miércoles, 26 de agosto de 2015

Maestranza de cada día

Ulises Velázquez Gil

Hace algunas semanas, y en vista de regresarle a este espacio en línea la vida que le fue robada por consecutivos ataques cibernéticos, le di un tiempo fuera a mi otro espacio virtual con la esperanza de recobrar fuerzas y así afrontar el tiempo presente y futuro como parte de un aprendizaje al que debe someterse el columnista en línea. (A decir verdad, quitarme un peso de encima al momento de hacer mis columnas siempre es de gran ayuda ¿no creen?)
Sin embargo, hay pausas –sucedáneas o no– que sólo vislumbran una nueva época, donde ajustamos cuentas con la vida y seguimos adelante pese a todo. Así sucede con Solsticio de infarto de Jorge F, Hernández, libro de reciente factura, quien luego del delicado episodio referido en el título, reafirmó su pasión por la vida y le sigue ganando muchas batallas al tiempo mediante su legendaria columna Agua de azar, que hasta hace unos meses se publicaba con regularidad.
Solsticio de infarto se compone por 73 artículos, cuyos intereses, además de dar cuenta de la vida que se escapa de las manos, es un arreglo de cuentas de Jorge F. Hernández con el hombre que fue antes del infarto, sin mermar en absoluto su curiosidad y afecto por las cosas, los libros y las personas con quienes conversa y convive a diario, según la máxima de Baltasar Gracián sobre los tipos de conversaciones que el ser humano realiza en la vida. El lunes 13 de junio pasado sufrí literalmente un infarto mayúsculo del que me salvé de milagro; durante casi una hora, la vida se detuvo quieta y los minutos se convirtieron en la pausa más larga posible… para que hoy intente escribirlo y asumir que, en realidad, he vuelto a la vida que deberá alargarse con cada cambio de estación en un nuevo trayecto donde no dejaré sin consideración todo aquello que apenas hace una semana dejaba pasar desapercibido.
Si vemos esta circunstancia de Jorge F. Hernández desde el prisma de la medicina, quedaron atrás los días de cafés con alto octanaje y cajetillas de altos vuelos, pero si lo vemos desde la mirada del cariño y de la “amistad a primera vista”, las lecturas anuales de El Quijote a guisa de generosa manda anual y el encuentro con la vida de todos los días dieron (y siguen dando) un segundo, un tercero y hasta un enésimo aire a un escritor con muchas cosas por dar, empezando por el enorme corazón con que Alejandro Magallanes lo dibujara para la portada del libro. Hay días en que se abre el telón de la realidad con el mismo silencio de siempre, pero a la espera de empezar la redacción cotidiana con historias –propias o ajenas– que se van redactando conforme avanzan las horas; uno asume entonces la lectura de sus días con la combinación de la propia redacción de sus murmullos y tribulaciones, así como con escuchar lo que nos cuentan los demás.
Charles Dickens y su Christmas Carol, Mark Twain, el Quijote, Carlos Fuentes (con todo y Aura), Alí Chumacero, John Lennon, Woody Allen y hasta Los Picapiedra aparecen ante él de grata e inusitada forma, con que también lo hacen Carla Bruni, Julián Meza, Eliseo Alberto –el gran Lichi, su hermano del alma– e inclusive los ingeniosos y geniales Santiago y Sebastián, sus hijos, a quienes dedica sendas y generosas líneas como padre que es y amigo que siempre será: Tus ojos deben mirada hoy un mundo mejor por encima de tanta mala noticia y ver la felicidad con la que te miran tus abuelos y tantos fantasmas que quién sabe cómo lo hacen, pero logran ser los callados justos que te cuidan y dan sosiego. Tienes todos los libros por delante, toda la música infinita con el mismo número de notas que llevamos siglos tarareando y todo el cine donde prolongan tu imaginación y bailan en pareja. Tienes la memoria intacta y el cuerpo ya forjado para resistir las embestidas de esto que llamamos vida. (Paréntesis aparte: Si le encontráramos un símil a este significativo fragmento, sería Beautiful boy de John Lennon su gemelo dispar.)
En los 73 artículos, bien vale mencionar un hilo conductor: la experiencia adquirida desde la trinchera de los cincuenta años. (La “mitad de la vida”, si se permite decirlo…) Todo parece indicar que Jorge F. Hernández tiene mucha vida para compartir con los suyos, es decir, quienes conversamos y convivimos con él, en espera de otros cincuenta años de juventud ejercida y, por qué no, de nuevas experiencias al aire.
Dentro de su obra periodística, repartida entre tanta Agua de azar, su primera antología, Signos de admiración, es una suma de personajes eminentes, maestros al lado del camino; mientras que Escribo a ciegas destella como un recíproco repertorio de querencias. Para el caso de Solsticio de infarto se condensan los espíritus de los volúmenes previos: patria del corazón donde albergar nuestras presencias, e, igualmente, matria de palabras con que asir el tiempo fugitivo. (De jueves a jueves parecería que la historia del mundo cabe en el aletargado paso de las horas ya sin horario.)
Entre los artículos de este libro, se encuentra una faceta inusitada de Jorge F. Hernández tanto para quienes lo leen por vez primera como para sus amistades y gratas presencias lectoras: la de dibujante. Son contados los casos de escritores que dibujan –Xavier Villaurrutia, Carlos Fuentes, Fernando del Paso, por mencionar algunos– cuya maestría en la escritura sólo se reafirma cuando se traspasa los linderos del dibujo. La Libreta de Oaxaca, incluida en esta edición, es apenas una mínima muestra del ingenio y la sorpresa trazados en sus leales libretas moleskine color obispo. (Se diría, incluso, que hay ecos del Gato Culto de Paco Ignacio Taibo I en las frases que acompañan a cada dibujo, pero, dado su oficio de Scherezada, son sólo invitaciones para viajar por la ficción en business class.)  
Con todo, Solsticio de infarto es una suma de inquietudes convertidas en artículo semanal, para hacerle frente a una vida imperiosa y falaz que intenta jugarnos sucio, sea en la traición de un infarto, sea en el desconcierto de una decisión anunciada, y en el empeño de ganar la “guerra con las cosas” (suscribiendo el título de una canción de la chilena Fakuta), digno es hallar la maestranza de cada día y seguir adelante con la vida; para ello (y donde persiste sobremanera el deseo ferviente de Jorge F. Hernández), la única salvación se encuentra en los libros, como este maravilloso volumen a la espera de cambiar vidas y asegurar milagros: para ser libre con la vida, después de todo. (De verdad.)  

Jorge F. Hernández. Solsticio de infarto. Prólogo de Juan Villoro. México, Almadía, 2015. (Crónica)

(18/marzo/2015)

miércoles, 12 de agosto de 2015

Secreto y corazonada

Ulises Velázquez Gil

En su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, Salvador Elizondo dijo lo siguiente: “Nada ilustra mejor la vocación de un escritor que la vida de su primer libro”. Para los escritores de largo trayecto y bibliografía consumada, es un recordatorio de la vida que asumieron desde el momento en que llenaron una página, y para quienes navegamos por el mar de la opera prima, es apenas el aviso de un destino venidero.
Ante esa circunstancia, son contados los casos de escritores noveles cuya primera incursión en las letras denota originalidad y oficio consumado; tal es el caso de Diana Ramírez Luna y su primer libro, A hurtadillas, donde se evidencia una búsqueda constante por ceñir y posponer el tiempo mediante el artilugio más eficaz del cual se puede valer un escritor: la palabra.
A hurtadillas se compone por diez cuentos que nos conducen por ambientes nostálgicos, donde un amor lejano –en todos los sentidos– se decanta a medida que avanzamos en su lectura; es la imperiosa necesidad de asir el tiempo para mantenerlo a raya lo que lleva a esta incipiente y experimentada narradora a cuestionarse muchas cosas: ¿Quién diría que aquella imagen, la misma que in día irradió tanta luz, ahora nos haría palidecer?
En siete de los diez textos de A hurtadillas, Diana se esmera en convertir un sentimiento avasallador en una imagen inmune a toda espera y susceptible a toda esperanza (incluso un “lugar de las apariciones”, recordando aquel minicuento de Juan José Arreola), donde relucen perlas como ésta: Nos acostumbramos a ti, a mí, a esa fotografía que sin querer construimos. Al recuerdo aquel, el más bello, el más lúcido, el único que vale la pena: el del momento que nuca vivimos. […] Y retornar definitivamente a nosotros, recobrar un atisbo de voluntad perdida, atarnos de nuevo a lo real. Morir de la muerte para recordar su brevedad, y volver a la vida (“Breve muerte”). Y aunque nos parezca hallar párrafos similares en los seis restantes, el empeño de decir de otro modo lo mismo persiste para demostrarnos lo contrario: […] En cada momento, en cada paso. Sé que te estoy olvidando. Sé que hoy te recuerdo un poco menos que ayer. Sé que hoy tengo menos archivos nuestros. […] Ya te recuerdo menos, sobre todo cuando cierro los ojos y veo tu rostro tan claro., Sé que te estoy olvidando (“Te olvido”).
Digno es de notar lo siguiente: los siete cuentos de Ramírez Luna, por la peculiaridad del lenguaje empleado, rayan territorios del poema en prosa; incluso se diría que hay una poeta en potencia escondida tras la forma del cuento, en espera de tomar por asalto el silencio. En este sentido, encuentro gratas coincidencias con –y hasta en mayor medida– con Esther Seligson, quien navegara por todos los géneros justo en ese afán de asir el tiempo. Y si dejara fluir su pluma y sus corazonadas mediante la poesía, seguramente Dolores Castro, Rosario Castellanos y Enriqueta Ochoa guiarían sus pasos, o, por lo menos, suscribirían algunas de sus angustias e incertidumbres.
En A hurtadillas hay dos cuentos que merecen especial mención: “Casita musical” y “El espejo”. En el primero, el tópico del “lugar de las apariciones” se sucede continuamente hasta el grado de entregarnos un cuento redondo en fondo como en forma, pues la historia del encuentro de dos jóvenes atraídos por fuerzas difíciles de explicar, cuya música de fondo se vuelve una morada en el tiempo: […] Un par de besos no bastaron, la música subía de volumen al grado de ensordecer y hacer perder la cordura. Lo buscaron, pero no hallaron interruptor que sirviera para apagarla y sus pieles se erizaban más con cada goce. Las manos frías ya de un hombre en una espalda desnuda, en unos pechos más grandes y en unas nalgas ya de mujer no bastaron. El simple contacto no bastó. […] Y aunque para dos cuerpos tan débiles la de aquella casita sea música imposible de ignorar, quizás las noches de estertores, manos y cigarrillos no vuelvan.
Respecto al “El espejo”, éste debe leerse en clave autobiográfica, a guisa de explicarse una vida entre líneas. La protagonista, Mariana Villagrán Ortiz, en la inmensidad (o intensidad, ¿por qué no?) de su cuarto es viajera e inquilina de sus propias creaciones, con una vida propia, deshaciéndose de toda noción de tiempo, donde la única realidad sólo esté hecha de palabras. (Era sencillo, escribir, dejar lo mejor de mis palabras en este mundo e irme…) Y como las palabras nunca osarán dejarnos a la deriva, solamente suscribiendo el espíritu que las mueve, el olvido, la nostalgia o el propio tiempo inclusive, persistirá nuestra pasión por la escritura.
De los diez cuentos, hay uno que, a la primera de cambios, “desentona” por su temática, “El pequeño de los ojos grandes”, relato casi costumbrista de no ser por dos cosas: el silencio y la secrecía de sus personajes, empezando por el niño del título, susurrando a los oídos de las personas palabras que apenas se escuchaban, y la presencia, subrepticia, de la propia autora como testigo de estas historias fugitivas. La joven de al lado, de unos diecisiete años, era la última que había abordado el tren y la única que prestaba atención a lo que ocurría. Observaba a la gente imaginando historias acerca de qué era lo que cada una de esas personas pensaba.
En suma, A hurtadillas es un libro doblemente notable, por su manera de buscar en el silencio de las cosas y de los recuerdos un lugar a salvo de la vida y de sus altibajos; secreto y corazonada donde las mejores historias habrán de sucederse y en el afán de contarse, toda angustia no desaparece por completo, pero se afronta al fin. No cabe duda que en este primer libro, Diana Ramírez Luna tiene muy bien asumida su vocación, ahora sólo queda confirmarla a diario, con prudencia e imaginación, a la vera de otras historias, y sobre todo, Observar cada cosa en espionaje, si atendemos al señero verso de Raymundo Ramos, y así ganar de antemano todas las batallas posibles: a hurtadillas, si se permite. (Verdad que sí…)

Diana Ramírez Luna. A hurtadillas. México, Sediento ediciones, 2013. (Agave, 9)

(11/marzo/2015)

miércoles, 29 de julio de 2015

Famosas primeras palabras

Ulises Velázquez Gil

Decía el escritor español Emilio Castelar que “los discursos se escriben con una hora de trabajo y veinte años de lectura”; para los tiempos que corren, cuando escuchamos hablar de un discurso, de inmediato viene a nosotros una imagen hasta cierto punto molesta: el político en turno, haciendo alarde de sus desatinos. Sin embargo, en el ámbito académico no sucede así, puesto que una forma generosa de divulgar el conocimiento se debe gracias a esta forma de escritura, oral en cuanto a su lectura como a su atenta escucha. Insignes instituciones como las Academias de la Lengua y de la Historia, el Seminario de Cultura Mexicana, la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística y El Colegio Nacional han hecho del discurso una decorosa tradición. 
Para el caso de El Colegio Nacional, cada que un nuevo integrante presenta su discurso de ingreso (o lección inaugural) nos da la oportunidad de conocer algo de la experiencia vital del flamante recipiendario en su campo de acción, sea en las ciencias, en la cultura y en las artes. Tal es el caso del escritor Juan Villoro quien nos entrega en Históricas pequeñeces. Vertientes narrativas en Ramón López Velarde un tema de su acendrado interés y escrutinio por la literatura mexicana.
(Paréntesis aparte: La dinámica del discurso de ingreso obedece a tres fases: una, la salutación por parte del presidente en turno de la institución que recibe al nuevo integrante; dos, la lección inaugural de dicho individuo, y, por último, la respuesta de otro integrante, a guisa de bienvenida a la corporación, donde además de resaltar la obra hecha en el campo de acción del nuevo integrante, pondera el trabajo recién presentado.)
En Históricas pequeñeces Juan Villoro nos lleva de la mano por la vida, obra y milagros del poeta Ramón López Velarde, cuya presencia en las letras mexicanas aún resiste a los embates del tiempo actual, que insiste en tildarlo de “poeta nacional”, a lo que el autor de Albercas nos replica lo siguiente: No hay nada más equívocque un “poeta nacional”, como se ha llamado a López Velarde. Nadie puede suplantar con sus versos a un país. El autor de La sangre devota ha contado con el dudoso privilegio de representar las esquivas esencias vernáculas. También ha sido el poeta más y mejor leído de México […].
Por fortuna y por desgracia, el hecho de ser “el poeta más leído de México” se ve de dos maneras: por un lado, los lectores dedicados y honestos en su conocimiento del poeta zacatecano, y, por el otro, a una plétora de exagerados en ensalzar una monolítica figura, sin importar el partido en turno. Ante estas circunstancias, el discurso de Villoro justiprecia a un autor en espera de una justa lectura y, por qué no, de una biografía ideal, aunque, para los poetas, aseguraba Octavio Paz, con su obra nos basta para cubrir esa demanda. La posteridad está llena de malentendidos y modifica la vida de sus favoritos. López Velarde es un personaje central del relato de la modernidad mexicana. Vivió en crisis con su país, pero su destino fue similar al de José Guadalupe Posada. […] En forma póstuma, fue convertido en precursor de una revolución en la que no creía. (Y esa “revolución” la vino a armar en el campo de batalla de las letras mexicanas.)
Otro aspecto que Villoro aborda en su discurso es el sinnúmero de coincidencias con otro importante escritor del siglo XX, James Joyce, a quien, a la primera de cambios, resultaría imposible relacionar con el zacatecano, pero Villoro, citando a Roman Jakobson, suscribe que “mientras más alejados estén los términos equiparados y más fuerte sea el vínculo que los une, mayor será el efecto.” Sus biografías guardan semejanzas significativas pero genéricas. Compartieron la misma época; fueron lectores de la Biblia, Laforgue y Baudelaire; se criaron en un ambiente obsesivamente católico y despreciaron a una potencia extranjera que amenazaba la cultura local (el celo antibritánico de Joyce es comparable al repudio por lo norteamericano de López Velarde). […] admiraron la tradición y procuraron transgredirla.
En los 71 años y pico de existencia de El Colegio Nacional, esta empresa no es del todo nueva, dado que, 33 años antes, Salvador Elizondo hizo lo propio en Ida y vuelta: Joyce y Conrad, su discurso de ingreso, autores capitales en cuanto a su forma de innovar la narrativa se refiere. (Noblesse oblige…) Pero sigamos al pendiente del empeño propio de Villoro: El sistema de comparaciones, la explotación de las posibilidades naturales del habla, la mitologización de lo cotidiano y la libertad rítmica del lenguaje emparentan a ambos autores. Señalo una concordancia menos fácil de advertir y más profunda: la manera en que educan su estilo literario.
La pericia con que Juan Villoro nos guía por el mundo de López Velarde, se complementa con algo de su propio ingenio narrativo, expuesto en la novela El testigo, donde el zacatecano se asoma y sorprende al lector a lo largo de la trama, incluso trayéndolo hasta nuestros días, justo en el momento en que se lleva a cabo la ceremonia de ingreso en El Colegio Nacional, cuya frase final deviene glorioso sino: El poeta que se fue, acaba de volver. (Habría que preguntarse también ¿y cuándo dejó de irse?)
Por último, digno es resaltar la respuesta de Eduardo Matos Moctezuma a dicha lección inaugural, quién, pese a ser arqueólogo de oficio y profesión, no ceja en compartirle a su flamante colega su profesión de fe ante la palabra y frente a la vida elegida: […] puedo decir que el mundo de la literatura me apasiona y he tratado de penetrar en él a costa de que la vista se desgaste y el espíritu se enriquezca. […] mi quehacer cotidiano es estar en contacto con los hombres que fueron y que el tiempo los dejó ocultos en la tierra. Soy, simplemente –recordando a Proust–, un buscador del tiempo perdido. (¿Qué otra cosa es la literatura sino esa persistente empresa?)
Ante los ingentes y dedicados empeños de instituciones beneméritas como El Colegio Nacional, el discurso se reivindica ante nuestros sentidos como una forma esperanzadora para salir avante de todos los contratiempos de la vida; famosas primeras palabras que suscitan curiosidad y reencuentro, destino y querencia, contra un tiempo en apariencia desconcertante. Leer a Juan Villoro siempre es un deleite, pero acercarse a su obra mediante Históricas pequeñeces nos augura una victoria segura dentro de un mundo cada vez menos ancho y lamentablemente más ajeno. Y que la vida y las lecturas lo confirmen o lo transformen. (Sin duda.)

Juan Villoro. Históricas pequeñeces. Vertientes narrativas en Ramón López Velarde. Discurso de ingreso. México, El Colegio Nacional, 2014.

(23/febrero/2015)

miércoles, 15 de julio de 2015

Lección de vida ejemplar

Ulises Velázquez Gil

Alguna vez mi abuela paterna me dijo una frase que hoy en día considero como su “testamento”, donde su sabiduría aún resuena como si apenas la hubiera escuchado: Los viejitos nos estamos retirando. En el ancho y ajeno mundo de las ciencias y las humanidades, hay tres maneras para consumar esa sentencia: la jubilación académica, el retiro voluntario (muy sonado en estos días, por cierto) y el fallecimiento. 
Un historiador de alto calibre académico, Silvio Zavala (1909-2014), cumplió a cabalidad con las tres formas; no consecutivas, cabe decirlo, pero consciente de una cosa importante: legar sus conocimientos y compartir su experiencia de vida a sus futuros colegas, así también como a los lectores de a pie, como quien esto escribe. Aunque en vida fue reacio a escribir sus memorias, no reparó en tiempo y espacio para dejar testimonio de su pasión historiográfica y en el pequeño volumen Conversaciones sobre historia: Silvio Zavala queda expresada dicha pasión.
Dividido en dos partes, este libro reúne cuatro interesantes entrevistas realizadas por colegas historiadores como Peter Bakewell, Ernesto de la Torre Villar y Jean Meyer, y por la periodista Patricia Rosales, y dos textos autobiográficos, donde podemos encontrar en estado puro la inquietud persistente de un clionauta de tiempo completo. Mi camino para llegar a la historia pasa primero por las enseñanzas del derecho, lo que nunca he deplorado; la formación jurídica seria, estructurada, hace ver las cosas con cierta profundidad y nunca me he arrepentido de ese aprendizaje…; se puede decir que mi nacimiento a la historia vino a través de los cursos de derecho constitucional […] y más tarde del estudio de las instituciones primero en México y luego en España.  
Estos primeros acercamientos al estudio de las instituciones, junto con una curiosidad a prueba de balas y un marcado olfato detectivesco, hicieron del entonces joven Silvio Zavala un historiador comprometido con la investigación, y pese a decirse que el pecado capital del investigador es la especialización excesiva (hasta volverlo un individuo de proceder petulante y enciclopédico), en Zavala sucedió de otra forma, hasta volverlo acertado (con sus pesquisas y lecturas), generoso (con sus maestros como con sus colegas) e inteligente (respecto de los destinatarios de sus investigaciones). Nada como escucharlo de primera fuente: [...] cuando se da ese deseo de aprender algo del pasado, así sea muy modestamente, me parece que el trabajo histórico viene a ser una especie de satisfacción de esa necesidad de conocimiento que surge del investigador, sobre todo cuando esa vocación nace en una persona joven y que tenga tiempo para prepararse y contestar algunas de las preguntas que se formule. (No cabe duda que quien profirió aquellas palabras, fue el primero en aplicarlas consigo mismo.)
Además de conversaciones muy amenas sobre la vida ejemplar de un historiador, Silvio Zavala comparte algunos “secretos” para hacer una buena investigación, donde también da libre curso a sus recuerdos, en una suerte de autobiografía no velada. El Yucatán de principios de siglo XX que lo vio nacer, sus estudios de Leyes en México y un viaje a la España anterior a la Guerra Civil que lo convirtió al sacerdocio de la Historia, muy llevado de la mano de don Rafael Altamira, cuya presencia destella en la conversación como quien mira hacia el firmamento en busca de una estrella guía: Eminente jurista, pedagogo, literato, filósofo, le gustaba el arte, por eso hizo su gran contribución a la historia de la civilización española, y como su cátedra era de derecho indiano, de las instituciones de América, naturalmente gentes que estudiábamos derecho, procedentes de América, de Filipinas, de España misma, convivíamos y nos formamos en ese ambiente.
Una cosa que preocupaba a don Silvio era la pluralidad de enfoques en cuanto a la factura de la Historia. En buena parte de los textos aquí reunidos, siempre le interesó que sus colegas futuros ampliaran, incluso superaran, los esfuerzos diligentemente hechos por él y sus epígonos de anterior trayectoria, porque la Historia, como las demás ciencias, es aún perfectible; luego de retirarse de toda actividad académica y diplomática, se dedicó a “poner en orden sus papeles”, porque quien comienza temprano a leer y a escribir, debe, temprano, a dejar de escribir, mas no a dejar de leer.
Así como Baltasar Gracían sostenía que hay tres tipos de conversaciones en esta vida, para Silvio Zavala las hay para hacer historia, o al menos, para “tropezar con el tiempo”: […] los problemas del tiempo son la tarea del historiador. Está, por una parte, la vida de la persona, las transformaciones de su propio modo de ver las cosas. Al lado de este tiempo personal está el paso del tiempo social, de la vida que se está desarrollando en torno de uno. Para acabar de complicar las cosas del tiempo del historiador está el hecho de que su afición o profesión lo lanza al tiempo ido, hacia otra gente que ya ha pasado. Esta reflexión del tiempo hay tenerla en cuenta para el trabajo del historiador. Quizá, en última instancia, su tarea consista en la convergencia del tiempo personal y del tiempo social con esa tercera dimensión del tiempo ido, del tiempo pasado, para incorporarlo a sus propias vivencias. (Los subrayados son míos.)
¿Por qué acercarse a Conversaciones sobre historia? Muy sencillo, para conocer de primera fuente la experiencia de un historiador dedicado a recobrar la memoria del tiempo que le precedió, bajo un cuidado rigor en la información recabada, así también en el estilo personal de hacer historia (detalle que, más adelante, un discípulo suyo, Luis González y González, logró ceñir en las páginas de El oficio de historiar); lección de vida ejemplar en espera de multiplicar los adeptos a la historia, sin importar el adjetivo que deseen añadirle. Ante mi lectura de la presente antología, creo entender por entero aquella sentencia de mi abuela paterna, y que, de cierta forma, me recordó el proceder de don Silvio en el justo balance de su vida, de “retirarse” muy a tiempo. (Por fortuna, dos alumnos suyos de El Colegio de México, Luis González y González –habitante de esa Ciudad Esmeralda de los historiadores, San José de Gracia– y Moisés González Navarro –recientemente fallecido al momento de escribir estas líneas– continuaron con pasión desmedida sus labores en pro del estudio y de la difusión de la Historia.)
Quede en ustedes acercarse al trabajo de Silvio Zavala, yucateco eminente en espera de una generosa lectura y de una justa biografía. Mientras esto o aquello sucede, que estas conversaciones susciten otras tantas en su honor. (Así sea.)  

Conversaciones sobre historia: Silvio Zavala. México, El Colegio de México, 2015.
  
(9/febrero/2015)

domingo, 5 de julio de 2015

Mi encuentro con Fakuta

Lo que comenzó con un videoclip transmitido por Canal Once, hoy es una maravillosa experiencia, pues ayer, sábado 4 de julio, tuve la dicha de asistir al Festival Neutral MX, organizado por la casa disquera Quemasucabeza, de Chile, con la participación de grupos y cantantes representativos del rock y el pop chileno de los años recientes; y en su tercer y último concierto, un cartel de súper lujo: el cantante argentino Coiffeur, y los chilenos Fakuta y Gepe, harto conocido en estos lares.
Gracias al agua de azar y a la generosidad de un compañero de batallas, me hice de un boleto para dicho concierto, y allí entregarle a la ingeniosa y genial Fakuta un ejemplar de Sirenas del MP3, encuentro previamente acordado desde nuestras cuentas de Twitter.
Luego de un trayecto algo lluvioso, a las 8:40 pm llegué al Sala, lugar donde se realizaría el concierto, a media cuadra de la Glorieta Insurgentes. Luego de mostrar mi boleto y gastar infructuosamente 30 pesos en la paquetería por un paraguas que cargué en balde, entré a la sala donde ya se vivía un ambiente de lo más festivo; el público, compuesto en su mayor parte por jóvenes entre 18 y 25 años, esperaba gustoso que comenzara el concierto. Mientras unos revisaban sus celulares y echaban relajo, otros se acercaban al bar para pedir una cerveza, la cual fue ofrecida por los meseros del lugar a quien esto escribe. Les dije que no, gracias, que así estaba bien. (Aún así, insistieron otras veces…)
A las 9:15, por fin, comenzó el concierto. El argentino Coiffeur fue el encargado de abrir la jornada musical de esa noche; acompañado por la percusionista Carolina Deplásticoverde, interpretó varias de sus canciones conocidas por el público mexicano, contento de tenerlo por primera vez tanto en México como en el Neutral MX. “Pieles” fue la primera que el público cantó de buenas a primeras, seguida por “Mientras tanto” y “Damero”, entre otras que interpretó a capella; al filo de las 10 pm, Coiffeur y Deplásticoverde abandonaron el escenario, agradeciendo la preferencia del público, en espera de volverse a encontrar muy pronto. (Como Coiffeur, también para mí fue una primera vez… pero por partida doble: sus canciones me gustaron mucho y, claro, allí estaba, en su primer concierto en tierras mexicanas. Un electropop con toques de folk que bien merece la escucha. Seguro que sí.)
Después que el staff de Quemasucabeza dejó listo el escenario para el artista siguiente (y de que los asistentes se tomaran otra cerveza y buscaran un lugar lo más cercano al escenario), a las 10:15 pm, Deplásticoverde, acompañada por Estefanía Zota Pianola y Ariel Dj Dementira ocuparon sus respectivos instrumentos, para luego recibir a la gran Fakuta, quien arrancó su participación con “Guerra con las cosas”, la cual encendió en parte los ánimos del público (y eso que aún faltaban varias canciones); en “Estrella”, canción proveniente de Al vuelo, primer disco de Fakuta, tanta era su emoción por estar en México que a media canción ¡¡se le olvidó la letra!! Por fortuna, Zota y Deplásticoverde le dieron con una sonrisa la fuerza necesaria para seguir con “Armar y desarmar”. Cuando llegó el turno de “Domesticar” llamó al escenario a Coiffeur, con quien haría el consabido dueto. Con “La intensidad” y “Luces de verano”, se calmaron un poco los ánimos y la atmósfera era un poco más pasiva y hasta amorosa, según noté en algunos asistentes.
A mitad del espectáculo, Fakuta anunció que para la siguiente canción, “Invisible”, contaría con una participación especial; aunque el público esperaba a Cristobal Briceño (vocalista del grupo Ases Falsos), no cupo de emoción cuando la chilena Mon Laferte entró al escenario para hacer dueto con Fakuta. Una interpretación única, diríase hasta fantasmagórica, porque la voz de Laferte va más allá de todo. (Bien merece un concierto aparte para apreciarla en todo su esplendor.) Rumbo al final, canciones como “Aeropuerto” y “Mascota” abrieron brecha para dos joyas musicales esperadas con ansia: “Tormenta solar” (donde sólo faltaban las monjas rebeldes del videoclip o por lo menos el multimedia de sus conciertos en Santiago) y “Despacio”, a manera de glorioso cierre, con la participación especial de Yeimi Navarro (del equipo musical de Gepe) en el street dance. Se despidió del público mexicano, en espera de volver muy pronto.
Mientras el staff arreglaba el escenario para el gran final, a cargo de Gepe y su pop andino, quien esto escribe se aproximó a la parte derecha del escenario para, ahora sí, cumplir una promesa: entregarle a Fakuta un ejemplar de Sirenas del MP3. Mientras el personal de seguridad del Sala hacía su trabajo de no permitir la entrada a personas ajenas al equipo de Quemasucabeza, fue gracias a una hermosa y amable representante artística que se dio mi encuentro con Fakuta. Luego de las respectivas presentaciones (pues sólo nos conocíamos por Twitter), le mostré mi libro dedicado de puño y letra, en particular, el homenaje poético que le hice. “Me gustaría leerlo…”, me dijo. “Deja que lo lea para que lo escuches mejor”. Lo leí con suma devoción y al final ella quedó maravillada por ese buen gesto. Además del ejemplar firmado le di otros dos para su colección. Le comenté que tenía el plan de comprar allí mismo el Tormenta solar pero que ya no había. “No te preocupes, si tengo bien el dato para que lo consigas, yo te aviso por Twitter”. Y como el tiempo apremiaba, a falta de disco para firmar, le pedí que me firmara mi ejemplar de Sirenas del MP3, en especial la página donde estaba su poema, “Escuchando a Fakuta”. Una dedicatoria sencilla pero llena de afecto y gratitud. 
 “Dispensa que no me quede al show del Gepe, pero mi último metro sale antes de medianoche”. Con estas palabras me despedí de ella, en espera de otros encuentros, pero sumamente contento por haberla conocido. Un milagro doblemente cumplido: por asistir al concierto, por conocerla en persona. (Verdad que así fue.) 

miércoles, 1 de julio de 2015

Escuchar la memoria

Ulises Velázquez Gil

Al principio de sus memorias, agrupadas bajo la afirmación Sí, me acuerdo, el actor italiano Marcello Mastroianni hace una mención aleatoria de las cosas que vienen a su mente, por dispares que éstas sean. En algún momento de la vida hay nombres y cosas que llegan a nuestro pensamiento y piden a gritos su lugar en la memoria. Sin embargo, cuando los nombres recordados hacen mella en ésta, es ineludible acordarse de las personas que los portaron, con su genio y figura propios de sí.
El legendario periodista capitalino Manuel Horta (1897-1983), consciente de esta circunstancia, presenta en Siluetas en la neblina a varios personajes de la vida cultural de México desde la perspectiva de un contemporáneo que trabara con ellos amistad y conversación, derivados de la constancia en el trato y la franqueza en el recuerdo. En una palabra, se trata de una evocación: El espejo de la evocación tiene profundidad insospechada. A medida que se clavan los ojos, las sombras más débiles van cobrando relieve, color y movimientos y de leves siluetas de humo se transmutan en rostros sin mirada, como las estatuas que dejaron ciegas los milenios.
Aunque para varios de nosotros los personajes allí pintados se acercan (por desgracia) a la naturaleza de un monumento en Paseo de la Reforma o de un almanaque al estilo del más antiguo Galván, la prosa de Manuel Horta les devuelve vida cuando de ponderar su presencia se tratase; muchos de estos retratos aparecen frente a frente con un lector a la espera de reconocerse en él, también para testimoniar una época ya fugitiva y sin esperanza de volver.
Ramón de Valle-Inclán, Rodolfo Gaona, Ramón López Velarde, Amado Nervo, Federico Gamboa, José Juan Tablada y hasta Ernesto García Cabral (el inolvidable Chango) concurren en las páginas de este libro donde el esmeril del recuerdo permite estampas como ésta:
-Usted se va conmigo, Cabral...
-Imposible señor Fabela… Yo me vuelvo a París con Madeleine… Pero el Ministro experimentado, ordena a Enrique Freyman que reserve un trasatlántico de lujo… Y a las puertas de la Compañía Naviera, Freyman hace un pacto con él.
-Aquí hay una perra gorda, Cabral… De un lado lleva el León de Castilla […] En la otra cara, está la mujer recostada […] Lanzamos al aire la moneda… Y en un volado jugamos a tu destino… Si ganas a la dama española, retornas a Francia… Si yo gano al León, te vas a Buenos Aires… Gana el emisario de Fabela y Cabral, bañado en lágrimas el rostro, toma el pasaje y embarca desmadejado, sonámbulo, con el espíritu en derrota… Diez años más tarde y en la capital azteca, el propio Freyman revela a Cabral su secreto: la moneda fue limada y unida a otra perra gorda, de manera que en ambas caras estaba el León de Castilla…

(La vida en un volado, ¿no creen?)
Aunque en muchas de las estampas de Horta abunda el humor, en otras sucede lo contrario: el tamiz de la tragedia acomete la escritura de las más entrañables, como aquéllas sobre Amado Nervo, en quien observa un halo de nostalgia por un tiempo irrecuperable y hasta una despedida próxima. Así también con Manuel Gutiérrez Nájera y Ramón López Velarde, con quienes cumple una deuda de admiración al incluirlos en su galería personal de querencias, donde el emblemático edificio de Mascarones se torna escala íntima. A principios del siglo XX, “Mascarones” abre sus puertas, llena sus aulas y patios con cabecitas curiosas y doctores en ciencias, matemáticos ilustres, geógrafos, historiadores y literatos que modelan una brillante generación. […] ¿Pero quién recuerda a los maestros que les abrieron el camino lleno de luz?
Pero una historia muy digna de mencionar es la referida a Los Pergaminos, aquel grupo legendario de artistas reunidos en torno al conocimiento y las artes; antes de toda nomenclatura hípster y revolucionarios de cafetera, Manuel Horta y su hijo Raúl –a la postre, prologuista del libro– fueron testigos de la consumada conjunción de figuras como Pedro Vargas, Guty Cárdenas e Ignacio Fernández Esperón Tata Nacho entre los compositores; Adolfo Best Maugard y el Chango García Cabral, los atípicos; Adolfo Ruiz Cortines e Isidro Fabela, políticos ilustrados, y hasta Mario Moreno Cantinflas, Silverio Pérez y Rafael Freyre como parroquianos frecuentes. (Para muchos de nosotros, buena parte de esos nombres resuenan en el recuerdo gracias a las charlas de padres y abuelos, pero si traspasaron las aduanas del tiempo, se debió a una lectura serena, doblemente generosa en trato y abordaje. Pero al fin y al cabo -¡oh sabio astrónomo de Naisapur!– únicamente somos un desfile de sombras frente al sol –linterna mágica en medio del espacio, sostenida por el organizador del espectáculo...
Con todo, acercarse a Siluetas en la neblina es una manera grata de conocer una época pródiga en talento y personalidad, donde el valor de una persona pública se mide por sus legados en el buen trato que por el número de selfies que se toma en un acto público; escuchar la memoria a la busca de una respuesta, una muy efectiva que solucione una omisión de recuerdos y una justa ponderación de épocas, porque después de todo, “qué somos sino la actualización de un presagio”, como se preguntaba acremente Salvador Elizondo. (Lo demás, sólo el tiempo… y un ganchito.)

Manuel Horta. Siluetas en la neblina. Ilustraciones de Rafael Freyre. Prólogo de Raúl Horta. México, Jus, 1977.

(2/febrero/2015)

jueves, 11 de junio de 2015

Miguel Bosé en el Auditorio Nacional

Ulises Velázquez Gil

Hace una semana, por mera agua de azar, llegó a mis manos un obsequio inusitado (a guisa de antesala para el martes 16, día en que quien esto escribe será un año más viejo): un boleto, fechado para el jueves 11 de junio, para el concierto de Miguel Bosé.
Luego de un viaje de ida bastante tranquilo (sin problemas en el cambio de línea, de la 2 a la 7 en la estación Tacuba, y una breve visita al mural del rock en la estación Auditorio), a las 7:50 pm el firmante de esta columna llegó a las puertas del Auditorio Nacional para el concierto; fui el primero en llegar a mi asiento: primer piso, fila D, asiento 47. Mientras llegaban los demás ocupantes de mi sección, aproveché para leer un poco, revisar los mensajes de mi celular y hacer memoria de mis anteriores visitas al Auditorio. En ese momento, la voz oficial del recinto hizo las respectivas advertencias de protección civil y de asistencia: señal inequívoca para el inicio del concierto.
Con un ligero retraso, a las 8:40 se empezaron a escuchar trinos de pájaros y en el escenario cuatro luces, parecidas a las de un generador, se apagaban y se encendían constantemente. Detrás de una de éstas, apareció Miguel Bosé, entonando las primeras líneas de “Amo”, canción que da título a su producción más reciente; mientras avanzaba la canción, se sucedían en el escenario varias imágenes relacionadas con la naturaleza, las cuales también quedaron muy ad hoc para “Encanto” y “Libre ya de amores”, también provenientes del Amo.
A partir de la cuarta canción, “El hijo del Capitán Trueno” (donde el escenario se asemejaba a un enorme acuario), el público ya se alistaba para cantar a voz en cuello, o para corear las canciones de pie o en su asiento. De pronto, el escenario se oscureció y una luz roja comenzó a salir de quién sabe donde: era un dragón de un rojo intenso y en ese momento se escucharon los acordes de un citar (o algo parecido) que dieron lugar a “Salamandra”, para después seguirse con “Nena” y mi favorita de favoritas, “Aire soy”, cuyos arreglos actuales me hicieron pensar lo siguiente: “¿A poco va a cantar con Ximena Sariñana?”, cosa que no sucedió. (Mejor así.)
(La sección del primer piso donde me encontraba, era la locura, pues entre madres e hijas, amigas y compañeras se armó un ambiente lo más intenso: además de corear las canciones e incluso bailarlas desde sus lugares, se intercambiaban los asientos para conocer otra vista, y hasta un pequeño paquete de goma de mascar recorrió toda la sección. ¿Acaso pasa igual en todos los conciertos de Bosé? Quién sabe…)
Llegó el momento emotivo del concierto con tres canciones en sí esperadas por el público: “Horizonte de las estrellas”, “Sólo sí” y “Te comería el corazón”, donde no faltaron algunas lágrimas del público en la interpretación de la segunda; al finalizar la tercera de este bloque, el escenario volvió a oscurecerse y otra vez el color rojo hizo de las suyas, esta vez dentro de varias imágenes religiosas, donde se veía, veladamente, el rostro de Bosé en una de ellas: se trataba de la canción “Sevilla”, infaltable en el repertorio del ibérico, y antesala de una que hizo retumbar el Auditorio, “Si tú no vuelves”, y de otra que me dejó conmocionado, “Tú mi salvación”.
Después de estas canciones, el escenario quedó ligeramente a oscuras, y de donde apenas era perceptible al oído un estribillo de sobra conocido por los fans de Bosé: “Canta y vuela libre como canta la paloma…” y así como de la nada, el escenario se iluminó con los primeros acordes de “Nada particular”, a la que todo el público respondió de pie y cantando a voz en cuello; hasta yo, que no me había levantado de mi asiento hasta ese momento. Le siguió “Partisano” (con unas letras verdes como de monitor de computadora en el escenario), “Como un lobo” (a la que sólo le faltaba la voz de Bimba, o al menos eso me parecía) y “Morenamía”, la cual convirtió varias de las secciones del auditorio en improvisadas coreografías, que continuaron en “Sí se puede”, donde el multimedia del escenario parecía monitor de videojuego o hasta de canal japonés. Y con esta canción, Bosé se despidió de su público, el cual, con aplausos y el unánime grito de “¡Otra, otra!”, lo regresaron al escenario sólo para regalarnos tres canciones más: “Que no hay…”, “Bambú” y, por supuesto, “Amante bandido”, con la que parecía despedirse del público, pero no fue así.
Luego de presentar a cada integrante de su equipo (entre coristas, músicos, sonido y multimedia), agradeció a su público por su asistencia y por su fidelidad a lo largo de 25 años de conciertos en el Auditorio Nacional, y lo definió en una sola palabra: imbatible. Después de ello, comenzó a cantar aquella “carta” escrita a sus 19 años, que al escribirla para nadie, ahora es de todos: “Te amaré”, y cuando parecía despedirse al fin, cerró su concierto con “Por ti”, del disco Cardio.
Eran las 10:53 de la noche y el público ya se dirigía hacia la salida; muchos para hacer escala en los sanitarios y algunos más se quedaban en los andadores esperando a sus familiares y amigos, o simplemente en la charla informal sobre cómo estuvo el concierto. Con el ánimo a mil por hora y una garganta enronquecida por tantas canciones, emprendí el regreso a casita, con la esperanza de volver muy pronto al Auditorio Nacional. Por ahora, logré mi sueño de ver a Miguel Bosé, y con ello quedé más que complacido.
Como siempre le digo a una querida amiga, siempre estará el Auditorio Nacional, y en octubre espero que así sea. (De verdad.)

miércoles, 18 de febrero de 2015

Ojerosa y transpirante

Ulises Velázquez Gil

En Las ciudades invisibles del prolífico Italo Calvino, Marco Polo cuenta al Kublai Kan de sus hallazgos urbanos a lo largo de sus travesías de reconocimiento; cada ciudad, cabe decirlo, no tiene la misma importancia para sus habitantes ni se parece a las demás por el simple hecho de ser, sobra decirlo, una muy diferente. Sin embargo, cuando en una misma urbe se conjuntan varios sentimientos encontrados, es decir, la presencia de otras ciudades, la cuestión obedece a una logística en particular.
            Después de llevarnos de paseo por Madrid y sus escritores de la mano de La Emperatriz de Lavapiés, el narrador mexicano Jorge F. Hernández nos entrega una segunda novela donde la ciudad tiene mucho que decir. Réquiem para un Ángel (Alfaguara, 2009) cuenta la historia de un ciudadano fuera de serie, Ángel Andrade, quien luego de una epifánica huida de casa, se autoerige en Salvador de la Ciudad. Sin mayores armas que una mochila repleta de cuadernos en blanco y lápices de colores, el ahora llamado Ángel Anáhuac camina por los rincones de la Ciudad de México, buscando mujeres indefensas a quienes socorrer, comensales de kilometraje acumulado, perdedores profesionales cuyo error y figura es sólo una imagen vista a 24 cuadros por segundo, en fin… habitantes que llevan en sus apellidos la nomenclatura de las colonias, y que, conscientes de su papel urbano, forman ese interminable coro de necios empecinados en vivir y resignados a morir en esa ingrata ciudad, amada y odiada al unísono, como cualquier Catulo en el destierro. Entre la experimentada lección de Carlos Narvarte, la franqueza desconcertada de Alberto Torres de Mixcoac, o el arrojo desanimado de Tony Tlalpan, entre otros personajes que le hacen coro, Ángel Anáhuac descubre su presencia en la Ciudad de México; luego de plantarse frente a su epígono del Paseo de la Reforma y anotar en su libreta los resultados de su percepción (bitácora de neologismos, diccionario secreto de la ciudad), ocasionando que una pléyade de pronombres (unos, otros, algunos, aquéllos, él, ella, tú, nosotros) diga su versión de los hechos, aunque para otros –no sabemos quiénes– el único hecho sea sólo mera diversión.
            Para quienes conozcan los territorios donde se mueve la obra narrativa de Jorge F. Hernández, Réquiem para un Ángel es la plaza principal donde se citan, se reúnen o se manifiestan los pequeños universos de sus cuentos y novelas: soñadores de la Historia, cuyas historias juegan a la casa de los espejos, e instaurando brevísimos imperios en lo más recóndito de una ciudad allende el charco atlántico. Ángel Anáhuac, como a Pedro Torres Hinojosa (La Emperatriz de Lavapiés), busca a su Penélope a cada paso por la ciudad de sus desvelos; comparte con Epigmenio Bedoya y el capitán Ornelas su deseo de sobrevolar los extraños parajes de una urbe ajena y desesperante, pero suya a fin de cuentas, y como Rolando Revilla en “Noche de ronda”, su paseo por los delirios de la noche citadina hasta deshacerse con las primeras luces del amanecer.
            Con todo, Réquiem para un Ángel es una carta de amor y odio dirigida a la Ciudad de México; elogio de la calle que no escribe sus historias, a riesgo de volverse un almanaque más, y, como su antecesora directa, La región más transparente de Carlos Fuentes, y a semejanza de la Ojerosa y pintada vista por Agustín Yáñez, cede la última palabra a sus habitantes, quienes, después de todo, siguen impugnando su presencia, a sabiendas que viven en una ciudad más que transpirante, pero ojerosa al fin y al cabo.

Jorge F. Hernández. Réquiem para un Ángel. México, Alfaguara, 2009.

(5/agosto/2011)

miércoles, 4 de febrero de 2015

Las razones del corazón

Ulises Velázquez Gil

Comienza el último mes del año (y, por ende, éste llega a su inminente fin), luego de pasar revista a varios libros que han pasado por mis manos, tal y como lo preví en la carta que envié a Juliana Castellanos, decidí hacer un alto en el camino y volver a uno de los libros que siguen haciendo mella en la sensibilidad que quien esto escribe. Va de cuento: en 1994, apareció la nueva novela del ya entonces aclamado escritor italiano Antonio Tabucchi (cuya primera novela, Piazza d’Italia, rozó los linderos de la narrativa social o de denuncia); me refiero, desde luego, a Sostiene Pereira.
Corría el año de 1938, y en una Lisboa que ya resentía el amargo sabor de la dictadura de Antônio de Oliveira Salazar, se desarrolla la historia de un veterano periodista de sociales, Pereira, a quien se le encomienda dirigir la página cultural de un diario vespertino lisboeta, experiencia de la que sale apenas bien librado. Como ya la edad hacía estragos física y anímicamente hablando en el periodista, éste se empecinaba en escribir y publicar obituarios adelantados de los escritores en boga, empresa nada envidiable y que no robaba muchas fuerzas… hasta que conoce a Francesco Monteiro Rossi, un joven estudiante de filosofía, quien se integra al suplemento gracias a su insistencia y, claro, a la constante necesidad de dinero que, por poco que fuese, le servía para complacer a su novia Marta, cuyas afinidades y simpatías iban más allá de lo amoroso. Pereira le comisionó la escritura de esos obituarios, los cuales llegaban a las fronteras de la diatriba y el retrato.
La importancia del encuentro entre Pereira y Monteiro Rossi reside en que el espíritu optimista y combativo del segundo infundió, paulatinamente, nuevas esperanzas en el primero, dado que se había habituado a una serie de rutinas bastante huecas -aparentemente-, como hablarle al retrato de su finada esposa, beber en exceso limonadas muy dulces o degustar omelettes a las finas hierbas, haciendo caso omiso de las órdenes médicas, hasta que Monteiro Rossi le tambalea el esquema. El propio Pereira no ceja en reconocerle su extraordinario talento, pero prefiere que las cosas encuentren su natural cauce, y aunque le achaque el caracter “impublicable” de sus obituarios, al final termina por guardarlos en un cajón del archivero, por si acaso. Y esto, precisamente, no lo hace por maldad, sino porque los tiempos difíciles que se viven ameritan cierta prudencia. (Las buenas noticias, en tiempos de guerra, hay que dejarlas en cuarentena, dijo, y no sin razón, Benito Juárez.) A final de cuentas, Pereira pasa de avinagrado a extrañamente optimista, y hasta simpatiza con la causa de Monteiro Rossi, oponiéndose a las espurias imposiciones de la política gobernante; el único obituario que se publica en el suplemento vespertino, es el de su amigo, primera de muchas víctimas de la dictadura salazarista.
Seguro más de uno se preguntará: si Pereira ya tenía la vida resuelta ¿por qué luchar contra la adversidad? ¿No se le hacía más fácil seguir como traductor de autores inofensivos, que tirándose a matar? Luego de cerrar el libro (y de enjugarme los ojos), la historia del periodista Pereira deja una valiosa lección: siempre hay buenas razones para seguir viviendo, por mínimas u opuestas que éstas sean. En alguna parte del libro, Pereira le decía a Monteiro Rossi que además de abrir bien los ojos para escribir, también debía seguir las razones del corazón. (Palabras de profeta, sin lugar a dudas.)
Como en otras ocasiones, se me escapan cosas y hasta repito algunas verdades, pero ustedes, lectores pretéritos, presentes y futuros, tienen la misión de llenar los huecos restantes con su propia lectura. Si después de leer Sostiene Pereira, terminan con lágrimas en los ojos -igual que un servidor-, terminarán por comprenderlo, o por lo menos, se aproximarán a ello. (Así sea.)

Antonio Tabucchi. Sostiene Pereira. Una declaración. 11ª ed. Trad. de Carlos Gumpert y Xavier González Rovira. Barcelona, Anagrama, 2005. (Compactos, 201)

(9/diciembre/2011)