miércoles, 24 de febrero de 2016

Fervor e inteligencia

Ulises Velázquez Gil

En Del inconveniente de haber nacido, E. M. Cioran profirió la siguiente sentencia: “Sólo Dios tiene el privilegio de abandonarnos. Los hombres únicamente pueden fallarnos”. Para los alcances del tiempo presente, la humanidad ha ido de falla en falla, buscando llenar la vacante dejada por un dios viajero, mediante el poder, el dinero, la religión inclusive; sin embargo, entre equívocos y desatinos, hay personajes que muestran una vía menos accidentada de seguir, sin pedirle cuentas a nadie, incluso a Dios.
En aras de significarse en sus propios hechos, digno es destacar la presencia de grandes mujeres, cuyos aportes y fuerza de voluntad se empeñan en derrumbar toda nomenclatura que las margine del tiempo o de su sociedad; para fortuna nuestra, sus seguidoras van en aumento, para desgracia ajena, aún esperan un reconocimiento justo.
En Dios se fue de viaje, la novelista Beatriz Rivas se ocupa, como en otras obras suyas, de notables mujeres cuya presencia suscita dudas, provoca polémicas y refrenda simpatías, sin importar la necedad del género masculino por minimizarlas hasta el último esfuerzo. Aún así, ellas ganan las batallas siguientes, donde no hay mucho que perder… o ganar.
Contada en dos tiempos paralelos, esta novela reúne a Émilie du Châtelet, científica y pensadora francesa del siglo XVIII, y a Gerda Taro, fotógrafa alemana de origen judío, en pleno siglo XX; ambas, a la par de significarse en sus propios hechos, conviven en franca armonía y recíproca enseñanza por parte de hombres como Voltaire y Robert Capa, en plena invención de sus personajes, y con la intención de sobrepasarlos por encima de todo. Como Gerda Taro, por ejemplo: Desde joven, Gerta Pohorylle tenía dos características: ser una arriesgada luchadora contra el totalitarismo y una gran actriz. Un don natural que utilizaba de forma sabia. Y ya que mencionamos este adjetivo, qué decir de Émilie du Châtelet: Vivía rodeada de libros, ante la mirada de desaprobación de su madre. Conocía a Tasso, Milton y Virgilio a la perfección. Comenzó a traducir La Eneída del latín y sabía, de memoria, varios pasajes de Horacio. Estudiaba todos los días, y a profundidad, un libro sobre el sistema solar. Leyó completa la Biblia, aunque no con interés religioso.
Primer rasgo en común: descreer de Dios. Tanto Gerda como Émilie creían que, de existir, no habría guerras de unos contra otros, ni mucho menos un género –el masculino– subyugaría al otro en afán de dominio y supremacía: […] Sentir que no hay un ser supremo que nos cuida, que nos protege, al que le podemos rezar y hasta pedir milagros, le causa mucha ansiedad a la mayoría de los seres humanos. […] Tantas preguntas sin respuesta, como qué pasa después de la muerte, nos enloquecen.
En cambio, Émilie sabía disfrutar lo mejor de los dos mundos: el del intelecto y el trivial. También, como mujer libre, elegía el destino y sus querencias. No por nada, su relación con Voltaire se nutría por duplicado: la búsqueda del conocimiento y los principios del placer carnal. Una Minerva –diosa al fin– en toda la extensión de la palabra.
Un segundo punto de encuentro entre la científica del siglo dieciocho y la fotógrafa aguerrida del veinte, es el constante afecto y apoyo hacia sus parejas en turno: Voltaire con Émilie, Gerda y Robert Capa. Aunque sendos caballeros se hallaban conscientes de su género, destino y experiencia, en algún momento se dejan de la mano de sus notables parejas; si aquel conocido adagio “Detrás de todo gran hombre hay una gran mujer” indica una condición irrebatible, Émilie y Gerda no sólo la cumplen sino que hasta la superan; la francesa, mientras acoge a Voltaire en el castillo de Cirey, realiza sus propios experimentos, da libre curso a sus arrebatos carnales y escribe tratados de altos vuelos intelectuales; por su parte, la judeo-alemana inventa a un nuevo personaje (Robert Capa) reinventándose ella misma, es decir, de la desvalida Gerta Pohorylle a la incendiaria Gerda Taro. En ambas persiste una pasión desmedida: Soy extrema, lo sabe, es necesario que lo ame con locura o que muera de dolor separándome de usted, así que le suplico una respuesta (Émilie). Lo quiero, he de decir que lo quiero. […] Y lo necesito cerca. Saberlo, sentirlo cerca. Compartir la intensidad con la que vive, respira, grita, ama. […] Sí, lo estoy amando demasiado, y eso me llena de miedo (Gerda).
Un tercero y último punto de encuentro fundamental en la novela está en los monólogos de las protagonistas, donde sus sentimientos están a flor de piel y se significan por sí mismos; aunque siglo y medio las separan, sus expectativas, pesares y el mismo acto de descreer de Dios, hablan bajo una sola voz. […] Una mujer que tampoco confíe en un Dios para que la salve o la dirija. Que no viva a la sombra de un hombre, ni siquiera por amor. […] Si ha de enamorarse, […] que lo haga de un hombre que crea en las mujeres como sus iguales. (Como si a una frase escrita por Émilie du Châtelet, el punto final o suspensivo se lo pusiera Gerda Taro.)
Cabe resaltar que en las novelas de Beatriz Rivas hay un recurso ineludible donde muchas inquietudes suyas salen a relucir: la conversación. Si en Viento amargo primó cierta mayéutica suscitada por Betsy Balcombe hacia Napoleón Bonaparte, y en Todas mis vidas posibles una dialéctica basada en la homonimia, Dios se fue de viaje no se queda atrás, puesto que se da una “conversación cruzada” entre Émilie du Châtelet y Robert Capa, Gerda Taro y Voltaire, por mediación de la lectura o por invocación del nombre. (Conversaciones al fin, ¿no creen?)
En suma, Dios se fue de viaje es una apuesta a favor de la vida, con sus afectos, búsquedas y deleites propios; aunque Émilie du Châtelet y Gerda Taro tuvieron finales trágicos, en el parto y en el frente de batalla (donde la muerte no conoce de plazos ni de encuentros), su fervor e inteligencia en pro de una vida libre de nomenclaturas, sirvan de ejemplo para salir avante en esa ardua y diaria guerra con las cosas, aún presente pese a décadas de avance paulatino, porque si Dios se tomó el privilegio de abandonar a la humanidad –retomando aquel aforismo de Cioran al principio de estas líneas–, antes de irse, según el Talmud, hizo algo extraordinario: darle mayor inteligencia a la mujer que al hombre.
Quede esta novela de Beatriz Rivas para comprobarlo a todas luces. Y el resto, desde luego, dependerá de ustedes, para bien, para mal. (Y aquí me detengo.)

Beatriz Rivas. Dios se fue de viaje. México, Alfaguara, 2014.

(23/septiembre/2015)

miércoles, 10 de febrero de 2016

Maravilla y aprendizaje

Ulises Velázquez Gil

En una escena de la película Lección de honor, el profesor William Hundert (protagonizado por Kevin Kline), luego de hacerle ver a sus alumnos la “inexistencia” de un personaje histórico, concluye muy convincente con las siguientes palabras: “toda ambición y conquista sin una contribución no tiene el menor significado”. Cada vida, en la medida de lo posible, se significa en sus propios hechos, pero sólo el tiempo se encarga de enmarcarle significado.
Para los alcances de una colección de libros ungidos la biografía, toda vida –sucedida en el vaivén del poder, del saber, del crear– digna es de interés. Y sus contribuciones y legados, claro está, quedan todavía por dar sus mejores conquistas. 
Javier Garciadiego, historiador de generosa e inteligente pluma (y próximo integrante de El Colegio Nacional, por cierto), se une a esta empresa con su biografía de uno de los escritores mexicanos más importantes de todos los tiempos, Alfonso Reyes, en espera de suscitar postrero interés tanto por una vida llena de claroscuros como por una obra prístina, a prueba de tiempo.
Dividida en cinco capítulos, Alfonso Reyes pasa revista por una vida interesante desde sus propios orígenes. Las presencias del padre y del hermano mayor, materia prima del primer y segundo capítulos, dan cuenta de un personaje a la vera de su propio significado; inclusive, en sus disparidades con su padre, el Gral. Bernardo Reyes, se nota un punto en común: Mas interesante aún resulta que el propio Reyes confesara que su vocación […] era una “inclinación congénita”. ¿En verdad heredó la vocación de su padre, el general Bernardo Reyes? ¿Era cierto que éste tenía un “inmenso temperamento literario soportado por las obligaciones militares y cívicas”? ¿Fue la literatura “su vocación no realizada”?
Entre el general Bernardo y el joven Alfonso, era evidente que el militar prefiriera ganar batallas con el peso de la espada, pero en el joven aquel sus grandes guerras siempre las enfrentó con otro tipo de espada, es decir, con la pluma. Dicha conducción se reflejó en su propia disyuntiva a la vera de encontrar su vocación. Si bien fueron descartados desde siempre los estudios médicos e ingenieriles, la única opción restante, las leyes, no le satisfacía del todo. Finalmente, y aunque su vocación era claramente humanista, aceptó estudiar para abogado “a falta de mejor cosa”, convencido de que esta profesión serviría de marco protector para el desarrollo de sus preferencias auténticas.
Para Alfonso Reyes, buscar su realización intelectual por el camino menos indicado, marcó distancia respecto de su padre y de su hermano Rodolfo, ambos, de proceder pasional; no se rebeló –al grado de inmolarse, como su padre en aquel 9 de febrero de 1913–, mucho menos se significó, igual que su hermano al integrarse al equipo de Victoriano Huerta. El camino de Reyes (Alfonso), por un ancho y ajeno mundo, habría de andarse a salto de mata.
Sobre los capítulos 3 y 4, tenemos un mismo hilo conductor: la experiencia exterior de Alfonso Reyes, desde los altibajos del periodismo hasta las vicisitudes de la diplomacia; afrontar circunstancias adversas, para aprender del tiempo presente. De traductor a destajo y periodista de tiempo completo, a embajador en Argentina y Brasil, pasando por París –¡dos veces!– y Madrid –bajo distintos amaneceres–, sus ansias de escritor se afirmaban, defendiendo hasta las últimas consecuencias su derecho a escribir. Antes –y más– que diplomático, Alfonso Reyes fue un escritor. Su principal actividad y su mayor legado no puede ser escamoteado. Es cierto que sus funciones diplomáticas redujeron sus labores literarias, también es cierto que ese respaldo laboral permitió […] dedicarse veinte años a la literatura, aunque fuera de tiempo compartido. […] Además de proveerlo de recursos económicos, la diplomacia permitió que la literatura de Reyes fuera cosmopolita, universalista. […] Se combinaron, afortunadamente, su rotunda vocación y su sentido de la responsabilidad. Es preciso reconocer que cumplir ambas actividades le provocó angustias, desvelos y hasta lágrimas.
Se dice que el camino que conduce mejor a la virtud, no es el más fácil de seguir, y para las intenciones de Reyes sacrificar su tiempo de escritura en pro de labores menos halagüeñas y exhaustivas hasta cierto punto, le otorgaría un capital de buenos tratos y gratas amistades. ¿Qué sería de la literatura Alfonsina sin el compromiso diplomático y la persistencia intelectual, cultivadas en sus misiones europea y americana? Mera acumulación de estrategias, supongo; dejemos que Garciadiego lo diga mejor: […] el escritor que por razones familiares había repudiado la política, se había convertido en un “consumado artífice del arte de la negociación”; además, resultó un analista “suspicaz” y un cronista de la vida política, cultural, económica y social con gran capacidad de observación.
Respecto al quinto y último capítulo, “Regreso y reencuentro”, Garciadiego muestra a Reyes en la más difícil de sus propias guerras: el regreso a México. Por fin acabarían sus peregrinajes, a cambio de un ingreso seguro y tiempo necesario para escribir, pero también con una mayor recompensa: el respeto de sus colegas y la admiración de sus nuevos lectores. Aún así, en él predominó la diplomacia, pero en el buen decir y en el correcto actuar, cualidades de un maestro eminente, demostradas pro entero en la Casa de España, El Colegio de México, y como uno de los padres fundadores de El Colegio Nacional, institución que ayudó a nacer desde la redacción de su reglamento interno. Su participación en este selectísimo grupo fue, más que un desagravio a un reconocimiento tardío, una auténtica consagración, sobre todo para un escritor que cinco años antes se lamentaba de ser un desconocido en su propio país. Igualmente consagratorio fue obtener, en 1945, el Premio Nacional de Literatura, cuarenta años después de haber publicado sus primeros versos.
En los veinte años restantes de su vida, Reyes leyó el mundo desde su Capilla llena de libros, entre los escritorios de su faceta burocrática, y hasta en los nuevos autores que seguían sus pasos y le pedían consejo y ayuda; Octavio Paz, Carlos Fuentes y Eraclio Zepeda, entre ellos. Sin embargo, Reyes debía un arreglo de cuentas consigo mismo: el pasado familiar y su afición por Grecia, principalmente, pero en la maravillosa idea de conjuntar sus Obras Completas, justipreciaría mejor una trayectoria interesante; por desgracia, sólo pudo completar diez tomos (de los 26, hoy en día), dejando en críticos y colegas –lectores, ambos– cuidar y completar ese legado.
En suma, Alfonso Reyes de Javier Garciadiego es un sencillo pero interesante comienzo para conocer a un personaje indispensable en la historia de México, aunque sus batallas nunca se ganaron a fuerza de armas, sino con la persistencia de las palabras; maravilla y aprendizaje de un escritor en busca de sí mismo, la obra de Alfonso Reyes todavía busca nuevos adeptos, para los cuales esta biografía será guía necesaria, pero el sendero a recorrer, después de todo, dependerá de su elección definitiva. (Que comience la travesía…)

Javier Garciadiego. Alfonso Reyes. México, Planeta DeAgostini, 2002. (Grandes Protagonistas de la Historia Mexicana)

(18/septiembre/2015)

miércoles, 27 de enero de 2016

Enfáticos y marginales

Ulises Velázquez Gil

Una de las canciones del músico argentino Coiffeur, de reciente visita a México, dice en una de sus partes: “La inercia y el movimiento/ son una gran mirada de soslayo”. En el panorama actual del ensayo mexicano contemporáneo, donde la supremacía del paper académico es evidente y hasta engorrosa, hacer un ensayo de divagación o sobre temas periféricos, quedan muy de lado… igual que la inercia y el movimiento.
            Ante esta panorámica que ciñe al ensayo bajo un corsé institucional, varios escritores contemporáneos de México recurrieron a un acto revolucionario por excelencia: volver a lo básico, a la noción original de ensayo, es decir, paseo.
En Contraensayo. Antología de ensayo mexicano actual, Vivian Abenshushan, ensayista a contracorriente, reúne doce ensayos de variopinta sustancia, donde su originalidad no reside en el número de citas a pie de página, sino en la manera desenfadada −y, por ende, persistente− con que sus autores abordan temas de interés sucedáneo. (Desde el prólogo, ya sabemos a qué atenernos…) La diferencia entre el productor de artículos y el ensayista es radical; es una diferencia estética, ética y si se quiere hasta espiritual. El primero aspira a renunciar a sí mismo; el segundo, en cambio, cree en la posibilidad, practicada por Montaigne, de convertirse finalmente en sí mismo. Uno se denigra en cuanto renuncia a sus propias ideas; el otro se engrandece por el simple hecho de asumir el riesgo de su formación interior. Ambición socrática del ensayo (tantas veces olvidada): conocerse a sí mismo. Y qué mejor manera para ello que conociendo algunas de las obsesiones e intereses de estos “doce escritores en pugna”.
“Fragmentos del desierto” de Guadalupe Nettel cuenta con una estructura casi aforística en cada párrafo; similar a la que Edmond Jabès practicó en toda su obra, aunque, a decir verdad, hay cierto guiño de esperanza, como se evidencia en el siguiente fragmento: El desierto es un extenso ejercicio de paciencia. Quien pretende cruzarlo debe adquirir el arte de la tolerancia. Difícilmente un viaje en el desierto es ajeno a la angustia y a la desesperación de sentirse perdido. A cambio, sin embargo, se nos ofrece una inagotable exhibición de belleza. En esta última frase podemos encontrar una de las finalidades del ensayo: exhibir la belleza, que no necesariamente debe proceder de un objeto incólume o exclusivo de élites y cúpulas de iniciados, sino original en cuanto a la manera de verlo; cala y cata, si suscribimos a Raymundo Ramos, donde queda a prueba su perspectiva.
Mientras Guillermo Espinosa Estrada traza su panegírico al inverosímil Johann Sebastian Mastropiero, Luigi Amara su historiografía de bolsillo sobre Kang Feng (eunuco en la China imperial) y Brenda Lozano, sus escalas para contar una Historia, Mayra Luna estalla contra los peligros de la traducción, Saúl Hernández se lanza en contra del gimnasio como paraíso estético, y Eduardo Huchín se vuelve un Bartleby ensayístico al negarse a citar textualmente, y de paso dar cachetada con guante blanco a los colegas que pican de ensayistas (o que se dejan ir como gorda en tobogán al creérselo): Después de escribir más de cien ensayos, alguien le preguntó a un ensayista cuál era la condición actual del ensayo. No supo qué responder. Escribía ensayos precisamente porque no sabía qué contestar en las entrevistas o en las pláticas de sobremesa; era su manera de construir una plática que no había tenido lugar. […] Entonces pensó: hablar sobre el ensayo en un ensayo es como hablar sobre el amor mientras se está enamorado: quedas al final como un idiota.
Quienes merecen mención aparte en esta antología son Nicolás Cabral, Verónica Gerber Bicecci y Rafael Lemus, quienes toman del mundo del arte otra manera de criticar y de reconstruir el tiempo presente; Cabral nos dice: La vanguardia establece el presente, pues es puro acto. […] En ella nada es verdadero, pues se ha legitimado lo falso: no el acontecimiento sino el simulacro, no la cosa sino la imagen, no el ser sino la apariencia. Para Gerber Bicecci, por el contrario: Quien cree en el azar cree en la locura, quien cree lo suficiente en el azar busca indicios en cualquier parte y se despega poco a poco […] Quien se sumerge en el azar descree del consenso que asume la destrucción de lo estabilizado como una excepción que confirma la regla y la fija. Entre vanguardias y azares, Lemus nos echa el cable a tierra con este anuncio: Alguien tendría que avisarles que ya no se trata de escribir graciosamente crítica de arte como si se hiciera el favor de legitimar las piezas al traducirlas a la jerga literaria. Se trata, de una vez y para siempre, de abrirse paso al mismo tiempo que las obras. Se trata, también, de colaborar.
Sobre José Israel Carranza –y sus empeños contra el tiempo− y Heriberto Yépez –con todo y su Yo acuso al ensayo−, confío que su sola lectura develará sus propias incógnitas. Tal vez el milagro de la relectura aquí aplique para ambos. (Al menos, para mí… Por ahora.)
En suma, Contraensayo es una declaración de principios y una nueva apuesta por un género a prueba de tiempo, donde el espíritu de Michel de Montaigne multiplique los paseos por la vida y nos haga descreer hasta de aquello que se piensa o se sostiene; gloriosa empresa de enfáticos y marginales a la busca del mejor de los mundos imposibles; por ello, nos dice Vivian Abenshushan, escribamos contraensayos: libres, anarquizantes, imprevisibles, en cambio continuo. Ensayos escritos a varias manos, en colaboración, tumultuosamente o en parejas. […] En el contraensayo es válido perderse […] sin renunciar, por eso, al pensamiento.
Después de todo, entre inercia y movimiento –regla y transgresión−, todo depende de una mirada de soslayo. A contracorriente, incluso. (Quede su lectura para comprobarlo, ¿no creen?)

Contraensayo. Antología de ensayo mexicano actual. Selección y prólogo de Vivian Abenshushan. México, UNAM-Dirección de Literatura, 2012.

(5/agosto/2015)

miércoles, 13 de enero de 2016

Volver a los viejos puertos

Ulises Velázquez Gil


En una de sus canciones más sonadas, la chilena Javiera Mena describe –de cierta forma– la labor del escritor: “Hay algo en tus reflexiones,/ me llevan a otro lado,/ […] un viaje en el tiempo”. Cada vez que leemos, sin duda nos transportamos hacia mundos apenas posibles gracias a la literatura, a la memoria, e incluso por el simple hecho de dejar crónica breve de momentos excepcionales.
Para Vicente Quirarte, dicha empresa es obligada escala en cada nuevo libro suyo, y en esta ocasión Fundada en el tiempo. Aires de varios instrumentos por la Ciudad de México funciona a manera de “resumen” de sus andanzas, donde pesan y bien más de treinta años de oficio literario.
Fundada en el tiempo se compone de cuatro secciones donde Quirarte consigna el ejercicio de varios géneros, entre la poesía, el cuento, el ensayo de largo aliento y el artículo periodístico (historia de lo inmediato, si seguimos a Renato Leduc); en todos ellos, predomina un amor de toda la vida a la Ciudad de México, sus lugares más entrañables: patrias del corazón, matria de palabras. En el departamento altos 1 de la casa marcada en el número 48 de la calle de Allende di mis primeros pasos, y posteriormente aquellos que condujeron a la pubertad y la adolescencia. Entre la Lagunilla y la zona del comercio mejor establecido, fui iniciado en el culto a lo que Efraín Huerta llamó “lo más hondo y verde de la vieja ciudad”. […] El mundo cupo durante algunos años entre pocas e intensas calles. […] Vivir primero, observar después, traducir posteriormente las piedras, la gente, los colores y olores de mi ciudad han sido obsesiones recurrentes.
En la primera sección, Quirarte hace una significativa selección de su obra poética, con énfasis al tema de la ciudad; desde Calle nuestra hasta Ciudad de seda, pasando por El peatón es asunto de la lluvia, la Ciudad de México late en cada verso, a guisa de bitácora de viaje por una urbe fugitiva y permanente, para asirse al recuerdo y a la pluma de sus protagonistas, sin importar la escala íntima de su poesía. Mañana te espera la ciudad./ Sus sentidos presienten/ el color de tu aliento,/ la emboscada de lujo de tus ojos,/ el compás de las piernas que sostienen/ tu cotidiano imperio./ Mañana la ciudad será tuya./ Te negará secretos,/ no te dirá su nombre ni tus mapas./ Mas paulatinamente, como el cuerpo/ añoso que el jardín recibe de bendición solar,/ hará de tu breve falda su bandera./ Mañana la ciudad será más joven,/ con tu sangre en sus venas/ y en el aire el perfume de tu nombre.// Cines antiguos que se caen de olvidados (“La Armada Invencible”), los secretos que guardan los protagonistas de los hoteles (“Jaboncito de hotel”), y hasta algunos retratos dedicados a maestros suyos y compañeros de viaje citadino, Rubén Bonifaz Nuño y César Rodríguez Chicharro, sin olvidar a Lesbia en blue jeans –mujer de recurrente presencia en la poética quirartiana– aparecen en su itinerario en espera de encontrar a la ciudad todavía joven, inmune ante el silencio.
Para la segunda sección, Quirarte conjuga dos mundos bastante familiares para él: las Letras que supo ganar a fuerza de conversar con la ciudad, y la Historia como herencia conquistada al paso de la vida. (Su padre, Martín Quirarte, historiador caballero, sembró en su hijo lapasión encendida la Historia de México.) Los cuentos reunidos en esta sección conjuntan lo mejor de ambos mundos. En “El enigma del otro”, la historia con mayúscula nos hace mencionar al poeta francés Arthur Rimbaud, mientras la petite histoire pinta su destino final en México; caso similar en “Octubre en el Museo del Chopo”, donde el exilio español y sus transterrados personajes son la música de fondo para una historia de amor, desarrollada tras el recinto de Santa María la Ribera. Por otro lado, “Pisar en el aire” da fe de una amistad que supera los embates de la vida cotidiana, donde la literatura y las carreras de resistencia por el Bosque de Chapultepec forjan el temple de dos futuros caballeros contra el monstruo del desánimo (hoy diríamos depresión) en la adolescencia.  Cada mañana elegía una ruta distinta, y cada día era mayor la distancia, la velocidad que alcanzaba. Correr en la madrugada era ser dueño de la ciudad. Le daba nombre, amanecía con ella. En mi casa, una vez que el cuerpo recuperaba su ritmo, el alma regresaba por lo suyo y otra vez la angustia. Entonces aprendí el significado de las palabras “Mañana, Todavía, Más tarde”, exorcismos que aparentemente no me ayudaban, pero me permitían llegar a mi siguiente ceremonia, a consumir la poderosa droga de la carrera, esa que me servía para entrar en la vida con el corazón a través de los sentidos.
En la tercera sección, “Enseres”, quienes hemos seguido la trayectoria de Vicente Quirarte nos encontramos con varios textos amigos, veintiún enseres para sobrevivir en la ciudad, objetos, lugares y personajes entrañables que reaparecen al paso de la lectura y nos maravillan como si fuese la primera vez que los leemos. Plumas fuente, portafolios, paraguas, gabardinas para entablar guerra con las cosas –como diría otra chilena ingeniosa y genial–; sacerdotisas del café con leche, muchachas que trabajan, restaurantes furtivos y hasta la presencia del poeta en el aeropuerto se unen al viaje interior del citadino en una urbe que se escapa de sus manos, donde José Emilio Pacheco recoge sus pasos y un joven Che Guevara se ganaba la vida como fotógrafo del Eje Central. Donde la lluvia, el puente de Nonoalco y las jacarandas en flor son remansos para el tiempo recobrado. Recorrerás tu calle y te hallarás de nuevo en medio de los objetos que, a fuerza de costumbre, te conocen; objetos que en tu casa, esa imaginaria ciudadela, intentan labrar su historia inexpugnable; objetos que, a la larga, son prestados y no habrás de llevarte. Y en esa casa te espera también tu compañera, esa bella ciudad que ya conoces, pero a donde vuelve con el asombro del primer descubrimiento.
La última parte de este libro, a diferencia de las anteriores, cuenta con un trasfondo autobiográfico más fuerte, empezando por “Aventuras para el Hombre Araña”, donde Quirarte, además de hacer una microhistoria del legendario personaje, pasa revista a sus propias vivencias, en justo paralelo de aprendizajes heroicos, aunque en casa un ferviente defensor de la historia mexicana se empecine en vedarle el acceso a las historietas: El primer enemigo del Hombre Araña fue mi padre. Ambos fueron los mejores amigos de la infancia. [...] Debido a que mi padre anatematizaba tanto la televisión como los dibujos en revistas, la prohibición nos condujo a la pasión. Su trabajo, como historiador, consistía en descifrar y desmitificar la vida de los héroes. Sus hijos nos afanábamos en explorar y mitificar las vidas ejemplares de los superhéroes.
Todo es historia, aseguraba con sabiduría un mago de la historia mexicana, Luis González y González, y Quirarte ha sabido seguir ese precepto, pues así como cuenta su microhistoria como hijo de historiador y lector de comics, también hace lo propio con la está detrás de las historietas, donde relucen nombres de innegable talento como Stan Lee y Jack Kirby, quienes dieron vida y colores a verdaderas leyendas del género, como Daredevil o el mismo Hombre Araña. Pero donde se conjugan historia con mayúsculas y minúsculas es en La familia Burrón, historieta creada por Gabriel Vargas y cuyos episodios semanales tienen una vigencia insuperable, y que mereció, amén de una significativa mención en “Aventuras para el Hombre Araña”, su propio texto, “Vida en familia”: Uno de los elementos que convierten a Vargas en auténtico artista […] es que en su crítica no se salva ninguna clase social. Del mismo modo en que exhibe las excentricidades de los de arriba, ilustra los ritos de los héroes del quinto patio, esos que en víspera la fiesta y para que no falte el parque que hizo pronunciar a nuestro general Anaya palabras inmortales, colocan cartones de cerveza en heroicas trincheras de seis metros de largo por dos de alto. Entre el Hombre Araña y los Burrón, también transitan por esta sección Benito Juárez y Ramón López Velarde, los cuales fueron artífices de su propia épica desde la trinchera de la palabra: en el discurso incendiario, en el verso franco, certero.
Con todo, Fundada en el tiempo resume treinta años de producción literaria de Vicente Quirarte, en constante movimiento y asegurando su propia estancia en las letras mexicanas, donde volver a los viejos puertos es grato, mientras la lectura nos entregue una mirada prístina, donde, retomando aquella canción de Javiera Mena, “hay algo en tus reflexiones,/ es como ves el alma,/ estás en la edad media/ de un viaje en el tiempo”.
Dentro de la bibliografía de Quirarte, entre Enseres para sobrevivir en la ciudad, Elogio de la calle y Amor de ciudad grande, esta antología prosigue su pasión por la vida y por una querencia inmutable –pese a los cambios impuestos por el gobierno en turno. Queda mucho por leer aún de su obra, y la gratitud lectora bien sabrá agradecerla. (¿A poco no?)

Vicente Quirarte. Fundada en el tiempo. Aires de varios instrumentos por la Ciudad de México. México, UNAM-Dirección de Literatura, 2014. (Antologías)

(27/julio/2015)

jueves, 31 de diciembre de 2015

Quince del quince

Ulises Velázquez Gil

Hace unos días, leí en mi cuenta de Twitter la impresión de una escritora especializada en recomendar libros en programas de radio, quien, enfática, dijo lo siguiente: “No, no les voy a dar la lista de los mejores libros. […] ¡Compren lo que les guste!” Y no es para menos, puesto que ante la presunción (pose, diríase) de los diarios y revistas empecinados en decirle al lector qué debe leer (y más cuando quienes elaboran esos listados, lo hicieron con el estómago que con el cerebro o el corazón), elegir lo que más nos plazca leer es mucho mejor que todas las listas políticamente correctas.
Cada año comparto con ustedes mi listado de quince libros que me hicieron grato el año; de la poesía al ensayo, pasando por la novela y dos que tres antologías necesarias de leer. Ahora que menciono la palabra necesaria, más de un colega me reprochará la omisión de las relecturas, y sí, me declaro culpable de ello, al menos en este listado. (En alguna entrega de “Las horas de mi agenda” les dedicaré tiempo y caracteres de computadora.)
Por ahora, quede aquí la evidencia de un lector omnívoro, siempre al tanto del librero de mi casa, la mesa de novedades y los obsequios de mis colegas presentes, pretéritos y futuros.

1) Conversaciones sobre Historia: Silvio Zavala. A fin de homenajear a su integrante más distinguido, El Colegio de México reúne en este volumen varias entrevistas realizadas a este historiador, que se complementan con dos ensayos suyos en torno al quehacer historiográfico. Para conocerlo de primera fuente.
2) Históricas pequeñeces. Vertientes narrativas en Ramón López Velarde (Juan Villoro) Breve en extensión, y bajo el amparo del discurso de ingreso (o lección inaugural), nos lleva de la mano por la presencia de la obra de Ramón López Velarde en la narrativa mexicana del siglo XX; maravilloso acercamiento a una vida y a una obra interesante y acertada.
3) A hurtadillas (Diana Ramírez Luna) Volumen de cuentos donde se evidencia el talento consumado de una joven narradora, que en aras de asir el tiempo y definirse en sus propias letras, nos entrega una prosa sencilla y bien cuidada; aunque breve en extensión y tamaño, todavía le quedan brechas por abrir. Sin duda.
4) Solsticio de infarto (Jorge F. Hernández) Volumen abundante en justos retratos, miradas al margen del día presente, remembranzas desinteresadas, donde se confirma a cada párrafo que la amistad a primera vista sí existe, y que la vida se lee a cada instante.
5) Octubre. Hay un cielo que baja y es el cielo (Nadia Escalante Andrade) Bitácora de viaje, aparte de llevarnos por senderos inusitados a nuestra vista, este poemario funciona como testimonio y celebración: para la vida que se fue tras de un recuerdo, por el tiempo en aras de recobrarse.
6) Eterno retorno (Horacio Saavedra) Cinco siglos, cuatro generaciones y tres mujeres unidas en una sola, con la misión de restablecer el orden con un romance se abrió al tiempo, a una vida que, aunque parezca mentira, lleva en sí el influjo de otras tantas por conocer.
7) Tacones en el armario (Mónica Soto Icaza) Con dos tacones, hay vidas que se nos escapan de las manos, pero la protagonista de esta novela nos demuestra que su historia es tan suya como nuestra, porque ante el desconcierto y la duda, queda la risa, el humor, para hacerles frente.
8) Fundada en el tiempo (Vicente Quirarte) Treinta años de vivir la Ciudad de México se resumen en esta antología donde la poesía, el cuento y el ensayo develan en el lector la maravilla que fue una ciudad donde el tiempo se reconstruía a cada instante; más que réquiem por una urbe invisible, un canto de amor contra el olvido. 
9) Conjunto vacío (Verónica Gerber Bicecci) Viaje interior, (des)encuentro con el pasado, desconfianza ante el presente: entre claves autobiográficas y una lectura minuciosa de los sucesos que ve, la protagonista, en aras de significarse, cuestiona toda razón sobre su presencia en este tiempo, donde, después de todo, lo único verdadero es la duda.
10) Dios se fue de viaje (Beatriz Rivas) Dos vidas al límite del tiempo, entre el conocimiento y la imagen: Émilie du Châtelet y Gerda Taro. A la vera de la Historia, entre amores apasionados y posturas por defender, al final ambas coinciden en algo: que si Dios anda de paseo, sus propias vidas no entienden de itinerarios.
11) Ciudades sitiadas (Johanna Lozoya) En el arte se concentran los intereses y las obsesiones de una cultura presente, pretérita y futura, pero cuando se trata de la arquitectura predominante de una época, no faltarán polémicas por enfrentar; para entender mejor los equívocos de los centenarios de 2010.
12) Apuntes al reverso de papeles diversos (Atenea Cruz) Cada objeto, se dice, lleva detrás de sí una historia no contada; para las intenciones de esta plaquette son precisamente las historias suscitadas en paralelo a los objetos quienes cuentan una historia diferente, a salvo del tiempo que se empeña en olvidarlo, callarlo todo.
13) Estampas (Antonio Alatorre) Para un autor que dispersó maravillas en revistas y papers académicos, este volumen es un justo homenaje, de frente y de perfil, hacia maestros y colegas; retratos escritos desde la admiración y en busca de la verdad, sin caer en clasificaciones escuetas ni exageradas. 
14) En torno al español hablado en México (Ángel María Garibay) En estos tiempos, donde la ortografía es un tema a continuo debate, esta antología de artículos periodísticos nos dará mejores argumentos tanto para descifrar las razones de una palabra como para evidenciar el equívoco influjo de una frase ordinaria. 
15) Escritos a mano (Esther Seligson) Prueba de vida de una escritora empeñada en leer el mundo y sus constantes impresiones, reúne notas de viaje, diarios personales y poesía en todas sus formas, con el afán de resumir una búsqueda y un aprendizaje; antología póstuma de su autora, sus palabras aún resuenan en el tiempo como si apenas se hubieran escrito.

En espera de que 2016 nos agarre con un libro en la mano, reciban mis mejores deseos y por aquí seguiremos, haciendo ruido entre las horas de mi agenda, tras una marcha de las letras.
(¡Muchas gracias a ustedes!)

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Breviario de presencias

Ulises Velázquez Gil

Si una misma cosa me gusta hacer cuando voy tanto a las librerías como a las tiendas de discos, es, sin duda, comprar una antología (un Best Of, en música) del personaje que me interese en ese momento. Para los alcances que tiene la literatura, contar con una antología a la mano resume dos cuestiones: por un lado, es la puerta de entrada a los intereses y obsesiones de un autor, y, por el otro, resume una vida y las aristas que la conforman. Sea por el propio autor o por un crítico generoso y lector acucioso, siempre es un placer acercarse a una antología.
Para el caso de Rubén Bonifaz Nuño, ambos casos aplican en cuanto a este volumen de Ensayos (tercero de cuatro tomos que conforman su Antología general), donde podemos descubrir cuáles fueron los intereses y las obsesiones de un escritor con un oficio poético a prueba de tiempo, atento a otras manifestaciones del ser humano, como el arte y la cultura, a la par de responderse las preguntas fundamentales: ¿qué, quién, cuándo, dónde, por qué?
Ensayos se conforma por trece partes, entre prólogos, discursos y colaboraciones para libros colectivos y catálogos de arte. Para los lectores de la obra de Rubén Bonifaz Nuño, contar con un libro de esta naturaleza permite conocerlo de cuerpo entero, de estar al tanto de sus travesías (si así podemos denominarlas) vistas bajo el tamiz de la reincidencia. Pero vayamos por partes.
Abren el libro sendos discursos de ingreso a instituciones insignes como la Academia Mexicana de la Lengua y El Colegio Nacional, donde Bonifaz Nuño compartió algo de su saber, o por lo menos de sus impresiones encontradas en ese empeño; para el caso de la Academia, “Destino del canto” es una profesión de fe: No quiero disimular, no podría disimularlo aunque quisiera, el orgullo que siento al estar entre ustedes. No sé cuáles puedan ser los merecimientos que tenga yo para haberlo conseguido. Acaso, más que los que provienen de mi decidida vocación por las letras, sean los que se fundan en mi buena suerte de que me ampare la estimación de mis maestros. En todo caso, me enorgullezco profundamente de la obligación a que en adelante estaré sujeto, y de la que intentaré ser digno con todo el esfuerzo de que soy capaz.
Aquí se conjuntan tres palabras importantes para Bonifaz Nuño: vocación, estimación, obligación. Para la primera, la palabra escrita es el mejor medio para expresar muchas inquietudes; en la segunda, muchas de las cosas que somos se deben gracias a que generosos e inteligentes maestros han sabido conducirnos por la vida en todas sus formas, y respecto a la última, una toral misión para y con el tiempo presente, sin importar la forma. Y como en Bonifaz Nuño la poesía siempre aparece, dejemos que este fragmento hable por sí mismo: […] buscar en la poesía de las dos principales colectividades de que provenimos, en la de los latinos y la de los nahuas, particularmente, algunas señales que nos ayuden a encontrar un rumbo definido que supere la situación, tan confusa a veces, en que se mueven nuestras letras actuales.
Si seguimos el conocido adagio Nada humano me es ajeno, Bonifaz Nuño siempre buscó una respuesta equilibrada en el conocimiento de la cultura grecolatina y en el estudio de la cultura prehispánica, en aras de justipreciar nuestra presencia, como se evidencia en “La fundación de la ciudad”, primera lección como nuevo integrante de El Colegio Nacional, donde prosigue el sendero trazado en “Destino del canto”: […] El hombre camina, guiado por la raíz de una visión, hacia algo que existe y que se le ha dicho que gracias a él existirá. Atraviesa por entre guerras y amores y enfermedades; es acosado por los poderes muchas veces incomprensibles del mundo exterior; va dejando en la ruta, como señales de su paso, a quienes, más débiles en el cuerpo o en el alma, no han mantenido en su interior el impulso necesario para llegar. ¿Llegar a dónde? Y esta pregunta última, la que quiere la finalidad misma del camino, es la interrogación fundamental, aquella cuya respuesta pueda acaso ser válida para iluminarnos en algo, aún ahora; para aclarar en alguna manera el posible significado profundo de la existencia.
En ese sendero a seguir, es inevitable encontrarnos a otros viandantes de la palabra, como Horacio, Propercio, Eurípides y Píndaro, cuya experiencia (traducida en primer plano por Bonifaz Nuño, y suscrita en los prólogos aquí incluidos) nos recuerda que las pasiones humanas, pese a que nos superan en intensidad, sólo se sobrellevan si encontramos en ellas una toma de conciencia necesaria para salir avante.
Una manera de reconocerse en pleno, según la experiencia de Rubén Bonifaz Nuño, es la confrontación con el arte en su forma más pura, es decir, con la obra misma. A este respecto, contamos con dos textos: “Lectura iconográfica” y, desde luego, su pletórico ensayo sobre la Coatlicue. Condición del ser humano es su curiosidad. La incesante capacidad de hacer preguntas y de buscar respuestas. Tales preguntas y respuestas tienen, en la raíz, dos asuntos: el ser humano mismo y el mundo en el cual se incluye. (El mundo escrito y el mundo no escrito, si apelamos a una expresión de Italo Calvino.)
Para responder a esas interrogantes, el autor busca hacerlo de la mejor manera que le es posible: desde su propia experiencia, y desde la escultura que más mella ha hecho en su vida, la Coatlicue, con la que se prodiga en exhaustivas descripciones, las cuales no le parecerán suficientes; y no es para menos, pues para Bonifaz Nuño todo empeño por innovar no se quedaba en la primera impresión, sino en el afán de ir dos pasos más adelante. (Si en poesía esto es asignatura obligatoria, en su prosa el riesgo va por partida doble.)
Cierra este volumen un “Resumen y balance”, aquella entrevista que le hiciera Marco Antonio Campos, colega y amigo (de semejantes y filológicas andanzas que el propio Bonifaz), a guisa de pequeña autobiografía y, si se quiere, hasta de preceptiva poética para aquellos que desean entregar su vida a las letras. Cuando uno empieza a escribir, no es tan importante el deseo de expresar un sentimiento […] un poema se construye, o yo lo construyo al menos, alrededor del sonido de una palabra, que va llamando a otras, cuyas vocales y consonantes lo apoyan o lo contradicen y que componen en conjunto una expresión efectiva. Y llamo expresión efectiva lo contrario del lugar común.
En suma, la lectura de estos Ensayos nos muestra de primera fuente a un escritor en constante búsqueda –tanto de los orígenes de la cultura de la sociedad como de sí mismo−, que nunca se permitió medias tintas en cuanto a buscar una expresión propia, prístina, a prueba de tiempo; breviario de presencias al encuentro con un lector ávido de respuestas, en aras de encontrar su vero lugar en el mundo, lo cual, cabe decirlo, nos llevará un buen tramo de vida, y mientras persista ese empeño, quede la sabia guía de Rubén Bonifaz Nuño en esta antología, donde la última palabra casi siempre es la primera de todas. (Así sea.)

Rubén Bonifaz Nuño. Ensayos. Selección de Pável Granados y César Arenas. México, UNAM/ Gato Negro, 2009. (Antología general, 3)

(10/junio/2015)

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Navegar en el instante

Ulises Velázquez Gil

En el poema con que cierra la Summa de Maqroll el gaviero, Álvaro Mutis lanza al aire una ancestral duda: “Pienso a veces/ que ha llegado la hora de callar…” No en pocas ocasiones nos vemos tentados a suscribir aquel deseo, pero al final se queda en mera intención. Para el caso de la poesía, esta duda se duplica y la única manera de vencerla es, por supuesto, mediante la escritura. Del bosquejo a la versión definitiva, el camino para ello aparecerá ante nuestra vista, con su propio mapa de ruta, que dista de otros harto conocidos.
En Octubre. Hay un cielo que baja y es el cielo, Nadia Escalante Andrade sale al encuentro con la palabra y con el silencio, y nos entrega catorce postales de viaje, donde nada se da por visto; catorce itinerarios por la poesía, a la espera de ganarle al tiempo en muchas partidas que declaramos perdidas de antemano, en esa guerra con las cosas que todo escritor entabla durante una vida de creación. Toco el margen de las cosas,/ sus espinas ocultas a la vista:/ la savia que las recorre es otro cielo,/ se va nublando como si creciera y, sin llover,/ nos inundara.
Octubre se compone siete secciones –diríase geografías, si la licencia me alcanza para ello– donde la autora se cuestiona las cosas, repasa su memoria y, a ratos, juega con los tiempos que su mirada observa detenidamente en discreto espionaje, describe otras maneras de navegar y descubre caminos accesibles al avance de las palabras. En cada sección predomina un determinado elemento, que se trasmina en todos los poemas incluidos. Por ejemplo, el aire. Mientras observo la tarde entreabrirse,/el cielo –dolorosamente quieto– se rinde en mutaciones./ Es un mar visto desde abajo,/ concentrándose./ Cruzan los pájaros y cortan el celaje ensimismado,/ su vuelo es otra forma del ahogo. Y, sin esperarlo siquiera, en otro poema el aire se vuelve agua: […] Parecía que el agua inundaba la calle, pero no los recipientes./ El aire, en cambio, entraba más fuerte en los pulmones,/ y era más aire que el aire de la casa,/ era como agua que no se decidía/ a llenarnos por dentro,/ y se derramaba por los brazos, humedecía la ropa/ y resbalaba a los pies como una sombra. (Si para Nadia Escalante el mar sí es el cielo, y viceversa, seguramente la paloma de Serrat no se hubiera equivocado del todo. Apreciaciones aparte.)
Entre su travesía de ida y vuelta por geografías de agua y aire, cabe resaltar el encuentro de la autora con diversos seres y objetos que suscitan su curiosidad, integrándose a esa bitácora no oficial que, por decir un nombre, llamamos poesía. Las filigranas sobre una araña o un árbol, la vida que se deshace y se rehace en la festividad de Todos Santos, y hasta en la destellante religiosidad de un tendero antes de vender una cocacola, develan un engranaje secreto del tiempo, una franqueza con que las cosas nos hablan. Va una muestra: Al sol grita la telaraña todos sus colores,/ guarda en la noche el silencio de las fortalezas. […] Atenta al centro, desde las orillas, la araña espera;/ firme en el hilo, no cae en su propia trampa.
En otras partes de Octubre hay guiños de ojo a geografías poéticas ya creadas por Carlos Pellicer o descritas por José Luis Rivas (de seguro por el agua y la voluntad del poeta a ser un pequeño dios), pero en “Puerta que mira al mar”, hasta el José Gorostiza de Canciones para cantar en las barcas se hace notar: Pescador en el muelle,/ pendiente de un sedal/ lanzaste hacia las olas/ tu corazón. […] Sonríes, pescador,/ traes ondeando/ el latido del mar/ a la casa que espera. Pero en aras de ejercer su propio ministerio del viento, Nadia Escalante saluda con respeto a sus precursores y después se despide de ellos para inscribir su propia trayectoria, donde estos versos funcionan como su profesión de fe: Darle forma a la materia es despertarla,/ moldearla como a un fruto nuevo/ concentrándola en sí misma;/ en mis manos/ se abre el cuerpo de la tierra, la mirada del sol,/ la templanza del agua y el rigor del crecimiento; […], y al final, como en toda incursión por senderos poco familiares a nuestra lectura, Abrir el agujero, tirar la semilla, cubriela./ La tierra nos eligió como sus sembradores./ Y la tierra lo haría todo.
En suma, Octubre. Hay un cielo que baja y es el cielo confirma un consumado oficio poético (vislumbrado previamente en Adentro no se abre el silencio, su primera plaquette), el cual nos lleva de la mano por lugares inmunes al tiempo, pletóricos de luz en todos los sentidos; cada vez que un  libro de poesía cae en nuestras manos, es inevitable navegar en el instante, encontrar otra senda hacia el mejor de los mundos imposibles, y en ello Nadia Escalante Andrade nos lleva una considerable delantera, porque, como en el poema de Mutis, “el silencio sería entonces/ un premio desmedido,/ una gracia inefable/ que no creo haber ganado todavía”. Quede aquí su generosa y dedicada lectura. (Así sea.)

Nadia Escalante Andrade. Octubre. Hay un cielo que baja y es el cielo. México, Textofilia/ Ayuntamiento de Mérida, Yucatán, 2014. (Lumía, 30)

(8/abril/2015)

miércoles, 26 de agosto de 2015

Maestranza de cada día

Ulises Velázquez Gil

Hace algunas semanas, y en vista de regresarle a este espacio en línea la vida que le fue robada por consecutivos ataques cibernéticos, le di un tiempo fuera a mi otro espacio virtual con la esperanza de recobrar fuerzas y así afrontar el tiempo presente y futuro como parte de un aprendizaje al que debe someterse el columnista en línea. (A decir verdad, quitarme un peso de encima al momento de hacer mis columnas siempre es de gran ayuda ¿no creen?)
Sin embargo, hay pausas –sucedáneas o no– que sólo vislumbran una nueva época, donde ajustamos cuentas con la vida y seguimos adelante pese a todo. Así sucede con Solsticio de infarto de Jorge F, Hernández, libro de reciente factura, quien luego del delicado episodio referido en el título, reafirmó su pasión por la vida y le sigue ganando muchas batallas al tiempo mediante su legendaria columna Agua de azar, que hasta hace unos meses se publicaba con regularidad.
Solsticio de infarto se compone por 73 artículos, cuyos intereses, además de dar cuenta de la vida que se escapa de las manos, es un arreglo de cuentas de Jorge F. Hernández con el hombre que fue antes del infarto, sin mermar en absoluto su curiosidad y afecto por las cosas, los libros y las personas con quienes conversa y convive a diario, según la máxima de Baltasar Gracián sobre los tipos de conversaciones que el ser humano realiza en la vida. El lunes 13 de junio pasado sufrí literalmente un infarto mayúsculo del que me salvé de milagro; durante casi una hora, la vida se detuvo quieta y los minutos se convirtieron en la pausa más larga posible… para que hoy intente escribirlo y asumir que, en realidad, he vuelto a la vida que deberá alargarse con cada cambio de estación en un nuevo trayecto donde no dejaré sin consideración todo aquello que apenas hace una semana dejaba pasar desapercibido.
Si vemos esta circunstancia de Jorge F. Hernández desde el prisma de la medicina, quedaron atrás los días de cafés con alto octanaje y cajetillas de altos vuelos, pero si lo vemos desde la mirada del cariño y de la “amistad a primera vista”, las lecturas anuales de El Quijote a guisa de generosa manda anual y el encuentro con la vida de todos los días dieron (y siguen dando) un segundo, un tercero y hasta un enésimo aire a un escritor con muchas cosas por dar, empezando por el enorme corazón con que Alejandro Magallanes lo dibujara para la portada del libro. Hay días en que se abre el telón de la realidad con el mismo silencio de siempre, pero a la espera de empezar la redacción cotidiana con historias –propias o ajenas– que se van redactando conforme avanzan las horas; uno asume entonces la lectura de sus días con la combinación de la propia redacción de sus murmullos y tribulaciones, así como con escuchar lo que nos cuentan los demás.
Charles Dickens y su Christmas Carol, Mark Twain, el Quijote, Carlos Fuentes (con todo y Aura), Alí Chumacero, John Lennon, Woody Allen y hasta Los Picapiedra aparecen ante él de grata e inusitada forma, con que también lo hacen Carla Bruni, Julián Meza, Eliseo Alberto –el gran Lichi, su hermano del alma– e inclusive los ingeniosos y geniales Santiago y Sebastián, sus hijos, a quienes dedica sendas y generosas líneas como padre que es y amigo que siempre será: Tus ojos deben mirada hoy un mundo mejor por encima de tanta mala noticia y ver la felicidad con la que te miran tus abuelos y tantos fantasmas que quién sabe cómo lo hacen, pero logran ser los callados justos que te cuidan y dan sosiego. Tienes todos los libros por delante, toda la música infinita con el mismo número de notas que llevamos siglos tarareando y todo el cine donde prolongan tu imaginación y bailan en pareja. Tienes la memoria intacta y el cuerpo ya forjado para resistir las embestidas de esto que llamamos vida. (Paréntesis aparte: Si le encontráramos un símil a este significativo fragmento, sería Beautiful boy de John Lennon su gemelo dispar.)
En los 73 artículos, bien vale mencionar un hilo conductor: la experiencia adquirida desde la trinchera de los cincuenta años. (La “mitad de la vida”, si se permite decirlo…) Todo parece indicar que Jorge F. Hernández tiene mucha vida para compartir con los suyos, es decir, quienes conversamos y convivimos con él, en espera de otros cincuenta años de juventud ejercida y, por qué no, de nuevas experiencias al aire.
Dentro de su obra periodística, repartida entre tanta Agua de azar, su primera antología, Signos de admiración, es una suma de personajes eminentes, maestros al lado del camino; mientras que Escribo a ciegas destella como un recíproco repertorio de querencias. Para el caso de Solsticio de infarto se condensan los espíritus de los volúmenes previos: patria del corazón donde albergar nuestras presencias, e, igualmente, matria de palabras con que asir el tiempo fugitivo. (De jueves a jueves parecería que la historia del mundo cabe en el aletargado paso de las horas ya sin horario.)
Entre los artículos de este libro, se encuentra una faceta inusitada de Jorge F. Hernández tanto para quienes lo leen por vez primera como para sus amistades y gratas presencias lectoras: la de dibujante. Son contados los casos de escritores que dibujan –Xavier Villaurrutia, Carlos Fuentes, Fernando del Paso, por mencionar algunos– cuya maestría en la escritura sólo se reafirma cuando se traspasa los linderos del dibujo. La Libreta de Oaxaca, incluida en esta edición, es apenas una mínima muestra del ingenio y la sorpresa trazados en sus leales libretas moleskine color obispo. (Se diría, incluso, que hay ecos del Gato Culto de Paco Ignacio Taibo I en las frases que acompañan a cada dibujo, pero, dado su oficio de Scherezada, son sólo invitaciones para viajar por la ficción en business class.)  
Con todo, Solsticio de infarto es una suma de inquietudes convertidas en artículo semanal, para hacerle frente a una vida imperiosa y falaz que intenta jugarnos sucio, sea en la traición de un infarto, sea en el desconcierto de una decisión anunciada, y en el empeño de ganar la “guerra con las cosas” (suscribiendo el título de una canción de la chilena Fakuta), digno es hallar la maestranza de cada día y seguir adelante con la vida; para ello (y donde persiste sobremanera el deseo ferviente de Jorge F. Hernández), la única salvación se encuentra en los libros, como este maravilloso volumen a la espera de cambiar vidas y asegurar milagros: para ser libre con la vida, después de todo. (De verdad.)  

Jorge F. Hernández. Solsticio de infarto. Prólogo de Juan Villoro. México, Almadía, 2015. (Crónica)

(18/marzo/2015)

miércoles, 12 de agosto de 2015

Secreto y corazonada

Ulises Velázquez Gil

En su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, Salvador Elizondo dijo lo siguiente: “Nada ilustra mejor la vocación de un escritor que la vida de su primer libro”. Para los escritores de largo trayecto y bibliografía consumada, es un recordatorio de la vida que asumieron desde el momento en que llenaron una página, y para quienes navegamos por el mar de la opera prima, es apenas el aviso de un destino venidero.
Ante esa circunstancia, son contados los casos de escritores noveles cuya primera incursión en las letras denota originalidad y oficio consumado; tal es el caso de Diana Ramírez Luna y su primer libro, A hurtadillas, donde se evidencia una búsqueda constante por ceñir y posponer el tiempo mediante el artilugio más eficaz del cual se puede valer un escritor: la palabra.
A hurtadillas se compone por diez cuentos que nos conducen por ambientes nostálgicos, donde un amor lejano –en todos los sentidos– se decanta a medida que avanzamos en su lectura; es la imperiosa necesidad de asir el tiempo para mantenerlo a raya lo que lleva a esta incipiente y experimentada narradora a cuestionarse muchas cosas: ¿Quién diría que aquella imagen, la misma que in día irradió tanta luz, ahora nos haría palidecer?
En siete de los diez textos de A hurtadillas, Diana se esmera en convertir un sentimiento avasallador en una imagen inmune a toda espera y susceptible a toda esperanza (incluso un “lugar de las apariciones”, recordando aquel minicuento de Juan José Arreola), donde relucen perlas como ésta: Nos acostumbramos a ti, a mí, a esa fotografía que sin querer construimos. Al recuerdo aquel, el más bello, el más lúcido, el único que vale la pena: el del momento que nuca vivimos. […] Y retornar definitivamente a nosotros, recobrar un atisbo de voluntad perdida, atarnos de nuevo a lo real. Morir de la muerte para recordar su brevedad, y volver a la vida (“Breve muerte”). Y aunque nos parezca hallar párrafos similares en los seis restantes, el empeño de decir de otro modo lo mismo persiste para demostrarnos lo contrario: […] En cada momento, en cada paso. Sé que te estoy olvidando. Sé que hoy te recuerdo un poco menos que ayer. Sé que hoy tengo menos archivos nuestros. […] Ya te recuerdo menos, sobre todo cuando cierro los ojos y veo tu rostro tan claro., Sé que te estoy olvidando (“Te olvido”).
Digno es de notar lo siguiente: los siete cuentos de Ramírez Luna, por la peculiaridad del lenguaje empleado, rayan territorios del poema en prosa; incluso se diría que hay una poeta en potencia escondida tras la forma del cuento, en espera de tomar por asalto el silencio. En este sentido, encuentro gratas coincidencias con –y hasta en mayor medida– con Esther Seligson, quien navegara por todos los géneros justo en ese afán de asir el tiempo. Y si dejara fluir su pluma y sus corazonadas mediante la poesía, seguramente Dolores Castro, Rosario Castellanos y Enriqueta Ochoa guiarían sus pasos, o, por lo menos, suscribirían algunas de sus angustias e incertidumbres.
En A hurtadillas hay dos cuentos que merecen especial mención: “Casita musical” y “El espejo”. En el primero, el tópico del “lugar de las apariciones” se sucede continuamente hasta el grado de entregarnos un cuento redondo en fondo como en forma, pues la historia del encuentro de dos jóvenes atraídos por fuerzas difíciles de explicar, cuya música de fondo se vuelve una morada en el tiempo: […] Un par de besos no bastaron, la música subía de volumen al grado de ensordecer y hacer perder la cordura. Lo buscaron, pero no hallaron interruptor que sirviera para apagarla y sus pieles se erizaban más con cada goce. Las manos frías ya de un hombre en una espalda desnuda, en unos pechos más grandes y en unas nalgas ya de mujer no bastaron. El simple contacto no bastó. […] Y aunque para dos cuerpos tan débiles la de aquella casita sea música imposible de ignorar, quizás las noches de estertores, manos y cigarrillos no vuelvan.
Respecto al “El espejo”, éste debe leerse en clave autobiográfica, a guisa de explicarse una vida entre líneas. La protagonista, Mariana Villagrán Ortiz, en la inmensidad (o intensidad, ¿por qué no?) de su cuarto es viajera e inquilina de sus propias creaciones, con una vida propia, deshaciéndose de toda noción de tiempo, donde la única realidad sólo esté hecha de palabras. (Era sencillo, escribir, dejar lo mejor de mis palabras en este mundo e irme…) Y como las palabras nunca osarán dejarnos a la deriva, solamente suscribiendo el espíritu que las mueve, el olvido, la nostalgia o el propio tiempo inclusive, persistirá nuestra pasión por la escritura.
De los diez cuentos, hay uno que, a la primera de cambios, “desentona” por su temática, “El pequeño de los ojos grandes”, relato casi costumbrista de no ser por dos cosas: el silencio y la secrecía de sus personajes, empezando por el niño del título, susurrando a los oídos de las personas palabras que apenas se escuchaban, y la presencia, subrepticia, de la propia autora como testigo de estas historias fugitivas. La joven de al lado, de unos diecisiete años, era la última que había abordado el tren y la única que prestaba atención a lo que ocurría. Observaba a la gente imaginando historias acerca de qué era lo que cada una de esas personas pensaba.
En suma, A hurtadillas es un libro doblemente notable, por su manera de buscar en el silencio de las cosas y de los recuerdos un lugar a salvo de la vida y de sus altibajos; secreto y corazonada donde las mejores historias habrán de sucederse y en el afán de contarse, toda angustia no desaparece por completo, pero se afronta al fin. No cabe duda que en este primer libro, Diana Ramírez Luna tiene muy bien asumida su vocación, ahora sólo queda confirmarla a diario, con prudencia e imaginación, a la vera de otras historias, y sobre todo, Observar cada cosa en espionaje, si atendemos al señero verso de Raymundo Ramos, y así ganar de antemano todas las batallas posibles: a hurtadillas, si se permite. (Verdad que sí…)

Diana Ramírez Luna. A hurtadillas. México, Sediento ediciones, 2013. (Agave, 9)

(11/marzo/2015)