lunes, 30 de noviembre de 2020

Música con todas las letras

Ulises Velázquez Gil

“Toda música verdadera nos hace palpar el tiempo”, dijo alguna vez Emil Cioran, y, a decir verdad, no le falló el tiro al decirlo, porque a medida que escuchamos la música de nuestra preferencia, de inmediato volvemos a una etapa de la vida, con todo y sus complicaciones, pero al final del día (o de la duración del disco o del playlist) se vuelve parte de uno. Así también ocurre con la literatura, donde un personaje, una frase o un libro nos devuelve a ese lugar de previa escala en la vida (lectora), y hasta se empeña en seguir abriendo brecha.

            Navegante por las aguas de la narrativa de escritores inclasificables, Alejandro Toledo nos entrega un libro de cierta manera atípico, pero fiel a una tradición de literatura sobre música. Se trata de Instantáneas de la beatlemanía y otros apuntes sobre música y cultura.

            Compuesto por siete ensayos (como el número de notas de la escala musical), Instantáneas de la beatlemanía… da cuenta de los gustos musicales del autor, haciendo énfasis en el papel que la agrupación británica The Beatles dejó en el sucedáneo paso del mundo presente, al dejar honda huella tanto en la historia universal como en la microhistoria de sus protagonistas (y, por ende, la de sus escuchas).

En el ensayo homónimo, Toledo hace una relación pormenorizada del panorama histórico y musical donde aquella agrupación conformada por John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr, desde sus primeras inclusiones en escenarios de Hamburgo hasta la separación definitiva, en justo paralelo con los sucesos más importantes tanto de Gran Bretaña como de otras partes del mundo, donde el fervor por el llamado “cuarteto de Liverpool” fuera más fuerte, como los alaridos de sus fans en algún concierto suyo. Entre gira y gira, los Beatles habían intentado avanzar. De su arranque tumultuoso, con canciones sencillas y pegajosas, llegaron a un punto en el que tuvieron que pedir ayuda (Help!, 1965) por sentir que ahí, solos en los estadios (“un andar solitario entre la gente”, diría el poeta), se convertían en loros absurdos, para entregarse luego (en sus pocos ratos libres en el avión o en el cuarto de hotel) a creaciones que implicaban nuevos rumbos para su música. Una cosa por la otra: la popularidad inesperada y mundial les creó cárceles personales, pero también grandes espacios de libertad, donde no era la disquera la que mandaba, sino ellos, los músicos.

Ante esta última frase, no podemos negar que, en música como en literatura, los lectores/escuchas/fans tienen la palabra definitiva, por no decir la única; y en ese sentido, la afición beatlemaniaca en México no se queda atrás, merecedora de justa mención. Una curiosidad mexicana es la entusiasta afición beatle. No sólo hay dos horas diarias en la radio nacional y otros programas en provincia dedicados a su música: circulan decenas de grupos de tributo y se organizan a cada tanto festivales de fanáticos en los que se consigue la más diversa memorabilia, además de grabaciones no oficiales (de las que hay por cientos).

A diferencia de otras hordas de fanáticos y de aficionados, el gusto por Los Beatles trasciende todo tipo de fronteras, empezando por las generacionales; en alguna parte, Toledo también hace hincapié en los festivales, conciertos y mercados formales -e informales, cabe decir- donde se ofrece todo tipo de objetos de y sobre los cuatro fantásticos (no los del comic, pero igual de espectaculares). La de los seguidores de los Beatles es una tribu noble. La base de los discos oficiales ha sido establecida ya dos veces en CD, pero se está siempre a la caza de lo nuevo… aunque esto sea lo antiguo con inciertas o notables mejoras técnicas o ligerísimas variantes y nuevas portadas.

Para terminar con este ensayo, que bien podría pasar como primer acercamiento (escrito) al cuarteto de Liverpool, el autor justiprecia la presencia de este grupo en la cultura popular, cuyos linderos rozan, como por contagio, los terrenos de la historia universal, tópicos que se entrecruzan en el segundo ensayo del libro, “Los Beatles de la narrativa latinoamericana”, donde las letras de los novelistas más destacados del boom latinoamericano se unen a la música de la famosa agrupación. (Carlos, Julio, Mario y Gabo en los años sesenta: los Fab Four de la narrativa latinoamericana.)

Después de un ensayo sobre cómo el carácter subversivo tiene sus ventajas, no del todo halagüeñas (“Rebelarse vende”), el autor nos presenta una dupla ensayística digna de resaltar: “Las otras batallas de Syd Barrett” y “Björk en la masmédula”. Mientras para la cantante islandesa encuentra no pocas similitudes (igual de sorprendentes, cabe decir) con la poesía del argentino Oliverio Girondo, con el texto acerca del primer genio detrás de Pink Floyd pone en claro el papel que éste tuvo antes y después del ya legendario álbum The dark side of the moon, sobre todo durante su grabación, aún ya retirado del grupo. Barrett lo inició todo, siempre estuvo ahí, y ahora, muerto, sigue en el panorama como alma espiritual del grupo, el tipo calvo que es confundido con los ingenieros de sonido y que escucha eternamente una canción que habla de él, cosa de la que parece no percatarse […].

Detrás de toda música (o canción, según sea el caso), hay una historia secreta que nos define en cuanto a escuchas o partícipes de la vida diaria. Y en los ensayos restantes de Instantáneas de la beatlemanía…, éste se evidencia a todas luces. En “Balada para Ana Luisa” conocemos las peripecias del autor para nutrir (ésa es la palabra) musicalmente a una hija que se halla en camino de llegar a este mundo, para después continuar la dosificación de géneros, y de obras que la ayuden a crear su propia perspectiva: de Mozart y Cri-Cri hasta Louis Armstrong y el jazz. Algo pasa cuando Ana Luisa escucha música. No es que se quiera llevar el asunto muy lejos. Una de sus abuelas la imagina debutando en la Scala de Milán, pero la cosa no va por ahí, creo. En tal caso, es algo que ella decidirá. Por ahora sólo se puede concluir esto: nos dimos cuenta de que en esos primeros meses de su vida ciertas melodías la ayudaron a ser feliz.

Cierra este septeto musical “Mi vida en diez canciones”, nacido a raíz de su paso por una emisión del programa radial El soundtrack de una vida, conducido por Laura Barrera en la frecuencia del 107.9 fm. A cada canción mencionada le asigna un recuerdo de su vida, y aunque algunas de las joyas de esa selección sean harto conocidas (del llamado dominio público), los recuerdos, en cambio, varían de persona a persona. En alguna parte del ensayo beatlemaniano nos esclarece ese misterio: El gusto musical suele ser ecléctico, puesto que el oído está sujeto, aun desde el vientre de la madre, a múltiples influencias. Es difícil controlar lo que uno escucha: a lo largo de la vida se va recibiendo información melódica y ésta se integra naturalmente a los archivos del recuerdo. En circunstancias cotidianas, somos además cautivos de la preferencia ajena: la de quienes viven con uno, lo que se programa en la radio, la feroz estridencia del vecino en un edificio habitacional, el fondo sonoro en el mercado, la oficina o el medio de transporte, el soundtrack de un largometraje…

En suma, Instantáneas de la beatlemanía y otros apuntes sobre música y cultura es la prueba contundente de que la verdadera música nos hace tocar el tiempo, de encontrarnos a cada escucha suya, sin importar el instante donde ocurra ese milagro, sobre ese inusitado pentagrama que nos empeñamos en llamar vida. Música con todas las letras, estos ensayos encuentran un justo lugar en la literatura mexicana, a la par de La nueva música clásica de José Agustín y el Atril del melómano de Luis Ignacio Helguera, con la solar diferencia de unir el desparpajo del primero con lo antisolemne del segundo; un libro con miras a volverse clásico -por atípico- dentro de la obra de Alejandro Toledo.  

Quede en ustedes, atentos lectores, seguir a la escucha. (Seguro que sí.)   

 

Alejandro Toledo. Instantáneas de la beatlemanía y otros apuntes sobre música y cultura. México, Dosfilos ediciones, 2017.  

 

 (16/noviembre/2020) 

miércoles, 25 de noviembre de 2020

Por cuenta del tiempo

 

Ulises Velázquez Gil

En el prólogo a Un montón de piedras de Jorge F. Hernández, se puede leer la siguiente frase: “Habrá quienes viven la realidad en constante ajuste de cuentas; el escritor rinde cuentos y, al hacerlo, intenta otra realidad”. En aras de urdir esa otra realidad, es preciso echar mano de esos ajustes de cuentas, donde lo más interesante no radica en pintar los sucesos tal y como ocurrieron, sino en cómo podrían contarse. Y en ese sentido, el cuento es el medio ideal para dar cuenta de esa intención.

            Después de dos novelas de carácter fragmentario, Brenda Lozano incursiona por primera vez en el terreno del cuento y nos entrega Cómo piensan las piedras, volumen donde se consigna su tránsito por dicho género. Compuesto por catorce cuentos, Brenda Lozano deja libre curso a varias historias, en apariencia comunes, pero cuyo modo de narrar suscita asombros como extrañamientos. Asombros, como una fotocopiadora que hace la crónica de un tiempo lejano, o extrañamientos tales como la pregunta que hace de título para este libro. Entremos en materia.

En “Elefantes”, tenemos la vida de un cuidador de elefantes en África, contada por su esposa, quien hace la cuenta de los sucesos vividos como pareja en lares de otro continente, y la cercanía de éste con los animales que cuidaba, sobre todo, del cómo ellos lo asumieron como parte de su manada. En los zoológicos y en las bibliotecas nuestros hijos aprenden qué es la empatía, eso es lo que más necesitamos recordar en tiempos de guerra […] A veces me parece una frase extraña, una frase hecha, como si fuera a volver esta noche, como si volviera de pronto para abrir la puerta del refrigerador y ver qué quedó de la tarde. Si algo logra contraponerse al lugar común de “el hombre es un animal de costumbres”, es la efectividad de una frase de Samuel Beckett, “Los animales saben”, y se confirma por entero en la manera en que los elefantes del título asumen la muerte de su cuidador, inclusive al grado de volverlo parte de su propia manada/familia.

Donde los lazos familiares también cuentan buenas historias, tenemos “Geometría familiar” y “Todo lo prestado”. Como salidos de algún episodio de Relatos salvajes, sus protagonistas muestran hasta qué punto un lazo familiar hace mella en el ser y hacer que les compone; en el primer caso, la repetición de un nombre, o la paridad del nombre compuesto, mientras que en “Todo lo prestado”, la incomodidad de un rabino a bordo de un vuelo hacia México le devuelve a su memoria una vieja deuda familiar -en concreto, con su hermano.

En la primera novela de la autora, Todo nada, se puede encontrar la siguiente frase: Contar porque quien cuenta algo ha perdido algo. Y tal parece que ésa es la premisa de “Lugares que nos sobrevivirán” y “Cables”. Para el primer caso, la pequeña colección de botellas de champú que tiene la protagonista es el escenario donde se resumen sus taras, donde es preciso (diríase que necesario) ir ligera de equipaje, con la salvedad de una marcada rutina. No traje muchas cosas. Nunca he tenido muchas cosas. Estudiar letras clásicas es algo se parece. Entre las noticias que vemos diario, es como un adorno, un florero tal vez. Una de las ventajas de las causas perdidas es su ligereza, la distancia con la vida práctica es su liviandad. Sin embargo, ella no se puede diferenciar tanto de su padre como de su abuelo, también coleccionistas de instantes. (Los cerillos del abuelo -incendios en potencia- y los dulces del padre -reflejo de una esperanza que no llega-: heredades a la busca de sentido.)

“Cables”, por otra parte, no da cuenta de la manía de colectar objetos donde se concentren fobias y filias, sino en el justo valor que las palabras tienen para conformar nuestra historia, de leer entre líneas esas cosas que dicen más de nosotros y que nos resistimos en develar, o por lo menos, se busca procrastinar. Llevo siete días o siete vidas pensando cómo contar esto. Tal vez llevo siete minutos. ahora que cuento el tiempo con precisión contaré una historia. La imprecisión a partir de ahora será lo único certero. Qué remedio para el que cuenta una historia. (Paréntesis aparte: tal parece que en este cuento se oculta, de cierta forma, una especie de “preceptiva” para el buen narrador, incluso en la forma de escribir/ pronunciar una frase. Si en la poesía, el adjetivo mal empleado mata, en el cuento -la novela, inclusiva- una misma frase cobra otro sentido si se escribe al principio, a la mitad o al final del texto.)

Así como cada libro de cuentos tiene historias que buscan su propio cauce, también hay personajes que buscan trascender la página impresa, o por lo menos, darle otra vuelta a su vida por contar; esto se nota en una peculiar tercia: “Martina”, “Un gorila responde” y el cuento que da título al libro. Para el primer caso, cómo el talento inusitado de una joven pianista es el punto de encuentro de un grupo de viejos amigos, hermanados por la academia y la música que se detesta en común. El desprecio crea lazos sólidos, odiar lo mismo nos acerca más a un amigo que los gestos en común. […] Creo que la música malograda tiene gracia, pero lo malo tiene el encanto de lo divino. Saber apreciar lo bajo es terapéutico. Lo que tanto odiamos dice mucho más de nosotros que lo que apreciamos, despotricar es equivalente a varias sesiones de psicoanálisis. Tal parece que el talento interpretativo de Martina se vuelve válvula de escape para ese grupo de colegas, que no pueden darse el lujo de proyectar sus placeres culposos: de la ortodoxia de la música clásica y las matemáticas al desfogue del new age y los temas televisivos que ella interpreta de manera magistral en el piano.

Respecto a “Un gorila responde”, hay otra relación de complicidad; en este caso, entre el narrador y un gorila. Si el talento non de una joven virtuosa es vehículo para la catarsis de una caterva de locos ungidos a los números, en el gorila, en cambio, hallamos en mutuo acuerdo el descontento hacia el mundo presente. El gorila detesta a los hombres de baja estatura. En realidad, detesta todo lo que se mueve y es un tanto más bajo que él. De ser un anciano, por la calle golpearía con su bastón a los diminutos, golpearía a todos los cortos de estatura sin importar que sean niños, ancianos y chaparros. Al poco tiempo de entrar al zoológico, le lanzó una piedra a un niño, lo descalabró.

¿Y qué decir de la niña protagonista de “Cómo piensan las piedras”, que hace de las palabras sus compañeras de viaje? Yo sé que las rimas son como los finales felices de las palabras porque las letras se abrazan, pero también sé que un cuento es un invento porque no es verdad que todos los cuentos terminan felices para siempre porque además sé que nada es para siempre. Ante los altibajos de su madre en cuanto a sus relaciones de pareja, a esta niña sólo le queda el refugio y la complicidad de las palabras (con las que renombra a los personajes que la rodean: las Otras rimas, el Libro Aburrido, los Libros divertidos, el Señor Periódico -¿por chismoso?-, el Señor Policia), para que al final del día se sepa consciente de que, en la vida como en la ficción (la que le cuenta su mamá cuando miran hacia las estrellas, o la que el policía procura en su intento de responder a sus preguntas), no hay finales felices. (En ocasiones, no dejamos de sentirnos como ella, pero aun así nos agrada contar historias, con todo y que la realidad nos termine llevando la contraria.)

En suma, ¿dónde radica la importancia de Cómo piensan las piedras? En dar cuenta de algunas historias que ocurren (o que podrían suceder, nunca se sabe) más allá de la página escrita, pero persistentes en el empeño de contarse, como las piedras que aparecen a lo largo del libro: desde la piedra angular hasta la más modesta rocalla (y sin excluir al engorroso cálculo renal), una historia bien contada siempre se agradece por cuenta del tiempo, presta para leerse y/o contarse las veces que se vuelva necesario.

Para quien ha seguido con suma fidelidad la obra narrativa de Brenda Lozano, las sorpresas están a la orden del día, y a medida que se avanza en su lectura, se confirma a cabalidad una consumada maestría en el oficio de narrar, y ante ello, sea novela o cuento (y hasta en un relato de largo aliento), toda historia bien contada, sin importar su procedencia o importancia, siempre es digna del mayor reconocimiento, y, por consiguiente, de merecida y atenta lectura, cualidades de una pluma con miras a volverse clásica y de referencia obligada.

Quede aquí la propuesta. (De verdad.)   

 

Brenda Lozano. Cómo piensan las piedras. México, Alfaguara, 2017 (Narrativa hispánica).  

 

(11/noviembre/2020)

miércoles, 28 de octubre de 2020

Facetas del espejo

Ulises Velázquez Gil 

Una greguería de Ramón Gómez de la Serna dice de la siguiente manera: “El espejo no nos repite; el espejo nos juzga”. Al momento de hacer un balance de la obra de toda una vida (al menos, en literatura), es preciso echar una mirada hacia el sendero recorrido y ver los pasos dados hasta ese momento, donde, al seleccionar los trabajos más representativos de esa época, algo de nuestra imagen ha cambiado frente al espejo. (Un aprendizaje recibido, a final de cuentas.)

            En el empeño de balancear los cuentos y las crónicas escritas a lo largo de treinta años, Juan Villoro nos entrega Espejo retrovisor, suerte de retrospectiva de su quehacer de escritura, donde las historias no dejan de salirle al encuentro: nueve cuentos (ordenados del más joven al más viejo) y diez crónicas, que evidencian su paso por ambos géneros: [esta antología] no proviene de una detenida relectura, sino de algo que me parece más válido y honesto desde la perspectiva del autor: el recuerdo de mis historias. No busqué los “mejores” textos sino los más próximos a mi memoria, los que, por razones insondables y acaso sólo válidas para estos días, regresan a mi mente con mayor intensidad.

            Salvo los cuentos de su primer libro, La noche navegable, Juan Villoro partió de su segundo libro, Albercas, para esa retrospectiva en el cuento. Sin embargo, el orden cronológico es, a diferencia de otras compilaciones, inverso, donde los últimos cuentos son los de mayor antigüedad, y, por otro lado, los que abrían la selección, de factura reciente, como si las inquietudes adolescentes de “Pegaso de neón” y el texto que da nombre a la compilación, se trastocan con las historias de mayor madurez -en su historia como en sus personajes-, como “Confianza” y “Forward>>Tokio”, mientras que la parte intermedia se compone por textos procedentes de Los culpables y La casa pierde; este último, con un mayor dominio del oficio cuentístico. […] Guiado por los favores de la memoria, este libro muestra lo que quedó atrás; pero la literatura es una ilusión de cercanía, donde lo lejano se aproxima de acuerdo con el lema de los espejos retrovisores: “Los objetos están más cerca de lo que aparentan”.

Bajo este lema, los cuentos que más se acercan a ese empeño son, precisamente, los provenientes de La casa pierde: “Campeón ligero” (de resonancias cortazarianas, por aquello de que el cuento gana por nocaut, es decir, con su eficacia en la narración), “Coyote” y “Corrección”, donde Villoro hace un retrato de un escritor vuelto corrector de estilo por obra y gracia del colega que narra la historia. No deja de intrigarme la cruel inversión de nuestros destinos: yo debería ser el relator de sus proezas, el albacea de sus papeles dispersos, su intercesor ante el mundo, la sombra que rindiera testimonio de su estatura; en cambio, es él quien dispone de estas páginas y se convierte en mi custodio. (Paréntesis aparte: tal parece que en la última línea de ese fragmento se podría resumir el espíritu de la presente antología.)

Por el apartado de crónicas, Villoro no deja de encontrarle a los sucesos del tiempo reciente algún grado de desconcierto, pero también de sorpresa, como si en la propia realidad las historias por contar sobrepasan los linderos de la ficción. En “Mi padre, el cartaginés”, se ocupa de la figura de su padre, el filósofo Luis Villoro, de quien busca recrear su vida (como persona de orígenes extraterritoriales), que halló en el pensamiento de los pueblos originarios a su mitad perdida. Gracias a sus incursiones filosóficas, lo indígena se presentó como un desfase estimulante, una oportunidad para comprender en forma crítica el entorno. Si pudo ser cartaginés en Bélgica, a través de sus lecturas se dispuso a ser algo más raro: mexicano.

Uno de los intereses de don Luis que permeó en el ser y hacer de su hijo, fue el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), al que Juan Villoro dedicó sendas crónicas: “Los convidados de agosto” (título de clara referencia a Rosario Castellanos, también interesada en los pueblos originarios desde la trinchera de la novela) y “Un mundo (muy) raro”, donde con mirada periscópica da testimonio de aquellos sucesos.

El temor endémico -y mexicano- a los terremotos es la materia prima de “El sabor de la muerte”, donde se hace la crónica del sismo que asoló a la ciudad de Santiago de Chile; punto de partida para sus reflexiones en torno a la rutina de un mexicano ante un suceso similar. Los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma, al menos los que sobrevivimos al terremoto de 1985 en el Distrito Federal. […] En la mente de los mexicanos se combinaban el temor atávico a los terremotos y la convicción de que los edificios están mal construidos. […] Los terremotos son inspectores de la honestidad arquitectónica. […] Los terremotos representan un striptease moral. Lo peor y lo mejor salen a la luz.

 Además de los sucesos y de las figuras que le dieron brújula e itinerario, Juan Villoro también se ocupa de otras igual de importantes en las crónicas reunidas en Espejo retrovisor: el asombro de un escritor perseguido en su paso por México en “Rushdie en Tequila”, la franqueza de un gran artista frente a su legión de fans patente en “Supongamos que no existen los Rolling Stones…”, o en la inteligencia destellante de Harold Bloom en “El rey duerme”.

En toda antología, como en la vida misma, la crónica y el cuento (la realidad y la ficción) se trastocan en un solo punto, y esto ocurre con “Arenas de Japón” y en el ya mencionado “Forward>>Tokio”. Mientras en el cuento es un destino probable para sus personajes, para el Villoro cronista, lo único improbable reside en la manera cómo se conducen los japoneses, al grado que hasta la canción del grupo Mecano parecería un documental. A falta de credenciales, me presenté a partir de los vínculos de mi familia con la televisión japonesa. Crecí viendo Astroboy, mi esposa creyó ser Señorita Cometa, mi hijo perteneció a la tribu de los Pokémon y mi hija al reino de Doraemon. Fue como enlistar signos del Zodiaco. Mis parientes se volvieron comprensibles. El método resultó eficaz. A fin de cuentas, ¿qué es un extranjero si no una caricatura?

Un tema que no puede escaparse del escrutinio antológico de Juan Villoro, es el futbol, tema (mejor dicho, pasión) que ha dado para muchos textos, desde un libro al alimón con el argentino Martín Caparrós, hasta su volumen canónico Los once de la tribu, donde se reafirma a cada línea la presencia en su vida del llamado “juego del hombre”. Cada equipo es, a su manera, el mejor del mundo (sobre todo si se trata del Necaxa). Enemigos del sentido común, los fanáticos son los únicos espectadores tolerables en un juego sin medios tonos. “Cuando sales a la cancha, ya no existe el color rosita”, ha dicho Ángel Fernández, inmejorable Góngora de la fanaticada. Y rematar de la siguiente forma, lapidaria como todo lo suyo: Cuando los héroes numerados salen a la cancha, lo que está en juego ya no es un deporte. Alineados en el círculo central, los elegidos saludan a su gente. Sólo entonces se comprende la fascinación atávica del futbol. Son los nuestros. Los once de la tribu.  

En suma, a lo largo de Espejo retrovisor sí se cumple a cabalidad aquella greguería mencionada al principio de estas líneas, donde tan válido es repetirse como juzgarse; formas del espejo que permiten la autocrítica, vuelta florilegio de crónicas y de cuentos. En la bibliografía de Juan Villoro, sólo se cuentan (hasta el momento) con dos antologías de su obra, La alcoba dormida (centrada en el cuento) y la que hoy nos ocupa, con la cual es de esperarse un nuevo lector de sus obras, o quizás un visitante muy asiduo, en espera de nuevas maravillas sólo reservadas al placer de la relectura.  

Quede en ustedes, dedicados lectores, encontrarse en ese espejo de historias. (Así sea.)   

Juan Villoro. Espejo retrovisor. México, Seix Barral, 2013 (Biblioteca Breve).  


(14/octubre/2020)

lunes, 19 de octubre de 2020

Oficio de gambusino

 

Ulises Velázquez Gil

Cierta vez, el escritor y crítico literario Marco Antonio Campos le preguntó a su maestro y amigo Rubén Bonifaz Nuño cuáles eran sus lecturas o qué recomendaba leer, y Bonifaz le respondió de la siguiente manera: “Hay que leer a los clásicos y a los amigos”, porque de los clásicos se aprenden tantas cosas, y a los amigos, para seguir contando con ellos. A medida que se lee, tanto el aprendizaje de los clásicos como la compañía de los amigos salen a nuestro encuentro, en aras de compartirnos sus hallazgos y sorpresas; a final de cuentas, un aprendizaje continuo.

            Lector de carrera larga, el filósofo español Fernando Savater nos entrega un pequeño volumen que consigna su constancia lectora, donde conviven por igual sus autores clásicos que varios de sus contemporáneos, donde al final de cada página no deja de leerse en ellos, en las ideas y confidencias que sólo la lectura logra prodigarle.

            La música de las letras se compone por 44 artículos, entre reseñas, memorias, palabras académicas y hasta obituarios, como resultado de sus visitas frecuentes a los libros que le son cercanos y entrañables. Son comentarios casuales, notas de pie de página, reflexiones escritas al margen de pasajes sugestivos: testimonios personales del júbilo de leer. No pretenden sentar cátedra ni desentrañar de una vez los misterios que he gozado.

Uno de esos “misterios” lo podemos encontrar en las circunstancias que dieron origen a su primer libro, a su incursión en el mundo de la página impresa, tal y como se ve en “Aguirre o la amabilidad de Dios”, donde Savater cuenta de su encuentro con el editor Jesús Aguirre, de la entonces naciente editorial Taurus, y de cómo la fe ciega de éste urde un milagro hasta ese momento irrealizable, es decir, la publicación de su primer libro, Nihilismo y acción, enfocado a difundir la obra y el pensamiento del filósofo franco-rumano Emil Cioran: […] mi primer libro, el único imprescindible y vocacional, el que más me hizo palpitar el corazón ver publicado. Lo reunía todo: erudición infantil, rebelión ingenua contra el universo, antiteología de andar por casa, sobresaltos irónicos, confianza ciega en que lo mejor estaba a punto de llegar entre la niebla y las sirenas de la policía.

Todo libro es, por definición, un primer libro, donde uno se enfrasca en un afán totalizante, sin embargo, siempre habrá cosas que nos faltan por decir, y mientras éstas se dignen a darnos alcance, es menester persistir en las lecturas.

 A medida que avanzamos en La música de las letras, encontramos dos escenarios, público y privado, donde Savater se ocupa de figuras muy queridas para él (escritores) y de compartir, además, algunas instantáneas de su quehacer como lector. A manera de ejemplo, baste revisar los textos que le dedica a Albert Camus (“Dos cabalgan juntos”, “Carta a Albert Camus”), Octavio Paz (“Mi Paz os doy”) y el propio Cioran (“Desconsolado éxtasis”). En el primer texto sobre Camus, el autor hace una lectura entrecruzada con la obra de otro escritor combativo, George Orwell, y señala confluencias en ambas obras. Tuviesen o no razón en sus opiniones y actitudes políticas, tanto Camus como Orwell fueron librepensadores. Es decir, sostuvieron principios y argumentos, no partidos. Rechazaron algo muy frecuente, el escándalo selectivo, las condenas que siempre barren para casa y silencian lo que perjudica a nuestro convento. Mientras el lector crítico justiprecia la importancia de dos escritores contestatarios, con Camus el acercamiento se acentúa, y mediante un segundo artículo, en forma de carta, le echa en cara aciertos que fallas, como si el autor de El primer hombre fuera un amigo de toda la vida (que lo es, por obra y gracia de la lectura): […] como escritor no es difícil hallarle obvios defectos entre muchos méritos: a veces suena un poco artificioso su tono lapidario y hay algo a la vez de ingenuo y de hueco en sus concesiones a la declamación moral. […] Usted, querido Camus, criado en la miseria argelina y educado en el campo de fútbol, nunca tuvo miedo a las patadas y los empellones y por eso tampoco adoró a quienes los dan.

En “Mi Paz os doy” (título de resonancias evangélicas), Savater comparte su experiencia con Octavio Paz, presencia igualmente fundamental en su quehacer como lector y crítico del tiempo presente. He oído decir que Octavio Paz podía ser altanero y hasta despectivo, pero conmigo se comportó desde el primer momento como el más genial y cercano de los compañeros. Supongo que disculpaba como síntomas de incurable puerilidad mis vehemencias, mis despistes y hasta una familiaridad que yo me tomaba y que él nunca me negó, aunque podría en justicia habérmela negado. Y en “Desconsolado éxtasis”, sobre Cioran, reconoce dos cosas suyas primordiales: la importancia de su obra en países del orbe hispánico y la poca comprensión (aún) por parte de varios críticos, como George Steiner, en alguna reseña publicada en The New Yorker, y como el más fiel de los amigos, Savater le hace el quite a su colega y maestro: Aunque de gama alta, Steiner es un cronista cultural: por tanto, lo contrario de Cioran, cuyo pensamiento vivido sólo se ocupa de las cosas que no pasan, no de las que pasan. […] Es decir, trata de la dimensión inmanejable de lo que podemos saber: la verdad no operable, en fase terminal. Y remata de la siguiente forma: Era un místico del sinsentido y del dolor, sólo capaz de éxtasis sin fulgor sacro. Visionario de laconismo elocuente, fue desmesurado y agresivo en su ironía, pero careció de fatuidad intelectual. No, Steiner no puede entenderle.

(Paréntesis aparte. ¿Qué hubiera dicho Cioran acerca del último libro de Steiner, Necesidad de música? Lo leería, sin duda, pero con ciertas reservas, tal y como Steiner hiciera con su obra. Una de cal…)

Una de las características que distingue a un gran lector es contar con una infatigable curiosidad, que lo lleva a interesarse por temas (aparentemente) opuestos a su disciplina de origen o a los temas del momento. En La música de las letras esto ocurre con varios de los gustos de Fernando Savater: las novelas de misterio, las carreras de caballos ¡y Harry Potter! Para quienes hemos transitado por los senderos de la obra savateriana, no son del todo ajenos los primeros tópicos (existen dos libros en torno a su afición hípica, A caballo entre milenios y El juego de los caballos), pero encontrar dos textos en torno a la saga de novelas escritas por Joanne K. Rowling, sí que es una sorpresa y como sucediera con Camus, Savater también le dedicó dos textos, “La brujería adolescente” y “La jubilación del niño-mago”: […] Su larga historia iniciática le va descubriendo paulatinamente que no está solo en su mundo hechizado, pero que esa compañía a veces puede ser entrañable y otras peligrosa. Volumen tras volumen, su saga se va haciendo menos humorística y pueril para cobrar aspectos ominosos que lo enfrentan con los inevitables dilemas morales de la vida activa: la fidelidad o la renuncia, la solidaridad o el abandono, el compañerismo rutinario o la aspiración a un camino propio que a veces resulta cruel con quienes más amamos...

Además de estos “ejercicios de admiración” (inevitable la referencia cioraniana), Fernando Savater comparte con el lector otras de sus aficiones lectoras, que van de Baruch de Spinoza, el panorama de la educación en el siglo XX, los almanaques de fin de año (ediciones especiales de sus comics favoritos), la obra de Edgar Allan Poe y de sir Arthur Conan Doyle, hasta el misterio generado alrededor del personaje animado Tintin, creación del dibujante belga Hergé, quien hizo del mundo exterior su casa -con todo y sus extraordinarias aventuras. Ante la disparidad -y, por ende, originalidad- de sus intereses, Savater bien podría pasar por un booktuber de cuño reciente, en cuya lectura del mundo nada humano le resulte ajeno, siguiendo el espíritu de los clásicos.

En suma, La música de las letras logra el justo equilibrio entre la lectura de los clásicos y la de los amigos (contemporáneos ambos, a final de cuentas), con el fin de obsequiarnos una fuerte razón para acercarse a la obra de escritores cuyo talento non sale a nuestro encuentro y darnos otro punto de vista, o por lo menos, una palabra de aliento que nos ayude a salir avante de los tiempos más difíciles, porque en la lectura se conjuga ese oficio de gambusino, donde quien lee disfruta primero del hallazgo, para que otro se deleite con la postrer exploración, es decir, se acerque a libros, autores y personajes compartidos por vía de la lectura, vuelta reseña, obituario, memoria e incluso autobiografía, porque lo más importante es persistir en el afán de leer el mundo.  

Ante este florilegio de experiencias lectoras, quede en ustedes la final elección. (Sin duda alguna.)   

Fernando Savater. La música de las letras. México, Debolsillo, 2017 (Ensayos literarios).  

  

(5/octubre/2020)

viernes, 25 de septiembre de 2020

Acentos de la querencia

Ulises Velázquez Gil

En una escena de Memorias de Antonia, la bisnieta de la protagonista, por obra del recuerdo y la escritura, reúne a todos los personajes de su pueblo natal, a su vez que observa a su bisabuela bailar un vals, quizás el último de su vida. Si en algo se distingue la literatura es en conjurar fantasmas, inclusive los propios, a fin de encontrar nuestro lugar en el mundo.

       Luego de incursionar por la geografía íntima de su padre en La Invencible, Vicente Quirarte prosigue ese empeño biográfico, pero en esta ocasión hacia los lares de la figura materna, y así obsequiarnos un volumen, ya de antemano, esperado: Luz armada.  

            Compuesto por cinco capítulos, Luz armada es una exploración por lo fundamental que fue la presencia de su madre, y del cómo ese temple con que se enfrentó a toda suerte de tribulaciones permeó en el quehacer ulterior de Vicente Quirarte. Para primera muestra, un fragmento de “Lucita en Nutrición”: Mamá era de ese linaje sedentario y en su ser territorial reside uno de los secretos de su fuerza. Nosotros, en cambio, como buenos y auténticos melancólicos, debemos estar cambiando de hábitos y sitios para escapar a los zarpazos sorpresivos de la bestia, que a veces nos sorprende en plena nomadía y se encarga de arruinarnos la existencia.

           Cuando asocio el nombre de la madre de autor al adjetivo de su linaje arriba descrito, no dudaría en correlacionarlos en un solo objeto: un faro, que proyecta su luz hacia el horizonte, sin dejar el sitio al que pertenece o se encuentra. (Luz del mundo es para mí el nombre de mamá, cuando ilumina más de cerca a sus cachorros.) Y como los buenos faros, indica el camino hacia el destino buscado, sin preocuparse del tiempo ni de la distancia; en ese mismo capítulo, cuenta Quirarte que cuando se encontraba de visita en Barcelona, una vez que preguntó la ubicación del mar, se puso en marcha, llevado por pie propio, tal y como su madre le enseñara a él y a sus hermanos al momento de ir al cine. La expresión muy lejos no existía en el vocabulario de mi madre y nunca supimos de distancia que no pudiera ser resuelta. Mamá nos hizo de los de a pie. Convirtió la necesidad en oficio y arte: una forma de ser y meditar. En esa forma de meditación podría resumirse el secreto de los grandes andarines, que hacían de las calles la extensión de su casa, dando fe de que se puede dar un poco más en el empeño caminante; una vez que el autor llega al mar y entra al museo marítimo, no deja de agradecer los favores recibidos: Agradezco a papá haberme enseñado el doble fervor por el significante y significado de los libros. A mamá, haberme traído, sin que ella lo sepa, a pie hasta este lugar donde el cansancio hace mejor el placer de la lectura.

La permanencia materna que distinguió a doña Luz, madre del autor, confluye con la errancia de su esposo, don Martín Quirarte, en “Cartas desde el mundo”, la correspondencia que el joven historiador de entonces le envió desde diversas partes, a fin de confiarle sus inquietudes, sueños y, sobre todo, la nostalgia hacia ella y sus pequeños hijos. Leerlas como hijo suyo que ha heredado, entre otras cosas, la trashumancia, me pone en contacto con un alma joven como vieja, tan torturada como sedienta de la plenitud del mundo. Su devoción sólo es tan íntegra como su deber al aprendizaje y al conocimiento. Ante esto, la presencia de doña Luz fue el cable a tierra que ayudó a su esposo en su peregrinaje por el mundo, en aras de complementar la sabiduría compartida de sus libros, con todo y que la realidad cruel dificultara sus pasos. A doña Luz se debe igualmente la protección de los libros de papá. De no ser por ella, no estarían conmigo. No se hubieran salvado del naufragio, o de los sucesivos desastres que experimentamos. Lluvias, terremotos, torpes expropiaciones por parte del gobierno de la ciudad tras el sismo de 1985.

En la órbita de doña Luz, giran también otras figuras señeras para la familia, tal es el caso del escritor Eusebio Ruvalcaba, a quien Vicente Quirarte le dedica un capítulo, “Eusebio para siempre”, de dónde se extrae como preciosa joya la siguiente estampa: Euxebio. Así le decía mamá, no porque cometiera un error de dicción. Simplemente porque pensaba que era la manera de pronunciarlo. Así como doña Luz tenía su manera de pronunciar el nombre de quien fuera gran amigo de su esposo y luego de su hijo, cada uno de ellos le daba su lugar especial en la geografía de su corazón. Fuimos hermanos sin saberlo en cuanto nos conocimos. No nos unió la búsqueda de la palabra ni su ejemplar sabiduría musical, sino el amor por la familia. Dedicábamos largas horas a hablar de nuestros respectivos padres: él, del talento de don Higinio, yo de las pasiones de don Martín, a quien él quiso, respetó y admiró, porque en él encontraba un alma paralela. El único reproche que puedo hacerle a Eusebio es que quisiera a mi padre más que a mí, pero mayor es la gratitud que le debo.

En “Las vidas de Carlota”, Quirarte hace un recuento de las amistades caninas que le acompañaron en varios momentos de su vida; del cómo su compañía le obsequió fuerza, calidez y hasta una inyección de vida, incluso en las circunstancias más difíciles -como en la delicada salud de Patricia, esposa del autor. El breve recuerdo perruno se sustenta en una frase de Lord Byron, en la cual se dice que los perros tienen todas las virtudes de sus dueños y ninguno de sus defectos. Manchitas (dedicataria de Enseres para sobrevivir en la ciudad), Jacinta (presente en la Zarabanda para perros amarillos), Mica y Carlota forman parte de esa cardiografía canina. Los perros tienen una infancia permanente, nos dice, y en ello radica lo espontáneo y lo cálido de su trato hacia nosotros, sus dueños.  

Para el caso del capítulo que da nombre al libro, Quirarte recuerda que el temple que su madre tenía para hacerle frente a la enfermedad, también lo tenía Patricia, su esposa, de quien nos comparte grandes momentos vividos junto a ella, incluso aquellos donde la adversidad les pondría pruebas muy grandes. Cuando este amor era niño, todo el mundo nos daba una semana. Más de diez años han pasado desde ese primer beso bajo la luna, y desde que Patricia enfermó, nos casamos, escribí una novela y entré a El Colegio Nacional, tres cosas que nunca pensé que iban a suceder. […] La existencia a su lado era todo menos aburrida y cada minuto era una experiencia, un motivo de gozo. (Sólo enamorado, o consciente de los milagros que amamos, pueden suscribirse estas palabras. Inclusive, hasta quedarnos cortos con la definición.)

En suma, Luz armada es la reunión de las figuras más entrañables para Vicente Quirarte (como en la escena de Memorias de Antonia referida al inicio de estas líneas) que le dieron ser y destino, con el fin de afrontar los sinsabores del mundo presente, y de dónde se pueden extraer lecciones valiosas como ésta: […] escribir es una forma de trascender nuestro aislamiento, ser plenamente dignos de este mundo pleno de aventuras y desafíos, de sorpresas y futuro. En esas aventuras y desafíos, cada quien sabrá ponerle sus propios acentos de la querencia, en aras de seguir aprendiendo y de recordar el origen y la gente que le da significado a nuestra vida.

Por otro lado, si seguimos una idea de don Martín Quirarte, sobre encuadernar dos libros del mismo tamaño en un solo volumen, no dudaría en aplicarla con Luz armada y con su antecesora La Invencible, a fin de que estén unidas dos visiones del mundo, y cuyo lazo en común se deposita en el hijo de ambos. Éste es un libro que se quiere ser de mi madre. Si vuelvo a cada momento de la figura paterna es porque mi obsesión por vencer el lado oscuro de la Fuerza no existiría de no ser por la constante lección de la luz de cada día. Luz de cada día.

Quede en ustedes, queridos lectores, bañarse de esa luz que no muere sola, es decir, la memoria. (Así sea.)   

Vicente Quirarte. Luz armada. México, Joaquín Mortiz, 2019.  

 

(11/septiembre/2020)

viernes, 31 de julio de 2020

Dignidad y firmeza

Ulises Velázquez Gil


En una mesa redonda realizada en El Colegio Nacional, el historiador michoacano Luis González y González decía que, para el oficio del historiador, hay que valerse de tres tipos de discurso: narrativo, científico, cívico. Para los alcances de la difusión de la Historia, el discurso narrativo la lleva de ganar, por el simple hecho de emplear el habla de todos los días para lograr su cometido. Tanto en la historia como en la literatura, una buena pluma siempre se agradece, sin dejar de lado los recursos de los discursos restantes.
            Viajero frecuente por los senderos de las letras y la historia, Vicente Quirarte nos entrega Los primeros hijos de México. Ensayos sobre la Intervención francesa y el Imperio de Maximiliano, libro donde se ocupa de una etapa en particular del siglo XIX en México; víctima ésta del discurso cívico por parte de la historia oficial, cabe decirlo.  
            Los primeros hijos de México, se compone por diez ensayos donde Quirarte aborda, en igualdad de condiciones, sucesos y figuras importantes de aquel periodo comprendido entre 1862 y 1867; para abrir boca, hay dos textos en torno a Maximiliano de Habsburgo. En “Retrato del artista como joven noble”, conocemos una faceta suya poco explorada, la de su paso por la Marina, donde Maximiliano forjó un carácter que lo haría sobreponerse a todos los altibajos de su vida, y que además le daría la oportunidad de seguir aprendiendo, de enfrentarse al mundo a diario. […] El deseo de viajar era tan imperioso como el de dar cuenta escrita de su trayecto, según se desprende de sus palabras: “Se despidieron de nosotros las personas que nos habían acompañado, se levantaron las escaleras móviles y quedaron interrumpidas las relaciones con la tierra; apenas tuve tiempo para enviar algunas líneas escritas apresuradamente en el camarote del capitán”. […] Más allá de sus obligaciones de príncipe, tenía la convicción que si para unos vivir es preciso, para un selecto linaje navegar también es preciso.
A medida que se avanza en la lectura, descubrimos que la Marina ejerció un papel preponderante en cuanto a la formación del carácter de Maximiliano, de encararle misiones más difíciles con el paso del tiempo. Aquí cabe preguntarnos, junto a Quirarte, el porqué de su importancia al estudiar su genio y figura, y ante ello, baste adentrarnos en “El último día”: […] pudo haber sido cuando zarpó de Trieste rumbo a México, a bordo de la fragata Novara, el 14 de abril de 1864. El último día puede ser el instante en que está a punto de abdicar en Orizaba, el primero de diciembre de 1866, cuando dirige un mensaje a la Nación mexicana con la voluntad de permanecer en nuestro país. Pero el verdadero día final de Maximiliano, último del Imperio y primero de la República triunfante, tuvo lugar el 19 de junio de 1867. […] A partir de ese 19 de junio, el archiduque entró en la imaginación y en la realidad de los mexicanos.
En la película Lección de honor, un profesor de Historia de la Antigüedad observa que uno de sus alumnos lee un libro sobre los cartagineses, y éste le dice que Amílcar Barca fue un excelente comandante, a lo que su profesor le respondió: “fue un excelente comandante, pero estuvo del lado equivocado”. Al momento de leer “Al encuentro con Tomás Mejía”, vino a mi mente aquella escena. Aunque este militar singular tuvo un papel preponderante dentro del bando conservador que suscitó la invasión del ejército francés y la ulterior entronización de Maximiliano, su excepcional figura es atractiva tanto para tirios como para troyanos: […] historiadores de tendencia liberal y conservadora, vencedores y vencidos, coinciden en respetar la figura de ese hombre que jamás claudicó en sus convicciones y estuvo durante dos décadas en el centro de los acontecimientos nacionales, desde sus enfrentamientos con los apaches hasta su actuación postrera en Querétaro. […] Mejía aparece como un señor de la guerra que se valía de ella para defender la religión, único lazo de unión entre los mexicanos, como idea generalizada entre los conservadores, e incluso entre varios liberales. […].  Una vida interesante (por no decir ejemplar) como la de Tomás Mejía puede dar para la hechura de una novela histórica, sin embargo, nos dice Quirarte, su única limitante radica en que “vuelve a contarnos los sucesos, sin intervención directa de la poiesis, sin que el temblor del cómo modifique la linealidad del qué”. Aún así, no desmerece conocerla y crearse una propia opinión al respecto.  
Y ya que hablamos de novela, uno de los autores predilectos de Vicente Quirarte es materia prima de “Amor, historia y actores en Noticias del Imperio de Fernando del Paso”, donde además de analizar el proceso paulatino de la escritura de esa novela, conocemos a la emperatriz Carlota de Bélgica compuesta por el novelista. Para Del Paso, […] Carlota es la única capaz de articular el discurso visionario de lo que ha pasado, sucede y ocurrirá. En el vendaval memorioso de Del Paso, Carlota es la historiadora del Imperio: sus ojos son los ojos de la Historia; con ellos adivina, profetiza y testimonia hasta lo que aparentemente no ha mirado.
Además de las acciones militares, y de sus figuras nones, Quirarte dedica uno de los diez ensayos de Los primeros hijos de México a aquellas personas que hicieron de la página impresa su campo de batalla. En “Grafitos contra bayonetas”, conocemos la gallardía de Francisco Zarco y la inteligencia de Guillermo Prieto, y de otros hombres de pluma, cuyo prístino ensueño radicaba en la palabra y de cómo ésta inyectaría de fuerza y de resistencia ante vientos adversos y presentes, a la gente que sufría los altibajos del siglo XIX mexicano. Tan eficaces como el machete del improvisado ejército liberal, la pluma del poeta, la elocuencia y la acción del político y el grafito del dibujante se pusieron al servicio de la República para dar a conocer a propios y extraños el atropello que la nación sufría en manos de Francia, país con el que México había mantenido tradicionalmente múltiples vínculos y simpatías.
“Resistencia en Nueva York”, por otro lado, se enfoca al trabajo y las peripecias de mexicanos en aquella ciudad estadounidense (sin importar la pertenencia hacia algún bando), con el fin de hacer acopio de recursos y de fuerzas para proseguir con la defensa de su causa. Varias de las figuras allí mencionadas, aparecen de nueva cuenta en otra obra quirartiana, La isla tiene forma de ballena, primera incursión en el género de la novela (con la cual sería interesante hacer una lectura en paralelo al ensayo de marras).
Volvamos a lo que decía Luis González y González acerca de los tres tipos de discurso. Para Vicente Quirarte (como a Fernando del Paso en Noticias del Imperio y a Jean Meyer en Yo, el francés), el tipo narrativo le queda perfecto para darnos a conocer la vida, obra y milagros de estos personajes fundamentales en el periodo que comprende este libro (1862-1867), y en esa intención también echó mano de los tipos científico y cívico, con el fin de darle unidad tanto a cada uno de los ensayos como al libro en su conjunto. El historiador trabaja con hechos de la realidad que obtiene de documentos, escritos personales, historiografía precedente y tradición oral. En esas mismas fuentes abreva el autor de obras de ficción. Ambos trabajan con hechos y los enlazan con la imaginación. ¿Cómo separar las tareas de uno y de otro? Son numerosos los que han tratado de dilucidar los respectivos códigos de ambas disciplinas.
¿Por qué leer Los primeros hijos de México? Además de conocer otro ángulo de la Intervención francesa y el Imperio de Maximiliano en tanto sucesos señeros del siglo XIX mexicano, para dar cuenta de una época que vivió el heroísmo a flor de piel, en cuyos hechos destellan dignidad y firmeza, en aras de una causa justa, y de la defensa de la integridad de un país en proceso de serlo. (No por nada, el título remite a la arenga de Ignacio Zaragoza a sus tropas antes de la batalla del Cinco de Mayo.) En el empeño de historiar la década que afianzó la ulterior identidad de México, Vicente Quirarte cumple una deuda de honor hacia uno de sus grandes maestros, don Martín Quirarte, de cuya Visión panorámica de la Historia de México se afianzó su pasión por la historia. (“Mi visión épica de la vida, mi fervor por los héroes y los símbolos patrios vienen de aquella primera experiencia de lectura y escritura, donde sin yo saberlo, mi padre me introducía en los rudimentos de cómo elaborar una síntesis o cómo dar comienzo a una ficha temática”, dice Quirarte en La Invencible.)
Quede en ustedes, atentos lectores, su acercamiento a esta compilación ensayística: de buena pluma, como suelen escribirse las grandes historias. (Así sea.)   

Vicente Quirarte. Los primeros hijos de México. Ensayos sobre la Intervención francesa y el Imperio de Maximiliano. México, Secretaría de Cultura-Dirección General de Publicaciones/ El Manojo de Ideas, 2018.  

(17/julio/2020)

miércoles, 10 de junio de 2020

Ciudades al interior del tiempo

Ulises Velázquez Gil


En alguno de sus Escenarios del sueño, Jorge F. Hernández dice que hay ciudades que se leen y ciudades que se escriben; que las primeras “nos quedan mejor en la imaginación”, mientras que las segundas “se dibujan con cada aventura personal”. Dentro de la literatura es posible hallarse dentro de ambas ciudades, donde, entre intención e invención, se busca un lugar a salvo del tiempo, y a este respecto, en el cuento se cumplen todas las condiciones.
            Luego de conocer los altos vuelos de una saga de fantasía, Andrea Chapela nos entrega Un año de servicio a la habitación, volumen de cuentos donde la imaginación y la experiencia habitan el mismo lugar, a la espera de encontrar a sus propios personajes.
            Compuesto por veinticuatro cuentos, tiene como escenarios un hotel de Madrid, donde se suceden diversos personajes, a quienes la autora les asigna un lugar específico, en que habremos de conocer su propia historia, entre marcadas rutinas e inusitadas maravillas. En “Check-in”, por ejemplo, conocemos a Mari, gobernanta del hotel, cuyo día no comienza precisamente a primera hora, sino en el ritual previo de acoplar sus propias taras al ritmo de trabajo por llegar, y aunque en apariencia esto no sea del todo atractivo, la mirada de Andrea Chapela nos convence de lo contrario. Nadie que trabaje con ella esperaría que su rutina matutina incluyera poner la radio, quitarse los zapatos y estirar los pies por debajo del escritorio disfrutando de los minutos antes de las medias y los zapatos ortopédicos. O tal vez sí deberían esperarlo. Aunque raramente sonríe, directa y eficientemente frente a los huéspedes, Mari lleva el cabello suelto, rizado, le crece hacia arriba desafiando la gravedad, como una melena negra, blanca y gris. Es un claro signo de que no es lo que parece. (Una vez puesta en su papel, sólo le resta aparecer de forma incidental en otras historias.)
En “El arte de la metrología”, conocemos a un huésped que, a semejanza de la gobernanta Mari, no puede hacer propia su estancia en el hotel no sin antes realizar cierto ritual: medir todo lo que encuentra, armado con cinta métrica y libreta para cálculos y mediciones. […] Te entran ganas de medir algo, lo que sea, con tal de darle un uso al último gesto sobreprotector de tu madre. Piensas en la expresión sin medida, en un amor o deseo sin límites que decide esconder pequeños recordatorios para que los encuentres al otro lado del mar.
Para el caso de “La importancia de la simetría”, sucede algo parecido en la historia descrita líneas arriba, sólo que, en lugar de medir el terreno, se le busca su propia constante, un patrón, por así decirlo. Si te obligaran y tuvieras que explicar cómo te sientes, dirías que es como cuando te percatas de que, por pura coincidencia, te encuentras caminando por la misma cuadra, una cuadra que no habías visto antes, una y otra vez. Y te obsesionas con esa esquina, con los números de los edificios y los postes de la luz. De repente la sientes más tuya, como si hubiera una familiaridad entre ustedes. (Si observamos ambas historias, quizá sea evidente una proclividad por los patrones…)
Respecto a las maravillas que guarda Un año de servicio a la habitación, fijemos nuestra mirada en dos cuentos: “Para encontrar lo perdido” y “28006, Madrid”. En el primero, ya conscientes de nuestra estancia en el hotel (con todo y sus convencionales rituales), ahora se suscitan cosas poco creíbles a la primera de cambios, como una sección del edificio donde los objetos desaparecen a capricho… igual que en otros hoteles. Querido nuevo residente, te escribimos esta carta con algunos consejos. El primero es que lo aceptes desde el comienzo: las cosas se pierden en los hoteles. Es normal. […] Perder, abandonar, olvidar. Da lo mismo en un hotel. Pero los residentes, nosotros (sí, ahora eres parte del nosotros) que pasamos una temporada larga, que hacemos de este lugar nuestra casa, también perdemos cosas. Lo que en principio parecería una simple advertencia, sólo es el principio de sucesos inusitados (por no decir sobrenaturales), y dejemos que su lectura devele el misterio.
En “28006, Madrid”, ¿qué se esconde tras las postales que llegan a las taquillas de correo del hotel, sin indicios del destinatario? Lo que en principio parecería un equívoco del servicio postal, se vuelve botella al mar que lleva dentro de sí la pequeña crónica de una relación amorosa, con todo y altibajos. Tal parecería que su remitente se empeñó en buscar su propio espacio en el mundo, mientras cuenta su historia, cuyo destinatario no sería, precisamente, su pareja, sino cualquier persona -un empleado del hotel, quizá-, con el fin de compartirle sus sentimientos y sus vivencias. (¿Qué otra cosa es la literatura sino el arte de lanzar botellas al mar?)
Mención aparte, digno es de resaltar “Historia de un jardinero y el gato que le enseñó a escribir”, que, de cierta manera, es un canto a la vocación de escribir. De cómo el encuentro con un gato despierta en un joven jardinero el deseo de contar historias y ponerlas en papel, por consejo de su madre, con el fin de que ella las leyera. Desde el primer momento en que se encuentra con el gato (Ponerles nombre a los animales es el primer paso de aceptarlos como mascotas), comenzará para él una aventura sin regreso, donde al echar mano de la memoria, saldrá avante con su relato.
En suma, Un año de servicio a la habitación reúne tanto imaginación como experiencia, cualidades de un buen cuento, donde en el afán de contar una historia, nos servimos de los casos y de las cosas que se llevan dentro de sí; ciudades al interior del tiempo, donde se dibuja un viaje, una estancia, una despedida y un retorno. (Baste leer “Check-out” y comprobarlo de buenas a primeras…)
Desde sus primeras obras, Andrea Chapela destella maestría y gran dominio, en cuanto a sus empeños como narradora, y luego de cuatro incursiones en el campo de la novela, y de ahí, hasta llegar al cuento, esta condición se confirma a lo largo de este libro; en esos vaivenes narrativos, escritoras como Beatriz Espejo, Anamari Gomís y Mónica Lavín, por mencionar algunas, comparten sus mismos afanes.
Quede en ustedes su dedicada y deliciosa lectura. (De verdad.)    

Andrea Chapela. Un año de servicio a la habitación. Guadalajara, México, Universidad de Guadalajara, 2019 (Concurso Nacional de Cuento Juan José Arreola).  

(29/mayo/2020)

miércoles, 20 de mayo de 2020

Arranque de memoria

Ulises Velázquez Gil


En el primer párrafo de Los recuerdos del porvenir de Elena Garro, se puede leer la siguiente frase: “Yo sólo soy memoria y la memoria que de mí se tenga”. Cuando se trata de ajustar cuentas con una vida tercamente vivida, digno es realizar un ejercicio de memoria y así justipreciar los pasos dados a lo largo del tiempo. Sin embargo, para que esto se concrete a cabalidad, es preciso partir del principio.
            Dentro de una extensa obra (donde lo mismo abordó el genio y la figura de Sor Juana Inés de la Cruz como los avatares de la lengua española en un milenio de presencia), Antonio Alatorre (1922-2010) dejó escrita una novela, inédita durante varios años y que llega a nuestras manos por obra y gracia del azar.
            La migraña, breve en extensión, nos cuenta la historia de Guillermo, profesor universitario y director de una revista, a quien, al momento de revisar algunos papeles correspondientes a su labor académica, le ocurre un chispazo de memoria que le orilla a escribir un capítulo olvidado de su vida. […] Me ha venido al recuerdo -a la fantasía, más bien- un pasaje de mi vida, un pasaje que puede ser dramático y patético, o simplemente tierno, provocador de lástima, un pasaje que puede ser muchas cosas, significar muchas cosas; esto depende del lector, o más bien depende de mí, es decir, de la manera como ahora lo siento, de la manera de decirlo, de la “escritura” que resulte. […] Se me ha ocurrido un pasaje y no me lanzo a contarlo como esos escritores que lo maduran todo, y que no sé si me dan envidia.
Esta novela se compone por dos partes, que se suceden sin necesidad de capitulados ni de marcas en el texto: la vida actual de aquel profesor y el vívido recuerdo que suscita su posterior escritura. Para el primer instante, podemos notar que al profesor de marras, luego de leer un artículo sobre Roberto Arlt para la revista que dirige, descubre dos cosas importantes: la petulancia en cuanto al estilo en que se encuentra escrito ese artículo y su ignorancia respecto al autor allí tratado. Sin embargo, ahí no queda la cosa, puesto que, de forma repentina, un recuerdo pide a renglón batiente su propio espacio. Si me lanzo, a una velocidad mayor que la de la luz, hasta un episodio de hace treinta y cinco años; si me meto, intrépido astronauta, de una vez por todas en la máquina del tiempo, entonces habré sacrificado mi momento, este momento, y seguramente acabaré llorándolo. Por eso quiero salvarlo.
Luego de varias vacilaciones, el autor, memorialista en tránsito, emprende esa labor, la de “salvar” ese momento. Desde la casa paterna, donde los objetos a su alrededor le obsequian uno de los recuerdos más entrañables de su vida, por ese momento, de incipientes alcances, hasta el año de 1937, adolescente aún, como seminarista en algún lugar de Tlalpan, donde la migraña del título se adueñaba de no pocos instantes de su vida. Alguien, hace años, me explicó que eso que sufrí se llama migraña. Yo le dije que migraña era seguramente un galicismo que significaba simplemente “jaqueca”, y él me contestó: “Galicismo o no, eso que a ti te pasó en tu adolescencia se llama así”. […] La migraña es de acero, un acero coloreado y reluciente.
Contrario a estos últimos adjetivos, la estancia de Guillermo en el seminario no fue coloreada, sino gris, mucho menos reluciente, porque una vida monacal no permitía ni el menor atisbo del mundo de allá afuera, de la vida de todos los días. Pero, para él, un viaje al centro de la Ciudad de México (con su Evangelio de Lucas en griego bajo el brazo) le hace un guiño de ojo mediante un suceso que al resto de la gente le parecería común y corriente: la hora del recreo en una escuela secundaria cercana al paso del tranvía. […] Yo quería estudiar lo que estudian estos muchachos. Quisiera ser uno de ellos. Cualquiera, no me importa cuál: el que comentaba algo, quizá el golazo que Casarín le embutió al Atlante, o uno de los que escuchaban su comentario; el que enseñaba algo metido en una caja (quizá una rana). Quisiera ser como el más desamparado, como el más jodido, con tal de ser uno de ellos: un muchacho común y corriente.
A medida que el mundo de allá afuera hace mella en el proceder de Guillermo, son más las dudas sobre su presencia no sólo como seminarista, sino cono adolescente en proceso. Y en ese sentido, la migraña no cesaba de someterlo, como si ésta fuese una señal inequívoca de una vida a punto de estallar con fuerza propia: […] tiene algo de tigre y algo de la piraña, su rapidez y su movilidad, su precocidad y ensañamiento, y aun su belleza. Migraña, piraña, tigraña. (“Maduraban los tigres en la sangre”, retomando la imagen de un joven poeta…)
¿Por qué leer La migraña? Dentro de la obra de Antonio Alatorre (copiosa en cuanto a producción hemerográfica, parca respecto a libros con lomo y tapas) contar con esta novela -breve en extensión, pero de intensa prosa- le ayudó como ajuste de cuentas con su pasado de seminarista novel, y aunque no tuvo el atrevimiento de publicarla en vida (“no quiero aumentar el cerro de lo prescindible”, decía en otro libro suyo), la tuvo siempre a la mano, en espera del momento para darse a conocer; arranque de memoria, al final del día.
Al igual que sus paisanos y colegas Juan Rulfo y Juan José Arreola -con una sola novela dentro de su propia obra-, Antonio Alatorre terminó por asir su propia realidad al universo de la novela: Mi escritura es como un retrato de mi conciencia. Escribir es aceptar mi irrealidad, mi muerte, pero también mi realidad, mi única verdadera realidad. Quede aquí la invitación para conocer esa realidad. (Así sea.)   

Antonio Alatorre. La migraña. México, Fondo de Cultura Económica, 2012 (Letras Mexicanas).  


(6/mayo/2020)

lunes, 10 de febrero de 2020

Grandeza mínima

Ulises Velázquez Gil


En Los días del maestro, Vicente Quirarte cuenta que en alguna clase de Sergio Fernández, en la Facultad de Filosofía y Letras, un alumno se aventó a decir que estudiaría el siglo XVIII, por ser “el tiempo de las cosas pequeñas, preciosas y delicadas”, a lo que el profesor respondió llenando el pizarrón con nombres de obras y de autores más relevantes del siglo de marras, rematando con la siguiente frase: “Aquí tienes tus cosas chiquitas”.
            A semejanza de aquel osado discípulo, muchas de las veces vemos con desdén ciertas cosas, pero si fijamos la mirada en éstas, nuestra sorpresa se torna mayor y hasta con miras a conocer su engranaje propio, y qué mejor manera de llegar a ello mediante la escritura del ensayo.
            Luego de diseccionar del presente sus propias retóricas, Laura Sofía Rivero vuelve a la palestra del ensayo con Tomografía de lo ínfimo, volumen donde aborda temas y tópicos insospechados, que parecerían insignificantes a la primera de cambios, y que bajo su mirada encuentran otra perspectiva. Así como el maestro de la estampa referida líneas arriba respondió a esa afrenta con un alud de nombres y de obras, Rivero hace lo propio en un solo párrafo: Las cosas diminutas no necesariamente son pequeñeces. La humanidad se cifra en las moronas, las células y las pelusas. Son colosos el amor, el tiempo y la muerte; ¿pero qué no acaso está también la pasión en un roce? ¿O la perfección de Dios en una canica?
A lo largo de once ensayos (doce, si incluimos el “Minifacio”), Laura Sofía Rivero disecciona asuntos diversos, develando sus detalles más nimios, y una vez terminada la lectura, suscitar dudas o suscribir perspectivas -mas no indiferencia. En su “Meditación sobre las uñas”, lo que en principio es una consulta de rutina con el podólogo, se vuelve visión panorámica de quienes ponen esmero en el cuidado de sus uñas, y aquéllos que las dejan a la vera del Creador. A pesar de todo este aparato de la prevención y exaltación, hay partes del cuerpo que no dejan de parecer menos ornamentos. No dan razones suficientes para explicarnos por qué se encuentran allí. Sin embargo, sólo cuando esas pequeñas piezas fallan nos percatamos de su importancia fundamental. Nadie sabe lo que tiene hasta que lo mira enfermo.
Respecto al ensayo “El séptimo mandamiento: ensayo de un crimen”, se parte de un hecho nimio en apariencia -el robo de unos anteojos metálicos de la estatua de Ignacio Zaragoza, en una plaza cívica- y de ahí reflexionar en torno al móvil detrás de un robo mínimo, y del cómo éste conlleva su propia dinámica. El robo se encuentra a caballo entre el vicio y la virtud. En él no solamente existe un acto puro de maldad sino también el torcido camino que han tomado la valentía y la inteligencia. […] también existe un acto de sustracción que se presenta como juego mental, como una oportunidad de salir en traje de luces a pavonear la destreza en el ruedo.
Como el bolsillo de Chesterton, la “bolsa temática” de nuestra autora se compone por diversos objetos, centro de su reflexión, que no dejan de generar sorpresa; en “Bolsas que guardan bolsas”, el desaguisado comienza cuando al formar un hogar, las bolsas de plástico se multiplican una tras otra, a tal grado que se les crea un propio universo, es decir, otra bolsa más grande, que las albergue.  Una bolsa de plástico que, a su vez, guarda bolsas de plástico, no se adquiere o se compra: se construye. Se debe ser paciente para ver su gestación, como el feto que comienza a hincharse en las entrañas y sólo revela su forma en el ultrasonido. La vida de la bolsa que guarda bolsas es un espejo de la vida propia. Se nutre de ella, de las salidas al supermercado, de cada compra. En un punto de la historia del nacimiento del hogar se deberá seleccionar a aquella que se tragará a sus hermanas. Fatal destino. (Paréntesis aparte. Ante la reciente medida que prohíbe el uso de bolsas de plástico en establecimientos comerciales este ensayo ¿se vuelve réquiem anticipado, u oda a contratiempo? Sólo el uso continuo habrá de desmentirnos…)
Respecto a “Circunferencia de las canicas”, el asunto se sostiene en la mayéutica del juego de canicas, donde la pericia del buen jugador -el padre de la autora, para más señas- nos deja lecciones precisas de cómo conducirse en ese juego -y en otros con dialéctica similar. Para jugar a las canicas no se necesitan más que dos principios básicos: golpear un objetivo o llegar a un agujero. Es el mismo precepto del boliche o de la meta que persigue al lanzar dardos. Conocimiento fundamental del cazador o deportista, humana percepción.
En “Análisis estructural de tus besos”, Laura Sofía Rivero retoma el espíritu primigenio del ensayo por antonomasia: el de paseo, cuyo trayecto resalta la importancia del ensayo por el ensayo mismo. Y más que hablar en primera persona, cede la palabra a los moretones, los dientes y las corbatas, donde al final el ensayo […] tiene la misma consistencia que la pasta de dientes. No es sólido como la narrativa, tampoco tiene la liquidez de la poesía acuosa ni se asemeja a la dramaturgia efervescente como un gas. El ensayo literario es el coloide de los géneros. (Si para Alfonso Reyes, el ensayo es “el centauro de los géneros” -por su naturaleza híbrida-, la autora restringe un poco más el concepto, así como el calor ejerce influencia sobre el mercurio en un termómetro (en este caso, las cosas y casos que nos circundan).
¿En dónde reside la importancia de Tomografía de lo ínfimo? Ante la tiranía del paper académico (y endogámico, cabe puntualizar), contar con un libro de ensayos de esta naturaleza resulta ser una bocanada de aire nuevo en cuanto a la lectura del mundo presente y los objetos que lo componen; adentrarse en sus historias secretas les restituye su grandeza mínima al saberlos cercanos, de formar parte de la vida, con todo y sus aproximaciones.
En el ensayo mexicano contemporáneo, Tomografía de lo ínfimo comparte las mismas batallas, pero con diferente intensidad, que Ausencia compartida de Marina Azahua y Barrio Verbo de Ingrid Solana; y ante el aumento paulatino de ensayistas contemporáneas, no olvidemos lo que Laura Sofía Rivero nos dice al final de su “Minifacio”: La gota deja de ser gota si se consagra a la lágrima, al vaso de agua, al mar, al océano. Y en ese empeño, quedan muchas letras por delante. (Así sea.)   

Laura Sofía Rivero. Tomografía de lo ínfimo. Toluca, México, Secretaría de Educación-Gobierno del Estado de México, 2018 (Letras. Ensayo).  

(27/enero/2020)