miércoles, 23 de octubre de 2013

Matria de palabras

Ulises Velázquez Gil

Un historiador ingenioso y andante, de nombre Luis González y González, nos regaló un neologismo hoy en día muy socorrido en su obra historiográfica: me refiero a la palabra matria, la cual, siguiendo su corazonada, “se puede abarcar de una sola mirada y recorrer de punta a punta en un solo día”. Trasladando estas palabras a la literatura, concretamente a la poesía, parecería empresa fácil, mas no del todo.
El ingenio poético de Karen Villeda nos entrega una obra de factura reciente donde entrar a territorio extraño se tornará imperiosa empresa: Babia. A la primera de cambios, con sólo mencionar esta palabra, de inmediato viene el lugar común: “Estar en Babia”, es decir, en la lela, fuera de sí, con pájaros en la cabeza, entre otras expresiones sinónimas. Pero si suscribimos nuestra curiosidad al vademécum o hacia cualquier tumbaburros, descubriremos que Babia es una comarca en el reino de León, lugar de reposo de la corte, y, si seguimos buscando, hasta sale a relucir una lengua de esas regiones, el bable. (En una palabra, es todo eso… ¡¡y lo que falta!!)
Compuesto por tres secciones, Babia presenta las miradas del padre, la madre y la propia autora, en afanes autorreferenciales, si se me permite decirlo. Comencemos por el padre, figura toral de “Escritura paternal”, a quien se le relaciona con el acebo, árbol conocido por su enorme firmeza que dura todo el año, de donde se fabrican muebles finos y hasta ligas para cazar pájaros; pero esos “muebles” tienen diseños como el siguiente: Desperdigo lutos. // Desperdigo lutos en la insolencia del herbaje alegando el nombre de la penumbra: Babia. Aquilato cada fisura en la clepsidra. Se humea el ramalazo del acebo.
El tiempo, verdadero artesano de la palabra, se encarga de preparar el ambiente por donde el monarca, Rey de Babia, asentará sus dominios, lares que no requerirán otra explicación sino la suscrita al poema “El Rey”: Leo el epitafio repujado en la frente del Rey: “No hay apego debajo de la savia.” […] El Rey de Babia posee la estancia de mis muertos, tiene la falseada aurora recogiendo desolación. […] No sé qué es un asomo de esperanza. (Lo que en la primera sección pareciera ser un canto al terruño, en esta parte la presencia paterna –residente en la figura del Rey– demuestra el lado opuesto, a un soberano empeñado en perpetuar su reinado, a expensas del tiempo que todo lo cambia a su paso; donde la esperanza –aludida, pero no asumida del todo– ni siquiera se cumple del todo. Es más, entre el gatuperio y el alano, el Rey suplicará la hoguera.)
Para “Lengua madre”, Karen Villeda persiste en su descripción de prosapias, pero con un poco más de esperanza dentro de sí. La dama retiene el cataclismo de pasos que regresan para traicionar al Rey de Babia. Hay que poner a prueba las cinturas. La serpentina encarnada de pupilas es el coselete de los caballeros. Miran de reojo a la dama. Su corazón está sentado en flor de loto. (¿Consorte? Preferiblemente consejera.) Un papel fundamental de la Dama es guiar al monarca, sin embargo, las victorias de esa corte agrupada en Babia no se cuentan por el número de adeptos en su interior, sino en la resistencia ofrecida en el refugio de las palabras. (La lengua es una deserción de la memoria, no hay pistas de saliva.)
A diferencia de la primera Babia vislumbrada al principio del libro, hay una segunda entre comillas donde se conjugan la escritura paternal y la lengua madre. (En Babia se nace en la riada del silencio. “Morí en la palabra.” // Nací en la infertilidad del Rey de Babia. De ningún modo la resurrección.) No queda sino avocarse hacia una consecuente caída, cuyas palabras se queden fijas, como una patria plena de silencios. Paremos un poco el carro: si la Babia sin comillas del Rey alude a un reino perdido, ideal si se quiere, entonces la entrecomillada por la Dama se vuelve utopía de palabras cuya única certeza es la desaparición, y, por añadidura, el recuerdo y la vida que sus habitantes le ofrendan a cabalidad.
Para la última sección, Karen Villeda deja a lado la interpósita persona y, de primera mano, también habla de su reino vencido. Tres ligeros apartados –como las partes que componen Babia– terminan volviéndose su matria particular. En “La rabia de los viejos”, nuevamente es la figura paterna quien lleva la voz cantante; paraje de silencios al fin y al cabo, esta reminiscencia paterna encuentra particular descripción en el siguiente poema: Yo te he visto llorar. // Esto es el silencio, M. A., halagar a las palabras con la punta de la lengua. Respecto al Rey de Babia esbozado al principio del libro, el recuerdo paterno demuestra un destino de palabras, en aras de cristalizarse con la escritura, elemento que resiste todo embate del tiempo. Sobre “Iris”, Villeda persiste en develar su parentalia, donde la firmeza de la raíz materna ayuda a explicarse mejor. Espejismos de recuerdo, tierra jurada, fogonazo para la oquedad: Babia. // Una prisa de labios que se consagra en el umbral del tragaluz. Babia. […] Alguna vez, Iris y M. A. volvieron desechos a Babia, en la elocuencia de piernas y brazos. Alguna vez, retornaron al anonimato. (En pocas palabras, Babia ¿es a Karen Villeda lo que Yuria para Jaime Sabines, una residencia para sus manes, o el ansiado hogar sólido?)
Tanto las intuiciones del poeta como su recuerdo familiar encuentran su morada final en “Diario de viaje”, suerte de reflexiones acerca del principio del mundo, el pueblo natal del padre, expandido en otros reinos gracias a la poesía; de cualquier manera, como aseguraba Eugenio Florit, “los poetas somos felices escribiendo cosas tristes”. (He lloriqueado tu rostro hasta decir basta. // Hay que desgajar esta mirada para darla de comer a las palomas.) Y si el recuerdo nos hiere, como si fuera una canción de José Alfredo Jiménez, concluiremos con la autora que Babia es un muerto a cuestas en el dorso de mi padre o ese niño. (A final de cuentas, el exilio.)     
Volvamos a las palabras de Luis González y González acerca de su neologismo; si las aplicáramos a Babia (como así también con el poemario de su preferencia), la mirada familiar es el leitmotiv que sustenta la corte desdibujada en la primera mitad del libro, y las puertas que se abren día tras día son las imágenes con que Karen Villeda intenta descubrir su origen. En una palabra, la poesía crea, descubre y transforma. Dentro de la geografía poética de México, las búsquedas de Babia en cierto modo serían las mismas de Sin biografía de Claudia Hernández de Valle-Arizpe, o de Contramundos de Ingrid Solana; en todos los casos: íntima lectura del mundo, matria de palabras que persisten, como quiera que sea, en el prístino itinerario de la poesía. (Ojalá que sí. ¡¡Ojalá!!)      

Karen Villeda. Babia. México, UNAM/Dirección de Literatura, 2011. (Ediciones de Punto de Partida. Poesía, 8)

(18/mayo/2012)

viernes, 11 de octubre de 2013

Primer viaje, primera mirada

Ulises Velázquez Gil

A diario y en toda ocasión, toda primera vez es siempre la mejor: una amistad incipiente, una ruta para llegar a casa, el uso de un nuevo aparato que supla al celular de mil batallas, por mencionar otras maneras de llamarla, al final todo deriva en un primer viaje por donde quiera que se vea. Pero cuando éste llega a nosotros en la infancia temprana, éste resultará el mejor de todos.  
Para celebrar sus primeros 44 años de servicio (y en espera de grandes glorias por venir), el Sistema de Transporte Colectivo (Metro) tuvo la original y novedosa idea publicar una antología de textos alusivos a ese primer viaje en Metro, como resultado de un concurso que se convocó a principios de año, dirigido hacia niños de entre 6 y 12 años. De todos los trabajos recibidos, se eligieron 40 finalistas, y a partir de allí, se eligieron los 24 más significativos (incluyendo los ganadores de los primeros lugares) para que esa antología se hiciera realidad.   
Muestrario de incipientes exploraciones subterráneas, Un metro de aventuras nos presenta 24 maneras de vivir la primera impresión que el Metro dejó en aquellos protagonistas y viajeros en proceso de germinación. (Aunque para muchos, ese primer viaje nunca termina del todo...) En su generoso prólogo, Leo Mendoza (cuyo primer recuerdo del Metro se remonta a una tragedia familiar) es enfático al decirnos lo siguiente: […] el Metro no deja de sorprendernos, imaginemos por un momento lo que ese espacio significa para un niño: más allá de los apretones, las incomodidades y uno que otro abusivo o vivales, en este medio de transporte viajan diariamente millones de historias, algunas tan buenas que luego pasan a ser parte de las noticias, de alguna novela o hasta de una buena película.
De aquellas historias nacidas en el Metro, recuerdo con especial atención “Dos palabras”, escrito por María Fernanda Blas Gómez, alumna de secundaria, primer grado, quien descubriera en la Línea 12 uno de muchos sinsabores que la vida nos entrega sin aviso previo, pero también se le develó un milagro inusitado: […] ese día yo descubrí el significado de la palabra “divorcio”. Como hija había escondido mi cabeza para que no me doliera la separación de mis padres, la ruptura de mi familia. Pero también descubrí el significado de la palabra “amistad”, pues créanme, a partir de ese día Camila y yo somos grandes amigas, las mejores confidentes, las mejores comadres. […] estoy segura que en esa línea Dorada siempre la recordaré porque en ella nació una amistad que espero dure por toda la vida.
Dos historias dignas de notar en Un transporte de aventuras: “La patita de Cenicienta” de Karla Jazmín López Pérez (1° primaria) y “El bautizo de mi gatita” de Brenda Magaly Gómez Sandoval (5° primaria). Para el primer caso, a raíz de un descuido al momento de abordar el vagón, la protagonista (Cenicienta versión petite) queda atrapada al filo del tiempo. (Desde ese día siempre cuidé de dar el paso más grande al subir al vagón. Jamás olvidaré ese momento. Aún tengo miedo y sigo calzando pequeño a pesar de mis siete años.) Mientras que para el segundo caso, la nomenclatura de las estaciones que integran la Línea 1 ejerce una sorprendente atracción hacia una niña, en el afán de nombrar a su nueva mascota. (Viajábamos por la línea Uno, estaba yo tan concentrada en el nombre que no me di cuenta en qué estación nos encontrábamos cuando mamá y papá preguntaron: “¿Dónde estamos?” De pronto alcé la vista y leí estación del Metro Balderas, y se me vino una idea genial. –¿Mamá, puedo ponerle a mi gatita Balderas? Mamá contestó con su linda sonrisa: –El nombre que tú quieras está bien, mi princesita.)
Muestrario de viajes del campo a la ciudad (sin dejar el D. F.), enlace de museos, reunificador de familias y generador de nuevas amistades, entre otras sorpresas llevadas de la mano de la fantasía (como un Buzz Lightyear al rescate del juguete perdido, un escape subterráneo de una guerra mundial, o la antesala de un viaje intergaláctico), el Metro nunca deja de sorprender a estos pequeños buscadores de la serpiente naranja, y desde su prístina perspectiva (sin los prejuicios que nosotros, metronautas de tiempo compartido, acumulamos a lo largo de los años) nos enseñan a valorar con justeza un medio de transporte indispensable en nuestras vidas, y que, sin tarifas diferenciadas ni tragedias en hora pico, la vida en el Metro es la mejor visa al paraíso.
A la primera de cambios, quizá sólo sean las primeras palabras de escritores ocasionales, pero confío plenamente en que varios de los 24 niños que nos contaron su odisea personal en Un transporte de aventuras, en un futuro no tan lejano persistan en el afán de contarnos más historias del Metro, porque hay dos cosas en esta vida que nunca se dejan de hacer: viajar y soñar, y en ambas, ellos lo saben de sobra, no existen límites. Ante nuestros ojos, siempre observaremos un primer viaje, pero ante los suyos, una primera mirada es innegable. Para lo demás, quedará el tiempo. (Verdad que sí.)

AA. VV. Un transporte de aventuras. El Metro a través de la mirada de los niños. México, Sistema de Transporte Colectivo Metro / Para leer en libertad, A. C., 2013.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Etapas de un viaje

Ulises Velázquez Gil

Antes de consolidar su fama gracias a la saga de siete novelas en torno suyo, Maqroll el gaviero –extensión poética del colombiano Álvaro Mutis– hizo escala en los llamados “Hospitales de Ultramar”, donde sobrevivir era un deber de viajero; superado ese trance, el resto llegaría por añadidura. Sin embargo, hay otro tipo de viaje poético no exento de suscitar pesadumbre que anagnórisis, y eso hasta el poeta menos aplicado lo sabe.
Peregrina desde el nacimiento (puesto que nació en Oaxaca), Ingrid Solana nos entrega en Contramundos una peculiar manera de enfrentar sus viajes poéticos; a guisa de itinerario, éste se compone por cuatro libros, con un protagonista y una trayectoria propia, en apariencia opuestos, mas no del todo. Entremos en materia.
“Yeguas de luz”, primera sección del libro, sirve como piedra de toque desde donde Solana comenzará su retrospectiva. Si hubiera un punto de encuentro de varios escritores oaxaqueños, es hablar de su tierra, de las maravillas que ésta encierra. Y una de ellas quede como primer ejemplo: Propiciar la materia/ las palabras que cabalgan al centro,/ al mío./ Despertar las yeguas de la infancia,/ el poder entrelazado su fuerza/ luminosa./ Recuerdo/ el tejido de un huipil y/ el verano descarnado en sus destellos./ Los imaginarios cristales de mi vida […] Si una primera lectura permite una adelantada impresión, la autora nos comparte los primeros guiños de su tierra natal, donde el recuerdo de su abuela –dos veces matria– y los colores con que se describe Oaxaca toman por asalto el verso y, como en el hexámetro homérico, una diosa canta, o por lo menos, se le aproxima: Zapoteco acaricia el destello a mis orillas/ y la lengua respira hecha de sueños/ en el mar de mis recuerdos sosegados. Así como en Chiapas y en Tabasco cuando se levanta una piedra un poeta aparece, con los autores oaxaqueños ocurre algo parecido: la raíz zapoteca no duda en hacerse notar. Andrés Henestrosa lo supo muy bien –y que me desmientan las miles de páginas escritas en torno suyo–, y si me permite la autora, no dudaría en colocarla junto a él: No se detienen los sueños de la infancia/ que dibujan la impronta de la espera entre los huesos./ No se detienen los primeros sonidos del recuerdo,/ los olores a pan viajando desde lejos./ […] Son de huellas,/ los caminos trazados en la tierra de mi pueblo,/ un pueblo seco perdido entre los cerros. […] (Honor a quien honor merece.) Respecto a la yegua que Solana emplea para viajar con la poesía es una forma precipitada para asir el recuerdo, como el unicornio soñado por Deckard en Blade Runner. A final de cuentas, para hablar del viaje, no debemos salir del punto de partida.
Para “Contra/aullar”, la luz de la sección anterior se torna sombra en ese recorrido. Si la yegua de luz lleva consigo un recuerdo prístino y una deuda de cariño hacia el origen, para esta sección, regida por un sentido canino, es temor y reclamo, soledad y auxilio. El aire tétrico recorre la ciudad nocturna/ con su murmullo habitual y su violencia./ Son grises las paredes de mi cuarto oscuro/ y entre los ojos se me clavan los gritos de los perros. Donde la mayoría observa fidelidad y hasta un dejo de “humanidad”, Ingrid Solana endosa al perro una queja ante el desconcierto de la realidad. Siempre hay un perro que grita más fuerte,/ que arrebata de dolor toda su ira./ Y cuando la noche se traga voraz sus lamentos,/ el sueño no viene/ ni penetra con el frío/ la memoria adormecida. Si en los versos anteriores quien tiene la palabra es testigo de los hechos del perro, al final de cada página su versión de primera fuente no se hace esperar: [No cazamos sino olores,/ nuestras patas están tejidas con las huellas/ de una caza sin nombre de un solo rastro] (Si se me permite el lugar común, entre más conozco al hombre, más quiero a mi perro. Qué remedio.) Aún así, la querella con que se conduce el canino protagonista es reclamo, cierto, pero también odisea; nunca se deja de contar un peregrinaje: [De odios perros murieron mis ancestros,/ y como todos los abuelos/ marcaron territorio con orina], porque, después de todo, […] es necesario creer que tenemos nombres,/ que me distingue esto que hago delante del papel.
Para “El exilio de los gatos”, la autora se solidariza con un animal que no ha vivido un peregrinaje, sino que se trata de su figura misma; desde tiempos inmemoriales, del altar al ostracismo, el gato, literalmente, vive a salto de mata. Para hablar de ellos, Ingrid Solana los ubica en una “casa”, una residencia preñada por la nostalgia. (Nostalgia… ¿de qué?) Escuchemos con atención: La casa azul es una IMAGEN BLANDA,/ un murmullo silencioso,/ insignificante./ Nada detiene los lamentos del gato que la mira. (Si observamos minuciosamente, encontraremos en el verso la inclusión de palabras con letra mayúscula; me imagino que para enfatizar el hilo conductor del poemario. Es más, si nada más leemos esas palabras y de forma seguida, ¿tendremos acaso otro poema diferente? Sería una posibilidad no muy lejana después de todo.)
Además de contar un exilio con la aparición de un personaje llamado Gato King, “El exilio de los gatos” se torna una épica del instante, suerte de microhistoria felina donde la querella por el poder, sobre todo por la sobrevivencia, es toral destino. Gato King OTEA el horizonte con sus pupilas ciegas,/ lo abordo, lo tomo entre las manos,/ se retuerce ante el contacto,/ quiere su LIBERTAD Y asistir al peligro de la casa,/ a su imaginario eterno. (“La casa me protege del frío, de la lluvia, pero no me protege de la muerte”. Sin sentirse animal, Jaime Sabines ya lo sabía de antemano.)
Entre el exilio y su residencia, y las polémicas por la supremacía gatuna, Solana recalca la cercanía del gato, inclusive ponderando sus cualidades y, si se permite, hasta sus defectos más evidentes: Para no escuchar los ruidos del mundo,/ los gatos se taparon los ojos/ y aprendieron un LENGUAJE MUDO,/ rotundo en vocales abiertas,/ pétalos vacíos de DESPOJOS. […] Los gatos desean abrir todas las puertas/ y no sucumbir ante las redes eléctricas/ de las seguridades humanas./ Los gatos desean su libertad/ a través de la posesión de alguna certeza.
Y ya que la palabra certeza aparece en escena, un animalito que se relaciona casi por completo con ese concepto es, sin duda, el grillo, protagonista de la última sección de Contramundos. Como en la segunda parte del libro, “La casa de los grillos” cuenta dos voces: la del poeta y la del objeto, en este caso, el grillo. (Un solo a dos voces, si hacemos caso a Octavio Paz y Julián Ríos.) [Llegué a la casa de los grillos/ a través de mi cansancio./ Había metido mis cosas en cajas./ Había dejado la palabra amistad/ entre cartones./ La casa de los grillos/ es un ático entre los cerros], a lo que el grillo responde: /Un grillo es la espesura/ invisible del sonido.
A lo largo de los poemas, la voz de Ingrid Solana se halla estacionada en una mudanza, en desempacar las emociones y mirar a la distancia lo que se deja detrás de sí, y el paisaje que se avecina; aunque, a decir verdad, la mudanza real ocurre en casa propia, donde el inquilino oficial, seguramente lo habrán notado, es la consciencia o el resabio de ésta. [La casa de los grillos/ sacaba las historias de las cajas./ Estaba mi abuelo,/ un margen nostálgico en el/ blanco y negro de sus ojos llamas], mientras que el grillo persiste en una apacible morada: /El grillo descansa cuando/ la mañana vierte sus alas en/ la fugacidad del silencio matutino. En suma, la voz de la poeta inscribe la ausencia en el acto de mudarse, aún en casa propia, y la voz del grillo, recobrar el silencio, a manera de anagnórisis y acompañamiento por estos lares donde la nostalgia quizás haga de las suyas. (Hasta que la poesía lo permita ¿no creen?)
A guisa de conclusión, Contramundos es un itinerario de acompañamientos, donde Ingrid Solana representa a los animales como parte de una evolución poética; el reencuentro con la matria (“Yeguas de luz”), la pesadumbre de la realidad (“Contra/aullar”), el aprendizaje del exilio (“El exilio de los gatos”) y la esperanza recobrada (“La casa de los grillos”) hacen de esos mundos posibles las etapas de un viaje en continua transformación, donde la palabra es la llave de entrada. Después de todo, habremos de suscribir lo dicho por Samuel Beckett en Cómo es: “Los animales saben”, y hasta la propia autora lo reconocerá sin tapujos. Luego de leer este libro, contemos que ustedes también así lo crean. (Ojalá.)

Ingrid Solana. Contramundos. 2ª ed. Toluca, México, Instituto Mexiquense de Cultura, 2011 (Piedra de Fundación).

(22/junio/2012)

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Leer a ojos vistas

Ulises Velázquez Gil

Para quienes tenemos el hebdomadario deber de confeccionar –muchas veces en horas 24− una columna, los temas que se nos presentan para ello aumentan de interés y se torna algo difícil de elegir para deleite y comodidad de nuestro lector del siguiente día. (Ahora que los libros en mi mesa de trabajo se multiplican inexplicablemente, también he tenido ese mismo predicamento, donde, por fortuna, tengo la última palabra, y estas líneas tienen a bien comprobarlo.) 
Para Jorge F. Hernández esta empresa es cosa en apariencia fácil, puesto que cada semana trae consigo un tema de sumo interés que merezca unas cuantas páginas de su parte, y añadirlas a ese torrente de Agua de azar que disfrutamos cada jueves en un periódico de circulación nacional. Luego de una constancia de diez años en el oficio como en el espacio, digno es hacer un alto el en camino, un corte de caja, o simplemente reunir lo más granado de sus artículos y darles hogar definitivo en un libro.
Escribo a ciegas se compone de 127 artículos, bien seleccionados por su colega trasatlántico Antonio Muñoz Molina (de quien el propio Hernández reunió en Travesías una nutridísima producción periodística), que van de los temas más nimios hasta el recuerdo familiar, llevando la cuenta del tiempo presente. Aunque no más que agua pura –con ganas de ser siempre agua pura− estos textos son breves ensayos, intentos de crónica, reseñas frustradas y párrafos sueltos que llevan entre líneas cicatrices y heridas de vida ya pasadas por debajo del puente. En realidad, son páginas a la mar que fueron leídas por lectores fieles o asiduos u otros, ocasionales o circunstanciales. (Como aquel que dejara en la Estación de Atocha el recorte de la columna que nuestro autor dedicara a las víctimas del atentado perpetrado aquel 11 de marzo de infausta memoria. Un lector ejemplar, sin duda.)
A la manera de otro eminente ensayista, Gilbert Keith Chesterton (“El príncipe de la paradoja”), en Escribo a ciegas cualquier objeto que se lleva dentro de la bolsa merece con justeza unas cuantas líneas, una divagación o quizás un homenaje, tal es el caso de sus libretas favoritas, “Moleskine”. Una vez abierta la tapa de una nueva libreta no hay vuelta de hoja: queda toda la vida por delante para llenar sus páginas. Allí quedarán pensamientos en párrafos cortos y diatribas que se van desenrollando como un icono de círculos concéntricos; allí sobrevivirán dibujos acuareleables y mapas de lugares imaginarios, caricaturas de seres invisibles y todos los juegos de palabras. (Si lo pensamos un poco mejor, acometer la escritura de una columna, es muy parecido a ese acto de la libreta nueva, por aquello de esbozar un primer sueño, de remarcar la inusitada efeméride del corazón, o también, si el espacio nos alcanza, trazar la nomenclatura posible de una ciudad invisible.)
Como en Signos de admiración –su hermano mayor, literario hasta la fraternidad−, Jorge F. Hernández sigue aplicando el cioraniano ejercicio de admiración con los personajes que tuvieron la dicha de enseñarle enormes minucias para sobrellevar una ardua navegación por las aguas del azar; John Belushi, George Plimpton y Rapi Diego desde la experiencia vicaria; El Quijote, Charles Dickens y Chesterton en la virtual; Pepe Balsa y sus padres en la vivencial. (Paréntesis aparte: ha querido el agua de azar que los textos dedicados a sus padres, “Gargantilla” y “Madre, memoria”, pudiera yo leerlos uno seguido del otro, como permitiéndose una lectura uniforme. En otro momento habré de conocer los textos intermedios, pero ese cariñoso detalle se agradece a todas luces.)
¿Por qué Escribo a ciegas? Cuando el periódico llega día tras día a millones de lectores, los textos de la sección editorial y las respectivas columnas del resto de las secciones, el autor no sabe quién es o será en verdad su lector, por ello “escribe a ciegas”, como aquel desesperado marinero del submarino Kursk, en lo que sería su último suspiro; pero no para Jorge F. Hernández, quien escribió para descargo suyo –y de todos sus colegas− lo siguiente: Uno escribe porque sabe que alguien podrá leer lo escrito. Sin remitente fijo o con dirección intencionada, uno escribe para reflejarse en la página y abrir la posibilidad de que ese reflejo sea el espejo del otro. Al escribir, la callada ceremonia de ir juntando palabras sólo es escuchada por la propia pluma. Pero al leer, se recrean los sonidos y uno percibe la voz del escritor, porque escuchamos nuestra propia voz: el círculo se completa.
En su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, Felipe Garrido insiste en ver los que hay detrás de cada signo que nos rodea, es decir, en ese afán de leer el mundo, “donde nos servimos de cuanto la naturaleza, la tradición, el arte, la ciencia y la tecnología ponen a nuestro alcance”. Esto se cumple a cabalidad con Escribo a ciegas, porque ningún tema se deja de lado, y ello permite que nuestra lectura del mundo sea más llevadera y, si se me permite decirlo, hasta sorprendente.
Finalmente, de eso se trata, de leer a ojos vistas, para que ese mundo de papel periódico, y ese otro donde la verdad está allá afuera, suscitando muchos oleajes del agua de azar, en cuya sustancia Jorge F. Hernández es capaz –ahora y siempre− de regalarnos autores nuevos y una que otra razón para plantarse frente a la computadora y escribir el mensaje recibido de una zarza ardiente, que –por comodidad o por respeto− llamamos epifanía. Después de todo, por lectores leales y fraternales no pararemos. (De verdad.)  

Jorge F. Hernández. Escribo a ciegas. Antología de Agua de Azar 2000-2010. Selección y prólogo de Antonio Muñoz Molina. México, Trilce / Universidad Autónoma de Nuevo León, 2012. (El Encarguito)

(21/diciembre/2012)

viernes, 20 de septiembre de 2013

Historia de México a domicilio

Ulises Velázquez Gil

Hace dos años, mientras revisaba las notas que mis contactos habían puesto en su perfil de Facebook, di con una nota sobre el libro Viaje por la Historia de México, de Luis González y González (cuyo cumpleaños 89 hubiéramos celebrado ayer), mismo que llegó a muchos hogares de México, como parte de los cacareados “festejos" del 2010. Cuando leí con cuidado dicha nota, me sorprendí mucho porque las ponderaciones hechas estaban escritas, más que con la cabeza y el corazón, con el hígado. Y no es para menos: por la pretendida y faraónica celebración, a esta obra de don Luis le seguirán lloviendo las críticas. Pero vayamos por partes.
Se dice que dicha obrita cuenta con "una visión muy corta de la historia de México y queda como un 'paseo por la historia de México”. Siento decepcionar a quien escribió esas líneas. Todo ensayo, sin importar si quien lo urdió fue escritor, político (de los que ya no existen, claro), periodista o historiador −en el presente caso−, es, en sí, un paseo. La presencia de Luis González y González en la historiografía mexicana, llenó de nuevos aires el anquilosado campo de la historiografía mexicana, empecinada, según algunos, en atiborrarse de datos, referencias, terminajos y todo tipo de jergas gremiales que flaco favor le hacen a la difusión de la historia. Es decir, llevar las palabras domingueras al plano de la investigación.
Pese al desconcierto de sus colegas, su microhistoria de San José de Gracia, Michoacán, de nombre Pueblo en vilo, fue celebrada hace más de cuarenta años por plumas del calibre de Jorge Ibargüengoitia y Jean Meyer; Daniel Cosío Villegas, en académica complicidad y con voz de mando, ordenó su publicación en El Colegio de México. Y el resto, es historia... (El Colegio Nacional y la Academia Mexicana de la Historia todavía se lo agradecen.)
Volviendo a Viaje por la historia de México, claro está que reprochamos la ausencia de muchos personajes, pero hagamos un poco de memoria. Hace unos diecisiete años, la naciente editorial Clío (casa editora que publicó la obra completa de González y González en doce tomos), y motivada por Bancomer, sacó a la luz el hoy legendario Álbum de México, también de su autoría, y dirigido hacia los niños de la escuela primaria. (Todavía recuerdo a mi hermana que, por iniciativa de su maestra de 5o. año, yendo cada semana al banco por sus estampas.) Y creo que con esa empresa, muchos nos acercamos a la historia; y por González y González, mayor privilegio aún. Lo que hizo el gobierno federal en la coyuntura de los Centenarios 2010, ya cambiado el nombre original y con unas palabras preliminares de sobra (escritas por el político del momento, cabe decirlo), fue retomar una idea muy buena, pero con el destinatario equivocado: esa obrita quedaba mejor con los niños. (¡¡Y eso don Luis lo sabía muy bien!!) De cualquier forma, como reza en su prólogo, “no desmerece la lectura de los adultos”. (Como quien dice, don Luis es inocente.)
(Paréntesis aparte: sin picarme de pretencioso, creo que la obra que sí merecía llegar a cada hogar mexicano, era la Historia de México, que confeccionó la Academia Mexicana de la Historia a petición gubernamental −de cuya primera edición casi agotada se envanecía el entonces secretario de Educación, Alonso Lujambio, cosa que aún dudamos−, y que al mencionar en estos momentos, desatará otra polémica similar. Entremos en materia. De las opiniones que escuché al respecto, se encontraban las siguientes: "Bola de vendidos", "pura historia de bronce", "de a como el chayotazo", "obra pretenciosa", "mejor hubieran llamado a Lorenzo Meyer", "está mejor la del COLMEX", "otro pinche librito oficialista", y mejor le paro... Vamos por partes. Si fue encomendada a una insigne institución como la Academia Mexicana de la Historia, se debió a lo siguiente: es uno de los organismos que goza de cabal salud en cuanto al estudio de la historia mexicana se refiere, y mejor elección no hubo para ello, porque la pluralidad de sus integrantes: unos, francamente admirados, y otros, odiados al unísono, ayudará a entender mejor el crisol temático en aras de enseñarnos mejor acerca de nuestra historia. Bien sabemos que no es un libro definitivo, pero al menos es de gran ayuda. Mientras suscite nuevas y sesudas investigaciones, y genere una crítica constante, nunca será una obra del todo vana. Sólo el tiempo...)
En resumen, el Viaje por la Historia de México no es una obra del todo perdida mientras busque su destinatario ideal: en su caso, los niños, que merecen empezar de buena manera; eso lo tuvo muy bien presente Luis González y González, que no se les olvide. Y sobre la Historia de México (con todo y que las presencias de Moisés González Navarro, Josefina Zoraida Vázquez, Enrique Krauze y Javier Garciadiego, por mencionar algunos, sigan en la mira de tirios y de troyanos), creo que es el libro que sí merecía llegar a todos los hogares de México. Mejor dicho: la terquedad gubernamental y bicentenaria hubieran ganado más si dichos libros hubieran llegado juntos, como en paquete, para empezar mejor el largo y grato camino de la historia mexicana. El resto, sobra decirlo, depende de nosotros. (Ojalá… ¡¡ojalá!!)

Luis González y González. Viaje por la Historia de México. México, Fondo de Cultura Económica / Secretaría de Educación Pública, 2010.
Gisela von Wobeser (coord.). Historia de México. México, Fondo de Cultura Económica / Secretaría de Educación Pública, 2010.

(12/octubre/2012)

jueves, 19 de septiembre de 2013

Escritores ejemplares

Ulises Velázquez Gil
  
Todo lo sabemos entre todos, reza la máxima alfonsina por excelencia, que nos obliga a seguir avanzando en el aprendizaje de la cultura; concretamente, en la literatura mexicana del siglo XX. Cuando en ese trayecto nos topamos con un sólido edificio llamado tradición, descubrimos que esa empresa (el conocimiento), se antoja apasionante que motivacional.
Un personaje atípico llamado Carlos Monsiváis, fundador de una fuerte tradición citadina llamada crónica, hace una escala íntima en su (ya de por si) vasta bibliografía para ocuparse de diez escritores primordiales en las letras mexicanas, que aún suscitan enconadas polémicas que simpatías aseguradas.
Escribir, por ejemplo (título de raigambre nerudiana, para más señas), reúne diez acercamientos en torno a algunos autores de notoria presencia dentro de la cultura mexicana. (Si al término de este párrafo, el lector piensa que se trata de un almanaque más, y con sólo ver a los personajes de marras piensa que no haya más qué decir sobre ellos, aquí va, entonces, una posible razón para ajustar su perspectiva.)
“Pinta tu aldea y pintarás al mundo”, solía decir León Tolstoi; para construir una obra propia donde se consigne el espíritu de su tiempo, digno es nutrirse del conocimiento local (entiéndase idiosincrasia), pero también de lo producido en otros lares. Para los diez autores que retrata Monsiváis, asumir una identidad propia englobaba, colateralmente, encontrar su propia residencia al exterior de sí mismos. A las tradiciones literarias las construyen simultáneamente las herencias nacionales y las internacionales […]; los autores irrenunciables y los relegados por los vuelcos de la memoria; las leyes del Mercado, y su juego cada vez más artero de inclusiones y omisiones; los lectores asiduos y los intermitentes; los gustos genuinos y las predilecciones volátiles; los temperamentos intransferibles y las tendencias de época. Ante esta profesión de fe, figuras como Ramón López Velarde, Alfonso Reyes, Julio Torri, Agustín Yáñez, José Revueltas, Juan Rulfo, Augusto Monterroso, Rosario Castellanos, Jaime Sabines y Carlos Fuentes en algún momento de su trayectoria han conocido la gloria del renombre o el infierno de la omisión (o ambas, si se quiere ver así). En su formación como gente de letras, de alguna manera se empaparon de los entornos local y lejano, hasta llegar al punto de superar toda clasificación existente y crearse una propia: llamémosle género, literatura, lugar común o tradición.
Para un joven abogado llegado de la provincia, recrear su paraíso zacatecano, impregnado de religiosidad y colorido, mediante la poesía, nos ayudó a reconocer una patria equidistante del tiempo, aún resonante en las ediciones críticas de su obra como en el ornamento popular del habla diaria. Aquel abogado y poeta llamado Ramón López Velarde (pese a su fugaz existencia terrenal) instauró una tradición de cantarle a la querencia propia, volviéndose lugar común de manuales para declamador y hasta del playlist de una sinfonola o un iPad. (López Velarde, una adicción perdurable de los lectores de varias generaciones.)
En esa búsqueda de lo universal sin olvidarse de lo nacional, Alfonso Reyes toma partido a favor de la literatura y se empeña en defender la redención por la letra escrita, a pesar de que las circunstancias se escribieran con pólvora quemada o adhiriéndose a regímenes funestos, tales los destinos de su padre y su hermano, respectivamente. Y en esa disyuntiva, contar con la tutela y el compañerismo de Pedro Henríquez Ureña, lo insta a seguir en su trinchera de letras, para que la experiencia alfonsina se resuma en el siguiente apotegma monsivaiano: La claridad es una cortesía del intelecto, sería su conclusión. (El exilio, elegido o forzado, quedaría disminuido ante la inmensa cantidad de páginas que Reyes escribió a lo largo de veinte años; todas, de impecable calidad. Al final, la tradición en Reyes rendirá pleitesía al México que nunca lo dejó morir solo.)
Un clásico, entre muchas otras cosas, es un libro leído por cada generación como si apenas se publicase, y no se determina por fechas de impresión sino por la cercanía o la distancia de sus lectores. Quién lo duda: es también propio de la literatura la recreación, la reinvención y la metamorfosis del tiempo transcurrido. Para el caso de los narradores pintados en Escribir, por ejemplo; recrear y reinventar se tornan acciones imperiosas en pro de renovar los territorios de la literatura mexicana. Yáñez y Rulfo recrean la provincia y sus infiernos en cuentos y novelas que vuelven a un pueblo de mujeres enlutadas nación hermana de esa sucursal del Purgatorio llamada Comala. En la Ciudad de México, esos ambientes sórdidos hacen eco en los personajes de Revueltas y Fuentes; mientras los primeros no niegan su vaivén fatalista, los segundos asumen su lugar en el coro citadino donde el “Aquí nos tocó, qué le vamos a hacer” lo resume todo.
Y si de reinvenciones hablamos, Julio Torri y Augusto Monterroso hacen del desconcierto su carta de residencia para que, lacónicos y estrategas, sus narraciones despierten interés y una muy marcada incertidumbre, resultante en el chascarrillo o la frase hecha, propiciatoria del name drop. (La miniatura torriana, coto de sibaritas; el caballete monterrosiano, laberinto sin atajos.)
Respecto a la metamorfosis del tiempo transcurrido, esto se realiza a cabalidad en la poesía. Además de López Velarde, Carlos Monsiváis se ocupa de dos poetas primordiales que, amén de compartir un origen geográfico −Chiapas−, se tornaron paradigmas de la poesía mexicana, vistos desde un prisma popular: Rosario Castellanos y Jaime Sabines. La mujer y sus tribulaciones –en tiempos de adelantado feminismo− y los altibajos de un hombre que se asume humano desde la primera caída (Rosario y Sabines, entiéndase), se equilibran con una búsqueda de redención –la mujer misma y la raíz indígena, para ella−, y con la búsqueda del amor y de la fraternidad en y hasta en el desastre.
(Paréntesis aparte: si el espíritu de Ramón López Velarde hubiera despertado a finales de los años 90 y se diera un paseo por el Palacio de Bellas Artes, se encontraría con una enorme sorpresa: un colega suyo de nombre Jaime Sabines llenaba de punta a punta dicho lugar. No dudaría ni un ápice que acabaría suscribiendo la siguiente sentencia de Monsiváis: Si la poesía convoca multitudes, no todo está perdido.)
Con todo, Escribir, por ejemplo consigna la pasión y la ejemplaridad con que diez autores lograron inscribirse en las letras mexicanas, en aras de hallar su propio lugar, libre de nomenclaturas engorrosas y de nociones escuetas y chabacanas tan obvias como la caja de cereal en el desayuno. Aquellos autores hoy en día merecen llamarse clásicos, por suscitar una y otra vez admiración que recelo. A un escritor o escritora clásicos les corresponden las admiraciones benéficas y/o riesgosas. Serán libro de texto en las escuelas de enseñanza media y superior, materia perenne de tesis profesionales y ensayos y libros especializados, sujetos de versiones teatrales y cinematográficas, centro de homenajes nacionales e internacionales, tema de aproximaciones múltiples […].
A este tipo de figuras, E. M. Cioran los denominó ejercicios de admiración, mientras que Enrique Krauze les aplicó un generoso adjetivo: eminentes. Sin embargo, Monsiváis no se quedaría atrás en las clasificaciones, empleando para sus retratados una tan justa como indicada: ejemplar. Por abrir camino a quienes buscaban significarse en el rumor de los tiempos, por hacer de la literatura una extensión más decorosa de la vida (con sus respectivos y sucedáneos altibajos) y porque su presencia se ha vuelto indispensable en el panorama cultural de todos los tiempos, estos escritores ejemplares seguirán dando de qué hablar, y, claro, con mejores respuestas a la par de sus andanzas y maestranzas. Después de ellos… ¿el diluvio? (Y aquí me callo.)

Carlos Monsiváis. Escribir, por ejemplo. De los escritores de la tradición. México, Fondo de Cultura Económica, 2008. (Tezontle)

(24/agosto/2012)

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Inteligencia y generosidad

Ulises Velázquez Gil

En 1968, sea en París, México y en otras partes del mundo, centenares de jóvenes se levantaron contra el orden imperante de su tiempo y pedían a gritos un cambio, como una de sus divisas decía: Seamos realistas ¡pidamos lo imposible! La respuesta que el mundo les dio ante su esperanza contundente, fue la represión y, en otros casos, la dispersión. Aunque la primera no pierde un aura de importancia –por la sangre derramada en algún momento–, duele más la segunda, siempre en aras de pagar el precio de la contemporización. (Según como esto se vea…) 
            Antes de la aparición en escena de estos jóvenes del ’68, en México, a principios del siglo XX, otro tipo de jóvenes se agrupó en una asociación con fines culturales, donde se enfrascaron en la empresa más difícil de todas, la defensa de la cultura, y para narrar la historia de esa intentona, nadie más capaz para ese empeño que otra apasionada de la cultura, de nombre Susana Quintanilla. El resultado, seguro habrán adivinado, es el libro “Nosotros”. La juventud del Ateneo de México.
Pedagoga por partida triple, pero escritora por derecho propio, Susana Quintanilla se ganó a pulso un lugar en la historiografía cultural con este estudio que, como su nombre lo indica, muestra la “juventud del Ateneo de México”, legendaria agrupación que dio cabida a futuras luminarias de las letras mexicanas, que vivió un tiempo entre interesante como difícil, doblemente acentuado si ubicamos esta generación entre los porfiristas ilustrados y los postreros constructores del nuevo saber mexicano.
            A la par que Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes, se suceden otros nombres, como Alfonso Teja Zabre, Jesús T. Acevedo, Julio Torri, y hasta Martín Luis Guzmán y José Vasconcelos, por decir algunos nombres; en el Edén del régimen porfirista, estos jóvenes bien cuidados por Justo Sierra, hicieron todo lo posible por difundir el saber de su tiempo, pero también buscaban su propia voz, en el empeño de llenar páginas y vaciar inquietudes. Sin embargo, no bastan las buenas intenciones para asegurar el sustento, y algunos de ellos encontraron en el sector público una forma de allegarse recursos, por mínimos que éstos fueran, a fin de sostener su ilusión literaria.
            Es común que los historiadores y exégetas se refieran al contexto social del Ateneo como si hubiera sido ajeno a la gente. Utilizan frases del estilo de “en el esplendor del Porfiriato”, como si una dictadura tuviera luz, o “en el marasmo previo a la Revolución”, como si ésta hubiera avisado que ya venía, declara la autora ante la engorrosa fama con que, antes del presente libro, solía verse a la generación del Ateneo, a la que no la bajaban de generación nepantla, es decir, de personas que vivieron su postulado entre dos aguas, épocas o tendencias políticas que sólo empeñan una trayectoria impecable, prístina y franca.
            Entre los propios integrantes del Ateneo, se suscitaban historias diversas, dignas de una novela de aventuras, o de la épica griega presentida en su postulado; Alfonso Reyes asume la política de las Letras ante los embates de las letras de la Política, tentación de su padre Bernardo y delirio de su hermano Rodolfo; Henríquez Ureña, extranjero sólo de pasaporte, observa y participa al unísono con sus colegas de grupo; Guzmán y Vasconcelos, los “pollos” del Ateneo, mientras adquirían su lugar por cuenta propia e intentaban asimilarse a su época, dudaron de su destino y entraron en escena. (Si me permiten decirlo, Quintanilla dedica hojas y hojas en ponernos al tanto de la vida de Martín Luis Guzmán, de sus antecedentes familiares y del cómo la relación con su padre, militar de carrera, determina en él combatir con y para la literatura. Si juntáramos esos “fragmentos”, ¿tendremos un arranque de biografía? Quizás así lo vea, pero no me toca decirlo…)
            Uno de los méritos de “Nosotros” radica en la fluida prosa y en la fidelidad al detalle con que Susana Quintanilla nos adentra en el mundo de los jóvenes ateneístas; pese a compartir un tiempo en común y con ciertas concesiones a su favor, ninguno de ellos obtuvo carta blanca para asumir su libertad por completo. (Eran tiempos en que era mejor significarse que justificarse. Ni modo.) Aún así, la autora enfatiza que la presente obra “prioriza a las personas sobre sus obras. Si alguna palabra resulta apropiada para nombrar el tema central ésta es formación, pues remite a algo siempre en proceso, nunca acabado del todo, indefinido”. (El subrayado es mío.) La política predominante en la familia Reyes derivó que Alfonso defendiera su vocación por las letras; el heroico final del padre de Martín Luis Guzmán, su intención de hacerse a la mar de la escritura; Henríquez Ureña, su plataforma de despegue cultural –siempre en aras de avanzar en su mundo–, y de Vasconcelos, decantar los primeros avatares de su Ulises criollo (así, sin cursivas). Otro hecho a notar en la aventura de todos ellos –y los que faltan por nombrar, no por falta de memoria, sino por exceso de aprecio–, es la naciente inclinación por el hispanoamericanismo de José Enrique Rodó y su obra emblemática Ariel: todos los ateneístas soñaban ese ideal, pero muy pocos quedarían como Próspero en su intento, aunque, al final, siempre se lograra vencer a Calibán, llámese Gabino Barreda y el positivismo, o la (posible) levantisca revolucionaria.
A pesar de que existen libros elementales sobre el tema como La revuelta y Ateneo de la Juventud (A-Z), que abordan este grupo con otra perspectiva, es preciso decir que “Nosotros” “termina donde comienzan la mayor parte de los estudios sobre esta generación”. Además de proporcionarnos una portentosa fuente de datos desconocidos acerca de ello –al menos para mí, cabe decirlo–, su dedicación en perfilar a cada uno de los protagonistas le otorgan un lugar de honor en la historiografía contemporánea, equiparable solamente a Rudos contra científicos de Javier Garciadiego, y, si me apuran un poco, a Caudillos culturales en la Revolución mexicana de Enrique Krauze. (Si aceptaran un buen consejo de mi parte, habría que leer primero el libro de Susana antes que los ya mencionados: así, veremos cómo evolucionó la cultura mexicana que, a siglo y pico de distancia, goza de cabal salud.)       
            Con todo, la toral enseñanza de “Nosotros”. La juventud del Ateneo de México reside en mostrarnos a una serie de personas que lucharon en pro de una nueva perspectiva donde inteligencia y generosidad habrán de desarrollar al alimón otras empresas más humanas y menos sistematizadas, donde “pedir lo imposible” es un buen síntoma de congruencia, pero, sobre todo, de esperanzas renovadas. (Ojalá y así se vea.)    

Susana Quintanilla. “Nosotros”. La juventud del Ateneo de México. México, Tusquets, 2008. (Tiempo de Memoria)

(4/mayo/2012)

martes, 17 de septiembre de 2013

Memorias del saber

Ulises Velázquez Gil

En una de las Bellezas del Talmud que generosamente compiló el legendario Rafael Cansinos Assens, podemos encontrar la siguiente joya: Un sabio decía: –Mucho he aprendido de mis maestros, más de mis compañeros, y más aún de mis discípulos. Para quienes encuentran en la labor del maestro más que una profesión, esta referencia talmúdica suele ser muy atinada, y, si me permiten la expresión, incluso exagerada… mas no del todo. Y para las intenciones del presente artículo, un polígrafo apasionado como Vicente Quirarte también suscribiría esas palabras; hijo de maestro al fin, desde luego. 
            Los días del maestro, volumen suyo de factura reciente, es el recorrido de una vida compartida a plenitud con aquellas personas que nos otorgan armas no sólo para bien pasarse en ámbitos académicos, sino también para encarar los malos gestos de una sociedad harta de realidades, e igualmente denostando tanto promesas como esperanzas, para al fin mandarlas al fondo de esa caja de Pandora en que hoy se ha convertido el mundo. Quirarte, gracias a los 28 retratos de maestros suyos, rescata esas esperanzas con vida y les coloca en justo lugar, abiertas a todo lector ávido de conocer sus vidas nones, que ilustran por completo a fuerza de llevar la luz en sus ojos, en sus palabras, en sus obras.
Los retratos que forman esta galería –dice– son de maestros que me han enseñado lo que mejor me ha defendido: el lado luminoso de la fuerza, la lealtad a la belleza y la alegría, todas verdades femeninas. Quienes responden a esa sentencia, pueden hallarse correspondencias gratas con el lumínico Carlos González Peña y sus navegaciones en los mares de la literatura mexicana; dos tocayos con el apostólico Andrés, Henestrosa e Iduarte, y una dupla de historiadores y quijotes sin mancha, Ernesto de la Torre Villar y Martín Quirarte (este último, a la sazón, padre del autor, que engalana la portada del libro de marras), cuya integridad desmedida solamente sobra en el ejercicio físico, mas no en sus letras, en sus trabajos escritos.
            Acudo a su persona o a sus enseñanzas cuando parecen ganar terreno energías que se oponen a una plenitud cada día más difícil de sostener… Bajo esta premisa, Vicente Quirarte incluye a sus maestros más cercanos, hombres que han hecho de la palabra escrita –y, en algunos casos, de la Poesía –su modo de conducirse en este ancho y ajeno mundo; Alí Chumacero, José Luis Martínez, Rubén Bonifaz Nuño, Sergio Fernández, y mujeres notabilísimas como Clementina Díaz y de Ovando, Graciela Hierro y Esperanza Meneses (cuya mención seguramente obedece a una geografía personal y afectiva del retratista), se agrupan en estas palabras con que inicia este libro. Precisamente, en este grupo persiste en buena parte de la obra quirartiana, tanto nominalmente (una cita textual, y el puro gusto de recordarlos mediante la escritura de su nombre) como verbalmente (ciertas acciones que los inscriben en un Olimpo peculiar, sin la divinidad que obnubila y confunde, pero resaltando una humanidad sin prejuicios ni tapujos). Así como existen historiadores del sustantivo e historiadores del verbo, como aseveró don Luis González y González, también cabría aplicarlo a los maestros. (Va de tarea.)   
            La mayor parte de mis maestros que aquí aparece ha hecho del salón de clase su trinchera; otros han ejercido su magisterio en diversos ámbitos y sin proponérselo, siempre con pasión sin restricciones. ¿Para qué buscar maestros, si cada libro en sí es uno?, seguro dirá más de uno; no dudo que haya algo de razón, mas no toda completa. Quirarte, para diversificar su nómina de grandes mentores, no duda en incluir, justamente como buen hombre de letras, a sus escritores queridos, aquellos que no ceden ante nada para expresar su compromiso con la creación, y, por qué no, con la enseñanza. Renato Leduc, Fernando del Paso, José Emilio Pacheco, Felipe Garrido, Gonzalo Celorio, son apenas algunos ejemplos vivientes. A excepción de Garrido y Celorio, todos los demás han ejercido su magisterio en los periódicos, en las novelas y hasta en las cantinas, a la búsqueda del tiempo perdido, finalmente recobrado en la poesía diaria de sus obras y los preceptos bien llevados por Quirarte. (Hasta cierto punto, claro…) 
            Con todo, aún podría escribir algo más sobre Los días del maestro; hacerlo sería como aplicar un examen sorpresa de la SEP y aceptarlo sin ton ni sonia. Nada de eso. Solamente haré la clásica recomendación para acercarse a su lectura. Aunque muchos tenemos nuestras propias “historias de maestros” (con su respectiva escala en la pantalla de plata), no todos podemos saber de memoria; en cambio, sí, disfrutar la memoria del saber con estos retratos y sus aproximaciones. Y como aquella cita del Talmud, reconocer todos esos tipos de enseñanzas, para suscribirse, con franqueza, hacia la última. (Fin de la lección.)    

Vicente Quirarte. Los días del maestro. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2008. (El Centauro)

(21/octubre/2011)

lunes, 16 de septiembre de 2013

Pasiones y obsesiones

Ulises Velázquez Gil

Entre la vorágine de publicaciones que salieron con motivo del Bicentenario en 2010, buena parte de éstas acabó por volverse un souvenir del momento. Ante este desalentador panorama, cierta labor crítica recayó en la figura del polémico historiador Enrique Krauze, quien luego de publicar un grueso volumen en torno a la figura de Hugo Chávez, ahora nos entrega De héroes y mitos, obra que llega con vida ante un cacareado espíritu patriotero, para criticarlo en sus justas dimensiones.
Es preciso decir que los quince ensayos que componen De héroes y mitos hacen un recuento de los intereses y las obsesiones de Krauze en los últimos años en estudiar a fondo, y sin prejuicio de por medio, la historia mexicana. En el primer apartado, “Tres géneros problemáticos”, deshace varios paradigmas impuestos por la mira oficialista del momento; critica la “historia de bronce” al bajar a los próceres del pedestal… y del caballo; nos recuerda el otro lado de la Revolución mexicana (los que la sufrieron, sin haberse significado del todo), y, claro, reprueba una tendencia reciente de la historiografía académica: escribir e investigar la historia sólo para consumo personal, es decir, con terminajos incomprensibles para el lector común, pero “apropiados” para los “colegas”. (Para quienes esto les suene familiar, el texto “Desvaríos académicos” es la lectura sesuda del encuentro que organizó la UNAM con motivo de los Centenarios de 2010, cuyas posteriores réplicas hicieron voltear la vista a este ensayo, para, finalmente, darle la razón al crítico.)
Para el segundo apartado, “Historia de la imaginación heroica”, Krauze se ocupa de cuatro casos en el oficio de historiar: primero, a la manera de Plutarco, compara las visiones heterogéneas de dos historiadores con respecto a la Conquista de México: William Prescott y Hugh Thomas, a quienes contrapone entre sí, no por la dimensión de sus trabajos (notables ambos, sobra decirlo), sino por el enfoque al elaborarlos; mientras Prescott privilegiaba la maestría en el decir, Thomas simplemente se fijaba en los hechos, sin tapujo alguno. Con respecto a los dos textos intermedios, ocurre un caso parecido al adecuar miradas diversas a un mismo tema: tanto la fusión de la visión bíblica con la cultura mexicana como el predominio convenenciero de una sola imagen de Miguel Hidalgo ponen en jaque esa visión maniquea que los gobiernos, el chismorreo académico y la pésima infraestructura educativa nos han endilgado por tiempos inmemoriales. (Paréntesis aparte: si Krauze vitupera estas estructuras ¿por qué es el historiador más vilipendiado? Porque –quizás intente responderlo– no tiene nada que perder; no es académico universitario ni mucho menos funcionario en turno. Cosas de la vida.)
En su puntual revisión de las fechas predominantes de la historia mexicana, nos recuerda la importancia de haber conmemorado en su justa dimensión los 150 años de la Constitución de 1857 (las Leyes de Reforma), de donde hace un profundo análisis sobre su vigencia en otros tiempos dados a la cerrazón política, sea de izquierda o de derecha y que aumenta (en ambos sectores) una antipatía enconada hacia su persona; siguiendo con el recuento y la remembranza, los cien años de la publicación del lúbrico libro de Francisco I. Madero, y el posible legado del ‘68, son puntos que Krauze no deja pasar por alto: de ambos destaca su espíritu fundacional pero reprueba los vicios del segundo, vistos hasta la fecha. Y como su talante político nunca se queda quieto (con el que, a veces, disiento), traza el engranaje generacional de cada partido y las razones de tanto desaguisado en las arenas (¿movedizas?) de la esfera política.
Cuando un autor ha trazado una constante dentro de su obra, podría decirse que encontró un sentido propio. En “Historiadores centenarios”, Krauze rinde homenaje a dos autores muy caros a él: Andrés Henestrosa y Silvio Zavala; trabajos que se emparentan, sin ir más lejos, con los murales biográficos de Mexicanos eminentes y las pinturas de caballete reunidas en Retratos personales. (Un tópico “solvente, como todo lo suyo”.) De cualquier forma, De héroes y mitos presenta y confirma varias de las pasiones que conforman el corpus krauzeano: en “Tres géneros problemáticos” se oyen varios ecos de su Trilogía del poder (Siglo de caudillos, Biografía del poder, La presidencia imperial); “Historia de la imaginación heroica” hace un guiño de ojo a La presencia del pasado, mientras “La Reforma: el sesquicentenario olvidado” propone –bajita la mano– una incursión en su Travesía liberal, y una necesaria Tarea política se anuncia desde “Dos episodios de libertad” y “¿Cómo llegamos hasta acá?”
¿Por qué leer De héroes y mitos? ¿Para deshacerse, de una vez por todas, de los malos manejos de la política reinante sobre la historia? ¿Para recordarnos lo valioso de ciertos acontecimientos, con miras a su justa dimensión dentro de nuestra vida histórica? ¿Para develarnos las consecuencias de la cerrazón de tirios y de troyanos? A estas preguntas, sobra decir que la respuesta es afirmativa, donde cabría incluir una más: para conocer, de primera fuente, las pasiones y las obsesiones de Enrique Krauze; para que sus lectores de toda la vida confirmen su innegable maestría; para que sus enconados detractores sepan otro modo de decir lo mismo y sin cansarse, y, claro, para aquellos lectores interesados en leer una obra sin concesiones de ningún tipo, a los que, si me permiten la sugerencia, convendría también acercarse a El temple liberal (publicado por el Fondo de Cultura Económica y Tusquets, en ocasión de sus 60 años de vida) y así complementar su visión.
Queda en ustedes, atentos lectores, decir la última palabra al respecto. (Mientras la polémica persista, ¿verdad?)

Enrique Krauze. De héroes y mitos. México, Tusquets, 2010. (Andanzas, 207/12)

(25/noviembre/2011)