miércoles, 15 de marzo de 2017

Breve apunte sobre tres contemporáneos


Ulises Velázquez Gil

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En alguna ocasión, una joven y talentosa colega me lanzó a quemarropa una sentencia devastadora por franca y acertada: “el solo hecho de que leas a tus contemporáneos es un gesto profundamente generoso”. Y no es para menos, puesto que la convivencia constante con y hacia ellos, me lleva a interesarme por las empresas y las tribulaciones que los llevan a tomar la pluma.

Recordé aquellas palabras cuando llegaron a mis manos los primeros libros de tres jóvenes escritores, cuya incipiente trayectoria se presiente pródiga en sorpresas y talento desmedido, donde ya se evidencia la logística posterior de su carrera en las letras.

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Con un marcado dominio de la forma poética, Deniss Guerra nos presenta en Llanto sin voz nueve poemas y dos relatos donde se evidencian sus inquietudes, la manera en cómo mira el tiempo y las cosas que hacen una ronda en torno suyo, siempre en aras de ganarle al silencio en diversas batallas: Los grandes poemas se dan a cuenta gotas/ en pocas lenguas/ y en muchos menos corazones,/ he allí que la tinta lírica/ y el amor/ no se deben dejar al destino (“Cuenta gotas”).

Consciente de que todo destino termina por contraponerse, la poética de Deniss Guerra no cesa de abrir senderos ni de suscribir dudas (que después de todo develan su milagro y permanencia), y se bate a duelo con el papel, sobre todo, con la escritura. Soy amante de las letras/ no soy dueña, las poseo […] las tomo de nuevo a veces con rabia/ odiando tu silencio, […] (“Ambivalencia”).

En poemas como “Copla de letras secas” y “Semillas de algodón” se halla eco de las Canciones para cantar en las barcas de José Gorostiza (también de poetas ultramarinos como Rafael Alberti y acaso Federico García Lorca, si me corretean un poco); en aras de jugar con el tiempo, se escribe poesía, primordialmente, para ser libre con la vida.

Si en buena parte de sus poemas se delata otro mar (inasible e inmenso, según lo permita la corriente), en los dos relatos incluidos se revelan intuición y experiencia. Para el primer caso, baste un botón: […] El tesoro del desierto es uno de los más anhelados dentro del universo, casi imposible de encontrar pues las adversidades de su escondite limitan las posibilidades de los aventureros a casi ninguna sobre ninguna. Pero allí me encontraba en contadas ocasiones, con caminares pesados y pasos que se hundían en las arenas, con el sol que daba de lleno en mi cara, en mi cuerpo, en realidad me daba de lleno hasta el corazón, deshidratando cada centímetro de mi ser, mientras luchaba contra el mar inmenso de arena y soledad. (“Sabanosos desiertos”). Mientras que, para el segundo caso: Jamás aprobé el curso de mecanografía. Este mundo moderno no necesita más que dos dedos, pulgar izquierdo y pulgar derecho, el resto se vuelven innecesarios en el ejercicio de escribir […] En realidad tomé el curso por una razón: mi editor constantemente me pedía trabajos mensuales para tal o cual revista […] y su brillante frase para animar siempre antes de colgar el teléfono era, “fluye al escribir, déjate fluir” (“Fluye”).

Juntas, intuición y experiencia, componen el engranaje de la técnica, que lleva a la autora hacia otros lares susceptibles de guardar entre el papel y la tinta.)

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Donde brilla más la intuición (pesando paulatinamente en experiencia) es en el Bestiario de las siete creaturas soñadas de Alejandro Rodríguez Castillo, breve volumen de relatos, destellantes de originalidad en cuanto a la descripción de los seres allí conjuntos, ceñidos a una prosa clara y concisa, que lo vuelve más cercanos para quien los lea por vez primera. En medio del camino nocturno me hallé en el bosque de mis sueños, m mente estaba perdida. ¡Cuántas cosas no vi entre ramas torcidas, hojas enormes, tierra casi hecha de agua y un cielo de colores fríos! Un camino surrealista. Sé que están cerca. Las veo. Las escucho. Si ELLOS supieran… están atrás de sus ojos; mas no se atreven… no se atreven… no…

Una tradición milenaria, la confección de bestiarios, encuentra en Alejandro Rodríguez Castillo a uno de sus nuevos exponentes; la brevedad de este libro no es impedimento alguno para que estos siete relatos (dos de ellos, dedicados a las aves) nos sumerjan en el vértigo de sus descripciones, en aras de experimentar el prodigio de su presencia, tal y como sucedió frente a “La Amulieris”: […] La vi cerca de un lago, tirada en el suelo, una figura casi humana descansaba entre la hierba. […] A los pocos segundos fue imposible controlarme, no veía otra cosa que sus ojos de noche perfecta, iris de gerbera azulada, un abismo celeste.

(Pavor, sí, pero también encantamiento, son las reacciones sucedáneas al momento del encuentro; sin embargo, su atmósfera no se pinta de horror, sino de maravilla y prodigio al ser testigo de ello, donde invención e intención cambian de lugar, y pese a que el desconcierto sea el móvil a seguir.)

En manos del autor todo puede suceder, incluso el vértigo de la incertidumbre, a combatir, o al menos dispersar con el siguiente conjuro que Rodríguez Castillo pone frente a nosotros desde la primera página: Yo lo haré. Les diré quiénes son. Será mi pluma, No dejan de hablar. Será mi lápiz.

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Uno de los territorios más susceptibles de incursionar en la literatura, sin duda, es el ensayo, hoy en día, bajo la tiranía del paper académico, dejando muy de lado el prístino espíritu con que naciera hace medio milenio con Montaigne como su primer impulsor. Para fortuna nuestra, en la actualidad goza de cabal salud, dispuesto para el tratamiento de cualquier tema.

En ese empeño, Laura Sofía Rivero Cisneros compone sus Retóricas del presente, siete ensayos cuya finalidad, aparte de exponer sus lecturas del tiempo presente, propone otra manera de acercarse a objetos y situaciones, sin picarse de excesiva erudición o de valerse de “datos duros” como una muralla infranqueable. Mejor dicho, ve al ensayo como un lugar donde las ideas, por muy sonadas y sencillas que sean, permitan decir de otro modo lo mismo.

En “El coloide de los géneros”, nos expresa su visión particular acerca del ensayo; si Alfonso Reyes lo denominó “centauro de los géneros”, para la autora Los géneros parecen estados de la materia: sólido, líquido y gaseoso. El esqueleto argumentativo del ensayo lo convierte en una suspensión parecida al coloide. La elasticidad de su escritura abarca distintas formas, pero sus límites lo mantienen cohesionado […] Por una parte, el ensayo puede tener el rigor del método científico y el sello de la Academia. Por otra, se desborda como el comentario personal que traza su propio camino.

Gracias a esa elasticidad, podemos encontrar originales perspectivas sobre los vecinos, la utilidad de las velas, o del baño como cómplice de la lectura. Temas que, en apariencia, son indisociables de la charla de sobremesa o de la mayéutica del transporte público, los ensayos de Rivero Cisneros, donde quiera se vea, nos pintan de cuerpo entero; quede esto demostrado en su “Elogio a los vecinos”: El vecino es un ser incómodo por naturaleza, basurita en el ojo, etiqueta irritante de la ropa nueva. Sin embargo, existen algunos que por convencimiento abandonan cualquier intento de concordia para tomar el puesto del villano más popular en el condominio. Ellos aceptan el reto de hundir con empeño su reputación, se nombran a sí mismos los líderes de los altercados más fatuos y de las rivalidades más absurdas.

(Paréntesis aparte: una vez que leí el ensayo de marras, recordé una emisión de un programa de tevé, En su tinta, donde Juan José Arreola, Jaime Sabines y Eraclio Zepeda, coordinados por Alejandro Aura, hablaban de distintos temas tomados al azar de un vitrolero. Uno de aquellos temas, precisamente, era “los vecinos”, en cuyas respuestas predominaba el buen proceder de ellos, a pesar de las diferencias. Pero como no es lo mismo Los tres mosqueteros que Veinte años después, sigamos adelante...)

“Retórica de infomercial”, ensayo crítico y punzante, es donde mejor se evidencia el predominio televisivo sobre los sucesos y los actos de la gente, empezando por la dichosa campaña de leer veinte minutos al día, cuyos portavoces, representantes del star system, toman un libro con la misma gracia de un danés agarrando un taco. Para los famosos de televisión sus lecturas diarias se limitan a las etiquetas de los comestibles donde buscan las calorías, los azúcares y carbohidratos. No obstante, con una sonrisa entumecida y tensa, afirman sin desparpajos que los libros son divertidos, propician la imaginación ilimitada y nos hacen viajar sin movernos de nuestro confortable asiento. Así, durante un minuto con escasos segundos agolpan y comprimen la sustancia de la hipérbole a su estado más puro y salvaje.

Dentro de Retóricas del presente hay dos elementos ineludibles por acertados: la coherencia en la exposición de las ideas y el desenfadado estilo en la prosa que hace muy cercanos estos temas al lector. Si algo habría de reclamársele a la autora es la parquedad en cuanto al número de ensayos; sin embargo, el tiempo habrá de obsequiarle nuevos sucesos y objetos hacia donde aplicar su ojo crítico mediante el ensayo. (Claro, con su debida lectura una vez que estén en nuestras manos.)

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Realizada ya la lectura de estas tres obras, no ceso de suscribir las palabras con que inicié estos apuntes; a título personal, no es un deber acercarme a mis contemporáneos, sino un privilegio inmenso, porque sé a cabalidad que, en el panorama actual de las letras mexicanas, una preclara sentencia de Alfonso Reyes, “Todo lo sabemos entre todos”, nos obsequia innumerables oportunidades para seguir ganando batallas a pesar de todo.

            Sobre el quehacer de quienes habrán de transitar por el ancho y ajeno mundo de la escritura, bien vale tomar en cuenta lo que Guillermo Prieto expresó en sus Cuadros de costumbres: “Donde el joven que se lanza a una nueva vía, por mal que lo haga, puede ponerse frente a frente a sus críticos y preguntarles: ¿quién lo hace mejor? ¿Cuál es la herencia que nos legaron nuestros mayores? ¿Qué han hecho esos hombres que sólo murmuran y se llaman a sí mismos los luminares de la nación”.

Desde ahora, confirmo con orgullo saberme colega de tres talentosos e inteligentes colegas, de quienes ya espero con gusto su siguiente libro, al que sabré corresponder con mi generosa lectura. Mi más profunda admiración y el agradecido gesto de un contemporáneo discrónico.

-Deniss Guerra. Llanto sin voz. México, Runa editores, 2015 (Vindrland, 1/5).

-Alejandro Rodríguez Castillo. Bestiario de las siete creaturas soñadas. Ilustraciones de Manuel Guerrero. México, El Nido del Fénix, 2016.

-Laura Sofía Rivero Cisneros. Retóricas del presente, en: Premio Dolores Castro 2016. Poesía, Narrativa y Ensayo escrito por mujeres. Aguascalientes, México, Instituto Municipal Aguascalense para la Cultura, 2016. 


(4/enero/2017)

miércoles, 1 de marzo de 2017

Narrar la memoria

Ulises Velázquez Gil

En el portentoso prólogo de Memorias y autobiografías de escritores mexicanos, antología publicada en la Biblioteca del Estudiante Universitario de la UNAM, Raymundo Ramos nos lanza una sentencia tan certera como incendiaria: Recordar es un arte difícil. Para quienes hacen de la memoria una extensión de la vida y de las letras, lo más difícil no es contar las cosas cómo fueron ni como se recuerdan, sino serle fiel al suceso vivido, cosa que hoy en día no consiguen (ni por tantito) autobiografías complacientes ni testimoniales bisoños.
Sin embargo, de entre toda esa palabrería vuelta estrategia de mercado, autobombo, o signo de los tiempos (imagínense por qué), viene a mi mente una frase latosa cuando de tomar a la memoria como escudo de armas se trata: Yo sólo soy memoria y la memoria que de mí se tenga, proveniente de una de las más grandes novelas mexicanas del siglo XX: Los recuerdos del porvenir de Elena Garro.
Conocida como narradora (La semana de colores, Andamos huyendo Lola, Los recuerdos del porvenir) y dramaturga (Un hogar sólido, El árbol, Felipe Ángeles), a Elena Garro (1916-1998) no le eran ajenos otros géneros, como la poesía (recientemente reunida y publicada bajo el cuidado de Patricia Rosas Lopátegui), el periodismo (entrevistas y reportajes a diestra y siniestra) y el ejercicio memorialista, es decir, su incursión en el campo donde lo difícil no es recordar, sino serle fiel al recuerdo.
En la segunda mitad de los años 30, en México, varios escritores y artistas agrupados en la Liga de Escritores Antifascistas Revolucionarios (LEAR) fijaron su mirada hacia España, en aras de ofrendarle su talento y su pasión a favor de una empresa de buenas razones y muchos amores llamada Segunda República Española, en ese momento endeble por la guerra civil donde los bandos republicano, fascista y monárquico se arrebataban el porvenir del país. Ante ello, voluntarios de diversas partes del mundo (agrupados en las llamadas Brigadas Internacionales) se integraron al frente republicano para reforzar sus defensas. Y aunque fue notable la participación en el ámbito bélico, digno también es de resaltar la participación en el campo intelectual y artístico, tal y como lo demostraron los representantes mexicanos de la LEAR, como Juan de la Cabada, Silvestre Revueltas, Fernando Gamboa, David Alfaro Siqueiros, y dos jóvenes de talento explosivo: Octavio Paz y Elena Garro.
De prosapia ibérica por vía paterna, Elena Garro encontró en la España de la guerra civil tanto personajes interesantes como sucesos inusitados, de los que da fe en un señero volumen llamado Memorias de España 1937 (México, Siglo XXI, 1992), hasta el momento el único de sus libros dedicado exclusivamente al ejercicio de la memoria. (Más lo que se acumule en aquel baúl con esencia felina resguardado por la Universidad de Princeton.)
Conformado por dieciocho capítulos, Elena Garro nos comparte su experiencia y sus andanzas por Madrid, Valencia… y el campo de batalla. En aquellos días yo era menor de edad, en España había una guerra civil y en México se daban de bofetadas en la calle los partidarios de uno y otro bando. Los mexicanos acudían a la embajada española para enrolarse en el ejército español. “Sí, sí, pero ¿en cuál bando?”, preguntaban los funcionarios. “En cualquiera, lo que quiero es ir a matar gachupines”, contestaban. Al menos eso se decía… […]
En ese momento, una joven cuya vida se repartía entre la danza contemporánea, el teatro y una inmensa (e intensa) pasión por la lectura, no sabría el giro que habría de dar su vida en ese atribulado 1937 en España. El viaje a España fue feliz. Yo, sin saber cómo ni por qué, iba a un Congreso de Intelectuales Antifascistas, aunque yo no era anti nada, ni intelectual tampoco, sólo era estudiante y coreógrafa universitaria. El barco inglés “Empress of Britain” era imponente y el capitán me mandó flores a la mesa, porque Nicolás Guillén y Juan Marinello hicieron correr la broma de que yo era una estrella rusa de ballet, que viajaba de incógnito. “La Pacecita tiene madera de artista”, decía Juan Marinello, a quien yo, por majadera, llamaba Juan Martinelo, pues siempre hablaba de Martí…
Estrella rusa del ballet, inglesa de cascos ligeros, ¡agente secreto, estilo Mata Hari!... Por epítetos y adjetivos, no paraban sus compañeros, y de cierta forma le “ayudaban” a conseguir cigarros Lucky Strike, o al menos un trato menos difícil cuando se vivía a salto de mata.
Pese a las circunstancias que le rodeaban, es decir, con la política como el pan de todos los días, para Elena su viaje a España fue una enorme oportunidad para ir más allá del charco atlántico, donde París, Francia, le era más interesante que la causa republicana enarbolada por sus coetáneos, como los cubanos arriba mencionados y un Alejo Carpentier tan lejos de Cuba y tan cerca de los Campos Elíseos, a los que les augura un mal destino andando el tiempo.
Una característica de la obra elengarriana, según Emmanuel Carballo, es la inclusión de personajes reales en su narrativa, a guisa de homenaje, o para consumar una vendetta literaria. (En Los recuerdos del porvenir se pueden encontrar ambas: por un lado, Ixtepec, pueblo donde se desarrolla la novela, remite a la Iguala de su infancia, y por el otro, convierte en boticario al poeta y traductor español Tomás Segovia. Un cuento de La semana de colores está protagonizado por Eva y Leli, a primera vista, Elena y su hermana Devaki cuando eran niñas.)
Dentro de los linderos de la memoria, los personajes reales aparecen sin filtro, es decir, tal y como se dejaron ir en el tiempo. De los más entrañables que aparecen en Memorias de España, están el narrador campechano Juan de la Cabada y los poetas españoles León Felipe y Luis Cernuda, de quien tenemos la siguiente estampa: En Valencia, cuando me escapaba a la playa, veía todos los días a un inglés tendido sobre una toalla blanca y con un bañador azul. […] No fue él quien me dirigió la palabra, fui yo: “¿Usted es inglés?” “No, soy español.” “Pues tiene un color más bonito que el mío”, dije. “Es que hace más tiempo que vengo a la playa”, contestó. “Yo casi no puedo venir. Estoy casada con un poeta y a esa gente no le gusta el deporte…”, dije. El joven rubio enrojeció aún más: “Yo también soy poeta, me llamo Luis Cernuda”, dijo. Casi no supe que decir, pero vi que era verdad que Concha Albornoz era su única amiga. Concretamente, con Juan de la Cabada logra una fuerte amistad mientras transcurre el viaje por España; además de “vigilarlo” por encargo de los “camaradas” para que escribiera su “Taurino López” (uno de sus mejores cuentos), con De la Cabada improvisaba romances jocosos para que el trayecto hacia otros frentes fuera menos pesado. Y qué decir de León Felipe, cuya mirada no cesaba de sorprender a Elena. (Seguro que ya presentía el carácter melancólico de su ulterior poesía…)
-¿Qué pasa, León Felipe?
-Me duele España, chiquilla, me duele…
También a mí me dolía.
(Esa dolencia persistió tres décadas después, como transterrado, en la tierra natal de su colega más joven.)
Así como en varias páginas de Memorias de España Elena Garro expresa (y critica) la pasión política y el fervor por defender a una nación desvalida, también aparecen claras muestras de solidaridad con los suyos, como Silvestre Revueltas, más dejado a su suerte que ella, donde el alcohol y la presión de los “camaradas” para componer su México en España (himno de los combatientes mexicanos en el frente de batalla), fueron dos factores que delimitaban su infortunio. Cuando Elena le muestra las dos capas que compró con el dinero que le diera Paco Picos, un amigo de Madrid, Revueltas le pide que le preste una para cuando éste diera un gran concierto en México; Elena ofreció obsequiársela llegado el momento. ¡Pobrecito Revueltas!, para él no hubo milagros. En México, cuando iba estrenar El renacuajo paseador mi capa no le sirvió de nada, pues la noche del estreno se murió de pulmonía. ¡Así es la vida! Él, el artista más pobre, que no tuvo ni para comprarse un abrigo en España, por lo que armé un escándalo con los compañeros cuando propuse que cotizáramos todos para comprárselo, tuvo en su entierro coronas de gran lujo.  Con la mitad de una se hubiera podido comprar un abrigo magnífico en Madrid. Ante su tumba abierta estaban todos los intelectuales que nunca le resolvieron sus problemas, excepto Juan de la Cabada.
Una peculiaridad primordial de Memorias de España 1937: decir las cosas por su nombre. Ante la muerte de Revueltas, ella se indigna por la poca consideración de sus colegas hacia el compositor, y páginas sobran donde Elena crítica la poca congruencia de los intelectuales hacia sus propios colegas. (En ese sentido, hubiera tenido en José Revueltas, hermano de Silvestre, a un afortunado aliado en esos empeños, pero la política de su tiempo encerró a uno y expulsó a otra.)
Dentro de la obra de Elena Garro, ¿qué lugar ocupa Memorias de España 1937? Frente a sus “hermanas” novela, cuento, nouvelle y poesía, el ejercicio memorialista entrega nombres y apellidos reales, sin que el tamiz de la ficción les otorgue otro brillo. Aquí Elena no se anda por las ramas en cuanto a homenajes y vendettas, sino que al retratar a sus contemporáneos, los justiprecia mejor. De la Cabada, Revueltas, León Felipe y Cernuda, genios en estado puro; Siqueiros, Alberti, Paz, destellantes e incendiarios. Sobre este último: Los mexicanos siempre compadecieron a Paz por haberse casado conmigo. ¡Su elección fue fatídica! Me consuela saber que está vivo y goza de buena salud, reputación y gloria merecida, a pesar de su grave error de juventud. (Por todas las peripecias que les tocó en suerte vivir, su vida sería algo más que una novela… eso creo.)
Frente a libros como Paños menores de Gerardo Deniz y el díptico memorialista de Andrés Iduarte, Un niño en la Revolución mexicana y El mundo sonriente, Memorias de España 1937 sobresale por una prosa sin concesiones, donde cada nombre (presencia, diríase) busca su lugar correspondiente dentro de la historia (con y sin mayúscula inicial). Muchos de los personajes (todos, inclusive) aparecen allí con defectos y virtudes, y eso los vuelve interesantes a nuestros ojos (porque los integérrimos, como decía Javier Garciadiego, no nos interesan para nada).
Con todo, y en pleno fervor centenario (que para Elena Garro viene a ser una indispensable redención), parafraseo a Jorge F. Hernández al decir que hoy debe nacer el próximo lector de Elena Garro; uno al que le queden guangos todos los prejuicios, y se quede con la obra, sin más ni más, porque, después de todo, para narrar la memoria siempre habrá ocasión, porque si el acto de recordar sigue siendo un arte difícil, una vida como la de Elena Garro por sí sola sobrepasa ese paradigma. (Sin duda alguna.)

[Versión ligeramente modificada del texto leído en la mesa redonda Elena Garro: El despliegue de una partícula revoltosa, el 27 de septiembre de 2016 en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán.]
(28/septiembre/2016)