lunes, 10 de febrero de 2020

Grandeza mínima

Ulises Velázquez Gil


En Los días del maestro, Vicente Quirarte cuenta que en alguna clase de Sergio Fernández, en la Facultad de Filosofía y Letras, un alumno se aventó a decir que estudiaría el siglo XVIII, por ser “el tiempo de las cosas pequeñas, preciosas y delicadas”, a lo que el profesor respondió llenando el pizarrón con nombres de obras y de autores más relevantes del siglo de marras, rematando con la siguiente frase: “Aquí tienes tus cosas chiquitas”.
            A semejanza de aquel osado discípulo, muchas de las veces vemos con desdén ciertas cosas, pero si fijamos la mirada en éstas, nuestra sorpresa se torna mayor y hasta con miras a conocer su engranaje propio, y qué mejor manera de llegar a ello mediante la escritura del ensayo.
            Luego de diseccionar del presente sus propias retóricas, Laura Sofía Rivero vuelve a la palestra del ensayo con Tomografía de lo ínfimo, volumen donde aborda temas y tópicos insospechados, que parecerían insignificantes a la primera de cambios, y que bajo su mirada encuentran otra perspectiva. Así como el maestro de la estampa referida líneas arriba respondió a esa afrenta con un alud de nombres y de obras, Rivero hace lo propio en un solo párrafo: Las cosas diminutas no necesariamente son pequeñeces. La humanidad se cifra en las moronas, las células y las pelusas. Son colosos el amor, el tiempo y la muerte; ¿pero qué no acaso está también la pasión en un roce? ¿O la perfección de Dios en una canica?
A lo largo de once ensayos (doce, si incluimos el “Minifacio”), Laura Sofía Rivero disecciona asuntos diversos, develando sus detalles más nimios, y una vez terminada la lectura, suscitar dudas o suscribir perspectivas -mas no indiferencia. En su “Meditación sobre las uñas”, lo que en principio es una consulta de rutina con el podólogo, se vuelve visión panorámica de quienes ponen esmero en el cuidado de sus uñas, y aquéllos que las dejan a la vera del Creador. A pesar de todo este aparato de la prevención y exaltación, hay partes del cuerpo que no dejan de parecer menos ornamentos. No dan razones suficientes para explicarnos por qué se encuentran allí. Sin embargo, sólo cuando esas pequeñas piezas fallan nos percatamos de su importancia fundamental. Nadie sabe lo que tiene hasta que lo mira enfermo.
Respecto al ensayo “El séptimo mandamiento: ensayo de un crimen”, se parte de un hecho nimio en apariencia -el robo de unos anteojos metálicos de la estatua de Ignacio Zaragoza, en una plaza cívica- y de ahí reflexionar en torno al móvil detrás de un robo mínimo, y del cómo éste conlleva su propia dinámica. El robo se encuentra a caballo entre el vicio y la virtud. En él no solamente existe un acto puro de maldad sino también el torcido camino que han tomado la valentía y la inteligencia. […] también existe un acto de sustracción que se presenta como juego mental, como una oportunidad de salir en traje de luces a pavonear la destreza en el ruedo.
Como el bolsillo de Chesterton, la “bolsa temática” de nuestra autora se compone por diversos objetos, centro de su reflexión, que no dejan de generar sorpresa; en “Bolsas que guardan bolsas”, el desaguisado comienza cuando al formar un hogar, las bolsas de plástico se multiplican una tras otra, a tal grado que se les crea un propio universo, es decir, otra bolsa más grande, que las albergue.  Una bolsa de plástico que, a su vez, guarda bolsas de plástico, no se adquiere o se compra: se construye. Se debe ser paciente para ver su gestación, como el feto que comienza a hincharse en las entrañas y sólo revela su forma en el ultrasonido. La vida de la bolsa que guarda bolsas es un espejo de la vida propia. Se nutre de ella, de las salidas al supermercado, de cada compra. En un punto de la historia del nacimiento del hogar se deberá seleccionar a aquella que se tragará a sus hermanas. Fatal destino. (Paréntesis aparte. Ante la reciente medida que prohíbe el uso de bolsas de plástico en establecimientos comerciales este ensayo ¿se vuelve réquiem anticipado, u oda a contratiempo? Sólo el uso continuo habrá de desmentirnos…)
Respecto a “Circunferencia de las canicas”, el asunto se sostiene en la mayéutica del juego de canicas, donde la pericia del buen jugador -el padre de la autora, para más señas- nos deja lecciones precisas de cómo conducirse en ese juego -y en otros con dialéctica similar. Para jugar a las canicas no se necesitan más que dos principios básicos: golpear un objetivo o llegar a un agujero. Es el mismo precepto del boliche o de la meta que persigue al lanzar dardos. Conocimiento fundamental del cazador o deportista, humana percepción.
En “Análisis estructural de tus besos”, Laura Sofía Rivero retoma el espíritu primigenio del ensayo por antonomasia: el de paseo, cuyo trayecto resalta la importancia del ensayo por el ensayo mismo. Y más que hablar en primera persona, cede la palabra a los moretones, los dientes y las corbatas, donde al final el ensayo […] tiene la misma consistencia que la pasta de dientes. No es sólido como la narrativa, tampoco tiene la liquidez de la poesía acuosa ni se asemeja a la dramaturgia efervescente como un gas. El ensayo literario es el coloide de los géneros. (Si para Alfonso Reyes, el ensayo es “el centauro de los géneros” -por su naturaleza híbrida-, la autora restringe un poco más el concepto, así como el calor ejerce influencia sobre el mercurio en un termómetro (en este caso, las cosas y casos que nos circundan).
¿En dónde reside la importancia de Tomografía de lo ínfimo? Ante la tiranía del paper académico (y endogámico, cabe puntualizar), contar con un libro de ensayos de esta naturaleza resulta ser una bocanada de aire nuevo en cuanto a la lectura del mundo presente y los objetos que lo componen; adentrarse en sus historias secretas les restituye su grandeza mínima al saberlos cercanos, de formar parte de la vida, con todo y sus aproximaciones.
En el ensayo mexicano contemporáneo, Tomografía de lo ínfimo comparte las mismas batallas, pero con diferente intensidad, que Ausencia compartida de Marina Azahua y Barrio Verbo de Ingrid Solana; y ante el aumento paulatino de ensayistas contemporáneas, no olvidemos lo que Laura Sofía Rivero nos dice al final de su “Minifacio”: La gota deja de ser gota si se consagra a la lágrima, al vaso de agua, al mar, al océano. Y en ese empeño, quedan muchas letras por delante. (Así sea.)   

Laura Sofía Rivero. Tomografía de lo ínfimo. Toluca, México, Secretaría de Educación-Gobierno del Estado de México, 2018 (Letras. Ensayo).  

(27/enero/2020)

martes, 31 de diciembre de 2019

Quince para 19

Ulises Velázquez Gil

Antes de hacer escala en el lugar de siempre, permítanme ustedes una pequeña confesión: estuve a punto de ahorrarme este listado e irme en ceros. ¿Por qué? Ante la polémica desatada por la poca inclusión de escritoras y lo sesgado de ciertos listados, me vi algo rebasado y casi declinaba en mi empresa anual.
Gracias a las generosas palabras de una colega escritora (y a una encuesta vía Twitter), resolví seguir en mi empresa anual -ya son varios años en ese empeño, saben- y recordarme que si en algo se diferencia este listado de los demás, es en la sencilla razón de que todo libro es novedoso, sin importar su fecha de publicación; de la mesita de novedades al librero de mi casa (y viceversa), siempre hay un libro que nos remueva el piso, sea para indignarse con el tiempo presente, sea para crear el mejor de los mundos imposibles, retomando una idea de Abel Quezada.
Vuelvo al mismo escritorio atiborrado de libros y papeles, de donde espero encontrar varias claves para el día que viene; sin embargo, las lecturas nunca se hacen esperar, para volverse inevitables pasajeras de mi bolsa de viaje o compañeras del sueño venidero.
A diferencia de otros años, donde no deja de sorprenderme la multiplicación de los libros en mi biblioteca, en 2019 ésta prodigó sus joyas hacia otras partes. (V. gr. Sendas ediciones de Cumbres borrascosas para una gran lectora, que se le quiere desde aquí.) Y al momento de hacer el balance anual, siempre tengo presente aquel postulado de que “una biblioteca no es importante por lo que tiene, sino por lo que comparte”, y al hacer estos listados anuales, lo reafirmo a cabalidad.
Como es tradición, comparto con ustedes mis quince libros más sobresalientes de este 2019 al filo de la despedida, pero con un ligero detalle: sólo mencionaré títulos, autores y género, dejando en ustedes el resto para cuando lleguen a sus manos. Helos aquí.

ENSAYO
-Sustentabilidad ambiental y bienestar social (Julia Carabias Lillo)
-Alberca vacía (Isabel Zapata)
-Caminos cruzados: Cervantes y Shakespeare a 400 años (Hernán Lara Zavala)
-Necesidad de música (George Steiner)
-La literatura comprometida y Jean-Paul Sartre (Héctor Iván González)  
-Jorge en diez o doce pasos (Jorge F. Hernández)
-Tomografía de lo ínfimo (Laura Sofía Rivero)
-El nacimiento de los sistemas planetarios (Estela Susana Lizano Soberón)
-Notas inauditas (Ingrid Solana)

POESÍA:
-Groenlandia (Enzia Verduchi)
-Ecografías (Priscila Palomares)
-El tiempo y sus mastines (Vicente Quirarte)
-Cristales de tiempo (Elena Garro)

NOVELA
-Como caracol… (Alaíde Ventura Medina)

BIOGRAFÍA
-Mecano (Javier Adrados)  

(La advertencia de siempre: si faltaron algunos que a juicio de ustedes son mejores, no me culpen del todo. Al final del día, es como la Lotería, aproximaciones y reintegros. Gracias por comprender.) 
2020 llega con mucha esperanza para quienes hacemos de la lectura fe de vida, y empeñarnos en que hoy debe nacer el siguiente lector de éstas y otras propuestas. Después de todo, es más importante sumar que restar ¿no creen? 
(¡Muchas gracias a ustedes!)

miércoles, 13 de noviembre de 2019

En clave biográfica

Ulises Velázquez Gil

En alguna entrevista, el escritor rumano Emil Cioran confesó que para aprender el francés se dio a la tarea de copiar páginas y páginas de grandes escritores francófonos, y así aprender mejor la lengua con la que, a la postre, terminó por expresarse. Caso similar ocurre dentro del oficio de escribir: cuando se admira sobremanera a un autor, de forma inconsciente surge el deseo de emularlo, de “copiar” sus características, incluyendo virtudes y defectos.
Lector en horas 24 de la realidad y navegante de dos aguas –Letras e Historia–, Jorge F. Hernández nos entrega un largo ensayo en torno a uno de sus escritores predilectos, tan cercano a él por orígenes geográficos como por elección de vida, y de grata coincidencia onomástica: Jorge Ibargüengoitia.
En Jorge en diez o doce pasos. Instrucciones para leer a Ibargüengoitia, el autor nos presenta un libro muy sui generis en torno al autor de La conspiración vendida; una lectura muy personal de su vida y obra, donde se encuentran no pocas coincidencias, entre éstas, por ejemplo, el origen guanajuatense. Mi padre y sus hermanos fueron amigos de Jorge en la infancia. Nuestras familias son ambas guanajuatenses y el inexplicable azar de las coincidencias ha entretejido anécdotas de amigos y parientes sobre un compartido pasaje que se llama Cuévano.
Además de los recuerdos familiares y las remembranzas de tamiz tardío, Jorge en diez o doce pasos se compone de nueve capítulos, cada uno en torno a una faceta de Ibargüengoitia; suerte de lecturas hechas tanto a la obra como a la vida del ilustre guanajuatense, donde el autor –biógrafo de aproximaciones y reintegros– busca la pincelada ideal donde se exprese el mundo que rodeaba a su eminente tocayo, a guisa de explorar una veta rica en sucesos y personajes, caracteres (de imprenta) propios de una región, vuelta Cuévano por obra y gracia de una mirada punzante y lapidaria. […] Ibargüengoitia sobrepuso en sus párrafos el Guanajuato de su infancia y demás etapas de su biografía al plano del Cuévano de su imaginación. Entre el ensyeño y la realidad, […] hacía eco de chismes de azotea […].
En el capítulo “Un plan de abajo”, se evidencia que el mundo recreado por Ibargüengoitia ya no es el Guanajuato que nos marcan los libros de Historia o el señalado en la cartografía mexicana; más bien, geografía de letras, personajes y algunos recuerdos de familia. El estado de Guanajuato es y no es el estado de Plan de Abajo que narra […] en la vasta geografía de por lo menos tres o cuatro de sus novelas. […] es un país en sí mismo donde se refleja el Bajío o la Querencia y los Pueblos en vilo, que estudió el microhistoriador Luis González y González, padre de la microhistoria, […] porque [ésta] emana de la misma pulpa con que escribe Ibargüengoitia, ambos dueños de la prosa que usa palabras en sepia […].
(Paréntesis aparte. La primera reseña de Pueblo en vilo de Luis González –maestro, colega y amigo del autor– corrió por cuenta del propio Ibargüengoitia; ante el desconcierto y la negativa del gremio historiográfico, la lectura de un escritor, vuelto dramaturgo a golpe de máquina de escribir, demostró a cabalidad que las letras de la historia también forman parte de esa comedia humana donde todos jugamos, sin excusa ni pretexto. Con el tiempo, tanto para “el mago de San José” como para el Ingeniero en Dramaturgia, su propia historia de las letras habría de redimirles.)
Los capítulos 3, 4 y 5 dan cuenta de una transición, respecto del ulterior destino de Ibargüengoitia. Un ingeniero vuelto dramaturgo por mera agua de azar, pero con el sino del buen narrador en espera de un encuentro definitivo. Ya no haría levantamientos topográficos, sólo estructuración de tramas y argumentos, sujeción de personajes y caracteres por doquier. Es curioso que los pasos de Jorge por la carrera de Ingeniería quedaron reflejados en vagas evocaciones de artículos y quizá incluso en el subsuelo de su prosa, su manera de construir las tramas de sus novelas como si fuesen andamios inquebrantables (aunque modificables) o la resistencia de sus personajes como vigas de una estructura verbal [donde] se revela quizá la arquitectura de una vocación […].
Ya que mencionamos la palabra arquitectura, para Ibargüengoitia (como para Jorge F. Hernández) los pilares de su prosa son el cuento y el artículo periodístico, tal y como se observa en los capítulos 6 (“Cuentos como sobremesa”) y 7 (“Las columnas de un templo”), respectivamente. Para el primer caso, se resalta el cuento y su polisémica función de sobremesa en las familias guanajuatenses, como germen de una buena historia, que con el paso del tiempo se ciñe a la brevedad de su propia historia (tal es el caso de La ley de Herodes) o se integra al engranaje de una novela (la que gusten nombrar). Jorge escribía porque no encontraba en las librerías los libros que quería leer y leía por goce, tanto como insinuar que escribía cuentos por las mismas razones: porque hay anécdotas que no merecen olvidarse, que son perfectas prendas de placer o bien, inventos que llegan en lo que se cruza por el pasillo de un mercado, la esquina de un semáforo descompuesto o los enredos y desenredos con una mujer rejega.
Respecto a “Las columnas de un templo”, la pluralidad de la sobremesa de vuelve caldo de cultivo para el tratamiento de muchos temas, por medio del oficio periodístico ejercido en las columnas semanales que Ibargüengoitia publicaba en el diario ExcélsiorEscribió en el espacio urgente de la bitácora de sus viajes, las peripecias que pasan en un día común y corriente (como haría G. K. Chesterton al narrar para salir del apuro de una columna el contenido de su bolsillo) y el azar imprevisible de lo inmediato: la avería del baño, los errores de un albañil, y el tema inesperado que se vuelve artículo invaluable (como hiciera en más de una entrega García Márquez, periodista).  
¿Por qué leer Jorge en diez o doce pasos? En aras de adentrarse en la obra de un escritor admirado (por obra y gracia de la constante relectura), digno es conocer su secreto engranaje, de maravillarse ante una prosa a prueba de balas, certera inclusive por estos días, puesta en clave biográfica donde confluyen puntos de vista y temas muy caros, que bien merecen la lectura en paralelo con Los pasos de Jorge de Vicente Leñero, y con Lágrimas y risas de Ignacio Trejo Fuentes, por mencionar algunos acercamientos críticos sobre Jorge Ibargüengoitia.
Entre signos de admiración, y a la espera de que nazca un próximo lector de un guanajuatense ingenioso y genial, quede este libro como preclara evidencia. (Y aquí me detengo…)

Jorge F. Hernández. Jorge en diez o doce pasos. Instrucciones para leer a Ibargüengoitia. Guanajuato, México, Universidad de Guanajuato, 2019. (Homenaje)


(30/octubre/2019)

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Ojos a la escucha

Ulises Velázquez Gil


“Toda música verdadera nos hace palpar el tiempo”. A primeras luces, este aforismo de E. M. Cioran nos parecería un poco pretencioso, sin embargo -y como en toda sentencia urdida por este avinagrado rumano- no deja de dar en el blanco en cuanto a su veracidad. En aras de buscar esa música que nos ayude a tocar el tiempo, se han vertido ríos de tinta con el fin de definirla, de hallarnos en su sola expresión, pero buena parte de las veces no pasa de crítica impresionista o de mero galimatías, según sea el caso.
            Lector del mundo en horas 24 y viajero frecuente de la crítica, George Steiner nos entrega en Necesidad de música sus incursiones lectoras en el mundo de la música: 28 lecturas que van desde reseñas bibliográficas hasta textos de mayor aliento, en tanto conferencias, artículos y hasta notas para programas de mano. (Vayamos con el primer movimiento.)
            La primera parte de Necesidad de música se compone por diez textos que comprenden la forma del artículo y de la conferencia, donde Steiner, a través de una lectura minuciosa de las obras musicales y de los autores ahí abordados, nos convence de su importancia. La flamante administración del Met de Nueva York como la obra cumbre de Arnold Schoemberg, Moses und Aron, se alternan en esta sección con la ópera Lulú de Alban Berg y con la nueva sede para la expresión artística ubicada en Lyon, Francia. Sin embargo, los intereses de Steiner en ese sentido son un poco más que nombres y lugares: Me parece que la música es, mucho más que la literatura, la gran esperanza de una trascendentalidad posible. Por eso es importante que a nuestros niños se les brinde acceso a la buena música desde temprano como sea posible. […] Nada me atemoriza más que la carencia de música seria en las vidas de millones de pequeños. El reemplazo de muchas formas de música por la barbarie del mundo organizado. La ensordecedora locura de no dejar que un niño encuentre buena música. (El subrayado es mío.)
Sobre esta última idea, bien cabría detenernos en “Una sala de conciertos imaginaria”, donde Steiner se preocupa por la manera artificial con que se reproduce la música a todas horas y a la menor provocación. Antes del disco y del fonógrafo modernos, la ejecución pública de uno de esos trabajos [musicales] era un acontecimiento dramático largamente madurado. Hoy, tiene lugar con el simple giro de un botón. [La música] no destaca por sus propias cualidades especiales, sino que se ha vuelto ambientación de otras actividades (comidas, conversación, lectura, tareas domésticas). Si creemos en las cualidades premonitorias de la literatura, diríase que Steiner presagió aquí los empeños expansionistas del Spotify, tal y como lo denota el traductor en el prólogo que precede a la compilación.
La segunda sección de Necesidad de música la compone “Solo a tres voces”, donde Steiner echa mano de la ficción (igual que en Los logócratas) para exponer sus inquietudes en torno a la música; mediante un encuentro de tres personajes (un músico, un matemático y un poeta) se suscitan reflexiones como las siguientes: Sólo la música puede brindar, en un sentido existencial, incluso razonable, la posibilidad de una experiencia más allá de la experiencia. Sólo la música puede sugerir la posibilidad de alguna forma de ser más allá de nuestras vidas empíricas, de dimensiones que son radicalmente “otras” (el músico). Si la música es inmune al bien y al mal, no es menos extrínseca a la verdad y la falsedad. Ingenuamente, la música, en forma notable la operística […], puede tratar de expresar, de imitar la falsedad. Pero no puede mentir per se (el matemático). […] me regocija la música; apenas podría imaginarme la vida sin ella. Y el imponente resplandor de las matemáticas puras me provoca un asombro duradero. Pero mi ser es el de lenguaje. Mi humanidad, imperfecta, a medio cocer, existe porque hablo. Porque puedo hablarles a ustedes (el poeta).
A medida que avanza ese encuentro de personajes, podemos notar que el músico, al igual que el matemático, se empeñan en sostener la importancia de la música y de las matemáticas, respectivamente, pero el poeta aparece en escena para justipreciar ambas, de igual forma con la poesía. Aún si es así, deberíamos celebrar la prodigiosa buena fortuna por la cual “un hombre animal desnudo y bípedo” como el que somos ha engendrado tres lenguas majestuosas, con las cuales podemos hablar, podemos cantar y tocar música, podemos hacer matemáticas, así sea en silencio. [Si me permiten el paréntesis, en “Solo a tres voces” se refleja de alguna forma el trilingüismo de Steiner y de qué manera se evidencia dentro de su obra: francés (el poeta), inglés (el músico) y alemán (el matemático), logrando a final de cuentas hermanarlos bajo un mismo sino: su obra misma.]
Para la tercera y última sección de Necesidad de música, llegamos a un territorio conocido de la obra steineriana: la reseña de libros. Para quienes han seguido con devoción sus pasos en este sentido, digna es de notar su constancia hemerográfica en las revistas The New Yorker, The Observer y el Times Literary Supplement. Las cartas de Ludwig van Beethoven, Richard Wagner y Glenn Gould; las biografías de Carlo Gesualdo, Liszt, Verdi, Berlioz y von Webern; y las memorias de Dmitri Shostakovich, por mencionar sólo algunas de las publicaciones reseñadas, reafirman en Steiner su pasión por la música, a la par que refrenda su labor lectora en horas 24. En este sentido, hay dos textos que merecen especial atención (“Un poco de música moderna” y “Escribir al compás de la música”), en torno a dos alemanes eminentes y su recíproca influencia músico-intelectual: Thomas Mann y Theodor Adorno.
En suma ¿dónde radica esa Necesidad de música que nos propone George Steiner? Para palpar el tiempo (retomando aquel aforismo de Cioran al principio de estas líneas), es menester hacerse de una música verdadera, que sobrepase todo lindero de la experiencia, donde “puede lograr cosas que el lenguaje anhela sin conseguirlas nunca”. Contar con este libro nos confirma por completo que su pasión crítica se puede ocupar de todos los campos, inclusive los de la música; ojos a la escucha del tiempo, de sus expresiones directas (obras, composiciones, intérpretes) y de su gramaje interior (epistolarios, biografías, memorias). Para el viajero frecuente de la “galaxia Steiner”, es escala indispensable, mientras que para su lector incipiente, una invitación certera. (Sea cual sea la elección, el placer de leer es mayúsculo.)  
Quede en ustedes, lectores, suscribir su melodía. (Así sea.)   

George Steiner. Necesidad de música. Artículos, reseñas, conferencias. Selección, traducción y prólogo de Rafael Vargas Escalante. México, Grano de Sal, 2019.  


(28/agosto/2019)

miércoles, 22 de mayo de 2019

De nutricia herencia

Ulises Velázquez Gil


“Lo único que nos salva, como país, como persona y como planeta, está en los libros”, predica con suma justeza Jorge F. Hernández cada vez que acude a una feria del libro, y no es para menos, puesto que en varias circunstancias de la vida, la lectura de un libro acaba por cambiarnos la vida, o por lo menos, lo hace con alguna perspectiva del momento. A la vera de hallar el libro donde se consume esa epifanía, son tantas las ocasiones en dónde nos preguntamos el porqué de tal merecimiento.
            Navegante de y entre libros, Vicente Quirarte propone una (posible) respuesta a esa interrogante en Merecer un libro, pequeño volumen compuesto por varios textos donde se evidencia su pasión por el libro y las circunstancias que suscitan su presencia. Desde las palabras de entrada, ya sabemos hacia dónde va su intención: Merece un libro quien se atreve a escribirlo y triunfa en el intento de que lo impreso equivalga a lo pensado, vivido, exorcizado. A todo lo que la escritura subvierte y transforma. (Comencemos el viaje…)
            A través de trece textos, Quirarte comparte su interés por los libros (lector, autor), e igualmente con los objetos que los generan, tal es el caso del lápiz y de la pluma, generosos cómplices del escritor en su empeño por entablar guerra con las cosas. De nuestro instrumento con alma de grafito, nos dice lo siguiente: Pocos instrumentos como el lápiz nos acompañan durante tantos años de nuestra vida. Su presencia está vinculada a nuestras primeras y más profundas sensaciones: el lápiz recién afilado, su madera limpia y generosa en el salón de clases, eran bálsamo salvador para los lunes. Desde los años escolares hasta las batallas asumidas por las lecturas presentes, un lápiz esboza intenciones, o quizás el plan de batalla contra los altibajos de la vida.
Con la pluma sucede algo similar. Aunque su acompañamiento sea (casi) el mismo que el del lápiz, una pluma conlleva un compromiso mayor. Para escribir un libro es necesario un instrumento. Se puede concebir mientras se camina, se lavan los trastos o se hace fila en el banco. Tarde o temprano nos vemos en la necesidad de trasladar lo que pensamos a la blancura del papel. Protagonista heroica y única de esa historia ha sido, paralelamente al arte de la imprenta, la pluma que se vale de la tinta fresca, de la tinta que mancha, de la tinta que huele a su nombre. Esta reflexión que hace Quirarte sobre la pluma se complementa con la presencia de un autor mayor en las letras universales, Miguel de Cervantes, con la estilográfica edición especial creada por la casa Mont Blanc en ocasión del centenario cervantino. (Paréntesis aparte: no es la primera vez que el autor dedica unas líneas a tan ingenioso y genial instrumento, y quienes conocernos sus Enseres para sobrevivir en la ciudad lo sabemos de primera fuente.) Para cerrar esta escala de tinta y pluma, estas palabras, a guisa de legado: Quien tiene el valor para ser poseído por una pluma fuente y al mismo tiempo acepta cuidarla como un caballero cuida su lanza, su espada y su adarga, y utilizarla para los más altos fines, es semejante al proceso de escritura del Quijote, donde se concentra el genio del idioma.
Dos momentos fundamentales dentro del encuentro con los libros, son la solapa y la dedicatoria, que confirman la presencia de un libro, o mejor aún, como una extensión de la vida misma. Sobre el caso de la dedicatoria, […] su inclusión obedece a motivos personales mediante los cuales el autor salda cuentas, agradece el auxilio venturoso o consuma sus íntimas venganzas. Por alquimias misteriosas y sutiles, la dedicatoria se transforma en texto independiente y generativo. En él habita una historia latente y llena de posibilidades. Desde el “tsunami” de dedicatorias al inicio de una tesis universitaria hasta la frase más lacónica que antecede una opus magnum, la dedicatoria encierra las pasiones y obsesiones, acompañantes nuestras en el empeño de pergeñar un libro, merecedor para el dedicatario de marras. (No por nada, Quirarte cita la memorable dedicatoria de El Principito…)
Por el lado de la solapa, ésta se vuelve invitación al viaje, donde glorioso es el regreso… y la vuelta a partir: […] el libro que la ostenta debe exigirle a quien lo escribe que tenga en cuenta que practica un género riguroso. […] debe estar consciente de que en el breve espacio del cual dispone debe desarrollar un texto imaginativo, seductor, original y respetuoso del texto que le sirve de pretexto. Muchas de las veces, por una mala solapa, un buen libro no recibe el reconocimiento que merece, y por el contrario, tan buena la solapa que le da mérito a un texto bastante malo. Aún así, el tiempo coloca las piezas en el lugar justo.
Por último, queda ponderar el importante papel que las bibliotecas tienen, donde el polisémico librero […] es el mejor aliado del libro, porque en tiempos de transformaciones vertiginosas en la forma de transmitir el conocimiento, el librero cuida y salva de la extinción el único soporte que, luego de más de cinco siglos de existencia, ha demostrado su permanencia.
Permanencia, también, la de las bibliotecas donde se cuida el saber de todos los tiempos; donde generosos e inteligentes habitantes guían nuestros pasos, con todo y que se rebelen contra quien los posea, tal y como pontificaba don Martín Quirarte, historiador andante y padre del autor. Otra lección, al calce de estas líneas, nos es obsequiada por la arquitectura lectora de Luis Barragán: los libros son casas: espacios que anhelan ser habitados para encontrar su verdadera vida.
En suma, ¿dónde radica la importancia de Merecer un libro? Con esta pequeña obra (de grandes afanes, cabe subrayarlo), Vicente Quirarte nos comparte su carta de amor a la lectura, a los libros, a las historias detrás de ellos, en aras de traspasar esa llama lectora –humanista, diríase– que nos cambie de rumbo, e incluso dé una pauta nueva para su ejecución; de nutricia herencia, después de todo, porque […] contribuye a justificar, defender y prolongar la existencia de uno de los más perdurables guerreros de la historia.
Dentro de la bibliografía quirartiana, Merecer un libro figura firme y digno junto a su hermano mayor, Enseres para sobrevivir en la ciudad, cuyas letras son bálsamo salvador para los altibajos del tiempo presente. Ante ellos –y a título personal–, bien vale retomar las palabras de Jorge F. Hernández, que suscribo de buenas a primeras con la obra de Vicente Quirarte, a la que vuelvo con la misma pasión como cuando la leí por vez primera.
Quede en ustedes, lectores, descubrir ese merecimiento por cuenta propia. (Así sea.)   

Vicente Quirarte. Merecer un libro. 2ª ed. México, Secretaría de Cultura/ Amaquemecan, 2016.  

(15/mayo/2019)

miércoles, 2 de enero de 2019

Inventario de gratitudes

Ulises Velázquez Gil


En algún momento de la vida, echamos mano de un discurso -preparado, improvisado, da igual- para ponderar las cualidades de una persona, incitar a la reflexión sobre un tópico determinado, o simplemente para celebrar la vida y los detalles que la pintan de cuerpo entero; pero cuando se enfoca en rendirle señero homenaje a la vocación elegida y agradecer los aprendizajes recibidos, el discurso se torna profesión de fe. Y en este sentido, la gente de letras se distingue por completo.
            Para Fernando del Paso (1935-2018), la escritura de discursos no le fue del todo ajena a su labor creadora, sino más bien un complemento, donde sus lecturas del mundo le ayudaban a encontrar su papel dentro de éste, agradeciendo encuentros como travesías suscitados en ese proceso.
            Amo y señor de mis palabras. Artículos, discursos y otros textos sobre literatura consigna ese franco empeño, al reunir doce textos donde Del Paso de fa de su peregrinaje por las letras, sea como lector, sea como creador, y nos comparte sus encuentros, así también sus aprendizajes en el arduo oficio de vencer al tiempo mediante las palabras, a lo largo de veinte años “de lecturas y algo del mundo” (por emplear un título de Álvaro Mutis). Vayamos por partes.
Dentro de las lecturas que Del Paso incluye en este libro podemos encontrar Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal, Al filo del agua de Agustín Yáñez y La región más transparente de Carlos Fuentes, cuyos textos donde aborda esas novelas nacieron para mesas redondas dentro de ferias del libro, o para conmemorar su aniversario de publicación. A medida que uno se adentra en su lectura, nace dentro de nosotros […] la imperiosa necesidad de leer lo que uno no ha leído pero que está allí, esperándolo desde siempre, que uno no suele volver a algunos libros […], por más que uno se haga el propósito de hacerlo.
A la par de las lecturas arriba descritas, Del Paso hace lo propio con su obra misma, como puede leerse en “Un siglo y dos imperios”, “La novela que no olvidé” y “Mi patria chica, mi patria grande”; éste último (a guisa de recibir el Premio “Rómulo Gallegos” en 1982 por su novela Palinuro de México), donde reflexiona sobre la palabra patria y los efectos que conlleva tanto en su narrativa como en su propia vida. Cuando niño me costó mucho trabajo aprender a pronunciar la palabra patria. Ahora, tras una infinidad de años de no pronunciarla y ni siquiera escribirla, me doy cuenta de que el esfuerzo es más grande aún. […] Comencé a comprender que patria era algo así como una extensión de mi casa, como si mi casa se desparramara sobre esos ríos y pueblos y montañas cuyos nombres, aún más difíciles de pronunciar que la palabra patria cautivaban mi imaginación por su majestuosa sonoridad: Papaloapan, Queréndaro, Citlaltépetl…
Y mientras se vuelve consciente de las palabras, para y con su propia obra, Fernando del Paso da muestra de su franqueza como escritor, sin olvidarse de las palabras que le dieron norte y trayectoria: Amo y señor de mis palabras, esclavo del lenguaje, poco o nada podría decir de mi obra sin correr el riesgo de decirla, sobredecirla e, incluso, maldecirla. Hablar de lo que con ella he intentado, sería aceptar el fracaso de tales intenciones, ya que sólo lo que se ha logrado se deja de intentar.  
Hay dos textos a resaltar de Amo y señor de mis palabras: “Carta a Juan Rulfo” y “Yo soy un hombre de letras”.  Sobre el primero, que nació en la cabina de Radio Francia Internacional (y se reúne por vez primera en libro), Del Paso recuerda sus andanzas y maestranzas con su colega y amigo, pero le “comparte” sus angustias y preocupaciones, una vez que se entera de la noticia de su muerte. Perdóname Juan, perdóname si no te escribí nunca, pero como me habían dicho que tú jamás contestabas una carta, pues yo dije: Entonces para qué le escribo. Y ahora me arrepiento; me arrepiento, Juan. Ahora quisiera que tú hubieras tenido varias cartas mías aunque yo no tuviera ninguna tuya. […] Perdóname también por todas estas trivialidades, y más que nada, por lo que no te dije. Porque me queda la sensación de que hay muchas otras cosas que debería decirte, pero no sé exactamente qué. Lo único que sé es que te tenía que hablar como te estoy hablando, Juan.
Respecto a “Yo soy un hombre de letras” (a la sazón, su discurso de ingreso a El Colegio Nacional), Del Paso pone en claro su papel como escritor y de cómo esa distinción (el ingreso a tan insigne recinto) se vuelve importante en cuanto a su proceder como representante de las letras mexicanas en un lugar destinado a la difusión del saber en todas sus expresiones. En ocasiones anteriores, cuando he aceptado un reconocimiento, he afirmado, y hoy lo reitero, que cada vez que se premia a un artista, se deja de premiar a muchos otros que también lo merecen. El Colegio Nacional no es una excepción: cada vez que ingresa un nuevo miembro, dejan de hacerlo otros poetas, otros hombres de ciencia, arquitectos, músicos, pintores, filósofos, que deberían formar parte de esta institución. Aceptar, por lo tanto, esta gran distinción, implica aceptar con ella, una enorme responsabilidad. Dentro de ésta, la de incluir las voces de sus colegas y amigos, pero sobre todo las de una sociedad ávida de conciliación, sabiduría y pluralidad. (Más que discurso de ingreso -o lección inaugural, si usamos la nomenclatura protocolaria-, “Yo soy un hombre de letras” es una profesión de fe, y si me permiten la sugerencia, su sola lectura es de imperiosa necesidad para los acérrimos detractores de El Colegio Nacional, preocupados más por la numeralia que por la inteligencia y la pluralidad.)
Llevado por el fervor del momento, Del Paso hasta se dio tiempo ¡para hablar de futbol! Lo que en principio sería una nota sobre la final de la Copa Mundial de Futbol España ’82 (aprovechando la estancia del escritor en Europa), se volvió una crónica en clave autobiográfica sobre el deporte y la vida: “La novena del futbol”. Y para sorpresa de algunos lectores, en “La imaginación al poder” y “El futuro de la cultura en México”, Del Paso ya sabía del poder de la televisión, enfocado hacia su uso inteligente, imaginativo, incluso. Llevar la imaginación al poder implicaría el aprendizaje de cierta humildad y, con él, el aprendizaje de las técnicas no sólo de la televisión, sino también del cine, del reportaje filmado, del documental que podríamos llamar de denuncia o de protesta. […] La imaginación para infiltrarse en el medio, saber aprovechar todas las oportunidades que se presenten -y que suelen ser contadas-, o incluso la imaginación necesaria para crear esas oportunidades.
¿Por qué leer Amo y señor de mis palabras? Para conocer una faceta muy poco explorada de Fernando del Paso, la de autor de discursos, artículos y textos donde el fervor del momento le pide tomar la palabras para compartir su experiencia con quien guste de escucharle. Decía Emilio Castelar que “los discursos se hacen con una hora de trabajo y veinte años de lecturas”; bajo su mirada, éstos se vuelven inventario de gratitudes, en particular, de aquéllas que son el engranaje de su obra literaria.
Quede en ustedes, lectores, acercarse a este florilegio de textos de Fernando del Paso, con miras a volverse clásico dentro de su obra, la cual, como el Cid Campeador, sigue ganando batallas después de todo… (¡Cuenten con ello!)

Fernando del Paso. Amo y señor de mis palabras. Artículos, discursos y otros textos sobre literatura. México, Tusquets, 2015 (Marginales).
  
(28/diciembre/2018)

lunes, 31 de diciembre de 2018

Quince sobre 18

Ulises Velázquez Gil

Desde hace ya varios años, en los últimos días de diciembre, el tiempo y la cuenta me llevan hacia el mismo lugar: el escritorio atiborrado de libros, papeles y dos que tres objetos llegados con el año que corre. Para fortuna mía, los papeles se ponen a dieta y los objetos cambian de lugar -hasta de dueño, inclusive-, dejando que las lecturas salgan a flote y pasen, del consabido escritorio al buró, la sala o a mi bolsa de viaje.
Cuando me enfrasco en hacer el listado anual de lecturas, ya no me sorprende tanto la multiplicación de los libros, sino más bien la persistencia de algunos en los lugares arriba mencionados, y cuando llega el momento de hacer corte de caja, vuelven a casa para compartirme sus travesías. Comparto con ustedes los más sobresalientes (al menos, para mí) de este 2018 a punto de partir.
(La advertencia de siempre: si en este listado son evidentes ciertas ausencias, con todo gusto se reciben, sin importar el tiempo. Gracias mil.)

1) Hanami (Cristina Rascón) Sorpresas y desconciertos en el lejano oriente componen este volumen de cuento, de prosa bien cuidada y con amor al detalle, cuya dedicada lectura se vuelve el mejor de los viajes. Para releerse de principio a fin.
2) Fabrica de colores. La vida del inventor Guillermo González Camarena (Carlos Chimal) Las mejores biografías son las que nos hacen despertar en cuanto se llega al punto final; en aras de conocer la vida, obra y milagros de un grandioso inventor, su lectura se vuelve invitación para seguir sus pasos, a la busca del camino propio.
3) La vida por un imperio (Anamari Gomís) Cuando la historia quiere volverse novela, seguir los pasos de uno de sus protagonistas notables se vuelve viaje interior para quienes lo siguen; después de Ya sabes mi paradero, se confirma la maestría como narradora de Anamari Gomís.
4) El niño que fuimos (Alma Delia Murillo) Se dice que “infancia es destino”, pero si ese destino no suele ser el ideal ¿qué hacer? En esta novela, se descubre que, aunque se transite por la misma autopista para salir avante de los altibajos del tiempo, son inevitables las desviaciones que las escalas forzadas. (Mejor leer para conocer.)
5) Grab my pussy! (Mónica Soto Icaza) Amén del humor y de la sorpresa que destellan a cada página, estas historias nos revelan cosas que no se podrían creer a la primera, sin embargo, a medida que avance la lectura, caeremos en la cuenta de que nada es para tanto… ¿o me equivoco?
6) Una amistad literaria. Correspondencia 1942-1959 (Alfonso Reyes/ José Luis Martínez) En todo epistolario, es ineludible la confidencia y el aprendizaje, pero en particular con éste, entre dos autores fundamentales de las letras mexicanas, es recíproco y hasta destellante, en cuanto a proyectos y empresas en común. Por tratarse de Reyes, la tarea es ardua… y apasionante.
7) Funderelele y más hallazgos de la lengua (Laura García Arroyo) Las palabras, se dice, definen nuestra vida, pero su definición rebasa todo diccionario y en este volumen de ensayos se nos hace una invitación por partida doble: conocer y “adoptar” estas palabras queridas por la autora, y pensar en las nuestras, que nos acompañan a cada paso.
8) Orillas (Nora de la Cruz) Para hablar del mundo, reza el lugar común, basta con describir la propia aldea, y en este volumen de cuentos se logra a cabalidad; sin embargo, en estos textos se evidencia aún más el viaje que resta por hacer. En orden de aparición, o al azar, su sola lectura no deja de sorprender.
9) Sonetos y son quince (Julia Santibáñez) De todas las formas poéticas, el soneto siempre genera interés y le gana batallas al tiempo; por el rigor de su estructura, ningún tema le es ajeno y lo vuelve infalible cuando pinta con eficacia un tema del momento. Ante la poesía de instructivos y numeralias, es una bocanada de aire puro… y poético. 
10) Vacía de dioses (Alejandra Estrada Velázquez) Con todo y que sea la primera plaquette de una joven escritora, ya se puede sentir una voz propia, donde el tiempo y sus alegatos no minan su creación poética, sino que le acompañan en el diario oficio de la duda, que lo transforma todo a su paso.
11) Aquellos días (Sue Zurita) Cuando la vida nos depara tiempos no tan halagüeños, es necesario volver al lugar que nos dio vocación y destino, recobrar los pasos dados y seguir en el camino con fuerza renovada. Y esta novela destella en esos afanes.
12) Principia (Elisa Díaz Castelo) La ciencia y la poesía unen fuerzas y afanes para pintar de cuerpo entero los altibajos de su autora, así también sus miradas acerca del tiempo, que luego de escaparse, vuelve al punto de partida para contarnos su lado de la historia.
13) Ensayo de orquesta (Laura Baeza) En este volumen de cuentos, los músicos que conforman una orquesta, además de saber muy bien papel dentro de ésta, también nos comparten el ritmo y la melodía con que se define su vida, vertiginosos a final de cuentas. Un playlist de emociones encontradas, sin lugar a duda.
14) Barranca (Diana del Ángel) Hay dos palabras para describir este poemario: desolación y luminosidad. La primera, al describir un tiempo arrebatado de las manos por sucesos adversos; mientras que la segunda, por mor de la creación poética, nos devuelve parte de ese tiempo, permitiendo el reconocimiento y, por ende, la iluminación. 
15) Arquitectura del fracaso. Sobre rocas, escombros y otras derrotas espaciales (Georgina Cebey) En el vértigo de la excesiva edificación en la Ciudad de México, este libro de ensayos se vuelve visita guiada por los edificios que en un principio fueron promesa de bienestar, y hoy día no son sino los vestigios de una osada presunción. De lectura obligada para arquitectos presentes, pretéritos y futuros. 

[Mención aparte merece Amo y señor de mis palabras (Fernando del Paso), en cuya lectura va mi señero homenaje hacia un ingeniosos y genial escritor -a quien tuve la dicha de conocer, por cierto-, y que eligió 2018 para irse en silencio. Sin embargo, ahí nos queda su obra, a prueba de tiempo.]
A unas cuantas horas de su llegada, 2019 nos espera con nuevas cosas por aprender, compartir y disfrutar, y doblemente cuando se trata de lecturas, las cuales sabrán encontrarnos, y llegado ese momento, aquí estaremos para seguir conversando… y hasta disentir, si se da el caso, claro.
Después de todo, en los listados como en la vida, recordemos muy bien lo que nos dice una canción de Love of Lesbian: “La vida es más fácil, si andas despacio, ¿no ves que nadie llega al fin? Que fuera epitafio del hombre más sabio un ‘yo sólo pasé por aquí’”
(¡Muchas gracias a ustedes!)

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Prontuarios de la memoria


Ulises Velázquez Gil

Una historia intercalada en el filme La eternidad y un día, del cineasta griego Theo Angelopoulos, versa en torno a un poeta que, a fuerza de recobrar su lengua materna y escribir un canto de amor a su patria, le “compra palabras” a la gente que se cruza en su camino, retribuyéndole de forma generosa por ello. En el diario empeño de la vida por abrirse paso, todos compramos palabras, es decir, nos hacemos de ellas en el buen sentido, y así comunicarnos con el resto del mundo, de inscribirles un fragmento de la memoria propia. 
Luego de sus navegaciones por las redes sociales (cuya bitácora lleva por nombre #Enredados), Laura García Arroyo nos entrega un nuevo libro, donde el encanto del “¡ábrete sésamo!” ronda por sus páginas: Funderelele y más hallazgos de la lengua, resultado de sus andanzas y maestranzas por diccionarios y constantes lecturas, así también por las conversaciones y encuentros con sus colegas, amigos y gente de a pie. Este libro pretende dar una muestra de las diferentes formas en las que uno se topa con nuevas palabras y narra en primera persona cómo algunas llegaron a mí, a mi vocabulario, a mi vida. Cómo las hallé, o me hallaron, cuándo empezó mi historia con ellas y como el descubrimiento de cada una llegó de la manera más inesperada, extraña, peculiar e impredecible. O no tanto. Porque las palabras desconocidas nos rodean, siempre están ahí
En Funderelele se reúnen 71 palabras, a guisa de “diccionario personal” que no sigue un orden estrictamente alfabético -similar a los diccionarios del orden común-, sino más bien afectivo y vivencial, donde cada palabra […] se convierte en feliz encuentro en el que un nuevo término pasa a formar parte de un léxico que va creciendo y con él, el mundo y nuestra forma de existir en él. Sin embargo, hay otras palabras que nos resultan ajenas en la vida diaria, mas no para los diccionarios ni para los oficios que las usan para provecho propio. Tal es el caso de aporcar, término propio de la jardinería, y que para Laura García Arroyo tiene un significado entrañable, que le remite a su abuelo: […] tenía un rincón especial: una huerta en la que veíamos crecer jitomates, lechugas, zanahorias, papas y algún experimento que a veces terminaba en el plato. “Me niego a que mis nietos piensen que las verduras nacen en los supermercados”, decía mientras preparaba la herramienta y nos reunía en fila para darnos instrucciones
Una maestra mía de grato recuerdo en la carrera de Letras Hispánicas solía decir que en la lengua materna dos cosas son ineludibles: contar e insultar. Y como cada texto de Funderelele tiene su propia historia, dejemos que la segunda opción nos sirva para llegar a otra palabra de interés para la autora, coprolalia, de la que comparto el siguiente fragmento:  Es como un acto reflejo. Bajo del avión y en cuanto piso Barajas mi vocabulario ibérico más grosero empieza a dispararse sin control. Es como si estuviera contenido aguardando ese momento para salir y explotar como fuegos artificiales. Y cuando se trata de develar el otro lado de la figura pública (de dichosa vista por la tevé), con glosofobia uno se da cuenta de que todos tenemos algo en común: La gente cree que no me pongo nerviosa frente a una cámara de televisión. Claro, después de dieciséis años al aire la cosa no ha mejorado, pero lo que no saben es que los dos primeros años hasta me daba fiebre durante el dichoso programa. 
Un ensayo de Raymundo Ramos sobre Roland Barthes, Hifología (palabra que seguro sería del interés de Laura García, me imagino), comienza con una frase devastadora por sencilla: Amamos los neologismos. A lo largo de las páginas de Funderelele aparece uno muy peculiar, nomofobia, que nos revela una instantánea poco sonada de su autora: Yo lo descubrí en 2014, en mi tercera visita a un centro de atención a clientes en busca de mi cuarto aparato del año. No, no fue una terapia de choque para aprender a vivir sin celular, fue más bien el acercarme a los cuarenta y darme cuenta de que mi memoria se estaba saturando y de repente me resultaba más fácil dejar olvidados objetos en lugares a los que no sabía volver. (¿Ya descubrieron de qué va la palabra? No lo digan… a menos que sea para recomendar su lectura.) 
Mientras proseguimos la travesía por las palabras enumeradas en este libro, una y otra vez caemos en la cuenta de que algunas de ellas no nos suenan a la primera de cambios, pero a medida que se tome alguna al azar, por un lado, contamos con el significado concreto, breve, “de diccionario”, y, por el otro, un texto más amplio al respecto, a caballo entre el ensayo y la memoria, donde quede asentada la preferencia (fidelidad, diríase) de la autora por esa palabra: virgulilla, tija, petricor, paparrucha (favorita de las redes sociales, en particular de un sujeto de infausta presencia, allende la frontera norte), letológica -algo extraña para una mujer de palabras, qué cosas-, y la que da nombre al libro; con todo y su “incierto” origen, sigue ganando batallas una vez que se hace de un lugar en nuestro vocabulario. Me gustan las palabras que bailan. Esas cuyas sílabas transmiten ritmo, sonoridad y prácticamente provocan una sonrisa al pronunciarlas y al escucharlas. Es el caso de funderelele, que se convirtió en una de mis favoritas desde que la conocí
(Paréntesis aparte. Cuando Milan Kundera preparaba sus “Sesenta y siete palabras”, suerte de glosario que enumera los tópicos que predominan en su obra narrativa, al saber del sismo que sacudió a la Ciudad de México en septiembre de 1985, le preocupó el destino de un colega y amigo suyo que vivía allí; días después de que éste diera señales de vida, Kundera, en señal de gratitud, incluyó el nombre de su amigo dentro de su vocabulario personal.) 
A semejanza de Milan Kundera, Laura García incluyó en esas 71 palabras tremofobia, cuyo texto cuenta con una extensión mayor respecto de los demás, y se enfoca en contarnos su experiencia con los temblores; particularmente, el ocurrido el 19 de septiembre de 2017 en la Ciudad de México, cuyos resabios aún permanecen: […] Los llegados a esta ciudad después del ’85 hemos vivido varios temblores de diferente intensidad, pero ninguno como el del 19 de septiembre, dos horas después del simulacro que nos recordaba el desastre anterior. […] Ese día me convertí en tremofóbica. (Después de leer el texto de marras, se podrán decir muchas cosas, pero nunca esperaremos indiferencia del lector. Así con las palabras.) 
En suma, acercarse a Funderelele y más hallazgos de la lengua nos recuerda, brevemente, nuestra naturaleza como seres hechos de palabras, quienes a semejanza del poeta descrito en el filme de Theo Angelopoulos -que mencioné al inicio de estas líneas-, encontramos en las palabras el camino a seguir. Para quien decida hacer suyas estas 71 -en espera, siempre, de aumentar su número-, descubrirá otras maneras de asir el tiempo, prontuarios de la memoria que nos ayudan a encontrar nuestro lugar en el mundo, con todo y sus altibajos. 
En el panorama actual de las letras mexicanas, Funderelele tienen un justo lugar, junto a Los pegasos de la memoria de Beatriz Escalante (por su condición híbrida, que hilvana memorias con ensayo) y el Diccionario del caos de Fernando Rivera Calderón (en aras de enunciar los pasos dados por la realidad); pero el camino es amplio y todavía nos depara grandes sorpresas… 
Quede en ustedes, lectores, sumarse a esa travesía, y hacerse en el camino de nuevas acompañantes, en espera de que cada día sea una maravillosa escala de vida. (Así sea.)

Laura García Arroyo. Funderelele y más hallazgos de la lengua. México, Destino, 2018.

(7/noviembre/2018)

lunes, 5 de noviembre de 2018

Lunas 2018: encuentros y regresos

Hace tiempo, cuando hacía referencia a cosas gratas o conocidas que me sacaban una sonrisa o, por lo menos, un grato recuerdo, siempre soltaba la siguiente frase: Nada como volver a los viejos puertos, y al momento de escribir las presentes líneas, la empleo de nueva cuenta para un suceso anual que espero con enorme alegría: las Lunas del Auditorio
Luego de varias sorpresas por correo electrónico y de una pasarela de invitados posibles, quien esto escribe, por sexta vez consecutiva (y séptima, en nueve años), consiguió entradas para la XVII entrega del galardón que concede el Auditorio Nacional a lo mejor del espectáculo en México: cuatro boletos, tal y como me sucedió en 2014 y el año pasado. 
Después de una breve caminata desde la parada forzada donde me dejó el camión, llegué al Paseo de la Reforma e hice dos cosas ineludibles: contemplar el gentío en torno a la alfombra roja (donde desfilaron tanto artistas nominados como gente del medio musical y de la tevé) y saludar a un viejo amigo, el Auditorio Nacional, mientras llegaban mis invitadas: una arquitecta dinámica e inteligente, y la sofisticada internacionalista con quien estuve en 2016. 
Cerca de las 7:30, Lupita, mi amiga arquitecta, hizo su gloriosa llegada, una vez que logró sortear los imprevistos de la Línea 7 del Metro. Mientras llegaba Mónica, mi amiga internacionalista, platicamos acerca del talento artístico que veríamos a lo largo de la ceremonia, pero también de nuestras escalas en el llamado “coloso de Reforma”. “Sólo estuve aquí para una obra de teatro, hace mucho tiempo”, me confesó Lupita. En cambio, para mí, ya eran varias ocasiones que andaba por ahí, y en particular esta edición de las Lunas es un “regreso a casa”, porque en 2008 entré por primera vez al Auditorio Nacional y vi a Edith Márquez, cantante confirmada en el elenco de 2018. A diez minutos para las ocho de la noche, Mónica llegó al lugar citado y muy bien acompañada. Una vez hechas las presentaciones, los cuatro ingresamos por la parte izquierda del auditorio. 
Como llegamos al filo de la hora, nos acomodaron en la parte superior del segundo piso, pero los lugares disponibles escaseaban, así que resolvimos salir de ahí y correr hacia la parte derecha del auditorio. “Esto me recuerda la película Ocho y medio, donde los personajes van de un lado a otro”, les dije. Por fin, encontramos lugares disponibles… pero pegados al techo del auditorio. Una vez sentados, a las 8:15 pm comenzó la ceremonia. Café Tacvba fue el grupo encargado de abrir el espectáculo, en cuya participación interpretó sendas canciones del Jei Beibi, su álbum más reciente: “Futuro” y “Olita de altamar”. Al término de su participación, se presentaron los conductores: Paola Rojas (de frecuente presencia en ceremonias anteriores), Natalia Téllez (también constante desde 2016) y Arath de la Torre. 
Durante tres horas y pico, disfrutamos de maravillosas participaciones musicales, categorías de clásica presencia y los reconocimientos especiales que cada año confiere el Auditorio Nacional; la Revelación de este año fue el cantautor El David Aguilar, mientras que el Teatro de la Ciudad de México “Esperanza Iris” recibió el reconocimiento como Recinto Emblemático. Por el lado de las Trayectorias, Horacio Franco, el bailarín Isaac Hernández y Patricia Reyes Espíndola fueron los galardonados de la edición 2018. 
Respecto a los números musicales, de la energética participación de Café Tacvba pasamos al bolero y la canción ranchera con Edith Márquez; mientras que una selección del musical Los miserables nos llegó al alma (y al borde de las lágrimas, como me suele pasar con los musicales). Para los amantes de la música de banda, La Arrolladora Banda El Limón de René Camacho les cayó como anillo al dedo, y para las jóvenes espectadoras, Mario Bautista, con todo y que hace tres años le tocó hacerla de conductor. (Recuerdo que se hizo chiquito cuando estuvo frente a Paul van Dyk, pero por algo se empieza ¿no creen?) Una vez que terminó su participación, pasamos al intermedio, donde Mónica y su novio fueron al baño, mientras Lupita y quien esto escribe revisamos nuestros teléfonos y sacamos fotos. Cuando Mónica volvió, me comentó que cerca del cuarto para las once, dejarían el lugar, por compromisos ineludibles; de cualquier manera, agradecí su presencia y que aquellas palabras de 2016 (“¡Ya quiero mi boleto para el año entrante!”) siguen vigentes para 2019. Terminó el intermedio y el siguiente grupo que entró a escena fue Love of Lesbian, agrupación barcelonesa de rock, cuya participación me dejó en 50-50, es decir, “Bajo el volcán” me aburrió, pero “Manifiesto delirista” me levantó el ánimo. (“Es buen grupo, pero me quedo con Dorian”, le decía a Lupita y a Mónica.) Y cuando terminó la segunda canción, Mónica y su acompañante dejaron el auditorio. Prometimos vernos más seguido, porque “sólo en ocasiones así podemos vernos”. Asentimos por entero. 
El resto de la ceremonia lo pasamos muy bien Lupita y yo; al momento que los conductores presentaron a Yuri, cuando anunciaron un dueto de ella con el trio Matisse, Lupita se emocionó tanto que al momento de escuchar “Cómo le hacemos”, se apresuró a grabarlo en su celular y recordarlo cuantas veces quisiera. (Me recomendó que escuchara a Melissa, la vocalista, en su canal de YouTube, y descubrir que también como solista destella talento.) Luego de varias categorías y un reconocimiento especial, Sofía Reyes subió al escenario para cantar un éxito suyo, “1, 2, 3” (y conste que no es anuncio de crema para el pelo), y minutos después, la Única e Internacional Sonora Santanera nos metió mucho ritmo con sus clásicos de antaño y con una versión muy particular de “El yerberito moderno”. (Sólo faltó el “¡azúcar!”, si me permiten decirlo…) Y como grand finale, ¡Fey!, quien salió de entre el público, interpretando una versión muy nostálgica de “Gatos en el balcón”, para luego seguirse con un popurrí de sus grandes éxitos, eso sí, con arreglos nuevos y muy ad hoc para los tiempos actuales. (Vaya, con decirles que me levanté de mi asiento para corearlas y bailarlas. Si me vieran mis hermanos, que sí son fans suyos…) 
Casi llegada la medianoche, el público emprendió la salida del auditorio después de haber disfrutado de un grandioso espectáculo, donde todos los gustos quedaron más que complacidos; mientras la gente hacía fila para entrar al baño, Lupita y yo buscábamos un programa de mano debajo de los asientos, en los pasillos o incluso en los botes de basura: “No me voy de aquí sin mi programa de mano: ¡los colecciono!” (Hice lo mismo con una amiga nuestra, en 2015, y cerca de los baños encontramos varios ejemplares desechados u olvidados…) A medida que entrábamos y salíamos, nuestros teléfonos se llenaban de fotos propias y del Auditorio Nacional, y cuando ya me había hecho a la idea de no tener mi programa de este año, en el bote de basura de la entrada vi uno y no lo pensé dos veces para sacarlo de ahí. Pasadas las doce de la noche, emprendimos el regreso, al fin que llevamos el mismo camino (literalmente). 
Cada año que acudo a las Lunas del Auditorio, siempre me obsequia nuevas propuestas musicales por escuchar más adelante (en 2016 supe de Marlango, y en esta ocasión, de Love of Lesbian), sobre todo, maravillosas amistades e invitadas que hacen posible estos instantes. (Me hubiera gustado juntar a mis invitadas de años anteriores, pero la vida siempre hace de las suyas…) Ahora sólo queda coordinar agendas y planear la logística para responder correctamente las dinámicas para asistir a la décimo octava edición, para finales de octubre de 2019, diez años después de mis primeras Lunas. (Después de todo, nada se compara al “volver a viejos puertos”, ¿no lo creen así?)