lunes, 23 de agosto de 2021

Refugio y fortaleza

Ulises Velázquez Gil

 

En alguna de sus Notas inauditas, Ingrid Solana nos dice que la escritura “no se expande en la forma del libro; es, en cambio, una esquina, un tejido de delirios y sombras, fragmentos dispersos y discontinuos, gritos, heridas y cicatrices”. A medida que se escribe, la justa medida de nuestro trabajo se define en esas características, en la manera en que hacen mella en el ser y hacer de todos los días.

En este sentido, la obra de nuestras escritoras mexicanas contemporáneas tiene para dar y prestar. Dentro del género ensayístico, digno es saludar la aparición de Un lugar seguro, primer libro de Olivia Teroba, que confirma por entero la percepción expuesta al principio de estas líneas.

Compuesto por once ensayos (uno más que en la primera edición, de 2019), da cuenta de las inquietudes, andanzas y aprendizajes de su autora, en el arduo proceso de hallar su propia voz, prístina y destellante de claridad, evidentes en la siguiente profesión de fe. En mis textos no quisiera buscar una literatura “femenina” porque ni siquiera entiendo a cabalidad qué podría hacer partiendo de esa idea. No obstante, lo que sí quiero es ubicarme, reconocerme e intentar que de ahí surja mi escritura.

La divisa de Olivia Teroba, en ese sentido, es la misma de Alejandra Pizarnik: “Habla de lo que sabes”. Para lograrlo, fija su mirada en los sucesos y las cosas que le rodean; aunque éstos no le sean del todo halagüeños, como ocurre en su ensayo “Obra negra”: Cuando era adolescente, todo el tiempo pensaba que no quería ser como mi madre. A partir del divorcio, ella tuvo varias relaciones conflictivas, que repercutieron en la vida familiar. Sus problemas emocionales se reflejaban en la estructura de nuestra casa, siempre en construcción. Con todo y los problemas familiares (y la difícil situación que las mujeres pasan en Tlaxcala, de paso), la autora se empeña en dar testimonio de sus vivencias, aunado a la esperanza de asirse a la página escrita, a guisa de salvación y defensa.

(Paréntesis aparte. En el campo de la novela, Gilma Luque exploró en Obra negra ese tipo de altibajos familiares, y del cómo la casa se vuelve metáfora de la vida misma. De cierta forma, ambos textos se complementan.)

En “La culpa”, reflexiona sobre el momento de callar y el instante para hablar: […] Nos quedamos callados, expectantes, incómodos. Intento decir algo pero no me salen las palabras. Muchas veces tengo esa sensación con gente que estimo, pero con quienes no comparto el lugar de residencia, ni la profesión, ni las aficiones ni filiaciones políticas. Es decir, sobre todo con mi familia. Esta percepción sobre la valía de las palabras se entrecruza con la línea de su abuelo, también escritor, inmerso en los trazos de su pequeña patria llamada Tlaxcala. Es una ciudad donde, quien empieza a escribir, se encuentra con un medio literario agotado por el desencanto y el recelo. (A medida que avanzamos en su lectura, nos será irrebatible cambiar patria por matria, porque de ella venimos y hacia ella vamos.)      

Una vez que llegamos al ensayo “Presente simple”, Olivia Teroba comparte su experiencia luego de conocer a Elena Garro, cuya vida, obra y milagros le genera un profundo interés. Una de las sorpresas que nos depara la literatura reside en el encuentro con autores que comparten los mismos empeños y afanes que nosotros, y Elena Garro, a decir de la autora, no se queda atrás. Indagar en la biografía de Elena Garro es desembocar en un laberinto. Existen tantas versiones de su vida como biógrafos: ella misma llegaba a contradecirse en entrevistas […] testimonio que utiliza la ficción como herramienta para conducirnos a través de las experiencias desoladoras de la paranoia, el miedo y la exclusión social. En la figura de Elena Garro se materializa la genealogía propia de la autora (elección de antecesores, según el tópico borgiano), y, por añadidura, su constante lectura de la obra le ayuda a consolidar su propia voz.

Hacia el final, los dos últimos ensayos (“No viajaban solas” y el homónimo que da nombre al libro) se unen para afianzar una idea toral en el ser y hacer de la autora: la sororidad, apoyar y apoyarse entre mujeres, a fin de hacer más llevadero este mundo, donde Virginia Woolf y Sailor Moon, por mencionar algunos ejemplos, no cesan de obsequiar lecciones de vida, mismas que terminan, una vez asimiladas por el prisma de la experiencia, en la página escrita, donde […] hay dos claves para el trayecto: confianza y cuidado. Confianza porque la paranoia nos hace más débiles. Y cuidado porque el mundo es un lugar peligroso. Y la vida es frágil y por lo tanto hay que cuidarla.

En suma, Un lugar seguro da cuenta de aquellos gritos, heridas y cicatrices que componen una vida, así también la esperanza y la grata compañía en el diario oficio de vivir; refugio y fortaleza, la escritura y su ejercicio diario no dejan de prodigar sus mejores milagros, a prueba de tiempo y para hacerle frente a una realidad sin menor atisbo de renovación.

Dentro del panorama ensayístico en México, el nombre de Olivia Teroba reluce con honor junto al de sus colegas Ingrid Solana, Marina Azahua, Laura Sofía Rivero y su paisana Karen Villeda, por mencionar sólo algunas. Desde ahora, se le auguran grandes victorias a este libro, de cuya lectura saldremos con otra mirada, en justo proceder con la vida misma.

Quede aquí la invitación para habitar entre sus páginas. (Así sea.)   

Olivia Teroba. Un lugar seguro. 2ª ed. Guadalajara, México, Paraíso Perdido, 2021 (Divague).  

 

(9/agosto/2021) 

miércoles, 11 de agosto de 2021

Jinetes del tiempo

 

Ulises Velázquez Gil


En alguna parte de su Red de autores, José Balza nos dice que el ensayo literario “es un cuerpo vivo, fascinante, el cual es absorbido y devuelto, desde perspectivas formales de gran perfección y desde posiciones conceptuales también originales”. A este respecto, el panorama del ensayo mexicano contemporáneo tiene para dar y prestar y, en ese sentido, en los ensayistas de nuevo cuño mejor se evidencia esa visión expuesta por Balza.

            Después de transitar por los caminos del Ateneo de la Juventud y de seguir a golpe de máquina las andanzas y maestranzas de Alfonso Reyes, Marcos Daniel Aguilar se sube de nueva cuenta al corcel del ensayo, para entregarnos un libro de vuelos poco más heterodoxos (¿qué ensayo no lo es?) bajo el nombre de Gestos del centauro.

Como le ocurrió a su leído y admirado Reyes, este libro surgió de la constancia hemerográfica en varias revistas, de la cual tenemos ocho ensayos en torno a la presencia del caballo en el arte y en la literatura, desde la perspectiva de diversos exponentes, que van de Julio Ruelas y Raúl Anguiano a Saint-John Perse y, para variar, el propio Reyes: […] el andar del caballo entre las páginas de los libros y en las laterales de las pinturas se convirtió para mí en ese pequeño detalle por explorar a través del ensayo; porque el equino, además, es un disidente del arte, un outsider de la literatura […].

En la primera parte, “Pincelazos como crines”, desfilan cuatro pintores para quienes la presencia del caballo dio lugar a trabajos emblemáticos de su obra, como ocurre en los ensayos sobre César Hipólito Bacle y Ernesto Icaza, quienes conocieron de buenas a primeras al compañero de sus mejores trazos: […] Bacle retrata a los mendigos pidiendo limosna arriba del caballo, pordioseros que pasarían inadvertidos si no fuera porque están montados en su medio de transporte. […] Además, César Hipólito retrata la vida en los corrales y hasta el tráfico en los caminos debido al encuentro entre vehículos dirigidos por los cuadrúpedos (“Monografía desbocada del infausto César Hipólito Bacle”); La verosimilitud de sus cuadros es incomparable, la dimensión de las figuras y de longitud de las profundidades son siempre las correctas. Pintaba con maestría a los personajes y animales con movimientos reales, con fondos llanos y cielos altos que a primera vista hacen soñar al espectador con una cálida y jovial tarde de campo para rememorar aquel amor por la tierra (“Ernesto Icaza: del caballo al caballete”).

Completan la cuarteta plástica dos mexicanos espectaculares, por heterodoxos (Julio Ruelas) y volcánicos (Raúl Anguiano). Vayamos primero con el contemporáneo de los ateneístas. Si alguna vez ya se había autorretratado cual fauno ahorcado en un árbol, probablemente Julio sea aquel personaje de una de sus viñetas, donde un miserable hombre es amarrado de un pie a la cola de un equino para que éste, a toda velocidad, le desgarre la piel, le rompa el alma y el deseo (“Un fauno retrata al centauro: Julio Ruelas”).

Con todo y la brevedad de “Pinceladas del rejoneador: Raúl Anguiano”, es el de mayor expresividad en cuanto a la presencia equina dentro de su obra, pero a ratos -y a golpe de párrafo- busca estallar (y estallarse frente al lector) su fuerza taurina, responsable de textos memorables de José Bergamín o de Jorge F. Hernández -cuyo apotegma bien podría aplicarse a nuestro autor: “Escribir es torear”. ¿Qué le gustaba […] al artista que también pintó las costumbres del campo y de la clase trabajadora de México? Le agradó, sobre todo, el momento álgido en que el caos se adueñaba del espacio: cuando el toro de lidia embestía sobre el peto del caballo y cuando al perder el equilibrio todo se iba al suelo, provocando el peligro y la imagen de la muerte.

Para la cuarteta reunida en “Utopía del centauro”, Marcos Daniel Aguilar llega a terrenos más o menos conocidos, es decir, de gente de pluma que hizo del caballo parte de sus páginas memorables; Jorge Luis Borges, Saint-John Perse, el Martín Fierro, Don Segundo Sombra y un viejo conocido suyo, que, por sabido, omitimos por mientras. En “Gaucho bueno en pingo, gaucho malo en redomón” tenemos una pequeña gran lección de Historia, donde por fuerza es preciso echar mano de las obras literarias surgidas a la par del proceso histórico (en este caso, de Argentina y Uruguay, y la figura del gaucho): […] por medio de las palabras todavía se respira el olor a campo fresco y a mate amargo, se escucha el galope de la tropa y el relincho de un potro recién domado, un mugido vacuno y la enorme sombra de un gaucho bueno o de un gaucho malo.

Si de altos vuelos hablamos, qué mejor ejemplo de ello es “Alfonso Reyes, poesía a lomo y galope”, donde el autor sigue fiel a su experiencia alfonsina; en concreto, a su relación con el ser equino. Reyes, apasionado de la literatura, de la historia y conocedor de leyendas épicas gracias a su ascendencia militar, describió con su pluma varios episodios en que la furia del equino sirvió para dar golpes certeros en el campo de acción. Episodios que van de la mitología a la historia real y de la historia a lo anecdótico, en donde la batalla a caballo siempre está presente y de manera indisoluble.

Sobre Saint-John Perse y Jorge Luis Borges, el autor enfatiza el tópico equino en sendas obras como Anábasis o el Manual de zoología fantástica. A pie y a caballo son los dos medios que el poeta forjó para introducirse a los oscuros abismos de la esencia de la humanidad, o de la tierra prometida, que a final de cuentas es la manera para conocer cualquier nación, pueblo o persona (“Cabalgata del caribeño Saint-John Perse”); […] a diferencia de los indígenas americanos, los helenos ya conocían al animal, por lo que probablemente el centauro griego sea producto de una “imaginación deliberada, y no de una confusión ignorante”, como les ocurrió a los nativos de las tierras que hoy son México (“Borges visita el zoológico”).

Luego de la lectura de Gestos del centauro, no nos cabrá mayor duda sobre el acertado juicio de José Balza acerca del ensayo literario, del cual Marcos Daniel Aguilar se ocupó en este breve volumen de grandes afanes: “¿cuántos equinos más habrá escondidos entre las historias que leemos y vemos? ¿Cuántos podrán hablarnos sobre nuestra propia existencia en la Tierra?” Mientras esa pregunta busca su respuesta, varios jinetes del tiempo le harán el quite a nuestro autor, y llevar a buen cometido su empresa de encontrarlos.

Para quienes hemos seguido la trayectoria de Marcos Daniel Aguilar, nos encontramos de frente con su libro más atípico, no por ello exento de claridad y elegancia en la prosa, que la habla de tú a sus maestros y colegas de ayer, hoy y siempre. (Quede aquí su dedicada lectura. De verdad.)   

Marcos Daniel Aguilar. Gestos del centauro. México, Ediciones Periféricas/ Instituto Tuxteco de Arte y Cultura, 2021.  

 

(28/julio/2021)

viernes, 6 de agosto de 2021

Vértigo y fascinación


Ulises Velázquez Gil

  

“Uno escribe para dejar constancia de lo imaginario o como artificio de la memoria. Las palabras son vehículo para la descripción de lo irreal e inasible y también el retrato de lo real y fidedigno”. Una vez leídas estas palabras de Jorge F. Hernández, no nos cabrá mayor duda en decir que le quedarían muy bien a un cuentista, navegante de dos aguas (lo inasible y lo fidedigno), donde al final del día su cuidada prosa y el amor al detalle destellen por los cuatro costados.

Y cuando esas cualidades recaen en una pluma de cuño reciente, los resultados no dejarán de sorprendernos y éste es el caso. Después de breves apariciones en antologías, cuadernillos de corto alcance y volúmenes colectivos, Jazmín García Vázquez nos entrega su primer libro, que destella constancia y talento desmedido en un género de grandes afanes, pero conciso en forma y fondo.

Después del exilio se compone por quince cuentos, donde se pasean, como por casa propia, el terror y la ciencia ficción, y aunque por instantes su breve extensión genere desconcierto, su eficacia es notoria en cuanto a tener su historia muy bien cuajada. Entremos en materia. Por el lado del terror, la autora posee un dominio muy marcado del género, como puede verse en “Un crimen”, “Bajo la cama” o “La otra familia”, pero es en “Los hombres perseguidos” donde esto mejor se evidencia. Santiago observó al hombre, se preguntaba cuántos años tendría, cuantos realmente había vivido e imaginaba a sus hijos esperándolo llegar a casa. De golpe, todos esos escenarios elaborados en su cabeza fueron derribados y otros más ocupados por esa mujer diciendo: Ya es hora. Sólo bastó que la última palabra se deslizara fuera de su maldita boca para que el sujeto cayera “accidentalmente” a las vías del tren justo cuando el inmenso gusano metálico se acercaba a toda velocidad. La sangre invadió las vías y el terror las miradas, pero nada conmovía el hierático ser de la mujer, quien se mostraba orgullosa de haber terminado un trabajo a tiempo.

Por otro lado, la ciencia ficción predomina en la segunda mitad del libro, con cuentos de temática futurista en los que el juego de las posibilidades (donde el hubiera se conjugue en todos los tiempos) echa mano de extraños artefactos y nos presenta toda suerte de historias. En “El mundo futuro”, una ilusión de antaño encuentra el pretexto perfecto para realizarse una vez que echa mano de la tecnología -con música de Mecano a guisa de banda sonora. La creación de las personas virtuales o sustitutos, como muchos los llamaban, representó una bendición para las familias que habían perdido a sus seres queridos, para quienes no podían tener hijos e incluso para aquellos, los menos, que deseaban la dicha de tener un hijo, pero poseían la astucia o pereza de querer sólo las ventajas.      

En “Sleep Easy®” y “Dejà vu 40” el hubiera sí puede realizarse, porque tanto los sueños como la realidad pueden modificarse a complacencia, o más bien, para sobornar al destino. ¡El insomnio y las pesadillas quedaron atrás! Con Sleep Easy®, un fácil procedimiento médico, dormir será la mejor parte del día. En el momento en que manifieste deseos de descansar, Sleep Easy® hará efecto y usted disfrutará de un sueño placentero… Al terminar el comercial, el noticiario informó acerca de una secretaria que había envenenado a dos célebres empresarios durante una junta de negocios. Para el segundo caso, por muy eficaces que sean los artificios tecnológicos, una cosa es segura: lo irreductible de la conducta humana. Viajar en el tiempo siempre se ha pensado una imposibilidad […], pero ciertamente se trata de una habilidad natural en nosotros. Cada vez que experimentamos un dejà vu, en realidad se efectúa un salto en el tiempo. Tenemos la sensación de haber vivido ese momento porque de verdad sucedió. (También esto puede verse en “La niña que sonríe”, un cuento tan desolador como luminoso -patentes en el objeto y en la imagen que da lugar a la historia-, que no le hubiera disgustado del todo a P. D. James, autora de distopías de reciente factura.)

Como suele pasar con los grandes libros de cuento, siempre hay un momento para el humor, y éste sale a escena en “Anticuario”, donde el valor histórico se reduce a una transacción comercial, y en “Exilio”, cuya añoranza del Edén perdido se torna desilusión del signo, a decir de Raymundo Ramos.

Con todo, Después del exilio es un libro perfecto a todas luces, por la diversidad de enfoques plasmados en cada una de sus historias, y una cuidada prosa que no requiere de adjetivos despampanantes; vértigo y fascinación que evidencian una consumada maestría en el oficio de contar, por cuyo sendero antes ya transitaron Juan José Arreola y René Avilés Fabila, y hoy día, Atenea Cruz y Andrea Chapela, por mencionar algunos nombres.

Luego de terminar su lectura, no dudo en coincidir con Jorge F. Hernández (cuya obra también es, en el buen sentido, puro cuento) en que se escribe cuento “no al servicio de un engaño, sino por el placer de materializar los sueños”, y en ese sentido, el libro de Jazmín García Vázquez ya logró ese cometido. Mientras esperamos su siguiente obra, quede aquí su profesión de fe hacia un género espectacular. (Así sea.)   

Jazmín García Vázquez. Después del exilio. México, LibrObjeto, 2021 (Boleto para cualquier parte, 1).  

 

(23/julio/2021)

lunes, 2 de agosto de 2021

Saber en un parpadeo

 

Ulises Velázquez Gil


En alguna de las canciones que conforman el Viaje épico hacia la nada del grupo español Love of Lesbian, podemos encontrar la siguiente frase: “Unos días soy y otros días sé”. A medida que se ejerce el oficio de la escritura, no faltarán instantes donde lo escrito es un instante de nuestra vida o la impronta del conocimiento adquirido. Aun así, ambos escenarios nos ayudan a definir mejor el lugar que ocupamos en el tiempo.

      Para quienes hemos seguido la trayectoria de Andrea Chapela, ésta se compone de primeras incursiones, tanto en la novela, el cuento y ahora con el ensayo en el volumen que ahora nos ocupa: Grados de miopía, donde sus inquietudes confluyen hacia la misma línea, a fin de buscarle explicación alguna de las cosas que le rodean; concretamente, las que se encuentran -literalmente- a primera vista.

          En los tres capítulos de Grados de miopía, se busca conocer el engranaje secreto que une a la ciencia con la literatura, a partir de tres fenómenos visuales, en aras de comprender su visión periférica del tema, o, por lo menos, de la ciencia. Antes de escribir busco modelos para orientarme. Es un remanente en mi educación científica. Confío en las definiciones para dar claridad desde el principio y siento que es más fácil entender algo si se le nombra. […] Ver la ciencia desde un punto de vista poético es buscar en el extrañamiento una especie de reencuentro.

El primer ensayo del libro, “El acto de ver a través”, se compone de sesenta apartados, a guisa de apuntes, donde la autora plasma sus pesquisas como inquietudes; interrogantes a final de cuentas. Veamos algunas de éstas: Fluir: los átomos pueden desplazarse con facilidad, no están atados entre sí, no están estáticos. Los fluidos fluyen (es una característica, no un pleonasmo; el lenguaje científico no teme la repetición) porque ante cualquier fuerza se modifican, no ponen resistencia. La Matemática me decía: “Eres como un fluido, te acoplas a los contenedores, te modificas, frente a un obstáculo eliges rodearlo”. Tan fácil lo científico se vuelve metafórico. […] ¿Cómo escribir de ciencia desde afuera? ¿Cómo dejar de ver a través del lenguaje, de usarlo como herramienta, de pretender que hay exactitud en las palabras? ¿Qué le pasa a las palabras científicas al observarlas? Si se estirara la metáfora, diría que se desestabilizan y cambian de estado de agregación. […] Planeo con cuidado mi visita al Palacio de Cristal. Voy sola y camino por el Retiro un día en el que la llegada ya se está transformando en rutina. (A medida que nos adentramos en este ensayo, no dudaría en decir que rutina acabaría por volverse retina…)

El segundo ensayo, “El acto de verse”, se compone de varias partes, todas iniciando de la misma forma (“Podría comenzar…”), donde se da pauta a toda serie de posibilidades, sea para llegar a un mismo punto, sea para replantearse la resolución de un problema, o simplemente dar libre curso a una idea, un recuerdo e incluso la negación de ambos. Queden aquí algunos ejemplos: Podría comenzar diciendo que los espejos son inútiles si nadie se contempla en ellos. Decir: la historia de los espejos es la historia de mirar(se). […] Podría comenzar así: yo frente al espejo, buscando mi semblante, dejo pasar la luz.

Contemplar un espejo, fabricarlo, citar a Lacan, recordar su estancia en Madrid o ver una fotografía, por mencionar otras cosas, son una forma de resumir el acto de verse, de hallar en su reflejo el envés de las cosas, su maquinaria oculta y propia que le da sentido a su presencia en este mundo. A este respecto, recuerdo que en una entrevista al escritor colombiano Álvaro Mutis, éste recordaba lo que alguna vez su madre le dijo: “Detrás de todas las cosas está usted”. Con el tiempo, Mutis descubrió allí la esencia de la literatura. (Paréntesis aparte: la misma frase con que inicia cada sección de este ensayo remite un poco a la estructura de Si una noche de invierno un viajero de Italo Calvino, novela compuesta solamente por inicios de novela; aunque, en el caso de Andrea Chapela, la tentación del principio busca traspasar el lindero de la primera línea…)

Una vez conocido el vaivén de ideas y sucesos que llevan a la autora para urdir estos ensayos, llegamos así al tercero que cierra este volumen, “La historia de ver”, donde ciencia y cultura se alternan sin mayores distinciones, confluyendo -¡ahora sí!- hacia el conocimiento, o la obtención de éste: […] Tardé mucho tiempo en aceptar que escribir me ayudaba a entender las preguntas y no a encerrar las respuestas, pero a veces me gustaría tener la claridad y seguridad de las matemáticas, poder declarar fácilmente “esto es lo que quería demostrar”. […] Tengo que escribir mi versión; aunque me aleje de mí misma y me acerque a la ciencia. […] Envidio como Da Vinci logra hacer de lo artístico algo científico, así como yo quiero hacer de lo científico algo personal. […] Pero el arte, a diferencia de la ciencia, suele tergiversar la realidad y es imposible saber si la fotografía es verdadera o falsa. […] Pero la ciencia no puede ser sólo una abstracción objetiva, así como escribir no se trata sólo de lo subjetivo y sentimental. Hay un lugar, tal vez sin nombre, donde coexisten. Y ese lugar sólo existe en la página misma, “para alcanzar este innegable paraíso del espíritu donde la primera respuesta a todas las preguntas es preguntarlas”, a decir de Ikram Antaki.

En suma, Grados de miopía reúne tanto inquietudes científicas como el compromiso con la escritura, a fin de encontrar el entramado propio de las cosas, de justipreciar su presencia en este mundo mediante un constante cuestionamiento; saber en un parpadeo que no deja de prodigar milagros como maravillas. En la ardua empresa de unir ciencia y literatura, Andrea Chapela tiene en Julieta Fierro y la propia Ikram Antaki a sus consumadas antecesoras, y en Mariel Damián y Jazmín García Vázquez a sus compañeras de viaje, en cuya obra destella esa grandiosa fusión.

Desde ahora ya esperamos con gusto su siguiente obra, donde se reafirmen curiosidad y talento desmedido. Quede en ustedes confirmarlo a primera, segunda, tercera vista inclusive. (Así sea.)

 

Andrea Chapela. Grados de miopía. México, Secretaría de Cultura-Dirección General de Publicaciones, 2019 (Fondo Editorial Tierra Adentro).  

 

(19/julio/2021)

lunes, 28 de junio de 2021

Una docena bien contada

Ulises Velázquez Gil


En alguna parte de Somos cuentos de cuentos, José Saramago nos dice lo siguiente: “¿Qué hacemos, los que escribimos? Nada más que contar historias”. Sin importar el género o si se lleva el oficio en las venas, una buena historia no se hace esperar; sin embargo, ésta se disfruta mejor cuando cuaja de principio a fin, y en este sentido, el cuento es su denominación de origen.

            Después de incursionar en el ensayo de corto y largo aliento -con una breve escala poética-, Héctor Iván González se interna por los senderos del cuento para entregarnos su primera carta de navegaciones bajo el nombre de Los grandes hits de Shanna McCullough.

Compuesto por doce cuentos (cuyo número me recuerda otro libro, de peregrina estampa), además de una prosa elegante y fluida, en éstos se denota un amor al detalle y una historia redonda en cuanto a su desarrollo, cuya atención de mantiene firme de principio a fin. Tal y como se puede ver en “Una historia (History)”, donde uno se sabe narrado mientras haya alguien dispuesto a conocer tu historia: […] en realidad me encuentro ante los límites de una palabra, porque no sé si su historia es más una History que una storiette. Quizá el cúmulo, el contacto, el juego y la continuidad de historias (Storiettes) van formando tu Historia (History). Y en realidad me conmueve darme cuenta de que así como esta palabrita, tú te desarrollas en varios planos, por lo menos en más de dos. Una evocación y encuentro con una mujer se vuelve, de manera periférica, en una breve reflexión acerca del cuento, del cómo una historia puede formar parte de otra más grande, y viceversa.

De igual manera, un mismo personaje apenas esbozado en una historia se torne figura elemental en otra, como ocurre con Shanna McCullough, de breve mención en “El ánima de Venus” (Las siguientes ocasiones fueron más objetivas, debo admitir: entrabas y empezabas a analizar a la “heroína”, podría ser “Rebequina”, “Dany Cheeks”, “Mariette”, “Silvia Saint”, “Shanna McCullough” o “Rebbecca Wild”. No sé si sólo yo me fijaba en esos detalles, tampoco sé si era la única, pero veía el filme como si estuviera en la sala de Cannes), mientras que en el relato que da nombre al volumen de marras, su vida, reservada al anonimato de la pantalla de plata, se vuelve arranque de biografía para consumo personal. Me fui adentrando en el mundo de Shanna, ya no veía videos de nadie más. Ninguna me interesaba más que ella, incluso me propuse ver otras pornstars, aunque no conseguía sentir nada. […] Era como un acto de fidelidad hacia ella. También deseaba que recibiera la celebridad que merecía, una fama que era muy superior a la que hasta ese momento le habían otorgado. (Si no podemos hacer nuestras esas obsesiones, al menos, el esmero por contarlas sí deber serlo…)      

Una constante en Los grandes hits de Shanna McCullough es la presencia de mujeres que destellan encanto y sorpresa en la medida que Héctor Iván González nos las presenta. “Ágata”, por ejemplo, nos devela a una belleza rara, cuyos mensajes de texto pecan de ingenuidad y adolecen de buena ortografía (como los recados de la novia en turno en “El principio del placer” de José Emilio Pacheco), y en “Golpe de temperatura”, por el contrario, nos presenta al polo opuesto, Mercedes, que también se vuelve obsesión para el protagonista, cuya intrepidez hacia ella se queda en mera ingenuidad al conocerle un lado nada luminoso. (En ambos casos, el placer es autoflagelante.)

Otra característica digna de notar, la fluidez con que transcurren los sucesos plasmados en cada cuento, que constantemente nos dan la impresión de estar frente a una pantalla de cine, y no es para menos, porque un buen cuento se escribe con el mismo cuidado y dedicación a los aplicados para la realización de una película. (Si varios de estos cuentos pudieran llevarse a la pantalla grande, entre Damián Szifron y Quentin Tarantino se daría el toma y daca por la silla del director, o por lo menos, para adaptar el guion.)

Una condición sine qua non en toda primera incursión en un género nuevo es la presencia de los autores leídos y admirados: la elección de la propia genealogía, siguiendo el precepto de Jorge Luis Borges, a quien Héctor Iván González rinde pleitesía en “Caravan”, o en “La noche es igual en todas partes”, donde estrecha la mano de Julio Cortázar. Pero el ejercicio de admiración no se queda ahí, sino que se amplia en “La última noche”, de hilo policial y escenarios norteños, donde saluda a sus clásicos contemporáneos como Daniel Sada, o en el caso de “Buscadores de tesoros, Inc.”, donde las travesuras del azar nos remiten a Jorge F. Hernández y su búsqueda de El álgebra del misterio, y, desde luego, al arte de fantasmas -frase de José de la Colina con que definió al cine- que hace eco en más de un cuento.

(Paréntesis aparte. Como parte de esa persistencia cinematográfica, no dudaría en añadirle su propia banda sonora a cada cuento. Por ejemplo, al finalizar “Caravan”, escuchar “Et maintenant” de Gilbert Becaud a guisa de créditos finales; de igual manera con “Alma de loca” de Adriana Varela para “Una historia (History)”, o “With a little help to my friends” en la versión de Joe Cocker para “Buscadores de tesoros, Inc.”, ideal para evocar una aproximación de la felicidad o el reintegro de una realidad sin tapujos. Hasta “Lanzallamas” tendría un énfasis apocalíptico con Piazzolla a guisa de soundtrack…)    

Con todo, Los grandes hits de Shanna McCullough da muestra de un consumado oficio de narrador, que se lanza al ruedo una vez que su historia en proceso de contar le sale al encuentro; una docena bien contada donde se evidencia una posible respuesta a la interrogante de Saramago referida al principio de estas líneas: “En el fondo creo que nunca seremos más que la memoria que tenemos. Y que esa es la única y plausible historia que podemos contar […], en los personajes que vamos inventando, a su vez inventores de nosotros mismos”.

Quede aquí constancia de un escritor non, en espera de que sus intenciones se vuelvan invenciones, por obra y gracia de la literatura. (Así sea.)   


Héctor Iván González. Los grandes hits de Shanna McCullough. Monterrey, México, Dieci7iete Editorial, 2021 (Entre Fronteras).  

 

(14/junio/2021) 

viernes, 4 de junio de 2021

En franco paralelo

Ulises Velázquez Gil


En su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, Felipe Garrido menciona que, para leer, explorar y transformar el mundo, “nos servimos de cuanto la naturaleza, la tradición, el arte, la ciencia y la tecnología ponen a nuestro alcance”. Mediante la lectura es posible unir todas estas disciplinas, y a fin de encontrarles varios puntos en común, es posible que todas destellen por entero, sin asomo de contraponerse unas por encima de las otras.

            Consciente de esta grata confluencia, David Huerta nos entrega un libro que consigna una pasión lectora, a prueba de tendencias actuales -espejismos, las más de las veces- y cuya persistencia no cesa de ofrecerle gratas sorpresas: Correo del otro mundo. Fundamentalmente compuesto por las entregas mensuales en el suplemento Hoja por Hoja, de 2001 a 2008, el autor comparte con nosotros sus hallazgos, así como sus reflexiones acerca de los libros leídos y de cómo su lectura suscita un encuentro con otras disciplinas; en aras, casi siempre, de provocar, en el buen sentido, una conversación.

Correo del otro mundo se divide en dos partes: una con textos de mayor aliento, y otra, homónima, con otros de menor extensión, bajo la dinámica de aquel precepto de Baltasar Gracián (“Si lo bueno, breve, dos veces bueno”), y donde el autor nos comparte algunas reflexiones, como en el caso de “Ayudalectura”: Miopes y astígmatas agradecemos esa invención formidable, sea de quien fuere. Nos acompaña a lo largo de la vida; se confunde con los rasgos de nuestras caras para siempre. […] Entre nuestros ojos y el mundo; entre nuestras pupilas y el texto, dos almendras transparentes. Qué maravilla. (En menos de dos páginas, y a resultas de su lectura de El nombre de la rosa de Umberto Eco, el autor nos comparte un elogio del instrumento principal del lector por antonomasia. Si alguien no se identifica a la primera, será porque es lector a cuentagotas, o quizá tenga una visión de 20-20. Quién sabe…)

Uno de los libros más consultados -por no decir leídos-, sin lugar a duda, es el diccionario, que cuenta con su propia notícula: “Reunión de palabras”, donde ciñe su larga historia dentro de un párrafo, y de cómo su presencia influye en el ulterior destino de quien empuña una pluma para lanzarse al mar de la escritura. El poeta francés Bernard Nöel me confió una vez cómo había hecho su aprendizaje: redactando diccionarios. Creí no entenderlo: ¿preparaba algunas (o varias) entradas, escribía artículos, confeccionaba fichas? No, me aclaró; escribía, él solo, anónimamente, diccionarios enteros.

De cierta manera, Correo del otro mundo cumple las veces de un “diccionario”, donde lecturas, recuerdos e inquietudes se ciñen a la concisión de una página, y aunque ésta sea quien coloque la nota dominante, no es lo mismo un diccionario enciclopédico que uno de uso, por no decir escolar. (Una cosa sí es segura: el despeje de la duda.) Para definir “Crimen y política”, Huerta se vale de La sombra del Caudillo, y para iatrogenia, recurre a Iván Illich, Francisco González Crussi y Lewis Thomas, médicos que encuentran en la página escrita la ampliación de su mesa de operaciones (“El impacto iatrogénico”).

Dos artículos merecen especial atención: “Cúmulo de sustantivos” y “Novela e imágenes”; sendas lecturas a la obra de Gabriel García Márquez. En la primera, las palabras más importantes y poderosas forman una diarquía, una aristocracia bicápite: son los verbos y los sustantivos. Dicho de otra manera: los Actos y las Presencias. Sólo un gran escritor, un escritor de genio, puede abolir esa distancia, refundar, modificándola, esa disonancia permanente, y fundir el acto con la presencia; conseguir la vitalidad de los sustantivos por medio de su acumulación orquestada. Mientras que en “Novela e imágenes”, el autor de Cien años de soledad se negaba rotundamente a que dicha obra se adaptara a la pantalla grande (o chica, dadas las plataformas de hoy en día), porque nunca se imaginó verle el rostro a sus personajes, delegando en el lector esa tarea. A mí, la verdad, me inspira simpatía la actitud de García Márquez. Además, la entiendo muy bien. La literatura y la visibilidad tienen relaciones peculiares y no deberían ser reducidas a la brutal operación de darnos gato por liebre de texto; un dibujo coloreado en lugar de las palabras del relato […].

Sobre la segunda parte del libro, Huerta prosigue la conversación con su lector, pero sus textos se tornan de mayor extensión, y se ciñen a temas meramente literarios, como la obra de José Gorostiza, “Un delirio de alas prisioneras”, y de tres estudios al respecto, “El sol de Gorostiza”. Aquí cabe detenerse un poco: de la tercia de libros acerca del autor de Canciones para cantar en las barcas, de uno celebra su estilo para suscitar un primer -y afortunado- acercamiento, mientras que de otro sólo agradece la atención prestada, dejando en último término un estudio más aledaño al galimatías, de pingües aportaciones, a final de cuentas.

La joya de esta sección reside en un texto que, a primera vista, podría contraponerse con el resto del libro; luego de leerla, no dudamos en suscribir su razón de ser: “La querella del papel y el espacio”, cuasi decálogo que más uno no dudaría en suscribir -no sin tristeza, claro está. Siempre serán demasiados los libros: los que ya leímos, los que nunca leeremos, los que nos regalaron y vemos (con una especie de santa culpa) porque debemos hojearlos, siquiera, y luego, quizá, no podamos decir nuestra opinión a quienes lo regalaron. Dan ganas, por supuesto, de reclamar ante algunos presentes encuadernados: “Gracias por regalarme este libro… pero ojalá me hubieras regalado, también, el tiempo para leerlo. (A primera vista, encuentro un eco de esta querella en “Cuidado con los libros” de Vicente Quirarte; a ratos, casi elegiacos ambos.)   

¿Por qué leer Correo del otro mundo? Retomemos otra idea de Felipe Garrido: “leer es a veces aprender […] y otras es formarse, compartir las ideas o los sentimientos de un autor y dar al espíritu propio la forma intelectual o emotiva de lo que se lee”. Cuando un libro llega a nuestra vida, se lee y al momento de llegar a la última página, queda la evidencia de un cambio, de ver el mundo de otra manera, a fin de proseguir el bosquejo de una propia trayectoria, en franco paralelo con el tiempo y el aprendizaje aledaños a toda conversación, como suele pasar cuando leemos los ensayos de David Huerta, cuya pericia en la crítica se nota a párrafo batiente. (Si en la presente compilación prima la concisión, en Las hojas. Sobre poesía, la profundidad.)

Con todo, que este correo de lecturas y algo del mundo, empleando el título de un libro de Álvaro Mutis, no deje de traernos buenas noticias, vueltas lectura a la espera de un siguiente converso. (Así sea.)   

 

David Huerta. Correo del otro mundo (y algunas lecturas más). Hoja por Hoja, 2001-2008. México, Grano de Sal/ Universidad Autónoma de la Ciudad de México/ Universidad de Guadalajara/ Universidad Autónoma de Nuevo León, 2019.  


(21/mayo/2021)


lunes, 29 de marzo de 2021

Para tejer la memoria

Ulises Velázquez Gil

 

Una de las cosas que hacía el escritor tabasqueño Andrés Iduarte, cuando se planteaba escribir sobre México desde el extranjero, es dejar que el prisma de la distancia pasara sobre el texto para que éste lograra su objetivo, sin que la nostalgia se excediera más de la cuenta. Si la distancia geográfica le ayudaba en la hechura de grandes páginas sobre México, la distancia temporal es de gran ayuda en cuanto a la literatura se refiere.

Después de transitar entre nubes y de buscar el misterio en el álgebra de las cosas, Jorge F. Hernández vuelve a territorios harto conocidos, donde la memoria toma la palabra (literalmente) para contar su propia historia. En ese sentido, con la aparición de Un bosque flotante se realiza a cabalidad esa condición.

Tercera novela dentro de una sólida obra (pero la primera meramente autobiográfica), Un bosque flotante cuenta la infancia y la adolescencia del autor, donde la convivencia diaria con dos idiomas suscita la búsqueda constante e una identidad que encuentra en la escritura su lugar ideal: […] me sé de memoria el bosque de mi infancia. La geografía de otro idioma. Un lugar que se ubica perfectamente en los mapas. El lente sale del satélite y baja según el vértigo que le quiera imprimir con las yemas de los dedos hasta el punto exacto donde permanecen intactos los recuerdos de una vida.

En dieciséis capítulos conocemos el crecimiento (biológico, emocional y familiar) del protagonista, al habitar dos mundos/lenguas, cuyo espíritu se entrelaza a medida que las palabras salen al encuentro con su madre, en trance de recobrar su memoria. De vez en cuando mi madre decía perro o nube, claveles o chocolate como si narrara en voz alta lo que veía entre todos los árboles verbales que se le cruzaban por la mente. May hablaba solamente en español, porque los otros idiomas que hablaba de joven, los números de sus contabilidades y muchos nombres de su pasado en México se habían perdido en la amnesia. Yo iba aprendiendo inglés y español en constante traducción con la muchacha o con las primeras palabras de su hermana, pero no entendía el vacío.

En esa alternancia de idiomas se puede entender el porqué de los títulos que reciben los capítulos de toda la novela, sin importar si los significados o las traducciones se vean dispares a primera vista. Esta condición ocurre en dos capítulos, específicamente: “Waters of chance. Agua de azar” y en “Write about life. Escribir de vivir”. Para el primero, un suceso extraordinario tanto en la vida de May como en la del niño George/Jorge crea un lugar de indisoluble visita por la narrativa del autor: el agua de azar y del cómo ambos elementos afianzan enlaces inusitados que se concretan en buenos recuerdos o como coincidencias inútiles, según sea el caso. Quizá porque a May se le fueron llenando sus cuadernos de números, a mí también me dio por soñarlos. Soñar con números como si bautizara cada árbol, sumándolos de camino al colegio y luego restándolos de vuelta, y no que me volviera bueno para las matemáticas -como al parecer le pasaba a May-, sino propenso a una necia numerología donde intentaba encontrarle sentido a todo, incluso en sueños del bosque convertido en números.

Sobre “Write about life. Escribir de vivir”, y en aras de explicar esas coincidencias numéricas y de incorporar las palabras de la lengua perdida de su madre, el joven protagonista tiene uno de los encuentros más espectaculares de su vida; gracias a su padre, conoce a un joven escritor que le muestra las ventajas de transitar dos lenguas, como dos países, en justo equilibrio de fuerzas. Carlos Fuentes venía caminando entre los estantes interminables de la biblioteca más grande del mundo. […] Me dijo que vivía de lo que escribía, que estaba navegando una novela inmensa y que se sabía de memoria dónde estaban los libros de no sé qué tantos escritores que mencionó repitiendo en perfecto inglés pedazos de su prosa. Luego bromeó con mi papá como si estuvieran en Tepito, con el español cantadito de la Ciudad de México y me firmó un libro suyo. […] Yo pensaba que en español se oye bien vivir para escribir, escribir de vivir, que no es lo mismo en inglés. Write about life puede conjugarse con right to live, live to write o writing is life.

En cuanto a la fuerza expresiva de esa última frase (writing is life), dos elementos importantes del país llamado infancia de Jorge F. Hernández son su encuentro con Mrs. Elaine Grabsky, maestra de primaria que le ayuda a sobrellevar mejor sus afanes y empeños bilingües, y el bosque de Mantua, donde ocurren las grandiosas aventuras del niño George/Jorge: A floating forest, un bosque flotante que oscilaba siempre por encima del tiempo. El bosque encantado de Hansel y Gretel donde ninguno de los niños teníamos que ir dejando migajas para volver a casa, porque lo sabíamos leer de memoria, lo llevamos grabado en los párpados. Lo intento escribir en dos idiomas, lo pienso porque lo recuerdo, porque no lo pienso olvidar.

Cuando el autor vuelve a Mantua, por obra y gracia de la escritura, de cierta manera transita por el mismo sendero que llevó a Salvador Elizondo a Elsinore, a efecto de recobrar una dicha lejana, donde la música y las amistades a prueba de bala pueden soportar, incluso, los vaivenes del tiempo, y a guisa de grato ritornelo, una canción de James Taylor: […] lo que yo quería con esto era dejar saldada la cuenta de los dos idiomas, además de dejar constancia de la lenta pero segura recuperación de la memoria de mi madre que viví como infancia. […] lo que yo quiero escribir es una digresión del bosque de mi propia memoria donde se confunden todos los colores de una psicodelia a gogó que va de The Beatles a Led Zeppelin, pasando por Janis Joplin y Lynyrd Skynyrd.

A lo largo de Un bosque flotante resulta grato encontrarse con “viejos amigos”, es decir, sucesos, personas y cosas ya vistas en obras anteriores de Jorge F. Hernández. En “Waters of chance. Agua de azar”, por ejemplo, hay ecos de “Eight Seven Three”, preciada joya de El álgebra del misterio, donde la epifanía numérica de May (muy en la onda del filme A beautiful mind) y la guía cordial de Mrs. Grabsky, le hacen descubrir el envés de las cosas, o como decía el joven clásico, de decir de otro modo lo mismo, […] como si escribiera lo que quieres que lea la maestra con su voz y que te ayude alguien a que se entienda en español. Así también, que las aventuras de Don Quijote de la Mancha lleguen hasta México-Tenochtitlan, por la pluma de Bernal Díaz del Castillo; inusitada fusión que con el correr de los años se volvería espejo de historias donde el hubiera no tenga problemas de conjugación, y la materia de los sueños pueda construir otros escenarios en las nubes.

Con todo, Un bosque flotante es la novela más personal de Jorge F. Hernández, por mostrarnos una época gloriosa de su vida (con altibajos, claro está), donde las palabras de sendos idiomas afianzan un puente de historias en espera de contarse; para tejer la memoria que, por momentos, intenta escaparse de las manos. Al igual que en sus novelas anteriores, se cumple con una deuda de cariño hacia una ciudad entrañable, tales los casos de Madrid (La Emperatriz de Lavapiés), la Ciudad de México (Réquiem para un Ángel) y, a partir de ahora, Washington, D. C.: matria vuelta novela.

Si por cuestiones cronológicas esta novela debió escribirse primero, el prisma de la distancia, siguiendo la idea de Iduarte, le dio el momento justo, y con la siguiente justificación: “Mientras más se vive, mientras más lejos se vive, más se aprecia su ternura, su delicadeza, su sonrisa, su prudencia, su cortesía de adentro, del alma”.

Quede en ustedes adentrarse por este bosque, intrincado e interesante, pero nunca exento de gratas maestranzas. (Así sea.)

 

Jorge F. Hernández. Un bosque flotante.  México, Alfaguara, 2021. (Narrativa Hispánica)

 


(15/marzo/2021)


viernes, 12 de febrero de 2021

Suma de legados

Ulises Velázquez Gil


En el prólogo a Memorias y autobiografías de escritores mexicanos, Raymundo Ramos nos dice que “el escritor recuerda, es decir, reinventa su propia vida. El tiempo le ayuda a perfeccionar, a retocar la vida”. Desde la publicación de esa antología, en 1967, han aparecido nuevos libros de índole memorialista y autobiográfica, donde, en efecto, se confirma por entero ese “retoque de ideas”, sin alejarse del todo en cuanto a su principal cometido: delinear los rasgos de una vida propia.

Luego de una sólida trayectoria en las letras mexicanas, en los campos de la narrativa y la poesía, Aline Pettersson nos entrega Selva oscura, volumen de aliento memorialista donde da voz a los sucesos y a las personas más importantes de su vida, en aras de ajustar cuentas con el tiempo que tuvo la suerte de vivir, sobre todo consigo misma.

Compuesto por treinta textos, escritos entre 2005 y 2016, Aline Pettersson se enfoca en hablar de sus padres, sobre sus raíces suecas, de sus encuentros con escritores de alcances épicos, entre otras instantáneas de su vida, vueltas a sus manos por obra y gracia de la escritura. La cosecha de mis años se perfila entre esta red de objetos que llevan en su materia misma el nombre de quien provienen o a quien remiten. El de quienes o me precedieron o me han seguido, y el de aquellos seres que la vida me obsequió, algunos por un largo tiempo, algunos con fugacidad de cometa, algunos cuyos nombres han brillado por el ancho mundo y otros cuyo brillo es uno que a mí me ha llenado de luz (“Mi entorno”)

En “Sombra de Suecia en mi obra”, la autora se sirve de varios fragmentos de obras anteriores y lanzar su botella al mar de la memoria, con el fin de contar esa parte de su vida sólo reservada al interior de sí misma. Me parece que una de las constantes de la vida -de mi vida- es encarar al Otro. En ello ha transcurrido mi tiempo a partir de un viaje lejano de la infancia, cuando descubrí que los bordes del mundo eran más amplios que mi ciudad, que mi país, que mi lengua, que mis hábitos. El contacto con el país natal de su padre, le otorgó un sentimiento de no pertenencia, sin embargo, ese encuentro la volvió consciente de un mundo en vías de construirse por obra de la palabra escrita. Y en ese empeño de afrontar su parte sueca, Aline Pettersson le dedica a la figura de su padre, no uno, sino dos textos al respecto (fechados en 2012, y con un mes de diferencia en su hechura). Muchos años después, en circunstancias de reflexión, me pareció entender que esas discusiones con mi padre eran la forma un tanto extraña que él encontró para entablar una comunicación vivaz conmigo. Que quizá le agradaba estimularme para que defendiese yo mis ideas con vehemencia (“Padre”); A lo largo del tiempo tuvimos encuentros y desencuentros que finalizaron en una muy cariñosa cercanía de muchos años hasta su día postrero a sus más de noventa años. No olvidaré que recibí la víspera de su muerte lo último que pudo decir: un “yo también”, al reiterarle lo mucho que lo quería. Su voz muy cavernosa de esa su última noche reposa al fondo de mi oído (“Mi padre, II”). 

Sobre su figura materna, Aline Pettersson sólo le dedica un texto -de los más entrañables del libro, cabe decirlo-, donde a la par de las atenciones que se tomaba su madre hacia con ella, se conjugaban varias llamadas de atención; si con el padre eran duelos de esgrima intelectual, con su madre, en cambio, el carácter de ambas llegaba a chocar, como la negativa de ésta al conocer las intenciones de su hija al estudiar alguna carrera afín a las Humanidades. Mi madre era una mujer que manejaba un grato tono irónico que la hacía no tomarse en serio y no quejarse nunca. Era de ideas firmes y claras y de un carácter que, bajo su recio control, la llevaba a no ostentar emociones. Nuestra forma de relación tuvo etapas diversas y contradictorias

Otras figuras que se pasean por esta Selva oscura provienen tanto de la línea paterna (“Los Pettersson”) como de la materna (“La abuela, su hermana y la bisabuela”), así también animales de pluma como “El tío Pepe Ferrel”, figura que su familia se empeña en ocultarle. (Bien sabido -gran lugar común- es que las familias tienen muchos esqueletos en sus armarios. Y desde luego la mía no resulta ser la excepción.) Sin embargo, la curiosidad por conocer algo más de su tío, la llevaron a conocer a colegas y amigos de altos vuelos, como Antonio Ortiz Mena -secretario de Hacienda que sorteó toda suerte de tormentas políticas- y hasta Octavio Paz, cuyo primer empleo en la vida se lo debió a José Ferrel. […] fue un personaje al que no he podido conformar cabalmente, ya que por su propio carácter taciturno, por el hermetismo de la familia, por mis limitados recuerdos suyos existen muchas zonas oscuras. Algunas las fui llenando a través de los años apoyada en las voces diversas que me orientaron. […] si la primera huella que me marcó de Pepe fueron aquellas deliciosas asesorías telefónicas de su historia, su segundo legado fue la presencia de Josefina Vicens en mi vida

Además de Josefina Vicens (de quien se ocupó la autora en el prólogo a la edición conjunta de El libro vacío y Los años falsos), conocemos a otros colegas suyos, que, de alguna forma, hicieron mella en el oficio de escribir: Juan Rulfo, Salvador Elizondo y Juan José Arreola, Doris Lessing, Margaret Atwood y Julio Cortázar (cuyo encuentro derivó en una prolongada epifanía), entre otros autores mencionados al paso, fortalecieron el ímpetu creativo de una escritora destellante de experiencias, reservadas para el siguiente lector que surja de su obra. A ese respecto, es preciso detener la mirada en el texto homónimo (“Selva oscura”) donde Aline Pettersson hace el balance de una vida bien vivida, con todo y sus altibajos. Se va llegando a los años agavillados en extenso, y habría que detenerse a pensar que esa novedad (porque siempre se trata de una novedad) es una situación intransferible a la que se le opone una fuerte resistencia de incredulidad. Cada quien debe hacer suya la vejez, y suele hacerlo a hurtadillas, como si se descubriera un estado no sólo inédito sino inaugural y conspiratorio. Y se desearía olvidar que esa inauguración es el acto que abre la clausura al tiempo vital.

¿Por qué leer Selva oscura? Si retomamos a Raymundo Ramos, para reinventar su propia vida, a la par de perfeccionar sus ideas, pero también para poner en claro un compromiso irrebatible con la escritura, cuya prueba de vida se encuentra en sus páginas; una suma de legados prestos a guiarnos por los parajes de la memoria y de las letras. En ese mismo espíritu retrospectivo, comparte afanes con Rumbo al exilio final de Bárbara Jacobs: ambos libros, de clara pluma y destellantes en sabiduría, que no dejarán de obsequiarnos encuentros y desencuentros con los sucesos, las cosas y las personas que les dieron vida y destino. 

Quede en ustedes su incursión ulterior. (Así sea.)   

Aline Pettersson. Selva oscura. México, Fondo de Cultura Económica, 2020 (Letras Mexicanas).  

 

(29/enero/2021)

lunes, 1 de febrero de 2021

Consejo Femenino de Gobierno (2007-2021)

En abril de 2007, abrí este espacio con el fin de darle libre curso a mis intereses, donde hice partícipes a colegas y amigas, que fueron cómplices y participantes en tantas cosas; a casi trece años de navegar por aquí, doy por cumplida la presencia del Consejo Femenino de Gobierno, al menos, de forma nominal. (Sus integrantes seguirán por aquí, porque nos unen muchos afanes, que persisten por aquí.) 
A guisa de homenaje y agradecimiento, quede aquí su mención. 
(¡Muchas gracias!)
 

FUNDADORARosalía Velázquez Estrada (+)

EMÉRITAS: Elisa Cuevas, Rocío Paulina Martínez, Laura Páez Díaz de LeónAlicia Puga, Rocío Saro.

DECANAS: Celina Aceves, Laura Cabrera, Ana Cárdenas, Juliana Castellanos, Leyvi Castro Martínez, Irma Hernández Bolaños, Fernanda Iturbide, Martha B. Loyo, Melissa Martínez Lemus, Pilar Máynez, Patricia Montoya.

NUMERARIAS: Adriana Cervantes, Claudia Chantaca, Verónica del Toral, Edna Flores Cuevas, Miriam Godínez Bustos, Araceli González, Claudia González Olivera, Selene Hernández Bueno, Daniela Ivonne Méndez, Violeta Orozco, Laura Sofía Rivero, Ana Rovelo, Judith Salazar, Sofía Salgado, Daniela Sandoval, Mónica Villagrán.

CORRESPONDIENTES: Beatriz Granados, Sofía Canseco, Karla Carrillo, Diana Franco, Elssie Juan de Dios, Nellie L. Goyzueta, Eleftheria Lekona, Rebeca López Mora, Xóchitl Meza Rosas, Sofía Murillo, Brenda Itzel Pablo, Rebeca Monserrat Parra, Susana Quintanilla, Noemy Reza, Kathya Ríos, Adriana Rivas de la Chica, Violeta Romo Norquist, Ana Salas Zavala, Claudia Salazar, Helena Valdivia.

HONORARIAS: Nora de la Cruz, Julia Cuéllar, Gisella de León, Ximena Ganado Velázquez.