miércoles, 23 de julio de 2014

Confidencia y hermandad

Ulises Velázquez Gil

Desde hace más de un año, todas las efemérides giran en torno a una misma figura de las letras mexicanas para siempre hacer de las suyas en el ingente esfuerzo por mantener aún en la memoria la presencia señera de un escritor con todas las letras llamado Alfonso Reyes, cuya inmensa obra –veintitrés volúmenes, más de quince epistolarios, dos gruesos tomos de labor diplomática y apenas las primeras dos entregas de su Diario– suscita tanto admiración (hacia la obra) como respeto (hacia los abultados volúmenes). Sin embargo, varios críticos y allegados al propio Reyes (léase Alicia Reyes, nieta suya y albacea del patrimonio alfonsino) se han dado a la tarea de presentarnos varias facetas de su obra mediante el socorrido recurso de las antologías, suerte de pasaporte o salvoconducto hacia los territorios de la creación alfonsina. Y una de ésas, enfocada en la faceta epistolar, llega en el momento justo: Cartas mexicanas (1905-1959).
Gracias a los ingentes (¡y alfonsinos!) esfuerzos de Adolfo Castañón, más de cincuenta años, consignados en 176 cartas a más de cincuenta destinatarios (Miguel de Unamuno, Juana de Ibarbourou, Gabriela Mistral, Xavier Villaurrútia, Salvador Novo, Jaime Torres Bodet, Carlos Fuentes, etc.), conoceremos el progreso y el crecimiento natural de un escritor en busca de su propia voz; un joven que comparte sus inquietudes, pero también se halla presto a aprender varias cosas, que, sobra decirlo, habrán de convertirlo en la figura señera de nuestros días.
De los corresponsales a resaltar en esta nutrida antología, destacaría, al menos, unos tres: Pedro Henríquez Ureña, con quien aprende como el más avezado alumno, hasta el extremo de superarlo; Julio Torri, suerte de esgrima intelectual, donde no se sabe ciertamente quién es el maestro y quién el alumno, pero que denota una especie de “hermandad” aderezada con los años, cuyo distanciamiento final fue originado por lo mismo que la alentó: un libro, ni más ni menos; y Genaro Estrada, compañero de viaje en los años posteriores a la Revolución mexicana, cuyo estallido ocasionó el auto-exilio del eximio autor (luego de aquel febrero de Caín y metralla, en 1913, que le arrancara a su padre). Estrada, aparte de compartir con Reyes la empresa diplomática allende el Atlántico, hace lo propio en el periodismo y la promoción de la cultura, pero éste va más allá en esas cosas: todo un confidente, casi un hermano.
También cabe mencionar la toral presencia de otros interlocutores, para quienes la fina atención del polígrafo regiomontano no les fue indiferente: Enrique González Martínez, José Vasconcelos y Martín Luis Guzmán, coetáneos suyos, de época y de empresa cultural, y de quienes recibe varias enseñanzas y una que otra discrepancia –ni modo, señores, hasta en los toros de la misma corrida hay competencia. Otro corresponsal digno de mencionarse, y cuya ulterior valía intelectual supo ver Alfonso Reyes, es Octavio Paz, con quien llevó más de dos décadas de relación epistolar. Las cinco décadas de aprendizaje alfonsino cobran sus mejores frutos cuando Paz entra al quite, a guisa de volverse su próximo relevo en las letras mexicanas; se convence de sus propias facultades al ver que Reyes las alienta sin problema alguno. (Si la duda persiste, convendría acercarse al volumen que consigna dicha relación. Igualmente aplica para los anteriores casos.)
En suma, la presente antología nos presenta varias miradas de la vida de Alfonso Reyes; entre buenas razones y sabrosas polémicas, corresponde al lector conocer una faceta poco explorada del corpus alfonsino. Se incluyen, además, una carta de José Gaos a su nieta Alicia Reyes, recordando a su ilustre colega de la Casa de España, y un epílogo de Serge I. Zaïtzeff acerca de su etapa de mayor producción epistolar. La invitación final reside en acercarse a una excelente antología, y, claro, a un autor que sigue ganando batallas a favor de la literatura.

Alfonso Reyes. Cartas mexicanas (1905-1959). Selección e introducción de Adolfo Castañón. México, El Colegio de México, 2009. (Testimonios)

(26/diciembre/2011)

miércoles, 9 de julio de 2014

La vida en el epistolario

Ulises Velázquez Gil

En anteriores ediciones de la Venta Nocturna del Fondo de Cultura Económica (concretamente en la sucursal de la Condesa), me hice del volumen que compila la correspondencia entre Alfonso Reyes y Octavio Paz. Debo confesarles que quien escribe es un adicto a los libros de cartas, y más si provienen de grandes plumas. 
Una colega mía me regaló hace muchos años una antología de literatura epistolar, donde se pueden encontrar desde las clásicas de Abelardo y Eloísa, pasando por algunas de Jonathan Swift y Madame Du Deffand, hasta las sinceras líneas de Van Gogh y las apasionadas de Bolívar. Pero fue a principios de los dosmiles cuando compré en un remate las cartas de Paz a Pere Gimferrer. Me aventé dicho ejemplar en menos de un mes, con la satisfacción de conocer una faceta secreta y cordial de un autor muy aferrado a sus convicciones. (Nota: aquí no se trata del buscar camorra con el Paz polemista, sino de maravillarse con sus impresiones como lector del mundo, sea en sus libros, sea en el trato diario.) 
Por el lado opuesto, Alfonso Reyes tiene una copiosísima producción epistolar y adquirir cualquiera de los volúmenes compilatorios ya es una garantía; algunos publicados por el FCE mismo, y otros, bajo el sello de El Colegio Nacional.
Sin embargo, confrontar dos plumas de alto calibre en una serie de cartas, no es nada fácil. Un laconismo alfonsino (Yo creo que usted no sabe bien el lugar que ocupa en mi estimación y mi cariño. […] Ya va Ud. por su camino derecho. Desde mi cansancio y mi alegre vejez, le abro los brazos, efusivamente. […] Lo leo, lo releo, lo aplaudo, lo recuerdo, lo quiero de veras) se carea con una exageración paciana (Por todas partes encuentro sus huellas. No hablo del escritor, sino del hombre […] aparte de lo que le debemos todos como aprendices de literatos y poetas, su mejor lección ha sido su incapacidad para el rencor y la envidia).
Por un lado, Reyes –como todo gran maestro– sugiere, comenta, propone, alienta, motiva, conforta, pero en ningún momento obliga e impone. (Sus primeras impresiones ya las esperaba. Sígame contando, que espero también una lenta evolución en su sensibilidad y en sus emociones. […] No le niego que me afligen un poco ciertas inquietudes que veo entre los jóvenes por abrirse paso, aunque reconozco que tienen derecho a arreglarse con tiempo una futura situación cómoda.) Y, por el otro, Paz sobrevuela el vértigo de la creación, sin arrebatar ni rebelarse (No sabe hasta que punto me fastidia tener que molestarlo con tantas insignificancias. No es que tema agotar su interés por mí; es que no me gusta abusar de personas como usted. […] También debo pedirle perdón, a usted que es nuestro maestro, por varios pecados contra la pureza del lenguaje. […] Díganos su secreto para escribir bien.); aún así, se asume como prestatario de una tradición (la buena salud de las letras mexicanas) y de un aprendizaje, es decir, la experiencia alfonsina como dechado de virtudes que pintan a un humanista de cuerpo entero. ¿Demasía vs. mesura? Si se cambiaran los papeles, ¿sería lo mismo?
Cuando abordé en una ocasión anterior las Cartas mexicanas de Alfonso Reyes, fui enfático al mencionar que entre Reyes y Paz existió una relación maestro-alumno, pero que, al fin y al cabo, de colegas y amigos, porque, como decía John Reed, “ser tu amigo es tratar de ser honrado intelectualmente”. 
Con todo, acercarse a la correspondencia tanto de Reyes como de Paz es acercarse plenamente a la experiencia de la creación literaria; con sus bemoles y sostenidos, claro está. Pero también lo es coincidir en simpatías y dispatías (términos de A. R.), y disfrutar de dos plumas con verdadera pasión. Verdad que sí. 

Correspondencia Alfonso Reyes / Octavio Paz (1939-1959). Edición de Anthony Stanton. México, Fondo de Cultura Económica/Fundación Octavio Paz, 1998. (Tierra Firme)

(1º/octubre/2012)

miércoles, 25 de junio de 2014

Ejercer la juventud

Ulises Velázquez Gil

En una de sus últimas entrevistas, la primera actriz Ofelia Guilmain expresó toda una vida en esta lapidaria frase: La juventud no se lleva puesta, se ejerce, y para una mujer llena de vitalidad en el escenario, más que lapidaria, es contundente. Dentro del mundo de las letras, sucede algo muy extraño: los noveles autores siguen cánones de ancianos, mientras que los creadores consumados vuelven al berrinche infantil. (Ni el justo medio se consigue ni de oídas…)
Sin embargo, existen autores hoy consolidados que en ningún momento se tildaron de sabihondos ni de ingenuos, sino que mantuvieron constante su pasión por la cultura, tal es el caso del dominicano Pedro Henríquez Ureña, de quien hoy podemos leer su inabarcable obra crítica y de creación, todavía susceptible a sorpresas como a gratas enseñanzas. Pero esa pasión y esa maestría no se dieron de la noche a la mañana. Sus Memorias, Diario y Notas de viaje son la constancia de un aprendizaje completo, a guisa de significarse en un ancho y ajeno mundo donde el “tanto tienes, tanto vales” determina el rumbo a seguir. Y esta obra muestra otro modo de ver un mundo. (Con calma y nos amanecemos…)
La primera parte, dedicada a las Memorias, presenta un cambio desde sus primeros pasos; un Henríquez Ureña rodeado de libros e inmerso en cenáculos y tertulias donde la cultura  es el eje primordial de todo. Los jóvenes lectores –con la sincera aspiración del oficio literario– y los consagrados del momento –en espera de consolidar su sacerdocio verbal–, conviven en constantes encuentros, de donde resultarán, amén de enseñanzas nuevas y de próximas esperanzas, empresas dignas del cenáculo menos conocido. Hagamos aquí un alto en el camino. El propio Henríquez Ureña, citando a Benvenuto Cellini, reconoce que no se deben escribir autobiografías antes de los 40 años, pero su perspectiva obedece a otra cosa: “quiero componer (sí, componer) una relación detallada de mi vida con los puntos que han ido quedando en mi memoria, especialmente en las cosas literarias”.
“Todo lo que no se comparte, se pierde”, reza un proverbio hindú, y para el joven aquel de 25 años, plasmarlo en papel, con la esperanza de confirmar una vocación, es una manera de compartir su experiencia, pero entre todas las gratas lecturas y el frenesí del mundo teatral –que tanto asombro causó en Henríquez Ureña– hay un espacio donde la tragedia personal tiene (por default) la palabra: la muerte de su madre dejó un enorme hueco en su sensibilidad postrera. Salomé Ureña, insigne poetisa, inoculó en él una vertiente desconocida en su obra: la poesía, vehículo donde vertió todas sus obsesiones y pérdidas irreparables. (“Todos los poetas somos felices escribiendo cosas tristes”, si suscribimos las palabras de Eugenio Florit.)
Para toda tragedia, hay una alegría equiparable y esa inquietud se materializó en una geografía ajena a la República Dominicana, concretamente, en una idea prístina y trinitaria denominada Ateneo de México. (Con su escala respectiva en la revista Savia Moderna y en la primera versión de ese grupo, el Ateneo de la Juventud, claro está.) Sus inquietudes juveniles encontraron en Alfonso Reyes, Martín Luis Guzmán y Antonio Caso, por decir algunos, a los compañeros ideales para enfrascarse en una empresa común, suerte de argonáutica cultural con miras hacia la modernidad mediante el método más eficaz y revolucionario: volver a los clásicos grecolatinos. (Sobre la juventud de los ateneístas y lo que éstos hicieron o dejaron de hacer, es historia corriente que sólo Susana Quintanilla conoce de pe a pa, evidente en su imprescindible libro “Nosotros”.)
Respecto al Diario, Henríquez Ureña reserva para sus páginas lo que en sus memorias se creía vedado; trasciende, por así decirlo, la frontera de lo público y se instala en el territorio de lo privado. Lo mismo dando fe de los fracasos del grupo ateneísta en su intentona de seguir en la argonáutica de la cultura, que justipreciando el papel de colegas suyos –Alfonso Reyes, por ejemplo, en quien se reconoce a fondo–, enfrascados en sus propias tormentas. Si me permiten decirlo, el Henríquez Ureña de las Memorias, pletórico en datos y en lecturas, se vuelve un poco más maduro en experiencias afectivas, sin alejarse del todo en su acometida intelectual, que habrá de intensificar en otros mares, otras tierras, donde al final la “ciudad” habría de seguirlo.
A diferencia de la primera edición de este libro, este volumen que consigna una segunda hoy cuenta con un tercer apartado: Notas de viaje. La finalidad de éstas confirma un hecho inevitable: el peregrinaje de Henríquez Ureña por otros lares, a la caza de nuevas experiencias. De hecho, fue en La Habana, Cuba, donde tuvo lugar esa travesía. Aunque México le dio a montones una experiencia que, además de cambiar la vida de sus coevos, hizo lo propio con la suya, en el circuito universitario habanero sí halló cierta holgura intelectual, pero no la deseada con fervor y con pasión. Al contrario, el “estancamiento” de sus profesores y lo acomodaticio de sus poetas y narradores, confirmó su fuerza para afrontar nuevos retos y asumir otros de igual importancia.
Si en las memorias encontramos aprendizaje, y en el diario, una insólita madurez, estas notas de viaje, aparte de los tópicos anteriores, cuentan con uno de toral sustancia: determinación, es decir, que su ímpetu juvenil regiría, por el resto de su vida, próximas acometidas en el mundo de las letras, que le otorgarían, muy a la postre, un sitio de honor en la literatura hispanoamericana. (El resto de su historia sobra decirlo, es moneda de uso frecuente.) A final de cuentas, “Recordar es un arte difícil”, como aseguraba sabiamente Raymundo Ramos; mas no imposible para aquel que se dignase a escribirlo. Para este volumen de Pedro Henríquez Ureña, el apotegma raimondiano es válido… hasta cierto punto, puesto que para plasmar recuerdos (con todo y sus datos, pletóricos y engorrosos) hace falta solamente un poco de voluntad y de ímpetu desmedidos, factores que permiten ejercer la juventud, haciendo caso omiso de tiempos y prejuicios, que sólo empañan la escritura y la vuelven farragosa y difícil de acceder. Memorias, Diario y Notas de viaje son apenas la clave para emprender y asumir un oficio que se antoja atractivo: el oficio de vivir. (Lo demás, por añadidura, nos dará grasa.)

Pedro Henríquez Ureña. Memorias. Diario. Notas de viaje. Introducción y notas de Enrique Zuleta Álvarez. México, Fondo de Cultura Económica, 2000. (Biblioteca Americana)

(30/marzo/2012)

miércoles, 11 de junio de 2014

Vaivenes de la memoria

Ulises Velázquez Gil

En Ocho y medio, célebre filme de Federico Fellini, el protagonista, de nombre Guido Anselmi, mientras se debate entre hacer una nueva película o simplemente desechar esa idea, sumerge su mente creativa en una vorágine de recuerdos, acompañados por una serie de obsesiones propias. (Al final, la creación tendrá la última palabra y saldrá airosa por completo.)   
En el particular afán de revisar la vida, la escritura nos ayuda mucho para dar el siguiente paso, y en ese empeño se inscribe Zig Zag, conjunto de ensayos y artículos de José de la Colina, publicados de forma independiente en revistas y periódicos, a caballo entre la divagación y el recuerdo, el retrato con retoque y la instantánea de bolsillo.
De cierto modo, secuela natural de Libertades imaginarias (obra de mayor aliento), Zig Zag reúne 31 textos que abordan diversos temas (la literatura, la biografía de sus maestros y colegas, o la remembranza de sus santuarios culturales) pero también se ocupa de otros muy disímiles (el cine, los gatos, la tauromaquia, etc.) que abundan en asombro y maravilla, aunque, a decir verdad, no importa qué contar, sino cómo hacerlo. (Arte de Scherezada, como en los mejores cuentos.)
Reviso en la nostalgia mis avatares de cinéfilo, es decir, las vidas tomadas en préstamo a esa segunda  pero no secundaria vida que es el cine. Así como en la literatura, gracias a nuestra lectura del mundo asumimos personajes y formas de ser, y esto igualmente ocurre dentro del cine, donde el tiempo se mide en películas vistas a diestra y siniestra, géneros obligados y en personajes inolvidables; en ese “cinema paradiso” que por comodidad semántica llamamos memoria, abundan figuras, escenas y diálogos provenientes de ese mundo. El cine como un vasto río de imágenes, buenas, malas, anónimas, naturales o artificiales: una gran masa de referencias visuales y sonoras, de rostros y gestos, de ambientes reales o fantásticos, y que no importaba si venían de películas mediocres o geniales, con tal de que estuvieran en cualquier sala a la vuelta de la calle. Para De la Colina, la en cine era girar al compás de los bailes de Fred Astaire, enamorarse –una y otra y otra vez− de Greer Garson y Cyd Charisse, o invocar a las fuerzas de la naturaleza humorística con la mención del Loreliardi que (como el Rosebud de Charles Foster Kane, o el Asa nisi masa del ya mencionado Guido Anselmi) hacía más llevadero el cansado oficio de ser hombre, en concreto, por haber nacido en el siglo XX. (Un hombre de nuestro siglo, si es cinéfilo como yo, si ha visto cuando menos tres mil films, tiene su existencia poblada, compartida y a veces convivida con meros reflejos intemporales de seres, con fantasmas que fueron actores y actrices. El nuestro habrá sido un siglo de fantasmas que, siendo  estrellas fugaces o persistentes, habitantes de films olvidados o “de culto”, pasaron a una mitología del cine y del siglo.)
En la galería personal de José de la Colina, digno es de destacar la presencia de otros fantasmas, que, como sus epígonos de celuloide, se inscribieron en una parte muy elemental de su vida; maestros y amigos, colegas y familiares, todos desfilan bajo una misma tonada, como los refugiados del exilio español avecindados en el mítico restaurante El Horreo, o si la querencia nos gana por puntos, cuando el autor dedica unas líneas al recuerdo de su padre, muerto en buena lid con la vida. (Cómo le envidio esa muerte rápida, compasiva, que seguramente no tendré: morir en un instante y mirando fijamente a la bahía santanderina. Looking at the sea, como un viejo marinero en alguna página de Stevenson o de Conrad.)
A Jomi García Ascot no cesa de relacionarlo con la Rhapsody in Blue de George Gershwin (pese a que dicha obra no fuera del agrado de su amigo), mientras que Alejandro Rossi sigue sus pasos como el más querido de los hermanos, y el mítico (dos veces, cabe resaltarlo) “Cancionero del Décimo piso” recobra unas líneas al recuerdo (para vergüenza y descargo de los paroditas de la actualidad), pero entre esos recuerdos, la figura de Luis Buñuel devela una etapa poco notoria (hoy diríase afortunadamente apagada) de José de la Colina: sus pininos como actor de cine. (¿Ha seguido actuando en el cine? No, don Luis, nunca he actuado en el cine. Lo siento, parece que le quebramos la carrera. Bien quebrada, don Luis.)
Entre los fantasmas del cine y los compañeros de ruta en momentos elementales de su trayectoria literaria. José de la Colina también enfocó su mirada (periodística, en su mayoría) hacia otros objetos que funcionan casi con el mismo mecanismo de la madalena proustiana. La librería de Polo Duarte, las pin ups diseñadas por Vargas, o la programación de la XELA –suerte de elegía radiofónica, si se me permite la licencia− en vías de un futuro incierto. (Me pregunto qué será de tu inmensa discoteca, de tu gran repertorio, aun si inevitablemente habrán de abundar en él las grabaciones obsoletas de 33 o de 45 y quizá hasta de 78 revoluciones por minuto, y los discos rayados y muchos de ellos posiblemente inaudibles. ¿A dónde se irá o ya se habrá ido tanta música guardada?)
Sin embargo, como la famosa caja de Pandora, siempre hay lugar para la esperanza y si ésta tiene la forma de un gato, la mitad de la victoria ya está asegurada, como en el cálido retrato que hace de su fiel acompañante en “Polvorilla”: […] tiene sus manías: cuando, siguiendo el ejemplo de Flaubert, me da por leer en voz alta lo que acabo de escribir, o cuando declamo un poema que me gusta y exige ser dicho, se sobresalta y viene a protestar, tal vez porque sospecha que si no hablo como de costumbre estoy volviéndome un impostor, o quizá ha empezado a habitarme un inquietante alter ego. (A falta de críticos generosos y punzantes, queda siempre la respuesta de nuestro animal de compañía. Verdad que sí.)
Con todo, Zig Zag es un interesante y delicioso recorrido por las vidas presentes y pretéritas que componen la galería personal de José de la Colina, cuya maestría al contar sus historias de la historia, atrapa a su lector en potencia desde el primer párrafo hasta la última línea, como en todas sus películas, y al igual que Guido Anselmi en Ocho y medio, se deja llevar por los vaivenes de la memoria, del recuerdo familiar al “espejeo” cinematográfico, y de la proyección literaria al ¡ábrete sésamo!, porque si la vida es lo que sucede mientras pensamos en otra cosa, es doblemente bien vivida cuando ésta llega para quedarse. (Y lo demás viene por añadidura. Así sea.)  

José de la Colina. Zig Zag. México, Aldus, 2005. (Las horas situadas)

(11/enero/2013)

miércoles, 28 de mayo de 2014

Una biblioteca en tres tiempos

Ulises Velázquez Gil

En la historia de la cultura (sin importar latitudes y épocas) son encomiables los esfuerzos de aquellos libreros y bibliófilos que han consagrado su vida a la conservación del conocimiento; los más acendrados en su empeño pasan a bibliómanos, cuidando su patrimonio para consumo personal, quienes, además de cumplir ese afán, conjuntan el saber de su tiempo, en aras de su constante retroalimentación. Ejemplo de ese saber vivo es José Luis Martínez (1918-2007), cuya biblioteca fue el fruto de más de sesenta años de cuidado y conformación sucesivos. A raíz de su muerte, fue adquirida por las instancias gubernamentales, y así asegurar su acervo, sin embargo, se planteó otro problema: ¿cómo asegurar por completo aquel cuidado? Para que esto se lograse a cabalidad, el investigador Rodrigo Martínez Baracs, a la sazón hijo del ilustre bibliófilo, se dio a la tarea de escribir una pequeña guía bibliográfica al respecto. Dicho esfuerzo quedó coronado en el libro La biblioteca de mi padre, que hoy llega a nosotros con la misión de cuidar el patrimonio bibliográfico generado por José Luis Martínez, sin que traspase las fronteras del olvido (burocrático y libresco), conservando así su toral presencia.
Martínez Baracs dividió su trabajo en tres partes, donde cuenta la formación de la Biblioteca, su momento actual y el (posible) porvenir de la misma. Toda biblioteca que se digne de serlo debe conformarse por libros comprados, obsequiados y hasta robados (mediante la engorrosa institución del préstamo personal, claro está); el autor no repara en pormenores al reconocer esta condición en su remembranza. En su misión como funcionario, tanto en el sector cultural como en el diplomático, sus andanzas bibliográficas lo llevaron a hacerse de todas las publicaciones en torno a la cultura mexicana. Igualmente, su amistad con importantes escritores, como Alfonso Reyes, Octavio Paz y Alí Chumacero, derivó en una generosidad bibliográfica, quienes le obsequiaban libros propios como ajenos y así engrosar su conocimiento de las letras mexicanas (no por nada, Gabriel Zaid lo denominó curador de las letras mexicanas), empresa complementada por el acopio constante de todas las revistas y suplementos culturales habidos y por haber, desde la colección completa de La Antorcha (legendaria publicación hecha con el sello de José Vasconcelos) hasta el sibarítico ¡Ja-Ja! Cierra Martínez Baracs el primer apartado con una tardía afición de su padre a las subastas de libros antiguos, a las que solía acompañarlo: unas veces, campante de haber conseguido un garbanzo de a libra, y otras, desanimado al no hacerse de nada. (Gajes del oficio… libresco.)
En el segundo apartado, “Los grandes fondos”, conformado por nueve incisos, resaltan los tópicos de literatura e historia mexicanas. Si recordamos la señeras intenciones de José Luis Martínez al conformar su biblioteca (conjuntar el saber y la cultura de México), no nos cabe la menor duda de la prioridad concedida a esos fondos bibliográficos, cuya sola consulta permitió confeccionar lo mismo ediciones canónicas de importantes autores en las letras mexicanas, como su edición de las Obras de Ramón López Velarde, e igualmente plasmar esas impresiones en libros propios. Respecto al rubro de la Historia, José Luis Martínez también se preocupó por tener al día todas las publicaciones: primeras ediciones, guías bibliográficas y hasta códices en facsímil develan el oficio del conocimiento que circulaba por sus venas. (Su Hernán Cortés, con todo y volúmenes complementarios de documentos, lo demuestran con todas las letras.) Una cualidad que pintaba a don José Luis de cuerpo entero, era su insistencia en tener todas las ediciones de un mismo libro: desde el coffee-table hasta las versiones “baratas” y de bolsillo. (Cabe decir que, enn cuanto al compendio de la cultura mexicana, su biblioteca fue una de las más completas, sólo equiparable a la de su colega y amigo Alí Chumacero, cuyo fondo bibliográfico aún espera tanto cobijo definitivo como biografía en proceso.)
Por último, la tercera parte del libro se enfoca, casi de manera testamentaria, al futuro de la biblioteca. Asegurar su conservación no equivale nada más a tener todos los libros en un solo recinto (en principio, se pensó en el Palacio Nacional, hoy sabemos que reside definitivamente en la Biblioteca de México, por los rumbos de la Ciudadela), sino cuidar que ese patrimonio siga con vida; esto es, recomienda Martínez Baracs: buscar la forma de cómo guardar los papelitos encontrados en cada ejemplar, cuidar las camisas de las ediciones encuadernadas, continuar el acopio de las revistas y suplementos culturales, y dos que me parecen indispensables: evitar el crecimiento indiscriminado de la biblioteca, dándole prioridad a los rubros arriba mencionados, y hasta proyectar en un futuro próximo una edición con las dedicatorias más bonitas de cada libro. (Esto último pude constatarlo al revisar sendas ediciones de Libertad bajo palabra de Octavio Paz, y Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, por mencionar algunas.)
A final de cuentas, La biblioteca de mi padre de Rodrigo Martínez Baracs es sólo la primera parte de una gran empresa tanto cultural como sentimental; en la labor de escritores, críticos e investigadores (hoy metidos a cuidar la buena salud de la cultura en México, como hiciera José Luis Martínez en su tiempo), su presencia es más que indispensable. Por el significado afectivo que encierran sus páginas, cumple una deuda de honor con la historia de la literatura mexicana, y de amor hacia un padre que dio destino, constancia y pasión bibliográfica.

Rodrigo Martínez Baracs. La biblioteca de mi padre. México, CONACULTA, 2010. (Memorias mexicanas)

(2/diciembre/2011)

miércoles, 14 de mayo de 2014

Crónicas de un descarriado

Ulises Velázquez Gil

“Las ciudades destruyen las costumbres”, condenaba enérgico un José Alfredo Jiménez en una de sus canciones más emblemáticas, lo mismo interpretada por María de Lourdes que por Joaquín Sabina. Si nos adecuamos al contexto que vivió el guanajuatense ilustre, esto es una señal de peligro, pero cinco décadas después, más que destruirlas, las transforma de una manera desconcertante, o si se quiere, hasta descarriada. A caballo entre la poesía y el ensayo, Hernán Bravo Varela, citadino emergente, nos entrega en Historia de mi hígado y otros ensayos un repertorio de doce imágenes que confirman aquel cambio. Y como buen ensayista que se respete (aunque, en su caso, es todo lo contrario), cuenta cómo le fue en la feria.
Uno de esos ensayos, “Como en feria”, en efecto, consigna el surrealismo predominante en las ferias del libro; concretamente, en la FIL de Guadalajara. (La verdadera Feria ocurre en su exterior, y el libro está por escribirse en una noche en blanco.) Fuera de todas las actividades propias de una feria, Bravo Varela reflexiona acerca de su carácter religioso, a semejanza de La Villa o de San Juan de los Lagos; además, sus remembranzas resaltan el acto de la lectura como una liturgia propia de laicos y locos metidos a la lectura, entre éstos, un vicario singular llamado José Emilio Pacheco. 
Volviendo a nuestras calles conocidas, de los doce ensayos compilados, encuentro dos que se hallan encabalgados por si naturaleza irreverente. Por un lado, “Elogio de lo nulo” hace una crónica de las músicas secretas que cada individuo lleva por sus venas, ocultas bajo el burocrático nombre de educación sentimental. Como destellos de una luz inexplicable, las baladas encierran hallazgos dignos de una ponderación más minuciosa y menos visceral, a la altura de tantos juicios nuestros que, emitidos con supina idiotez, llegan a arrancar aplausos. Por el contrario, “Orquesta vacía” es el contrapunto de dos aspiraciones musicales; dirigir una música, o dirigirse en la música. Para el primer tópico, el autor se sabe derrotado de antemano; para el otro, la victoria, pese a no esperarla con anticipación, es lo único seguro. Y para ambos escenarios, el karaoke permite explayarse en ello. Quien ha cantado en un karaoke, lo sabe: ausente la música, deslumbrado por focos de setenta y cinco watts, apenas se puede distinguir entre penumbras al público que se encuentra allí reunido. Si Orfeo bajó a los infiernos al rescate de Eurídice, no cabe la menor duda que se puede caer en ellos y salir airoso pese al pronóstico reservado.
Para los casos de “Permanencia involuntaria”, un lugar non sancto adquiere carta de internacionalización: el baño. Blas Matamoro confesó alguna vez extrañado que, estando en un bar en Nueva York, se le ocurrió preguntar por dónde se encuentra el baño, y en inglés le respondieron: Behind the blue door, y su mente comenzó a divagar acerca de la puerta triste o lo triste que está le gente cuando va al baño. Sea cual sea el estado de ánimo que uno tenga, sólo una cosa es segura de soportar, es decir, “resistir la vieja música de cámara de su propio cuerpo al orinar, silbar, toser o soltar sus flatulencias [y] está listo para escuchar la nueva sinfonía del mundo con solicitud, buen ánimo y cordura”. Una de las cualidades que el baño tiene por donde quiera que se vea, además de desahogar funciones fisiológicas, es también como reducto de la privacía… intelectual. Marcelino Menéndez y Pelayo y Jules Michelet, famosos usuarios suyos, entran en escena gracias al mirón escatológico que pintó Mario Vargas Llosa en Los cuadernos de don Rigoberto. Aunque se vea, a la primera de cambios, como un ensayo algo escueto en tamaño, la profundidad del tema queda más que evidente. Inclusive, desde el uso que se le da al adjetivo privado, procedente de un verso de San Juan de la Cruz hasta el engorroso aviso de ocupado sobre la puerta del retrete.
La intuición cinematográfica del atípico Stanley Kubrick, la impuntualidad de Marilyn Monroe, la mirada sesgada sobre el camaleón y hasta una serie de silogismos aprobados por Margo Glantz, no tendrían mayor importancia si nos olvidáramos del ensayo que da nombre al libro: “Historia de mi hígado”, bitácora de un descarriado ungido al hedonismo cuando cae preso por la hepatitis. “Hay que aprovechar las ventajas de la enfermedad”, sugería Pascal en sus Pensamientos y la lista de obras literarias generadas en ese leitmotiv llenaría el poco espacio del que dispongo; para Bravo Varela significó un impasse que lo motivó a replantearse su humanidad (entiéndase esto como ser humano, claro). Antes consideraba al cuerpo mi más discreto cómplice. Aun en los instantes de mayor plenitud, debía conformarse con ser testigo presencial de sus mismas obras. Cuánta nobleza: permitir tres orgasmos en una sola noche, la degustación de una comida interminable, una proeza atlética o el saldo blanco de un fin de semana en los más bajos fondos sin pedir nada a cambio, sin protagonismos –y, sobre todo, sin antagonismos. (¿Réquiem para un sueño? No lo creo…) Sin embargo, contar su experiencia de la enfermedad –sin más referentes que César Aira, Roberto Bolaño y hasta sí mismo– recupera en esas líneas un tiempo que fue, con todo y sus dislates, pero no lo añora en demasía, sino que lo recrea para seguir avante. 
Y si se trata de seguir adelante, “Punto de rompimiento” recupera su experiencia como tenista en entrenamiento, compaginado con algunas similares en el mundo del deporte. Por ejemplo, Robert Frost, poeta y corredor de fondo, es, para él, su paradigma más cercano. (No cabe duda que la remembranza es un deporte de alto rendimiento.) 
Con todo, Historia de mi hígado y otros ensayos consigna los pasos (¿perdidos?), los recuerdos y el aprendizaje de un escritor empeñado en el oficio en horas 24 de vivir la ciudad, incluidos también los altibajos a los que se haya sujeto. Doce ensayos (¿peregrinos?), como crónicas de un descarriado, que dibujan aspectos muy peculiares de ese viandante llamado Hernán Bravo Varela. Si me permiten decirlo, este libro (ganador del primer lugar en la categoría de Ensayos, dentro del certamen Letras del Bicentenario 2010, convocado por el Gobierno del Estado de México) es a Bravo Varela lo que Enseres para sobrevivir en la ciudad para Vicente Quirarte, Réquiem para un Ángel para Jorge F. Hernández, o Tránsito para Claudina Domingo, es decir, las consecuencias del cambio de costumbres de una ciudad que se nos escapa impunemente de las manos; aunque también existe un espacio para la esperanza y la memoria, hallando decoroso reducto en sus páginas. Por último, si José Alfredo Jiménez hubiera conocido a Hernán Bravo Varela, seguramente este último le daría la razón, porque, entre dos descarriados, la única que conocen sólo entiende de dolores en común. (Se non è vero, è ben trovato.

Hernán Bravo Varela. Historia de mi hígado y otros ensayos. Toluca, México, Gobierno del Estado de México / Secretaría de Educación, 2011. (Biblioteca Mexiquense del Bicentenario. Letras, 25. Ensayo)

(9/marzo/2012)

miércoles, 30 de abril de 2014

Una Revolución persistente

Ulises Velázquez Gil

Hace más de un año, y con el pretexto de celebrar los 200 años de la Independencia y los 100 de la Revolución, el mundo editorial mexicano estuvo pletórico en publicaciones al respecto, entre facsimilares y de nuevo cuño; en este punto, CONACULTA presentó una colección, Summa Mexicana, donde se conjuntaron varios volúmenes con lo más granado de la cultura mexicana, empresa más que encomiable, bajo la tutela y el cuidado de Vicente Quirarte. Entre los títulos allí publicados destaca uno que, sin hacer mucho ruido, digno es acercarse a él para conocer otro ángulo de la Revolución mexicana. Y aunque el tema sea hoy moneda corriente –con sucesivas relecturas, claro está–, el autor de esa señera obra todavía espera tanto un biógrafo justo como un séquito de lectores. Hablo, ni más ni menos, del tabasqueño Andrés Iduarte.
Obra emblemática por los cuatro costados, Un niño en la Revolución mexicana (publicada por vez primera hace ya sesenta años, y cuya presencia en esta sección sirva de honrosa efeméride) cuenta los primeros años de la vida de Andrés Iduarte durante los azarosos años de la Revolución en Tabasco, que no fue la misma para todos los mexicanos. (Recordando a don Luis González y González, para los revolucionados la vida no fue la misma. Apreciaciones aparte.) 
Hijo de un prominente abogado y de una mujer con una fuerte prosapia francesa, Andrés Iduarte Foucher creció con buenos ejemplos sobre cómo debe portarse un hombre ante la vida y los azares que ésta conlleva. Sin embargo, el verdadero aprendizaje lo adquiere en plena lucha revolucionaria, cuando es obligado, junto a su familia,  a dejar la casa paterna y salvar su vida, a merced de los alzados en armas, simplemente por pertenecer a una de las familias más acomodadas de Tabasco, con cierta filia porfirista, pese a que el pequeño Andrés y sus hermanas eran hijos de Andrés Iduarte Alfaro, humilde abogado cuya única herencia fue una existencia íntegra y apasionada con su vocación. (Mucho de su padre, dice Iduarte, se nota a leguas cuando se conduce en ese mundo ancho y ajeno.)
Mientras en el norte y en el centro del país las huestes revolucionarias inspiraron corridos y gratas victorias, en el sureste no fue así; de revolucionarios pasaron a robolucionarios que acabaron con el patrimonio de las familias Foucher. Pero entre la tormenta, el pequeño Iduarte recuerda un instante de claridad: cuando los alzados detienen a su familia, en pleno éxodo hacia Campeche, al saber que descienden de don Manuel Foucher, gobernador de grato recuerdo y muerto trágicamente con el honor en alto, acaban por dejarlos libres.
Una de las características de la prosa de Iduarte es la de ponderar las buenas cualidades de las personas que llegan a su vida, pese a lo efímero o a lo persistente de su aparición en escena; precisamente, allí reside una constante en su obra. Sin embargo, ésta no puede presentarse por sí sola, si no le agregamos el decoro y la mesura de una prosa más allá del tiempo. Me explico: las páginas de Iduarte tienen la misma sustancia con que se componen las mejores de un Andrés Henestrosa, o quizás, hasta las más atípicas de Alfonso Reyes, y con el plus de contar con su espíritu primigenio pese a sus seis décadas de escritura. (Cualquier persona que lea por primera vez a Iduarte se dará cuenta de ello. Va de reto.)
Para fortuna nuestra, el CONACULTA se dignó a presentar nuevamente esta obra emblemática de Andrés Iduarte, cuya primera edición (la de 1951, por la editorial Ruta) tuvo carácter de novela cuando su autor cambió los nombres de los personajes allí mencionados; cuando la benemérita editorial Joaquín Mortiz publicó sus obras reunidas, a principios de los años 80, Un niño en la Revolución mexicana, aparte de publicarse en un solo volumen con su secuela natural, El mundo sonriente, contó con la bendición de su autor al restituirle los nombres originales. Minucia y reclamo: en la contraportada de la edición que nos ocupa, se dice que está basada en la definitiva de Iduarte. Siento decirlo pero no es así, y puede comprobarlo el lector al cotejar ambas ediciones. Aún así, no desmerece su lectura. (Caprichos de la crítica.)
En suma, Un niño en la Revolución mexicana es una magnífica puerta de entrada hacia la vida, obra y milagros de Andrés Iduarte; obra que, a decir de René Avilés Fabila, sólo es equiparable a Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco, por tratarse de obras de aprendizaje (bildungsroman), de la formación del carácter postrero de sus protagonistas; a su vez, nostalgia por un Edén perdido, devuelto al tiempo a través de su lectura. Además, demuestra a todas luces a una revolución persistente en sus ideales y hechos, todavía a la espera de justipreciarse correctamente, donde tirios y troyanos asimilen sus contradicciones, todo esto en aras de afrontar mejor nuestra historia reciente. El camino es largo, pero sabremos andarlo. (Seguro que sí.)

Andrés Iduarte. Un niño en la Revolución mexicana. Presentación de Arturo Azuela. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2010. (Summa Mexicana)

(6/enero/2012)

miércoles, 16 de abril de 2014

Itinerario hacia el origen

Ulises Velázquez Gil

Comienzo con una confesión de mi parte; cuando leo libros de ensayo, por lo regular siempre lo hago sin seguir el orden propuesto; primero, el artículo que me genera mayor interés, para luego seguir con otro muy distinto, y así sucesivamente, hasta haber leído todo su contenido. De esta extraña y nada ortodoxa manera he pasado por las armas de la lectura varios libros al respecto, pero esta manía de mi parte encontró su elemento vital en un volumen específico. Se trata de Viaje a México, del polígrafo y flâneur Adolfo Castañón, volumen de treinta y ocho textos, entre ensayos, crónicas y retratos que van de los autores queridos hasta las experiencias del escritor, metido en la vorágine del mundo presente.
Recuerdo que comencé con el ensayo sobre Salvador Elizondo, mismo que dejó maravillado por la serie de datos que se proporcionan al respecto. Mientras me sumergía más a profundidad en su lectura, me topé con algunos textos ya conocidos: el aniversario 50 del Fondo de Cultura Económica, la crónica de la premiación de Octavio Paz en Estocolmo, y el clásico retrato de un abogado ilustrado, Jesús Castañón Rodríguez, eximio hombre de libros y padre del autor. (La primera vez que los leí, fue gracias a pequeño volumen llamado El jardín de los eunucos.) Al leerlos de nueva cuenta, me dije: “Si buena parte de los textos de Viaje a México son de factura reciente, ¿por qué me topo con éstos ya conocidos?” Un lector más drástico que quien escribe, diría que Castañón ya no tiene más obras que mostrar. Falso. Más bien, estos textos ayudan un poco al resto por una sencilla razón: recordar una tradición, un origen donde coincidan todos estos temas. No por nada, este libro se divide en dos partes: “Venas encontradas”, donde el autor nos cuenta las mil y un maneras de leerse en el mundo: en un bautizo, viajando a tierras tan literarias como Oaxaca y Yucatán, o en el recuerdo de dos maestros primordiales en su formación como escritor: Alfonso Reyes y Octavio Paz, y “México y sus escritores”, donde se consigna el acendrado interés del autor por difundir la obra de grandes autores de las letras mexicanas, entre atípicos como Juan García Ponce, Sergio Pitol, Jaime Reyes y el propio Elizondo, como canónicos como Andrés Henestrosa, José Luis Martínez, Juan José Arreola y hasta Carlos Fuentes y Jaime Sabines, sin dejar de mencionar a los nuevos ensayistas, a caballo entre los treinta y cuarenta años.
Tanto los aniversarios editoriales y las crónicas de un escritor en tierras extrañamente amistosas como los retratos librarios y las remembranzas cafeteras, son formas distintas de celebrar la literatura, donde el corazón -en paralelo con el pensamiento- escribe sus mejores páginas. Por ello, no es gratuito que obras ya conocidas convivan en igualdad de condiciones en un volumen tan exquisito como señero, donde la sorpresa es el pan de cada día. 
(Paréntesis aparte, Viaje a México -título que remite a aquel volumen homónimo de Paul Morand- se encuentra completamente emparentado, por un lado del charco atlántico, con el Ejercicios de admiración de E.M. Cioran, y por este otro extremo del mar, con Retratos personales y Los días del maestro, de sus coevos mexicanos Enrique Krauze y Vicente Quirarte, respectivamente, pero si Mexicanos eminentes y Peces del aire altísimo, son los egregios recipiendarios de aquéllos, Viaje a México tiene un tremendo precedente en ese clásico contemporáneo de nombre Arbitrario de literatura mexicana.)
En su lectura de autores presentes, pretéritos y futuros, Adolfo Castañón está leyendo al mundo, es decir, al México donde le tocó en suerte vivir y escribir. Y ya que menciono la palabra México, el texto homónimo que abre el libro es una suerte de “carta de creencia”, donde su admiración por el país no sólo se queda en la letra impresa, sino en los viajes hacia el interior, evidenciando otra cara, muy distinta a la habitualmente ofrecida hacia el exterior. En una palabra, Viaje a México es más un itinerario hacia el origen que un cementerio de nombres y fechas cuya petulante pátina le quita pasión y sincero interés.
Finalizo estas líneas con una invitación para aquellos lectores interesados en conocer otra manera de ver las letras mexicanas, para que se acerquen a este libro y conozcan otra mirada acerca de ese México que nos recibe y circunda. No me cabe la menor duda de que Viaje a México cumple (y con creces) su cometido, en espera de suscitar nuevas maneras de contemplar nuestro país, sin demagogias ni exclusiones de ningún tipo. Todo sea, por decir algo, a favor de la cultura mexicana. (Así sea.)

Adolfo Castañón. Viaje a México. Ensayos, crónicas y retratos. Madrid, Iberoamericana / Vervuert, 2008. (La crítica practicante, 4)

(19/marzo/2012)

miércoles, 2 de abril de 2014

Escala íntima

Ulises Velázquez Gil

En una charla en el otrora Centro de Lectura Condesa, Alberto Blanco, poeta y músico por los cuatro costados, se quejó acerca de cómo las revistas y los pocos suplementos literarios se han plagado de malos poemas y, por ende, de malos poetas, que toman su materia prima de asuntos banales como la política y la vida privada; sin embargo, cabe resaltar las siguientes palabras, alentadoras al fin: “no basta recibir el llamado, no basta tener el talento, esto es apenas el primer paso”.
            Donde logran conjugarse tanto llamado como talento, tenemos la obra poética de la mexicana Helena Paz Garro, nacida –literalmente– entre letras, quien nos entrega una mínima pero significativa muestra de su quehacer poético en su primer libro en español: La rueda de la fortuna, bajo la incipiente serie de Poesía dentro de la legendaria colección Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica. (Paréntesis aparte: en su largo peregrinaje tanto literario como geográfico, Helena ya daba desde temprana edad muestras de una maestría y una intuición poéticas, inusitadas hasta para ella misma, que la orillaban a escribir sus primeros poemas, pero en francés, idioma impuesto por una esmerada educación en grandes colegios de Francia. Dicho esto, contar con una edición en español de su poesía es, en sí, un milagro.)
            A través de setenta poemas, Paz Garro nos presenta su manera de ver la vida; desde los desastres vividos (suscitados entre el exilio y la persecución en España y Francia) hasta esas piezas de relojería lírica que bien merecen tallarse en letras de oro. Doy muestra de uno breve: Era tan joven/ que todas las primaveras del mundo/ se habían dormido sobre su frente. (“A un joven”) O quizás éste, que merecería otra lectura diferente: Son un zafiro/ en el cual se juega/ el destino de Constantinopla. (“El cohete”). Y este fragmento, que no desmerecerá su respectiva lectura en conjunto: Ella canta la melodía de la tierra/ ondulante de trigo maduro/ que se extiende a pérdida de vista/ como un mar dorado. / Su risa como una cascada/ que refresca el cuarto de mil gotas de agua. (“Aparición solar”)  
Por otro lado, varios poemas están dedicados a Mijail Bulgakov, Ezra Pound, Antoine de Saint-Exupéry, e incluso a sus padres, Elena Garro y Octavio Paz; estos suelen verse como pequeños “retratos hablados”, es decir, su (aproximada) apreciación de aquellas relaciones tanto afectivas como literarias. También cabría decir que el poema breve sirve a manera de portarretrato para guardar algunas imágenes. Para muestra, bastan estos botones: Sus cabellos chispean,/ sol domesticado en una casa. / Sol vagabundo/ errante de cuarto en cuarto/ entibia nuestras almas. […] (“Mi madre”); o también éste: La naturaleza ha tocado tu frente/ borrando toda enfermedad/ y los que te quieren/ te verán, joven partícula de sol/ en una isla griega. (“A mi padre”) [De cualquier manera, ambos merecerán su respectiva lectura completa, como debe de ser.]  
             Si alguna vez se confeccionara el escudo de armas literario de Helena Paz Garro, tanto la sentencia materna “Yo sólo soy memoria y la memoria que de mí se tenga” como el adagio paterno “Los poetas no tienen biografía. Su obra es su biografía”, conformarían esa intención. En ambos casos, se constituye una biografía (los trabajos del poeta) como un resguardo para la memoria (los temas del poeta). Sin embargo, ella alguna vez comentó que se sentía más afín a la obra materna; aún así, su sensibilidad poética no niega cierta raigambre paciana. (Es más, si no fuese por las fechas de cada poema, quizás habrían pasado por propios de Paz, pero sería pecar de exageración.)  
            A pesar del aparente desorden entre un poema y otro, respecto al año de su confección, no se pierde del todo la frescura de la imagen poética presente en la poesía de Helena Paz Garro. Me imagino que, al momento de su publicación, la autora puso en orden los papeles de su propio baúl, sin importar la fecha de los poemas incluidos, para dejar esta selección como ahora la conocemos. Si queremos sustentar un poco más esa idea, vayamos al prólogo de Ernst Jünger, quien nos dice: El poema suelto es un ramillete. El poeta entreteje palabras e imágenes, no tanto de manera lógica como por intuición. No hace falta que el o la oyente sean conscientes de que concuerdan; surten efecto por su sustancia y armonía. De pilón, para recibir un buen ramillete la fecha importa poco cuando es fresco y grato de tener en las manos.   
            Finalmente, hacía falta que la obra de una poeta notable (aparentemente desconocida, pese a su brillante prosapia) llegara a nuestras manos. En La rueda de la fortuna, como en el juego de feria, hay poemas que suben o bajan la intensidad mientras se leen, pero ninguno quema su pólvora en infiernitos, inclusive se tornan invención, y cuando la poesía nos devuelve la mirada de niño –que sólo los buenos poetas conservan desde sus primeros borradores hasta sus obras reunidas– dicha atracción se vuelve escala íntima. (Y hasta ahí.)    

Helena Paz Garro. La rueda de la fortuna. México, Fondo de Cultura Económica, 2007. (Letras Mexicanas. Poesía)

(4/noviembre/2011)