lunes, 29 de agosto de 2022

Fragmentario y elocuente

 

Ulises Velázquez Gil

 

En alguna parte de El hijo del Capitán Trueno, Miguel Bosé nos dice que “los recuerdos que son abordados, al principio, están rodeados de niebla”, y no es para menos, puesto que, en el afán de recuperarlos para el momento presente, no nos llegan del todo nítidos; en ese sentido, es preciso armarse de valor y emprender su escritura, a fin de recobrar su claridad y justipreciar mejor su presencia.

            Consciente de esto, Claudio Isaac nos entrega un volumen de raigambre memorialista, en torno a un director de cine cuya obra sigue suscitando interés genuino que enconada polémica; en particular aquéllos de los cuales fue testigo. Bajo la forma del fragmento, Luis Buñuel: a mediodía nos presenta aspectos del cineasta solamente reservados al anecdotario o a la secrecía reservada a las amistades de carrera larga. Luis Buñuel era un hombre con un sentido casi sagrado de la intimidad. A pesar de que en estas notas me entrometo en algunos de los intersticios más privados de su vida, en espíritu he tratado de no traicionar su pudor.

A fuerza de persistencia, el autor cuando joven se integró al círculo de visitas a casa del cineasta español, donde fue testigo de sucesos propios de una película suya que instantáneas de colegas y amigos inimaginables por sí mismos. Por ojos de Claudio Isaac, vemos a un Buñuel inusitado, que se expresa de los actores como viles cucarachas (entomofílico, al fin y al cabo); juega de manera mordaz y punzante con sus colegas Julio Alejandro y Luis Alcoriza (donde el juego se vuelve fuego, a medida que consume sus taras más evidentes); y hasta se da el lujo de ser todo un señor dentro de su casa (lo que tenía siempre en vilo a su esposa Jeanne, mujer sin piano que le tuvo gran cariño al joven Claudio). Pero entre todas esas cosas (y las que se acumulen a medida que avancemos en la lectura), el viejo Buñuel se permite la generosidad y el magisterio hacia un joven interlocutor, empeñado éste en seguir su vocación cinéfila, pese a que don Luis intenta descaminarlo a la primera provocación.

¿Cómo es que joven adolescente se volvió interlocutor -casi amigo- de un cineasta consumado? Alberto Isaac, padre del autor, dedicó un cartón periodístico en loor de Buñuel cuando éste viajó a España para filmar Viridiana, con resultados explosivos para el régimen franquista. […] El dibujo rebasó el interés local y se publicó en revistas internacionales e incluso en libros monográficos, convirtiéndose así en un espaldarazo a la causa de Buñuel. [Éste] no olvidaba favores y me parece factible que el gesto de mi padre haya sellado la amistad.  

Con todo y que Alberto Isaac fuera más amigo del director de El ángel exterminador, con el joven Claudio el respeto se volvió admiración, y ésta, en amistad, obsequiándole consejas que complicidades, vituperios y maravillas. A mí me venía natural el tutearle, desde siempre, pues mis padres lo hacían así. En su caso, más que una mera modalidad, éste era signo de un trato más despreocupado y desenvuelto, y aún teniéndole un respeto manifiesto no se andaban con protocolos ni ceremonias.

Dentro de la galaxia buñueliana, Claudio Isaac conoció a otros planetas y constelaciones, tal es el caso de Octavio Paz, quien elogió los afanes lectores de un adolescente rodeado de locos ungidos al arte; los Alcoriza -el ya mencionado Luis y su esposa Janet-, quienes hicieron del cine una extensión de la vida (literalmente); el padre Julián Pablo, sacerdote con quien Buñuel gustaba conversar sobre temas religiosos -con todo y que el cineasta seguía preso de su propia boutade, “soy ateo, gracias a Dios”. Con Alberto Isaac, más allá del cartón de marras, en sus encuentros predominaban las risas: […] Siempre reían. Me atrevería a decir que el cariño más grande surgió de la risa conjugada. Pero don Luis y el joven Claudio fueron más allá de las risas… No fue para mí un maestro de cine, pero sí -con todas las discrepancias que el lector ya conoce- de vida. Un maestro de vida. Su gran lección, para mí, es la sencillez, la modestia, el despego de las cosas materiales, su compromiso ético y su lucha por alcanzar la congruencia […] Dejó su solidez, su rectitud, la consistencia de su dignidad.

En suma, Luis Buñuel: a mediodía no sólo permite que conozcamos a un cineasta más allá de su obra fílmica, más aledaño a los sucesos de la vida diaria, donde las medias tintas no se permitían ni por asomo. Para fortuna nuestra, la pluma de Claudio Isaac concede justo lugar tanto a la memoria como la fidelidad al recuerdo: fragmentario y elocuente, como toda vida digna de contarse, pero sobre todo para vivirse. Como Pablo Picasso para Miguel Bosé o Alfonso Reyes en el caso de Octavio Paz, el magisterio buñueliano sobre el autor se torna complicidad no sólo por la sabiduría transmitida por el cineasta, sino también por hacerle partícipe (cómplice, incluso) de sus propias taras e ilusiones, detalles sólo reservados para amistades de carrera larga.

A la par de Prohibido asomarse al interior de Tomás Pérez Turrent y José de la Colina, y de su volumen de memorias, Mi último suspiro, la lectura de este libro no dejará de suscitarnos sorpresas que desconciertos, donde al final del día sólo somos seres humanos en la medida de nuestros recuerdos, o en la mirada que nos dibuja en la memoria.

Quede aquí la invitación para viajar al interior de una vida dispar por interesante. (Así sea.)   

Claudio Isaac. Luis Buñuel: a mediodía. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes/ Universidad de Guadalajara/ Secretaría de Cultura-Gobierno del Estado de Colima, 2002.  

 

(15/agosto/2022)

lunes, 1 de agosto de 2022

Intensidad e inmensidad


Ulises Velázquez Gil

 

Entre las notas que Albert Camus hizo para El primer hombre, encontramos la siguiente: “Habría que vivir como espectador de la propia vida. Para añadirle el suelo que le diera conclusión. Pero uno vive, y los otros sueñan tu vida”. Como recordar es un arte difícil, es preciso echar mano tanto de los propios recuerdos como de los sucesos y figuras que nos rodearon en varios momentos de la vida.

          Luego de una enorme trayectoria artística, Miguel Bosé hace un corte de caja de una vida vivida al máximo y nos ofrece, en El hijo del Capitán Trueno, su particular recuento, donde relucen tanto sus orígenes familiares como algunas figuras señeras del arte y del espectáculo que le ayudaron a buscar su vocación y un camino que, con todo y el impasse de hoy día, todavía le restan muchas cosas por hacer.

A lo largo de casi quinientas páginas, nos adentramos en los primeros 25 años de vida del cantante, desde su particular nacimiento en tierras extranjeras, siendo hijo de un matrimonio también extranjero: el torero español Luis Miguel Dominguín y la gran actriz italiana Lucia Bosé, de quien abrevó la sensibilidad para el arte y la creación, campos diametralmente opuestos a la bravura y el arrojo del figura fue Dominguín.

El primer capítulo, a diferencia de una biografía convencional, no inicia con el nacimiento del biografiado, sino con una confrontación entre dos fuerzas de la naturaleza, es decir, sus padres, y del cómo dicha confrontación desataría -para bien, para mal- los sucesos que le darían vida y destino al intérprete de futuros éxitos como “Creo en ti”, “Sevilla” o “Aire soy”. Aún con esos vientos en contra, persiste un buen recuerdo: Por favor, que alguien me lo atesore siempre en la memoria, porque aquel era el éxtasis más absoluto, el más seguro de todos los refugios que tuve jamás. Aquel del que nunca hubiese querido irme.  

Mientras sus padres se afanan en hacer y deshacer (“nunca hacer por hacer”, como diría una canción suya), al pequeño Miguel y a sus hermanas Lucia y Paola les llega una presencia fantástica, firme de obras pero grata de intenciones, que con el tiempo se volvió indispensable dentro de la familia González Bosé: Remedios de la Torre Morales, la victoriosa, oteaba los campos que poco a poco iban siendo devorados por las hoces […] Sabía quién tenía mejor brazo con la horca o mejor lomo para el fajado, y reconocería a cada quien en sus voces y cantos aunque se viesen diminutos. Ésa era su vida, pensaba masticando, la que siempre imaginó, la mejor del mundo, la más libre, a la que volvería. La que le correspondía por ley a la más pequeña de las hermanas y cuarta de cinco. Sin embargo, otras fueron sus faenas, porque al volverse La Tata de aquellos niños, hizo frente a sucesos adversos, así también les hizo más llevadera la vida, endulzársela un poco más de la cuenta. A medida que sabemos más de la tata Remedios, a ratos se cae en la cuenta de que merecería una novela propia, porque sus tareas de cada día tuvieron alcances épicos, acompañando a los chicos y a la propia Lucia Bosé.

Si por el lado de las mujeres, la Tata fue predominante en la formación del futuro cantante, bailarín y actor, digno es mencionar al pintor Pablo Picasso, a quien Bosé le dedica el octavo capítulo de El hijo del Capitán Trueno, que, dicho sea de paso, bien merecería su propia vida, con lomo y tapas. En dicho capítulo, da cuenta de su encuentro con ese coloso del arte contemporáneo, quien sostuvo toda la vida llegar a pintar como un niño; visto así, conocerlo le confirmó ese postulado. Para Miguelito, Pablo lo era todo y para Pablo, Miguelito era su pasión privada, su retorno a la infancia. Se olieron y de inmediato se reconocieron. A lo largo de los años fueron construyendo un mundo no apto para los que se empeñaban en crecer, divertido y pícaro.

Las amistades, como los grandes maestros, se heredan a fuerza de conquista, es decir, en acercarse a ellos y compartir, además del tiempo presente, las enseñanzas que logran darnos; con todo y que Picasso respetaba el temple de Dominguín (recordemos sus dibujos de tema taurófilo) y se prendía de la belleza el charme de Lucia Bosé, con Miguelito la conquista se dio por obra de la creación, de leer el mundo de otra forma, donde los límites sólo eran los de la imaginación, campo donde ambos llevaban franca ventaja. […] Cuando los niños crecemos y pensamos en las personas que formaron parte del entorno de nuestra infancia, las dividimos en dos: las que pasaban tiempo jugando con nosotros y las que no. A las primeras las recordamos con mucho cariño y a las otras con antipatía. Así de simple. Y lo que abundaba durante las visitas de los chicos Bosé -y la Tata, secretamente admirada por el pintor- eran muchos juegos, incluso los realizados con pintura y papel, aunque a la esposa (y dealer) de Picasso viera en ello nulo valor comercial.

Diametralmente opuesto en extensión, mas no en grato recuerdo, está el capítulo que Bosé le dedica al Dr. Manuel Tamames, figura “paterna”, casi abuelo, para él y sus hermanas; amigo a su vez del diestro y admirador (por no decir eterno enamorado) de la gran actriz, procuraba buenos acuerdos entre ambos y, a su vez, prodigaba cariño y grata estima a esos niños cuyo insólito destino era ser hijos de sus padres (permítaseme aquí la redundancia). Siempre del lado del más débil, se volcó con mi madre, una mujer extranjera socialmente lapidada, con tres hijos a su cargo, y probablemente sin futuro. Consideró que mi padre había actuado como un cobarde, sin el más mínimo honor ni hombría, y para él estaba muerto, aunque nunca le perdió su admiración en los ruedos. […] Manolo, don Manuel, el doctor Tamames y otros motes, fueron esa armada de ángeles de la guarda que en mi infancia marcaron la diferencia en el dar ejemplo y en la mejor calidad de cariño y afecto.

El hijo del Capitán Trueno nos hace no sólo espectadores de una vida (la de quien pensábamos ya saberlo todo, desde las revistas del corazón hasta los trending topic de años recientes), sino de una época en busca de sentido (pues la España que él recuerda seguía siendo la misma con Franco en El Pardo y los “grises” por las calles). Sin embargo, la avidez por hallar una identidad propia se consumó más allá de las fronteras, y de ello, da cuenta “Londres 73”, cuya travesía marcó un antes y un después en su carrera, donde tampoco le faltaron presencias necesarias en sus postreras búsquedas. (Mencionarlas todas es pecar de exageración -al menos, para estas líneas.)

Para el lector estándar de memorias y autobiografías, este volumen destella, de principio a fin, intensidad e inmensidad: de recuerdos escritos con una prosa fluida y de amor al detalle, de sucesos y figuras de alcances épicos más allá del recuerdo. Al igual que Leonard Cohen, Bob Dylan y su compatriota Santi Balmes (vocalista de Love of Lesbian), Bosé toma la pluma para compartirnos algo más de ese genio y figura apenas vislumbrados en sus canciones; al final del día, sigue el mismo destino que todo memorialista que se precie de serlo, resumido en sus propias palabras: Los recuerdos que son abordados, al principio, están rodeados de niebla, y penetrar en ellos es tarea delicada. Ninguno se resiste completamente en realidad, si quieres hablar de ellos. Pero, sí, todos quieren ser contados de la manera más ocurrente. […] Muchos de ellos, hechos para ser recordados sólo una vez, se desvanecen al ser escritos […].

Quede en ustedes, navegantes de la lectura, embarcarse en esta nave a prueba de tiempo, pero llena de gratos instantes. (¡Buen viaje!)   

Miguel Bosé. El hijo del Capitán Trueno. México, Espasa, 2021.  

 

(18/julio/2022)

viernes, 24 de junio de 2022

Legado de verdades

 

Ulises Velázquez Gil

 

Cada vez que leo un libro de memorias y autobiografías, siempre me hace mella aquella frase que Raymundo Ramos consigna en su conocido estudio y antología: “Recordar es un arte difícil”. Y no es para menos, porque en el empeño de hacer corte de caja de toda una vida, suelen aparecer otros recuerdos que pudieron revocar una postura irrebatible, o atenuaron una polémica entonces férrea y furibunda. De cualquier manera, volver a conocidos sucesos y figuras refrenda nuestro propio vaivén de vida.

            Después de dos volúmenes de índole memorialista, Emmanuel Carballo (1929-2014) da cierre a esa etapa con otro similar, en apariencia fragmentario, pero que añade, sazona o refrenda algo de lo dicho previamente: Párrafos para un libro que no publicaré nunca, que se compone por 96 textos, entre ensayos, cartas y notas al vuelo sobre escritores, libros e instantáneas personales de un escritor que ejerció, férreamente, el oficio de la crítica, con todo y altibajos.

De 1953 a 2011 -fechas del primer y del último texto, respectivamente-, se da cuenta del proceso (también del progreso, cabría notar) de un escritor frente a su oficio y del cómo éste le atrajo aciertos que fallas, pero aprendizajes constantes por encima de todo. Desde hace unos cuantos años algunos de los poemas escritos en México se me caen de las manos. Sobre todo si se trata de los escritos por nuestros poetas recién llegados. Casi todos ellos (poetas y poemas) inducen a jugar a los acertijos. Lectores y críticos, al leerlos, nos convertimos en vulgares eruditos de heráldica. A primera vista, nos parece que Carballo hizo una radiografía puntual de la poesía de cuño reciente, pero al checar el año de escritura, se descubre -no sin sorpresa- ¡que es de 1953!, lo que nos lleva a pensar que no hay nada nuevo bajo el sol… por ahora.

Como ocurrió con su Diario público (volumen intermedio entre Ya nada es igual y el libro que ahora nos ocupa), se pasa revista a la vida cultural de México en décadas recientes, con la salvedad de que estos párrafos vienen a matizar nociones expuestas con antelación, o también para develar su otra cara, no tan halagüeña que digamos. Encuentro esta dualidad de miradas en “Las dos muertes de Martín Luis Guzmán”: Qué paradoja para los críticos en blanco y negro que un hombre ganado por el sistema sea, en el fondo de sí mismo, un iconoclasta, un disidente y un escritor de protesta. Cuando el hombre pacta con el gobierno, el escritor enmudece. A partir de ese instante, la literatura deja de tener sentido, razón, alas. Aunque Carballo no deja de reconocer la genialidad de uno de sus grandes maestros -cuya mención se prodiga al vaivén de las páginas, digno es resaltarlo-, sí le echa en cara su posterior significación. (Al final del día, su obra le sobrevive…)

Una peculiaridad de estos Párrafos… es la alternancia de pequeños ensayos (que nos remiten a sus Notas de un francotirador) con cartas dirigidas a distintos corresponsales (de José Lezama Lima y Julio Cortázar hasta familiares y amigos) e inclusive dos que tres anotaciones sobre el oficio de la crítica, por parte de un implacable y respetado exponente. Y lo más sorprendente, descubrir que aquellas consejas siguen más vigentes que nunca. Cada generación en cuanto obtiene la credibilidad que le dan las obras trascendentes publicadas por sus miembros lo primero que hace es modificar la lista de los escritores sobresalientes que redactó la generación en retirada a la cual va a sustituir. Quita a algunos viejos para colocar a algunos jóvenes talentosos. […] Al crítico le corresponde poner orden, ser el cronista de un momento (o de varios momentos sucesivos) de la literatura de un país. […] El verdadero crítico cuando madura aprende a mirar amigos y enemigos como autores a secas, en unos casos más capaces y en otros menos talentosos; lo demás es lo de menos. (En tiempos donde los dictados del gusto se someten al capricho del hype, es necesario atender comedidamente la preceptiva de un crítico con hartas horas de vuelo, que hoy en día echamos en falta.)

Una vez que llegamos a la última página de este libro, cabe la siguiente pregunta: ¿por qué Carballo es enfático en decir que no publicaría estos párrafos? Ante dicho cuestionamiento, me viene a la mente el escritor Emil Cioran y la decena de cuadernos que dejó a su muerte, bajo la instrucción de destruirlos, y en los cuales el franco-rumano escribió cosas sólo reservadas para la secrecía o el descargo personal, y que, dichas a las figuras allí mencionadas, multiplicaría los, de por sí, bastantes malentendidos.

No dudaría ni un ápice que también pase lo mismo con Carballo, con la salvedad de que muchas de sus apreciaciones y juicios sólo confirmen la perspectiva adquirida en lecturas anteriores. En este ejercicio de autocrítica, me viene a la mente el Pro domo mea que Jean Meyer publicó a tres décadas de su obra capital, La Cristiada, a guisa de ajuste de cuentas o, quizá, como justa valoración del camino andado. A lo largo de cincuenta y tantos años he tratado de ser fiel a mí mismo y congruente con las ideas en las que sustenté y sustento mis tareas como escritor y hombre preocupado por sus compatriotas. […] Supongo que a las personas como yo la historia oficial nos juzgará con simpatía. Quisimos cambiar el mundo y no pudimos.

Con Párrafos para un libro que no publicaré nunca, Emmanuel Carballo cierra una trayectoria de ímpetus críticos, así también la de participante de una época pródiga en expresiones y en lecturas, ambas susceptibles de justipreciarse y después colocar sucesos y cosas en el lugar que les corresponde: legado de verdades a la espera de hallar a su destinatario. Por la procedencia variopinta de los textos, encuentro cierta afinidad con los que Fernando Fernández nos comparte en su blog, de nombre Siglo en la brisa, donde ensayos de breve extensión y notas al vuelo se suceden con franqueza y fidelidad, entre la celebración y el aprendizaje constantes, cualidades dignas de un escritor comprometido con la página de cada día.

La última -de muchas palabras- queda a disposición de ustedes, de principio a fin. (Que así sea.)   

Emmanuel Carballo. Párrafos para un libro que no publicaré nunca. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes-Dirección General de Publicaciones, 2013 (Memorias Mexicanas).  

 

(10/junio/2022)

viernes, 17 de junio de 2022

Memoria con prisa

 

Ulises Velázquez Gil 

 

En alguno de sus Párrafos para un libro que no publicaré nunca, Emmanuel Carballo nos dice que “el memorialista lo sabe todo, únicamente tiene que recordarlo, arrebatándoselo al olvido: así goza de nuevo sus viejas vivencias y experiencias”. Para el caso del cronista, no basta recordar las cosas, sino serle fiel al espíritu que le corrió en suerte vivir; sin embargo, cuando destella una buena pluma, ambas circunstancias hacen las paces y el efecto es más impactante.

     Consciente de su tránsito por ambos mundos, José Ángel Leyva nos entrega sus Anacrónicas, donde la memoria se hace escuchar, pero la persistencia de los hechos le conserva su aura de inmediatez. Diecinueve textos que van de sucesos y figuras del mundo cultural -territorio nativo del autor, a primera vista- hasta dar cuenta de la realidad que se escapa de nuestras manos, tanto en el buen como en el mal sentido: de la (mala) influencia del narco a la inverosimilitud del Torito.

La primera sección del libro se compone de tres entrevistas con figuras únicas en su tipo, en cuyo nombre llevan el sino de una vida llena de altibajos; aunque sus tribulaciones los llevan a sopesar un poco más su lugar en el mundo, a los tres les une el contacto con la creatividad: […] La creación es libertad, si no, no es nada. Atreverse a hacer algo que antes no existía, porque la palabra libertad es a la vez una palabra hueca, vacía, desgastada, que sólo puede adquirir sentido en el hacer (Vlady). […] Descubrí que hay un universo de otras cosas que sí puedo hacer, comer y saborear. Aprendí a darle estabilidad a mi vida, a dominar mi carácter. No se puede modificar el destino, lo que sí se puede es conocer los complejos y dominarlos. Uno no elige el destino, el destino lo elige a uno, y aunque se haga todo por negarlo, tarde o temprano nos encontrará (Santero).

Para la segunda parte de Anacrónicas, nos encontramos con figuras un poco más afines al autor, es decir, colegas de pluma y afanes, que prodigan ingenio y genialidad por los cuatro costados. Un Nicanor Parra que ejerce sus cualidades de buen anfitrión, incluso cuando persiste un reclamo sobre el uso de su imagen; a Edmundo Valadés y su memoriosa imaginación; a Rafael Ramírez Heredia, figura y “espontáneo” frente a las lides de la vida diaria, así como el recuerdo de dos poetas excepcionales -Lêdo Ivo y Juan Gelman (vuelto cuentista por obra y gracia de un taxista)-, y hasta una genealogía de bolsillo, plasmada en su texto sobre los Evodio Escalante, padre e hijo, paisanos al fin. Evodio Escalante Vargas, referente inevitable para quienes evocamos un Durango utópico. No el que vivimos, sino el que remorimos cada día esperando cambios, noticias, señales de un porvenir acorde a los deseos, misterios de rumbos ajenos ligados a los nuestros. Evodio era un receptor de tales signos.

Líneas más adelante, el recipiendario de aquellos signos terminará siendo -¡oh, milagro de la genealogía!- su hijo, también tocayo y homónimo. Es duro para un poeta ser crítico de sí mismo, pero lo es más para un crítico ser poeta. En ambos casos la complacencia es el enemigo a vencer. Evodio es implacable con la obra ajena porque existe un manifiesto amor por la belleza, una exigencia irrestricta de perfección y de congruencia.

El tercer apartado es, a su vez, deuda y homenaje hacia un país de sus grandes afectos: Colombia, presente a través de colegas y amigos, así también sus tribulaciones y pesares al saberla cautiva de la violencia -de la realidad, por así decirlo-, evidente en “Colombia, la cruel felicidad” y “El Guaviare. ¿Dónde comienza La Vorágine?” Con “El poeta con un tiro en la cabeza” se engarzan tanto los ya mencionados como aquellos dedicados a Juan Manuel Roca y a Jotamario Arbeláez, porque la poesía se torna territorio inmune a la realidad. Su nombre es Fausto Ávila y su vida transcurre, paradójicamente, en la desolación que impone su invalidez. Es poeta, pintor y víctima de la violencia que ha dejado estelas de sufrimiento en el pueblo colombiano. […] Su humor era punzante y rápido. Cuando todos salieron a buscar bebidas, él pidió una cerveza sin alcohol. En un medio etílico la solicitud parecía un chiste. Pregunté por qué. Él sonrió con discreta amargura y respondió sin afectaciones: “Porque tengo una bala en la cabeza”.

Respecto a la cuarta y última escala de Anacrónicas se manejan dos registros: la tragedia y el humor. Del primero dan cuenta “Ciudad Juárez, entre el miedo y la esperanza” y “Déjà vu 19-S”. Una aclaración necesaria: aunque la tragedia es el hilo conductor (la situación de violencia en esa ciudad fronteriza, la reincidencia de las fechas en un suceso que cimbró -literalmente- a la gente que lo vivió de lejos muy cerca), hay un dejo esperanzador que nos devuelve a la conciencia de tales sucesos. (El miedo atávico por los temblores sigue, como también el dejarse alcanzar por la violencia fronteriza…)

Sobre “Superbarrio: un pueblo, una máscara” y “Una estancia en El Torito”, asistimos a un pintoresco desfile de personajes donde, aparentemente, se pueden reflejar taras como obsesiones. Un ídolo de la lucha libre que eligió un pancracio más intenso, el de la militancia política, aun sin perder su peculiar semblante: […] La lucha como espectáculo y como crítica, como escenificación de una pelea contra los problemas que agobian al pueblo, a la sociedad en general […]. Del ambiente plasmado en el segundo texto, salen a relucir sujetos interesantes que se vuelven, a lo largo de 36 horas -más lo que se acumule por amparos de cuestionable procedencia- en hermanos de infortunio. Cuando me contaron el caso de una amiga muy respetable y tímida a la que recluyeron en El Torito […], no me entraba en la cabeza cómo alguien de su edad y se rango intelectual fuera consignada a tales separos. […] El caso es que me acaba de suceder. Si en ella me parecía absurdo, en mí era inimaginable.

(Paréntesis aparte: Por la manera en que Leyva pinta a los “huéspedes” del Torito, me recuerda a aquellos que Álvaro Mutis plasmó en su Diario de Lecumberri, con la salvedad de que los compañeros del narrador de dicha crónica sí podían salir de tal embrollo. Inevitable sentir simpatía por el peleonero de Iztapalapa, el Nicolás Alvarado con uniforme o hasta por los Manolín y Capulina de petatiux…)

Con todo, acercarse a estas Anacrónicas (“cuya fuerza radica en el sentir y resentir de lo cotidiano”, a decir de Cathy Fourez, en el prólogo que antecede al conjunto) nos recuerda el deber que tenemos como contadores de historias, inclusive las ajenas que se vuelven nuestras por el simple hecho de contarlas, de hacernos partícipes de sus andanzas y hasta de sus tribulaciones, donde al final del día persistan el recuerdo y el aprendizaje. (Memoria con prisa, después de todo.)   

Para quienes estamos al tanto de la obra de José Ángel Leyva, encontramos en este flamante volumen la pericia de sus libros de entrevistas, pero también su prístina misión de ganarle al tiempo todas las batallas habidas y por haber mediante el ejercicio de la poesía, de no dejarle nada al olvido.

De la permanente inmediatez de este libro, sabrán ustedes qué hacer. (Así sea.)   

José Ángel Leyva. Anacrónicas. Prólogo de Cathy Fourez. México, Fondo de Cultura Económica, 2021 (Letras Mexicanas).  

 

(3/junio/2022)

lunes, 30 de mayo de 2022

Vida entre canciones

Ulises Velázquez Gil

 

En alguna parte de Alexis o el tratado del inútil combate, dice Marguerite Yourcenar lo siguiente: “Estamos atados por tantas ligaduras al lugar en que hemos vivido que nos parece que al alejarnos será también más fácil alejarnos de nosotros mismos”. Cuando una vida, sin importar su propio cauce, se ve orillada a dejar su lugar de origen y de residencia, hay sucesos y figuras que, por un lado, nos incitan a dar el siguiente paso, o también, por otra parte, a desistir de hacerlo y quedarse en el mismo punto. Si en algo se distingue sobremanera la literatura es en materializar esas posibilidades, siempre y cuando en aras de contar una historia y significarse con ésta de alguna manera.

            Con Esto no es una canción de amor, Abril Posas se avienta a explorar ambas opciones y nos entrega una primera novela donde el quid no reside en lo que viene por delante, sino en las cosas y los casos aún presentes, mientras se toma una decisión definitiva, inclusive cuando se opte por un golpe de timón y la vida dé un giro de 180 grados.

            Dos sucesos son importantes para su protagonista, Romina: la relación con su madre y la inminente desintegración del grupo musical del cual forma parte, Los Incómodos, cuya variopinta alineación se dedica a tocar covers, aplicando aquella consigna comercial de “al cliente lo que pida”. Las señales de este derrumbe continuaron de forma sutil, pero contundente, escalando en los años que siguieron. Por ejemplo, el corazón ya no se me aceleró con la misma intensidad cuando anunciaron el nuevo sencillo de mi banda favorita, sobre todo porque los músicos que sigo ya están muertos o en giras interminables de sus grandes éxitos. […] sé que no quiero novedades, sólo que me confirmen que lo que sentí hace diez o veinte años significó algo en verdad.

Para un grupo dedicado al oficio de cantar letras ajenas, la expectativa de la novedad es algo opcional, sin embargo, esto mantiene a raya cualquier inquietud propia; unirse a una común empresa sólo por complacer al público que pide (y no deja de pedir) siempre la misma canción. Anto, Yanni, Alejandro y Gonzalo son los compañeros con los que Romina comparte tanto el repertorio de “viejas confiables” como los afanes propios que buscan otros escenarios a modo. Por separado podrían describirnos como ”en potencia”, aunque tenemos la suerte de que juntos no se note tanto que estamos un poco rotos y apenas podemos mantenernos de pie con cada set que armamos. […] casi nadie nos pregunta de dónde venimos o cómo nos encontramos. A veces me gustaría contármelo, sólo por el gusto de comprobar que todavía lo recuerdo.  

En alguna parte de una canción reciente de Love of Lesbian (cuyo “Club de fans de John Boy” figura en algún setlist de Los Incómodos, por cierto) dice que “la nostalgia siempre deja frágil”. Así como la protagonista añora -por así decirlo- aquellos días de versiones y presentaciones suicidas frente un público inmisericorde, también hace lo propio con su madre, cuya ausencia resuena en los recuerdos y en las canciones que persisten dentro de su memoria, como podemos ver en el capítulo 0 (a guisa de prólogo para la novela, como si se tratase de una película o de la edición especial de un álbum con grandes éxitos de ayer, hoy y siempre). Era el primer día de nuestras vacaciones de verano de 1995. No sabíamos que sería el último. Tampoco sospechábamos que trece años después, así como intentó adelantármelo, la enfermedad regresaría. Sólo que en esa ocasión la que iba a pavonearse no sería mi madre, sino la muerte.  

Cada vez que la presencia de su madre sale a relucir en conversaciones familiares (a las que Romina llega subrepticiamente), se queda pensando en cómo ella sobresalía del resto de sus hermanas, qué la diferenciaba entonces; y con la música que escuchaba se podía marcar esa diferencia. Me encuentro enfrascada en una pelea entre las canciones con las que crecí de niña y las que conocí por mí misma en los 90, así que el algoritmo de mi reproductor debe estar haciendo cálculos de mis mezclas. No son duras, no me he perdido todavía en las garras de una cumbia, pero ya estoy presa en las redes de un poema. (¿Brecha generacional, acaso?)

En el proceso de aceptar tanto la separación como la ausencia, Romina acepta que lo único seguro en la vida son las canciones que llevamos en el playlist de nuestros recuerdos, incluso si éstos no fueron del todo halagüeños. Mi único consuelo es que más tarde […] olvidaremos cualquier tipo de cicatriz, nueva o antigua, con las canciones que nos hicieron llorar y con las que nos salvamos la vida.   

Con todo, en Esto no es una canción de amor persiste aquella idea de Marguerite Yourcenar de que son tantas las cosas que nos unen al lugar donde se reside, y por más que se busque el alejamiento, el repertorio de vivencias nos recuerda el vaivén de una vida entre canciones, tercamente vivida de principio a fin. Aunque a primera vista esta novela de Abril Posas sorprenda por su brevedad, no así con su cuidada prosa y el detallado diseño de sus personajes, con los cuales es ineludible identificarse (para bien, para mal); con un libro de cuentos y desde ahora, una novela, nos encontramos frente a una escritora muy comprometida con su oficio de narrar y de serle fiel a la historia que desea narrar desde el fondo de sí.

En ustedes queda reconocerlo de buenas a primeras. (Que así sea.)    

Abril Posas. Esto no es una canción de amor. Guadalajara, México, Paraíso Perdido, 2020 (Taller del Amanuense, 55).

 

(16/mayo/2022)


viernes, 1 de abril de 2022

Prosa en pie de guerra

Ulises Velázquez Gil

 

En una canción de la española Luz Casal se puede encontrar la siguiente estrofa: “Vengo del Norte, vengo de un mundo/ de fantasías y héroes de sal/ que no tuvieron mejor destino/ que centinelas del temporal”. Para el libro que ahora nos ocupa, hay un aura de premonición o quizá la actualización de un designio.

            Uno de los sucesos capitales de la historia mexicana del siglo XIX, sin lugar a duda, es la guerra entre México y Estados Unidos, que buena parte del tiempo sufre el asedio maniqueo y broncíneo del gobierno en turno; sin embargo, hay historias que bien merecen contarse, aún si la gloria obtenida le pertenezca al bando contrario.  

            Vicente Quirarte se ocupa de ello Vergüenza de los héroes. Armas y letras de la guerra entre México y Estados Unidos, donde con fluida prosa y datos bien balanceados, repartidos en cinco textos, nos presente sucesos y figuras que se dieron durante esa etapa toral, pero haciendo énfasis en los escritores que empuñaron la pluma y tomar el papel como campo de batalla.

En “Discurso de las armas y las letras” (título de raigambre cervantina), nos presenta a varios escritores y periodistas que echaron mano de sus talentos y habilidades para darle guerra (literalmente) al invasor estadounidense; así también a un soldado que el tiempo acabaría por emparentar con una de las plumas señeras del siglo XIX. Entre las tropas del general Scott venía el capitán Mayne Reid, aventurero, periodista y amigo de Edgar Allan Poe. Aunque de origen irlandés, no abrazó la causa de los San Patricio. En cambio, escribió una curiosa novela titulada Los tiradores en México […]. En pluma de Reid, la guerra entre México y Estados Unidos se transforma en una vertiginosa novela de aventuras […]. Semejante habilidad para la transformación de la historia en ficción explica la influencia que Reid ejercería posteriormente sobre Julio Verne y Emilio Salgari.

Si para un joven oficial estadounidense la historia mexicana es material de novela, para los escritores y periodistas de este lado del río es un compromiso con el tiempo presente y ensalzar el espíritu de sus compatriotas, tal y como ocurrió con la defensa de Churubusco y de otros reductos del bando mexicano. E incluso, trocar la pluma y el papel por el fusil y las municiones, como ocurrió con el impresor Vicente García Torres y el dramaturgo Manuel Eduardo de Gorostiza. Aún con estas excepciones a la regla, los versos de Manuel Carpio y de Francisco González Bocanegra, además de la prosa sin par de Guillermo Prieto, cumplieron con su incendiario propósito. Una vez que se termina de leer este ensayo, caemos en la cuenta de que las grandes batallas no sólo se dan bajo el sino de las armas, también sobre la página impresa: los comunicados del general Scott en The American Star, por ejemplo.

En “Tiempo de artistas”, se enfatiza el papel de pintores y dibujantes de origen extranjero en cuanto a su descripción del paisaje mexicano de aquellos días, donde, geógrafos empíricos armados de lápiz y de acuarelas, fueron de gran importancia para el avance de las tropas enemigas y consolidar dominios como triunfos militares. En este sentido, la figura del joven coronel Robert E. Lee fue fundamental para esos propósitos, como agente de enlace como dichos artistas. Sin mencionar la habilidad estratégica de Lee y la destreza artística de [Carlos] Nebel, indudablemente que el arte y la guerra se unieron en este caso para mayor desgracia de México. […] gran parte de los artistas extranjeros que vivieron entre nosotros realizaron deliberadamente labor de espionaje o su obra fue utilizada con esos fines por las potencias extranjeras.

Mientras los paisajistas abrían brecha y camino para el avance enemigo, en teatros y periódicos la expresión nacional buscaba sus propios senderos; Fernando Calderón, Niceto de Zamacois y los ya mencionados González Bocanegra y Guillermo Prieto le daban voz a una sociedad mexicana en busca de sentido para afrontar su irrebatible destino.  

Con “Los otros niños héroes”, Quirarte profundiza un poco acerca de esa referencia obligada en la guerra de intervención estadounidense: los Niños Héroes, que se ciñeron a seis por capricho gubernamental, cuando en los hechos superaban la media docena. De ahí que el primer problema al aproximarnos a los Niños Héroes sea de orden numérico: no son todos los que están ni están todos los que son. En dos hitos de nuestra cotidianidad ciudadana -el billete de cinco pesos, ahora fuera de circulación, y el monumento de Chapultepec- aparecen los seis cadetes cuyos nombres han sido dados a las calles adyacentes de la colonia San Miguel Chapultepec. Algunos de los sobrevivientes, contemporáneos del sexteto de marras, así como José María Roa Bárcena buscaron dimensionar mejor a todos aquellos participantes de la defensa de Chapultepec, incluso aquellos que se sumaron al bando contrario al correr de los años.

Una particularidad de la obra de Vicente Quirarte es el constante enlace entre las letras y la historia, mismo que podemos encontrar tanto en libros de cuño reciente como en sus grandes clásicos Historias de la Historia y El fantasma del Hotel Alsace. A semejanza de este último, tenemos “Dos oficiales y una dama”, diálogo imaginario entre Robert E. Lee y Ulysses S. Grant, jóvenes compañeros en la guerra del ’47, futuros adversarios en la de Secesión veinte años más tarde. De aquel encuentro, resaltan diálogos como los siguientes: LEE: […] Estos mexicanos saben ser patriotas como los más. Después de todo, no es Usted solamente del industrioso Norte que piensa en las cosas prácticas, sino reconocer galantemente al enemigo. GRANT: Búrlese si quiere, coronel, pero, como usted sabe, aunque amo la carrera de las armas quise ser matemático. Siempre he tenido facilidad para los números aunque carezco de talento para los cálculos. En cambio, Usted ha resultado la estrella de nuestros ingenieros militares. […] LEE: […] Como Usted sabe, nuestras raíces son celtas, y puedo comprender a estos mexicanos tienen en sus venas la bravura del indígena y la galanura del español. Por eso y otras cosas, se identificaron con ellos los infortunados irlandeses comandados por John O’Leary. GRANT: Si un día escribo mis memorias, aunque sean estrictamente militares, no voy a dejar de hacer observaciones políticas. No podría. ¿O no está de acuerdo en que ésta es una descarada y abierta guerra de conquista?

Paréntesis aparte. Por ratos, los versos de la canción de Luz Casal parecen por momentos contraponerse a los de Álvaro Mutis en su “Razón del extraviado”; sin embargo, de ambos podemos rescatar lo siguiente: cuando Luz Casal habla de “centinelas del temporal”, se refiere al papel que tanto mexicanos como estadounidenses tuvieron para alertar a sus compatriotas, pero también para infundirles fe y fuerza en aras de su siguiente batalla. Respecto a los versos “Del norte/ donde toda voz es una orden” (Mutis), se habla de un temple imbatible, cualidad de los pueblos con afanes de conquista.  

En suma, Vergüenza de los héroes da cuenta de un periodo importante de la historia mexicana de todos los tiempos, donde se justiprecia mejor a los bandos en disputa, sin dejar de lado el oprobio de un ejército en vías de consolidar su expansionismo manifiesto; una prosa en pie de guerra que nos recuerda las batallas de cada día, en aras, siempre, de consolidar nuestra identidad en tanto ciudadanos como recipiendarios de un valiente legado, por generoso y universal.

He aquí el óbolo de un caballero andante de las Letras y de la Historia, que nos recuerda, a renglón batiente, que las mejores herencias no se reciben, sino se conquistan. (Quede aquí este franco testimonio.)   

Vicente Quirarte. Vergüenza de los héroes. Armas y letras de la guerra de México y Estados Unidos. México, Libros del Umbral, 1999 (El Tule, 2).  

 

(18/marzo/2022)

viernes, 11 de marzo de 2022

De clara vocación

 

Ulises Velázquez Gil


“Hay vidas, hay vidas que se van,/ diciendo todo lo que hicimos mal./ Frecuencias que se van sintiendo/ de los que quisimos más”. Al momento de escuchar el presente fragmento de la canción “Estaré” del grupo mexicano DLD, se cae en la cuenta de que si en algo se distingue nuestra estancia en el mundo, es en seguir aprendiendo, con todo y que la ausencia de la gente que nos dio nombre y destino todavía destelle en el tiempo. En el campo de la literatura esto es moneda corriente, y estas ausencias se tornan materia prima para poemas, cuentos, novelas, memorias y autobiografías; estas últimas, donde los sucesos no se cuentan cómo fueron, sino como nos es posible recordarles.

            De una década a la fecha, se han publicado libros de raigambre memorialista, donde se evidencia el proceso que llevó a sus autores a transitar por los senderos de la escritura y para muestra, Cuando me volví mortal, volumen atípico -por único- dentro de la bibliografía de Carmen Boullosa. Compuesto por seis textos, a caballo entre el ensayo y las memorias, conocemos de primera fuente los sucesos que llevaron a su autora a cobrar conciencia acerca de la escritura, de volverla su fe de vida.

            Comencemos con el texto homónimo, suerte de viaje en el tiempo hasta 1957, en aquellos días del sismo que sacudió a la Ciudad de México, suceso que se volvería importante para la autora. Varias revelaciones fundadoras me ocurrieron esa noche. La primera es la manera en que quedé ligada a papá. La conciencia era el ojo y el parpadeo, y en el temblor nos imprimía juntos en una placa. La imagen capturada estaba movida. […] Matriz. Estábamos juntos en un lecho que era vientre, principio y origen. En esa telúrica epifanía se da un suceso capital: contar las cosas desde la propia mirada, aunque -¡oh, inocencia!- se eche mano de la mentira. Mentía para tener un punto de apoyo: mi voz, mi articulación a la mentira. Yo era la creadora de lo que convencía a los que estábamos alrededor de la mesa. Yo nos restauraba una fe. Yo nos regresaba a una posible tierra firme confiable. Mentía para ser mi propia simiente, mi heredera, mi padre y madre.  

A medida que se va creciendo, es necesario adquirir conciencia propia, y en ese proceso, digno es resaltar la buena impronta de la gente querida hoy integrada al inventario de ausencias, como podemos leer en “Mis cadáveres”: […] Emprendí una aventura de conocimiento sobre mi persona, sobre la formación de mi cuerpo, tomando como espejo algunos cadáveres con los que tuve relación en mi infancia y adolescencia. En alguna entrevista, el escritor Álvaro Mutis dijo que los sucesos que determinan una vida aparecen entre los siete y los doce años; a medida que avanzamos en la lectura, esto se suscribiría de buenas a primeras. Si la experiencia del sismo del ’57 creó conciencia sobre la acción de contar, respecto a la presente remembranza ¿para qué contar, por qué contar y quiénes serían sus destinatarios? Es, precisamente, esa ausencia quien le afianza la vocación de escribir, cuyos recuerdos no pasen desapercibidos del todo.  

Dos textos merecen especial atención: “Ojos” y “La hija del bosque”. Para el primer caso, es el acto de mirar quien devela mejor el camino a seguir en cuanto al destino de la escritura: […] Tengo apetito de ver y me satisface hondamente lo que observo, tanto apetito y tanta satisfacción que cinco décadas después estos sentimientos están aún frescos en la memoria. Veo, veo, veo. Lo hago con avidez y serenidad. […] Soy toda ojos, ojos iluminados, ojos en iluminación. Miro largo e intenso. Veo tanto que con los ojos doy un trago de esa fantasía que llamamos eternidad. Una “eternidad” donde la mirada del niño, del viejo, no se limite solamente a nomenclaturas cronológicas, sino saberse atemporal: “tan joven y tan viejo”, citando a un clásico de nuestra época.

En “La hija del bosque”, asistimos de nueva cuenta al encuentro de una epifanía, en la que los libros y el estado de extranjería consolidan la vocación de escritora, a la caza de nuevas historias a contrapunto del tiempo: […] yo sabía que conocía cómo retrasar la llegada de la muerte porque soy un ser que escribe, ésa es mi marca de identidad, y nosotros le ponemos un margen que ellas, la calavera, no puede trasponer. Decir “mi último deseo” no me hacía, como cuando lo pensé de niña, inmortal. Un error de traducción en uno de los libros comprados por la autora abre hilo -empleando una expresión tuitera- sobre una historia por venir, donde tiempos lejanos circulan en justo paralelo, para persistir en la escritura…y dar justo testimonio. Tal vez elegí escribir porque no se hacía alrededor de casa, porque no conocía yo a ningún escritor, porque aunque hubiera crecido rodeada de libros, en cambio no había conocido a ese género de personas. Era un camino único, y sentí que eso me haría sólida.   

En suma, Cuando me volví mortal nos ofrece una visita guiada por lo senderos que hicieron de Carmen Boullosa la escritora que conocemos y leemos hoy día. A la par de sus novelas, este libro merece una lectura periférica -por decir paralela-, donde se evidencia el afianzamiento de un oficio de resistencia, de clara vocación al paso del tiempo, y cuyo talento desmedido se encuentra en constante transformación.

Quede aquí este libro, donde la persistencia aún está por escribir sus próximas páginas, plenas de memorias y presencias, siempre gratas al final del día. (Así sea.)   

Carmen Boullosa. Cuando me volví mortal. México, Cal y Arena, 2010.  

 

(25/febrero/2022)

viernes, 4 de marzo de 2022

Convivio y escalas

Ulises Velázquez Gil

 

En alguna ocasión, una colega de mi maestro Raymundo Ramos le preguntó acerca del origen de su columna en un suplemento cultural, a lo que éste le respondió: “Tengo varios temas -literalmente- sobre la mesa y el primero que vea, sobre ése escribo”. A medida que avanza el tiempo, son los temas quienes nos salen al paso, sea para suscitar un recuerdo o una reflexión, sea por el gusto de divagar un poco. De la columna impresa hasta su versión en línea (blog), todo espacio se torna susceptible para ese empeño.

            Desde hace más de una década, Fernando Fernández ejerce cada semana la escritura de su blog, donde tienen cabida temas que le salen al paso, es decir, le generan inquietudes como gratos hallazgos, entre evocaciones de colegas y amigos que conviven al vaivén de la escritura en línea, sorpresiva como impactante, bajo el señero nombre de Siglo en la brisa.

A guisa de retrospectiva, llega a nuestras manos Viaje alrededor de mi escritorio, libro que reúne 36 entradas, elegidas de entre más de 500 que conforman su bitácora en línea, a manera de ajuste de cuentas con el tiempo presente, que n deja de prodigar sus propias maravillas y milagros. Para muestra, basta un botón… La semana pasada conocí a Fernando Fernández. No se crea que me he vuelto loco, o que ha caído en la tentación de ensayar una suerte de doppelgänger con algún propósito literario […] Y es que, en España, llamarse como él y como yo es algo nada infrecuente, por lo que resulta norma que nuestros muchos homónimos hagan algo para intentar diferenciarse entre sí.

De cierta manera, en este libro “conviven” varios Fernando Fernández, todos interesados por tópicos diversos: botánico de ocasión, cazador de erratas, memorialista en ristre y hasta lector en bucle, como ocurre en “De viaje con Rosa Lida de Malkiel”, en el cual se evidencia un rampante afán por leer; de cómo la lectura de un libro nos lleva a otro, y de ahí, a un tercero, cuarto, incluso una biblioteca entera, según lo permita el azar.

En “Si el oxim[o]ron es tolerable”, aparte de conocer su interés por adentrarse en el origen de una palabra, nos externa su preferencia (que otros tildarían de tozudez) por escribir/acentuar cierta palabra, en lugar de seguir la ortodoxia de “la vieja confiable”. La razón es sencilla: siempre he escrito y pronunciado la palabra de esa manera, esto es como si fuera llana y no esdrújula. Hace no mucho hice uso de ella al final de un artículo sobre un “volcán” de Vicente Rojo: la sensación que me produce la aguatinta de gran formato del artista hispanoamericano que cuelga de una pared de mi estudio, es la de una “volcánica serenidad”; antes escribí: “si el oximoron es tolerable”. Desde Helena Beristain hasta Julio Ortega, pasando por el recuerdo de José Molina Ayala (cuya generosidad grecolatina persiste en los empeños del autor), se pasean por un pro domo mea que, a decir verdad, se suscribiría sin problemas.

Una figura preponderante para Fernando Fernández es Gerardo Deniz, a quien ha dedicado decenas de páginas y cuidado su obra en varias ocasiones -más lo que se acumule en la semana. Aunque su maestro y colega ya merece ampliamente un volumen propio, el texto aquí reunido (“Un soneto inédito de Gerardo Deniz”) es sólo una pequeña (gran) muestra del genio y figura denicianos, donde un poeta de altos vuelos -y con su respectiva aparición en este libro- no sale tan bien parado que digamos: […] a Almela le pareció que su amigo había leído cierto libro sobre el tema, aunque el poeta de “Salamandra” negó conocerlo acaso porque su información provenía de alguna otra fuente. Pero lo que disparó la creación del soneto fue que Octavio, hacia el final del famoso poema, dice que “la salamandra es un lagarto”. (Paréntesis aparte. En alguno de los textos incluido en su arranque de memorias llamado Paños menores, Gerardo Deniz mencionó algunas cosas que le pasaron por alto a Octavio Paz, con relación al poema de marras. Quede aquí el dato, para otra lectura en bucle.)

Un episodio digno de figurar en una antología de orden fantástico nos la comparte el autor en “Esqueleto de Gonfoterio”, donde el equívoco en un pie de foto detona otra suerte de lectura, en el marco del homenaje a un escritor de renombre. ¿Qué pensar de algo así? No es muy amable colocar debajo del retrato de un autor que alcanza las ocho décadas un pie de foto que se refiere a los restos óseos de un mamífero extinguido hace miles de años. Me temo que la comparación nos llevaría muy lejos.

Por último, ¿qué sería de este libro sin el texto de dónde recibe su nombre? A decir de la variedad de sucesos y personas aquí reunidos, es posible conocer qué maravillas guarda dicho mueble, indispensable en nuestras labores de lectura y escritura. Cuando mandé hacer mi escritorio quise que fuera tan grande como para poder desplegar sobre él un mapa de buenas proporciones. Si nunca lo he hecho, no ha sido por falta de espacio. […] la mayoría de veces de libros y papeles que fueron consultados un momento y se quedaron a hacer turismo en mi escritorio, contagiados por mi incurable tendencia a la divagación. De la misma forma en que los libros hacen turismo en el escritorio, así también los temas que le generan interés: vueltos entrada en su blog, en espera de su ulterior lector ideal, donde hasta Compay Segundo se entrelaza con Federico García Lorca. (Y Viceversa.)   

Con todo, Viaje alrededor de mi escritorio da cuenta de todos los intereses de Fernando Fernández, donde a la par de una cuidada prosa, el afán de adentrarse en un objeto, un libro o unos versos aprendidos al vaivén de la memoria se vuelve convivio y escalas para una curiosidad impenitente. Aunque a Siglo en la brisa todavía le queden muchos itinerarios por seguir, la presente compilación es sólo el principio, del cual sólo queda esperar grandes augurios y renovadas lecturas. (Así sea.)   

Fernando Fernández. Viaje alrededor de mi escritorio. México, Bonilla Artigas, 2020 (Las Semanas del Jardín, 14).  

 

(18/febrero/2022)


viernes, 11 de febrero de 2022

Escalas al interior


Ulises Velázquez Gil 


En el ensayo que da nombre a la compilación Horas en una biblioteca, Virginia Woolf nos dice que la admiración que inspiran nuestros contemporáneos es “cálida y genuina porque con el objeto de dar paso a la fe que en ellos tengamos a menudo hemos de sacrificar algún prejuicio muy respetable, y que nos daba incluso credibilidad”. Aunque esa circunstancia se desarrolla sine qua non en todos los géneros desde donde se practica la escritura, es en el ensayo donde ocurre esto más a menudo; en aras de serle fiel a una idea o a la práctica de ésta, a veces es menester sacrificar ciertas nociones, preconcebidas de antemano.

            Consciente de todo ello, Laura Sofía Rivero nos entrega un flamante volumen de ensayos, pero que, a diferencia de libros anteriores, éste se arriesga un poco más, a fin de salirse de linderos harto conocidos -donde lo ínfimo se vuelve tomografía y el presente devela sus propias retóricas.

            Dios tiene tripas. Meditaciones sobre nuestros deshechos aborda, a lo largo de once ensayos, qué relaciones tiene el cuerpo con el resto del mundo; en particular, con el acto de expeler nuestros deshechos, cosa que las llamadas buenas conciencias se esmeran (aún en estos dosmiles) ocultar bajo denominaciones escatológicas, por decirlo menos. La escritura de lo asqueroso es difícil de digerir. ¿Por qué querríamos leer sobre suciedades si con ahínco fabricamos eufemismos, escondemos desagües bajo el piso y diseñamos casas que separan los deshechos? Durante siglos nos hemos afanado en el ocultamiento. Quien pronuncia lo que nadie nombra comete un pecado capital: el del mal gusto. […] Pero ni todo el recato ni el miedo a la fragilidad de nuestro interior podrá quitarle a los temas soeces su cualidad más inquietantemente bella: la universalidad.

Para muestra de esa universalidad, qué tal si comenzamos con el ensayo que encabeza esta compilación, “Corre que te alcanza”, en cuyos cuatro apartados vamos del eufemismo al momento de conocer los primeros indicios de la diarrea, hasta la lección de historia, cuando caemos en la cuenta de que hasta las figuras más broncíneas sufrieron por esa extraña -y entraña- afección. Si en el lenguaje cotidiano se le llama por la palabra chorro es porque su consistencia hace malabares con los estados de la materia y plantea una pregunta fundamental: ¿por qué lo sólido no duele y lo líquido raspa? (Casi una disquisición filosófica y/o científica se esconde tras esta pregunta, muy a la manera del huevo y la gallina… pero mejor no nos esforcemos de más. Literalmente.)

Ante la materia indispuesta que se halla al interior del cuerpo -y en espera de salir sin mayor pretexto-, digno es mencionar un objeto tan importante en cuanto a su presencia en empeños algo heterodoxos, y cuya ausencia detona el grito más peligroso en plena madrugada (a decir de un comercial de los años 90). “No hay papel”: del cómo una rápida incursión al cuarto de baño suscita una reflexión acerca de los usos del papel de baño, su importancia como adminículo limpiador y hasta su improvisada sustitución al no contarse con el referente oficial. El arte de la improvisación obliga a muchos a cortar y planchar con su mano el cartón del rollo hasta hacer de él una tira dispuesta para el uso. […] Cualquier cosa extraída de los bolsillos tiene potencial de limpiador. Con todo y su esmerada imagen a manos de agencias de publicidad, diseñadores y fabricantes, ¿por qué en tiempos de incertidumbre se acapara el papel higiénico, habiendo otros insumos de vital importancia? Quizá porque es un objeto de placer, confortable. Porque ha alcanzado un estatuto que lo percibe como símbolo de la dignidad. Porque gastar en el retrete los árboles que le faltan al planeta, genera un espejismo: la confianza en que todo estará bien y pasará pronto. (Y que los primeros meses del confinamiento den fe de ello…)

Así como el papel de baño se vuelve un must en cuanto a preciado objeto del deseo, es menester contar con una “Guía para el uso del baño público”, donde se ponen a prueba toda suerte de aplomo y de resistencia. El baño público es usado por todos, pero no le pertenece a nadie. Todo en él depende de si se le encuentra vacío o lleno. Al despoblado, puede ser escenario de las más audaces muestras de cinismo corporal; en compañía, nos sabemos espectáculo y espectador a un mismo tiempo. Desde la meditación zen hasta la curiosidad del vecino latoso, el baño público se vuelve territorio pródigo en intimidades, de oloroso santo y seña.  

Ante actos y lugares de no tan santa materia, es preciso mencionar a un objeto del cual depende el destino del usuario del baño: el jabón. “Mitos y rituales de la espuma” se ocupa de ponernos en claro acerca de un objeto a mitad de camino entre la sanidad y la santidad, del cual penden de un hilo tanto la gracia como la satisfacción. En la cárcel nadie lo recoge. Borra los roces y huellas y mugre de la piel. Suelen usarlo en la boca aquellos que profieren groserías. Protege del contagio. Al jabón se le concibe puro, sin mácula, aunque puede acumular cabello con codicia. ¿Qué más podemos saber de aquel que vive para su propio desgaste? Mártir de la limpieza, se sacrifica en aras de su oficio; hecho pasta, muere lentamente en cada uno, cada vez más pequeño, cada vez más inservible.

¿Por qué leer Dios tiene tripas? Volvamos a Virginia Woolf y lo que dice acerca de nuestros contemporáneos: “siempre que sigan con vida no dejarán lanzar sus redes en algún abismo ignoto para engatusar formas nuevas […] si hemos de aceptar, con la debida comprensión, los extraños regalos que nos hacen”. Como lectores de Laura Sofía Rivero, un ensayo nuevo siempre es un buen presente (por su naturaleza chispeante, capaz de generar sorpresa y desconcierto, reflexión y debate, según la sintonía del cuadrante) y esta condición se acentúa a cada página de este libro: escalas al interior, de cuya inteligencia nos hace partícipes.

Queda decir que a este libro le esperan grandes batallas, como suele pasar con aquellos cuyo amor al detalle se nota de la primera línea hasta la última página; aunque el tema sacuda a más de uno, de algo podemos estar seguros: de proseguir la conversación que su autora se planteó al momento de escribir. De lo demás, sólo el tiempo… y hasta el papel. (Así sea.)   

Laura Sofía Rivero. Dios tiene tripas. Meditaciones sobre nuestros deshechos. México, Fondo de Cultura Económica/ Secretaría de Cultura-Dirección General de Publicaciones, 2021 (Fondo Editorial Tierra Adentro).  

(28/enero/2022)