lunes, 16 de diciembre de 2013

Una experiencia tecnológica

Ulises Velázquez Gil

El sabio árabe Averroes dijo alguna vez que “hay que ser innovadores en lo que a ciencia y a la tecnología, pero conservadores respecto de los asuntos de los hombres”. Ha pasado un milenio y la tecnología ya tiene sus horas de vuelo; igualmente la educación que, como asunto de la humanidad, sí que ha tenido su propio camino, pero cuando ambas se encuentran, es de esperarse grandes resultados, pero si lo restringimos al ámbito de las universidades, ¿qué podría pasar? ¿Esperamos el diluvio o el Apocalipsis?
Comunicólogo de primera y subsecuentes formaciones, Alejandro Byrd Orozco ha dedicado varios años de su vida en formar generaciones de comunicólogos: mientras conforma su panorama de trabajo, reforma el tortuoso trayecto que los condujo hasta las aulas y, claro, deformando por añadidura todo prejuicio adquirido y así dar lugar a un nuevo paradigma... Y, si se quiere, hasta un prejuicio nuevo, pero eso ya es asunto de los comunicólogos en germen. El punto de partida para conocer ese engranaje académico se encuentra en su libro Educación y tecnología en la UNAM.
A medida que pasa el tiempo, se ha vuelto de toral importancia la inclusión de las nuevas tecnologías dentro del campo académico, cuestión que hace necesaria, además de integrarse a la vida universitaria, su consabido campo de estudio; reconocemos, claro, que se trata de una empresa harto arriesgada, pero que requiere de nuestra atención.  
En el primer apartado, “Educación, sociedad y tecnología”, Byrd menciona que la tecnología todavía no se incorpora al terreno de juego y no es para menos: se piensa, no sabemos si con temor o escepticismo, que más que una (posible) herramienta, se vea como un elemento adverso, inclusive acomodaticio. Por un lado, se pondera a todas luces la misión educacional (sin importar tiempos, geografías y regímenes políticos), por el otro, se menciona la existencia de una enorme desigualdad en su aplicación, dentro y fuera de las escuelas. (Menciona como ejemplos del buen maridaje educación-tecnología, los esfuerzos emprendidos en el Massachusetts Institute of Technology, y por la Universidad de Wisconsin, de donde surge un concepto vital para nuestras intenciones: la transferencia tecnológica.) Una red bastante organizada que une a varias universidades respecto al fomento de una determinada investigación, generando un recíproco beneficio tanto social como tecnológico. Y aunque esto se antoje maravilloso, y a ratos, hasta utópico, cabe decir que no suele ser así en todas las universidades; algunas tienden a subir (se ajustan a los dictados del progreso) y otras suben a tender (se tornan reacias al desarrollo, con el temor de desviarse del camino andado). Si seguimos a Ikram Antaki: “El conservadurismo en la universidad es legendario. Raras veces ha sabido adaptarse a lo nuevo y su larga historia es la de una serie de oportunidades perdidas […] Perdió el tren de la técnica. No enarboló la bandera de la investigación científica”. Cuestión de enfoques.
En el segundo y tercer apartados, Byrd se interna por terrenos escabrosos, que de tan conocidos, se vuelven cotidianos. En este caso, la Universidad Nacional Autónoma de México entra en escena para contarnos su versión de la misa. Con una existencia centenaria, una autonomía de 80 años y el agigantado aumento de su matrícula en los últimos treinta, la UNAM experimenta varios procesos a favor suyo: la creación de las Escuelas Profesionales (hoy Facultades) a partir de 1974, y las funciones del Centro de Estudios sobre la Universidad (hoy Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación, IISUE). Dentro de la primera, digno es resaltar el desarrollo de la carrera de Periodismo y Comunicación Colectiva en la unidad Acatlán, mientras que en la segunda, dicho organismo se encarga de velar por los procesos educativos dentro, para y desde la universidad, incluyendo su interacción con la sociedad y, claro, con los instrumentos que ésta pone a nuestro alcance.
Respecto al desarrollo de la carrera de Comunicación (antes llamada Periodismo y Comunicación colectiva), Byrd pondera ante todo su naturaleza interdisciplinaria, donde agentes culturales y procesos de investigación se valen de varios instrumentos tecnológicos en pro de un conocimiento completo. Pero también pone a discusión el ámbito de Educación Distribuida por Tecnología, para que varios sectores universitarios (profesores y alumnos, en concreto) sepan cómo afrontarla y hasta emplearla para su beneficio mutuo, dentro y fuera del aula.
Para que esto logre llevarse a cabo de forma satisfactoria, en su apartado cuarto, Byrd hace mención de algunos tópicos en aras de ese buscado maridaje entre educación y nuevas tecnologías. Primero, debe resolverse que quien no esté apto para estos nuevos artefactos, no se vea marginado, sino en vías de adaptación; segundo, que los nuevos modelos de enseñanza deben recibir cambios y mejoras tanto del profesor y el alumno como de los propios medios a emplear, y como la tecnología es uno de ellos, el profesor se permite reproducir su móvil pedagógico y el alumno, desde luego, tenga una motivación autoformativa. Eso sí, ninguno de los dos debe adolecer ni exagerar en sus intenciones. (Y como en otra montaña, otro es el cantar, según reza un antiguo proverbio chino, cada alumno tiene necesidades diferentes.)
A la terna tradicional (material didáctico, acción docente y evaluación continua), se le unen, gracias al ámbito tecnológico, tres conceptos complementarios: biblioteca virtual, encuentros presenciales y relaciones sociales extraacadémicas, cuestiones que permiten que el proceso de aprendizaje persista, aun en el domicilio del educando. Bajita la mano, este tipo de procesos hacen que tiemble de frío el concepto de autonomía institucional, precisamente por la multiplicidad que permite dichos intercambios y que, supuestamente, atentan contra la estructura propia de cada institución educativa.
Respecto a la carrera de Comunicación (sobre la cual es enfático Alejandro Byrd en este libro), lo mismo ha producido gratas satisfacciones que lamentables desencantos; no abdiquemos antes de tiempo. El encuentro entre la tradición de las aulas y la posibilidad de incluir las nuevas tecnologías en su ser y hacer, no nos exime de hallar otras vías de investigación, de internarnos a fondo en la ingente labor de comunicarnos, y, por lo visto, no es tema del todo acabado. Hace treinta años, por ejemplo, la televisión tuvo cierta hegemonía y ahora sus últimos bastiones se encuentran en los prados de Edusat-SEP. Al paso de las siguientes décadas, la Internet se volvió el caballo de batallas (y hasta de Troya, según se viera) y sus frutos, desde las Universidades a distancia hasta los universos paralelos de Facebook y Twitter, aún tienen cosas por decirnos.    
En suma, Alejandro Byrd apenas ha dicho la primera palabra al respecto; nos pone al día sobre un proceso aún en construcción. Mientras insistamos en conocerlo, no está de más tener muy en cuenta que el pecado capital del ámbito académico es la especialización excesiva, que sólo achata los entendimientos y engrosa las discrepancias. Para los comunicólogos que lean Educación y tecnología en la UNAM, además de conocer a fondo un problema vigente y reflexionarlo muy a fondo, deberán, a medida que sus proyectos se configuren, interesarse por otros temas, y así vivir a plenitud la experiencia de la multidisciplina. (De cualquier manera, queda en ustedes la última palabra.)     

Alejandro Byrd Orozco. Educación y tecnología en la UNAM. México, UNAM/ FES-Acatlán/ COPACSOH, 2008 (Dulce y Útil).

No hay comentarios.: