miércoles, 28 de mayo de 2014

Una biblioteca en tres tiempos

Ulises Velázquez Gil

En la historia de la cultura (sin importar latitudes y épocas) son encomiables los esfuerzos de aquellos libreros y bibliófilos que han consagrado su vida a la conservación del conocimiento; los más acendrados en su empeño pasan a bibliómanos, cuidando su patrimonio para consumo personal, quienes, además de cumplir ese afán, conjuntan el saber de su tiempo, en aras de su constante retroalimentación. Ejemplo de ese saber vivo es José Luis Martínez (1918-2007), cuya biblioteca fue el fruto de más de sesenta años de cuidado y conformación sucesivos. A raíz de su muerte, fue adquirida por las instancias gubernamentales, y así asegurar su acervo, sin embargo, se planteó otro problema: ¿cómo asegurar por completo aquel cuidado? Para que esto se lograse a cabalidad, el investigador Rodrigo Martínez Baracs, a la sazón hijo del ilustre bibliófilo, se dio a la tarea de escribir una pequeña guía bibliográfica al respecto. Dicho esfuerzo quedó coronado en el libro La biblioteca de mi padre, que hoy llega a nosotros con la misión de cuidar el patrimonio bibliográfico generado por José Luis Martínez, sin que traspase las fronteras del olvido (burocrático y libresco), conservando así su toral presencia.
Martínez Baracs dividió su trabajo en tres partes, donde cuenta la formación de la Biblioteca, su momento actual y el (posible) porvenir de la misma. Toda biblioteca que se digne de serlo debe conformarse por libros comprados, obsequiados y hasta robados (mediante la engorrosa institución del préstamo personal, claro está); el autor no repara en pormenores al reconocer esta condición en su remembranza. En su misión como funcionario, tanto en el sector cultural como en el diplomático, sus andanzas bibliográficas lo llevaron a hacerse de todas las publicaciones en torno a la cultura mexicana. Igualmente, su amistad con importantes escritores, como Alfonso Reyes, Octavio Paz y Alí Chumacero, derivó en una generosidad bibliográfica, quienes le obsequiaban libros propios como ajenos y así engrosar su conocimiento de las letras mexicanas (no por nada, Gabriel Zaid lo denominó curador de las letras mexicanas), empresa complementada por el acopio constante de todas las revistas y suplementos culturales habidos y por haber, desde la colección completa de La Antorcha (legendaria publicación hecha con el sello de José Vasconcelos) hasta el sibarítico ¡Ja-Ja! Cierra Martínez Baracs el primer apartado con una tardía afición de su padre a las subastas de libros antiguos, a las que solía acompañarlo: unas veces, campante de haber conseguido un garbanzo de a libra, y otras, desanimado al no hacerse de nada. (Gajes del oficio… libresco.)
En el segundo apartado, “Los grandes fondos”, conformado por nueve incisos, resaltan los tópicos de literatura e historia mexicanas. Si recordamos la señeras intenciones de José Luis Martínez al conformar su biblioteca (conjuntar el saber y la cultura de México), no nos cabe la menor duda de la prioridad concedida a esos fondos bibliográficos, cuya sola consulta permitió confeccionar lo mismo ediciones canónicas de importantes autores en las letras mexicanas, como su edición de las Obras de Ramón López Velarde, e igualmente plasmar esas impresiones en libros propios. Respecto al rubro de la Historia, José Luis Martínez también se preocupó por tener al día todas las publicaciones: primeras ediciones, guías bibliográficas y hasta códices en facsímil develan el oficio del conocimiento que circulaba por sus venas. (Su Hernán Cortés, con todo y volúmenes complementarios de documentos, lo demuestran con todas las letras.) Una cualidad que pintaba a don José Luis de cuerpo entero, era su insistencia en tener todas las ediciones de un mismo libro: desde el coffee-table hasta las versiones “baratas” y de bolsillo. (Cabe decir que, enn cuanto al compendio de la cultura mexicana, su biblioteca fue una de las más completas, sólo equiparable a la de su colega y amigo Alí Chumacero, cuyo fondo bibliográfico aún espera tanto cobijo definitivo como biografía en proceso.)
Por último, la tercera parte del libro se enfoca, casi de manera testamentaria, al futuro de la biblioteca. Asegurar su conservación no equivale nada más a tener todos los libros en un solo recinto (en principio, se pensó en el Palacio Nacional, hoy sabemos que reside definitivamente en la Biblioteca de México, por los rumbos de la Ciudadela), sino cuidar que ese patrimonio siga con vida; esto es, recomienda Martínez Baracs: buscar la forma de cómo guardar los papelitos encontrados en cada ejemplar, cuidar las camisas de las ediciones encuadernadas, continuar el acopio de las revistas y suplementos culturales, y dos que me parecen indispensables: evitar el crecimiento indiscriminado de la biblioteca, dándole prioridad a los rubros arriba mencionados, y hasta proyectar en un futuro próximo una edición con las dedicatorias más bonitas de cada libro. (Esto último pude constatarlo al revisar sendas ediciones de Libertad bajo palabra de Octavio Paz, y Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, por mencionar algunas.)
A final de cuentas, La biblioteca de mi padre de Rodrigo Martínez Baracs es sólo la primera parte de una gran empresa tanto cultural como sentimental; en la labor de escritores, críticos e investigadores (hoy metidos a cuidar la buena salud de la cultura en México, como hiciera José Luis Martínez en su tiempo), su presencia es más que indispensable. Por el significado afectivo que encierran sus páginas, cumple una deuda de honor con la historia de la literatura mexicana, y de amor hacia un padre que dio destino, constancia y pasión bibliográfica.

Rodrigo Martínez Baracs. La biblioteca de mi padre. México, CONACULTA, 2010. (Memorias mexicanas)

(2/diciembre/2011)

miércoles, 14 de mayo de 2014

Crónicas de un descarriado

Ulises Velázquez Gil

“Las ciudades destruyen las costumbres”, condenaba enérgico un José Alfredo Jiménez en una de sus canciones más emblemáticas, lo mismo interpretada por María de Lourdes que por Joaquín Sabina. Si nos adecuamos al contexto que vivió el guanajuatense ilustre, esto es una señal de peligro, pero cinco décadas después, más que destruirlas, las transforma de una manera desconcertante, o si se quiere, hasta descarriada. A caballo entre la poesía y el ensayo, Hernán Bravo Varela, citadino emergente, nos entrega en Historia de mi hígado y otros ensayos un repertorio de doce imágenes que confirman aquel cambio. Y como buen ensayista que se respete (aunque, en su caso, es todo lo contrario), cuenta cómo le fue en la feria.
Uno de esos ensayos, “Como en feria”, en efecto, consigna el surrealismo predominante en las ferias del libro; concretamente, en la FIL de Guadalajara. (La verdadera Feria ocurre en su exterior, y el libro está por escribirse en una noche en blanco.) Fuera de todas las actividades propias de una feria, Bravo Varela reflexiona acerca de su carácter religioso, a semejanza de La Villa o de San Juan de los Lagos; además, sus remembranzas resaltan el acto de la lectura como una liturgia propia de laicos y locos metidos a la lectura, entre éstos, un vicario singular llamado José Emilio Pacheco. 
Volviendo a nuestras calles conocidas, de los doce ensayos compilados, encuentro dos que se hallan encabalgados por si naturaleza irreverente. Por un lado, “Elogio de lo nulo” hace una crónica de las músicas secretas que cada individuo lleva por sus venas, ocultas bajo el burocrático nombre de educación sentimental. Como destellos de una luz inexplicable, las baladas encierran hallazgos dignos de una ponderación más minuciosa y menos visceral, a la altura de tantos juicios nuestros que, emitidos con supina idiotez, llegan a arrancar aplausos. Por el contrario, “Orquesta vacía” es el contrapunto de dos aspiraciones musicales; dirigir una música, o dirigirse en la música. Para el primer tópico, el autor se sabe derrotado de antemano; para el otro, la victoria, pese a no esperarla con anticipación, es lo único seguro. Y para ambos escenarios, el karaoke permite explayarse en ello. Quien ha cantado en un karaoke, lo sabe: ausente la música, deslumbrado por focos de setenta y cinco watts, apenas se puede distinguir entre penumbras al público que se encuentra allí reunido. Si Orfeo bajó a los infiernos al rescate de Eurídice, no cabe la menor duda que se puede caer en ellos y salir airoso pese al pronóstico reservado.
Para los casos de “Permanencia involuntaria”, un lugar non sancto adquiere carta de internacionalización: el baño. Blas Matamoro confesó alguna vez extrañado que, estando en un bar en Nueva York, se le ocurrió preguntar por dónde se encuentra el baño, y en inglés le respondieron: Behind the blue door, y su mente comenzó a divagar acerca de la puerta triste o lo triste que está le gente cuando va al baño. Sea cual sea el estado de ánimo que uno tenga, sólo una cosa es segura de soportar, es decir, “resistir la vieja música de cámara de su propio cuerpo al orinar, silbar, toser o soltar sus flatulencias [y] está listo para escuchar la nueva sinfonía del mundo con solicitud, buen ánimo y cordura”. Una de las cualidades que el baño tiene por donde quiera que se vea, además de desahogar funciones fisiológicas, es también como reducto de la privacía… intelectual. Marcelino Menéndez y Pelayo y Jules Michelet, famosos usuarios suyos, entran en escena gracias al mirón escatológico que pintó Mario Vargas Llosa en Los cuadernos de don Rigoberto. Aunque se vea, a la primera de cambios, como un ensayo algo escueto en tamaño, la profundidad del tema queda más que evidente. Inclusive, desde el uso que se le da al adjetivo privado, procedente de un verso de San Juan de la Cruz hasta el engorroso aviso de ocupado sobre la puerta del retrete.
La intuición cinematográfica del atípico Stanley Kubrick, la impuntualidad de Marilyn Monroe, la mirada sesgada sobre el camaleón y hasta una serie de silogismos aprobados por Margo Glantz, no tendrían mayor importancia si nos olvidáramos del ensayo que da nombre al libro: “Historia de mi hígado”, bitácora de un descarriado ungido al hedonismo cuando cae preso por la hepatitis. “Hay que aprovechar las ventajas de la enfermedad”, sugería Pascal en sus Pensamientos y la lista de obras literarias generadas en ese leitmotiv llenaría el poco espacio del que dispongo; para Bravo Varela significó un impasse que lo motivó a replantearse su humanidad (entiéndase esto como ser humano, claro). Antes consideraba al cuerpo mi más discreto cómplice. Aun en los instantes de mayor plenitud, debía conformarse con ser testigo presencial de sus mismas obras. Cuánta nobleza: permitir tres orgasmos en una sola noche, la degustación de una comida interminable, una proeza atlética o el saldo blanco de un fin de semana en los más bajos fondos sin pedir nada a cambio, sin protagonismos –y, sobre todo, sin antagonismos. (¿Réquiem para un sueño? No lo creo…) Sin embargo, contar su experiencia de la enfermedad –sin más referentes que César Aira, Roberto Bolaño y hasta sí mismo– recupera en esas líneas un tiempo que fue, con todo y sus dislates, pero no lo añora en demasía, sino que lo recrea para seguir avante. 
Y si se trata de seguir adelante, “Punto de rompimiento” recupera su experiencia como tenista en entrenamiento, compaginado con algunas similares en el mundo del deporte. Por ejemplo, Robert Frost, poeta y corredor de fondo, es, para él, su paradigma más cercano. (No cabe duda que la remembranza es un deporte de alto rendimiento.) 
Con todo, Historia de mi hígado y otros ensayos consigna los pasos (¿perdidos?), los recuerdos y el aprendizaje de un escritor empeñado en el oficio en horas 24 de vivir la ciudad, incluidos también los altibajos a los que se haya sujeto. Doce ensayos (¿peregrinos?), como crónicas de un descarriado, que dibujan aspectos muy peculiares de ese viandante llamado Hernán Bravo Varela. Si me permiten decirlo, este libro (ganador del primer lugar en la categoría de Ensayos, dentro del certamen Letras del Bicentenario 2010, convocado por el Gobierno del Estado de México) es a Bravo Varela lo que Enseres para sobrevivir en la ciudad para Vicente Quirarte, Réquiem para un Ángel para Jorge F. Hernández, o Tránsito para Claudina Domingo, es decir, las consecuencias del cambio de costumbres de una ciudad que se nos escapa impunemente de las manos; aunque también existe un espacio para la esperanza y la memoria, hallando decoroso reducto en sus páginas. Por último, si José Alfredo Jiménez hubiera conocido a Hernán Bravo Varela, seguramente este último le daría la razón, porque, entre dos descarriados, la única que conocen sólo entiende de dolores en común. (Se non è vero, è ben trovato.

Hernán Bravo Varela. Historia de mi hígado y otros ensayos. Toluca, México, Gobierno del Estado de México / Secretaría de Educación, 2011. (Biblioteca Mexiquense del Bicentenario. Letras, 25. Ensayo)

(9/marzo/2012)

miércoles, 30 de abril de 2014

Una Revolución persistente

Ulises Velázquez Gil

Hace más de un año, y con el pretexto de celebrar los 200 años de la Independencia y los 100 de la Revolución, el mundo editorial mexicano estuvo pletórico en publicaciones al respecto, entre facsimilares y de nuevo cuño; en este punto, CONACULTA presentó una colección, Summa Mexicana, donde se conjuntaron varios volúmenes con lo más granado de la cultura mexicana, empresa más que encomiable, bajo la tutela y el cuidado de Vicente Quirarte. Entre los títulos allí publicados destaca uno que, sin hacer mucho ruido, digno es acercarse a él para conocer otro ángulo de la Revolución mexicana. Y aunque el tema sea hoy moneda corriente –con sucesivas relecturas, claro está–, el autor de esa señera obra todavía espera tanto un biógrafo justo como un séquito de lectores. Hablo, ni más ni menos, del tabasqueño Andrés Iduarte.
Obra emblemática por los cuatro costados, Un niño en la Revolución mexicana (publicada por vez primera hace ya sesenta años, y cuya presencia en esta sección sirva de honrosa efeméride) cuenta los primeros años de la vida de Andrés Iduarte durante los azarosos años de la Revolución en Tabasco, que no fue la misma para todos los mexicanos. (Recordando a don Luis González y González, para los revolucionados la vida no fue la misma. Apreciaciones aparte.) 
Hijo de un prominente abogado y de una mujer con una fuerte prosapia francesa, Andrés Iduarte Foucher creció con buenos ejemplos sobre cómo debe portarse un hombre ante la vida y los azares que ésta conlleva. Sin embargo, el verdadero aprendizaje lo adquiere en plena lucha revolucionaria, cuando es obligado, junto a su familia,  a dejar la casa paterna y salvar su vida, a merced de los alzados en armas, simplemente por pertenecer a una de las familias más acomodadas de Tabasco, con cierta filia porfirista, pese a que el pequeño Andrés y sus hermanas eran hijos de Andrés Iduarte Alfaro, humilde abogado cuya única herencia fue una existencia íntegra y apasionada con su vocación. (Mucho de su padre, dice Iduarte, se nota a leguas cuando se conduce en ese mundo ancho y ajeno.)
Mientras en el norte y en el centro del país las huestes revolucionarias inspiraron corridos y gratas victorias, en el sureste no fue así; de revolucionarios pasaron a robolucionarios que acabaron con el patrimonio de las familias Foucher. Pero entre la tormenta, el pequeño Iduarte recuerda un instante de claridad: cuando los alzados detienen a su familia, en pleno éxodo hacia Campeche, al saber que descienden de don Manuel Foucher, gobernador de grato recuerdo y muerto trágicamente con el honor en alto, acaban por dejarlos libres.
Una de las características de la prosa de Iduarte es la de ponderar las buenas cualidades de las personas que llegan a su vida, pese a lo efímero o a lo persistente de su aparición en escena; precisamente, allí reside una constante en su obra. Sin embargo, ésta no puede presentarse por sí sola, si no le agregamos el decoro y la mesura de una prosa más allá del tiempo. Me explico: las páginas de Iduarte tienen la misma sustancia con que se componen las mejores de un Andrés Henestrosa, o quizás, hasta las más atípicas de Alfonso Reyes, y con el plus de contar con su espíritu primigenio pese a sus seis décadas de escritura. (Cualquier persona que lea por primera vez a Iduarte se dará cuenta de ello. Va de reto.)
Para fortuna nuestra, el CONACULTA se dignó a presentar nuevamente esta obra emblemática de Andrés Iduarte, cuya primera edición (la de 1951, por la editorial Ruta) tuvo carácter de novela cuando su autor cambió los nombres de los personajes allí mencionados; cuando la benemérita editorial Joaquín Mortiz publicó sus obras reunidas, a principios de los años 80, Un niño en la Revolución mexicana, aparte de publicarse en un solo volumen con su secuela natural, El mundo sonriente, contó con la bendición de su autor al restituirle los nombres originales. Minucia y reclamo: en la contraportada de la edición que nos ocupa, se dice que está basada en la definitiva de Iduarte. Siento decirlo pero no es así, y puede comprobarlo el lector al cotejar ambas ediciones. Aún así, no desmerece su lectura. (Caprichos de la crítica.)
En suma, Un niño en la Revolución mexicana es una magnífica puerta de entrada hacia la vida, obra y milagros de Andrés Iduarte; obra que, a decir de René Avilés Fabila, sólo es equiparable a Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco, por tratarse de obras de aprendizaje (bildungsroman), de la formación del carácter postrero de sus protagonistas; a su vez, nostalgia por un Edén perdido, devuelto al tiempo a través de su lectura. Además, demuestra a todas luces a una revolución persistente en sus ideales y hechos, todavía a la espera de justipreciarse correctamente, donde tirios y troyanos asimilen sus contradicciones, todo esto en aras de afrontar mejor nuestra historia reciente. El camino es largo, pero sabremos andarlo. (Seguro que sí.)

Andrés Iduarte. Un niño en la Revolución mexicana. Presentación de Arturo Azuela. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2010. (Summa Mexicana)

(6/enero/2012)

miércoles, 16 de abril de 2014

Itinerario hacia el origen

Ulises Velázquez Gil

Comienzo con una confesión de mi parte; cuando leo libros de ensayo, por lo regular siempre lo hago sin seguir el orden propuesto; primero, el artículo que me genera mayor interés, para luego seguir con otro muy distinto, y así sucesivamente, hasta haber leído todo su contenido. De esta extraña y nada ortodoxa manera he pasado por las armas de la lectura varios libros al respecto, pero esta manía de mi parte encontró su elemento vital en un volumen específico. Se trata de Viaje a México, del polígrafo y flâneur Adolfo Castañón, volumen de treinta y ocho textos, entre ensayos, crónicas y retratos que van de los autores queridos hasta las experiencias del escritor, metido en la vorágine del mundo presente.
Recuerdo que comencé con el ensayo sobre Salvador Elizondo, mismo que dejó maravillado por la serie de datos que se proporcionan al respecto. Mientras me sumergía más a profundidad en su lectura, me topé con algunos textos ya conocidos: el aniversario 50 del Fondo de Cultura Económica, la crónica de la premiación de Octavio Paz en Estocolmo, y el clásico retrato de un abogado ilustrado, Jesús Castañón Rodríguez, eximio hombre de libros y padre del autor. (La primera vez que los leí, fue gracias a pequeño volumen llamado El jardín de los eunucos.) Al leerlos de nueva cuenta, me dije: “Si buena parte de los textos de Viaje a México son de factura reciente, ¿por qué me topo con éstos ya conocidos?” Un lector más drástico que quien escribe, diría que Castañón ya no tiene más obras que mostrar. Falso. Más bien, estos textos ayudan un poco al resto por una sencilla razón: recordar una tradición, un origen donde coincidan todos estos temas. No por nada, este libro se divide en dos partes: “Venas encontradas”, donde el autor nos cuenta las mil y un maneras de leerse en el mundo: en un bautizo, viajando a tierras tan literarias como Oaxaca y Yucatán, o en el recuerdo de dos maestros primordiales en su formación como escritor: Alfonso Reyes y Octavio Paz, y “México y sus escritores”, donde se consigna el acendrado interés del autor por difundir la obra de grandes autores de las letras mexicanas, entre atípicos como Juan García Ponce, Sergio Pitol, Jaime Reyes y el propio Elizondo, como canónicos como Andrés Henestrosa, José Luis Martínez, Juan José Arreola y hasta Carlos Fuentes y Jaime Sabines, sin dejar de mencionar a los nuevos ensayistas, a caballo entre los treinta y cuarenta años.
Tanto los aniversarios editoriales y las crónicas de un escritor en tierras extrañamente amistosas como los retratos librarios y las remembranzas cafeteras, son formas distintas de celebrar la literatura, donde el corazón -en paralelo con el pensamiento- escribe sus mejores páginas. Por ello, no es gratuito que obras ya conocidas convivan en igualdad de condiciones en un volumen tan exquisito como señero, donde la sorpresa es el pan de cada día. 
(Paréntesis aparte, Viaje a México -título que remite a aquel volumen homónimo de Paul Morand- se encuentra completamente emparentado, por un lado del charco atlántico, con el Ejercicios de admiración de E.M. Cioran, y por este otro extremo del mar, con Retratos personales y Los días del maestro, de sus coevos mexicanos Enrique Krauze y Vicente Quirarte, respectivamente, pero si Mexicanos eminentes y Peces del aire altísimo, son los egregios recipiendarios de aquéllos, Viaje a México tiene un tremendo precedente en ese clásico contemporáneo de nombre Arbitrario de literatura mexicana.)
En su lectura de autores presentes, pretéritos y futuros, Adolfo Castañón está leyendo al mundo, es decir, al México donde le tocó en suerte vivir y escribir. Y ya que menciono la palabra México, el texto homónimo que abre el libro es una suerte de “carta de creencia”, donde su admiración por el país no sólo se queda en la letra impresa, sino en los viajes hacia el interior, evidenciando otra cara, muy distinta a la habitualmente ofrecida hacia el exterior. En una palabra, Viaje a México es más un itinerario hacia el origen que un cementerio de nombres y fechas cuya petulante pátina le quita pasión y sincero interés.
Finalizo estas líneas con una invitación para aquellos lectores interesados en conocer otra manera de ver las letras mexicanas, para que se acerquen a este libro y conozcan otra mirada acerca de ese México que nos recibe y circunda. No me cabe la menor duda de que Viaje a México cumple (y con creces) su cometido, en espera de suscitar nuevas maneras de contemplar nuestro país, sin demagogias ni exclusiones de ningún tipo. Todo sea, por decir algo, a favor de la cultura mexicana. (Así sea.)

Adolfo Castañón. Viaje a México. Ensayos, crónicas y retratos. Madrid, Iberoamericana / Vervuert, 2008. (La crítica practicante, 4)

(19/marzo/2012)

miércoles, 2 de abril de 2014

Escala íntima

Ulises Velázquez Gil

En una charla en el otrora Centro de Lectura Condesa, Alberto Blanco, poeta y músico por los cuatro costados, se quejó acerca de cómo las revistas y los pocos suplementos literarios se han plagado de malos poemas y, por ende, de malos poetas, que toman su materia prima de asuntos banales como la política y la vida privada; sin embargo, cabe resaltar las siguientes palabras, alentadoras al fin: “no basta recibir el llamado, no basta tener el talento, esto es apenas el primer paso”.
            Donde logran conjugarse tanto llamado como talento, tenemos la obra poética de la mexicana Helena Paz Garro, nacida –literalmente– entre letras, quien nos entrega una mínima pero significativa muestra de su quehacer poético en su primer libro en español: La rueda de la fortuna, bajo la incipiente serie de Poesía dentro de la legendaria colección Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica. (Paréntesis aparte: en su largo peregrinaje tanto literario como geográfico, Helena ya daba desde temprana edad muestras de una maestría y una intuición poéticas, inusitadas hasta para ella misma, que la orillaban a escribir sus primeros poemas, pero en francés, idioma impuesto por una esmerada educación en grandes colegios de Francia. Dicho esto, contar con una edición en español de su poesía es, en sí, un milagro.)
            A través de setenta poemas, Paz Garro nos presenta su manera de ver la vida; desde los desastres vividos (suscitados entre el exilio y la persecución en España y Francia) hasta esas piezas de relojería lírica que bien merecen tallarse en letras de oro. Doy muestra de uno breve: Era tan joven/ que todas las primaveras del mundo/ se habían dormido sobre su frente. (“A un joven”) O quizás éste, que merecería otra lectura diferente: Son un zafiro/ en el cual se juega/ el destino de Constantinopla. (“El cohete”). Y este fragmento, que no desmerecerá su respectiva lectura en conjunto: Ella canta la melodía de la tierra/ ondulante de trigo maduro/ que se extiende a pérdida de vista/ como un mar dorado. / Su risa como una cascada/ que refresca el cuarto de mil gotas de agua. (“Aparición solar”)  
Por otro lado, varios poemas están dedicados a Mijail Bulgakov, Ezra Pound, Antoine de Saint-Exupéry, e incluso a sus padres, Elena Garro y Octavio Paz; estos suelen verse como pequeños “retratos hablados”, es decir, su (aproximada) apreciación de aquellas relaciones tanto afectivas como literarias. También cabría decir que el poema breve sirve a manera de portarretrato para guardar algunas imágenes. Para muestra, bastan estos botones: Sus cabellos chispean,/ sol domesticado en una casa. / Sol vagabundo/ errante de cuarto en cuarto/ entibia nuestras almas. […] (“Mi madre”); o también éste: La naturaleza ha tocado tu frente/ borrando toda enfermedad/ y los que te quieren/ te verán, joven partícula de sol/ en una isla griega. (“A mi padre”) [De cualquier manera, ambos merecerán su respectiva lectura completa, como debe de ser.]  
             Si alguna vez se confeccionara el escudo de armas literario de Helena Paz Garro, tanto la sentencia materna “Yo sólo soy memoria y la memoria que de mí se tenga” como el adagio paterno “Los poetas no tienen biografía. Su obra es su biografía”, conformarían esa intención. En ambos casos, se constituye una biografía (los trabajos del poeta) como un resguardo para la memoria (los temas del poeta). Sin embargo, ella alguna vez comentó que se sentía más afín a la obra materna; aún así, su sensibilidad poética no niega cierta raigambre paciana. (Es más, si no fuese por las fechas de cada poema, quizás habrían pasado por propios de Paz, pero sería pecar de exageración.)  
            A pesar del aparente desorden entre un poema y otro, respecto al año de su confección, no se pierde del todo la frescura de la imagen poética presente en la poesía de Helena Paz Garro. Me imagino que, al momento de su publicación, la autora puso en orden los papeles de su propio baúl, sin importar la fecha de los poemas incluidos, para dejar esta selección como ahora la conocemos. Si queremos sustentar un poco más esa idea, vayamos al prólogo de Ernst Jünger, quien nos dice: El poema suelto es un ramillete. El poeta entreteje palabras e imágenes, no tanto de manera lógica como por intuición. No hace falta que el o la oyente sean conscientes de que concuerdan; surten efecto por su sustancia y armonía. De pilón, para recibir un buen ramillete la fecha importa poco cuando es fresco y grato de tener en las manos.   
            Finalmente, hacía falta que la obra de una poeta notable (aparentemente desconocida, pese a su brillante prosapia) llegara a nuestras manos. En La rueda de la fortuna, como en el juego de feria, hay poemas que suben o bajan la intensidad mientras se leen, pero ninguno quema su pólvora en infiernitos, inclusive se tornan invención, y cuando la poesía nos devuelve la mirada de niño –que sólo los buenos poetas conservan desde sus primeros borradores hasta sus obras reunidas– dicha atracción se vuelve escala íntima. (Y hasta ahí.)    

Helena Paz Garro. La rueda de la fortuna. México, Fondo de Cultura Económica, 2007. (Letras Mexicanas. Poesía)

(4/noviembre/2011)

lunes, 31 de marzo de 2014

Octavio Paz en sus antologías

Ulises Velázquez Gil

Hay autores que, luego de no leerlos en mucho tiempo, cuando llega a nuestras manos una obra suya (sin la pretensión alcahueta de un Best Of), sentimos la necesidad de leerla por completo y cuando la abrimos al azar, este factor aleatorio nos orilla a proseguir la lectura, sin importar el antes ni el después de aquella página. En mi caso personal, ocurre esto con las obras de Octavio Paz (1914-1998), a quien leo con cierta devoción desde hace varios años.
A Octavio Paz le ocurre, en últimas fechas, el mismo caso que con Alfonso Reyes: una vez conjuntas todas sus obras en varios volúmenes (Reyes, 26; Paz, 15), todavía siguen encontrándose textos suyos, en espera de hallar su justo lugar entre las obras completas. Esta cuestión no genera mayor espanto, dado que nunca se deja de publicar libros de, sobre y contra los autores de marras: prueba fehaciente de la buena salud de las letras mexicanas. Sin embargo, en aras de difundir su obra, críticos y editores se han dado a la tarea de publicar varias antologías al alcance del lector de a pie. Para el caso de Paz, en vida suya sólo se han hecho tres compilaciones: La Centena (1969), El fuego de cada día (1989) y Claridad errante (1996) –esta última, gracias a la maestría y buen tino de Jorge F. Hernández, entonces coordinador de la colección Fondo 2000 del Fondo de Cultura Económica, y reeditada con algunas adiciones con motivo del Día Nacional del Libro en 2010–, como ejemplo de la maestría de Paz, generalmente en el campo de la Poesía y otras latitudes. 
            Las palabras y los días (Consejo Nacional para la Cultura y las Artes / Fondo de Cultura Económica, 2008) se trata de una antología introductoria, según Ricardo Cayuela Gally –compilador y prologuista–, integrada por 14 ensayos, 44 poemas y cinco prosemas provenientes del ¿Águila o Sol?, presentando lo más significativo de la obra paciana hacia los jóvenes en particular. El propósito fundamental de este florilegio “quiere ayudar a disipar algunos […] errores de apreciación con los mejores argumentos, los propios poemas y ensayos de Octavio Paz”. Y no es para menos, dada la mala fama endilgada hacia un polemista sin concesiones, cuya profundidad en el tratamiento del tema en turno –arte, política, poesía, preceptiva literaria, hasta la coyuntura del momento– más que convencer, convierte. Otro propósito que sustenta a la presente antología, es el objetivo de introducirse de buena manera hacia las Obras completas (cuyos quince gruesos pero imprescindibles volúmenes amedrentarían a cualquiera), suerte de salvoconducto de gran ayuda hasta para el más evidente de sus conversos. Además, su naturaleza asequible, desde su módico precio hasta el impecable diseño tipográfico, reafirma, claro está, el regocijo que origina su lectura.
            Un sol más vivo (Era / El Colegio Nacional, 2008), por otro lado, se enfoca en particular a la poesía de Octavio Paz, desde las primeras incursiones de su Libertad bajo palabra, pasando por los parajes de experimentación visual de Blanco y la cacería de los sueños de Ladera este, hasta los últimos poemas publicados en la revista Vuelta, cálida marginalia poética en sus años restantes de vida. Como resulta difícil preparar una nutrida selección de poemas, a sabiendas de reclamar, por ende, ciertas inclusiones y extrañas omisiones, los editores de esta antología creyeron pertinente que otro poeta –lector acucioso de Paz, naturalmente– se encargara de aquella empresa; el elegido para ello fue, con todo y sorpresa incluida, Antonio Deltoro, cuya obra poética debe mucho a la preceptiva paciana y, claro, a la de sus coevos más cercanos. Afortunadamente, Un sol más vivo, a semejanza de Las palabras y los días, también cumple con la finalidad de llevar la obra de Paz a viejos y nuevos lectores.
            Pasado y presente en claro (Consejo Nacional para la Cultura y las Artes / Fondo de Cultura Económica, 2010) aprovecha el vigésimo aniversario de la entrega del Premio Nobel a Octavio Paz, y nos entrega, además del discurso de recepción, un texto inédito que data de los años 60, “México, ciudad del agua y del fuego”, publicado en la versión en español de la revista Life, pero que el propio Paz olvidó incluir en su obra completa; el crítico Enrico Mario Santí, encargado de la edición, resalta la importancia de este texto sobre la ciudad de México, que, a casi medio siglo de su escritura, aún suscita asombro hasta en los pacianos de pura cepa. 
         Ante todo esto, ¿qué importancia tienen estas antologías de Octavio Paz? La misma respecto de Alfonso Reyes: acercarnos de primera fuente con las obras del autor, aunque la diferencia toral sería la siguiente: mientras que a Reyes se le puede perdonar todo (hasta lo dicho en su Diario, de publicación por entregas), para el caso de Paz esto aún se ve muy lejano. Algunos siguen sin perdonarle sus apreciaciones políticas, mientras que otros no saben por dónde ingresar a sus obras, dada la dimensión de su obra completa. De algo sí podemos estar seguros: de las buenas intenciones de sus antólogos; tanto Ricardo Cayuela Gally y Antonio Deltoro como Enrico Mario Santí deben estar orgullosos porque las obras de Paz ahora llegarán hacia más personas, pero esto no los conlleva a dormirse en sus laureles. Este ingente esfuerzo de divulgación apenas tiene a sus primeros guías, cuya propuesta antológica de un autor imprescindible en sí ya es la mayor recompensa. (Después de todo, no serán las primeras ni las últimas antologías que se hagan al respecto ¿verdad?)

miércoles, 19 de marzo de 2014

Ciudades que se llevan puestas

Ulises Velázquez Gil

No hallarás otras tierras, no hallarás otro mar. La ciudad habrá de seguirte. ¡Cuánta razón tenía Constantino Cavafis cuando urdió este verso!, emblemático de su poema “La ciudad”. Entre la aspiración del poeta a que un solo verso suyo quede inscrito en la memoria colectiva de las ciudades, han quedado para lectura nuestra varios poemarios en las letras mexicanas, prueba fehaciente del trato que la ciudad nos otorga. Sin olvidarnos de narradores nones como Agustín Yánez, Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco, Vicente Quirarte o Jorge F. Hernández, es la poesía el campo de batalla donde se pone a prueba la resistencia del viajero (flâneur), metido a cronista de sus días; Rubén Bonifaz Nuño, dos Efraínes (Huerta y Bartolomé), y los ya mencionados Pacheco y Quirarte, luego de conocer su bajofondo, no sólo se armaron de valor en describir la ciudad, sino plasmar en sus obras la agreste respuesta que ésta les dio.
Cuando una mujer (Eurídice a la inversa) se introduce en esos infiernos, quizás esperaríamos una respuesta menos alentadora, pero no es así. Y aunque Elva Macías lograra primero esa empresa en Ciudad contra el cielo, quien se tomara muy en serio esa intentona es una joven poeta que no creció dentro de una ciudad, sino que lo hizo a la par suya. Claudina Domingo, poeta con muchas millas de vuelo acumuladas, nos entrega un poemario lacónicamente llamado Tránsito, crónica en instantes de una urbe descarnada y a veces intolerable.
Veinticuatro poemas (como las horas del día) de largo, mediano y corto aliento conforman esta bitácora o guía desde, hacia y contra la Ciudad de México, que igualmente es un alegato por la ciudad que nos queda enfrente, una urbe que nos juega sucio a cada instante, escondida en la notoriedad del Eje Central, pródiga en quimeras y en milagros, imagen que insinúa evidente en la portada del libro. Nada lacónicas, la extensión y la forma de cada uno, que obedece al cambio de humor de la amanuense mientras se enfrasca en el engorroso trajín por la Ciudad de México; claro está que el desconcierto escribe buena parte de sus versos, pero al final queda una perla (o un garbanzo de a libra) donde se revele un prístino instante, primero de muchos pasos a la caza del tiempo: lo mejor de estar oscuro es transcurrir (tragaluz o enchufe) medio iluminado súbitamente prendido (consideré) [“Meztli”]
En su lectura de la ciudad, Claudina Domingo guarda sus mejores fuerzas en develar (silenciosamente) el ruido de la ciudad: se empeña en manejar su voltaje, a semejanza de un empleado de Luz y Fuerza, sustantivos que resumen la materia prima de la poesía, y como su similar laboral, se niegan a desaparecer: mientras haya luz, habrá fuerza, y estando ambas, la palabra siempre nos podrá de pie, sin importar qué tan agreste puede ser una ciudad.
(el poeta mira la calle) se inspira “es un decir” toma aire (toma vuelo) poesía (llena de nada) (el poeta) no es lo que cree ¿cree en lo que ve? (y llueve) no hay tropo que posponga este descalabro [“Aéreo”] Cuando Bernardo de Balbuena y Francisco Cervantes de Salazar escribieron La Grandeza mexicana y México en 1554, respectivamente, nunca pensaron que sendas obras inaugurarían una tendencia literaria muy presente en las letras mexicanas de hoy y siempre: tomar a la Muy Noble y Real Ciudad de México como tema de escritura. Empresa muy loable, a fin de cuentas; sin embargo, el tiempo (que sabe retocar muy bien sus cuadros) siempre acaba por hacer de las suyas y la ciudad idílica que plasmaron aquellos novohispanos nones y algunos caballeros andantes del siglo XIX, se tornaría una urbe odiosa, desesperante y voluble a partir del siglo XX. Desde el primer poema hasta el último, Claudina Domingo no hace otra cosa que sólo despertarla de su sueño de polen para traerla a un silencio reverberante donde las palabras (larvas) se agitan pero no florecen. Empresa nada nueva, dado que un colega suyo, Ramón López Velarde, se le adelantó por un siglo. Me imagino que mientras Claudina guardaba en su cuaderno las astillas de los lugares visitados y las cosas vistas al vuelo, el fantasma del zacatecano simplemente la veía gustoso y hasta cómplice en varias de sus andanzas. (A cada quién su santo ¿no?)
Con todo, el Tránsito poético de Claudina Domingo es apenas el primer movimiento de una larga obra, que, pese a estar estrechamente emparentada con los autores arriba mencionados, ella sabe muy bien cómo enfrentarse tanto a los desconciertos de la ciudad como a la página en blanco, a semejanza de la mítica Penélope; hoy en día, si seguimos a Vicente Quirarte, Penélope no se queda en casa. Antes bien, ocupa su sitio en la batalla. Lo ocupa y lo gana. Cuando regresa a casa, ordena sus armas y hace pacto de amor con el espejo. Y Claudina, cabe decirlo, lo cumple letra por letra, porque, a final de cuentas, las palabras son ciudades que se llevan puestas. (Quede en ustedes, estimados lectores, comprobarlo.)    

Claudina Domingo. Tránsito. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2011. (Tierra Adentro, 429)

(5/diciembre/2011)

miércoles, 5 de marzo de 2014

El entusiasmo y la devoción

Ulises Velázquez Gil

En uno de sus poemas autobiográficos que conforman sus Reincidencias, Carlos Pellicer hace la siguiente invocación: “¡Ay de nosotros/ si no fuera por la Poesía!”, y es verdad, qué vida sería la misma sin su presencia, porque como aseguraba otro poeta de largo aliento, Rubén Bonifaz Nuño, hacer poesía es como echar relajo, es decir, para ser libre con la vida (…según lo que diga el poeta en turno, claro).  
            Incipiente y experimentada en el misterioso sendero de la poesía, María de Guerra (cuyo nombre, en sí, ya es una reminiscencia de cantares antiguos y lejanos) nos entrega en Fervores algunos de sus trabajos por asir el tiempo: 45 poemas repartidos en dos secciones, que dan fe de un quehacer constante sin el asedio de modas ni tendencias en turno.
            La primera sección, homónima del libro, se ocupa de los hallazgos que el oficio poético confiere a los objetos y a las imágenes que cada día le entrega a su paso. Ella nos da, de primera fuente, su razón primordial: Mis intentos para explicar/ cuáles pies son dignos para secarlos con mis cabellos,/ mis cavilaciones para atrapar significados de incienso,/ son también/ artificios de la lengua./ Estos y aquellos trabajos/ son fervores. Si hacemos caso al diccionario, la palabra fervor tiene dos acepciones: entusiasmo y devoción. El esmeril de la primera ha esculpido versos como éstos: Soy quien hace cantar a las más violentas fragancias./ Soy de una humedad que casi flota, desciende, se posa./ La más discreta agua dulce, la más pequeña,/ la que en los campos deja escarchado todo/ para protestar por la torpeza de los que ignoran/ que diciembre ha llegado.
Respecto a la segunda, la encontramos cuando se constriñe a una mínima expresión poética, casi cercana al epigrama, como en “Felicidad” (Anda de paso en los hoteles de lujo/ y se da de lujo en los hoteles de paso.), “Oaxaca” (Oaxaca arde como un bordado./ En su mole negro, se adivina el futuro de un país.) y “Hierbabuena” (Hoja bonita/ que a falta de flor/ tirita.). De cualquier manera, otros serán los alcances que permita la poesía cuando llegue tanto su lector idóneo como su circunstancia propicia (o ¿debería decir propiciatoria?).
Para “Derrama solar”, el sendero poético de María de Guerra conduce hacia un territorio donde al poeta se le confiere una prístina labor: erigirse en cronista de colores y formas, en escultora de sonidos e imágenes, suerte de vicaría solar que, al intentar la descripción de todo su mundo, al final acabará por inventarlo. Tengo noticias de un Sol que está cantando como nunca./ Cierro los ojos para escucharlo: sol sostenido, dice,/ como todas las estrellas,/ pero es mi astro, y lo oigo claro, alto y claro. Y en otro lado, confirmar su expectativa: Tibieza que refulge como una orden de adoración.
También su poesía se viste de paisajista cuando, después del sol, enfoca su mirada en otros lares, y así compartirnos su paleta solar: Esas nubes pueden ser las gasas/ del vestido de una ajana recién violada./ Los volcanes tienen escalofríos./ […] La luz se reparte a cuchilladas.); para después volver al capricho del pequeño dios: Me gusta vestirme del gris para los días nubosos./ Una revolución sucede en las mañanas de mitad de mayo/ donde el aire cargado de lluvia/ destrona a los días de calor.
En la literatura, no es raro encontrar diversos homenajes al arte de la pintura, desde textos para catálogos hasta poemas de largo aliento. En la poesía de María de Guerra podemos encontrar algunos de ellos, donde cada pintor cuenta con sus propios colores; aún en la sobriedad o en un exagerado colorido, la deuda de admiración allí persiste. Mientras que al Dr. Atl le recuerda sus dones (¿Pero en qué peyote o promiscua retina encontraste/ tan ácidos paisajes que me entibian rostro y pecho?/ Son magnéticos celajes, a los que se si logro entrar de lleno,/ quemarían mis cejas, boca/ y toda labia.), a Picasso define con lapidaria admiración (Es el tiempo un cristal estrellado;/ que separa la embestida del pintor,/ […] Antes del óleo hubo un silbido desde las alturas,/ una explosión.), pero es El Greco quien acentúa su devoción contemplativa: Es buena la solemnidad, sólo si viene del pincel de El Greco./ No es suplicio, pero duele, y En este paisaje gris ominoso,/ la luz más insidiosa anuncia tormenta negra.
[Si en buena parte de Fervores abunda la luz, no faltan los claroscuros que engrosan, por fortuna y por desgracia, toda biografía de un poeta. Tanto el 11 de septiembre en Nueva York (Frágil, lunar y lunática […] Anda por instinto para sobrevivir en el caos) como el 15 de marzo en Madrid (Supimos de Atocha donde murió en espantoso retumbo la paz) incurren de alguna forma en su poesía.]       
            Con todo, Fervores de María de Guerra es la muestra fehaciente de la constante construcción de una geografía poética propia, destacando un oficio consumado que una intuición  prístina. A medida que nos adentramos en su lectura, salen a nuestro encuentro ecos de Góngora y Lorca, y si me corretean un poco, hasta de Carlos Pellicer. Si hubiera que hacer una genealogía poética, no dudaría en colocar a Fervores entre Deshielo de Claudia Hernández de Valle-Arizpe y Babia de Karen Villeda, aunque cada libro obedezca su propia autonomía, blindada para toda clasificación.
A final de cuentas, resaltarán el entusiasmo y la devoción por ceñir el recuerdo con la palabra, empresa bien lograda en este libro, que merece no una, sino varias lecturas, cuyos presagios siempre habrán de sorprendernos. (Así sea.)     

María de Guerra. Fervores. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2011. (Práctica Mortal)

(28/diciembre/2012)

jueves, 27 de febrero de 2014

Respuesta feisbuquiana en torno a Juan Villoro

Hace algunas horas, mientras revisaba la página que El Colegio Nacional tiene en Facebook, descubrí el siguiente comentario que me dejó impresionado, y cuyo contexto se desenvuelve en el ingreso de Juan Villoro como nuevo integrante de El Colegio Nacional. Cito: 

"Villoro debería ser también académico de la lengua para darle realce y seriedad a esa institución. Muchos de los que han ingresado en los últimos años me parecen menos que mediocres como intelectuales y peores aún como estudiosos de la lengua: Fernando Serrano Migallón, Julieta Fierro, Jesús Silva-Herzog Márquez, etc. ad nauseam."

Mi respuesta (palabras más, palabras menos) fue la siguiente:

Estimado VMM, tiene usted razón, pero no toda la razón. Y déjeme decirle por qué: 

1) No confunda la Academia Mexicana de la Lengua con El Colegio Nacional; ambas instituciones tienen su razón de ser y bien merecen tratarse con la debida distancia. (La historia de la AML tiene más de 130 años, mientras que El Colegio Nacional acaba de cumplir sus primeros 70 años; o lo que es lo mismo, no confunda gimnasia con magnesia.)

2) La AML, según usted, ha perdido seriedad. No lo creo. De hecho, dicha institución ha sabido renovarse muy a tiempo: por ejemplo, la nómina de indigenistas en su interior aumentó en los últimos cinco años (además de Miguel León-Portilla, hoy se encuentran Patrick Johansson, Leopoldo Valiñas, Ascensión Hernández Triviño, Concepción Company y, próximamente, Yolanda Lastra: todos, investigadores de alto nivel), en una corporación con una engorrosa fama de hispanista in extremo, y como en toda renovación que se respete, se necesita la perspectiva de la ciencia, el derecho, el análisis político, la historiografía, etc. Por ello, la inclusión de personajes (que usted considera faltos de ética, chambones en lo público y en lo privado) es más que necesaria. Sea cual sea el tamaño de su aportación, tanto filólogos y lingüistas no estarán solos en esa apasionante tarea de fortificar el español de México, que si me permite decirlo, más ha hecho la AML en los últimos años que la Real Academia Española en tres siglos de rancio abolengo. 

3) A usted le gustaría que Juan Villoro ingrese a la AML ¿no es así? (Piénselo mejor... y no se equivoque.) En su lugar, yo le aplicaría esa lapidaria respuesta de Julio Camba cuando lo propusieron para ocupar una silla en la Real Academia Española: Si la Academia es una distinción, mejor distinción es no ser de la Academia
Eso sí, me alegra sobremanera que Juan Villoro sea, desde el martes 25 de febrero, nuevo integrante de El Colegio Nacional, cuya principal divisa, Libertad por el saber, bien ha sabido ejercerla gracias a su personal estilo de narrar. Además, no estará solo en cuestiones humanísticas, dado que su padre, el filósofo Luis Villoro, es integrante del recinto de Luis González Obregón 23 desde hace más de treinta años. Sin contar los futuros enlaces con luminarias de calibre humanista como Miguel León-Portilla, Ruy Pérez Tamayo, Fernando del Paso, Pablo Rudomín, Enrique Krauze, Luis Fernando Lara, o Diego Valadés, por mencionar algunos de los integrantes del Colegio.

4) Por último, no se precipite en sus impresiones; recuerde que "el que se enoja, pierde". Lo invito a que revise con sumo cuidado la historia de ambas instituciones y justiprecie mejor el ingreso y exclusión de x o y personas, en el contexto donde se desarrollaron aquellas propuestas y elecciones. (Y como dice el dicho, "para el santo que es, con pocos repiques basta...")

[Y hasta aquí mi respuesta feisbuquiana reloaded.]

Si desean conocer mi humilde punto de vista sobre dichas instituciones -inclusive la Academia Mexicana de la Historia-, estoy con todo gusto a sus órdenes. Me dará mucho gusto conocer sus puntos de vista; favorables, adversos, intermedios, no importa. (Cuenten con ello.)

¡¡Muchas gracias!!