miércoles, 9 de octubre de 2013

Etapas de un viaje

Ulises Velázquez Gil

Antes de consolidar su fama gracias a la saga de siete novelas en torno suyo, Maqroll el gaviero –extensión poética del colombiano Álvaro Mutis– hizo escala en los llamados “Hospitales de Ultramar”, donde sobrevivir era un deber de viajero; superado ese trance, el resto llegaría por añadidura. Sin embargo, hay otro tipo de viaje poético no exento de suscitar pesadumbre que anagnórisis, y eso hasta el poeta menos aplicado lo sabe.
Peregrina desde el nacimiento (puesto que nació en Oaxaca), Ingrid Solana nos entrega en Contramundos una peculiar manera de enfrentar sus viajes poéticos; a guisa de itinerario, éste se compone por cuatro libros, con un protagonista y una trayectoria propia, en apariencia opuestos, mas no del todo. Entremos en materia.
“Yeguas de luz”, primera sección del libro, sirve como piedra de toque desde donde Solana comenzará su retrospectiva. Si hubiera un punto de encuentro de varios escritores oaxaqueños, es hablar de su tierra, de las maravillas que ésta encierra. Y una de ellas quede como primer ejemplo: Propiciar la materia/ las palabras que cabalgan al centro,/ al mío./ Despertar las yeguas de la infancia,/ el poder entrelazado su fuerza/ luminosa./ Recuerdo/ el tejido de un huipil y/ el verano descarnado en sus destellos./ Los imaginarios cristales de mi vida […] Si una primera lectura permite una adelantada impresión, la autora nos comparte los primeros guiños de su tierra natal, donde el recuerdo de su abuela –dos veces matria– y los colores con que se describe Oaxaca toman por asalto el verso y, como en el hexámetro homérico, una diosa canta, o por lo menos, se le aproxima: Zapoteco acaricia el destello a mis orillas/ y la lengua respira hecha de sueños/ en el mar de mis recuerdos sosegados. Así como en Chiapas y en Tabasco cuando se levanta una piedra un poeta aparece, con los autores oaxaqueños ocurre algo parecido: la raíz zapoteca no duda en hacerse notar. Andrés Henestrosa lo supo muy bien –y que me desmientan las miles de páginas escritas en torno suyo–, y si me permite la autora, no dudaría en colocarla junto a él: No se detienen los sueños de la infancia/ que dibujan la impronta de la espera entre los huesos./ No se detienen los primeros sonidos del recuerdo,/ los olores a pan viajando desde lejos./ […] Son de huellas,/ los caminos trazados en la tierra de mi pueblo,/ un pueblo seco perdido entre los cerros. […] (Honor a quien honor merece.) Respecto a la yegua que Solana emplea para viajar con la poesía es una forma precipitada para asir el recuerdo, como el unicornio soñado por Deckard en Blade Runner. A final de cuentas, para hablar del viaje, no debemos salir del punto de partida.
Para “Contra/aullar”, la luz de la sección anterior se torna sombra en ese recorrido. Si la yegua de luz lleva consigo un recuerdo prístino y una deuda de cariño hacia el origen, para esta sección, regida por un sentido canino, es temor y reclamo, soledad y auxilio. El aire tétrico recorre la ciudad nocturna/ con su murmullo habitual y su violencia./ Son grises las paredes de mi cuarto oscuro/ y entre los ojos se me clavan los gritos de los perros. Donde la mayoría observa fidelidad y hasta un dejo de “humanidad”, Ingrid Solana endosa al perro una queja ante el desconcierto de la realidad. Siempre hay un perro que grita más fuerte,/ que arrebata de dolor toda su ira./ Y cuando la noche se traga voraz sus lamentos,/ el sueño no viene/ ni penetra con el frío/ la memoria adormecida. Si en los versos anteriores quien tiene la palabra es testigo de los hechos del perro, al final de cada página su versión de primera fuente no se hace esperar: [No cazamos sino olores,/ nuestras patas están tejidas con las huellas/ de una caza sin nombre de un solo rastro] (Si se me permite el lugar común, entre más conozco al hombre, más quiero a mi perro. Qué remedio.) Aún así, la querella con que se conduce el canino protagonista es reclamo, cierto, pero también odisea; nunca se deja de contar un peregrinaje: [De odios perros murieron mis ancestros,/ y como todos los abuelos/ marcaron territorio con orina], porque, después de todo, […] es necesario creer que tenemos nombres,/ que me distingue esto que hago delante del papel.
Para “El exilio de los gatos”, la autora se solidariza con un animal que no ha vivido un peregrinaje, sino que se trata de su figura misma; desde tiempos inmemoriales, del altar al ostracismo, el gato, literalmente, vive a salto de mata. Para hablar de ellos, Ingrid Solana los ubica en una “casa”, una residencia preñada por la nostalgia. (Nostalgia… ¿de qué?) Escuchemos con atención: La casa azul es una IMAGEN BLANDA,/ un murmullo silencioso,/ insignificante./ Nada detiene los lamentos del gato que la mira. (Si observamos minuciosamente, encontraremos en el verso la inclusión de palabras con letra mayúscula; me imagino que para enfatizar el hilo conductor del poemario. Es más, si nada más leemos esas palabras y de forma seguida, ¿tendremos acaso otro poema diferente? Sería una posibilidad no muy lejana después de todo.)
Además de contar un exilio con la aparición de un personaje llamado Gato King, “El exilio de los gatos” se torna una épica del instante, suerte de microhistoria felina donde la querella por el poder, sobre todo por la sobrevivencia, es toral destino. Gato King OTEA el horizonte con sus pupilas ciegas,/ lo abordo, lo tomo entre las manos,/ se retuerce ante el contacto,/ quiere su LIBERTAD Y asistir al peligro de la casa,/ a su imaginario eterno. (“La casa me protege del frío, de la lluvia, pero no me protege de la muerte”. Sin sentirse animal, Jaime Sabines ya lo sabía de antemano.)
Entre el exilio y su residencia, y las polémicas por la supremacía gatuna, Solana recalca la cercanía del gato, inclusive ponderando sus cualidades y, si se permite, hasta sus defectos más evidentes: Para no escuchar los ruidos del mundo,/ los gatos se taparon los ojos/ y aprendieron un LENGUAJE MUDO,/ rotundo en vocales abiertas,/ pétalos vacíos de DESPOJOS. […] Los gatos desean abrir todas las puertas/ y no sucumbir ante las redes eléctricas/ de las seguridades humanas./ Los gatos desean su libertad/ a través de la posesión de alguna certeza.
Y ya que la palabra certeza aparece en escena, un animalito que se relaciona casi por completo con ese concepto es, sin duda, el grillo, protagonista de la última sección de Contramundos. Como en la segunda parte del libro, “La casa de los grillos” cuenta dos voces: la del poeta y la del objeto, en este caso, el grillo. (Un solo a dos voces, si hacemos caso a Octavio Paz y Julián Ríos.) [Llegué a la casa de los grillos/ a través de mi cansancio./ Había metido mis cosas en cajas./ Había dejado la palabra amistad/ entre cartones./ La casa de los grillos/ es un ático entre los cerros], a lo que el grillo responde: /Un grillo es la espesura/ invisible del sonido.
A lo largo de los poemas, la voz de Ingrid Solana se halla estacionada en una mudanza, en desempacar las emociones y mirar a la distancia lo que se deja detrás de sí, y el paisaje que se avecina; aunque, a decir verdad, la mudanza real ocurre en casa propia, donde el inquilino oficial, seguramente lo habrán notado, es la consciencia o el resabio de ésta. [La casa de los grillos/ sacaba las historias de las cajas./ Estaba mi abuelo,/ un margen nostálgico en el/ blanco y negro de sus ojos llamas], mientras que el grillo persiste en una apacible morada: /El grillo descansa cuando/ la mañana vierte sus alas en/ la fugacidad del silencio matutino. En suma, la voz de la poeta inscribe la ausencia en el acto de mudarse, aún en casa propia, y la voz del grillo, recobrar el silencio, a manera de anagnórisis y acompañamiento por estos lares donde la nostalgia quizás haga de las suyas. (Hasta que la poesía lo permita ¿no creen?)
A guisa de conclusión, Contramundos es un itinerario de acompañamientos, donde Ingrid Solana representa a los animales como parte de una evolución poética; el reencuentro con la matria (“Yeguas de luz”), la pesadumbre de la realidad (“Contra/aullar”), el aprendizaje del exilio (“El exilio de los gatos”) y la esperanza recobrada (“La casa de los grillos”) hacen de esos mundos posibles las etapas de un viaje en continua transformación, donde la palabra es la llave de entrada. Después de todo, habremos de suscribir lo dicho por Samuel Beckett en Cómo es: “Los animales saben”, y hasta la propia autora lo reconocerá sin tapujos. Luego de leer este libro, contemos que ustedes también así lo crean. (Ojalá.)

Ingrid Solana. Contramundos. 2ª ed. Toluca, México, Instituto Mexiquense de Cultura, 2011 (Piedra de Fundación).

(22/junio/2012)

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