miércoles, 26 de noviembre de 2014

Soledades a contrapunto

Ulises Velázquez Gil

“Escribir es, siempre, convocar fantasmas. Escribo: convoco fantasmas. Convoco fantasmas: escribo”, nos dice Julieta Campos en Un heroísmo secreto. Para quienes asumimos a diario las batallas colaterales al oficio de escribir, aquellos fantasmas son de gran ayuda tanto en la confección de un texto como en su consistente lectura, y no es para menos, puesto que la literatura, como aquel cuento de Juan José Arreola, es el lugar de las apariciones.
            Cazadora de fantasmas sin remitente, Valeria Luiselli nos entrega su primera novela, Los ingrávidos, a guisa de experiencia en ese “lugar de las apariciones”, donde una voz inusitada habla por persona interpósita para dar fe de su tránsito por el mundo; concretamente, en la ciudad donde radica la autora, Nueva York, escenario dúplex para dos historias en apariencia opuestas.  
            Entre los quehaceres de una asalariada del ámbito editorial, madre de dos hijos, y lectora en horas 24, para más señas, se le presenta una insólita aparición literaria, Contemporáneo por partida doble, y de quien suscribirá su itinerario por esa ciudad (aunque, por decirlo de alguna forma, ninguna urbe suele ser la misma): Todo empezó en otra ciudad y en otra vida, anterior a ésta de ahora pero posterior a aquélla. Por eso no puedo escribir esta historia como yo quisiera –como si todavía estuviera ahí en fuera sólo esa otra persona–. Me cuesta hablar de calles y de caras como si aún las recorriera todos los días. No encuentro los tiempos verbales precisos. […]
            En ese juego de tiempos (y de lecturas, por consiguiente), aparece ese extraño inquilino en la vida de la narradora, de improviso entre sus oficios lectores en la editorial donde trabaja. Entre White y Minni (jefe y compañera de trabajo, respectivamente) y una flota de autores tan disímiles como Carlos Díaz Dufoo Jr., Josefina Vicens e Inés Arredondo, aparece en escena un sujeto llamado Gilberto Owen: primero, como otro autor por editar (en aras de ser absolutamente novedoso, o por lo menos, de salir avante del paso editorial), para después volverse compañero de ruta por una ciudad que, como si en ello se definiera el concepto de ciudadanía, sigue tratando como forasteros a sus habitantes. Un viernes por la tarde, mientras hojeaba libros en la biblioteca de la Universidad de Columbia para llevar a la editorial […] di con una carta del poeta Gilberto Owen a Xavier Villaurrutia: “Vivo en Morningside Av. 63. En la ventana derecha hay una maceta que parece una lámpara. Tiene redondas llamas verdes…”.
Una vez que se convoca al otro narrador de esta historia, tanto la vida de la joven editora como la presencia del autor de Novela como nube, se alterna en un sube y baja de encuentros, vivencias (¿acaso ensoñaciones?) dentro de un ambiente repleto de ausencias. Para Owen, las de sus hijos, las de un prominente Federico García Lorca (aún en proceso de volverse poeta en Nueva York) y los ecos de Clementina Otero, inclusive hasta las de sus compañeros de ruta (Contemporáneos a la distancia); mientras que para ella, éstas se concretan en un marido guionista de entrada por salida, una bebé todavía sin hablar y en el hijo mayor, llamado el mediano, entre dos tamaños del asombro. ¿De qué es tu libro, mamá?/ Es una novela de fantasmas./ ¿Da miedo?/ No, pero da un poco de tristeza./ ¿Por qué? ¿Porque están muertos?/ No, no están muertos./ Entonces no son tan fantasmas./ No, no son fantasmas.  
Mientras la narradora transita por los andenes de la edición, en el tiempo que le queda libre se enfrasca en la escritura de una novela, donde personajes tan atípicos como Dakota (experiencia acústica en el abismo de la cubeta) y Moby (falsario vendedor de pasados artificiales) aparecen y desaparecen a su antojo; incluso, de tan subrepticios que son, no sabemos si fueron inventados, o simplemente están de paso, a la vera de otra historia para contar. Todo es ficción, le digo a mi marido, pero no me cree./ ¿No estabas escribiendo una novela sobre Owen?/ Sí, le digo, es un libro sobre el fantasma de Gilberto Owen. (¿Será cierto?) 
Respecto a la estructura de la novela, tanto los recuerdos de Owen como las andanzas de la narradora encuentran en el fragmento (llámese párrafo corto, apunte marginal, nota al calce, o tarjeta de visita) su recurso ideal para la sucesión y ulterior desarrollo de ambas historias, hasta finalmente fusionarse en una sola línea, donde se trastocarán dos mundos en oposición aparente, como dos trenes al paso en una estación del Metro (subway). Paréntesis aparte: cada uno de los fragmentos que conforman la novela, funcionan a semejanza de los vagones del Metro, es decir, como pequeños universos donde se delate una sensación inesperada, cita a ciegas con el destino, quizás invitación al viaje: El metro, sus múltiples paradas, sus averías, sus aceleraciones repentinas, sus zonas oscuras, podría funcionar como esquema del tiempo de esa otra novela./ El metro me acercaba a las cosas muertas; a la muerte de las cosas. […].        
            En las vidas paralelas de Owen y de la narradora editorial, dos personajes funcionan como sus leales correspondencias, enlaces entre el tiempo y la palabra: Homer Collyer y el mediano. En el primero, los recuerdos y el eco que de éstos queda en la vida, para Owen son la guía ineludible por parte de un vidente ciego; para el segundo caso, entre neologismos (trabajorio, Consincara, tornado de giraviento) y una enorme capacidad de asombro, latente en su proteico estado infantil, es para la narradora su tabla de salvación, antes que la realidad o la desmemoria la disperse hacia el silencio, cuyo cerco la bebé comienza a romper…   
Con todo, en esta novela se alternan sucesivamente dos universos en apariencia opuestos, con el fin de significarse en una ciudad donde hasta la más nimia ocurrencia (o neologismo, o bagatela coleccionable) resumen los latidos de una vida. Desde el territorio libre de la página en blanco, y en el empeño de conjurar fantasmas, siempre saldrán a nuestro encuentro uno, dos, tres, varias soledades a contrapunto, cuyas travesías interiores ejecutan un secreto mecanismo, capaces de remover hasta la sensibilidad más escondida de su lector en potencia, porque, después de todo, y como asegura Vicente Quirarte respecto de Gilberto Owen, “El escritor es el muerto que nunca acaba de irse”. Y en Los ingrávidos quede ya la evidencia de su transitoriedad. (Lo demás, sólo el tiempo… y los lectores.)
    
Valeria Luiselli. Los ingrávidos. México, Sexto Piso, 2011.

(1º/agosto/2014)

lunes, 24 de noviembre de 2014

Equipaje de mano

Ulises Velázquez Gil

“Estoy en una guerra con las cosas, no me importa el camino y menos dónde voy…”, dice una canción de la chilena Fakuta. Para quienes hacemos de la literatura un campo de batalla, aquellas líneas describen una condición ineludible, sin embargo, otras son las circunstancias donde esa “guerra” se pierde por ausencia u omisión. 
Para Marina Azahua, historiadora de las cosas y cronista de imágenes fugitivas, esta empresa no está del todo perdida y para muestra, basta su primer libro: Ausencia compartida. Treinta ensayos mínimos ante el vacío, suerte de museo o de inventario del tiempo que se va. Cuando el autor aspira a generar una vivencia ensayística en el lector, desarrolla una empresa que no sólo se basa en la transmisión de información. El ensayo busca transformar algo dentro del lector, retorcer tripas, apelar al elemento perceptivo, emocional, que convertirá a la reflexión teórica en poesía crítica. (Mejor forma literaria para ese empeño no puede haber…)
Cada ensayo se conforma por dos partes (Lado A y Lado B), como las caras de un elepé o un cassette. Mientras la parte A apela al ejercicio estético u óptico, la B, por otro lado, se adentra en la reflexión y la crítica. Veamos estas condiciones en el texto “Luces” a guisa de ejemplo: Cuando se camina, las huellas brillan. Las olas rompen, y a lo largo del borde del agua se iluminan ciudades (Lado A); […] Existen cosas demasiado intensas como para poderse tocar. Se les debe mantener a una sabia distancia, para que no se consuman y extingan con gran velocidad. El asombro en su forma más pura nos mataría (Lado B).
Entre las cosas que revisa Marina Azahua en esta galería de ensayos, se cuentan fotografías, cuadros, instalaciones, inclusive películas y libros, tal es caso de Taller de taquimecanografía, empresa palimpséstica a ocho manos de Aura Estrada, Gabriela Jaúregui, Laureana Toledo y Mónica de la Torre, sobre la que asegura lo siguiente: Escribir parece sólo escribir, hasta que uno cambia de herramienta. Basta con imaginar el público tal limitado que tendría hoy en día un texto escrito en taquigrafía para darse cuenta de que aquél se ha tornado un lenguaje secreto en la actualidad. Como el texto taquigráfico al que hace referencia, no todos los objetos nos develan su misterio a la primera de cambios, sino que nos sumergen dentro de ellos y así conocer mejor su materia prima o las sinrazones de su presencia; en portavoz de sus intenciones, si se permite decirlo. 
Para el caso de la fotografía, tópico predominante en la mitad del libro, la autora es enfática en recalcar su papel testimonial, a su vez que justiprecia tantos los instrumentos de su creación como las circunstancias posteriores a su acción. Aunque la cámara sea –en apariencia– la misma, no así la historia secreta de esa fotografía en turno. La cámara ha contribuido a una deformación similar en nuestra percepción; el tiempo ha dejado de ser medida de la realidad en un mundo donde podemos congelar un instante. De mil formas la fotografía ha afectado el tiempo-espacio tanto como volar. Ahora imaginemos qué sucede cuando las dos cosas se combinan: la vista desde el cielo desencaja la manera de mirar.
Desde las fotografías de Tina Modotti y Graciela Iturbide hasta las polaroids de Mike Brodie y las photomaton de Andy Warhol, pasando por una postal del sitio arqueológico de Pompeya, cada fotografía se deriva de un vértigo, es decir, una confrontación con la realidad que rodea a esas imágenes arrebatadas al tiempo. Al final, la conciencia del memento mori, si seguimos a Susan Sontag, se hará escuchar.
Una de las definiciones por antonomasia del ensayo es, sin duda, la de paseo. A lo largo del libro, conocer algunas “instantáneas” de la vida de la autora, en su encuentro con la vida y el arte, se vuelve toral empresa, donde la memoria proporciona su testimonio de primera fuente. Desde temprana edad me quedó claro que la historia se compone de desastres consecutivos. Las anécdotas felices son material pobre para la historia de la humanidad. Los cumpleaños y las comidas familiares se olvidan con facilidad; la evidencia de esas interacciones cotidianas, encapsuladas en fotos anodinas, aburre. En cambio, los desastres se quedan fijos en la memoria: las muertes, los suicidios, las largas enfermedades, ésas nadie las olvida. Más allá de la catástrofe privada, nuestra historia personal se invade de desastres públicos: mi abuela vivió la Gran Depresión; mis tíos abuelos, la Segunda Guerra Mundial; mi madre protestó contra la Guerra de Vietnam, a mi padre le tocó el 68. ¿A nosotros qué nos tocará?
Para Marina Azahua, digno es compartir una parte de esos paseos por la vida, donde su lectura del mundo escrito y no escrito (diría Italo Calvino) no se hace esperar. Tanto en cuadros de Bob Rauschenberg, performances de Marina Abramović y grabados de Otto Dix, como en esculturas de Duchamp, instalaciones de Marco Evaristti y hasta películas de Werner Herzog y David Lynch (dicho sea de paso, no dudaría por mucho que Mulholland Drive haya influido sobremanera en la generación de la autora), […] su intención es dar cuenta de lo ilusoria que puede llegar a ser la vista y la vida. Al emprender el camino del análisis de lo visual, se debe partir de esta premisa, pues no siempre lo que miramos resulta ser verdad. […] todo lo mirado puede llegar a ser una ilusión, en ocasiones, incluso la ilusión misma. (¿Será?)
Con todo, los treinta ensayos de este libro nos ayudan a sobrellevar de grata manera esa “guerra con las cosas”, de donde lectores y artistas esperamos salir airosos, o por lo menos, con una mirada renovada en contemplación como en experiencia; equipaje de mano que nos acompaña a diario contra las amarguras del ambiente artístico, y en ese empeño, Marina Azahua no está del todo sola: el Barrio Verbo de Ingrid Solana y las Veredas para un centauro de Paola Velasco hacen más llevadera una trayectoria en proceso de confirmación, donde la inteligencia en la mirada y la generosidad en la escritura hacen de Ausencia compartida un volumen indispensable de leer, abierto a cualquier perspectiva que de ello resulte. El resto, sobra decirlo, depende de otra mirada. (Así debe ser.)  

Marina Azahua. Ausencia compartida. Treinta ensayos mínimos ante el vacío. Toluca, México, Gobierno del Estado de México–Secretaría de Educación, 2013 (Letras. Ensayo).

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Dietario para una vida

Ulises Velázquez Gil

El bibliófilo y navegante de las letras mexicanas, José Luis Martínez, daba a quienes convivían con él un sabio consejo en cuanto a los menesteres de la investigación: el dato aislado merece el espacio de la ficha de trabajo, mientras que los datos o referencias de largo aliento requieren, ineludiblemente, integrarse a un cuaderno. Aditamento de trabajo infaltable en toda labor de escritura, cuenta con una doble fidelidad: por un lado, es el espacio donde el escritor se compromete a no perder destreza mientras llega el momento de preparar su obra maestra, y, por el otro, como catalizador para los pruritos en turno. Sea como diario, bitácora, logbook, libreta de tránsito, o moleskine, no hay autor sin cuaderno que le acompañe día tras día, para sobrellevar tanto las amarguras en turno como las inusitadas alegrías.  
            Consciente de esta ineludible relación, Brenda Lozano –usuaria y admiradora del objeto en cuestión– nos entrega, a guisa de segunda novela, un Cuaderno ideal, donde todo se permita, aunque en realidad nada sea para tanto. La narradora, correctora en horas 24, en vista del próximo viaje que hará su pareja, Jonás, y en el tiempo que dure la espera, se propone llevar un cuaderno y así dar libre curso a sus sensaciones, angustias, hallazgos e inclusive dudas respecto a su condición de mujer esperanzada, Penélope reloaded que no requiere nada más aparte del cuaderno de marras y una pluma Bic. Encontré mi combinación: cuaderno Scribe para diario y cuaderno Ideal para la ficción. Éste es mi matrimonio. Géminis por fin se hace uno. Hoy es un día feliz en el que encontré cuadernos Scribe e Ideal arrumbados, empolvados, en una papelería en la calle Alfonso Reyes. Eran los últimos. […]
            Alguna vez, Vicente Quirarte decía que de todos los instrumentos imprescindibles del escritor, el cuaderno todavía genera la misma sensación que cuando se estrenan útiles escolares en la primaria. Con una libreta (entre más bonita, menos tentados estaremos de usarla) hacemos tareas nunca pedidas, como aquella que la narradora se impone desde el principio de su espera, buscando en el cuaderno personal un (posible) espejo: No dije que le regalé a Jonás un cuaderno igual a éste para que tuviera un gemelo. Un cuaderno en el DF, otro en Madrid. Como los gemelos de Siracusa. Un cuaderno Ideal que compré para Jonás, iguales como dos gotas de agua, un gemelo que no conoce las andanzas del otro. Quizás si el mío se cae el otro se mancha súbitamente. (Placer de döppelganger, ¿no creen?)
Mientras se desata la espera de esta Penélope que teje calceta con bolígrafo y letra pequeña, también se suscita una serie de hallazgos donde el mundo que tiene por suerte en leer, se torna igual de asombroso que desconcertante. Tercera noche sin Jonás. Tengo sueño. Estoy acostada. El gato juega en la sala con el lápiz que se me cayó; yo tengo cada vez más sueño. El gato y yo somos como los dos turnos en la recepción de una oficina: alguno de los dos atiende el mostrador. No sé, desde luego, qué quiere decir eso, pero es el tipo de cosas que escribo como jugando con este lápiz. Escribir es mi forma de ser gato y de tirar pelos o frases, en el sillón.  
Hagamos un alto en el camino. ¿Qué entendemos por ideal? (Según como se vea, me atrevo a responder.) Cuando deseamos deshacernos de una angustia que no nos deja en paz, verterla en hojas blancas (o rayadas, como las olas del mar) es un alivio; pero cuando una cosa vista en el trajín del día tras día suscita el asombro, nos saca una sonrisa, o por lo menos, fragmente toda rutina; por supuesto, esto también constituye un alivio. Mi cuaderno ideal es música de bolsillo. Un cuaderno ideal es también un karaoke. Un cuaderno ideal en su infancia sirve de posavasos, en edad madura sirve para trabar puertas. Un cuaderno ideal en edad reproductiva abre sus dos páginas aunque sea tarde, se abre de páginas incluso un domingo en la madrugada, como ahora. Un cuaderno ideal también es un teléfono. […] (Es decir ¿lo que guste y mande el autor? ¿Aquello que es imperioso rescatar del olvido? ¿Las palabras que no caben un correo electrónico, un SMS o una tarjeta de visita? No dudaría en suscribir alguna de esas posibilidades, aunque todas se quedarían cortas.) 
La metamorfosis es la continuación de la historia de un personaje: puede ser un castigo o un regalo. Me pregunto si la palabra escrita tiene el mismo poder, si las palabras nos cambian así. Si escribir o leer nos metamorfosean. La diferencia entre un texto de largo aliento y la celeridad de un post-it, se destaca por la cantidad de lecturas hechas a lo largo de una vida; para los fragmentos que conforman Cuaderno ideal, el transcurso del tiempo puede enunciarse en batallas campales entre un gato y el alambrito del pan, en diatribas a favor del aromatizante para pisos Poet, en las vidas paralelas de su familia allende el Atlántico, y hasta en la disyuntiva de elegir la mejor interpretación de Wild is the wind: si con Nina Simone o con David Bowie. A final de cuentas, lo que parece suntuosa bagatela, se convierte en crónica del instante: Cambiar. Desconocerse es más importante que conocerse. Y qué mejor manera de confirmarlo que escribiendo a ciegas, como quien lanza una botella al mar; o un tuit en la clandestinidad de la madrugada.        
            Si sabemos descifrar sus hojas de ruta, encontraremos tres referencias primordiales en cuanto al carácter fragmentario de la novela; se escucha el eco de Cómo es –novela compuesta en fragmentos falsamente inconexos– de Samuel Beckett, como también el punzante rigor de los aforismos de E. M. Cioran. Sin embargo, Cuaderno ideal cumple una deuda de admiración con El libro vacío de Josefina Vicens. Si encontrara una primera frase, fuerte, precisa, impresionante, tal vez la segunda me sería más fácil y la tercera vendría por sí misma. El verdadero problema está en el arranque, en el punto de partida. Estas líneas de la novela antes referida resuenan al momento de urdir una frase nueva, o un párrafo pendiente que consigne la constancia del escritor, en recompensa por una paciencia lectora del mundo no escrito, suscribiendo una expresión de Italo Calvino. (La piñata de Proust, los Beatles por la mañana, y hasta invocaciones a la Santa del Bond, la Virgen de la Papelería, la Madonna del Xerox, o el Santo Niño de las Becas, son apenas pequeñas muestras sobre cómo trasladar el mundo no escrito hacia la otra orilla… del cuaderno en turno.)   
¿Por qué leer Cuaderno ideal? ¿Para descubrir, de una vez por todas, que hay mucho de Ulises en Penélope? ¿Para develarnos lo más profundo de lo más banal? ¿O quizá para entender que somos seres de fragmentos, cuya disposición definitiva reside en un oráculo de tinta y papel? Sobra decir que para todas las preguntas la respuesta es afirmativa, aunque habría que agregar una respuesta más: para descubrir minúsculos mundos posibles (como los que sueña el gato que lucha contra el alambrito del pan) donde la realidad sea menos accidentada, ni toda espera se prolongue cada vez que la libreta de guardia se acabe; dietario para una vida en proceso de construcción, donde todos los incidentes y temas periféricos adquieren notoriedad gracias a un sano contrapunto entre una pluma constante y un cuaderno leal, a prueba de tiempo. (Para lo demás, borrón y cuenta nueva…)
    
Brenda Lozano. Cuaderno ideal. México, Alfaguara, 2014.

(11/julio/2014)

miércoles, 29 de octubre de 2014

Vuelta al mismo mar

Ulises Velázquez Gil

Hay escritores que se pasan la vida viajando sin designio previo, donde es más la experiencia vivida que el viaje realizado, quien otorga una cierta mirada del y hacia el mundo. Y cuando se está consciente de haber logrado una meta cumplida, digno es recapitular las cosas y hacer la justa valoración de todo. 
            Después de una larga vida en el extranjero y repartida entre las desventuras del traductor free-lance y del diplomático estratega, en su libro El arte de la fuga el escritor mexicano Sergio Pitol pasa revista a sus experiencias e igualmente hace lo propio con las lecturas hechas en ese trayecto. Dicha faceta le recuerda a cada instante su compromiso con las letras, como una suerte de reconocimiento, pero también de motivación, en aras de hallar otras maneras de decir lo mismo.
            Entre los autores que descubre y traduce tanto en Praga y Varsovia como en Barcelona y México (y los que lee deslumbrado por inusitados recursos narrativos, vistos hoy como los nuevos mediterráneos a descubrir por las nuevas teorías narratológicas), Pitol no ceja en reconocerse en ellos, puesto que la ingente labor de lectura y de escritura nunca se separan ni por error; mientras más se lee, mayores sorpresas se develan al momento de crear una obra propia, de abarcar un cuarto propio, como sugería Virginia Woolf.
            Si el lugar común no miente, Baltasar Gracián mencionó la presencia de tres tipos de conversaciones: con los vivos, con los muertos y consigo mismo. Apliquemos esto al libro de marras: en el primer caso, sus encuentros con algunos de sus autores queridos (ejemplos de ello podemos encontrarlos en las páginas que Pitol dedicó a Carlos Monsiváis, o en los estupendos párrafos sobre Antonio Tabucchi o Juan Villoro), mientras que para el segundo, son esas lecturas que osan acompañarlo cada vez que la ocasión lo amerita (Cervantes, Henry James, la propia Virginia Woolf), dejando en claro los hallazgos de la lectura. Por último, para el tercer estadio, sucede aquí una cierta anagnórisis entre el “anciano” que urdió este libro y el joven aquel que se lanzó a viajar al otro lado del charco, buscando quizás un destino, cuando en realidad acabó por encontrarse a sí mismo.
            Queda decir, a final de cuentas, que la literatura no es más que “el arte de la fuga”: una manera de escaparse del mundo de afuera, hostil y despiadado, y adentrarse en otro, menos casquivano y desconcertante, sin olvidarse de vivir una vuelta al mismo mar, como el poema de Cavafis, lleno de nuevas mercancías y nuevas experiencias, pero siendo la misma persona en cierta forma. Además, lo que leemos a lo largo del tiempo forja la mayor parte de nosotros, y cuando el camino andado hace que todas las escalas coincidan, el resto viene por sí solo. Y con El arte de la fuga Sergio Pitol lo ha logrado y con creces. (Y va de nuevo...)    

Sergio Pitol. El arte de la fuga. México, Era, 2007. (Bolsillo Era, 11/1-2)

(24/octubre/2011)

miércoles, 15 de octubre de 2014

Breviario de fraternidades

Ulises Velázquez Gil

En una escena de Amélie, la protagonista del título, metida a secreta heroína de los desmemoriados, decide devolverle a un ya cincuentón parisino, el Sr. Bredodeau, un objeto de enorme valía: una vieja cajita de cigarros en cuyo interior el niño –que fue aquel señor en su tiempo–, colocó sus “tesoros” y, al reencontrarse con éstos, sucede una especie de anagnórisis de boulevard de donde derivaría, seguida por dos vasos de coñac, una reflexión acerca de la vida que se va. Como al feliz recipiendario de este milagro, en algún momento los objetos que formaron parte de una vida gloriosamente vivida (la infancia, entiéndase) regresan a nosotros para pedir a gritos inscribirse en la memoria, sea pública o privada. 
            Un cotidiano navegante de ese otro mar, la literatura, Vicente Quirarte, con la fuerza de voluntad que sólo otorga la escritura, nos entrega un libro hecho, fundamentalmente, con esa materia prima, de nombre Enseres para sobrevivir en la ciudad, producto de la constancia periodística en varios diarios de la Ciudad de México, destacando sobremanera entre banalidades de primera plana que gastan tinta en cantidades industriales.
Compuesto por treinta y nueve artículos, este libro se divide en tres secciones independientes aunque autónomas entre sí: “Enseres”, “Para sobrevivir” y “En la ciudad”. Para el primer apartado, Quirarte dedica tinta, papel y algo de memoria suya, como es debido, en hablar acerca de esos objetos cotidianos que se afanan en acompañarnos en cada momento de la vida; permítanme nombrar sólo algunos: lápiz, pluma, cuaderno, portafolios, libro, gabardina, paraguas, camisa… y aquí me detengo, porque seguro más de uno pedirá que interrumpamos esa enumeración. En realidad, lo que Quirarte logra con este libro obedece a un lugar común de todos los escritores: decir de otro modo lo mismo. (¿No es así, maestro Bonifaz?)
            Una microhistoria del lápiz, la diplomacia cultural detrás del portafolios, el heroísmo de la camisa y la gabardina, y hasta la presencia primordial de ese adminículo de escritura llamado pluma fuente, encuentran en la prosa franca y fluida de Quirarte a su cronista idóneo; aparte de emplear esos objetos con miras a reducirle tedio a su experiencia personal. En “Animal de pluma”, por ejemplo, quede constancia de ello: He aprendido que, como las mujeres, las plumas más finas y hermosas suelen ser infieles; que aquellas que más cuidamos, terminan por perderse. Cuando me regaló una de sus plumas consentidas, Mariano Flores Castro me dijo “dómala”, que en lenguaje de pluma fuente significa quiérela, lávala sólo con frecuencia y agua pura, escucha de vez en cuando su bomba (pocas cosas se parecen tanto al corazón), deja que el punto se acostumbre naturalmente a la inclinación y al peso de tu mano, así como el caballo se adapta al toque de tu rienda. (Confieso no sin alegría seguir esta profesión de fe. Así sea.)
            (La trashumante sabiduría de Charles Baudelaire nos dice que sólo se considera a alguien como un artista si éste lleva intacto a su niño interno. Cuando Quirarte habla de sus objetos, no cabe duda que se torna impersonal, aún desde la distancia personal. Cuestión de enfoques.)   
            El segundo apartado, “Para sobrevivir”, son las acciones las que llevan la nota cantante, pintando de cuerpo entero a un protagonista de sus propias emociones, así también a varios que se tornan ejemplo a seguir. Las “sacerdotisas del café con leche” –invocadas por Ramón López Velarde–, los misterios que guardan los cuadernos negros de Francisco Hernández o las desventuras del profesor que escribe, que “no puede escribir porque tiene toneladas de trabajos por revisar. No puede ser un buen profesor porque sus energías mejores están dedicadas a la literatura”, Quirarte incide en ponernos estas estampas ejemplares junto a otras primordiales, que pintan a cada paso el oficio de escribir. De hecho, en el texto homónimo, es enfático al respecto: Uno de los grandes lugares comunes de nuestra cultura, ha concluido que el de escritor es un oficio  que se distingue de otros en que no tiene reglas prefijadas. Se pueden dar consejos para ejercer y mejorar el oficio de escritor y a veces incluso se llega a gozar el proceso; pero tarde o temprano todo escritor termina por afirmar que se trata de un oficio ingrato, estéril y traidor. No ocurre lo mismo con el oficio de escribir. Escribir por escribir es un deleite. Y cuando dicho y noble oficio motiva esta serie de artículos, donde todo desánimo queda fuera y el ímpetu primigenio de la escritura persiste en nosotros, no cabe duda que tenemos ganada la mitad de la batalla. Y en gloriosos textos como “Nocturno del puente de Nonoalco”, “Poética de los pasajes” o el “Réquiem por el restaurante Borda” es evidente esa intención.
            Respecto al tercer y último apartado, “En la ciudad”, no son ya las cosas ni los hechos quienes hablan, ahora son los personajes los que devuelven brillo a las primeras y heroísmo a los segundos, como en el retratado en “Julio Torri y la bicicleta”, que esboza toda una microhistoria de la humanidad en aras de mencionar la aparición de semejante transporte. Gabriel Vargas y La familia Burrón, los héroes de los comics y hasta Felipito, compañero de Mafalda, aparecen en esta sección a guisa de arquetipos y nomenclaturas aún hoy aplicables al mundo de todos los días. (Paréntesis aparte: cuando José Luis Trueba Lara conjuró tanto entrevista como recuerdo personal en un libro sobre Quirarte, menciona varias veces la presencia de un manuscrito suyo de nombre Aventuras para el Hombre Araña. Confiemos que un día de éstos deje su inédita virginidad para volverse, mediante lomo y tapas, territorio nuevo para conquistarse con la lectura. Ojalá.)
            Si me permiten decirlo, donde el oficio de recordar, aunado a una cuidada y exacta prosa se ve con toda intensidad, es en “Caminatas con José Emilio Pacheco”: virgilio de la Roma y la Condesa que guía a un dantiano Vicente por los restos de lo que fue su mundo, apenas perceptible gracias a la letra escrita. (Puede desaparecer la colonia Roma […] Pueden desaparecer sus edificios, sus voces, sus hábitos. Pero su geografía permanecerá en la Ciudad de la memoria, en la escritura de José Emilio que deja testimonio de lo que sucesivamente, sin tregua y sin remordimiento, destruimos.)
            ¿Qué más decir de Enseres para sobrevivir en la ciudad, sin reincidir en el lugar común? Si decimos que su preocupación por la ciudad instauró una señera trilogía, hoy conformada por Elogio de la calle y Amor de ciudad grande, estaremos en lo correcto, pero se quedaría allí estacionada nuestra intención; sin embargo, a medida que nos sumergimos en la lectura, habremos de darle la razón al propio autor cuando tres temas torales de su obra poética –la ciudad, el amor y la poesía misma –sean los autores reales de los treinta y nueve texto de este libro. Por cierto, cuando comentaba esto con Paola Velasco, ambos coincidimos en otorgarle, por éstas y demás razones, un epíteto médico: cardiólogo citadino. (Bien merecido.)    
            Con todo, Enseres para sobrevivir en la ciudad es a Vicente Quirarte lo que aquella cajita de lata al Sr. Bredodeau, volviendo al símil cinematográfico de Amélie: un breviario de fraternidades cuya prístina y épica función es devolvernos una memoria propia, patente en los objetos, los hechos y las personas que nos ayudan, día tras día, en el engorroso oficio de ser hombre, pero ante todo, humano, verdaderamente humano. (Y así debe de ser.)    

Vicente Quirarte. Enseres para sobrevivir en la ciudad. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes / Instituto Cultural de Aguascalientes, 1994. (Los Cincuenta)

(23/abril/2012)

miércoles, 1 de octubre de 2014

Un evangelio a contracorriente

Ulises Velázquez Gil

En la historia de la literatura, quienes pasan por el cedazo de la crítica y la ficción tanto el Antiguo y el Nuevo Testamento, no pasa que los tilden de apóstatas, reformistas o simplemente blasfemos o demoníacos, según sea el caso. No hay escritor que no haya hecho esto, sea para entretener, sea para echar el ácido crítico. Desde Nikos Kazantzakis hasta Lanza del Vasto, en ambas orillas del charco, ejemplos sobran.
En el caso de René Avilés Fabila, esta condición no le es ajena; desde sus primeros cuentos, reunidos en Hacia el fin del mundo (libro que ya cumplió sus primeros 41 años de publicado), hasta sus Fantasías en carrusel, puede verse la forma mordaz como describe –a su manera– conocidas estampas de la Biblia. Ahora nos entrega un volumen bastante heterodoxo (hasta para él mismo): El Evangelio según René Avilés Fabila. Dicho volumen está conformado por una serie de ensayos acerca de algunas historias bíblicas (convertidas en lugar común gracias al cine en todas sus vertientes), pero con una perspectiva vidriosa, es decir, buscando una explicación un poco más lógica. ¿A qué me refiero?
Donde el lugar común y la Iglesia encuentran un ambiente donde impera la paz y un cierto aroma divino, en realidad se respira un dulce olor a guerra; que si el demonio existe para hacerle contrapeso al supremo, que los héroes bíblicos fueron los primeros kamikaze, o ya de plano, saber que el Jesús ensalzado hasta las cachas por la Iglesia no es más que una versión semioriental de un líder político, entre otras cosas, las encuentra René a través de varios ensayos y artículos. Pero como su prosapia narrativa se cuela hasta la cocina, cabe resaltar una serie de minificciones en torno al Diablo, las cuales, cabe decir, son de lo mejor. (Si en un futuro próximo Avilés Fabila planea actualizar sus Fantasías en carrusel, no dudaría en sugerirle una nueva sección con estos cuentos.)
Bien sé que hay muchas cosas por decir de El Evangelio según René Avilés Fabila, pero por ahora me limito a recomendar su lectura (católicos recalcitrantes y sectarios del Yunque, abstenerse), y así disfrutar de una prosa sin concesiones, digna de la prosapia fantástica que prosiguieron Jorge Luis Borges y Juan José Arreola. Un libro que sí puede picarse de polémico, pero también ameno. De verdad.

René Avilés Fabila. El Evangelio según René Avilés Fabila. México, Plan C, 2009. (La mosca muerta, 23)

(29/agosto/2011)

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Una vida bien narrada

Ulises Velázquez Gil

En el empeño ineludible de narrar la vida, hay tres disciplinas literarias (todas hermanas) que se disputan ese privilegio: la historia, la novela y la biografía. La primera se sirve de datos duros y estadísticas, mientras que en la novela su espectro de invención es aún mayor. Ante este panorama, la biografía queda en vilo sobre su posterior proceder, o mejor dicho, busca ser fiel a los datos duros, pero también al interés por parte del lector mediante un estilo atractivo. Como el de una novela. (Difícil tarea, cierto, mas no imposible del todo…)  
            Una joven e inteligente historiadora, Adriana Fernanda Rivas de la Chica, incursiona en el género biográfico con este primer trabajo en torno a una de las principales figuras de la guerra de Independencia, Ignacio Allende, y cuya intención se dirige en develar más cosas sobre él, y que no fue el personaje secundario como se piensa comúnmente: El interés por este personaje venía de tiempo atrás, pero he de decir que en mucho creció porque era un personaje poco mencionado en comparación con insurgentes como Miguel Hidalgo y Costilla o José María Morelos y Pavón. […] (Aunque se diga hasta el hartazgo que los biógrafos no eligen a su objeto de estudio, sino al contrario, en este libro ambas circunstancias actúan en igualdad de fuerzas; ya veremos qué le deparará en esta empresa.)
            Dividido en cuatro capítulos, Ignacio Allende: una biografía da cuenta del desarrollo y acción de este personaje, así como el contexto social, económico y político que le rodeaba, y que de alguna forma hizo mella en su proceder posterior. En el primero, sobre el entorno social y familiar, hay un problema presente en la génesis y formación del futuro insurgente: la agricultura al interior de la Nueva España, al igual que los diversos negocios que los criollos manejaron en sus lugares de origen; todo ello aunado al estira y afloja de los sucesos en la metrópoli, es decir, la España imperial. En estas provincias, con una acendrada organización político-económica, nace Ignacio José de Allende y Unzaga, de quien conoceremos (mediante la mirada ecuánime de Adriana Rivas) su gusto por las labores de su hacienda, el efecto que causaba su interesante personalidad y sobre todo cómo el trato peninsular hacia los suyos prendió en él un firme deseo de corregir las cosas, cambiar su suerte y la de sus familiares. Digno es de notar […] que era una persona que contaba con la amistad de personas reconocidas, que ingresó a la milicia provincial y que desde aproximadamente 1807 ya asistía a tertulias donde se discutían los principales hechos que acaecían en el virreinato. Estos tres factores sin duda desempeñaron un papel importante en la manera en que Allende reaccionó ante los eventos políticos que afectaron a Nueva España a partir de 1808.
Para el segundo capítulo, vemos como su ingreso a en el ejército modeló su carácter algo levantisco; a la par de su aprendizaje militar, fue testigo de los caprichos del poder virreinal: que si contar con un ejército bien dotado era una necesidad o un capricho, que si los tejemanejes del gobernante en turno, en torda circunstancia donde el ejército tuviera presencia importante, siempre habría alguna injerencia del biografiado al respecto. Incluso, en su formación castrense, habría de conocer a varios personajes con quienes se confrontaría una vez iniciada la guerra de Independencia. A fines de 1800 […] Allende viajó a San Luis Potosí, junto con parte de su regimiento, para hacer una estancia de seis meses con el objetivo de apoyar a la compañía de granaderos que se encontraba ahí encantonada. El comandante en jefe de las tropas […] era nada menos que Félix María Calleja del Rey, y al parecer tuvo en muy buen concepto a Allende, ya que lo puso al mando de la compañía de granaderos.  
Paréntesis aparte: durante el servicio de Allende en la compañía de Calleja, Rivas de la Chica menciona que fue en ese periodo cuando se persiguió al llamado indio Mariano, Máscara de Oro, quien encabezara el primer levantamiento en contra de la monarquía española a principios del siglo XIX; lo que para nuestra joven historiadora es una nota al pie de página, para Jean Meyer fue tanto un volumen de documentos para la historia de Nayarit como su primera novela, A la voz del Rey. (En algún momento de la vida, historia, novela y biografía debían unirse en esta gloriosa coincidencia. Vivir para ver.) 
Con su amplio conocimiento de los problemas imperantes tanto en la península ibérica como en Nueva España, Allende simpatiza con varios círculos conspiracionistas, y respecto a esta faceta se desarrolla el tercer capítulo, donde descubriremos cómo adquirió un enorme compromiso político por generar un cambio en la postrera conducción de su patria; para él, los sucesos de 1808 –que las colonias españolas en América tuvieran cierta autonomía sobre sus asuntos de índole política y económica, sin separarse por entero de la metrópoli– fueron su motivo conductor para buscarle un nuevo porvenir. Sin embargo, Allende no alcanzaría a comprender los alcances de la conspiración de Querétaro, de la que formaba parte junto con el corregidor Miguel Domínguez, su esposa Josefa Ortiz y Miguel Hidalgo, cura del pueblo de Dolores, entre otros personajes de la época, pero ninguno de sus participantes se imaginaría los alcances de ésta, como detonador de un levantamiento armado. Aquel militar de San Miguel el Grande […] se topó con un movimiento que no había imaginado, con una serie de aristas que su mente non contempló y que muchas veces se le fueron de las manos. El movimiento que tanto él como muchos otros tenían en la mente, se desmoronó desde la madrugada del 16 de septiembre de 1810 y no quedó más recurso que tomar las más importantes decisiones sobre la marcha.        
            El cuarto y último capítulo es el más importante de todos, pues nos presenta a un Ignacio Allende en su justa dimensión, como un hombre de ideas propias y no como suscriptor de los hechos del cura Hidalgo; aunque el movimiento armado los tuviera como sus más confiables líderes (que sí lo eran, claro está), la diferencia entre ellos era abismal. Mientras Hidalgo conducía a un pueblo sin otra cosa que un resentimiento acumulado, Allende, en cambio, buscaba a toda costa mantener el orden y aplicar algo de disciplina militar en los nuevos adherentes a la causa libertaria; lamentablemente, luego de grandes triunfos y sonadas derrotas –como en Puente de Calderón, frente a su antiguo superior Calleja– las fricciones entre ambos se hicieron muy evidentes. Y sin caer en parcialidades y excesos de otras biografías, Adriana Rivas justiprecia la figura de ambos, aun cuando el enemigo verdadero (¿acaso lo hay?) se encuentre dentro del propio ejército. En otras palabras, ninguno negaba las cualidades del otro, pese a que la situación marcara lo contrario. Eso sí, ambos estaban conscientes de no vivir para ver consumada su empresa.   
¿Por qué leer Ignacio Allende: una biografía? Para develar mejor la figura del militar insigne, un estratega en potencia que para demostrar su maestría e ingenio encabezó un movimiento armado no destinado a ganar pero sí a generar inquietudes libertarias. También, para convencernos por entero que no hay figuras predominantes en una lucha armada, sino que la suma de varias fuerzas es la que realmente escribe la historia, una que baje a los caudillos del pedestal y del caballo y, a ras de tierra, los haga más próximos a nosotros; una vida bien narrada en aras de ponderar mejor a los personajes esenciales, así también de los sucesos que les dieron forma.
Al finalizar la lectura de esta biografía, no dudaría ni un ápice que Adriana Fernanda Rivas de la Chica ha sabido unir aquellas tres disciplinas literarias referidas al principio de estas notas, porque después de todo, por nimia o sobrevaluada que sea una vida, siempre se puede leer como la más apasionada novela o como la más justa de las historias. Y que el tiempo haga lo suyo. (De verdad.)    

Adriana Fernanda Rivas de la Chica. Ignacio Allende: una biografía. México, Universidad Nacional Autónoma de México / Instituto de Investigaciones Históricas, 2013 (Historia Moderna y Contemporánea, 62).

(26/mayo/2014)

lunes, 8 de septiembre de 2014

Gratitud y reconocimiento

Ulises Velázquez Gil

Se dice que Erasmo de Rotterdam tenía más de cien formas para finalizar una carta, a guisa de agradecimiento hacia el interlocutor que se tomaba la deferencia de escribirle; para quien domina el arte de escribir cartas y mantener constante el fervor epistolar, el tiempo o la vida le enseña otras cien maneras, no sólo para agradecer, sino también para afrontar y equilibrar el ritmo de las cosas. (En este sentido, el caso paradigmático en las letras mexicanas se llama Alfonso Reyes, con más de quince epistolarios a cuestas… más los que se acumulen en la semana.) 
Otro autor que comienza a sentir ese mismo vértigo epistolar es Octavio Paz, ya con varios volúmenes en su haber, sea con Alfonso Reyes, Pere Gimferrer, Tomás Segovia o Arnaldo Orfila, sea también en algunas cartas sueltas. Y en este año de gloriosos aniversarios (los 100 años de Paz y los 80 del Fondo de Cultura Económica, su casa editora de toda la vida), la aparición de un nuevo compendio epistolar celebra por partida doble a sendos pilares de la cultura en México. 
Al calor de la amistad (1950-1984) reúne más de treinta años en la vida de dos escritores, José Luis Martínez, crítico y funcionario cultural, y el propio Paz; ambas presencias, vistas desde el tamiz de la admiración y de la cuidadosa lectura de Rodrigo Martínez Baracs, a la sazón, hijo del primero. (Si bien esta edición es el amoroso tributo de un hijo a su padre, también es el producto de un historiador, que trabaja en la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia y que recibe el apoyo del Sistema Nacional de Investigadores.)
Este volumen comprende 74 cartas (42 de Paz, 22 de Martínez, y el resto repartido entre misivas de Marie-Jose Paz, oficios, telegramas, notas, etc.), y aunque el periodo comprendido es de los más extensos respecto de los anteriores, esto no se refleja en el número de cartas. (Quizás hubo algunas previas a este periodo –su amistad data de los años 40–, pero sólo el tiempo y las pesquisas en los archivos de ambos resolverán el enigma.)   
Ahora bien, ¿qué distingue a este volumen de los ya existentes sobre Paz? Sin picarme de perogrullesco, diría que la amistad. No el concepto almibarado que se vende al pormayor, sino al espíritu plural y consecuente que un día llevó tanto a Pedro Henríquez Ureña como a John Reed a acuñar frases emblemáticas como “La amistad de un crítico es la mayor bendición” y “Ser tu amigo es tratar de ser honrado intelectualmente”, que se notan a trasluz en esta impresión de Octavio Paz: Recibí el primer volumen de Literatura Mexicana del Siglo XX. Lo leí –releí, mejor dicho– con cuidado y gusto. No necesito decirte que me parece muy completo y con juicios sensibles e inteligentes. En este sentido tu obra es indispensable para todo el que quiera hablar de literatura mexicana. Y toda crítica debe partir del reconocimiento de estas virtudes. Y en consecuente reciprocidad, José Luis Martínez responde oportuno en sus pesquisas: Considérate, por una vez, desde fuera y vete como un objeto histórico, que ya lo eres. (Algo lacónico, pero certero después de todo…)
Entre el tránsito epistolar de sendos escritores, periféricos en el trabajo pero firmes en sus letras, Paz y Martínez comparten sus pasiones por la escritura, el amor por la vida, pero sobre todo se reiteran su amistad que, pese a los contratiempos diplomáticos, o los que se les parezca. (Paréntesis aparte: si recordamos que varias amistades, en el ámbito de las letras, se disuelven en el tiempo, a causa de un “mal entendido” –un libro nunca devuelto, un artículo denigratorio, o los baches de la política en turno– para este caso, quien refrenda el cariño del tiempo transcurrido es, precisamente, el propio Paz, pródigo en saludos y en recordatorios. No hay carta suya sin las típicas muestras de afecto, sin caer en actitudes rutinarias. Según se vea.)
A diferencia del epistolario con Alfonso Reyes (donde prima una recíproca relación de maestro y alumno), con José Luis Martínez todo ocurre a nivel de cancha: impera un aprendizaje ambivalente, así también una dedicada atención a las peticiones solicitadas, como, por ejemplo, la inclusión de un ensayo paciano sobre Marcel Duchamp en la Revista de Bellas Artes, órgano editorial que Martínez cuidaba desde la Dirección del INBA, y desde donde el crítico insistía en rendirle señero homenaje a su compañero de ruta: Continuemos con la idea del número dedicado a tus vidas y obras. Creo que si nos ayudas a reunir el material iconográfico y nos envías algunos manuscritos para fotografiarlos, lo demás podemos hacerlo siguiendo un sistema semejante al del número de Villaurrutia. Creo que sería interesante incluir algunos poemas inéditos.
Entre la reciprocidad y la deferencia de ambos corresponsales, hay temas que relucen por su delicadeza; por el lado del crítico jalisciense, asegurar el traslado de su familia política a México por las inclemencias de una Europa de posguerra (Lydia Baracs, esposa de JLM y madre del editor, era húngara), y por el lado del poeta diplomático, sus diferentes relaciones matrimoniales y su crítica al sistema político mexicano. En este sentido, fue hasta 1977 cuando Paz aceptó el Premio Nacional de Letras, en cuyo jurado estaba el propio José Luis Martínez: Sólo me queda agradecerles a todos ustedes este gesto de amistad –y a ti en primer término, querido José Luis, que fuiste el primero, hace un año, en proponer mi candidatura. Tú conoces las razones que, en aquella ocasión, me llevaron a declinarla. (Luego de leer esto, que ya no nos sorprenda ver aquellas fotografías donde se ve a Octavio Paz recibiendo el Premio Nacional de Letras de manos del entonces presidente José López Portillo.)
Ahora bien, ¿en qué se distingue por entero este volumen del resto de todos los epistolarios pacianos? Si por decir que es de los pocos donde se cuenta con las palabras de ambos corresponsales, estaremos en lo cierto (pero no el único, el Reyes-Paz es primero en tiempo y en derecho), pero en cambio cuenta con un plus donde se denota la pasión autocrítica de Octavio Paz –las diversas versiones del poema Delicia, dedicado a JLM– y la fidelidad lectora de Martínez –artículos, reseñas y discursos en loor suyo–; ambas confirman por completo una persistencia en el trato y en la vida, sin importar los altibajos del tiempo presente. (Además, si se me permite decirlo, este libro continúa la conversación iniciada con Alfonso Reyes.) Aún así, no desmerece una lectura cruzada con los demás volúmenes al respecto. Van dos botones de muestra: en Cartas a Tomás Segovia (1957-1985), Paz asegura que JLM es “la bondad misma”, mientras que en el universo alfonsino, Paz acusa recibo de Literatura Mexicana. Siglo XX (1910-1949), cuya lectura se reconoce en la primera carta de Al calor de la amistad. (Suerte de círculo perfecto ¿no les parece?)
Con todo, bien vale acercarse a este flamante libro en torno a dos escritores que, andando el tiempo, se ven de mejor manera en el panorama general de las letras mexicanas, donde gratitud y reconocimiento son dos palabras que los definen por antonomasia, en aras de que la cultura en México goce de cabal salud y así justipreciar mejor a un personaje centenario, vencedor de muchas batallas después de todo. (Quede en ustedes comprobarlo. Verdad que sí.)  

Octavio Paz/ José Luis Martínez. Al calor de la amistad. Correspondencia (1950-1984). Edición de Rodrigo Martínez Baracs. México, Fondo de Cultura Económica, 2014 (Tezontle). 

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Una Historia para varias historias

Ulises Velázquez Gil

Derivada de los enconados debates –sin fin– entre la historia y la literatura, por un lado, abundan los engrudos narrativos y, por el otro, monografías rellenas de jergas y terminajos: los primeros, no pasan del caramelo literario, y los otros, del ensayo agridulce. Sin embargo, aún existen obras que ayudan al conocimiento de la historia, aunado esto a una prosa plena de fluidez para contarla. Un ejemplo maravilloso de semejante maridaje se halla en la novela Península, Península de Hernán Lara Zavala, narrador de trayectoria impecable, a quien más de uno podría reprocharle su anglofilia, mas no su cuidada prosa.
La novela en cuestión nos cuenta un suceso primordial en la historia mexicana del siglo XIX: la Guerra de Castas en la península de Yucatán en 1848 (cuando en otros lares, la bandera de las barras y las estrellas ondeaba con ímpetu vergonzoso); contada desde diversos ángulos (es decir, que alternadamente cada personaje cuenta su vida, como parte de), nos muestra la perspectiva tanto de los terratenientes como de los indígenas mayas, quienes sufren el poderío de los primeros. Entre uno y otro bando, dos personajes, la señorita Bell y el doctor Fitzpatrick (a la sazón, extranjeros llegados a la península), se ven enredados en los tejemanejes de los lados en conflicto. Miss Bell, mientras cuida a los hijos de los terratenientes, ¿qué más puede hacer una institutriz sino guardar en su diario las cosas del día? Si leemos con cuidado sus anotaciones, vemos que, en su condición de extranjera, se da cuenta, más que los propios habitantes, de los entramados suscitados en torno a la guerra. (Aún así, nunca interviene en los hechos.) En cambio, el Dr. Fitzpatrick sí participa de los conflictos locales. Los mayas de la Península ven no sin cierto recelo al médico irlandés (como extranjero que se digne de serlo), pero ninguno niega su don de gentes y su papel como salvador del pueblo… gracias a las artes médicas.
Ambrose Bierce, avinagrado escritor estadounidense (parcialmente esbozado por Carlos Fuentes en Gringo viejo), fijó su sentencia de muerte con la siguiente expresión: “Morir en México… ¡eso sí es eutanasia!” Tanto para Miss Bell como para Fitzpatrick, ser extranjero en México lleva un riesgo en sí, pero se sublima poco a poco al residir en un territorio veladamente ajeno a los sucesos de la capital del país, aun entre sus propios coetáneos. (No por nada, todavía hablamos de la Península como la hermana república de Yucatán ¿verdad?)
Otro personaje digno de mención radica en José Turrisa, suerte de intelectual e historiador local, encargado –por derecho de sangre– de guardar testimonio y relación de las cosas de la Península. A medida que avanzamos en la lectura, se puede hallar un eco del propio Lara Zavala en Turrisa, pero, si me permiten un poco, creo también que de Justo Sierra O’Reilly (padre del fundador de la Universidad Nacional) ¡¡y hasta del historiador centenario Silvio Zavala!! Pero el narrador, claro, pide a gritos su lugar.
Desdoblado en Turrisa, Lara Zavala sigue escribiendo esa eterna novela, la Historia de su tierra natal, compuesta en muchas pequeñas historias, pero, quizás, esto apenas sea la primera parte de aquella empresa. Si en De Zitilchén (su primer libro de cuentos, que en este 2011 cumple treinta años de haberse publicado) muestra el mundo representado en un solo pueblito, y en Charras (primera incursión, a su vez, por los terrenos de la novela), los tejemanejes de la política local, Península, Península no se queda atrás al respecto, porque conjunta todo eso y más, presentándonos así un mural de personajes y de sucesos que conformarán la nueva vida de una nación en progreso, e igualmente se fija en esos retratos de caballete que son las vidas de sus habitantes. Cabe decir también que dicha obra es un pequeño homenaje a uno de sus autores de cabecera, William Faulkner, cuya alusión a Absalon, Absalon se nota desde el título mismo, y la sucesión de historias diferentes nos remite, a la primera de cambios, a Las palmeras salvajes. (Seguramente, los fans de Faulkner habrán de desmentirme. Quizás.)
Álvaro Mutis dijo en alguna entrevista que los libros viven su propia vida y los premios que éstos ganan son sólo la “fajita” que se les pone en la envoltura. En una palabra, no influyen para nada en su curso natural. Me inclinaría a pensar igual, pero no del todo. Los premios se le otorgan a la obra, claro, mas no al autor. Para Península, Península tanto la Medalla Yucatán 2008, como los premios Elena Poniatowska de Novela 2009, el Real Academia Española 2010, y el Justo Sierra 2011, por parte del gobierno de Campeche en fechas recientes, son sólo un pretexto para su completa y franca lectura, donde no desmerece también hacerlo a la par de la demás obra narrativa de Hernán Lara Zavala. De cualquier manera, todo narrador que se digne de serlo, siempre habrá de seguir aquel consejo de León Tolstoi: “Pinta tu aldea y pintarás al mundo”. (Así sea.)

Hernán Lara Zavala. Península, Península. México, Alfaguara, 2008.

(7/noviembre/2011)