viernes, 30 de mayo de 2008

Camisa de guerra

Un poema muy conocido de José Francisco Conde Ortega, que forma parte de su libro Los lobos viven del viento, comienza con el siguiente verso: "La camisa es una forma de comenzar el día". Para quien escribe, irredento adicto a tal objeto, suele ser así. Mejor me explico.
Comencé a usar camisas desde mis años preparatorianos y todas han llegado a la categoría de casaca, uniforme e inclusive armadura, debido a mi constante ir y venir por bibliotecas, ferias del libro y hasta manifestaciones en el Zócalo. Sin embargo, centraré mi atención en una de gran estima y valor para quien escribe. Se trata de una camisa Polo Ralph Lauren color azul tenue que lleva cerca de cuatro años conmigo, desde que un primo por vía materna me la obsequió.
Desde la primera vez que me la puse, descubrí que formaría parte de mi ser y hacer postrero. Es más, le daba una excesiva importancia que me encargaba personalmente de lavarla, plancharla y acomodarla en el closet. Más que una camisa como cualquier otra, era un especie de uniforme, una camisa de guerra, si se quiere ver así.
Ha sido testigo de varios de mis encuentros con las letras y la historia; lo mismo acompañándome en presentaciones de libros, mesas redondas y hasta plenarias impartidas por gente de la talla de Enrique Krauze. Precisamente, en una de éstas, conocí a una mujer de belleza intransferible, quien me hizo pasar un buen año, 2005. Cada vez que concertábamos una cita, una noche antes de nuestro encuentro, alistaba mi prenda favorita y, de antemano, ya tenía el día hecho. (Lo único que le faltaba era un beso de carmín estampado sobre el cuello de la camisa, mas nunca sucedió.)
Entre tantos trajines, sea para leer mis primeras obras ante un público de villamelones, sea como asistente a un evento con toda la gala del mundo, el tiempo comenzó a pasarle factura: el cuello se abrió paulatinamente, las mangas se adelgazaron y aquel azul tenue del primer día se tornó casi transparente. Era el anuncio para retirarse o morir en batalla. Al final, ganó el retiro, pero éste se dio con toda la gloria del mundo: luego de una mesa redonda, compuesta por varias amistades mías, mi camisa sólo pasó a uso privado, es decir, sólo la usaba en la casa mientras hacía las labores propias de mi sexo.
Cuenta Fernando del Paso, en su discurso de ingreso a El Colegio Nacional, que hacía varios años, mientras se instalaba en su nuevo departamento en Londres, encontró una camisa que había olvidado el anterior inquilino, José Carlos Becerra (poeta non y amigo suyo, además de todo). Luego de la faltal noticia del deceso de su amigo, Del Paso conservó dicha prenda y cuando la angustia lo inundaba, se la ponía para sentirse -por así decirlo- protegido y hasta con mayores ganas de escribir. (Aunque ahora esté rota y con la tela adelgazada por el tiempo y los viajes, Del Paso aún sigue con ese ritual.)
Llegando a casa, me pondré esa camisa por última vez. La despediré definitivamente de la mejor forma: luego de leer algunas páginas del libro que ahora leo (Soldados de Salamina, de Javier Cercas), plantarme frente a la máquina eléctrica de escribir y llenar varias hojas, y de beberme un Rioja a su salud, despedirla sin más ni más, coincidiendo por completo con aquel verso de Conde Ortega. (Sí, una camisa es una forma de comenzar el día, pero también de acabarlo y bien.)

jueves, 29 de mayo de 2008

Ennio Morricone per sempre

Hace dos días, la ciudad de México se engalanó con la presencia de una leyenda viva, tanto en la historia de la música como en el mundo del celuloide; no hay película (sin importar nacionalidad ni coproducción) que no cuente con una partitura compuesta por él. Signori e signore, Ennio Morricone!!
Nacido en Roma, el 10 de noviembre de 1928, desde muy joven tuvo naturales inclinaciones por la música, campo donde despuntó tempranamente. Aunque sus primeros trabajos datan de los años 50, fue en la década posterior cuando su nombre empezaba a ser sinónimo de genialidad y maestría en la composición de partituras. Ejemplo claro, la famosa trilogía de spaghetti-westerns, conformada por El bueno, el malo y el feo, Por un puñado de dólares y Por unos dólares más, y dirigida por su compatriota Sergio Leone. Gracias a estas películas, se consolida el peculiar estilo del músico. Melodías de fácil memoria -en apariencia-, que determinan una escena, un personaje. (Para el caso del western con sabor a pasta, quién no recuerda a Clint Eastwood, Lee Van Cleef y Eli Wallach en las últimas escenas de El bueno, el malo y el feo, o a Charles Bronson, "el hombre de la armónica", en Érase una vez en el Oeste. ¿Verdad que nunca los olvidaremos, gracias a las composiciones morriconianas?)
Además de ilustrar musicalmente la épica del Oeste, Morricone hizo lo propio con la vida de las ciudades, sin importar tiempo ni nacionalidad. En los años 70, cuando la historia tenía prisa por escribir la vida, películas como La batalla de Argel y Queimada, de Gillo Pontecorvo, y Sacco y Vanzetti, de Giuliano Montaldo (a su manera, epopeyas de una historia sin tregua), contaron con la prístina participación del compositor, el cual, cabe decirlo, les otorgó un aura de lucha. "Abolicao", de Queimada, y "Here's to you" (en coautoría con Joan Baez), de Sacco y Vanzetti, más que melodías para un soundtrack, son casi himnos de lucha.
Pero entre la épica del western y el cine de conciencia social, nunca dejó de lado pintar con notas musicales las historias sencillas (A cenar esta noche, ¡Átame!, Cinema Paradiso), la nostalgia (Malena) y, desde luego, el humor (La jaula de las locas, Están todos bien). Además, si revisamos detenidamente la lista de composiciones para la pantalla de plata, buena parte de las películas tienen como trasfondo tanto la historia (Érase una vez en América, La misión, Los intocables) como la literatura (La ciudad de la alegría, Sostiene Pereira, Lolita). Morricone, más que un sencillo compositor, es un pintor de tiempos. Sus temas nunca serán olvidados y eso, precisamente, los hace proclives a ilustrar otros ambientes. Xavier Velasco, en un artículo suyo sobre el músico italiano, sugería el siguiente ejercicio: usar sus melodías como música de fondo para las grabaciones familiares. El resultado del montaje: otra obra maestra, si se le quiere ver así.
En resumidas cuentas, el insuperable talento de Ennio Morricone no conoce fronteras, cualesquiera que sean, excepto por su acendrado perfeccionismo por dirigir sus propias obras. (Varios directores de orquesta, deseosos por dirigir sus composiciones, le expresan esa intención, pero no pasan de allí), pero a quienes disfrutamos de su música, esto suele verse como un plus. De algo estoy seguro: que tendremos Morricone para rato y en este año, a varios meses de celebrar su cumpleaños 80, el mejor homenaje reside en escucharlo una y otra vez, porque un talento así merece eso y más.
Grazie mille!!!

lunes, 26 de mayo de 2008

Razones para Amandititita

Hace algunos meses, y a sugerencia de Paulina Martínez, me di a la tarea de investigar en el Tubo sobre una joven cantante mexicana, de nombre Amandititita e intérprete de un nuevo género llamado anarcocumbia. Llegué a casa e hice lo propio. Los resultados de la búsqueda me dejaron con el ojo cuadrado y como tenía tiempo de sobra, resolví ver algunos de sus videos. No puedo negar que luego de ver (una y otra vez) "La mataviejitas", "Viernes de quincena" y la hilarante in extremo "Metrosexual", casi me muero de la risa, por lo ocurrente (y lo que le sigue) de aquellas canciones. No obstante, me dije: "No pasará de allí". Parece que no fue así. Después de este boom en el internet, finalmente su casa disquera sacó al mercado su primera producción, donde obviamente se incluyen las tres canciones anteriores, y otra que hoy suena en la radio, "La muy muy".
Ahora bien, ¿dónde reside su encanto y peculiaridad? Amanda Lalena (llamada así por algunas canciones de Víctor Jara y Donovan, respectivamente), a diferencia de otras jóvenes cantantes, no tuvo un background conformado por grupos, cantantes, géneros (tampoco el hecho de que su ilustre padre fuera Rockdrigo González, el Profeta del Nopal), sino más bien es una cantante ilustrada, es decir, que su formación es meramente literaria: uno de sus autores de cabecera es Italo Calvino. (Borges dijo alguna vez que para ser escritor hay que leer a muchos escritores; se diría también que para ser cantante y/o músico, también hay que hacer lo propio.) En el caso de Amandititita, la prosapia debía hacer lo suyo, pero predominaron más las letras que la música. Aún así, su talento para agarrar historias de gente común y hacerlas atractivas mediante una canción con pegajoso rítmo, es más que innegable. Y orginal, además de todo.
Ayer, en el mismo Tubo, aparecen comentarios laudatorios y otros adversos; varios de éstos se resumen en una frase: Rockdrigo hacía hurbanistorias, Amandititita, puras pendejadas. Tienen razón, pero no toda la razón. La tienen, porque no hay comparación alguna, pero se equivocan al decir lo último. Sucede como con las generaciones: unos dicen sí, otros no y el resto, se reserva su opinión. Nada más. Y no la tienen por lo siguiente: las historias que suceden en las ciudades son las mismas; sólo cambia quien hace el papel de juglar. Permítaseme un ejemplo: gracias al ingenio de Amandititita, el caso de la Mataviejitas no pasará desapercibido de la memoria popular. (Ni de la nota roja.) Y recordando al buen Rockdrigo, su "Asalto chido" no tiene fecha de caducidad.
En fin... muchos tienen sus razones para admirar y otros para odiar a Amandititita y cada quien lo sabe. En lo personal, me gustan mucho sus canciones y confío en que para su próximo disco tendrá más historias que contar, porque, como decía Paco Ignacio Taibo II en "Mariachis muertos sonriendo": Hay muchas historias allá afuera, pero se me olvida escribirlas. Ojalá que Amandititita continúe así.

jueves, 15 de mayo de 2008

Mis maestras prodigiosas

Un libro atípico de Fernando Savater, El valor de educar, comienza con una significativa "Carta a la maestra", donde el filósofo de San Sebastián explica (por así decirlo) su pensamiento sobre la importancia de la enseñanza. (En alguna parte del texto justifica la razón del título, sobre el cual debatiré en otra ocasión.) Cuando leía esta parte del libro, y aprovechando la ocasión del día presente, decidí hacer lo mismo, mas no pasó de la mera idea. (¡¡Nunca pasé de la primera línea!!) Así que me auxiliaré por la forma que esta bitácora en red me ofrece cada vez que hay un apuro: las Leaving Port Memories. Gracias mil.
Conocí a la primera de mis maestras prodigiosas en el sexto año de primaria. Nunca olvidaré su nombre: Socorro Sarabia. Gracias a los chispazos de conocimiento que me venían en clase, con la siguiente frase me regaló un destino: A ti te gusta mucho la historia, ¿no es así? En realidad, no sabía qué decir en ese momento, así que me limité a que las cosas pasaran, incluso que mis compañeritos me pusieran el mote de historiador. (Si ellos me vieran ahora...) Claro que ponía empeño en todas las materias, pero la Historia de México era mi mero fuerte y eso nadie lo podía negar. (Hasta yo, si se quiere...) Gracias a esa temprana percepción, ahora la historia es mi vida.
Mi segunda maestra, Beatriz Arcos Pino, aparece en el último año de secundaria. Para mi buena fortuna, además de ser la asesora del grupo, impartía la clase de Español; cosa que le quitó la tirría que le tenía a los módulos anteriores. Su pasión por las Letras Hispánicas permeó en mí hasta el grado de interesarme por la obra de Pablo Neruda, el cual fue el tema de su tesis de Licenciatura. (En aquel tiempo, estaba muy de moda Il postino, película de temática nerudiana.) Pero también me motivó a participar en un concurso de oratoria, mismo que gané. En una palabra, hizo nacer en mí la pasión por la palabra, aunque me interesara por el derecho posteriormente. (Pero regresé al camino de las Letras, ¡¡eso sí!!)
Las maestras restantes de mi galería personal, en cierta forma nunca me dieron clase, pero el tiempo compartido y el corte de caja que hago en estos días, me orillan a colocarlas en ese nivel. Entre compañeras, amigas, colegas y alumnas (cuyo perfil se encuentra en la Galería de Consejeras), ya las considero mis maestras prodigiosas porque cada día aprendo algo nuevo de ellas, y porque sus regaños y extrañamientos hacía quien escribe han sido sus mejores enseñanzas. (Algunas aún me consideran su profesor, cosa que no me atrevo a debatirles. Cuestión de enfoques.)
Pero como lo dije hace tiempo en otro capítulo de las LPM, "aún tengo mucho que enseñar y, claro está, demasiadas cosas por aprender". (¿No es así, Laurette, Rosalie, Annette, Irmita, Pau, Vero y Leyvi?)

viernes, 9 de mayo de 2008

La cantante de la semana: Soraya

El día de mañana, 10 de mayo, se cumplen dos años de la partida de una importante cantautora, cuya pasión por la vida rebasó fronteras. Se trata de la colombiano-estadounidense Soraya, cuyas canciones aún persisten en el gusto del público, sin importar época o nacionalidad.
Soraya Raquel Lamilla Cuevas, nació el 11 de marzo de 1969 en Point Pleasant, Nueva Jersey; durante un tiempo radicó en Colombia junto a sus padres, hasta los ocho años, cuando regresaron a Estados Unidos. (Su nombre tiene un connotado origen libanés, dado que sus abuelos maternos provenían de Líbano.) En el círculo familiar, Soraya aprendió el inglés (lengua que su padre consideraba importante), pero también el español, por aquello de las raíces latinoamericanas, bien inculcadas por su madre.
Desde muy niña, se interesó por la música, hecho que la llevó a tomar clases de guitarra y de violín; debutó -por así decirlo- en el Carnegie Hall ejecutando este último. Para sus años de adolescente, escribió sus primeras letras, sin saber lo que el tiempo terminaría por depararle. Tiempo después, egresaría de la Universidad Rutgers, donde hizo estudios de Letras Inglesas, Filosofía Francesa y Estudios de la Mujer. También se cuenta que tocaba sus canciones en cafeterías circunvecinas al campus.
La buena fortuna llegó a su vida en 1996, cuando sale al mercado discográfico su primera producción, En esta noche/On nights like this, mismo que marca un ascenso meteórico de su novel carrera. "De repente", "Quédate" y el éxito homónimo, se convierten en los sencillos más escuchados (cabe decir lo mismo de sus versiones en inglés). Para finales del año siguiente, su segunda producción, Torre de marfil/Wall of smiles, corrió con igual suerte. "Si te vas", "París, Cali y Milán", y la inolvidable "Lejos de aquí" ("un poco autobiográfica", a decir de su autora, durante una entrevista para MTV), marcaron el paso en la trayectoria de la cantante. Para 2000, se confirmó su innegable y multifacético talento en Cuerpo y alma/I'm yours, y sus sencillos "En dónde estás" y la homónima que titula al álbum. Cuando el éxito y el talento se hallan a flor de piel, sucede un fatal anuncio: a Soraya se le diagnostica cáncer de seno. Esto orilló a la cantautora a retirarse parcialmente del medio musical, para atenderse médicamente y pensar muchas cosas. La espera terminó el 2003, con la salida del Soraya, cuarto álbum de su carrera, con el cual obtuvo el Grammy Latino en 2004, como Mejor Álbum Cantautor.
Sin embargo, y con un reconocmiento sincero y total, la enfermedad comienza a ganar terreno. Aún así, Soraya se interesa en actividades altruistas, como ayudar a la Fundación contra el cáncer de mama Susan G. Komen, para que la lucha (también la suya) prosiga. Y con esa energía, pero resignación a su vez, presenta en 2005 su última producción discográfica: El otro lado de mí. El primer sencillo, "Llévame", la colocó en los charts más importantes de Latinoamérica, y la canción "Cómo sería", se convirtió en su carta de despedida del mundo de la música.
En sus últimos meses de vida, Soraya dedicó todas sus fuerzas para escribir un libro (mitad memorias, mitad testamento), donde expresaría sus pasiones, miedos, pero también sus motivaciones y hasta sus esperanzas. Una obra que ayudara en algo a las personas que pasaban por su misma circunstancia. La mañana del 10 de mayo de 2006, en Miami, Soraya finalmente dijo adiós y meses después, su obra póstuma, Con las cuerdas rotas, salió a la venta. Presento un extracto del mismo:
Soy cantautora, música y productora. He recorrido el mundo con mis canciones, he aparecido en incontables portadas de revistas, he conocido buena parte de los grandes ídolos que han influido en mi estilo musical. Las paredes de mi estudio están forradas de discos de oro y reconocimientos, y en estos últimos años me he convertido en una ferviente defensora de los pacientes y su portavoz. Pero no son estos los logros que más me enorgullecen. Soy además nieta, sobrina e hija de tres mujeres que murieron de cáncer de seno. Y escribo estas palabras como una mujer que ha superado el tiempo de vida proyectado desde su diagnóstico de cáncer de seno en un estado avanzado... Esta es mi historia, contada a través de sus vidas. Su ejemplo me enseñó el sentido de estar viva. De ellas heredé el valor para enfrentar lo incomprensible, con dignidad y amor. Me mostraron cómo vivir, cuando la vida misma esta llena de incertidumbres y que la certeza de la muerte es un hecho inocultable. Me entregaron una herencia llena de retos físicos y emocionales. Cada una de ellas tomó opciones diametralmente distintas para afrontar la enfermedad y siento por tanto muchas veces que me dejaron unas claves indescifrables para poder escoger el mejor camino a seguir.
Ante todo esto, simplemente resta a quienes disfrutamos sus canciones seguir recordándola de esa forma. Si para un escritor, el mejor homenaje es leerlo, para una cantautora de ese talento, escuchar una de sus canciones vale más que todos los homenajes habidos y por haber.
¡¡Gracias, Soraya!!

miércoles, 30 de abril de 2008

La biblioteca y el museo del niño Ulises

Hace algunos días, cuando le presumía a nuestra Rosalía la carpeta que compré durante mi visita al IV Encuentro de Escritores Latinoamericanos en el Claustro de Sor Juana, ella, lapidaria, como siempre, me espetó una frase que resume toda la verdad: "oye, eres un niño, porque te engolosinas con los objetos". A decir verdad, coincido con esa frase, porque así es. Y procedo a explicarme.
Desde que tengo memoria, siempre he jugado con los objetos, desde los juguetes que religiosamente me dejaban los Santos Reyes cada 6 de Enero, pasando por las chacharitas que compraba tanto en la cooperativa de la escuela como afuera de ésta, hasta las cosillas que encontraba en los muebles que mi papá procedía a reparar con su épico oficio de carpintero. (Desde luego, no faltaron las opiniones que descalificaban ese interés.)
El primer lugar donde puse mis botines de guerra, fue el librero-cabecera que mi papá me hizo. Con pedazos de madera que sobraban de la carpintería, hacía edificios para ciudades invisibles, cuyos habitantes eran figuras de acción, llaveros, comics de La pantera rosa, Cantinflas y Sandybelle, hasta las cajas y envases de las medicinas que llevaba mi mamá, enfermera de temple también épico. Pasó el tiempo y los modelos a escala de importantes barcos de la historia, formaron parte de esa improvisada galería.
Desde el día en que tuve mi propia habitación, mis libreros siempre han jugado un importante papel dentro de mi postrero ser y hacer. Durante la huelga universitaria de 1999, me dediqué a viajar, pero también comencé religiosamente a formar mi biblioteca. De alguna forma, proseguía con el infantil empeño de coleccionar objetos, pero también engolosinarse con éstos. En la temporada de las ferias del libro (Minería, el Politécnico, Antropología), siempre aflora ese niño interior que llevo dentro y como si estuviese frente a un anaquel repleto de chocolates y/o juguetes, le daba gusto al gusto. (El niño de aquellos días, de ver mi colección privada, caería desmayado y pediría que lo llevara conmigo cuando las ferias del libro, al súper o, simplemente, a cascarear por el Centro Histórico, buscando compactos de música, carpetas escolares, muñequitas de colección, separadores, postales, y, desde luego, libros.)
Mientras escribo esto, contemplo una fotografía de cuando era niño y me pregunto si aún está acompañándome. No dudo que así sea y ello mantiene presente la capacidad de asombro cuando un objeto, sea cual sea, me genera interés. (Por ejemplo: un biberón, una muñequita de trapo, una campana, cromos con barcos, figuras de las películas Anastasia y Robots, una botellita de Coca-Cola, sin olvidarme del batallón de separadores para libro y las postales de variopinta materia, forman parte del imperio secreto que cuida religiosamente mi niño interior.) Además, bien lo decía Brancusi, "todo artista tiene un niño adentro" y cuando colecciona, guarda y reúne en un solo lugar el fruto de sus andanzas, todavía queda mucho por hacer, ¿no creen?

lunes, 28 de abril de 2008

Un marginal en el Claustro de Sor Juana

La semana pasada, tuve la fortuna de asistir al IV Encuentro de Escritores Latinoamericanos en la Universidad del Claustro de Sor Juana, dedicado a Octavio Paz y con el tema "Pasiones y obsesiones". Evento organizado, cabe decir, en el marco del Festival de México en el Centro Histórico. Del 24 al 26 de abril, varios escritores latinoamericanos leerían sus obras y disertarían sobre pasiones y obsesiones, según cómo ellos interpretan esto.
El primer día, quien escribe llegó después de la inauguración, pero estuvo muy a tiempo para escuchar la primera mesa, integrada por escritores de la talla de Jorge Volpi, Anamari Gomís, Eduardo Antonio Parra, Enzia Verduchi y el argentino Daniel Link. (Una mesa como anaquel de armería, es decir, que cada quien dispara por su lado. Cuestión de enfoques.) Al final, los escritores fueron abordados por la comunidad estudiantil del Claustro, quienes no dudaron en pedir el consabido autógrafo, la foto con el autor de su predilección e, inclusive, hasta pedir su e-mail, por si las moscas. (En lo personal, Anamari Gomís quedó conmocionada cuando le presenté mi ejemplar de Ya sabes mi paradero, al cual estampó una cálida pero sincera dedicatoria. Mil gracias.) Luego de toda esta primera parafernalia, tocó turno a la segunda mesa, donde el norteamericano Santiago Vaquera, el brasileño Alexandre Vidal-Porto y los mexicanos Rafael Lemus y Claudia Guillén, se lucieron de lo lindo. (De acuerdo con la programación del encuentro, estaba anunciada la presencia de Rosa Beltrán, pero nunca asistió. Cosas de la vida.) Después de toda esa avalancha de talentos y de obsesos metidos a ponentes en horas 24, tomé la imperiosa decisión de abandonar la universidad y dedicarme a buscar obras de los próximos expositores.
El viernes, como es natural en un servidor, llegué rayando el pavimento. A diferencia del día anterior (cuyas actividades se realizaron en el Patio de la Fundación), ahora se habían trasladado al sotocoro del Ex-templo de San Jerónimo, donde -se supone- está enterrada Sor Juana Inés de la Cruz. La mesa de turno merece, a mi juicio, la siguiente palabra: iconoclasta. El argentino Martín Kohan, el peruano Iván Thays, y los mexicanos José Ramón Ruisánchez -conductor del programa Entrelíneas, de canal 22-, Geney Beltrán y Jorge Fernández Granados, tuvieron el turno de contarnos sus pasiones y sus obsesiones. Solamente el texto de éste último, leído por Claudia Posadas, dejó maravillados a los estudiantes claustrianos, lo mismo que a quien escribe. (Cuando le compartí ese beneplácito, mientras firmaba mis ejemplares de Letras Libres donde se publicaron unos poemas suyos, agradeció sobremanera ese gesto. Su condición invidente, pero franca, cordial y sabia, me hizo recordar a otro gran Jorge, de apellido Borges.)
A las 2 p.m, Adolfo Castañón impartió una plenaria sobre Pasado en claro, de Octavio Paz, obra que conoció desde el primer momento de su impresión, cuando trabajaba en el Fondo de Cultura Económica. Castañón mostró a los asistentes la edición de lujo del poema paciano, hecha en un papel especial, color tierra, numerado y firmado por el autor, dentro de un estuche muy bonito. (No cabía duda de que Paz era muy cuidadoso con las ediciones de sus libros. Y con las ediciones especiales, nunca le falló el tino.)
Luego de un intermedio para comer, a las 4 p.m, comenzó la primera mesa de la tarde, conformada por los mexicanos Sealtiel Alatriste, José María Espinasa y Álvaro Enrigue, y la brasileña Daniela Abade. Después que los mexicanos leyeron sus escritos ex profeso, Abade contó sus experiencias como escritora en un mundo lleno de lenguas que se confunden entre sí. Para rematar esa idea, proyectó un fragmento de su videoblog donde sostuvo esa postura. (Al final de la mesa, primero me acerqué a ella para felicitarla por su exposición, pero también para preguntarle si ella era la protagonista de un filme brasileño, Dos perdidos en una noche sucia; se extrañó al oír eso y dijo que no. Bueno...) Saludé a Enrigue, quien me reconoció de inmediato; mientras eso sucedía, tuve una microplática con una estudiante del Claustro (recuerdo que se llamaba Deetta, nombre de origen yugoslavo, según recuerdo) sobre... Enrigue, para variar, y también para informarle que había un libro de Sealtiel Alatriste a la venta y editado por el Fondo, mismo que no tardó en comprar. Más allá de ello, rien ne va plus.
La última mesa vespertina tenía, taurinamente hablando, buen cartel, conformado por el guatemalteco Arturo Arias, el colombiano Darío Jaramillo Agudelo, y los mexicanos Heriberto Yépez, Ignacio Solares y Julieta García, bellísima como siempre. Jaramillo confesó que sus placeres son la lectura y la escritura, y sus obsesiones, apoyar a un equipo de soccer de Medellín, llamarle a su madre todos los días a las 7 p.m. y la puntualidad. Solares, por su parte, dedicó su intervención para hablar sobre la pasión por la corrección que tuvo Octavio Paz en vida. Cuenta que Paz leía los originales (que aparecerían en próximos números de la revista Plural) desde la primera letra hasta la última coma, sea en la comodidad de su departamento en Reforma, sea ¡¡por teléfono!! (¡¡Y aún así los corregía!!) Al final, me acerqué a la mesa para que Solares firmara mis libros, y luego abordé a Julieta para que hiciera lo propio sobre mis ejemplares de Letras Libres. Al comentarle que la escuchaba en 90 Kinkys, aquel legendario programa de radio donde ella alguna vez participó, simplemente se rió y sólo pudo darme las gracias. (Habrá un día, seguro.)
Al convivir entre escritores jóvenes y maduros, me sentía como aquellos primeros años en la carrera de Letras, cuando soñábamos con ser famosos, llenos de talento, entre otras cosas. Hacía tiempo que no estaba en estos ambientes, sin embargo, me sentía un outsider, perdido entre los habitantes de un país de opereta. (Así lo veía y no he cambiado al respecto.) Sólo el repentino (re) encuentro con Eunice Alpízar, quien trabaja ahora en el Pasaje Zócalo-Pino Suárez, me hizo sentir como en casa. De cualquier manera, no dejé de sentirme marginal.
[¿Asistiré al encuentro del año entrante? Seguro que sí, pero aún lo dudaría... Como siempre me decía una amiga historiadora, ahora madre de familia, el tiempo a veces no es nuestro. Pero hay que intentarlo, ¿no?]

miércoles, 23 de abril de 2008

Los 1001 libros del Primer Aniversario

Antes que nada, doy infinitamente las gracias a todas las personas que respondieron a la convocatoria para celebrar el Primer Aniversario de la fundación de la Nueva República de Babel. Aunque no están todos los que son, sí son todos los que están. (¿Lo dije o lo pensé?)
Sin embargo, como sé que este tipo de cosas motiva el enlace con los tiempos y las épocas, a medida que vayan llegando los listados restantes, se irán integrando a esta interminable lista, incluyendo algunos listados que formaron parte de un antiguo "ciberjuego" llamado Hacia la Nueva Biblioteca de Babel. (Ah, y he dejado para el final mi listado personal.) A todos ustedes, ¡¡muchas gracias!!


-Nora de la Cruz (Jefa del Cuerpo Diplomático Neobabélico)
1.- Las armas secretas, de Julio Cortázar. Creo que fue un libro que cambió mi forma de entender la literatura. Siempre que lo leo me sorprende de distintas formas.
2.- Un traje rojo para un duelo, de Elena Garro. Le dediqué dos años enteros de mi vida y lo volvería a hacer, porque estoy convencida de que es un libro olvidado y menospreciado.
3.- La Ilíada, de Homero. Para mí, contiene toda pasión humana. Es hermoso.
4.- Humillados y ofendidos, de Dostoievsky. Hay cosas más famosas en la producción de Dostoievsky, pero éste me parece uno de los libros más personales del autor. Ahí están muchos de sus complejos, sus rencores, su desprecio por la sociedad. Además, la escena inicial, en la que se retrata la última miseria de un ser humano, ya de por sí miserable, me parece de un patetismo impecable. Insuperable, acaso.
5.- Infancia, de Tolstoi. Los rusos fueron mis primeros libros de cabecera. Recuerdo haber leído esta obra de Tolstoi cuando era niña, y haber tenido la impresión de que el autor era, seguramente, un niño de mi edad. Así de auténtico es el retrato que hace Tolstoi del espíritu infantil.
6.- Ficciones, de Borges. Lo que me hace sentir Borges con su precisión, con su simetría, con su curiosidad insondable y su asomo a lo infinito, es indescriptible. Este libro es obligatorio para todo aquél que quiera conocerlo.
7.- Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Cuando terminé de leerlo, quería besarlo. No más comentarios.
8.- El reino de este mundo, de Alejo Carpentier. Uno de los textos que más me han impresionado en mi vida. Cuando tengo que regalar un libro siempre elijo ése.
9.- El principito, de Antoine de Saint-Exupery. Me recuerda el placer de leer que sólo se siente en la infancia.
10.- El loco, Khalil Gibrán. Fue el primer libro que leí en mi vida. Recuerdo que cuando lo terminé pensé que ser escritor parecía muy fácil, así que escribí mi propio tomo de parábolas. Se lo vendí a mi papá. Veinte años después, no he logrado escribir nada que me guste, pero gracias a Khalil Gibrán comencé a intentarlo.
-Daniela Sandoval (Consejera Corresponsal)
1. Los nueve libros de la historia, de Heródoto
2. 1984 de Georg Orwell
3. Los recuerdos del porvenir de Elena Garro
4. El llano en llamas de Juan Rulfo
5. La insoportable levedad del ser de Milan Kundera
6. Apologie pour l'Histoire de Marc Bloch
7. Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez
8. Querido Diego te abraza Quiela, de Elena Poniatowska
9. El Diosero, de Francisco Rojas González
10. Rayuela, de Julio Cortázar
(Ésa es mi lista, creo que solo los primeros 5 van en orden después están como se me vinieron a la mente... quizá el de Marc Bloch merezca un tercer lugar... lo siento, la historia me gana, ja ja ja!!)
-Elisa Cuevas (Consejera Numeraria)
Están en desorden, porque no puedo decir cuál es el preferido por encima de todos. Más bien los puse en orden cronológico, según los fui leyendo durante los primeros años de mi vida de lectora que comenzó alrededor de los once años cuando leí por primera vez María de Isaccs y Crónicas Marcianas (éste último fue un libro que me impactó muchísimo pues a los once años de edad yo veía el año 2000 y el avance tecnológico como algo lejanísimo...) Aquí van pues, me faltaron muchísimos.
1. Crónicas Marcianas de Ray Bradbury.
2. Demian de Hermann Hesse.
3. Marianela de Benito Pérez Galdós
4. El hombre de la situación de Manuel Payno
5. Los hijos de Sánchez de Oscar Lewis
6. Crimen y castigo de Fedor Dostoievski (por cierto que hay muchas formas de grafía de este nombre y apellido)
7. Cantar de ciegos de Carlos Fuentes
8. Rojo y Negro de Stendhal
9. El Laberinto de la soledad de Octavio Paz
10. El libro de la risa y el olvido de Milan Kundera
11. La Cueva de Saramago
12. Las preciosas ridículas de Molière
13. Romeo y Julieta de Shakespeare
14. El Quijote de la Mancha de Cervantes
(Y me faltaron Rabindranath Tagore, Tolstoi, los sociólogos clásicos, los politólogos clásicos, los economistas clásicos, etc. etc.)
-Paulina Martínez (Consejera Decana)
1. El mundo de Sofía de Jostein Gaarder.
2. El general en su laberinto de Gabriel García Márquez.
3. Ayer en México, una crónica de la revolución de John W. F. Dulles.
4. La saga Harry Potter de J. K. Rowling. (Especialmente El prisionero de Azkaban y La orden del Fénix, pero mmm… como es muy difícil decidirme, mejor anexar toda la colección.)
5. La reina del sur de Arturo Pérez-Reverte.
6. Corazón tan blanco de Javier Marías.
7. Cuando fui mortal de Javier Marías.
8. Como agua para chocolate de Laura Esquivel y Mientras ellas duermen de Javier Marías.
9. Ojerosa y pintada de Agustín Yáñez.
10. Noticias del Imperio de Fernando del Paso.
-Patricia Montoya (Consejera Numeraria)
1. Los Hermanos Karamazov (Fedor Dostoievski)
2. Humillados y Ofendidos (Fedor Dostoievski)
3. A sangre fría (Truman Capote)
4. La perla (John Steinbeck)
5. Crimen y Castigo (Fedor Dostoievski)
6. El laberinto de la Soledad (Octavio Paz)
7. La Región más transparente (Carlos Fuentes)
8. Tiempo mexicano (Carlos Fuentes)
9. Nuevo tiempo mexicano (Carlos Fuentes)
10. El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes)
(Estos son los primeros que se me vinieron a la cabeza, y todos ellos me dejaron profunda impresión.)
-Omar Pérez Olvera (Asesor Ciudadano)
1. La ciencia de la supervivencia de L. Ronald Hubard proque me ha enseñado a disfrutar la vida y a lograr metas fácilmente (aunque éste porque se aplica a todos sus libros)
2. El Quijote (omito el nombre completo) de Cervantes por el afán de lucha y búsqueda del sueño de un personaje sumido en un mundo decadente.
3. Espadas como labios de Vicente Aleixandre por sus imágenes inusitadas y su forma de concebir el mundo tan distinta a otros poetas.
4. En la masmédula de Oliverio Girondo por la manera de transmitir sensaciones sin imágenes, sólo con el lenguaje.
5. El aleph de Borges por sus enseñanzas sobre el universo.
6. La peste de Albert Camus porque evidencia la apatía con que se vive y motiva a vivir sin estar dormidos.
7. Nadie encendía las lámparas de Felisberto Hernández porque manifiesta la mirada de un poeta en narrativa.
8. Cartas de Abelardo y Eloísa por expresar la lucha por la conjugación de mente/corazón.
9. Las diecinueve tragedias de Eurípides porque exaltan mejor que ningún otro pasiones humanas.
10. Muerte sin fin de José Gorostiza por dar una explicación de nuestra relación con dios, la muerte y la vida.
-Irma Hernández Bolaños (Consejera Decana)
Para entretener:
-Drácula (Bram Stocker)
-El perfume (Patrick Süskind)
-El retrato de Dorian Grey (Oscar Wilde)
-Fausto (J. W. Goethe)
-Doce cuentos peregrinos (Gabriel García Márquez)
-El amante de lady Chatterley (D. H. Lawrence)
-Un mundo feliz (Aldous Huxley)
-El gran Gatsby (F. Scott Fitzgerald)
-El último Catón (Matilde Asensi)
-La historiadora (Elizabeth Kostova)
Para admirar:
-Comunidades imaginadas (Benedict Anderson)
-La evolución política del pueblo imaginado (Justo Sierra)
-Los hombres que disperso la danza (Andrés Henestrosa)
-Juárez bajo el pincel de la oposición (AA. VV.)
(…y muchos, muchos, más.)
-Laura Cabrera (Consejera Decana)
1. Ernesto Sabato. Sobre héroes y tumbas.
2. Ernesto Sabato. Abaddón el exterminador.
3. Javier Marías. Vida del fantasma.
4. Juan Benet. Volverás a Región.
5. Jorge Ibargüengoitia. Los relámpagos de agosto.
6. Gabriel García Márquez. Cien años de soledad.
7. Víctor Hugo. Los miserables.
8. José Saramago. El hombre duplicado.
9. José Donoso. Donde van a morir los elefantes.
10. Balzac. La tragedia humana.
11. Carlos Fuentes. La región más transparente.
12. Mario Benedetti. Buzón de tiempo.
13. Mario Benedetti. La tregua.
14. Lewis Carroll. Alicia en el país de las maravillas.
15. Fernando Vallejo. La virgen de los sicarios.
16. Elena Garro. Los recuerdos del porvenir.
17. Miguel Delibes. Cinco horas con Mario.
18. Herman Hesse. Demian.
19. Borges. El Aleph.
20. Eliseo Alberto. La eternidad por fin comienza un lunes.
21. Eugenio Aguirre. Gonzalo Guerrero.
22. Laura Restrepo. Delirio.
23. Eduardo Mendoza. El último trayecto de Horacio Dos.
24. Fernando Vallejo. El desbarrancadero.
25. Rosa Montero. La loca de la casa.
-Eleutheria Lekona (Consejera Corresponsal)
1. Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del Espejo de Lewis Carroll. Los considero un solo libro, porque –de hecho- vienen en combo; compras uno y ya tienes el otro. Es un libro estupendo en la tradición del nonsense inglés, repleto de argumentos absurdos en una lógica impecable que, además, nos remite al amable mundo de los niños.
2. Ariel de Sylvia Plath. En los cantos de Sylvia Plath encuentro ecos de mi propia voz. Celestial voz femenina, personal mirada de concebir el mundo, de matizarlo y hacerlo inmensamente singular y, al mismo tiempo hermoso a pesar de la acechante muerte. Eso es Sylvia Plath.
3. Boquitas Pintadas. Manuel Puig. Creo que este es un libro fascinante de entre la literatura argentina. El título en sí mismo es digno de aparecer en cualquier Biblioteca Virtual.
4. La Broma, Milan Kundera. Este libro para mí fue un descubrimiento: como literatura, como pensamiento absoluto que se yergue frente al mío todavía inexperto, como el encuentro con lo europeo y el encuentro con la nostalgia, con la música, con el indiscutible arte literario.
5. Cartas a un joven poeta, Rainer Maria Rilke. Lo incluyo porque nadie como Rilke para, pretextando poesía, abarcar lo que le es esencial al hombre en un texto tan corto.
6. Las Ciudades Invisibles de Italo Calvino. No sólo porque es esencial a los arquitectos, sino a todos aquellos que amamos las más exóticas y laberínticas formas capaces de ser imaginadas. Definitivamente, de no haber escrito Calvino este texto, algún otro loco lo hubiera escrito y –me atrevería a decir- con un abanico de ciudades aún más variado.
7. La Condesa Sangrienta, Alejandra Pizarnik. Además de que cuenta con epigramas estupendos, es un extracto de la tradición literaria que engloba tanto a Samuel Taylor Coleridge, Joseph Sheridan Le Fanu con su Carmilla, Lautremont, Gautier, Stoker, Valentine Penrose, Sade y todo cuanto amante del sadismo y de la perversión hay en el mundo. Un libro exquisito.
8. Crimen y Castigo, Fiódor Dostoyevski. Por el Raskolnikov que todos llevamos dentro aun cuando, incluso, algunos lo ignoran. Yo a Raskolnikov le reconocí de inmediato, como reflejo mío y de una sociedad absolutamente tanatoide.
9. Cuentos, crónicas y ensayos, de Manuel Gutiérrez Nájera. Otro pequeño cruel. Relatos amargos y románticos, atisbando siempre presagios y precisas maneras de decir las cosas. Y todo eso lo hace aún más magnificente cuando descubres que se trata del universo de un mexicano del siglo XIX hundido hasta las cachas en un romanticismo finisecular tardío.
10. Ejercicios de Admiración y otros textos, Emil Mihal Cioran. Cada uno de los textos anunciados en el título constituye un delirante encuentro con lo más lúcido de la mente de un hombre que lo fue siempre. Allí, incluso, yace el texto más lírico que haya escrito este hombre del que siempre se sospechó amor.
11. Eureka, Edgar Allan Poe. A veces, quizá en medio de la euforia, me he atrevido a pensar que no ha habido hombre más erudito que Edgar Allan Poe sobre la faz de la Tierra. Ni siquiera Borges logra escudriñar la sucesión de las cosas como este miserable hombre que, sin embargo, nos legó historias fantásticas entretejidas con verdades ineludibles. Eureka recoge bastante del pensamiento científico-racional de aquella época: esa sed del hombre por lograr asertos. Un tratado a la vez gnoseológico y cosmológico a través de un recorrido en la evolución del conocimiento como actitud y aptitud en el hombre; empezando con los griegos y su simbolismo-misticismo, pasando por Euclides, Kepler hasta llegar al positivismo, esa verbalización del pensamiento científico.
12. Las Flores del Mal, Charles Baudelaire. Tal vez porque es el poeta de lo que, con él, se nos ha insistido en llamar malditos (sin quitarle créditos a Verlaine).
13. Frankenstein, Mary Shelley. Este libro es una obra que expone con una terrible y devastadora humildad las grandes contradicciones de la naturaleza humana. Más allá de lo inocentes que puedan ser algunas situaciones –como que Víctor Frankenstein deje a la recién consorte sola y disponible al monstruo infernal- las cavilaciones del monstruo junto con las descripciones de los paisajes son dignas de páginas inmortales en mi mente.
14. Lestat, Anne Rice. Aun a sabiendas de que la inclusión de este título en mi lista, resta mis probabilidades de ser ganadora de uno de tus tesoros, lo incluyo sin miramientos porque es mi best seller favorito.
15. El Lobo estepario, Hermman Hesse. Hallazgo capital que dejó en mí, en simiente, la conciencia de que la existencia, aun siendo ruinosa, encuentra bríos y satisfacción en tal ruindad. El relato de Hesse es un viejo risco del cual es posible saltar al fondo del mar. Para mí, es una obra fundamental en la tradición del existencialismo.
16. Matemáticas e Imaginación, Vols. I y II, Kesner, Newman. Si no hay un libro de matemáticas en una biblioteca, se corre el riesgo de que cuando se acabe el mundo y lleguen los extraterrestres no se sepa de qué éramos capaces los humanos ;-) Ya en serio, recoge varios de los tópicos más apasionantes de las Matemáticas: topología, curvas fractales, geometrías no euclidianas, números trascendentes (π, e, etc.), cambio y mutabilidad (cálculo para los colegas) y la más hermosa de todas las teorías abstractas: los números transfinitos de Georg Cantor y con ello, el arribo de una teoría que le vino a dar, de una vez por todos, rigor a todo aparato matemático, sí, la teoría de conjuntos.
17. Mihailo, Dolores Palá. El sucedáneo obligado de Cumbres borrascosas de E. Brönte cuando el mundo se me antoja lejano, gris, mutable. Entonces tomo esa novela que es de amor y tras la lectura, el mundo se me confirma como algo lejano, gris, mutable.
18. Mujer que sabe latín, Rosario Castellanos. Porque si de ensayistas se trata, coloco a esta escritora junto a Paz, Revueltas, Sontag, Montaigne, Heidegger y todo cuanto filósofo me pongan enfrente. Si como dice el prólogo al libro de Elizondo, el ensayo tiene como implícita misión el suministrarnos de concepciones inteligentes, basta con estos ensayos para comprender qué es la inteligencia.
19. El Origen de la Tragedia, F. W. Nietzsche. No me he cansado de decirlo, todo el desarrollo posterior de la filosofía Nietzscheana se atisba, en embrión, en este texto y qué mejor forma de anunciarla que a través del arte.
20. El Principito. Antoine de Saint-Exúpery. Oh, el más bello de todos los libros. Porque en él, es cierto, yace el ser de un niño.
21. Religión y Ciencia, Bertrand Russell. De entrada, en mi biblioteca personal no puede faltar una obra de uno que es uno de mis grandes personajes: Bertrand Russell, filósofo y matemático, egresado de Cambridge y perteneciente al círculo vienés, amante de la heráldica, el mar y las matemáticas (¿puede uno amar algo más en esta vida?) y, por si fuera poco, heredero de la tradición ensayista inglesa; me refiero a John Locke y David Hume. Poseedor de una mente absolutamente lógica y racional como para exponer argumentos a prueba de la antítesis más férrea. Y este ensayo, “Religión y Ciencia”, buena falta le hace a las generaciones actuales que, ávidas de espiritualidad y fe, andan queriendo casarse con las falaces doctrinas de las corrientes nuevarenses. Hace falta abogar por el juicio racional y entender la evolución e historia de la religión frente a la ciencia y, viceversa.
22. El Silmarillion, Tolkien. Después de todo, le agradezco a Peter Jackson popularizar un hallazgo que, de hecho, le pertenece a este hombre sin mote, llamado Jorge Luis Borges. Narraciones etéreas de una mente reservada.
23. Sobre la teoría de la relatividad especial y general, Albert Einstein. Es una obra capital del pensamiento. Se trata de entender, en palabras de Albert Einstein, que su teoría de la relatividad general –sí, esa que se vale de las geometrías no euclidianas- demuestra que el espacio es curvo. ¡¡¡Nos está diciendo cuál es la forma de nuestro Universo!!!
24. El Tambor de Hojalata, Günter Grass. La novela contemporánea, el personaje enrarecido, la prosa soberbia, la historia alemana, el tono sardónico. Óscar Matzerath Bronski, inmortal entre los inmortales.
25. Werther (y no "Las cuitas del joven Werther", a fin de que no se quede sola la W), J. W. Goethe. Por Dios, éste es todo el romanticismo expuesto por una de los pocos espíritus no dionisíacos; el romanticismo que algún día destiló la pluma clasicista de Goethe en una narración que le pertenece indiscutiblemente.
-Ulises Velázquez (Presidente Vitalicio de la N.R.B.)
1. El principito (Antoine de Saint-Exupéry) El primero que leí y el primero al que vuelvo. Tratar de explicarlo, sería pecar de exageración.
2. Enseres para sobrevivir en la ciudad (Vicente Quirarte) El perfecto manual para el escritor en ciernes.
3. Los tambores de Calderón (Jean Meyer) De cómo la Historia y la novela se hacen una para contar una historia.
4. Sostiene Pereira (Antonio Tabucchi) El compromiso toral, antes que con las palabras, con los sentimientos.
5. El cartero de Neruda (Antonio Skármeta) El aprendizaje de la poesía y de la vida en una misma circunstancia.
6. Del inconveniente de haber nacido (E. M. Cioran) El desconcierto del mundo visto a través de una mirada sardónica y avinagrada.
7. Mexicanos eminentes (Enrique Krauze) Una galería de figuras preponderantes en la historia mexicana.
8. Los pegasos de la memoria (Beatriz Escalante) De cómo la invención se une con la intención, es decir, ensayos que apelan a la inteligencia del lector.
9. Cultura y política en el México posrevolucionario (Javier Garciadiego) La historia cultural de un México a cuya prosapia rinde la más sincera pleitesía.
10. Toda la saga de Maqroll el gaviero (Álvaro Mutis) Tanto en poesía como en novela, vivir y sufrir con Maqroll el gaviero es un breviario de enseñanzas y es un largo aprendizaje por los senderos de la vida.

miércoles, 16 de abril de 2008

Jean Meyer visita la FES-Acatlán

Después de casi tres años de labor de convencimiento y de algunos gratos encuentros tanto en la Academia Mexicana de la Historia como en la Biblioteca Lerdo de Tejada, la visita del historiador franco-mexicano Jean Meyer a nuestra FES-Acatlán (UNAM) ya es toda una realidad. El pretexto idóneo: impartir la conferencia magistral La Cristiada, ¿ochenta años después?
Cerca de las 12 p.m de hoy, don Jean llegó a tierras acatlecas acompañado por su colega y amiga Martha Loyo, investigadora en este peculiar campus. Meyer llevaba consigo una maleta de viaje, repleta de cuadernillos sobre la Cristiada en México, y por ejemplares de la revista Istor, publicada por la División de Historia del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) donde es profesor-investigador; mismos que puso a disposición del público asistente.
Alrededor de las 12:15, Meyer comenzó su conferencia magistral, la cual tuvo como sustento gráfico una serie de fotografías que fue explicando detenidamente a medida que el aparato de power point lo permitía. De entre todas las fotografías, destacaban algunas donde se ponía de manifiesto la religiosidad del pueblo que estuvo dentro del movimiento cristero. Además, aprovechando la logística del momento, compartió con el público asistente una grabación de un sobreviviente de la Cristiada. (Cabe notar que, aunque la grabación original se hizo en cinta de carrete, su traslado a formato digital permitió mayor fidelidad al sonido.) Entre explicaciones fotográficas y el testimonio grabado de uno de sus informantes, transcurrieron las dos horas programadas para el desarrollo de la conferencia. Al final de ésta, el espacio dedicado para responder preguntas del público, no se hizo esperar. (Y con una moderadora de lujo como Rosalía Velázquez Estrada, ¡¡mejor aún!!) De entre todas las preguntas hechas al Dr. Meyer, destaca la intervención del Dr. Raymundo Ramos, quien además de felicitarlo por tan genial conferencia, compartió con él su simpatía por la literatura cristera, ante lo cual, Meyer le confió una anécdota de Juan Rulfo, quien le ayudó mucho cuando don Jean se lanzó al estudio del movimiento cristero. Luego de semejantes preguntas -con sus edificantes respuestas, claro está-, concluyó la conferencia, para dar paso a la firma de libros y cuadernillos del público.
Después de las 3 p.m, el comité organizador llevó a Meyer a comer a un restaurante cerca de allí. El Dr. Guillermo González Rivera, coordinador de Posgrado; Martha Loyo, Rosalía Velázquez, Pilar Barroso, jefa de la sección de Historia; y un servidor convivimos con él durante varias horas, en las cuales se habló de todo: historia, política, memorias familiares, literatura, etc., muy bien acompañado por un exquisito menú gourmet-gourmand, que encantó a todos. Cerca de las 5:30 p.m, el Dr. González emprendió la retirada, debido a sus ocupaciones administrativas. Y como número final, durante la hora del postre, Rosalía y quien escribe ofrendamos nuestra admiración obsequiándole nuestros trabajos: ella, su México en la mirada de John Kenneth Turner (libro que dictaminó Martha Loyo, por cierto), y un servidor, su artículo sobre Andrés Iduarte, publicado en el #93 de El Búho. Agradeció tan singular y sincero gesto de ambos y, junto con Martha, emprendió el camino de regreso a casa. Me despedí de él con la esperanza de (re) encontrarnos en la Academia Mexicana de la Historia, donde comenzó esta historia. (En septiembre, cuando la ceremonia de ingreso de Javier Garciadiego, seguramente.)
Y ¿cuándo vendrá nuevamente a estos lares? Seguro en 2010, pero eso es punto y aparte, ¿no es así, Martha y Rosalía?
Merci beaucoup, don Jean!!!