martes, 14 de febrero de 2012

La frontera de los dos años

Hace algunos meses, después de la lectura de Claudia Hernández de Valle-Arizpe y Ernesto Lumbreras en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia en la Condesa, compartí con Claudia una frase lapidaria que ha sido parte de mi vida: "Amistad que no rebasa la frontera de los dos años, no es amistad verdadera". Ella, al escuchar esto, de drástico y de extremista no me bajó; al menos, en ese momento. Sin embargo, quien desee escudriñar por el lado oscuro del camino -el mío, cabe decir-, al final tendrá que darme la razón. Pero vayamos por partes.

Alguna vez, leyendo una entrevista que se le hizo al animador chileno Don Francisco, encontré la siguiente perla de su autoría: "Soy hombre de pocos amigos y muchos conocidos", y sin dudarlo siquiera, terminé por suscribirla. Y es verdad, son contadas las personas que han ido más allá de la relación académica, laboral y hasta política, pero ninguna ha rebasado su trinchera respectiva. Pero, a fuerza de constancia y persistencia, varias de esas personas superan la barrera de los dos años, y actualmente tienen un lugar muy especial en mi corazón (dispensen lo empalagoso de esta expresión, pero ni modo). Y aunque no las vea con cierta regularidad, siempre se conserva viva la amistad.

Y ¿por qué me restrinjo al parámetro de los dos años? Para unos, la verdadera amistad se hace en un día, con sucesivas confirmaciones a lo largo del tiempo; mientras que, para otros, aún se encuentra en proceso: cinco años, tres décadas, toda una vida... En mi experiencia personal, dos amistades que se antojaban duraderas, ya sea por las coincidencias o por la tentativa de llegar a una relación que se antojaba para futura boda, se interrumpieron por un serie de errores que derivaron en un paulatino distanciamiento, y para cuando se dieron estas disyuntivas, se habían cumplido, precisamente, dos años. A partir de esas desconcertantes experiencias, me quedé con el prurito de los dos años.

Andando el tiempo, descubrí gracias a una maravillosa mujer (de quien, por cierto, me despedí al mediodía en el Panteón Francés, luego de ¡¡siete años!! de amistad) que "los dos años" son sólo una prueba de resistencia, de la que, muy pocos, salen airosos. Afortunadamente, con ella sí se superó por completo, y motivó otra serie de amistades que, para dicha mutua, también hoy gozan de muy buena salud. (Sin contar las pequeñas discrepancias con que cuenta el día tras día...)

Con estas líneas, no busco enseñar nada a nadie, ni mucho menos tomar esta bitácora en línea como una sucursal del Muro de los Lamentos; simplemente deseaba escribirlo, por el mero placer de teclear unos cuantos carácteres de computadora.

A final de cuentas, aún queda mucho por decir sobre aquella experiencia de los dos años, y para comprobarla, hay más tiempo que vida. (Así sea.)

jueves, 26 de enero de 2012

Carlos Prieto en la Academia

Hace unas semanas, seguro lo recuerdan, estuve en la comida anual de la Academia Mexicana de la Historia, donde coincidí con don Miguel León-Portilla y nuestra siempre querida Chonita, a quien, cada vez que nos encontrábamos, le preguntaba de botepronto sobre cuándo ingresaría Carlos Prieto a la Academia Mexicana de la Lengua, y cuya respuesta era ocasionalmente la misma: "No lo sabemos de verdad, Carlos siempre anda de viaje, así que no hay nada concreto..." Lo que son las cosas, en esa ocasión no me acordé de preguntarle y, revisando la página web de la AML, resulta que ese día había llegado al fin. (Hoy mismo.)

Cerca de las 6:25 pm hice mi feliz llegada al Palacio de Bellas Artes, en cuya sala Manuel M. Ponce, se efectuaría la ceremonia de ingreso de Carlos Prieto. A diferencia de lo sucedido con Vicente Leñero (donde se adecuó el vestíbulo principal del palacio, dada la enorme respuesta del público), sí realizaría en dicho recinto, pero con una demanda menor... o, al menos, eso parecía hasta ese momento. (En la fila estaba entre el lugar 20 y el 25, así que ya se imaginarán cómo estuvo aquello...) Faltando 15 minutos para las 7 pm, los empleados de Bellas Artes nos fueron "acomodando" una vez adentro de la sala, dado que no permitieron el apartado de asientos ni sentarse donde sea. (Mi compañero de asiento me platicaba que esa misma actitud, hace un tiempo, la sufrió la mismísima Consuelo Sáizar, Presidenta de CONACULTA, y a quien los empleados no dejaban pasar. De no ser por un colega suyo, de la entrada no hubiera pasado. Cosas de la vida.)

Daban las 7 en punto y los académicos de la lengua empezaban a ocupar sus lugares. Los numerarios Guido Gómez de Silva, Adolfo Castañón, Patrick Johansson, Concepción Company, Arturo Azuela (de sombrero y un poco malo de salud), Tarsicio Herrera Zapién, Ernesto de la Peña, Eduardo Lizalde, José G. Moreno de Alba, Chonita, Leopoldo Valiñas, Julieta Fierro (con una bolsa de mandado muy coqueta, por cierto), Vicente Leñero, Margit Frenk, Vicente Quirarte, Margo Glantz y Elías Trabulse; los recién electos Germán Viveros, Miguel Capistrán y Hugo Gutiérrez Vega, y cuatro correspondientes: Ignacio Padilla, Elmer Mendoza, Raúl Arístides Pérez y Gloria Vergara Mendoza. Y en la mesa directiva, flanqueando al flamante académico, Gonzalo Celorio, Jaime Labastida, Miguel León-Portilla y Diego Valadés. Sin más contratiempos, comenzó la ceremonia.

Como lo marca el orden de cada ceremonia de ingreso, Carlos Prieto leyó su discurso como nuevo académico, "Variaciones sobre Dmitri Shostakovich y otras consideraciones”, dividido en dos partes; en la primera, dedicó algunas palabras sobre su antecesor en la silla XXII, don Eulalio Ferrer, llegado a México con el exilio español, de quien Prieto nos recordó una anécdota muy peculiar de él: estando en el barco rumbo a su nueva patria, atinó a decir "¡¡Cambio tabaco por libro!!", hecho que definió su postrer vocación humanística. Además, ponderó su papel como coleccionista de Quijotes, desde la letra impresa hasta las artes plásticas, fundamental para la creación del Museo del Quijote en Guanajuato, y, por último, su importante paso por la Academia Mexicana de la Lengua.

La segunda parte, como se indicaba en el título del discurso, versó acerca de Dmitri Shostakovich, a quien tuvo la fortuna de conocer en la entonces URSS, cuando Prieto realizaba estudios superiores en la Universidad Lomonosov en Moscú; entre aprendizajes musicales y gratísimas coincidencias, ambos aprendieron de música y, claro, también otro ruso insigne, Igor Stravinsky, se les unió en esa empresa. Y mientras Prieto mencionaba el amargo episodio de la censura del régimen soviético a las bellas artes, el retrato de uno de los directores de la Academia Mexicana de la Lengua, Justo Sierra, se movió de lugar. (¿Alguna pregunta?)

Luego de su lectura, el Director de la AML, Jaime Labastida, le colocó la venera y le entregó el diploma como nuevo integrante. De inmediato, Miguel León-Portilla respondió a su discurso, ponderando, en primer lugar, la importancia de que un músico se incorpore a tan insigne corporación, que hoy en día goza de cabal salud. Afortunadamente, sus libros de memorias (De la URSS a Rusia, Aventuras de un violonchelo y Por la milenaria China) y un estudio sobre la historia de la lengua (Cinco mil años de palabras), sustentan una trayectoria que hoy tiene cabida en un lugar "mitad cofradía, mitad club literario". Y como las sorpresas no paraban allí, el nuevo académico sacó su chelo e invitó al pianista Edison Quintana para cerrar la ceremonia con la interpretación de la Solfa de Pedro, del compositor novohispano Manuel de Zumaya, y de la Sonata para violonchelo y piano del propio Shostakovich. (Un final portentoso.)

Una vez levantada la sesión, entre académicos e invitados pasaron a la terraza del palacio para departir una buena copa de vino y algunos bocadillos. Quien esto escribe, en primer término, se enfrascó en alcanzar a Eduardo Lizalde para pedirle su firma, pero, como en todas sus películas, fue de los primeros en irse. (Igual que Arturo Azuela.) Pero en su lugar aprovechó para saludar a Vicente Quirarte y Adolfo Castañón, a quien le pregunté sobre la Librería Madero ("Les subieron la renta en Madero, pero no te preocupes, ahora estarán donde el Ateneo Español"), y como el mejor ambiente estaba en la terraza, me lancé allí para hacer lo propio, y como los saludos no paraban, Patrick Johansson, Concepción Company y los León-Portilla aparecieron para ello. Acababan de entregarles a Patrick y a Chonita algunos ejemplares de los nuevos discursos académicos, entre éstos, el de Miguel Ángel Granados Chapa. "Con gusto te los daría, pero apenas me los entregaron", me dijo. "No te preocupes, ya los compraré en Minería", respondí. Y siguiendo con el tema de los discursos, Patrick me dijo que no halló las erratas que le señalé en el suyo, quizás ya los corrigieron sobre la marcha. De cualquier forma, yo los tengo, para cuando gustara checarlos.

Casi cerca de retirarme, luego de ¡¡una sola copa de vino tinto!! y varios refrescos de toronja, además de unos deliciosos bocadillos, tuve la oportunidad de saludar a Carlos Prieto, a quien expresé mis buenos deseos ahora como flamante académico de la lengua. "¿Lo veré en próximas sesiones? En una de ésas, hasta encuentro mi ejemplar de Letras Libres con un artículo suyo para que me lo firme". "Claro, con mucho gusto, ojalá y así sea". Me despedí con esa esperanza presente y, con el complejo de Cenicienta a flor de piel, emprendí la dolorosa retirada.

De todas las ceremonias de ingreso a las que he asistido, ésta me dejó un mejor sabor de boca (pese a los odiosos empleados del Palacio de Bellas Artes), porque además de un concierto inolvidable y de reencontrarse con gratas presencias, no cabe duda que un músico en la Academia le dará un nuevo rumbo, y, claro, mayores razones para sí creer en la renovada salud de dicha corporación. Y ahora me pregunto... ¿quién sigue? ¿Viveros, Capistrán o Gutiérrez Vega? (Ya lo veremos, ya sabremos...)

martes, 10 de enero de 2012

Una tarde en la Academia Mexicana de la Historia

No tiene ni un mes el nuevo año, y ya me tiene preparada, no sólo una, sino varias sorpresas, y todas, más que gratas a la cardiografía personal de quien esto escribe. Comencemos por el principio.

Una gran amiga, a quien, para efecto de estas notas, llamaré simplemente mi bellísima colmexicana, me llamó al celular para hacerme una invitación: el martes 10 se llevaría a cabo la comida anual de la Academia Mexicana de la Historia, y como su jefe en El Colegio de México, el Dr. Moisés González Navarro, es académico de número, la invitación se hizo extensiva hacia otros acompañantes. De antemano, dije que sí, y esperaría confirmación suya para ello. Cinco días después, quedó confirmado, así que nos veríamos el mero día, a las 1:30 pm.

Sin proponérmelo siquiera, llegué a la Ciudadela un poco más temprano de lo previsto, y como el lugar de la cita era la Academia Mexicana de la Historia, decidí tomarme un respiro y pasearme por el jardín aledaño; en eso, me llegó al celular la llamada de mi bellísima colmexicana con quien había quedado a la cita, y que se hallaba perdida en el metro Balderas, sin saber hacia dónde salir. Convencido, fui a su encuentro y así llegamos juntos a la academia, donde ya nos estaba esperando don Moisés González Navarro. Con él al frente del petit comité, tomamos nuestro lugar en la mesa y así disfrutar juntos de la comida anual. Antes de eso, saludamos a Aurelio de los Reyes y don Moisés nos hizo una pequeña visita guiada por las instalaciones de la Academia. Y mientras llegaba la hora de la comida, accedimos los tres, por invitación de Vera, nuestra anfitriona en la Academia, a disfrutar un rico aperitivo, consistente en margaritas de tamarindo y de limón; ya entrados en materia, don Moisés pidió una segunda de tamarindo, mi bellísima un refresco, y yo, con demasiada confianza, sólo atiné a decir: "Un tequila, por favor". (¡¡Y reposado, pra acabarla!!) Entre el ir y venir de las copas, hicieron acto de presencia los demás convidados al banquete, entre académicos de la Historia y distinguidos invitados que les acompañaban, bastante entrados en sus charlas, chacoteos y chismologías propias. Los únicos que pasaron a saludarnos: Miguel León-Portilla, acompañado por mi siempre querida Chonita; Javier Garciadiego, jefe máximo del COLMEX ("Tú siempre andas en todas partes, caray", me dijo); Enrique Krauze, de sobra conocido, y, como cereza del pastelito, el Ing. Carlos Slim.

Todavía con la gratitud en nuestros ojos, se nos anunció, finalmente, pasar a la mesa. Mientras los León-Portilla compartían mesa, entre otros, con Andrés Lira, director de la Academia; Krauze, Slim y Consuelo Sáizar, presidenta de CONACULTA, don Moisés, mi bellísima y su servidor, hicieron lo propio con las directivas de la Casa de Cultura de Tamaulipas, Jorge Alberto Manrique, Mercedes de la Garza y Virginia Guedea, académicos de la Historia, y Manuel Ramos Medina, director del Centro de Estudios CARSO (antes CONDUMEX). Entre las ensaladas y el plato fuerte, intercambiamos grandes impresiones sobre el quehacer, pero también la pasión por la historia mexicana; por supuesto, don Moisés estaba más que picado en la charla con Ramos Medina. Y sin desaprovechar ni un solo instante, mi bellísima y yo también conversamos gratamente sobre los amores difíciles, pero también sobre las gratísimas coincidencias y su importante papel en la vida que se va a cada paso. Prometimos que así sería frecuentemente, mientras haya vida. Después del plato fuerte, don Moisés se acercó a mí para susurrarme lo siguiente: "Después del postre, me retiro. Haga lo que tenga que hacer con mi plato y mi copa, que tiene mi permiso para ello. ¿De acuerdo?" Asentí de manera afirmativa. Cinco minutos después de haberse terminado su postre, don Moisés se levantó. "Siento dejarlos en este momento. Con permiso y buenas tardes", dijo. Mi bellísima, en su papel de asistente de González Navarro, lo acompañó a la salida, y quien esto escribe, en su papel de caballero andante, hizo lo propio con ella. Después de cinco minutos en el baño y diez que tardó en llegar su coche, don Moisés se despidió de nosotros; "No olvide que tenemos una cita en el colegio la semana entrante", me dijo, "que siempre será un placer verle."

Contentos de haber cumplido la buena obra del día, regresamos a la mesa para terminarnos lo que faltaba del postre; lamentablemente, ya habían retirado nuestros platos, pero en su lugar nos esperaba una enorme sorpresa: por cortesía de Consuelo Sáizar, y en su caracter de presidenta de CONACULTA, cada uno recibió un paquete conformado por agenda 2012, libreta, calendario de escritorio y un enorme -literalmente- catálogo de las actividades realizadas por dicha institución cultural. "Si el profesor se hubiera esperado quince minutos más", dijo mi bellísima amiga, "se lo habría llevado con gusto". Eso no importaba por ahora, o por lo menos así se veía. Con ese regalo, de hecho, terminaba la maravillosa convivencia en la Academia. Nos despedimos de los León-Portilla, de Garciadiego, y hasta de Krauze, a quien le expresé lo siguiente: "Me gustaría compartir con usted unos artículos que escribí sobre algunos de sus libros"; dicho esto, accedió con gusto y me proporcionó su correo electrónico para así hacer lo propio. (Sigo comprobando que Krauze no es tan malvado como sus detractores lo pintan, pero eso es otra historia...) Nuestra atenta anfitriona, Vera, además de preguntar por don Moisés, se despidió de nosotros; "No te preocupes, nos veremos en el Historia ¿para qué?", le dije, "en mayo, seguro que así será", a lo que respondió: "Oye, ¡¡tú siempre vienes por aquí!! Claro que sí, y no olvides de seguir a la Academia en Facebook". Confirmando mi compromiso, emprendimos la retirada.

Antes de despedirme de mi bellísima colmexicana, nos "repartimos" el regalo de don Moisés: ella, la agenda, la libreta y el calendario, y yo, el pesado catálogo; estaría en mis manos mientras llegaba la hora del encuentro acordado, la semana entrante en el COLMEX. Y para la hora de la despedida, le agradecí todas sus finísimas atenciones por la maravillosa tarde de hoy. "Sólo contigo lo compartiría con gusto, bien lo sabes, y ojalá que así lo veas. De cualquier forma, gracias a ti."

No cabe duda que este tipo de encuentros son los que, de verdad, se agradecen por los cuatro costados, y con la posibilidad de una segunda parte, qué mejor ¿no creen? (¡¡Gracias!!)

viernes, 6 de enero de 2012

2011: lo que la lectura nos dejó...

A lo largo de 2011, quien esto escribe tuvo una que otra ausencia de estos parajes virtuales, y no es para menos. Entre las contingencias familiares y una que otra reestructuración personal, leer fue la manera de seguir avante ante todo y contra todo.
Año con año, resuelvo a enumerar los quince libros que más me impresionaron en el año pasado. Aunque ninguno es igual a otro, una palabra nueva o una impresión inusitada determinan un nuevo rumbo, o confirman el ya asumido. Aparte de haberlos disfrutado sobremanera, en algunos casos tuve la oportunidad de haber conocido al autor, y en otros, fue el obsequio de grandes colegas, cuya lectura de mi parte es una forma de agradecer dicha deferencia. Con todo, comparto con todos ustedes esta selección, en espera de seguir contando con su preferencia a lo largo de 2012.

1) La biblioteca de mi padre (Rodrigo Martínez Baracs) Visita guiada al interior de una de las bibliotecas más importantes de las letras mexicanas, vista desde la mirada de uno de sus testigos y protagonistas más importantes; bibliófilos, investigadores y lectores interesados en conocer más de la literatura mexicana, más que indispensable.
2) Adentro no se abre el silencio (Nadia Escalante Andrade) La poesía inusitada de una escritora con muchas horas de vuelo, nos presenta mil y un maneras de asir el tiempo en los lares de la poesía; entre la duermevela y el despertar, hay distancias que se detienen, y Nadia comparte de primera fuente sus visitaciones.
3) La consagración de la primavera (Camila Krauss) Porque toda poesía es una celebración, Camila Krauss nos comparte aquellas visiones que la llevaron a descubrir, de primera fuente, los arcanos de los que se compone la vida, hecha de palabras, igualmente geniales que desconcertantes. Al final, queda la poesía para confirmarlo.
4) Perros muy azules (Claudia Hernández de Valle-Arizpe) A manera de un “réquiem por un sueño”, tres personajes se pierden para encontrarse; mientras alguien busca vida en la repetición de la memoria, otro se empeña apasionadamente en vivir muchas vidas siempre al margen del tiempo, y sólo una voz decide ver el mundo con otra misma mirada, prístina al fin y al cabo.
5) Por qué importa Sinatra (Pete Hamill) Ni biografía exhaustiva ni escueta monografía, se nos cuenta el aprendizaje musical y afectivo de un cantante que no cejó en vivir a plenitud cada instante de su vida, trayendo consigo una inusitada y legendaria voz que unió a todas las generaciones en una ronda, y persiste en la razón de por qué nos importa y mucho.
6) Andrés y Diego en la muerte de Frida (Rafael Gaona) Detrás de las polémicas exequias de la pintora Frida Kahlo, la presencia del eximio escritor Andrés Iduarte destaca como un dechado de integridad, a merced de los intereses políticos del momento; al final, un escritor comprometido con su honestidad literaria, dio señera lección a todos, lo mismo estrechos colaboradores que acérrimos detractores.
7) Cartas a Tomás Segovia (1957-1985) (Octavio Paz) Ha querido el azar y la coincidencia en regalarme este epistolario entre dos poetas, ahora que uno de ellos, Tomás Segovia, falleció este año; los proyectos poéticos, las gratas confluencias, pero, sobre todo, una amistad distante y cordial, siempre a la espera de conocerse personalmente. De todas las compilaciones epistolares en torno a Paz, ésta es la más entrañable.
8) Red de autores (José Balza) Uno de los críticos y narradores más peculiares de la literatura venezolana, nos entrega una granada selección de ensayos, artículos y retratos de sus escritores; desde Baltasar Gracián y El Lunarejo, pasando por Julio Torri y Octavio Paz, hasta Adolfo Castañón y Paquita la del Barrio, Balza no deja de sorprendernos al compartirnos el entramado verbal de cada uno. Una antología sin par, que merece una y varias relecturas.
9) De tela y de papel (Elva Macías) Publicada por Parentalia ediciones, esta plaquette de diecisiete poemas da fe de la constancia poética de una escritora que ha hecho del viaje su toral residencia; su infancia en Chiapas se desgaja en instantes plenos de sorpresa, pero también de franqueza hacia un tiempo deseado, como la tela que nos cobija, y sorpresivo, como el papel que nos describe.
10) Aguja (José Ángel Leyva) Bajo el postulado rimbaudiano de que el poeta es un vidente, Leyva nos entrega un libro lleno, más que de sorpresas, de invitaciones al viaje que sólo la poesía puede ofrecernos; entre naguales, ángeles y uno que otro diablo, la vida nos incita a conocernos mediante la palabra diaria, certera como una aguja que nos hace y nos deshace, en oficio de Penélope.
11) Tránsito (Claudina Domingo) Más que un poemario, una visita guiada y sin límite de escalas por una Ciudad de México que se antoja habitable, en el sentir abelquezadiano del “mejor de los mundos imposibles”, donde la ciudad nos enseña los dientes y se ensaña con nosotros, sus habitantes, pero a su vez, nos entrega una esperanza, débil al fin, de convivir con ella. Cada quien sabrá su cuento.
12) Expediente del atentado (Álvaro Uribe) Con las cacareadas celebraciones del Centenario por detrás, esta novela que versa sobre el fallido asesinato de Porfirio Díaz, nos presenta un panorama que, si no fuese por las fechas y los personajes, diríamos que se trata de un hecho reciente; bueno, si la historia se empeña en repetírnoslo, claro. (Novela de premio, sin duda.)
13) Más breve que una vida (Antonio Tenorio) En su primera novela, Tenorio se sumerge a los ríos de la memoria familiar al contarnos la vida y milagros de Francisco J. Múgica, caudillo de la Revolución mexicana; un hombre implacable en la escena pública, pero espiritual y nostálgico en la vida privada. Al final, los recuerdos hablan por sí solos.
14) La última escala del tramp steamer (Álvaro Mutis) Una lección de viaje, pero más de fraternidad encontramos en esta noveleta de la saga de Maqroll el gaviero, donde a pesar de los sinsabores de la vida y las pocas y gratas sorpresas encontradas al paso, queda repensar el itinerario y seguir adelante. De las obras indispensables para acercarse a Mutis.
15) Todo nada (Brenda Lozano) Dos formas de la pérdida (la muerte de su abuelo y la ruptura amorosa) se conjuntan en el ser y hacer de una mujer que se cuestiona a cada paso sus razones de vida, sobre si su proceder es el correcto, o de las mil y un maneras de evadirlo, o, si se quiere, de contarlo, a guisa de pecado y expiación. Al final, quedan las palabras.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Astillas literarias 2011

Ha sido entre interesante y difícil este 2011 que hoy termina, de una manera muy heterdoxa para quienes han seguido los últimos acontecimientos dentro del ambiente de las letras en general. Con un 2010 lleno de grandes pérdidas, en este año la vida siempre jugó, al fin y al cabo, el partido final, en busca del gol de oro, para bien y para mal.

Mi homenaje hacia esos autores con los que tuve, breve y constantemente, algún encuentro, se compone por estas astillas personales, protagonizadas por varios personajes que nos dejaron en el año. (Cada uno de ustedes tiene otro punto de vista sobre una u otra mención; ustedes tienen la última palabra, como siempre, pero al compartirles estas palabras, mi propósito se habrá cumplido.

Miguel Ángel Granados Chapa (Oct. 16): Hace dos años, en la Feria del Libro en Minería, después de una presentación de un libro en torno suyo, mientras todo el séquito de reporteros acaparaba a Carmen Aristegui, en el pabellón de las editoriales universitarias Granados Chapa repartía firmas y fotos a todos los asistentes; quien esto escribe se le acercó para pedirle una copia del texto que leyó en el Centenario de Andrés Iduarte en el Palacio de Bellas Artes. Muy cordial de su parte, me dio su correo electrónico y así escribirle para recordárselo. (Y así lo hice.) Las siguientes dos veces que lo vi, una en la FES-Acatlán y otra, en el ingreso de Vicente Leñero a la Academia Mexicana de la Lengua, simplemente nos saludamos y bien.
Tomás Segovia (Nov. 6): Hace exactamente dos años, después de una conferencia de Luis Fernando Lara en la Dirección de Lingüística del INAH, una colega querida, Ascensión Hernández Triviño, nos presentó; entusiasmado por la sorpresa, le expresé a Segovia mi interés por su obra, tanto en poesía como en ensayo, cosa que me agradeció. Pero lo más interesante del encuentro, fue que terminamos hablando ¡¡de blogs!!, dado que ambos somos asiduos viajeros de la red. "No olvide escribirme", me dijo. (Quedó en la mera intención. Quién sabe por qué.)
Daniel Sada (Nov. 19): La primera vez que lo conocí fue gracias a que Óscar de la Borbolla lo invitó a uno de sus clásicos Miércoles literarios; cuando me acerqué a él para que me dedicara su Antología presentida, me dijo: "Qué bueno que tengas este libro, porque a mí me sigue gustando. Y eso que ya no hay de éstos". Se lo agradecí por completo. Años después, me reencontré con él en la Casa Refugio Citlaltépetl, allá por la Condesa, antes de la presentación de sendos poemarios de Silvia Pratt y Elsa Cross. Lo saludé y al preguntarle si seguía escribiendo poesía, simplemente me dijo: "Fíjate que, a estas alturas, ya casi no escribo poesía, me ha ganado más la novela, pero ahí están mis libros de poesía, uno publicado por el Fondo de Cultura Económica, por si te interesa". Después supe que, a media presentación, terminó por irse.
Miguel González Avelar (Nov. 20): Cuando adquirí sus Versos hospitalarios, resolví escribirle un e-mail, compartiéndole mis impresiones; una semana después, me respondió sorprendido y, a su vez, agradecido por mi lectura. Tiempo después, en el Centro Cultural de España, además de conocerlo en persona, le confesé mi inquietud porque un día se anime a reunir todas sus obras de creación literaria en un solo volumen. Me comentó que una y otra vez ese pensamiento pasó por su cabeza, y que sí se animaría a hacerlo. (Ahora le corresponde a Tere y a Nicolás cumplir con esa deuda.)

(¡¡Muchas gracias!!)

jueves, 21 de julio de 2011

Carta viajera para Nellie Goyzueta

Querida Nellie:

Para el momento en que esta misiva llegue a tus manos, seguramente estarás en pleno vuelo hacia las tierras del Gabo y Shakira (de Mutis y Soraya, preferiría decir), a la búsqueda de un nuevo episodio en esa larga y ajena novela llamada vida.

Hace algunas semanas, me enteré de tu viaje y aunque el tiempo no sea, en cierto modo, nuestro, enviaste una cordial y grata invitación hacia las personas que más aprecias y quieres para compartir contigo esa dicha de atravesar otros mares, otros latidos; me imagino que casi todos acudieron a la cita, excepto quien esto escribe, y no fue por falta de ganas, sino por exceso de destino: aún en estos momentos sigo asimilando el alto impacto de un suceso familiar, que algún día tornaré a contar.

Al recibir la gratísima noticia de tu viaje, mi reacción natural fue de alegría, dado que -¡¡por fin!!- el destino decidió jugar a tu favor y otorgarte un viaje, de donde volverás llena de nuevas impresiones, extraordinarias experiencias, pero, sobre todo, de más vida, misma que habrás de compartir a tu regreso. Y aunque no haya estado en aquella reunión (muy al estilo de Mrs. Dalloway), sobra decir que mi cariño y mi certera admiración andaban por allí, deseándote todo lo mejor.

Finalmente, queda decirte: ahora que estarás en otros lares, procura compartir tus impresiones, tus vivencias desde el primer momento, y si la duda o la nostalgia te hicieran mella en algún momento, recuerda muy bien que somos legión los que te queremos y cuya fuerza te envíamos a cada paso. No lo olvides. Al final, harás tuyos aquellos versos de Constantino Cavafis: No hallarás otras tierras, no hallarás otro mar. La ciudad habrá de seguirte.

Con afecto y admiración, recibe un larguísimo, fuerte y fraternal abrazo. (Bon voyage!!)

lunes, 11 de julio de 2011

Entre libros, entrevistas

Hace tiempo, mientras navegaba en las aguas heladas del cálculo tuitero, en una sentencia dicha al vuelo dije que defiendo a ultranza los libros de entrevistas, y no es para menos, dado que me apasiona leerlos y descubrir otra faceta de las diversas personalidades puestas frente a un reportero. (Despacio y nos amanecemos...)

Como género bastante socorrido, la entrevista cuenta con una finalidad primordial: conocer de primera fuente las opiniones de los protagonistas del momento sobre sus temas, sus hechos y, sobre todo, la manera cómo se definen dentro del mundo. Pero hay de entrevistas a entrevistas, las hay de banquetazo, que sólo buscan la palabrería del indiciado en cuestión, como en las revistas de chismes que se venden en el súper o se leen (por accidente, claro) en la estética o en el baño; ese tipo de entrevistas, digamos, son como las papitas de bolsa o los refrescos: para calmar el antojo están bien, pero como alimento diario, no lo creo...

Sin embargo, hay otro tipo de entrevistas que vieron la luz en una publicación diaria o semanal, y cuya sustancia primigenia todavía suscita buenas intenciones y una clara curiosidad, aún después de haber pasado del papel periódico al couché empastado. Grandes exponentes de ello son, entre otros nombres, Raquel Tibol y Elena Poniatowska, dedicadas al arte y a la vida en México, y de quienes me ocuparé en otra ocasión. Ahora sólo me dedicaré a comentar los libros de entrevistas que más me han gustado, con todo y sus respectivos "asegunes", cuya mención es necesaria.

En mis tempranas mocedades, tanto físicas como literarias, encontré en un bazar libresco un ejemplar igual de gratificante que polémico: El poeta en su tierra. Diálogos con Octavio Paz, del incipiente periodista Braulio Peralta. Aún reciente la muerte del poeta, sentí en esas páginas que su pensamiento nunca se iría del todo y cuando esas palabras llegaban al incipiente (todavía, cabe notarlo) oído de quien esto escribe, no cabía la menor duda: mi destino estaba en las letras. He aquí una de mis partes predilectas: "-Desde dónde escribe usted, ¿desde el centro, desde la izquierda, desde dónde? -Desde mi cuarto, desde mi soledad, desde mí mismo. Nunca desde los otros." Y de allí, pa´l real...

Ya en los primeros años de la carrera de Letras Hispánicas en la hoy FES-Acatlán, fui uno de los afortunados en recibir un libro de obsequio en la charla de Marco Aurelio Carballo dentro de la primera temporada de las charlas literarias con Óscar de la Borbolla. El autor invitado resolvió regalar varios ejemplares de sus libros a los asistentes que le preguntaron varias cosas; cuando llegó mi turno, me dio a elegir entre novelas, cuentos y entrevistas. "Pues el de entrevistas, por favor..." Después, entre las tareas de cada materia y el traslado diario hacia casita, me aventaba una entrevista completa de las 29 que conforman Los atrevidos (publicado en su tiempo por la UAM-Xochimilco, hoy reeditado por CONACULTA en su serie Periodismo Cultural); Lola Beltrán, Rául Velasco, Ricardo Garibay, Julio Cortázar, Rius, entre otros ilustres personajes, me mostraban su mundo y el tiempo que les correspondió ver y vivir. Incluso el propio Carballo cuenta algunos avatares suscitados en el tiempo de cada entrevista. En una palabra, amén de conocer algo más sobre las personalidades del momento, se nos daban algunos pormenores al momento de la entrevista. (Crónica y entrevista por el mismo precio.)

Una de las presencias más queridas en mi oficio de lector, es, sin duda, Álvaro Mutis. Y para este asunto de las entrevistas, tampoco él podía quedarse atrás. Celebraciones y otros fantasmas compila seis extensas entrevistas al autor de Ilona llega con la lluvia, hechas por su colega y compatriota Eduardo García Aguilar, donde Mutis revisa toda una trayectoria llena de obsesiones literarias, procesos de creación de sus poemas y novelas, además de los viajes que han sustentado buena parte de su vida. No dudo en echarme una de sus seis entrevistas, a lo menos, cada verano, es decir, como en estos días.

Como cliente asiduo de los Remates del Auditorio Nacional, siempre regreso lleno de nuevas cosas, o por lo menos, de alguna cosilla curiosa. Prueba de ello, Voces que cuentan, de Sari Bermúdez, que compila varias de las entrevistas que se transmitieron originalmente en el programa Hoy en la cultura por el Canal Once hace ya muchos años. El leitmotiv de las 27 entrevistas que conforman el libro, principalmente se refiere a figuras de la cultura mexicana y universal; sin temor a equivocarme, en este libro se encuentra la famosa entrevista que Sari Bermúdez le hizo a Octavio Paz, en ocasión de sus 80 años de vida. Igualmente se incluyen varias con Oliver Stone, Enrique Krauze, Lola y Manuel Álvarez Bravo, y hasta Elena Garro, también polémica pero rica en anécdotas. No dudaría en recomendarla para quienes deseen conocer a los protagonistas de la cultura en México.

En los tiempos que tuve la fortuna de conocer a mi siempre maravilloso Jorge F. Hernández (quien espero se encuentre bien de salud, desde aquí va un fuerte abrazo), en una de las Ventas Nocturnas del FCE encontré un volumen de entrevistas compilado y prologado por él: Territorios del tiempo. Antología de entrevistas con Carlos Fuentes. Para los lectores acérrimos pero también para los nuevos admiradores del autor de La región más transparente, en esta serie de 16 entrevistas, se conocen las aristas de un Fuentes aplicado a las artes de la narrativa y el debate sobre la política presente, pero también sobre el papel del escritor en la vida misma. Todo esto, complementado por el delicioso prólogo con que Jorge F. Hernández nos presenta su propia visión sobre Carlos Fuentes. (Si lo consiguen, lo disfrutarán de principio a fin.)

Y ya estacionados en volúmenes sobre un solo autor, Yo, Elena de Carlos Landeros es una pequeña contribución hacia el redescubrimiento y consiguiente revaloración de Elena Garro, y nadie como el propio Landeros (a la sazón, entrañable amigo de la escritora) para hacerle la debida justicia literaria a una autora inclasificable, pero llena de talento. Junto a La ingobernable de Luis Enrique Ramírez, excelente opción para conocer, de cuerpo entero, a Elena Garro.

Todo mundo sabe de sobra quién o qué hace Tere Vale, y confío en que muchos de ustedes la ubican (casi de golpe y porrazo) como periodista, ya sea en ABC Radio, Ondas del Lago o TV Mexiquense, desde luego. Y en su faceta como entrevistadora, las más de las veces. En una suerte de arreglo de cuentas con sus seguidores, nos entregó hace algunos años un volumen con diez personalidades en su mayoría pertenecientes al mundo de la ciencia, la cultura y las artes (y uno que otro personaje de la política), con un tema en común: que sean mexicanos de excepción. De frente y de perfil reúne diez entrevistas con Cuauhtémoc Cárdenas, Silvia Pinal, Fernando del Paso, Mario Molina, Angélica María, Juan Ramón de la Fuente, José Woldenberg, Guillermo Arriaga (sí, el guionista de Amores perros), Alejandro Soberón (el cerebro detrás de CIE, la empresa líder en conciertos y eventos afines), y Alondra de la Parra (cuya entrevista sugiero leer con cuidado, en especial, sus contadísimos detractores). Muchas de las claves que se requieren en estos interesantes tiempos, se encuentran en este volumen. (Hay que revisarlo.)

Cierro estas notas con un aviso y, a su vez, esperanza: actualmente tengo en mi mesa de trabajo Testigos de nuestro tiempo de Ana Cruz, también producto de su experiencia en Canal 22 y que reúne veinte de un sinnúmero de entrevistas realizadas, en cuyos protagonistas se encuentran Jaime Sabines, Álvaro Mutis, Carmen Boullosa, Carlos Monsiváis, Miguel León-Portilla, Ángeles Mastretta, Elena Poniatowska, Juan Soriano, entre otros. No dudaría que para algunos acercarse a este libro, es una manera de maravillarse por las pasiones de aquellos que hacen llevadera la labor de la cultura. (Sin duda.)

Finalmente, me encantan los libros de entrevistas por éstas y otras tantas cosas. Y decir algo sobre ello, la verdad, quedaría corto y hasta ahí. (Ojalá y les interese. Ojalá.)

sábado, 11 de junio de 2011

La edad de los Nuncas y los Nuevos 20

A sólo cinco días de cumplir añitos (y de replantearme muchas cosas, claro está), me pregunto si habré hecho bien en seguir la línea que he llevado en mucho tiempo.

Por influencia de varias personas mayores que quien esto escribe, me abruma la expresión denominada la edad de los Nuncas, es decir, la manera cómo han dado en denominar a la década de los 30, por aquello de que las cosas que no se pensaba hacer estando en los 20´s, ahora en la siguiente década sean el pan de todos los días. ("Nunca pensé acabar así..." "Nunca imaginé verme casado y con hijos..." "Nunca me imaginé vivir así..." y cosas por el estilo.)

Hagamos un alto en el camino. Anoche, mientras regresaba a casita, me acordé de un ex-compañero de la secundaria, y, sin saberlo siquiera, ya tenía una invitación suya para agregarlo al facebook, no sin antes mandarme un mensaje embotellado. Primero leí su cálido mensaje, que luego contesté, para después agregarlo sin problema alguno. Dos horas después, me respondió con otra buena noticia: que frecuenta mucho a un compañero nuestro, precisamente a quien he estado buscando por largo rato. Para ellos, que viven en California, dicha edad ya no les pesa, porque se aventaron a seguir su camino. (Dos locutores de radio, a cargo de un mornin chou y de un turno vespertino en cabina, respectivamente.)

Ahora bien, según la opinión de varios expertos (a los que agrego la visión de una gran amiga, princesa de altos vuelos), la década de los 30 se le ha dado en llamar los Nuevos 20, porque se suceden las mejores cosas, a semejanza de las acontecidas en la década precedente; y bien me lo dijo la Princess of Salamanca, porque su vida en las Europas no se hubiera dado en otras circunstancias. Pero hay otros que sostienen que las peores cosas (incluso las biológicas y donde la salud tiene mucho que decir) suceden ya entrados los treintas.

Sin embargo, creo que ambas posturas se contraponen en un servidor; celebro el segundo aire que otorgará, quizás, entrar a una nueva década, pero me espanta no cumplir otras cosas y que el cuerpo haga de las suyas, sin siquiera anunciarlo... (A la vejez, viruelas; y a la juventud, ¿artritis?) Ya veremos en qué para todo esto, por mientras... celebremos. Y ya.

jueves, 12 de mayo de 2011

Vicente Leñero en la Academia

Desde hace más de dos años, tengo el privilegio de asistir a varias de las sesiones públicas que realiza la Academia Mexicana de la Lengua en ocasión del ingreso de un nuevo integrante, cosa que me llena de gusto, dado el regocijo por (re)conocer a las luminarias que forman parte de tan insigne institución. (Las ceremonias de Ascensión Hernández Triviño, Patrick Johansson y Leopoldo Valiñas, respectivamente, son claro ejemplo de ello.) Sin embargo, uno no está exento de asistir a una que sea todo lo contrario, tal es el caso de la ceremonia de hoy, con el ingreso del dramaturgo, periodista, guionista y narrador Vicente Leñero. (Y para remediar un poco el desconcierto que traigo encima, procedo a contarlo todo, desde el principio.)

Luego de un delicioso ágape en tierras universitarias del noroeste y de que se me encaminara hasta el metro Camarones (donde estuve rodeado de puros aficionados al Cruz Azul hasta que hice el cambio de línea), a las 6:20 pm, llegué a Bellas Artes donde vi que el Palacio tenía las puertas cerradas; casi me daba el patatús, pero al ver que varias personas entraban al recinto por la puerta izquierda, decidí seguirlas y sí, no había nada de que preocuparse: la sesión pública de la Academia Mexicana de la Lengua sí se llevaría a cabo, pero no en la sala Manuel M. Ponce, ¡¡sino en el vestíbulo principal!! (De acuerdo con las informaciones de Radio Pasillo, al llegar una inmensa cantidad de gente al evento, las autoridades del INBA resolvieron, en el último minuto, trasladarla a un espacio más amplio. Por el acomodo iregular de las sillas, parecía fiesta de quince años, pero exageraría del todo...)

Después de haber encontrado un buen lugar, a los cinco minutos llegó una presencia inusitada hasta para los organizadores de la sesión: don Julio Scherer, legendaria figura del periodismo mexicano. Mientras reporteros y camarógrafos se preparaban para cubrir el evento, seguían llegando asistentes al palacio, que, sin decir agua va, empezaban a atiborrarlo del todo. Y ni señas de alguno de los académicos de la Lengua. Faltando diez minutos para las siete, un maltrecho Arturo Azuela bajó al vestíbulo para ocupar su lugar, sin embargo, cabría decir que se sentó en la primera silla, a sabiendas de que su sitio como académico era otro, casi de los últimos. Después de él, ya hicieron lo propio los demás integrantes, como Adolfo Castañón, Patrick Johansson, Concepción Company, Ernesto de la Peña, Eduardo Lizalde, Leopoldo Valiñas, Ascensión Hernández Triviño, José G. Moreno de Alba, Julieta Fierro, Margit Frenk, Mauricio Beuchot, Guido Gómez de Silva (sentado en la silla de Azuela, dado que éste ocupaba la suya) e Ignacio Padilla, autor del Crack y académico correspondiente en Querétaro; mientras que en la mesa directiva, además del nuevo recipiendario de la silla XXVIII (el propio Leñero, que conste) y Miguel Ángel Granados Chapa (quien respondería sus primeras palabras académicas), el director de la AML, Jaime Labastida; Diego Valadés, censor estatutario, y Vicente Quirarte, archivero-bibliotecario, quien fungiría como secretario en ausencia de Gonzalo Celorio. Y con cinco minutos de retraso, se abrió la sesión.

Luego de las palabras de bienvenida en la voz de Jaime Labastida, Vicente Leñero procedió a leer su discurso de ingreso a la Academia, con el nombre "En defensa de la dramaturgia", donde ponderó el trabajo de su antecesor en la silla XXVIII, Víctor Hugo Rascón Banda, de quien fue gran amigo y colega, y con quien compartió tanto los avatares del teatro contemporáneo como las luchas, codo a codo, en el seno de la SOGEM. Pero también Leñero hizo énfasis en la presencia de la dramaturgia en México y el no dejarse avasallar por la tiranía del director de escena, por ejemplo. "Conocemos el teatro de Shakespeare y no la dramaturgia de Shakespeare, como tampoco conocemos las dramaturgias de Ibsen y de Rodolfo Usigli", enfatizaba en su discurso. Sin embargo, sus palabras ya no fueron del todo incendiarias al revelar la misión que ahora tenía al ser admitido como académico de número: que el teatro mexicano tenga una importante presencia en la lengua, tanto en sus terminologías propias como en el quehacer escénico. Transcurrida una hora, terminó de leer y una ovación de más de un minuto fue la respuesta inmediata del público asistente. Inmediatamente después, Miguel Ángel Granados Chapa leyó la respuesta al discurso que le precedió, "Vicente Leñero: fe en la escritura", donde ponderó las facetas que componen la obra leñerina: en la novela, de donde Los albañiles es la más lograda en su género; el cuento, desde el primerizo volumen La voz adolorida hasta Gente así, su más reciente volumen al respecto; el teatro, y, sobre todo, el periodismo, patente en el legendario Excélsior de Julio Scherer y su idílica Revista de Revistas, y el siempre combativo Proceso. Finalizó sus palabras (también de casi una hora de duración) con la firme esperanza de que Leñero se sienta como en casa. Y los aplausos no se hicieron esperar. (Bien merecidos, por cierto.)

Después de las formalidades académicas, se sentía en el ambiente algo de hastío (las maratónicas palabras de Leñero y Granados Chapa tendrían un poco la culpa, pero exageraría demasiado) que los primeros en irse fueron, sorpresa aparte, Eduardo Lizalde y Ernesto de la Peña. (Quien esto escribe se quedó con las ganas de ver firmado su ejemplar del Almanaque de ficciones y cuentos. Ni modo.) Pero aproveché para saludar a Julieta Fierro y, sin proponérmelo siquiera, a Diego Valadés, quien se alegró de verme, por cierto, y que, para la siguiente vez, no dudaría en firmarme un libro suyo. (De verdad.)Sin embargo, estuve muy cerca del festejado de la noche, a la espera de que firmara -¡¡ojalá que sí!!- los cinco libros que llevaba conmigo. Entre abrazos de Ignacio Solares, Granados Chapa y el propio Scherer, transcurrieron ¡¡veinte minutos!! que cuando Leñero se desocupó para tomarse una copa, los admiradores se le lanzaron como moscas por la miel para obtener la ansiada firma; solamente firmó un ejemplar por persona. (Sentimos este gesto como mala onda de su parte, pero me imagino que no era fácil aventarse una ronda de firmas luego de un exhaustivo discurso. Qué remedio.) Afortunadamente, me encontré con un rostro amigo, Carlos Domínguez, fotógrafo de escritores y coleccionista de firmas como un servidor. Y sí, igualmente compartimos el desconcierto generado por la actitud de Vicente Leñero ante tantos lectores. Aún así, nos lanzamos a buscar a otros autores. Resignados (él, ante la ausencia de Celorio, y yo, por la partida de Lizalde), fuimos tras Vicente Quirarte, quien se alegró de vernos y agradecer nuestra presencia. Después, Carlos y el de la voz nos echamos unas primorosas copas de vino tinto. Y como la mata seguía dando, me encaminé hacia Concepción Company ("¡Qué gusto verle por aquí!" "Siempre es un gusto, Concepción, además, ahorita te traigo a uno de tus fans para que le firmes un libro", le dije. "Con mucho gusto, nada más aguántame un poco".) Como los de TV UNAM la seguían entrevistando, fui a saludar a mi queridísima Chonita de León-Portilla, quien se alegró de verme con la siguiente pregunta: "¿Te veremos en el encuentro de SOMEHIL?" "Claro que sí, es un hecho", fue mi respuesta. (Me hubiera gustado preguntarle el porqué de la ausencia de don Miguel en la sesión, pero me contuve.) Regresé con Carlos y al ver que Company acaba de desocuparse, nos lanzamos hacia ella como de rayo. Quedó impresionada al ver que Carlos llevaba un ejemplar de la primera edición ¡¡de su primer libro!! "Oiga, ¡¡esto ya es una antigüedad!! Fue el primer librito que hice como parte de un hermoso proyecto. Me alegra mucho que lo tenga". Y lo firmó gustosa.

Cerca de las 9:30 pm, y con el complejo de cenicienta bajo la piel, Carlos y quien escribe abandonamos el Palacio de Bellas Artes, contentos (en parte, claro) por el grato momento compartido; obviamente el desconcierto con la actitud de Leñero seguía latente, pero ambos coincidimos en pensar que lo agarramos en muy mal momento, aunque todo fuera al contrario, claro está. "Habrá un día. Seguro que sí". En el metro Salto del Agua nos despedimos con la esperanza de que un amigo nuestro consiga unirnos de nuevo: Jorge F. Hernández, por supuesto.

Con todo, creo que esta ceremonia de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua sí tuvo sus cosas buenas, aunque no las esperadas por mí... Pero, ya visto de una manera sencilla y franca, que Julieta Fierro, Concepción Company, Vicente Quirarte, Diego Valadés y Ascensión Hernández Triviño se congraciaran al verte, ya me hizo el buen momento. (Sobre el nuevo académico, bueno, qué más podría decir por ahora. Sólo el tiempo...) Esperemos que en la ceremonia de Carlos Prieto cambien o se mejoren las cosas. Eso espero.