lunes, 29 de marzo de 2021

Para tejer la memoria

Ulises Velázquez Gil

 

Una de las cosas que hacía el escritor tabasqueño Andrés Iduarte, cuando se planteaba escribir sobre México desde el extranjero, es dejar que el prisma de la distancia pasara sobre el texto para que éste lograra su objetivo, sin que la nostalgia se excediera más de la cuenta. Si la distancia geográfica le ayudaba en la hechura de grandes páginas sobre México, la distancia temporal es de gran ayuda en cuanto a la literatura se refiere.

Después de transitar entre nubes y de buscar el misterio en el álgebra de las cosas, Jorge F. Hernández vuelve a territorios harto conocidos, donde la memoria toma la palabra (literalmente) para contar su propia historia. En ese sentido, con la aparición de Un bosque flotante se realiza a cabalidad esa condición.

Tercera novela dentro de una sólida obra (pero la primera meramente autobiográfica), Un bosque flotante cuenta la infancia y la adolescencia del autor, donde la convivencia diaria con dos idiomas suscita la búsqueda constante e una identidad que encuentra en la escritura su lugar ideal: […] me sé de memoria el bosque de mi infancia. La geografía de otro idioma. Un lugar que se ubica perfectamente en los mapas. El lente sale del satélite y baja según el vértigo que le quiera imprimir con las yemas de los dedos hasta el punto exacto donde permanecen intactos los recuerdos de una vida.

En dieciséis capítulos conocemos el crecimiento (biológico, emocional y familiar) del protagonista, al habitar dos mundos/lenguas, cuyo espíritu se entrelaza a medida que las palabras salen al encuentro con su madre, en trance de recobrar su memoria. De vez en cuando mi madre decía perro o nube, claveles o chocolate como si narrara en voz alta lo que veía entre todos los árboles verbales que se le cruzaban por la mente. May hablaba solamente en español, porque los otros idiomas que hablaba de joven, los números de sus contabilidades y muchos nombres de su pasado en México se habían perdido en la amnesia. Yo iba aprendiendo inglés y español en constante traducción con la muchacha o con las primeras palabras de su hermana, pero no entendía el vacío.

En esa alternancia de idiomas se puede entender el porqué de los títulos que reciben los capítulos de toda la novela, sin importar si los significados o las traducciones se vean dispares a primera vista. Esta condición ocurre en dos capítulos, específicamente: “Waters of chance. Agua de azar” y en “Write about life. Escribir de vivir”. Para el primero, un suceso extraordinario tanto en la vida de May como en la del niño George/Jorge crea un lugar de indisoluble visita por la narrativa del autor: el agua de azar y del cómo ambos elementos afianzan enlaces inusitados que se concretan en buenos recuerdos o como coincidencias inútiles, según sea el caso. Quizá porque a May se le fueron llenando sus cuadernos de números, a mí también me dio por soñarlos. Soñar con números como si bautizara cada árbol, sumándolos de camino al colegio y luego restándolos de vuelta, y no que me volviera bueno para las matemáticas -como al parecer le pasaba a May-, sino propenso a una necia numerología donde intentaba encontrarle sentido a todo, incluso en sueños del bosque convertido en números.

Sobre “Write about life. Escribir de vivir”, y en aras de explicar esas coincidencias numéricas y de incorporar las palabras de la lengua perdida de su madre, el joven protagonista tiene uno de los encuentros más espectaculares de su vida; gracias a su padre, conoce a un joven escritor que le muestra las ventajas de transitar dos lenguas, como dos países, en justo equilibrio de fuerzas. Carlos Fuentes venía caminando entre los estantes interminables de la biblioteca más grande del mundo. […] Me dijo que vivía de lo que escribía, que estaba navegando una novela inmensa y que se sabía de memoria dónde estaban los libros de no sé qué tantos escritores que mencionó repitiendo en perfecto inglés pedazos de su prosa. Luego bromeó con mi papá como si estuvieran en Tepito, con el español cantadito de la Ciudad de México y me firmó un libro suyo. […] Yo pensaba que en español se oye bien vivir para escribir, escribir de vivir, que no es lo mismo en inglés. Write about life puede conjugarse con right to live, live to write o writing is life.

En cuanto a la fuerza expresiva de esa última frase (writing is life), dos elementos importantes del país llamado infancia de Jorge F. Hernández son su encuentro con Mrs. Elaine Grabsky, maestra de primaria que le ayuda a sobrellevar mejor sus afanes y empeños bilingües, y el bosque de Mantua, donde ocurren las grandiosas aventuras del niño George/Jorge: A floating forest, un bosque flotante que oscilaba siempre por encima del tiempo. El bosque encantado de Hansel y Gretel donde ninguno de los niños teníamos que ir dejando migajas para volver a casa, porque lo sabíamos leer de memoria, lo llevamos grabado en los párpados. Lo intento escribir en dos idiomas, lo pienso porque lo recuerdo, porque no lo pienso olvidar.

Cuando el autor vuelve a Mantua, por obra y gracia de la escritura, de cierta manera transita por el mismo sendero que llevó a Salvador Elizondo a Elsinore, a efecto de recobrar una dicha lejana, donde la música y las amistades a prueba de bala pueden soportar, incluso, los vaivenes del tiempo, y a guisa de grato ritornelo, una canción de James Taylor: […] lo que yo quería con esto era dejar saldada la cuenta de los dos idiomas, además de dejar constancia de la lenta pero segura recuperación de la memoria de mi madre que viví como infancia. […] lo que yo quiero escribir es una digresión del bosque de mi propia memoria donde se confunden todos los colores de una psicodelia a gogó que va de The Beatles a Led Zeppelin, pasando por Janis Joplin y Lynyrd Skynyrd.

A lo largo de Un bosque flotante resulta grato encontrarse con “viejos amigos”, es decir, sucesos, personas y cosas ya vistas en obras anteriores de Jorge F. Hernández. En “Waters of chance. Agua de azar”, por ejemplo, hay ecos de “Eight Seven Three”, preciada joya de El álgebra del misterio, donde la epifanía numérica de May (muy en la onda del filme A beautiful mind) y la guía cordial de Mrs. Grabsky, le hacen descubrir el envés de las cosas, o como decía el joven clásico, de decir de otro modo lo mismo, […] como si escribiera lo que quieres que lea la maestra con su voz y que te ayude alguien a que se entienda en español. Así también, que las aventuras de Don Quijote de la Mancha lleguen hasta México-Tenochtitlan, por la pluma de Bernal Díaz del Castillo; inusitada fusión que con el correr de los años se volvería espejo de historias donde el hubiera no tenga problemas de conjugación, y la materia de los sueños pueda construir otros escenarios en las nubes.

Con todo, Un bosque flotante es la novela más personal de Jorge F. Hernández, por mostrarnos una época gloriosa de su vida (con altibajos, claro está), donde las palabras de sendos idiomas afianzan un puente de historias en espera de contarse; para tejer la memoria que, por momentos, intenta escaparse de las manos. Al igual que en sus novelas anteriores, se cumple con una deuda de cariño hacia una ciudad entrañable, tales los casos de Madrid (La Emperatriz de Lavapiés), la Ciudad de México (Réquiem para un Ángel) y, a partir de ahora, Washington, D. C.: matria vuelta novela.

Si por cuestiones cronológicas esta novela debió escribirse primero, el prisma de la distancia, siguiendo la idea de Iduarte, le dio el momento justo, y con la siguiente justificación: “Mientras más se vive, mientras más lejos se vive, más se aprecia su ternura, su delicadeza, su sonrisa, su prudencia, su cortesía de adentro, del alma”.

Quede en ustedes adentrarse por este bosque, intrincado e interesante, pero nunca exento de gratas maestranzas. (Así sea.)

 

Jorge F. Hernández. Un bosque flotante.  México, Alfaguara, 2021. (Narrativa Hispánica)

 


(15/marzo/2021)


viernes, 12 de febrero de 2021

Suma de legados

Ulises Velázquez Gil


En el prólogo a Memorias y autobiografías de escritores mexicanos, Raymundo Ramos nos dice que “el escritor recuerda, es decir, reinventa su propia vida. El tiempo le ayuda a perfeccionar, a retocar la vida”. Desde la publicación de esa antología, en 1967, han aparecido nuevos libros de índole memorialista y autobiográfica, donde, en efecto, se confirma por entero ese “retoque de ideas”, sin alejarse del todo en cuanto a su principal cometido: delinear los rasgos de una vida propia.

Luego de una sólida trayectoria en las letras mexicanas, en los campos de la narrativa y la poesía, Aline Pettersson nos entrega Selva oscura, volumen de aliento memorialista donde da voz a los sucesos y a las personas más importantes de su vida, en aras de ajustar cuentas con el tiempo que tuvo la suerte de vivir, sobre todo consigo misma.

Compuesto por treinta textos, escritos entre 2005 y 2016, Aline Pettersson se enfoca en hablar de sus padres, sobre sus raíces suecas, de sus encuentros con escritores de alcances épicos, entre otras instantáneas de su vida, vueltas a sus manos por obra y gracia de la escritura. La cosecha de mis años se perfila entre esta red de objetos que llevan en su materia misma el nombre de quien provienen o a quien remiten. El de quienes o me precedieron o me han seguido, y el de aquellos seres que la vida me obsequió, algunos por un largo tiempo, algunos con fugacidad de cometa, algunos cuyos nombres han brillado por el ancho mundo y otros cuyo brillo es uno que a mí me ha llenado de luz (“Mi entorno”)

En “Sombra de Suecia en mi obra”, la autora se sirve de varios fragmentos de obras anteriores y lanzar su botella al mar de la memoria, con el fin de contar esa parte de su vida sólo reservada al interior de sí misma. Me parece que una de las constantes de la vida -de mi vida- es encarar al Otro. En ello ha transcurrido mi tiempo a partir de un viaje lejano de la infancia, cuando descubrí que los bordes del mundo eran más amplios que mi ciudad, que mi país, que mi lengua, que mis hábitos. El contacto con el país natal de su padre, le otorgó un sentimiento de no pertenencia, sin embargo, ese encuentro la volvió consciente de un mundo en vías de construirse por obra de la palabra escrita. Y en ese empeño de afrontar su parte sueca, Aline Pettersson le dedica a la figura de su padre, no uno, sino dos textos al respecto (fechados en 2012, y con un mes de diferencia en su hechura). Muchos años después, en circunstancias de reflexión, me pareció entender que esas discusiones con mi padre eran la forma un tanto extraña que él encontró para entablar una comunicación vivaz conmigo. Que quizá le agradaba estimularme para que defendiese yo mis ideas con vehemencia (“Padre”); A lo largo del tiempo tuvimos encuentros y desencuentros que finalizaron en una muy cariñosa cercanía de muchos años hasta su día postrero a sus más de noventa años. No olvidaré que recibí la víspera de su muerte lo último que pudo decir: un “yo también”, al reiterarle lo mucho que lo quería. Su voz muy cavernosa de esa su última noche reposa al fondo de mi oído (“Mi padre, II”). 

Sobre su figura materna, Aline Pettersson sólo le dedica un texto -de los más entrañables del libro, cabe decirlo-, donde a la par de las atenciones que se tomaba su madre hacia con ella, se conjugaban varias llamadas de atención; si con el padre eran duelos de esgrima intelectual, con su madre, en cambio, el carácter de ambas llegaba a chocar, como la negativa de ésta al conocer las intenciones de su hija al estudiar alguna carrera afín a las Humanidades. Mi madre era una mujer que manejaba un grato tono irónico que la hacía no tomarse en serio y no quejarse nunca. Era de ideas firmes y claras y de un carácter que, bajo su recio control, la llevaba a no ostentar emociones. Nuestra forma de relación tuvo etapas diversas y contradictorias

Otras figuras que se pasean por esta Selva oscura provienen tanto de la línea paterna (“Los Pettersson”) como de la materna (“La abuela, su hermana y la bisabuela”), así también animales de pluma como “El tío Pepe Ferrel”, figura que su familia se empeña en ocultarle. (Bien sabido -gran lugar común- es que las familias tienen muchos esqueletos en sus armarios. Y desde luego la mía no resulta ser la excepción.) Sin embargo, la curiosidad por conocer algo más de su tío, la llevaron a conocer a colegas y amigos de altos vuelos, como Antonio Ortiz Mena -secretario de Hacienda que sorteó toda suerte de tormentas políticas- y hasta Octavio Paz, cuyo primer empleo en la vida se lo debió a José Ferrel. […] fue un personaje al que no he podido conformar cabalmente, ya que por su propio carácter taciturno, por el hermetismo de la familia, por mis limitados recuerdos suyos existen muchas zonas oscuras. Algunas las fui llenando a través de los años apoyada en las voces diversas que me orientaron. […] si la primera huella que me marcó de Pepe fueron aquellas deliciosas asesorías telefónicas de su historia, su segundo legado fue la presencia de Josefina Vicens en mi vida

Además de Josefina Vicens (de quien se ocupó la autora en el prólogo a la edición conjunta de El libro vacío y Los años falsos), conocemos a otros colegas suyos, que, de alguna forma, hicieron mella en el oficio de escribir: Juan Rulfo, Salvador Elizondo y Juan José Arreola, Doris Lessing, Margaret Atwood y Julio Cortázar (cuyo encuentro derivó en una prolongada epifanía), entre otros autores mencionados al paso, fortalecieron el ímpetu creativo de una escritora destellante de experiencias, reservadas para el siguiente lector que surja de su obra. A ese respecto, es preciso detener la mirada en el texto homónimo (“Selva oscura”) donde Aline Pettersson hace el balance de una vida bien vivida, con todo y sus altibajos. Se va llegando a los años agavillados en extenso, y habría que detenerse a pensar que esa novedad (porque siempre se trata de una novedad) es una situación intransferible a la que se le opone una fuerte resistencia de incredulidad. Cada quien debe hacer suya la vejez, y suele hacerlo a hurtadillas, como si se descubriera un estado no sólo inédito sino inaugural y conspiratorio. Y se desearía olvidar que esa inauguración es el acto que abre la clausura al tiempo vital.

¿Por qué leer Selva oscura? Si retomamos a Raymundo Ramos, para reinventar su propia vida, a la par de perfeccionar sus ideas, pero también para poner en claro un compromiso irrebatible con la escritura, cuya prueba de vida se encuentra en sus páginas; una suma de legados prestos a guiarnos por los parajes de la memoria y de las letras. En ese mismo espíritu retrospectivo, comparte afanes con Rumbo al exilio final de Bárbara Jacobs: ambos libros, de clara pluma y destellantes en sabiduría, que no dejarán de obsequiarnos encuentros y desencuentros con los sucesos, las cosas y las personas que les dieron vida y destino. 

Quede en ustedes su incursión ulterior. (Así sea.)   

Aline Pettersson. Selva oscura. México, Fondo de Cultura Económica, 2020 (Letras Mexicanas).  

 

(29/enero/2021)

lunes, 1 de febrero de 2021

Consejo Femenino de Gobierno (2007-2021)

En abril de 2007, abrí este espacio con el fin de darle libre curso a mis intereses, donde hice partícipes a colegas y amigas, que fueron cómplices y participantes en tantas cosas; a casi trece años de navegar por aquí, doy por cumplida la presencia del Consejo Femenino de Gobierno, al menos, de forma nominal. (Sus integrantes seguirán por aquí, porque nos unen muchos afanes, que persisten por aquí.) 
A guisa de homenaje y agradecimiento, quede aquí su mención. 
(¡Muchas gracias!)
 

FUNDADORARosalía Velázquez Estrada (+)

EMÉRITAS: Elisa Cuevas, Rocío Paulina Martínez, Laura Páez Díaz de LeónAlicia Puga, Rocío Saro.

DECANAS: Celina Aceves, Laura Cabrera, Ana Cárdenas, Juliana Castellanos, Leyvi Castro Martínez, Irma Hernández Bolaños, Fernanda Iturbide, Martha B. Loyo, Melissa Martínez Lemus, Pilar Máynez, Patricia Montoya.

NUMERARIAS: Adriana Cervantes, Claudia Chantaca, Verónica del Toral, Edna Flores Cuevas, Miriam Godínez Bustos, Araceli González, Claudia González Olivera, Selene Hernández Bueno, Daniela Ivonne Méndez, Violeta Orozco, Laura Sofía Rivero, Ana Rovelo, Judith Salazar, Sofía Salgado, Daniela Sandoval, Mónica Villagrán.

CORRESPONDIENTES: Beatriz Granados, Sofía Canseco, Karla Carrillo, Diana Franco, Elssie Juan de Dios, Nellie L. Goyzueta, Eleftheria Lekona, Rebeca López Mora, Xóchitl Meza Rosas, Sofía Murillo, Brenda Itzel Pablo, Rebeca Monserrat Parra, Susana Quintanilla, Noemy Reza, Kathya Ríos, Adriana Rivas de la Chica, Violeta Romo Norquist, Ana Salas Zavala, Claudia Salazar, Helena Valdivia.

HONORARIAS: Nora de la Cruz, Julia Cuéllar, Gisella de León, Ximena Ganado Velázquez. 

jueves, 31 de diciembre de 2020

Quince y más del 20

Ulises Velázquez Gil

Hace un año, decía en este espacio, estuve a un paso de ahorrarme este listado, ante ciertas polémicas que flaco favor le hacen a la lectura; gracias al sabio consejo de una colega, finalmente compartí con ustedes mi selección anual. Sin embargo, hay veces en que la historia se pasa de cíclica, y, seguro adivinarán, a este mes no le podía faltar su correspondiente polémica, como la de cierto suplemento cultural, que se pasó de chistosito al decir que este 2020 nos dejó “huérfanos de nuevas novelas” por parte de ciertas plumas que no es preciso mencionar. En alguna parte, no recuerdo si fue en el Twitter, dije que este tipo de rollos suelen darse por gente que, sin tener algo útil por hacer, hace evidente su envidia hacia el éxito ajeno, y que el mejor remedio para ello es, adivinaron, leer, leer y, sobre todo, leer.

Cada año tiene, sabido es, altas y bajas, sucedáneas al paso del tiempo; por desgracia, en este año a punto de fenecer, una misma fuerza inusitada y oscura dio al traste con muchos proyectos, encuentros, sobre todo rutinas, con que lográbamos asirnos al ritmo del mundo. Pero no todo estaba perdido: los libros, con todo y las circunstancias, se erigieron en tabla de salvación ante sucesos inciertos, inclusive hasta el momento de escribir estas líneas.

Como es tradición, comparto con ustedes los quince libros que más me gustaron en el año (con la sola mención de títulos, autores y género, dejando en ustedes su posterior búsqueda y lectura), pero este listado no se haya exento de sorpresas, tales como la inclusión de una grandiosa novela que retomó fuerza, cuarenta y cuatro años después de su publicación.

(Sobra decirlo, pero es necesaria la mención: cualquier omisión o extraña presencia, va por cuenta del firmante de estas líneas. Gracias de antemano.)

POESÍA:

-Isu Ichi/El camino del venado (Nadia López García)

-Perras (Zel Cabrera)

-La vida abierta (Valeria List)

-Pertenecerme entera (Andrea Rivas)

-Esta herida se llama palabra (Alejandra Estrada)  

-El reino de lo no lineal (Elisa Díaz Castelo)

CUENTO:

-Un año de servicio a la habitación (Andrea Chapela)

-Corazones negros (Atenea Cruz)

-El ataque de los zombis (parte mil quinientos) (Raquel Castro)

-Cómo piensan las piedras (Brenda Lozano)

NOVELA:

-Minotauromaquia (Tita Valencia)

-Entre los rotos (Alaíde Ventura Medina)

-Restauración (Ave Barrera)

ENSAYO:

-El lector y sus mundos (Rosely Quijano) 

ENTREVISTAS:

-A través del vaso (Mariana H.)   

Mención especial merecen Vicente Quirarte y Óscar de la Borbolla, quienes transitaron por partida doble en los sucesos editoriales de 2020, tanto en obras de reciente factura (Luz armada, La madre del Metro y otros cuentos) como en reediciones de clásicos suyos (Sintaxis del vampiro, Nada es para tanto/Todo está permitido). Tanto la chispa narrativa de Óscar como la fidelidad memorialista de Vicente coinciden en una presencia indispensable, cuya lectura sugiero en aras de pasar un buen rato.

A un paso de comenzar el 2021, aunque sean muchas las dudas sobre si seguir en el mismo camino, o dar un giro de 180 grados, algo nos une por completo: la pasión por la lectura. Sin importar el lugar (canales de YouTube, podcasts, la página que alberga la presente columna), tengan por seguro que coincidiremos en algo.

Y hasta aquí, la lectura de esta ocasión. ¡Muchas gracias a ustedes!

 

babelises@hotmail.com 

@Cliobabelis 

lunes, 28 de diciembre de 2020

Brindis de sonidos

Ulises Velázquez Gil

En su discurso de ingreso al Seminario de Cultura Mexicana, el músico y también escritor Luis Herrera de la Fuente nos dice que “la música descansa en cuatro pilastras: creación, obra, interpretación, oyente”. Aunque la mención de estas palabras provenga de una figura formada en el seno de la música clásica, su veracidad es irrebatible para todos los géneros, con la sola diferencia -perogrullada necesaria- de que un elemento de estos cuatro se vuelva primordial para el músico en cuestión. Igual sucede en la literatura, campo donde la música ha ganado muchas batallas con la aportación de grandes músicos, cuyas memorias, biografías, cancioneros, entrevistas e inclusive novelas (como las de Leonard Cohen, Joselo Rangel y Santi Balmes, por decir algo), son el resultado de su preferencia por alguna de aquellas pilastras.

Después de analizar a sus contemporáneos en el oficio de la escritura, Mariana H. vuelve su mirada hacia un mundo muy caro para ella, y nos entrega un volumen donde se consigna su pasión por la música. En ese sentido, A través del vaso. En vivo con 26 músicas y músicos de México contiene historias de notables exponentes del rock hecho en México, pero también de otros géneros -en cierto modo, emparentados unos con otros-, donde la música, sus procesos y las historias personales detrás de cada canción, álbum o inclusive alineación de las agrupaciones allí mencionadas. Aquí se reúnen las voces de 26 músicas y músicos indispensables para conocer el camino que llevó a la definición y consolidación de la escena musical mexicana tal y como hoy la conocemos. […] no es un libro de rock, aunque a la mayoría de los entrevistados se les identifique en ese género. Aquí hay hip hop, son huasteco, metal, música experimental, un par de boleros y una polca

Al echar una hojeada/ojeada al índice, la primera impresión es la de encontrarse frente a un licuado banquetero, o un taco campechano, respecto de las figuras allí reunidas; a medida que las conocemos por vía de la entrevista, todas confluyen hacia un principio del mundo: su descubrimiento de la música, volviéndoles a la postre seres de sonidos, personas vuelta canción. Para muestra, tenemos los casos de Cecilia Toussaint, Jaime López, Sergio Arau (Botellita de Jerez) y Sabo Romo (Caifanes), que abrieron brecha a principios de los años 80 para que los exponentes de las décadas posteriores no tuvieran tantas piedras en el camino: […] empezaron a crear una escena tocando en hoyos funkies y terrenos baldíos y más adelante en lugares como el LUCC, Rockotitlán, El Bulldog y tantos más hasta lograr fortalecer, junto con las generaciones posteriores, una escena nacional que trascendió a nivel internacional

En aras de lograr esa trascendencia, varios músicos han tenido luchas bastante arduas, tanto con las compañías disqueras como con sus públicos en potencia, sin dejar de lado su propia evolución en cuanto a la búsqueda de un estilo propio, a prueba de etiquetas o definiciones. En las entrevistas con Amandititita (“Tatiana endemoniada”), Ely Guerra (“Bruja”), Denise Gutiérrez (“Infinita”), Natalia Lafourcade (“Un poco de azuca’ y caña”), Jessy Bulbo (“Atonal, ruidosa y estridente”), y la propia Cecilia Toussaint (“#1”), conocemos sus pasos por la música y la constante batalla por abrirle el horizonte a más exponente femeninas. Dejemos que nos digan su versión de la feria: […] cuando ya hay un éxito y dinero hay demasiadas personas opinando. Eso fue lo que me hizo decir: “Yo me voy de esta disquera” (Amandititita); […] Creo que es fundamental que la mujer tenga un lugar de respeto, de igualdad, de justicia. Cualquier cosa que lo impida, por supuesto que debe ser cuestionada y erradicada (Cecilia); […] Desde muy atrás, yo tuve certeza de lo que quería y de lo que no; a veces es más sencillo entender lo que uno no quiere. Me quedó muy claro desde los primeros intentos con la industria que eso no era lo mío (Ely); […] pienso que quizás estar en la mira de la gente a veces te hace más fuerte. En el sentido de que de veras te subes a un escenario y tienes que callar no sólo a una persona, sino a todos, ¿sabes? Y lograr eso de pronto te hace superar cosas (Denise); […] A mí lo que me ha salvado es la vocación. El amor que le tengo a lo que hago es lo que le da sentido a mi vida. Yo vine aquí para hacer música y mientras pueda lo voy a seguir haciendo (Natalia); […] El público en general nunca me da miedo. Al contrario, hasta me relaja, entre más gente haya más me relajo (Jessy); […] Yo creo que hay como otro chip de entender que entre músicos nos podemos ayudar. Ahorita por ejemplo tenemos un chat de puras viejas, todas con sus proyectos independientes […] entre todas nos ayudamos (Ximena). 

Como parte de esta pasarela cuasi fellinesca (tirando a Ocho y medio) que nos propone Mariana H. en A través del vaso, también podemos encontrar las faenas de otros músicos: Tito Fuentes (Molotov), José Manuel Aguilera (La Barranca), Daniel Gutiérrez (La Gusana Ciega), o Clemente Castillo (Jumbo), líderes de una avanzada musical que todavía resuena en los escenarios más importantes de México; o heterodoxos a desquite de la realidad como el Abulón (Víctimas del Dr. Cerebro show), Dr. Shenka (Panteón Rococó), Paco Huidobro (Fobia), Pato (Control Machete), Tammy Tamerlane (Pornoshop/Six Million Dollar Weirdo), o Su Majestad Imperial Silverio. Y de igual forma, garbanzos de a libra como Lino Nava (La Lupita), Fernando Rivera Calderón, Jay de la Cueva (Fobia/Moderatto), Joselo Rangel (Café Tacvba), o Pepe Mogt (Nortec Collective), que pueden abarcar toda clasificación habida… o ninguna, en su defensa. 

Para que un libro de entrevistas sea tan impactante como indispensable, debe contar con un ingrediente primordial: la pericia del entrevistador para lanzar la pregunta correcta en el momento menos esperado. Efectivamente, esto se cumple por entero, pero con un plus: también la entrevistadora se da chance de plantearse muchas más dudas acerca de sus atípicos interlocutores, acompañados por un café o por un trago rasposo, según lo permita la agenda -o el agua de azar, lo primero que ocurra. 

¿Qué nos espera A través del vaso? ¿Un face to face con las y los protagonistas de la escena musical de México, capaces de abarrotar foros del Vive Latino que antros de raigambre alternativa? ¿Una microhistoria del rock -y otras rolas, diría el joven clásico- de los últimos cuarenta años? ¿Acaso una galería de locos ungidos al arcano de la música? Para éstas y otras interrogantes, en efecto, la respuesta es afirmativa, y en generoso contrapunto con la época que correspondió a su auge y permanencia. 

Brindis de sonidos a cada página, este libro de Mariana H. confirma por completo otra sentencia de Luis Herrera de la Fuente (referido al principio de estas líneas): “En campos de la música, a fuer de tratarse de arte, el intérprete cree a ojos cerrados, como el científico, en un solo dogma: en la música si hay dogma: mi dogma; el que establezco yo”. (Y la naturaleza variopinta de sus luminarias no nos dejará mentir…) 

En la onda y rollo de las letras de la música mexicana, Mariana H. comparte un sitio de honor junto a las Sirenas al ataque de Tere Estrada y a los Sonidos urbanos de Mafer Olvera; sin embargo, a este melomaniaco empeño todavía le quedan muchas horas de reproducción aleatoria: sea en su continuación natural (un segundo volumen de entrevistas), sea en la confección de un libro nuevo. Mientras esto sucede, sigamos a la escucha.

(Quede aquí este playlist a prueba de tiempo.)   

Mariana H. A través del vaso. En vivo con 26 músicas y músicos de México. México, Reservoir Books, 2020.  

 

(18/diciembre/2020)

lunes, 30 de noviembre de 2020

Música con todas las letras

Ulises Velázquez Gil

“Toda música verdadera nos hace palpar el tiempo”, dijo alguna vez Emil Cioran, y, a decir verdad, no le falló el tiro al decirlo, porque a medida que escuchamos la música de nuestra preferencia, de inmediato volvemos a una etapa de la vida, con todo y sus complicaciones, pero al final del día (o de la duración del disco o del playlist) se vuelve parte de uno. Así también ocurre con la literatura, donde un personaje, una frase o un libro nos devuelve a ese lugar de previa escala en la vida (lectora), y hasta se empeña en seguir abriendo brecha.

            Navegante por las aguas de la narrativa de escritores inclasificables, Alejandro Toledo nos entrega un libro de cierta manera atípico, pero fiel a una tradición de literatura sobre música. Se trata de Instantáneas de la beatlemanía y otros apuntes sobre música y cultura.

            Compuesto por siete ensayos (como el número de notas de la escala musical), Instantáneas de la beatlemanía… da cuenta de los gustos musicales del autor, haciendo énfasis en el papel que la agrupación británica The Beatles dejó en el sucedáneo paso del mundo presente, al dejar honda huella tanto en la historia universal como en la microhistoria de sus protagonistas (y, por ende, la de sus escuchas).

En el ensayo homónimo, Toledo hace una relación pormenorizada del panorama histórico y musical donde aquella agrupación conformada por John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr, desde sus primeras inclusiones en escenarios de Hamburgo hasta la separación definitiva, en justo paralelo con los sucesos más importantes tanto de Gran Bretaña como de otras partes del mundo, donde el fervor por el llamado “cuarteto de Liverpool” fuera más fuerte, como los alaridos de sus fans en algún concierto suyo. Entre gira y gira, los Beatles habían intentado avanzar. De su arranque tumultuoso, con canciones sencillas y pegajosas, llegaron a un punto en el que tuvieron que pedir ayuda (Help!, 1965) por sentir que ahí, solos en los estadios (“un andar solitario entre la gente”, diría el poeta), se convertían en loros absurdos, para entregarse luego (en sus pocos ratos libres en el avión o en el cuarto de hotel) a creaciones que implicaban nuevos rumbos para su música. Una cosa por la otra: la popularidad inesperada y mundial les creó cárceles personales, pero también grandes espacios de libertad, donde no era la disquera la que mandaba, sino ellos, los músicos.

Ante esta última frase, no podemos negar que, en música como en literatura, los lectores/escuchas/fans tienen la palabra definitiva, por no decir la única; y en ese sentido, la afición beatlemaniaca en México no se queda atrás, merecedora de justa mención. Una curiosidad mexicana es la entusiasta afición beatle. No sólo hay dos horas diarias en la radio nacional y otros programas en provincia dedicados a su música: circulan decenas de grupos de tributo y se organizan a cada tanto festivales de fanáticos en los que se consigue la más diversa memorabilia, además de grabaciones no oficiales (de las que hay por cientos).

A diferencia de otras hordas de fanáticos y de aficionados, el gusto por Los Beatles trasciende todo tipo de fronteras, empezando por las generacionales; en alguna parte, Toledo también hace hincapié en los festivales, conciertos y mercados formales -e informales, cabe decir- donde se ofrece todo tipo de objetos de y sobre los cuatro fantásticos (no los del comic, pero igual de espectaculares). La de los seguidores de los Beatles es una tribu noble. La base de los discos oficiales ha sido establecida ya dos veces en CD, pero se está siempre a la caza de lo nuevo… aunque esto sea lo antiguo con inciertas o notables mejoras técnicas o ligerísimas variantes y nuevas portadas.

Para terminar con este ensayo, que bien podría pasar como primer acercamiento (escrito) al cuarteto de Liverpool, el autor justiprecia la presencia de este grupo en la cultura popular, cuyos linderos rozan, como por contagio, los terrenos de la historia universal, tópicos que se entrecruzan en el segundo ensayo del libro, “Los Beatles de la narrativa latinoamericana”, donde las letras de los novelistas más destacados del boom latinoamericano se unen a la música de la famosa agrupación. (Carlos, Julio, Mario y Gabo en los años sesenta: los Fab Four de la narrativa latinoamericana.)

Después de un ensayo sobre cómo el carácter subversivo tiene sus ventajas, no del todo halagüeñas (“Rebelarse vende”), el autor nos presenta una dupla ensayística digna de resaltar: “Las otras batallas de Syd Barrett” y “Björk en la masmédula”. Mientras para la cantante islandesa encuentra no pocas similitudes (igual de sorprendentes, cabe decir) con la poesía del argentino Oliverio Girondo, con el texto acerca del primer genio detrás de Pink Floyd pone en claro el papel que éste tuvo antes y después del ya legendario álbum The dark side of the moon, sobre todo durante su grabación, aún ya retirado del grupo. Barrett lo inició todo, siempre estuvo ahí, y ahora, muerto, sigue en el panorama como alma espiritual del grupo, el tipo calvo que es confundido con los ingenieros de sonido y que escucha eternamente una canción que habla de él, cosa de la que parece no percatarse […].

Detrás de toda música (o canción, según sea el caso), hay una historia secreta que nos define en cuanto a escuchas o partícipes de la vida diaria. Y en los ensayos restantes de Instantáneas de la beatlemanía…, éste se evidencia a todas luces. En “Balada para Ana Luisa” conocemos las peripecias del autor para nutrir (ésa es la palabra) musicalmente a una hija que se halla en camino de llegar a este mundo, para después continuar la dosificación de géneros, y de obras que la ayuden a crear su propia perspectiva: de Mozart y Cri-Cri hasta Louis Armstrong y el jazz. Algo pasa cuando Ana Luisa escucha música. No es que se quiera llevar el asunto muy lejos. Una de sus abuelas la imagina debutando en la Scala de Milán, pero la cosa no va por ahí, creo. En tal caso, es algo que ella decidirá. Por ahora sólo se puede concluir esto: nos dimos cuenta de que en esos primeros meses de su vida ciertas melodías la ayudaron a ser feliz.

Cierra este septeto musical “Mi vida en diez canciones”, nacido a raíz de su paso por una emisión del programa radial El soundtrack de una vida, conducido por Laura Barrera en la frecuencia del 107.9 fm. A cada canción mencionada le asigna un recuerdo de su vida, y aunque algunas de las joyas de esa selección sean harto conocidas (del llamado dominio público), los recuerdos, en cambio, varían de persona a persona. En alguna parte del ensayo beatlemaniano nos esclarece ese misterio: El gusto musical suele ser ecléctico, puesto que el oído está sujeto, aun desde el vientre de la madre, a múltiples influencias. Es difícil controlar lo que uno escucha: a lo largo de la vida se va recibiendo información melódica y ésta se integra naturalmente a los archivos del recuerdo. En circunstancias cotidianas, somos además cautivos de la preferencia ajena: la de quienes viven con uno, lo que se programa en la radio, la feroz estridencia del vecino en un edificio habitacional, el fondo sonoro en el mercado, la oficina o el medio de transporte, el soundtrack de un largometraje…

En suma, Instantáneas de la beatlemanía y otros apuntes sobre música y cultura es la prueba contundente de que la verdadera música nos hace tocar el tiempo, de encontrarnos a cada escucha suya, sin importar el instante donde ocurra ese milagro, sobre ese inusitado pentagrama que nos empeñamos en llamar vida. Música con todas las letras, estos ensayos encuentran un justo lugar en la literatura mexicana, a la par de La nueva música clásica de José Agustín y el Atril del melómano de Luis Ignacio Helguera, con la solar diferencia de unir el desparpajo del primero con lo antisolemne del segundo; un libro con miras a volverse clásico -por atípico- dentro de la obra de Alejandro Toledo.  

Quede en ustedes, atentos lectores, seguir a la escucha. (Seguro que sí.)   

 

Alejandro Toledo. Instantáneas de la beatlemanía y otros apuntes sobre música y cultura. México, Dosfilos ediciones, 2017.  

 

 (16/noviembre/2020) 

miércoles, 25 de noviembre de 2020

Por cuenta del tiempo

 

Ulises Velázquez Gil

En el prólogo a Un montón de piedras de Jorge F. Hernández, se puede leer la siguiente frase: “Habrá quienes viven la realidad en constante ajuste de cuentas; el escritor rinde cuentos y, al hacerlo, intenta otra realidad”. En aras de urdir esa otra realidad, es preciso echar mano de esos ajustes de cuentas, donde lo más interesante no radica en pintar los sucesos tal y como ocurrieron, sino en cómo podrían contarse. Y en ese sentido, el cuento es el medio ideal para dar cuenta de esa intención.

            Después de dos novelas de carácter fragmentario, Brenda Lozano incursiona por primera vez en el terreno del cuento y nos entrega Cómo piensan las piedras, volumen donde se consigna su tránsito por dicho género. Compuesto por catorce cuentos, Brenda Lozano deja libre curso a varias historias, en apariencia comunes, pero cuyo modo de narrar suscita asombros como extrañamientos. Asombros, como una fotocopiadora que hace la crónica de un tiempo lejano, o extrañamientos tales como la pregunta que hace de título para este libro. Entremos en materia.

En “Elefantes”, tenemos la vida de un cuidador de elefantes en África, contada por su esposa, quien hace la cuenta de los sucesos vividos como pareja en lares de otro continente, y la cercanía de éste con los animales que cuidaba, sobre todo, del cómo ellos lo asumieron como parte de su manada. En los zoológicos y en las bibliotecas nuestros hijos aprenden qué es la empatía, eso es lo que más necesitamos recordar en tiempos de guerra […] A veces me parece una frase extraña, una frase hecha, como si fuera a volver esta noche, como si volviera de pronto para abrir la puerta del refrigerador y ver qué quedó de la tarde. Si algo logra contraponerse al lugar común de “el hombre es un animal de costumbres”, es la efectividad de una frase de Samuel Beckett, “Los animales saben”, y se confirma por entero en la manera en que los elefantes del título asumen la muerte de su cuidador, inclusive al grado de volverlo parte de su propia manada/familia.

Donde los lazos familiares también cuentan buenas historias, tenemos “Geometría familiar” y “Todo lo prestado”. Como salidos de algún episodio de Relatos salvajes, sus protagonistas muestran hasta qué punto un lazo familiar hace mella en el ser y hacer que les compone; en el primer caso, la repetición de un nombre, o la paridad del nombre compuesto, mientras que en “Todo lo prestado”, la incomodidad de un rabino a bordo de un vuelo hacia México le devuelve a su memoria una vieja deuda familiar -en concreto, con su hermano.

En la primera novela de la autora, Todo nada, se puede encontrar la siguiente frase: Contar porque quien cuenta algo ha perdido algo. Y tal parece que ésa es la premisa de “Lugares que nos sobrevivirán” y “Cables”. Para el primer caso, la pequeña colección de botellas de champú que tiene la protagonista es el escenario donde se resumen sus taras, donde es preciso (diríase que necesario) ir ligera de equipaje, con la salvedad de una marcada rutina. No traje muchas cosas. Nunca he tenido muchas cosas. Estudiar letras clásicas es algo se parece. Entre las noticias que vemos diario, es como un adorno, un florero tal vez. Una de las ventajas de las causas perdidas es su ligereza, la distancia con la vida práctica es su liviandad. Sin embargo, ella no se puede diferenciar tanto de su padre como de su abuelo, también coleccionistas de instantes. (Los cerillos del abuelo -incendios en potencia- y los dulces del padre -reflejo de una esperanza que no llega-: heredades a la busca de sentido.)

“Cables”, por otra parte, no da cuenta de la manía de colectar objetos donde se concentren fobias y filias, sino en el justo valor que las palabras tienen para conformar nuestra historia, de leer entre líneas esas cosas que dicen más de nosotros y que nos resistimos en develar, o por lo menos, se busca procrastinar. Llevo siete días o siete vidas pensando cómo contar esto. Tal vez llevo siete minutos. ahora que cuento el tiempo con precisión contaré una historia. La imprecisión a partir de ahora será lo único certero. Qué remedio para el que cuenta una historia. (Paréntesis aparte: tal parece que en este cuento se oculta, de cierta forma, una especie de “preceptiva” para el buen narrador, incluso en la forma de escribir/ pronunciar una frase. Si en la poesía, el adjetivo mal empleado mata, en el cuento -la novela, inclusiva- una misma frase cobra otro sentido si se escribe al principio, a la mitad o al final del texto.)

Así como cada libro de cuentos tiene historias que buscan su propio cauce, también hay personajes que buscan trascender la página impresa, o por lo menos, darle otra vuelta a su vida por contar; esto se nota en una peculiar tercia: “Martina”, “Un gorila responde” y el cuento que da título al libro. Para el primer caso, cómo el talento inusitado de una joven pianista es el punto de encuentro de un grupo de viejos amigos, hermanados por la academia y la música que se detesta en común. El desprecio crea lazos sólidos, odiar lo mismo nos acerca más a un amigo que los gestos en común. […] Creo que la música malograda tiene gracia, pero lo malo tiene el encanto de lo divino. Saber apreciar lo bajo es terapéutico. Lo que tanto odiamos dice mucho más de nosotros que lo que apreciamos, despotricar es equivalente a varias sesiones de psicoanálisis. Tal parece que el talento interpretativo de Martina se vuelve válvula de escape para ese grupo de colegas, que no pueden darse el lujo de proyectar sus placeres culposos: de la ortodoxia de la música clásica y las matemáticas al desfogue del new age y los temas televisivos que ella interpreta de manera magistral en el piano.

Respecto a “Un gorila responde”, hay otra relación de complicidad; en este caso, entre el narrador y un gorila. Si el talento non de una joven virtuosa es vehículo para la catarsis de una caterva de locos ungidos a los números, en el gorila, en cambio, hallamos en mutuo acuerdo el descontento hacia el mundo presente. El gorila detesta a los hombres de baja estatura. En realidad, detesta todo lo que se mueve y es un tanto más bajo que él. De ser un anciano, por la calle golpearía con su bastón a los diminutos, golpearía a todos los cortos de estatura sin importar que sean niños, ancianos y chaparros. Al poco tiempo de entrar al zoológico, le lanzó una piedra a un niño, lo descalabró.

¿Y qué decir de la niña protagonista de “Cómo piensan las piedras”, que hace de las palabras sus compañeras de viaje? Yo sé que las rimas son como los finales felices de las palabras porque las letras se abrazan, pero también sé que un cuento es un invento porque no es verdad que todos los cuentos terminan felices para siempre porque además sé que nada es para siempre. Ante los altibajos de su madre en cuanto a sus relaciones de pareja, a esta niña sólo le queda el refugio y la complicidad de las palabras (con las que renombra a los personajes que la rodean: las Otras rimas, el Libro Aburrido, los Libros divertidos, el Señor Periódico -¿por chismoso?-, el Señor Policia), para que al final del día se sepa consciente de que, en la vida como en la ficción (la que le cuenta su mamá cuando miran hacia las estrellas, o la que el policía procura en su intento de responder a sus preguntas), no hay finales felices. (En ocasiones, no dejamos de sentirnos como ella, pero aun así nos agrada contar historias, con todo y que la realidad nos termine llevando la contraria.)

En suma, ¿dónde radica la importancia de Cómo piensan las piedras? En dar cuenta de algunas historias que ocurren (o que podrían suceder, nunca se sabe) más allá de la página escrita, pero persistentes en el empeño de contarse, como las piedras que aparecen a lo largo del libro: desde la piedra angular hasta la más modesta rocalla (y sin excluir al engorroso cálculo renal), una historia bien contada siempre se agradece por cuenta del tiempo, presta para leerse y/o contarse las veces que se vuelva necesario.

Para quien ha seguido con suma fidelidad la obra narrativa de Brenda Lozano, las sorpresas están a la orden del día, y a medida que se avanza en su lectura, se confirma a cabalidad una consumada maestría en el oficio de narrar, y ante ello, sea novela o cuento (y hasta en un relato de largo aliento), toda historia bien contada, sin importar su procedencia o importancia, siempre es digna del mayor reconocimiento, y, por consiguiente, de merecida y atenta lectura, cualidades de una pluma con miras a volverse clásica y de referencia obligada.

Quede aquí la propuesta. (De verdad.)   

 

Brenda Lozano. Cómo piensan las piedras. México, Alfaguara, 2017 (Narrativa hispánica).  

 

(11/noviembre/2020)

miércoles, 28 de octubre de 2020

Facetas del espejo

Ulises Velázquez Gil 

Una greguería de Ramón Gómez de la Serna dice de la siguiente manera: “El espejo no nos repite; el espejo nos juzga”. Al momento de hacer un balance de la obra de toda una vida (al menos, en literatura), es preciso echar una mirada hacia el sendero recorrido y ver los pasos dados hasta ese momento, donde, al seleccionar los trabajos más representativos de esa época, algo de nuestra imagen ha cambiado frente al espejo. (Un aprendizaje recibido, a final de cuentas.)

            En el empeño de balancear los cuentos y las crónicas escritas a lo largo de treinta años, Juan Villoro nos entrega Espejo retrovisor, suerte de retrospectiva de su quehacer de escritura, donde las historias no dejan de salirle al encuentro: nueve cuentos (ordenados del más joven al más viejo) y diez crónicas, que evidencian su paso por ambos géneros: [esta antología] no proviene de una detenida relectura, sino de algo que me parece más válido y honesto desde la perspectiva del autor: el recuerdo de mis historias. No busqué los “mejores” textos sino los más próximos a mi memoria, los que, por razones insondables y acaso sólo válidas para estos días, regresan a mi mente con mayor intensidad.

            Salvo los cuentos de su primer libro, La noche navegable, Juan Villoro partió de su segundo libro, Albercas, para esa retrospectiva en el cuento. Sin embargo, el orden cronológico es, a diferencia de otras compilaciones, inverso, donde los últimos cuentos son los de mayor antigüedad, y, por otro lado, los que abrían la selección, de factura reciente, como si las inquietudes adolescentes de “Pegaso de neón” y el texto que da nombre a la compilación, se trastocan con las historias de mayor madurez -en su historia como en sus personajes-, como “Confianza” y “Forward>>Tokio”, mientras que la parte intermedia se compone por textos procedentes de Los culpables y La casa pierde; este último, con un mayor dominio del oficio cuentístico. […] Guiado por los favores de la memoria, este libro muestra lo que quedó atrás; pero la literatura es una ilusión de cercanía, donde lo lejano se aproxima de acuerdo con el lema de los espejos retrovisores: “Los objetos están más cerca de lo que aparentan”.

Bajo este lema, los cuentos que más se acercan a ese empeño son, precisamente, los provenientes de La casa pierde: “Campeón ligero” (de resonancias cortazarianas, por aquello de que el cuento gana por nocaut, es decir, con su eficacia en la narración), “Coyote” y “Corrección”, donde Villoro hace un retrato de un escritor vuelto corrector de estilo por obra y gracia del colega que narra la historia. No deja de intrigarme la cruel inversión de nuestros destinos: yo debería ser el relator de sus proezas, el albacea de sus papeles dispersos, su intercesor ante el mundo, la sombra que rindiera testimonio de su estatura; en cambio, es él quien dispone de estas páginas y se convierte en mi custodio. (Paréntesis aparte: tal parece que en la última línea de ese fragmento se podría resumir el espíritu de la presente antología.)

Por el apartado de crónicas, Villoro no deja de encontrarle a los sucesos del tiempo reciente algún grado de desconcierto, pero también de sorpresa, como si en la propia realidad las historias por contar sobrepasan los linderos de la ficción. En “Mi padre, el cartaginés”, se ocupa de la figura de su padre, el filósofo Luis Villoro, de quien busca recrear su vida (como persona de orígenes extraterritoriales), que halló en el pensamiento de los pueblos originarios a su mitad perdida. Gracias a sus incursiones filosóficas, lo indígena se presentó como un desfase estimulante, una oportunidad para comprender en forma crítica el entorno. Si pudo ser cartaginés en Bélgica, a través de sus lecturas se dispuso a ser algo más raro: mexicano.

Uno de los intereses de don Luis que permeó en el ser y hacer de su hijo, fue el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), al que Juan Villoro dedicó sendas crónicas: “Los convidados de agosto” (título de clara referencia a Rosario Castellanos, también interesada en los pueblos originarios desde la trinchera de la novela) y “Un mundo (muy) raro”, donde con mirada periscópica da testimonio de aquellos sucesos.

El temor endémico -y mexicano- a los terremotos es la materia prima de “El sabor de la muerte”, donde se hace la crónica del sismo que asoló a la ciudad de Santiago de Chile; punto de partida para sus reflexiones en torno a la rutina de un mexicano ante un suceso similar. Los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma, al menos los que sobrevivimos al terremoto de 1985 en el Distrito Federal. […] En la mente de los mexicanos se combinaban el temor atávico a los terremotos y la convicción de que los edificios están mal construidos. […] Los terremotos son inspectores de la honestidad arquitectónica. […] Los terremotos representan un striptease moral. Lo peor y lo mejor salen a la luz.

 Además de los sucesos y de las figuras que le dieron brújula e itinerario, Juan Villoro también se ocupa de otras igual de importantes en las crónicas reunidas en Espejo retrovisor: el asombro de un escritor perseguido en su paso por México en “Rushdie en Tequila”, la franqueza de un gran artista frente a su legión de fans patente en “Supongamos que no existen los Rolling Stones…”, o en la inteligencia destellante de Harold Bloom en “El rey duerme”.

En toda antología, como en la vida misma, la crónica y el cuento (la realidad y la ficción) se trastocan en un solo punto, y esto ocurre con “Arenas de Japón” y en el ya mencionado “Forward>>Tokio”. Mientras en el cuento es un destino probable para sus personajes, para el Villoro cronista, lo único improbable reside en la manera cómo se conducen los japoneses, al grado que hasta la canción del grupo Mecano parecería un documental. A falta de credenciales, me presenté a partir de los vínculos de mi familia con la televisión japonesa. Crecí viendo Astroboy, mi esposa creyó ser Señorita Cometa, mi hijo perteneció a la tribu de los Pokémon y mi hija al reino de Doraemon. Fue como enlistar signos del Zodiaco. Mis parientes se volvieron comprensibles. El método resultó eficaz. A fin de cuentas, ¿qué es un extranjero si no una caricatura?

Un tema que no puede escaparse del escrutinio antológico de Juan Villoro, es el futbol, tema (mejor dicho, pasión) que ha dado para muchos textos, desde un libro al alimón con el argentino Martín Caparrós, hasta su volumen canónico Los once de la tribu, donde se reafirma a cada línea la presencia en su vida del llamado “juego del hombre”. Cada equipo es, a su manera, el mejor del mundo (sobre todo si se trata del Necaxa). Enemigos del sentido común, los fanáticos son los únicos espectadores tolerables en un juego sin medios tonos. “Cuando sales a la cancha, ya no existe el color rosita”, ha dicho Ángel Fernández, inmejorable Góngora de la fanaticada. Y rematar de la siguiente forma, lapidaria como todo lo suyo: Cuando los héroes numerados salen a la cancha, lo que está en juego ya no es un deporte. Alineados en el círculo central, los elegidos saludan a su gente. Sólo entonces se comprende la fascinación atávica del futbol. Son los nuestros. Los once de la tribu.  

En suma, a lo largo de Espejo retrovisor sí se cumple a cabalidad aquella greguería mencionada al principio de estas líneas, donde tan válido es repetirse como juzgarse; formas del espejo que permiten la autocrítica, vuelta florilegio de crónicas y de cuentos. En la bibliografía de Juan Villoro, sólo se cuentan (hasta el momento) con dos antologías de su obra, La alcoba dormida (centrada en el cuento) y la que hoy nos ocupa, con la cual es de esperarse un nuevo lector de sus obras, o quizás un visitante muy asiduo, en espera de nuevas maravillas sólo reservadas al placer de la relectura.  

Quede en ustedes, dedicados lectores, encontrarse en ese espejo de historias. (Así sea.)   

Juan Villoro. Espejo retrovisor. México, Seix Barral, 2013 (Biblioteca Breve).  


(14/octubre/2020)

lunes, 19 de octubre de 2020

Oficio de gambusino

 

Ulises Velázquez Gil

Cierta vez, el escritor y crítico literario Marco Antonio Campos le preguntó a su maestro y amigo Rubén Bonifaz Nuño cuáles eran sus lecturas o qué recomendaba leer, y Bonifaz le respondió de la siguiente manera: “Hay que leer a los clásicos y a los amigos”, porque de los clásicos se aprenden tantas cosas, y a los amigos, para seguir contando con ellos. A medida que se lee, tanto el aprendizaje de los clásicos como la compañía de los amigos salen a nuestro encuentro, en aras de compartirnos sus hallazgos y sorpresas; a final de cuentas, un aprendizaje continuo.

            Lector de carrera larga, el filósofo español Fernando Savater nos entrega un pequeño volumen que consigna su constancia lectora, donde conviven por igual sus autores clásicos que varios de sus contemporáneos, donde al final de cada página no deja de leerse en ellos, en las ideas y confidencias que sólo la lectura logra prodigarle.

            La música de las letras se compone por 44 artículos, entre reseñas, memorias, palabras académicas y hasta obituarios, como resultado de sus visitas frecuentes a los libros que le son cercanos y entrañables. Son comentarios casuales, notas de pie de página, reflexiones escritas al margen de pasajes sugestivos: testimonios personales del júbilo de leer. No pretenden sentar cátedra ni desentrañar de una vez los misterios que he gozado.

Uno de esos “misterios” lo podemos encontrar en las circunstancias que dieron origen a su primer libro, a su incursión en el mundo de la página impresa, tal y como se ve en “Aguirre o la amabilidad de Dios”, donde Savater cuenta de su encuentro con el editor Jesús Aguirre, de la entonces naciente editorial Taurus, y de cómo la fe ciega de éste urde un milagro hasta ese momento irrealizable, es decir, la publicación de su primer libro, Nihilismo y acción, enfocado a difundir la obra y el pensamiento del filósofo franco-rumano Emil Cioran: […] mi primer libro, el único imprescindible y vocacional, el que más me hizo palpitar el corazón ver publicado. Lo reunía todo: erudición infantil, rebelión ingenua contra el universo, antiteología de andar por casa, sobresaltos irónicos, confianza ciega en que lo mejor estaba a punto de llegar entre la niebla y las sirenas de la policía.

Todo libro es, por definición, un primer libro, donde uno se enfrasca en un afán totalizante, sin embargo, siempre habrá cosas que nos faltan por decir, y mientras éstas se dignen a darnos alcance, es menester persistir en las lecturas.

 A medida que avanzamos en La música de las letras, encontramos dos escenarios, público y privado, donde Savater se ocupa de figuras muy queridas para él (escritores) y de compartir, además, algunas instantáneas de su quehacer como lector. A manera de ejemplo, baste revisar los textos que le dedica a Albert Camus (“Dos cabalgan juntos”, “Carta a Albert Camus”), Octavio Paz (“Mi Paz os doy”) y el propio Cioran (“Desconsolado éxtasis”). En el primer texto sobre Camus, el autor hace una lectura entrecruzada con la obra de otro escritor combativo, George Orwell, y señala confluencias en ambas obras. Tuviesen o no razón en sus opiniones y actitudes políticas, tanto Camus como Orwell fueron librepensadores. Es decir, sostuvieron principios y argumentos, no partidos. Rechazaron algo muy frecuente, el escándalo selectivo, las condenas que siempre barren para casa y silencian lo que perjudica a nuestro convento. Mientras el lector crítico justiprecia la importancia de dos escritores contestatarios, con Camus el acercamiento se acentúa, y mediante un segundo artículo, en forma de carta, le echa en cara aciertos que fallas, como si el autor de El primer hombre fuera un amigo de toda la vida (que lo es, por obra y gracia de la lectura): […] como escritor no es difícil hallarle obvios defectos entre muchos méritos: a veces suena un poco artificioso su tono lapidario y hay algo a la vez de ingenuo y de hueco en sus concesiones a la declamación moral. […] Usted, querido Camus, criado en la miseria argelina y educado en el campo de fútbol, nunca tuvo miedo a las patadas y los empellones y por eso tampoco adoró a quienes los dan.

En “Mi Paz os doy” (título de resonancias evangélicas), Savater comparte su experiencia con Octavio Paz, presencia igualmente fundamental en su quehacer como lector y crítico del tiempo presente. He oído decir que Octavio Paz podía ser altanero y hasta despectivo, pero conmigo se comportó desde el primer momento como el más genial y cercano de los compañeros. Supongo que disculpaba como síntomas de incurable puerilidad mis vehemencias, mis despistes y hasta una familiaridad que yo me tomaba y que él nunca me negó, aunque podría en justicia habérmela negado. Y en “Desconsolado éxtasis”, sobre Cioran, reconoce dos cosas suyas primordiales: la importancia de su obra en países del orbe hispánico y la poca comprensión (aún) por parte de varios críticos, como George Steiner, en alguna reseña publicada en The New Yorker, y como el más fiel de los amigos, Savater le hace el quite a su colega y maestro: Aunque de gama alta, Steiner es un cronista cultural: por tanto, lo contrario de Cioran, cuyo pensamiento vivido sólo se ocupa de las cosas que no pasan, no de las que pasan. […] Es decir, trata de la dimensión inmanejable de lo que podemos saber: la verdad no operable, en fase terminal. Y remata de la siguiente forma: Era un místico del sinsentido y del dolor, sólo capaz de éxtasis sin fulgor sacro. Visionario de laconismo elocuente, fue desmesurado y agresivo en su ironía, pero careció de fatuidad intelectual. No, Steiner no puede entenderle.

(Paréntesis aparte. ¿Qué hubiera dicho Cioran acerca del último libro de Steiner, Necesidad de música? Lo leería, sin duda, pero con ciertas reservas, tal y como Steiner hiciera con su obra. Una de cal…)

Una de las características que distingue a un gran lector es contar con una infatigable curiosidad, que lo lleva a interesarse por temas (aparentemente) opuestos a su disciplina de origen o a los temas del momento. En La música de las letras esto ocurre con varios de los gustos de Fernando Savater: las novelas de misterio, las carreras de caballos ¡y Harry Potter! Para quienes hemos transitado por los senderos de la obra savateriana, no son del todo ajenos los primeros tópicos (existen dos libros en torno a su afición hípica, A caballo entre milenios y El juego de los caballos), pero encontrar dos textos en torno a la saga de novelas escritas por Joanne K. Rowling, sí que es una sorpresa y como sucediera con Camus, Savater también le dedicó dos textos, “La brujería adolescente” y “La jubilación del niño-mago”: […] Su larga historia iniciática le va descubriendo paulatinamente que no está solo en su mundo hechizado, pero que esa compañía a veces puede ser entrañable y otras peligrosa. Volumen tras volumen, su saga se va haciendo menos humorística y pueril para cobrar aspectos ominosos que lo enfrentan con los inevitables dilemas morales de la vida activa: la fidelidad o la renuncia, la solidaridad o el abandono, el compañerismo rutinario o la aspiración a un camino propio que a veces resulta cruel con quienes más amamos...

Además de estos “ejercicios de admiración” (inevitable la referencia cioraniana), Fernando Savater comparte con el lector otras de sus aficiones lectoras, que van de Baruch de Spinoza, el panorama de la educación en el siglo XX, los almanaques de fin de año (ediciones especiales de sus comics favoritos), la obra de Edgar Allan Poe y de sir Arthur Conan Doyle, hasta el misterio generado alrededor del personaje animado Tintin, creación del dibujante belga Hergé, quien hizo del mundo exterior su casa -con todo y sus extraordinarias aventuras. Ante la disparidad -y, por ende, originalidad- de sus intereses, Savater bien podría pasar por un booktuber de cuño reciente, en cuya lectura del mundo nada humano le resulte ajeno, siguiendo el espíritu de los clásicos.

En suma, La música de las letras logra el justo equilibrio entre la lectura de los clásicos y la de los amigos (contemporáneos ambos, a final de cuentas), con el fin de obsequiarnos una fuerte razón para acercarse a la obra de escritores cuyo talento non sale a nuestro encuentro y darnos otro punto de vista, o por lo menos, una palabra de aliento que nos ayude a salir avante de los tiempos más difíciles, porque en la lectura se conjuga ese oficio de gambusino, donde quien lee disfruta primero del hallazgo, para que otro se deleite con la postrer exploración, es decir, se acerque a libros, autores y personajes compartidos por vía de la lectura, vuelta reseña, obituario, memoria e incluso autobiografía, porque lo más importante es persistir en el afán de leer el mundo.  

Ante este florilegio de experiencias lectoras, quede en ustedes la final elección. (Sin duda alguna.)   

Fernando Savater. La música de las letras. México, Debolsillo, 2017 (Ensayos literarios).  

  

(5/octubre/2020)