lunes, 31 de diciembre de 2012

Astillas culturales 2012

Al momento de hacer el último balance de 2012, a diferencia del año anterior, son pocas las partidas en el mundo de la cultura y las artes, pero igualmente dolorosas, al fin y al cabo. Fue un año de grandes pérdidas, y mi homenaje hacia esas presencias, se compone por estas astillas personales, protagonizadas por varios personajes que nos dejaron en el año. (Cada uno de ustedes tiene otro punto de vista sobre una u otra mención; ustedes tienen la última palabra, como siempre, pero al compartirles estas palabras, mi propósito se habrá cumplido.)

Theo Angelopoulos (Ene. 24): Hace ocho años, el cineasta griego Theo Angelopoulos visitó México en el marco del estreno de El prado en llanto, primera parte de su trilogía sobre la Grecia contemporánea, en el Centro Cultural Universitario, en C. U. El azar hizo de las suyas cuando entre mis cosas estaba el cuadernillo sobre su obra que había editado la Cineteca Nacional, y sin dudarlo, me acerqué a él para pedirle que me lo firmara, a lo que accedió de inmediato. (Para vergüenza mía, pedí prestado un bolígrafo.) Le di las gracias y se retiró de allí.

Héctor García (Jun. 2): En una reunión de fin de año que hubo en la Fundación René Avilés Fabila, en 2005, tuve la fortuna de conocerlo. Solamente me limité a expresarle mi admiración por una foto suya, de sobra conocida, de un vagabundo mirando un escaparate de ropa femenina; me agradeció ese buen gesto y le sorprendió que una persona de mi edad le interesara ese tipo de imágenes. (Cosas que pasan.)

Ernesto de la Peña (Sep. 10): La primera vez que lo conocí fue en la presentación de sus Palabras para el desencuentro, en Bellas Artes hace ya ocho años; tiempo después, en el ingreso de Fernando del Paso a la Academia Mexicana de la Lengua, en junio de 2009. Después de responder al discurso expuesto por el flamante académico, me acequé a él para que me firmara sendos ejemplares de Las máquinas espirituales y El indeleble caso de Borelli; al ver que se trataban de las primeras ediciones, se sorprendió mucho. "Me alegra mucho que tenga usted estos libros, que para mí son entrañables", me dijo. Después de agradecerme su atención, se retiró.  

(¡¡Muchas gracias!!)

jueves, 1 de noviembre de 2012

Diagnosis de la realidad

Ulises Velázquez Gil
(@Cliobabelis)

“Ojalá vivas tiempos interesantes”, reza una antigua maldición china, y no es para menos: ante lo difícil de los acontecimientos actuales (a favor, en contra, o sin definir postura), esta sentencia –cuasi aforismo− es irrebatible por completo. En el afán de sortear con todo tipo de embates, donde queda a prueba nuestra integridad y sentido común, es menester escuchar las buenas razones de un analista del tiempo presente para que aquellos “tiempos interesantes” sí lo sean, pero de forma sabia y ecuánime.
            Hombre a caballo entre el Derecho y el periodismo, Miguel Ángel Granados Chapa (Pachuca, Hgo., 1940–México, D. F., 2011) dedicó tres cuartas partes de su vida en defender causas justas, donde su arma principal fue (y sigue siendo) la palabra escrita. Lector infatigable y curioso impenitente, encontró en el Derecho la precisión de las normas, para descubrir después en el periodismo la certeza de las palabras; en ambas canchas supo desenvolverse con igual pasión y entusiasmo que, como sugerían los clásicos, nada humano le era ajeno.
            Desde una Plaza Pública (que lo mismo se ubicaba en Unomásuno, La Jornada, El Financiero y Reforma) muy socorrida, ese tópico clásico se tornó su moneda de cambio para desglosar los hechos del diario acontecer; ponderaba una idea y censuraba una ideología; bajaba políticos del carro completo como ensalzaba propuestas dignas de cambio. En esa trinchera periodística, Granados Chapa tuvo siempre un compromiso impostergable con la información y con los tiempos que corren, pero ante todo, crear conciencia contra la duda constante.
Si hemos de encontrarle una tradición dónde definirlo como deudor y recipiendario, sin duda alguna sería aquella instaurada a tinta y fuego por Francisco Zarco, periodista batallador que tomó la pluma y, a diestra y siniestra, lanzaba duros adjetivos que francos elogios. Una prosa bien cuidada −digna del escritor más exigente− y una pasión por estar en el lugar de los hechos, hizo de Zarco señero ejemplo de integridad y de inteligencia. Así también con Granados Chapa: La banca nuestra de cada día, Votar ¿para qué?, Manual de elecciones, Comunicación y política, ¡Escuche Carlos Salinas! y Fox & Co., evidencian a un crítico a contracorriente; por otro lado, Hoja por Hoja, atípico suplemento sobre cultura lectora y editorial, confirmaba por completo el adagio clásico: Nada humano me es ajeno. Esa naturaleza suya, plural y conciliadora, motivó en la Academia Mexicana de la Lengua la decisión de incluirlo en su nómina de integrantes, porque la cultura y el conocimiento sin espíritu crítico, carecen por completo de sentido, y, por tanto, de destino.  
En las instalaciones del periódico Reforma, allá por Avenida Universidad, y en la noche del 14 de mayo de 2009, Miguel Ángel Granados Chapa se convirtió en el tercer ocupante de la silla XXIX (precedido por Ángel María Garibay Kintana y Ernesto de la Torre Villar). Su primera acción como nuevo académico de número, fue la lectura de su discurso de ingreso: La ley, las libertades y la expresión. Como corresponde a todo flamante académico, primero ponderó la presencia de varios colegas suyos, Celedonio Junco de la Vega y Alfonso Junco −de fuerte prosapia periodística y regiomontana−, así también Carlos González Peña y Alfonso Cravioto, académico, paisano y diplomático, y con quien tuvo no pocas coincidencias. En ellos ha sido fundamental el ejercicio de las libertades de pensamiento y de expresión, en sus formas tradicionales y en sus desarrollos contemporáneos, que incluyen el derecho a saber para decir y para actuar. (Si me permiten la licencia, también aplicaría para Granados Chapa… y los que se acumulen en la semana.)
La trayectoria de las libertades de expresión comienza en el siglo XIX cuando la identidad de un país estaba en vías de definirse; tiempos donde significarse era mejor que justificarse. […] Valentín Gómez Farías […] en 1833 estableció sin cortapisas la “libertad absoluta de opiniones, y supresión de las leyes represivas de la prensa”, la legislación sobre la materia vigente en las tres décadas iniciales de vida independiente osciló entre la proclamación de los principios liberales y la enumeración de restricciones, pretendidamente fundada en la experiencia de los abusos en que incurría el periodismo. (En una palabra, quienes estuvieron ejerciendo ese oficio −peligroso y heroico, doble honor−, estaban siempre en la mira de los poderosos. Si en esos tiempos era un dictador de altos vuelos y bajas pasiones, ahora es un caudillo de bajos vuelos… y bajas pasiones. Qué remedio.)
Granados Chapa en enfático en cuanto a una figura señera del periodismo en México, el propio Francisco Zarco, y las vejaciones que sufrió por defender las libertades de expresión; a su vez, se luchaba porque ese derecho estuviese bien amparado por la Constitución. Zarco logró un privilegio que atenuara el riesgo de persecución y castigo injustos, como los que él había padecido […]: los delitos de imprenta serían vistos por dos jurados, uno que estableciera el hecho y otro que aplicara la pena. Pretendió de ese modo evitar que los jueces profesionales, de quienes con fundamento desconfiaba, fueran instrumento de la represión. (Siglo y medio después, esas libertades penden de un hilo muy delgado, pero imposible de romper.)
Así como la libertad de expresión es toral territorio a defender, Miguel Ángel Granados Chapa reconoce un fenómeno peculiar una vez que ocupara su sitial en la Academia: el uso de la palabra y la expresión pública. Es verdad que cada vez un número mayor de personas hablan español en todo el mundo. Pero es verdad también que esas personas cada vez hablan menos español. Nuestra lengua en general, y la de México en particular, está sujeta a un proceso de pauperización que se manifiesta en la frecuente habla tartajosa, en la incapacidad para formular desde enunciados sencillos propios de la vida cotidiana hasta los resultados de la introspección que nos hace plenamente personas. Parece que el peor enemigo de la libertad de expresión no reside en los empresarios convenencieros ni en los jueces corrompidos, sino en el avance de la ignorancia de los hablantes, cuyas lecturas son magras al extremo, o simple y sencillamente, los medios masivos de comunicación siguen haciendo de las suyas.  
En su brevísima estancia en la casona de Liverpool 76, Granados Chapa compartió con sus colegas académicos la experiencia de un periodista que ha sabido lidiar con el tiempo presente, en contra de los artífices de la corruptela política y el chanchullo chayotero; de igual manera, su pasión por el cancionero popular y la escritura interminable de una página diaria en revistas y periódicos, confirmaron la corazonada de los académicos que propusieron su ingreso. (Vicente Leñero, compañero de viajes hemerográficos tanto en Excélsior como en Proceso, recibió en el Palacio de Bellas Artes una generosa bienvenida académica de su parte dos años después de aquel mayo en el Reforma.) 
Como Gregory House, pero elegante en el trato y sin bastón, Miguel Ángel Granados Chapa siempre tuvo en sus manos los elementos idóneos para hacer una certera diagnosis de la realidad; ante la carencia de veracidad respecto a un proceso político, el remedio de la crítica constante, y cuando el habla de los jóvenes de hoy adolecía de conocimiento, la sugerencia vitaminada de una buena reseña o el recuerdo de una grata canción aseguraban la mitad de la victoria. Queda en sus familiares, colegas y amigos reunir todos sus saberes en uno o en varios tomos, en espera de suscitar nuevos debates y confirmadas simpatías. (Después de todo, hay diagnósticos que no debemos desatender, ¿no creen?)

lunes, 1 de octubre de 2012

La sabiduría como remedio

Ulises Velázquez Gil
(@Cliobabelis)

Durante los seis meses que lleva esta columna, he dedicado párrafos y felices líneas en compartir con ustedes lo poco que sé acerca de una benemérita institución, la Academia Mexicana de la Lengua, por medio de sus integrantes, cuyos saberes, en grato contubernio, confirman la buena salud de una lengua y le inyectan nueva fuerza y así confrontarse con los nuevos tiempos que se antojan interesantes.
            En esta ocasión, este perfil tendrá algo de obituario; al cierre de la pasada edición, uno de sus más insignes integrantes, Ernesto de la Peña (México, D. F., 1927-2012) falleció súbitamente, a pocos días después de recibir el Premio Menéndez Pelayo, por parte de una universidad española. Una mala noticia que aumenta, para desgracia nuestra, la nómina de escritores e investigadores que eligieron este año para partir en silencio. (Queda su obra, patrimonio intransferible.)
            La curiosidad erudita de Ernesto de la Peña nació desde temprana edad, cuando, por influencia de un familiar muy cercano, tuvo acceso a una nutrida biblioteca sobre temas clásicos, misma que reforzó, años más tarde, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde realizó estudios de Letras Clásicas y además logró interesarse por otras lenguas, como el sánscrito, árabe y hebreo.   
            Su pasión por las lenguas (aprendió cerca de treinta, entre vivas y muertas), aparte de consolidar una impecable trayectoria como perito traductor certificado por la Secretaría de Relaciones Exteriores, lo llevó por otros senderos: la erudición y la invención. El primero, mediante sus estudios en torno a las culturas clásicas y orientales, incluyendo su versión de los Evangelios; y por el otro, una –brevísima− obra literaria emparentada con la tradición de Borges y Arreola, evidente en los volúmenes de relatos Las estratagemas de Dios, Las máquinas espirituales y Mineralogía para intrusos; la novela El indeleble caso de Borelli y el poemario Palabras para el desencuentro. (Paréntesis aparte: gracias al esmeril de la traducción, De la Peña incursionó en la creación sin picarse de novedoso; aunque los temas sean los mismos en toda la historia de la humanidad, el tratamiento es siempre diferente. Vivir para ver.)
Un erudito sin mancha y un escritor con vocación de acero (que jugaba en varias canchas al unísono, cabe señalarlo), merecía, por derecho propio, un lugar en la corporación más insigne de la cultura mexicana: la Academia Mexicana de la Lengua. Gracias a la excelente propuesta de José Luis Martínez, Manuel Alcalá y Guido Gómez de Silva (eminentes bibliófilos de caballerosidad intelectual), Ernesto de la Peña fue electo académico de número.
El 18 de junio de 1993, en la benemérita sede de Donceles 66, el sexto ocupante de la silla XI leyó su discurso de ingreso: La obscuridad lírica. Pertenecer, a partir de ahora, a esta admirable Academia, es una forma, la mejor, de sentirse en casa. Y que no se me juzgue petulante por tal afirmación, ya que sólo pretendo recordar, recordar para mí, que a ella pertenecieron dos miembros de mi familia. El primero en el tiempo, don Rafael Ángel de la Peña, tío bisabuelo, ocupó, casualmente, la misma silla […] que ahora me corresponde. (Ante todo, la prosapia, y una muy notable…)  
Su disertación en torno a la poesía, que conoce como lector y domina como creador: Se trata simplemente […] de un divagar por el huerto cerrado de la poesía y, dentro de este recinto murado, que ojalá siga siendo siempre impermeable al ruido, a la trivialidad y el neblumo, emitir algunas ideas acerca de ciertas formas que adopta la poesía para enunciarnos. Tanto la intuición de las antiguas culturas como los postulados teóricos enunciados por Roman Jakobson, tuvieron cita en la disertación de De la Peña en una suerte de encuentro, donde la palabra determina todo, absolutamente todo. (La poesía, arte supremo, tiene su sector de silencio. Pero es un silencio de tal sonoridad que sólo se equipara con el ruido inaudible de la nebulosa al explotar o el del insecto que muere: es un acallamiento total, un conticinio, que diría Sor Juana; una noche oscura; una rosa que florece en el poema y gracias a él […] o, finalmente, examinar si, por azar, imprimimos algo de nuestra frugal fisonomía en la noche radical de las galaxias, donde sólo el lugar habrá tenido lugar.)
Como los sabios de antaño, entre hebreos y griegos, el poder de la palabra cobra fuerza inusitada al momento de pronunciarse, suerte de ¡ábrete sésamo! que permite la apertura de muchas puertas, siempre en aras de asir el tiempo. En el territorio de la Poesía, una y otra vez esto se realiza, y no parece tener fin alguno. ¿Dónde funden sus corrientes las aguas aparentemente mansas del lenguaje popular y los remolinos de la lengua que, por su peso específico y la misión que el poeta le asigna, puede llamarse justamente iluminada? ¿Son cotos cercanos los que habitan poetas tan disímbolos como Homero y Apollinaire, Virgilio y Allen Ginsberg, Ady y Sabines? (Quede la palabra, de todas formas.)   
“Polifacético, se ha dedicado a enseñar y difundir la cultura, a la crítica literaria y a la obra de creación e investigación.” Mejores palabras no pudo haber dicho Manuel Alcalá al momento de recibirlo en la Academia Mexicana de la Lengua, y bien le quedan después de todo: sus programas de radio en las estaciones del Instituto Mexicano de la Radio (IMER), su constante participación como integrante de la Comisión de Lexicografía en la propia academia (desde Donceles 66 hasta Liverpool 76), así como su faceta como editorialista en diarios de circulación nacional y como investigador del Centro de Estudios de Ciencias y Humanidades de la Fundación Telmex, lo demuestran por completo. De igual forma, la gratitud de la respuesta que recibió como nuevo académico, fue devuelta (y con creces) cuando Eduardo Lizalde y Fernando del Paso, respectivamente, ingresaron en tiempo y forma, acompañados por el buen augurio del erudito eminente.
¿Qué vamos a hacer, luego de su dolorosa partida? En primer lugar, acercarse a sus obras ya publicadas en cuatro tomos, finamente cuidados por CONACULTA; después, reunir en otro volumen su participación en entrevistas, programas radiofónicos y de televisión, y si nos queda algo de tiempo y pericia documental, exhumar los textos inéditos de los cajones de su escritorio. Sea como sea, la sabiduría como remedio para los males del tiempo presente, es la mejor herencia que pudo dejarnos Ernesto de la Peña, a quien refrendamos, desde la trinchera que conforma estas líneas, nuestro más sincero y completo homenaje. (Hasta siempre, maestro.) 

sábado, 1 de septiembre de 2012

Anatomía de una lengua

Ulises Velázquez Gil
(@Cliobabelis)

En la lengua como en la medicina, se suele tomar la parte por el todo, con miras a encontrar el proceso interior que hace posible su funcionamiento, y, por ende, el efecto producido hacia fuera de sí. En esa empresa, nadie, absolutamente nadie se halla exento de toparse con sorpresa alguna, con un gratísimo resultado, o una falla inminente.
            Para el caso del español de México, esta incursión de índole lingüístico-filológica tiene en Concepción Company Company (Madrid, España, 1954) a una gloriosa exponente, cuyos trabajos han merecido la gloria del renombre o el infierno de la confusión, si se me permite la disyuntiva. A diferencia de sus compatriotas (que buscaban su propio lugar en los primeros años de una España rebosante de juventud), en la década de los ochenta, la movida de Company se originó en el ámbito académico; y allende el Atlántico, consolidó el (posible) destino de todo español: hacer las Américas.
            Trasplantada en la UNAM, desde la Licenciatura hasta el Doctorado, Concepción Company encontró su nicho de investigación en el estudio del español de México (no por nada, José G. Moreno de Alba, otrora explorador de ese territorio, fue su profesor). Como su colega y compatriota Ascensión Hernández Triviño, encontró en el Instituto de Investigaciones Filológicas segura residencia para sus afanes científicos y humanísticos. Resultado de esos intereses, fueron la revista Medievalia y su consecutiva línea editorial (que gozan, hoy en día, de cabal salud), y su primer libro: La frase sustantiva en el español medieval (1991).  
            Concretamente, en la historia del español hablado en México, Concepción Company encontró un territorio fértil para profundizar en sus pesquisas; en Documentos lingüísticos de la Nueva España. Altiplano central (1994) concentró su atención en dar fe de cómo evolucionó una lengua que buscaba, a la par de su homóloga peninsular, una identidad propia. (Recordemos a Nebrija: la lengua es compañera del imperio; pero la única revancha que tiene los pueblos conquistados frente a sus opresores, es mediante la lengua. Ver para creer.)
En aras de adentrarse en la construcción de la identidad lingüística de México, ha producido innumerable cantidad de artículos y estudios, como su Léxico histórico del español de México (2000, en colaboración con Chantal Melis) y la interminable serie de volúmenes llamados Sintaxis histórica de la lengua española (La frase verbal, 2006; La frase nominal, 2009); para los versados en el ámbito lingüístico, las investigaciones de Company han sentado varios precedentes en cuanto a la imperiosa necesidad de conocer los procesos que dieron lugar al crecimiento y a la evolución del español hablado en México.
Por su persistencia en estudiar ese fenómeno, la renovada fuerza aplicada en ello, la Academia Mexicana de la Lengua consideró fundamental  la inclusión de una joven investigadora a tan noble corporación. Además, cabe decir que ello reforzaría la presencia de la lingüística al interior de ésta.  
El 10 de noviembre de 2005, en la Coordinación de Humanidades de Ciudad Universitaria, como corresponde a toda sesión pública de la corporación, Concepción Company se convirtió en la séptima ocupante de la Silla V. (Darío Rubio, José Vasconcelos y Rubén Bonifaz Nuño, por decir algunos, le antecedieron en tiempo y forma; éste ultimo, colega y maestro en su instituto de adscripción.) Y como no hay ingreso oficial sin discurso inaugural, la nueva académica leyó una versión abreviada de éste: El siglo XVIII y la identidad lingüística en México. Nos dice: Se acumula en ese siglo un concentrado importantísimo de microquiebres funcionales o pequeños cambios, ya sea en forma de incrementos notables de frecuencia de empleo, ya sea en forma de primeras documentaciones, que sugiere que ese periodo fue un parteaguas gramatical entre el español peninsular y el mexicano, ya que a lo largo de él tomó carta de naturaleza, esto es, se volvió parte del habla cotidiana del pueblo, un buen número de formas de expresión que constituyen caracterizadores dialectales del español de México hoy en día.
Dentro de ese proceso que daba origen a una nuevo dialecto (variante de lengua, entiéndase) del español peninsular, Company mencionó la presencia del llamado mexicanismo lingüístico, es decir, un conjunto de formas y construcciones compartidos por otras variedades del español americano; una muestra de ello, se resume en la oración “eso se los dije”. (Si prestamos algo de atención, quién no ha empleado alguna vez expresiones parecidas a ese ejemplo. Más de uno quedaría patidifuso…) Algunos de los mexicanismos que se manifiestan con especial fuerza en el último siglo del virreinato son: notable incremento de indigenismos léxicos, importantísimo aumento de diminutivos, primera documentación de la resemantización del verbo coger, primera documentación de las pronominalizaciones del tipo eso se los dije, proliferación de pronombres posesivos, incremento significativo de sintagmas posesivos con doble mención del poseedor, su casa de mi prima, y generalización del pretérito simple a expensas del pretérito compuesto.   
Si miramos con detenimiento los hallazgos lingüísticos que mencionó esta investigadora, entraremos en la cuenta de que el español de México tiraba hacia lo alto; de ser una variante hablada en las colonias, adquiriría por sí sola su propia carta de identidad, y ya que mencionamos esa palabra, cabe decir que México, aparte de entregarle un alud de temas para investigación, dio familia y nacionalidad mexicanas a una mujer apasionada por el conocimiento. Aparte de reforzar la presencia femenina en la Academia Mexicana de la Lengua, con ella agarra nuevo impulso aquella sentencia de Ramón Menéndez Pidal: Verter vino viejo en odres nuevos. (Como quien dice, el conocimiento de las dos orillas, indígena y peninsular.) 
Concepción Company Company, como académica de número y Presidenta de la Comisión de Lexicografía (ambas encomiendas, dentro de la corporación) ha revitalizado el papel que la Academia Mexicana de la Lengua he seguido a la par de la consigna de la Real Academia Española, Limpia, fija y da esplendor. La limpió de prejuicios, fijó un nuevo precedente y, sobre todo, darle un nuevo esplendor a una corporación de rancio abolengo. Su sesuda perspectiva nos descubre la anatomía de una lengua que todavía suscita discusiones, no libre de grandes sorpresas, que nos esperarán con sumo provecho. (Lo demás es silencio.)

viernes, 31 de agosto de 2012

Navegaciones a contracorriente (Blogday 2012)

Hace un año, ya tenía listas mis recomendaciones para este día; lamentablemente, para la historia de este blog, han sucedido tantas cosas que sobrepasaron todo tiempo y espacio. Afortunadamente, he decidido ganarle al tiempo y dejar preparada mi selección para esta temporada. Cada 31 de agosto, Día Internacional del Blog (Blogday), se inscribe en la tradición de recomendar cinco bitácoras en línea, Nueva República de Babel comparte las suyas, con ligeras o extremas variantes, claro está. (Seguramente, más de uno advertirá alguna presencia conocida, pero así son las listas. Muchas gracias.)
Eleutheria (http://la-ciudad-de-eleutheria.blogspot.com/): Por segunda vez en mis menciones anuales, la polis del ciudadano libre es el resultado de una enorme pluralidad de intereses de la sagaz Eleftheria, quien se mueve muy bien tanto en los campos de la política (necesaria de conocer) como en los de la ciencia y la cultura, con esa mirada crítica que la distingue. Ningún tema le es ajeno, siempre sabe convencer y convertir, incluso compartir, las cosas que forman el ordenado engranaje del mundo. Un lugar abierto para quienes deseen visitarlo: ésa es la característica elemental de este sitio. Nuevamente lo expreso: es un placer entrar y salir de allí con la misma curiosidad, pero también con la conciencia de ignorar un poquito menos. En pocas palabras, una maravilla.
La Mariposa Eléctrica (http://mariposaelectrica.blogspot.com/): Una histérica histórica nos sigue sorprendiendo con varias de las cosas que dan forma a su vida, ahora que otra mirada, otro sueño, reescribe sus bitácoras. Más que describir el mundo que le rodea, se describe a través de. Hay otras cosas muy importantes que se me escapan de este blog, pero la última palabra la tienen los lectores, y por la inmensa amistad que le profeso, no dudo en recomendarlo.
La Mar Chiquita (http://lamarchiquita.wordpress.com/): Secuela natural de Palabras más, palabras menos; nuestra amiga de siempre nos sigue contando, entre amores y desamores, viajes sedentarios y lecturas a diestra y siniestra sobre el mundo, y bajo el milagroso designio de la palabra, el entramado de su vida, sea para confirmar, sea para cambiar sus cartas de navegación. Es inevitable leer sus andanzas y maestranzas, donde coincidir suele ser la moneda de cambio, y, claro, con todo y sus respectivas polémicas (para bien, para mal). De verdad.
Frontera de uno mismo (http://unattimoditempo.blogspot.com/): Una nueva habitante de la blogósfera, una Helena sin Troya de por medio, se integra a esta lista por una sencilla razón: se trata de una nueva voz que busca, como el común denominador de los blogonautas lo indica, contar de otro modo lo mismo; la mirada jovial a temáticas conocidas -y las perlas de sabiduría que en éstas encuentra- le permite generar lo mismo que enconadas polémicas que francas admiraciones. Además, cabe decir que su persistencia ha escrito lo mejor de sus páginas. (¡¡...y las que faltan!!) Ojalá que sí.
La valija de Eunice (http://lavalijadeeunice.blogspot.com/): Una incipiente, pero experimentada escritora, Fabiola Eunice Camacho, comparte su diario trajín con y para las letras; desde Liverpool 16 (sede de la Fundación para las Letras Mexicanas), la reflexión acerca del oficio de escribir, la lectura compartida y hasta el entusiasmo por una vida tercamente vivida, Eunice nos abre su valija de donde saca sus impresiones que habrán de servirnos como brújula por este mundo ancho y ajeno. (Una delicia leerla, verdad que sí.)
Y, ex-aequo, también desde Liverpool 16,  Residuos (http://borboletaresidual.blogspot.com/), donde Ingrid Solana también nos comparte sus lecturas, dos que tres narraciones de su cosecha, pero sobre todo, la convicción diaria de que la escritura es una larga batalla por librar. (Mis mejores deseos y futuras coincidencias para lo venidero. De verdad.)
Cumpliendo con mi cuota para el Blog Day, como siempre, navegaremos en el tiempo recobrado gracias a la escritura en red, siempre a la espera de tocar nuevos puertos donde hacer una escala íntima. A todos ellos y a ustedes, lectores presentes, pretéritos y futuros, ¡¡mil gracias!!

miércoles, 1 de agosto de 2012

Auscultación de las lenguas originarias

Ulises Velázquez Gil
(@Cliobabelis)

En 1492, dos sucesos torales definieron el curso de una lengua recién deslindada del huevo latino: la publicación del Arte de la lengua castellana de Elio Antonio de Nebrija, y, por supuesto, la legendaria travesía de Cristóbal Colón hacia las llamadas Indias; los intérpretes que iban a bordo de las tres carabelas, pese a su profundo conocimiento de las lenguas del Viejo Mundo, se vieron indefensos ante las lenguas del Nuevo Mundo y, por añadidura, se impusieron la tarea de aprenderlas, “auscultarlas” minuciosamente y así buscar un mutuo entendimiento. En la segunda etapa de esta empresa, sin dejar de lado su labor evangélica con los pueblos originarios, algunos misioneros, amén de enseñarles los preceptos del catolicismo, acabaron por crear sus propias gramáticas.
             A semejanza de sus epígonos franciscanos, como fray Alonso de Molina y fray Andrés de Olmos, una lingüista de dos orillas e historiadora de formación, Ascensión Hernández Triviño (Villanueva de la Serena, Badajoz, España, 1940) se adentró en el estudio de la lengua mexicana, empresa que agarró un fuerte impulso debido a dos razones: “primera, porque me casé con un mexicano y con él me vino el destino posible que todo español trae al nacer: atravesar el Atlántico y empatriarse en tierras americanas; segunda, por haber cruzado mi vida con la Universidad Nacional Autónoma de México”.
            Instalada ya en Ciudad Universitaria, desde el Seminario de Lenguas Indígenas del Instituto de Investigaciones Filológicas lleva a cabo diversas investigaciones sobre la lengua náhuatl, las gramáticas misioneras y, sobre todo, una figura primordial que comprendió a cabalidad el saber indígena: fray Bernardino de Sahagún, y su Historia General de las cosas de la Nueva España, cuya versión definitiva se reúne en el hoy llamado Códice Florentino. Sin embargo, su primer trabajo publicado no versó acerca de los temas arriba descritos, sino acerca de una asignatura pendiente en la Historia del siglo XX: el exilio español de 1939 y sus integrantes, llamados transterrados o generación nepantla. Con España desde México: vida y testimonio de transterrados (1978), Ascensión Hernández Triviño cumplió una deuda de honor hacia sus dos patrias: una, que la vio nacer, y otra, con la que contrajo nupcias y nacionalidad mexicanas; dicho estudio es indispensable para conocer una etapa de la historia contemporánea que, a más de 70 años de distancia, aún genera ámpula entre refugachos y gachupinches, empleando una expresión de su colega y compatriota José Pascual Buxó.  
            Volviendo a sus investigaciones sobre las artes y gramáticas del náhuatl, desde la Conquista y la Colonia hasta las incursiones más recientes de colegas suyos como Patrick Johansson, Pilar Máynez, Bárbara Cifuentes o Leopoldo Valiñas, éstas se cristalizaron en los dos tomos de Tepuztlacuilolli: Impresos en náhuatl. Historia y bibliografía (1988), publicación imprescindible y básica en esos temas, y en constante elaboración, debido a que su bibliografía aumenta día tras día; ella consigna sus nuevas pesquisas en una sección fija de la revista Estudios de Cultura Náhuatl.
Por su persistencia en esos temas, mismos que ha defendido a capa y espada tanto en el Seminario de Cultura Mexicana como en la Sociedad Mexicana de Historiografía Lingüística (SOMEHIL), la Academia Mexicana de la Lengua consideró que su presencia en dicha corporación es primordial en cuanto al equilibrio entre la “lengua del imperio” –Nebrija dixit− y las lenguas vernáculas. Su ingreso le daría nueva fuerza a la Indiada, corriente académica integrada, antaño, por Ángel María Garibay, José Rojas Garcidueñas, Salvador Novo, Andrés Henestrosa y Miguel León-Portilla, colega y esposo; décadas más tarde, Roberto Moreno y de los Arcos, Salvador Díaz Cíntora y el propio Montemayor se le integrarían paulatinamente.  
En el auditorio de la Coordinación de Humanidades, en Ciudad Universitaria, el 22 de enero de 2009, Ascensión Hernández Triviño se convirtió en la tercera ocupante de la silla XXI, después de Jaime Torres Bodet y Salvador Elizondo con la lectura de La tradición gramatical mesoamericana y la creación de nuevos paradigmas en el contexto de la teoría lingüística universal, su discurso de ingreso, del que solamente leyó una versión reducida. En su historia con hache mayúscula, cuenta que un grupo de misioneros, movidos por la utopía de la fe, trataron de evangelizar en las lenguas americanas [y] se convirtieron en espontáneos lingüistas inventando nuevos paradigmas, que dieron germen a una nueva tradición, la tradición mesoamericana, que enriqueció la doctrina gramatical existente y que hoy tiene personalidad propia en el campo de la lingüística.
Aquellos intérpretes y misioneros traían detrás de sí la obra de los primeros gramáticos como Dionisio de Tracia, Elio Donato y Prisciano, y de contemporáneos recientes como Antonio de Nebrija. Pero el don de lenguas que se requiere para predicar y escribir con soltura en una lengua nueva va mucho más lejos porque implica conocer el perfil morfológico de cada palabra y su forma de ensamblarse con las demás, es decir, su función en la oración. Cada uno de los misioneros lingüistas profundizó en el conocimiento de la lengua nativa, a fin de entenderse mejor con sus hablantes; son notables los casos de Maturino Gilberti, Horacio Carochi, Juan Bautista Lagunas, y los ya citados Alonso de Molina y Andrés de Olmos; además, en aras de entenderse, se crearon colegios de humanidades, como Tiripetio o Santa Cruz de Tlatelolco, para recuperar el saber de aquellas culturas. (De todos modos, todo se lo debían a su manager, o sea, a Nebrija.)
Entre los pormenores sobre morfología, sintaxis, partículas, etc., hay dos viejos conceptos heredados de los gramáticos helenísticos: analogía (“fue el primer paso para conocer la naturaleza de la palabra: escuchar los sonidos, diferenciar fonemas, lo que ellos llamaban las letras, e identificar la palabra para establecer una correspondencia con las partes de la oración y determinar su categoría gramatical y sus accidentes”) y anomalía (“permitió perfilar la función de la palabra, novedosa y desconocida para ellos”). Después de todo, “fueron la mejor forma posible de hermenéutica para codificar las nuevas lenguas y crear una nueva tradición lingüística mesoamericana”. 
Con el ingreso de Ascensión Hernández Triviño, la Academia Mexicana de la Lengua incluye en su nómina a una lingüista con todas las letras, cuya auscultación de las lenguas permite conocer a fondo un aprendizaje continuo para descubrir sus fallas, así también los remedios para que funcione mejor; además, sus investigaciones en el campo de la historiografía lingüística habrán de abrir una nueva brecha por donde los nahuatlismos en el español de México recobrarán algo del terreno perdido ante un hispanismo recalcitrante, donde, tarde o temprano, predominará la prosapia indígena, suscitando enconadas polémicas que sendas admiraciones. (Y el resto va por nuestra cuenta.) 

domingo, 1 de julio de 2012

La medicina de las estrellas

Ulises Velázquez Gil
(@Cliobabelis)

Desde antaño, la humanidad, en aras de responderse las preguntas fundamentales (¿quién soy? y ¿de dónde vengo?), ha puesto su mirada hacia el cielo, y ya con algo de prisa, hasta el espacio sideral. Desde los caldeos, los griegos y los mayas, hasta los observatorios de Monte Palomar y Tonanzintla, pasando por Copérnico y Galileo, esa empresa se torna interesante a cada paso.
            En el mundo de la ciencia en México, la presencia de una astrónoma peculiar llamada Julieta Fierro (México, D. F., 1948) le inyecta entusiasmo y pasión a una disciplina que, falsamente, se ha tildado de solemne y, hasta cierto punto, aburrida. Investigadora del Instituto de Astronomía de la UNAM y profesora en la Facultad de Ciencias, cuenta con una vasta obra en torno a la astronomía en general; desde los elementales ¿Cómo acercarse a la astronomía? y El Universo, hasta los atípicos Extraterrestres, Los mundos cercanos y El libro de las cochinadas, además de un alud de libros colectivos, la experiencia compartida por ella se sostiene siempre en aras de aprender con la ciencia (y de divertirse en su procedimiento, claro está), se enuncia en aquella sentencia que los romanos sostenían a cabalidad: festina lente, o “apresúrate lentamente”, porque los grandes hallazgos que cambian el sentido de una vida, siempre se encuentran hasta en los sitios más inusitados.
             (Si un renacentista como Leonardo Da Vinci viajara en el tiempo hasta principios del siglo XXI, y se topara en el camino con Julieta Fierro, no cabría duda que el polifacético artista quedaría estupefacto con el caudal de conocimientos, pero sobre todo la versatilidad con que ella se conduce en todos los sentidos; con su antorcha olímpica de Atenas 2004, una diadema con antenitas de extraterrestre o lanzando libros a diestra y siniestra al público asistente en sus charlas y conferencias, ella comparte su lectura del mundo, que refresca su curiosidad de manera constante. De conocerla, Leonardo seguramente se hubiera inscrito en la Facultad de Ciencias, y así tomar clase con ella.)
            Su pasión por la ciencia es tan acendrada que no hay día sin que publique artículos de divulgación científica, y no por nada es una de las mentes brillantes detrás de La Ciencia desde México, serie emblemática del Fondo de Cultura Económica con más de 25 años de trayectoria editorial. Esta condición endémica, aunada a una infatigable pasión por la lectura, generó en la Academia Mexicana de la Lengua el deseo de integrarla a su seno. Después de cumplir con las diez sesiones reglamentarias y de acordar con su director fecha y lugar para la lectura de su discurso de ingreso, Julieta Fierro se volvió académica de número el 26 de agosto de 2004, en un lugar muy ad hoc a su ímpetu científico: el Museo Universitario de Ciencias, cariñosamente conocido como Universum.
            Antecedida por el Abate José María González de Mendoza, Amancio Bolaño e Isla y Porfirio Martínez Peñaloza (todos, críticos de afilada pluma), se convirtió en la cuarta ocupante de la silla XXV, y como todo incipiente académico puede elegir el tema de su interés para su discurso de ingreso, ella optó por un tema (en apariencia) alejado de sus linderos astronómicos: Imaginemos un caracol, donde establece un paralelo entre el animalito de marras y el hombre. Los caracoles y las personas nos adaptamos para vivir en las grandes urbes. Anualmente ellos gozan al devorar rosales, los chilangos encontramos en nuestra ciudad sorpresas como son las jacarandas en flor; gozamos la libertad para pensar y crear. Y como los caracoles, el hombre lleva su casa a cada instante, es decir, su propio conocimiento. El caracol lleva a cuestas su casa. ¿Y nosotros?: la mente, poblada de palabras. Nuestra edificación de ideas puede ser sorprendente, enriquecida a lo largo de la vida. A veces es un tormento: pesada y con recovecos oscuros que a pocas personas les gustaría conocer, allí domina el enojo.
Al ser la única astrónoma en la Academia, Julieta Fierro tiene un deber innato con la corporación: proporcionar palabras y términos que la ciencia produce y emplea para su desempeño comunicativo. A finales de los años 50, cuando asumió la Dirección, Alfonso Reyes fue enfático al expresar la toral encomienda, por parte de los señores académicos, de crear un Diccionario Tecnológico Mexicano, a semejanza de la Real Academia Española, donde los terminajos antes reservados a los ingenieros, mecánicos y oficios similares, ahora estarían al alcance de todos los hablantes del español de México. (Medio siglo y pico después, aún queda pendiente esa asignatura.) Para saber de ciencia es necesario conocer y usar su lenguaje; con las palabras transmitimos el placer de entender.
A la manera de Isaac Asimov y Carl Sagan, Julieta se esmera en aplicar a sus textos un estilo sencillo de explicar, sin dejar de lado la objetividad de los temas: ni galimatías ni pasquín. Como habrán notado, me gusta la ciencia, su lenguaje, la precisión y elegancia con que generaliza. Volviendo a los gasterópodos, pueden ser una plaga. Por desgracia también las palabras llegan a ser un agobio, sobre todo cuando amplifican necedades. En ese caso sirve enconcharse. Cada quien tiene sus enemigos, los nuestros no son aves o lagartos, como lo son para los helícidos; con mayor frecuencia de la que quisiéramos, son personas capaces de herir con palabras; éstas, como cualquier producto humano, pueden emplearse para el bien y para el mal. (Para los propios académicos de la lengua, ese enemigo a vencer vive en casa propia. Imagínense por qué.) 
En pocas palabras, la presencia de Julieta Fierro en la Academia Mexicana de la Lengua es primordial porque, según reza el viejo adagio, nada humano le es ajeno, y en esa intención, la ciencia siempre dará la pauta de todos sus pasos, donde nos recetará la medicina de las estrellas, motivándonos a descubrir otras maravillas más allá del firmamento, porque, después de todo, sólo somos una pequeña de parte de lo que sabemos. El resto, son sólo aproximaciones y reintegros. (Sin duda alguna.)

viernes, 1 de junio de 2012

Boticario y bibliógrafo

Ulises Velázquez Gil
(@Cliobabelis)

En el mundo de la medicina, ha existido una sana convivencia entre dos tendencias cuya toral misión de cuidar la salud no se discute ni se negocia. Entre alópatas (que curan lo semejante con su contrario) y homeópatas (los similares se alivian entre sí), así anda el juego y cada quien es libre de elegir el remedio que más le acomode. Después de todo, la salud, como la cultura, es un derecho.
            Un bibliófilo por los cuatro costados, Adolfo Castañón (México, D. F, 1952), a lo largo de más de media vida entregado a las letras mexicanas, ha sabido administrarnos en pequeñas y grandes dosis sus saberes encontrados gracias a la lectura, así también con otro tipo de lectura, una que se conforma por viajes, conversaciones, la vida misma; en ambos casos, llevando a efecto lo que su padre –hombre de leyes y de libros– decía: para conversar con él, su interlocutor debía convertirse en libro y, por añadidura, conocerlo a fondo.
            Como todo autor incipiente que se respete, Castañón comenzó su trayectoria literaria con un volumen de poesía, El reyezuelo, y su travesía editorial con una revista juvenil, Cave Canem, pero su acendrada francofilia lo ha conducido por los senderos de Michel de Montaigne, acompañado, desde hace más de treinta años, por una bellísima e inteligente compañera llamada Marie Boissonnet. (A la sazón, maestra de francés de quien esto escribe hace un buen rato. C’est la vie.)
            Otra forma de leer el mundo desde la mirada castoñesca, es el trabajo editorial. Desde la segunda mitad de los años 70, y hasta el comienzo de los dosmiles, Castañón trabajó en una de las casas editoriales más prestigiadas de México, el Fondo de Cultura Económica, dictaminando libros y aprendiendo el oficio de la investigación; un preclaro ejemplo de ello, los quince tomos que componen las Obras Completas de Octavio Paz. Y mientras la mayéutica editorial hacía de las suyas, aquel editor también preparaba su propia bibliografía, muestrario de pasiones y obsesiones donde la conversación que buscaba su padre se lograba a plenitud, con miras a fortalecer tres tipos de experiencia: vivencial (Los oficios del editor, El jardín de los eunucos, Recuerdos de Coyoacán, Viaje a México), vicaria (Arbitrario de literatura mexicana, América Sintáxis, Alfabeto de las esfinges, La gruta tiene dos entradas) y virtual (A veces prosa). En todos los casos, un curioso impenitente.
            Entre su vastísima bibliografía, que comprende ensayo, cuento y poesía, hay un autor (o una literatura, si se prefiere) fundamental para Castañón, cuyo esmero y dedicación se refleja tanto en libros como en empresas culturales en común. Nos referimos, sin duda, a Alfonso Reyes, polígrafo y diplomático de tiempo completo, quien formó parte de la Academia Mexicana de la Lengua desde 1918 –primero, como académico correspondiente, en 1940 ascendió a numerario– hasta su muerte en 1959, ostentando el cargo de Director general. Medio siglo después, su obra sigue suscitando enorme interés igual a críticos como a lectores: la edición en siete volúmenes de su Diario, por ejemplo.
            El 10 de marzo de 2005, la Academia Mexicana de la Lengua recibió oficialmente a Adolfo Castañón como académico de número, sexto ocupante de la silla II, cuidada con anterioridad por Héctor Azar y Francisco Monterde. Aunque para aquel tiempo la Academia ya se había trasladado a su sede actual en Liverpool 76, para la ceremonia de Castañón el viejo edificio de Donceles 66 recobró algo de su gloria de antaño.
Su discurso de ingreso, Trazos para una bibliografía comentada de Alfonso Reyes, con especial atención a su postergada antología mexicana: “En busca del alma nacional”, amén de compartir sus gratas remembranzas del dramaturgo Azar y el crítico Monterde, Castañón recupera una añeja intentona alfonsina: una antología de textos de y sobre México que el propio Reyes pensaba realizar, “un proyecto que lo acompañará como tal desde entonces hasta su muerte: la antología de escritos mexicanos que en ese 1926 se titulaba: En busca del alma nacional. […] El proyecto recibiría otros títulos: el último sería Horizontes mexicanos, como se bautizaría a la selección que en noviembre de 1959 […] trabaja con el entonces joven editor y escritor Gastón García Cantú”. Dentro de esa larga y fructífera empresa, obras como Visión de Anáhuac e Ifigenia cruel quedarían intactas, tal y como Reyes las concibió, mientras que, por otro lado, se le agregarían textos ex profeso, como algunas cartas y varias notas necrológicas sobre colegas y amigos. Finalmente, Castañón pondera también los libros fundamentales para adentrarse en ese universo llamado Alfonso Reyes, aunque, está de más decirlo, la mejor manera de conocerlo es leyéndolo. A guisa de bienvenida, José Luis Martínez celebró su ingreso con la fraternidad que sólo la admiración por Alfonso Reyes puede ofrendar. (Los tres, en distintas épocas de la vida, han hecho de los libros, más que una obligación con la cultura mexicana, un modo de vida.)
A principios de este año, la Academia Mexicana de la Lengua le encomendó una gran responsabilidad al autor de Alfonso Reyes: caballero de la voz errante: el cargo de Archivero-Bibliotecario, antecedido por Vicente Quirarte, José G. Moreno de Alba y Andrés Henestrosa. (Para un íntegro hombre de letras, una prístina misión.)
Por la peculiar naturaleza de su bibliografía, a Adolfo Castañón podría considerársele como una especie de boticario, administrando con sabiduría y franqueza los saberes adquiridos con el tiempo; para curar la pesadumbre editorial, le inyecta vitalidad a la literatura, plural en forma y fondo. Sea como sea, Adolfo Castañón sabrá recetarle buenos remedios a una corporación más que centenaria, con miras hacia la impecable salud de las letras mexicanas. (Contemos con ello, de verdad.)

martes, 1 de mayo de 2012

Cardiólogo citadino

Ulises Velázquez Gil
(@Cliobabelis)

Un griego universal, Constantino Cavafis, nos regaló en uno de sus poemas harto conocidos un par de versos sin desperdicio alguno: No hallarás otras tierras, no hallarás otro mar. La ciudad habrá de seguirte. Quienes llevan a flor de piel el oficio poético, es un deber ante, con y para las palabras. Sin embargo, cuando el milagro de la poesía se conjuga con los senderos de la memoria, el resultado final suscita emociones encontradas, y cuando éste gira en torno a la ciudad, se torna doblemente difícil.
            Quien conoce a plenitud tanto la poesía como la ciudad donde se reside, aparte de contar con una pluma prodigiosa, resultará ser su habitante más fiel, dado que la conoce mejor, aun a la distancia de los hechos presentes, pretéritos y futuros. Me refiero, sin duda, a Vicente Quirarte (México, D. F, 1954), hombre de dos historias –con y sin mayúscula inicial– que lleva dentro de sus venas, siempre a la espera de recobrar la memoria, por donde quiera que ésta resida. Cuando los dictados del tiempo actual sufren la tiranía del fast-track y la vergüenza del “rapidín”, el rescate de una Ciudad de México que solamente ya existe en el recuerdo de sus habitantes más viejos, tiene en Quirarte a su más acérrimo recipiendario.
            Su primer libro, Teatro sobre el viento armado (1978), muestra a un joven poeta empeñado en hablar de la ciudad, en develar su prodigio y debacle, esperanza y frustración; una ciudad en cuyas calles “sentir/ que todos los hombres son Charlot/ y ver en todas las mujeres/ a Catherine Deneuve”. (Al final del poema, el Odiseo que vive al hilo del poema, definirá su viaje en dos palabras: Circe victoriosa.) Otros poemarios como Calle nuestra, Vencer a la blancura o El peatón es asunto de la lluvia, por mencionar algunos, dan fe de un experimentado oficio poético, que se complementa de dos maneras semejantes: la narrativa, evidente en los relatos de El amor destruye lo que inventa e Historias de la Historia, donde el afán de narrar supera todo tipo de fronteras, y, desde luego, el ensayo de largo aliento y el artículo periodístico. Digno es de notar que este tópico comprende tres libros emblemáticos: Enseres para sobrevivir en la ciudad (1994), galería de objetos, lugares y personajes entrañables; Elogio de la calle (2001), suerte de biografía literaria de la Ciudad de México, y el recientísimo Amor de ciudad grande (2012), que conjunta la diversidad del primero y la constancia del segundo. (En este tríptico ensayístico, se conjuntan las formas de la conversación sugeridas por Baltasar Gracián: con los vivos, con los muertos, consigo mismo. Apreciaciones aparte.)
            Uno de los edificios más emblemáticos del Centro Histórico que conserva intacto su espíritu intelectual, se encuentra en el número 66 de la calle Donceles; antes de albergar a la editorial Jus (capitaneada por su colega y amigo Felipe Garrido, por cierto), fue por más de cincuenta años residencia de la Academia Mexicana de la Lengua, institución de enorme prosapia que todavía tuvo el privilegio de recibir a Vicente Quirarte como miembro de número. En la tarde del 19 de junio de 2003, un literato relativamente joven leyó sus primeras palabras académicas bajo un significativo título: El México de los Contemporáneos.
            Tercer ocupante de la silla XXXI, después de Carlos Pellicer y Octavio Paz (segundo en realidad: Paz nunca la ocupó), Quirarte ponderó la presencia del escritor tabasqueño como su primer ocupante; resulta curioso y grato a la vez que esa silla esté predeterminada hacia un poeta, precisamente. A la poesía debo algunos de los instantes más altos de la vida. Junto con aquellos que el amor nos depara, bastan para justificar nuestra existencia. Quiero creer que ella es el centro de mis afanes, imán que determina el comportamiento de otras navegaciones. La poesía es delirio inevitable pero también armonía que combate el caos.
            La segunda parte del discurso versó acerca de uno de los movimientos literarios que marcaron tanto su destino como el de las subsecuentes: los Contemporáneos (Carlos Pellicer, Bernardo Ortiz de Montellano, Enrique González Rojo, José Gorostiza, Jaime Torres Bodet, Xavier Villaurrutia, Elías Nandino, Jorge Cuesta, Gilberto Owen y Salvador Novo), en cuya búsqueda de identidad –literaria, geográfica y hasta sexual–,no cejaron en su empeño de superar toda barrera impuesta por las cenizas del Ateneo de la Juventud y por los candados de los jovencitos agrupados en Barandal y revistas afines (como Octavio Paz, por ejemplo). A final de cuentas, inclusive por encima de su importancia en solitario, todos juntos “por elección y por fatalidad, aceptaron ir en contra de la corriente, en lugar de incorporarse a la monótona rueda de la fortuna de un arte repetitivo, nacionalista en la superficie; retrógrado, en sus profundidades”, para luego rematar con mayor intensidad: “ser Contemporáneo es apasionarse en los objetos y no apasionarse con ellos, para otorgarles la pureza y libertad en que nacieron; ser Contemporáneo es adelantarse al tiempo para volver a México contemporáneo del mundo”. (Suscribiría esto para el propio autor, y creo que ustedes secundarían la moción ¿no creen?)
            ¿Por qué es toral la presencia de Vicente Quirarte en la Academia Mexicana de la Lengua? Además de haber desempeñado por ocho años el cargo de Archivero-Bibliotecario –José G. Moreno de Alba y Andrés Henestrosa, sus gloriosos antecesores–, es fundamental su conocimiento de la palabra, como así también el de la memoria, aquella que hoy tiene cabida en la totalidad de sus obras, y como el protagonista de Sostiene Pereira, confía en las razones del corazón, pero con los ojos muy abiertos. 
              Cardiólogo citadino, se preocupa por la buena salud de la Ciudad de México (ésa que no necesita de segundos pisos ni de petulantes mitotes en el Zócalo para funcionar mejor), justipreciando los hechos y las personas que le roban un gajo a la memoria y así persistir en su particular querencia, en aras de rescatar su ciudad, corazón de una vida avocada a la literatura.