miércoles, 28 de octubre de 2009

Las Lunas del Auditorio

"Siempre estará el Auditorio Nacional..." es una frase que me acompaña cada vez que mis paseos me llevan hacia ese lugar, donde lo mismo he asistido a juntas públicas de NA (sólo por los festivales artísticos, claro) que a los remates de libros anuales. Pero, confieso algo avergonzado, nunca he asistido a concierto alguno. De verdad. (Lo más cercano que he estado de toda la parafernalia del coloso de Reforma ha sido la conferencia magistral de Carlos Fuentes en ocasión de su 80 aniversario, de la cual nunca habré de arrepentirme. Escribí en este blog algunas líneas al respecto.) Sin embargo, la ocasión para conocer esa sensación se me dio esta noche, con la entrega de las Lunas del Auditorio, gracias a la generosidad de una amiga mía, de nombre Paulina, quien me invitó al show con ¡¡24 horas de antelación!! Y, claro, es una oferta que no puedo rechazar. Sí que sí.
En su flamante automóvil (clásico, como ella), pasadas las 5:30 pm, llegamos al Auditorio Nacional con bastante tiempo de sobra, mismo que invertimos en estacionar el coche, pasear por los alrededores, contestar varias llamadas de celular y hasta para asomarnos a la alfombra azul por donde pasarían algunos de los ilustres invitados a la ceremonia. Por supuesto, el público allì presente (personas de a pie, en su mayoría) comenzaba a hacer patente su desesperación por ingresar al recinto. Después de las 6:30, logramos nuestro cometido, sin embargo, no pasamos del pasillo. Mientras mi ilustre acompañante se paseaba por allí, quien escribe, como la puerta de Alcalá, veía pasar el tiempo. (Entre mis pesquisas visuales, pude ver a la escritora Silvia Molina y muy bien acompañada, por cierto.)
Por fin, tanta espera había dado frutos y al cuarto para las 8 pm, entramos al auditorio y las acomodadoras nos asignaron dos lugares cercanos a la salida; afortunadamente, con una muy buena vista del escenario. ¡¡Nada de gayolazos, eh!! Y mientras daba inicio la ceremonia, la Big Band Jazz prendió el ambiente con un repertorio digno de las grandes bandas. (Lástima que no había una pista de baile, porque tenía ganas de sacar a bailar a mi acompañante. En otra ocasión.) Esperando el gran momento, ambos hojeábamos el programa de mano: antesala de una ceremonia espectacular. (Ojalá...)
Luego de tres llamadas y un espectacular opening por parte del grupo Moderatto, finalmente dio inicio la octava entrega de las Lunas del Auditorio. Los conductores, como siempre, fueron Rebecca de Alba y Juan Manuel Bernal, pero ahora acompañados por Eduardo Videgaray, Vielka Valenzuela, Rodrigo Murray y María Inés (cuyo vestido, cabe decir, hacía ver los aparadores de República de Chile como los de Fifth Avenue de Nueva York). Aún así, nos esperaba un espectáculo de primera categoría. A medida que avanzaba la entrega de galardones, los aplausos del respetable reconocían los sendos talentos de Alexander Acha, Elsa Aguirre, Café Tacvba, el musical La novicia rebelde, Slava's snowshow, entre otros eminentes ganadores. Sin embargo, fue notoria la ausencia (justificada, supimos después) de Los Tigres del Norte, a quienes, de verdad, se les extrañó.
No podían faltar la participación en el escenario de varios artistas, como el caso del grupo vocal The Voca People, quien con su enorme maestría vocal (y humorística, desde luego) nos llevó desde Era y Britney Spears, pasando por "I like you move it" (tema incluido en el filme Madagascar), hasta algunos clásicos de la música disco, evidenciando un talento sin medida. (Por cierto, al anunciar a Yuri como ganadora, interpretaron "La bamba" en su particular estilo. Qué cosas, ¿no?) Después vinieron el músico griego Yanni (cuya última producción, Voices, deja mucho que desear), los Babasónicos y sus "Piyamas", el musical La novicia rebelde, y el dueto de Edith Márquez y María José, cantando a dueto aquella canción que antes hicieran famosa Ana Gabriel y Vikki Carr, y la (primera) participación de Yuri, cuya faceta "renovada", a título personal, no me convence. (En su interpretación de "Cuando baja la marea", llevaba un vestuario parecido al de Madonna en "Nothing really matters". Qué descaro.) Pero lo mejor estaría por venir.
Después que la compositora mexicana Ema Elena Valdelamar recibiera una Luna especial de manos de Armando Manzanero, sin esperarlo siquiera, el cantautor yucateco se sentó al piano para acompañarla musicalmente en la interpretación de sus éxitos "Mil besos", "Mucho corazón" y, desde luego, "Cheque en blanco". Un homenaje más que merecido. Para muchos aquí debió concluir la ceremonia, pero el tino de los organizadores nos enjaretó otra aparición de Yuri, con un popurrí onda disco de los 70's, con todo y la voz de Mario Vargas. Después de esto, pasadas las 11:30 pm, terminó la ceremonia con un ánimo más que elevado. Paulina y quien esto escribe, aún con altibajos, quedamos satisfechos, de eso estoy seguro.
Ya de camino a casa, platicaba con ella acerca de asistir a la entrega del año entrante. ("Las Lunas del bicentenario", dije en son de broma.) Quizás el azar haría nuevamente de las suyas y volveríamos a estar allí, mientras tanto pensaba en los próximos invitados musicales: Sarah Brightman, Coldplay, el musical Mamma mia! o Rubén Blades, en fin... Queda un año para desearlo con todas las ganas. (Después de todo, siempre estará el Auditorio Nacional... ¿no es así?)

viernes, 2 de octubre de 2009

Palabras, ¿palabras?, ¡palabras!

En La eternidad y un día, película de Theo Angelopoulos, el personaje que encarna Bruno Ganz, un escritor en fase terminal, mientras pasea con su joven amigo albanés, decide contarle una historia: "El poeta que compraba palabras", misma que contaré según mi memoria me lo permita.
Érase una vez un joven poeta que, por azares del destino, conoció el exilio debido a la invasión de los turcos sobre Grecia y que lo llevó a Italia, donde, años después, supo de los heróicos esfuerzos de sus compatriotas por liberarse del yugo opresor. Finalmente, cuando los griegos consolidan su triunfo, el poeta regresa a su país y se hace una promesa: una vez que Grecia alcanzara su liberación, él sería el encargado de escribirle la más bella de las odas. Cuando regresó a su tierra natal, se percató de algo terrible: durante su estancia en Italia había olvidado su lengua materna y como esa condición lo tenía desconcertado, según Dios le dio a entender, se colocó en medio del mercado de su localidad y a su lado puso un letrero que decía: Se compran palabras. A quien le dijera una palabra, la que sea, estaba dispuesto a pagarle una moneda de oro. En un principio, los pobladores no lo bajaban de loco, pero accedieron a su intención proporcionándole varias palabras. (Por dinero se hace lo que sea, claro, pero en algunos predominó más el buen corazón que el peculio mismo.) Al final del día, el poeta revisaba su listado de palabras obtenidas, las leía y releía con fruición hasta que estuviesen insertas en su memoria. Y así era todos los días. Mucho tiempo después, recuperó su lengua y se puso a escribir. Luego de corregir una y otra vez aquellos versos, finalmente terminó el poema. Promesa cumplida.
Recordando esta historia intercalada en La eternidad y un día, y dado que nos gusta comprar palabras (mediante otro tipo de transacción, claro), uno se pregunta ¿cuál es nuestra palabra favorita? Es decir, aquella que siempre tenemos presente, que motiva muchas cosas y que su sola ausencia nos deshace al primer roce. Somos seres de palabras, aunque suene a lugar común, así es: desde el balbuceo del niño hasta el discurso de Sócrates. La lectura de un buen libro, una conversación amena y llena de enseñanzas, un paisaje, una mirada, una vida, los viajes, los desastres, el tiempo, andanzas y maestranzas, empresas y tribulaciones, en fín... todo es susceptible de volverse palabra. Y cada persona, cosa o hecho, nos regala una, peculiar, que hacemos propia y digna de nuestra vida.
(A título personal, me gustan muchas palabras, pero confío en la eficacia y totalidad de una sola: esperanza. Por cierto, también me gusta su equivalente griego: disthia.)
Con todo, no hacen falta tantas palabras para decir qué tan importante es tener una palabra favorita. Cada uno de ustedes, queridos lectores, tiene su predilecta: al mencionarla, hacen lo propio con su persona, su mundo, su espacio. Y si gusta a otros, es un logro. Entre más se comparta, mejor el tiempo sabrá tratarnos. De verdad.
Termino estas líneas con el final de la historia. Aunque todo lo contado tenga mucho de invención, dos cosas son ciertas: primero, el poeta de marras se llamaba Dionisios Solomós, y segundo, aquel poema que surgió de su pluma, es la "Oda a la Libertad", que además de ostentar un lugar más que digno en la historia de la literatura griega, ¡¡es el Himno Nacional de Grecia!! Si Solomós se hubiese quedado con una sola palabra, libertad (eleftheria) habría sido la indicada. (Para ustedes, ¿cuál sería su elección?)

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Au revoir, bolsita de hule...

Hace unas semanas, en la Ciudad de México, se anunció el retiro paulatino de las bolsas de plástico de las tiendas de autoservicio, las cuales se sustituirán por unas de uso rudo, pero benéficas al medio ambiente. (Y, para comodidad del usuario, también podrán adquirirse en la propias tiendas.) Para un adicto al súper (como quien esto escribe), es una excelente noticia, dado que tendrá que lavar su bolsa de mandado o, en su defecto, llevarse alguna de las bolsitas de segunda división que logró rescatar de anteriores excursiones al centro comercial, y así cumplir con la compra del día. No está mal, ¿verdad?
Pero al saber de semejante noticia, me viene una reacción encontrada: ¿cuál será el destino de las bolsitas de hule que dan en las librerías? Afortunadamente, buena parte de aquellas bolsas, al paso del tiempo, se han convertido en improvisados fólders, envolturas emergentes para regalos de cumpleaños, y hasta para proteger de la intemperie el libro en turno que esté leyendo. Así, hasta que el tiempo jubila la bolsita en cuestión y su destino, sin más ni más, es el cesto de la basura. Sin embargo, no todas mis bolsas pasan por lo mismo.
Desde que me volví un irredento caza libros y un junkie de las librerías, alguna de las bolsitas que me dan, y cuyo diseño sea único e irrepetible, un día resolví guardarla. Y la misma suerte corría en las ferias del libro donde me apersonaba. Al paso del tiempo, ya no sabía la manera de mantenerlas a raya, hasta que dispuse guardarlas dentro de un sobre manila tamaño ministro, por si alguna vez las necesitaba. Y sí, cada vez que requería asistir a alguna presentación editorial, una charla con escritores, o simple y sencillamente, ir por lana para salir trasquilado, siempre entraba al quite una de éstas, dejando trunca mi colección informal, y si se quiere, hasta indestructible. (Ni modo, tengo alma de hule, sin que suene a disco de Los Beatles.)
Del Fondo, el pacificador hindú, mis amados Colegios (Nacional y de México), tiendas de discos con nombre prehispánico, y hasta de compañías papeleras que iluminan, todas han aguantado tres pianos y una orquesta completa: lluvias citadinas a mitad de la semana, ventas nocturnas en la Condechi, excursiones al COLMEX en horas pico, y hasta me han servido como caballo de Troya para ingresar a la Biblioteca Vasconcelos sin aduana ni paquetería de por medio. Y siempre vuelven a casa: algo maltrechas, eso sí, pero después de haber cumplido con su deber.
Me imagino que aquella colección de bolsitas de hule, si alguna vez llegara a desaparecer de mis manos, seguramente en unos años, sería expuesta en El Estanquillo en calidad de mexican curious, engrosaría el inventario de una casa de subastas en Londres y Nueva York, o tal vez se reprocesaría químicamente para hacer combustible para nuevos vehículos o para el maquillaje del mañana. La verdad, no lo sé.
De algo sí estoy seguro: que tendremos bolsitas de hule para rato, ahora regidas por un efímero tiempo de uso. Pero aquellas que motivaron estas ociosas líneas, serán mil veces superadas por las bolsas de tela cuya fama, irónicamente, también se debe a las mismas librerías. (Qué cosas, ¿no?)

domingo, 27 de septiembre de 2009

Jorge F. Hernández: la historia tiene prisa

Cuando la Historia y las Letras se encuentran en el camino, siempre hay de dos sopas: una, generar enconadas polémicas, y otra, invitar a su mutuo reconocimiento. Son contados los casos de personas que han hecho lo segundo a cabalidad y hasta sus resultados, como el Cid Campeador, siguen ganando batallas. En este aspecto, suenan algunos nombres como Luis González y González y Jean Meyer; en estos tiempos, habría que añadir al elenco el nombre de Jorge F. Hernández, historiador de formación pero narrador por derecho propio.
Nacido un día como hoy, de 1962, en la Ciudad de México, pero guanajuatense por gusto y origen familiar, Jorge F. Hernández estudió la carrera de Historia, donde contó con el magisterio y la amistad de don Luis González y González, quien supo guiarlo por los caminos de la microhistoria. Ese historiográfico andar derivó en su primer libro: La soledad del silencio. Microhistoria del Santuario de Atotonilco (1991). (Una primera versión, en forma de tesis doctoral, obtuvo en 1987 el Premio Atanasio G. Saravia que otorga Banamex a las mejores investigaciones sobre historia regional.)
Aunque su formación historiográfica lo hacía conducirse bien por los círculos académicos, el talento de Jorge F. Hernández iba más lejos al publicar, por una parte, algunos cuentos en revistas dirigidas a los pasajeros de conocida aerolínea, y por la otra, crónicas y retratos de raigambre historiográfica en suplementos culturales. En ambas, resalta un elemento peculiar de su postrera obra: el desconcierto, sea para pintar las mordaces andanzas de los pasajeros a bordo de un avión, sea para describir los vicios y locuras de una esquizofrénica grey de clionautas. Dichos esfuerzos periodísticos tomaron forma de libro: En las nubes (1997) y Espejo de historias y otros relatos (2000).
Entre una compilación y otra, Jorge F. Hernández demostró también sus cualidades para el ensayo, desde donde rescataría otras historias que merecen contarse: la taurina, con Réquiem taurino (1998), y la literaria, donde preparó un selecto volumen con algunas de las mejores entrevistas realizadas a Carlos Fuentes, bajo el nombre Territorios del tiempo (1999), y con un maravilloso estudio introductorio de su parte. Pero la empresa más grande estaría por venir, cuando en 1999 publica su primera novela, La Emperatriz de Lavapiés, donde cumple una deuda de amor hacia España, país por el que siente un acendrado afecto, cuyo protagonista, Pedro Torres Hinojosa, cumple al final de su vida una travesía allende el Atlántico, hacia un Madrid tan lejos de American Express y tan cerca de su siempre amada Carmen. Y regresaría al redil del ensayo con Signos de admiración (2006), libro donde reuniría algunos retratos de sus filias y fidelidades literarias, que antes tuvieron su foro de expresión en la columna "Agua de azar" que tiene a bien publicar los jueves en el periódico Milenio. Por estos meses, tuvo a bien publicar una segunda novela, Réquiem para un Ángel, donde cumple otra deuda de afecto, pero hacia la Ciudad de México, amada y odiada al unísono; vista desde la mirada cuasi redentora de Ángel Andrade. (Si se me permite el paréntesis, en cierto modo también es deudora de La región más transparente de Fuentes.)
Con todo, Jorge F. Hernández ha sabido salvaguardar todos los momentos de la vida gracias a la literatura, sin dejar de lado su formación como historiador; más bien sabe que la historia tiene prisa por vivir y ello hace posible dicha labor. Paréntesis aparte, es una delicia convivir con un conversador sin igual (que hace poco se destapó como actor gracias a Cabezas, radiodrama producido por Radio Educación, donde interpretó a un Miguel Hidalgo bastante peculiar), que comparte hasta la más recóndita minucia con sus compañeros de mesa, entre becarios de la Fundación para las Letras Mexicanas y colegas de ambas orillas del charco atlántico. Dicho lo anterior, podría decirse, taurinamente, que siempre acaba por partir plaza.
Bajo el pretexto de celebrar su cumpleaños, queda aquí la invitación para acercarse a una obra narrativa y ensayística que siempre busca atrapar el tiempo. Y aquí me detengo.
(¡¡Enhorabuena, Jorge!!)

sábado, 19 de septiembre de 2009

Beatriz Espejo: la casa de las Palabras

El siglo XX, en las letras mexicanas, nos ha regalado muchas plumas que han destacado por los temas que manejan, el dominio de sus personajes e inclusive, lo peculiar de sus vidas, aunque esto acabe por ser más noticia que su obra misma. Y si nos ceñimos al panorama de las mujeres escritoras, no cabe duda que tenemos para dar y prestar.
Además de los nombres de Rosario Castellanos, Elena Garro, Guadalupe Amor, Amparo Dávila, Enriqueta Ochoa, Luisa Josefina Hernández, Esther Seligson, Beatriz Escalante y demás luminarias, hay una autora específica en quien recae el legado de unas y la herencia de otras. Su nombre: Beatriz Espejo, quien hoy celebra un aniversario más de vida. (Que las instancias culturales digan los años que cumple. Yo me reservo ese derecho.)
Nacida en el puerto de Veracruz, en 1939, y en el seno de una familia de conocida prosapia yucateca, Beatriz Espejo Díaz demostró desde muy temprana edad su pasión por las Letras, por hacer de la vida misma una historia que contar; y no es para menos, dado su interés por rescatar los sucesos familiares en el nombre de la memoria. Dicha pasión fue fortalecida cuando ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM para estudiar la carrera de Letras Hispánicas y donde compartió un tiempo muy interesante con escritores de la talla de Salvador Elizondo, Raymundo Ramos y José Emilio Pacheco, por decir algunos. Sin embargo, su mayor recompensa fue haber sido digna y aventajada discípula de dos leyendas vivas del cuento contemporáneo: Julio Torri, quien dirigió su brújula hacia lares más académicos, y Juan José Arreola, quien convertía en literatura todo aquello que tocaba. (Gracias a don Julio, Beatriz se tomó muy en serio la docencia universitaria; a Arreola, su inusitado ingreso a las letras mexicanas.)
Mediante el cuidado del juglar de Zapotlán, Beatriz publicó su primer libro, La otra hermana, y a partir de allí, desarrolló una sólida trayectoria como narradora, misma que cerró una etapa con la publicación, en 1979, de Muros de azogue, su primera compilación de cuentos, de trasfondo autobiográfico (producto de aquellas historias de familia, claro está), pero vistos de manera fresca por una autora con mucho camino por recorrer. Aunque ejerza sin tregua el oficio de narradora, entre su primer libro y El cantar del pecador (1993), su segunda compilación, hay una distancia de casi ¡¡quince años!! Y no es para menos, dado si ímpetu autocrítico y porque cada grupo de cuentos requiere caminar por cuenta propia. Mientras llega ese momento, Beatriz Espejo dedica sus fuerzas al ejercicio docente y a la escritura de artículos y ensayos para varias revistas tanto académicas como culturales. (En el aspecto ensayístico, es de sobra conocido su Julio Torri, voyerista desencantado, libro de alcances casi biográficos sobre aquel heterodoxo de las letras mexicanas.) Sin embargo, la pluma de Beatriz no tiene llenadera y queda comprobado con Alta costura (1997), Marilyn en la cama y Todo lo hacemos en familia (2000), sendas compilaciones de cuentos y su única novela, respectivamente. De pilón, el Fondo de Cultura Económica, en su afán por conjuntar las obras de los autores mexicanos vivos, reúne todos sus libros en un solo volumen con el parco título de Cuentos reunidos. Mejor homenaje en vida no puede haber.
En algunos sectores se ha dicho que la literatura de Beatriz Espejo no dice nada. Esto es completamente falso. Precisamente, en su estilo a caballo entre lo intimista y anecdótico, Beatriz ha creado un estilo más que propio. A veces roza los linderos del humor negro, presente en algunos cuentos de Muros de azogue, pero también juega con la vida misma en varias escenas de Todo lo hacemos en familia y Alta costura. (Si me permiten el comentario, el cuento que nombra a este libro, es más que un guiño de ojo a sus antecesoras Rosario Castellanos y Amparo Dávila.) Y si lo queremos más claro, las protagonistas de sus cuentos tienen algo más que decir. Entiendo sobremanera que no todas las sensibilidades son iguales, pero negar que Beatriz Espejo forme parte de una galaxia de maravillosas escritoras mexicanas, es darle de pedradas a un espejo. (Literalmente...)
No cabe duda que Beatriz Espejo hizo de la Literatura (su literatura, recalcan Emmanuel Carballo y René Avilés Fabila) su prístina y sincera casa de las Palabras. Con esto, queda más que evidente mi invitación hacia ustedes para acercarse a su obra; seguro más de uno quedará prendido de alguno de sus cuentos. Y para ti, querida Bety, mi más sincera felicitación por celebrar una vida llena de talento indiscutible, que mañana se verá coronada con la entrega de la Medalla de Oro que otorga el Instituto Nacional de Bellas Artes. El mejor premio para un escritor son sus amigos desconocidos, ya lo dijo Octavio Paz, es decir, sus lectores, y ellos, es verdad, ayudan a que esa casa de Palabras se construya mejor. Así sea.

viernes, 18 de septiembre de 2009

México según Nicolás Alvarado

La sola mención de la palabra México de por sí genera escozor a ciertos sectores de la sociedad mexicana, quienes ven, por un lado, una exhaltación de una identidad, y, por el otro, un vergonzoso resbalón. Ambas partes de la historia tienen razón, pero no toda, desde luego. En las letras mexicanas del siglo XX, Samuel Ramos, Jorge Portilla, Octavio Paz y Jorge Ibargüengoitia, por decir algunos, han colocado al mexicano en una caja de Petri y observado -cada quien sus armas, claro- con detenimiento las cosas que lo conforman. (Aún prosiguen las polémicas desatadas, por si querían saberlo.) Sin embargo, el ingreso a este elenco de Nicolás Alvarado, sólo habría de ponerle la cereza al pastel... o la tachuela en el asiento.
Nicolás Alvarado, de sobra conocido por sus participaciones en programas de T.V. como La dichosa palabra, Suave es la noche, Reverso y su segmento cultural en el noticiario matutino de Carlos Loret de Mola, desde antes ya tenía un buen kilometraje acumulado en lo que periodismo radial y escrito se refiere, pero ningún libro publicado. Gracias a los buenos oficios de la editorial Norma, en 2006, sale a la luz su primera obra: Con M de México. (Alvarado confiesa que la idea, como todo en esta vida, no es original: un volumen semejante sobre cocineros publicado en Estados Unidos motivó esa intención, pero la manera de verlo sí que lo es.)
Con el pretexto del conformar un diccionario con las palabras que generan escozor en buena parte de la sociedad mexicana, en Con M de México. Un alfabeto delirante, Alvarado emplea para ello las artes del ensayo y los artificios de la ficción para pintar un retrato aproximado de México. Eso sí, con algo de humor ácido, guiños autobiográficos, poesía de ocasión y hasta lo más selecto de la cultura popular y, claro, también del jet set. Palabras comunes y corrientes como Asalto, Basura, Compromiso, Chilango, Desconfianza, Erotismo, Familia, Gringa, Hueva, Impuestos, Joto, Kilos, Lunes, Llanto, Marcha, Navidad, Ñero, Ortografía, Política, Quimioterapia, Resaca, Salinas, Televisión, Uniformados, Vecino, W.C., X (a secas), Yo y Zempasúchil, pasan por la pluma de Alvarado y se convierten en ensayos cuasi sociológicos, crónicas desatadas del nuestra nice people de petatiux, enconadas diatribas, poesìa de ocasión y hasta un aforismo totalmente mexicano, como el caso de "Con H de Hueva", que me permito citar de forma íntegra: "Ps... hueva, ¿no?". (Ya ni Monterroso...)
También cabe notar la presencia de un alter ego del autor, Federico Cortés, quien protagoniza a la perfección las situaciones recurrentes del mexicano: las manifestaciones que desquician a una ciudad de por sí desatada, el engorroso acto de pagar los impuestos (para no pagar consecuencias), la diezmada ortografía empleada en los e-mails, los mil y un demonios de la cruda, y hasta el asalto nuestro de cada día. Quien lea cualquiera de los textos dedicados a ello, no evitará identificarse. (Para bien, para mal.)
En innumerables ocasiones, Nicolás Alvarado he declarado que las palabras son el mejor juguete que se pueda tener. En Con M de México, mientras deshace (o lo intenta, según reconoce) algunos mitos del mexicano, ante todo está jugando con el lenguaje. Y entre ese esquizofrénico juego, siempre hay verdades como puños que no se escapan. Y qué decir de su lectura: más de uno se verá retratado, aunque eso -¡auch!- nos duela en el orgullo. En una palabra, un libro que no debemos pasar desapercibido. Si al terminar su lectura, se decide compartirlo, ficharlo o, de plano, mandarlo al bote de la basura, ésa ya es decisión del lector. (Ni modo: o lo amas o lo odias.) No cabe duda que, con este libro, Nicolás Alvarado entró con el pie derecho a las ligas mayores de la literatura mexicana del incipiente siglo XXI.
Cierro estas líneas con una anécdota de Pablo Neruda. Éste, en alguna ocasión, le dijo a un joven Antonio Skármeta una opinión lapidaria sobre su primer libro, El entusiasmo: "Todos los primeros libros de autores jóvenes son buenos. Mejor esperemos el segundo". Y esto viene a cuento porque ya tiene rato que Nicolás Alvarado publicó La ley de Lavoisier, su segunda incursión editorial. Mientras llega el momento de hablar sobre esta obra, queda mi recomendación para acercarse a Con M de México. Puedo asegurarles, queridos lectores, si no una lectura nueva, al menos un motivo para entretenerse por un rato. Sí que sí.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Arno Burkholder: contra la historia (oficial)

Mientras reacomodo las cosas de la Nueva República de Babel, luego de una larga ausencia, me desayuno con una buena noticia: Arno Burkholder, historiador combativo y motivador de gratas controversias y apasionados desaguisados en red (y en persona), celebra hoy su cumpleaños. Y no es para menos, dada la enorme fama que tiene allende la súper carretera de las Informaciones.
Arno Burkholder de la Rosa, de formación comunicólogo, capitalino para más señas y caballero andante del Instituto Mora, llegó a los parajes de la historiografía mexicana contemporánea con una sola finalidad: deshacer mitos y demostrar otra cara de la Historia mexicana. Mientras destaza pieza por pieza el guango andamiaje de las obras de Francisco Martín Moreno, celebra los milagros de las letras mexicanas con poemas de escritores como Rosario Castellanos, Jaime Sabines, Eduardo Lizalde, entre otros. Cuando su mirada cáustica revisa los cacareados festejos bicentenarios, pondera las virtudes de un programa peculiar como Ludens de Canal 22. Y así, hasta tener un espectro bien delimitado de las cosas que sólo pueden verse a través de Clionáutica, el blog que tiene a bien dirigir desde hace buen rato.
Aunque muchos no dejan de sentir las agresiones de Burkholder en el bolsillo, digno es reconocer su mirada crítica hacia el modo de ver la Historia; claro está que la historia oficial no es diosa de su devoción, pero aún demuestra que hasta en toda la basura hecha por sectores público y privado, dedicados a su difusión, siempre hay una perla de mayor atención. Además, varios de sus lectores (presentes, pretéritos y futuros) esperamos con ansiedad su historia del legendario periódico Excélsior, hoy en día avasallado por el imperio de Vázquez Raña. (La Prensa, diario sui generis de nota roja, fue la primera víctima de aquel imperio. Ganó difusión, pero perdió su estilo. Cuestión de enfoques.)
En fin, me faltan palabras para ponderar en su justa dimensión el trabajo de Arno Burkholder en Clionáutica. Simplemente me limitaré a recomendar su oportuna visita a la página (http://clionautica.blogspot.com/) y participar con él en toda polémica que se presente.
Admirado Arno, te mando un fuerte abrazo y mis mejores deseos. ¡¡Felicidades!!

viernes, 4 de septiembre de 2009

La vuelta al Metro en 40 años

Desde hace tiempo, no he dejado de pensar ni de usar una frase muy simpática que un colega mío (book dealer, para más señas) dijo en una ponencia durante los festejos del Día Internacional del Libro: la modernidad se hizo en patines ...de acero. Esto se logró, primero, en la segunda mitad del siglo XIX, con la instrumentación del ferrocarril, y luego, a principios de los años 20, con los tranvías eléctricos. Ya entrados los años sesenta (aunque la idea original ya tenía una década dando lata a las administraciones en curso), México incursionó en un territorio de sobra conocido en las grandes urbes: el uso de un nuevo medio de transporte urbano, de características subterráneas, denominado Sistema de Transporte Colectivo, es decir, el Metro.
Con varios años de trabajo previo, donde se usaron las llamadas cajas de Florencia, mismas que conforman la estructura interna de andenes y pasajes, un día como hoy de 1969, el Metro inició una larga trayectoria, que comenzó en la Línea 1, con pocas estaciones y que en lo sucesivo amplió sus horizontes hasta los extraños parajes de Pantitlán. Luego le siguieron varias líneas que acabaron por unir el agreste Oriente con el idílico Occidente, y el incierto Norte con el acomodaticio Sur, así sucesivamente, hasta hacer circo o una ensalada urbana. (Ahora que el olor de los Centenarios está a la vuelta de la esquina, viene la Línea 12, con su doradito color...)
El Metro, a diferencia de los demás medios de transporte público, conserva la vitalidad del primer viaje. (Lo único que ha cambiado es el precio del boleto: del democrático peso de los sesenta a los devaluados dos tepalcates de hoy.) Cada línea, de las once existentes, ha tomado su propia vida. La línea 2, une a la comunidad chichimeca con los posmodernos, porque a mitad del camino se halla el Zócalo, donde todos los gatos son pardos a cualquier hora del día. Y qué decir de la estación Hidalgo; si Dante Alighieri hubiera vivido en México, no me cabe la menor duda de que la clasificaría como uno de los círculos del Infierno. (¡¡Y hasta le quedaba corta la definición!!) Pero esta línea tiene el consuelo idílico de la estación Bellas Artes.
Otro tramo que merece igual atención es la Línea 3, donde sí se notan las diferencias entre el Norte y el Sur. Como se trata de la línea que lleva a buena parte del estudiantado en la capital (la terminal sur es Universidad), no es gratuito hallar a varios tipos de escolares, como los excéntricos de Humanidades, los soñadores de Medicina, los aferrados de Derecho, y demás fauna unamita que se acumule en la semana. También cabe decir que es la línea de la esperanza, dado que muchas personas tanto en edad laborable como otro tipo de escolares la usan con frecuencia. Para los primeros, su escala íntima se halla en Centro Médico, para los segundos, en Balderas. (Está de más decir porque se denomina "de la esperanza".) Y como la 2, también "comparte" aquella sucursal del Averno ya mencionada líneas arriba. Pero hay otras líneas en el sistema que también cuentan con su propia vida: la 5, la 6 y la 7, muy socorridas cuando las vacaciones se acercan ya; la 8, la 9 y la B, que unen a la infame ciudad con el barrio querido, y la 4, cuya pasividad nos regala una ciudad detenida, una que nos parece irreal.
Este post no intenta convertirse en una efeméride más ni tampoco en contraria diatriba; más bien se trata de una descripción muy parca sobre un medio de transporte que ha resistido de todo, hasta terremotos, suicidios en horas pico y hordas nómadas de vendedores ambulantes que te venden hasta lo que no quieres, ya sea chucherías de ocasión, compilaciones musicales de factura bucanera, revistas dedicadas al arte del ocio, entre otras cosas. Como se trata de un medio colectivo, muchas historias tienen lugar allí. Es más, me atrevería a decir que el Metro es una suerte de ciudad subterránea donde todo está permitido, pero, eso sí, nada es para tanto. (Y que me perdone Óscar de la Borbolla.) Ustedes pongan la idea, y el Metro les dará la respuesta.
Varias de sus virtudes y sus defectos ya han sido descritos por una serie de artistas a lo largo de sus ya cumplidos cuarenta años; desde poetas del calibre de Chava Flores y Rockdrigo González hasta variopintas y surrealistas agrupaciones como Café Tacuba y Los Estrambóticos, hay historias que siguen gestándose en cada uno de los nueve vagones anaranjados. Y en literatura, ¡¡claro!!, no cantamos mal las rancheras ni los boleros. Por ejemplo, Óscar de la Borbolla nos cuenta sus andanzas con "La madre del metro", mientras Marco Aurelio Carballo en "Una triste figura" se topa en Hidalgo a otro más Ingenioso, y qué decir de René Avilés Fabila, cuya fantasía en carrusel se sube en Bellas Artes para luego bajarse en una estación ¡¡del subway en Nueva York!! Pero quienes han sabido sacarle todo el jugo al Metro son, sin temor a decirlo, Fernando Curiel, que acuñó la escritura automática mexicana en Tren subterráneo, y Beatriz Zalce, cuyas estampas metropolitanas (leáse dentro del Metro) son el más fiel retrato de una sociedad urbana, que ama y odia al mismo tiempo a la Ciudad de México.
En fin... el Metro tiene muchas cosas por decir y sus pasajeros también. Ahora que se cumplen cuarenta años de vueltas ininterrumpidas (y una tentativa no tan halagüeña de aumentarle un peso a su tarifa ya entrado el 2010), hago extensa la invitación a ustedes para que piensen un poco y nos cuenten su historia del y con el Metro. Cada quien tiene mucho qué decir, y que a un servidor se le escapa no por falta de memoria, sino por exceso de tiempo, como todo allá afuera.
(¡¡Tururú...!!)

lunes, 31 de agosto de 2009

Mis "blogonautas" del 2009

Cada 31 de agosto se lleva a cabo el Día Internacional del Blog, como una manera de homenajear a este singular espacio en la red, y para participar en tan peculiar celebración, cada bloguero debe recomendar cinco espacios de su predilección y con distinta temática, para así motivar el intercambio de informaciones.
Hace un año, Nueva República de Babel plasmó aquí su listado personal, del cual cabe decir que ha variado un poco; a lo largo de 365 días, mientras algunas de las bitácoras ya recomendadas seguían su vida, otras llegaban a su fin (por respeto, me reservo los nombres); sin embargo, otras intenciones e invenciones hicieron escala en estos lares y se han ganado, además de su preferencia, el privilegio de viajar juntos en estas empresas y tribulaciones. A continuación, procedo a enlistar los cinco sitios que me corresponde. (Seguramente más de uno advertirá alguna presencia conocida, pero así son las listas. Mea culpa.)
  1. Julia Cuéllar (http://juliacuellar.blogspot.com/): Por segundo año consecutivo en esta lista, Julia Cuéllar sigue navegando en la blogósfera. Sigue contando el paso del tiempo mediante sus lecturas (y las perlas de sabiduría que en éstas encuentra), sus viajes, sus expectativas, pero sobre todo, para saber que el siguiente día nos depara nuevas y gratificantes sorpresas. La persistencia en la palabra ha escrito lo mejor de sus páginas. Ojalá que siga en ese sincero empeño.
  2. Caxtlatlapan (http://flordecolores.blogspot.com/): La juventud se impone, reza el lugar común. En el caso de Ana Rovelo, queda que ni mandado a hacer. A diferencia de otros blogs dedicados a la poesía, Ana nos comparte un quehacer muy grato: la escritura. Mientras busca las palabras indicadas para ceñir una imagen, un sentimiento, luego de publicar un post con la obra nueva, permite la voz de sus lectores. La crítica, como sabemos, es el pan de cada día para quienes ejercemos la libertad bajo palabra del blog, y ella sabe cuándo atenderla. Aún así, Ana Rovelo se encuentra en las próximas luminarias de la poesía contemporánea del siglo XXI. Ojalá y nos siga regalando (ésa es la palabra) muestras de una poesía única. Para ella, y sus prístinas creaciones, ¡¡mil gracias!!
  3. Eleutheria (http://la-ciudad-de-eleutheria.blogspot.com/): Este peculiar blog, también llamado La polis del ciudadano libre, es el resultado de una enorme pluralidad de intereses de una colega mía, Eleutheria Lecona, quien lo mismo habla de política (donde disiento) que de ciencia y cultura, campos donde se mueve muy bien, sin perder del todo esa mirada crítica que la distingue. Ningún tema le es ajeno, siempre sabe convencer y convertir, incluso compartir, las cosas que forman el ordenado engranaje del mundo. La ciencia (no olvidemos la formación matemática de Eleutheria), la filosofía y las bellas artes conviven plácidamente con la política en este lugar abierto para quienes deseen visitarlo. Ésa es la característica elemental de este sitio. Nuevamente lo expreso: es un placer entrar y salir de allí con la misma curiosidad, pero también con la conciencia de ignorar un poquito menos. En pocas palabras, una maravilla.
  4. Mariposa Tecknicolor (http://yomariposatecknicolor.blogspot.com/): Nacido bajo el amparo de Nueva República de Babel, una histérica histórica, Mariposa Tecknicolor, toma por asalto la blogósfera y nos cuenta su vida. Mientras decide el rumbo postrero de sus sueños y sus acciones, Mariposa nos habla de moda, música, además de motivarnos a la reflección continua, porque siempre hay cosas que nos mueven el tapete y digno es cambiar o reafirmar el rumbo. Como en las bitácoras anteriores, describe el mundo que le rodea, pero también juega con nosotros a través del recuerdo, que lo mismo va del cine a la literatura y, claro está, la Historia. (Un elemento peculiar que está en vías de volverse todo un clásico es su Juramento de Autoestima, mismo que se publica a principios del mes que transcurre.) Hay otras cosas muy importantes que se me escapan de este blog, pero la última palabra la tienen los lectores. No dudo en recomendarlo.
  5. Palabras más, palabras menos (http://fonema.wordpress.com/): Secuela natural de La aguja que lleva el hilo, nuestra amiga de siempre, María Luna, sigue contándonos su vida, entre amores y desamores, viajes sedentarios y lecturas a diestra y siniestra sobre el mundo, bajo el milagroso designio de la palabra, sea para confirmar, sea para cambiar sus cartas de navegación. (Hace poco tiempo, regresó de Australia y en su bitácora en red plasmó esa experiencia inolvidable.) Es inevitable leer sus andanzas y maestranzas, donde coincidir suele ser la moneda de cambio. De lo que sí estoy seguro es que tendremos María Luna para un buen rato. Sí que sí.

Por este año, he cumplido con mi cuota para el Blog Day. Comparto con las creadoras arriba mencionadas el gusto por la vida, por sentirme parte del mundo ya sea por lo que leemos, escuchamos y/o sencillamente, vivimos. Navegaremos en el tiempo recobrado gracias a la escritura en red, siempre a la espera de tocar nuevos puertos donde hacer una escala íntima y, para ello, aún nos queda un largo y gratificante viaje. A ellas y a todos ustedes, lectores presentes, pretéritos y futuros, ¡¡mil gracias!!