miércoles, 17 de septiembre de 2014

Una vida bien narrada

Ulises Velázquez Gil

En el empeño ineludible de narrar la vida, hay tres disciplinas literarias (todas hermanas) que se disputan ese privilegio: la historia, la novela y la biografía. La primera se sirve de datos duros y estadísticas, mientras que en la novela su espectro de invención es aún mayor. Ante este panorama, la biografía queda en vilo sobre su posterior proceder, o mejor dicho, busca ser fiel a los datos duros, pero también al interés por parte del lector mediante un estilo atractivo. Como el de una novela. (Difícil tarea, cierto, mas no imposible del todo…)  
            Una joven e inteligente historiadora, Adriana Fernanda Rivas de la Chica, incursiona en el género biográfico con este primer trabajo en torno a una de las principales figuras de la guerra de Independencia, Ignacio Allende, y cuya intención se dirige en develar más cosas sobre él, y que no fue el personaje secundario como se piensa comúnmente: El interés por este personaje venía de tiempo atrás, pero he de decir que en mucho creció porque era un personaje poco mencionado en comparación con insurgentes como Miguel Hidalgo y Costilla o José María Morelos y Pavón. […] (Aunque se diga hasta el hartazgo que los biógrafos no eligen a su objeto de estudio, sino al contrario, en este libro ambas circunstancias actúan en igualdad de fuerzas; ya veremos qué le deparará en esta empresa.)
            Dividido en cuatro capítulos, Ignacio Allende: una biografía da cuenta del desarrollo y acción de este personaje, así como el contexto social, económico y político que le rodeaba, y que de alguna forma hizo mella en su proceder posterior. En el primero, sobre el entorno social y familiar, hay un problema presente en la génesis y formación del futuro insurgente: la agricultura al interior de la Nueva España, al igual que los diversos negocios que los criollos manejaron en sus lugares de origen; todo ello aunado al estira y afloja de los sucesos en la metrópoli, es decir, la España imperial. En estas provincias, con una acendrada organización político-económica, nace Ignacio José de Allende y Unzaga, de quien conoceremos (mediante la mirada ecuánime de Adriana Rivas) su gusto por las labores de su hacienda, el efecto que causaba su interesante personalidad y sobre todo cómo el trato peninsular hacia los suyos prendió en él un firme deseo de corregir las cosas, cambiar su suerte y la de sus familiares. Digno es de notar […] que era una persona que contaba con la amistad de personas reconocidas, que ingresó a la milicia provincial y que desde aproximadamente 1807 ya asistía a tertulias donde se discutían los principales hechos que acaecían en el virreinato. Estos tres factores sin duda desempeñaron un papel importante en la manera en que Allende reaccionó ante los eventos políticos que afectaron a Nueva España a partir de 1808.
Para el segundo capítulo, vemos como su ingreso a en el ejército modeló su carácter algo levantisco; a la par de su aprendizaje militar, fue testigo de los caprichos del poder virreinal: que si contar con un ejército bien dotado era una necesidad o un capricho, que si los tejemanejes del gobernante en turno, en torda circunstancia donde el ejército tuviera presencia importante, siempre habría alguna injerencia del biografiado al respecto. Incluso, en su formación castrense, habría de conocer a varios personajes con quienes se confrontaría una vez iniciada la guerra de Independencia. A fines de 1800 […] Allende viajó a San Luis Potosí, junto con parte de su regimiento, para hacer una estancia de seis meses con el objetivo de apoyar a la compañía de granaderos que se encontraba ahí encantonada. El comandante en jefe de las tropas […] era nada menos que Félix María Calleja del Rey, y al parecer tuvo en muy buen concepto a Allende, ya que lo puso al mando de la compañía de granaderos.  
Paréntesis aparte: durante el servicio de Allende en la compañía de Calleja, Rivas de la Chica menciona que fue en ese periodo cuando se persiguió al llamado indio Mariano, Máscara de Oro, quien encabezara el primer levantamiento en contra de la monarquía española a principios del siglo XIX; lo que para nuestra joven historiadora es una nota al pie de página, para Jean Meyer fue tanto un volumen de documentos para la historia de Nayarit como su primera novela, A la voz del Rey. (En algún momento de la vida, historia, novela y biografía debían unirse en esta gloriosa coincidencia. Vivir para ver.) 
Con su amplio conocimiento de los problemas imperantes tanto en la península ibérica como en Nueva España, Allende simpatiza con varios círculos conspiracionistas, y respecto a esta faceta se desarrolla el tercer capítulo, donde descubriremos cómo adquirió un enorme compromiso político por generar un cambio en la postrera conducción de su patria; para él, los sucesos de 1808 –que las colonias españolas en América tuvieran cierta autonomía sobre sus asuntos de índole política y económica, sin separarse por entero de la metrópoli– fueron su motivo conductor para buscarle un nuevo porvenir. Sin embargo, Allende no alcanzaría a comprender los alcances de la conspiración de Querétaro, de la que formaba parte junto con el corregidor Miguel Domínguez, su esposa Josefa Ortiz y Miguel Hidalgo, cura del pueblo de Dolores, entre otros personajes de la época, pero ninguno de sus participantes se imaginaría los alcances de ésta, como detonador de un levantamiento armado. Aquel militar de San Miguel el Grande […] se topó con un movimiento que no había imaginado, con una serie de aristas que su mente non contempló y que muchas veces se le fueron de las manos. El movimiento que tanto él como muchos otros tenían en la mente, se desmoronó desde la madrugada del 16 de septiembre de 1810 y no quedó más recurso que tomar las más importantes decisiones sobre la marcha.        
            El cuarto y último capítulo es el más importante de todos, pues nos presenta a un Ignacio Allende en su justa dimensión, como un hombre de ideas propias y no como suscriptor de los hechos del cura Hidalgo; aunque el movimiento armado los tuviera como sus más confiables líderes (que sí lo eran, claro está), la diferencia entre ellos era abismal. Mientras Hidalgo conducía a un pueblo sin otra cosa que un resentimiento acumulado, Allende, en cambio, buscaba a toda costa mantener el orden y aplicar algo de disciplina militar en los nuevos adherentes a la causa libertaria; lamentablemente, luego de grandes triunfos y sonadas derrotas –como en Puente de Calderón, frente a su antiguo superior Calleja– las fricciones entre ambos se hicieron muy evidentes. Y sin caer en parcialidades y excesos de otras biografías, Adriana Rivas justiprecia la figura de ambos, aun cuando el enemigo verdadero (¿acaso lo hay?) se encuentre dentro del propio ejército. En otras palabras, ninguno negaba las cualidades del otro, pese a que la situación marcara lo contrario. Eso sí, ambos estaban conscientes de no vivir para ver consumada su empresa.   
¿Por qué leer Ignacio Allende: una biografía? Para develar mejor la figura del militar insigne, un estratega en potencia que para demostrar su maestría e ingenio encabezó un movimiento armado no destinado a ganar pero sí a generar inquietudes libertarias. También, para convencernos por entero que no hay figuras predominantes en una lucha armada, sino que la suma de varias fuerzas es la que realmente escribe la historia, una que baje a los caudillos del pedestal y del caballo y, a ras de tierra, los haga más próximos a nosotros; una vida bien narrada en aras de ponderar mejor a los personajes esenciales, así también de los sucesos que les dieron forma.
Al finalizar la lectura de esta biografía, no dudaría ni un ápice que Adriana Fernanda Rivas de la Chica ha sabido unir aquellas tres disciplinas literarias referidas al principio de estas notas, porque después de todo, por nimia o sobrevaluada que sea una vida, siempre se puede leer como la más apasionada novela o como la más justa de las historias. Y que el tiempo haga lo suyo. (De verdad.)    

Adriana Fernanda Rivas de la Chica. Ignacio Allende: una biografía. México, Universidad Nacional Autónoma de México / Instituto de Investigaciones Históricas, 2013 (Historia Moderna y Contemporánea, 62).

(26/mayo/2014)

lunes, 8 de septiembre de 2014

Gratitud y reconocimiento

Ulises Velázquez Gil

Se dice que Erasmo de Rotterdam tenía más de cien formas para finalizar una carta, a guisa de agradecimiento hacia el interlocutor que se tomaba la deferencia de escribirle; para quien domina el arte de escribir cartas y mantener constante el fervor epistolar, el tiempo o la vida le enseña otras cien maneras, no sólo para agradecer, sino también para afrontar y equilibrar el ritmo de las cosas. (En este sentido, el caso paradigmático en las letras mexicanas se llama Alfonso Reyes, con más de quince epistolarios a cuestas… más los que se acumulen en la semana.) 
Otro autor que comienza a sentir ese mismo vértigo epistolar es Octavio Paz, ya con varios volúmenes en su haber, sea con Alfonso Reyes, Pere Gimferrer, Tomás Segovia o Arnaldo Orfila, sea también en algunas cartas sueltas. Y en este año de gloriosos aniversarios (los 100 años de Paz y los 80 del Fondo de Cultura Económica, su casa editora de toda la vida), la aparición de un nuevo compendio epistolar celebra por partida doble a sendos pilares de la cultura en México. 
Al calor de la amistad (1950-1984) reúne más de treinta años en la vida de dos escritores, José Luis Martínez, crítico y funcionario cultural, y el propio Paz; ambas presencias, vistas desde el tamiz de la admiración y de la cuidadosa lectura de Rodrigo Martínez Baracs, a la sazón, hijo del primero. (Si bien esta edición es el amoroso tributo de un hijo a su padre, también es el producto de un historiador, que trabaja en la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia y que recibe el apoyo del Sistema Nacional de Investigadores.)
Este volumen comprende 74 cartas (42 de Paz, 22 de Martínez, y el resto repartido entre misivas de Marie-Jose Paz, oficios, telegramas, notas, etc.), y aunque el periodo comprendido es de los más extensos respecto de los anteriores, esto no se refleja en el número de cartas. (Quizás hubo algunas previas a este periodo –su amistad data de los años 40–, pero sólo el tiempo y las pesquisas en los archivos de ambos resolverán el enigma.)   
Ahora bien, ¿qué distingue a este volumen de los ya existentes sobre Paz? Sin picarme de perogrullesco, diría que la amistad. No el concepto almibarado que se vende al pormayor, sino al espíritu plural y consecuente que un día llevó tanto a Pedro Henríquez Ureña como a John Reed a acuñar frases emblemáticas como “La amistad de un crítico es la mayor bendición” y “Ser tu amigo es tratar de ser honrado intelectualmente”, que se notan a trasluz en esta impresión de Octavio Paz: Recibí el primer volumen de Literatura Mexicana del Siglo XX. Lo leí –releí, mejor dicho– con cuidado y gusto. No necesito decirte que me parece muy completo y con juicios sensibles e inteligentes. En este sentido tu obra es indispensable para todo el que quiera hablar de literatura mexicana. Y toda crítica debe partir del reconocimiento de estas virtudes. Y en consecuente reciprocidad, José Luis Martínez responde oportuno en sus pesquisas: Considérate, por una vez, desde fuera y vete como un objeto histórico, que ya lo eres. (Algo lacónico, pero certero después de todo…)
Entre el tránsito epistolar de sendos escritores, periféricos en el trabajo pero firmes en sus letras, Paz y Martínez comparten sus pasiones por la escritura, el amor por la vida, pero sobre todo se reiteran su amistad que, pese a los contratiempos diplomáticos, o los que se les parezca. (Paréntesis aparte: si recordamos que varias amistades, en el ámbito de las letras, se disuelven en el tiempo, a causa de un “mal entendido” –un libro nunca devuelto, un artículo denigratorio, o los baches de la política en turno– para este caso, quien refrenda el cariño del tiempo transcurrido es, precisamente, el propio Paz, pródigo en saludos y en recordatorios. No hay carta suya sin las típicas muestras de afecto, sin caer en actitudes rutinarias. Según se vea.)
A diferencia del epistolario con Alfonso Reyes (donde prima una recíproca relación de maestro y alumno), con José Luis Martínez todo ocurre a nivel de cancha: impera un aprendizaje ambivalente, así también una dedicada atención a las peticiones solicitadas, como, por ejemplo, la inclusión de un ensayo paciano sobre Marcel Duchamp en la Revista de Bellas Artes, órgano editorial que Martínez cuidaba desde la Dirección del INBA, y desde donde el crítico insistía en rendirle señero homenaje a su compañero de ruta: Continuemos con la idea del número dedicado a tus vidas y obras. Creo que si nos ayudas a reunir el material iconográfico y nos envías algunos manuscritos para fotografiarlos, lo demás podemos hacerlo siguiendo un sistema semejante al del número de Villaurrutia. Creo que sería interesante incluir algunos poemas inéditos.
Entre la reciprocidad y la deferencia de ambos corresponsales, hay temas que relucen por su delicadeza; por el lado del crítico jalisciense, asegurar el traslado de su familia política a México por las inclemencias de una Europa de posguerra (Lydia Baracs, esposa de JLM y madre del editor, era húngara), y por el lado del poeta diplomático, sus diferentes relaciones matrimoniales y su crítica al sistema político mexicano. En este sentido, fue hasta 1977 cuando Paz aceptó el Premio Nacional de Letras, en cuyo jurado estaba el propio José Luis Martínez: Sólo me queda agradecerles a todos ustedes este gesto de amistad –y a ti en primer término, querido José Luis, que fuiste el primero, hace un año, en proponer mi candidatura. Tú conoces las razones que, en aquella ocasión, me llevaron a declinarla. (Luego de leer esto, que ya no nos sorprenda ver aquellas fotografías donde se ve a Octavio Paz recibiendo el Premio Nacional de Letras de manos del entonces presidente José López Portillo.)
Ahora bien, ¿en qué se distingue por entero este volumen del resto de todos los epistolarios pacianos? Si por decir que es de los pocos donde se cuenta con las palabras de ambos corresponsales, estaremos en lo cierto (pero no el único, el Reyes-Paz es primero en tiempo y en derecho), pero en cambio cuenta con un plus donde se denota la pasión autocrítica de Octavio Paz –las diversas versiones del poema Delicia, dedicado a JLM– y la fidelidad lectora de Martínez –artículos, reseñas y discursos en loor suyo–; ambas confirman por completo una persistencia en el trato y en la vida, sin importar los altibajos del tiempo presente. (Además, si se me permite decirlo, este libro continúa la conversación iniciada con Alfonso Reyes.) Aún así, no desmerece una lectura cruzada con los demás volúmenes al respecto. Van dos botones de muestra: en Cartas a Tomás Segovia (1957-1985), Paz asegura que JLM es “la bondad misma”, mientras que en el universo alfonsino, Paz acusa recibo de Literatura Mexicana. Siglo XX (1910-1949), cuya lectura se reconoce en la primera carta de Al calor de la amistad. (Suerte de círculo perfecto ¿no les parece?)
Con todo, bien vale acercarse a este flamante libro en torno a dos escritores que, andando el tiempo, se ven de mejor manera en el panorama general de las letras mexicanas, donde gratitud y reconocimiento son dos palabras que los definen por antonomasia, en aras de que la cultura en México goce de cabal salud y así justipreciar mejor a un personaje centenario, vencedor de muchas batallas después de todo. (Quede en ustedes comprobarlo. Verdad que sí.)  

Octavio Paz/ José Luis Martínez. Al calor de la amistad. Correspondencia (1950-1984). Edición de Rodrigo Martínez Baracs. México, Fondo de Cultura Económica, 2014 (Tezontle). 

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Una Historia para varias historias

Ulises Velázquez Gil

Derivada de los enconados debates –sin fin– entre la historia y la literatura, por un lado, abundan los engrudos narrativos y, por el otro, monografías rellenas de jergas y terminajos: los primeros, no pasan del caramelo literario, y los otros, del ensayo agridulce. Sin embargo, aún existen obras que ayudan al conocimiento de la historia, aunado esto a una prosa plena de fluidez para contarla. Un ejemplo maravilloso de semejante maridaje se halla en la novela Península, Península de Hernán Lara Zavala, narrador de trayectoria impecable, a quien más de uno podría reprocharle su anglofilia, mas no su cuidada prosa.
La novela en cuestión nos cuenta un suceso primordial en la historia mexicana del siglo XIX: la Guerra de Castas en la península de Yucatán en 1848 (cuando en otros lares, la bandera de las barras y las estrellas ondeaba con ímpetu vergonzoso); contada desde diversos ángulos (es decir, que alternadamente cada personaje cuenta su vida, como parte de), nos muestra la perspectiva tanto de los terratenientes como de los indígenas mayas, quienes sufren el poderío de los primeros. Entre uno y otro bando, dos personajes, la señorita Bell y el doctor Fitzpatrick (a la sazón, extranjeros llegados a la península), se ven enredados en los tejemanejes de los lados en conflicto. Miss Bell, mientras cuida a los hijos de los terratenientes, ¿qué más puede hacer una institutriz sino guardar en su diario las cosas del día? Si leemos con cuidado sus anotaciones, vemos que, en su condición de extranjera, se da cuenta, más que los propios habitantes, de los entramados suscitados en torno a la guerra. (Aún así, nunca interviene en los hechos.) En cambio, el Dr. Fitzpatrick sí participa de los conflictos locales. Los mayas de la Península ven no sin cierto recelo al médico irlandés (como extranjero que se digne de serlo), pero ninguno niega su don de gentes y su papel como salvador del pueblo… gracias a las artes médicas.
Ambrose Bierce, avinagrado escritor estadounidense (parcialmente esbozado por Carlos Fuentes en Gringo viejo), fijó su sentencia de muerte con la siguiente expresión: “Morir en México… ¡eso sí es eutanasia!” Tanto para Miss Bell como para Fitzpatrick, ser extranjero en México lleva un riesgo en sí, pero se sublima poco a poco al residir en un territorio veladamente ajeno a los sucesos de la capital del país, aun entre sus propios coetáneos. (No por nada, todavía hablamos de la Península como la hermana república de Yucatán ¿verdad?)
Otro personaje digno de mención radica en José Turrisa, suerte de intelectual e historiador local, encargado –por derecho de sangre– de guardar testimonio y relación de las cosas de la Península. A medida que avanzamos en la lectura, se puede hallar un eco del propio Lara Zavala en Turrisa, pero, si me permiten un poco, creo también que de Justo Sierra O’Reilly (padre del fundador de la Universidad Nacional) ¡¡y hasta del historiador centenario Silvio Zavala!! Pero el narrador, claro, pide a gritos su lugar.
Desdoblado en Turrisa, Lara Zavala sigue escribiendo esa eterna novela, la Historia de su tierra natal, compuesta en muchas pequeñas historias, pero, quizás, esto apenas sea la primera parte de aquella empresa. Si en De Zitilchén (su primer libro de cuentos, que en este 2011 cumple treinta años de haberse publicado) muestra el mundo representado en un solo pueblito, y en Charras (primera incursión, a su vez, por los terrenos de la novela), los tejemanejes de la política local, Península, Península no se queda atrás al respecto, porque conjunta todo eso y más, presentándonos así un mural de personajes y de sucesos que conformarán la nueva vida de una nación en progreso, e igualmente se fija en esos retratos de caballete que son las vidas de sus habitantes. Cabe decir también que dicha obra es un pequeño homenaje a uno de sus autores de cabecera, William Faulkner, cuya alusión a Absalon, Absalon se nota desde el título mismo, y la sucesión de historias diferentes nos remite, a la primera de cambios, a Las palmeras salvajes. (Seguramente, los fans de Faulkner habrán de desmentirme. Quizás.)
Álvaro Mutis dijo en alguna entrevista que los libros viven su propia vida y los premios que éstos ganan son sólo la “fajita” que se les pone en la envoltura. En una palabra, no influyen para nada en su curso natural. Me inclinaría a pensar igual, pero no del todo. Los premios se le otorgan a la obra, claro, mas no al autor. Para Península, Península tanto la Medalla Yucatán 2008, como los premios Elena Poniatowska de Novela 2009, el Real Academia Española 2010, y el Justo Sierra 2011, por parte del gobierno de Campeche en fechas recientes, son sólo un pretexto para su completa y franca lectura, donde no desmerece también hacerlo a la par de la demás obra narrativa de Hernán Lara Zavala. De cualquier manera, todo narrador que se digne de serlo, siempre habrá de seguir aquel consejo de León Tolstoi: “Pinta tu aldea y pintarás al mundo”. (Así sea.)

Hernán Lara Zavala. Península, Península. México, Alfaguara, 2008.

(7/noviembre/2011)

lunes, 25 de agosto de 2014

Invención e intención

Ulises Velázquez Gil

En su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, Felipe Garrido sostiene que hay tres misiones ineludibles para quien ejerce el oficio de escritor: leer, explorar y transformar el mundo. Sea cual sea el género practicado, mientras persista la pasión al escribir, todos los resultados convergerán de forma grata, incluso, sin tomarse uno mismo muy en serio
Para un escritor acertado, generoso e inteligente como Álvaro Mutis, esta empresa tripartita puede encontrarse en innumerables textos suyos, entre artículos periodísticos, reseñas, prólogos, hasta retratos de sus contemporáneos; a guisa de puentes para descubrirse mejor. Y en ese empeño, De lecturas y algo del mundo cumple con esa intención.
Compuesto por 95 artículos divididos en dos secciones (las mismas que dan nombre al libro), De lecturas y algo del mundo da fe en primer término de una constancia en el oficio de escribir, cuyas vertientes varían tanto de distancia como de velocidad, al paso que nuestra lectura lo permite. (Para el caso de Mutis, una trayectoria impecable que inició en 1943, cuando publicó su primera reseña sobre William Faulkner, y que llega hasta 1997, con “La conspiración de los zombies”, polémico texto que dio mucho qué decir en el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española, realizado en Zacatecas.)
En la primera sección, encontramos muchos de los autores caros a Mutis, suerte de atípico lector, comprometido con y para la literatura; joven en su intentona literaria, pero maduro en sus impresiones, dice de Faulkner lo siguiente: Muy poca atención se le ha prestado entre nosotros a William Faulkner, sin duda alguna el novelista más original con que cuentan los Estados Unidos. Faulkner es lo que ha dado en llamarse un autor difícil, como lo fueron a su hora Proust, Joyce y Kafka.
A medida que la vida transcurre, muchas pueden ser nuestras lecturas, pero el prístino acto de leer nunca pierde fuerza, y se refuerza aún más con el tiempo; en este sentido, Mutis privilegia la relectura en aras de hallarse en el mundo. En la siempre postergada y siempre interrumpida tarea de poner un relativo y enigmático orden en mis libros, suelo encontrar, para alimento de mi nostalgia y razón de mis sueños, algunos cuya lectura nos formó para siempre y dejaron en nosotros ecos, sabores, escenas y personas que serán el cortejo siempre presente y siempre fiel que ha de acompañarnos hasta el último día.
Tanto Proust, Lautremont, Joyce y el propio Faulkner, como Borges, Octavio Paz, José Bianco, Jorge E. Eielson, Miguel de Ferdinandy, Juan José Arreola y Eliseo Diego, le ofrendan su experiencia vicaria, con la misión de resolver el tiempo, y dentro de ese afán, digno es resaltar la fidelidad lectora con que Mutis se acerca a personajes tan disímiles como Luis Barragán: No creo que exista manera más fiel y directa de conocer a una persona que visitar su biblioteca. Los libros que han acompañado toda una vida son testigos elocuentes de los más secretos rincones de un alma. No hay retrato igual. En este íncipit de “Retratos de un espíritu”, se resume de alguna forma el hilo conductor de todo el libro: descubrir un proyecto de lectura para una vida en constante tránsito; si en el artículo sobre Barragán nos devela su acendrado interés por la literatura, como complemento a la chispa que destella en sus diseños, no cabe duda que muchos de los intereses lectores de Mutis tienen enorme cabida en este volumen.
Para la segunda parte del libro, Mutis se torna un poco más reflexivo, incluso punzante, con los sucesos del mundo que le rodea. Si recordamos que él solía decir que, fuera de la caída del imperio bizantino, todo suceso político, social o histórico le tenía sin cuidado, tendremos ya una idea del espíritu persistente en buena parte de sus artículos. Vivimos una época de sospechosas simplificaciones. Ya ha padecido el mundo tiempos semejantes y la memoria que se guarda de ellos es siniestra. Cuando el hombre simplifica el complejo trazo de su oscuro destino y a esta operación le da un carácter moral, hay que temblar.
Si en la primera sección pondera las cualidades de sus contemporáneos y justiprecia su genealogía literaria, en la segunda expone las reacciones del mundo ante la genialidad de éstos, de cómo el vértigo de la Historia los consume poco a poco (Víctor Serge, Alexander Solzhenitsin, Joseph Brodsky, por ejemplo), e igualmente resalta su necesaria aparición en el panorama internacional, como es el caso del rey Juan Carlos I de España, a quien Mutis dedica no pocos artículos al respecto. (Leerlos, a más de treinta años de distancia, nos replantea de mejor manera su genio y figura, en estas fechas donde aún asimilamos su reciente abdicación.) Sea retroceso o debacle, abdicación o polvareda política, Mutis es muy enfático en resumir estas acciones de la siguiente forma: La historia no se repite jamás. Lo que sí se repite y en forma ineluctable, es un cierto patrón al que se ajustan los hechos y los procesos históricos, cada uno con su peculiar e irrepetible máscara tras la cual se esconde el vasto y oscuro misterio de nuestro destino. (Como para enfadar a más de un historiador o de un analista internacional ¿no creen?)
Con todo, y pese a su naturaleza compilatoria, De lecturas y algo del mundo cumple a cabalidad con aquellas misiones expuestas al principio de estas líneas: leer, para conocer a fondo otros mundos posibles a través de la literatura; descubrir los entramados que conforman a una sociedad empecinada en el azar y en el error, y transformar el mundo para hacerlo menos pesado de llevar sobre nosotros, en espera del mejor de los mundos imposibles; suerte de guía para enfrentar tiempos no tan halagüeños que digamos. Intención e invención, esta antología describe por entero a un escritor sin concesiones, cuyo compromiso elemental, más que con la escritura, reside en la lectura, a cuya suerte en definitiva acabaremos por suscribir, y el resto, como la lotería, son sólo aproximaciones y reintegros. (Sin duda alguna.)       

Álvaro Mutis. De lecturas y algo del mundo (1943-1997). Compilación, prólogo y notas de Santiago Mutis D. 2ª ed. Barcelona, Seix Barral, 2002 (Los Tres Mundos).

miércoles, 20 de agosto de 2014

El azar y el error

Ulises Velázquez Gil

Pese a no reconocerlo en público, sí, es cierto, nos encantan las coincidencias, y mejor aún si éstas tienen un aura de misterio, e incluso si develan alguna minucia sobre aquellas personas a quienes les suceden. Cuando se conjuntan la búsqueda y un resultado insólito (patentes en la forma del serendipity), digno es celebrar, pero cuando se descubren resultados adversos, con miras a la contradicción, nadie sabe cuál sería la reacción lógica.
Antes de su novela harto conocida, Sostiene Pereira, el lusófilo italiano Antonio Tabucchi (quien ahora camina al unísono con su legendario personaje, encarnado en la figura de Marcello Mastroianni) nos entrega una serie de cuentos donde la coincidencia habla con todas las letras: Pequeños equívocos sin importancia, compuesto por once cuentos donde nada es lo que parece. (¿Eso creen? Ya veremos, pues…)
Reza el cortazariano lugar común de que la novela gana por puntos mientras que el cuento lo hace por nocaut. Cierto. Y también el canon de Poe en cuanto al tiempo de su lectura –de una sola sentada– aparece en estas notas. También cierto. Sin embargo, Tabucchi reconoce, en primer término, que estos cuentos surgieron del descubrimiento de varios “equívocos”, ¿o quizás debemos llamarlos coincidencias? Temo decirlo pero ambos escenarios se antojan posibles.
El reencuentro de dos otrora amigos en un juzgado (como fiscal y acusado), en aras de consumar lo inevitable, se resume en una frase que da título tanto al cuento como al libro: un pequeño equívoco sin importancia. Una frase “que se convirtió en un símbolo […] porque servía para las más variadas circunstancias: llegar tarde a una cita, gastar más de los que teníamos, faltar a un compromiso solemne, leer un libro considerado excelente y que en cambio era terriblemente aburrido; todos los errores, los malentendidos, las distracciones que nos ocurrían eran ‘un pequeño equívoco sin importancia’”.
Luego de leer la descripción detallada de esa forma del azar, seguramente más de uno se dirá “¿no es así como se componen todas las historias, resultado de un equívoco, por mínimo que éste sea?” Cierto, más que cierto, pero en el afán de contar, cualquiera se siente Scherezada en ese empeño, pese a ser otro el resultado. (Y Tabucchi bien lo sabía…)
Dos historias hechas al hilo de la ausencia, entre querida y no esperada, se dibujan en “Enigma” y “Esperando el invierno”; las mujeres presentidas y la espera de su cotidiano deseo son la materia prima de “Habitación” y “Los hechizos”. Pero lo que parecen ser cuentos de fantasmas (por la ausencia de la persona amada), de pronto se tornan en invocaciones que aluden a la mismísima memoria; tal es el caso de “Anywhere out of the world”, suerte de homenaje a Charles Baudelaire, o eso nos hace ver su autor.
Cómo van las cosas. Y qué las conduce. Una nimiedad. A veces puede comenzar con una nimiedad, una frase perdida en este vasto mundo lleno de frases y de objetos y de rostros, en una gran ciudad como ésta […]. Aunque la ciudad aludida sea París, bien podría aplicarse a cualquiera del mundo, donde toda historia puede suceder y sus “equívocos” sustentan su hilo conductor. Para “Los trenes que van a Madrás” el destino es la ciudad del título, pero con un plus: un extraño viajero que advierte al protagonista de los peligros y las cautelas que hallará a su paso. En verdad, una vez acabada la lectura de ese cuento, no se sabe si ese extraño pasajero de veras existió, o sólo fue un invento del narrador. (Se non è vero, è ben trovato…)
Otro elemento que conjunta varios cuentos de Tabucchi, es, sin duda, el serendipity, cuando en aras de buscar un objetivo, se consuma otro distinto, que no mengua la expectativa inicial, sino que la refrenda a cabalidad. Y en “Cambio de mano” dos extraños que consuman una transacción comercial; además de una jugosa recompensa, posponer una soledad mediante una cita casi amorosa y no tan a ciegas, es la mejor de sus letras de cambio. Dado que en el fondo la costumbre es un rito, creemos hacer algo como si fuera un placer y en realidad estamos obedeciendo un deber que nos hemos impuesto. Y estos locos metidos al placer momentáneo no ceden a ese deleite.
Un caso también parecido se dibuja en “Cine”, último cuento del libro; en éste, otra pareja –menos dudosa en sus procederes, dado que viven de actuar la vida–, sin embargo, ella desea conocer la vida más allá del set. Si el arte imita a la vida, ésta siempre es susceptible de cambiar sus papeles con el arte. (Paréntesis aparte: Tabucchi, en pleno desdoblamiento de un personaje, el director de cine, habla en torno a “la interpretación dentro de la interpretación” como en una película de Theo Angelopoulos. Lo que son las cosas: tanto el cineasta griego –y su guionista de cabecera, Tonino Guerra– como el propio escritor resolvieron partir juntos hacia su último viaje en estos meses.) A esta circunstancia, otro narrador insuperable y creyente de los arcanos de la escritura, Adolfo Bioy Casares, denominó a este tipo de cosas como coincidencias inútiles, que no sirven para nada que no sea la literatura, matemática donde se rige “el álgebra del misterio”, siguiendo a Jorge F. Hernández desde una idea de Fernando Pessõa.      
Leer Pequeños equívocos sin importancia nos sumerge en una variedad de historias que buscan su lector idóneo, ávido de sumergirse en el azar de sus palabras –a la espera de reconocerse a sí mismo–, sin olvidarse de confrontar el error que originó su duda y consecuente anagnórisis. Son historias que no buscan una enseñanza, sino suscitar en el lector una posibilidad de leerse en el mundo. Fijándose con cuidado en la trayectoria de Antonio Tabucchi, la duda desconcertante de buena parte de esos cuentos anuncia la resignada incertidumbre del señor Pereira que vive la mitad de su novela, y luego un “equívoco” aparente cambia radicalmente el resto de su vida, cuyo final nunca sabremos. Al final, queda decir con Ernst Jünger: De un libro que merece tal hombre hay que esperar que haya modificado al lector. Tras la lectura nunca sigue siendo el mismo. (Con todo y sus errores ¿no creen?)

Antonio Tabucchi. Pequeños equívocos sin importancia. 2ª ed. Trad. de Joaquín Jordá. Barcelona, Anagrama, 1999. (Compactos, 174)

(27/abril/2012)

miércoles, 6 de agosto de 2014

El engranaje de la palabra

Ulises Velázquez Gil

Desde los tiempos en que elegí andar por los senderos de la lengua española (concretamente, en las aulas universitarias), ha existido una suerte de “rivalidad” entre los dedicados al estudio de la lengua (también llamados lingüistas) y los trabajadores de la parte escrita (obviamente conocidos como literatos). Mientras los primeros tildan a los segundos de superficiales y hasta de bohemios dados al jarro, éstos, no sin sorna, les endilgan un adjetivo lapidario: matados, o, si se quiere, hasta de “destajistas”. Sea como sea, estas rivalidades no son eternas, ni están a siglos de serlo… 
            Sin embargo, cuando se trata de unir ambos mundos (que, pese a lo que muchos deseen demostrar, esto sí es posible), no se repara en esfuerzos, encomiables por sí mismos. Un autor que une ambos escenarios, y que ha pasado por los gloriosos caminos de la poesía, y hasta se devanea en las latas de la traducción, también se ha enfrascado en estudiar los fenómenos lingüísticos, insondables para quien esto escribe. Su nombre, Tomás Segovia, que, para sorpresa de muchos, realizó estudios en uno de los cenáculos más prominentes de todos los tiempos, El Colegio de México, casa que publicó buena parte de sus obras.
            De sobra conocido como poeta y traductor al español de obras de Jacques Lacan y de William Shakespeare, nos entrega en Miradas al lenguaje su experiencia como estudioso de esa temática, con sus respectivas consecuencias; cabe notar que su presencia dentro de las bibliografías acumuladas en torno al tema, nunca estará fuera de lugar: ni le quita seriedad a los estudiosos oficiales ni exagera la levedad de su tratamiento. En una palabra, los justiprecia en su toral correspondencia. (Vayamos por partes.)     
            Miradas al lenguaje se compone por doce ensayos de largo aliento, sin el empleo de las terminologías o el avasallamiento de exhaustivas bibliografías; condición que, a la primera de cambios, lo haría indefenso ante el ataque de la crítica académica. Craso error pensarlo así. El estilo franco y a ratos ejemplar del autor los hace sencillos de leer, donde se tratan asuntos en torno a la lengua y el lenguaje. Sin embargo, sencillo no es sinónimo de fácil, porque este adjetivo conlleva más un sentido de ponerle la mesa al lector, en lugar de prepararlo para cocinar su propio banquete.
            Nombres tan significativos como Ferdinand de Saussure, Roman Jakobson o Louis Hjelmslev, con todo y sus respectivos postulados, conviven en sana armonía con la poética de un creador y usuario del lenguaje, aplicado a la prístina sustancia llamada poesía. Ante este panorama, ¡qué maravilloso acercarse al signo lingüístico sin la petulancia de los manuales universitarios! Precisamente, su oficio de traductor se hermana al deseo de lograr una obra única, que conserve un solo sentido, pero aún a expensas de adecuarse al tiempo.
            Aunque procedan de libros anteriores y de recientes encuentros académicos, Miradas al lenguaje puede leerse de principio a fin como un solo libros, sin restarle importancia a cada ensayo. Vemos cómo evoluciona el engranaje verbal de un creador, al amparo de las teorías y escuelas lingüísticas, sin apartar del todo al traductor (cuyo quehacer debate entre colegas: si tiene muchos diplomas, considérese malo; si se empeña en su labor, aun sin títulos de por medio, debe ser gratamente confiable), ni al creador de poesía, preocupado por cómo suena un verso, por ejemplo, o por develar también una maravilla inusitada de nombre Gilberto Owen. Y como se puede abundar en invenciones sin detenerse del todo en intenciones, Segovia nos comparte una joya de su colección privada, “La métrica de Hamlet”, donde los mundúsculos del poeta (remember Gerardo Deniz) y del traductor dejan maravillado al lector, incluso el no familiarizado con Hamlet ni mucho menos con Shakespeare.    
¿Por qué acercarse, a fin de cuentas, con Miradas al lenguaje? Para los lingüistas de tiempo completo sonaría demasiado fácil el tratamiento de sus temas, sin el engrudo terminológico de por medio; para los interesados en preceptivas y poéticas del texto, en cambio, quizás sería buscarle mucho ruido al chicharrón. Pero una cosa sí es segura de sostener: después de leerlo, suscitará igual polémicas (lo cual es previsible) que aciertos (los menos, pero que se agradecen de verdad); de cualquier manera, conocer una faceta importante de la obra de Tomás Segovia, sustentada en el engranaje de la palabra, ayudará mejor a una comprensión del lenguaje, y, de refilón, de las causas originadas en torno suyo. (Confiemos que así sea…)

Tomás Segovia. Miradas al lenguaje. México, El Colegio de México, 2007. (Trabajos Reunidos, 2)

(3/febrero/2012)

miércoles, 23 de julio de 2014

Confidencia y hermandad

Ulises Velázquez Gil

Desde hace más de un año, todas las efemérides giran en torno a una misma figura de las letras mexicanas para siempre hacer de las suyas en el ingente esfuerzo por mantener aún en la memoria la presencia señera de un escritor con todas las letras llamado Alfonso Reyes, cuya inmensa obra –veintitrés volúmenes, más de quince epistolarios, dos gruesos tomos de labor diplomática y apenas las primeras dos entregas de su Diario– suscita tanto admiración (hacia la obra) como respeto (hacia los abultados volúmenes). Sin embargo, varios críticos y allegados al propio Reyes (léase Alicia Reyes, nieta suya y albacea del patrimonio alfonsino) se han dado a la tarea de presentarnos varias facetas de su obra mediante el socorrido recurso de las antologías, suerte de pasaporte o salvoconducto hacia los territorios de la creación alfonsina. Y una de ésas, enfocada en la faceta epistolar, llega en el momento justo: Cartas mexicanas (1905-1959).
Gracias a los ingentes (¡y alfonsinos!) esfuerzos de Adolfo Castañón, más de cincuenta años, consignados en 176 cartas a más de cincuenta destinatarios (Miguel de Unamuno, Juana de Ibarbourou, Gabriela Mistral, Xavier Villaurrútia, Salvador Novo, Jaime Torres Bodet, Carlos Fuentes, etc.), conoceremos el progreso y el crecimiento natural de un escritor en busca de su propia voz; un joven que comparte sus inquietudes, pero también se halla presto a aprender varias cosas, que, sobra decirlo, habrán de convertirlo en la figura señera de nuestros días.
De los corresponsales a resaltar en esta nutrida antología, destacaría, al menos, unos tres: Pedro Henríquez Ureña, con quien aprende como el más avezado alumno, hasta el extremo de superarlo; Julio Torri, suerte de esgrima intelectual, donde no se sabe ciertamente quién es el maestro y quién el alumno, pero que denota una especie de “hermandad” aderezada con los años, cuyo distanciamiento final fue originado por lo mismo que la alentó: un libro, ni más ni menos; y Genaro Estrada, compañero de viaje en los años posteriores a la Revolución mexicana, cuyo estallido ocasionó el auto-exilio del eximio autor (luego de aquel febrero de Caín y metralla, en 1913, que le arrancara a su padre). Estrada, aparte de compartir con Reyes la empresa diplomática allende el Atlántico, hace lo propio en el periodismo y la promoción de la cultura, pero éste va más allá en esas cosas: todo un confidente, casi un hermano.
También cabe mencionar la toral presencia de otros interlocutores, para quienes la fina atención del polígrafo regiomontano no les fue indiferente: Enrique González Martínez, José Vasconcelos y Martín Luis Guzmán, coetáneos suyos, de época y de empresa cultural, y de quienes recibe varias enseñanzas y una que otra discrepancia –ni modo, señores, hasta en los toros de la misma corrida hay competencia. Otro corresponsal digno de mencionarse, y cuya ulterior valía intelectual supo ver Alfonso Reyes, es Octavio Paz, con quien llevó más de dos décadas de relación epistolar. Las cinco décadas de aprendizaje alfonsino cobran sus mejores frutos cuando Paz entra al quite, a guisa de volverse su próximo relevo en las letras mexicanas; se convence de sus propias facultades al ver que Reyes las alienta sin problema alguno. (Si la duda persiste, convendría acercarse al volumen que consigna dicha relación. Igualmente aplica para los anteriores casos.)
En suma, la presente antología nos presenta varias miradas de la vida de Alfonso Reyes; entre buenas razones y sabrosas polémicas, corresponde al lector conocer una faceta poco explorada del corpus alfonsino. Se incluyen, además, una carta de José Gaos a su nieta Alicia Reyes, recordando a su ilustre colega de la Casa de España, y un epílogo de Serge I. Zaïtzeff acerca de su etapa de mayor producción epistolar. La invitación final reside en acercarse a una excelente antología, y, claro, a un autor que sigue ganando batallas a favor de la literatura.

Alfonso Reyes. Cartas mexicanas (1905-1959). Selección e introducción de Adolfo Castañón. México, El Colegio de México, 2009. (Testimonios)

(26/diciembre/2011)

miércoles, 9 de julio de 2014

La vida en el epistolario

Ulises Velázquez Gil

En anteriores ediciones de la Venta Nocturna del Fondo de Cultura Económica (concretamente en la sucursal de la Condesa), me hice del volumen que compila la correspondencia entre Alfonso Reyes y Octavio Paz. Debo confesarles que quien escribe es un adicto a los libros de cartas, y más si provienen de grandes plumas. 
Una colega mía me regaló hace muchos años una antología de literatura epistolar, donde se pueden encontrar desde las clásicas de Abelardo y Eloísa, pasando por algunas de Jonathan Swift y Madame Du Deffand, hasta las sinceras líneas de Van Gogh y las apasionadas de Bolívar. Pero fue a principios de los dosmiles cuando compré en un remate las cartas de Paz a Pere Gimferrer. Me aventé dicho ejemplar en menos de un mes, con la satisfacción de conocer una faceta secreta y cordial de un autor muy aferrado a sus convicciones. (Nota: aquí no se trata del buscar camorra con el Paz polemista, sino de maravillarse con sus impresiones como lector del mundo, sea en sus libros, sea en el trato diario.) 
Por el lado opuesto, Alfonso Reyes tiene una copiosísima producción epistolar y adquirir cualquiera de los volúmenes compilatorios ya es una garantía; algunos publicados por el FCE mismo, y otros, bajo el sello de El Colegio Nacional.
Sin embargo, confrontar dos plumas de alto calibre en una serie de cartas, no es nada fácil. Un laconismo alfonsino (Yo creo que usted no sabe bien el lugar que ocupa en mi estimación y mi cariño. […] Ya va Ud. por su camino derecho. Desde mi cansancio y mi alegre vejez, le abro los brazos, efusivamente. […] Lo leo, lo releo, lo aplaudo, lo recuerdo, lo quiero de veras) se carea con una exageración paciana (Por todas partes encuentro sus huellas. No hablo del escritor, sino del hombre […] aparte de lo que le debemos todos como aprendices de literatos y poetas, su mejor lección ha sido su incapacidad para el rencor y la envidia).
Por un lado, Reyes –como todo gran maestro– sugiere, comenta, propone, alienta, motiva, conforta, pero en ningún momento obliga e impone. (Sus primeras impresiones ya las esperaba. Sígame contando, que espero también una lenta evolución en su sensibilidad y en sus emociones. […] No le niego que me afligen un poco ciertas inquietudes que veo entre los jóvenes por abrirse paso, aunque reconozco que tienen derecho a arreglarse con tiempo una futura situación cómoda.) Y, por el otro, Paz sobrevuela el vértigo de la creación, sin arrebatar ni rebelarse (No sabe hasta que punto me fastidia tener que molestarlo con tantas insignificancias. No es que tema agotar su interés por mí; es que no me gusta abusar de personas como usted. […] También debo pedirle perdón, a usted que es nuestro maestro, por varios pecados contra la pureza del lenguaje. […] Díganos su secreto para escribir bien.); aún así, se asume como prestatario de una tradición (la buena salud de las letras mexicanas) y de un aprendizaje, es decir, la experiencia alfonsina como dechado de virtudes que pintan a un humanista de cuerpo entero. ¿Demasía vs. mesura? Si se cambiaran los papeles, ¿sería lo mismo?
Cuando abordé en una ocasión anterior las Cartas mexicanas de Alfonso Reyes, fui enfático al mencionar que entre Reyes y Paz existió una relación maestro-alumno, pero que, al fin y al cabo, de colegas y amigos, porque, como decía John Reed, “ser tu amigo es tratar de ser honrado intelectualmente”. 
Con todo, acercarse a la correspondencia tanto de Reyes como de Paz es acercarse plenamente a la experiencia de la creación literaria; con sus bemoles y sostenidos, claro está. Pero también lo es coincidir en simpatías y dispatías (términos de A. R.), y disfrutar de dos plumas con verdadera pasión. Verdad que sí. 

Correspondencia Alfonso Reyes / Octavio Paz (1939-1959). Edición de Anthony Stanton. México, Fondo de Cultura Económica/Fundación Octavio Paz, 1998. (Tierra Firme)

(1º/octubre/2012)

miércoles, 25 de junio de 2014

Ejercer la juventud

Ulises Velázquez Gil

En una de sus últimas entrevistas, la primera actriz Ofelia Guilmain expresó toda una vida en esta lapidaria frase: La juventud no se lleva puesta, se ejerce, y para una mujer llena de vitalidad en el escenario, más que lapidaria, es contundente. Dentro del mundo de las letras, sucede algo muy extraño: los noveles autores siguen cánones de ancianos, mientras que los creadores consumados vuelven al berrinche infantil. (Ni el justo medio se consigue ni de oídas…)
Sin embargo, existen autores hoy consolidados que en ningún momento se tildaron de sabihondos ni de ingenuos, sino que mantuvieron constante su pasión por la cultura, tal es el caso del dominicano Pedro Henríquez Ureña, de quien hoy podemos leer su inabarcable obra crítica y de creación, todavía susceptible a sorpresas como a gratas enseñanzas. Pero esa pasión y esa maestría no se dieron de la noche a la mañana. Sus Memorias, Diario y Notas de viaje son la constancia de un aprendizaje completo, a guisa de significarse en un ancho y ajeno mundo donde el “tanto tienes, tanto vales” determina el rumbo a seguir. Y esta obra muestra otro modo de ver un mundo. (Con calma y nos amanecemos…)
La primera parte, dedicada a las Memorias, presenta un cambio desde sus primeros pasos; un Henríquez Ureña rodeado de libros e inmerso en cenáculos y tertulias donde la cultura  es el eje primordial de todo. Los jóvenes lectores –con la sincera aspiración del oficio literario– y los consagrados del momento –en espera de consolidar su sacerdocio verbal–, conviven en constantes encuentros, de donde resultarán, amén de enseñanzas nuevas y de próximas esperanzas, empresas dignas del cenáculo menos conocido. Hagamos aquí un alto en el camino. El propio Henríquez Ureña, citando a Benvenuto Cellini, reconoce que no se deben escribir autobiografías antes de los 40 años, pero su perspectiva obedece a otra cosa: “quiero componer (sí, componer) una relación detallada de mi vida con los puntos que han ido quedando en mi memoria, especialmente en las cosas literarias”.
“Todo lo que no se comparte, se pierde”, reza un proverbio hindú, y para el joven aquel de 25 años, plasmarlo en papel, con la esperanza de confirmar una vocación, es una manera de compartir su experiencia, pero entre todas las gratas lecturas y el frenesí del mundo teatral –que tanto asombro causó en Henríquez Ureña– hay un espacio donde la tragedia personal tiene (por default) la palabra: la muerte de su madre dejó un enorme hueco en su sensibilidad postrera. Salomé Ureña, insigne poetisa, inoculó en él una vertiente desconocida en su obra: la poesía, vehículo donde vertió todas sus obsesiones y pérdidas irreparables. (“Todos los poetas somos felices escribiendo cosas tristes”, si suscribimos las palabras de Eugenio Florit.)
Para toda tragedia, hay una alegría equiparable y esa inquietud se materializó en una geografía ajena a la República Dominicana, concretamente, en una idea prístina y trinitaria denominada Ateneo de México. (Con su escala respectiva en la revista Savia Moderna y en la primera versión de ese grupo, el Ateneo de la Juventud, claro está.) Sus inquietudes juveniles encontraron en Alfonso Reyes, Martín Luis Guzmán y Antonio Caso, por decir algunos, a los compañeros ideales para enfrascarse en una empresa común, suerte de argonáutica cultural con miras hacia la modernidad mediante el método más eficaz y revolucionario: volver a los clásicos grecolatinos. (Sobre la juventud de los ateneístas y lo que éstos hicieron o dejaron de hacer, es historia corriente que sólo Susana Quintanilla conoce de pe a pa, evidente en su imprescindible libro “Nosotros”.)
Respecto al Diario, Henríquez Ureña reserva para sus páginas lo que en sus memorias se creía vedado; trasciende, por así decirlo, la frontera de lo público y se instala en el territorio de lo privado. Lo mismo dando fe de los fracasos del grupo ateneísta en su intentona de seguir en la argonáutica de la cultura, que justipreciando el papel de colegas suyos –Alfonso Reyes, por ejemplo, en quien se reconoce a fondo–, enfrascados en sus propias tormentas. Si me permiten decirlo, el Henríquez Ureña de las Memorias, pletórico en datos y en lecturas, se vuelve un poco más maduro en experiencias afectivas, sin alejarse del todo en su acometida intelectual, que habrá de intensificar en otros mares, otras tierras, donde al final la “ciudad” habría de seguirlo.
A diferencia de la primera edición de este libro, este volumen que consigna una segunda hoy cuenta con un tercer apartado: Notas de viaje. La finalidad de éstas confirma un hecho inevitable: el peregrinaje de Henríquez Ureña por otros lares, a la caza de nuevas experiencias. De hecho, fue en La Habana, Cuba, donde tuvo lugar esa travesía. Aunque México le dio a montones una experiencia que, además de cambiar la vida de sus coevos, hizo lo propio con la suya, en el circuito universitario habanero sí halló cierta holgura intelectual, pero no la deseada con fervor y con pasión. Al contrario, el “estancamiento” de sus profesores y lo acomodaticio de sus poetas y narradores, confirmó su fuerza para afrontar nuevos retos y asumir otros de igual importancia.
Si en las memorias encontramos aprendizaje, y en el diario, una insólita madurez, estas notas de viaje, aparte de los tópicos anteriores, cuentan con uno de toral sustancia: determinación, es decir, que su ímpetu juvenil regiría, por el resto de su vida, próximas acometidas en el mundo de las letras, que le otorgarían, muy a la postre, un sitio de honor en la literatura hispanoamericana. (El resto de su historia sobra decirlo, es moneda de uso frecuente.) A final de cuentas, “Recordar es un arte difícil”, como aseguraba sabiamente Raymundo Ramos; mas no imposible para aquel que se dignase a escribirlo. Para este volumen de Pedro Henríquez Ureña, el apotegma raimondiano es válido… hasta cierto punto, puesto que para plasmar recuerdos (con todo y sus datos, pletóricos y engorrosos) hace falta solamente un poco de voluntad y de ímpetu desmedidos, factores que permiten ejercer la juventud, haciendo caso omiso de tiempos y prejuicios, que sólo empañan la escritura y la vuelven farragosa y difícil de acceder. Memorias, Diario y Notas de viaje son apenas la clave para emprender y asumir un oficio que se antoja atractivo: el oficio de vivir. (Lo demás, por añadidura, nos dará grasa.)

Pedro Henríquez Ureña. Memorias. Diario. Notas de viaje. Introducción y notas de Enrique Zuleta Álvarez. México, Fondo de Cultura Económica, 2000. (Biblioteca Americana)

(30/marzo/2012)