viernes, 29 de octubre de 2021

Afanes de hormiga

 

Ulises Velázquez Gil


En el prólogo a la edición Porrúa de México insurgente y Diez días que estremecieron al mundo de John Reed, se puede leer la siguiente frase, a guisa de epígrafe: “Ser tu amigo es tratar de ser honrado intelectualmente”. Si nos guiamos por los significados de la palabra honrado, resaltan distinción y honestidad, cualidades que quien las recibe, le ofrendan el mayor reconocimiento.

            Consciente de lo anterior, Rodrigo Martínez Baracs nos entrega, bajo la señera figura del discurso académico, su acercamiento a una de las facetas más importantes de su padre, el escritor José Luis Martínez, en particular aquella que dio orden y ulterior presencia en el panorama cultural de su tiempo, y, que, por ende, trasciende fronteras de orden cronológico y espacial.

José Luis Martínez, editor, pasa revista a uno de los trabajos más importantes dentro de la vida y la obra del autor de La expresión nacional: su faceta editorial, de donde abrevaron varias empresas posteriores: [es] de interés repasar su vida y obra desde el punto de vista de su actividad como editor, pues la edición es una actividad que abarcó la mayor parte de su vida. No hubo trabajo que desempeñara, como escritor y como funcionario, en el que el aspecto editorial no estuviera presente. Sobre este aspecto, Martínez Baracs lo enfatiza de la siguiente forma: […] edición de textos y documentos, a menudo con estudios y notas, dirección de revistas y editoriales, y coordinación de estudios colectivos.

Sin embargo, y por más que intente disociar la vida de la obra, la primera pone la pauta en cuanto a la aparición de la segunda. Vayamos por partes. Su encuentro con varios de sus contemporáneos incide en los proyectos a realizar; con Alí Chumacero y Jorge González Durán creó la revista Tierra Nueva, y su admiración por Alfonso Reyes lo condujo por los senderos de su obra, al grado de involucrarse en su creación, tal y como sucedió en el volumen México en la cultura, donde Reyes, en un ejercicio de generosidad, lo subió a ese barco a través del texto “Las letras patrias”. Pero el empeño de magnitudes épicas llegaría después con la Cartilla moral, sobre la que Martínez Baracs nos pone al tanto. En la Secretaría de Educación Pública la actividad como editor de mi padre se multiplicó. Para la Cartilla alfabetizadora de 1944, que elaboraba un equipo de pedagogos de la SEP, mi padre le pidió a Alfonso Reyes que escribiera dos o tres lecciones finales de menos de una página con preceptos elementales de moral. Pero don Alfonso no pudo acotarse a las dos páginas requeridas y en cambio, en un intenso fin de semana, escribió 40, un magnífico tratadillo sobre ética, la famosa Cartilla moral, que no se podía incluir en la Cartilla alfabetizadora. (Años después, su padre le hace algunos ajustes para hacerla más asequible a las nuevas generaciones. Aunque éstas, polémica mediante, la conozcan de primera fuente, y hasta suscitando una versión de corte inmoral.)

Un buen editor, como todo lector que se digne de serlo, debe nutrirse de todas las lecturas que salen a su paso, y José Luis Martínez siempre echó mano de éstas, a fin de realizar toda suerte de faenas que conlleva la edición, no sólo de libros, sino también de revistas y con un poco más de pericia, hasta ambas en una sola exhibición. De los libros que quedaron a su cuidado, aparte de aquellos de alfonsina estampa, destacan los dos tomos de El ensayo mexicano contemporáneo (constantemente revisados, dado su ímpetu autocrítico), las Memorias de la Academia Mexicana de la Lengua (con todo y ediciones facsimilares), las antologías de El mundo antiguo (todavía en espera de una merecida “reencarnación” editorial), y, desde luego, su paso por la dirección del Fondo de Cultura Económica, institución desde donde fraguó una de las empresas más ambiciosas hasta ese momento. El ambicioso proyecto personal que sí pudo realizar […] fue el de hacer una edición facsimilar de completa de las más importantes Revistas Literarias Mexicanas Modernas, de la primera mitad del siglo XX. Se conjugó la feliz circunstancia de que mi padre era director del Fondo, de que él mismo tenía en su biblioteca la mayor parte de estas revistas literarias, y de que las había estudiado, de tal modo que realizó casi toda la edición con sus propios ejemplares.

Ejemplares propios como esfuerzos físicos, donde seleccionar, revisar, consultar, corregir y sobre todo leer, fueron fundamentales para establecer -su palabra favorita, recuerda Enrique Krauze en Retratos personales- una conversación con las letras mexicanas […] como si la tarea fundamental de su vida estuviera contenida en el lema Tolle lege, “Toma y lee”, que nos legó san Agustín […], fundamental para cualquier mexicano que busca resolver la crisis política, moral, cultural que vive el país, que en última instancia es una crisis de lectura, de incapacidad para tener presente el legado que nos van dejando los hombres más sabios y generosos que nos antecedieron.

Para finalizar, bien cabe volver a la frase referida al principio de estas líneas. José Luis Martínez es honrado por partida doble por su hijo Rodrigo, sea por su presencia señera en la cultura mexicana, sea por su ejemplo de honestidad intelectual, cuyos afanes de hormiga prosigue el autor en su propia labor historiográfica. (Mientras el padre pasó de las letras a la historia, el hijo, por el contrario, transitó el camino a la inversa. Eso sí, en ambas plumas destella la pasión por el conocimiento.)

En estos tiempos, donde los vientos soplan hacia direcciones contrarias y la historia cae en manos maniqueas, digno es acercarse a la obra de un editor sin par, y doblemente, por boca de quien vivió a flor de piel todas sus batallas. (Al final del día, leer para conocer. Que así sea.)   

Rodrigo Martínez Baracs. José Luis Martínez, editor. Discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua. México, Universidad Nacional Autónoma de México/ Academia Mexicana de la Lengua, 2021.  


(15/octubre/2021)

lunes, 11 de octubre de 2021

Al vaivén del tiempo


Ulises Velázquez Gil

 

Por boca del narrador de Mi diario sobre ti, Raymundo Ramos nos dice que “la escritura es una rendija por donde se asoman las fantasías del alma para salir a la calle, aunque tantas veces se nos filtran fragmentos de realidad para ingresarse en la conciencia”. A medida que se escribe, tanto unos como otros aparecen a lo largo del texto en proceso, y sin importar el género donde se incursione, ambas se trastocan un poco más de la cuenta.

            Luego de transitar por las veredas de la poesía y afianzar sus afanes ensayísticos, Ingrid Solana toma vuelo y se interna por un campo, a primera vista, sólo reservado a la ficción. Resultado de ello tenemos Memorias tullidas del paraíso, su primera incursión en el género de la novela. A diferencia de una convencional (delimitada por capítulos y personajes variados), ésta se distingue por su carácter fragmentario donde reluce el ejercicio introspectivo de su protagonista, Artemisa, historiadora del arte, frente a una disyuntiva que cimbra su trayectoria de vida transitada hasta ese momento: la confección de una tesis, acompañada por una suerte de reflexiones sobre la fotografía, suscitadas por la impronta dejada por el levantamiento zapatista de 1994. Pero antes de su impasse académico y del vértigo producido por la imagen, […] es fundamental regresar al pasado. Pensar en él una y otra vez y tomar posición en torno a los acontecimientos que caracterizaron nuestra vida personal porque ellos explican la Historia.

Cuando Manoel de Oliveira filmó Viaje al principio del mundo, a partir de la experiencia de un actor luso-francés, también lo hizo, precisamente, para explicar(se) la Historia; dicha condición predomina en Artemisa, quien vuelve a su matria, Oaxaca, a los lugares, sucesos y personas que le dieron rumbo y desviación a su futuro proceder. Una madre que la ve como una extraña, una tía que es la extensión de sus mismas inquietudes, y su estancia preparatoriana que la narradora denomina Paraíso. Mi bachillerato no se llamaba Paraíso, pero me agrada nombrarlo de ese modo; pensar que fue un edén, el espacio primigenio de mis ilusiones. Paraíso tenía una cancha de futbol enorme, dos canchas de basquetbol, laboratorios y un salón de teatro al que íbamos los viernes. […] Yo había dejado a mis papás en Oaxaca y vivía con la tía Beatriz. Me sentía a su lado, recordaba lo que decía de los libros y de las películas que veíamos, ritualmente, los miércoles y los viernes por la noche […].

En ese tiempo, Artemisa comprende que debe forjarse su propio camino a partir de las decisiones que elija de forma posterior, de la misma forma que Chinito Matías, ex boxeador de quien aprende el arte del boxeo, a resultas de cambiar su adicción al cigarro por afanes de primer impacto. En el gimnasio, Chinito Matías corrige a sus pupilos, no le gusta que perdamos el ritmo, que nos ahoguemos de cansancio, nos interpela y azuza. Las primeras veces el ambiente del gimnasio es amenazante para una mujer; los hombres expiden el primitivismo de su fuerza, sus músculos se complacen en la competencia elemental entre ellos. […] Las mujeres somos las espectadoras de la fuerza.

Ante la poca disciplina frente a la hoja en blanco (para urdir esa tesis tan rumiada), Artemisa se refugia en el deporte, sobre todo en el recuerdo de su vida, con el fin de responderse otras interrogantes sobre el deber de escribir: ¿para qué o para quién? Con sólo borronear una hoja en blanco, ya se incurre en ese cuestionamiento, donde lo único irrompible es la duda; desconocer si nuestras palabras encuentran eco en otros ojos, otra orilla. La vida es un tejido: correlaciones, pactos, saltos de tiempo, es una yuxtaposición de surcos del lenguaje. La vida no es cronológica: no es sucesiva; es una travesía de eternidades juntas, es decir, memoria. La memoria no es progresiva ni retentiva, es un cuerpo tullido.

Como parte de ese cuerpo, digno es detenerse en las imágenes que lo conforman; en este caso, hay dos lecturas que se alternan en continuo paralelo: las reflexiones acerca de la fotografía y el vértigo producido por las imágenes de dicho levantamiento armado. Las fotografías nos permiten anularnos, separarnos de lo que consideramos nuestro, son también fragmentos de tiempo aislados y, al mismo tiempo no lo son, son hilos anudados, nudos que olvidan su origen, que se buscan, que quieren encontrarse en el mapa de la totalidad. […] Soy la dispersión, mi escrito fragmentado. En este carácter fragmentario, aparte de las muchas lecturas hechas por la autora/narradora (Georges Didi-Huberman, Chantal Maillard y hasta Roland Barthes, entre otros autores), hay ecos de otras plumas, como los Fuegos de una joven Marguerite Yourcenar o las crepusculares visiones de Marguerite Duras plasmadas en Escribir. (Paréntesis aparte: me atrevería a decir que Artemisa tiene en José García -protagonista de El libro vacío de Josefina Vicens- a su par en los avatares de la procrastinación, a quienes no les queda más remedio que persistir en su descritura.)

Con todo, Memorias tullidas del paraíso es una novela que nos pone en jaque a cada fragmento: flechas artemisas que llegan certeras al blanco de toda duda, a tal grado de no creerse los propios pensamientos inclusive. Al vaivén del tiempo, somos las líneas que escribimos, las guerras que se asumen (como Chinito Matías) o las memorias titubeantes de generar sus propios vínculos (las que Artemisa vacila en proseguir). Esta novela encuentra un inusitado contrapunto con Restauración de Ave Barrera y en el Retrato involuntario de Marina Azahua, tanto por la reflexión constante como por el vértigo producido por una fotografía, una palabra, o la actualización de un recuerdo.

Para quienes hemos seguido con devoción lectora la obra de Ingrid Solana, en este libro se concretan todas sus obsesiones (“fantasías del alma, fragmentos de realidad”, retomando a Raymundo Ramos), vislumbradas desde las definiciones que encabezan los cuadrantes de su Barrio Verbo, hasta la fusión de géneros, evidente en sus Notas inauditas. Una novela que obedece a muchas lecturas, inclusive las que se acumulen durante el proceso.

En ustedes, lectores, está descubrirlo por cuenta propia. (Así sea.)   


Ingrid Solana. Memorias tullidas del paraíso. México, Dharma Books, 2021 (El Vuelacercas, 21).  

(27/septiembre/2021)

lunes, 13 de septiembre de 2021

De buena onda y rollo

 

Ulises Velázquez Gil


Cuando Luis González y González se planteó la escritura de La ronda de las generaciones, lo hizo con el fin de dar cuenta de los sucesos y las figuras que conformaron el engranaje de México durante los siglos XIX y XX, donde “se juntan gentes de muy distinta condición […] como si pertenecieran a la misma especie social”. Caso similar ocurre con el campo de la cultura, donde cada época produce a sus figuras, unas más disímiles que otras, pero espectaculares todas -con todo y defectos, que no es poco decir.

Consciente de que la historia es más que un chisme sabroso, Julia Santibáñez nos entrega El lado B de la cultura. Codazos, descaro y adulterios en el siglo XX, donde se da cuenta de sucesos y figuras harto conocidas, pero desde el lado que menos se les conoce, volviéndolos tan cercanos que hasta nos extrañaría no haberles conocido en alguna de nuestras correrías por la vida de todos los días.

En cincuenta capítulos breves, como los años que componen un medio siglo, nos ponen al tanto de la historia propia de escritores, pintores, actores, músicos y hasta un abogado sui generis, que, como no queriendo la cosa, une más cabos que los que se podrían imaginar. Un lado B que […] arroja luz sobre cómo el arte y el pensamiento se vinculan con la vida diaria, con lo prosaico del mundo cotidiano. En estas páginas dinamito seriedades entre la minoría bienpensante que engola la voz para hablar de los grandes creadores, como si fuera de otra pasta. Resulta que también son gemebundos cuando se enamoran, tienen supersticiones, se ponen viejos pian pianito.

Dice el refrán que “la familia, como el sol, entre más lejos, mejor”, y ante las parentelas y dinastías abordados por su autora nos hacen dudar un poco de tan acendrado paremio, como podemos leer en “¿Familia de artistas? Intenseo seguro”, donde aparecen tanto los fabulosos Revueltas como las sortílegas Campobello. Toda parentela que se precie guarda una oveja negra en el clóset. Cuando entre miembros decentes despunta una bailarina o un escritor se fractura la solidez de la patria casera, ganada a punta de conductas ejemplares. Y cuando entre cuatro paredes hay más de un artista “llega el empezose del acabose”, como diría Mafalda.

Tal y como sucede hasta en las mejores familias, los personajes retratados con polaroid en este volumen -por la brevedad de los textos, recordemos- han hecho, a la par de las labores propias de su sexo y de su talento, chambas y oficios de cualquier tipo; “Ay, los oficios alimenticios” da santo y seña de ello. Los personajes de la cultura no siempre (ok, nunca) tienen un arranque terso en el medio. Igual que un auto destartalado, los ingresos cascabelean, el reconocimiento pasa aceite, la estabilidad parece jalonearse. Por eso trabajan de lo que sea, para autobecarse en el trabajo artístico.

En el término acuñado por Luis Buñuel -patente en el nombre del capítulo-, lo mismo encontramos a un Juan José Arreola vendedor de tepache, a Jaime Sabines despachando telas mientras urde Tarumba, o a varios escritores que venden películas y comerciales -Álvaro Mutis- o que ponen sus talentos verbales al servicio de las marcas, como Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, Francisco Hernández y Fernando del Paso, que hizo de ese ambiente un territorio a explorar dentro de su geografía novelística. La literatura y la publicidad tienen más puntos en común de los que habitualmente se reconoce. Comparten materia prima: palabras, musicalidad e imaginación. Aunque el anuncio provoca la compra de un producto y el texto literario es el fin en sí mismo, ambas disciplinas generan emociones. Buscan quedarse en la cabeza del destinatario. Por eso muchos escritores bragados han vivido de marcas en las que quién sabe si creían. Da igual (“Publicistas o el arte de dorar la píldora”).     

Una de las cosas que se planteó la autora al momento de poner en orden El lado B de la cultura, es la justa mención de las mujeres que hicieron mella en el siglo XX, y también de algunas que se vieron opacadas por el genio y la figura de sus esposos, colegas y hasta familiares. A dónde quiera se pasemos las páginas o que el azar nos haga la travesura de abrirse en equis o ye capítulo, siempre hay una mujer presta a contar sus andanzas o de volverse visible como parte de otra historia más grande. María Félix y Tongolele, Elena Garro y La China Mendoza, Silvia Pinal y Nahui Ollin, Pita Amor y Vitola (más las que se acumulen por la lectura) hacen gala de sus talentos y maravillas, que aún siguen ganando batallas en estos agitados dosmiles, donde la equidad busca volverse una sana costumbre.

Además de conocer las historias de gente y sucesos excepcionales, muy cercanos a nuestro bagaje cultural, Julia Santibáñez nos obsequia a la primera oportunidad palabras de su propia cosecha (sabrosidad, piropear, inspiradero, automuerto, malditidad, etc.), porque de la misma forma en que hacemos propia la admiración por una figura importante, es ineludible hacer nuestra una palabra, incluso si se permite inventarla; en ese empeño, la figura que le es más cercana es “Un bato muy acá: Tin Tan”: Una de sus mayores riquezas, el lenguaje bífido, agringado, rebelde al convencionalismo, lo que hoy llamamos espanglish, se le atragantaba a José Vasconcelos. […] si los pochismos de las películas del bailarín sonaban ajenos, la modernidad incorporó al español expresiones como tenquiu, oquéi, uasumara. Hay que documentar que, omnívoro de palabras, el actor acuñó giros de uso caribeño como guagua, candela y tumbao.

De El lado B de la cultura podemos llenar hojas y hojas, a fin de ponderar cuidadosamente su contenido (donde los apodos célebres, el Palacio de Lecumberri -penal de cinco estrellas que palidecería al Hilton por albergar a grandes luminarias-, el gusto por los gatos y hasta la cafetofilia -no del todo suscrita por La Utora, su avatar hebdomadario-, etc.), pero de una cosa podemos estar seguros: de contar con un libro de buena onda y rollo, que nos identifique como recipiendarios de una tradición y como artífices de otra nueva, “por asistir a un desfile de personas […] que aparecen y desaparecen en un abrir y cerrar de ojos”, retomando a Luis González y González. (Paréntesis aparte: en ese mismo tenor, la portada/contraportada de Bernardo Fernández BEF, que nos remite a los murales del extinto restaurante Prendes, a la cuasi totalidad de una conocida portada sesentera, o a los afanes retratistas de Abel Quezada.)  

Sin picarme de profético, El lado B de la cultura pinta para volverse obra de referencia obligada, y que amerita una, dos, tres, las continuaciones necesarias. Y mientras llega ese momento, quede aquí esta ricura de libro: deleite y celebración de sus lectores presentes, pretéritos y futuros. (Chapeau!)   

Julia Santibáñez. El lado B de la cultura. Codazos, descaro y adulterios en el México del siglo XX. México, Reservoir Books, 2021.  


(30/agosto/2021)

lunes, 23 de agosto de 2021

Refugio y fortaleza

Ulises Velázquez Gil

 

En alguna de sus Notas inauditas, Ingrid Solana nos dice que la escritura “no se expande en la forma del libro; es, en cambio, una esquina, un tejido de delirios y sombras, fragmentos dispersos y discontinuos, gritos, heridas y cicatrices”. A medida que se escribe, la justa medida de nuestro trabajo se define en esas características, en la manera en que hacen mella en el ser y hacer de todos los días.

En este sentido, la obra de nuestras escritoras mexicanas contemporáneas tiene para dar y prestar. Dentro del género ensayístico, digno es saludar la aparición de Un lugar seguro, primer libro de Olivia Teroba, que confirma por entero la percepción expuesta al principio de estas líneas.

Compuesto por once ensayos (uno más que en la primera edición, de 2019), da cuenta de las inquietudes, andanzas y aprendizajes de su autora, en el arduo proceso de hallar su propia voz, prístina y destellante de claridad, evidentes en la siguiente profesión de fe. En mis textos no quisiera buscar una literatura “femenina” porque ni siquiera entiendo a cabalidad qué podría hacer partiendo de esa idea. No obstante, lo que sí quiero es ubicarme, reconocerme e intentar que de ahí surja mi escritura.

La divisa de Olivia Teroba, en ese sentido, es la misma de Alejandra Pizarnik: “Habla de lo que sabes”. Para lograrlo, fija su mirada en los sucesos y las cosas que le rodean; aunque éstos no le sean del todo halagüeños, como ocurre en su ensayo “Obra negra”: Cuando era adolescente, todo el tiempo pensaba que no quería ser como mi madre. A partir del divorcio, ella tuvo varias relaciones conflictivas, que repercutieron en la vida familiar. Sus problemas emocionales se reflejaban en la estructura de nuestra casa, siempre en construcción. Con todo y los problemas familiares (y la difícil situación que las mujeres pasan en Tlaxcala, de paso), la autora se empeña en dar testimonio de sus vivencias, aunado a la esperanza de asirse a la página escrita, a guisa de salvación y defensa.

(Paréntesis aparte. En el campo de la novela, Gilma Luque exploró en Obra negra ese tipo de altibajos familiares, y del cómo la casa se vuelve metáfora de la vida misma. De cierta forma, ambos textos se complementan.)

En “La culpa”, reflexiona sobre el momento de callar y el instante para hablar: […] Nos quedamos callados, expectantes, incómodos. Intento decir algo pero no me salen las palabras. Muchas veces tengo esa sensación con gente que estimo, pero con quienes no comparto el lugar de residencia, ni la profesión, ni las aficiones ni filiaciones políticas. Es decir, sobre todo con mi familia. Esta percepción sobre la valía de las palabras se entrecruza con la línea de su abuelo, también escritor, inmerso en los trazos de su pequeña patria llamada Tlaxcala. Es una ciudad donde, quien empieza a escribir, se encuentra con un medio literario agotado por el desencanto y el recelo. (A medida que avanzamos en su lectura, nos será irrebatible cambiar patria por matria, porque de ella venimos y hacia ella vamos.)      

Una vez que llegamos al ensayo “Presente simple”, Olivia Teroba comparte su experiencia luego de conocer a Elena Garro, cuya vida, obra y milagros le genera un profundo interés. Una de las sorpresas que nos depara la literatura reside en el encuentro con autores que comparten los mismos empeños y afanes que nosotros, y Elena Garro, a decir de la autora, no se queda atrás. Indagar en la biografía de Elena Garro es desembocar en un laberinto. Existen tantas versiones de su vida como biógrafos: ella misma llegaba a contradecirse en entrevistas […] testimonio que utiliza la ficción como herramienta para conducirnos a través de las experiencias desoladoras de la paranoia, el miedo y la exclusión social. En la figura de Elena Garro se materializa la genealogía propia de la autora (elección de antecesores, según el tópico borgiano), y, por añadidura, su constante lectura de la obra le ayuda a consolidar su propia voz.

Hacia el final, los dos últimos ensayos (“No viajaban solas” y el homónimo que da nombre al libro) se unen para afianzar una idea toral en el ser y hacer de la autora: la sororidad, apoyar y apoyarse entre mujeres, a fin de hacer más llevadero este mundo, donde Virginia Woolf y Sailor Moon, por mencionar algunos ejemplos, no cesan de obsequiar lecciones de vida, mismas que terminan, una vez asimiladas por el prisma de la experiencia, en la página escrita, donde […] hay dos claves para el trayecto: confianza y cuidado. Confianza porque la paranoia nos hace más débiles. Y cuidado porque el mundo es un lugar peligroso. Y la vida es frágil y por lo tanto hay que cuidarla.

En suma, Un lugar seguro da cuenta de aquellos gritos, heridas y cicatrices que componen una vida, así también la esperanza y la grata compañía en el diario oficio de vivir; refugio y fortaleza, la escritura y su ejercicio diario no dejan de prodigar sus mejores milagros, a prueba de tiempo y para hacerle frente a una realidad sin menor atisbo de renovación.

Dentro del panorama ensayístico en México, el nombre de Olivia Teroba reluce con honor junto al de sus colegas Ingrid Solana, Marina Azahua, Laura Sofía Rivero y su paisana Karen Villeda, por mencionar sólo algunas. Desde ahora, se le auguran grandes victorias a este libro, de cuya lectura saldremos con otra mirada, en justo proceder con la vida misma.

Quede aquí la invitación para habitar entre sus páginas. (Así sea.)   

Olivia Teroba. Un lugar seguro. 2ª ed. Guadalajara, México, Paraíso Perdido, 2021 (Divague).  

 

(9/agosto/2021) 

miércoles, 11 de agosto de 2021

Jinetes del tiempo

 

Ulises Velázquez Gil


En alguna parte de su Red de autores, José Balza nos dice que el ensayo literario “es un cuerpo vivo, fascinante, el cual es absorbido y devuelto, desde perspectivas formales de gran perfección y desde posiciones conceptuales también originales”. A este respecto, el panorama del ensayo mexicano contemporáneo tiene para dar y prestar y, en ese sentido, en los ensayistas de nuevo cuño mejor se evidencia esa visión expuesta por Balza.

            Después de transitar por los caminos del Ateneo de la Juventud y de seguir a golpe de máquina las andanzas y maestranzas de Alfonso Reyes, Marcos Daniel Aguilar se sube de nueva cuenta al corcel del ensayo, para entregarnos un libro de vuelos poco más heterodoxos (¿qué ensayo no lo es?) bajo el nombre de Gestos del centauro.

Como le ocurrió a su leído y admirado Reyes, este libro surgió de la constancia hemerográfica en varias revistas, de la cual tenemos ocho ensayos en torno a la presencia del caballo en el arte y en la literatura, desde la perspectiva de diversos exponentes, que van de Julio Ruelas y Raúl Anguiano a Saint-John Perse y, para variar, el propio Reyes: […] el andar del caballo entre las páginas de los libros y en las laterales de las pinturas se convirtió para mí en ese pequeño detalle por explorar a través del ensayo; porque el equino, además, es un disidente del arte, un outsider de la literatura […].

En la primera parte, “Pincelazos como crines”, desfilan cuatro pintores para quienes la presencia del caballo dio lugar a trabajos emblemáticos de su obra, como ocurre en los ensayos sobre César Hipólito Bacle y Ernesto Icaza, quienes conocieron de buenas a primeras al compañero de sus mejores trazos: […] Bacle retrata a los mendigos pidiendo limosna arriba del caballo, pordioseros que pasarían inadvertidos si no fuera porque están montados en su medio de transporte. […] Además, César Hipólito retrata la vida en los corrales y hasta el tráfico en los caminos debido al encuentro entre vehículos dirigidos por los cuadrúpedos (“Monografía desbocada del infausto César Hipólito Bacle”); La verosimilitud de sus cuadros es incomparable, la dimensión de las figuras y de longitud de las profundidades son siempre las correctas. Pintaba con maestría a los personajes y animales con movimientos reales, con fondos llanos y cielos altos que a primera vista hacen soñar al espectador con una cálida y jovial tarde de campo para rememorar aquel amor por la tierra (“Ernesto Icaza: del caballo al caballete”).

Completan la cuarteta plástica dos mexicanos espectaculares, por heterodoxos (Julio Ruelas) y volcánicos (Raúl Anguiano). Vayamos primero con el contemporáneo de los ateneístas. Si alguna vez ya se había autorretratado cual fauno ahorcado en un árbol, probablemente Julio sea aquel personaje de una de sus viñetas, donde un miserable hombre es amarrado de un pie a la cola de un equino para que éste, a toda velocidad, le desgarre la piel, le rompa el alma y el deseo (“Un fauno retrata al centauro: Julio Ruelas”).

Con todo y la brevedad de “Pinceladas del rejoneador: Raúl Anguiano”, es el de mayor expresividad en cuanto a la presencia equina dentro de su obra, pero a ratos -y a golpe de párrafo- busca estallar (y estallarse frente al lector) su fuerza taurina, responsable de textos memorables de José Bergamín o de Jorge F. Hernández -cuyo apotegma bien podría aplicarse a nuestro autor: “Escribir es torear”. ¿Qué le gustaba […] al artista que también pintó las costumbres del campo y de la clase trabajadora de México? Le agradó, sobre todo, el momento álgido en que el caos se adueñaba del espacio: cuando el toro de lidia embestía sobre el peto del caballo y cuando al perder el equilibrio todo se iba al suelo, provocando el peligro y la imagen de la muerte.

Para la cuarteta reunida en “Utopía del centauro”, Marcos Daniel Aguilar llega a terrenos más o menos conocidos, es decir, de gente de pluma que hizo del caballo parte de sus páginas memorables; Jorge Luis Borges, Saint-John Perse, el Martín Fierro, Don Segundo Sombra y un viejo conocido suyo, que, por sabido, omitimos por mientras. En “Gaucho bueno en pingo, gaucho malo en redomón” tenemos una pequeña gran lección de Historia, donde por fuerza es preciso echar mano de las obras literarias surgidas a la par del proceso histórico (en este caso, de Argentina y Uruguay, y la figura del gaucho): […] por medio de las palabras todavía se respira el olor a campo fresco y a mate amargo, se escucha el galope de la tropa y el relincho de un potro recién domado, un mugido vacuno y la enorme sombra de un gaucho bueno o de un gaucho malo.

Si de altos vuelos hablamos, qué mejor ejemplo de ello es “Alfonso Reyes, poesía a lomo y galope”, donde el autor sigue fiel a su experiencia alfonsina; en concreto, a su relación con el ser equino. Reyes, apasionado de la literatura, de la historia y conocedor de leyendas épicas gracias a su ascendencia militar, describió con su pluma varios episodios en que la furia del equino sirvió para dar golpes certeros en el campo de acción. Episodios que van de la mitología a la historia real y de la historia a lo anecdótico, en donde la batalla a caballo siempre está presente y de manera indisoluble.

Sobre Saint-John Perse y Jorge Luis Borges, el autor enfatiza el tópico equino en sendas obras como Anábasis o el Manual de zoología fantástica. A pie y a caballo son los dos medios que el poeta forjó para introducirse a los oscuros abismos de la esencia de la humanidad, o de la tierra prometida, que a final de cuentas es la manera para conocer cualquier nación, pueblo o persona (“Cabalgata del caribeño Saint-John Perse”); […] a diferencia de los indígenas americanos, los helenos ya conocían al animal, por lo que probablemente el centauro griego sea producto de una “imaginación deliberada, y no de una confusión ignorante”, como les ocurrió a los nativos de las tierras que hoy son México (“Borges visita el zoológico”).

Luego de la lectura de Gestos del centauro, no nos cabrá mayor duda sobre el acertado juicio de José Balza acerca del ensayo literario, del cual Marcos Daniel Aguilar se ocupó en este breve volumen de grandes afanes: “¿cuántos equinos más habrá escondidos entre las historias que leemos y vemos? ¿Cuántos podrán hablarnos sobre nuestra propia existencia en la Tierra?” Mientras esa pregunta busca su respuesta, varios jinetes del tiempo le harán el quite a nuestro autor, y llevar a buen cometido su empresa de encontrarlos.

Para quienes hemos seguido la trayectoria de Marcos Daniel Aguilar, nos encontramos de frente con su libro más atípico, no por ello exento de claridad y elegancia en la prosa, que la habla de tú a sus maestros y colegas de ayer, hoy y siempre. (Quede aquí su dedicada lectura. De verdad.)   

Marcos Daniel Aguilar. Gestos del centauro. México, Ediciones Periféricas/ Instituto Tuxteco de Arte y Cultura, 2021.  

 

(28/julio/2021)

viernes, 6 de agosto de 2021

Vértigo y fascinación


Ulises Velázquez Gil

  

“Uno escribe para dejar constancia de lo imaginario o como artificio de la memoria. Las palabras son vehículo para la descripción de lo irreal e inasible y también el retrato de lo real y fidedigno”. Una vez leídas estas palabras de Jorge F. Hernández, no nos cabrá mayor duda en decir que le quedarían muy bien a un cuentista, navegante de dos aguas (lo inasible y lo fidedigno), donde al final del día su cuidada prosa y el amor al detalle destellen por los cuatro costados.

Y cuando esas cualidades recaen en una pluma de cuño reciente, los resultados no dejarán de sorprendernos y éste es el caso. Después de breves apariciones en antologías, cuadernillos de corto alcance y volúmenes colectivos, Jazmín García Vázquez nos entrega su primer libro, que destella constancia y talento desmedido en un género de grandes afanes, pero conciso en forma y fondo.

Después del exilio se compone por quince cuentos, donde se pasean, como por casa propia, el terror y la ciencia ficción, y aunque por instantes su breve extensión genere desconcierto, su eficacia es notoria en cuanto a tener su historia muy bien cuajada. Entremos en materia. Por el lado del terror, la autora posee un dominio muy marcado del género, como puede verse en “Un crimen”, “Bajo la cama” o “La otra familia”, pero es en “Los hombres perseguidos” donde esto mejor se evidencia. Santiago observó al hombre, se preguntaba cuántos años tendría, cuantos realmente había vivido e imaginaba a sus hijos esperándolo llegar a casa. De golpe, todos esos escenarios elaborados en su cabeza fueron derribados y otros más ocupados por esa mujer diciendo: Ya es hora. Sólo bastó que la última palabra se deslizara fuera de su maldita boca para que el sujeto cayera “accidentalmente” a las vías del tren justo cuando el inmenso gusano metálico se acercaba a toda velocidad. La sangre invadió las vías y el terror las miradas, pero nada conmovía el hierático ser de la mujer, quien se mostraba orgullosa de haber terminado un trabajo a tiempo.

Por otro lado, la ciencia ficción predomina en la segunda mitad del libro, con cuentos de temática futurista en los que el juego de las posibilidades (donde el hubiera se conjugue en todos los tiempos) echa mano de extraños artefactos y nos presenta toda suerte de historias. En “El mundo futuro”, una ilusión de antaño encuentra el pretexto perfecto para realizarse una vez que echa mano de la tecnología -con música de Mecano a guisa de banda sonora. La creación de las personas virtuales o sustitutos, como muchos los llamaban, representó una bendición para las familias que habían perdido a sus seres queridos, para quienes no podían tener hijos e incluso para aquellos, los menos, que deseaban la dicha de tener un hijo, pero poseían la astucia o pereza de querer sólo las ventajas.      

En “Sleep Easy®” y “Dejà vu 40” el hubiera sí puede realizarse, porque tanto los sueños como la realidad pueden modificarse a complacencia, o más bien, para sobornar al destino. ¡El insomnio y las pesadillas quedaron atrás! Con Sleep Easy®, un fácil procedimiento médico, dormir será la mejor parte del día. En el momento en que manifieste deseos de descansar, Sleep Easy® hará efecto y usted disfrutará de un sueño placentero… Al terminar el comercial, el noticiario informó acerca de una secretaria que había envenenado a dos célebres empresarios durante una junta de negocios. Para el segundo caso, por muy eficaces que sean los artificios tecnológicos, una cosa es segura: lo irreductible de la conducta humana. Viajar en el tiempo siempre se ha pensado una imposibilidad […], pero ciertamente se trata de una habilidad natural en nosotros. Cada vez que experimentamos un dejà vu, en realidad se efectúa un salto en el tiempo. Tenemos la sensación de haber vivido ese momento porque de verdad sucedió. (También esto puede verse en “La niña que sonríe”, un cuento tan desolador como luminoso -patentes en el objeto y en la imagen que da lugar a la historia-, que no le hubiera disgustado del todo a P. D. James, autora de distopías de reciente factura.)

Como suele pasar con los grandes libros de cuento, siempre hay un momento para el humor, y éste sale a escena en “Anticuario”, donde el valor histórico se reduce a una transacción comercial, y en “Exilio”, cuya añoranza del Edén perdido se torna desilusión del signo, a decir de Raymundo Ramos.

Con todo, Después del exilio es un libro perfecto a todas luces, por la diversidad de enfoques plasmados en cada una de sus historias, y una cuidada prosa que no requiere de adjetivos despampanantes; vértigo y fascinación que evidencian una consumada maestría en el oficio de contar, por cuyo sendero antes ya transitaron Juan José Arreola y René Avilés Fabila, y hoy día, Atenea Cruz y Andrea Chapela, por mencionar algunos nombres.

Luego de terminar su lectura, no dudo en coincidir con Jorge F. Hernández (cuya obra también es, en el buen sentido, puro cuento) en que se escribe cuento “no al servicio de un engaño, sino por el placer de materializar los sueños”, y en ese sentido, el libro de Jazmín García Vázquez ya logró ese cometido. Mientras esperamos su siguiente obra, quede aquí su profesión de fe hacia un género espectacular. (Así sea.)   

Jazmín García Vázquez. Después del exilio. México, LibrObjeto, 2021 (Boleto para cualquier parte, 1).  

 

(23/julio/2021)

lunes, 2 de agosto de 2021

Saber en un parpadeo

 

Ulises Velázquez Gil


En alguna de las canciones que conforman el Viaje épico hacia la nada del grupo español Love of Lesbian, podemos encontrar la siguiente frase: “Unos días soy y otros días sé”. A medida que se ejerce el oficio de la escritura, no faltarán instantes donde lo escrito es un instante de nuestra vida o la impronta del conocimiento adquirido. Aun así, ambos escenarios nos ayudan a definir mejor el lugar que ocupamos en el tiempo.

      Para quienes hemos seguido la trayectoria de Andrea Chapela, ésta se compone de primeras incursiones, tanto en la novela, el cuento y ahora con el ensayo en el volumen que ahora nos ocupa: Grados de miopía, donde sus inquietudes confluyen hacia la misma línea, a fin de buscarle explicación alguna de las cosas que le rodean; concretamente, las que se encuentran -literalmente- a primera vista.

          En los tres capítulos de Grados de miopía, se busca conocer el engranaje secreto que une a la ciencia con la literatura, a partir de tres fenómenos visuales, en aras de comprender su visión periférica del tema, o, por lo menos, de la ciencia. Antes de escribir busco modelos para orientarme. Es un remanente en mi educación científica. Confío en las definiciones para dar claridad desde el principio y siento que es más fácil entender algo si se le nombra. […] Ver la ciencia desde un punto de vista poético es buscar en el extrañamiento una especie de reencuentro.

El primer ensayo del libro, “El acto de ver a través”, se compone de sesenta apartados, a guisa de apuntes, donde la autora plasma sus pesquisas como inquietudes; interrogantes a final de cuentas. Veamos algunas de éstas: Fluir: los átomos pueden desplazarse con facilidad, no están atados entre sí, no están estáticos. Los fluidos fluyen (es una característica, no un pleonasmo; el lenguaje científico no teme la repetición) porque ante cualquier fuerza se modifican, no ponen resistencia. La Matemática me decía: “Eres como un fluido, te acoplas a los contenedores, te modificas, frente a un obstáculo eliges rodearlo”. Tan fácil lo científico se vuelve metafórico. […] ¿Cómo escribir de ciencia desde afuera? ¿Cómo dejar de ver a través del lenguaje, de usarlo como herramienta, de pretender que hay exactitud en las palabras? ¿Qué le pasa a las palabras científicas al observarlas? Si se estirara la metáfora, diría que se desestabilizan y cambian de estado de agregación. […] Planeo con cuidado mi visita al Palacio de Cristal. Voy sola y camino por el Retiro un día en el que la llegada ya se está transformando en rutina. (A medida que nos adentramos en este ensayo, no dudaría en decir que rutina acabaría por volverse retina…)

El segundo ensayo, “El acto de verse”, se compone de varias partes, todas iniciando de la misma forma (“Podría comenzar…”), donde se da pauta a toda serie de posibilidades, sea para llegar a un mismo punto, sea para replantearse la resolución de un problema, o simplemente dar libre curso a una idea, un recuerdo e incluso la negación de ambos. Queden aquí algunos ejemplos: Podría comenzar diciendo que los espejos son inútiles si nadie se contempla en ellos. Decir: la historia de los espejos es la historia de mirar(se). […] Podría comenzar así: yo frente al espejo, buscando mi semblante, dejo pasar la luz.

Contemplar un espejo, fabricarlo, citar a Lacan, recordar su estancia en Madrid o ver una fotografía, por mencionar otras cosas, son una forma de resumir el acto de verse, de hallar en su reflejo el envés de las cosas, su maquinaria oculta y propia que le da sentido a su presencia en este mundo. A este respecto, recuerdo que en una entrevista al escritor colombiano Álvaro Mutis, éste recordaba lo que alguna vez su madre le dijo: “Detrás de todas las cosas está usted”. Con el tiempo, Mutis descubrió allí la esencia de la literatura. (Paréntesis aparte: la misma frase con que inicia cada sección de este ensayo remite un poco a la estructura de Si una noche de invierno un viajero de Italo Calvino, novela compuesta solamente por inicios de novela; aunque, en el caso de Andrea Chapela, la tentación del principio busca traspasar el lindero de la primera línea…)

Una vez conocido el vaivén de ideas y sucesos que llevan a la autora para urdir estos ensayos, llegamos así al tercero que cierra este volumen, “La historia de ver”, donde ciencia y cultura se alternan sin mayores distinciones, confluyendo -¡ahora sí!- hacia el conocimiento, o la obtención de éste: […] Tardé mucho tiempo en aceptar que escribir me ayudaba a entender las preguntas y no a encerrar las respuestas, pero a veces me gustaría tener la claridad y seguridad de las matemáticas, poder declarar fácilmente “esto es lo que quería demostrar”. […] Tengo que escribir mi versión; aunque me aleje de mí misma y me acerque a la ciencia. […] Envidio como Da Vinci logra hacer de lo artístico algo científico, así como yo quiero hacer de lo científico algo personal. […] Pero el arte, a diferencia de la ciencia, suele tergiversar la realidad y es imposible saber si la fotografía es verdadera o falsa. […] Pero la ciencia no puede ser sólo una abstracción objetiva, así como escribir no se trata sólo de lo subjetivo y sentimental. Hay un lugar, tal vez sin nombre, donde coexisten. Y ese lugar sólo existe en la página misma, “para alcanzar este innegable paraíso del espíritu donde la primera respuesta a todas las preguntas es preguntarlas”, a decir de Ikram Antaki.

En suma, Grados de miopía reúne tanto inquietudes científicas como el compromiso con la escritura, a fin de encontrar el entramado propio de las cosas, de justipreciar su presencia en este mundo mediante un constante cuestionamiento; saber en un parpadeo que no deja de prodigar milagros como maravillas. En la ardua empresa de unir ciencia y literatura, Andrea Chapela tiene en Julieta Fierro y la propia Ikram Antaki a sus consumadas antecesoras, y en Mariel Damián y Jazmín García Vázquez a sus compañeras de viaje, en cuya obra destella esa grandiosa fusión.

Desde ahora ya esperamos con gusto su siguiente obra, donde se reafirmen curiosidad y talento desmedido. Quede en ustedes confirmarlo a primera, segunda, tercera vista inclusive. (Así sea.)

 

Andrea Chapela. Grados de miopía. México, Secretaría de Cultura-Dirección General de Publicaciones, 2019 (Fondo Editorial Tierra Adentro).  

 

(19/julio/2021)

lunes, 28 de junio de 2021

Una docena bien contada

Ulises Velázquez Gil


En alguna parte de Somos cuentos de cuentos, José Saramago nos dice lo siguiente: “¿Qué hacemos, los que escribimos? Nada más que contar historias”. Sin importar el género o si se lleva el oficio en las venas, una buena historia no se hace esperar; sin embargo, ésta se disfruta mejor cuando cuaja de principio a fin, y en este sentido, el cuento es su denominación de origen.

            Después de incursionar en el ensayo de corto y largo aliento -con una breve escala poética-, Héctor Iván González se interna por los senderos del cuento para entregarnos su primera carta de navegaciones bajo el nombre de Los grandes hits de Shanna McCullough.

Compuesto por doce cuentos (cuyo número me recuerda otro libro, de peregrina estampa), además de una prosa elegante y fluida, en éstos se denota un amor al detalle y una historia redonda en cuanto a su desarrollo, cuya atención de mantiene firme de principio a fin. Tal y como se puede ver en “Una historia (History)”, donde uno se sabe narrado mientras haya alguien dispuesto a conocer tu historia: […] en realidad me encuentro ante los límites de una palabra, porque no sé si su historia es más una History que una storiette. Quizá el cúmulo, el contacto, el juego y la continuidad de historias (Storiettes) van formando tu Historia (History). Y en realidad me conmueve darme cuenta de que así como esta palabrita, tú te desarrollas en varios planos, por lo menos en más de dos. Una evocación y encuentro con una mujer se vuelve, de manera periférica, en una breve reflexión acerca del cuento, del cómo una historia puede formar parte de otra más grande, y viceversa.

De igual manera, un mismo personaje apenas esbozado en una historia se torne figura elemental en otra, como ocurre con Shanna McCullough, de breve mención en “El ánima de Venus” (Las siguientes ocasiones fueron más objetivas, debo admitir: entrabas y empezabas a analizar a la “heroína”, podría ser “Rebequina”, “Dany Cheeks”, “Mariette”, “Silvia Saint”, “Shanna McCullough” o “Rebbecca Wild”. No sé si sólo yo me fijaba en esos detalles, tampoco sé si era la única, pero veía el filme como si estuviera en la sala de Cannes), mientras que en el relato que da nombre al volumen de marras, su vida, reservada al anonimato de la pantalla de plata, se vuelve arranque de biografía para consumo personal. Me fui adentrando en el mundo de Shanna, ya no veía videos de nadie más. Ninguna me interesaba más que ella, incluso me propuse ver otras pornstars, aunque no conseguía sentir nada. […] Era como un acto de fidelidad hacia ella. También deseaba que recibiera la celebridad que merecía, una fama que era muy superior a la que hasta ese momento le habían otorgado. (Si no podemos hacer nuestras esas obsesiones, al menos, el esmero por contarlas sí deber serlo…)      

Una constante en Los grandes hits de Shanna McCullough es la presencia de mujeres que destellan encanto y sorpresa en la medida que Héctor Iván González nos las presenta. “Ágata”, por ejemplo, nos devela a una belleza rara, cuyos mensajes de texto pecan de ingenuidad y adolecen de buena ortografía (como los recados de la novia en turno en “El principio del placer” de José Emilio Pacheco), y en “Golpe de temperatura”, por el contrario, nos presenta al polo opuesto, Mercedes, que también se vuelve obsesión para el protagonista, cuya intrepidez hacia ella se queda en mera ingenuidad al conocerle un lado nada luminoso. (En ambos casos, el placer es autoflagelante.)

Otra característica digna de notar, la fluidez con que transcurren los sucesos plasmados en cada cuento, que constantemente nos dan la impresión de estar frente a una pantalla de cine, y no es para menos, porque un buen cuento se escribe con el mismo cuidado y dedicación a los aplicados para la realización de una película. (Si varios de estos cuentos pudieran llevarse a la pantalla grande, entre Damián Szifron y Quentin Tarantino se daría el toma y daca por la silla del director, o por lo menos, para adaptar el guion.)

Una condición sine qua non en toda primera incursión en un género nuevo es la presencia de los autores leídos y admirados: la elección de la propia genealogía, siguiendo el precepto de Jorge Luis Borges, a quien Héctor Iván González rinde pleitesía en “Caravan”, o en “La noche es igual en todas partes”, donde estrecha la mano de Julio Cortázar. Pero el ejercicio de admiración no se queda ahí, sino que se amplia en “La última noche”, de hilo policial y escenarios norteños, donde saluda a sus clásicos contemporáneos como Daniel Sada, o en el caso de “Buscadores de tesoros, Inc.”, donde las travesuras del azar nos remiten a Jorge F. Hernández y su búsqueda de El álgebra del misterio, y, desde luego, al arte de fantasmas -frase de José de la Colina con que definió al cine- que hace eco en más de un cuento.

(Paréntesis aparte. Como parte de esa persistencia cinematográfica, no dudaría en añadirle su propia banda sonora a cada cuento. Por ejemplo, al finalizar “Caravan”, escuchar “Et maintenant” de Gilbert Becaud a guisa de créditos finales; de igual manera con “Alma de loca” de Adriana Varela para “Una historia (History)”, o “With a little help to my friends” en la versión de Joe Cocker para “Buscadores de tesoros, Inc.”, ideal para evocar una aproximación de la felicidad o el reintegro de una realidad sin tapujos. Hasta “Lanzallamas” tendría un énfasis apocalíptico con Piazzolla a guisa de soundtrack…)    

Con todo, Los grandes hits de Shanna McCullough da muestra de un consumado oficio de narrador, que se lanza al ruedo una vez que su historia en proceso de contar le sale al encuentro; una docena bien contada donde se evidencia una posible respuesta a la interrogante de Saramago referida al principio de estas líneas: “En el fondo creo que nunca seremos más que la memoria que tenemos. Y que esa es la única y plausible historia que podemos contar […], en los personajes que vamos inventando, a su vez inventores de nosotros mismos”.

Quede aquí constancia de un escritor non, en espera de que sus intenciones se vuelvan invenciones, por obra y gracia de la literatura. (Así sea.)   


Héctor Iván González. Los grandes hits de Shanna McCullough. Monterrey, México, Dieci7iete Editorial, 2021 (Entre Fronteras).  

 

(14/junio/2021) 

viernes, 4 de junio de 2021

En franco paralelo

Ulises Velázquez Gil


En su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, Felipe Garrido menciona que, para leer, explorar y transformar el mundo, “nos servimos de cuanto la naturaleza, la tradición, el arte, la ciencia y la tecnología ponen a nuestro alcance”. Mediante la lectura es posible unir todas estas disciplinas, y a fin de encontrarles varios puntos en común, es posible que todas destellen por entero, sin asomo de contraponerse unas por encima de las otras.

            Consciente de esta grata confluencia, David Huerta nos entrega un libro que consigna una pasión lectora, a prueba de tendencias actuales -espejismos, las más de las veces- y cuya persistencia no cesa de ofrecerle gratas sorpresas: Correo del otro mundo. Fundamentalmente compuesto por las entregas mensuales en el suplemento Hoja por Hoja, de 2001 a 2008, el autor comparte con nosotros sus hallazgos, así como sus reflexiones acerca de los libros leídos y de cómo su lectura suscita un encuentro con otras disciplinas; en aras, casi siempre, de provocar, en el buen sentido, una conversación.

Correo del otro mundo se divide en dos partes: una con textos de mayor aliento, y otra, homónima, con otros de menor extensión, bajo la dinámica de aquel precepto de Baltasar Gracián (“Si lo bueno, breve, dos veces bueno”), y donde el autor nos comparte algunas reflexiones, como en el caso de “Ayudalectura”: Miopes y astígmatas agradecemos esa invención formidable, sea de quien fuere. Nos acompaña a lo largo de la vida; se confunde con los rasgos de nuestras caras para siempre. […] Entre nuestros ojos y el mundo; entre nuestras pupilas y el texto, dos almendras transparentes. Qué maravilla. (En menos de dos páginas, y a resultas de su lectura de El nombre de la rosa de Umberto Eco, el autor nos comparte un elogio del instrumento principal del lector por antonomasia. Si alguien no se identifica a la primera, será porque es lector a cuentagotas, o quizá tenga una visión de 20-20. Quién sabe…)

Uno de los libros más consultados -por no decir leídos-, sin lugar a duda, es el diccionario, que cuenta con su propia notícula: “Reunión de palabras”, donde ciñe su larga historia dentro de un párrafo, y de cómo su presencia influye en el ulterior destino de quien empuña una pluma para lanzarse al mar de la escritura. El poeta francés Bernard Nöel me confió una vez cómo había hecho su aprendizaje: redactando diccionarios. Creí no entenderlo: ¿preparaba algunas (o varias) entradas, escribía artículos, confeccionaba fichas? No, me aclaró; escribía, él solo, anónimamente, diccionarios enteros.

De cierta manera, Correo del otro mundo cumple las veces de un “diccionario”, donde lecturas, recuerdos e inquietudes se ciñen a la concisión de una página, y aunque ésta sea quien coloque la nota dominante, no es lo mismo un diccionario enciclopédico que uno de uso, por no decir escolar. (Una cosa sí es segura: el despeje de la duda.) Para definir “Crimen y política”, Huerta se vale de La sombra del Caudillo, y para iatrogenia, recurre a Iván Illich, Francisco González Crussi y Lewis Thomas, médicos que encuentran en la página escrita la ampliación de su mesa de operaciones (“El impacto iatrogénico”).

Dos artículos merecen especial atención: “Cúmulo de sustantivos” y “Novela e imágenes”; sendas lecturas a la obra de Gabriel García Márquez. En la primera, las palabras más importantes y poderosas forman una diarquía, una aristocracia bicápite: son los verbos y los sustantivos. Dicho de otra manera: los Actos y las Presencias. Sólo un gran escritor, un escritor de genio, puede abolir esa distancia, refundar, modificándola, esa disonancia permanente, y fundir el acto con la presencia; conseguir la vitalidad de los sustantivos por medio de su acumulación orquestada. Mientras que en “Novela e imágenes”, el autor de Cien años de soledad se negaba rotundamente a que dicha obra se adaptara a la pantalla grande (o chica, dadas las plataformas de hoy en día), porque nunca se imaginó verle el rostro a sus personajes, delegando en el lector esa tarea. A mí, la verdad, me inspira simpatía la actitud de García Márquez. Además, la entiendo muy bien. La literatura y la visibilidad tienen relaciones peculiares y no deberían ser reducidas a la brutal operación de darnos gato por liebre de texto; un dibujo coloreado en lugar de las palabras del relato […].

Sobre la segunda parte del libro, Huerta prosigue la conversación con su lector, pero sus textos se tornan de mayor extensión, y se ciñen a temas meramente literarios, como la obra de José Gorostiza, “Un delirio de alas prisioneras”, y de tres estudios al respecto, “El sol de Gorostiza”. Aquí cabe detenerse un poco: de la tercia de libros acerca del autor de Canciones para cantar en las barcas, de uno celebra su estilo para suscitar un primer -y afortunado- acercamiento, mientras que de otro sólo agradece la atención prestada, dejando en último término un estudio más aledaño al galimatías, de pingües aportaciones, a final de cuentas.

La joya de esta sección reside en un texto que, a primera vista, podría contraponerse con el resto del libro; luego de leerla, no dudamos en suscribir su razón de ser: “La querella del papel y el espacio”, cuasi decálogo que más uno no dudaría en suscribir -no sin tristeza, claro está. Siempre serán demasiados los libros: los que ya leímos, los que nunca leeremos, los que nos regalaron y vemos (con una especie de santa culpa) porque debemos hojearlos, siquiera, y luego, quizá, no podamos decir nuestra opinión a quienes lo regalaron. Dan ganas, por supuesto, de reclamar ante algunos presentes encuadernados: “Gracias por regalarme este libro… pero ojalá me hubieras regalado, también, el tiempo para leerlo. (A primera vista, encuentro un eco de esta querella en “Cuidado con los libros” de Vicente Quirarte; a ratos, casi elegiacos ambos.)   

¿Por qué leer Correo del otro mundo? Retomemos otra idea de Felipe Garrido: “leer es a veces aprender […] y otras es formarse, compartir las ideas o los sentimientos de un autor y dar al espíritu propio la forma intelectual o emotiva de lo que se lee”. Cuando un libro llega a nuestra vida, se lee y al momento de llegar a la última página, queda la evidencia de un cambio, de ver el mundo de otra manera, a fin de proseguir el bosquejo de una propia trayectoria, en franco paralelo con el tiempo y el aprendizaje aledaños a toda conversación, como suele pasar cuando leemos los ensayos de David Huerta, cuya pericia en la crítica se nota a párrafo batiente. (Si en la presente compilación prima la concisión, en Las hojas. Sobre poesía, la profundidad.)

Con todo, que este correo de lecturas y algo del mundo, empleando el título de un libro de Álvaro Mutis, no deje de traernos buenas noticias, vueltas lectura a la espera de un siguiente converso. (Así sea.)   

 

David Huerta. Correo del otro mundo (y algunas lecturas más). Hoja por Hoja, 2001-2008. México, Grano de Sal/ Universidad Autónoma de la Ciudad de México/ Universidad de Guadalajara/ Universidad Autónoma de Nuevo León, 2019.  


(21/mayo/2021)