frances busca desesperadamente al amor de su vida en el primer parroquiano que se le presenta, Max descubre que las promesas de amor hechas en la infancia, después de un largo tiempo, aún gozan de cabal salud.
Y ahora, van las semejanzas. Mientras ambos reordenan su vida, no reparan en ayudar a sus semejantes: Frances le da sentido a los sueños de Catherine y Pawel, mientras que Max inspira nuevos ánimos a Duflot y Christie. Al final, esos detalles se ven recompensados con un nuevo amor que llama a la puerta. (Si se me escapan más cosas, digno es que vean las películas.)
Cierro estas líneas con una invitación para que se acerquen tanto a las películas como a las novelas que las originaron. (Confieso algo avergonzado que no he leído ninguno de los libros, pero haré lo posible por hacerlo algún día.) De algo estoy seguro: que al terminar de verlas, se verá la vida de otra manera, y saber que las mejores cosas que nos regala el tiempo, como el comercial de conocida tarjeta, no tienen precio, ¿verdad?

lunes, 19 de noviembre de 2007

Le Cinéma du Temps: Amélie

Bien decía Emilio García Riera que "el cine es mejor que la vida" y, a decir verdad, lo creo a carta cabal. Pero después de haber hablado sobre Blade Runner y La mirada de Ulises, en mi lista personal de películas -llamada ésta Al rescate de Arcadia, cuestión que retomaré en escritos postreros-, ahora corresponde a un filme, además de atípico, formidable.
Amélie (Le fabliaux destin d'Amélie Poulain, Jean-Pierre Jeunet, Francia, 2002) es una extraña fábula en torno a la soñadora Amélie Poulain, cuya vida (y la de sus familiares y conocidos) cambia el día de la muerte de la Princesa Diana, en uno de los puentes de París. A raíz de encontrar una caja de galletas detrás de un azulejo del baño en su departamento, se propone entregarla a su propietario verdadero. (Mientras sucede eso, secretamente cuenta con la complicidad de Raymond Dufayel, el hombre de cristal, vecino suyo en el edificio donde vive y del cual no puede salir.) Cuando la cajita llega a manos del Sr. Bredodeau, ha cumplido su cometido, y al conocer parcialmente la vida de sus conocidos, Amélie se asume como una salvadora de los desprotegidos y se da a la tarea de resolver sus problemas.
A la portera de su edificio, Madeleine Wallace, le hace recobrar su amor en el finado marido; a su padre, el Dr. Poulain, lo motiva a viajar gracias a las travesuras de un gnomo de jardín; intenta -de manera hilarante- hacerle de Cupido entre un ex-novio celoso marca Otelo y una hipocondriaca dependiente del Café des Deux Moulins; le da una sopa de su propio chocolate al verdulero Collignon, cuando éste le hace la vida imposible a Lucien, su colega en el negocio, entre otras peripecias, son los resultados de las buenas acciones de Amélie. Sin embargo, así como hay espacio para el prójimo, también debe haberlo para uno mismo y ella, luego de conocer a Nino Quincampoix, dependiente en una tienda de videos porno y cuya obsesión por recoger fotos de las máquinas despachadoras es más que evidente, se inclina en resolverle el misterio del hombre de las fotografías, además de flecharlo amorosamente. Los resultados, aparte de curiosos, quedan para quien vea la película.
¿Dónde reside el encanto de Amélie? Gracias a sus innumerables andanzas, Amélie otorga a las cosas una vital importancia, es decir, que el mínimo detalle es el factor determinante para la sucesión normal de las cosas. (V. gr. Una palabra de buen aliento -aunque falsa-, reavivó la esperanza de la portera.) Pero también juega con el orden (¿lógico?) de las cosas, como cuando cambia de lugar las cosas de Collingnon y hacerle ver que la vida no es lo que parece. Y, sobre todo, cuando cada cosa, luego de su inmediata resolución, pide a gritos una inusitada reacción, semejante a un happy end, pero eso sería pedir demasiado. (Si me quiero poner algo elevado, podría verse como una variante surrealista del efecto mariposa. Sans commentaires.)
En una palabra, Amélie nos enseña a jugar con el orden de las cosas, también a disfrutar de sus consecuencias, pero sobre todo, a darle importancia a los mínimos detalles de las cosas, que hacen más llevadera nuestra existencia, porque, cada día, la vida nos da una sorpresa. (Al igual que los artículos que versan sobre cine en la NRB, son muchos los detalles y poca la memoria para escribirlos.) Y conjugado esto con la excepcional música de Yann Tiersen, el resto son sólo minucias (en buen plan, claro está). Por último, cierro esta divagación con una de las frases de Hipolito, el escritor raté y cliente del Deux Moulins: Sin ti, las emociones de hoy son la mugre de ayer.
Au revoir!!!

sábado, 3 de noviembre de 2007

Le Cinéma du Temps: La mirada de Ulises

En estos días de constante cambio climático, al ver gente muy bien ataviada con abrigo, bufanda, boina, guantes y otros enseres, vinieron a mi mente algunas escenas de una película griega, cuya temática sigue vigente más que nunca: sea por los sinsabores de la guerra, sea por la constante búsqueda de un arte prístino, es decir, que lo diga todo.
La mirada de Ulises (Theo Angelopoulos, Grecia-Francia-Italia, 1995) cuenta la historia de A. (Harvey Keitel), un cineasta griego quien luego de radicar durante varios años en Estados Unidos, regresa a su país natal para presentar su última película, para después lanzarse a la búsqueda de los negativos de la primera película filmada en los Balcanes. Su viaje lo llevará por tierras algo extrañas, mismas que le mostraran paisajes desolados, tiempos transcurridos y hasta la aparición de una mujer que, de alguna manera, delimitará sus acciones postreras. Comencemos por el principio.
La primera escena de la película se describe de la siguiente manera: A. observa a lo lejos un barco, mientras que, a su vez, un viejo fotógrafo fallece frente al mar. (Ante estas señales, A., semejante al Odiseo de la mitología griega, emprende el regreso a casa.) En Florina, su pueblo natal, al norte de Grecia, se estrena su última película, misma que genera polémica entre los sectores más conservadores. En pleno disturbio, decide emprender un viaje del que no piensa volver; buscar los negativos del primer filme hecho en los Balcanes, rodado por los hermanos Manakis, es ahora su única prioridad.
En la frontera greco-albanesa, el taxista que lo lleva hacia su primera escala le explica los secretos de la nieve, cuando ésta cubre los campos aledaños a la garita migratoria y, a lo lejos, miles de migrantes caminan sin cesar. En Skopje, conoce a una empleada del Museo Cinematográfico de Macedonia, quien lo acompaña hasta Bucarest en busca de los rollos perdidos. En ese viaje, A. retrocede al pasado y es inculpado injustamente por ser cómplice de los Manakis. Pero sólo fue un sueño. (Digno es de notar que las mujeres que A. se encuentra en su camino, son interpretadas por la misma actriz -Maïa Morgenstern-, porque la Penélope que A. busca no la hallará en casa, sino fuera de ésta.) Ya en Bucarest, luego de despedirse de la empleada del museo, viaja nuevamente al pasado, pero a su pasado familiar, donde un interminable baile de Año Nuevo juega con las alegrías y sinsabores de la familia: desde la liberación por parte de las fuerzas aliadas hasta el ascenso del sistema socialista. Regresa al presente y llegar a Belgrado es su única prioridad, por lo que viaja en un transbordador que lleva una estatua de Lenin hacia Alemania y bajarse en Belgrado. (A las orillas del Danubio, miles de personas, al ver el transbordador con dicha estatua, quedan impresionadas y hasta algunas logran santiguarse. No cabe duda que la búsqueda de A. se desarrolla en los años posteriores a la caída del bloque soviético.) En Belgrado descubre que todas las películas están en Sarajevo y llegar hasta allí era imposible, gracias a que la guerra cortó toda forma de comunicación. Sin importarle esto, llega hasta la zona de guerra y encuentra los rollos perdidos.
Sin embargo, el hecho que sustenta su viaje no es la búsqueda de una vieja película, sino un sentido de identidad, de buscar sus orígenes. Como director de cine, cada película hecha es un intento por responderse a sí mismo; el viaje, simplemente le obsequia las respuestas. Como aquellos versos de Constantino Cavafis: "No hallarás otras tierras, no hallarás otro mar:/ la ciudad te habrá de seguir".
Personalmente, no creo decir más sobre La mirada de Ulises: solamente me limitaré a recomendarla, porque hay tantas cosas que se me escapan y porque la música, compuesta por Eleni Karaindrou, es magnífica. (En la Galería de la Memoria hay una prueba de ello. Por un rato nada más.) Más al respecto, no puedo decir.

sábado, 8 de septiembre de 2007

Le Cinéma du Temps: Blade Runner

Hace algunas semanas, platicaba con Paulina Martínez, Consejera de la NRB, acerca del cine y de las películas que debía ver en estos días. Sinceramente, me declaré (y me declaro, qué remedio) culpable del crimen de no asistir a ver película alguna. Anoche, platicando con don Jorge, Sarita y Ana Cárdenas, mientras ellos me daban un ligero aventón, confesé con más pena que otra cosa, que hacía tiempo que no veía cine, y que las pocas oportunidades se han restringido a la (in) comodidad de la sala de mi casa, en pleno vis à vis con el Once y/o el Veintidos. "Mal, muy mal", me dijo don Jorge; palabras más, palabras menos.
Sin embargo, estas réplicas tanto de Paulina como de los Cárdenas Vargas, me dejaron el prurito de retomar el camino del buen cinéfilo, es decir, que el cine debía regresar a mi vida, sin más ni más. Pero luego de pensarlo muy bien, llego a una sólida conclusión: mi renuencia a entrar a una sala cinematográfica o a un videoclub, obedece a un solo prejuicio: que el cine actual me tiene sin cuidado. (Bueno, no es que le haga el feo a las grandes joyas del circuito cultural, ni que me ponga flamenco con la bisutería hollywoodense. Para nada.) Creo que se debe a que el poco (relativamente) cine que he visto, ha dejado honda huella en mi vida y la mejor manera que encuentro para aventarme nuevamente al mundo del cine, es contando mis impresiones sobre varias películas que son parte de mi vida. (Y porque hay una segunda razón: por responder a las plegarias de Paulina.)
Blade Runner (Ridley Scott, E.U., 1982): En un futuro relativamente lejano, en la ciudad de Los Angeles, en 2019, varios replicants (copias genéticamente modificadas de un ser humano) escapan de una colonia terrícola en Marte y regresan a la Tierra para satisfacer sus ansias de venganza contra el emporio que los creó. El grupo, conformado por Roy Batty, Leon, Pris y Zhora, llegan a Los Angeles donde buscan respuestas, además de venganza. Para acabar con los replicants insurrectos, se creó una unidad especial de policias llamados blade runners, cuya labor primordial es retirarlos (sinónimo de matar). Uno de esos policias, Rick Deckard, es comisionado para desempeñar dicha labor con el grupo comandado por Batty; para ello, solicita la ayuda del científico que los creó, el Dr. Eldon Tyrell, porque aquellos replicants no eran comunes respecto al resto de su especie. Tanto Batty como sus compañeros eran nexus-6, es decir, "más humanos que los humanos". (Más claro, ni el agua.) Y esta condición lleva a Deckard a replantarse muchas cosas.
A primera vista, esta película de ciencia ficción parece de lo más convencional, pero sería un craso error creerlo. Detrás de un futuro lejano, aún se busca responder a las preguntas fundamentales que se ha hecho el ser humano: ¿quién soy? ¿de dónde vengo? ¿cuánto tiempo me queda? Los replicants buscan eso y más, es decir, el sentido de sus vidas. Por el lado de Rick Deckard el dilema ético se resume en la obligación de matar o en la disyuntiva de hacerlo o no. Al final de la película, aprende (si esa es la palabra) que los seres que asesina inmisericordemente, son más humanos que él mismo. En una palabra, los replicants, al asumir su efímera vida, buscan y encuentran más cosas que los propios humanos, cuya vida, que suponen larga, la desperdigan por doquier en cosas meramente banales. Además, visualizar un futuro así nos acerca, creo, al presente; o sea, que hasta en las regiones más apocalípticas, hay guiños de ojo a la esperanza. Ejemplo claro es el monólogo final de Roy Batty, quien luego de salvar al asesino de sus amigos, profiere las siguientes palabras:
He visto cosas que ustedes, los humanos,
no podrían creer.
Naves de ataque en llamas
cayendo del hombro de Orión.
He visto parpadear rayos-c
cerca de la puerta de Tännhauser.
Todos estos momentos
se perderán en el tiempo,
como lágrimas en la lluvia.
Tiempo de morir.
Blade Runner, basada en un cuento del norteamericano Philip K. Dick, quien falleció antes del estreno de la película, a sus 25 años de vida, sigue tan llena de vida, porque sus cuestionamientos aún siguen siendo -para nosotros- los mismos. ¿Llegará una respuesta? Tal vez sí, tal vez no. El resto no es cosa nuestra.