viernes, 11 de febrero de 2022

Escalas al interior


Ulises Velázquez Gil 


En el ensayo que da nombre a la compilación Horas en una biblioteca, Virginia Woolf nos dice que la admiración que inspiran nuestros contemporáneos es “cálida y genuina porque con el objeto de dar paso a la fe que en ellos tengamos a menudo hemos de sacrificar algún prejuicio muy respetable, y que nos daba incluso credibilidad”. Aunque esa circunstancia se desarrolla sine qua non en todos los géneros desde donde se practica la escritura, es en el ensayo donde ocurre esto más a menudo; en aras de serle fiel a una idea o a la práctica de ésta, a veces es menester sacrificar ciertas nociones, preconcebidas de antemano.

            Consciente de todo ello, Laura Sofía Rivero nos entrega un flamante volumen de ensayos, pero que, a diferencia de libros anteriores, éste se arriesga un poco más, a fin de salirse de linderos harto conocidos -donde lo ínfimo se vuelve tomografía y el presente devela sus propias retóricas.

            Dios tiene tripas. Meditaciones sobre nuestros deshechos aborda, a lo largo de once ensayos, qué relaciones tiene el cuerpo con el resto del mundo; en particular, con el acto de expeler nuestros deshechos, cosa que las llamadas buenas conciencias se esmeran (aún en estos dosmiles) ocultar bajo denominaciones escatológicas, por decirlo menos. La escritura de lo asqueroso es difícil de digerir. ¿Por qué querríamos leer sobre suciedades si con ahínco fabricamos eufemismos, escondemos desagües bajo el piso y diseñamos casas que separan los deshechos? Durante siglos nos hemos afanado en el ocultamiento. Quien pronuncia lo que nadie nombra comete un pecado capital: el del mal gusto. […] Pero ni todo el recato ni el miedo a la fragilidad de nuestro interior podrá quitarle a los temas soeces su cualidad más inquietantemente bella: la universalidad.

Para muestra de esa universalidad, qué tal si comenzamos con el ensayo que encabeza esta compilación, “Corre que te alcanza”, en cuyos cuatro apartados vamos del eufemismo al momento de conocer los primeros indicios de la diarrea, hasta la lección de historia, cuando caemos en la cuenta de que hasta las figuras más broncíneas sufrieron por esa extraña -y entraña- afección. Si en el lenguaje cotidiano se le llama por la palabra chorro es porque su consistencia hace malabares con los estados de la materia y plantea una pregunta fundamental: ¿por qué lo sólido no duele y lo líquido raspa? (Casi una disquisición filosófica y/o científica se esconde tras esta pregunta, muy a la manera del huevo y la gallina… pero mejor no nos esforcemos de más. Literalmente.)

Ante la materia indispuesta que se halla al interior del cuerpo -y en espera de salir sin mayor pretexto-, digno es mencionar un objeto tan importante en cuanto a su presencia en empeños algo heterodoxos, y cuya ausencia detona el grito más peligroso en plena madrugada (a decir de un comercial de los años 90). “No hay papel”: del cómo una rápida incursión al cuarto de baño suscita una reflexión acerca de los usos del papel de baño, su importancia como adminículo limpiador y hasta su improvisada sustitución al no contarse con el referente oficial. El arte de la improvisación obliga a muchos a cortar y planchar con su mano el cartón del rollo hasta hacer de él una tira dispuesta para el uso. […] Cualquier cosa extraída de los bolsillos tiene potencial de limpiador. Con todo y su esmerada imagen a manos de agencias de publicidad, diseñadores y fabricantes, ¿por qué en tiempos de incertidumbre se acapara el papel higiénico, habiendo otros insumos de vital importancia? Quizá porque es un objeto de placer, confortable. Porque ha alcanzado un estatuto que lo percibe como símbolo de la dignidad. Porque gastar en el retrete los árboles que le faltan al planeta, genera un espejismo: la confianza en que todo estará bien y pasará pronto. (Y que los primeros meses del confinamiento den fe de ello…)

Así como el papel de baño se vuelve un must en cuanto a preciado objeto del deseo, es menester contar con una “Guía para el uso del baño público”, donde se ponen a prueba toda suerte de aplomo y de resistencia. El baño público es usado por todos, pero no le pertenece a nadie. Todo en él depende de si se le encuentra vacío o lleno. Al despoblado, puede ser escenario de las más audaces muestras de cinismo corporal; en compañía, nos sabemos espectáculo y espectador a un mismo tiempo. Desde la meditación zen hasta la curiosidad del vecino latoso, el baño público se vuelve territorio pródigo en intimidades, de oloroso santo y seña.  

Ante actos y lugares de no tan santa materia, es preciso mencionar a un objeto del cual depende el destino del usuario del baño: el jabón. “Mitos y rituales de la espuma” se ocupa de ponernos en claro acerca de un objeto a mitad de camino entre la sanidad y la santidad, del cual penden de un hilo tanto la gracia como la satisfacción. En la cárcel nadie lo recoge. Borra los roces y huellas y mugre de la piel. Suelen usarlo en la boca aquellos que profieren groserías. Protege del contagio. Al jabón se le concibe puro, sin mácula, aunque puede acumular cabello con codicia. ¿Qué más podemos saber de aquel que vive para su propio desgaste? Mártir de la limpieza, se sacrifica en aras de su oficio; hecho pasta, muere lentamente en cada uno, cada vez más pequeño, cada vez más inservible.

¿Por qué leer Dios tiene tripas? Volvamos a Virginia Woolf y lo que dice acerca de nuestros contemporáneos: “siempre que sigan con vida no dejarán lanzar sus redes en algún abismo ignoto para engatusar formas nuevas […] si hemos de aceptar, con la debida comprensión, los extraños regalos que nos hacen”. Como lectores de Laura Sofía Rivero, un ensayo nuevo siempre es un buen presente (por su naturaleza chispeante, capaz de generar sorpresa y desconcierto, reflexión y debate, según la sintonía del cuadrante) y esta condición se acentúa a cada página de este libro: escalas al interior, de cuya inteligencia nos hace partícipes.

Queda decir que a este libro le esperan grandes batallas, como suele pasar con aquellos cuyo amor al detalle se nota de la primera línea hasta la última página; aunque el tema sacuda a más de uno, de algo podemos estar seguros: de proseguir la conversación que su autora se planteó al momento de escribir. De lo demás, sólo el tiempo… y hasta el papel. (Así sea.)   

Laura Sofía Rivero. Dios tiene tripas. Meditaciones sobre nuestros deshechos. México, Fondo de Cultura Económica/ Secretaría de Cultura-Dirección General de Publicaciones, 2021 (Fondo Editorial Tierra Adentro).  

(28/enero/2022)

viernes, 31 de diciembre de 2021

2021 en quince


Ulises Velázquez Gil

Cada año, sobra decirlo, al momento de realizar la selección oficial, se dan emociones encontradas, tanto por los títulos excluidos como por los que llegaron a quedarse; al final del día, priman el placer de la lectura y la esperanza de compartir en otro momento aquellas cosas que se quedaron tanto en la mesita de trabajo como en el buró.

A diferencia del año pasado, donde se echaron en falta los espacios físicos para presentaciones y charlas en torno a libros de cuño reciente, en este 2021 se reactivó un poco esa dinámica (con las medidas sanitarias correspondientes) y las mesas de novedades se llenaron de nuevos títulos, en espera de sus nuevos lectores y de integrarse a listados posteriores. En ambos casos -con todo y su modalidad a distancia-, la conversación prosigue y goza de cabal salud.

De infaltable tradición en esta columna en línea, comparto con ustedes mi listado con los quince libros que más me impactaron en el año (dejando en ustedes su posterior búsqueda y lectura, desde luego); también cabe mencionar que en algunos destella la experiencia de la primera vez: tanto en invención como en intención. Novelas gratamente esperadas, compilaciones de cuento que resumen una vida detrás de la pluma y hasta un libro de poesía que encontró su realización definitiva en estos meses de pandémica estampa, por mencionar sólo algunos ejemplos, participan de aquella experiencia. Quede en ustedes conocerla de buenas a primeras, y aunque suene a perogrullada, toda omisión o presencia desconcertante, que recaiga en el firmante de estas líneas.

POESÍA:

-Cancerófoba (Patricia Arredondo)

CUENTO:

-Los grandes hits de Shanna McCullough (Héctor Iván González)

-Después del exilio (Jazmín García Vázquez)

NOVELA:

-Un bosque flotante (Jorge F. Hernández)

-El jardín de las certezas (Diana Ramírez Luna)

-La princesa traicionada (Horacio Saavedra)

-Memorias tullidas del paraíso (Ingrid Solana)

-Niebla ardiente (Laura Baeza)                       

ENSAYO:

-Grados de miopía (Andrea Chapela)

-Gestos del centauro (Marcos Daniel Aguilar)

-Un lugar seguro (Olivia Teroba)

-El lado B de la cultura (Julia Santibáñez)

-Landscapes: escrituras móviles (Fabiola Eunice Camacho)

MEMORIAS:

-Selva oscura (Aline Pettersson)

CRÓNICAS:

-Anacrónicas (José Ángel Leyva)  

Mención especial para Fernando Fernández, cuya constancia lectora nos obsequió La majestad de lo mínimo (en torno a Ramón López Velarde, cuyo centenario luctuoso se cumplió en este año) y para dos nuevos integrantes de El Colegio Nacional, cuyos discursos de ingreso nos recuerdan dos asignaturas pendientes con los días que corren: Las huellas de la memoria y los pasos al devenir de Felipe Leal y El maravilloso mundo de los virus de Susana López Charretón.

Bien se sabe que tanto el primero como el último día de cada año no deja de soltarnos dudas sobre nuestro quehacer con la vida; de una cosa sí puedo estar seguro: que la pasión por la lectura persistirá. Y hasta aquí, la presente escala. ¡Muchas gracias a ustedes!

 

babelises@hotmail.com 

@Cliobabelis 

lunes, 20 de diciembre de 2021

Visita guiada

 

Ulises Velázquez Gil


En el prólogo de los Cuadernos 1957-1972 de Emil Cioran, Simone Boué hace énfasis en la importancia que tuvieron esos cuadernos para su autor, “por tratarse de su único contacto con la escritura”, en una época donde su bloqueo escritor era cosa de todos los días. Para quienes ejercemos el diario oficio de la escritura, un cuaderno se vuelve instrumento indispensable para todas las cosas que se desean realizar, y que, por los vaivenes de la vida, no pasan de la sola página donde se escriben.

Después de varias escalas en revistas y suplementos, Fabiola Eunice Camacho nos presenta su primer libro, donde sus obsesiones e intereses (sólo reservados en un principio al cuaderno) se encuentran a la busca de otros lares, de su lector idóneo.

Landscapes: escrituras móviles se compone por trece ensayos, donde su autora se cuestiona cuál es el verdadero quehacer de la escritura (de su escritura), y del cómo ésta no deja de suscitarle otras rutas, amén de dudas y, por qué no, de revelar su propio itinerario en aras de una escritura prístina que proteica, condiciones sólo reveladas -en principio- al recipiente del cuaderno. Acaso la parte más íntima de cualquier proceso creativo sea los cuadernos de trabajo. Son laboratorios ambulantes, en ellos se vierten mecanismos, se resguardan citas, se escriben las dudas, se garabatean los espacios en blanco, se proyecta la primera intuición de la obra.

Un primer libro, de cierta manera, es un cuaderno, por guardar toda serie de sucesos y de cosas que componen el ser y hacer de una escritora. Para el caso de Fabiola, los suyos tienen tarjetas de visita, fichas bibliográficas y hasta un breve ejercicio autobiográfico, muy a la manera del catálogo de una exposición: El lector es un autor de tiempo completo: @sr_gatoburbujas […] Quizá ahora la lectora es quien escribe, el escritor es, ¿qué es el escritor?

A medida que avanzamos en la lectura de Landscapes, no dudamos en creer esa constante lectura que deriva en la ulterior escritura; sin embargo, una buena escritura se compone de muchas lecturas, a guisa de “colección” de sucesos y cosas que permean en el texto mismo. Y ya que hablamos de colecciones, éstas se pueden comprender mejor desde los linderos autobiográficos, donde el afán coleccionista a ratos se vuelve inusitada acumulación. En el principio fue la acumulación y luego, el vacío. […] Ya se sabe que un buen coleccionista tiene por principio de cuentas un sentido táctil muy desarrollado. Toda colección es subjetiva y al hacerla puede que incluso lleguemos a romper las cadenas de producción y los estándares de consumo por el hecho de que nos abstendríamos de comprar plásticos y tecnología. Acumularíamos sin depurar.

Uno de los ejercicios acumulativos (y acumuladores) por excelencia, es la escritura de cuadernos y diarios, donde se consignan los hechos de la vida; una cita de brillo espectacular convive en franca compañía con el dato vacuo, de numeralia sólo reservada al enciclopedismo del juego de mesa Maratón. Si acumulamos objetos, también memorias, incluso conocimientos. Pero la delgada línea entre el coleccionismo y la acumulación sólo se comprende si justipreciamos el valor concedido a las cosas. (Del síndrome de Diógenes al catálogo de mercadolibre, pero con ideas y apreciaciones.).

Otro tema de toral importancia en los ensayos de Fabiola Eunice Camacho es la ciudad, misma que aborda en el ensayo homónimo del libro. Una ciudad siempre es fugitiva. No sólo escapa de cualquier clase de reglas y formas de medición, sino también de las miradas que pretendan privarle de su voluntad de estar en constante movimiento. Más que funambulista, la autora es citámbula, por sus constantes paseos e incursiones, tanto geográficas como imaginarias; lectora de Walter Benjamin y discípula de Vicente Quirarte, sus pasos sobre la calle y por los renglones trazan reflexiones a la busca de leerse mejor y volverse parte del objeto que le atrae sobremanera. Si Italo Calvino puso al viandante en el mapa, nuestra autora le obsequia una postal de propia mano. ¿Qué es lo que pasa en la ciudad? ¿Qué va a pasar en ella? La ciudad responde con paisajes.

(Paréntesis aparte. En una escena de Paisaje en la niebla de Theo Angelopoulos, un personaje muestra a los niños protagonistas un fragmento de película y les pide que fijen su mirada hacia éste, porque más allá se ve un paisaje idóneo, un no-lugar por así decirlo. Así ocurre con la literatura: nos muestra cosas fuera de nuestro entendimiento, pero si enfocamos un poco la vista, hay cosas más allá de lo evidente… Incluso ciudades propias y ajenas, que es preciso construir y deconstruir.)

Un tópico fundamental que aparece frente a nosotros cuando se habla de ciudades, reside en el acto de habitar(las), inquietud que la autora plasma en “Escrituras al margen: notas para habitar los espacios en blanco”, donde la ciudad más importante por visitar o por conocer no se encuentra en documentos cartográficos, sino en el viaje al interior de una misma, mientras se hace propia una habitación ajena. Viajar en situaciones de duelo o hastío no es igual a huir, es sólo una forma de obtener perspectiva. Viajar y hospedarse es como armar el marco del rompecabezas. Como un experimento donde la distancia del personaje es lo que completa la acción, no hago sino borrar de manera pasajera mis recuerdos sobre casi todos los viajes en mi vida adulta. […] Viajes sin ninguna pretensión que respirar otros humores, deambular por otras calles. Dormir en otras camas.

En suma, Landscapes: escrituras móviles consigna la persistencia escritural de Fabiola Eunice Camacho por un oficio extenuante como renovador, cuyas andanzas y maestranzas sólo se reservan, en principio, al cuaderno personal, indispensable en ese ajuste de cuentas con la vida; suerte de visita guiada por el interior de nuestro cuarto.

Si se hiciera una galería ideal de ensayistas mexicanas contemporáneas, de la misma forma con que se monta una exposición, la curaduría correspondiente no dudaría en colocar en la misma sala a nuestra autora junto a Ingrid Solana, Marina Azahua, Georgina Cebey, Olivia Teroba y Laura Sofía Rivero, por mencionar sólo algunas exponentes; de travesías diversas, que confluyen hacia un constante cuestionamiento, sólo resuelto mediante la persistencia de la escritura.

Queden aquí estas letras en movimiento, en espera de hallar a sus lectores y descubrir, por cuenta propia, esa travesía al interior de sí mismos.   

Fabiola Eunice Camacho. Landscapes: escrituras móviles. México, Los Libros del Perro, 2021 (Ensayo).  

(6/diciembre/2021)

viernes, 29 de octubre de 2021

Afanes de hormiga

 

Ulises Velázquez Gil


En el prólogo a la edición Porrúa de México insurgente y Diez días que estremecieron al mundo de John Reed, se puede leer la siguiente frase, a guisa de epígrafe: “Ser tu amigo es tratar de ser honrado intelectualmente”. Si nos guiamos por los significados de la palabra honrado, resaltan distinción y honestidad, cualidades que quien las recibe, le ofrendan el mayor reconocimiento.

            Consciente de lo anterior, Rodrigo Martínez Baracs nos entrega, bajo la señera figura del discurso académico, su acercamiento a una de las facetas más importantes de su padre, el escritor José Luis Martínez, en particular aquella que dio orden y ulterior presencia en el panorama cultural de su tiempo, y, que, por ende, trasciende fronteras de orden cronológico y espacial.

José Luis Martínez, editor, pasa revista a uno de los trabajos más importantes dentro de la vida y la obra del autor de La expresión nacional: su faceta editorial, de donde abrevaron varias empresas posteriores: [es] de interés repasar su vida y obra desde el punto de vista de su actividad como editor, pues la edición es una actividad que abarcó la mayor parte de su vida. No hubo trabajo que desempeñara, como escritor y como funcionario, en el que el aspecto editorial no estuviera presente. Sobre este aspecto, Martínez Baracs lo enfatiza de la siguiente forma: […] edición de textos y documentos, a menudo con estudios y notas, dirección de revistas y editoriales, y coordinación de estudios colectivos.

Sin embargo, y por más que intente disociar la vida de la obra, la primera pone la pauta en cuanto a la aparición de la segunda. Vayamos por partes. Su encuentro con varios de sus contemporáneos incide en los proyectos a realizar; con Alí Chumacero y Jorge González Durán creó la revista Tierra Nueva, y su admiración por Alfonso Reyes lo condujo por los senderos de su obra, al grado de involucrarse en su creación, tal y como sucedió en el volumen México en la cultura, donde Reyes, en un ejercicio de generosidad, lo subió a ese barco a través del texto “Las letras patrias”. Pero el empeño de magnitudes épicas llegaría después con la Cartilla moral, sobre la que Martínez Baracs nos pone al tanto. En la Secretaría de Educación Pública la actividad como editor de mi padre se multiplicó. Para la Cartilla alfabetizadora de 1944, que elaboraba un equipo de pedagogos de la SEP, mi padre le pidió a Alfonso Reyes que escribiera dos o tres lecciones finales de menos de una página con preceptos elementales de moral. Pero don Alfonso no pudo acotarse a las dos páginas requeridas y en cambio, en un intenso fin de semana, escribió 40, un magnífico tratadillo sobre ética, la famosa Cartilla moral, que no se podía incluir en la Cartilla alfabetizadora. (Años después, su padre le hace algunos ajustes para hacerla más asequible a las nuevas generaciones. Aunque éstas, polémica mediante, la conozcan de primera fuente, y hasta suscitando una versión de corte inmoral.)

Un buen editor, como todo lector que se digne de serlo, debe nutrirse de todas las lecturas que salen a su paso, y José Luis Martínez siempre echó mano de éstas, a fin de realizar toda suerte de faenas que conlleva la edición, no sólo de libros, sino también de revistas y con un poco más de pericia, hasta ambas en una sola exhibición. De los libros que quedaron a su cuidado, aparte de aquellos de alfonsina estampa, destacan los dos tomos de El ensayo mexicano contemporáneo (constantemente revisados, dado su ímpetu autocrítico), las Memorias de la Academia Mexicana de la Lengua (con todo y ediciones facsimilares), las antologías de El mundo antiguo (todavía en espera de una merecida “reencarnación” editorial), y, desde luego, su paso por la dirección del Fondo de Cultura Económica, institución desde donde fraguó una de las empresas más ambiciosas hasta ese momento. El ambicioso proyecto personal que sí pudo realizar […] fue el de hacer una edición facsimilar de completa de las más importantes Revistas Literarias Mexicanas Modernas, de la primera mitad del siglo XX. Se conjugó la feliz circunstancia de que mi padre era director del Fondo, de que él mismo tenía en su biblioteca la mayor parte de estas revistas literarias, y de que las había estudiado, de tal modo que realizó casi toda la edición con sus propios ejemplares.

Ejemplares propios como esfuerzos físicos, donde seleccionar, revisar, consultar, corregir y sobre todo leer, fueron fundamentales para establecer -su palabra favorita, recuerda Enrique Krauze en Retratos personales- una conversación con las letras mexicanas […] como si la tarea fundamental de su vida estuviera contenida en el lema Tolle lege, “Toma y lee”, que nos legó san Agustín […], fundamental para cualquier mexicano que busca resolver la crisis política, moral, cultural que vive el país, que en última instancia es una crisis de lectura, de incapacidad para tener presente el legado que nos van dejando los hombres más sabios y generosos que nos antecedieron.

Para finalizar, bien cabe volver a la frase referida al principio de estas líneas. José Luis Martínez es honrado por partida doble por su hijo Rodrigo, sea por su presencia señera en la cultura mexicana, sea por su ejemplo de honestidad intelectual, cuyos afanes de hormiga prosigue el autor en su propia labor historiográfica. (Mientras el padre pasó de las letras a la historia, el hijo, por el contrario, transitó el camino a la inversa. Eso sí, en ambas plumas destella la pasión por el conocimiento.)

En estos tiempos, donde los vientos soplan hacia direcciones contrarias y la historia cae en manos maniqueas, digno es acercarse a la obra de un editor sin par, y doblemente, por boca de quien vivió a flor de piel todas sus batallas. (Al final del día, leer para conocer. Que así sea.)   

Rodrigo Martínez Baracs. José Luis Martínez, editor. Discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua. México, Universidad Nacional Autónoma de México/ Academia Mexicana de la Lengua, 2021.  


(15/octubre/2021)

lunes, 11 de octubre de 2021

Al vaivén del tiempo


Ulises Velázquez Gil

 

Por boca del narrador de Mi diario sobre ti, Raymundo Ramos nos dice que “la escritura es una rendija por donde se asoman las fantasías del alma para salir a la calle, aunque tantas veces se nos filtran fragmentos de realidad para ingresarse en la conciencia”. A medida que se escribe, tanto unos como otros aparecen a lo largo del texto en proceso, y sin importar el género donde se incursione, ambas se trastocan un poco más de la cuenta.

            Luego de transitar por las veredas de la poesía y afianzar sus afanes ensayísticos, Ingrid Solana toma vuelo y se interna por un campo, a primera vista, sólo reservado a la ficción. Resultado de ello tenemos Memorias tullidas del paraíso, su primera incursión en el género de la novela. A diferencia de una convencional (delimitada por capítulos y personajes variados), ésta se distingue por su carácter fragmentario donde reluce el ejercicio introspectivo de su protagonista, Artemisa, historiadora del arte, frente a una disyuntiva que cimbra su trayectoria de vida transitada hasta ese momento: la confección de una tesis, acompañada por una suerte de reflexiones sobre la fotografía, suscitadas por la impronta dejada por el levantamiento zapatista de 1994. Pero antes de su impasse académico y del vértigo producido por la imagen, […] es fundamental regresar al pasado. Pensar en él una y otra vez y tomar posición en torno a los acontecimientos que caracterizaron nuestra vida personal porque ellos explican la Historia.

Cuando Manoel de Oliveira filmó Viaje al principio del mundo, a partir de la experiencia de un actor luso-francés, también lo hizo, precisamente, para explicar(se) la Historia; dicha condición predomina en Artemisa, quien vuelve a su matria, Oaxaca, a los lugares, sucesos y personas que le dieron rumbo y desviación a su futuro proceder. Una madre que la ve como una extraña, una tía que es la extensión de sus mismas inquietudes, y su estancia preparatoriana que la narradora denomina Paraíso. Mi bachillerato no se llamaba Paraíso, pero me agrada nombrarlo de ese modo; pensar que fue un edén, el espacio primigenio de mis ilusiones. Paraíso tenía una cancha de futbol enorme, dos canchas de basquetbol, laboratorios y un salón de teatro al que íbamos los viernes. […] Yo había dejado a mis papás en Oaxaca y vivía con la tía Beatriz. Me sentía a su lado, recordaba lo que decía de los libros y de las películas que veíamos, ritualmente, los miércoles y los viernes por la noche […].

En ese tiempo, Artemisa comprende que debe forjarse su propio camino a partir de las decisiones que elija de forma posterior, de la misma forma que Chinito Matías, ex boxeador de quien aprende el arte del boxeo, a resultas de cambiar su adicción al cigarro por afanes de primer impacto. En el gimnasio, Chinito Matías corrige a sus pupilos, no le gusta que perdamos el ritmo, que nos ahoguemos de cansancio, nos interpela y azuza. Las primeras veces el ambiente del gimnasio es amenazante para una mujer; los hombres expiden el primitivismo de su fuerza, sus músculos se complacen en la competencia elemental entre ellos. […] Las mujeres somos las espectadoras de la fuerza.

Ante la poca disciplina frente a la hoja en blanco (para urdir esa tesis tan rumiada), Artemisa se refugia en el deporte, sobre todo en el recuerdo de su vida, con el fin de responderse otras interrogantes sobre el deber de escribir: ¿para qué o para quién? Con sólo borronear una hoja en blanco, ya se incurre en ese cuestionamiento, donde lo único irrompible es la duda; desconocer si nuestras palabras encuentran eco en otros ojos, otra orilla. La vida es un tejido: correlaciones, pactos, saltos de tiempo, es una yuxtaposición de surcos del lenguaje. La vida no es cronológica: no es sucesiva; es una travesía de eternidades juntas, es decir, memoria. La memoria no es progresiva ni retentiva, es un cuerpo tullido.

Como parte de ese cuerpo, digno es detenerse en las imágenes que lo conforman; en este caso, hay dos lecturas que se alternan en continuo paralelo: las reflexiones acerca de la fotografía y el vértigo producido por las imágenes de dicho levantamiento armado. Las fotografías nos permiten anularnos, separarnos de lo que consideramos nuestro, son también fragmentos de tiempo aislados y, al mismo tiempo no lo son, son hilos anudados, nudos que olvidan su origen, que se buscan, que quieren encontrarse en el mapa de la totalidad. […] Soy la dispersión, mi escrito fragmentado. En este carácter fragmentario, aparte de las muchas lecturas hechas por la autora/narradora (Georges Didi-Huberman, Chantal Maillard y hasta Roland Barthes, entre otros autores), hay ecos de otras plumas, como los Fuegos de una joven Marguerite Yourcenar o las crepusculares visiones de Marguerite Duras plasmadas en Escribir. (Paréntesis aparte: me atrevería a decir que Artemisa tiene en José García -protagonista de El libro vacío de Josefina Vicens- a su par en los avatares de la procrastinación, a quienes no les queda más remedio que persistir en su descritura.)

Con todo, Memorias tullidas del paraíso es una novela que nos pone en jaque a cada fragmento: flechas artemisas que llegan certeras al blanco de toda duda, a tal grado de no creerse los propios pensamientos inclusive. Al vaivén del tiempo, somos las líneas que escribimos, las guerras que se asumen (como Chinito Matías) o las memorias titubeantes de generar sus propios vínculos (las que Artemisa vacila en proseguir). Esta novela encuentra un inusitado contrapunto con Restauración de Ave Barrera y en el Retrato involuntario de Marina Azahua, tanto por la reflexión constante como por el vértigo producido por una fotografía, una palabra, o la actualización de un recuerdo.

Para quienes hemos seguido con devoción lectora la obra de Ingrid Solana, en este libro se concretan todas sus obsesiones (“fantasías del alma, fragmentos de realidad”, retomando a Raymundo Ramos), vislumbradas desde las definiciones que encabezan los cuadrantes de su Barrio Verbo, hasta la fusión de géneros, evidente en sus Notas inauditas. Una novela que obedece a muchas lecturas, inclusive las que se acumulen durante el proceso.

En ustedes, lectores, está descubrirlo por cuenta propia. (Así sea.)   


Ingrid Solana. Memorias tullidas del paraíso. México, Dharma Books, 2021 (El Vuelacercas, 21).  

(27/septiembre/2021)

lunes, 13 de septiembre de 2021

De buena onda y rollo

 

Ulises Velázquez Gil


Cuando Luis González y González se planteó la escritura de La ronda de las generaciones, lo hizo con el fin de dar cuenta de los sucesos y las figuras que conformaron el engranaje de México durante los siglos XIX y XX, donde “se juntan gentes de muy distinta condición […] como si pertenecieran a la misma especie social”. Caso similar ocurre con el campo de la cultura, donde cada época produce a sus figuras, unas más disímiles que otras, pero espectaculares todas -con todo y defectos, que no es poco decir.

Consciente de que la historia es más que un chisme sabroso, Julia Santibáñez nos entrega El lado B de la cultura. Codazos, descaro y adulterios en el siglo XX, donde se da cuenta de sucesos y figuras harto conocidas, pero desde el lado que menos se les conoce, volviéndolos tan cercanos que hasta nos extrañaría no haberles conocido en alguna de nuestras correrías por la vida de todos los días.

En cincuenta capítulos breves, como los años que componen un medio siglo, nos ponen al tanto de la historia propia de escritores, pintores, actores, músicos y hasta un abogado sui generis, que, como no queriendo la cosa, une más cabos que los que se podrían imaginar. Un lado B que […] arroja luz sobre cómo el arte y el pensamiento se vinculan con la vida diaria, con lo prosaico del mundo cotidiano. En estas páginas dinamito seriedades entre la minoría bienpensante que engola la voz para hablar de los grandes creadores, como si fuera de otra pasta. Resulta que también son gemebundos cuando se enamoran, tienen supersticiones, se ponen viejos pian pianito.

Dice el refrán que “la familia, como el sol, entre más lejos, mejor”, y ante las parentelas y dinastías abordados por su autora nos hacen dudar un poco de tan acendrado paremio, como podemos leer en “¿Familia de artistas? Intenseo seguro”, donde aparecen tanto los fabulosos Revueltas como las sortílegas Campobello. Toda parentela que se precie guarda una oveja negra en el clóset. Cuando entre miembros decentes despunta una bailarina o un escritor se fractura la solidez de la patria casera, ganada a punta de conductas ejemplares. Y cuando entre cuatro paredes hay más de un artista “llega el empezose del acabose”, como diría Mafalda.

Tal y como sucede hasta en las mejores familias, los personajes retratados con polaroid en este volumen -por la brevedad de los textos, recordemos- han hecho, a la par de las labores propias de su sexo y de su talento, chambas y oficios de cualquier tipo; “Ay, los oficios alimenticios” da santo y seña de ello. Los personajes de la cultura no siempre (ok, nunca) tienen un arranque terso en el medio. Igual que un auto destartalado, los ingresos cascabelean, el reconocimiento pasa aceite, la estabilidad parece jalonearse. Por eso trabajan de lo que sea, para autobecarse en el trabajo artístico.

En el término acuñado por Luis Buñuel -patente en el nombre del capítulo-, lo mismo encontramos a un Juan José Arreola vendedor de tepache, a Jaime Sabines despachando telas mientras urde Tarumba, o a varios escritores que venden películas y comerciales -Álvaro Mutis- o que ponen sus talentos verbales al servicio de las marcas, como Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, Francisco Hernández y Fernando del Paso, que hizo de ese ambiente un territorio a explorar dentro de su geografía novelística. La literatura y la publicidad tienen más puntos en común de los que habitualmente se reconoce. Comparten materia prima: palabras, musicalidad e imaginación. Aunque el anuncio provoca la compra de un producto y el texto literario es el fin en sí mismo, ambas disciplinas generan emociones. Buscan quedarse en la cabeza del destinatario. Por eso muchos escritores bragados han vivido de marcas en las que quién sabe si creían. Da igual (“Publicistas o el arte de dorar la píldora”).     

Una de las cosas que se planteó la autora al momento de poner en orden El lado B de la cultura, es la justa mención de las mujeres que hicieron mella en el siglo XX, y también de algunas que se vieron opacadas por el genio y la figura de sus esposos, colegas y hasta familiares. A dónde quiera se pasemos las páginas o que el azar nos haga la travesura de abrirse en equis o ye capítulo, siempre hay una mujer presta a contar sus andanzas o de volverse visible como parte de otra historia más grande. María Félix y Tongolele, Elena Garro y La China Mendoza, Silvia Pinal y Nahui Ollin, Pita Amor y Vitola (más las que se acumulen por la lectura) hacen gala de sus talentos y maravillas, que aún siguen ganando batallas en estos agitados dosmiles, donde la equidad busca volverse una sana costumbre.

Además de conocer las historias de gente y sucesos excepcionales, muy cercanos a nuestro bagaje cultural, Julia Santibáñez nos obsequia a la primera oportunidad palabras de su propia cosecha (sabrosidad, piropear, inspiradero, automuerto, malditidad, etc.), porque de la misma forma en que hacemos propia la admiración por una figura importante, es ineludible hacer nuestra una palabra, incluso si se permite inventarla; en ese empeño, la figura que le es más cercana es “Un bato muy acá: Tin Tan”: Una de sus mayores riquezas, el lenguaje bífido, agringado, rebelde al convencionalismo, lo que hoy llamamos espanglish, se le atragantaba a José Vasconcelos. […] si los pochismos de las películas del bailarín sonaban ajenos, la modernidad incorporó al español expresiones como tenquiu, oquéi, uasumara. Hay que documentar que, omnívoro de palabras, el actor acuñó giros de uso caribeño como guagua, candela y tumbao.

De El lado B de la cultura podemos llenar hojas y hojas, a fin de ponderar cuidadosamente su contenido (donde los apodos célebres, el Palacio de Lecumberri -penal de cinco estrellas que palidecería al Hilton por albergar a grandes luminarias-, el gusto por los gatos y hasta la cafetofilia -no del todo suscrita por La Utora, su avatar hebdomadario-, etc.), pero de una cosa podemos estar seguros: de contar con un libro de buena onda y rollo, que nos identifique como recipiendarios de una tradición y como artífices de otra nueva, “por asistir a un desfile de personas […] que aparecen y desaparecen en un abrir y cerrar de ojos”, retomando a Luis González y González. (Paréntesis aparte: en ese mismo tenor, la portada/contraportada de Bernardo Fernández BEF, que nos remite a los murales del extinto restaurante Prendes, a la cuasi totalidad de una conocida portada sesentera, o a los afanes retratistas de Abel Quezada.)  

Sin picarme de profético, El lado B de la cultura pinta para volverse obra de referencia obligada, y que amerita una, dos, tres, las continuaciones necesarias. Y mientras llega ese momento, quede aquí esta ricura de libro: deleite y celebración de sus lectores presentes, pretéritos y futuros. (Chapeau!)   

Julia Santibáñez. El lado B de la cultura. Codazos, descaro y adulterios en el México del siglo XX. México, Reservoir Books, 2021.  


(30/agosto/2021)

lunes, 23 de agosto de 2021

Refugio y fortaleza

Ulises Velázquez Gil

 

En alguna de sus Notas inauditas, Ingrid Solana nos dice que la escritura “no se expande en la forma del libro; es, en cambio, una esquina, un tejido de delirios y sombras, fragmentos dispersos y discontinuos, gritos, heridas y cicatrices”. A medida que se escribe, la justa medida de nuestro trabajo se define en esas características, en la manera en que hacen mella en el ser y hacer de todos los días.

En este sentido, la obra de nuestras escritoras mexicanas contemporáneas tiene para dar y prestar. Dentro del género ensayístico, digno es saludar la aparición de Un lugar seguro, primer libro de Olivia Teroba, que confirma por entero la percepción expuesta al principio de estas líneas.

Compuesto por once ensayos (uno más que en la primera edición, de 2019), da cuenta de las inquietudes, andanzas y aprendizajes de su autora, en el arduo proceso de hallar su propia voz, prístina y destellante de claridad, evidentes en la siguiente profesión de fe. En mis textos no quisiera buscar una literatura “femenina” porque ni siquiera entiendo a cabalidad qué podría hacer partiendo de esa idea. No obstante, lo que sí quiero es ubicarme, reconocerme e intentar que de ahí surja mi escritura.

La divisa de Olivia Teroba, en ese sentido, es la misma de Alejandra Pizarnik: “Habla de lo que sabes”. Para lograrlo, fija su mirada en los sucesos y las cosas que le rodean; aunque éstos no le sean del todo halagüeños, como ocurre en su ensayo “Obra negra”: Cuando era adolescente, todo el tiempo pensaba que no quería ser como mi madre. A partir del divorcio, ella tuvo varias relaciones conflictivas, que repercutieron en la vida familiar. Sus problemas emocionales se reflejaban en la estructura de nuestra casa, siempre en construcción. Con todo y los problemas familiares (y la difícil situación que las mujeres pasan en Tlaxcala, de paso), la autora se empeña en dar testimonio de sus vivencias, aunado a la esperanza de asirse a la página escrita, a guisa de salvación y defensa.

(Paréntesis aparte. En el campo de la novela, Gilma Luque exploró en Obra negra ese tipo de altibajos familiares, y del cómo la casa se vuelve metáfora de la vida misma. De cierta forma, ambos textos se complementan.)

En “La culpa”, reflexiona sobre el momento de callar y el instante para hablar: […] Nos quedamos callados, expectantes, incómodos. Intento decir algo pero no me salen las palabras. Muchas veces tengo esa sensación con gente que estimo, pero con quienes no comparto el lugar de residencia, ni la profesión, ni las aficiones ni filiaciones políticas. Es decir, sobre todo con mi familia. Esta percepción sobre la valía de las palabras se entrecruza con la línea de su abuelo, también escritor, inmerso en los trazos de su pequeña patria llamada Tlaxcala. Es una ciudad donde, quien empieza a escribir, se encuentra con un medio literario agotado por el desencanto y el recelo. (A medida que avanzamos en su lectura, nos será irrebatible cambiar patria por matria, porque de ella venimos y hacia ella vamos.)      

Una vez que llegamos al ensayo “Presente simple”, Olivia Teroba comparte su experiencia luego de conocer a Elena Garro, cuya vida, obra y milagros le genera un profundo interés. Una de las sorpresas que nos depara la literatura reside en el encuentro con autores que comparten los mismos empeños y afanes que nosotros, y Elena Garro, a decir de la autora, no se queda atrás. Indagar en la biografía de Elena Garro es desembocar en un laberinto. Existen tantas versiones de su vida como biógrafos: ella misma llegaba a contradecirse en entrevistas […] testimonio que utiliza la ficción como herramienta para conducirnos a través de las experiencias desoladoras de la paranoia, el miedo y la exclusión social. En la figura de Elena Garro se materializa la genealogía propia de la autora (elección de antecesores, según el tópico borgiano), y, por añadidura, su constante lectura de la obra le ayuda a consolidar su propia voz.

Hacia el final, los dos últimos ensayos (“No viajaban solas” y el homónimo que da nombre al libro) se unen para afianzar una idea toral en el ser y hacer de la autora: la sororidad, apoyar y apoyarse entre mujeres, a fin de hacer más llevadero este mundo, donde Virginia Woolf y Sailor Moon, por mencionar algunos ejemplos, no cesan de obsequiar lecciones de vida, mismas que terminan, una vez asimiladas por el prisma de la experiencia, en la página escrita, donde […] hay dos claves para el trayecto: confianza y cuidado. Confianza porque la paranoia nos hace más débiles. Y cuidado porque el mundo es un lugar peligroso. Y la vida es frágil y por lo tanto hay que cuidarla.

En suma, Un lugar seguro da cuenta de aquellos gritos, heridas y cicatrices que componen una vida, así también la esperanza y la grata compañía en el diario oficio de vivir; refugio y fortaleza, la escritura y su ejercicio diario no dejan de prodigar sus mejores milagros, a prueba de tiempo y para hacerle frente a una realidad sin menor atisbo de renovación.

Dentro del panorama ensayístico en México, el nombre de Olivia Teroba reluce con honor junto al de sus colegas Ingrid Solana, Marina Azahua, Laura Sofía Rivero y su paisana Karen Villeda, por mencionar sólo algunas. Desde ahora, se le auguran grandes victorias a este libro, de cuya lectura saldremos con otra mirada, en justo proceder con la vida misma.

Quede aquí la invitación para habitar entre sus páginas. (Así sea.)   

Olivia Teroba. Un lugar seguro. 2ª ed. Guadalajara, México, Paraíso Perdido, 2021 (Divague).  

 

(9/agosto/2021) 

miércoles, 11 de agosto de 2021

Jinetes del tiempo

 

Ulises Velázquez Gil


En alguna parte de su Red de autores, José Balza nos dice que el ensayo literario “es un cuerpo vivo, fascinante, el cual es absorbido y devuelto, desde perspectivas formales de gran perfección y desde posiciones conceptuales también originales”. A este respecto, el panorama del ensayo mexicano contemporáneo tiene para dar y prestar y, en ese sentido, en los ensayistas de nuevo cuño mejor se evidencia esa visión expuesta por Balza.

            Después de transitar por los caminos del Ateneo de la Juventud y de seguir a golpe de máquina las andanzas y maestranzas de Alfonso Reyes, Marcos Daniel Aguilar se sube de nueva cuenta al corcel del ensayo, para entregarnos un libro de vuelos poco más heterodoxos (¿qué ensayo no lo es?) bajo el nombre de Gestos del centauro.

Como le ocurrió a su leído y admirado Reyes, este libro surgió de la constancia hemerográfica en varias revistas, de la cual tenemos ocho ensayos en torno a la presencia del caballo en el arte y en la literatura, desde la perspectiva de diversos exponentes, que van de Julio Ruelas y Raúl Anguiano a Saint-John Perse y, para variar, el propio Reyes: […] el andar del caballo entre las páginas de los libros y en las laterales de las pinturas se convirtió para mí en ese pequeño detalle por explorar a través del ensayo; porque el equino, además, es un disidente del arte, un outsider de la literatura […].

En la primera parte, “Pincelazos como crines”, desfilan cuatro pintores para quienes la presencia del caballo dio lugar a trabajos emblemáticos de su obra, como ocurre en los ensayos sobre César Hipólito Bacle y Ernesto Icaza, quienes conocieron de buenas a primeras al compañero de sus mejores trazos: […] Bacle retrata a los mendigos pidiendo limosna arriba del caballo, pordioseros que pasarían inadvertidos si no fuera porque están montados en su medio de transporte. […] Además, César Hipólito retrata la vida en los corrales y hasta el tráfico en los caminos debido al encuentro entre vehículos dirigidos por los cuadrúpedos (“Monografía desbocada del infausto César Hipólito Bacle”); La verosimilitud de sus cuadros es incomparable, la dimensión de las figuras y de longitud de las profundidades son siempre las correctas. Pintaba con maestría a los personajes y animales con movimientos reales, con fondos llanos y cielos altos que a primera vista hacen soñar al espectador con una cálida y jovial tarde de campo para rememorar aquel amor por la tierra (“Ernesto Icaza: del caballo al caballete”).

Completan la cuarteta plástica dos mexicanos espectaculares, por heterodoxos (Julio Ruelas) y volcánicos (Raúl Anguiano). Vayamos primero con el contemporáneo de los ateneístas. Si alguna vez ya se había autorretratado cual fauno ahorcado en un árbol, probablemente Julio sea aquel personaje de una de sus viñetas, donde un miserable hombre es amarrado de un pie a la cola de un equino para que éste, a toda velocidad, le desgarre la piel, le rompa el alma y el deseo (“Un fauno retrata al centauro: Julio Ruelas”).

Con todo y la brevedad de “Pinceladas del rejoneador: Raúl Anguiano”, es el de mayor expresividad en cuanto a la presencia equina dentro de su obra, pero a ratos -y a golpe de párrafo- busca estallar (y estallarse frente al lector) su fuerza taurina, responsable de textos memorables de José Bergamín o de Jorge F. Hernández -cuyo apotegma bien podría aplicarse a nuestro autor: “Escribir es torear”. ¿Qué le gustaba […] al artista que también pintó las costumbres del campo y de la clase trabajadora de México? Le agradó, sobre todo, el momento álgido en que el caos se adueñaba del espacio: cuando el toro de lidia embestía sobre el peto del caballo y cuando al perder el equilibrio todo se iba al suelo, provocando el peligro y la imagen de la muerte.

Para la cuarteta reunida en “Utopía del centauro”, Marcos Daniel Aguilar llega a terrenos más o menos conocidos, es decir, de gente de pluma que hizo del caballo parte de sus páginas memorables; Jorge Luis Borges, Saint-John Perse, el Martín Fierro, Don Segundo Sombra y un viejo conocido suyo, que, por sabido, omitimos por mientras. En “Gaucho bueno en pingo, gaucho malo en redomón” tenemos una pequeña gran lección de Historia, donde por fuerza es preciso echar mano de las obras literarias surgidas a la par del proceso histórico (en este caso, de Argentina y Uruguay, y la figura del gaucho): […] por medio de las palabras todavía se respira el olor a campo fresco y a mate amargo, se escucha el galope de la tropa y el relincho de un potro recién domado, un mugido vacuno y la enorme sombra de un gaucho bueno o de un gaucho malo.

Si de altos vuelos hablamos, qué mejor ejemplo de ello es “Alfonso Reyes, poesía a lomo y galope”, donde el autor sigue fiel a su experiencia alfonsina; en concreto, a su relación con el ser equino. Reyes, apasionado de la literatura, de la historia y conocedor de leyendas épicas gracias a su ascendencia militar, describió con su pluma varios episodios en que la furia del equino sirvió para dar golpes certeros en el campo de acción. Episodios que van de la mitología a la historia real y de la historia a lo anecdótico, en donde la batalla a caballo siempre está presente y de manera indisoluble.

Sobre Saint-John Perse y Jorge Luis Borges, el autor enfatiza el tópico equino en sendas obras como Anábasis o el Manual de zoología fantástica. A pie y a caballo son los dos medios que el poeta forjó para introducirse a los oscuros abismos de la esencia de la humanidad, o de la tierra prometida, que a final de cuentas es la manera para conocer cualquier nación, pueblo o persona (“Cabalgata del caribeño Saint-John Perse”); […] a diferencia de los indígenas americanos, los helenos ya conocían al animal, por lo que probablemente el centauro griego sea producto de una “imaginación deliberada, y no de una confusión ignorante”, como les ocurrió a los nativos de las tierras que hoy son México (“Borges visita el zoológico”).

Luego de la lectura de Gestos del centauro, no nos cabrá mayor duda sobre el acertado juicio de José Balza acerca del ensayo literario, del cual Marcos Daniel Aguilar se ocupó en este breve volumen de grandes afanes: “¿cuántos equinos más habrá escondidos entre las historias que leemos y vemos? ¿Cuántos podrán hablarnos sobre nuestra propia existencia en la Tierra?” Mientras esa pregunta busca su respuesta, varios jinetes del tiempo le harán el quite a nuestro autor, y llevar a buen cometido su empresa de encontrarlos.

Para quienes hemos seguido la trayectoria de Marcos Daniel Aguilar, nos encontramos de frente con su libro más atípico, no por ello exento de claridad y elegancia en la prosa, que la habla de tú a sus maestros y colegas de ayer, hoy y siempre. (Quede aquí su dedicada lectura. De verdad.)   

Marcos Daniel Aguilar. Gestos del centauro. México, Ediciones Periféricas/ Instituto Tuxteco de Arte y Cultura, 2021.  

 

(28/julio/2021)

viernes, 6 de agosto de 2021

Vértigo y fascinación


Ulises Velázquez Gil

  

“Uno escribe para dejar constancia de lo imaginario o como artificio de la memoria. Las palabras son vehículo para la descripción de lo irreal e inasible y también el retrato de lo real y fidedigno”. Una vez leídas estas palabras de Jorge F. Hernández, no nos cabrá mayor duda en decir que le quedarían muy bien a un cuentista, navegante de dos aguas (lo inasible y lo fidedigno), donde al final del día su cuidada prosa y el amor al detalle destellen por los cuatro costados.

Y cuando esas cualidades recaen en una pluma de cuño reciente, los resultados no dejarán de sorprendernos y éste es el caso. Después de breves apariciones en antologías, cuadernillos de corto alcance y volúmenes colectivos, Jazmín García Vázquez nos entrega su primer libro, que destella constancia y talento desmedido en un género de grandes afanes, pero conciso en forma y fondo.

Después del exilio se compone por quince cuentos, donde se pasean, como por casa propia, el terror y la ciencia ficción, y aunque por instantes su breve extensión genere desconcierto, su eficacia es notoria en cuanto a tener su historia muy bien cuajada. Entremos en materia. Por el lado del terror, la autora posee un dominio muy marcado del género, como puede verse en “Un crimen”, “Bajo la cama” o “La otra familia”, pero es en “Los hombres perseguidos” donde esto mejor se evidencia. Santiago observó al hombre, se preguntaba cuántos años tendría, cuantos realmente había vivido e imaginaba a sus hijos esperándolo llegar a casa. De golpe, todos esos escenarios elaborados en su cabeza fueron derribados y otros más ocupados por esa mujer diciendo: Ya es hora. Sólo bastó que la última palabra se deslizara fuera de su maldita boca para que el sujeto cayera “accidentalmente” a las vías del tren justo cuando el inmenso gusano metálico se acercaba a toda velocidad. La sangre invadió las vías y el terror las miradas, pero nada conmovía el hierático ser de la mujer, quien se mostraba orgullosa de haber terminado un trabajo a tiempo.

Por otro lado, la ciencia ficción predomina en la segunda mitad del libro, con cuentos de temática futurista en los que el juego de las posibilidades (donde el hubiera se conjugue en todos los tiempos) echa mano de extraños artefactos y nos presenta toda suerte de historias. En “El mundo futuro”, una ilusión de antaño encuentra el pretexto perfecto para realizarse una vez que echa mano de la tecnología -con música de Mecano a guisa de banda sonora. La creación de las personas virtuales o sustitutos, como muchos los llamaban, representó una bendición para las familias que habían perdido a sus seres queridos, para quienes no podían tener hijos e incluso para aquellos, los menos, que deseaban la dicha de tener un hijo, pero poseían la astucia o pereza de querer sólo las ventajas.      

En “Sleep Easy®” y “Dejà vu 40” el hubiera sí puede realizarse, porque tanto los sueños como la realidad pueden modificarse a complacencia, o más bien, para sobornar al destino. ¡El insomnio y las pesadillas quedaron atrás! Con Sleep Easy®, un fácil procedimiento médico, dormir será la mejor parte del día. En el momento en que manifieste deseos de descansar, Sleep Easy® hará efecto y usted disfrutará de un sueño placentero… Al terminar el comercial, el noticiario informó acerca de una secretaria que había envenenado a dos célebres empresarios durante una junta de negocios. Para el segundo caso, por muy eficaces que sean los artificios tecnológicos, una cosa es segura: lo irreductible de la conducta humana. Viajar en el tiempo siempre se ha pensado una imposibilidad […], pero ciertamente se trata de una habilidad natural en nosotros. Cada vez que experimentamos un dejà vu, en realidad se efectúa un salto en el tiempo. Tenemos la sensación de haber vivido ese momento porque de verdad sucedió. (También esto puede verse en “La niña que sonríe”, un cuento tan desolador como luminoso -patentes en el objeto y en la imagen que da lugar a la historia-, que no le hubiera disgustado del todo a P. D. James, autora de distopías de reciente factura.)

Como suele pasar con los grandes libros de cuento, siempre hay un momento para el humor, y éste sale a escena en “Anticuario”, donde el valor histórico se reduce a una transacción comercial, y en “Exilio”, cuya añoranza del Edén perdido se torna desilusión del signo, a decir de Raymundo Ramos.

Con todo, Después del exilio es un libro perfecto a todas luces, por la diversidad de enfoques plasmados en cada una de sus historias, y una cuidada prosa que no requiere de adjetivos despampanantes; vértigo y fascinación que evidencian una consumada maestría en el oficio de contar, por cuyo sendero antes ya transitaron Juan José Arreola y René Avilés Fabila, y hoy día, Atenea Cruz y Andrea Chapela, por mencionar algunos nombres.

Luego de terminar su lectura, no dudo en coincidir con Jorge F. Hernández (cuya obra también es, en el buen sentido, puro cuento) en que se escribe cuento “no al servicio de un engaño, sino por el placer de materializar los sueños”, y en ese sentido, el libro de Jazmín García Vázquez ya logró ese cometido. Mientras esperamos su siguiente obra, quede aquí su profesión de fe hacia un género espectacular. (Así sea.)   

Jazmín García Vázquez. Después del exilio. México, LibrObjeto, 2021 (Boleto para cualquier parte, 1).  

 

(23/julio/2021)