martes, 1 de mayo de 2012

Cardiólogo citadino

Ulises Velázquez Gil
(@Cliobabelis)

Un griego universal, Constantino Cavafis, nos regaló en uno de sus poemas harto conocidos un par de versos sin desperdicio alguno: No hallarás otras tierras, no hallarás otro mar. La ciudad habrá de seguirte. Quienes llevan a flor de piel el oficio poético, es un deber ante, con y para las palabras. Sin embargo, cuando el milagro de la poesía se conjuga con los senderos de la memoria, el resultado final suscita emociones encontradas, y cuando éste gira en torno a la ciudad, se torna doblemente difícil.
            Quien conoce a plenitud tanto la poesía como la ciudad donde se reside, aparte de contar con una pluma prodigiosa, resultará ser su habitante más fiel, dado que la conoce mejor, aun a la distancia de los hechos presentes, pretéritos y futuros. Me refiero, sin duda, a Vicente Quirarte (México, D. F, 1954), hombre de dos historias –con y sin mayúscula inicial– que lleva dentro de sus venas, siempre a la espera de recobrar la memoria, por donde quiera que ésta resida. Cuando los dictados del tiempo actual sufren la tiranía del fast-track y la vergüenza del “rapidín”, el rescate de una Ciudad de México que solamente ya existe en el recuerdo de sus habitantes más viejos, tiene en Quirarte a su más acérrimo recipiendario.
            Su primer libro, Teatro sobre el viento armado (1978), muestra a un joven poeta empeñado en hablar de la ciudad, en develar su prodigio y debacle, esperanza y frustración; una ciudad en cuyas calles “sentir/ que todos los hombres son Charlot/ y ver en todas las mujeres/ a Catherine Deneuve”. (Al final del poema, el Odiseo que vive al hilo del poema, definirá su viaje en dos palabras: Circe victoriosa.) Otros poemarios como Calle nuestra, Vencer a la blancura o El peatón es asunto de la lluvia, por mencionar algunos, dan fe de un experimentado oficio poético, que se complementa de dos maneras semejantes: la narrativa, evidente en los relatos de El amor destruye lo que inventa e Historias de la Historia, donde el afán de narrar supera todo tipo de fronteras, y, desde luego, el ensayo de largo aliento y el artículo periodístico. Digno es de notar que este tópico comprende tres libros emblemáticos: Enseres para sobrevivir en la ciudad (1994), galería de objetos, lugares y personajes entrañables; Elogio de la calle (2001), suerte de biografía literaria de la Ciudad de México, y el recientísimo Amor de ciudad grande (2012), que conjunta la diversidad del primero y la constancia del segundo. (En este tríptico ensayístico, se conjuntan las formas de la conversación sugeridas por Baltasar Gracián: con los vivos, con los muertos, consigo mismo. Apreciaciones aparte.)
            Uno de los edificios más emblemáticos del Centro Histórico que conserva intacto su espíritu intelectual, se encuentra en el número 66 de la calle Donceles; antes de albergar a la editorial Jus (capitaneada por su colega y amigo Felipe Garrido, por cierto), fue por más de cincuenta años residencia de la Academia Mexicana de la Lengua, institución de enorme prosapia que todavía tuvo el privilegio de recibir a Vicente Quirarte como miembro de número. En la tarde del 19 de junio de 2003, un literato relativamente joven leyó sus primeras palabras académicas bajo un significativo título: El México de los Contemporáneos.
            Tercer ocupante de la silla XXXI, después de Carlos Pellicer y Octavio Paz (segundo en realidad: Paz nunca la ocupó), Quirarte ponderó la presencia del escritor tabasqueño como su primer ocupante; resulta curioso y grato a la vez que esa silla esté predeterminada hacia un poeta, precisamente. A la poesía debo algunos de los instantes más altos de la vida. Junto con aquellos que el amor nos depara, bastan para justificar nuestra existencia. Quiero creer que ella es el centro de mis afanes, imán que determina el comportamiento de otras navegaciones. La poesía es delirio inevitable pero también armonía que combate el caos.
            La segunda parte del discurso versó acerca de uno de los movimientos literarios que marcaron tanto su destino como el de las subsecuentes: los Contemporáneos (Carlos Pellicer, Bernardo Ortiz de Montellano, Enrique González Rojo, José Gorostiza, Jaime Torres Bodet, Xavier Villaurrutia, Elías Nandino, Jorge Cuesta, Gilberto Owen y Salvador Novo), en cuya búsqueda de identidad –literaria, geográfica y hasta sexual–,no cejaron en su empeño de superar toda barrera impuesta por las cenizas del Ateneo de la Juventud y por los candados de los jovencitos agrupados en Barandal y revistas afines (como Octavio Paz, por ejemplo). A final de cuentas, inclusive por encima de su importancia en solitario, todos juntos “por elección y por fatalidad, aceptaron ir en contra de la corriente, en lugar de incorporarse a la monótona rueda de la fortuna de un arte repetitivo, nacionalista en la superficie; retrógrado, en sus profundidades”, para luego rematar con mayor intensidad: “ser Contemporáneo es apasionarse en los objetos y no apasionarse con ellos, para otorgarles la pureza y libertad en que nacieron; ser Contemporáneo es adelantarse al tiempo para volver a México contemporáneo del mundo”. (Suscribiría esto para el propio autor, y creo que ustedes secundarían la moción ¿no creen?)
            ¿Por qué es toral la presencia de Vicente Quirarte en la Academia Mexicana de la Lengua? Además de haber desempeñado por ocho años el cargo de Archivero-Bibliotecario –José G. Moreno de Alba y Andrés Henestrosa, sus gloriosos antecesores–, es fundamental su conocimiento de la palabra, como así también el de la memoria, aquella que hoy tiene cabida en la totalidad de sus obras, y como el protagonista de Sostiene Pereira, confía en las razones del corazón, pero con los ojos muy abiertos. 
              Cardiólogo citadino, se preocupa por la buena salud de la Ciudad de México (ésa que no necesita de segundos pisos ni de petulantes mitotes en el Zócalo para funcionar mejor), justipreciando los hechos y las personas que le roban un gajo a la memoria y así persistir en su particular querencia, en aras de rescatar su ciudad, corazón de una vida avocada a la literatura.

domingo, 1 de abril de 2012

El médico de la lectura

Ulises Velázquez Gil
(@Cliobabelis)

En una de tantas entrevistas, Ricardo Garibay citó de memoria una sentencia aplicable al oficio de leer que asumió en cada momento de su vida: “Para qué buscar maestros si cada libro es uno de ellos…” (Conste que nada hay en contra  del gremio magisterial.) Aunque, a decir verdad, sí engloba algo de razón: mientras más se sumerge uno en la lectura, nuevas y mejores cosas salen a su paso, creando paulatinamente un conocimiento propio, y, por qué no, hasta un consumado magisterio. Aún así, son tan necesarios los libros –porque siempre hay uno para cada ocasión– como los maestros –guías oportunos cuando la curiosidad requiere de un molde para fortalecerse andando el tiempo.
            De la extensa nómina de autores que han navegado en ambas aguas sin ahogarse, y con resultados que sorprenderían a más de uno, se encuentra el escritor Felipe Garrido (Guadalajara, Jal., 1942), quien ha dedicado la casi totalidad de sus vida a dos prístinas y francas empresas: la creación literaria, evidente en varios libros de cuentos, y a la promoción de la lectura y a la formación de lectores, muy necesaria en estos tiempos donde el kindle se pone “al tú por tú” con los libros tradicionales. En ambos territorios, con todo y sus resultados, realiza la misma acción: leer el mundo.
            El primer resultado de esa acción se dio en 1973 con la publicación de su primer libro, Viejo continente, suerte de crónicas e impresiones derivadas de un largo viaje que el autor hizo a Europa durante 1968. Mientras las juventudes parisinas (y de todo el mundo, cabe enfatizar) pedían a gritos lo imposible para asumir la realidad, Garrido vivía esa realidad de la manera más imposible, es decir, viajando; no hubo país del viejo mundo que le dejara una experiencia inusitada, con miras a ver de otra forma el mundo. Si los viajes ilustran, como reza el lugar común, para él esta sentencia le quedaba corta… y creería que así ha sido desde entonces.
            En su afán de descifrar los signos con que se compone el mundo, tanto el escrito como el no escrito (si seguimos sendos términos de Italo Calvino), la trayectoria de Felipe Garrido ha tomado dos caminos paralelos: la narrativa de factura propia y la formación de lectores (misma que lo llevó, en algún momento de su vida, ¡¡hasta al Departamento de Materiales Educativos de la SEP!!). Para la primera vía, digno es mencionar sus libros de cuentos, como Con canto no aprendido, La urna y otras historias, La musa y el garabato y Conjuros, por el cual recibirá el próximo 24 de abril el Premio Xavier Villaurrutia 2011. (Bien merecido.)
            Respecto a la formación de lectores, Garrido hace hincapié en que para serlo, no sólo basta leer y escribir, sino aplicarlos constantemente en el acto de leer, porque quien lee un libro, puede leer dos, y quien lee dos, podrá hacerlo con tres, y así sucesivamente. También cabe mencionar que no sólo la lectura es aplicable a las horas de clase, sino para otras cosas, como el tiempo libre, por ejemplo. Además, es enfático cuando reconoce que la literatura ayuda a la vida, pero por igual también lo hacen la ciencia y la tecnología, y demás disciplinas que se acumulen en la semana.
            Sea como narrador sin mancha, sea enarbolando la heroica misión de formar lectores, una corporación de rancio abolengo en esta orilla del charco atlántico, la Academia Mexicana de la Lengua, lo ungió como miembro numerario hace ya ocho años; concretamente, el 9 de septiembre de 2004, en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes (tal y como lo consigna la edición especial de su discurso de ingreso que tuvo a bien obsequiarme). Como lo marca su propia normativa, luego de asistir a, por lo menos, diez sesiones, y de acordar con el director lugar y fecha de su consiguiente investidura, el nuevo académico realizará la lectura de su discurso inicial, que consta de dos partes: la primera, donde pondera y justiprecia las cualidades de su predecesor en la silla que habrá de ocupar, y la segunda sobre un tema de libre elección. El título de su discurso, seguro habrán adivinado, no podía ser otro: Leer el mundo.
            Llevado de la mano por Don Quijote y Sancho, y por los manes de Manuel Alcalá y Alfonso Reyes, Garrido recuerda sus primeros pasos como lector, luego su importante papel como formador de lectores, pero sobre todo, consigna una fe de vida: “Leer los signos para leer el mundo; somos nosotros quienes les damos significado y sentido. El signo es el mismo: Don Quijote y Sancho hace cada quien su lectura […] Estoy en el mundo para leerlo”.
            En ese empeño de “leer el mundo”, reconoce que un medio muy poderoso para formar un lector es la lectura en voz alta; desde su profesores del Instituto México hasta legendarios maestros de la Facultad de Filosofía y Letras, como María del Carmen Millán (quien lo adiestró en las artes editoriales dentro de en la benemérita colección SEP-Setentas) y Juan José Arreola.
            Finalmente, queda por decir que la presencia de Felipe Garrido en la Academia Mexicana de la Lengua es fundamental, dado que la lengua española, al encontrarse en constante transformación, debe reafirmar un apostolado a favor de su aprendizaje, pero sobre todo, de promover la lectura en todos los ámbitos; no por nada, es actualmente su Director Adjunto. Además, en pro de una mejor formación de lectores, todo recurso avocado a ello es sumamente valedero: desde la lectura tradicional de padres a hijos hasta la recomendación multiusos transmitida por Facebook y Twitter. 
            En pocas palabras, Felipe Garrido es un médico de la lectura, porque se encarga de su cuidado y su conservación al suministrarle pluralidad e imaginación a un acto tan solemne como divertido. Y como cada lectura (y relectura, cabe decirlo) conlleva en sí misma su propia multiplicación, queda acercarse a su discurso de ingreso, y así conocer muy a fondo a un escritor y académico eminente con todas las letras. (Buen comienzo, ¿no creen?)

sábado, 31 de marzo de 2012

La Casa del Escritor en Canal 34

Como sabemos, lamentablemente, los espacios dedicados a la cultura disminuyen cada vez más de las programaciones televisivas, ya sea por las políticas de la empresa o por el pretexto más usual en esos ambientes: falta de presupuesto. Duele decirlo, pero es un panorama algo frecuente en estos medios. Sin embargo, y pese a todo pronóstico, hay programas que sí logran afianzarse en el gusto del público y aún se siguen transmitiendo, tal es el caso de La Casa del Escritor, programa que se transmite por Televisión Mexiquense (canales 12 y 34), y que hoy, a esta misma hora, cumple exactamente un año de su entrada al aire.

Conducido por la siempre versátil Laura García Arroyo (sí, la misma de otro programa similar, La dichosa palabra), La Casa del Escritor nos conduce hacia un mundo solamente reservado para iniciados como para familiares, el mundo secreto de cada escritor, conformado por sus bibliotecas, su mesa de trabajo, pero sobre todo, manías y convicciones que los pintan de cuerpo entero. Para su primera temporada, comprendida del 31 de marzo al 23 de junio de 2011, cada emisión contaba con dos o hasta tres invitados, quienes -literalmente- abrían las puertas de su casa y así el público se adentre en un mundo hermoso y desconocido, si se quiere ver así.

Mario Bellatin, Xavier Velasco, Benito y Paco Ignacio Taibo II, Bárbara Jacobs, Mónica Lavín, Eduardo Casar, Bernardo Fernández BEF, Rosa Beltrán, Hugo Hiriart, Paola Tinoco, Juan Domingo Argüelles, Adolfo Castañón, entre otros, han engalanado las pantallas de de Canal 34 con sus consejos, experiencias y, hasta con un poco de paciencia, alguna pizca de su vida privada. Y como semejante programa no puede limitarse a una sola transmisión por semana, esa invención de la vida moderna llamada repetición, ésta se daba los sábados, a las 9:30 pm, para mayor comodidad del televidente. (Entre toda la marabunta de programas dados al pitorreo barato y a denostar la poca dignidad que le resta a la todavía llamada caja idiota, este programa, en sí, ya le daba un nuevo aire a la pantalla. Mérito consumado, de verdad.) Pero como en toda temporada, siempre persiste el final, con la esperanza de volver con fuerza y dedicación renovadas.

Luego de consecutivas repeticiones -y hasta en horarios imposibles, cabe decirlo-, el viernes 30 de septiembre, a las 7:30 pm (con su respectiva repetición los domingos, a las 4 pm), La Casa del Escritor regresó a la pantalla con una segunda temporada, del 30 de septiembre al 2 de diciembre, totalmente renovada y con dos escritores diferentes por emisión. Alberto Chimal, Óscar de la Borbolla, José de la Colina, Geney Beltrán Félix, Sandra Lorenzano, Mardonio Carballo, Beatriz Espejo, Jorge F. Hernández, Margo Glantz, Lauro Zavala, Susana Quintanilla, Mónica Brozon, Luigi Amara, por decir algunos, nos compartieron muchas cosas desconocidas sobre ellos, que reafirmaron frente a las cámaras su pasión por la escritura, pero además nos mostraron un lado muy humano: el amor por los perros que comparten Anamari Gomís y Beatriz Espejo, la analogía entre un poema y un shot de tequila hecha por Mardonio Carballo, las libretas misteriosas de Jorge F. Hernández, la cinefilia de José de la Colina y Lauro Zavala, etc. A final de cuentas, los escritores son gente como uno; como nosotros, pues.

Después de tantas y tantas repeticiones, igual de la primera como de la segunda temporada (y de haber sobrevivido a la masiva salida del aire de programas similares, pretextando "tiempos de elecciones"), La Casa del Escritor espera volver a las frecuencias de Televisión Mexiquense con su tercera temporada, llena de sorpresas para todos sus seguidores, y ya que hablo de seguidores, no olviden seguir el programa en su perfil de Twitter (@lacasa_34tv) para saber más al respecto.

Finalmente, celebro la presencia de programas como La Casa del Escritor y, claro, sigo a la espera de la nueva temporada. (Así sea.)

martes, 14 de febrero de 2012

La frontera de los dos años

Hace algunos meses, después de la lectura de Claudia Hernández de Valle-Arizpe y Ernesto Lumbreras en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia en la Condesa, compartí con Claudia una frase lapidaria que ha sido parte de mi vida: "Amistad que no rebasa la frontera de los dos años, no es amistad verdadera". Ella, al escuchar esto, de drástico y de extremista no me bajó; al menos, en ese momento. Sin embargo, quien desee escudriñar por el lado oscuro del camino -el mío, cabe decir-, al final tendrá que darme la razón. Pero vayamos por partes.

Alguna vez, leyendo una entrevista que se le hizo al animador chileno Don Francisco, encontré la siguiente perla de su autoría: "Soy hombre de pocos amigos y muchos conocidos", y sin dudarlo siquiera, terminé por suscribirla. Y es verdad, son contadas las personas que han ido más allá de la relación académica, laboral y hasta política, pero ninguna ha rebasado su trinchera respectiva. Pero, a fuerza de constancia y persistencia, varias de esas personas superan la barrera de los dos años, y actualmente tienen un lugar muy especial en mi corazón (dispensen lo empalagoso de esta expresión, pero ni modo). Y aunque no las vea con cierta regularidad, siempre se conserva viva la amistad.

Y ¿por qué me restrinjo al parámetro de los dos años? Para unos, la verdadera amistad se hace en un día, con sucesivas confirmaciones a lo largo del tiempo; mientras que, para otros, aún se encuentra en proceso: cinco años, tres décadas, toda una vida... En mi experiencia personal, dos amistades que se antojaban duraderas, ya sea por las coincidencias o por la tentativa de llegar a una relación que se antojaba para futura boda, se interrumpieron por un serie de errores que derivaron en un paulatino distanciamiento, y para cuando se dieron estas disyuntivas, se habían cumplido, precisamente, dos años. A partir de esas desconcertantes experiencias, me quedé con el prurito de los dos años.

Andando el tiempo, descubrí gracias a una maravillosa mujer (de quien, por cierto, me despedí al mediodía en el Panteón Francés, luego de ¡¡siete años!! de amistad) que "los dos años" son sólo una prueba de resistencia, de la que, muy pocos, salen airosos. Afortunadamente, con ella sí se superó por completo, y motivó otra serie de amistades que, para dicha mutua, también hoy gozan de muy buena salud. (Sin contar las pequeñas discrepancias con que cuenta el día tras día...)

Con estas líneas, no busco enseñar nada a nadie, ni mucho menos tomar esta bitácora en línea como una sucursal del Muro de los Lamentos; simplemente deseaba escribirlo, por el mero placer de teclear unos cuantos carácteres de computadora.

A final de cuentas, aún queda mucho por decir sobre aquella experiencia de los dos años, y para comprobarla, hay más tiempo que vida. (Así sea.)

jueves, 26 de enero de 2012

Carlos Prieto en la Academia

Hace unas semanas, seguro lo recuerdan, estuve en la comida anual de la Academia Mexicana de la Historia, donde coincidí con don Miguel León-Portilla y nuestra siempre querida Chonita, a quien, cada vez que nos encontrábamos, le preguntaba de botepronto sobre cuándo ingresaría Carlos Prieto a la Academia Mexicana de la Lengua, y cuya respuesta era ocasionalmente la misma: "No lo sabemos de verdad, Carlos siempre anda de viaje, así que no hay nada concreto..." Lo que son las cosas, en esa ocasión no me acordé de preguntarle y, revisando la página web de la AML, resulta que ese día había llegado al fin. (Hoy mismo.)

Cerca de las 6:25 pm hice mi feliz llegada al Palacio de Bellas Artes, en cuya sala Manuel M. Ponce, se efectuaría la ceremonia de ingreso de Carlos Prieto. A diferencia de lo sucedido con Vicente Leñero (donde se adecuó el vestíbulo principal del palacio, dada la enorme respuesta del público), sí realizaría en dicho recinto, pero con una demanda menor... o, al menos, eso parecía hasta ese momento. (En la fila estaba entre el lugar 20 y el 25, así que ya se imaginarán cómo estuvo aquello...) Faltando 15 minutos para las 7 pm, los empleados de Bellas Artes nos fueron "acomodando" una vez adentro de la sala, dado que no permitieron el apartado de asientos ni sentarse donde sea. (Mi compañero de asiento me platicaba que esa misma actitud, hace un tiempo, la sufrió la mismísima Consuelo Sáizar, Presidenta de CONACULTA, y a quien los empleados no dejaban pasar. De no ser por un colega suyo, de la entrada no hubiera pasado. Cosas de la vida.)

Daban las 7 en punto y los académicos de la lengua empezaban a ocupar sus lugares. Los numerarios Guido Gómez de Silva, Adolfo Castañón, Patrick Johansson, Concepción Company, Arturo Azuela (de sombrero y un poco malo de salud), Tarsicio Herrera Zapién, Ernesto de la Peña, Eduardo Lizalde, José G. Moreno de Alba, Chonita, Leopoldo Valiñas, Julieta Fierro (con una bolsa de mandado muy coqueta, por cierto), Vicente Leñero, Margit Frenk, Vicente Quirarte, Margo Glantz y Elías Trabulse; los recién electos Germán Viveros, Miguel Capistrán y Hugo Gutiérrez Vega, y cuatro correspondientes: Ignacio Padilla, Elmer Mendoza, Raúl Arístides Pérez y Gloria Vergara Mendoza. Y en la mesa directiva, flanqueando al flamante académico, Gonzalo Celorio, Jaime Labastida, Miguel León-Portilla y Diego Valadés. Sin más contratiempos, comenzó la ceremonia.

Como lo marca el orden de cada ceremonia de ingreso, Carlos Prieto leyó su discurso como nuevo académico, "Variaciones sobre Dmitri Shostakovich y otras consideraciones”, dividido en dos partes; en la primera, dedicó algunas palabras sobre su antecesor en la silla XXII, don Eulalio Ferrer, llegado a México con el exilio español, de quien Prieto nos recordó una anécdota muy peculiar de él: estando en el barco rumbo a su nueva patria, atinó a decir "¡¡Cambio tabaco por libro!!", hecho que definió su postrer vocación humanística. Además, ponderó su papel como coleccionista de Quijotes, desde la letra impresa hasta las artes plásticas, fundamental para la creación del Museo del Quijote en Guanajuato, y, por último, su importante paso por la Academia Mexicana de la Lengua.

La segunda parte, como se indicaba en el título del discurso, versó acerca de Dmitri Shostakovich, a quien tuvo la fortuna de conocer en la entonces URSS, cuando Prieto realizaba estudios superiores en la Universidad Lomonosov en Moscú; entre aprendizajes musicales y gratísimas coincidencias, ambos aprendieron de música y, claro, también otro ruso insigne, Igor Stravinsky, se les unió en esa empresa. Y mientras Prieto mencionaba el amargo episodio de la censura del régimen soviético a las bellas artes, el retrato de uno de los directores de la Academia Mexicana de la Lengua, Justo Sierra, se movió de lugar. (¿Alguna pregunta?)

Luego de su lectura, el Director de la AML, Jaime Labastida, le colocó la venera y le entregó el diploma como nuevo integrante. De inmediato, Miguel León-Portilla respondió a su discurso, ponderando, en primer lugar, la importancia de que un músico se incorpore a tan insigne corporación, que hoy en día goza de cabal salud. Afortunadamente, sus libros de memorias (De la URSS a Rusia, Aventuras de un violonchelo y Por la milenaria China) y un estudio sobre la historia de la lengua (Cinco mil años de palabras), sustentan una trayectoria que hoy tiene cabida en un lugar "mitad cofradía, mitad club literario". Y como las sorpresas no paraban allí, el nuevo académico sacó su chelo e invitó al pianista Edison Quintana para cerrar la ceremonia con la interpretación de la Solfa de Pedro, del compositor novohispano Manuel de Zumaya, y de la Sonata para violonchelo y piano del propio Shostakovich. (Un final portentoso.)

Una vez levantada la sesión, entre académicos e invitados pasaron a la terraza del palacio para departir una buena copa de vino y algunos bocadillos. Quien esto escribe, en primer término, se enfrascó en alcanzar a Eduardo Lizalde para pedirle su firma, pero, como en todas sus películas, fue de los primeros en irse. (Igual que Arturo Azuela.) Pero en su lugar aprovechó para saludar a Vicente Quirarte y Adolfo Castañón, a quien le pregunté sobre la Librería Madero ("Les subieron la renta en Madero, pero no te preocupes, ahora estarán donde el Ateneo Español"), y como el mejor ambiente estaba en la terraza, me lancé allí para hacer lo propio, y como los saludos no paraban, Patrick Johansson, Concepción Company y los León-Portilla aparecieron para ello. Acababan de entregarles a Patrick y a Chonita algunos ejemplares de los nuevos discursos académicos, entre éstos, el de Miguel Ángel Granados Chapa. "Con gusto te los daría, pero apenas me los entregaron", me dijo. "No te preocupes, ya los compraré en Minería", respondí. Y siguiendo con el tema de los discursos, Patrick me dijo que no halló las erratas que le señalé en el suyo, quizás ya los corrigieron sobre la marcha. De cualquier forma, yo los tengo, para cuando gustara checarlos.

Casi cerca de retirarme, luego de ¡¡una sola copa de vino tinto!! y varios refrescos de toronja, además de unos deliciosos bocadillos, tuve la oportunidad de saludar a Carlos Prieto, a quien expresé mis buenos deseos ahora como flamante académico de la lengua. "¿Lo veré en próximas sesiones? En una de ésas, hasta encuentro mi ejemplar de Letras Libres con un artículo suyo para que me lo firme". "Claro, con mucho gusto, ojalá y así sea". Me despedí con esa esperanza presente y, con el complejo de Cenicienta a flor de piel, emprendí la dolorosa retirada.

De todas las ceremonias de ingreso a las que he asistido, ésta me dejó un mejor sabor de boca (pese a los odiosos empleados del Palacio de Bellas Artes), porque además de un concierto inolvidable y de reencontrarse con gratas presencias, no cabe duda que un músico en la Academia le dará un nuevo rumbo, y, claro, mayores razones para sí creer en la renovada salud de dicha corporación. Y ahora me pregunto... ¿quién sigue? ¿Viveros, Capistrán o Gutiérrez Vega? (Ya lo veremos, ya sabremos...)

martes, 10 de enero de 2012

Una tarde en la Academia Mexicana de la Historia

No tiene ni un mes el nuevo año, y ya me tiene preparada, no sólo una, sino varias sorpresas, y todas, más que gratas a la cardiografía personal de quien esto escribe. Comencemos por el principio.

Una gran amiga, a quien, para efecto de estas notas, llamaré simplemente mi bellísima colmexicana, me llamó al celular para hacerme una invitación: el martes 10 se llevaría a cabo la comida anual de la Academia Mexicana de la Historia, y como su jefe en El Colegio de México, el Dr. Moisés González Navarro, es académico de número, la invitación se hizo extensiva hacia otros acompañantes. De antemano, dije que sí, y esperaría confirmación suya para ello. Cinco días después, quedó confirmado, así que nos veríamos el mero día, a las 1:30 pm.

Sin proponérmelo siquiera, llegué a la Ciudadela un poco más temprano de lo previsto, y como el lugar de la cita era la Academia Mexicana de la Historia, decidí tomarme un respiro y pasearme por el jardín aledaño; en eso, me llegó al celular la llamada de mi bellísima colmexicana con quien había quedado a la cita, y que se hallaba perdida en el metro Balderas, sin saber hacia dónde salir. Convencido, fui a su encuentro y así llegamos juntos a la academia, donde ya nos estaba esperando don Moisés González Navarro. Con él al frente del petit comité, tomamos nuestro lugar en la mesa y así disfrutar juntos de la comida anual. Antes de eso, saludamos a Aurelio de los Reyes y don Moisés nos hizo una pequeña visita guiada por las instalaciones de la Academia. Y mientras llegaba la hora de la comida, accedimos los tres, por invitación de Vera, nuestra anfitriona en la Academia, a disfrutar un rico aperitivo, consistente en margaritas de tamarindo y de limón; ya entrados en materia, don Moisés pidió una segunda de tamarindo, mi bellísima un refresco, y yo, con demasiada confianza, sólo atiné a decir: "Un tequila, por favor". (¡¡Y reposado, pra acabarla!!) Entre el ir y venir de las copas, hicieron acto de presencia los demás convidados al banquete, entre académicos de la Historia y distinguidos invitados que les acompañaban, bastante entrados en sus charlas, chacoteos y chismologías propias. Los únicos que pasaron a saludarnos: Miguel León-Portilla, acompañado por mi siempre querida Chonita; Javier Garciadiego, jefe máximo del COLMEX ("Tú siempre andas en todas partes, caray", me dijo); Enrique Krauze, de sobra conocido, y, como cereza del pastelito, el Ing. Carlos Slim.

Todavía con la gratitud en nuestros ojos, se nos anunció, finalmente, pasar a la mesa. Mientras los León-Portilla compartían mesa, entre otros, con Andrés Lira, director de la Academia; Krauze, Slim y Consuelo Sáizar, presidenta de CONACULTA, don Moisés, mi bellísima y su servidor, hicieron lo propio con las directivas de la Casa de Cultura de Tamaulipas, Jorge Alberto Manrique, Mercedes de la Garza y Virginia Guedea, académicos de la Historia, y Manuel Ramos Medina, director del Centro de Estudios CARSO (antes CONDUMEX). Entre las ensaladas y el plato fuerte, intercambiamos grandes impresiones sobre el quehacer, pero también la pasión por la historia mexicana; por supuesto, don Moisés estaba más que picado en la charla con Ramos Medina. Y sin desaprovechar ni un solo instante, mi bellísima y yo también conversamos gratamente sobre los amores difíciles, pero también sobre las gratísimas coincidencias y su importante papel en la vida que se va a cada paso. Prometimos que así sería frecuentemente, mientras haya vida. Después del plato fuerte, don Moisés se acercó a mí para susurrarme lo siguiente: "Después del postre, me retiro. Haga lo que tenga que hacer con mi plato y mi copa, que tiene mi permiso para ello. ¿De acuerdo?" Asentí de manera afirmativa. Cinco minutos después de haberse terminado su postre, don Moisés se levantó. "Siento dejarlos en este momento. Con permiso y buenas tardes", dijo. Mi bellísima, en su papel de asistente de González Navarro, lo acompañó a la salida, y quien esto escribe, en su papel de caballero andante, hizo lo propio con ella. Después de cinco minutos en el baño y diez que tardó en llegar su coche, don Moisés se despidió de nosotros; "No olvide que tenemos una cita en el colegio la semana entrante", me dijo, "que siempre será un placer verle."

Contentos de haber cumplido la buena obra del día, regresamos a la mesa para terminarnos lo que faltaba del postre; lamentablemente, ya habían retirado nuestros platos, pero en su lugar nos esperaba una enorme sorpresa: por cortesía de Consuelo Sáizar, y en su caracter de presidenta de CONACULTA, cada uno recibió un paquete conformado por agenda 2012, libreta, calendario de escritorio y un enorme -literalmente- catálogo de las actividades realizadas por dicha institución cultural. "Si el profesor se hubiera esperado quince minutos más", dijo mi bellísima amiga, "se lo habría llevado con gusto". Eso no importaba por ahora, o por lo menos así se veía. Con ese regalo, de hecho, terminaba la maravillosa convivencia en la Academia. Nos despedimos de los León-Portilla, de Garciadiego, y hasta de Krauze, a quien le expresé lo siguiente: "Me gustaría compartir con usted unos artículos que escribí sobre algunos de sus libros"; dicho esto, accedió con gusto y me proporcionó su correo electrónico para así hacer lo propio. (Sigo comprobando que Krauze no es tan malvado como sus detractores lo pintan, pero eso es otra historia...) Nuestra atenta anfitriona, Vera, además de preguntar por don Moisés, se despidió de nosotros; "No te preocupes, nos veremos en el Historia ¿para qué?", le dije, "en mayo, seguro que así será", a lo que respondió: "Oye, ¡¡tú siempre vienes por aquí!! Claro que sí, y no olvides de seguir a la Academia en Facebook". Confirmando mi compromiso, emprendimos la retirada.

Antes de despedirme de mi bellísima colmexicana, nos "repartimos" el regalo de don Moisés: ella, la agenda, la libreta y el calendario, y yo, el pesado catálogo; estaría en mis manos mientras llegaba la hora del encuentro acordado, la semana entrante en el COLMEX. Y para la hora de la despedida, le agradecí todas sus finísimas atenciones por la maravillosa tarde de hoy. "Sólo contigo lo compartiría con gusto, bien lo sabes, y ojalá que así lo veas. De cualquier forma, gracias a ti."

No cabe duda que este tipo de encuentros son los que, de verdad, se agradecen por los cuatro costados, y con la posibilidad de una segunda parte, qué mejor ¿no creen? (¡¡Gracias!!)

viernes, 6 de enero de 2012

2011: lo que la lectura nos dejó...

A lo largo de 2011, quien esto escribe tuvo una que otra ausencia de estos parajes virtuales, y no es para menos. Entre las contingencias familiares y una que otra reestructuración personal, leer fue la manera de seguir avante ante todo y contra todo.
Año con año, resuelvo a enumerar los quince libros que más me impresionaron en el año pasado. Aunque ninguno es igual a otro, una palabra nueva o una impresión inusitada determinan un nuevo rumbo, o confirman el ya asumido. Aparte de haberlos disfrutado sobremanera, en algunos casos tuve la oportunidad de haber conocido al autor, y en otros, fue el obsequio de grandes colegas, cuya lectura de mi parte es una forma de agradecer dicha deferencia. Con todo, comparto con todos ustedes esta selección, en espera de seguir contando con su preferencia a lo largo de 2012.

1) La biblioteca de mi padre (Rodrigo Martínez Baracs) Visita guiada al interior de una de las bibliotecas más importantes de las letras mexicanas, vista desde la mirada de uno de sus testigos y protagonistas más importantes; bibliófilos, investigadores y lectores interesados en conocer más de la literatura mexicana, más que indispensable.
2) Adentro no se abre el silencio (Nadia Escalante Andrade) La poesía inusitada de una escritora con muchas horas de vuelo, nos presenta mil y un maneras de asir el tiempo en los lares de la poesía; entre la duermevela y el despertar, hay distancias que se detienen, y Nadia comparte de primera fuente sus visitaciones.
3) La consagración de la primavera (Camila Krauss) Porque toda poesía es una celebración, Camila Krauss nos comparte aquellas visiones que la llevaron a descubrir, de primera fuente, los arcanos de los que se compone la vida, hecha de palabras, igualmente geniales que desconcertantes. Al final, queda la poesía para confirmarlo.
4) Perros muy azules (Claudia Hernández de Valle-Arizpe) A manera de un “réquiem por un sueño”, tres personajes se pierden para encontrarse; mientras alguien busca vida en la repetición de la memoria, otro se empeña apasionadamente en vivir muchas vidas siempre al margen del tiempo, y sólo una voz decide ver el mundo con otra misma mirada, prístina al fin y al cabo.
5) Por qué importa Sinatra (Pete Hamill) Ni biografía exhaustiva ni escueta monografía, se nos cuenta el aprendizaje musical y afectivo de un cantante que no cejó en vivir a plenitud cada instante de su vida, trayendo consigo una inusitada y legendaria voz que unió a todas las generaciones en una ronda, y persiste en la razón de por qué nos importa y mucho.
6) Andrés y Diego en la muerte de Frida (Rafael Gaona) Detrás de las polémicas exequias de la pintora Frida Kahlo, la presencia del eximio escritor Andrés Iduarte destaca como un dechado de integridad, a merced de los intereses políticos del momento; al final, un escritor comprometido con su honestidad literaria, dio señera lección a todos, lo mismo estrechos colaboradores que acérrimos detractores.
7) Cartas a Tomás Segovia (1957-1985) (Octavio Paz) Ha querido el azar y la coincidencia en regalarme este epistolario entre dos poetas, ahora que uno de ellos, Tomás Segovia, falleció este año; los proyectos poéticos, las gratas confluencias, pero, sobre todo, una amistad distante y cordial, siempre a la espera de conocerse personalmente. De todas las compilaciones epistolares en torno a Paz, ésta es la más entrañable.
8) Red de autores (José Balza) Uno de los críticos y narradores más peculiares de la literatura venezolana, nos entrega una granada selección de ensayos, artículos y retratos de sus escritores; desde Baltasar Gracián y El Lunarejo, pasando por Julio Torri y Octavio Paz, hasta Adolfo Castañón y Paquita la del Barrio, Balza no deja de sorprendernos al compartirnos el entramado verbal de cada uno. Una antología sin par, que merece una y varias relecturas.
9) De tela y de papel (Elva Macías) Publicada por Parentalia ediciones, esta plaquette de diecisiete poemas da fe de la constancia poética de una escritora que ha hecho del viaje su toral residencia; su infancia en Chiapas se desgaja en instantes plenos de sorpresa, pero también de franqueza hacia un tiempo deseado, como la tela que nos cobija, y sorpresivo, como el papel que nos describe.
10) Aguja (José Ángel Leyva) Bajo el postulado rimbaudiano de que el poeta es un vidente, Leyva nos entrega un libro lleno, más que de sorpresas, de invitaciones al viaje que sólo la poesía puede ofrecernos; entre naguales, ángeles y uno que otro diablo, la vida nos incita a conocernos mediante la palabra diaria, certera como una aguja que nos hace y nos deshace, en oficio de Penélope.
11) Tránsito (Claudina Domingo) Más que un poemario, una visita guiada y sin límite de escalas por una Ciudad de México que se antoja habitable, en el sentir abelquezadiano del “mejor de los mundos imposibles”, donde la ciudad nos enseña los dientes y se ensaña con nosotros, sus habitantes, pero a su vez, nos entrega una esperanza, débil al fin, de convivir con ella. Cada quien sabrá su cuento.
12) Expediente del atentado (Álvaro Uribe) Con las cacareadas celebraciones del Centenario por detrás, esta novela que versa sobre el fallido asesinato de Porfirio Díaz, nos presenta un panorama que, si no fuese por las fechas y los personajes, diríamos que se trata de un hecho reciente; bueno, si la historia se empeña en repetírnoslo, claro. (Novela de premio, sin duda.)
13) Más breve que una vida (Antonio Tenorio) En su primera novela, Tenorio se sumerge a los ríos de la memoria familiar al contarnos la vida y milagros de Francisco J. Múgica, caudillo de la Revolución mexicana; un hombre implacable en la escena pública, pero espiritual y nostálgico en la vida privada. Al final, los recuerdos hablan por sí solos.
14) La última escala del tramp steamer (Álvaro Mutis) Una lección de viaje, pero más de fraternidad encontramos en esta noveleta de la saga de Maqroll el gaviero, donde a pesar de los sinsabores de la vida y las pocas y gratas sorpresas encontradas al paso, queda repensar el itinerario y seguir adelante. De las obras indispensables para acercarse a Mutis.
15) Todo nada (Brenda Lozano) Dos formas de la pérdida (la muerte de su abuelo y la ruptura amorosa) se conjuntan en el ser y hacer de una mujer que se cuestiona a cada paso sus razones de vida, sobre si su proceder es el correcto, o de las mil y un maneras de evadirlo, o, si se quiere, de contarlo, a guisa de pecado y expiación. Al final, quedan las palabras.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Astillas literarias 2011

Ha sido entre interesante y difícil este 2011 que hoy termina, de una manera muy heterdoxa para quienes han seguido los últimos acontecimientos dentro del ambiente de las letras en general. Con un 2010 lleno de grandes pérdidas, en este año la vida siempre jugó, al fin y al cabo, el partido final, en busca del gol de oro, para bien y para mal.

Mi homenaje hacia esos autores con los que tuve, breve y constantemente, algún encuentro, se compone por estas astillas personales, protagonizadas por varios personajes que nos dejaron en el año. (Cada uno de ustedes tiene otro punto de vista sobre una u otra mención; ustedes tienen la última palabra, como siempre, pero al compartirles estas palabras, mi propósito se habrá cumplido.

Miguel Ángel Granados Chapa (Oct. 16): Hace dos años, en la Feria del Libro en Minería, después de una presentación de un libro en torno suyo, mientras todo el séquito de reporteros acaparaba a Carmen Aristegui, en el pabellón de las editoriales universitarias Granados Chapa repartía firmas y fotos a todos los asistentes; quien esto escribe se le acercó para pedirle una copia del texto que leyó en el Centenario de Andrés Iduarte en el Palacio de Bellas Artes. Muy cordial de su parte, me dio su correo electrónico y así escribirle para recordárselo. (Y así lo hice.) Las siguientes dos veces que lo vi, una en la FES-Acatlán y otra, en el ingreso de Vicente Leñero a la Academia Mexicana de la Lengua, simplemente nos saludamos y bien.
Tomás Segovia (Nov. 6): Hace exactamente dos años, después de una conferencia de Luis Fernando Lara en la Dirección de Lingüística del INAH, una colega querida, Ascensión Hernández Triviño, nos presentó; entusiasmado por la sorpresa, le expresé a Segovia mi interés por su obra, tanto en poesía como en ensayo, cosa que me agradeció. Pero lo más interesante del encuentro, fue que terminamos hablando ¡¡de blogs!!, dado que ambos somos asiduos viajeros de la red. "No olvide escribirme", me dijo. (Quedó en la mera intención. Quién sabe por qué.)
Daniel Sada (Nov. 19): La primera vez que lo conocí fue gracias a que Óscar de la Borbolla lo invitó a uno de sus clásicos Miércoles literarios; cuando me acerqué a él para que me dedicara su Antología presentida, me dijo: "Qué bueno que tengas este libro, porque a mí me sigue gustando. Y eso que ya no hay de éstos". Se lo agradecí por completo. Años después, me reencontré con él en la Casa Refugio Citlaltépetl, allá por la Condesa, antes de la presentación de sendos poemarios de Silvia Pratt y Elsa Cross. Lo saludé y al preguntarle si seguía escribiendo poesía, simplemente me dijo: "Fíjate que, a estas alturas, ya casi no escribo poesía, me ha ganado más la novela, pero ahí están mis libros de poesía, uno publicado por el Fondo de Cultura Económica, por si te interesa". Después supe que, a media presentación, terminó por irse.
Miguel González Avelar (Nov. 20): Cuando adquirí sus Versos hospitalarios, resolví escribirle un e-mail, compartiéndole mis impresiones; una semana después, me respondió sorprendido y, a su vez, agradecido por mi lectura. Tiempo después, en el Centro Cultural de España, además de conocerlo en persona, le confesé mi inquietud porque un día se anime a reunir todas sus obras de creación literaria en un solo volumen. Me comentó que una y otra vez ese pensamiento pasó por su cabeza, y que sí se animaría a hacerlo. (Ahora le corresponde a Tere y a Nicolás cumplir con esa deuda.)

(¡¡Muchas gracias!!)

jueves, 21 de julio de 2011

Carta viajera para Nellie Goyzueta

Querida Nellie:

Para el momento en que esta misiva llegue a tus manos, seguramente estarás en pleno vuelo hacia las tierras del Gabo y Shakira (de Mutis y Soraya, preferiría decir), a la búsqueda de un nuevo episodio en esa larga y ajena novela llamada vida.

Hace algunas semanas, me enteré de tu viaje y aunque el tiempo no sea, en cierto modo, nuestro, enviaste una cordial y grata invitación hacia las personas que más aprecias y quieres para compartir contigo esa dicha de atravesar otros mares, otros latidos; me imagino que casi todos acudieron a la cita, excepto quien esto escribe, y no fue por falta de ganas, sino por exceso de destino: aún en estos momentos sigo asimilando el alto impacto de un suceso familiar, que algún día tornaré a contar.

Al recibir la gratísima noticia de tu viaje, mi reacción natural fue de alegría, dado que -¡¡por fin!!- el destino decidió jugar a tu favor y otorgarte un viaje, de donde volverás llena de nuevas impresiones, extraordinarias experiencias, pero, sobre todo, de más vida, misma que habrás de compartir a tu regreso. Y aunque no haya estado en aquella reunión (muy al estilo de Mrs. Dalloway), sobra decir que mi cariño y mi certera admiración andaban por allí, deseándote todo lo mejor.

Finalmente, queda decirte: ahora que estarás en otros lares, procura compartir tus impresiones, tus vivencias desde el primer momento, y si la duda o la nostalgia te hicieran mella en algún momento, recuerda muy bien que somos legión los que te queremos y cuya fuerza te envíamos a cada paso. No lo olvides. Al final, harás tuyos aquellos versos de Constantino Cavafis: No hallarás otras tierras, no hallarás otro mar. La ciudad habrá de seguirte.

Con afecto y admiración, recibe un larguísimo, fuerte y fraternal abrazo. (Bon voyage!!)