lunes, 14 de marzo de 2011

Desaforando el Foro TV

Cada quien tiene la televisión que se merece, ha sido una frase dicha hasta el cansancio por sus detractores más recalcitrantes, y no es para menos, dada la oquedad cada vez más preocupante de la televisión actual. Mientras en una cadena se alaban las estupideces de una sudamericana odiosa y en otra se privilegian los culebrones populacheros (¿o es al revés?), en todos lados se intenta algo difícil a principio de cuentas: generar buenas opiniones y motivar un sesudo análisis. Afortunadamente existen muchos canales y cadenas dedicados en cuerpo el alma a tan encomiable labor, pero como éstos se cuecen muy aparte y cada uno requiere el debido tratamiento, enfoquemos la vista hacia el más joven de todos, Foro TV, nacido -¿qué cosas, no?- en el seno de Televisa.

Con su entrada al aire hace poco más de un año dentro de la televisión de paga, y desde el pasado 30 de agosto, por señal abierta (y ocupando el lugar que tuvo Canal 4, de programación variopinta y hasta a veces surrealista,) Foro TV intenta llenar un enorme hueco dejado por el otrora proyecto informativo de la televisora de San Ángel, Eco, donde sí se tomaba en serio la misión informativa y las mesas de análisis (cuando las había, claro), y no se andaban con medias tintas. (En este punto, más de uno se atreverá a debatirlo. "Pero si no había tanta libertad informativa como ahora...", seguro me dirán. Es cierto, pero había seriedad, cosa que no encuentro a cabalidad en el canal de marras.) Ante tal precedente, la presencia de Foro TV sí resulta necesaria, pero prescindible. Vayamos por partes.

Los noticiarios conducidos por Paola Rojas y Adela Micha, sobrevivientes de la transición temática del canal 4, conservaron fondo y forma, y el público que las sigue día tras día no puede esperar de ellas más que la fidelidad a su labor informativa, cosa que celebro a todas luces; a este elenco de comunicadoras notables, sumaría hoy el nombre de Karla Iberia Sánchez, con su respectivo segmento informativo: detrás de ella, una innegable trayectoria como reportera lo comprueba sobremanera. Por el lado masculino de la noticia, contar con León Krauze (polémico más de las veces, cabe señalar) y su Hora 21 es agregarle un toque más plural al contenido del segmento informativo: para quienes lo seguimos en su programa de radio, verlo en pantalla cada noche es proseguir esa forma de conversación radial, pero a todo color. De pilón, cabe notar la presencia de un espacio dedicado a los medios de comunicación, conducido magistralmente por José Carreño Carlón, Gabriela Warkentin y Mario Campos. (Hacía falta algo así, mas no es la panacea en el tema. Cuestión de enfoques.)

Pero así como hay ejercicios notables en este campo, también los hay mediocres y faltos de ética, tal es el caso de Esteban Arce, cuyo Matutino Express también sobrevivió al cambio de giro programático, conservando un horario privilegiado y con una polémica sobre sus espaldas: las desafortunadas declaraciones en contra de la comunidad lésbico-gay. En vez de recibir un justo castigo por ello, fue premiado con la conservación de su programa; eso sí, menos irreverente que su encarnación precedente. Y como este dardo aguanta dos tiros más, mencionaré dos programas parecidos: La hora de opinar con Leo Zuckerman y Javier Tello, y Final de partida con Julio Patán y Nicolás Alvarado, ambos, transmitiéndose entre las 10 y las 11:30 pm. Del primero, no me atrevo a cuestionar sus mesas de análisis, porque sinceramente no me interesan (hay mejores y más congruentes en otros canales), pero los viernes se dan a la tarea de invitar a una personalidad de la política, las ciencias, las artes, etc., para ¡¡hablar de cine!!, de las tres películas favoritas del invitado. Como segmento para terminar de forma desenfadada la semana, está bien, pero ni Zuckerman ni Tello son críticos de cine para ahondar un poco más a gusto por el mundo del celuloide. Para muestra, un botón: cuando Fernando Gómez Mont fue el invitado de lujo, demostró saber más de cine que aquel par de conductores babosos. (Zapatero a tus zapatos. Ni modo.) Sobre Final de partida, no podemos negar que Patán y Alvarado son caras conocidas dentro de la televisión cultural (se conducían mejor en Canal 22, por aquello de la pluralidad), pero en un canal así, se privilegian más otras cosas, pero no las meramente culturales. Qué remedio.

Fuera de estos ejemplos (a sabiendas de que faltan por enumerar otras emisiones, algunas muy dignas en su trabajo, y otras, prescindibles sin más ni más), la presencia de Foro TV en la televisión abierta deja mucho que desear. Su entrada al aire se origina en vísperas de un año electoral, es decir, donde todas las cartas están por jugarse, y con su "canalito" Televisa juega a la pluralidad, cosa que sólo tiene de dientes para afuera. (Un ejemplo: Mujeres de valor fue una bonita campaña, pero en sus telenovelas impera el sexismo y en sus talk shows, la misoginia. Si lo quieren más claro, échenle agua.) Sin embargo, sólo el tiempo dirá la última palabra sobre Foro TV, que apenas busca -¡¡y de qué manera!!- su destino en la televisión mexicana. Y hasta ahí.

jueves, 10 de marzo de 2011

Leopoldo Valiñas en la Academia

No cabe duda que me gustan más los regresos que las prolongadas estancias, y no lo digo solamente por la prosapia de mi nombre. Después de haber vivido toda una celebración de las Letras (misma que pueden leer líneas abajo, faltaba más), me llega la buena nueva de la ceremonia de ingreso del lingüista e investigador Leopoldo Valiñas Coalla a la Academia Mexicana de la Lengua, precisamente hoy, a las 7 pm, en un lugar al que me alegra regresar, aunque hayan sido pocas las ocasiones para ello: el Museo Nacional de Arte (MUNAL).

Como siempre acostumbro cuando se trata de la AML, llegué una hora antes del evento; al salir del metro Bellas Artes, vi como la gente se arremolinaba frente al Palacio debido a la increíble presencia de un BMW último modelo, con todo y vallas de seguridad. Supuse que allí se grabaría un comercial al respecto, pero sólo me limité a tomar algunas fotos y seguirme de largo hacia el MUNAL. Después de tomar algunas fotos de los edificios circundantes, llegué al lugar de la cita y vi a lo lejos la presencia de Linda Manzanilla, quien provenía de El Colegio Nacional para acudir a la ceremonia de investidura de su ilustre colega del Instituto de Investigaciones Antropológicas. Luego de ponerle a mi celular la modalidad de vibrador, entré al otrora Palacio de Comunicaciones y así agarrar buen asiento para la ceremonia, lo cual hice en la segunda fila de enmedio, frente al presidium.

Minutos antes de la sesión, una bellísima mujer sentada detrás de mí, en la tercera fila, al ver tanto mi Anuario como varios ejemplares de discursos académicos de la AML, pidió verlos e igualmente me comentó ciertas cosas al respecto. "Espero que ya vendan el nuevo, porque necesito actualizarlo...", le dije. Incluso intercambiamos algunas palabras, y hasta ahí.

Cinco minutos después de las 7 pm, los académicos de la Lengua, dirigidos por su nuevo director, Jaime Labastida, hacían su triunfal llegada al salón donde se llevaría a cabo la sesión pública de hoy. A la izquierda de la mesa directiva (compuesta, además del nuevo recipiendario y el propio Jaime Labastida, por Gonzalo Celorio, Diego Valadés, secretario y censor estatutario, respectivamente, y por Concepción Company, quien respondería las palabras de Valiñas), se hallaban Guido Gómez de Silva, Adolfo Castañón (con todo y su abultada maleta), Tarsicio Herrera Zapién, Miguel León-Portilla, Fernando Serrano Migallón, Fernando del Paso (aún sin ser académico numerario, acudió a la cita), José G. Moreno de Alba (hasta el ingreso de Patrick Johansson, ocupaba el lugar de honor en la mesa directiva) y Felipe Garrido, mientras que a la derecha, Ascensión Hernández Triviño, Margit Frenk, Julieta Fierro, Vicente Leñero, Miguel Ángel Granados Chapa, Vicente Quirarte y Margo Glantz ostentaban dignamente sus lugares. Inmediatamente, el director dio la bienvenida a todos los asistentes para luego cederle la palabra al nuevo integrante de la Academia Mexicana de la Lengua.

Leopoldo Valiñas, el buen Polo, leyó su discurso, La unidad lingüística en torno a la diversidad, cuya primera parte (como debe de ser) estuvo dedicada a la vida y obra de Andrés Henestrosa, su antecesor en la silla XXIII, para después exponer un interesantísimo trabajo en torno a la diversidad lingüística de las lenguas vernáculas dentro del español de México; en lo que cabe a la faceta académica, el trabajo de Polo confirma a todas luces la misma erudición e intensidad mostrada en todos sus artículos (cabe decir que Valiñas nunca ha escrito un libro en forma, pero con el presente discurso más le vale hacerlo); claro, la mayoría de los asistentes no paró de reír en ciertos pasajes de su exposición, y, claro, hasta terminamos usando la hojita que fue depositada en cada asiento, como si en vez de una ceremonia de ingreso estuviesemos en un coloquio de la ENAH o la SOMEHIL.

Después de su alocución, correspondió a Concepción Company Company responder al discurso del nuevo académico, quien ponderó su presencia en la Academia Mexicana de la Lengua como la de una persona preocupada por la buena salud del español de México, de grata y apasionante raigambre indigenista (aunque él no se reconozca como tal), y cuya presencia, ayudará sobremanera a las intenciones originales de la Academia, enarboladas en la divisa Limpia, fija y da esplendor. (Aunque, tratándose de Polo, le queda más lo último ¿no creen?) Finalmente, el ingreso de Leopoldo Valiñas, más que un deber académico, es toda una celebración. (Quien esto escribe, luego de asistir a los ingresos de Ascensión Hernández Triviño y Patrick Johansson, no deja de aplicárselo también al de Valiñas. Claro que sí.)

Al final de la ceremonia, el Director de la AML invitó a todos los asistentes a departir un buen vino de honor afuera del salón. Mientras unos se arremolinaban por una buena copa de tinto y otros hacían fila para felicitar de primera fuente a Polo, me acerqué a varios de los académicos para pedirle el consabido autógrafo. Primero me acerqué a Julieta Fierro, quien se alegró de verme y, claro, tardó un poco en firmar mi ejemplar. Quedé en mandarle la dirección de una amiga mía, para así mandarle su discurso de ingreso. (Prometido, Julieta.) Después, saludé a Chonita y don Miguel, quien me pidió prestado mi celular para hablarle a su chofer, dado que debían irse temprano. (Como en todas sus películas...) Enseguida, me acerqué a Concepción Company; además de firmarme su discurso de ingreso, le comenté dos cosas: una, dónde podía conseguir su manual de fonética y fonología ("En la Facultad debe haber todavía algunos, supongo...", me dijo), y la otra, que una gran amiga mía ¡¡es su más ferviente admiradora!! Incluso por el nombre tan bonito y tan original que tiene. Concepción no cesó de celebrar aquellas palabras y me agradeció ese buen gesto. Ni tardo mi perezoso, me apersoné frente a Tarsicio Herrera Zapién para lo mismo, y él, con una bonhomía muy suya, agradeció que yo tuviera aquel pequeño ejemplar de su discurso; "Reyes no sabía nada de griego ni de latín, pero su Discurso por Virgilio es una maravilla ¿verdad que sí?", me dijo gratamente mientras me dedicaba su ejemplar. Al darme cuenta que Diego Valadés se había retirado y de hacerme a la idea de la ausencia de Eduardo Lizalde, me formé para felicitar a Polo y, claro, expresarle -interposítamente- los parabienes de Ana Laura Díaz y de Heréndira Téllez hacia él, como nuevo académico de la lengua. "Te lo agradezco, voy a escribirles", me respondió con gusto.

Afuera de la sala, ya me urgía echarme una buen trago y como además de vino tinto y blanco, había mezcal, resolví echarme unos buenos caballitos ¡¡y percherones, para rematar!!, con unos deliciosos canapés para acompañar. Aquella bellísima mujer con la que tuve una mínima charla antes de la ceremonia, una arquitecta experta en restauración llamada Silvia Ibáñez, al verme preguntó por los León-Portilla. Le comenté que acababan de irse, dado que siempre son los primeros en retirarse, pero insistí en acompañarla por si corría con mejor suerte. (Confirmado, ya no estaban.) De cualquier forma, platicamos un largo rato sobre muchas cosas, mientras los tequilas hacían lo suyo. Revisé mi celular para ver la hora y, como podrán imaginarlo, me salió el complejo de cenicienta al ver que ya casi eran las 9 pm. Al saberlo, mi bellísima acompañante procedió a despedirse de todas sus amigas, dado que el estacionamiento cerraría exactamente a la hora. Insistí en acompañarla hasta la salida, porque también llevaba algo de prisa, y mientras llegabamos al estacionamiento, le comenté que vivía en Atizapán de Zaragoza, y ella, muy amablemente, accedió a darme aventón. (Se lo agradecí sobremanera, y ya quedé en avisarle de los próximos eventos, por aquello de seguir en contacto.)

En fin... me agradó mucho regresar al MUNAL y no dudaré en hacerlo mientras exista la oportunidad para ello. Por mientras, celebro el ingreso de Leopoldo Valiñas Coalla, en aras de una concordia entre el español y las lenguas originarias. Ya veremos en qué paran nuestras esperanzas. (Y ya.)

domingo, 6 de marzo de 2011

Totalmente Palacio... de Minería

Señoras y señores, sí, lo declaro a los cuatro vientos: Soy totalmente Palacio. Y no me refiero a cierta tienda departamental, sino al aplomo que tengo por asistir (cada vez que el tiempo me lo permite) al más hermoso de los palacios que tiene la ciudad de México: el Palacio de Minería. Desde la semana pasada, cuando dio comienzo la XXXI Feria Internacional del Libro en el Palacio de Minería, quien esto escribe, unas veces sacaba su faceta de cazalibros, y otras acompañaba al equipo oficial de tres presentaciones editoriales, repartidas en tres días. Pero en esos días, también decidió darse sus respectivas vueltas para encontrar algún librito nuevo (aunque sólo fuera un decir, claro) o también para cerrar el círculo de la lectura, coronando con la consabida firma los ejemplares de su pequeña biblioteca. He aquí un pequeño resumen de sus andanzas.

Viernes 25 (Primera escala: El Colegio Nacional): Luego de encontrarme con Claudia Hernández de Valle-Arizpe y antes de la presentación de Dulce y Útil en el salón de la Academia de Ingeniería, hice mi escala obligada en el stand de El Colegio Nacional, donde mis ya conocidos libreros me convencieron de llevarme la Memoria 2009, y dos pendientes bibliográficos de ferias anteriores: la edición de lujo de Como la lluvia de José Emilio Pacheco (numerada y firmada por el autor) y Un sol más vivo, antología poética de Octavio Paz hecha por otro gran poeta, Antonio Deltoro. No me cabe duda que aquello volúmenes habré de leerlos con especial devoción.

Lunes 28 (Segunda escala: Pabellón del Estado de México y UACM): Después de asistir a la presentación de los nuevos libros de Cofradía de Coyotes, en el pabellón del Estado de México, me encontré con Eduardo Villegas, el Coyote Mayor, quien además de celebrar el grato encuentro entre colegas, resolvió firmarme un ejemplar de La noche de la desnudez, uno de sus primeros libros. Y como el tiempo andaba haciendo de las suyas, adquirí Porque siempre importa de Claudia Hernández de Valle-Arizpe en el local de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Mientras llegaba la hora de saludar nuevamente a la bella y talentosa Claudia, leería con verdadera alegría sus textos sobre cocina y cultura.

Martes 1o. (Tercera escala: Conaculta y Fondo de Cultura Económica): Después de la presentación de la colección Teorías Contemporáneas, coordinada por la Dra. Laura Páez Díaz de León, y mientras llegaba la hora de irnos, un servidor hizo escala en el gran pabellón de CONACULTA, donde se hizo de las Arqueologías del Centauro, volumen sobre Alfonso Reyes escrito por autores jóvenes; Pasado y presente en claro de Octavio Paz, que reúne dos textos elementales en ocasión del vigésimo aniversario del Premio Nobel, y la nueva edición de Un niño en la Revolución mexicana de Andrés Iduarte, mismo que ya debía tener por razones obvias. (Al fin, se me hizo.) Y como el tiempo seguía haciendo de las suyas, visité el pabellón del Fondo de Cultura Económica, donde además de hacerme de Tiempo de arena de Jaime Torres Bodet y De cómo ignorar de Mauricio Tenorio Trillo, un grupo de muchachos (estudiantes de comunicación, me imagino) ¡¡me hicieron una entrevista!! Simplemente me porté muy bien con las preguntas que se me hicieron y una de éstas hizo profunda mella en quien esto escribe: "¿Cuál es su escritor favorito?" "Bueno... ¡¡son muchos!! Alfonso Reyes, Octavio Paz, Álvaro Mutis, Andrés Henestrosa, Jorge F. Hernández, Vicente Quirarte... Y la lista sigue", les dije, y ellos me insistían en mencionar uno solo. "De ser así, serían dos por igual: Alfonso Reyes y Octavio Paz", fue mi respuesta y tuve que justificarla, es decir, entrar en pormenores. Al final de la entrevista, agradecieron mi disponibilidad y buen desarrollo en la misma. "No, muchachos, ustedes lo hicieron todo, de veras, y como decía don Alfonso Reyes, 'Todo lo sabemos entre todos'. Cuenten con ello".

Miércoles 2 (Cuarta escala: el pabellón de la UNAM): Tuve la fortuna de asistir a la presentación de El filósofo declara, de Juan Villoro, su primera obra de teatro, en escena hace algunas semanas y que ahora llegaba al gran público en forma de libro. Villoro ponderó su nuevo papel como dramaturgo, cuya grata incursión no se quedaría en la obra en cuestión, sino que, andando el tiempo, escribiría más para llevarlas, desde luego, al escenario. Después de contar las peripecias de sus personajes y del montaje anterior en cartelera, Villoro procedió a firmar varios ejemplares de su libro en el microscópico salón "Rafael Ximeno y Planes", donde la gente se arremolinaba para platicar un poco con el autor mientras éste firmaba su libro. Afortunadamente, la editorial del libro de marras, la UNAM, pidió que nos trasladaramos al pabellón de publicaciones de la UNAM y así dejar libre el salón para otro evento. Al llegar al stand, se hizo una larga fila para que Juan Villoro firmara libros y libros, sin contar las toneladas de fotos que lo inscribían en la memoria de sus fans. Al llegar el turno de un servidor, Villoro firmó su ejemplar de Efectos personales, además de agradecerle aquellos gratos encuentros suscitados por los libros. Mientras decidía si quedarme en el Palacio de Minería, otro grato reencuentro estaba por darse, en plena escalinata del palacio, con Julio Ortega Jiménez, colega y compañero de generación, muy bien acompañado por Julissa, su compañera de toda la vida. (Quedamos en proseguir el contacto. Sí que sí.) Pocas horas después, regresé al stand de la UNAM, donde me quedé un largo rato viendo los discursos de ingreso de la Academia Mexicana de la Lengua. En eso se me acercó David Turner, director de Publicaciones UNAM, quien me presumió (si se permite la palabra) todos los grandes trabajos publicados en la colección de Discursos de la Academia, como los de Jesús Silva Herzog, José Vasconcelos y Alfonso Reyes, por decir algo. Más de una hora esperando aquella presunción editorial, en la cual todos los empleados movieron cielo, mar y tierra para conseguirle al jefe aquellos ejemplares. Finalmente, David Turner me dijo que, en efecto, no los habían llevado. (Un día, seguro.)

Jueves 3 (Quinta escala: el MUNAL): Como se habían juntado tres presentaciones de vital importancia para mí (Sandra Lorenzano, Agustín Monsreal y René Avilés Fabila, ¡¡a las 7 pm!!), decidí solamente comprar el catálogo de la exposición Alfonso Reyes y los caminos del arte en el puesto del MUNAL, muy pequeño, por cierto. Por supuesto, aplicando la máxima de Rubén D. Medina: "Si ves uno, compras dos".

Viernes 4 (Sexta escala: el pabellón de la UNAM y el Fondo de Cultura Económica): Decidido a ver a la gran Julieta Fierro, al llegar al metro Bellas Artes me encontré con una mujer maravillosa, Virginia Ortega, quien venía de impartir unas clases de inglés, y luego de saber hacia dónde me dirigía, me espetó un "¿Me llevas?" Y, claro, accedí gustoso a que me acompañara a ver a Julieta Fierro. Al llegar al Salón de Actos, cuál sería nuestra sorpresa al saber que la expositora, es decir, Julieta, no estaría presente por motivos de salud, cosa que nos desanimó tanto a Vicky como a quien esto escribe. Aún así, nos dimos una vuelta por la feria. Primero, por la cabina temporal de Radio UNAM donde le presenté ¡¡a Jorge F. Hernández!!, quien se sorprendió al ver a una rockera en la sala. (Vicky no cabía de la impresión cuando hice las consabidas presentaciones, pero es una oportunidad que no debía perderse. Así es.) Después de haber conocido a tan singular personaje, decidí compensarle la ausencia de Julieta obsequiándole un ejemplar de su discurso de ingreso, el cual Vicky me agradeció sobremanera, al igual que un libro del Fondo de Cultura Económica, cuyo mismo ejemplar corrió con semejante suerte el año pasado.

Domingo 6 (Última escala: el pabellón de CONACULTA): En el Auditorio 5, donde tuvieron a bien presentarse los primeros trece títulos de Parentalia ediciones, estuvo lleno de poesía por donde quiera que se vea; entre Luis Tiscareño, Frida Varinia y unas rozagantes Elva Macías y Leticia Herrera, las plaquettes se vendieron como pan caliente. Y ante semejante celebración (tanto poética como monetaria), quien esto escribe se dio una vuelta muy bien acompañado por la Dra. Laura Páez Díaz de León y su diligente secretaria, Hilda Edith, de buen ver, por cierto. En el stand de CONACULTA, la Dra. Páez, engolosinada por las novedades en torno a Octavio Paz, se dio vuelo y compró varias. Después, asistimos a una charla de Sara Sefchovich en la Antigua Capilla, para luego despedirlas, dado que resolví quedarme a la presentación de la Antigua Grandeza Mexicana de René Avilés Fabila, donde no faltaron ni el buen humor (cortesía del autor) ni las largas filas de admiradores. Y mientras dedicaba con aplomo varios de esos libros, me lancé de volada hacia el auditorio Bernardo Quintana y saludar a Rodrigo Martínez Baracs, con el objetivo de que firmara mi ejemplar de La biblioteca de mi padre. "No me digas que ya lo leíste...", me dijo. Se sorprendió al saber que lo había hecho ¡¡tres veces!! en un mes y prometí escribir un artículo al respecto. "Oye, de verdad que te lo agradezco. ¿Nos veremos en mayo?, respondió. "Cuenta con ello", fue mi respuesta. Regresé con René y aún seguía en la parafernalia de las firmas. Al terminar, platicamos un ratito sobre las latas de la escritura. Y para terminar el último día de la Feria de Minería, lo prometido es deuda, cerramos con Claudia Hernández de Valle-Arizpe, acompañando a la fotógrafa Gabriela Bautista en la presentación de su libro de fotos a escritores. Desde luego que escuchar a Claudia es todo un acontecimiento, pero si le sumamos la presencia del poeta Rafael Vargas y la espontaneidad de Víctor Roura, podría decirse que hubo de todo.

No me cabe la menor duda que ir a la Feria del Libro del Palacio de Minería es todo un acontecimiento, ya sea por la infinidad de personas y de libros que vas encontrando en el camino. He comprobado con todas las letras de todos los nuevos y viejos amigos que conviven en aquel espacio, en espera de que aumente esa preclara y cordial nómina. ¿Qué me espera para la siguiente feria? No lo sé... Quizás sea alguno de los nuevos protagonistas de Jóvenes escritores en Palacio, o en una de ésas, ya salga un nuevo libro, el primero de muchos que tendré a bien publicar, en fin... Sólo el tiempo tendrá que conspirar a nuestro favor, porque en la cárcel, en la trinchera, en el hospital y en el Palacio de Minería es donde se conoce a los amigos. De verdad.

(Soy totalmente Palacio... de Minería, claro está.)

miércoles, 12 de enero de 2011

Quince del 2010

Seguramente más de uno notó mi larga ausencia de estos parajes virtuales, y no es para menos. Por esos días, y a consecuencia de una extraña conspiración tecnológica, no tuve más remedio que... leer. Y como cada año (sin dejarme llevar por las chabacanerías del momento) resolví a enumerar, igual que el año anterior, los quince libros que más me impresionaron en 2010. Claro está que ningún libro es igual a otro; aunque traten el mismo tema, siempre hay una palabra nueva, una impresión inusitada o, simple y sencillamente, ganas de leer algo, lo que sea.
De los libros que enumeraré a continuación, cabe decir que los disfruté muchísimo, pero si esto se complementa con la oportunidad de haber convivido con el autor, puedo darme por bien servido. Y aquí paro el carro.

1) Pasado anterior (Salvador Elizondo) La constancia periodística de un autor comprometido con la literatura, queda manifiesta en esta compilación -póstuma, cabe decir- de artículos, donde Elizondo se dio a la tarea de criticar, pero también celebrar las maravillas del mundo presente. Una verdadera joya.
2) Calacas (Rubén Bonifaz Nuño) Un poeta con todas las letras, como lo es Bonifaz Nuño, hace las paces con la muerte a través de este poemario, donde no olvida su preclara presencia, pero con un cierto desenfado hacía ella. Del respeto de la elegía al desconcierto de la "calaverita". (Para todos sus lectores de toda la vida, Calacas significó el "retiro" del poeta. Aún se le extraña.)
3) Lotería (Nati Rigonni) La suerte de la poesía juega con el poeta a nombrar las cosas, y con la galería de objetos que tiene a bien compartir la veracruzana Nati Rigonni, queda comprobada a todas luces. (Como la lotería, vive al día, al vaivén del tiempo.)
4) El Naranjo en flor (José Ángel Leyva) La familia Revueltas, de donde genios del calibre de Silvestre, Fermín, José y Rosaura surgieron, tiene la palabra para contarnos otras historias de aquellos personajes, pero también permite conocer a otros de igual o mayor valía. Un retrato de familia, pero con retoque.
5) Camino a Baján (Jean Meyer) Las vidas paralelas de Hidalgo y Calleja se reúnen en esta novela, donde cada quien cuenta su presencia en el entramado de la historia, y cuya señera lectura nos hace ver que nadie tiene la razón: ni tirios ni troyanos. (A título personal, me gustaba más el nombre con que se publicó por primera vez: Los tambores de Calderón. ¡¡Y hasta JM coincide conmigo!!)
6) Cartas mexicanas (Alfonso Reyes) El camino de un escritor se mide por la importancia de sus temas de escritura, pero también por la correspondencia y la hermandad emanadas de sus corresponsales en una relación epistolar. Para entender al Reyes público, vale conocer al privado, casi secreto. Y como esta maravillosa selección fue cuidada por Adolfo Castañón, el placer es doble. (Bien.)
7) Escribir, por ejemplo (Carlos Monsiváis) Diez escritores fundamentales en las letras mexicanas, vistos desde la mirada crítica y casi cardiográfica de un escritor íntegro, a quien no le era ajeno tema alguno. Entre Alfonso Reyes, Julio Torri, Rosario Castellanos, José Revueltas, entre otros, su (definitiva) presencia es más que notoria mientras se revisan esas páginas.
8) A la gorda drógala (Giberto Prado Galán) Uno de los nuevos alquimistas del palíndromo en México presenta en este libro las cartas de marear de su travesía literaria; después de dominar la forma, ésta, como buena contrincante, le obsequia gustosa sus secretos y pasiones.
9) Seis Cuentos Seis y uno de regalo (Jorge F. Hernández) "Escribir es torear", es la consigna de este libro, y queda confirmada cuando el autor se lanza al ruedo en busca de contar otras historias (en siete cuentos), donde la pasión por las letras sólo se asemeja a la emoción del novel torero al recibir la alternativa.
10) Imaginemos un caracol (Julieta Fierro) Como su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, y ahora en forma de libro, el ingenio de Julieta nos presenta una ágil, divertida e interesante manera de conocer a un caracol, y su presencia en la naturaleza, tanto de la vida como de la lengua.
11) Claridad errante. Poesía y prosa (Octavio Paz) La última compilación cuidada en vida del poeta, regresa a la escena literaria gracias al Día Nacional del Libro, como un regalo que Paz decide hacerle a las generaciones futuras, porque una obra así merece leerse y releerse, sin aniversarios de por medio.
12) La rueda de la fortuna (Helena Paz Garro) Con el talento corriendo por sus venas, la hija de dos estrellas no se queda atrás, y demuestra en sus poemas una vitalidad nunca vista; el esmeril de la distancia (geográfica, familiar, ¿literaria?) nos regala este ramillete, tan joven como siempre y tan viejo como ayer.
13) Deshielo (Claudia Hernández de Valle-Arizpe) Claudia se avienta al torrente de la poesía, en busca de decir, como su maestro Bonifaz Nuño, de otro modo lo mismo. Su estilo nos indica ciertos sinsabores en busca de la palabra, pero en aras de conocer el diamante, es preciso llenarse de carbón las manos. (Un prístino viaje, sin duda.)
14) El arte de la fuga (Sergio Pitol) Los viajes ilustran, reza el lugar común, y en la obra de Pitol, este libro es el ajuste de cuentas con sus pasados: como persona, como escritor. Sus lecturas del mundo, de los libros, de sí mismo, son ahora compartidas con una sola esperanza: seguir aprendiendo. (¿Digno retiro? No sabemos...)
15) De héroes y mitos (Enrique Krauze) Varios de los temas recurrentes -la historia y sus maniqueísmos, la política y sus claroscuros- componen esta visita guiada al universo de un autor que no complace a tirios ni a troyanos. Para sus seguidores, pública confidencia; para sus detractores, privada discrepancia. (Debe leerse.)
(¡¡Gracias!!)

viernes, 31 de diciembre de 2010

2010: un montón de palabras

Cierro este interesante y difícil 2010, de una manera muy heterdoxa para quienes han seguido los últimos acontecimientos dentro del ambiente de las letras universales. Para muchos, fue el año de la reivindicación (Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura 2010), y para otros, el la revalorización (la Historia mexicana, pletórica en Centenarios, más interesantes y menos pomposos). Sin embargo, 2010 fue el año de las grandes pérdidas, donde la vida jugó, al fin y al cabo, la partida final, suerte de matchpoint de última hora.
Mi homenaje (si se me permite el término) se compone por una serie de mosaicos personales, relacionados con los personajes que partieron en este desconcertante 2010. Claro está que cada uno de ustedes tiene otro punto de vista (favorable, adverso, no importa) sobre una u otra mención; dejo que digan la última palabra, y, por supuesto, al compartir este montón de palabras, he cumplido a cabalidad con mi propósito.
Esther Seligson (Feb. 6): Desde la preparatoria ya era un lector asiduo de sus obras, las cuales descubrí gracias a la presencia del rumano E. M. Cioran. Pero mi oportunidad para conocerla se dio en el Palacio de Bellas Artes, donde asistió a presentar un libro de dramaturgia. Ella quedó sumamente impresionada cuando me le apersoné ¡¡con un montón de libros suyos!! Mientras me firmaba cada ejemplar, quedó maravillada por mi pasión lectora.
Carlos Montemayor (Feb. 28): En la Casa Universitaria del Libro, hace algunos años, y luego de presentar un volumen de poesía indígena contemporánea, me acerqué a él para pedirle la respectiva firma. El único lugar factible para ello, fue una vitrina aledaña, sobre la cual se recargó para dedicarme sus libros, como si ésta fuese una barra de cantina. (Cualquier persona, de haberlo hecho, la hubiera roto.)
Carlos Monsiváis (Jun. 19): Después de la presentación de un volumen con cartones de Rogelio Naranjo en el MUCA, mientras los asistentes asediaban a Elena Poniatowska, quien esto escribe se acercó al autor de Amor perdido, quien me pidió que esperara unos cuantos minutos. A los quince, se sentó y, con una tranquilidad inusitada en él, me firmó todos mis ejemplares, para luego agradecerme la engorrosa espera de su parte. (Y todos, claro, seguían asediando a la Poni...)
Friedrich Katz (Oct. 16): Al término del coloquio por el XX aniversario del Archivo Calles-Torreblanca, compré De Díaz a Madero, librito de Katz que mi parco presupuesto pudo comprar. Mientras lo revisaba, encontré una errata en su bibliografía. Le comenté esto a mis compañeras de turno, quienes me espetaron un "¡¡Ve a decirle!!" Cuando me le acerqué, claro, le hice ver el gazapo y, muy amablemente, me agradeció ese buen gesto y pidió que le anotara los pormenores de lo que había encontrado. Hecho esto, le pedí que me firmara dicho ejemplar, cosa que hizo con todo el gusto del mundo. (Nunca olvidaré aquella deferencia de su parte. De verdad.)
Antonio Alatorre (Oct. 21): Después de una conferencia suya en la entonces ENEP-Acatlán sobre Sor Juana, me le acerqué con mi ejemplar de la revista Vuelta donde venía un artículo suyo sobre sonetos en x. Al saber mis intenciones, simplemente estampó su firma a un lado de su nombre, me dio las gracias y, de regalo, las siguientes palabras: "¡¡Es la primera vez que firmo un artículo mío!! Me alegra que le haya gustado." Cabe decir aquí que solamente un servidor fue el único en hacerlo.
(¡¡Gracias!!)

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Los Parentalia conquistan Bellas Artes

En estos tiempos bastante interesantes, donde las ferias del libro se trasladan a provincia y pululan los recuentos de cualquier tipo (ni modo, se acaba el año... y la década), digno es detenernos un poco y observar aquellas pequeñas cosas que sólo la poesía puede devolvernos, es decir, las palabras y el amor por la literatura. Y para ello, se pinta sola Parentalia ediciones, quien tuvo a bien presentar sus primeras publicaciones en el Palacio de Bellas Artes hace algunas horas.
Desde las 6 pm, varios rostros queridos y conocidos ya estaban frente al palacio, donde sólo esperaban a que llegara la hora soñada y así vivir una celebración de la poesía; entre colegas y amigos, comentamos algunas cosas, y en menos de lo planeado, hizo acto de presencia Miguel Ángel de la Calleja, editor y jefe de Parentalia. Luego llegaron -y con su respectiva acompañante, claro- Enrique González Rojo Arthur y Luis Tiscareño, quien al llegar intercambió unas cuantas palabras con quien esto escribe. Después hizo lo propio Frida Varinia, poeta de lustre sureño e hija de Raymundo Ramos, otro de los convidados poéticos, de quien, se dice, llegó mucho antes que el resto de la concurrencia. Y a sólo 20 minutos para dar comienzo a la presentación de Fervores, prístina y primera colección de Parentalia, ingresamos poco a poco a la sala Adamo Boari, donde daría lugar semejante suceso. Mientras se llenaba la sala, una siempre alerta Raquel Castro seguía cada detalle de lo que acontecía: que si la asistencia, que si el tiempo, que el segundo participante no llega, en fin... (Un reloj suizo era poca cosa comparada con ello.)
Pasadas las 7 pm, luego de las consabidas presentaciones, Miguel Ángel de la Calleja tomó la palabra y así compartir su visión de Parentalia, proyecto hoy día cristalizado con la primera publicación de trece plaquettes de variopinta visión poética, cuyos autores iban desde decanos de la pluma como Enrique González Rojo Arthur, Roberto López Moreno y Raymundo Ramos, hasta la nueva ola de poetas como Aurelio Asiain, Frida Varinia y María Baranda, pasando por poetas del mediosiglo (léase pasados del tostonazo) como Efraín Bartolomé, Pura López Colomé, Luis Tiscareño y Sandro Cohen, por decir algunos. Del cómo su búsqueda editorial nació de la inquietud de agrupar (no arbitrariamente, claro) las nuevas y gratas voces de la poesía mexicana contemporánea, y ahora queda más que evidente en esta primera serie poética. Y mientras seguía contándonos su experiencia, Claudia Hernández de Valle-Arizpe, la segunda convidada a este encuentro de poesía, llegaba fresca y radiante, a pesar del tránsito de la ciudad. Al momento de incorporarse a la mesa, inmediatamente ésta cambió de sentido: además de comentar, una a una, cada plaquette, devolvía por momentos la palabra a De la Calleja; un diálogo en serio, casi como programa de radio, por decir algo. (Ya me imagino la cara de Raquel Castro al ver semejante improvisación...) Finalmente, y luego de agradecer a todos su asistencia, nombró a todos los poetas presentes en la sala y al final de su alocución, llega partiendo plaza el buen Roberto López Moreno, como si las palabras nos hubiesen regalado aquella sorpresa. (Se hablaba, desde hacía varios meses, de la delicada salud de López Moreno, y con su llegada, otro era el cantar. Y más que grato.)
Mientras las vendedoras estrella de Parentalia, Ibareth e Ivonne, convencían a todo mundo de llevarse varios ejemplares y hasta unas cuantas colecciones completas, quien esto escribe saludó a varias presencias queridas y, hasta cierto punto, deseadas. Y para seguirle la vena mercantil a las antes mencionadas, se hizo de tres ejemplares (para su inmediata firma, claro) y así "cazar" a los autores. Sólo los de Sandro y Pura corrieron con esa suerte, mas no el de González Rojo.
En el vestíbulo principal de Bellas Artes, Calleja y compañía departían un delicioso tinto, como grato y festivo corolario a una celebración de la poesía, donde los lazos de afecto y de amistad lograron que esto se llevara a buen término. Quien esto escribe estaba contento por la presencia de López Moreno, y por el privilegio de reencontrarse con viejos y nuevos conocidos, pero todos colegas, desde luego. (Incluso Claudia Hernández de Valle-Arizpe, luego de firmarme su ejemplar de Deshielo y recibir -interpósitamente- los saludos de Vicente Quirarte, me invitó a la presentación de Perros muy azules, volumen de poesía suya y ganadora del Premio Jaime Sabines 2010, a realizarse la semana entrante, es decir, el miércoles 8, a las 7 pm, en la Casa del Poeta Ramón López Velarde, acompañadísima por Ernesto Lumbreras y el siempre dinámico Hernán Bravo Varela. Accedí gustoso. Qué honor.)
No me cabe la menor duda que he recibido la honrosa bendición de presenciar reuniones como ésta (la primera, hace unos meses en la Feria del Libro en el Zócalo), cuyo buen ánimo persistirá por un largo rato, mientras llega la oportunidad de refrendar ese inquieto espíritu poético en el lugar de todas mis presencias: el Palacio de Minería. Mientras tanto, levanto mi copa por Parentalia, en espera de nuevos y grandes logros.
(¡¡Salud!!)

domingo, 7 de noviembre de 2010

Proyecto Anaparastassi

Cuando en julio pasado, se llevó a cabo una junta de emergencia de la SONAHIST, se propuso de bote pronto una nueva propuesta para las actividades culturales de la nueva época de la Sociedad. Gracias a los buenos oficios de Laura Leñero y Rosalía Florescano, la primera actividad de arranque sería un ciclo de charlas con historiadoras denominado Café Clío. Lo más difícil del asunto era proponer a las expositoras. Sin embargo, tanto Laura como Rosalía se ofrecieron a impartir dos de las cinco sesiones programadas. En la sesión se barajaron nombres como los de Rebeca Garciadiego, Miriam González Meyer, Sofía de la Garza, Patricia Matute, entre otras igualmente notables. Mientras se llegaba a una resolución, pasaron al siguiente asunto.
Siguiendo con el orden del día, y aún persistentes los nombres de Garciadiego y De la Garza, ambas habían ingresado meses antes a la SONAHIST, por lo que el siguiente paso sería impartir una conferencia magistral. Ellas, sin pensarlo, aceptaron gustosas y listas para tamaña encomienda.
A principios de agosto, en el Auditorio Malmberg de la Nueva Biblioteca de Buenavista, Sofía de la Garza impartió el ciclo de conferencias Legatarios de la historia. Testamentos indígenas de la Colonia, el cual contó con una completa afluencia, misma que convenció a la investigadora para plasmarla en forma de libro y ante semejante cuestión, no le restaba mas que afilar los lápices y ponerse de nuevo a trabajar.
Para cuando le llegó el turno a Rebeca, ocurrió algo inesperado: al edificio de Liverpool 76 habían llegado dos paquetes (de procedencia semejante, pero con distintos remitentes). Uno de estos era una maleta de viaje, perteneciente a la Profa. Myriam Gossman, que fue localizada en el departamento de objetos perdidos del Aeropuerto David Ben-Gurion en Jerusalén. (Cuando las autoridades dieron con la dueña de la valija extraviada, de inmediato la llevaron a la Embajada mexicana. La diplomática a cargo de la legación, Miriam Torres Vergara, al enterarse de ello, además de hacer lo pertinente para regresarla a sus legatarios, hizo lo propio con las pocas pertenencias que Gossman había dejado en la Universidad Hebrea de Jerusalén, mediante una charla de media hora con Ilana Berman, directora del Colegio de Historia, acompañadas por café y algunos bagels. Finalmente, se acordó mandar todo en paquetes separados.
Luego de recibir lo envíos jerosolimitanos, Rebeca y Rosalía se comunicaron con la Dra. Garibay, para abrir con cuidado los paquetes. Por desgracia, la Presidenta de la Sociedad, en ese momento, estaba en la Biblioteca Nacional, en plena plática con el Director general, por lo que sugirió localizar a Ana Laura Máynez, quien, en su carácter de Secretaria, supervisaría los trabajos de apertura. Al poco tiempo, llegó a la Sociedad, donde la esperaban Rosalía y Rebeca, y abrieron cautelosamente el envío de la universidad. En dos horas de agudo escrutinio, se enumeraron las siguientes cosas: Algunos libros de E.M. Cioran, Italo Calvino y Jorge Luis Borges, un juego de pluma fuente y lapicero, dos vestidos de una sola pieza con estampado de flores, una bolsa llena de souvenirs, y dos portafolios repletos de notas y cuadernos personales. (A excepción de los libros, las plumas y sus apuntes, el resto se guardó de nuevo en la caja, por si alguna vez llegaran a servir.)
Después que Rebeca llevara los portafolios a su oficina, para luego revisarlos y ponerlos con el resto de los papeles por catalogar, abrieron la maleta que envió el aeropuerto. La sorpresa al abrirla fue mayúscula: en vez de ropa y enseres de belleza, había siete cuadernos idénticos, una agenda ejecutiva repleta de direcciones, números telefónicos y algunos e-mails, y una cartera de cuero llena de dólares y de euros en todas las denominaciones. (Al trasladar euros a dólares y sumarlos con el resto, se llegó a la suma de 5 millones de dólares.) La pregunta era: ¿Qué hacía Myriam Gossman con esta cantidad y varios cuadernos en su valija, en vez de ropa y demás enseres? (Era una suerte que la maleta estuviese intacta.) Siguiendo con la logística, Rebeca puso las libretas donde estaban los demás papeles, y el dinero, en la caja fuerte. Ya después, y con mayor calma, le sacarían algún provecho.
Llegada la noche, y completa la mesa directiva, se propuso a Rebeca Garciadiego develar el misterio de la valija, puesto que ella coordinaba directamente los trabajos de catalogación del archivo Gossman. Pero, para que cumpliera a cabalidad dicha encomienda, delegó sus funciones (como editora suplente de la memoria-homenaje a Hannelore Malmberg) a su compañera Sofía de la Garza, dado que la encargada oficial, Miriam González Meyer, se encontraba en Nueva York, donde participaría en un Congreso de Traductores, mientras el esposo de ésta, Armando Calles Alamán, miembro de la Junta Benefactora de la SONAHIST, gestionaba un apoyo editorial ante la Universidad de Columbia, mismo que ayudaría a la Sociedad. La propuesta fue aceptada, a condición de que se reuniera cada mes con el comité de premiación para los Premios Malmberg y la beca Gossman de este año. Ambas partes se pusieron de acuerdo.
Una semana después, Rebeca se encerró a piedra y lodo en su estudio y revisar minuciosamente cada cuaderno. Dedicó una semana al 1, dos para las libretas 2, 3, 4 y 5, y apenas un fin de semana (cosa inusitada, cabría decir) a la 6 y 7. Para cuando terminó de checarlas, las únicas fuerzas que le quedaban las empleó para dormirse sobre uno de los sillones del estudio. Horas más tarde, envió sendos e-mails a la Dra. Garibay y a la Mtra. Florescano, notificándoles los resultados. En el lapso de dos horas, recibió respuestas oportunas y acordaron verse en la segunda oficina de la Sociedad: el Sanborns de Los Azulejos.
Mientras degustaban unas enchiladas suizas y varias jarras de agua de jamaica, Rebeca comentó lo siguiente: las 7 libretas indicaban la procedencia de varios objetos, a quiénes habían pertenecido y su última ubicación. Además, resaltó que aunque cada cuaderno tenía escrita la misma frase, Proyecto Anaparastassi, en la primera hoja aparecía un nombre diferente: Joseph Steiner, Elías Cohen, Annemarie Braun, Álvaro Pereira, Isaac Rivavelarde, Alexander Bret y Lucas Perel, los cuales también constaban en la agenda. El proyecto Anaparastassi consistía en restituir, a los descendientes de esas personas, las pertenencias que les fueron arrebatadas durante la Segunda Guerra Mundial, las cuales estuvieron en poder de la anticuaria Madeleine Boutonnat, también conocida como Lady France. (Aquí habría de preguntarse lo siguiente: ¿qué relación hay entre Lady France y las Malmberg? La propia agenda revelaría un poco más el misterio.)
Anne-Marie Madeleine Boutonnat de la Rue nació en Marsella el 10 de agosto de 1907, dentro de una familia de comerciantes. Al llegar a París, después de la Primera guerra, obtuvo un empleo como dependienta de una zapatería, donde estuvo no pocos años, hasta casarse con su antiguo jefe, Georges Sarine, en 1937. Luego de la invasión nazi a París, ambos se convirtieron en colaboracionistas, es decir, denunciaban a las familias judías que vivían en la ciudad; como su ambición no tenía límites, y gracias a ciertas concesiones por parte de los alemanes, Madeleine y su esposo se apropiaron de las pertenencias arrebatadas a aquellas familias judías, mismas que ocultaron en varios lugares y así confundir a novicios ladrones, a la Resistencia e, incluso, a los mismos nazis.
Después de la guerra, en 1949, los Sarine ocultaron parte de sus botines en varias bóvedas de seguridad, repartidos en bancos de Suiza y de Nueva York. Poco tiempo después de su llegada a Estados Unidos, pusieron una tienda de antigüedades, Annette (llamada así por la única hija que tuvieron, Anne-Marie, fallecida en el trasatlántico americano Marianne, cuando éste hizo escala en Dublín). Luego de diez años de residencia neoyorkina, se encontró, a mitad de Central Park, el cuerpo sin vida de Georges Sarine. Según el forense, murió a causa de varios impactos de bala, cuando intentó resistirse a un asalto, mismos que lo fulminaron al instante. (Eso decía el parte policial, pero la versión que corría por los bajos fondos, fue una vendetta por parte de la maffia, puesto que Sarine se negó a venderle a un importante capo una colección de estampas del Renacimiento. ¡¡Vaya precio que pagó por su necedad!! Y según las malas lenguas, quien asesinó a Sarine llegó a integrarse a la escolta de un capo legendario, Sam Giancana, cuando Las Vegas era la segunda casa del hampa.)
A principios de los años 60, Boutonnat conoció a la joven y prometedora pareja conformada por William Gossman y Hannelore Malmberg, y a la famosísima Carla W. Brightman, con quienes compartía afinidades documentales y un acérrimo coleccionismo. Según los diarios personales de la Dra. Malmberg, las reuniones se daban de la siguiente forma: “Recuerdo que le decíamos a Madeline, Lady France, porque, nos decía, su fortuna la hizo en la Francia ocupada por los nazis; acto, cabe decir, heroico. […] En un principio, le disgustaba ese mote, pero acabó por acostumbrarse. […]” Sin embargo, en renglones subsecuentes escritos con otro color de tinta, se preguntaba: “Sí, aún me resulta inverosímil la historia de su fortuna, pero creo creerle más a Balzac que ‘detrás de una gran fortuna, siempre hay un crimen’ y no dudaría siquiera en pensarlo”.
Desgraciadamente, dicho misterio tardaría cerca de treinta años en esclarecerse, puesto que los Gossman Malmberg radicaron de forma permanente en México. En las pocas ocasiones que viajaban a Nueva York y visitar a sus antiguas amistades, incluyendo a Lady France, Hannelore buscaba algunos indicios que la condujeran al origen de toda esa fortuna. Pero llegada la década de los 80, ella desistió por completo. Sin embargo, fue el destino quien puso de nuevo en la mesa ese interés. En el New York Times del 4 de octubre de 1993, apareció en la sección de Obituarios la siguiente noticia: “Fue encontrado sin vida el cuerpo de la famosa anticuaria, coleccionista de arte moderno y escritora Madeline Sarine, la famosa Lady France, en su residencia de Flushing Meadows. De acuerdo con los informes del forense, murió por envenenamiento ocasionado por una falla en el sistema de calefacción. Su sirvienta, la afroamericana Annabel Carver, se encontraba en ese momento en el sur de Alabama, visitando a unos familiares, gracias a un permiso que le otorgó la hoy finada. Aún no sabe qué destino le depara a todas sus colecciones de arte y a su cuantiosa fortuna. Los restos de Anne-Marie Madeleine Boutonnat de la Rue, como se llamaba en realidad, serán cremados y llevados a Cherburgo, Francia, donde también se encuentran los de su esposo, el también anticuario Georges Sarine”.
En aquel entonces, un malestar respiratorio y la reciente muerte de su esposo, retuvieron a Hannelore Malmberg en la ciudad de México, más no del todo. Una semana después de la noticia y tres días antes de la lectura del testamento, Hannelore recibió un extraño paquete; al abrirlo eran 7 libretas idénticas donde se consigna la procedencia de una parte de todas sus colecciones, es decir, aquella que obtuvo durante la Francia invadida y que guardó en bóvedas de varios bancos suizos. Además, se le envió una partida especial de 5 millones de dólares como apoyo para restituirles, a los descendientes de los antiguos y legítimos dueños, su patrimonio.
Pasó varios años de su vida viajando a Europa para localizar a los descendientes, sin que alguna agencia gubernamental lo supiese. Con el listado de nombres, investigó en archivos de Francia, Alemania e Israel, y hasta llegó a entrevistarse con algunas de sus antiguas amistades en Inglaterra y Rusia. Casi a punto de abdicar, a finales de los años 90, localizó a los nietos de Álvaro Pereira, radicados en Barcelona. Concertó una cita con ellos y en una reunión privada, les entregó sus objetos familiares, además de algún dinero. (Gracias a un reportaje publicado en National Geographic, firmado por las periodistas Verónica Balmoral y Leyvi Castell, se supo que aquellos objetos terminaron en varios museos de Portugal, puesto que los Pereira los vendieron para sufragar una nueva empresa editorial. Lamentablemente, terminaron en bancarrota.)
En París, encontró a la hija menor de Elías Cohen, Sarah, quien emanaba felicidad al recuperar los objetos familiares. Y en vista de que vivía una difícil situación económica, Hannelore le regaló 500 mil dólares para vivir decorosamente y nunca vender sus pertenencias. (Con el dinero se retiró a provincia y su patrimonio familiar quedó nuevamente guardado en una bóveda bancaria, pero en París. Nunca más se supo de ella.)
En Génova, dio con la única descendiente de Isaac Rivavelarde, su nieta Bárbara R. de Cabrera, empleada del Consulado Español. Luego de entrevistarse con ella, acordaron donar sus pertenencias familiares al Museo del Prado, puesto que le era más gratificante compartirlos con el pueblo español. (Ni siquiera se llegó a un acuerdo monetario. Mero altruismo.)
Sin tanto problema, en Londres encontró al hijo de Joseph Steiner; en Atenas, a la hija de Annemarie Braun, y en Moscú dio con la viuda de Alexander Bret, los cuales no le dieron importancia al buen gesto de la Dra. Malmberg. Sin embargo, casi al borde de la decepción, en Jerusalén se llevó una sorpresa: Lucas Perel era, de los siete, el único sobreviviente. Al entrevistarse con él, le contó todas las peripecias por las que habían pasado los objetos de su familia, las cuales el propio Perel no alcanzaba a creerlo. Pero lo peculiar del asunto era el acuerdo para la entrega de las cosas: las aceptaría de vuelta si Hannelore le obsequiaba las siete libretas donde Lady France registró e inventarió las antiguallas y demás objetos. Por desgracia, la Dra. Malmberg falleció en septiembre de 2005, delegando en su hija Myriam esa misión.
(Ahora, después de conocer este entramado de historias, Rebeca no sabía qué decir. “Ahora comprendo el porqué de su interés en crear una cátedra en la Universidad Hebrea. ¡¡Excelente coartada!!”)
En reunión secreta con la mesa directiva, Rebeca propuso llevarle a Lucas Perel las libretas que había de darle Myriam Gossman, a nombre de su madre. Sin decir agua va, la propuesta se aprobó de inmediato, por lo que Rebeca y su compañera y colega Jael Martínez Loyo viajaron a Jerusalén para visitarlo. Al saber que eran conocidas de las Malmberg, el Sr. Perel les confesó que Hannelore le dio la llave de una bóveda de seguridad de un banco suizo, donde se hallaban sus cosas. Y mientras esperaba el rimero de cuadernos pertenecientes a Lady France, con ayuda de su hija Rachel, quien trabajaba en el Ministerio de Cultura, trajo sus cosas a Israel y las donó al Museo del Holocausto, sin que ninguna de las Malmberg se enterase. Después de tan amena charla, Rebeca y Jael le entregaron las libretas. Cuando Garciadiego pensaba sacar la cartera con el dinero, Perel le dijo:
-No, no me hace falta. Ya las cosas están con sus legítimos dueños y eso fue lo que sobró a Hanny, je, je.
Y luego de una prolongada pausa:
-Usen el dinero para lo que Hanny y Meyer les gustaba: la investigación. Y si llegan a saber algo de colecciones perdidas, avísenme, por favor.
Al momento de acompañarlas a la puerta, les dijo:
-¿Saben qué significa anaparastassi? “Reconstrucción”, en griego. ¿No se les hace demasiado lógico?
De vuelta en casa, la Sociedad tenía el tiempo contado para organizar la entrega de los premios Malmberg y la beca Gossman. Y como los restantes 2 millones de dólares del proyecto de restitución ya eran suyos, con esa cantidad sufragaron sus gastos y hacer la logística como debía ser. Finalmente, el 4 de septiembre, en el Auditorio Jaime Torres Bodet del Museo de Antropología, se presentó el libro De Babelia. Homenaje a Hannelore Malmberg y Myriam Gossman, coordinado por Laura Leñero, Ana Laura Máynez, Eliseo Blancarte y Miriam González Meyer. Trece días después, en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, se anunciaron a los ganadores de los premios Malmberg: Araceli Cosío Bazant (De vuelta al mar), Rosa Terrazas Galeana (El norte sin brújula), José Trinidad Castañón Aguirre (Barco a la negritud), Judith Garro Dávila (Esquelas encontradas) y Daniela Rodríguez Buñuel (Fuera del cine, la vida), mientras que la beca Gossman, por segunda vez consecutiva se dividió en tres personas: las historiadoras Paulina Velázquez MacGregor y Alicia Cárdenas Velázquez, y la diseñadora gráfica y empresaria Ana María Groban de Anguiano, quien además diseñó la página de Internet: www.sonahist.net. Además, la Junta Benefactora de la SONAHIST cambió su nombre al de Fundación Amigos de la SONAHIST, donde ingresaron la propia Ana Groban y la editora Mayela Ramos de la Calleja.
(Sin embargo, esto apenas sería el principio de una nueva era. Y si le sumamos que aún faltan los museos, todavía la Sociedad tendrá cuerda para rato. Después de todo, ¡¡qué son 2 millones de dólares!!)

sábado, 6 de noviembre de 2010

Todo sobre Myriam Gossman

Tal y como se había acordado, en mayo pasado, se llevó a cabo el homenaje a la finada investigadora mexicana Hannelore Malmberg. Desde el interior de la Sociedad Nacional de Historiografía, la Facultad de Estudios Superiores, campus Norte, y el Instituto Nacional de Antropología e Historia, a lo largo de cinco días se presentaron ponencias; la investigadora Miriam González Meyer impartió un curso sobre historia y literatura, y se hizo el anuncio de los candidatos al premio Malmberg. (Regularmente éste se daba a conocer el 17 de septiembre de cada año, pero en semejante circunstancia, se hizo una excepción.)
Al término del homenaje (realizado del 8 al 12 de mayo, en las sedes antes mencionadas), la Sociedad llevó a cabo una de sus magnas sesiones, donde se acordaron tres cosas: 1) Publicar la memoria del homenaje, que llevaría el siguiente título: De Babelia. Homenaje a Hannelore Malmberg, coordinada por las lingüistas Ana Laura Máynez y Laura Leñero, el escritor Eliseo Blancarte y Myriam Gossman, hija de la Dra. Malmberg. (Deberá estar lista para la segunda entrega del premio Malmberg, a llevarse a cabo el 12 de octubre en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.) 2) Aprobar, casi por unanimidad, el ingreso de dos nuevas integrantes, ambas historiadoras: Sofía de la Garza Muriel, experta en estudios prehispánicos y coloniales, y Rebeca Garciadiego Katz, investigadora versada en materia de Revoluciones del siglo XX y otrora secretaria particular del presidente de El Colegio de México. Y para comenzar su trayectoria historiográfica de manera oficial en el seno de la SONAHIST, se comprometieron a impartir un curso sobre sus respectivos temas; coordinadas, desde luego, por su colega y amiga Miriam González Meyer. Y 3) El anuncio de una nueva etapa en el quehacer de la Sociedad: el intercambio académico. Gracias a un convenio con la Universidad Hebrea de Jerusalén, se instituyó la Cátedra Hannelore Malmberg, y la Profa. Gossman sería la primera en inaugurarla. Para ello, partió hacia Jerusalén, donde permanecería un año completo, y dedicada, no sólo a impartir las cinco conferencias reglamentarias, sino que también generaría futuros convenios académicos y editoriales.
Antes de irse, dejó instrucciones para la creación de una Junta de Benefactores de la SONAHIST, quienes se encargarían de obtener tanto apoyos económicos como conseguir los espacios necesarios donde realizar los eventos de la Sociedad. Dicha junta quedó integrada por los empresarios José Luis Carranza Ruizpalacio, Armando Calles Alamán y François-Xavier Poulain (a la sazón, esposos de Laura Leñero, Miriam González y Rosalía Florescano, respectivamente); el académico Serafín Ruiz de Alarcón, la arquitecta Claudette Seligson, la matemática (metida en política, qué remedio) Onatta von Weissberg, el Ing. Agustín Tolsá Quintana, y la propia Gossman, representante de la familia Malmberg. (Precisamente, por la naturaleza de sus lazos, comenzaría una época de bonanza para la institución.) Por desgracia, esto culminó de un solo golpe.
La mañana del 9 de junio, a las oficinas de la SONAHIST, en Liverpool 76, llegó un e-mail de la Universidad Hebrea con el siguiente contenido: “Myriam Gossman, académica visitante en esta universidad y primera en ocupar la Cátedra Hannelore Malmberg, falleció ayer, 8 de junio, a las 20:15 hrs. [tiempo local], en un accidente automovilístico cuando volvía de la ciudad de Tel-Aviv. La acompañaban David Warman, profesor titular en la misma universidad, y Rebeca Solano Torres, empleada de la Embajada Mexicana. Murieron al instante. La Universidad Hebrea de Jerusalén y las embajadas de México e Israel correrán con los gastos de traslado a México.” La misiva fue recibida por Ascensión F. de Enrigue, Eliseo Blancarte y Rebeca Garciadiego, quienes luego de leerla, se pusieron en contacto con la embajadora de Israel y llevar a cabo las respectivas exequias.
El día 12 de junio, a las 8 p.m (tiempo local), un avión de Aeroméxico trajo los restos mortales de la Profa. Gossman y de la Sra. Solano. Cuando los féretros bajaron del avión, una banda de música que había enviado la Secretaría de Relaciones Exteriores y la Embajada Israelí, interpretó sendos repertorios de música hebrea y de obras de Vivaldi, respectivamente. La comitiva que acudió al acto estuvo conformada tanto por la mesa directiva de la SONAHIST como por amigos y familiares tanto de Myriam Gossman como de Rebeca Solano. (Ese mismo día, Fermín Feria y Edgar Espinola, abogados de la familia Gossman Malmberg, llevaron a cabo todas las disposiciones que ella dejó acordadas, las cuales se conocerían el mes siguiente. Por mientras, los abogados se limitaron a decir que los restos de la ilustre benefactora serían incinerados y puestos en una urna metálica, localizada en el interior de su antigua casa, hoy sede de la Sociedad.)
Sin embargo, para algunas integrantes, tanto la Dra. Malmberg como su hija Myriam, generaron un profundo misterio y eso les hacía darle demasiadas vueltas a la cuchara. Dicha incertidumbre (casi desconcierto) fue objeto de charla entre Eliseo Blancarte (otrora amigo de las Malmberg) y sus colegas Garciadiego, González Meyer y De la Garza, las Clío, en el Sanborns de Los Azulejos.
-Desgraciadamente –dijo Eliseo– nadie logró traspasar la privacidad de esa familia; si llegué a conocerlas, se debió a que la Dra. Malmberg era una asidua lectora en la biblioteca donde yo trabajaba. Para cuando me integré a la SONAHIST, conocí todos los entramados de doña Anna, como cariñosamente le llamaban sus vecinos. Pero, para serles franco, nunca conocí muy bien a su hija Myriam. Recuerdo que le decía Minnie Malmberg; ella ¡¡por poco y me mata!! Cuando supe que le disgustaban las comparaciones con su mamá, al igual que los diminutivos, renuncié a ello.
Se quedó pensativo unos instantes y continuó diciendo.
-Creo que no está en mí hacer su biografía –dice con voz entrecortada– Bueno…si ayudé a Rebeca de la Torre y a Ericka Mildred Ortega para reconstruir la vida de su madre, pero fue sólo a instancia de mis colegas, por supuesto. ¡¡¡Y porque la conocí muy bien, claro está!!!
Cinco minutos después de proferir esa frase, Blancarte pagó la cuenta y se retiró conmocionado.
Una semana después, las Clío se reunieron para desayunar en el mismo lugar y discutir dos cosas: una, encomiar la reciente publicación del primer libro de González Meyer, Travesía cristera (libro que recoge tres años de trabajo ininterrumpido, donde hurgó en archivos públicos y privados de Jalisco, Aguascalientes y Zacatecas, cuyo apoyo económico se dio gracias a su empresarial esposo), y la otra, la tentativa de reconstruir en conjunto la vida, obra y milagros de Myriam Gossman.
-Cuando ingresé por primera vez y de modo oficial a la Sociedad –decía Miriam González–, fue a mi casa para felicitarme. Además de una botella de oporto, me regaló un fajo de documentos acerca de la Guerra Cristera, mismos que ella encontró (dado su olfato documental y anticuario) en una casa abandonada de Guadalajara. Desde aquel día, supe que coincidiríamos no pocas veces. Es más, en este mismo lugar, le hable bien de ustedes, de sus notables investigaciones y de mi sueño al tenerlas conmigo trabajando dentro de la Sociedad. Ella, con una paciencia de Job, me dijo: “Tocaya, si tu deseo es ése, para la próxima sesión, proponlas para que ingresen formalmente. Si te apoyan más de cinco personas, sostén su candidatura. Y si en la siguiente reunión se aprueba oficialmente su ingreso, ¡¡ya está!! De eso no me cabe duda.” Fue de las pocas veces que no sólo me convenció, sino que me convirtió por completo.
Luego que Miriam pagara la cuenta, las tres se dirigieron a las oficinas de la SONAHIST para consultar los archivos de Myriam Gossman. Para su fortuna, contaron con el apoyo (y su complicidad, para variar) de Rosalía Florescano, quien las dejó sumergirse entre cajas y cajas de documentos y cuadernos personales. La mayor sorpresa que se llevaron fue el hallazgo de su (mínimo) árbol genealógico.
La línea familiar de Myriam Gossman comienza en Bonn, Alemania, donde su abuelo, Joseph-Isaac Gojman, de origen judío, nació en 1899. Él llegó a Nueva York, en 1917, donde consiguió empleo como zapatero. (Cuando el personal de migración tomó sus datos, su apellido pasó de Gojman a Gossman.) Luego de tres años, se casó con Rebecca-Georgette Katz (también judía, al parecer), con quien tuvo dos hijos, Myriam Laurette y William Joseph, nacidos el 16 de junio de 1920. (Seis años después, Myriam muere de neumonía, causada por un mal diagnóstico.) A raíz del crack de 1929, los Gossman Brown viajaron a Veracruz, donde el padre administró un importante hotel del puerto; allí, William pasó los mejores veranos de su vida y ello le generó el gusto por la cultura mexicana.)
En 1940, regresan a Estados Unidos y logran asentarse en Filadelfia. El padre obtuvo empleo en un banco y William se enlistó en la Marina. Cuando Estados Unidos entró en la Segunda guerra mundial, fue enviado al Pacífico (como marino de cubierta), en la misma tripulación al mando del legendario Douglas MacArthur, de quien fue su secretario particular. (Al término de la guerra, aquel famoso militar le obsequió una de sus pipas favoritas, la cual conservó por mero cariño, dado que detestaba fumar y ver que lo hicieran. Pero ante tamaño personaje, tuvo que aguantarse.) Posteriormente, se dio de baja y, ni tardo ni perezoso, ingresó a la Universidad de Harvard, donde estudió Historia, Filosofía y Antropología. Su tesis de doctorado versó acerca de las lenguas nativas del norte del México, misma que ameritó el grado magna cum laude. En 1959, siendo profesor de Historia en Princeton, conoce a Hannelore Malmberg Krause, con quien se casó al año siguiente. En Newark, N. J., el 20 de julio de 1961, nació su única hija, a quien puso el nombre de su finada hermana.
En 1966, los Gossman Malmberg llegan a la ciudad de México, lugar donde William ocuparía la cátedra de Antropología lingüística en la Escuela Nacional de Antropología e Historia y su esposa Hannelore se dedicaría a la investigación filológica en la Universidad Nacional, además de satisfacer su coleccionismo documental. Su estancia se hizo permanente.
Con el ambiente familiar lleno de pesquisas historiográficas y pasiones documentales, Myriam se interesó, además de las matemáticas y el baile, por la historia y la lingüística; por tanto, decidió estudiar Letras Hispánicas en la Universidad Nacional e Historia en El Colegio de México, donde se doctoró con una tesis sobre la diplomacia mexicana en el período presidencial de Plutarco Elías Calles. Con semejante trabajo, ingresó al Instituto Matías Romero. A la muerte de su padre, en 1993, dejó el instituto para ocupar una cátedra de Historia de la diplomacia en México en la universidad. Entre sus clases en la facultad, ayudaba a su madre en los asuntos de investigación documental y a la compra/venta de manuscritos, cosa que era notoria en la familia, desde que Carla Williams Brightman entró en la vida de los Gossman.
Cuando la Dra. Malmberg se retiró del rastreo documental, Myriam se dedicó a llevar las cuentas familiares, además de cuidar la salud de su madre, quien presentó, en los últimos años, primeros indicios de Alzheimer. Postrer a su muerte, en 2005, donó sus archivos personales a la Biblioteca Nacional, y creó dos fideicomisos para la conformación de la beca Gossman y los premios Malmberg. Hasta su repentina muerte, ocurrida el 8 de junio, formaba parte de la Junta Benefactora de la SONAHIST.
(Al término de una exhaustiva revisión de centenares y centenares de papeles, Miriam, Sofía y Rebeca quedaron impresionadas y no conciliaron el sueño en tres días. Finalmente, redactaron algunas líneas al respecto, pero no pasó de allí.)
A mediados de julio, la pieza faltante en el vidrioso rompecabezas había aparecido. Los abogados Espinola y Feria leyeron, en sesión solemne de la SONAHIST, las disposiciones restantes: 1) Seguirán vigentes los fideicomisos para que se sigan dando las becas Gossman y los premios Malmberg, cuyas fechas de anuncio y entrega no cambiarán. 2) Su biblioteca personal se dividirá en dos partes, una de las cuales se quedará en la sede de la Sociedad Nacional de Historiografía; el resto, se donará a la Nueva Biblioteca de Buenavista. 3) El acervo documental, conformado por diarios personales y otros papeles, deberá catalogarse, para después integrarlo al Fondo documental C. W. Brightman de la Biblioteca Nacional. 4) Se promoverá, por parte de la Junta de Beneficencia de la Sociedad, la creación del Museo William Gossman, con los objetos personales de la familia, más otros que cumplan con el perfil museográfico. 5) Miriam González Meyer se integra al equipo de coordinadores de la memoria/homenaje a la Dra. Malmberg, misma que deberá estar lista antes del 12 de octubre. Además, se le dará carta blanca (al igual que Rebeca Garciadiego y Sofía de la Garza) si decide catalogar todo su archivo personal. Y 6) Desaparece la cátedra Malmberg en la Universidad Hebrea de Jerusalén, a causa de los conflictos intestinos que aquejan a dicha ciudad. (La Sociedad, haciendo acopio de resignación, tardó en aceptar este punto, pero finalmente la pérdida de una cátedra no desaparecería sus sueños documentales. Muy al contrario, los incrementaría.)
Tal y como se había acordado, la mitad de su biblioteca personal se donó a la Nueva Biblioteca de Buenavista, misma que se inauguró una semana después. (Por supuesto que la SONAHIST no se perdería tamaño evento.) El rector de la Universidad Nacional, la directora del Instituto Politécnico, la Secretaria de Cultura y la presidenta de la Sociedad, cortaron el listón inaugural del nuevo auditorio que llevaría el nombre de su benefactora, Myriam Gossman, localizado en el interior de la biblioteca. Ese mismo día, se resolvió elegir a la nueva mesa directiva; desde luego, se valoraron los logros obtenidos, para pensar en nuevas y mejores empresas, pero, sobre todo, preservar el espíritu que les dio origen. En las tres horas que duró la asamblea, se presentó la nueva mesa directiva: Pilar Garibay Portilla, Presidenta; Ana Laura Máynez Ojeda, Secretaria; Nidia Lapesa y Alatorre, Tesorera; Rosalía Florescano Meyer, Prosecretaria; Laura Darina Leñero Barrera, Protesorera; Rebeca Garciadiego Katz y Miriam González Meyer, Vocales. Las primeras acciones que llevaron a efecto fueron: 1) Cambiar el nombre de la sociedad, el cual quedaría como Sociedad Nacional Historiográfica, donde tendrán cabida todas las vertientes de la investigación al respecto. 2) Aceptar como integrantes oficiales al investigador Raymundo Barthes Arreola y al profesor Miguel Ángel Torres Alfonso. En carácter de honorarios, al politólogo Juan Dettmer Pipitone, a la historiadora de religiones Jael Martínez Assad y a la lingüista Helen Graziano, directora del Instituto Cultural Israelí, quien se comprometió a trabajar junto a la Sociedad en pro del intercambio cultural. (Si hacemos caso a las malas lenguas, Graziano fue alumna de Garibay y de Lapesa en la carrera de Letras Hispánicas; cosa que hará posibles todos los proyectos habidos y por haber.)
[Ahora sí, los Gossman Malmberg pueden descansar en paz. Bueno, sólo falta el museo, pero ese asunto, se resuelve solo. ¿O no?]

viernes, 5 de noviembre de 2010

Memorias y legado de Hannelore Malmberg

Uno de los objetivos primordiales de la Sociedad Nacional de Historiografía, además de realizar bienalmente el Encuentro Internacional de Lingüistas e Historiógrafos en la Facultad de Estudios Superiores, campus Norte, y de engrosar sus filas con el ingreso de nuevos investigadores, es la publicación –en su mayoría, coediciones– de una serie de libros, producto del esfuerzo investigador de sus integrantes; resultado del inconmensurable acervo acumulado por Carla W. Brightman. Sin embargo, una incógnita aún por develar era la toral preocupación de la Sociedad. Es decir, qué papel había jugado, directa e indirectamente, la investigadora alemana Hannelore Malmberg.
Según los asuntos tratados por la Sociedad en su sesión del 9 de septiembre, luego de nombrar como integrantes oficiales a las lingüistas Nidia Lapesa y Laura Leñero, a las historiadoras Miriam González y Rebeca de la Torre Guedea, y a la filósofa e investigadora en Humanidades, Ericka Mildred Ortega y Calvino, se acordó, mediante mutuo acuerdo, llevar a cabo un señero homenaje a la insigne investigadora. Y, por ello, fueron comisionadas estas últimas para escribir una muy sucinta cronología y, desde luego, un esbozo biográfico en torno a su vida, obra y milagros. Para ello, se pusieron en contacto con Eliseo Blancarte (bibliotecario en la Biblioteca Laurina y amigo personal de la Dra. Malmberg), quien les comentó de la precaria salud de la investigadora, cosa que no las desanimó del todo, e insistieron en concertar una cita con ella. Y dos días después, ya cansado de ser correo chuán entre ambas partes, por fin, les arregló un encuentro, con la condición de que también participe –dentro del proyecto– Laura Barrera, conductora del noticiario cultural Ventana 22. Para conseguir la ayuda de la periodista, no hubo tanto problema, puesto que la presidenta de la Sociedad, Ascensión F. de Enrigue, fue entrevistada durante la presentación del tercer tomo de las Obras Completas de su esposo, el Dr. Miguel Enrigue de León, y ella quedó de conseguirle un ejemplar firmado por el eximio investigador.
Ya concertada la cita, en Liverpool 76, la Dra. Malmberg (con ayuda de su hija Myriam) las recibió con agrado y con buenos ánimos para llevar a efecto la entrevista. Myriam sugirió que se realizara en la biblioteca personal de su madre. Con las grabadoras desenfundadas y una micro cámara (metida de contrabando) encendida, doña Anita (como la llamaban sus vecinos desde que llegó a México) procedió a contar su vida. “Desde que mi memoria lo permite, siempre he sabido que los Malmberg, antaños y pospretéritos, terminan por asirse a los arcanos de la palabra o de los números, ya que eso permite conocer, de manera sucinta, su mundo interior, y del como mueve al exterior.
“Nací el 12 de octubre de 1925 en la ciudad de Berlín, dentro del seno de una familia de origen judío, con profundas dotes intelectuales y científicas. Leopold Malmberg, mi padre, era bibliotecario en la Nacional de Berlín; mi madre, Anna Krause, enfermera que sirvió en la Cruz Roja durante la Primera guerra mundial. Ellos tuvieron en total cinco hijos: Benjamín, quien fue soldado en el ejército alemán; Sarah, enfermera, como mamá, claro; Leonard, a la postre, físico nuclear; Myriam, posteriormente, una tremenda economista, y yo, la menor de todas, filóloga. A todos se nos inculcó el amor por las letras y los números, a pesar de la distancia creada por nuestras respectivas áreas. [....] En 1939, cuando estuve por ingresar al liceo, nos enteramos de la amarga noticia de la invasión nazi a Polonia. Con eso, mi padre supo que pronto correríamos con la misma suerte. Ni tardos ni perezosos, logramos salir de Alemania. Peregrinamos por muchos lugares: primero París, donde mi hermana Sarah conoció a un joven comunista francés, Henri Meyer, quien se la lleva a España (a donde también fuimos a parar), y termina asistiendo a los heridos del frente republicano durante la Guerra Civil. Mi padre, con profética intuición, sabía lo que iba a pasar, y nos llevó consigo hasta Inglaterra. En Londres, supimos de la infame victoria franquista, y esperamos en vano el regreso de mi hermana y de mi cuñado el francés. Pero tampoco nos salvamos del inminente destino que enmarca la guerra. Cuando ocurren los bombardeos nazis a la ciudad, mi padre nos envió junto con mi madre a Edimburgo, para estar a salvo, mientras él se quedaría con mi hermano Benjamín a rescatar las pocas vidas que quedaban allí. Al término de la guerra, mi padre nos alcanzó en Escocia, pero solo: Benjamín murió en un bombardeo cuando trataba de salvarle la vida a unas niñas que habían quedado atrapadas bajo las ruinas de un internado. Después de ese amargo episodio, mi padre, cansado y avejentado por dos guerras, sugirió que viajáramos hacia Estados Unidos para, de alguna forma, empezar desde cero (y lo decía por mí, especialmente, ja, ja, ja, ja).
“En septiembre de 1946, llegamos a Nueva York, señal de buena fortuna luego de haber estado casi diez años viviendo como extranjeros en nuestro propio continente. Por fin, ¡una tierra a la cual llamar casa! Tres años después, y de haber vivido de la caridad dada por la Comunidad Judía, decidimos fijar nuestra residencia en el estado de Nueva Jersey, donde Leonard, Myriam y yo ingresamos a la Universidad de Princeton. Leo estudió Física nuclear (uno de sus maestros fue el mismo Albert Einstein); Myriam, Economía, donde fue compañera del notable John F. Nash (a la postre, Premio Nobel de Economía 1994), y yo, en cambio, estudié Filología. Desgraciadamente, cuando Leo acababa de titularse, mi padre falleció. Era el año de 1958. Decidimos cremar sus restos y llevarlos al Mar Mediterráneo, según su última voluntad. Dos años después, mi madre, mermada por el cáncer, también falleció. En el verano de 1962, aprovechando un viaje a Grecia, depositamos las cenizas de ambos en el mar.
“Según recuerdo, o logro recordar –ya no me siento tan joven, saben–, fui una alumna notable... Bueno, tal vez así lo vea. Pero no niego que, lo poco que sé (o sabía, yo no sé) me llevó a ser alumna de Roman Jakobson en el Massachussets Institute of Technology. Además del café caliente, las anécdotas en ruso, y los galanteos de mis compañeros, lo que, en verdad, agradezco es haber conocido a dos personas muy importantes en mi vida. Por un lado, mi finado esposo, William Gossman, judío como yo, antropólogo, y con quien compartía el gusto por las lenguas indígenas americanas, las bicicletas, el té de la India, Monet, y, nuestra gran pasión, Myriam Laurette, mi hija, nacida en 1961. Y por otro, a mi amiga de toda la vida, Carla Madeline Williams, quien estudió Historia en Cambridge, donde fue compañera del famoso Eric Hobsbawn. Juntas tuvimos una afición mutua: coleccionar miríadas de archivos y documentos particulares, los cuales comprábamos casi por kilo, e incluso ofrecíamos estratosféricas cantidades si se trataban de manuscritos acerca de las Letras o la Historia de México. Y como la situación nos la pintan calva, pasaron dos cosas. Una, a William le ofrecieron la cátedra de Antropología lingüística en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, en la ciudad de México; otra, Carla, al casarse con Harry Leslie Brightman, diplomático de tiempo compartido, también terminaría en México, ya que lo nombraron Primer Cónsul de la Embajada Norteamericana. En 1966, llegamos aquí, para nunca más salir”.
Doña Anita pidió a sus interlocutoras hacer una pausa para disfrutar de esa otra hurdidora de historias: la hora de la comida, donde lo más granado de la memoria se roza con las boutades que sólo el grandioso sabor del mole poblano, la sopa de calabacitas y los chongos zamoranos, puede ofrecer como confluencia de tiempos viejos y tiempos nuevos. Degustados los alimentos y acabada el agua de horchata, la Dra. Malmberg continuó su relato. “En 1970, ayudé a Carla con la compra del archivo personal de Pierre-Marie Mirelles, del cual su descendiente, Leonardo Valiñas Díaz (un médico de quien no deseo acordarme), se deshizo de tamaño acervo nada más para saldar sus gastos funerarios, y, claro, si la muerte no le sentó bien, mucho menos a sus papeles. Por esos mismos años, ella conoció al legendario Arturo Alfonso Cabrera, un flamante jubilado de Teléfonos de México, de quien se decía que ése no era su verdadero nombre; tampoco era una pera en dulce, ya que le gustaba hurgar ratonilmente por los archivos del Ministerio de Comunicaciones. Una de sus pesquisas, por poco le cuesta la cárcel o la orfandad a sus hijas –a quienes estimamos mucho, ¿no es así, Myriam?– Pues bien, para hacerles un favor, compramos sus documentos, para que ellas pudieran vivir decorosamente. Eso también ocurrió con los papeles de Eugène Broca, en 1980, y con los del pobrecito Enrique Solano, al que su prematuro Alzheimer terminó por vencerle”.
En ese momento, Laura Barrera sacó la casta periodística con la siguiente pregunta: “Dra. Malmberg: Luego de la muerte de su amiga Carla W. Brightman, ¿Pensaba cuál sería el destino final de su colección documental?” Y la doctora contestó, muy convincente de sí misma: “Bueno, a Carla no le pasó por su cabeza donarlos a alguna universidad. Simplemente su coleccionismo (o urraquismo, debería decir) no tuvo límites, y eso llevó a su esposo Leslie y a su hijo Frank Truman a las puertas de la locura, pues su esposo se suicidó aventándose del edificio de la Lotería Nacional en 1988 (algunos pensaron que fue a causa del fraude electoral), y a su hijo, a ahogarse en el Mar de Maracaibo, en Venezuela, bajo pretexto de unas vacaciones. Esto creo que fue en...¡Ay, hijita! Tú, ¿recuerdas? Mmmm... ¡Ya!, en 1990. Desde entonces, se dejó a la buena de Dios, para luego morir en 1992. Casi al mismo tiempo que mi querido esposo, quien me dejó el 10 de mayo de 1993.
“¿Y del archivo? ¡Yo fui la primera en oponerme que terminara en Puebla! Pero, claro, ¿qué se puede hacer contra la burocracia?” (“Pues, madre, estar con ella, ¿no crees?”, dijo su hija con sorna.) “Y ¿saben lo que hice? No lo podrían creer, viniendo de una vieja como yo, ja, ja, ja, ja, pues bien, soborné a algunos funcionarios para que aquellas investigadoras universitarias dieran a conocer los arcanos que los documentos guardaron por muchos años. Y cuando supe de la publicación del Códice Máynez, tuve una reacción encontrada. Gastamos en vano, Carla y yo, bastante dinero y muchos años de nuestra vida, para hacernos de esos documentos, para que ahora se publiquen y pasen de un sueño a otro. Lo mismo con los Manuscritos misioneros de Mirelles, los Epistolarios de Enrique Solano, y ese “juguete lexicográfico” llamado Diccionario Transoceánico de Comunicaciones. ¿Por qué despertarlos de un sueño para sumirlos en otro? No, ¡no me parece justo! Eh.... al menos, eso pienso.”
En ese momentáneo impasse de memoria, la pericia se vuelve pregunta, y esta vez, la Dra. Rebeca de la Torre le hace una última pregunta: “Dra. Malmberg: Después de haber hecho un pequeño acercamiento a su trayectoria –hablamos de 35 años, ¿no es así?– ¿qué resta para el futuro?” Y la señera señora responde con cierto dejo de incertidumbre: “Eh.... Pues pienso terminar mis memorias, mi hija me ayuda en eso, porque, como ya se sabe, el olvido ya casi me tiene secuestrada del todo, y para darle alcance, recurro a grabadoras –como las suyas– para ello, pues. Respecto a las investigaciones, ¿para qué preguntan si ustedes ya lo han leído y escrito casi todo?, ja, ja, ja, ja. Y... (Dirigiéndose a su hija) ¿qué más?” Interviene Myriam Gossman: “Creo que por hoy es suficiente, ya tendremos mucho tiempo para que entretengas a tus visitas, madre. Así que... ¿para cuándo la próxima vez?“ Entre todas responden que para la siguiente semana, en especial el 18 de septiembre. Aceptado el acuerdo, se despidieron de ellas, con la esperanza que la siguiente reunión sea mejor que las venideras. Además, ya sólo faltaban quince minutos para que Laura Barrera diera inicio a su noticiario cultural, aunque, para ser honestos, creo que no le importaba del todo. Al menos, ese día.
Desgraciadamente, el 17 de septiembre, al mismo tiempo que la Sociedad llevaba a cabo su reunión semanal en el Salón de Actos del Palacio de Minería, Laura Barrera daba la fatal noticia: “Empezamos con una nota triste. A las tres de la tarde de hoy, falleció la insigne investigadora, académica y escritora alemana radicada en México desde 1966, Hannelore Malmberg, a causa de un paro cardiorrespiratorio. En estos momentos, sus restos son velados en una agencia funeraria en la calle de Félix Cuevas. Le sobrevive su hija Myriam Gossman, quien informó a este noticiario que el féretro permanecerá hasta las cinco de la tarde del día de mañana; después, sus restos serán cremados y dispersados en el puerto de Veracruz. En los próximos días, dará a conocer las últimas disposiciones que su madre dejó listas para cumplirse posterior a su muerte. Descanse en paz”.
Después de las ocho de la noche, todos los integrantes de la Sociedad dieron el respectivo pésame a Myriam Gossman, para después montar una guardia de honor durante una hora. Luego hicieron lo propio tres miembros de la Academia Nacional de la Lengua: Raymundo Barthes Arreola, Rubén Darío Beristain Yáñez y Miguel Ángel Torres Alfonso. (En entrevistas posteriores, el Rector de la Universidad Nacional, la Directora de la Facultad de Estudios Superiores, campus Norte, y la Presidenta de la Sociedad Nacional de Historiografía, anunciaron que sí se realizará el consabido homenaje, tal y como se había acordado, a principios del mes de mayo del siguiente año.)
En la reunión extraordinaria de la Sociedad, llevada a efecto el 4 de octubre, en el Auditorio del Programa de Investigación del campus Norte, Myriam Laurette Gossman Malmberg dio a conocer las disposiciones correspondientes: 1) La casa de Liverpool 76 será donada a la Sociedad Nacional de Historiografía, como domicilio fijo de la misma, donde llevará a cabo sus actividades. 2) Se crea la Beca Myriam Gossman para incentivar las investigaciones en Letras Hispánicas, Historia y Filosofía. 3) Se instituye el Premio Hannelore Malmberg a las mejores investigaciones en los ramos lingüístico, literario, filológico, histórico y filosófico, hechas a lo largo del año. El anuncio anual de los ganadores se dará puntualmente cada 17 de septiembre, y la entrega formal, el 12 de octubre. Y 4) Los documentos personales y su extensa biblioteca quedarán bajo resguardo de la Universidad, con la creación del Fondo Reservado Carla Williams Brightman.
Al año siguiente, el Premio Malmberg fue entregado a los siguientes trabajos: Nuevas filosofías del transtierro, de Ericka Mildred Ortega y Calvino; Las vueltas de la Historiografía, de Rebeca de la Torre Guedea, e Itinerarios alfonsinos, de Miguel Ángel Torres Alfonso. (Algunas categorías quedaron desiertas por falta de logística en las ternas.) Y la beca Gossman, por única vez, se repartió entre tres personas: el lingüista Salvador Altamirano Lara, el escritor Julio Monterroso, y el editor Abraham Perry Gerrard, quienes gozaran de sus beneficios durante todo un año. [¡Quién iba a pensar que el patrimonio de la Dra. Malmberg se dilapidara tan rápido! O, por lo menos, eso hizo ver su hijita. Usted, Lector, ¿Con quién se queda?]