jueves, 11 de junio de 2015

Miguel Bosé en el Auditorio Nacional

Ulises Velázquez Gil

Hace una semana, por mera agua de azar, llegó a mis manos un obsequio inusitado (a guisa de antesala para el martes 16, día en que quien esto escribe será un año más viejo): un boleto, fechado para el jueves 11 de junio, para el concierto de Miguel Bosé.
Luego de un viaje de ida bastante tranquilo (sin problemas en el cambio de línea, de la 2 a la 7 en la estación Tacuba, y una breve visita al mural del rock en la estación Auditorio), a las 7:50 pm el firmante de esta columna llegó a las puertas del Auditorio Nacional para el concierto; fui el primero en llegar a mi asiento: primer piso, fila D, asiento 47. Mientras llegaban los demás ocupantes de mi sección, aproveché para leer un poco, revisar los mensajes de mi celular y hacer memoria de mis anteriores visitas al Auditorio. En ese momento, la voz oficial del recinto hizo las respectivas advertencias de protección civil y de asistencia: señal inequívoca para el inicio del concierto.
Con un ligero retraso, a las 8:40 se empezaron a escuchar trinos de pájaros y en el escenario cuatro luces, parecidas a las de un generador, se apagaban y se encendían constantemente. Detrás de una de éstas, apareció Miguel Bosé, entonando las primeras líneas de “Amo”, canción que da título a su producción más reciente; mientras avanzaba la canción, se sucedían en el escenario varias imágenes relacionadas con la naturaleza, las cuales también quedaron muy ad hoc para “Encanto” y “Libre ya de amores”, también provenientes del Amo.
A partir de la cuarta canción, “El hijo del Capitán Trueno” (donde el escenario se asemejaba a un enorme acuario), el público ya se alistaba para cantar a voz en cuello, o para corear las canciones de pie o en su asiento. De pronto, el escenario se oscureció y una luz roja comenzó a salir de quién sabe donde: era un dragón de un rojo intenso y en ese momento se escucharon los acordes de un citar (o algo parecido) que dieron lugar a “Salamandra”, para después seguirse con “Nena” y mi favorita de favoritas, “Aire soy”, cuyos arreglos actuales me hicieron pensar lo siguiente: “¿A poco va a cantar con Ximena Sariñana?”, cosa que no sucedió. (Mejor así.)
(La sección del primer piso donde me encontraba, era la locura, pues entre madres e hijas, amigas y compañeras se armó un ambiente lo más intenso: además de corear las canciones e incluso bailarlas desde sus lugares, se intercambiaban los asientos para conocer otra vista, y hasta un pequeño paquete de goma de mascar recorrió toda la sección. ¿Acaso pasa igual en todos los conciertos de Bosé? Quién sabe…)
Llegó el momento emotivo del concierto con tres canciones en sí esperadas por el público: “Horizonte de las estrellas”, “Sólo sí” y “Te comería el corazón”, donde no faltaron algunas lágrimas del público en la interpretación de la segunda; al finalizar la tercera de este bloque, el escenario volvió a oscurecerse y otra vez el color rojo hizo de las suyas, esta vez dentro de varias imágenes religiosas, donde se veía, veladamente, el rostro de Bosé en una de ellas: se trataba de la canción “Sevilla”, infaltable en el repertorio del ibérico, y antesala de una que hizo retumbar el Auditorio, “Si tú no vuelves”, y de otra que me dejó conmocionado, “Tú mi salvación”.
Después de estas canciones, el escenario quedó ligeramente a oscuras, y de donde apenas era perceptible al oído un estribillo de sobra conocido por los fans de Bosé: “Canta y vuela libre como canta la paloma…” y así como de la nada, el escenario se iluminó con los primeros acordes de “Nada particular”, a la que todo el público respondió de pie y cantando a voz en cuello; hasta yo, que no me había levantado de mi asiento hasta ese momento. Le siguió “Partisano” (con unas letras verdes como de monitor de computadora en el escenario), “Como un lobo” (a la que sólo le faltaba la voz de Bimba, o al menos eso me parecía) y “Morenamía”, la cual convirtió varias de las secciones del auditorio en improvisadas coreografías, que continuaron en “Sí se puede”, donde el multimedia del escenario parecía monitor de videojuego o hasta de canal japonés. Y con esta canción, Bosé se despidió de su público, el cual, con aplausos y el unánime grito de “¡Otra, otra!”, lo regresaron al escenario sólo para regalarnos tres canciones más: “Que no hay…”, “Bambú” y, por supuesto, “Amante bandido”, con la que parecía despedirse del público, pero no fue así.
Luego de presentar a cada integrante de su equipo (entre coristas, músicos, sonido y multimedia), agradeció a su público por su asistencia y por su fidelidad a lo largo de 25 años de conciertos en el Auditorio Nacional, y lo definió en una sola palabra: imbatible. Después de ello, comenzó a cantar aquella “carta” escrita a sus 19 años, que al escribirla para nadie, ahora es de todos: “Te amaré”, y cuando parecía despedirse al fin, cerró su concierto con “Por ti”, del disco Cardio.
Eran las 10:53 de la noche y el público ya se dirigía hacia la salida; muchos para hacer escala en los sanitarios y algunos más se quedaban en los andadores esperando a sus familiares y amigos, o simplemente en la charla informal sobre cómo estuvo el concierto. Con el ánimo a mil por hora y una garganta enronquecida por tantas canciones, emprendí el regreso a casita, con la esperanza de volver muy pronto al Auditorio Nacional. Por ahora, logré mi sueño de ver a Miguel Bosé, y con ello quedé más que complacido.
Como siempre le digo a una querida amiga, siempre estará el Auditorio Nacional, y en octubre espero que así sea. (De verdad.)

miércoles, 18 de febrero de 2015

Ojerosa y transpirante

Ulises Velázquez Gil

En Las ciudades invisibles del prolífico Italo Calvino, Marco Polo cuenta al Kublai Kan de sus hallazgos urbanos a lo largo de sus travesías de reconocimiento; cada ciudad, cabe decirlo, no tiene la misma importancia para sus habitantes ni se parece a las demás por el simple hecho de ser, sobra decirlo, una muy diferente. Sin embargo, cuando en una misma urbe se conjuntan varios sentimientos encontrados, es decir, la presencia de otras ciudades, la cuestión obedece a una logística en particular.
            Después de llevarnos de paseo por Madrid y sus escritores de la mano de La Emperatriz de Lavapiés, el narrador mexicano Jorge F. Hernández nos entrega una segunda novela donde la ciudad tiene mucho que decir. Réquiem para un Ángel (Alfaguara, 2009) cuenta la historia de un ciudadano fuera de serie, Ángel Andrade, quien luego de una epifánica huida de casa, se autoerige en Salvador de la Ciudad. Sin mayores armas que una mochila repleta de cuadernos en blanco y lápices de colores, el ahora llamado Ángel Anáhuac camina por los rincones de la Ciudad de México, buscando mujeres indefensas a quienes socorrer, comensales de kilometraje acumulado, perdedores profesionales cuyo error y figura es sólo una imagen vista a 24 cuadros por segundo, en fin… habitantes que llevan en sus apellidos la nomenclatura de las colonias, y que, conscientes de su papel urbano, forman ese interminable coro de necios empecinados en vivir y resignados a morir en esa ingrata ciudad, amada y odiada al unísono, como cualquier Catulo en el destierro. Entre la experimentada lección de Carlos Narvarte, la franqueza desconcertada de Alberto Torres de Mixcoac, o el arrojo desanimado de Tony Tlalpan, entre otros personajes que le hacen coro, Ángel Anáhuac descubre su presencia en la Ciudad de México; luego de plantarse frente a su epígono del Paseo de la Reforma y anotar en su libreta los resultados de su percepción (bitácora de neologismos, diccionario secreto de la ciudad), ocasionando que una pléyade de pronombres (unos, otros, algunos, aquéllos, él, ella, tú, nosotros) diga su versión de los hechos, aunque para otros –no sabemos quiénes– el único hecho sea sólo mera diversión.
            Para quienes conozcan los territorios donde se mueve la obra narrativa de Jorge F. Hernández, Réquiem para un Ángel es la plaza principal donde se citan, se reúnen o se manifiestan los pequeños universos de sus cuentos y novelas: soñadores de la Historia, cuyas historias juegan a la casa de los espejos, e instaurando brevísimos imperios en lo más recóndito de una ciudad allende el charco atlántico. Ángel Anáhuac, como a Pedro Torres Hinojosa (La Emperatriz de Lavapiés), busca a su Penélope a cada paso por la ciudad de sus desvelos; comparte con Epigmenio Bedoya y el capitán Ornelas su deseo de sobrevolar los extraños parajes de una urbe ajena y desesperante, pero suya a fin de cuentas, y como Rolando Revilla en “Noche de ronda”, su paseo por los delirios de la noche citadina hasta deshacerse con las primeras luces del amanecer.
            Con todo, Réquiem para un Ángel es una carta de amor y odio dirigida a la Ciudad de México; elogio de la calle que no escribe sus historias, a riesgo de volverse un almanaque más, y, como su antecesora directa, La región más transparente de Carlos Fuentes, y a semejanza de la Ojerosa y pintada vista por Agustín Yáñez, cede la última palabra a sus habitantes, quienes, después de todo, siguen impugnando su presencia, a sabiendas que viven en una ciudad más que transpirante, pero ojerosa al fin y al cabo.

Jorge F. Hernández. Réquiem para un Ángel. México, Alfaguara, 2009.

(5/agosto/2011)

miércoles, 4 de febrero de 2015

Las razones del corazón

Ulises Velázquez Gil

Comienza el último mes del año (y, por ende, éste llega a su inminente fin), luego de pasar revista a varios libros que han pasado por mis manos, tal y como lo preví en la carta que envié a Juliana Castellanos, decidí hacer un alto en el camino y volver a uno de los libros que siguen haciendo mella en la sensibilidad que quien esto escribe. Va de cuento: en 1994, apareció la nueva novela del ya entonces aclamado escritor italiano Antonio Tabucchi (cuya primera novela, Piazza d’Italia, rozó los linderos de la narrativa social o de denuncia); me refiero, desde luego, a Sostiene Pereira.
Corría el año de 1938, y en una Lisboa que ya resentía el amargo sabor de la dictadura de Antônio de Oliveira Salazar, se desarrolla la historia de un veterano periodista de sociales, Pereira, a quien se le encomienda dirigir la página cultural de un diario vespertino lisboeta, experiencia de la que sale apenas bien librado. Como ya la edad hacía estragos física y anímicamente hablando en el periodista, éste se empecinaba en escribir y publicar obituarios adelantados de los escritores en boga, empresa nada envidiable y que no robaba muchas fuerzas… hasta que conoce a Francesco Monteiro Rossi, un joven estudiante de filosofía, quien se integra al suplemento gracias a su insistencia y, claro, a la constante necesidad de dinero que, por poco que fuese, le servía para complacer a su novia Marta, cuyas afinidades y simpatías iban más allá de lo amoroso. Pereira le comisionó la escritura de esos obituarios, los cuales llegaban a las fronteras de la diatriba y el retrato.
La importancia del encuentro entre Pereira y Monteiro Rossi reside en que el espíritu optimista y combativo del segundo infundió, paulatinamente, nuevas esperanzas en el primero, dado que se había habituado a una serie de rutinas bastante huecas -aparentemente-, como hablarle al retrato de su finada esposa, beber en exceso limonadas muy dulces o degustar omelettes a las finas hierbas, haciendo caso omiso de las órdenes médicas, hasta que Monteiro Rossi le tambalea el esquema. El propio Pereira no ceja en reconocerle su extraordinario talento, pero prefiere que las cosas encuentren su natural cauce, y aunque le achaque el caracter “impublicable” de sus obituarios, al final termina por guardarlos en un cajón del archivero, por si acaso. Y esto, precisamente, no lo hace por maldad, sino porque los tiempos difíciles que se viven ameritan cierta prudencia. (Las buenas noticias, en tiempos de guerra, hay que dejarlas en cuarentena, dijo, y no sin razón, Benito Juárez.) A final de cuentas, Pereira pasa de avinagrado a extrañamente optimista, y hasta simpatiza con la causa de Monteiro Rossi, oponiéndose a las espurias imposiciones de la política gobernante; el único obituario que se publica en el suplemento vespertino, es el de su amigo, primera de muchas víctimas de la dictadura salazarista.
Seguro más de uno se preguntará: si Pereira ya tenía la vida resuelta ¿por qué luchar contra la adversidad? ¿No se le hacía más fácil seguir como traductor de autores inofensivos, que tirándose a matar? Luego de cerrar el libro (y de enjugarme los ojos), la historia del periodista Pereira deja una valiosa lección: siempre hay buenas razones para seguir viviendo, por mínimas u opuestas que éstas sean. En alguna parte del libro, Pereira le decía a Monteiro Rossi que además de abrir bien los ojos para escribir, también debía seguir las razones del corazón. (Palabras de profeta, sin lugar a dudas.)
Como en otras ocasiones, se me escapan cosas y hasta repito algunas verdades, pero ustedes, lectores pretéritos, presentes y futuros, tienen la misión de llenar los huecos restantes con su propia lectura. Si después de leer Sostiene Pereira, terminan con lágrimas en los ojos -igual que un servidor-, terminarán por comprenderlo, o por lo menos, se aproximarán a ello. (Así sea.)

Antonio Tabucchi. Sostiene Pereira. Una declaración. 11ª ed. Trad. de Carlos Gumpert y Xavier González Rovira. Barcelona, Anagrama, 2005. (Compactos, 201)

(9/diciembre/2011)

miércoles, 21 de enero de 2015

La novela interminable de Jean Meyer

Ulises Velázquez Gil

En Estas ruinas que ves, Jorge Ibargüengoitia decía de los habitantes de Cuévano (un Guanajuato apenas disimulado) su propensión de confundir lo grandioso y lo grandote. En estos tiempos, donde anteponer el adjetivo bicentenario a cuanta cosa esté cercana, se olvida lo esencial (incitar a la reflexión, como debe de ser) y se gasta la pólvora en infiernitos, es decir, en colosales desfiles y faraónicos segundos pisos. Incluso, dicha obsesión ha permeado hasta en los ámbitos editoriales, donde pululan las llamadas “novelas históricas”, que, en su mayor parte, se sirven del chismorreo y la polémica barata. Y aunque una marcada ventaja sea la publicación y/o reedición de varios estudios serios y canónicos al unísono, no deja de parecer odioso el panorama. Una honrosa excepción, dentro de los dos campos (investigación seria vs. narrativas petulantes), recae en la figura señera y sin concesiones del historiador franco-mexicano Jean Meyer, hoy flamante Premio Nacional de Ciencias y Artes 2011, que, a la par de sus investigaciones sobre la Cristiada, la historia de Rusia y el choque de las Iglesias Católica y Ortodoxa, también incursionó por los terrenos de la novela histórica.
En la impecable trayectoria de Meyer, su ingreso en la novela se dio en 1989 con A la voz del Rey (2ª ed., Tusquets, 2011), que versa sobre el primer levantamiento en contra de la corona española, en 1801, encabezada por el indio Mariano, también llamado Máscara de Oro, cuya mesiánica cruzada suscita molestias a las autoridades de la Nueva España, pero también desinteresadas simpatías, en especial las del cura José María Mercado, posterior lugarteniente de Hidalgo en la siguiente década. Por tratarse de una primera novela, y sirviéndose de los acervos documentales de Jalisco y Nayarit, Meyer hilvanó ficción pura con algunos de los documentos encontrados para darle un toque de veracidad, digámoslo así, al relato; aún así, inauguró una nueva vertiente en su, ya de por sí, importante obra.
Para 1993 publicó una segunda llamada Los tambores de Calderón (hoy Camino a Baján, Tusquets, 2010), donde se dan cuenta los sucesos que se dieron en los primeros años de la guerra de Independencia: desde la caída de Fernando VII en 1808 hasta la muerte de Miguel Hidalgo en 1811, dando fin a la primera campaña insurgente. Meyer nos lleva de la mano para que conozcamos de primera fuente a aquellos personajes labrados en bronce (Hidalgo y José María Mercado, caudillo insurgente en Nayarit, a quien conocimos en A la voz del Rey) pero también saca del (¿injusto?) olvido las satanizadas figuras por la “historia oficial” (Félix Calleja y Juan Antonio Riaño), para aplicarles el mismo cartabón y así quitarles tanto la santidad patriótica como el desagravio centenario, es decir, bajándolos del pedestal, y, desde luego, también del caballo. (Claro está que Meyer pondera las victorias y las reformas sociales del cura Hidalgo, sin olvidarse de las amargas consecuencias de su campaña, pero también hace lo propio con las antipatías hacia el Gral. Calleja como enemigo de los insurgentes… ¡pero con marcadas aspiraciones independentistas! Eran tiempos donde era mejor significarse que justificarse. Ni modo.) Cabe decir también que Camino a Baján tiene dos importantes puntos de referencia: el sabroso, erudito y gratificante estilo de su maestro y amigo Luis González y González, cuyas obras ya son un marcado referente en la historiografía mexicana, y, desde luego, Los pasos de López de Jorge Ibargüengoitia, que nos muestra a un Hidalgo –algo disimulado, saben–irreverente y hasta simpático a nuestros ojos: nada que ver con el viejecito bonachón de las estampitas de papelería.
Aunque Meyer no sea novelista de primera profesión, el recurso de la novela en algo sirve a sus intenciones de difundir la historia, de compenetrarse en su estudio y consabida profundización. Sin embargo, decide volver a territorio conocido gracias a Yo, el francés. Crónicas de la Intervención Francesa en el México (1862-1867) (Tusquets, 2002), para hablar de un hecho toral no sólo en la historia mexicana, sino también en la francesa; adentrarse en el relato de los soldados franceses que participaron en la campaña mexicana, de cierta forma llenaba algunos boquetes respecto a cómo fue esa etapa del siglo XIX, pero también el propio Meyer se sirvió de este relato como ajuste de cuentas con sus orígenes –algunos de los militares provenían de Alsacia-Lorena, cabe decir–, es decir, como extranjero en tierras extranjeras. Y aunque muchos le reprochen sus invenciones (incluso él lo reconoce en varios momentos), sus intenciones persisten en el empeño y el resultado es una obra impecable, digna de muchas lecturas, como estudio serio y pródigo en datos, inclusive como la “novela” de un francés hecho en México. (Paréntesis aparte: mientras leía Yo, el francés, en algún momento se me apareció el “fantasma” de una obra anteriormente leída: Soldados de Salamina de Javier Cercas; quizás sólo sea una coincidencia, pero el tiempo habrá de confirmarlo. Seguro.)
Con todo, podemos dar por seguro que la presencia de un francés (“que contrajo mujer y nacionalidad mexicanas”, según don Luis González y González) dentro de nuestra historia –porque toda Historia tiene las suyas propias, desde luego– ayuda fervorosamente a encontrarnos con nuestra identidad, con miras hacia una mejor e incluyente comprensión de nosotros mismos, de sabernos parte de esa novela interminable que hacemos día tras día. Y dentro de lo que cabe, Jean Meyer persiste en esa ingente labor, esperemos que así sea por mucho tiempo. (Ojalá… ¡¡ojalá!!)

(21/noviembre/2011)

miércoles, 14 de enero de 2015

La honestidad nunca prescribe

Hace quince años, tomé una de las decisiones más impactantes de mi vida lectora: dejar de comprar (y de leer) la revista Proceso. Al no ver en la portada el nombre de su director, Julio Scherer García, perdió para mí todo interés y se volvió una revista más para quien esto escribe. Hace unos días, y aún presente la triste noticia del fallecimiento de su fundador, rompí un veto de tres lustros y compré el respectivo número de homenaje, el cual terminé de leer hace ya unas horas.

Todas las razones de mi abandono a Proceso (que defendí a capa y espada durante década y media), desaparecieron una vez que leí los artículos, anécdotas y remembranzas en torno a la figura de Julio Scherer y del ambiente que se vivía en Fresas 13, domicilio de la publicación. Viví en el error: desde su salida de la dirección hasta el final, don Julio siempre estuvo al pendiente de sus colegas, desde el reportero de reciente ingreso hasta el actual director, Rafael Rodríguez Castañeda. Entre reuniones del consejo de administración, visitas relámpago a la redacción y comidas semanales con sus pares del periodismo, para todos tenía una palabra de aliento (acompañada por un apapacho en la espalda y hasta un fuerte abrazo), un consejo infalible y un regaño certero. En pocas palabras, generoso, humilde y caballero.

Para un lector de a pie, como el que pergeña estas líneas, con sólo escuchar el nombre de Julio Scherer la primera imagen que viene a la mente es la de un defensor de la palabra escrita, con un olfato bien afilado (cualidad del buen reportero) y un amor al detalle (virtud del buen escritor). El primer trabajo suyo que leí fue aquella famosa entrevista a Octavio Paz (recién releída una vez cumplido su centenario) y me sorprendió la manera cómo cuestionaba al poeta sobre diversos temas, que todavía hoy persisten en ser atendidos.

Después de leer el número especial sobre Scherer, y descubrir muchas aristas de su presencia en el medio periodístico, digno es asumirse recipiendario, como el señor Pereira creado por Antonio Tabucchi, de una misión importante: no ser indiferente a las circunstancias que nos rodean. De una u otra forma, sabremos enfrentarlas como se debe, y sean dos, tres, diez, cuarenta y tres, cien razones, las que sean, mientras brillen la honestidad y la pasión, lo demás vendrá por añadidura.

Ahora que don Julio se encuentra en otra dimensión entrevistando a quien ustedes gusten nombrar, queda en nosotros acercarse a su vida, obra y milagros, y con la lectura del número 1993 dedicado a su memoria, qué mejor manera para ello. (Por otro lado, su hija María -también periodista- hizo un maravilloso retrato suyo hace varios meses en Letras Libres; confiemos que sea el "arranque" de una justa y generosa biografía, misma que leeré a la primera oportunidad.)

Queda mucho por decir sobre Julio Scherer y Proceso. Dejemos que el tiempo haga lo suyo y confirme tantas cosas que, por una u otra razón, sostuvimos o dejamos de defender. Una cosa sí es segura: la honestidad nunca prescribe. (Y nada más.)

miércoles, 7 de enero de 2015

Palabras desde una ventana

Ulises Velázquez Gil

Reza el lugar común que todo libro es, en sí, un viaje o, al menos, la invitación para hacerlo; sin embargo, cuando se está en un solo lugar, hay momentos y/o circunstancias que motivan el mejor de todos los viajes: aquél que se realiza al interior de la alcoba, frente a una ventana abierta. 
            Un sincero habitante de aquella habitación, de nombre José Saramago, portugués para más señas, sale a la ventana y nos entrega, en El equipaje del viajero, los resultados de mirar al mundo desde su propia alcoba, de donde regresa lleno de nuevas impresiones. (Y algunas postales, desde luego…)
            El equipaje del viajero se compone por cincuenta y nueve crónicas, publicadas por vez primera para el periódico A Capital y para el semanario Jornal don Fundão, entre 1971 y 1972, sendas publicaciones lisboetas; en dichas crónicas, Saramago repasa al mundo en varias pinceladas, de donde extrae con asombro y cierta incertidumbre, elementos que nos recuerden el oficio de lo cotidiano, es decir, aquel donde se resuma la vida misma.  
            Desde la búsqueda de la primera prosapia, pasando por el medidor social de los comensales en un restaurante, hasta el trabajo de creación de un escultor en su taller, Saramago no ceja en buscarle a la realidad alguna razón para persistir en la memoria, ni mucho menos mostrarle al lector sobre sus inusitados hallazgos en un libro, los museos de Europa e inclusive las calles que le conducen hacia su trabajo. Y aunque en ocasiones recurra a la invención con el afán de poner en suspenso a su (probable) lector, siempre retoma el hilo de su crónica y su preclara intención -la que su artículo y tema decidan en conjunto- se cumple a cabalidad al término del texto.
            Paréntesis aparte: algunos escritores, en su inagotable empeño de escribir esa gran novela que lleva tanto tiempo hirviendo en sus venas, pero que ven aún lejana su intención de materializarse en papel con caracteres de imprenta, recurren al artículo periodístico para soltar la mano y así poner las ideas en orden, mientras llega el momento indicado para la ficción, claro está; aunque el propio Saramago contaba en su haber con varias novelas publicadas antes de los años setenta, el diario ejercicio de la crónica le ayudó para que sus novelas harto conocidas finalmente se materializaran y, por ende, la senda que lo condujo hacia el Premio Nobel de Literatura en 1998. 
            Ante todo esto, El equipaje del viajero tiene una señera finalidad: presentarnos varias historias que suceden allá afuera, bajo la ventana desde donde osamos contemplarlas, porque hay historias que se escapan de la memoria mientras nos dignamos en vivir el día, con todo y sus respectivas variaciones. Y si lo hacemos mediante el estilo franco, desenfadado y soñador que bien distingue a José Saramago, acabamos descubriendo que la vida es siempre otra cosa, aun vista desde la misma ventana: eso sí, dicha con distintas palabras. Después de todo, un viaje así se desea con fervor, con y sin equipaje. (¡¡Buen viaje!!)      

José Saramago. El equipaje del viajero. Trad. de Dulce María Zúñiga. México, Universidad Nacional Autónoma de México/ Universidad de Guadalajara, 1994. (Rayuela. Internacional)

(14/octubre/2011)

miércoles, 31 de diciembre de 2014

2014: quince lecturas del tiempo

Ulises Velázquez Gil

En este 2014, y como se habrán imaginado, la página que albergaba mi espacio estuvo en una serie de altibajos, los cuales influyeron sobremanera en la continuidad de la columna de quien esto escribe; aún así, el interés por compartir mis hallazgos bibliográficos no disminuyó del todo, y aunque mis colaboraciones fueron pocas, no así mis lecturas. (Quede aquí constancia de ello.)
Al momento de hacer el listado definitivo de los libros que leí en este año, resolví quedarme con los que resumen una deuda de cariñosa lectura, misma que, andando el tiempo, convertirá a un callado lector en un consumado colega. Con todo, la lectura como agradecimiento es el eje conductor de este espacio, en sus muchos avatares. He aquí esta selección.

1) ¿Te gusta el látex, cielo? (Nadia Villafuerte) Una galería de personajes que viven en una frontera constante, sea la de sus pensamientos, sea la de sus acciones, pero que al final tienen la última palabra. Personajes a salto de mata, queda en ustedes seguirles la huella… o perderles de vista.
2) Dodo (Karen Villeda) Itinerario por partida doble a través de la poesía, que nos lleva a conocer las dos caras de una tripulación ávida de aventuras y de ambiciones; por un lado, la incertidumbre al llegar a tierras extrañas, y por el otro, las secretas intenciones de cada viajero sobre un ave extrañamente preciada.
3) Filosofía y vocación (Aurelia Valero Pie) Recuento de aprendizajes al amparo del filósofo transterrado José Gaos, en cuyos discípulos y pares disentir y coincidir son parte primordial de la conversación y de la polémica suscitadas en pro del conocimiento. A más de medio siglo de distancia, aquellas discusiones resuenan en la actualidad como si apenas ayer hubieran comenzado.
4) Ignacio Allende. Una biografía (Adriana Rivas de la Chica) Justa y oportuna biografía sobre uno de los caudillos de la Guerra de Independencia, que redimensiona su lugar correspondiente en la historia mexicana; de indispensable lectura si deseamos conocer todas las perspectivas de la época.
5) Andrés y Diego en la muerte de Frida (Rafael Gaona) En este año se cumplieron 60 años de la muerte de Frida Kahlo, y esta novela, que además de dar cuenta de los sucesos previos al sepelio de la pintora, nos contó la historia de un escritor íntegro de vida y obra: Andrés Iduarte, en quien recayó toda la responsabilidad del suceso.
6) Cuaderno ideal (Brenda Lozano) Para comprender mejor las sinrazones de la distancia, nada como llevar un diario a guisa de bitácora y de terapia contra el olvido, así también para poner en orden las cosas. Esta novela agrupa todo ello y un poco más, para reconocer, de una vez por todas, que hay mucho de Ulises en Penélope.
7) Señorita Vodka (Susana Iglesias) Las andanzas de una teibolera por varias ciudades que se le escapan de las manos, donde descubre hasta qué punto un amor puede devastar una vida o hasta que profundo se puede caer en aras de reconocer el papel jugado en un mundo lleno de mentiras y de falsas esperanzas.
8) Los ingrávidos (Valeria Luiselli) Dos historias paralelas que tienen como escenario la ciudad de Nueva York, donde la memoria, el exilio y los pasos de un poeta por una ciudad ajena hacen que una editora descubra una historia que podría ser la suya. (Si las ciudades destruyen las costumbres, como sugería conocido compositor, en ésta hasta se reescriben.) 
9) Al calor de la amistad (Octavio Paz/José Luis Martínez) Recuento de varias décadas de constancia epistolar, muestra de una amistad ejemplar que resistió a todos los embates de su entorno nacional e internacional; dos vidas generosas e inteligentes unidas bajo el esmeril de la palabra, a prueba de tiempo, donde la honestidad intelectual brilla en cada línea, letra por letra.
10) Permiso para el amor (Efraín Huerta) En este año, pletórico en antologías y reediciones, este breve florilegio da fe de la poesía amorosa de Efraín Huerta, como otra manera de cantarle al tiempo y a la ciudad; una sencilla y grata manera de acercarse a un glorioso centenario.
11) Ausencia compartida (Marina Azahua) Galería de treinta ensayos donde la mirada se pone constantemente a prueba; entre fotografías, instalaciones, películas y esculturas, nuestra percepción pasa del vértigo a la certeza, porque detrás de cada objeto hay algo de nosotros mismos esperando salir a la luz.
12) Barrio Verbo (Ingrid Solana) A cada instante, el mundo y su velocidad requieren de muchas lecturas, en aras de ganarle al tiempo algunas partidas; los veinticuatro ensayos de este libro dan fe de esa empresa, donde al final de la lectura, será otra la manera de entablar guerra con las cosas.
13) Moho (Paulette Jonguitud) Un viaje al interior de una mujer que descubre, a través de un extraño pasajero de su cuerpo, los rescoldos de un acre pasado y los desconciertos de un presente sin invitación previa; una novela que merece varias lecturas, apelando al significado de aquel extraño inquilino de la protagonista. 
14) Antología personal (José Revueltas) En este año de gloriosos centenarios, digno es acercarse a la primera antología de un escritor comprometido con su tiempo, pero ante todo, con la palabra misma; cuentos y fragmentos de novela como prueba de vida en espera de suscitar en el lector contemplación y detenimiento. 
15) Un pedigrí (Patrick Modiano) Escrita cuando su autor cumplió 60 años, esta novela es un ajuste de cuentas con las vidas paralelas y disímiles de sus padres; así también, toma de conciencia en primera persona en aras de justipreciar su presencia en un mundo difícil de domesticar. (Quede la escritura como instrumento para lograrlo.)

En espera de coincidir en el 2015 que se avecina cada vez más, reciban mis mejores deseos y por aquí seguiremos, en la marcha de las letras, a la busca de un paréntesis aparte. Lo demás sólo el tiempo y nada más.
(¡Muchas gracias a ustedes!)

viernes, 26 de diciembre de 2014

José Revueltas: antologías necesarias

Ulises Velázquez Gil

Seamos realistas. Sólo en el fragor de la pérdida o en el fervor del aniversario las instancias culturales se animan en hacer homenajes, mesas redondas y publicaciones de y en torno al personaje del momento, y este año que termina fue pletórico en esas intenciones. Pero cuando se juntan los aniversarios de tres importantes escritores mexicanos, el asunto se complica aún más, por evitar a toda costa que uno de los homenajeados opaque al resto, mucho menos pasar de noche sus efemérides. Afortunadamente, las actividades realizadas tuvieron su justa medida, y los lectores de Octavio Paz, Efraín Huerta y José Revueltas podemos dormir tranquilos ante este año triplemente jubilar.
De los tres escritores celebrados en 2014, José Revueltas merece un poco más de atención; en aras de colocarlo en el justo lugar que merece, no faltaron mesas redondas, homenajes, lecturas colectivas ni publicaciones. Para conseguir la atención de nuevos lectores y reafirmar la elección de quienes lo han leído, nada como acercarse a las antologías de su obra, antesala de unas Obras Completas a la espera de leerse por completo. Vayamos por partes. 
            A principios de los dosmiles, Andrea Revueltas y Juan Cristóbal Cruz (hija y nieto del escritor, respectivamente) se sumergieron En el filo (UNAM / Era, 2000), selección de obra ensayística y testimonial, facetas poco conocidas del escritor duranguense como cronista de los cambios sociales, en su lucha por mejorar las condiciones de la gente y de buscar su posterior desarrollo. “Volver a los escritos de una personalidad tan inevitable en el paisaje cultural de nuestro país […], es una manera privilegiada de no ignorar el zócalo en que se deberá apoyar toda reflexión sobre nuestro nuevo siglo mexicano”. Una larga marcha en busca de justicia (“Marcha de hambre sobre el desierto y la nieve”), los recuerdos familiares en las cartas a Silvestre Revueltas y las miradas del ambiente carcelario en su diversas estancias en las Islas Marías y en Lecumberri, muestran a un Revueltas comprometido con el testimonio de los hechos, y qué mejor instrumento para ello que la palabra escrita.
            (Paréntesis aparte: ¿por qué una antología de ensayo, crónica y testimonio? Muy sencillo, como contrapeso de La palabra sagrada, publicada un año antes por Ediciones Era, con prólogo y selección de José Agustín –compañero de Revueltas en Lecumberri– con algunos cuentos suyos, incluyendo la noveleta El apando. A diferencia de En el filo, esta antología hoy en día cuenta con sucesivas reediciones. De lo perdido, lo encontrado.)
            No fue sino hasta este año cuando se planeó la reedición de sus obras publicadas individualmente, la conjunción en siete volúmenes de sus Obras completas, además de estudios críticos sobre su vida y obra, y, por supuesto, las antologías para un primer acercamiento. Con motivo del Día Nacional del Libro, celebrado el 12 de noviembre, se obsequió a los lectores El sino del escorpión (SEP/ CONACULTA/ CANIEM, 2014), volumen de diez cuentos seleccionados y prologados por Eduardo Antonio Parra. Treinta años de constancia en el cuento presentes en “Dios en la tierra”, “Dormir en tierra”, “La palabra sagrada” o en aquel que da nombre al volumen. “Con el día de ofrecer al lector mexicano una muestra representativa de la cuentística de José Revueltas […] seleccionamos de los tres volúmenes que el autor publicó en vida las que, a consideración de quien esto escribe” –dice Parra en el prólogo– “son las mejores piezas”. Aunque la mitad de la batalla ya estaba ganada, todavía una asignatura estaba pendiente: una antología “general” (por darle algún nombre), justa medida de creación y reflexión para adentrarse en la obra revueltiana.
            Entre las publicaciones preparadas para el centenario, resalta Ver en las tinieblas (Fondo de Cultura Económica/ Era, 2014), voluminosa selección a cargo de José Manuel Mateo, experto en la obra de Revueltas y cuya mirada crítica supo pesar en igual medida narrativa que reflexión, con algunas variantes respecto de las antologías precedentes. Como la hecha por José Agustín, incluyó El apando, pero dejó de lado varios de los cuentos conocidos y suplió esa ausencia con los primeros capítulos de El tiempo y el número, novela que Revueltas escribía al momento de su muerte en 1976. Por otro lado, su relación con la de Andrea Revueltas y Juan Cristóbal Cruz se reforzó con los Apuntes para una semblanza de Silvestre Revueltas, evidencia de un (posible) afán biográfico que define y resignifica la figura de su hermano tanto como genio y compositor como hermano y mentor. Ante estos escenarios, el editor nos dice lo siguiente: “No se trata, pues, de ahorrarle a nadie el trabajo de leer entero al autor de Dios en la tierra o Los errores […] sino porque para cumplir tal propósito deberíamos llegar hasta los archivos donde se conservan originales, inéditos y aun materiales publicados en su momento pero no reunidos en las Obras completas […] Y aun cuando se lea todo acaso estaremos en el principio, porque la lectura apenas cuenta si prescinde de la relectura; y sin la segunda, tercera o cuarta lectura no hay trabajo reflexivo”.
Ante este panorama de antologías –todas necesarias, cabe decirlo– hay una fundamental, que resume una trayectoria comprometida con la palabra. Se trata, desde luego, de la Antología personal (1975) que el propio Revueltas preparara para el Fondo de Cultura Económica. Cuentos de Dios en la tierra, Dormir en tierra y Material de los sueños conviven en franca armonía con dos capítulos de su novela Los días terrenales; precedidos por “Mi posición esencial” a guisa de prólogo, donde expone sus ideas sobre la novela y sobre la misión que tiene como narrador y crítico de su tiempo. Comenzaré por referirme a una cuestión de mi oficio como escritor. Lo que concibo como novela, o sea, esa forma particular del movimiento: el movimiento real percibido, representado e imaginado por medio de los recursos de la literatura. […] Para la novela la realidad es un todo objetivo, pero también subjetivo y fantástico, del cual puede eliminarse incluso cualquier objetividad. (Todavía tenemos mucho que aprender de esta posición esencial, en paralelo con las demás antologías.) 
A final de cuentas, todo acercamiento es permisible, y esa condición es inmune a celebraciones, homenajes del sector oficial o conmemoraciones a contracorriente; ojalá y con estas líneas aparezca un nuevo lector de José Revueltas, dispuesto a echarse un clavado en una obra prístina y comprometida. Después de todo, no serán las primeras ni las últimas antologías que se hagan al respecto. Ya el tiempo se encargará de confirmar nuestras pesquisas o equivocaciones.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

La vida que se detiene

Ulises Velázquez Gil

En las letras mexicanas, son contados los casos de escritores únicos, cuya obra aún espera un paciente lector y un crítico certero que pondere su presencia en el panorama cultural. A esta pléyade de autores “iconoclastas”, donde se mencionan los nombres de Josefina Vicens, Pedro F. Miret y Francisco Tario, hay uno que, por sí mismo, destaca entre todos. Su nombre, Salvador Elizondo.
Para unos, narrador consumado, para otros, poeta secreto, y para algunos, provocador profesional, Salvador Elizondo fue la prueba viviente de esa pasión por la escritura; misma que cuenta con obras emblemáticas como Farabeuf, Narda o el verano, Camera lúcida o Estanquillo, por decir algunas. Y como todo escritor que se respete, halló cobijo en las páginas de un periódico simplemente para compartirnos sus visiones, maravillas trasnochadas, incluso después de haber fallecido.
Pasado anterior, libro que hoy nos ocupa, reúne buena parte de la colaboración periodística de Elizondo en las páginas del diario Unomásuno, y consigna el interés del autor por la vida que pasa frente a él; aunque no se trate de su primera compilación periodística (Estanquillo, de 1994, fue primero en tiempo y derecho), Pasado anterior nos presenta a un Elizondo de cuerpo entero, uno que siempre nos sorprende con sus desconciertos.
Cuando Andrés Henestrosa volvió a la trinchera periodística a principios de los dosmiles en El Universal y en el propio Unomásuno, sus lectores de toda la vida presentimos que don Andrés se repetía, es decir, que nos parecía haber leído algo similar en artículos anteriores… pero en diarios ya extintos y hasta reunidos en volúmenes anteriores. Para el caso de Elizondo, estos artículos se publicaron en el Unomásuno (antes que en El Nacional, compilados en Estanquillo), cuyo tratamiento punzante y a ratos ácido, no disminuye la maestría ni su capacidad de síntesis.
Desde el Indio Fernández y la debacle del cine mexicano, pasando por los sinsabores de la política en turno, hasta el señero homenaje a sus colegas de de pluma, Elizondo nos entrega un entusiasta retrato de todos ellos, aderezado con algunos elementos auto-biográficos, como su pasión por la fiesta brava y su admiración por fotógrafos insignes como Manuel Álvarez Bravo, o Paulina Lavista, a la sazón, su esposa e instigadora del volumen de marras.
Pese a que la publicación de Pasado anterior, obedeció, de cierta manera, a un afán post-mortem, todos los artículos pueden leerse como si hubieran sido escritos ¡apenas ayer!, es decir, con una prosa fluida en su lectura pero certera en sus intenciones; además, dicha antología presenta un lado menos conocido de Elizondo: no el narrador “truculento” que fue en su juventud, sino el ciudadano de a pie, preocupado por los temas del momento. (¿Acaso habría decir también que el padre de familia, el profesor universitario o el escritor retirado en su torre de Babel, también caben en esa nómina temática?)
Pasado anterior, con todo, es un muestrario de cosas y casos de la vida diaria, vistos desde el cedazo crítico de Salvador Elizondo; suerte de manual de supervivencia, nos enseña a ver con otros ojos la vida, que se detiene acompasada en el instante mismo de su creación. Para los activos y nuevos fans de Elizondo, hacía falta ya que estos materiales salieran a la luz, reunidos en forma de libro, teniendo como gloriosos antecedentes hemerográficos Contextos, el propio Estanquillo y su granada selección de Escritos mexicanos bajo el amparo de la Biblioteca del ISSSTE. Aún así, ningún artículo tiene desperdicio, eso sí, acabada su lectura, siempre tendremos antojo de leer muchos más. (Así sea.)

Salvador Elizondo. Pasado anterior. México, Fondo de Cultura Económica, 2007. (Letras Mexicanas, 141)

(19/diciembre/2011)