miércoles, 23 de marzo de 2016

Verdades a merecimiento

Ulises Velázquez Gil

Al final de la carta con que se “despide” del mundo, el escritor cubano Reinaldo Arenas, con el humor negro que lo caracterizó en vida, lanzó una lapidaria sentencia: “Después de muerto, a uno se le perdonan todos los defectos”. Aunque punzante y no por ello acertada, en ciertos casos no se aplica por completo, por lo que es preciso echar manos de otros recursos, entre ellos, los del retrato, donde se presentan con justicia los pros y los contras de la persona ya ausente. Desde el engorroso obituario hasta el discurso que se pica de cívico, ningún detalle debe escapar a nuestra vista. 
Desde la orilla de la obra póstuma, Antonio Alatorre (1922-2010), filólogo de peso completo, presenta en Estampas varios retratos de sus maestros y colegas, (conocidos y queridos por él, cabe decir) que, además del encomio y las deudas del corazón, justiprecian algo mejor: la verdad, en el sentido que Voltaire consideraba para ajustar cuentas con la vida.
En el curso de doce textos, escritos en un lapso de treinta años aproximadamente, entre discursos y perfiles por encargo, Estampas da cuenta de nueve figuras dedicadas a la docencia y a la creación, además de una pequeña biografía sobre un sitio que dio mapa y destino a un entusiasta “aprendiz de filólogo”: el entonces Centro de Estudios Filológicos, donde la presencia señera de Raimundo Lida, consumado maestro suyo, llevándolo hacia otros horizontes, entre éstos el nacimiento de la Nueva Revista de Filología Hispánica: Su primera tarea, como “eslabón”, no fue la pedagógica, sino la editorial. (Claro que Lida siempre era maestro. A sus primeros discípulos, en esos primeros meses, nos enseñó a hacer esa revista. Ejemplo: cuando le llevé mi traducción del artículo de Bertoldi, la leyó en mi presencia, pluma en mano, y me explicó cada detallito que se iba presentando: terminología, significado de las comillas simples, abreviaturas…) Lida tenía el don de hacer trabajar a la gente.  
En algún momento de la vida, hay maestros que aparte de dar conocimiento comparten algo de experiencia futura, susceptible o no de volverse realidad; tal el caso de Raimundo Lida quien aconsejó a Alatorre lo siguiente: “Doctórese pronto y mal”. En aras de prevenir el paso de la realidad, tal y como le sucedió a su maestro, el genial discípulo sí hizo caso de aquel consejo, y aunque Alatorre no terminó sus días como docente en una universidad del extranjero (tal y como le pasó a Lida), la vida en El Colegio de México no fue la misma sin su notable magisterio.
Dos presencias señeras que marcaron el rumbo posterior de Antonio Alatorre dentro del COLMEX fueron, sin lugar a dudas, Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas. En los retratos que hace de ellos procura no caer en el lugar común que el dominio público hizo de ambos (el generoso Reyes y el implacable Cosío), sino que los pone en una justa dimensión, como fundadores y líderes de una institución hoy día recién llegada a los 75 años; incluso en momentos de gran importancia, Reyes era igual de tajante que el propio Cosío. Va de ejemplo el siguiente fragmento: El episodio de los rollos de excusado me dio la oportunidad de redactar, por primera (y hasta ahora última) vez en la vida, una renuncia. Me sentía herido en mi dignidad. […] Don Alfonso la medioleyó, y luego, con una ancha sonrisa: “Muy bien hecho, Antonio –me dijo–: Dios no lo ha llamado para estas cosas”. Total, una historia feliz, porque quedamos felices los dos.
Por otro lado, Cosío, con toda la fama de ser una persona del No, tampoco se anduvo con medias tintas cuando de encaminar a un prófugo del código penal se tratase, ¡y en presencia del propio Reyes!: “No veo yo aquí ningún problema –dijo entonces Cosío–: es incuestionable que si el muchacho se interesa por la literatura, no tiene por qué seguir embruteciéndose con el derecho administrativo”. Don Alfonso trató de suavizar las cosas. Había que proceder con prudencia: un título es un título, y el de abogado es siempre útil en la vida, se trata de una carrera “segura” […] Don Daniel lo oyó con circunspección y cortesía, para salir, inesperadamente, con esto: “Mire, Alfonso: usted y yo tenemos título de abogados, y ¿quiere decirme para qué carajo nos ha servido?” Así, literalmente. Porque la frase se me quedó hondamente grabada en la memoria. (El resto de la historia ya lo conocemos… por vía de un filólogo persistente y sin tapujos.)
En lo que respecta a sus coetáneos, Alatorre los presenta en toda su amplitud, es decir, tal y como tuvo la fortuna de conocerlos, sin dejarse llevar por las leyendas creadas a su alrededor. Para los casos de sus paisanos como Juan Rulfo y Juan José Arreola, valen más las enormes minucias que el propio nombre (porque, seamos honestos, pese a dar santo y seña de su persona, no nos proporciona nada más). Con Rulfo se perspectiva apunta a conciliar las contradicción de su persona, a poner en claro que su origen es su propia obra, incluso falseando sus datos: […] Juan decía que había nacido en 1918, y no en Sayula sino en San Gabriel, o, alternativamente, en Apulco. Lo del año ha sido explicado por Arreola: Juan declara haber nacido en 1918 “no por quitarse un año, sino por compañerismo”: para hacerles compañía al propio Arreola, y a Alí Chumacero, José Luis Martínez y Jorge González Durán, nacidos todos en 1918 […] Yo diría más bien: para que ellos le hicieran compañía a él, pues él, por lo visto, se sentía muy solo en la “generación 1917”. Otros datos personales de Rulfo se dan cuenta en el perfil elaborado por Alatorre (siempre con la finalidad de darle al lector la elección definitiva); ya con los datos “reales” y los dados por Rulfo, sometidos a severo análisis, resume la invención de Rulfo en la siguiente frase: Fusión, transmutación y purificación: las operaciones de la alquimia.
Hablando de alquimia aplicada a la vida pública y privada, en su perfil de Juan José Arreola, más que una cuestión cuantitativa, se esmera en destacar las cualidades de un personaje singular cuya amistad fue, en sí, el mayor de los magisterios: En 1944 […] Arreola me tomó de la mano, y de la manera más natural del mundo se hizo mi maestro. Aunque la experiencia literaria sea, por definición, cosa exclusivamente personal, yo puedo decir que aquí ocurrió una auténtica transfusión: Arreola me contagió su experiencia, y yo conseguí hacerla mía. Yo era un gran vacío en espera de ser llenado, y él era un gran lleno dispuesto a todos los desbordamientos. […] El magisterio de Arreola abarcaba todo. […] Arreola, en una palabra, me abrió los ojos. Él me sacó de Egipto.
Una presencia, si no fundamental, al menos notoria, fue la de Octavio Paz, con quien tuvo varias diferencias de orden intelectual. Una amistad (“de segunda clase”, según Paz) que se volvió, con el paso de los años y las polémicas, en una enemistad inesperada, pese a que Alatorre no cejó en compartirle hallazgos y prodigarle generosas correcciones, como aquellas que hiciera a Las trampas de la fe, en su calidad de especialista en Sor Juana Inés de la Cruz. En 1982 […] yo ya venía estudiando a sor Juana, así que leí el libro con mucha atención y muy despacio. Mi ejemplar, que tiene una dedicatoria sumamente amable, está todo marcado a lápiz. Y, como desde el principio me llamaron la atención ciertos errores muy concretos, les fui poniendo las iniciales O. P., que significaban: “Tengo que mandarle a Octavio una lista de estas cosas”. Y en efecto, hice una lista de más de cien errores y se la mandé con un recadito que decía más o menos: “Un libro tan importante debería estar limpio de estas manchas” […] la respuesta de Octavio, que fue inmediata, comienza así: “Querido Antonio, muchísimas gracias. Eres muy generoso. Además, eres un lince y ves lo que no vemos los demás. ¡Cuántas cosas encontraste! (Detalles como éste confirman esa sentencia de John Reed: “ser tu amigo es ser honrado intelectualmente”; aunque en la realidad el trato personal fuera distante a morir. C’est la vie.)
En suma, y con un particular estilo al leer su contenido de un tirón, Estampas de Antonio Alatorre es un justo recuento del paso de vidas ejemplares sobre otra no menos particular, y lo hace, según su colega y discípula Martha Lilia Tenorio, con la sinceridad, la generosidad y la honestidad del que ajusta cuentas con mentores y colegas, al mismo tiempo que las ajusta con él mismo. Y aunque en vida nunca se tomó en serio la tarea de reunir todos sus artículos académicos y de difusión, en un futuro nada lejano esta compilación deberá nutrirse de otras estampas que duermen aún en revistas y en los cajones de su escritorio: tarea colateral a la ingente y titánica labor de ordenar sus obras completas; verdades a merecimiento en busca de persistir en la memoria.
Si después de muertos, se nos perdonan todos los defectos, la verdad, tal y como sostenía Voltaire, es más que necesaria. Y este libro se empeña en realizarlo por entero. (Sea, pues, así.)  

Antonio Alatorre. Estampas. México, El Colegio de México, 2012. (Testimonios)

(4/diciembre/2015)

miércoles, 9 de marzo de 2016

Profesión de fe

Ulises Velázquez Gil

“Venimos de muy lejos, de fuera o de adentro de nosotros mismos, de idiomas contrapuestos, de países que se aman”. Con estas palabras, como parte del discurso a nombre de los galardonados con el Premio Nobel correspondiente a 1971, el poeta chileno Pablo Neruda definió así todos los campos del saber que se hallaban representados en aquella ocasión. Dentro de nuestra propia cartografía de andanzas y de maestranzas, digno es reconocer los objetivos alcanzados, pero sobre todo a las personas y a las circunstancias que les dieron origen y destino, incluso de lejos y hasta de muy cerca. 
En La aparición de la vida: consiliencias y discordancias (a la sazón, su discurso de ingreso), el biólogo Antonio Lazcano Araujo revisa con pasos cuidadosamente dados una trayectoria interesante que lo llevó a convertirse en uno de los científicos más sobresalientes en cuanto al estudio del origen de la vida, tópico todavía por ofrecernos otras respuestas no menos sorprendentes. […] Estoy seguro de que siempre deseé ser científico, aunque a veces me pregunto si lo he logrado. Un día, pero sólo un día, jugué con la idea de ser abogado, pero rápidamente me di cuenta de que prefería el código genético al código penal o al código civil.
Si seguimos a Octavio Paz, a cada quien le llega el momento de elegir entre el llamado y el aprendizaje; aunque para Lazcano Araujo el primero se encuentre por las veredas de la ciencia, el segundo, en cambio, se encontraría en sus lecturas de la Iliada y la Odisea, en el acercamiento a la astronomía desde los libros que usara su bisabuela, así también en su “descubrimiento” de la Ciudad de México, donde el mural de Diego Rivera en el Palacio de Bellas Artes le obsequió el siguiente hallazgo: […] Es fácil comprender las razones que llevaron a Rivera a pintar a Darwin cerca de Marx y Engels. La relación de ambos con Darwin está condimentada con mitos y leyendas, pero los escritos públicos y privados tanto de Marx como de Engels, demuestran la admiración que sentían por El origen de las especies. Eso es fácil de comprender, porque […] la biología comparte con las ciencias sociales la dimensión temporal.
En el camino que une a Lazcano Araujo con Darwin se encuentran varias presencias importantes, como las de Alfonso L. Herrera, seguidor de las ideas darwinianas y pionero en México en cuanto a la enseñanza de la biología; un tramo interesante del camino con miras a volverse autónomo y prolífico de no ser por la reestructuración de la Universidad Nacional, sufrida por el insigne biólogo. (Incluso hoy, entre días de cónclaves universitarios, nada ni nadie se salvaría de otra reestructuración similar. Confiemos que sólo quede en palabras.)
Otra presencia de toral importancia para Lazcano Araujo –de ecos darwinianos, pese a su categórica negación– es la del científico ruso Alexander Oparin, cuya perspectiva por develar el origen de la vida apuntaba hacia altos vuelos. Oparin fue más lejos, porque terminó formulando un programa de investigación multidisciplinario opuesto a la posibilidad de la generación espontánea. La suya no es una teoría sobre coacervados o sobre la sopa primitiva, sino una hipótesis que explica el origen de la vida como resultado de un proceso lento y gradual de evolución, primero química, luego prebiótica y finalmente biológica.
En la geografía personal de Lazcano Araujo, los “idiomas” hablados por Darwin, Herrera y Oparin dan cuenta del quehacer a realizar por nuestro autor, y como sucede con su libro más famoso, El arte de la vida (empleado por quien esto escribe en sus años de preparatoriano incipiente), en su discurso de ingreso a El Colegio Nacional destella el afán de divulgar un saber en proceso de complementación, donde los nombres de los científicos citados y sus aportaciones en el ramo susciten gran interés tanto para lectores como a estudiosos en esos temas, sin cometer el pecado capital del ámbito académico: la especialización excesiva, restringiendo a la biología solamente a los ámbitos de la física y la química. Un ambiente plural y reforzado donde los biólogos de bata y los biólogos de bota limen asperezas y compartan teorías y hallazgos, que hasta los biólogos de computadora se unan a sus pesquisas.
¿Por qué leer La aparición de la vida: consiliencias y discordancias? Si la respuesta más inmediata se dirige a darnos santo y seña de una investigación en constante interés y con un justo lugar en la historia de la ciencia, habremos dado en el clavo al primer esfuerzo; pero si en otra respuesta se observa la inquietud y el pro domo sua de un científico que es, ante todo, una persona en deuda ”con la amistad, el talento, la lealtad, el trabajo y la imaginación (a veces excesiva) de los estudiantes que me acompañan en el empeño por entender cómo apareció la vida”, no cabe duda que estaremos frente a una profesión de fe, en cuyo preclaro lugar de procedencia (es decir, “dentro de nosotros mismos”) indique el camino a seguir, y mil y un maneras para defenderlo por vía del conocimiento. Más que un discurso de ingreso, una lección inaugural, este libro de Antonio Lazcano Araujo es una bitácora de navegaciones. Quede en ustedes su dedicada lectura.

Antonio Lazcano Araujo. La aparición de la vida: consiliencias y discordancias. Discurso de ingreso. México, El Colegio Nacional, 2014. 

(4/noviembre/2015)

miércoles, 24 de febrero de 2016

Fervor e inteligencia

Ulises Velázquez Gil

En Del inconveniente de haber nacido, E. M. Cioran profirió la siguiente sentencia: “Sólo Dios tiene el privilegio de abandonarnos. Los hombres únicamente pueden fallarnos”. Para los alcances del tiempo presente, la humanidad ha ido de falla en falla, buscando llenar la vacante dejada por un dios viajero, mediante el poder, el dinero, la religión inclusive; sin embargo, entre equívocos y desatinos, hay personajes que muestran una vía menos accidentada de seguir, sin pedirle cuentas a nadie, incluso a Dios.
En aras de significarse en sus propios hechos, digno es destacar la presencia de grandes mujeres, cuyos aportes y fuerza de voluntad se empeñan en derrumbar toda nomenclatura que las margine del tiempo o de su sociedad; para fortuna nuestra, sus seguidoras van en aumento, para desgracia ajena, aún esperan un reconocimiento justo.
En Dios se fue de viaje, la novelista Beatriz Rivas se ocupa, como en otras obras suyas, de notables mujeres cuya presencia suscita dudas, provoca polémicas y refrenda simpatías, sin importar la necedad del género masculino por minimizarlas hasta el último esfuerzo. Aún así, ellas ganan las batallas siguientes, donde no hay mucho que perder… o ganar.
Contada en dos tiempos paralelos, esta novela reúne a Émilie du Châtelet, científica y pensadora francesa del siglo XVIII, y a Gerda Taro, fotógrafa alemana de origen judío, en pleno siglo XX; ambas, a la par de significarse en sus propios hechos, conviven en franca armonía y recíproca enseñanza por parte de hombres como Voltaire y Robert Capa, en plena invención de sus personajes, y con la intención de sobrepasarlos por encima de todo. Como Gerda Taro, por ejemplo: Desde joven, Gerta Pohorylle tenía dos características: ser una arriesgada luchadora contra el totalitarismo y una gran actriz. Un don natural que utilizaba de forma sabia. Y ya que mencionamos este adjetivo, qué decir de Émilie du Châtelet: Vivía rodeada de libros, ante la mirada de desaprobación de su madre. Conocía a Tasso, Milton y Virgilio a la perfección. Comenzó a traducir La Eneída del latín y sabía, de memoria, varios pasajes de Horacio. Estudiaba todos los días, y a profundidad, un libro sobre el sistema solar. Leyó completa la Biblia, aunque no con interés religioso.
Primer rasgo en común: descreer de Dios. Tanto Gerda como Émilie creían que, de existir, no habría guerras de unos contra otros, ni mucho menos un género –el masculino– subyugaría al otro en afán de dominio y supremacía: […] Sentir que no hay un ser supremo que nos cuida, que nos protege, al que le podemos rezar y hasta pedir milagros, le causa mucha ansiedad a la mayoría de los seres humanos. […] Tantas preguntas sin respuesta, como qué pasa después de la muerte, nos enloquecen.
En cambio, Émilie sabía disfrutar lo mejor de los dos mundos: el del intelecto y el trivial. También, como mujer libre, elegía el destino y sus querencias. No por nada, su relación con Voltaire se nutría por duplicado: la búsqueda del conocimiento y los principios del placer carnal. Una Minerva –diosa al fin– en toda la extensión de la palabra.
Un segundo punto de encuentro entre la científica del siglo dieciocho y la fotógrafa aguerrida del veinte, es el constante afecto y apoyo hacia sus parejas en turno: Voltaire con Émilie, Gerda y Robert Capa. Aunque sendos caballeros se hallaban conscientes de su género, destino y experiencia, en algún momento se dejan de la mano de sus notables parejas; si aquel conocido adagio “Detrás de todo gran hombre hay una gran mujer” indica una condición irrebatible, Émilie y Gerda no sólo la cumplen sino que hasta la superan; la francesa, mientras acoge a Voltaire en el castillo de Cirey, realiza sus propios experimentos, da libre curso a sus arrebatos carnales y escribe tratados de altos vuelos intelectuales; por su parte, la judeo-alemana inventa a un nuevo personaje (Robert Capa) reinventándose ella misma, es decir, de la desvalida Gerta Pohorylle a la incendiaria Gerda Taro. En ambas persiste una pasión desmedida: Soy extrema, lo sabe, es necesario que lo ame con locura o que muera de dolor separándome de usted, así que le suplico una respuesta (Émilie). Lo quiero, he de decir que lo quiero. […] Y lo necesito cerca. Saberlo, sentirlo cerca. Compartir la intensidad con la que vive, respira, grita, ama. […] Sí, lo estoy amando demasiado, y eso me llena de miedo (Gerda).
Un tercero y último punto de encuentro fundamental en la novela está en los monólogos de las protagonistas, donde sus sentimientos están a flor de piel y se significan por sí mismos; aunque siglo y medio las separan, sus expectativas, pesares y el mismo acto de descreer de Dios, hablan bajo una sola voz. […] Una mujer que tampoco confíe en un Dios para que la salve o la dirija. Que no viva a la sombra de un hombre, ni siquiera por amor. […] Si ha de enamorarse, […] que lo haga de un hombre que crea en las mujeres como sus iguales. (Como si a una frase escrita por Émilie du Châtelet, el punto final o suspensivo se lo pusiera Gerda Taro.)
Cabe resaltar que en las novelas de Beatriz Rivas hay un recurso ineludible donde muchas inquietudes suyas salen a relucir: la conversación. Si en Viento amargo primó cierta mayéutica suscitada por Betsy Balcombe hacia Napoleón Bonaparte, y en Todas mis vidas posibles una dialéctica basada en la homonimia, Dios se fue de viaje no se queda atrás, puesto que se da una “conversación cruzada” entre Émilie du Châtelet y Robert Capa, Gerda Taro y Voltaire, por mediación de la lectura o por invocación del nombre. (Conversaciones al fin, ¿no creen?)
En suma, Dios se fue de viaje es una apuesta a favor de la vida, con sus afectos, búsquedas y deleites propios; aunque Émilie du Châtelet y Gerda Taro tuvieron finales trágicos, en el parto y en el frente de batalla (donde la muerte no conoce de plazos ni de encuentros), su fervor e inteligencia en pro de una vida libre de nomenclaturas, sirvan de ejemplo para salir avante en esa ardua y diaria guerra con las cosas, aún presente pese a décadas de avance paulatino, porque si Dios se tomó el privilegio de abandonar a la humanidad –retomando aquel aforismo de Cioran al principio de estas líneas–, antes de irse, según el Talmud, hizo algo extraordinario: darle mayor inteligencia a la mujer que al hombre.
Quede esta novela de Beatriz Rivas para comprobarlo a todas luces. Y el resto, desde luego, dependerá de ustedes, para bien, para mal. (Y aquí me detengo.)

Beatriz Rivas. Dios se fue de viaje. México, Alfaguara, 2014.

(23/septiembre/2015)

miércoles, 10 de febrero de 2016

Maravilla y aprendizaje

Ulises Velázquez Gil

En una escena de la película Lección de honor, el profesor William Hundert (protagonizado por Kevin Kline), luego de hacerle ver a sus alumnos la “inexistencia” de un personaje histórico, concluye muy convincente con las siguientes palabras: “toda ambición y conquista sin una contribución no tiene el menor significado”. Cada vida, en la medida de lo posible, se significa en sus propios hechos, pero sólo el tiempo se encarga de enmarcarle significado.
Para los alcances de una colección de libros ungidos la biografía, toda vida –sucedida en el vaivén del poder, del saber, del crear– digna es de interés. Y sus contribuciones y legados, claro está, quedan todavía por dar sus mejores conquistas. 
Javier Garciadiego, historiador de generosa e inteligente pluma (y próximo integrante de El Colegio Nacional, por cierto), se une a esta empresa con su biografía de uno de los escritores mexicanos más importantes de todos los tiempos, Alfonso Reyes, en espera de suscitar postrero interés tanto por una vida llena de claroscuros como por una obra prístina, a prueba de tiempo.
Dividida en cinco capítulos, Alfonso Reyes pasa revista por una vida interesante desde sus propios orígenes. Las presencias del padre y del hermano mayor, materia prima del primer y segundo capítulos, dan cuenta de un personaje a la vera de su propio significado; inclusive, en sus disparidades con su padre, el Gral. Bernardo Reyes, se nota un punto en común: Mas interesante aún resulta que el propio Reyes confesara que su vocación […] era una “inclinación congénita”. ¿En verdad heredó la vocación de su padre, el general Bernardo Reyes? ¿Era cierto que éste tenía un “inmenso temperamento literario soportado por las obligaciones militares y cívicas”? ¿Fue la literatura “su vocación no realizada”?
Entre el general Bernardo y el joven Alfonso, era evidente que el militar prefiriera ganar batallas con el peso de la espada, pero en el joven aquel sus grandes guerras siempre las enfrentó con otro tipo de espada, es decir, con la pluma. Dicha conducción se reflejó en su propia disyuntiva a la vera de encontrar su vocación. Si bien fueron descartados desde siempre los estudios médicos e ingenieriles, la única opción restante, las leyes, no le satisfacía del todo. Finalmente, y aunque su vocación era claramente humanista, aceptó estudiar para abogado “a falta de mejor cosa”, convencido de que esta profesión serviría de marco protector para el desarrollo de sus preferencias auténticas.
Para Alfonso Reyes, buscar su realización intelectual por el camino menos indicado, marcó distancia respecto de su padre y de su hermano Rodolfo, ambos, de proceder pasional; no se rebeló –al grado de inmolarse, como su padre en aquel 9 de febrero de 1913–, mucho menos se significó, igual que su hermano al integrarse al equipo de Victoriano Huerta. El camino de Reyes (Alfonso), por un ancho y ajeno mundo, habría de andarse a salto de mata.
Sobre los capítulos 3 y 4, tenemos un mismo hilo conductor: la experiencia exterior de Alfonso Reyes, desde los altibajos del periodismo hasta las vicisitudes de la diplomacia; afrontar circunstancias adversas, para aprender del tiempo presente. De traductor a destajo y periodista de tiempo completo, a embajador en Argentina y Brasil, pasando por París –¡dos veces!– y Madrid –bajo distintos amaneceres–, sus ansias de escritor se afirmaban, defendiendo hasta las últimas consecuencias su derecho a escribir. Antes –y más– que diplomático, Alfonso Reyes fue un escritor. Su principal actividad y su mayor legado no puede ser escamoteado. Es cierto que sus funciones diplomáticas redujeron sus labores literarias, también es cierto que ese respaldo laboral permitió […] dedicarse veinte años a la literatura, aunque fuera de tiempo compartido. […] Además de proveerlo de recursos económicos, la diplomacia permitió que la literatura de Reyes fuera cosmopolita, universalista. […] Se combinaron, afortunadamente, su rotunda vocación y su sentido de la responsabilidad. Es preciso reconocer que cumplir ambas actividades le provocó angustias, desvelos y hasta lágrimas.
Se dice que el camino que conduce mejor a la virtud, no es el más fácil de seguir, y para las intenciones de Reyes sacrificar su tiempo de escritura en pro de labores menos halagüeñas y exhaustivas hasta cierto punto, le otorgaría un capital de buenos tratos y gratas amistades. ¿Qué sería de la literatura Alfonsina sin el compromiso diplomático y la persistencia intelectual, cultivadas en sus misiones europea y americana? Mera acumulación de estrategias, supongo; dejemos que Garciadiego lo diga mejor: […] el escritor que por razones familiares había repudiado la política, se había convertido en un “consumado artífice del arte de la negociación”; además, resultó un analista “suspicaz” y un cronista de la vida política, cultural, económica y social con gran capacidad de observación.
Respecto al quinto y último capítulo, “Regreso y reencuentro”, Garciadiego muestra a Reyes en la más difícil de sus propias guerras: el regreso a México. Por fin acabarían sus peregrinajes, a cambio de un ingreso seguro y tiempo necesario para escribir, pero también con una mayor recompensa: el respeto de sus colegas y la admiración de sus nuevos lectores. Aún así, en él predominó la diplomacia, pero en el buen decir y en el correcto actuar, cualidades de un maestro eminente, demostradas pro entero en la Casa de España, El Colegio de México, y como uno de los padres fundadores de El Colegio Nacional, institución que ayudó a nacer desde la redacción de su reglamento interno. Su participación en este selectísimo grupo fue, más que un desagravio a un reconocimiento tardío, una auténtica consagración, sobre todo para un escritor que cinco años antes se lamentaba de ser un desconocido en su propio país. Igualmente consagratorio fue obtener, en 1945, el Premio Nacional de Literatura, cuarenta años después de haber publicado sus primeros versos.
En los veinte años restantes de su vida, Reyes leyó el mundo desde su Capilla llena de libros, entre los escritorios de su faceta burocrática, y hasta en los nuevos autores que seguían sus pasos y le pedían consejo y ayuda; Octavio Paz, Carlos Fuentes y Eraclio Zepeda, entre ellos. Sin embargo, Reyes debía un arreglo de cuentas consigo mismo: el pasado familiar y su afición por Grecia, principalmente, pero en la maravillosa idea de conjuntar sus Obras Completas, justipreciaría mejor una trayectoria interesante; por desgracia, sólo pudo completar diez tomos (de los 26, hoy en día), dejando en críticos y colegas –lectores, ambos– cuidar y completar ese legado.
En suma, Alfonso Reyes de Javier Garciadiego es un sencillo pero interesante comienzo para conocer a un personaje indispensable en la historia de México, aunque sus batallas nunca se ganaron a fuerza de armas, sino con la persistencia de las palabras; maravilla y aprendizaje de un escritor en busca de sí mismo, la obra de Alfonso Reyes todavía busca nuevos adeptos, para los cuales esta biografía será guía necesaria, pero el sendero a recorrer, después de todo, dependerá de su elección definitiva. (Que comience la travesía…)

Javier Garciadiego. Alfonso Reyes. México, Planeta DeAgostini, 2002. (Grandes Protagonistas de la Historia Mexicana)

(18/septiembre/2015)

miércoles, 27 de enero de 2016

Enfáticos y marginales

Ulises Velázquez Gil

Una de las canciones del músico argentino Coiffeur, de reciente visita a México, dice en una de sus partes: “La inercia y el movimiento/ son una gran mirada de soslayo”. En el panorama actual del ensayo mexicano contemporáneo, donde la supremacía del paper académico es evidente y hasta engorrosa, hacer un ensayo de divagación o sobre temas periféricos, quedan muy de lado… igual que la inercia y el movimiento.
            Ante esta panorámica que ciñe al ensayo bajo un corsé institucional, varios escritores contemporáneos de México recurrieron a un acto revolucionario por excelencia: volver a lo básico, a la noción original de ensayo, es decir, paseo.
En Contraensayo. Antología de ensayo mexicano actual, Vivian Abenshushan, ensayista a contracorriente, reúne doce ensayos de variopinta sustancia, donde su originalidad no reside en el número de citas a pie de página, sino en la manera desenfadada −y, por ende, persistente− con que sus autores abordan temas de interés sucedáneo. (Desde el prólogo, ya sabemos a qué atenernos…) La diferencia entre el productor de artículos y el ensayista es radical; es una diferencia estética, ética y si se quiere hasta espiritual. El primero aspira a renunciar a sí mismo; el segundo, en cambio, cree en la posibilidad, practicada por Montaigne, de convertirse finalmente en sí mismo. Uno se denigra en cuanto renuncia a sus propias ideas; el otro se engrandece por el simple hecho de asumir el riesgo de su formación interior. Ambición socrática del ensayo (tantas veces olvidada): conocerse a sí mismo. Y qué mejor manera para ello que conociendo algunas de las obsesiones e intereses de estos “doce escritores en pugna”.
“Fragmentos del desierto” de Guadalupe Nettel cuenta con una estructura casi aforística en cada párrafo; similar a la que Edmond Jabès practicó en toda su obra, aunque, a decir verdad, hay cierto guiño de esperanza, como se evidencia en el siguiente fragmento: El desierto es un extenso ejercicio de paciencia. Quien pretende cruzarlo debe adquirir el arte de la tolerancia. Difícilmente un viaje en el desierto es ajeno a la angustia y a la desesperación de sentirse perdido. A cambio, sin embargo, se nos ofrece una inagotable exhibición de belleza. En esta última frase podemos encontrar una de las finalidades del ensayo: exhibir la belleza, que no necesariamente debe proceder de un objeto incólume o exclusivo de élites y cúpulas de iniciados, sino original en cuanto a la manera de verlo; cala y cata, si suscribimos a Raymundo Ramos, donde queda a prueba su perspectiva.
Mientras Guillermo Espinosa Estrada traza su panegírico al inverosímil Johann Sebastian Mastropiero, Luigi Amara su historiografía de bolsillo sobre Kang Feng (eunuco en la China imperial) y Brenda Lozano, sus escalas para contar una Historia, Mayra Luna estalla contra los peligros de la traducción, Saúl Hernández se lanza en contra del gimnasio como paraíso estético, y Eduardo Huchín se vuelve un Bartleby ensayístico al negarse a citar textualmente, y de paso dar cachetada con guante blanco a los colegas que pican de ensayistas (o que se dejan ir como gorda en tobogán al creérselo): Después de escribir más de cien ensayos, alguien le preguntó a un ensayista cuál era la condición actual del ensayo. No supo qué responder. Escribía ensayos precisamente porque no sabía qué contestar en las entrevistas o en las pláticas de sobremesa; era su manera de construir una plática que no había tenido lugar. […] Entonces pensó: hablar sobre el ensayo en un ensayo es como hablar sobre el amor mientras se está enamorado: quedas al final como un idiota.
Quienes merecen mención aparte en esta antología son Nicolás Cabral, Verónica Gerber Bicecci y Rafael Lemus, quienes toman del mundo del arte otra manera de criticar y de reconstruir el tiempo presente; Cabral nos dice: La vanguardia establece el presente, pues es puro acto. […] En ella nada es verdadero, pues se ha legitimado lo falso: no el acontecimiento sino el simulacro, no la cosa sino la imagen, no el ser sino la apariencia. Para Gerber Bicecci, por el contrario: Quien cree en el azar cree en la locura, quien cree lo suficiente en el azar busca indicios en cualquier parte y se despega poco a poco […] Quien se sumerge en el azar descree del consenso que asume la destrucción de lo estabilizado como una excepción que confirma la regla y la fija. Entre vanguardias y azares, Lemus nos echa el cable a tierra con este anuncio: Alguien tendría que avisarles que ya no se trata de escribir graciosamente crítica de arte como si se hiciera el favor de legitimar las piezas al traducirlas a la jerga literaria. Se trata, de una vez y para siempre, de abrirse paso al mismo tiempo que las obras. Se trata, también, de colaborar.
Sobre José Israel Carranza –y sus empeños contra el tiempo− y Heriberto Yépez –con todo y su Yo acuso al ensayo−, confío que su sola lectura develará sus propias incógnitas. Tal vez el milagro de la relectura aquí aplique para ambos. (Al menos, para mí… Por ahora.)
En suma, Contraensayo es una declaración de principios y una nueva apuesta por un género a prueba de tiempo, donde el espíritu de Michel de Montaigne multiplique los paseos por la vida y nos haga descreer hasta de aquello que se piensa o se sostiene; gloriosa empresa de enfáticos y marginales a la busca del mejor de los mundos imposibles; por ello, nos dice Vivian Abenshushan, escribamos contraensayos: libres, anarquizantes, imprevisibles, en cambio continuo. Ensayos escritos a varias manos, en colaboración, tumultuosamente o en parejas. […] En el contraensayo es válido perderse […] sin renunciar, por eso, al pensamiento.
Después de todo, entre inercia y movimiento –regla y transgresión−, todo depende de una mirada de soslayo. A contracorriente, incluso. (Quede su lectura para comprobarlo, ¿no creen?)

Contraensayo. Antología de ensayo mexicano actual. Selección y prólogo de Vivian Abenshushan. México, UNAM-Dirección de Literatura, 2012.

(5/agosto/2015)

miércoles, 13 de enero de 2016

Volver a los viejos puertos

Ulises Velázquez Gil


En una de sus canciones más sonadas, la chilena Javiera Mena describe –de cierta forma– la labor del escritor: “Hay algo en tus reflexiones,/ me llevan a otro lado,/ […] un viaje en el tiempo”. Cada vez que leemos, sin duda nos transportamos hacia mundos apenas posibles gracias a la literatura, a la memoria, e incluso por el simple hecho de dejar crónica breve de momentos excepcionales.
Para Vicente Quirarte, dicha empresa es obligada escala en cada nuevo libro suyo, y en esta ocasión Fundada en el tiempo. Aires de varios instrumentos por la Ciudad de México funciona a manera de “resumen” de sus andanzas, donde pesan y bien más de treinta años de oficio literario.
Fundada en el tiempo se compone de cuatro secciones donde Quirarte consigna el ejercicio de varios géneros, entre la poesía, el cuento, el ensayo de largo aliento y el artículo periodístico (historia de lo inmediato, si seguimos a Renato Leduc); en todos ellos, predomina un amor de toda la vida a la Ciudad de México, sus lugares más entrañables: patrias del corazón, matria de palabras. En el departamento altos 1 de la casa marcada en el número 48 de la calle de Allende di mis primeros pasos, y posteriormente aquellos que condujeron a la pubertad y la adolescencia. Entre la Lagunilla y la zona del comercio mejor establecido, fui iniciado en el culto a lo que Efraín Huerta llamó “lo más hondo y verde de la vieja ciudad”. […] El mundo cupo durante algunos años entre pocas e intensas calles. […] Vivir primero, observar después, traducir posteriormente las piedras, la gente, los colores y olores de mi ciudad han sido obsesiones recurrentes.
En la primera sección, Quirarte hace una significativa selección de su obra poética, con énfasis al tema de la ciudad; desde Calle nuestra hasta Ciudad de seda, pasando por El peatón es asunto de la lluvia, la Ciudad de México late en cada verso, a guisa de bitácora de viaje por una urbe fugitiva y permanente, para asirse al recuerdo y a la pluma de sus protagonistas, sin importar la escala íntima de su poesía. Mañana te espera la ciudad./ Sus sentidos presienten/ el color de tu aliento,/ la emboscada de lujo de tus ojos,/ el compás de las piernas que sostienen/ tu cotidiano imperio./ Mañana la ciudad será tuya./ Te negará secretos,/ no te dirá su nombre ni tus mapas./ Mas paulatinamente, como el cuerpo/ añoso que el jardín recibe de bendición solar,/ hará de tu breve falda su bandera./ Mañana la ciudad será más joven,/ con tu sangre en sus venas/ y en el aire el perfume de tu nombre.// Cines antiguos que se caen de olvidados (“La Armada Invencible”), los secretos que guardan los protagonistas de los hoteles (“Jaboncito de hotel”), y hasta algunos retratos dedicados a maestros suyos y compañeros de viaje citadino, Rubén Bonifaz Nuño y César Rodríguez Chicharro, sin olvidar a Lesbia en blue jeans –mujer de recurrente presencia en la poética quirartiana– aparecen en su itinerario en espera de encontrar a la ciudad todavía joven, inmune ante el silencio.
Para la segunda sección, Quirarte conjuga dos mundos bastante familiares para él: las Letras que supo ganar a fuerza de conversar con la ciudad, y la Historia como herencia conquistada al paso de la vida. (Su padre, Martín Quirarte, historiador caballero, sembró en su hijo lapasión encendida la Historia de México.) Los cuentos reunidos en esta sección conjuntan lo mejor de ambos mundos. En “El enigma del otro”, la historia con mayúscula nos hace mencionar al poeta francés Arthur Rimbaud, mientras la petite histoire pinta su destino final en México; caso similar en “Octubre en el Museo del Chopo”, donde el exilio español y sus transterrados personajes son la música de fondo para una historia de amor, desarrollada tras el recinto de Santa María la Ribera. Por otro lado, “Pisar en el aire” da fe de una amistad que supera los embates de la vida cotidiana, donde la literatura y las carreras de resistencia por el Bosque de Chapultepec forjan el temple de dos futuros caballeros contra el monstruo del desánimo (hoy diríamos depresión) en la adolescencia.  Cada mañana elegía una ruta distinta, y cada día era mayor la distancia, la velocidad que alcanzaba. Correr en la madrugada era ser dueño de la ciudad. Le daba nombre, amanecía con ella. En mi casa, una vez que el cuerpo recuperaba su ritmo, el alma regresaba por lo suyo y otra vez la angustia. Entonces aprendí el significado de las palabras “Mañana, Todavía, Más tarde”, exorcismos que aparentemente no me ayudaban, pero me permitían llegar a mi siguiente ceremonia, a consumir la poderosa droga de la carrera, esa que me servía para entrar en la vida con el corazón a través de los sentidos.
En la tercera sección, “Enseres”, quienes hemos seguido la trayectoria de Vicente Quirarte nos encontramos con varios textos amigos, veintiún enseres para sobrevivir en la ciudad, objetos, lugares y personajes entrañables que reaparecen al paso de la lectura y nos maravillan como si fuese la primera vez que los leemos. Plumas fuente, portafolios, paraguas, gabardinas para entablar guerra con las cosas –como diría otra chilena ingeniosa y genial–; sacerdotisas del café con leche, muchachas que trabajan, restaurantes furtivos y hasta la presencia del poeta en el aeropuerto se unen al viaje interior del citadino en una urbe que se escapa de sus manos, donde José Emilio Pacheco recoge sus pasos y un joven Che Guevara se ganaba la vida como fotógrafo del Eje Central. Donde la lluvia, el puente de Nonoalco y las jacarandas en flor son remansos para el tiempo recobrado. Recorrerás tu calle y te hallarás de nuevo en medio de los objetos que, a fuerza de costumbre, te conocen; objetos que en tu casa, esa imaginaria ciudadela, intentan labrar su historia inexpugnable; objetos que, a la larga, son prestados y no habrás de llevarte. Y en esa casa te espera también tu compañera, esa bella ciudad que ya conoces, pero a donde vuelve con el asombro del primer descubrimiento.
La última parte de este libro, a diferencia de las anteriores, cuenta con un trasfondo autobiográfico más fuerte, empezando por “Aventuras para el Hombre Araña”, donde Quirarte, además de hacer una microhistoria del legendario personaje, pasa revista a sus propias vivencias, en justo paralelo de aprendizajes heroicos, aunque en casa un ferviente defensor de la historia mexicana se empecine en vedarle el acceso a las historietas: El primer enemigo del Hombre Araña fue mi padre. Ambos fueron los mejores amigos de la infancia. [...] Debido a que mi padre anatematizaba tanto la televisión como los dibujos en revistas, la prohibición nos condujo a la pasión. Su trabajo, como historiador, consistía en descifrar y desmitificar la vida de los héroes. Sus hijos nos afanábamos en explorar y mitificar las vidas ejemplares de los superhéroes.
Todo es historia, aseguraba con sabiduría un mago de la historia mexicana, Luis González y González, y Quirarte ha sabido seguir ese precepto, pues así como cuenta su microhistoria como hijo de historiador y lector de comics, también hace lo propio con la está detrás de las historietas, donde relucen nombres de innegable talento como Stan Lee y Jack Kirby, quienes dieron vida y colores a verdaderas leyendas del género, como Daredevil o el mismo Hombre Araña. Pero donde se conjugan historia con mayúsculas y minúsculas es en La familia Burrón, historieta creada por Gabriel Vargas y cuyos episodios semanales tienen una vigencia insuperable, y que mereció, amén de una significativa mención en “Aventuras para el Hombre Araña”, su propio texto, “Vida en familia”: Uno de los elementos que convierten a Vargas en auténtico artista […] es que en su crítica no se salva ninguna clase social. Del mismo modo en que exhibe las excentricidades de los de arriba, ilustra los ritos de los héroes del quinto patio, esos que en víspera la fiesta y para que no falte el parque que hizo pronunciar a nuestro general Anaya palabras inmortales, colocan cartones de cerveza en heroicas trincheras de seis metros de largo por dos de alto. Entre el Hombre Araña y los Burrón, también transitan por esta sección Benito Juárez y Ramón López Velarde, los cuales fueron artífices de su propia épica desde la trinchera de la palabra: en el discurso incendiario, en el verso franco, certero.
Con todo, Fundada en el tiempo resume treinta años de producción literaria de Vicente Quirarte, en constante movimiento y asegurando su propia estancia en las letras mexicanas, donde volver a los viejos puertos es grato, mientras la lectura nos entregue una mirada prístina, donde, retomando aquella canción de Javiera Mena, “hay algo en tus reflexiones,/ es como ves el alma,/ estás en la edad media/ de un viaje en el tiempo”.
Dentro de la bibliografía de Quirarte, entre Enseres para sobrevivir en la ciudad, Elogio de la calle y Amor de ciudad grande, esta antología prosigue su pasión por la vida y por una querencia inmutable –pese a los cambios impuestos por el gobierno en turno. Queda mucho por leer aún de su obra, y la gratitud lectora bien sabrá agradecerla. (¿A poco no?)

Vicente Quirarte. Fundada en el tiempo. Aires de varios instrumentos por la Ciudad de México. México, UNAM-Dirección de Literatura, 2014. (Antologías)

(27/julio/2015)

jueves, 31 de diciembre de 2015

Quince del quince

Ulises Velázquez Gil

Hace unos días, leí en mi cuenta de Twitter la impresión de una escritora especializada en recomendar libros en programas de radio, quien, enfática, dijo lo siguiente: “No, no les voy a dar la lista de los mejores libros. […] ¡Compren lo que les guste!” Y no es para menos, puesto que ante la presunción (pose, diríase) de los diarios y revistas empecinados en decirle al lector qué debe leer (y más cuando quienes elaboran esos listados, lo hicieron con el estómago que con el cerebro o el corazón), elegir lo que más nos plazca leer es mucho mejor que todas las listas políticamente correctas.
Cada año comparto con ustedes mi listado de quince libros que me hicieron grato el año; de la poesía al ensayo, pasando por la novela y dos que tres antologías necesarias de leer. Ahora que menciono la palabra necesaria, más de un colega me reprochará la omisión de las relecturas, y sí, me declaro culpable de ello, al menos en este listado. (En alguna entrega de “Las horas de mi agenda” les dedicaré tiempo y caracteres de computadora.)
Por ahora, quede aquí la evidencia de un lector omnívoro, siempre al tanto del librero de mi casa, la mesa de novedades y los obsequios de mis colegas presentes, pretéritos y futuros.

1) Conversaciones sobre Historia: Silvio Zavala. A fin de homenajear a su integrante más distinguido, El Colegio de México reúne en este volumen varias entrevistas realizadas a este historiador, que se complementan con dos ensayos suyos en torno al quehacer historiográfico. Para conocerlo de primera fuente.
2) Históricas pequeñeces. Vertientes narrativas en Ramón López Velarde (Juan Villoro) Breve en extensión, y bajo el amparo del discurso de ingreso (o lección inaugural), nos lleva de la mano por la presencia de la obra de Ramón López Velarde en la narrativa mexicana del siglo XX; maravilloso acercamiento a una vida y a una obra interesante y acertada.
3) A hurtadillas (Diana Ramírez Luna) Volumen de cuentos donde se evidencia el talento consumado de una joven narradora, que en aras de asir el tiempo y definirse en sus propias letras, nos entrega una prosa sencilla y bien cuidada; aunque breve en extensión y tamaño, todavía le quedan brechas por abrir. Sin duda.
4) Solsticio de infarto (Jorge F. Hernández) Volumen abundante en justos retratos, miradas al margen del día presente, remembranzas desinteresadas, donde se confirma a cada párrafo que la amistad a primera vista sí existe, y que la vida se lee a cada instante.
5) Octubre. Hay un cielo que baja y es el cielo (Nadia Escalante Andrade) Bitácora de viaje, aparte de llevarnos por senderos inusitados a nuestra vista, este poemario funciona como testimonio y celebración: para la vida que se fue tras de un recuerdo, por el tiempo en aras de recobrarse.
6) Eterno retorno (Horacio Saavedra) Cinco siglos, cuatro generaciones y tres mujeres unidas en una sola, con la misión de restablecer el orden con un romance se abrió al tiempo, a una vida que, aunque parezca mentira, lleva en sí el influjo de otras tantas por conocer.
7) Tacones en el armario (Mónica Soto Icaza) Con dos tacones, hay vidas que se nos escapan de las manos, pero la protagonista de esta novela nos demuestra que su historia es tan suya como nuestra, porque ante el desconcierto y la duda, queda la risa, el humor, para hacerles frente.
8) Fundada en el tiempo (Vicente Quirarte) Treinta años de vivir la Ciudad de México se resumen en esta antología donde la poesía, el cuento y el ensayo develan en el lector la maravilla que fue una ciudad donde el tiempo se reconstruía a cada instante; más que réquiem por una urbe invisible, un canto de amor contra el olvido. 
9) Conjunto vacío (Verónica Gerber Bicecci) Viaje interior, (des)encuentro con el pasado, desconfianza ante el presente: entre claves autobiográficas y una lectura minuciosa de los sucesos que ve, la protagonista, en aras de significarse, cuestiona toda razón sobre su presencia en este tiempo, donde, después de todo, lo único verdadero es la duda.
10) Dios se fue de viaje (Beatriz Rivas) Dos vidas al límite del tiempo, entre el conocimiento y la imagen: Émilie du Châtelet y Gerda Taro. A la vera de la Historia, entre amores apasionados y posturas por defender, al final ambas coinciden en algo: que si Dios anda de paseo, sus propias vidas no entienden de itinerarios.
11) Ciudades sitiadas (Johanna Lozoya) En el arte se concentran los intereses y las obsesiones de una cultura presente, pretérita y futura, pero cuando se trata de la arquitectura predominante de una época, no faltarán polémicas por enfrentar; para entender mejor los equívocos de los centenarios de 2010.
12) Apuntes al reverso de papeles diversos (Atenea Cruz) Cada objeto, se dice, lleva detrás de sí una historia no contada; para las intenciones de esta plaquette son precisamente las historias suscitadas en paralelo a los objetos quienes cuentan una historia diferente, a salvo del tiempo que se empeña en olvidarlo, callarlo todo.
13) Estampas (Antonio Alatorre) Para un autor que dispersó maravillas en revistas y papers académicos, este volumen es un justo homenaje, de frente y de perfil, hacia maestros y colegas; retratos escritos desde la admiración y en busca de la verdad, sin caer en clasificaciones escuetas ni exageradas. 
14) En torno al español hablado en México (Ángel María Garibay) En estos tiempos, donde la ortografía es un tema a continuo debate, esta antología de artículos periodísticos nos dará mejores argumentos tanto para descifrar las razones de una palabra como para evidenciar el equívoco influjo de una frase ordinaria. 
15) Escritos a mano (Esther Seligson) Prueba de vida de una escritora empeñada en leer el mundo y sus constantes impresiones, reúne notas de viaje, diarios personales y poesía en todas sus formas, con el afán de resumir una búsqueda y un aprendizaje; antología póstuma de su autora, sus palabras aún resuenan en el tiempo como si apenas se hubieran escrito.

En espera de que 2016 nos agarre con un libro en la mano, reciban mis mejores deseos y por aquí seguiremos, haciendo ruido entre las horas de mi agenda, tras una marcha de las letras.
(¡Muchas gracias a ustedes!)

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Breviario de presencias

Ulises Velázquez Gil

Si una misma cosa me gusta hacer cuando voy tanto a las librerías como a las tiendas de discos, es, sin duda, comprar una antología (un Best Of, en música) del personaje que me interese en ese momento. Para los alcances que tiene la literatura, contar con una antología a la mano resume dos cuestiones: por un lado, es la puerta de entrada a los intereses y obsesiones de un autor, y, por el otro, resume una vida y las aristas que la conforman. Sea por el propio autor o por un crítico generoso y lector acucioso, siempre es un placer acercarse a una antología.
Para el caso de Rubén Bonifaz Nuño, ambos casos aplican en cuanto a este volumen de Ensayos (tercero de cuatro tomos que conforman su Antología general), donde podemos descubrir cuáles fueron los intereses y las obsesiones de un escritor con un oficio poético a prueba de tiempo, atento a otras manifestaciones del ser humano, como el arte y la cultura, a la par de responderse las preguntas fundamentales: ¿qué, quién, cuándo, dónde, por qué?
Ensayos se conforma por trece partes, entre prólogos, discursos y colaboraciones para libros colectivos y catálogos de arte. Para los lectores de la obra de Rubén Bonifaz Nuño, contar con un libro de esta naturaleza permite conocerlo de cuerpo entero, de estar al tanto de sus travesías (si así podemos denominarlas) vistas bajo el tamiz de la reincidencia. Pero vayamos por partes.
Abren el libro sendos discursos de ingreso a instituciones insignes como la Academia Mexicana de la Lengua y El Colegio Nacional, donde Bonifaz Nuño compartió algo de su saber, o por lo menos de sus impresiones encontradas en ese empeño; para el caso de la Academia, “Destino del canto” es una profesión de fe: No quiero disimular, no podría disimularlo aunque quisiera, el orgullo que siento al estar entre ustedes. No sé cuáles puedan ser los merecimientos que tenga yo para haberlo conseguido. Acaso, más que los que provienen de mi decidida vocación por las letras, sean los que se fundan en mi buena suerte de que me ampare la estimación de mis maestros. En todo caso, me enorgullezco profundamente de la obligación a que en adelante estaré sujeto, y de la que intentaré ser digno con todo el esfuerzo de que soy capaz.
Aquí se conjuntan tres palabras importantes para Bonifaz Nuño: vocación, estimación, obligación. Para la primera, la palabra escrita es el mejor medio para expresar muchas inquietudes; en la segunda, muchas de las cosas que somos se deben gracias a que generosos e inteligentes maestros han sabido conducirnos por la vida en todas sus formas, y respecto a la última, una toral misión para y con el tiempo presente, sin importar la forma. Y como en Bonifaz Nuño la poesía siempre aparece, dejemos que este fragmento hable por sí mismo: […] buscar en la poesía de las dos principales colectividades de que provenimos, en la de los latinos y la de los nahuas, particularmente, algunas señales que nos ayuden a encontrar un rumbo definido que supere la situación, tan confusa a veces, en que se mueven nuestras letras actuales.
Si seguimos el conocido adagio Nada humano me es ajeno, Bonifaz Nuño siempre buscó una respuesta equilibrada en el conocimiento de la cultura grecolatina y en el estudio de la cultura prehispánica, en aras de justipreciar nuestra presencia, como se evidencia en “La fundación de la ciudad”, primera lección como nuevo integrante de El Colegio Nacional, donde prosigue el sendero trazado en “Destino del canto”: […] El hombre camina, guiado por la raíz de una visión, hacia algo que existe y que se le ha dicho que gracias a él existirá. Atraviesa por entre guerras y amores y enfermedades; es acosado por los poderes muchas veces incomprensibles del mundo exterior; va dejando en la ruta, como señales de su paso, a quienes, más débiles en el cuerpo o en el alma, no han mantenido en su interior el impulso necesario para llegar. ¿Llegar a dónde? Y esta pregunta última, la que quiere la finalidad misma del camino, es la interrogación fundamental, aquella cuya respuesta pueda acaso ser válida para iluminarnos en algo, aún ahora; para aclarar en alguna manera el posible significado profundo de la existencia.
En ese sendero a seguir, es inevitable encontrarnos a otros viandantes de la palabra, como Horacio, Propercio, Eurípides y Píndaro, cuya experiencia (traducida en primer plano por Bonifaz Nuño, y suscrita en los prólogos aquí incluidos) nos recuerda que las pasiones humanas, pese a que nos superan en intensidad, sólo se sobrellevan si encontramos en ellas una toma de conciencia necesaria para salir avante.
Una manera de reconocerse en pleno, según la experiencia de Rubén Bonifaz Nuño, es la confrontación con el arte en su forma más pura, es decir, con la obra misma. A este respecto, contamos con dos textos: “Lectura iconográfica” y, desde luego, su pletórico ensayo sobre la Coatlicue. Condición del ser humano es su curiosidad. La incesante capacidad de hacer preguntas y de buscar respuestas. Tales preguntas y respuestas tienen, en la raíz, dos asuntos: el ser humano mismo y el mundo en el cual se incluye. (El mundo escrito y el mundo no escrito, si apelamos a una expresión de Italo Calvino.)
Para responder a esas interrogantes, el autor busca hacerlo de la mejor manera que le es posible: desde su propia experiencia, y desde la escultura que más mella ha hecho en su vida, la Coatlicue, con la que se prodiga en exhaustivas descripciones, las cuales no le parecerán suficientes; y no es para menos, pues para Bonifaz Nuño todo empeño por innovar no se quedaba en la primera impresión, sino en el afán de ir dos pasos más adelante. (Si en poesía esto es asignatura obligatoria, en su prosa el riesgo va por partida doble.)
Cierra este volumen un “Resumen y balance”, aquella entrevista que le hiciera Marco Antonio Campos, colega y amigo (de semejantes y filológicas andanzas que el propio Bonifaz), a guisa de pequeña autobiografía y, si se quiere, hasta de preceptiva poética para aquellos que desean entregar su vida a las letras. Cuando uno empieza a escribir, no es tan importante el deseo de expresar un sentimiento […] un poema se construye, o yo lo construyo al menos, alrededor del sonido de una palabra, que va llamando a otras, cuyas vocales y consonantes lo apoyan o lo contradicen y que componen en conjunto una expresión efectiva. Y llamo expresión efectiva lo contrario del lugar común.
En suma, la lectura de estos Ensayos nos muestra de primera fuente a un escritor en constante búsqueda –tanto de los orígenes de la cultura de la sociedad como de sí mismo−, que nunca se permitió medias tintas en cuanto a buscar una expresión propia, prístina, a prueba de tiempo; breviario de presencias al encuentro con un lector ávido de respuestas, en aras de encontrar su vero lugar en el mundo, lo cual, cabe decirlo, nos llevará un buen tramo de vida, y mientras persista ese empeño, quede la sabia guía de Rubén Bonifaz Nuño en esta antología, donde la última palabra casi siempre es la primera de todas. (Así sea.)

Rubén Bonifaz Nuño. Ensayos. Selección de Pável Granados y César Arenas. México, UNAM/ Gato Negro, 2009. (Antología general, 3)

(10/junio/2015)

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Navegar en el instante

Ulises Velázquez Gil

En el poema con que cierra la Summa de Maqroll el gaviero, Álvaro Mutis lanza al aire una ancestral duda: “Pienso a veces/ que ha llegado la hora de callar…” No en pocas ocasiones nos vemos tentados a suscribir aquel deseo, pero al final se queda en mera intención. Para el caso de la poesía, esta duda se duplica y la única manera de vencerla es, por supuesto, mediante la escritura. Del bosquejo a la versión definitiva, el camino para ello aparecerá ante nuestra vista, con su propio mapa de ruta, que dista de otros harto conocidos.
En Octubre. Hay un cielo que baja y es el cielo, Nadia Escalante Andrade sale al encuentro con la palabra y con el silencio, y nos entrega catorce postales de viaje, donde nada se da por visto; catorce itinerarios por la poesía, a la espera de ganarle al tiempo en muchas partidas que declaramos perdidas de antemano, en esa guerra con las cosas que todo escritor entabla durante una vida de creación. Toco el margen de las cosas,/ sus espinas ocultas a la vista:/ la savia que las recorre es otro cielo,/ se va nublando como si creciera y, sin llover,/ nos inundara.
Octubre se compone siete secciones –diríase geografías, si la licencia me alcanza para ello– donde la autora se cuestiona las cosas, repasa su memoria y, a ratos, juega con los tiempos que su mirada observa detenidamente en discreto espionaje, describe otras maneras de navegar y descubre caminos accesibles al avance de las palabras. En cada sección predomina un determinado elemento, que se trasmina en todos los poemas incluidos. Por ejemplo, el aire. Mientras observo la tarde entreabrirse,/el cielo –dolorosamente quieto– se rinde en mutaciones./ Es un mar visto desde abajo,/ concentrándose./ Cruzan los pájaros y cortan el celaje ensimismado,/ su vuelo es otra forma del ahogo. Y, sin esperarlo siquiera, en otro poema el aire se vuelve agua: […] Parecía que el agua inundaba la calle, pero no los recipientes./ El aire, en cambio, entraba más fuerte en los pulmones,/ y era más aire que el aire de la casa,/ era como agua que no se decidía/ a llenarnos por dentro,/ y se derramaba por los brazos, humedecía la ropa/ y resbalaba a los pies como una sombra. (Si para Nadia Escalante el mar sí es el cielo, y viceversa, seguramente la paloma de Serrat no se hubiera equivocado del todo. Apreciaciones aparte.)
Entre su travesía de ida y vuelta por geografías de agua y aire, cabe resaltar el encuentro de la autora con diversos seres y objetos que suscitan su curiosidad, integrándose a esa bitácora no oficial que, por decir un nombre, llamamos poesía. Las filigranas sobre una araña o un árbol, la vida que se deshace y se rehace en la festividad de Todos Santos, y hasta en la destellante religiosidad de un tendero antes de vender una cocacola, develan un engranaje secreto del tiempo, una franqueza con que las cosas nos hablan. Va una muestra: Al sol grita la telaraña todos sus colores,/ guarda en la noche el silencio de las fortalezas. […] Atenta al centro, desde las orillas, la araña espera;/ firme en el hilo, no cae en su propia trampa.
En otras partes de Octubre hay guiños de ojo a geografías poéticas ya creadas por Carlos Pellicer o descritas por José Luis Rivas (de seguro por el agua y la voluntad del poeta a ser un pequeño dios), pero en “Puerta que mira al mar”, hasta el José Gorostiza de Canciones para cantar en las barcas se hace notar: Pescador en el muelle,/ pendiente de un sedal/ lanzaste hacia las olas/ tu corazón. […] Sonríes, pescador,/ traes ondeando/ el latido del mar/ a la casa que espera. Pero en aras de ejercer su propio ministerio del viento, Nadia Escalante saluda con respeto a sus precursores y después se despide de ellos para inscribir su propia trayectoria, donde estos versos funcionan como su profesión de fe: Darle forma a la materia es despertarla,/ moldearla como a un fruto nuevo/ concentrándola en sí misma;/ en mis manos/ se abre el cuerpo de la tierra, la mirada del sol,/ la templanza del agua y el rigor del crecimiento; […], y al final, como en toda incursión por senderos poco familiares a nuestra lectura, Abrir el agujero, tirar la semilla, cubriela./ La tierra nos eligió como sus sembradores./ Y la tierra lo haría todo.
En suma, Octubre. Hay un cielo que baja y es el cielo confirma un consumado oficio poético (vislumbrado previamente en Adentro no se abre el silencio, su primera plaquette), el cual nos lleva de la mano por lugares inmunes al tiempo, pletóricos de luz en todos los sentidos; cada vez que un  libro de poesía cae en nuestras manos, es inevitable navegar en el instante, encontrar otra senda hacia el mejor de los mundos imposibles, y en ello Nadia Escalante Andrade nos lleva una considerable delantera, porque, como en el poema de Mutis, “el silencio sería entonces/ un premio desmedido,/ una gracia inefable/ que no creo haber ganado todavía”. Quede aquí su generosa y dedicada lectura. (Así sea.)

Nadia Escalante Andrade. Octubre. Hay un cielo que baja y es el cielo. México, Textofilia/ Ayuntamiento de Mérida, Yucatán, 2014. (Lumía, 30)

(8/abril/2015)