sábado, 23 de enero de 2010

Réquiem por unos libros prestados

Hace algunos días, luego de mi visita reglamentaria al dentista, hice una pequeña escala en la librería más cercana al consultorio simplemente para ver qué había de nuevo. Entre los libros de las novedades de la colección Centenarios de Tusquets y los resultados del scanning bibliográfico sobre Barack Obama (tema que interesa a una de mis Consejeras, por cierto), encontré en uno de los anaqueles un libro que compré hace más de ¡¡once años!!, y que, por azares del destino, presté sin pensarlo siquiera unas tres veces. Mientras hojeaba aquel ejemplar, me puse a pensar cuáles fueron los libros que corrieron con esa extraña suerte. Por lo visto, no son muchos, pero entre éstos, hubo varios de gran valía. Que estas notas sirvan para recordarlos.
El primer libro que presté y nunca regresó fue una biografía de Frida Kahlo, escrita por Rauda Jamis y bajo el sello editorial de Circe. En una de mis materias de preparatoria me pidieron de tarea hacer un reporte sobre él, y como entonces era un novato en cuestiones librarias, el primer lugar donde se me ocurrió buscarlo fue el súper. (Si entran a comprar una cosa determinada y al salir lo único que llevan en la bolsa son libros, mejor sospechen y salgan corriendo de allí.) Y, para mi buena suerte, lo encontré. Me leí el libro de marras en una sentada y con las ideas más frescas que huauchinango en cuaresma, me apersoné frente a la máquina de escribir y el resto, seguro adivinan, salió a pedir de boca. Después de haber obtenido una buena nota, una compañera mía se interesó por mi libro y como aún tenía la lectura fresca, resolví prestárselo por un tiempo. Por desgracia, el libro nunca volvió a mis manos. (Años después, algunos ex-compañeros me informaron que aquella niña sí tenía planes de regresarme mi ejemplar, pero por x, y, z razones no se logró.) He pensado en adquirirlo de nuevo, pero no me animo por ahora...
El segundo libro del que tengo memoria, fue Del inconveniente de haber nacido de E. M. Cioran. Después de representar (y con un éxito apenas notable) un monólogo basado en las obras del escritor franco-rumano, otra compañera vio mi ejemplar en edición de bolsillo y sólo me espetó una frasecilla que aún resuena como eco de lejanos fantasmas: "¿Me lo puedes prestar?" No pude decirle que no, y accedí, con la idea de que regresaría a los tres días, dado el denso estilo del autor. Craso error. Le gustó mucho mi libro y mientras pasaban semanas y felices días, no veía la hora de la devolución. Terminé la preparatoria y nunca más supe de aquella compañerita. Años después, ya en la universidad, en la entonces flamante sucursal del FCE, en el Centro Histórico, encontré otro ejemplar igual, mismo que ahora no suelto.
La tercera experiencia, si me permiten decirlo, fue la más engorrosa. Un compañerito en Letras, químico de primera (de)formación, cada que mencionaba el nombre del autor que leía por esos días, siempre me veía cara de biblioteca móvil y, claro, me sonsacaba para prestárselo. Accedía de todas formas, porque mi grado de ingenuidad rayaba en lo absurdo y pensaba que terminaríamos juntos la carrera, pero no fue así: él regresó a su querencia química, para más tarde alquilarse de músico (otra querencia suya) en un pedestre programa matutino de los sábados por la T. V. Pero, a diferencia de las compañeritas, este tipo no se apañó un solo libro, sino ¡¡siete!!, cuyos nombres no recuerdo por ahora. Y, para acabarla de amolar, un compacto de Ennio Morricone y un single de Dead Can Dance también pasaron por sus armas. Los libros, si les interesa saberlo, varios los repuse, a un buen precio, menos que cuando los compré por vez primera. (Además, también tuve mi pequeña venganza: en su exceso de confianza, el tipo este me prestó un libro de poesía ¡¡inconseguible!! Y, hasta la fecha, es una de mis joyas más preciadas.)
Ahora bien, ¿de qué me sirve acordarme de aquellos libros que presté y nunca regresaron? Muy sencillo, para volverme un mejor lector. Luego de reponer algunos y al volverlos a leer, varias de mis viejas impresiones regresaron intactas, incluso hasta recargadas, que me aseguro de anotar en una libreta después de concluída la lectura. Y si se me cuecen las habas por compartirla, si corro con suerte, consigo otro ejemplar idéntico o similar y lo obsequio. De cualquier manera, si uno se acuerda con cierta nostalgia de esos libros prestados que nunca volvieron, sería por una razón. Y con estas líneas, he aquí la mía. (¿No les ha pasado lo mismo?)

lunes, 4 de enero de 2010

José García Gavito

Recuerdo que hace algunos años, asistí a una conferencia tuya, donde pude conocer parte de tu universo historiográfico.
Recuerdo también que fuiste uno de los primeros (y posibles) colaboradores para llevar colaboración a mi ahora casa hemeográfica; siempre que el tiempo nos hacía coincidir, reiterabas tu compromiso para enviar una crónica de viaje por aquellos lares del sur: la tierra de tus admirados mayas.
Tampoco se me olvida el buen ánimo que le ponías a todo coloquio, sea como asistente, sea como expositor. Y también viene a mi memoria tu siempre maravillosa sonrisa que irradiaba a todo mundo.
Sin embargo, todas estas cosas son sólo una ligera muestra de aquella persona admirable, trabajadora y, sobre todo, entusiasta, quien ahora caminará por un largo y maravilloso sacbé, en busca de los arcanos de sus admirados mayas. Pero nosotros, en estas tierras, te seguiremos extrañando.
¡¡Gracias por todo, José!!

jueves, 31 de diciembre de 2009

Mensaje presidencial para despedir 2009

Colegas y consejeras, lectores y amigos:

2009, como sabemos, fue un año no escaso en acontecimientos de toda índole: para bien, para mal. Sin embargo, buena parte de nuestros proyectos se cumplieron a plenitud; siempre hubo días donde la persistencia y la confianza marcaron la nota a seguir. A fuerza de errores, comprobamos sobremanera tanto milagros como promesas, cuestión que derivó en reconocer y agradecer sus palabras: sea extrañamientos, sea alicientes. Se les agradece, de verdad.
En 2010, debo reconocerlo, nos espera una larga travesía, donde ¡¡cinco aniversarios!! nos tendrán de la ceca a la Meca: los 200 años del inicio de la Independencia, los 100 del inicio de la Revolución mexicana, los 100 de la Universidad Nacional Autónoma de México, los 35 de mi alma mater, la Facultad de Estudios Superiores Acatlán (UNAM), y, claro, el Tercer aniversario de la Nueva República de Babel, espacio donde nada es para tanto y, eso sí, todo está permitido. Sí que sí. (A su determinado tiempo habremos de participar.)
Mientras tanto, y con la vida a nuestro favor, mis mejores deseos para todos ustedes y, desde luego, para que 2010 (con todo y sus bemoles y sostenidos) sea un año de nuevos logros y muchas amistades.
¡¡Muchas gracias!! y reciban el abrazo siempre fraternal de
Ulises Velázquez,
Primer mandatario neobabélico

lunes, 28 de diciembre de 2009

Ana Torroja entre dos siglos

Reza el lugar común que los cantantes y/o músicos que determinan una década o, siendo estrictos, un género, sólo nacen cada veinte años. Para las generaciones que hoy en día llegan a los impunes cuarenta y a la edad de los nuncas (los 30), una voz en español siempre nos acompañará, sea para recordar buenos e inolvidables momentos, sea para ponerle algo de sal a la herida para no olvidar. Seguramente más de uno tendrá en mente un determinado nombre, pero al final coincideremos en uno solo: Ana Torroja.
Mencionar el nombre de Ana Torroja, para unos remite al grupo de pop en español más famoso, Mecano, mientras que para otros viene a su cabeza "Duele el amor" o "Corazones", sendos duetos con Aleks Syntek y Miguel Bosè, respectivamente. Pero la vida, obra y milagros de Ana Torroja Fungairiño tiene otras aristas. Nacida un día como hoy, de 1959, en la cosmopolita ciudad de Madrid, en una familia de importante prosapia en el mundo de la Ingeniería civil y el Derecho. (Su padre y abuelo, importantes ingenieros civiles; sus tíos, abogados de lustre superior.) Y aunque en el seno familiar se cultivaba el gusto por la música, Ana se inclinó, en primer término, por estudiar Economía, mas no por mucho tiempo.
En 1974, casi seis años antes del período de efervescencia artística conocido como la movida, Ana conoce a José María Cano, con quien habría de relacionarse sentimentalmente tiempo después, hasta que Jose se traslada a Valencia. A su regreso, conforman un dueto de alcances todavía amateurs, que con el ingreso del hermano menor de Jose, Nacho, daría como resultado un grupo que, tal y como sucede con los grandes, en aras de cambiar su vida, al final cambiaron al mundo: el grupo Mecano. En 1982 con la salida del primer disco homónimo, en su papel como vocalista del grupo, Ana hizo suyas las temáticas de cada canción (compuestas, claro por los Cano), y aunque aquellas historias eran, estrictamente hablando, vividas desde una mirada masculina, fue el sello que definió el estilo del grupo. Mientras las canciones de Nacho hablaban sobre fiestas desenfrenadas y sus no halagüeñas consecuencias ("Me colé en una fiesta" y "Hoy no me puedo levantar") y de las sorpresas de la vida ("La fuerza del destino", "El lago artificial"), los temas tratados por Jose eran un poco más líricos y, si se puede, hasta poéticos. ("Eungenio Salvador Dalí", "Quédate en Madrid" y la clásica "Hijo de la luna", por decir algunas.) Pero la voz adamantina de Ana hacía de una historia sencilla una ópera de bolsillo. Después de seis discos de estudio, uno en concierto y tres recopilaciones (más las que se acumulen en la semana), en 1998, Mecano se despide de los escenarios y así sus integrantes se dedican a sus proyectos personales.
Poco antes de la debacle del grupo, Ana Torroja lanza su primera producción como solista: Puntos cardinales (1997), donde aún conserva el estilo que le dio identidad a Mecano, pero con un poco más de variedad en su producción, tal y como lo demuestran los sencillos "A contratiempo" y "Cómo sueñan las sirenas". (Eso sí, conservó de su época grupal una valiosa estrategia comercial: grabar sus versiones al francés.) Después de finiquitar su experiencia con los Cano, en 1999 aparece su segundo álbum: Pasajes de un sueño, donde introduce ritmos caribeños, pero le agrega más toques de pop. A final de cuentas, este género le acomoda mejor.
Mientras se hallaba a la caza de nuevas ideas para álbumes posteriores, Ana Torroja se dio tiempo para colaborar con diversos artistas; Sole Giménez (vocalista de Presuntos Implicados), Pedro Guerra y Armando Manzanero tuvieron la suerte de compartir algo más que un dueto, pero fue la estrecha colaboración con Miguel Bosè la que llevó su fama hasta los aires, gracias a la gira mundial Girados, cuya primera temporada pasó sin hacer tanto ruido, y hasta la segunda vuelta, retomó energías y derivo en la grabación de un disco doble y un dvd. (Quienes recuerdan el primer sencillo, "Corazones", saben a qué me refiero.) Después de la maravillosa experiencia de Girados, regresó al estudio de grabación y en 2003 sale a la luz su tercera producción: Frágil. Sin embargo, éste no obtiene la respuesta esperada por su séquito de viejos y nuevos fans. Después de colaborar con Aleks Syntek en "Duele el amor", Ana hace un alto en su camino solista y, como las buenas casas de moda, regresa a sus orígenes con La fuerza del destino (2006), álbum donde reinterpreta las canciones que le dieron fama a Mecano, pero de manera diferente; es decir, con arreglos nuevos. (Los acérrimos fans del grupo no bajaron esa intención de falta de respeto, pero mejor ella que Fey, cuyo disco "homenaje" sí que es un insulto. Cuestión de enfoques.) Actualmente, Ana trabaja en los últimos toques a su siguiente disco, cuya salida está planeada para 2010.
Para quienes crecimos oyendo a la Torroja, como ariete principal de Mecano, no dudamos que su voz se encuentra entre las mejores del mundo, apenas comparable a las de Luz Casal y Sole Giménez, pero éstas se cuecen aparte. Aún así, una voz como la suya merece muchísimas muestras de pleitesía, porque las historias que su voz hizo suyas, forman parte de la banda sonora que rige nuestra vida. (A título personal, "Hijo de la luna", "Eugenio Salvador Dalí" y "El siete de septiembre", de su etapa mecaniana, y "Corazones" de sus incursiones en los duetos, son mis predilectas y conforman una parte toral de mi vida.)
Y, para finalizar estas líneas, me atrevería a decir que su talento musical conservó algo de la ingeniería paterna. ¿De qué manera? Al construir en sus canciones atmósferas peculiares para desenvolver una, dos o hasta más vidas. De cualquier forma, una voz como la suya, termina uniendo, además de varios siglos, hasta los criterios más encontrados. O ustedes, ¿qué piensan?

viernes, 25 de diciembre de 2009

Mis lecturas de 2009 (...y cómo conseguirlas)

Hace algunos días, tuve la fortuna de publicar esta misma lista en mi perfil del caralibro, la cual ha tenido gratas y maravillosas respuestas, mismas que retroalimentan mi quehacer como lector en horas 24. Entre las respuestas recibidas, hay una que me dejó totalmente helado: ¿cómo y dónde podemos conseguir aquellos libros? "En la siguiente entrega, seguro que sí", fue mi respuesta. Luego de revisar en la red las opciones para ello, sirvo compartir con ustedes, además del listado original, la manera de conseguirlo, con todo y la editorial que lo publica. Nuevamente lo digo y lo sostengo, creo que compartir con ustedes mis lecturas de 2009 es una forma de la cordialidad y, si se quiere, de la vida misma. Y aquí paro el carro.
1) El amor intangible (René Avilés Fabila, Axial-Colofón. $90) Novela donde los avatares de la comunicación ciber-epistolar recuerdan aquellas relaciones peligrosas que tenían lugar en las cartas (en este caso, e-mails) de los protagonistas. [En las librerías de prestigio, o en http://www.reneavilesfabila.com.mx/]
2) Península, Península (Hernán Lara Zavala, Alfaguara, $230) La Guerra de Castas de 1847 en Yucatán es el pretexto idóneo para que todas las voces cuenten sus propia historia que, a fin de cuentas, es la misma, con sus aproximaciones y reintegros. [Librerías de prestigio y en el local de Santillana, Pasaje Zócalo-Pino Suárez.]
3) Los días del maestro (Vicente Quirarte, CONACULTA, $100) Suerte de galería biográfica donde destacan varios maestros de las letras mexicanas y sus señeras enseñanzas en aras de seguir ganando batallas después de todo. [Librerías Educal-CONACULTA y algunas del FCE.]
4) Historias del Buen Dios (Rainer Maria Rilke, Jus, $80) Relatos donde la búsqueda de Dios es lo primordial a seguir; quienes se deleitaron con las Cartas a un joven poeta y las Elegías de Duino no se sentirán decepcionados. [En la sede de la editorial Jus, Donceles 66, Centro Histórico.]
5) Entre dos fuegos (Ana Colchero, Planeta, $70) Un complot político para perpetuarse en el poder y una historia de amor se unen para contar una serie de truculencias sobre los densos caminos de la política. Los entresijos del poder y los avatares de la cocina también escriben buena parte de ese entramado. [Librerías de prestigio y en el local de Grupo Planeta, Pasaje Zócalo-Pino Suárez.]
6) Viaje a México (Adolfo Castañón, Iberoamericana-Vervuert, $280) Una nueva mirada sobre la literatura mexicana y los autores caros al autor; suerte de carta de creencia en torno al oficio de escribir en México. Entre ensayos, crónicas y retratos, Castañón nos regala, más que una mirada, un pensamiento. [Librerías del FCE, Gandhi y en www.libreriabonilla.com.mx/]
7) Leer el mundo (Felipe Garrido, UNAM-Academia Mexicana de la Lengua, $70) Lectura es destino. Y Felipe Garrido, en éste, su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, nos comparte su experiencia como lector del Quijote, así también del mundo que le tocó en suerte vivir. [En Librerías UNAM, pero sólo en las ferias del libro se consigue con facilidad. Por cierto, el autor me regaló una edición especial.]
8) Versos hospitalarios (Miguel González Avelar, Verdehalago, $50 aprox.) Una faceta poco conocida de un político versátil, donde el habla de todos los días y los juegos de la sátira hacen poemas de impecable factura, con miras a convertirse en clásicos de las letras mexicanas. [En http://www.verdehalago.com.mx/, seguramente.]
9) Espejo de historias y otros reflejos (Jorge F. Hernández, Aldus, $80 aprox.) La Historia tiene muchas maneras de hacerse, pero si apelamos a la ficción y al humor, tenemos como resultado varios retratos donde, más uno, se daría por aludido. Un libro que ya presagia la genialidad de La Emperatriz de Lavapiés y Réquiem para un Ángel. [En librerías del FCE, o con los amigos de Aldus, tal vez.]
10) Correspondencia, 1939-1959 (Alfonso Reyes/Octavio Paz, FCE-Fundación Octavio Paz, $200) Conocer de cuerpo entero a dos escritores de talento titánico, se logra a plenitud al revisar sus epistolarios. Al tratarse de Reyes y Paz, mientras uno cuenta sus prácticas de vuelo, el otro pasa revista al kilometraje acumulado, generando una mutua retroalimentación. [Librerías del FCE, dónde más. Seguro lo encuentran a buen precio en la Venta Nocturna a fines de agosto.]
11) Con "M" de México (Nicolás Alvarado, Norma, $200) México se escribe de muchas maneras, tal y como lo demuestran los cronistas, pero cuando se trata de vernos al microscopio, esta especie de diccionario nos pinta de cuerpo entero, ya entrado el siglo XXI. Delirante y exquisito, sin más ni más. [FCE y Gandhi, seguro.]
12) Antes y después de Gardenia Davis (Abel Quezada, Joaquín Mortiz, precio variado) Bajo el cedazo autobiográfico, se generan relatos que desconciertan al lector más ávido; se despiden de ellos un extraño sentido del humor -semejante o diferente al plasmado en sus cartones- que le ganaran nuevos adeptos. [En librerías de viejo, las de Donceles, quizás.]
13) Morirás lejos (José Emilio Pacheco, Joaquín Mortiz, precio variado) La Segunda Guerra mundial y los campos de concentración son aquí vistos bajo los dictados de la memoria; no hay vencedores ni vencidos, porque todos tenemos algo que contar al respecto. Un mural polifónico que deja en la memoria la última palabra. [Como José Emilio se demora en sacar una segunda edición corregida -muy corregida, claro-, solamente en librerías de viejo. Sorry.]
14) Velero romántico (Alfredo Maillefert, Fondo de Cultura Económica, precio variado) Maravillosa compilación de un escritor olvidado que roza los linderos de la estampa provinciana, la entrevista imaginaria, la literatura radiofónica, las memorias y vivencias, y sobre todo, la fidelidad al acto de leer. Una lectura sin desperdicio alguno. [Lo hallé de puro milagro en un remate, pero seguro lo hallan en las de viejo.]
15) Lover/Amante (Rafael Cadenas, Bid & Co., ¿$200?) Uno de los poemas más conocidos del poeta venezolano (ganador del Premio FIL 2009), cuenta en esta edición con dos lecturas: una, la traducción al ingles por parte de Rowena Hill, y la otra, que corresponde al lector, cuya última palabra dirá todo. [La edición que tengo es venezolana, pero en la Obra concreta que editó el FCE, viene el poema completo.]
Ojalá y les haya interesado alguna de estas recomendaciones. (Cualquier pregunta al respecto, con gusto la responderé.) Esperemos que 2010 nos traiga nuevas lecturas y, eso sí, renueve la preferencia hacia los autores caros y admirados. Así sea. (¡¡Gracias a todos!!)

viernes, 18 de diciembre de 2009

La tentación del "Best Of"

En alguna ocasión mencioné lo desconcertante que resulta entrar en una tienda de discos para buscar un determinado compacto de la música que más me agrada. (Una de aquellas veces, entré para comprar compactos de Sarah Brightman, Astor Piazzolla y St. Germain, para intercambiarlos por otros intérpretes y, finalmente, quedarme con mis selecciones previas.) Sin embargo, es doblemente engorroso entrar en dicha tienda y enfrentarme a un monstruo más que fatal: los Best Of. Seguro más uno me dirá, "Pero si se trata de una buena inversión, así no gastas demasiado en todos los discos de equis cantante y/o grupo". Cierto, pero a su vez, falso. Vamos por partes.
No sabemos a ciencia cierta de quién procede la idea: tanto artistas como productores insisten en ello, según las intenciones de cada tiempo, desde luego. Para unos, es una carta de presentación para un fan en potencia; para otros, una manera segura de obtener más dividendos económicos sobre algo que tuvo sus grandes glorias hace mucho tiempo. Según el hoyo de la dona donde se vea. Sin embargo, siendo melómano declarado y cazador de discos imposibles, debo confesar que me agrada adquirir los Best Of, pero a su vez, caigo en un hoyo sin fondo. Todo esto, según la música del momento.
Hace una semana, hice escala en mi tienda favorita de discos, localizada en la esquina de Eje Central y República de Cuba. Además del Viva la vida de Coldplay (que me habían regalado horas antes, por cierto), planeaba comprar otros dos discos y así tener muy buena música que oír durante las vacaciones navideñas. Y como siempre, traía presente hallar un determinado disco: en esta ocasión, Symphony de Sarah Brightman, el cual sí encontré, pero a dos anaqueles de distancia, me topé con un dilema doble: estaban frente a mí el Paint the sky with stars y The very best of Enya, sendos álbumes recopilatorios de aquella cantante irlandesa. Resolví llevarme uno, de acuerdo con un criterio muy simple: checar las canciones en común, pero me llevé un chasco: ¡¡ambos tienen las mismas canciones en común!! Entonces apliqué otra táctica: checar cuál tiene algunas canciones difíciles de conseguir por separado. Apelando al resultado de esto, me llevé el segundo disco. Cuando llegué a mi casa, puse el disco de marras en la charola del modular y, hasta ahora, no me arrepiento. (Cabe decir que dos tracks pertenecen a la banda sonora de The Lord of the rings: "May it be" y "Aníron".) Ya habrá otro momento para adquirir el otro. Tal vez.
Alguna vez una colega mía me declaró su aversión por los Best Of, quizás por su arbitraria selección de canciones, y que más vale comprar los discos, por aquello de las ediciones especiales y hasta de edición limitada, si se quiere. Para un melómano sin demasiadas pretensiones, es una manera efectiva de conocer una música, un grupo o un cantante nuevo, suerte de tarjeta de presentación para adentrarse en su obra y así, en lo sucedáneo, comprar el resto de su obra, incluyendo las ediciones especiales para coleccionistas y hasta los mismos recopilatorios con más sorpresas. Ejemplo de ello: Anthology de Los Beatles, que por sí misma merece capítulo aparte. Otra razón que motiva la creación de un Best Of, es la reunión de varios éxitos, cuya vida rebasó el single radiofónico, pasando por las versiones remix y los inéditos; el Hit de Peter Gabriel, claro ejemplo de ello. [Breviario cultural: hasta la fecha, el cosmopolita y helénico Vangelis ha tenido cerca de ¡¡cinco álbumes recopilatorios!! y en diversos años, pero con la gran diferencia de añadir variantes en la misma melodia, mismas que no se encuentran en ninguna de las producciones previas; por ahora, muchos de sus fans debaten cuál es su compilación definitiva: para unos es el Portraits (1995); para otros, el Reprise (1999), y para el resto, el Odyssey (2003). Qué cosas, ¿no creen?]
Cierro estas líneas aún meditando sobre la bondad y/o el desastre del Best Of. Por mientras, cederé a la tentación. De cualquier manera, se trata de una antología sin más ni más, como las de poesía o narrativa, sólo que en el mundo de las letras, hay dos que tres florilegios que han sobrevivido al tiempo, convirtiéndose en verdaderos clásicos; tampoco olvidemos que otras selecciones no han pasado la prueba del añejo, sea esto por el mal tino de sus compiladores. Ocurre la misma empresa con la música. Pero dejo en ustedes la última palabra al respecto. Claro está.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Luis González y González

Alguna vez Max Jacob dijo una frase más que contundente: "El estilo de maestro es el estilo de alumno". Y no es para menos, dada la naturaleza de quienes dedicamos algunas de nuestras fuerzas a esa encomiable empresa. Para el caso de un historiador singular como lo fue Luis González y González, esa frase le queda corta porque sus alcances siempre fueron otros, sin dejar de lado el arduo aprendizaje de las cosas.
Nacido el 11 de octubre de 1925 en San José de Gracia, Michoacán, don Luis González y González dedicó buena parte de su vida al conocimiento y profundización de una prosapia donde el amor al conocimiento, pero sobre todo, a la tierra, lo llevaron a transitar por los senderos de la Historia, materia que tuvo la fortuna de conocer, primero, en Guadalajara, donde metía su cuchara intuitiva en todo tipo de materias de interés, y más adelante, en la Ciudad de México oficializa su vocación en las ciencias de Clío. Pero la universidad no sólo le daría un destino, también tuvo la fortuna de otorgarle una compañera de viaje, Armida de la Vara, una bellísima y talentosa sonorense, quien habría de ser su lectora (por ende, maestra particular de ortografía y redacción), colega y, claro, esposa ejemplar. Gracias a este tipo de alicientes, don Luis viaja a París para perfeccionar sus propias ciencias y artes historiográficas. Silvio Zavala, preclaro y entonces joven patriarca de la historia mexicana, le da un buen consejo: aprovechar las bibliotecas y la vida misma. También el grato magisterio de Claude Bataillon hizo mella en él. Las consecuencias, seguro las habrán adivinado.
De vuelta en México, don Luis fue invitado a engrosar las filas del reluciente Colegio de México, donde tuvo como colega a un incipiente Jean Meyer, y como alumnos a futuras luminarias de la historiografía mexicana contemporánea: Enrique Krauze, Javier Garciadiego y Jorge F. Hernández, por decir algunos ejemplos. Sus clases (si se le pueden llamar así) se impartían, mayeúticamente, en la cafetería del COLMEX, entonces ubicado en la colonia Roma. Desde ese momento, González y González instauró un estilo de hacer historia, caracterizado por hacer de lo mínimo una gran maravilla. El hecho que detonó aquella preclara intención fue la escritura de un libro, controvertido en su tiempo, hoy día canónico: Pueblo en vilo (1968). Resultado de una sesuda y completa investigación acerca de su pueblo natal, San José de Gracia, desde los orígenes hasta hace rato. Sus colegas, al ver dicho trabajo, consideraron que había perdido el tiempo en una investigación sin sentido, pero una corazonada de don Daniel Cosío Villegas, a la sazón, presidente del COLMEX, permitió su inmediata publicación. (Postreras generaciones de estudiosos de las ciencias y artes de Clío, aún agradecen aquella intención.) Con este trabajo, don Luis inaugura una veta en los estudios de la Historia, denominada microhistoria. Precisamente, en este término, se trasminó una sentencia de León Tolstoi: "Pinta tu aldea y pintarás al mundo". Otra importante aportación de don Luis, fue predicar la Historia con palabras sencillas, del diario acontecer. Como quien dice, con palabras domingueras, sin que el texto se vea salpicado de terminajos para iniciados ni relleno de lugares comunes. Para nada. Aquel que decida acercarse a sus libros (El oficio de historiar, La ronda de las generaciones, Invitación a la microhistorias, De maestros y colegas, etc.), cerrará sus páginas sabiendo algo nuevo y habrá disfrutado de un escritura sin tapujos. (Todavía don Luis se preguntaba qué le vieron en El Colegio Nacional y en la Academia Mexicana de la Historia para haberlo elegido como miembro vitalicio. Digamos que su estilo tuvo algo que ver. Seguro.)
La querencia llama, reza el lugar común. Y don Luis llevó sus conocimientos y sus intenciones a su tierra natal, para cristalizar un sueño pleno de microhistorias: la fundación de El Colegio de Michoacán. Así, podía tener juntos a sus tres grandes amores: la historia, el terruño y, claro, su bella Armida. (Dos colegas suyos, Jean Meyer y Andrés Lira, con todo y sus respectivas familias, y el proteico Jean Marie Gustave Le Clézio, ahora Premio Nobel de Literatura, lo acompañaron en tan grata empresa.)
Sin la pretensión de convertir estas líneas en un obituario tardío (hoy se cumplen seis años de su partida), digno es regresar a las obras de un hombre que siempre tuvo mucho que decir; maestro de maestros, quienes ahora siguen a cabalidad sus enseñanzas, sea en las aulas universitarias, sea en la confección de libros de historia. No está de más recordar que su ingente curiosidad nos regaló el Álbum de México, publicado bajo el patrocinio de Bancomer. Finalmente, sus obras siguen suscitando polémica, pero también nuevos admiradores y, por supuesto, historiadores enamorados de la historia mexicana. Con un maestro así, ¡¡da gusto ser su alumno!! Así sea.

martes, 24 de noviembre de 2009

Alfonso Reyes en el MUNAL

Hasta donde va el calendario, 2009 fue un año pletórico en aniversarios: natalicios y obituarios, celebraciones y remembranzas. En la literatura mexicana de todos los tiempos, una figura dos veces señera tuvo la fortuna de engrosar las listas tanto de nacimientos como de muertes. Su nombre, Alfonso Reyes. En torno a la figura alfonsina se organizaron todo tipo de coloquios y conferencias, desde sus amadas casas de enseñanza (El Colegio Nacional, la UNAM y El Colegio de México), hasta las heroicas sesiones en su querida Capilla Alfonsina. Ante todo esto, corresponde cerrar un buen año con una magna exposición que enmarca la prolífica relación de Alfonso Reyes con el arte de todos los tiempos. Hablo de la exposición Alfonso Reyes y los caminos del arte, que hace unas horas tuvo a bien inaugurarse en el Museo Nacional de Arte. Vayamos con cuidado.
Hace una semana, quien escribe, de su visita al MUNAL (asistió a la presentación de un libro sobre Octavio Paz) sólo obtuvo dos cosas: el catálogo de la exposición sobre Goya -que compró ¡¡a mitad de precio!!- y una invitación para la muestra alfonsina. Al paso de la semana, decidió invitar a sus colegas y amigos del caralibro, y así asistir muy bien acompañado. A la cita sólo acudió una persona: Miguel Ángel de la Calleja, versado en las artes alfonsinas.
Al filo de las 7 pm, Calleja ya me estaba esperando en la puerta del museo, en aras de entrar a la exposición, sin embargo, ninguno contaba con que demoraríamos en ingresar. Mientras llegaba la hora de entrada, sacó su cámara celular y tomó algunas fotos del lugar: tanto el Palacio de Minería como el propio MUNAL motivaron su cacería fotográfica. Y un servidor, aspirante de socialité cultural, vio llegar a varias luminarias de la cultura en México. Pero fue Adolfo Castañón quien le generó cierto prurito. Cuando me le acerqué, él ya había notado que llevaba en mi brazo un ejemplar del Arbitrario de literatura mexicana, el cual tuvo a bien dedicarme. Al saber mi nombre para estamparlo sobre el libro, quedó maravillado: estaba ante sus ojos el autor de una pequeña crónica sobre el Premio Villaurrútia 2008 en Bellas Artes, misma que pueden leer en este blog. Aún así, me agradeció aquellas líneas y de paso me invitó a dos eventos: la lectura poética del venezolano Rafael Cadenas, y la presentación de cinco libros suyos: América sintáxis, Algunas letras de Francia, Grano de sal y otros cristales, Venezuela entre vista y Alfabeto de las esfinges, a realizarse el 7 y 8 de diciembre en la sala Ponce de Bellas Artes. Nuevamente, me agradeció todas sus atenciones y se retiró. Veinte minutos después, fue inaugurada formalmente la exposición.
Luego de atravesar la puerta de la sala de exposiciones temporales, Miguel Ángel y un servidor quedaron maravillados con la museografía; no había tópico alfonsino sin tratar. Entre cuadros de Francisco de Goya, Ángel Zárraga, Diego Rivera, Candido Portinari, entre otros, en amable contubernio con la prosa alfonsina, invitaban a vivir la experiencia del arte, de la mano de un autor non e inclasificable como Reyes. Inclusive, como estrategia didáctica del museo, se nos obsequiaron algunas "cartas" (dado que tenían impresos varios motivos alfonsinos, semejantes a la correspondencia personal del autor) donde aparecen diversas actividades a realizar. Por ejemplo, escribirle una carta a don Alfonso y compartir impresiones sobre Goya, Jusep Torres Campalans, etc. Mientras Calleja veía estupefacto los cuadros y admitía el desconocimiento de algunos, observé de refilón a la Dra. Alicia Reyes, nieta del homenajeado, en plena charla con Héctor Perea y las autoridades del museo. La sala donde esto ocurría tenía a su alrededor anaqueles con libros de y sobre Alfonso Reyes, haciendo las veces de biblioteca eventual, y un enorme panel donde se invitaba al visitante a compartir la experiencia de Reyes acerca de los museos. (Me imagino que el fantasma de don Alfonso ¡¡estaba que no cabía de gusto!!) Desde luego, en el arte no se excluye al cine, porque se acondicionó una sala para proyectar varias de las películas comentadas por Reyes, bajo el seudónimo de Fósforo. Lo mejor de todo es que a la par de la proyección, se escuchaba su propia crítica. Finalizamos nuestro recorrido con una sección dedicada a la traducción alfonsina de La Ilíada, con todo y las ilustraciones de Elvira Gascón, que el Fondo de Cultura Económica dio a sus prensas hace varios ayeres. La verdad, Calleja y yo queríamos recorrerla otra vez, pero el tiempo ya comenzaba a volvernos cenicientas de las letras. (En otra ocasión, seguro.)
Ya fuera de la sala, en el pasillo contiguo a la salida encontramos dos mesas donde podían adquirirse tanto las obras de Reyes como las publicadas por el MUNAL. Como la semana pasada quien escribe había comprado el catálogo de Goya, ahora le correspondió a Miguel Ángel hacer lo propio con el volumen dedicado al artista decimonónico Julio Ruelas. La tecnología bancaria permitó llevarse los únicos ejemplares (dos, para ser preciso), puesto que los libros de Reyes ya ostentaban un lugar de honor en su biblioteca. Mientras esto sucedía, me crucé con Héctor Perea y aproveché la ocasión para saludarlo.
Para cerrar con broche de oro una gran noche, le entramos con gusto al vino de honor, que sólo quedó en el nombre: Calleja tomó ron (algo fuerte, digamos), y el de la voz, se aventuró con el vodka. Brindamos por una exposición sui generis, digna de ser vista una y otra y otra vez. Invito a todos ustedes a visitar semejante exposición (termina en febrero 2010) y, sobre todo, acercarse a la prodigiosa obra de Alfonso Reyes. Después de todo, en sí misma ya es una celebración. ¿No es así?

miércoles, 28 de octubre de 2009

Las Lunas del Auditorio

"Siempre estará el Auditorio Nacional..." es una frase que me acompaña cada vez que mis paseos me llevan hacia ese lugar, donde lo mismo he asistido a juntas públicas de NA (sólo por los festivales artísticos, claro) que a los remates de libros anuales. Pero, confieso algo avergonzado, nunca he asistido a concierto alguno. De verdad. (Lo más cercano que he estado de toda la parafernalia del coloso de Reforma ha sido la conferencia magistral de Carlos Fuentes en ocasión de su 80 aniversario, de la cual nunca habré de arrepentirme. Escribí en este blog algunas líneas al respecto.) Sin embargo, la ocasión para conocer esa sensación se me dio esta noche, con la entrega de las Lunas del Auditorio, gracias a la generosidad de una amiga mía, de nombre Paulina, quien me invitó al show con ¡¡24 horas de antelación!! Y, claro, es una oferta que no puedo rechazar. Sí que sí.
En su flamante automóvil (clásico, como ella), pasadas las 5:30 pm, llegamos al Auditorio Nacional con bastante tiempo de sobra, mismo que invertimos en estacionar el coche, pasear por los alrededores, contestar varias llamadas de celular y hasta para asomarnos a la alfombra azul por donde pasarían algunos de los ilustres invitados a la ceremonia. Por supuesto, el público allì presente (personas de a pie, en su mayoría) comenzaba a hacer patente su desesperación por ingresar al recinto. Después de las 6:30, logramos nuestro cometido, sin embargo, no pasamos del pasillo. Mientras mi ilustre acompañante se paseaba por allí, quien escribe, como la puerta de Alcalá, veía pasar el tiempo. (Entre mis pesquisas visuales, pude ver a la escritora Silvia Molina y muy bien acompañada, por cierto.)
Por fin, tanta espera había dado frutos y al cuarto para las 8 pm, entramos al auditorio y las acomodadoras nos asignaron dos lugares cercanos a la salida; afortunadamente, con una muy buena vista del escenario. ¡¡Nada de gayolazos, eh!! Y mientras daba inicio la ceremonia, la Big Band Jazz prendió el ambiente con un repertorio digno de las grandes bandas. (Lástima que no había una pista de baile, porque tenía ganas de sacar a bailar a mi acompañante. En otra ocasión.) Esperando el gran momento, ambos hojeábamos el programa de mano: antesala de una ceremonia espectacular. (Ojalá...)
Luego de tres llamadas y un espectacular opening por parte del grupo Moderatto, finalmente dio inicio la octava entrega de las Lunas del Auditorio. Los conductores, como siempre, fueron Rebecca de Alba y Juan Manuel Bernal, pero ahora acompañados por Eduardo Videgaray, Vielka Valenzuela, Rodrigo Murray y María Inés (cuyo vestido, cabe decir, hacía ver los aparadores de República de Chile como los de Fifth Avenue de Nueva York). Aún así, nos esperaba un espectáculo de primera categoría. A medida que avanzaba la entrega de galardones, los aplausos del respetable reconocían los sendos talentos de Alexander Acha, Elsa Aguirre, Café Tacvba, el musical La novicia rebelde, Slava's snowshow, entre otros eminentes ganadores. Sin embargo, fue notoria la ausencia (justificada, supimos después) de Los Tigres del Norte, a quienes, de verdad, se les extrañó.
No podían faltar la participación en el escenario de varios artistas, como el caso del grupo vocal The Voca People, quien con su enorme maestría vocal (y humorística, desde luego) nos llevó desde Era y Britney Spears, pasando por "I like you move it" (tema incluido en el filme Madagascar), hasta algunos clásicos de la música disco, evidenciando un talento sin medida. (Por cierto, al anunciar a Yuri como ganadora, interpretaron "La bamba" en su particular estilo. Qué cosas, ¿no?) Después vinieron el músico griego Yanni (cuya última producción, Voices, deja mucho que desear), los Babasónicos y sus "Piyamas", el musical La novicia rebelde, y el dueto de Edith Márquez y María José, cantando a dueto aquella canción que antes hicieran famosa Ana Gabriel y Vikki Carr, y la (primera) participación de Yuri, cuya faceta "renovada", a título personal, no me convence. (En su interpretación de "Cuando baja la marea", llevaba un vestuario parecido al de Madonna en "Nothing really matters". Qué descaro.) Pero lo mejor estaría por venir.
Después que la compositora mexicana Ema Elena Valdelamar recibiera una Luna especial de manos de Armando Manzanero, sin esperarlo siquiera, el cantautor yucateco se sentó al piano para acompañarla musicalmente en la interpretación de sus éxitos "Mil besos", "Mucho corazón" y, desde luego, "Cheque en blanco". Un homenaje más que merecido. Para muchos aquí debió concluir la ceremonia, pero el tino de los organizadores nos enjaretó otra aparición de Yuri, con un popurrí onda disco de los 70's, con todo y la voz de Mario Vargas. Después de esto, pasadas las 11:30 pm, terminó la ceremonia con un ánimo más que elevado. Paulina y quien esto escribe, aún con altibajos, quedamos satisfechos, de eso estoy seguro.
Ya de camino a casa, platicaba con ella acerca de asistir a la entrega del año entrante. ("Las Lunas del bicentenario", dije en son de broma.) Quizás el azar haría nuevamente de las suyas y volveríamos a estar allí, mientras tanto pensaba en los próximos invitados musicales: Sarah Brightman, Coldplay, el musical Mamma mia! o Rubén Blades, en fin... Queda un año para desearlo con todas las ganas. (Después de todo, siempre estará el Auditorio Nacional... ¿no es así?)